jueves, 18 de noviembre de 2021

El cielo de Malik, la playa de Afsana

Joe Monroy Oyola


Malik y Afsana miran el noticiero matutino en su viejo televisor, tienen por mesa un raído contenedor de madera, la única ventana ilumina la morada, una sola habitación da cabida a dos catres viejos forrados con pieles de ovejas, dos sillas metálicas de diferente color y una sin respaldar conforman  el comedor y la sala; la hedionda letrina está a solo dos pasos detrás de la choza de madera, cartones y una vieja lona alguna vez encontrada junto a una base militar americana sirven de techo, el solitario foco que parpadea siempre comparte la energía con el enchufe para la radio y la televisión. El relator de noticias informa que siendo viernes seis de agosto del año dos mil veintiuno, la toma de la capital es casi total por parte de los talibanes, que solo queda el aeropuerto de Kabul como último bastión en Afganistán, mientras el joven saca un oscuro pañuelo, lo agita para esparcir el humo proveniente de la leña que arde en la vieja estufa metálica sobre la cual hierve agua en una pequeña olla.

—¡Escuche, madre, ya casi perdimos nuestro país! —exclamó Malik—, debemos apurar al tío Pasha, él es asesor del ministro de agricultura, prometió hablar con el embajador americano, dijo que era su amigo.

—Paciencia hijo, recuerda lo que enseña el Corán —contestó la madre—: «Realmente Allah está con los pacientes».

—¿¿¿Usted cree que los talibanes tendrán paciencia con nosotros cuando sepan que mi padre murió colaborando con el ejército americano???

—¡¡¡Cállate, hijo, honra la memoria de tu padre!!!  —contestó mientras tiraba una esponja sobre el lavadero y se quitaba el delantal arrojándolo sobre la mesa—. Él hizo lo que era mejor para nuestro país, ahora vete a dar de comer a los animales yo hablaré otra vez con mi hermano; después de más de dos años de sequía seguida y ahora la invasión de los talibanes, él está desesperado, también tiene que huir.

Afsana y Malik viven en el barrio marginal de Marjah, donde la población apenas sobrevive con una insignificante ayuda del gobierno, y con limitados esfuerzos de la Cruz Roja, entre dos fuegos sin defensa cierta. Madre e hijo saben que son afortunados por tener aquél miserable lugar para vivir, además de las cosechas en aquella pequeña finca, que fue de su padre heredada por sus dos hermanos: Pasha, el mayor de cuarenta y un años, Abbas de treinta y ocho años. La familia paterna de vieja raigambre persa musulmán apoyada en una retrógrada «Sharia» Ley Islámica, que permite diferentes interpretaciones, no consideraban el nombre de una mujer en ningún documento oficial, ni en una lápida cuando fallecía, tan solo el lazo sanguíneo o el parentesco político: hija, madre, esposa, bajo el riesgo de ser considerado un acto de rebeldía a la ley del islam, pudiendo ser castigada toda la familia o las mujeres víctimas de agravio, incluso asesinato. Aquel gobierno talibán de los años mil novecientos noventa y seis hasta el dos mil uno había echado por tierra grandes conquistas de las mujeres como: estudiar en la universidad, vestirse a la usanza occidental, casarse por elección propia.

Cuando Malik sale a trabajar a la finca familiar, su madre empieza a lavar su larga y negra cabellera contemplándose en el pedazo de espejo que reposa sobre la base de la ventana y el retazo de toalla roja que hace las veces de cortina; luego se quita el vestido y la ropa interior, toca sus pechos turgentes que fueron las delicias de su amado, la cintura pequeña contrasta con sus voluptuosas caderas solo conocidas por su madre y Sohail. El balde plástico verde frente a ella tiene flotando la taza celeste de porcelana despostillada al lado izquierdo del asa que usa diariamente en su mesa. Se asea en la soledad del escondrijo que se niega a llamar casa, el jabón artesanal lo utiliza para lavar la ropa, su cuerpo y también el cabello. Al terminar de secarse se peina con el cepillo de plástico que le regaló Sohail, su cónyuge, días antes de salir a una misión como intérprete con soldados americanos de la cual nadie regresó con vida; él me recordó que las joyas de sus padres estaban debajo de la lápida de la tumba de su mamá, solo debería usarlas si algo le pasaba para huir a los Estados Unidos, me hizo jurar que por ningún motivo llevaría conmigo a nuestro hijo Malik, por ser un adicto y un traficante de drogas; ¡se lo juré!..., se va cubriendo hasta llegar a la degradante vestimenta que deben usar las mujeres: el «Burka» que está cerca sobre una de las sillas, cierra sus bellos ojos color almendra que al abrirlos descubren en su reflejo una especie de carpa azulina, una celda de tela con un visor enmallado..., y llora. Asegura la puerta de la vivienda con un viejo candado. Empieza a caminar hacia una de las avenidas más concurridas donde muchas personas tratan de vender en pírricos precios sus enseres, ropa usada, joyas. Se levanta un fuerte viento que impulsa polvaredas en forma de pequeños remolinos que remueve las camisetas de los transeúntes, vuelan gorras, pero parece ignorar las pesadas cubiertas de las mujeres. Afsana va perdiéndose entre el tumulto, apenas se percata que se acerca un ómnibus de servicio público atestado de pasajeros corre con tranco firme hacia él levantando su mano. Al llegar después de casi dos horas al centro de la ciudad, empieza la larga caminata hacia el Ministerio de Agricultura, va entre muchas personas que caminan presurosos cargan sobres de manila, bolsas con documentos, casi todos visten de manera formal. Espero que esta vez Pasha haya conseguido hablar con el ministro. Haré lo que sea por emigrar a Estados Unidos, llegar a California, desde aquella vez que me encontré esa revista con fotos de bañistas en aquellos hermosos balnearios; lo primero que haría será quitarme esta escafandra de tela, me soltaría el cabello, compraría unos lentes oscuros y esas camisetas de verano, conocer aquellas playas, beber una cerveza algo que jamás he probado; luego ir a Disneylandia, dicen que sí existe esa ciudad. No más miedo, tendría documentos con mi nombre, quizá me vuelva a enamorar. Es mi hermano tiene que ayudarme, él siempre fue bueno conmigo ¡¡¡Quiero empezar a vivir!!!

Al llegar a la oficina de Pasha este la hace pasar:

—¡Adelante, hermana, ¿cómo estás, trajiste todo lo que te indiqué?  —le dijo a la vez que le señalaba un asiento—, vamos date prisa, hoy es la última oportunidad pues mañana presentaré mi carta de renuncia.

—Gracias, hermano, sí tengo todos los documentos —contesta entregando un folder—. Espero que las fotos estén bien.

—Déjame ver, hummm —agrega sosteniendo unas fotos tamaño pasaporte en su mano derecha—, creo que estarán bien, ¡¡¡Que bella eres hermanita!!!

—Pasha, ¡¿crees?!  —exclamó Afsana.

—Es un decir, pero ¿dónde están los documentos de Malik?

La conversación entre Afsana y Pasha se torna acalorada, ella se marcha.

Malik a pesar de sus diecinueve años está muy seguro de lo que les ocurrirá si es que no logran emigrar a tiempo, es de baja estatura y contextura delgada, pero ayuda con vigor a su madre en la pequeña parcela de cultivo de la familia con lo que pueden subsistir. Cada tarde después de la corta jornada se despide de su mamá diciéndole que irá trabajar en limpieza al restaurant de un amigo en el centro de Kabul. La noche antes de la entrevista con Pasha para entregarle los documentos que él requería Afsana barría el piso de su casucha, al mover la cama de Malik vio que una madera que estaba debajo de la pata izquierda de la cabecera estaba fuera de su lugar; ella se arrodilla y encuentra debajo de ellas una cajita de cartón. 

Llega Malik a la cantina «Pakul» su tío Abbas lo esperaba en la entrada:

—¡¿Dónde demonios estabas? ¡Los clientes están esperando por la mercancía! —grita Abbas tomando de la camiseta a su sobrino— ¡Entiende, la heroína nos hará ricos aún con los talibanes, ellos también están en el negocio, dame el dinero de la venta de ayer; en cualquier momento llegará por su comisión Fawad, el maldito policía!

—Claro, tío, aquí está. Voy a cambiarme, dame los números de las mesas de nuestros clientes.

—Apúrate, échate agua a la cara y péinate que te ves asqueroso —increpa Abbas a la vez que le entrega un uniforme de mozo—, este es un negocio de prestigio.

—¡No demoro! —dice Malik.

Al día siguiente, sábado ocho de agosto miran el noticiero Malik y su madre, la relatora de noticias recuerda que solo quedan tres semanas y días para que se cumpla el plazo determinado por el presidente Biden para el retiro total de soldados, personal diplomático americano y de los países europeos. Malik preguntó a su madre por las gestiones con el tío Pasha, ella relató que no le había asegurado nada, pero que haría todo lo posible por poder embarcarlos con visa de refugiados prioritarios por el sacrificio de Sohail; le dije: no olvides que soy tu hermana; me contestó que vendría hoy a mediodía en persona para informarme del resultado de la gestión. No sé qué hacer con Malik, le juré a Sohail que no lo llevaría conmigo, pero… es mi hijo.  Afsana está nerviosa, en cambio su hijo solo le dice; confiemos en el poder político de mi tío, y sin más se fue a la finca familiar.

Pasha estaba en su casa, él su esposa Soraya y Jalila la hija de doce años de edad, empacan mientras él destruye documentos oficiales.

—Me voy a ver a mi hermana por lo de los papeles —expresa a la vez que levanta una bolsa de papeles triturados—, ella deberá decidir.

—¡¡¡Sí, pero pídele dinero, Sohail antes de esta ofensiva del talibán había heredado el negocio de joyería de sus padres, si algo tienen todavía nosotros lo vamos a necesitar para pagar por esos documentos y el favor de que nos  pongan en la lista de emigrantes prioritarios!!! —Se para Soraya con ambas manos a la cintura—. Por favor, no demores Pasha.

Llega un auto negro baja Pasha y golpea la puerta. Su hermana lo invita a pasar se sientan en el área cercana a la estufa, ella le sirve un plato con pan horneado «Lavash» al lado queso de cabra y le vierte miel. El visitante ni se inmuta con la comida, saca unos documentos del maletín que trae consigo, tienen una conversación, ella menea la cabeza, se cubre la cara con ambas manos, Afsana está llorando; el hermano mayor recoge uno de los dos legajos que están sobre la mesa, ella hace señales afirmativas con su cabeza, se para y va hacia la ventana, remueve la base de madera y saca una bolsa de papel, la abre y entrega una cantidad de dinero al hermano. Él se va, su hermana se toma el pecho con ambas manos, queda parada inmóvil junto a la puerta. Después de un minuto Pasha regresa a la casa de Afsana, entra y se lleva el plato con la comida sin decir palabra, ella tira la puerta.

 Esa tarde del sábado al regresar Malik no encuentra a su madre en casa, solo hay un plato de comida tapado. Después de comer, sale con dirección a la cantina «Pakul», allí pregunta por su tío Abbas, pero nadie lo ha visto. Se cambia y cuando va a entrar al bar mira llegar a Fawad con otros dos sujetos armados con rifles automáticos y van entrando al establecimiento; entonces se saca la camiseta del uniforme para evitar ser reconocido y corre entre las calles. Encuentra refugio en una construcción abandonada.  

Por la mañana muy temprano llega Malik a su vivienda y se sorprende al ver que la puerta está abierta, entra sigiloso, no está su mamá, corre a su cama y mueve el catre, levanta la madera suelta, saca la caja de cartón, pero al abrirla solo encuentra una carta. Él está de rodillas lee la misiva, se agarra sus cabellos y grita: ¡¡¡mamá!!! Sale caminando muy despacio de su vivienda: mamá te llevaste mis veintidós mil dólares que junté vendiendo las drogas Abbas ha desaparecido Pashas tú todos yo pensaba a lo mejor llevarte conmigo hasta la frontera bueno no estaba seguro ahora me jodiste me van a matar cuando me encuentren qué puedo hacer solo queda tratar de meterme al aeropuerto a lo mejor encuentro algunos de mis clientes seguro me ayudan la heroína que vendo es de primera calidad tienen que reconocerme si me muero no será a manos de los talibanes pero de que vuelo yo vuelo.

Son las cuatro de la mañana del domingo ocho de agosto, por el radio del auto que maneja Pasha se escucha el noticiero, anuncia que hay una multitud en el terminal aéreo de Kabul, a punto de sobrepasar el control de los soldados norteamericanos; Soraya está sentada junto a su esposo, detrás en el asiento derecho va Jalila, a su lado su tía Afsana. Se acercan a un control, el oficial chequea los documentos, habla por radio le indica con señas la dirección a tomar. Hacen cola con otros pasajeros y al cabo de una hora suben por la escalinata e ingresan al avión.

El cielo en Kabul permanece casi siempre nublado, la temperatura alrededor de los treinta grados centígrados en esta época del año. El ruido de los motores cubre el de la turba, un desesperado esfuerzo humano por sobrevivir, cientos de manos palmotean, golpean, rasguñan a un monstruo mecánico que se lleva la esperanza dejando atrás pánico y zozobra en jadeantes hombres y mujeres; la nave emprende el vuelo. Las tropas estadounidenses reparten botellas de agua a todas las personas en el terminal aéreo, que son ingeridas en el acto. El aeropuerto está colmado de miles de familias, algunas ya tienen preparada su partida, documentos en regla algún maletín en mano, unos pocos dólares conseguidos en el mercado negro a un precio muy superior al cambio normal con el Afghan afghani, moneda nacional, que puedan servir en algo para comenzar una nueva vida en Estados Unidos de Norteamérica.

 

Dos meses después...


Afsana está parada mirando a través de la ventana sosteniendo la cortina con su mano derecha, mueve sus piernas sobre el mismo espacio de manera constante, el sol ilumina su rostro, la fragancia del perfume Eternity la cubre junto a toda la habitación, escucha la puerta del baño cerrarse mientras ella menea la cabeza:

—¡Ismenia recién al baño, y yo esperándote dos horas, ya son la diez con dos minutos de la mañana!  — exclama a la vez que voltea a mirar por el ventanal, y añadió—: Hermana me voy a buscar una tienda de ropas de baños aquí abajo junto a la playa, me llamas al celular para encontrarnos.

—Afsana, te vas a perder, espérame un rato...

—Te veo luego, Ismenia— añade mientras levanta su cartera marca Gucci. Cierra la puerta de la habitación del hotel.

—¿Hermana, hermana?  

Afsana camina presurosa, por momentos sonríe, en otros se tiene que secar alguna lágrima. No puedo creerlo estoy en las playas de Santa Cruz, que hermoso es este balneario, cuánto lamento no haber podido ayudar a mi hijo, Malik es un muchacho, ojalá esté bien y deje de traficar con drogas; nadie en Kabul sabe de él; qué más poder decirle en la carta solo: ¡Lo siento hijo! Yo tenía que honrar mi juramento a su padre. Que maravilloso reencontrarme con mi hermana, después que ella pudo emigrar con su exesposo hace dos décadas. Bueno, aquí veo esta muñeca gigante vestida con … ¡que belleza de ropa de baño, es para mí! Tal vez hoy conozca al varón que el destino tenga para mí, quizá me invite a tomar una cerveza. Ahora sé que soy una mujer hermosa, me contemplarán y no tendré vergüenza de vestir una ropa de baño, soy un ser humano..., soy mujer. 

Tal vez Malik pudo haberse salvado pero, Fawad, el corrupto capitán de policía lo encontró en una calle cercana al aeropuerto; le quitó en el acto la poca droga y algunos dólares que tenía en su poder, fue delatado por su tío Abbas. Ambos corrieron con la misma suerte: fueron asesinados en plena vía pública. Malik, no pudo volar como era su sueño, no pudo surcar los cielos. Y Afsana debió tener paciencia y esperar a su hermana. De ese modo pudiera haber entendido las miradas de admiración de hombres y mujeres cuando caminaba por la playa con el disfraz de La Mujer Maravilla con soga, corona, el atuendo completo que vio en el escaparate frontal en la tienda de curiosidades para el venidero halloween. Afsana hubiera comprendido el comportamiento de aquel apuesto hombre hispano quien se acercó con una botella de cerveza en cada mano, al que rechazó por el momento, quien no trataba de actuar como un galán seductor, sino que era un vendedor ambulante de cervezas. Eso lo supo después de algunas semanas cuando comenzó a salir con él, Raúl era su nombre, quien le prometió llevarla a Disneylandia donde él solía vender souvenirs. Él le propuso matrimonio, en aquel centro de esparcimiento familiar, de rodillas junto al personaje de Mickey Mouse, propuesta que rechazó por el momento; total, la bella Afsana sabía que tenía una vida entera por vivir.

viernes, 12 de noviembre de 2021

La verdad tiene forma de matrioska

Omar Castilla Romero


Esta historia termina en un hospital, pero comienza muy lejos al otro lado del mundo unos meses atrás. Todos se preguntaban quien era el extranjero de la habitación tres cero uno, que hablaba un mal castellano mezclado con palabras en inglés. Estaba hospitalizado desde hacía una semana y la enfermera encargada de comunicar a los pacientes con sus familiares, al verlo sin acompañantes se quedaba un rato charlando con él.

—Buenos días míster Kaleb.

—Good morning miss Janet, espero que hoy tenga más tiempo, quiero contarle una historia.

—¿Y de qué se trata?

—De cómo inició la pandemia.

—Sí, con un chino comiendo sopa de murciélago —respondió Janet sonriendo con sarcasmo.

—Eso es lo que quieren hacernos creer, pero no es así.

—Entonces, ¿cuál es la verdad?

—La verdad —dijo golpeando con sus dedos la baranda de la cama—, la verdad tiene capas como una matrioska.

—¿Qué es una matrioska? —preguntó la enfermera.

—Es esto. —Acercó sus manos a la mesa y cogió una muñeca de madera pintada de barniz—. Hay que tomarla por abajo si no se caerá. Son muñecas rusas que tienen dentro otras más pequeñas, como quien dice, todo cambia según el nivel de profundidad.

—¿Cómo así?

—Para que lo entienda debe escuchar mi historia.

—Ya casi termino el turno y mi familia se fue a vivir al campo, así que tengo tiempo de sobra.

—Verá, a comienzos de año el virus apareció en un mercado de…

—Claro, cuando empezó la pandemia.

—Oh yes y la OMS envió comisionados, entre los cuales iba yo, un empleado de bajo rango comparado con otros que llevaban años en la organización. Al llegar a la ciudad, en el hospital vimos la magnitud de la tragedia antes de que occidente siquiera la imaginara, luego fuimos al mercado donde según ellos surgió la enfermedad. Explicaron como se transmitió al ser humano desde los murciélagos, sin embargo, allí solo vendían mariscos. Traté de hacerle ver a mis superiores tal incongruencia, pero se hicieron los de la vista gorda. Unos días después, en las instalaciones del laboratorio de virología de máximo nivel que almacenaba varios de los gérmenes más peligrosos del mundo, explicaron las «rigurosas» medidas de seguridad para prevenir el escape de estos. Noté que faltaba información sensible, la cual, según ellos, se había perdido a causa de un virus informático. No sé si logra ver la ironía en esto, aunque solo fue la punta del iceberg, pues era increíble la laxitud con que los empleados entraban y salían. Entonces se hizo clara la relación entre el germen y el laboratorio. Al llegar al hotel donde nos hospedábamos lo comenté con mi jefe quien hizo una seña con el dedo índice en su boca llevándome al vestíbulo en donde encendió música a todo volumen «Concuerdo contigo—dijo—, pero no hay pruebas de algo tan delicado que puede terminar en un desastre económico o incluso una guerra». Asentí con la cabeza respondiendo «I understand», cuando agregó «Hay algo más. —sacó una memoria del bolsillo y me la entregó— la información contenida aquí relaciona el patógeno actual con muestras recolectadas en una cueva al sur del país por una viróloga llamada Wei Liu. Hemos tratado de contactarla, pero desapareció sin dejar rastro, aunque su investigación sigue publicada en diversas revistas de ciencia. Constátalo y quizás podamos hacer algo». Llevé la memoria a mi aposento y la examiné en una computadora. Los documentos revelaban que los militares ordenaron convertir el patógeno en arma biológica, Wei Liu lideró la investigación con el objetivo de hacerlo más contagioso, pero al percatarse del peligro, también lo volvió menos letal.

—A ver si le entiendo —interrumpió la enfermera—, entonces el bicho sí vino de un laboratorio.

—Exactly.

—Y gracias a lo que hizo esta doctora, se volvió menos agresivo.

—Yes, aunque más contagioso.

—Y ¿con qué fin lo liberaron?

—Ahí va una nueva matrioska. —Sacó con cuidado la muñeca contenida en la otra y dijo— No fue el gobierno, piénselo un momento, a ellos no les convenía una situación que paralizara el mundo en pleno apogeo de su economía. Con esto no estoy diciendo que no tengan responsabilidad, porque sin duda la tienen al experimentar con microorganismos peligrosos con tan malas medidas de seguridad.

—Entonces, ¿quién fue?

—En ese momento no lo sabía, sin embargo, unos días después detecté que me seguían personas vestidas de civil y una tarde dirigiéndome al hotel, me desvié por una calle desierta, como lo eran todas en aquel tiempo. El frío entumecía mis manos a pesar de los guantes, a usted se le haría difícil imaginar el invierno de aquel lugar. Al doblar una esquina, una pareja me hacía señas desde un viejo edificio y por instinto entré. Usaban tapabocas negros y llevaban abrigos que, aunque viejos, estaban pulcros. La mujer dijo «Si quieres vivir no te muevas» y así lo hice. Después de pasar mis perseguidores les pregunté quiénes eran y ella respondió «Los que te vigilan son de la guardia maltusiana, yo soy Mei Li y mi compañero se llama Yu Zhou», «¿Guardia maltusiana?» indagué sorprendido, «A su tiempo te hablaré de ello, ahora necesito los archivos», «¿Qué archivos?» pregunté, «Bien sabes cuáles» respondió Mei Li. Metí mi mano en el bolsillo del abrigo y saqué la memoria a la vez que dije «Ni siquiera sé si son las personas correctas para confiar», «Somos la única gente en quien puedes hacerlo» contestó ella quien era de mediana estatura, tenía un cuerpo esbelto y cabello largo, negro azabache. Yu Zhou en cambio era alto y de complexión robusta, a pesar de lo cual mostraba movimientos ágiles, pero lo mas característico era que nunca hablaba. Me ofreció un cigarrillo y lo acepté para mitigar la punzante sensación de miedo combinada con el frío.

Nos subimos a una furgoneta donde me hablaron de la guardia maltusiana, una sociedad secreta obsesionada en controlar la sobrepoblación. Habían trazado un complejo plan para reducir la humanidad a quinientas mil almas, cifra que según ellos permitiría un equilibrio con el ecosistema.

—Bueno, eso no está mal —interrumpió Janet—, somos muchos y el planeta no aguanta.

—Oh it’s true, but… ellos no planean hacerlo mediante el control de la natalidad sino a través del exterminio, ¿no le suena familiar?

—Como hacía el régimen nazi.

—Yees, y mire cómo terminaron las cosas. El caso es que tienen un plan claro. Infiltraron el laboratorio, dejando una minúscula bomba programada para hacer estallar uno de los recipientes donde se almacenaba el virus sin que los protocolos de seguridad lo detectaran, este se esparció y contagió al personal que luego lo transmitió a sus allegados. Así empezó todo.

—Pero es una conducta suicida, ¿acaso no pensaron qué también se podían infectar?

—Hicieron un mal cálculo, pensando que el germen era más letal, menos contagioso y más predecible, lo que les hubiera permitido saber cuando ocultarse y por cuanto tiempo. Por otro lado, ellos están dispuestos aceptar la muerte de algunos de los suyos con tal de evitar el colapso del mundo.

—¿Y por qué no hicieron visible todo lo que sabían?

—Porque nadie nos habría creído. Solo teníamos documentos sin otra prueba, así que fuimos a recolectar evidencia. Cuando llegamos a la caverna, el ejército no nos dejó cruzar por ser área restringida, entonces activamos el plan B y con ayuda de un guía local atravesamos la selva ingresando por otra entrada para tomar las muestras de murciélagos, cosa que hicimos con algún grado de dificultad. Al salir nos descubrieron y tuvimos que dividirnos, el guía y Yu Zhou por un lado, y Mei Li y yo por otro. Como la muestra y la memoria estaban en mis manos, Yu Zhou se dejó ver adrede y fue la única vez que lo oí hablar. El ejército lo persiguió y capturó, a la vez que nosotros escapamos. Tuve la intención de devolverme, pero Mei Li me tomó del brazo y dijo «si nos atrapan, su sacrificio será en vano». No volvimos a la furgoneta, porque de seguro ya la habían detectado, en cambio huimos a pie hasta un pueblo cercano donde un camión transportador de cerdos nos dio un aventón a otro poblado, consiguiendo allí un auto en el que viajamos a Shanghái. Fue un viaje largo y aproveché para conocer un poco la vida de mi acompañante. Había crecido en un orfanato y solo recordaba de forma vaga la infancia con sus papás quienes probablemente la abandonaron para criar un hijo varón, en un tiempo en el que solo se permitía un descendiente. Sufrió penurias y malos tratos, pero desde temprana edad su aguda inteligencia se hizo notoria y un día una pareja la adoptó cambiando su vida. Cultivaron su inteligencia y ese camino la llevó al punto donde estaba ahora.

Cuando llegamos a Shanghái nos alojamos en un apartamento y de inmediato ella instaló un laboratorio improvisado para procesar la muestra, generando una sustancia ambarina que almacenó en un dije de cristal. Me lo entregó y dijo «Pude aislar material genético compatible con el virus en un noventa y nueve por ciento». Titubé asustado por lo que ella sonrió y agregó «Tranquilo, puedes ponértelo. Está inactivo y solo lo libera un complejo proceso oculto en un archivo de la memoria». Esa noche me enteré de que viajaría a Europa para llevar las pruebas a un periodista, quien iba a divulgar la verdad. A partir de ahí viví una intensa travesía perseguido por la guardia maltusiana.

—Hay algo que no entiendo, si todo está relacionado con el germen, ¿por qué corren rumores acerca de la vacuna?

—Easy, because… ellos no esperaban que apareciera una tan pronto truncando sus planes, así que esparcieron rumores para que la gente no se vacunara. No contaron con que la doctora Wei Liu mientras modificaba el microorganismo, avanzaba en una cura, quizás como una forma de resarcir el daño ocasionado con su trabajo.

—Aquí supongo que se acaban las muñecas rusas.

—Aún no. La noche antes de partir de Shanghái tomé un par de copas con Mei Li, luego de lo cual me dio a beber una infusión de yerbas ancestrales que entremezcló la realidad y el mundo onírico. Era como si me conectara con ella y todas las cosas alrededor. Tuve la sensación, además, de que detrás de todo había algo oscuro que nos manipulaba.

—¿Algo cómo qué?

—Como si nos manejaran igual que a fichas de ajedrez en un tablero de negras noches y blancos días, donde la raza humana se mueve en una batalla decisiva.

—Muy poética esa frase.

—Es de Borges quien a su vez la tomó de Omar Khayaham, un poeta persa.

—Ah, veo. En todo caso, eso se lo pudo producir ese menjurje.

—¿Ese qué?, no conozco la palabra.

—La bebida que le prepararon.

—Oh yes, pienso lo mismo, porque demoré días sintiendo como si levitara, aunque después tuve fiebre y descubrí que estaba infectado.

—Espere un momento, ¿quiere decir que viajó hasta acá teniendo síntomas?

—Antes de juzgarme, por favor déjeme terminar la historia.

—Disculpe —añadió Janet—, se ha vuelto común indagar qué hizo cada persona antes de enfermarse para después señalarlo.

—No se preocupe, la irresponsabilidad y la culpa son inherentes a la cultura latinoamericana. En fin, al llegar a Europa llamé al periodista contándole mi historia, luego de lo cual hubo un silencio sepulcral, al punto que indagué si seguía allí. Él respondió «Continúe» y al final solicitó evidencia, que fue a buscar unos días después a Italia.

—¿Y en dónde publicó el artículo resultante?

—Nunca lo hizo. Empezó a corroborar la información y al poco tiempo descubrió que lo vigilaban, sospechando que algo grave ocurría. Luego me llamó diciendo que saldría en un vuelo a este país.

—O sea que él también está aquí. ¿Y dónde se encuentra ahora?

—Esa es la última matrioska. —Quitó la parte superior de la muñeca hallándose dentro otra—. Lo tiene justo en frente.

—¿Usted?, pero ¿por qué no lo dijo antes?

—La forma de relatarle esta historia la leí en un cuento de Borges y me gustó. No me llamo Kaleb, mi verdadero nombre es Omar Fauceth.

—Vaya, esta vez fue Omar quien tomó algo de Borges entonces.

—Yes, aunque guardando las proporciones. Borges es uno de los grandes genios del siglo veinte y pensaba en el tiempo como algo cíclico. Lo he contado de esta manera porque no quería revelar mi identidad, pero ya no importa, pronto vendrán por mí y estoy cansado de huir.

Janet no dijo nada y se marchó a casa pensativa. Al día siguiente encontró la habitación tres cero uno ocupada por un nuevo paciente. Le dijeron que el extranjero había sido trasladado a otro hospital. En la mesa aún estaba la matrioska con la última muñeca sin abrir, se acercó y retiró la tapa superior, encontrando dentro la memoria y el dije de cristal que guardó en su bolsillo. Unos días más tarde empezó a notar que también la seguían.

martes, 2 de noviembre de 2021

Ricardo Sebastián Jurado Faggioni


El hospital psiquiátrico quedaba lejos de la ciudad. La enfermera Fátima trabajaba en él desde que inició su función. Los pacientes con problemas mentales eran llevados por los familiares. Héctor, el dueño del local, tiene sesenta años. 

Al ser privado a los parientes se les dificultaba pagarlo. Héctor al ver que le faltaba ingresos empezó a estresarse. Estaba sentado en una silla de madera haciendo números en su libro de contabilidad, al terminar decide llamar a un amigo que le podría ayudar a ganar dinero. Rafael le explica que puede vender órganos en el mercado negro, pero tenía que ser cauteloso para que no hubiera sospechas. 

Revisó la lista de los pacientes, mencionaba cuántas veces los conocidos iban a visitarlos.  Decidió ir por Roberto, a él un objeto pesado le cayó en la cabeza, después del golpe perdió la memoria. Llamó a los enfermeros para que lo llevaran a su oficina porque nadie se preocupaba por él. Se sintió desorientado, no sabía qué hacía en ese lugar. Los cuatro salieron de aquel sitio para dirigirse al quirófano. Las paredes eran azules, la camilla era cómoda y de color negro. Los practicantes estaban vestidos con un mantel blanco. Se habían puesto guantes para empezar la operación.  

A Roberto le inyectaron anestesia para que no sintiera dolor. Por desgracia no sobrevivió, ocultar el cadáver sería un problema. Héctor ordenó a los guardias de seguridad ingresar a los dormitorios a los enfermos que se encontraban en el patio. Cargaron el cuerpo para echarlo al lago. Sin mirar atrás regresaron para limpiarse y continuar con sus actividades. 

Héctor guardó las partes extraídas del cuerpo recién operado en un frasco para dejarlo en el frigorífico. Cerró la puerta para dirigirse a su oficina. La venta lo ayudaría a alejarse de las deudas que tenía, solo esperaba la llamada del amigo. Fátima estaba contando a las personas que se hospedaban en el hospital. En la habitación 205 faltaba un paciente. Se preocupó debido a que no era su tiempo libre y debía de mantenerse en el dormitorio debido a que afuera se podía lastimar. 

Escribió el nombre del dueño del cuarto. Se dirigió a la oficina de Héctor para avisarle, él le comentó que posiblemente se había escapado u oculto en alguna parte. Los guardias se encargarían de encontrarlo. A Fátima le preocupó la falta de interés en hallarlo. Sin mencionar ninguna palabra abrió la puerta y se fue. A medida que iban pasando los días, los antiguos que cumplían el tratamiento podían visitar a sus familiares, pero esta ley fue borrada, Héctor deseaba obtener control sobre ellos para que de esta manera pudiera avanzar con las operaciones.

Los días pasaban y no había señales de Roberto. Esa sensación de que algo malo podía haberle ocurrido no la dejaba tranquila. Llamó a su mejor amigo, que se había convertido en detective. Él se llama Carlos una persona carismática, astuta e inteligente para resolver casos. Acordaron verse en un bar conocido en la ciudad, cuando llegaron se sorprendieron, puesto que ninguno de los dos había cambiado. Fátima se mantenía elegante y en forma como en la época universitaria, Carlos había perdido la musculatura, pero estaba delgado. 

—¡Me alegro que hayas venido! —dijo Fátima. 

—Siempre estoy dispuesto a ayudar a mis amigos —contestó Carlos. 

—Te comento, estoy sospechando que mi jefe Héctor no me quiere decir ciertos temas. 

—¿Podrías ser específica? 

—En esta semana desapareció un paciente que se llama Roberto, le cuestioné que había pasado y no tomó cartas sobre el asunto. 

—Necesitamos evidencia, debes sacar pruebas, estarías dispuesta a arriesgar tu vida. 

—Haré lo posible para obtener imágenes sobre las operaciones secretas que hacen.
 
—Las fotos sobre los pacientes sometidos a operaciones ilegales servirán para empezar la investigación.

El viaje al hospital tomaba dos horas. La entrada era como los cuentos de hadas, se podía observar montañas, el jardín estaba lleno de flores, había un lago cerca. A veces los enfermeros iban a alimentar a los patos. Tenía áreas para que los pacientes vayan a descansar. Era un sitio ideal. Llegó en el momento preciso para comenzar el turno, hizo las revisiones de las personas hospedadas como era de costumbre. Luego revisaría que se tomarán las medicinas y el resto de la jornada lo iba a dedicar para descubrir la verdad. 

Juan, un anciano con alzhéimer, olvidaba fragmentos importantes de su vida. Había escuchado el rumor que las personas en el hospital desaparecen. Buscó a Fátima hasta que la encontró en un dormitorio contando las medicinas que estaba en un velador. 

—Señorita tengo que contarle un secreto —dijo Juan. 

—Vamos a un lugar privado para conversar. 

Se quedó mirando al vacío por algunos minutos hasta que una fuerza superior lo hizo articular. Encontré a Roberto en el lago, me perdí el día anterior y los guardias de seguridad me golpearon para que no hablara. Ella le alzó la camiseta, observó los morados en el cuerpo y sacó el celular para tomarle fotos. 

Su corazonada le daba la razón sobre los hechos que estaban sucediendo, fue al lago que estaba a algunas cuadras. Inspeccionó el sitio, pero no halló lo que buscaba, sin embargo, había guardias vigilando la zona. También tomó fotos para poderle mostrar a su amigo. Regresó al hospital y vio como otros enfermeros se estaban llevando a una señora. Los siguió en silencio, hasta que se detuvieron en el quirófano. Después de varias horas salieron. Entró para observar lo que habían hecho, no podía creer lo que estaba al frente de ella. La paz que le estaban ofreciendo a los pacientes se había esfumado. Se apresuró para capturar la escena con el teléfono y luego escapó.

No volvería a caminar en el valle de la muerte. Las fotos que tenía se las pasó a Carlos para que pudiera detener a Héctor por homicidio. La noticia conmovió a la sociedad.

miércoles, 27 de octubre de 2021

Emilia y la esperanza

José Camarlinghi


Era la primera vez que intentaban llegar al puerto. La multitud se aglomeraba alrededor del perímetro controlado por hombres armados. Estaban uniformados pero no tenían bandera. Hace ya rato que los países habían colapsado y el ejercito de mercenarios controlaba que solamente las personas que tuvieran el paso autorizado, se embarcaran en los navíos que partían al sur. Todo empezó con lo que llamaron el cambio climático. Las primeras zonas en convertirse en desiertos fueron las tropicales. La temperatura se elevó tanto que los seres humanos empezaron éxodos a los extremos norte y sur del planeta. Millones se trasladaban como podían. En sus coches, en pequeños barcos, en lanchas, hasta en bicicletas o incluso a pie. En el hemisferio sur, y en realidad en todo el mundo, quedaba un solo lugar seguro: la Antártida. Los multimillonarios y la comunidad científica levaban ya varios años construyendo algunas ciudades cercanas a las costas que daban al continente americano. Una alianza precaria dado que unos negaron hasta el último que la hecatombe era producida por las industrias y las políticas de las corporaciones; y los otros demostraban con pruebas y hechos lo contrario. Inevitablemente tuvieron que unirse los bandos contrarios. Unos necesitaban los recursos y los otros el conocimiento. Se hizo un desarrollo de ingeniería naturalista y se cubrieron los montes con bosques y las praderas con pastos. En la orilla que mira a Australia se desarrolló una especie de reserva natural donde se liberaron todas las especies, de plantas y animales, que pudieron salvar del apocalipsis climático. Algunas fotos se habían filtrado en las redes pero nadie podía decir si eran verdaderas. Los medios oficiales se encargaron de hacer creer que todo era parte de otra enésima teoría de conspiración. 

Emilia tenía el pase seguro al último continente habitable. Era ingeniera genética y doctora en biología evolutiva. Unas de las pocas profesiones que sobrevivieron al desarrollo de la inteligencia artificial y la robótica. Y eso no fue porque los algoritmos no pudieran desentrañar los mecanismos del desarrollo de la vida; más bien por cierta precaución que tomaron los líderes y científicos para no entregar a un autómata uno de los planes más ambiciosos de la humanidad: la inmortalidad. Emilia había estado trabajando en el desarrollo de un sistema para trasladar la conciencia de un individuo a un cuerpo nuevo y joven. Estaba muy cerca de lograrlo. Su laboratorio inicial estuvo en Trieste, Italia. El clima se hizo tan caliente que lo movieron a ciudad del Cabo en Sudáfrica y de allí tuvieron que emigrar a Punta Arenas, en la Patagonia chilena. 

Ella debería haber abordado los primeros vuelos a Antártida, pero decidió quedarse. Tenía que encontrar a su hija, Amanda, y convencerla de que la acompañara. Lo hubiera hecho antes si habría tenido el tiempo. Esa era la historia de siempre. Recién se daba cuenta. No le había dedicado mucho a su crianza. De hecho, se podría enumerar  el tiempo que pasaron juntas. Vivían en la misma casa y sin embargo compartían muy pocos minutos al día. Por lo general eran los del desayuno. Emilia hacía las mismas preguntas todos los días y recibía las mismas respuestas. Luego salía al trabajo y normalmente retornaba cuando la niña ya estaba dormida. Amanda creció conociendo más a las niñeras, cocineras y los tutores, que a su propia madre. En su memoria quedaba algún que otro episodio de las vacaciones que pasaron juntas cuando era pequeña. Esos recuerdos eran los que más apreciaba. A pesar de eso, un abismo se abrió entre ellas. Un espacio vacío que creció con los años de la adolescencia y por el cual ninguna de las dos encontraba un camino de reencuentro, por mucho que lo intentaran. Amanda, que no sólo era brillante, tenía además aptitudes natas par los deportes, no respondía en el colegio. La rabia y la frustración se hicieron cotidianos hasta el punto de perder todas sus amistades. Antes de terminar la secundaria se escapó de casa y nunca más volvió a hablar con su progenitora. 

El colapso climático ocurrió mucho más rápido de lo que todos los expertos pronosticaron. En cuestión de meses las grandes ciudades se quedaron sin agua. Los servicios básicos dejaron de funcionar. La electricidad fue lo último que se cortó y con ella se fueron Internet y los medios de comunicación. Entonces empezó el verdadero caos. 

Emilia tomó su vehículo para hacer el viaje de cuatro horas a donde sabía que vivía su hija. Solo esperaba que ella siguiera allí. Cuando la niña abandonó el hogar, contrató agentes privados para encontrarla y después de varios meses le dieron una dirección en Río Gallegos. Esa misma tarde llegó al lugar. Amanda cerró la puerta de golpe al verla en el pasillo. La madre le pidió que abriera, le dijo que arreglarían las cosas, que no entendía el porqué se había ido de casa y que haría todo para cambiar lo que le disgustaba. La respuesta de Amanda, detrás de la puerta, fue áspera y dolorosa. Emilia ni siquiera atinó a justificarse. Sabía que lo que le increpaba era cierto. Pidió perdón llorando frente a la puerta cerrada, mientras al otro lado las lágrimas caían, no de dolor, sino de resentimiento. Después de más de seis de horas, la madre abandonó el lugar. No podía creer que eran ya dos años desde ese incidente. 

La autopista estaba tan congestionada que después de varias horas de no poder moverse ni un milímetro, se dio cuenta que no iba a llegar a ningún lugar. Abandonó el coche y se dispuso a caminar los casi cien kilómetros que le faltaban. Calculó que llegaría en tres días como máximo. Consigo llevó una pequeña mochila con un abrigo y una botella de agua. En su bolsillo verificó el dispositivo GPS que le habían dado en el laboratorio donde trabajaba. Cuando ella lo necesitara, podría mandar un mensaje vía satelital para ser recogida. Empezó a caminar arrepintiéndose de no haber aceptado que uno de los oficiales de seguridad le acompañara. Lo cierto es que nadie se había imaginado que la ruina llegaría tan velozmente. Esa noche durmió en otro coche abandonado. El dispositivo le aseguró que apenas había veinticinco kilómetros. 

Al día siguiente caminó desde el amanecer hasta la última luz del día. Fue relativamente fácil conseguir  alimentos y agua. A lo largo de la carretera eran docenas los camiones de reparto abandonados. No estaba sola, muchas otras personas caminaban también. Había un sentimiento solidario y todas se acompañaban y se ayudaban. Unas de ida y otras de vuelta. La mayoría volviendo a casa o yendo a buscar a un ser querido. Se sintió tranquila por eso. Tenían el mismo objetivo y a pesar de la urgencia se sentía un ambiente de seguridad. Al atardecer, ella y otros caminantes, llegaron a un hotel abandonado. Se acomodaron como pudieron y durmieron sin comer. Algunos despertaron con los ecos de disparos en la distancia, pero el cansancio era tal que se volvieron a dormir sin llegar a preocuparse. 

El tercer día la situación cambió radicalmente. Habían estado caminando por una hora  en la carretera totalmente vacía. Ya no se veían vehículos atascados. No tenían qué comer ni beber. Por suerte, pensaban, que ya les faltaba poco y que llegarían a su destino al mediar la tarde. Algunos cojeaban por las ampollas o la macurca. Entonces, después de dar la vuelta por una curva cerrada, se encontraron con los restos de lo que parecía haber sido una batalla. Vehículos quemados y cadáveres. Alguien sugirió salir de la carretera y seguirla desde una distancia prudente. Lamentablemente la vegetación no era muy alta y de cualquier manera se podía ver un grupo de personas que avanza por el terreno. 

Al acercarse a la ciudad el caos fue creciendo. Se veían varias columnas de humo negro y se escuchaban escaramuzas de combates. El grupo de caminantes se fue disgregando hasta que Emilia se quedó sola con su miedo y su cansancio. No le fue difícil llegar al edificio donde esperaba siguiera viviendo Amanda. Tuvo que dar algunas vueltas para evitar grupos de saqueadores. Al final del día, ya entradas las sombras, llegó al pasillo donde hace unos años había implorado en vano. Tocó con indecisión y temor. 

—¿Amanda? —dijo con voz temblorosa. 

En ese instante se abrió la puerta y ambas mujeres se quedaron paralizadas sin saber cómo actuar. Emilia observó el rostro aterrorizado y dio el paso para abrazar a su hija. Lloraron juntas liberando en las lágrimas los años amargos de incomprensión mutua. Al unísono se pedían perdón y aunque no se entendían a cabalidad se dieron cuenta en ese instante que ya no importaba lo que había pasado entre ellas. 

—¿Qué vamos a hacer? 

—No te preocupes. Tenemos paso seguro a Antártida. 

Amanda la miró con cierto sarcasmo que interpretó mal. No se burlaba de ella, sino de si misma. Odiaba el trabajo de su madre y ahora ese sería el mecanismo que las salvaría a ambas. 

—Tengo este transmisor —Sacó el aparato de su bolsillo—, es muy simple pero seguro. Sólo tengo que mandar un mensaje, ellos sabrán donde estamos y vendrán a recogernos. 

«Están en una zona muy insegura. Tienen que ir a otro lugar. Mañana les mandamos las coordenadas». 

Decía el mensaje de vuelta. Esa noche casi no durmieron. Hablaron como nunca lo habían hecho. A eso de las tres de la mañana, decidieron no esperar el mensaje con la ubicación y salir de la ciudad antes de que amanezca. El alumbrado público no funcionaba, sin embargo, era la primera noche de luna llena; es decir que tendrían su compañía hasta el amanecer. Una vez que los ojos se acomodan, es posible ver todo. Pero la luz lunar es engañosa. Los contrastes son muy marcados y los que estamos acostumbrados a vivir en plena iluminación solar caemos en las trampas de la imaginación. Lo que parece un abismo insondable es solo una torrentera; lo que se ve en la distancia como un peldaño de una acera es en realidad un muro de varios metros; el vano de la puerta de una casa blanca se asemeja a la boca de una caverna tan oscura que se presenta amenazadora, como si en cualquier momento podrían salir seres indescriptibles de sus profundidades. Transitar bajo la luz lunar es muy extraño; hermoso y al mismo tiempo sobrecogedor. 

Caminaron por las calles vacías rumbo al sur. La ciudad desierta parecía que hubiera sufrido un ataque repentino y que todos la hubieran abandonado intempestivamente. De todas manera, caminaban intentando no hacer ruido. Amanda había visto cómo pandillas de jóvenes se habían hecho de armas y eran ahora los que controlaban la ciudad. Ellos se apropiaron de los supermercados y estaciones de gasolina. Le disparaban a cualquiera que se acercara. En cada esquina sacaban primero un poco la cabeza, miraban a ambos lados y recién cruzaban la calle. Probablemente porque sentía, como cuando era chiquita, la presencia maternal, Amanda recordó uno de los pocos episodios felices de su infancia y soltó una risita. Emilia la miró. 

—¿Qué? 

—Nada, no es nada —dijo negando con la cabeza. 

Amanda se detuvo y la miró con cierto reproche mostrándole las palmas de las manos. 

La joven entendió y volvió a sonreír. 

—Es algo tonto. Ni siquiera sé por qué se me ocurrió. 

Se acercó a su hija y la abrazó. El contacto desató un flujo de nostalgia en ambas. 

—Estábamos de vacaciones en algún resort del Caribe. No recuerdo dónde. Yo tenía cinco o seis. Una noche que no pude conciliar el sueño fui a tu cama. Dormías profundamente. Creo que es esa época te medicabas para dormir. ¿Lo sigues haciendo?

—Sin esperar respuesta continuó— Encontré unos bombones en tu velador. Los puse en tus calzones y volví a la cama. Al día siguiente me desperté con tu grito. No sabías lo que te había pasado. 

Amanda empezó a reír y Emilia al recordar la alarma que le había provocado el encontrar una masa obscura entre las piernas. Recordó que se enfureció cuando se dio cuenta que era chocolate, pero ahora, finalmente le encontraba la gracia y ambas rieron a carcajadas. Una luz brillante las detuvo en seco. 

—¡Son dos minitas! 

—Noooo. Una es una vieja. 

—No importa, hoy por hoy no hay mucho para escoger. 

La joven tomó la iniciativa, agarró la mano de su madre y la jaló en una carrera desesperada. Escucharon los disparos y casi al mismo tiempo las balas que silbaron cerca de ellas. 

—¡No les dispares cojudo! ¡Muertas no nos sirven! 

Los hombres salieron corriendo haciendo tiros al aire. No era fácil atravesar el laberinto de coches y cosas tiradas en la calle. Amanda había destacado en los deportes y era ágil y fuerte. Emilia tenía problemas para seguirla y sólo atinaba a poner un pie delante del otro, aferrándose a la mano. Sus piernas flaquearon, trastabilló, se soltó y terminó pegándose la nariz en el suelo. La hija volvió a por ella que intentaba despabilarse del golpe, con la mirada suplicante y llena de culpa. Se quedaron agachadas en silencio hasta que sintieron los pasos cercanos de uno de los hombres. A tientas la joven encontró un objeto pesado que no pudo precisar qué era y lo lanzó lejos de ellas. El ruido provocó que se desviaran los persecutores. Ellas siguieron a gachas  en la dirección contraria. Continuaron así hasta que las voces de los hombres se escuchaban tan lejanas que ya no se entendían. Levantaron la vista y al ver que no había nadie, caminaron de puntillas intentando no hacer ruido por unas cuadras. Luego empezaron a correr con todas las fuerzas que tenían. No se dieron cuenta cuanto tiempo estuvieron al máximo de su velocidad. Para la madre fue un espacio interminable hasta que no pudo más. Se detuvo de golpe y cayó de rodillas intentando tomar más aire del que sus pulmones le permitían. Amanda se arrodilló a su lado y le aseguró que ya estaban fuera de peligro. A pesar de la situación, se sintió reconfortada de estar con su hija. Sólo entonces se dio cuenta que el sabor en su boca era su propia sangre. Se sorprendió que fuera tan salada. 

Salieron de la ciudad antes de la llegada de la luz y en los primeros kilómetros de la carretera observaron varios lugares donde seguramente ocurrió un asalto armado o una escaramuza. Los camiones repartidores tenían impactos de balas y estaban vacíos. Cadáveres por doquier. Apenas pudieron encontrar algunas frutas y verduras a medio podrir. Se sentaron a comer un poco y descansar. Fue entonces que se percató que el GPS ya no estaba en su bolsillo. Empezó a llorar desconsoladamente, se arrepentía de la manera en la que había criado a su hija. Si se hubiera involucrado más con ella, tal vez nunca habría dejado la casa y ahora estarían en lugar seguro. La joven la abrazó e intentó consolarla. Cuando le contó que había perdido el aparato la soltó, se paró a un lado y se quedó mirando el piso. 

—¿Sabes qué es lo que más recuerdo de mi infancia? 

Emilia detuvo los sollozos con el temor de que empezara a recriminarla. Una sombra cayó sobre ella y se preparó a recibir su castigo. Era culpable de haber abandonado a su retoño por tantos años. Tenía que recibir una condena por haber dado más importancia a su trabajo que a la única familia que tenía. 

—¡No te rindas nunca!, me decías. ¡Los ganadores no se rinden! —Miró a su madre inquisitivamente. 

La mujer se sorprendió frente a la firmeza de la joven. Se secó las lágrimas e intentó ponerse a la altura de sus propias palabras. Primero volverían a Punta Arenas y luego buscarían la manera de contactarse con el único país organizado que quedaba en la tierra. Decidieron  entonces caminar solamente de noche. En el día se esconderían lejos de los caminos. La luna llena duraría todavía cinco noches. Tiempo suficiente. 

El viaje les tomó seis días. Casi no encontraron comida y tuvieron que dormir escondidas en lugares descampados. Al menos no hacía frío. No era la Patagonia de  décadas atrás, conocida por los vientos huracanados y sus bajas temperaturas. Ahora ya nunca llegaba al punto de congelación, ni siquiera en el invierno. Lo que se temía en estos días eran las tormentas de arena que bajaban la visibilidad a unos pocos metros y que duraban hasta varias jornadas. Tuvieron suerte y casi desfallecientes llegaron a su casa en Punta Arenas a la media noche del sexto día. Durmieron casi doce horas. En la tarde siguiente tuvieron la primera comida verdadera en más de diez días.  Luego fueron al puerto para intentar abordar alguno de los últimos barcos que partían al Polo Sur. 

No pudieron acercarse a menos de diez cuadras. Primero estaba el atasco de cientos de vehículos y luego la muchedumbre que se agolpaba por miles. Subieron a un edificio para tener mejor vista. Las peleas y los gritos eran constantes y se escuchaban disparos de rato en rato. En la distancia se podía ver el perímetro fortificado que se había levantado y que estaba custodiado por hombres armados. Cuando la multitud intentaba hacer un avance se escuchaban los tiros al aire. Algunos, esporádicamente, se hacían al gentío. Lanzaban gases lacrimógenos, pero parecían no hacer mucho efecto. La gente no tenía por donde escapar. La presión de los miles que estaban atrás no permitía salida alguna. La oleada humana provocaba que muchos murieran asfixiados o aplastados. Los soldados empezaron a disparar sin discriminar. Después de casi diez minutos de matanza, la gente empezó a escapar provocando una avalancha donde quedaron aplastados otros cientos. 

Emilia lloraba silenciosamente frente al horrendo espectáculo. ¿Era esta la base sobre la cual se fundaría la nueva civilización humana? ¿Sobre miles de millones de muertos y de especies desaparecidas? ¿Podrían superar el karma que esto les traería? Las dos mujeres se sentaron mirando dentro del edificio. No podían soportar el grotesco espectáculo. 

Una hora más tarde volvió la multitud y cautelosamente se fue acercando. Se pararon frente a los cadáveres por un tiempo y tuvieron dudas de seguir avanzando. La gente siguió llegando y la presión hizo que avanzaran nuevamente. 

—No puedo volver a ver. Vámonos —dijo Emilia. 

Tomaron el camino de retorno a casa en silencio. Parecía que se les habían acabado las opciones. De pronto Emilia tomó el brazo de Amanda con cara de esperanza. 

—¡El laboratorio! ¡Cómo no se me ocurrió! ¡Qué tonta que soy! 

El laboratorio donde trabajaba tenía la fachada de una agencia aduanera. Siendo un puerto de alto tráfico internacional, habían cientos de ese tipo de empresas. Pasó totalmente desapercibida. Nadie se dio cuenta que en las instalaciones se llevaban a cabo experimentos que cambiarían la naturaleza del ser humano. El problema sería acceder al lugar. Todo estaba controlado por lectores biométricos y no había energía eléctrica en la ciudad. Tendrían que encontrar la forma de burlar la seguridad. 

Emilia se llevó una gran sorpresa al llegar al edificio. Cuando se paró frente a la puerta  se prendieron algunas luces y automáticamente se abrió. El edificio tenía su propia fuente de energía. Aunque era lo más lógico, ella nunca lo había pensado. Solo ella pudo pasar. El sistema no reconocía a Amanda. Le pidió que se ocultara en el edificio de enfrente hasta que consiguiera la manera de hacerla ingresar. 

Volvió a poco tiempo con una sonrisa que la joven no veía desde que era niña. Le dotó de un pase electrónico y juntas subieron al helipuerto para esperar su transporte.

lunes, 11 de octubre de 2021

Nada que confesar

Rosario Sánchez Infantas


Los domingos por las tardes treinta estudiantes internas, entre los nueve y dieciocho años, marchábamos hacia el pequeño bosquecillo ubicado en el fondo del complejo educativo. En esta ciudad andina, a 3400 metros sobre el nivel del mar, la temperatura variaba entre cinco y veinte grados centígrados, por ello disfrutábamos tomar el sol sentadas sobre trozos grandes de algunos árboles talados. El internado y la sección primaria estaban ubicados en una casona antigua, bien conservada y con hermosos jardines, colindante con una pequeña capilla gótica. Las instalaciones de secundaria eran nuevas y equipadas con campos deportivos.

El cielo claro, aire seco, estaciones muy marcadas, sembríos, arboledas y un río caudaloso caracterizaban al amplio valle en el cual se ubicaban pequeños pueblos y algunas ciudades como ésta en la cual las Hijas de la caridad administraban el colegio desde inicios del siglo XX. Durante la semana el aroma a cipreses se sentía en los diversos ambientes; en el bosquecillo el viento frío traía la fragancia de la tierra cultivada, del eucalipto en los fogones aledaños, las retamas tiernas o el olor de la comida en preparación en la cocina del hospital psiquiátrico vecino de nuestra morada.  

Una vez cada dos semanas las internas podían ser visitadas por sus padres y salir hasta las tres de la tarde con ellos. La mayoría de las estudiantes éramos hijas de obreros o empleados de los centros mineros de la región central del país o de agricultores de la cercana selva alta. Muchas de ellas llegaban en abril y solo regresaban a sus hogares en diciembre al finalizar el año académico. Los fines de semana sin visita escuchábamos las canciones que la emisora local difundía con muchos meses de atraso en la radio a pilas que María Isabel tenía. Cantar, conversar, tejer era lo que las internas hacíamos hasta que el sol desaparecía tras la tapia vecina y la auxiliar nos llevaba a la misa en la capilla del colegio.

Mañana y tarde asistíamos a clases y permanecíamos dos horas en la sala de estudios antes de cenar. Una tarde nos enteramos en ella que la madre de María Isabel había fallecido. Siendo la hermana mayor debía acudir a las exequias y ayudar en la organización del hogar por un par de días. Lo solicitaba el padre en una misiva que trajo desde el lejano centro minero otro hijo suyo, de luto riguroso. Con el semblante cambiado regresó el martes siguiente y salió los siguientes dos fines de semana, para ayudar en casa. En este lapso las tardes de domingo fueron más silenciosas y nostálgicas, pues quizás la música no nos alegraba, sino que nos distraía de la tristeza por la familia, los amigos y el pueblo ausente. A las seis con treinta de la tarde mientras esperábamos abrieran la capilla la veíamos trasponer la gran reja y despedirse de su hermano, que la traía de regreso de su localidad, ambos vestidos de negro.

Era grande y feo. En la sala de estudio pasé mucho tiempo pensando en aquel cuadro que presidía la pared delantera. Un grueso marco de madera rojiza, que mostraba polvo y algunas cerdas adheridas al barniz, protegía un mensaje escrito con letras góticas que decía: «Tenéis una vocación que os obliga a asistir indistintamente a toda suerte de personas: hombres, mujeres y niños, y en general, a todos los pobres que os necesitan». Una mancha gris cubría parcialmente el nombre del autor, el santo cuyo nombre llevábamos en la insignia del colegio.

La primera vez que lo vi, aplicando la teoría de conjuntos que nos enseñaban en clases, me pregunté por qué «los hombres, mujeres y niños» estaban en otro conjunto que «todos los pobres que os necesitan». Luego trataba de entender qué significaba esa vocación que me generaba una obligación. El diccionario decía que era «la inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de la religión». Recordaba la historia del sacerdote sobre una muchacha que sentía debía ingresar como novicia en una congregación para servir a Dios. Se resistía, luchaba, pues la ilusionaban el mundo, los chicos, los placeres, las tentaciones del demonio; después de mucho sufrimiento se rendía al llamado divino. Y entonces la obediencia y la desobediencia, lo que quería y lo que debía, la virtud y el pecado combatían en mí. Quizás el Creador del universo me había llamado, pero yo, tentada por el demonio, no quería obedecer su mandato. Si Adán y Eva habían sido echados del paraíso por comer una manzana, yo de seguro ardería por toda la eternidad en el infierno.

Eran mucho temor y culpa para manejar a los diez años.

Un día reparé que estaba prohibido que las alumnas de una sección del internado ingresáramos a la otra. Quizás Cristo Pobre quería más a las internas de los dormitorios comunes, las que pagaban pensiones más baratas, porque eran más parecidas a él. Quizás por tener papá y mamá algo más de dinero para pagar dormitorios privados Jesús no nos quería tanto a mi hermanita de nueve años y a mí. ¿De dónde sería el Cristo Pobre? Recordé al Señor de los Milagros de las procesiones en mi ciudad, al Señor de la Agonía ubicado debajo de un arcángel con su arcabuz en una iglesia de la capital, los arcos y alfombras de flores con que celebraban al Nazareno resucitado en un valle cercano. Me sentí muy tonta por tardar en darme cuenta que Dios, aunque tomaba diferentes nombres, era el mismo siempre. Pero surgió la inquietud: «El santo patrono de mi colegio, ¿sería alemán como la hermana Hildegarde?» Ya había pasado una semana, pero al recordarla sentí el golpe, el ardor, la sorpresa y la humillación de la bofetada que no vi venir desde su cuerpo de cien kilos y un metro ochenta de altura. No pude terminar la explicación que estaba dándole y me mandó ir a confesar mi pecado: darle un empujón a una compañera por decir que mi apellido era vulgar. Me parecía fácil aprender lo que enseñaban en el colegio; pero la vida era más difícil de entender. En casa había asimilado que el apellido y la familia era algo sagrado que se debía defender, y resulta que aquí eso era un pecado. Más que nunca sentí el ramalazo del desarraigo familiar; y esa como casi todas las noches imaginé el camino de regreso que hacían mis padres hacia nuestra localidad, en plena oscuridad después de habernos visitado en el internado. Recordé que la carretera sinuosa al borde del caudaloso río tenía cada cierto trecho miniaturas de capillitas que recordaban accidentes mortales.

Cuando la tristeza era inmanejable me prestaba algún libro de las alumnas de secundaria, uno de los que más me impactó fue El retrato de Dorian Gray. Conocía otros lugares, personajes y circunstancias que me hacían olvidar la nostalgia, la culpa y la posibilidad de quedar huérfanas; pero las tareas escolares no se hacían solas. La añoranza de la familia y las llamadas de atención por no cumplir con lo encomendado por la profesora, se traducían en llanto por todo lo llorable, no solo por las asignaciones incompletas. Aquel día que la profesora me llevó, anegada en lágrimas, donde la hermana tutora para que me conmine a ser disciplinada recordé su obligación de asistir indistintamente a los hermanos, y esperé ser asistida sin saber exactamente lo que eso significaba. La religiosa de mediana edad me miró, se rio burlona y me dijo:

–¡Ah! Tú eres la llorona.

Algo sucedió en mi interior.

Su mirada vacía de afecto me recordó los ojos de la zarigüeya disecada que había en mi aula. Sentí que yo crecía. Respondí en silencio: «Soy llorona… y muchas cosas más». Regresé a mi aula sin pedir permiso para ello.

De vez en cuando todavía me preguntaba si no era pecado burlarme silenciosamente de los que me parecían actos injustos, inhumanos y falta de servicio de las Hermanas de la Caridad. Con la racionalidad de mis diez años me dije que siempre habría tiempo de hacer una buena confesión y arrepentirme… ¡algún día!

Con gran sonrisa, contemplé a las monjas, como en aquelarre, enterándose lo que ya se sabía en la sala de estudios: el supuesto hermano de María Isabel la había embarazado. Su madre alertada por un familiar que vio a la joven pareja un fin de semana en una ciudad aledaña, vino a reclamar la irresponsabilidad del colegio. Pero hay diversas fuentes de reclamos, este provenía de una modesta vendedora del mercado que se sintió agradecida con que le dieran un certificado de estudios aprobatorio de ese año académico.

Quise a los roedores la medianoche en la que, tras el alboroto, vi a Sor Hildegarde y la rata que trataba de matar, escoba en mano, pataleando juntas en el pasillo. La rata, más ágil, se repuso primero y echó a correr. Pensé: «algún día puedo arrepentirme bien».  Me preguntaba si hacían caridad las hermanas y, en ese caso, qué les daban a los pobres, ¿el caldillo en el cual flotaban cinco o seis filamentos casi transparentes de col, del cual tomábamos un plato y medio pues para disminuir el exceso de sal le añadíamos agua del grifo, o los conejos en salsa de maní que probamos las internas en el cumpleaños de la hermana superiora? Yo anticipaba la respuesta. Y cuando debíamos confesar nuestros pecados, me reservaba contarle al sacerdote que prefería a Caín respecto a Abel (qué culpa tenía el primero de que sus ofrendas no fueran agradables al Creador), que no me simpatizaba el Hijo pródigo (al que debían homenajear era al hijo que se quedó ayudando a su padre), que hallaba mucho más pecadores que yo en el pueblo escogido de Dios, que una vez mirando el cuadro El descendimiento de la cruz, me lo imaginé a él desnudo. En esas y muchas ocasiones solo resolvía que quedaba pendiente la confesión en la que revelara haber confesado parcialmente.

Después de amenazar a mi madre, con que escaparía del internado y que no me responsabilizaba si mi hermanita menor me seguiría en la fuga, un sábado nos llevaron a consulta en la capital de la región. Cuando regresamos al internado, mis padres permanecieron cerca de una hora en la dirección y cuando pensamos que venían a despedirse, empezaron a empacar nuestras cosas y regresamos juntos a casa. En el trayecto, vi una carpeta con el cargo de una carta en la que el psicólogo, visitado por la mañana, recomendaba que la edad de las niñas –ahí aparecía mi nombre y el de la pequeña– exigía que nos sacaran del internado y viviésemos con papá y mamá. El profesional la llamaba «Señora Hildegarde…». Yo sabía que las religiosas eran solteras, me supo muy bien pensar que no habría tenido a quien abofetear la señorita monja. Un pecado más que confesar… ¡en el futuro!

Las Hijas de la caridad y lord Henry Wotton: cóctel peligroso para influenciar tempranamente a una niña.

Aprendí a reírme para lidiar con el dolor. Más adelante preservaría mi salud mental escribiendo ficciones.

Enterada de que Francisco Franco restauró el control de las cárceles por parte de órdenes religiosas y que las ​Hijas de la Caridad son sospechosas y algunas acusadas, en el caso de los niños robados a sus padres por el franquismo, recuerdo que Cristo, el hombre, enseñó que hay iras santas, ¡y, yo no tengo nada que confesar!

viernes, 1 de octubre de 2021

La vida de una gota de agua

Laura Sobrera


Anoche, cuando la tormenta arreciaba y con ese temor que provoca el sentirse pequeña ante las fuerzas de la naturaleza, nació una gota.

Su vida surgió en los ojos de una pequeña niña huérfana a quien el dolor por la soledad había acompañado durante su corta existencia.

Su corazón latía triste y enviaba toda esa aflicción hacia los ojos que se inundaban barriendo con esas gotas salobres todo lo que se encontraba a su paso y dejando surcos en la suciedad de su rostro.

Cuando el desborde fue inminente se deslizó por su mejilla, cual lánguida y solitaria caricia triste confundiéndose con las gotas de una lluvia que caía densa y sin interrupción desde el cielo. De esa manera llegó de un salto a la calle que le serviría de hogar.

Su mirada las vio caer e hizo un gesto como queriendo retenerlas entre sus manos ateridas por el frío del agua y el ambiente, pero se escurrieron entre sus dedos. 

La gota se despidió en silencio de aquel ser cuyo dolor había provocado su existencia y se dispuso a seguir calle abajo sumada a otras que habían nacido como ella entremezcladas con esa lluvia que caía abundante imitando el profundo dolor infantil como si la naturaleza empatizara con la niña, cual madre desgarrada. 

Las lágrimas inocentes eran parte de un lamento profundo originado en ese misterio que una compañía que supiera llenar los huecos de su corazón.

El hambre de cariño carcome y la necesidad de un semejante hace mucho más daño que cualquier tormento físico. 

Hasta ese momento creyó que nada cambiaría en su vida o en la de aquellas que sumadas a las otras se enriquecían compartiendo dolor, angustia, alegría y lo vivido por cada una de ellas.

En ese deambular por un destino vertiginoso y sin norte, se cruzó con diferentes espectáculos que lograron que comprendiera que, por lo general, las apariencias son engañosas. 

Jugando a hacer una rueda con otras gotas, se encontró, en una esquina de aquella calle, una semilla y por fortuna quedaron el tiempo suficiente como para escuchar un: 

—Gracias, eran lo que necesitaba para renacer —y alcanzó a ver cómo entreabría sus gajos nutriéndose con parte de su presencia vital, aunada a las de sus compañeras de ruta, desdoblándose en un brote de porfiado vigor y esperanza.

Sus hermanas contribuían aportando también una cuota de sus nutrientes colaborando con su subsistencia y futuro.

Calles abajo alimentamos un charco donde unos niños jugaban a ser capitanes de sus barquitos de papel con la alegría dibujada en sus miradas descubriendo un mundo nuevo de aventuras.                                                                                                        
Casi inmediatamente oyó la voz de una madre intentando detener ese juego, pero de forma divertida, para lograr una pronta y eficaz respuesta de esos hijos:

—¡Atentos los capitanes! —dijo con tono enérgico y burlón—. Diríjanse al centro de mando donde los esperan toallas y ropa seca y luego al salón comedor que unas humeantes tazas de chocolate caliente y churros serán la merienda ideal para el rango que ostentan.

Escuchó sus risas mientras seguía vertiginosamente el camino por esa pendiente tan similar a la que los seres humanos llaman vida.

Mientras avanzaba, por momentos, el viento juguetón la levantaba por el aire o las arrojaba contra casas y autos provocando a su paso respuestas furibundas de quienes se cruzaban en esa ráfaga de aliento frío con que la naturaleza nos enfrenta en algunas tardes de crudo invierno.

Ese vendaval apuraba el viaje en un intento por hacerla llegar a su destino con una premura que atemorizaba a la exploradora, porque ese trayecto era disfrutable a pesar de todo.

Ya podía divisar ese final. Un gran mar se abría al término de aquel escarpado sendero. Su azul profundo daba la sensación de una intensa paz, aunque sobre él, ese cielo todavía plomizo anunciaba que quizá la calma no era su única opción existencial.

El descenso fue desenfrenado y por primera vez desde que nació pudo apreciar una pincelada de un tenue celeste abriéndose paso entre las nubes grises del firmamento.

Algunos rayos de sol comenzaban a colarse tímidos entre esa masa de porfiado celaje gris. Hasta se podía adivinar un suave calor manar de esos rayos de luz.

Y ahí ocurrió el milagro que la lágrima no pensó vivir. Solo era una humilde gota y creía que su destino era casi de forma exclusiva ser mar. Sintió una oleada de luz y calor envolverla. Este aumento de temperatura la volvió liviana, etérea y en un instante, merced a esa luz que se colaba entre las nubes, se abrió, cual abanico, en hilos de iridiscentes y luminosos colores.

Una nueva ráfaga de brisa juguetona la elevó lo suficiente para reconocer un rostro que se le hizo familiar.

Y si esta maravilla pareciera insuficiente se vio de nuevo reflejada en los ojos de aquella niña que dio origen a su corta vida. Notó, entonces, que había alguien a su lado y también que su rostro ahora estaba iluminado por una gran sonrisa. 

Lo único que pensó antes de que el travieso viento la depositara por fin en el mar fue que nacer y morir en torno a las pupilas de una pequeña, primero siendo dolor, ahora como esperanza, es lo más parecido a una bendición.