lunes, 20 de noviembre de 2017

El desenlace

Víctor Purizaca


Me consuelo al pensar en ese hermoso atardecer, en el que aún no te conocía y no sabía lo que era acariciar enojado, ni sonreír por el qué dirán. Siempre me gustó ver novelas mexicanas, qué cursi, menos mal que mis amigos del Regatas no saben mis aficiones diarias: María la del Barrio y Marimar. Entonces comprendí el sendero que me llevó hacia ti, era lo que yo nunca esperé.

Juan Börger había sido alumno predilecto del hermano Rafael, pelirrojo, pecoso y de un metro sesenta y cinco. Nunca se amilanó en el salto largo, ni en la carrera con postas. En el cuarto de secundaria perteneció a la selección de atletismo del colegio Champagnat de Miraflores. En quinto de secundaria conoció a Mabel, en una tarde comiendo helado cerca al Solari, en la avenida Pardo. El tío Ernesto y su mamá le advirtieron de qué familia venía, el padre de la niña había sido un fraudulento funcionario de la Compañía Peruana de Vapores y luego de quedar viudo había cambiado de mujer como de calzoncillo sucio. La muchacha, se rumoraba, había compartido amoríos con un Roca Rey, hasta perdió un hijo con aquel. Antecedentes calenturientos forjados a tan corta edad. No era mujer para ti, Juan, comprende.

Se enamoró de la petisa y curvilínea del Belén; caminaba veinte cuadras tan solo para dejarla en su casa. Ya no iría a los entrenamientos de la selección de atletismo. No más Adecore. El amor juvenil pudo más y los devaneos también.

Juan había perdido a su padre en una misión sin retorno, al Cenepa durante el conflicto con el Ecuador en el 95. Era un robusto y pelirrojo infante de Marina, murió entre ramajes y balaceras intensas.  Ernesto, primo hermano de su mamá, asumió las veces de padre, consejos siempre tenía para el muchacho.

Él, Josecito, un flacuchento con barbas de chivo, exalumno del colegio Carmelitas, amante de los tronchos de fin de semana y del surf, rozaba los pezones de la enana, lo hacía sin miramientos y consciente de que eran observados por paseantes y vecinos que se deleitaban con las piruetas de sus manos. Añadía malicia y deseo creciente mientras estrujaba más y recorría sus cabellos castaños. La escena no era más que una banquita, dos vecinos sentados en el borde de la vereda y un árbol añejo. El parquecito ya no podía disimular las caricias de José, el intruso del Carmelitas.  Juan abandonó la clase de Biología solo para comprobar lo que le habían susurrado su prima Titi y su amigo Juanjo; a tres metros de la gimnasia al aire libre, con un enorme arbusto de compañía, Börger mostró una lágrima en la mejilla izquierda, tomó la manga izquierda de su casaca jean negra y se la limpió sin dudar.

El pelirrojo terminó dentro de los diez primeros alumnos de su promoción en el Champagnat, el hermano Rafael y el profesor Seminario le auguraron un gran futuro. Medio año después ingresó a la facultad de Medicina, Mabel lo acompañó a la oficina de admisión; luego lo felicitó en público y en privado. Era tan feliz, sus ojos marrones brillaban de tan solo verla. Qué linda era su enana.

La mujercita de diminutos pies gemía, se calmaba y lanzaba una risita nerviosa, semejante a un susurro, coqueteando con todos y con ninguno a la vez. Ella lo disfrutaba, transpiraba el goce, lo mostraba. El flacuchento se abalanzaba sobre su cuello y se alejaba de nuevo. Era cariñoso, aprehensivo, vehemente y audaz. Juan se llenaba de preguntas, dubitaba desde el arbusto, temblaba acariciándose su roja cabellera; observaba a Mabel que frotaba sus senos turgentes sobre las manos de su amante.  La piel suave y rosada se erizaba cuando el vago de mierda ese frotaba acuciosamente su pulgar en el pubis. Surferito infeliz y se controla Juancito.

Recuerdo haberte visto así, Mabel, azarosa, cuando apenas te conocía, tus gemidos y mis caricias, las mías solamente. Egoísta debo haber sido o no me di cuenta, tú apenas rozabas con mis sueños y yo nunca comprendí los tuyos. No entendí, ¿no? Eso debe de ser.

El bastión del Carmelitas deslizaba su mano sobre ella, sobre toda ella, sentía desvanecerse, por momentos, en su temblor y en su hálito entrecortado. La tensión aumentaba, retumbaban los latidos una y otra vez. Ante la sensación de una mirada inquisidora, se contorneaban de un modo más frenético. «Si tu mamá te viera, Mabel».

Ella se dejaba llevar, por momentos olvidaba que estaba a la intemperie, en una banca de un parquecito, cerca de su casa, donde no tardaba en llegar Juan a verla, los jueves era infaltable. Sus chistes y anécdotas. Eran una pareja unida y feliz, ¿no es así?

El pelirrojo se deslizaba lentamente, aumentaba su paso, se detenía por momentos y acortaba su respiración. No sentían sus pasos, poco a poco, miró alrededor y no había ya nadie. Juan halla el mazo en su bolsillo, acaricia el adminículo. Ya es uno solo con el martillo, siente su pulso, firmemente resuelve terminar, ya no tiene dudas.

«Yo que te quiero tanto», sentencia y susurra Juancillo.

El flacuchento, el osado, el surferito fumón, no reacciona ante el primer golpe, se desploma de espaldas. Aturdido y con la respiración dificultosa trata de incorporarse solo para recibir el segundo golpe, el certero. Cae abundante sangre del cráneo hendido. Coge con firmeza el martillo, Mabel trata de gritar, Juan hunde el puño en la boca de su enana. Ahoga su llanto y su grito se transforma en un ruido parecido al que producen las ratas cuando deambulan en una cocina sucia.

El bueno para nada del Carmelitas no se atreve a moverse, no lo hará más. Su amada usa sus lágrimas y sonrisas, como artimañas, trata de explicar, el dolor, la humillación. «No significó nada», mascullaba. «Que lo amaba, que no significaba nada”. Trató de recordar cuando salía rápidamente del colegio para tomar el Chama y poder llegar al colegio Belén para encontrarse con su enana y su risita dulce.

Börger respiraba profundamente, miraba el cielo inusualmente estrellado. Se detiene un momento, acaricia su cabello rojizo y suelta el martillo. Huele el perfume a flores mezclado con su colonia de lavanda. Mabel sonríe, besa lenta y calurosamente el cuello del dolido. Nadie mira aquella escena entonces. Así como el amanecer llega no dudemos que el atardecer también vendrá. Dejó de mirar las estrellas, bajó el mentón, todo ocurre raudamente. Se sintió ahogado con su corto resuello. Apretó los dientes, sus manos tomaron su  cuello, Mabel acortaba su jadeo, agitaba sus brazos, sus piernas se desvanecían, la respiración se acorta, su resoplido se extingue. Las manos se agitan sin cesar. Una pequeña bolsa cae del bolsillo del jean de Börger, huele a camotes fritos. «Qué delicioso», pensó Juan. El cuerpo inerte descansa en la banca, dos perros olían la escena, ladraban ya. El más pequeño un poodle degusta los camotes fritos. 

Se sintió como Eduardo Capetillo sin guion, sin Thalía. Lloraba mucho, sentado   en   la   banca   frente   a   dos   cuerpos, tan   fríos   ahora. ¿Testigos? Las estrellas y un vientecillo refrescante. Se cogía la cara con ambas manos tratando de no ver. Ya no vería los ojos verdes de su amada. Eran la diez de la noche casi, un vecino advierte la escena, la escena conlleva a una llamada, la llamada al escándalo, el escándalo a la alarma, la alarma a la policía. Él espera sosegado su desenlace, la agonía propia. Al escuchar la sirena supo que no podía ocultar más lo que sentía y por ende lo que había pasado.

martes, 7 de noviembre de 2017

Una nueva vida en otro lugar

Horacio Vargas Murga


Luego de leer el titular del periódico, Onésimo se sintió muy angustiado y perdido. Ya todo el mundo lo sabía y empezarían a buscarlo. No se libraría de la cárcel y menos del desprestigio y la vergüenza. Nadie podría salvarlo, ni siquiera el mejor de los abogados, además no tendría cómo pagarle, con lo endeudado que estaba.

Tomó un café apurado, casi quemándose los labios y se preparó para salir. Mientras se alistaba, pensó en una sola alternativa. Tenía que ser rápido en llevarla a cabo. Antes de salir del departamento que había alquilado, se colocó una casaca con una capucha que le cubría toda la cabeza y las orejas, además de unos lentes oscuros.

Una vez en la calle, abordó un taxi y pidió al taxista que lo condujera hasta el final de la avenida. Al descender del vehículo, se dirigió a un puente de manera apresurada. Al llegar a este, se percató de que no hubiese nadie alrededor. Fue acercándose cada vez más a la baranda y pudo notar la gran altura a la que se encontraba el puente. Un viento frío le sopló en ese momento en el rostro. Pensó: «Nadie que se tire de aquí al vacío se salva». Se acercó más al borde y un gran temor lo invadió en ese momento. Empezó a transpirar, las manos y los pies le temblaban, y su corazón palpitaba apresurado. Miró nuevamente hacia el vacío y un súbito vértigo arremetió, aumentando su ansiedad. «Tengo que hacerlo, no queda otra», se dijo a sí mismo, dándose valor. Cuando estuvo a punto de saltar, escuchó una voz grave que venía detrás de él.

—¿Qué pasa, amigo?, ¿quieres volar como los pájaros?

Volteó molesto y sorprendido. Se encontró con un personaje delgado, de cabeza grande, nariz filuda y orejas puntiagudas, que lo miraba con cierta frialdad. Su traje negro contrastaba con su piel entre verdosa y gris.

—¿A ti qué te importa? —le respondió—. No te conozco.

—Te pregunto porque me importa, quizá pueda ayudarte.

—¡Ayudarme! Nadie me pude ayudar. Hay diez personas que han muerto luego de comer en mi restaurante y la policía me debe de estar buscando. Nadie me puede ayudar. Ya no es posible vivir en este mundo.

—En este mundo no, pero quizás en otro. Te podría llevar a otra parte, donde estarías libre de estos problemas.

—¿Adónde? ¿Otro país? No tengo dinero.

—No necesitas dinero, solo necesitas venir conmigo.

—Pero ¿a dónde?, ¿a cambio de qué?

—Sin preguntas. Si quieres lo tomas o lo dejas. Si quieres me sigues o saltas por ese puente y terminas con tu vida.

Dicho esto el personaje peculiar empezó a caminar y Onésimo se quedó pensando sin saber qué hacer. Finalmente caminó detrás de él con cierta inseguridad y temor. Llegando a la avenida, el personaje detuvo un taxi, conversó con el chofer, abrió la puerta de atrás y volteando le dijo a Onésimo:

—Sube.

En el taxi, ambos se quedaron un buen momento sin decir palabra alguna, hasta que el personaje rompió el silencio:

—Me llamo Zhydal.

—Yo me llamo Onésimo, ¿qué raro es tu nombre?

—Igual digo por el tuyo.

—¿Adónde vamos?

—Ya lo sabrás en su momento.

Media hora después descendieron del taxi que los dejó en una calle frente a un amplio portón de madera. Zhydal lo abrió y aparecieron innumerables arbustos que dieron la impresión de ser parte de un bosque. Caminaron entre los arbustos y luego de una larga caminata se detuvieron en un claro enorme donde no llegaba la luz. Zhydal prendió una linterna y le dijo:

—Hay que sentarnos y esperar.

Onésimo, confundido y temeroso, siguió lo indicado, y esta vez no se atrevió a preguntar. A los veinte minutos, una luz intensa empañó sus ojos y un sonido extraño empezó a escucharse. Luego la luz bajó de intensidad y pudo notar una nave luminosa sobre el campo. Se abrió una puerta y automáticamente apareció una escalera.

—Subamos —dijo Zhydal.

—¿Adónde me llevas?

—Ya lo sabrás.

—No subiré hasta que me digas a dónde vamos.

—Si no quieres me voy solo y te regresas.

Onésimo miró hacia atrás y vio todo oscuro. Tuvo mucho miedo. Era imposible regresar solo. Resignado, siguió a Zhydal y abordó la nave. Dentro de ella encontró a otras personas muy parecidas a este extraño personaje que lo saludaron moviendo la cabeza. Las mesas y sillas eran radiantes, blancas, además de muy cómodas y flexibles. La nave despegó rápidamente y se elevó en el aire.

—Eres un extraterrestre, ¿verdad?

—Así nos dicen ustedes.

—¿A dónde vamos?

—Lo sabrás cuando lleguemos.

Durante el viaje, la comida se servía en platos pequeños, y consistía de unos cubitos masticables, salados y dulces, de agradable sabor. Onésimo extrañó la variedad y la sazón de la comida terrestre. Sus inodoros eran parecidos a los de la Tierra, pero lavaban y secaban automáticamente la superficie anal, por lo que no era necesario el uso de papel higiénico. En ocasiones, solía mirar a través de las ventanas de la nave, y apreciaba a lo lejos algunas estrellas y cometas luminosos.

Luego de varios días de viaje, la nave descendió y se abrió la puerta. Bajaron por la escalera, y lo primero que vio fue una ciudad colorida y musical, donde el aire era más limpio y fresco que en la Tierra. Las casas eran mayormente de vidrio, y las zonas verdes, amplias y limpias. Había vehículos terrestres y también aéreos, con un tránsito en armonía, no como el tráfico diario con el que estaba acostumbrado a vivir. Subieron a un vehículo que los transportó por el aire. Tras algunos minutos, llegaron a un local, en cuya entrada había un amplio jardín, lleno de flores de diferentes colores. Cruzaron una puerta grande de metal y caminaron por amplios pasadizos, cuyos pisos y paredes estaban enchapados por cerámicos de gran brillo. Onésimo estaba sorprendido por la elegancia del lugar.

Ingresaron en una oficina donde se encontraba un sujeto mayor, alto, delgado y canoso, vestido de blanco luminoso.

—Buen día, Zhydal. Veo que por fin has cumplido con el objetivo.

—Buen día, maestro Oykaroh. Le presento a Onésimo. Viene de la Tierra para integrarse a nuestro proyecto.

—Mucho gusto, señor Oykaroh —manifestó Onésimo—. ¿A qué proyecto se refiere? ¿Dónde estoy?

—Toma asiento. Te explicaré de qué se trata el asunto.

Todos se sentaron, mientras una dama les entregaba un vaso con un contenido líquido, invitándolos a beber. Onésimo probó con desconfianza, pero le pareció agradable esa bebida dulce que nunca antes había probado. El maestro Oykaroh se incorporó de su asiento y, mirando fijamente a Onésimo, le dijo:

—En tus manos está la salvación de nuestra especie. Escucha bien lo que te voy a decir —y empezó a contar una historia que Onésimo escuchó con asombro e incertidumbre.

Algunas décadas atrás, los habitantes del planeta habían sido infectados por un microorganismo que produjo mutaciones en el ADN. Esto generó que todos los habitantes machos solo produjeran espermatozoides defectuosos y, por tanto, ya no pudieran fecundar. Lamentablemente, las mutaciones también impedían poder hacer clonaciones. Ante el riesgo de que se extinguieran, estuvieron realizando diversos estudios, además de enviar científicos a diferentes planetas, para encontrar una especie que tuviera espermatozoides compatibles. Después de muchos años de investigación, encontraron que los espermatozoides de los habitantes de la Tierra podían ser compatibles, pero era necesario verificarlo con pruebas de fertilización en laboratorio y luego realizar la implantación en las hembras para determinar si lograban preñarse. Para ello, era necesaria la participación de un terrícola en el experimento.

—¿Me están pidiendo que fecunde a las hembras de su planeta? —inquirió Onésimo.

—Así es. Necesitamos tus espermatozoides para hacer las primeras pruebas y verificar la compatibilidad... también necesitamos verificar que las crías nazcan en buenas condiciones —manifestó el maestro Oykaroh.

—¿Eso quiere decir que tendré que masturbarme varias veces hasta que consigan el propósito?

—En efecto. Durante todo el tiempo que requiramos de tus servicios tendrás alimentación, vestimenta y alojamiento asegurados. Estarás a dedicación exclusiva y, por su puesto, bajo cuidados médicos.

—Qué pasaría si no acepto.

—No tienes otra alternativa.

Dicho esto prendió un televisor y le mostró grabaciones de diversos noticieros de la Tierra, donde hablaban sobre la muerte de personas que almorzaron en su restaurante y que él estaba con orden de captura, pero no daban con su paradero.

—Me lo imaginaba. No sé qué pasó realmente en mi restaurante. Yo mismo supervisé la preparación.

—Nunca falta alguna persona que quiera sabotear el negocio y vierta alguna sustancia en la comida.

—No me imagino quién pudo haberme hecho eso.

—Uno nunca sabe. En fin, ¿qué dices?

—Bueno…Tendré que aceptar su propuesta.

Onésimo se incorporó de su asiento y se retiró acompañado de Zhydal. En su mente apareció una frase: «¡extraterrestres de mierda!», mientras un frío intenso se apoderaba de su cuerpo y un sabor agrio inundaba su boca. Fue conducido a su habitación.  Las paredes estaban llenas de espejos. Durmió como nunca en su vida sobre una cama de cuatro plazas. Al día siguiente fue sometido a diversos exámenes de laboratorio y evaluaciones médicas. Colaboró con desagrado. Prefirió no resistirse por estar en desventaja. Decidió “seguirles la corriente” hasta que se le ocurriera un plan para escapar. Los resultados de las pruebas reportaron que estaba en buen estado de salud.

—Bien, Onésimo. Estamos en condiciones de empezar. Iniciaremos mañana.

—De acuerdo, señor Oykaroh, haré lo que me pidan, no me queda otra. Ustedes ganan. Solo espero que me traten con respeto y no me hagan daño.

—Así será, terrícola obediente.

El primer día que le entregaron el frasco para que recolectara su semen, se puso muy nervioso y estuvo en el baño más de dos horas masturbándose para conseguir la tan ansiada sustancia viscosa. En los días siguientes, tuvo más confianza y demoró menos tiempo. Después de varios intentos, consiguieron fecundar varios óvulos que posteriormente fueron implantados en sendas hembras. Luego hubo controles, semana tras semana. Mientras tanto, Onésimo pasaba el tiempo en la piscina del local, o practicando deporte con los extraterrestres, unos juegos que parecían una combinación de fútbol con vóley que no entendía mucho, pero que disfrutaba.

Leía también algunos periódicos, revistas y libros de ciencia ficción. Además veía la televisión, sobre todo los noticieros. Siempre abordaban el tema de los fallecidos en su restaurante. Lo seguían buscando. Los abogados que eran entrevistados proyectaban que le darían veinticinco años de cárcel. Esto le producía mucha cólera. Había invertido todo su dinero en el restaurante, incluso gestionó un préstamo en el banco. Todo estaba perdido.

Transcurrieron nueve meses, y siete de las diez mujeres fecundadas alumbraron a siete crías a término, de buen peso, talla y estado de salud. Una de las crías fue prematura y tuvo que estar en incubadora; otra nació muerta, y la tercera terminó en aborto, luego de tres meses de gestación.

Durante todo el tiempo transcurrido, Onésimo se convenció de que era imposible escapar y su propósito se diluyó al generarse una gran simpatía con las nuevas personas que iba conociendo, quienes siempre le mostraron un trato cálido y amable. Compartía con ellos casi todas las horas del día. Llegó a sentirse más a gusto con los nuevos amigos, que con los que tenía en la Tierra.

Oykaroh solicitó que Onésimo se presentara en su oficina.

—Muy bien, Onésimo. El proyecto ha sido un éxito. Tenemos un banco con tus espermatozoides para seguir fecundando más hembras. Nuestra especie ha sido salvada, y se mantendrá probablemente un buen tiempo. Necesitamos contactar con otros terrícolas para tener nuevos espermatozoides, ya que para las siguientes generaciones podría haber problemas si todos descendieran de una misma línea paterna. Te estamos eternamente agradecidos. Has salvado a nuestro planeta. Bueno, es hora de que retornes a la Tierra. Te ayudaremos a que consigas otra identidad y puedas abrirte paso en un lugar donde nadie te conozca.

En ese momento Onésimo fue invadido por un gran temor. Se quedó pensativo sin saber qué decir.

—¿Pasa algo, Onésimo? —preguntó el maestro Oykaroh.

—Bueno, en todo este tiempo me he acostumbrado a estar aquí. Si regreso a la Tierra, así tenga otra identidad, siempre estaré con el temor de que me descubran. Preferiría quedarme con ustedes.

—Pero requerimos ahora de otros espermatozoides. Los hijos que engendraste tendrán que fecundar en el futuro a hembras que no sean tus hijas, para evitar las malformaciones congénitas que se pueden producir entre hijos de hermanos.

—Lo sé, pero es muy peligroso que regrese a mi planeta. Por otro lado, todos los hijos que engendré, a pesar de que tienen padres adoptivos, son mis hijos biológicos. De alguna manera ya soy parte de ustedes.

—Tienes razón, pero no podemos mantenerte eternamente. La comida, la vestimenta y el alojamiento tienen un costo que no subvencionaremos de manera indefinida.

—Lo pagaré con mi trabajo, como todos lo hacen aquí y como lo hacen también en la Tierra. Sé bastante de cocina.

—Bueno…Te quedarás, pero pobre de ti que intentes algo contra nosotros.

—Después del beneficio que les he brindado, creo que merezco ser acogido.

—Está bien, terrícola astuto, te quedarás con nosotros, pero estarás bien vigilado.

—No generaré problemas, se lo aseguró. No tengo otra alternativa.

Los ojos de Onésimo se iluminaron y una inmensa alegría se dibujó en su rostro. Se libraría de ir a la cárcel en la Tierra. Por otro lado, podría implementar el restaurante, que no pudo desarrollar en su planeta, incluso de una manera innovadora, a la que podría denominar “comida novoespacial” o “novosideral” o “novogaláctica”. Igualmente no estaría nada mal enamorarse y formar una familia con una extraterrestre. Al principio las veía igual de raras que los varones, pero con el tiempo se fue acostumbrando a ellas e incluso empezaron a gustarle. Además parecían más fieles que las terrícolas. En la Tierra, las escasas enamoradas que tuvo (ya que muy pocas veces fue aceptado), siempre terminaron yéndose con otro. En los últimos años se había convertido en un hombre solitario, muy entusiasmado con su restaurante y alejado de sus parientes y amigos.

El maestro Oykaroh jamás le diría que fueron ellos los que contactaron a uno de sus ayudantes de cocina para que vertiera un veneno en la comida que se serviría en el restaurante. Luego este ayudante sería eliminado y desaparecido para no dejar rastros. Onésimo había sido elegido entre varios terrícolas por su buen estado de salud y constitución física. Fue investigado durante varios meses antes de ser elegido. Convencerlo de buenas maneras o raptarlo era riesgoso, el plan proyectado fue considerado el más adecuado. Era mejor para todos que él nunca se enterara de nada.


Desde ese momento se convirtió en un miembro más del planeta, iniciando una nueva vida en otro lugar.

lunes, 6 de noviembre de 2017

La traición de Manuel

Rita Mabel Figueredo


Los secretos son pesados y densos, como las piedras. Se instalan en el alma, e indefectiblemente, van corroyendo desde adentro el corazón, la mente, la paz y la cordura. Los secretos, son como espinas que lo duelen todo.
Para el mendigo, la mañana había comenzado mal. No es que las demás mañanas de su vida fueran distintas, pero esa había sido particularmente mala. Se inició más temprano que de costumbre, cuando el guardia de la plaza lo despertó a golpe limpio, con la excusa, a su entender absolutamente innecesaria, de que ese día habría desfile. Todos saben que los desfiles se anuncian para las ocho y comienzan pasadas las once. Pero el guardia quería impresionar a su jefe, y el hombre se vio obligado a recorrer las calles cuando todavía no había gente que pudiera darle algunas monedas.
Otro inconveniente matutino fue el desayuno. Había olvidado cruzar por el bar de Paco la noche anterior, por lo que solo le quedaba en el estómago el resto del alcohol de quemar con azúcar que había cambiado por una camisa rescatada del paquete de Cáritas Diocesanas.Un dolor sordo cruzaba por su cabeza y no le dejaba pensar en nada más. Se rascó el cuero cabelludo lleno de piojos. Tal vez era hora de bañarse. Ahora solo lo hacía los días que la iglesia evangélica insistía en que para sentarse al comedor tenía que estar limpio. No hablaba con nadie. Nunca miraba a los ojos a las personas con las que se cruzaba.
Manuel no siempre había sido así. En alguna época, que parecía lejanísima y sin embargo se remontaba no más de cinco años atrás, había sido un hombre respetable, con trabajo, casa, auto, amigos, familia. Lo habían buscado durante varios años, hasta rendirse finalmente ante la falta de evidencias de que estuviera vivo.
Pero lo estaba, aunque todo se había ido al garete después de aquella noche fatídica en que conoció el secreto y su vida se había convertido en un trascurrir de minutos vacíos.
Una de sus rutinas cotidianas era sentarse en el banco de la plaza grande en la esquina de la Avenida de Los Héroes y calle Veinticinco, mirando siempre hacia la misma ventana, aquella en la que había visto morir a María.
La había conocido un primero de mayo, en la fiesta del Día del Trabajador de la oficina. No era exactamente un entusiasta asistente a los eventos sociales, más bien los sufría con callada resignación. Su esposa, Amelia, solía acompañarlo amortiguando el efecto del mundo sobre su persona. Pero esa tarde estaba en cama con un resfriado y la fiesta era de asistencia obligatoria para todos los empleados de la editorial.
Su facilidad para los idiomas —hablaba y escribía con fluidez en seis lenguas—, su memoria fotográfica, su aspecto desgarbado, habían contribuido a formarle fama de hombre hosco. Se preocupaba poco por su aspecto físico, la ropa solía quedarle demasiado holgada y no se cambiaba casi nunca sus gastados mocasines marrones. Esa tarde había hecho una concesión a la elegancia agregando a su atuendo una fina corbata verde, que solo conseguía acentuar su aspecto de desamparo.
Se atrincheró en un rincón cerca de los bocadillos, con una copa en la mano, de la que bebía pequeños sorbos cada tanto, sonriendo sin ganas a quienes se acercaban. Desde su pretendido escondite la vio entrar. Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo. Era luminosa. Sonreía con la cara girada hacia la izquierda, a una de las encargadas de moda. Llevaba un vestido con flores naranja hasta la media pierna y su cabello color miel parecía acariciar los hombros delgados como un enredo de pequeñas culebras onduladas. Sus pasos cortos y rítmicos formaban una especie de baile. Era toda cadencia; musical hasta en el simple acto de recorrer el salón. Se acercó a Manuel con una sonrisa puesta en los labios y un brillo pícaro en los ojos.
—Manuel Estigarribia, supongo —dijo extendiendo una mano de dedos largos, que terminaban en uñas bien cuidadas con barniz rosa pálido.
—Eh... sí... yo...
Se sintió un idiota y más aún cuando ella proporcionó una explicación absolutamente lógica para acercarse a saludarlo.
—Me estoy presentando. María Sorrento Álvez. Soy la nueva jefa de redacción. Vamos a trabajar juntos desde el lunes. Disfruta de la fiesta.
Se alejó por donde había venido sin que su interlocutor pudiera llegar a articular una respuesta coherente.
«Por Dios, si seré imbécil. Ahora mi nueva jefa piensa que soy un lelo o que he tomado demasiado».
Pero el lunes siguiente, en la reunión de personal, María no parecía recordar el incidente, y lo saludó como a todos los demás, estrechando su mano con el roce sutil de sus dedos blancos.
Para el más antiguo de los empleados, fue una época de absoluta felicidad y exquisito tormento. Sabía que no podía aspirar siquiera a imaginar que esa diosa lo mirara como a algo más que uno de los engranajes de la gran empresa que dirigía, pero para él resultaba  mucho más estimulante que nunca su amado trabajo de corrector. Extendía sus ya largas horas en la oficina, usaba la copiadora del piso donde estaba la oficina de María, asistía a todas las reuniones de personal, incluso las que eran solo obligatorias para el personal de inferior categoría, sin ningún éxito ni muestras de acercamiento. Su esposa estaba sorprendida y contenta de verlo con tanta energía, acostumbrada a su carácter taciturno.
El milagro se produjo una tarde de lluvia y frío. Manuel debía entregar los textos corregidos a la sucursal de Japón. Dejó un mensaje en el celular de su esposa para justificar que no llegaría a la cena y se preparó para una larga noche. Estaba tan concentrado que no advirtió cuándo la redacción se fue quedando vacía. Un enorme espacio poblado de papeles y ordenadores, desierto y silencioso. El ruido de las teclas fue absorbido de repente por un taconear acercándose. Levantó la vista cuando María estaba casi frente a él, con un ordenador portátil en las manos.
—¿Todavía trabajando?
—Eh… si… este. «Basta, Manuel, va pensar que de verdad eres un retardado». —Sí, tengo que terminar las correcciones del texto…
—¿Te molesta si me quedo acá? —lo interrumpió María. Es que mi oficina está bastante lejos y  la verdad, me da miedo estar sola en la redacción vacía.
A Manuel le seguía costando articular las palabras así que se levantó, le hizo un lugar en el escritorio, acercó una silla y con un gesto grandilocuente y una sonrisa, le indicó que se sentara. Trabajaron en silencio durante varias horas, hasta que María, masajeando su nuca dolorida anunció.
—¡Hora de un descanso!
En realidad, el hombre había terminado su trabajo hacía al menos treinta minutos, pero no quería quebrar esa intimidad creada por el silencio y la cercanía.
—Debería volver a mi casa. —argumentó, sin demasiado convencimiento.
—Unos minutos más, es todo lo que te pido. No me gusta comer sola.
Pidieron comida china, que engulleron con apetito acompañada de una botella de vino tinto. Charlaron de todo un poco. A Manuel el vino le ayudó a relajarse y poder por fin ser el hombre cordial y coherente que normalmente era, y que parecía sufrir una lobotomía en presencia de su jefa.
Cuando la comida y el vino habían terminado hacía rato, los dos seguían contándose las vidas y riendo de anécdotas infantiles, hasta que ingresó un mensaje al celular de Manuel. Era su esposa que le avisaba de que había dejado la comida en la heladera y se iba a dormir. Se despidieron con un apretón de manos, incómodos ambos.
Desde ese día, cada semana, sin haberse puesto de acuerdo, extendían las horas de trabajo y cuando el piso quedaba vacío, se reunían en el mismo escritorio a trabajar en compañía silenciosa durante un rato y a compartir comida, bebida y conversación después.
En una de esas largas conversaciones María se puso seria.
—Te voy a contar un secreto, no quiero que te rías, ¿sí?
Manuel juró no reírse, mas no pudo evitar la carcajada cuando la  joven le dijo que había tomado contacto con extraterrestres que se ocultaban en la Tierra, y que a ellos debía su exitosa carrera en la empresa.
Al verla seria y con lágrimas en los ojos, se dio cuenta de que al menos para ella, lo que le había dicho era real. La abrazó, acarició su cabeza tratando de tranquilizarla y casi sin darse cuenta, la estaba besando. María se fundió en sus brazos con la misma intensidad con que lo hacía todo y él no pudo pensar mucho más tiempo respecto a qué trastorno psicológico hacía que la gente viera extraterrestres.
Al llegar a su casa esa noche Manuel se duchó durante largos minutos, tratando de lavar el olor a María y la culpa. Se prometió que no volvería a pasar.
Efectivamente, durante varias semanas, ambos evitaron retomar las charlas nocturnas, pero se sentían miserables. Por primera vez, fue Manuel quien tomó la iniciativa. Esperó que la oficina estuviera vacía y fue hasta el escritorio de María.
—Te creo —dijo apoyado en el marco de la puerta.
María no dijo nada. Se levantó, le tomó de la mano y lo condujo a su departamento, a tres cuadras de allí.
Los encuentros fueron desde entonces en ese departamento. Sentado en el banco de la plaza de la esquina de la Avenida de Los Héroes y calle Veinticinco, podía ver la ventana del este. Manuel siempre se detenía algunos minutos en el asiento, tironeado por las ganas que le crecían en las entrañas y por el sentido del deber. Siempre ganaban las ganas.
Durante casi un año, los amantes se encontraban y se descubrían cada vez un poco más. Hablaban mucho, no trazaban planes ni se hacían reproches, pero el tema de los extraterrestres volvía una y otra vez a ser discutido. Manuel creía que era una excentricidad o que María intentaba tomarle el pelo y ver hasta dónde podía llegar con la broma.
Pero una tarde, cuando le abrió la puerta, la mujer estaba completamente fuera de sí.
—¡Van a matarme! —le dijo angustiada ni bien entró al departamento.
Se notaba que había llorado y caminaba por la habitación como un animal enjaulado.
—Necesito que te tranquilices. ¿Quién quiere matarte? ¿Te amenazaron? Te acompaño a la policía para que hagas la denuncia. Vamos…
—¡No! ¡Es inútil! Son los extraterrestres. La policía no va a servir de nada. Tenés que irte. ¡Ahora! Es mejor que no te vean conmigo.
Lo empujó fuera del departamento. Él golpeó la puerta, tocó el timbre, rogó durante bastante tiempo, hasta que se resignó a que había enloquecido y no iba a abrir. Pensó en buscar el teléfono de una hermana de la que le había hablado. Al salir al pasillo casi choca contra un hombre alto vestido completamente de negro. El hombre llevaba gafas oscuras y le llamó la atención que no se veían sus pies, era como si flotara sobre el piso.  No le dio importancia y bajó por la escalera cavilando sobre qué hacer. Se sentó en el banco de la plaza a observar la ventana de María que seguía iluminada. La vio recorrer el espacio de un lado a otro mesándose el cabello, estaba a punto de levantarse y volver a subir e insistir que le abriera, cuando una sombra se detuvo detrás de ella. Fueron solo unos segundos. La sombra se agrandó y la cubrió por completo como si la hubiera engullido, el cuerpo delgado de María, desapareció. La sombra volvió a tomar forma humana, se acercó a la ventana y corrió la cortina. El hombre de negro con el que se había cruzado en el pasillo miró fijamente a los ojos a Manuel, o eso le pareció. 

Corrió durante horas. Cuando se detuvo, no sabía dónde estaba, ni si lo que había visto era producto de su imaginación o había sucedido en realidad. La voz de María resonó en su cabeza con instrucciones a las que no le había dado importancia. «No debes mirarlos a los ojos, así es como lo saben todo de ti». No se animó a volver a su casa. Si el extraterrestre lo había visto, sabría donde vivía y podía hacerlo desaparecer a él también. Lamentó no haber creído en María, ¡ay, María!, tan vital, tan lúcida, ¿cómo pudo pensar que no decía la verdad? No podía hablar con nadie. Si le contaba el secreto a alguien más lo pondría en peligro. Regresar a la oficina no era una opción, ¿y si mejor acudía a la policía? No, no era buena idea. Creerían que tenía algo que ver con la desaparición de María. ¿Y si el alienígena lo estuviera siguiendo? Volvió a correr hasta perder las fuerzas. Se ocultó en un callejón y lloró. Por su vida perdida, por María. Se durmió tapado con algunos cartones que encontró cerca. Cuando despertó a la mañana siguiente tenía muy claro lo que debía hacer. Desaparecer. ¿Y qué mejor modo de desaparecer que ser un hombre más de los miles de desdichados que diariamente pueblan las calles?

viernes, 20 de octubre de 2017

La historia de Mohamed Azerwal

Armando Janssen


Prólogo

He sentido su crudeza en mi propio cuerpo. He sido testigo de la fuerza erosiva del viento, sospecho que desde mi origen he sido un poco arena, un poco sol, un poco viento, un poco soledad. Un viento feroz, constante y eterno desparrama arena sobre mi piel, dentro de mi piel y debajo de mi piel.  Es parte de mi cuerpo, arena en mis ojos, en mi pelo, en mis ropas,  la llevo conmigo desde siempre. He experimentado la soledad. Me he sentido diminuto y gigante a la vez.  He sido testigo de su eternidad. He sentido su abrigo en la inmensidad de sus noches. Es impenetrable, imperecedero, seco. Los ancianos dicen que aquí hubo agua, torrentes de agua tan poderosos como el viento. El desierto.

Capítulo 1

Soy un hombre nacido en el desierto, tengo veinticinco años. Me llamo Mohamed, es el nombre del fundador del Islam.

Soy nómada, bereber, beduino, musulmán, marroquí, varias cosas que me condicionan. Originario de un lugar inexacto en medio de las montañas del desierto de Marruecos. Soy el mayor de siete hermanos, cinco mujeres y dos varones.

Capítulo 2

Ludmila, mi madre, es una persona generosa que ayuda a la gente. Diariamente me cargaba en sus espaldas e iba en busca de agua para cocinar y maderas para el fuego, recorría seis kilómetros de ida y seis de vuelta con toda la carga. Ella es una mujer saharauis, nacida en un campamento de Tiduf en Argelia, una de las guerreras que sobreviven en un desierto hostil que les reseca la piel y el alma. Desde el destierro político que comenzó en 1975, las saharauis administran la economía doméstica y visten pantalón vaquero imitando las modas occidentales.

Fieles a sus tradiciones, llevan al desierto sus melhfas o telas de colores azules, rojas y amarillas, coloreando con sus vestidos el monótono paisaje marrón del desierto que lo domina todo.

Se dice que cada vez que una mujer musulmana saharaui emite un zaghareet o grito de alegría, entonces, la soledad del desierto atenúa su imponente presencia, las nubes se dispersan y el pueblo sonríe.

En la sociedad saharaui, el papel de la mujer tiene gran relevancia. Cuando mi madre se trasladó a Marruecos tras la ocupación del Sahara occidental, las mujeres se convirtieron en una pieza clave en el desarrollo de un pueblo exiliado, porque, por un lado los hombres luchaban en una guerra contra el pueblo marroquí, y por el otro, se necesitaban personas para crear el nuevo estado.

En sus escasos ratos libres, mi madre fabrica bonitas cerámicas.

Capítulo 3

Mi padre se llama Houda que significa «el camino recto». Él cuida todo el día docenas de cabras y ovejas, dos burros y cuatro camellos. Recorre el desierto en busca de nuevos lugares donde encontrar raíces para sus desnutridos animales. Muchas veces pasa varios días sin retornar al campamento. Los animales son su único capital, algunos los heredó de mi abuelo y los de mayor tamaño fueron orgullosamente adquiridos producto de sus negocios con otros nómadas.

Cada cuatro meses levantamos el campamento, cargamos los animales más grandes con todas nuestras pertenencias y nos dirigimos a un lugar alejado, en busca de algún rastro de lluvia y plantas secas para poder subsistir.  Mi madre va delante con sus hijos, siempre con el menor sobre sus espaldas, dirigiendo las cabras y ovejas. Mi padre detrás, con los animales grandes, controlando el cargamento y a todos nosotros. Nos llaman bereberes, hombres bárbaros, hombres libres.

Me pregunto qué tan libres somos, atrapados en este desierto. Condicionados a la voluntad de nuestro destino.

El árido terreno de la hamada, como se conoce a este desierto pedregoso, muestra la decadencia de las casas de adobe, jaimas, se ven en el horizonte infinito, donde las cabras y ovejas comen cartón mojado y los niños corren descalzos persiguiendo ilusiones ópticas.

Capítulo 4

Cuando cumplí seis años, mi padre me dijo: «Mohamed, hijo, acércate. Te voy a enseñar cómo cuidar a las cabras». Yo salté completo de alegría. Mis hermanas y mi madre quedaron a distancia observando cómo me las arreglaba. Día tras día mi padre me enseñaba con mucha paciencia y destreza el manejo de los animales pequeños. Aprendí rápido, al poco tiempo me alentó a incorporar a las ovejas, más tarde los burros y por último los camellos. Me enseñó qué utilidad tiene cada animal.

A los ocho años ya cuidaba todo el rebaño, desde antes que saliera el sol hasta caída la noche. Regresaba exhausto. Comprendí que cuanto más me alejaba, más posibilidades tenían los animales de encontrar alimento. Mi madre me entregaba diariamente mi cuota de comida, lo justo para no morir de hambre, yo era piel y hueso. Así pasaban los días, internándome a pleno en la vida de un perfecto bereber.

Al cumplir yo diez años, habiendo completado docenas de traslados de campamento con los animales, mi padre nos reunió y dijo:  «Esta vez debemos ir más lejos, ya no hay como subsistir en este desierto».

Recorrimos más de doscientos kilómetros de arena, para llegar cerca de la frontera, establecimos la base de nuestro campamento a unas siete horas a pie de un pueblo llamado Ben Ounif, en el estado de Béchar, en Argelia. Aquí fue donde nos quedamos más tiempo, casi cuatro años. En esta época y con todos los contratiempos, se nos redujo sensiblemente la cantidad de animales, murieron por falta de alimento. Mientras tanto mi padre cayó muy enfermo. No teníamos casi que comer. Mi madre cocinaba raíces que yo juntaba y bebíamos algo de leche producto de alguna triste cabra.

Capítulo 5

De joven comencé a interiorizarme en la inmensidad del desierto. Su arena fina y blanca que el viento moldea como el cuerpo de una mujer. Dunas, curvas, olas, un océano pero de arena. He aprendido que el desierto es múltiple, en sus formas, en sus colores, en sus texturas. He aprendido que el desierto no está compuesto solo de arena, también es roca, que a veces es oscuro, que esconde muchas más formas de vida que no imaginamos, que lo habitamos personas que vivimos al límite de la supervivencia, en forma constante y sin que nadie piense en nosotros.

Antes de cumplir los catorce yo me ocupaba de todo sin descuidar a los animales, y como mi hermano menor era muy pequeño, comencé a adiestrar a un niño de un campamento vecino con el objetivo de cuidar al rebaño. Tenía pensado una vez mi aprendiz conociera el oficio, en ausentarme unos días para ir hasta la frontera en busca de alguna oportunidad de trabajo para conseguir medicina para mi padre y alimentos para la familia.

Mi primera vez en un pueblo, cómo olvidarla. Me encontré con un movimiento desconocido e inusual para mí. Estaba plagado de turistas que buscaban aventuras. Yo aparentaba más edad de la que realmente tenía, ya era alto y se me asomaba barba. En el bar, me enteré de que existían otros lenguajes propios de los turistas y comencé a conocer el inglés y también el español, algo de francés.

Esos días me dediqué en parte a profundizar y conocer qué buscaban esos turistas. Escuchaba en forma reiterada que uno de los sueños más comunes entre los viajeros que se acercan a Marruecos y Argelia, era trasladarse en mitad de las dunas del desierto bajo un manto repleto de estrellas, vivir la experiencia de dormir en un campamento haimas donde poder disfrutar de la paz más absoluta y comprobar por sí mismos cómo es el silencio del desierto. Y por otra parte, conseguí trabajo temporario alimentando los burros y camellos, que en unos cuántos días partirían en caravana para trasladar a un gran grupo de turistas. Quedé pensando en base a todo lo que había escuchado esos días, cómo podría yo ofrecer un servicio que alojase a los turistas en el desierto, los cuales pretendían descubrir nuestra forma nómada de vivir, pero sin pretender perder completamente su acostumbrada buena vida. Disponer de su propio campamento, con camas confortables, una buena mesa con alimentos típicos pero bien elaborados y buen vino, un buen baño y los traslados. De esta manera a su regreso, los turistas tendrían una aventura para contar en sus monótonas vidas, retornando a su habitual vida y ocupaciones.

Mientras pensaba, recordé a la mujer que me regaló mi primera experiencia sexual.

Capítulo 6

Regresé al campamento después de casi un mes fuera. Llevé medicinas para mí padre, una melhfa para mi madre, golosinas a mis hermanos y toda la comida que me permitió comprar el trabajo y llevar caminando. El aprendiz se había ocupado bien de los animales. Hablé con la familia sobre el movimiento del pueblo y de los turistas.

Las haimas forman una parte muy importante en la vida de los nómadas. Las componen mantas, alfombras y cojines que convertimos en un agradable espacio donde formamos nuestro hogar que compartimos en familia en cada campamento.

Les conté a la familia, en base a lo que había visto y pensado en el pueblo, lo que pretendían los turistas, y que les parecía la idea primaria de traer un reducido grupo, con el ánimo que conocieran nuestras costumbres a cambio del pago de nuestra labor. Nuestra familia nunca antes había conocido el dinero, los negocios que realizaban los mayores siempre se basaban en el intercambio.                                                                                                       
Les dije:  Para lograr este servicio, tenemos que confeccionar otra haima donde alojarlos, brindarles buena y auténtica comida del desierto, un buen baño, y los traslados.                                                                                                                      
¿Pero de dónde sacaríamos dinero para estos gastos? ¿Cómo confeccionar el baño y solucionar el tema de suministro de agua para las duchas?       

Eran muchas interrogantes, difíciles de contestar para nuestra humilde posición. Y en esto continué pensando, día tras día.

Retomando mi actividad al cuidado de los animales, también pensaba tontamente en Malika, la joven argelina que me hizo conocer el amor en el establo aquella noche. Ella llegó a mí desesperada, buscaba el burro que su padre le había encomendado cuidar y al despertar de su siesta, se le había escapado. Cerré el establo y sin dudar la acompañé al lugar donde se había dormido. Mi destreza en el desierto buscando huellas de animales perdidos no me falló, seguí el rastro del animal y al rato lo encontramos. Ella complacida me acompañó al establo y tirándose sobre mí, bajó mi pantalón, subió su falda y me pagó montándome con ahínco como se monta a un camello al galope, mientras, exhibía sus espectaculares y turgentes pechos, invitándome a tocarlos y saborearlos.

Capítulo 7

He abrazado el desierto y el desierto me ha abrazado. He observado que de forma imperturbable nos ofrece abrigo para que vivamos en él, y con él morimos un poco cada día. Dicen que acá puedes alcanzar las estrellas con las manos, que la paz es infinita y el silencio que se respira en el corazón es único. También nos llaman beduinos, o moradores del desierto.

Epílogo

Tres meses más tarde, con la ayuda de mi padre que mejoró gracias a la medicación, a mi madre que fabricó hermosas cerámicas y realizó la decoración donando sus mejores melhfas, junto a mis adorables hermanos que colaboraron en todo, a Duhar, el niño adiestrado que continuó cuidando los animales y al trabajo en el pueblo que me permitió ahorrar suficiente, armamos otras dos haimas en nuestro campamento.

Tuve que instalarme en el pueblo otros seis meses, para ahorrar otra cantidad suficiente para alhajar las tiendas, comprar comida y buenos vinos, preparar los tanques de alimentación de agua, adquirir maderas y cojines para confeccionar las camas, sillas y mesas, costear toda esa mudanza y demás elementos para empezar a ofrecer el primer servicio de estadía para los turistas en nuestro campamento, que mudamos por última vez más cerca de las dunas grandes.

Recuerdo las lágrimas cayendo de mis ojos el día que llegamos al campamento, con los animales grandes de mi padre cargados con las ropas y excentricidades de los cinco primeros turistas que montaban los camellos alquilados, yo guiándolos junto a Kalima.  La familia se distinguía a lo lejos, ya tenían todo pronto para recibirnos. Qué momento.

Actualmente funcionamos como parada de alojamiento, con servicio de comida y ducha, para la mayoría de los tours que pasan por la zona. Los turistas paran en nuestros haimas, ellos aprenden de nosotros sobre nuestra forma de vida, sobre el silencio de las estrellas, el manejo de los camellos, a fabricar cerámicas, y a manejarse con muy poco. Nos dejan ropas, huevos, comida y fotos. Nosotros aprendemos su idioma y cómo atenderlos como ellos quieren.  Gracias a este nuevo trabajo vivimos mejor, hay comida en nuestra mesa, agua en nuestras vasijas y madera para nuestro fuego.

Durante el día llevo a los turistas de paseo en camello que alquilo en haimas cercanas, a una zona llamada “Merzouga”, un lugar turístico con dunas muy grandes donde descansan, se refrescan y comen algo ligero. En las noches armamos una gran fogata en nuestro campamento, donde les ofrecemos danzas con música bereber que realizan mis hermanas, con una comida típica beduina estilo gourmet que prepara mi madre, quien después de llenarles la panza y hacerles tomar mucho vino, les vende sus cerámicas. Mi padre siempre en el campamento, comenzó a fabricar una casa junto a mi hermano, quien ya empezó a cuidar el rebaño. Yo tengo dos hijos con Kalima y tenemos nuestra propia haima. Todos estamos felices.

Ahora tengo veinticinco años y estoy cercano a los veintiséis. Siento que hemos progresado, tenemos trabajo, salud y estamos todos juntos. Al fin logro entender lo que significa tener un futuro.