jueves, 18 de mayo de 2017

Los menesterosos

Adrián González


Reunidos bajo un puente al amparo de la noche, entre cacharros y desperdicios, una mujer gorda y un hombre viejo se calientan alrededor de una fogata improvisada que apenas ilumina sus desfigurados rostros; ambos estiran y frotan sus manos frente al fuego: él, recostado en los restos de un sofá y ella, sentada sobre un antiguo cajón de madera. El molesto ruido proveniente del tráfico en la avenida sobre ellos, solo es superado por la pestilencia que despide algún animal muerto abandonado entre la basura.

A paso lento y con los brazos cruzados por el frío, Renato, sin decir palabra, se aproxima a cierta distancia del fuego y de ellos.

—Arrímate, no seas tímido —le invita ella.

—¡Cómo apesta el fuego! —se queja él, mientras se agacha en cuclillas junto a ellos.

—Aguanta, muchacho —comenta el viejo—, lo que ves, es lo único que hay para quemar.

—¿Qué te trae por acá? —le pregunta la mujer, mientras chupa una naranja medio podrida.

—Guarecerme del frío —responde Renato, en tanto agita la mano frente a su cara, para repeler el humo negro que produce la basura al quemarse—; me quedo donde me agarra la noche.

—¿No tienes familia o amigos? —lo cuestiona el viejo, dando un sorbo a una lata con restos de cerveza, procediendo a eructar.

—A Manchas, mi perro, lo atropellaron.

—¿Y no te juntas con los vagos del parque? —pregunta ella nuevamente.

—A esos solo les gusta asaltar y violar —indica Renato.

—A mí me han violado muchas veces —comenta la mujer.

—¡Ja, ja, ja! —Ríe el viejo, volteando a ver a Renato con cara de incredulidad.

—Aunque lo duden, hubo un tiempo en que fui muy hermosa —aclara ella, sonriendo y mostrando su grotesca dentadura.

—¡Ja, ja, ja! —continúa burlándose el hombre—. ¿Quién querría tocarte, mujer? ¡Mírate!

—¡Cállate, viejo borracho! ¿Es que no te has visto? ¡Ja, ja, ja!

Renato observa con cara de repulsión a ambos personajes maltratados y sucios, vestidos con harapos y oliendo a sudor rancio. El silencio se hace, en tanto el destello de las luces de una patrulla, delatan su aproximación al interior del puente.

—¡Escóndete, muchacho! Que no te vean, o lo vas a lamentar —insta con urgencia el viejo.

Rápidamente, Renato brinca al interior de un tambo roto y asoma el ojo por una rendija. El vehículo se acerca lentamente hasta detenerse y de él descienden dos oficiales que miran a su alrededor como buscando algo e ignorando a la pareja de desamparados.

—Ya puedes salir —avisa el viejo, poniéndose de pie y asomándose al tambo, una vez que el auto se ha puesto en marcha nuevamente—. ¿Qué, por qué esa cara? —pregunta—. Parece que viste a la mismísima muerte.

—Esos hombres mataron a mi madre —contesta Renato, saliendo del escondite—; no sabía que eran policías.

—Pues ahora que lo sabes, aléjate de ellos —le aconseja él—, levantan muchachos de las calles y nadie los vuelve a ver; si te encuentran, quién sabe qué harán contigo; son peores que la pandilla del parque.

Verificando que la patrulla se ha perdido en la distancia, ambos regresan a su lugar frente al fuego; Renato agachándose y el viejo dejándose caer sobre el sofá desgarrado, no sin antes soltar una flatulencia.

—Ellos también mataron a mi amiga hace años —comenta la mujer—. La Jenny los desafió una madrugada. A mí no me conocen, pero yo a ellos sí.

—La Jenny, como le decían, era mi madre. ¿Cómo sabes lo que pasó?

—¿Renato? No te reconocí, chiquillo. ¡Cómo has crecido! Yo era la Wendy; bueno, no me llamo así… ¿Te acuerdas de mí?

—¿Cómo conociste a su madre, mujer? —interrumpe el viejo.

—Las dos vivíamos del sudor de nuestro cuerpo. ¡Ja, ja, ja! —aclara ella, riéndose nuevamente—. Después de que mataron a Jenny, el bar donde trabajábamos cerró para siempre. ¿Sigues haciendo de payasito en los semáforos, muchacho?

Sin responder, ni voltearla a ver, Renato se encoge de hombros y avienta más basura a la fogata. Empieza a llover y los tres buscan a su alrededor unos cartones para protegerse del frío que arrecia, Renato aprovecha que encuentra una cubeta y la voltea para sentarse sobre ella. Vueltos a acomodarse junto al fuego, el viejo reanuda la plática.

—¿Y por qué mataron esos policías a la Jenny, perdón, a tu mamá, Renato?

—¡Ya no preguntes más, viejo! —lo increpa la mujer, mirándolo con reclamo a los ojos.

Renato no quita la vista del fuego, en tanto ambos menesterosos lo observan callados.

—Y a ti, ¿qué te pasó? —pregunta Renato, rompiendo el silencio momentos después y recorriéndola con la mirada de pies a cabeza.

—Sí, veo que sí te acuerdas de mí… No puedes creer que esta sea yo, ¿verdad? Pues, decidí dejar de ser bella y deseable. ¡Ja, ja, ja, ja! —responde con burla, mientras se pone de pie y da una vuelta contoneando sus gordas caderas; su enorme cuerpo proyecta largas sombras conforme rodea al fuego.

—¡Estás loca, mujer! —refunfuña el viejo.

—Es una maldición ser agraciada, créanme —se lamenta, cambiando de burla a tristeza el tono de su voz y regresando a sentarse con dificultad—. Apenas crecí, el esposo de mi hermana mayor abusó de mí en su propia casa; días después me lo topé al entrar a misa un domingo; yo iba con mis padres, él con mi hermana y mis sobrinos; sin poder callar más, le reclamé a gritos ahí mismo afuera de la iglesia, a la vista de todos; pero…, ni mis padres ni mi hermana quisieron creerme.

—¿Cuántos años tenías? —la cuestiona el viejo.

—Trece, y todos los hombres volteaban a mirarme —responde, cerrando los ojos como recordando.

—Sí, la gente del norte generalmente es alta —comenta el hombre—, tu acento te delata.

—Todo el pueblo se enteró de lo sucedido —continúa—; en la escuela murmuraban a mis espaldas y nadie se me acercaba; aguanté, hasta que un día tres compañeros entraron tras de mí al baño pretendiendo tener sexo conmigo. «Al fin y al cabo ya sabes de qué se trata», dijeron. La primera vez escasamente sabía lo que iba a suceder, pero esta segunda no, así que me defendí con uñas y dientes al punto que uno de ellos perdió un ojo, pues no dudé en usar un lápiz con el que me había recogido el cabello. 

—Y, ¿qué pasó después?

—Fui a dar al tutelar de menores por lesiones a los tres imbéciles; pasé ahí un tiempo que me pareció eterno, hasta que mis padres hicieron una especie de arreglo con un hombre mayor y pudiente, que me sacó de ese lugar para llevarme a vivir con él. Me hicieron creer que me casaban, pero en realidad me habían vendido; al caer en cuenta los odié y no quise saber más de ellos.

—¿A ti nunca te ha agarrado la justicia, chamaco? —pregunta a Renato, el hombre.

—Sí, pero para llevarme a un hospicio, no al reformatorio —responde—; me escapé en cuanto pude.

—Pero ahí tenías un techo y comida, ¿no? —lo cuestiona nuevamente.

—¿Qué tu nunca has estado encerrado? —interviene con ironía la mujer.

—No estamos hablando de mí ahora; síguenos contando, vieja gorda.

—Pues ese hombre, asqueroso y borracho —prosigue ella, mientras estira el cuello hacia el viejo y lo recorre con la mirada, sin que este se dé por aludido—,  literalmente me violaba si no a diario porque no podía, sí cada vez que se le pegaba la gana; y digo que así era, porque realmente me usaba a su antojo y placer sin la menor consideración mientras yo lo soportaba asqueada. —Por unos instantes los tres guardan silencio; ahora es la mujer quien no quita la vista del fuego. Renato y el viejo la observan—. Un día amaneció muerto como un perro en plena calle, a la puerta de la casa donde vivíamos —reanuda la historia—. Era invierno; al parecer venía tan borracho que no pudo abrir la puerta con su llave; tocó y tocó pero yo me hice la dormida hasta que el frío de la madrugada se encargó de él. Quedé desamparada, pero libre, viejo, libre —insiste, dirigiéndose a su compañero indigente—; empecé entonces a trabajar de… todo. 

La lluvia arrecia, al viejo perece vencerlo el sueño, pero el frío se lo impide, ronca y tose como ahogándose en sus propias secreciones, volviendo a abrir los ojos.

—¿Fue entonces que conociste a mi madre?

—Muchos años después, Renato —aclara—; tu madre era aún joven cuando yo ya tenía mis años de experiencia encima. Créeme que quería ayudarla, pues veía en ti al hijo que nunca tuve.

—¿No podías tener hijos? —interviene el viejo.

—Sí, pero el desgraciado de mi «marido» solo quería utilizarme para satisfacerse; me llevó casi arrastrada a abortar varias veces hasta que quedé inservible para siempre.

 —¿Qué hiciste después de aquella noche? —pregunta Renato, en tono serio y mirándola a los ojos mientras atiza el fuego, claramente refiriéndose a cuando mataron a su madre.

—Me junté con un hombre que acudía frecuentemente al bar donde trabajábamos Jenny y yo, siempre se había portado amable y nunca le faltaba dinero. Yo estaba cansada de coger, o mejor dicho, de que me cogieran; nunca disfruté en lo más mínimo mi trabajo de puta, así que cuando me lo propuso, pensé que al menos solo tendría que tolerarlo a él. —Hace una pausa y continúa, ante la expectación de ambos—. Resultó que el desgraciado era delincuente, traficaba narcóticos al menudeo, por supuesto sin que yo lo supiera; sin embargo, cuando lo agarró la policía fui llevada presa por complicidad. Al tiempo me soltaron, pues se dieron cuenta de que en realidad no tenía ninguna información que darles; pero mientras estuve presa, incluso otras mujeres me usaron para su placer. —Los tres callan nuevamente. Renato ha cambiado su mirada de repulsión; ahora la observa con compasión—. ¡Entonces decidí que nadie más me volvería a tocar! —exclama en voz alta—. Empecé a comer de más, a descuidar por completo mi apariencia y a vivir en las calles. Afortunadamente ahora nadie se me acerca ni me toca y así quiero seguir —concluye con seriedad.

Bajo ese puente solo se escucha la lluvia, como un eco los ladridos de unos perros y cada vez menos, el ruido del tráfico a lo lejos. Renato se descalza y acerca sus pies —callosos y sucios— al fuego.

—Y tú, viejo borracho, ¿cómo llegaste aquí? —lo cuestiona la mujer.

—Siempre me lo he preguntado. ¡Ja, ja, ja, ja! —confiesa él, burlándose de sí mismo, mientras tose y escupe entre carcajadas, sin poderse controlar.

—¡Te vas a ahogar, hombre! —exclama ella, levantándose y procediendo a golpearle con fuerza la espalda.

—Con calma mujer. ¡Cof, cof! ¿Es que no te das cuenta de tu tamaño? —se queja—. Vas a partirme en dos.

Renato sonríe divertido, observando como discuten y pelean a ambos personajes, en tanto arroja más basura a la fogata.

—Empezaré por aclarar que yo también estuve preso —explica el viejo.

—Ya decía yo… —murmura ella.

—¿Se dan cuenta de lo frágiles que son nuestras existencias? —prosigue el hombre—. Aún me acuerdo del tiempo en que era yo un chamaco —indica, volteando a ver a Renato—; también recuerdo que tuve entre mis brazos a una joven tan hermosa como lo eras tú, mujer; perdóname si me reí de ti, por favor.

El hombre empieza a llorar, primero en silencio, después con sollozos. Renato y la mujer  lo observan callados. La lluvia se convierte en aguacero y el viento sopla con fuerza casi apagando el fuego, pero trayendo aire fresco que se lleva por instantes la pestilencia del lugar.

—Piénsenlo un poco —continúa más tarde, cuando por fin logra contener el llanto—; tanto ustedes como yo, anhelamos una vida, tuvimos sueños, pero bastó un pestañeo para perderlo todo.

—Lo que perdiste, fue la cabeza; viejo chiflado. ¡Ja, ja, ja!

—Ahora eres tú quien se burla de mí, vieja gorda. Me lo merezco —reconoce—, en realidad, salvo quizás tú, chaval —señala, dirigiéndose a Renato—, aunque nos quejemos, tenemos lo que nos buscamos. Míranos bien, muchacho, escúchanos atentamente para que no acabes como nosotros; búscate un lugar en esta vida.

—¡Cuéntanos ya qué te pasó! —exclama con impaciencia la mujer—. Deja de sermonear a Renato, que no eres su padre.

—En algún lugar tengo un hijo —señala— y lo último que desearía, es verlo vagar por las calles buscando cobijo y un pan para llevarse a la boca. Tú misma dijiste que veías en este chico al hijo que nunca tuviste. ¿O es que ya lo olvidaste? —reprende a la mujer, quien voltea la cara como haciendo que no lo escucha.

—¿Cómo es que tienes un hijo? —pregunta Renato.

—Tuve una hermosa esposa, ¿saben? —comenta con brillo en los ojos y dibujando una suave sonrisa en su boca, como recordándola—. Aunque ya maduro, me casé con una joven que era todo para mí. En una ocasión, se me atravesó un tipo, que me buscó y me buscó, hasta que me encontró —relata, apretando sus mandíbulas con rabia—; se me pasó la mano y fui llevado preso por homicidio, dejando a mi esposa… embarazada. «¡Juro que no volverás a saber de mí!», gritó furiosa el día que me dictaron sentencia.

El hombre, antes recostado sobre el sofá, ahora se inclina hacia el frente y llora nuevamente observando con horror su puños apretados; sus lágrimas caen sobre cada nudillo; gira sus manos, las abre y las vuelve a cerrar temblando, como incrédulo de lo que fueron capaces de hacer.

—Desde que salí de prisión —continúa con voz entrecortada, tratando de controlar sus emociones—, he buscado a mi esposa para pedirle perdón, pero nadie me supo dar razón, nadie la volvió a ver. «Desapareció de un día a otro», me dijeron. He vagado por todas las calles de esta ciudad con la esperanza de encontrarla, a ella y a mi hijo…, que creo tendría más o menos tu edad, muchacho. ¿Cuántos años tienes? —pregunta, intrigado.

Abstraídos en la conversación y adormilados por la noche en vela, ninguno de los tres advierte que la patrulla ha regresado. Cuando alzan la cara, uno de los oficiales se ha lanzado sobre Renato, que sin pensarlo lo recibe con un puñetazo, forcejea, tira dos patadas y escapa dejando un trozo de su playera en las manos del hombre, quien inmediatamente regresa al volante.

—¡Corre, muchacho, corre! —gritan con desesperación ambos menesterosos puestos de pie, en tanto el vehículo arranca a toda velocidad.

Renato huye entre la lluvia, cruza sobre el puente la avenida brincando charcos y esquivando autos cuyas luces lo deslumbran, un claxon se escucha, sigue corriendo, voltea de un lado a otro buscando qué rumbo tomar, se paraliza un momento con indecisión mirando al frente mientras la lluvia escurre en su cara. Finalmente se interna en la oscuridad del parque; la patrulla tras de él se detiene unos segundos, da la vuelta y se aleja.

—Olvidó sus zapatos —comenta el viejo, señalándolos junto al fuego.

martes, 9 de mayo de 2017

La araña trepadora azteca: hábitat y telarañas

Leonardo Velasco


Hipótesis: La seda generada por los arácnidos en general y en particular por la araña trepadora azteca -así conocida por diferentes jeroglíficos de la antigüedad, y que se nombraba como una deidad-, la cual sirve para la generación de sus telarañas, tiene la suficiente resistencia para soportar el peso simultáneo de dos mil insectos de aproximadamente ciento cincuenta miligramos, esto es, aproximadamente 300 gramos por hebra. Esta resistencia va aumentando en relación al apiñamiento de dichas hebras en un cuerpo uniforme.

Día A: A las ocho de la mañana me desperté con el sonido penetrante del despertador. Abrí los ojos y me incorporé hasta quedar sentado en la cama, había sido un sueño reparador, hace mucho no me sentía tan descansado, era como si toda la depresión y ansiedad de las últimas semanas hubieran cesado en la última noche. Desaparecido el dolor del abandono, esa sensación a náuseas y ahogo, efecto de mi última relación frustrada, estaba listo para ir a la universidad y seguir mi proyecto de investigación sobre las arañas. Me calcé las pantuflas de cuero, las cuales, por cierto, estaba a punto de tirar a la basura debido a su olor, que ya no me permitía usarlas con comodidad, y al ponerme de pie divisé una pequeña mancha en la intersección de las paredes y el techo, una mancha policromática que cambiaba de colores según el ángulo en la que se miraba. ¡Qué raro! apenas la semana pasada acababa de pintar el cuarto, ¿cómo era posible que se ensuciara esa pequeña área que no tiene contacto con ningún otro objeto?

Me acerqué para ver aquella impresión óptica con mayor detalle, lo que descubrí fue una increíble sorpresa que ayudó a disipar mis dudas sobre el giro que debían tomar mis investigaciones relacionadas con el mundo de los insectos, en particular, las arañas. Era una telaraña orbicular de cinco punto treinta y ocho centímetros de radio, esto lo pude comprobar minutos más tarde con los instrumentos de medición precisa que utilizaba para mis investigaciones. Era una telaraña de reciente creación, esto lo deduje al confirmar que no había sido violada por ninguna potencial presa presente en estas redes, muerta o agonizando. Lo policromático de la seda y la resistencia que a primera vista pude verificar me hicieron pensar en la creadora de aquel milagro, aquella araña trepadora azteca, una combinación de mito e historia ancestral, un insecto cuya seda servía para realizar los maravillosos vestidos usados por los reyes aztecas y por otro lado usada para la elaboración de cuerdas tan resistentes que soportaban las más grandes rocas utilizadas en la construcción de sus pirámides. Por otro lado en la mayoría de los estudios de los últimos siglos relacionados con las arañas nunca se había insinuado la existencia de este espécimen, pocas investigaciones serias hablaban de su existencia, y estas marcaban su desaparición hace más de quinientos años, una especie según ellos extinta. La mayor parte de los estudios la mencionaban como un mito en la historia mundial de la seda.

La dueña y artífice de aquel principio de obra de arte no se encontraba en casa, debería de estar muy pendiente para sorprenderla cuando regresara y así, poder comprobar la especie a la cual pertenece la araña objeto de mi futuro estudio. Estuve analizando un buen rato la disposición de la telaraña, la relación entre sus hebras y el grueso de estas, tomé varias fotos como sustento de mi investigación. Miré el reloj, había estado mucho tiempo analizando la telaraña y ya iba muy tarde para dar mi clase de biología en la facultad, así que, sin poder ver a la culpable de aquel tejido tuve que arreglarme rápidamente y salí de mi casa sin haber desayunado.

Día B: Esta noche no pude dormir tan placenteramente como lo había hecho desde que empecé mi investigación, algo de preocupación y ansia comenzaba a invadir mi ser, la comezón aleatoria en el cuerpo regresaba sin pedir permiso, esta se acentuaba en mis ingles y glúteos, lo que más me inquietaba de esto era que no sabía la razón por la cual esta preocupación sin sentido comenzaba a penetrar mi corteza cerebral, bueno esas eran solamente pequeñeces o por lo menos era lo que creía es ese momento. El reloj despertador me tomó ya despierto pero algo amodorrado. Estuve algunos minutos con mi mente perdida en dos cuestiones que se intercalaban a capricho de mis lóbulos cerebrales: la primera Rosana, aquella diva que había destrozado mi vida sentimental hace meses y que creí había ya superado. La mentira que mi mente quería volver verdad irrefutable se desmoronó cuando la primera lágrima rodó por mi mejilla, todavía la amaba con locura. La segunda, la necesidad de comprobar o refutar la hipótesis declarada al principio de mi trabajo de investigación, la desesperación de conocer a mi cómplice de estudio. Esta segunda razón fue que la que me hizo levantar de la cama y dirigirme a la telaraña para seguir mi labor.

Un problema primordial abordaba mis estudios. Al ser una araña ahora en peligro de extinción, la única registrada de este tipo en la historia de la biología, era imposible trasladarla a un ambiente controlado dentro del laboratorio de la universidad. Se trataba de un asunto delicado, desplazar la araña o su telaraña al instituto podría matarla o en dado caso no permitir que la red de colores siguiera creciendo al verse la araña fuera de su hábitat y amenazada por otra especie. Así que decidí realizar la investigación en mi propio departamento.

Al medir la telaraña ya había crecido más del triple del tamaño mostrado en la medición anterior, el instrumento marcaba treinta y cinco centímetros de diámetro, era sorprendente la velocidad con que se multiplicaban las hebras de aquel tejido, su complejidad y densidad me  aseguraron la especie a la que pertenecía aquella araña que no dejaba mostrar su cuerpo, habría de comprobar estos indicios con la evidencia física correspondiente. Decidí no moverme de ese lugar hasta que la araña apareciera reclamando su terreno, mientras tanto había varias pruebas que necesitaba realizar para mis estudios, mediante un dinamómetro medí la resistencia por centímetro cuadrado, esta prueba arrojó que en las partes donde el tejido era más denso, la telaraña soportaba una presión de cuatrocientos cincuenta gramos, algo nunca registrado en pruebas históricas, mientras en las zonas con menos densidad solo soportó una presión de cien gramos. Estos resultados aumentaron mi curiosidad por conocer a la araña capaz de estas hazañas. Después de algunas horas de espera, dentro de las cuales varias Rosanas y varias moscas habían caído presas de las telarañas mentales y físicas, apareció la majestuosa araña, caminando sin prisa y muy cadenciosamente por su reino de seda, cuando se encontraba en el centro traté de apresarla con unas pinzas quirúrgicas, pero intuyendo mis intenciones aquel ser bibulboso se desplomó en caída libre sostenido por una línea blanquecina extremadamente delgada, esa fue una alarma sobre mis objetivos, no debía interferir de modo alguno en los movimientos y acciones de la araña si quería el completo éxito de la investigación.

Sonó el teléfono, sería Rosana para felicitarme por mi nuevo proyecto, imposible ¿Cómo podría ella enterarse de lo que hacía?, por más que quisiera penetrar en su mente no lo podría hacer, los deseos no se materializan por la única razón de no dejarlos salir de tu mente. Además Rosana y su carácter explosivo no eran lo que necesitaba en este momento, seguro si estuviera aquí me hubiera mentado la madre y con su precisión de boxeador me hubiera dislocado de nuevo la quijada, y con todo esto sigues loco por ella y no puedes vivir sin que no te piense, «Eres un idiota» trataba de decirme por consuelo. Para mi desgracia no se trataba de ella era el director de profesores de la facultad, no pude contestar a tiempo, veinte llamadas perdidas, la mayoría de ese mismo número, de nuevo había perdido mis clases matutinas y seguro en la facultad estaban ya algo preocupados. «Bueno, por la tarde que vaya a impartir mis clases trataré de buscarlo para ofrecerle mis disculpas y explicarle la razón de mi ausencia, prometiendo en lo posible no volver a fallar». Era hora de arreglarme para salir hacia el campus.

Día C: La telaraña sigue en su proceso de crecimiento, hoy me desperté antes de que el sol se reflejara en los nudos de seda que cada vez estaban más firmes, el viento que se colaba por la ventana tenía que hacer un esfuerzo extraordinario para poder mover los flecos de una telaraña todavía en proceso. Cada día duermo menos, el ansia y el vómito me despiertan varias veces durante la noche, tengo que levantarme recurrentemente al baño para refrescar el rostro caliente y sudado producto de las crecientes pesadillas, cuando sonó la alarma yo ya me encontraba bañado y sentado enfrente de aquel entrecruzado de caminos por donde se mecía la araña hasta llegar a la orilla para seguir tejiendo.

Mi mente de nuevo comenzaba a perder su claridad, se entrelazaban un sinfín de imágenes confusas y difusas, Rosana caminaba sin balancearse sobre una cuerda de los colores del arcoíris como estrella circense y al fondo una telaraña esperando recibirla en el primer momento que titubeara, mientras caminaba me miraba desnudo moviéndome como una marioneta, su risa pasaba de burlona a paranoica mientras yo gritaba pidiendo auxilio, el ansia que aparecía con estas alucinaciones se transformaba no sin resistencia dando contorno a una insípida locura que iba encarcelando la lucidez que debe ser la principal característica de alguien que se preciase de ser científico.

La expansión de la telaraña me sorprendía minuto a minuto, cubría ya la parte superior de la puerta que daba a la sala del departamento, por la otra punta comenzaba a cubrir la ventana con vista a la avenida; aunque la distancia entre hebra y hebra todavía era considerable se iba reduciendo con el paso de las horas y los días. Siguiendo mi vocación de investigador que me advertía sobre la no intervención de forma alguna con la araña y su hábitat, y sabiendo que en un futuro cercano la telaraña cubriría toda la puerta, con lo cual, no podría salir por un periodo indeterminado hasta poder terminar la investigación, salí del cuarto y me dirigí al despacho donde se encontraba mi escritorio; este era de caoba clara con un diseño posmoderno, ahí tenía mi computadora y todos los papeles que me servirían como base bibliográfica, indispensables si quería continuar con la labor, debido a su peso lo tuve que arrastrar por todo el parqué del departamento para meterlo en mi recámara y colocarlo al pie de mi cama, ya ahí enchufé la máquina y comencé a escribir este tratado que espero sea una luz y una piedra fundamental para los subsecuentes estudios arácnidos.

«Ya casi es hora de ir a la facultad, ahora si no puedo llegar tarde… Y Rosana, ¿con quién estará? ¿Por qué no me busca? ¿Por qué seguirá jugando conmigo si sabe que sin ella estoy perdido?». Mi mente, cada vez más confusa, no me dejaba estar tranquilo, mil ideas daban vueltas sin cesar, sin encontrar una salida o una solución. La depresión comenzaba a enseñar sus primeros síntomas, pero tenía que seguir mi investigación, enfocarme, este era el proyecto de mi vida. «No puede ser, entre el insecto y Rosana han logrado de nuevo perderme en mis pensamientos y otra vez no llegaré a mi clase, hace una hora que terminó y apenas ahora consigo acordarme». Cogí el teléfono y me comuniqué con el director de la facultad para avisarle que estaba enfermo, que en cuanto me repusiera le avisaría, aunque la verdad sé que no me creyó, seguro para esos momentos ya estaría buscando un remplazo.

Con el problema escolar resuelto me dispuse a continuar mi investigación tratando que nada me distrajera, aunque sabía que eso era imposible, mi reto consistía en minimizar el daño intentando enfocarme sola y únicamente en la araña y su casa, tenía que retomar las mediciones y observaciones. La telaraña estaba formada por polígonos continuos que se unían entre sí por nudos múltiples al estilo de los usados por los marinos, la araña buscaba la perfección y eso se notaba en la simetría de aquel telar, ningún tejido lo realizaba al azar. Las dimensiones eran para este punto en el tiempo cinco metros de largo por uno punto cinco de altura, en cuanto a su resistencia ya sobrepasaba un kilo con setecientos gramos es su parte más densa. Ya había trabajado casi toda la noche observando, tomando medidas, fotografías y videograbaciones, era hora de tratar de descansar un poco por el bien de la ciencia.

Día D: En la madrugada el despertador me asustó, esa noche dormí por ratos no mayores a los veinte minutos, separados por dos cigarros, un ron y un ansiolítico, el cansancio ya se acumulaba en mi cuerpo y mente, tendría que terminar pronto con esta investigación antes que mi salud sufriera un daño severo, si seguía trabajando como hasta hoy, en un par de días podría concluir con mi investigación justo antes de que comenzara el congreso anual de biología y biotécnica donde podría presentar mis conclusiones. En ese momento mi principal problema era sacar de mi mente mis conflictos sentimentales que no me dejaban enfocarme al cien en mi trabajo. «Rosana, Rosana», cantaba monótonamente mi cerebro sin amo. «No te quiere, no te necesita, ya no piensa en ti», respondía mi parte consciente con la finalidad de justificar mi locura. Seguía recostado en la cama esperando a que el sol de la mañana se fundiera con mis pies, al cabo de un rato el sol seguía sin hacerse presente, algo que me llamó poderosamente la atención ya que era primavera y el pronóstico del tiempo no mencionaba nublados durante la semana. Me levanté un poco asustado lo confieso, el cuarto se encontraba en penumbras, la luz que entraba por la ventana no dejaba distinguir los cuerpos sólidos que merodeaban el lugar, prendí la luz y para mi sorpresa la telaraña ya había cubierto la totalidad de la ventana y su densidad era sorprendente, cómo era posible que aquel tejido hubiera logrado bloquear un gran porcentaje de la luz que pretendía darle vida a lo que me rodeaba. Había por otra parte un cambio cualitativo en aquella maraña, pasó sin ningún problema aparente de un bosquejo bidimensional a un cuerpo tridimensional que dibujaba formas similares a las resultantes de ecuaciones matemáticas complejas. Esta expansión espacial hacia que la telaraña que antes era solo una pintura en el espacio comenzara a conquistar lentamente la habitación, en el otro extremo de esta ya solo se veía una pequeña rendija entre la telaraña y el piso por donde se veía el engranaje de madera rojiza que alfombraba la sala. Consciente de que era mi última oportunidad de abandonar la habitación y como soldado en plena batalla me arrastré por debajo intentando no tocar la telaraña para no incidir en el experimento, fui a la cocina y preparé una buena dotación de comida y bebida, solo tenía que aguantar dos días más para concluir mi proyecto, seguro con lo que había preparado era más que suficiente, del mismo modo que hiciera minutos antes regresé a la habitación con mi dotación de provisiones. Me senté frente al escritorio y fui testigo de cómo aquella ola tejida iba conquistando el aire de la habitación, agarrándose de cuanto estuviera en su camino: la pared, el techo, el libro de matemáticas de Baldor y las obras completas de Borges que descansaban en la larga repisa que se sujetaba a la pared por dos cadenas de acero cromado.

Para continuar con la investigación realicé de nuevo las medidas de rutina, las unidades de medida pasaron de metros a metros cúbicos, de gramos a kilogramos, la telaraña ya marcaba los cinco metros y ya no era posible romperla con la simple mano, con esta presión solo se llegaba a mover algunos centímetros, eso me comenzó a preocupar un poco, pero como buen investigador no podía abandonar el proyecto hasta que se llegaran a cumplir los objetivos, ya al siguiente día que terminará mis trabajos vería la forma de romper la telaraña y salir de la habitación. Mi reloj me decía que ya estaba anocheciendo, la telaraña había cubierto en su totalidad la ventana ya no tenía forma de saber cuál era la posición del sol en ese preciso instante, por otro lado la habitación comenzaba a ponerse en penumbra debido a que las hebras de seda ya comenzaban a cubrir el foco del techo, la única luz que quedaba en la habitación. Como cualquier hombre precavido saqué del cajón del escritorio una linterna de pilas y comencé a observar detenidamente la telaraña pasando la circunferencia iluminada que reflejaba la luz en esos tejidos, de arriba abajo y de izquierda a derecha. En uno de esos recorridos luminosos vislumbré a la araña, seguía trabajando sin descanso, desalojando seda, sin otra cosa que hacer que agrandar su dominio, alumbré fijamente a la araña y después de algún tiempo caí dormido.

Día E: El cansancio no fue suficiente para hacerme dormir más de dos horas, me desperté súbitamente asustado de mis pesadillas, la voz de Rosana se burlaba de mí, estaba feliz de haber ganado la batalla, si me quería volver loco casi lo lograba, lo único que me mantenía en este mundo era la sensación de triunfar en mi trabajo, sería la investigación más profunda sobre el hábitat de las arañas que se había realizado en los últimos años. Seguía sentado en la silla donde el sueño me derrotó la noche anterior, la linterna todavía en mi mano seguía alumbrando fijamente a la araña, Rosana me seguía susurrando al oído que no la olvidara; que la maldijera, le rogara y que nunca dejara de derramar lágrimas por ella, simplemente nombrarla la hacía más fuerte, su silueta y su voz estrangulaban mis pensamientos, ya no soportaba su vuelo sobre escoba surcando mis lóbulos parietales.

Mi espacio de acción cada vez era más limitado, tuve que sentarme sobre el escritorio para no tocar la telaraña, en cuclillas y con mi libreta en la mano, seguía apuntando todo lo que la araña realizaba, cuánto tejía por hora, cuáles eran sus rutas más concurridas, qué hebras se encontraba reforzando; todo esto sería de gran utilidad para el final de mi investigación. Unas horas más tarde tuve que pararme en el escritorio, mis movimientos ya eran muy limitados, solo una mirada más con la linterna y estaría listo para escribir las conclusiones y los agradecimientos. La linterna en la mano, Rosana odiándome con todas sus fuerzas, el sonido de la araña haciendo su nido, mi cabeza no aguantaría mucho más antes de perderse en la locura, era hora de terminar lo comenzado.

Día E (continuación): No sé si me quedé dormido, hipnotizado, o perdido en mis pensamientos, seguía parado sobre el escritorio, el cuaderno de notas en mi mano con su bolígrafo correspondiente, solo me faltaban unas cuantas líneas. Con la luz de la linterna que a cada momento se volvía más tenue terminé las conclusiones y los agradecimientos, trabajo concluido. Dejé caer la pluma color azul, en una parte de mi cuerpo, no sé a ciencia cierta cuál, la seda comenzó a rozarme con una gran delicadeza, la luz de la linterna se extinguió, no eran pilas de larga duración.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Prejuicio en Texas

Yadira Sandoval Rodríguez


Una comadre saluda a la otra en un parque cerca de su casa. Allí se reúnen con frecuencia para platicar, mientras sus niños se entretienen jugando. El lugar está lleno de árboles del tipo nogal y pino. Al hablar mezclan el español, su lengua materna, con el inglés, lo cual es muy común entre la gente hispana que vive en Estados Unidos. Ellas llegaron a EUA buscando una mejor vida ante la falta de oportunidades económicas en México. Son las siete y media de la tarde, a lo lejos se ve la puesta de sol en todo su esplendor, la mezcla de colores que en el área semidesértica del sur de Texas se da: el anaranjado, amarillo mixto con un suave rosado dándole al color lila. Entre la plática se escuchan los gritos de los niños y sus risas. Es un área cómoda para reunirse por la tarde. No lejos se observa a ciudadanos norteamericanos haciendo ejercicio solos, otros lo hacen acompañados; algunos saludan a las mujeres.  

—Hola, comadre. ¿Cómo ha estado? —dice Gloria.

—Aquí con dolor de espalda. Es más fácil limpiar casas que un hospital. The pay is better, pero la chinga es tremenda —contesta María Luisa.

—¿Desde cuándo trabaja allí?

Two months ago.

—El aceite de sándalo es muy bueno para relajar los nervios de la columna. Puede poner a unas de sus hijas o a su marido a que le den masajes antes de dormir. Le aseguro que va a descansar. También puede hervir un litro de agua con un cuarto de vinagre y añade dos cucharadas de romero. Deje que repose durante unos cinco minutos, después moje una toallita y aplíquelo en la espalda. The pain will disappear.

I will do it.

—Vi en las noticias lo que pasó en el hospital; pobre mujer. ¿Usted trabaja ahí, verdad?

—Sí. Fue una señora de unos cuarenta años, la cual estaba a punto de internarse para su operación de un tumor en el cerebro. Los médicos se opusieron, también las enfermeras intervinieron para que no se la llevaran, pero los del Servicio de Inmigración y Aduanas los hicieron a un lado y la sacaron a la fuerza. Coincidió cuando iba entrando al turno de la tarde, de hecho, tuve que regresarme al carro, y no me bajé de él hasta que todo pasara; tenía mucho miedo, mis compañeros me platicaron todo. Me dijeron que los médicos estaban indignados, las enfermeras latinas estaban llorando y suplicando que la dejaran operarse. Todo pasó en la mañana en eso de las once, momentos antes de la cirugía. La señora suplicó a los del Servicio de Inmigración y Aduanas que le permitieran operarse para poder regresar con salud a México y volver a empezar. Imagínense allá en nuestro país y sin nada, pobre señora. Cuando los oficiales salieron del hospital, yo bajé del carro y me metí corriendo. Me fui directo a cambiarme, en eso salgo para empezar a limpiar y qué me toca escuchar la conversación de una enfermera la cual me cae superbién, quien estaba platicando con el familiar de la detenida. Y le dice: <<¿Y qué va a pasar con los niños?>> El familiar se quedó asustado, no sabía qué decir. <<Se los van a llevar a un hogar de crianza a través del sistema de Servicio Social para después darlos en adopción>>, dice la enfermera. <<Pobres niños>>, contesta otra enfermera. Todos estábamos al pendiente de la conversación… pues, que se me fue una hora limpiando la recepción, el mitote se puso interesante… Lo bueno que mi jefa no me cachó, pude pasar desapercibida… El muchacho estaba asustado y esperando en la recepción del hospital a que llegaran por los niños. Una enfermera se acercó para ofrecerle agua o un café. Él le da las gracias y le dice que no quiere nada. <<Investigue sobre la Ley SB 1064; en California por medio de esta ayudan a los papás deportados para que recuperen a sus hijos>>, dice la enfermera.

—¿En qué me puede ayudar estando yo en Texas, señora?

—Toda información es útil, posiblemente algún abogado por acá tiene más conocimiento de eso. Al menos que lo orienten para que pueda obtener la custodia de los tres niños; no lo quiero asustar, pero usted debe saber que estos, una vez que entran a las casas de crianza, no se recuperan, ya que los dan en adopción, les cambian el nombre y borran todo rastro de su identidad original. ¿Usted sabía eso?

—No.

Cuando todas escuchamos ese “no” bajamos la cabeza. A mí me entró un estremecimiento y se me apachurró el corazón. Las demás enfermeras se quedaron serias, se miraron una a la otra. Continúa la enfermera informándole:

—Entonces, es mejor que investigue. California y Arizona han avanzado en proteger a los niños de padres deportados. Desconozco que en Texas exista esa ley, tengo un mes aquí. Se lo comento porque me tocaron varias experiencias en esos estados. Conocí un caso en donde los papás acudieron al registro civil en México con el acta de nacimiento original de los niños nacidos aquí, apostillada y traducida por un perito, para reclamarlos desde allá. A partir de ese hecho, muchas familias empezaron a apostillar las actas de nacimiento de sus hijos. Como le digo, muchacho, no sé cómo es el procedimiento por estos rumbos, acabo de llegar. Usted sabe que en cada Estado las leyes son diferentes.

—No sé nada, señora. Posiblemente a mí también me deporten.

Se queda seria la enfermera y voltea a ver a los niños.

—Muchas gracias, por la información —le dice el muchacho.

Al instante que da las gracias, entran por recepción los del Servicio Social, eran dos hombres con actitud sobria, se dirigen directo al joven, no lo saludan y le piden que entregue a los niños. Estos empiezan a llorar, y el tío se despide de sus sobrinos. Les dice que todo va a estar bien.

—Eso pasó, qué triste —dice Gloria.

—Ni modo, se decide venir a este país y por lo tanto tenemos que asumir los riesgos. Por lo que he escuchado en las noticias, la popularidad del presidente ha bajado, todos los medios de comunicación están en contra de él, la diplomacia internacional ni se diga. Parecen que lo van a sacar —dice María Luisa.  

—¿Eso se puede?

—¡Imagínese! Algunos republicanos se están poniendo en contra de él, al menos tienen que hacer algo. Si el sistema pudo quitar al presidente, Nixon, ¿por qué no a este, pelos de elotes?

—Me gustaría poder tener la seguridad que usted tiene. La verdad, yo sí tengo mucho miedo. Qué vamos a hacer si llega la Border Patrol por nosotros. Lo malo de todo es que nos separan de nuestros críos, eso me atemoriza.

—No, el Servicio de Inmigración y Aduanas es el encargado de eso. La Border Patrol es la que vigila la frontera. Esta primera es la que anda en las ciudades y condados, ayudados por la policía local; es federal. Se dijo en un principio que estos levantaban a inmigrantes con antecedentes penales, pero ahora con este presidente todo es parejo. Estos se dirigen con la persona a quien van a restar, les presentan la orden y se los llevan. No significa que a usted la vayan a detener; para esto la SIA debe tener los documentos anteriormente descritos para levantarte. De lo que sí debemos tener cuidado, Gloria, son de las redadas… Le sigo contando lo que pasó después en el hospital, se puso tenso el ambiente. Después de que se llevaron a los niños, el muchacho sale del hospital. Al instante llega una enfermera de esas gringas enfadosas de mal genio. Y le dice a las enfermeras latinas:

—Deberían irse todos los mexicanos de Estados Unidos. ¿Qué hacen aquí? ¿Por qué permiten que sus hijos corran peligro de esa manera?

<<Híjole en dónde aprendió tan buen español esta gringuita>>, me pregunté. Se va a reír de mí, porque coincidió mi pregunta con el de un enfermero latino. Y le contesta la gringa:  

—Estuve tres años en España. Allá lo aprendí en una escuela.

—Felicidades, porque lo habla muy bien —le dice el enfermero.

Las enfermeras latinas que se le van a la gringa con los comentarios y es allí donde se pone bueno el mitote. Con decirle que aprendí cosas nuevas que ignoraba.  

En eso que se mete en la conversación Lucrecia. ¿Se acuerda de ella? Es la señora que todas las mañanas nos la encontrábamos en la parada del camión, siempre leyendo un periódico o libro. ¿La recuerda?

—Sí. Usted no me había informado que trabajaba allí. ¿De qué?

Sorry, por no decírselo, se me pasó. Igual que yo, en limpieza. Sigamos con la plática…

—Los mexicanos tenemos el derecho a vivir en Texas. Este territorio nos perteneció. Estados Unidos nos lo quitó —dice Lucrecia.

Contesta la gringa:

—Los mexicanos perdieron esa lucha. Y los texanos decidieron anexarse al país. Ellos pidieron separarse del gobierno mexicano. Por lo tanto, ustedes no tienen ningún derecho de vivir aquí.  

—Más bien lo que dice la historia es, en ese tiempo Estados Unidos violó el tratado de la frontera de 1828 en el cual se reconocía la soberanía de México sobre dicho territorio. Era un principio fundamental de derecho internacional. Es decir, hurtaron esas tierras como si fueran suyas, cuando realmente le pertenecía legítimamente a otro país. Es como si yo tomara algo de su casa, para todos eso es robar. ¡Oh!, ¿no? 

—Está equivocada. Cuando los texanos perdieron la batalla del Álamo, hubo otra en San Jacinto comandada por Samuel Houston contra el ejército mexicano en donde tomaron preso al general Antonio López de Santa Anna, mientras su tropa dormía la siesta. De hecho, duró muy poco esa ofensiva.  

—Pero Houston obligó a Santa Anna a reconocer la independencia de Texas mediante el Tratado de Velasco el 21 de mayo de 1836.

—Los texanos ganaron la guerra, señora, ellos exigieron la independencia y le pidieron ayuda a Houston. Los mexicanos no pueden aceptar esa derrota.

—Entonces, ¿por qué Texas no se mantuvo independiente? Tuvieron que anexarse a Estados Unidos. Eran plan con maña. ¿Y qué me dice de los otros estados? ¿Por qué esa necesidad de quitarle California, Nuevo México, parte de Arizona, Nevada, Utah, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma a México?

—Y que se me atora el chicle, por andar en el mitote, la plática se estaba poniendo más buena, hasta dije: <<Estas se van a agarrar de las greñas>> —dice María Luisa.  

—Lo creo hasta me emocioné con el pleito. Siga, siga, siga… —dice Gloria.   

—Por la simple razón que el gobierno mexicano no hacía nada por ellos, estaban deshabitados —dice la americana. 

—¡Ese sí fue un robo, enfermera! —contesta Lucrecia.

—Pasaron diez años y como México no aceptó la anexión de Texas a EUA se inició otra guerra; perdiéndose las zonas que usted menciona. Así son las batallas. En México se firmó el Tratado de Guadalupe Hidalgo, llamado Tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre los Estados Unidos y los EUA, firmado el 2 de febrero de 1848 y ratificado el 30 de mayo de 1848. En este tratado México renunció a todo reclamo sobre Texas.  

— …y más de la mitad del territorio mexicano pasó a EUA. ¡Eso duele! Es el tema de nunca acabar —dice Lucrecia.  

—Expansionismo, señora. Esa es una historia del pasado y se tiene que ver así. Lo que me preocupa a mí es todo lo que dice el presidente sobre los mexicanos, ¿qué no han escuchado? —dice la americana.

—¿Qué dice? —contesta Lucrecia.

—Que son unos violadores y criminales.

—Claro, el que exista el problema del narcotráfico en nuestro país no significa que todas las personas somos así. Es lo mismo que sucede con ustedes, el que siempre estén en guerra, no los convierte en unos asesinos y sin sentimientos hacia los demás. 

—La americana se queda seria, no podía creer que Lucrecia conociera tanto del tema. Esa impresión me dio. De hecho, pensé que la iban a correr por contestona —dice María Luisa.  

—Sin olvidar, que el mismo suceso se repitió en los años mil novecientos setenta con Baja California Sur y Quintana Roo; varios veteranos estadounidenses estaban habitando las zonas costeras, por las playas; como alerta para prevenir que no se volviera a repetir lo de Texas, el gobierno federal los constituyó en estados soberanos mexicanos con gobierno, autonomía y jurisdicción propias; promoviendo el envío de población mexicana a esos lugares. Por lo tanto, es una historia sin fin… el problema de todo es que juzgamos las cosas antes del tiempo oportuno sin tener de ellas cabal conocimiento, siempre estamos juzgando al otro, y la verdad eso cansa, mis hijos lo viven a diario en las escuelas. Son criticados por el simple hecho de tener papás mexicanos. ¿Cómo cree usted que uno se siente? Ha meditado alguna vez: ¿De dónde viene su familia?, ¿Cómo llegó a Estados Unidos? Me imagino que, inmigrando, igual que nosotros. Así estamos miles de mexicanos buscando esa calidad de vida que no pudimos encontrar en México. Por la situación que se vive allá, de pobreza e inestabilidad social. Miles de familias han tenido que salir huyendo de sus lugares de origen por el problema del narcotráfico. ¿Usted sabía eso?
La americana se queda reflexiva, mira a Lucrecia y le pregunta:

—¿Es residente?

—No.

—¿Está consciente de su situación aquí?

—Sí. Todos los días asumo con dignidad esa responsabilidad.

—Y que me meto yo también en la plática —dice María Luisa.

—¿Cómo que se mete? —Gloria.

—Sí, para ayudar a Lucrecia. Me acerqué a ella y le dije: <<Cierra la boca, te van a correr>>. Lo que hizo es mirarme y continúo contestándole a la enfermera americana.

—Ustedes suelen mirarnos por debajo y nosotros estamos acostumbrados a agachar la cabeza. Y no tengo miedo de decir lo que pienso, lo digo con mucho respeto.  

—La comprendo, señora. Yo no tengo nada contra ustedes, solo que estoy defendiendo a mi gente. Para ellos también hay problemas, ¿están enterados de que han dejado de remunerar a los veteranos de guerra como se hacía en años anteriores? Nosotros creemos que el problema es la sobrepoblación latina en Estados Unidos; los recursos del gobierno a ellos se los quitan para dárselos a ustedes; y eso no se nos hace justo, ya que ellos van a las guerras en representación de nuestro país, y por lo tanto esas personas merecen más que ustedes. Aparte usurpan los trabajos, y utilizan mucha ayuda del gobierno.

—…pero usted sabe que nosotros no somos una carga para este país, al contrario, hemos contribuido a su economía con nuestro trabajo, el cual genera más empleo. Solo en este año aportamos a la federación cincuenta y cuatro mil millones y a nivel local y estatal, treinta y dos mil millones. También se ha demostrado que los habitantes de las ciudades con más inmigración tienen menos pobreza y bajos niveles de criminalidad, que aquellas pobladas con pocos inmigrantes. Así que no me venga a decir que somos una carga para este país. Somos personas leales, pagamos los impuestos, aunque no estemos legales aquí. Nos han enseñado a respetar lo que no es de nosotros y reconocer la ayuda que este país nos ha ofrecido para darnos una vida digna para nuestras familias. Claro que sabemos reconocer esa parte. Lo que se ha dicho de nosotros a través del presidente es una barbaridad, él está atacando a nuestra cultura nada más porque le han presentado cifras e historias de criminales. Pero este país también los tiene, como cualquier otro. Además, el narcotráfico aumentó en México por la venta de armas. ¿Usted sabe que su país trafica con armas?

La americana se quedó seria, comadre; por lo que le dijo, Lucrecia.

—En vez de ayudar a nuestro gobierno en combatirlo, han promovido el contrabando y no solamente en nuestro país sino en toda América Latina. Setenta y tres mil seiscientos ochenta y cuatro armas fueron compradas en Estados Unidos entre el 2009 y el 2014. ¿Se les hace justo? Estoy consciente que hay mexicanos que no cumplen con las reglas del país, evaden los impuestos y cometen cosas malas, pero en toda sociedad existen. Es decir, lo malo de México lo hace resaltar su presidente para ponerlos en contra de ustedes. Cuando varios mexicanos están aportando al conocimiento científico en EUA, ¿qué me dice de ello? Son jóvenes de diferentes disciplinas que están en centros de investigación trabajando, al igual para empresas norteamericanas.

—La americana no sabe qué decir, se queda buen rato seria, después de que pasan unos minutos, adivine qué sucede.

—Despidieron a Lucrecia.

—No, al contrario. Pidió disculpas la gringa a ella. Eso fue amazing. Yo me quedé sin habla por lo sucedido, ni se diga los demás que estaban allí escuchando.

—Órale, interesting.   

—Sí. ¿Ve, Gloria? Hay que leer más, por si nos sale una gringa, así.

—Ja, ja, ja, ja, ja… Pues sí, comadre.