miércoles, 2 de agosto de 2017

Inconsciencia

Eliana Argote Saavedra 


            Están sentados, uno a cada lado de la barra. La luz empotrada en el techo del bar ilumina las copas colgadas boca abajo, despidiendo un juego de luces sobre ellos.

—¿Nunca sospechaste? —pregunta Gustavo mientras vuelve a llenar la copa de Carolina amenazando con desbordarla, provocando que ella se apresure a colocar un posavasos—. Gracias —dice sin mirarla—, está usted servida.

—Claro que lo sospeché —responde la mujer luego de un incómodo silencio—, ahora, cuando lo recuerdo hasta creo que Daniel era sincero.

—¿Sincero? ¿Cómo puedes pensar de esa forma?

—No me mal intérpretes, no soy benevolente, lo que pienso es que él mismo se lo creía.

—Te conozco muy bien y sé que cuando te hartas de alguien, solo pasas la página.

—Sí, yo también lo creí.

            Gustavo la mira a los ojos mientras la escucha, se diría que intenta validar sus palabras, pero luego recorre el rostro, las comisuras de los párpados, las mejillas que van coloreándose al paso del licor, la boca delineada con esmero, tan deseable para él como cuando eran estudiantes. Ella no lo percibe, está ensimismada escuchándose a sí misma, reviviendo cada sensación que brota a la par con los recuerdos.



            Cinco años atrás, Daniel conocía a Alina a través de una red social; en la fotografía se observaba a una muchacha recostada sobre el césped con una sensualidad imposible de resistir, ojos claros resaltando bajo el arco intensamente negro de las cejas, cabello azabache recogido con coquetería, un vestido que apenas cubría el pecho y que debido a la posición en alto de la cámara dejaba muy poco a la imaginación. Había pasado varias páginas buscando distraerse cuando la vio. La simple observación despertó sus hormonas, descargó la imagen en la pantalla para ampliarla y repasó con sumo interés cada rasgo de aquella piel morena.

            Sus veinticinco años, el incuestionable atractivo y un inminente título de arquitecto, hacían que Daniel tuviera un futuro promisorio. Llevaba un mes como gerente de proyectos en el negocio del padre, donde se codeaba con altos ejecutivos, todos mayores, y se aburría en las reuniones casi diarias; tenía todo lo que a su edad alguien podía aspirar en la vida, pero el haberse dedicado por entero a los estudios no le permitió establecer una relación sólida. Era el primer viernes que no habría ninguna reunión y decidió relajarse revisando las redes sociales. Al ver la fotografía no dudó en enviar un mensaje. Alina lo recibió e ingresó al perfil del muchacho, pasaron apenas algunos minutos para que respondiera. El encuentro fue cosa de horas. Dar un paseo por la costa, subir la escalinata de piedra, detenerse en el mirador, observar su cabello ondear con el viento; ella no solo era hermosa sino tan desinhibida, compró baratijas a los ambulantes y bailó frente a los músicos callejeros; al llegar al hotel ya era de noche, solo consiguieron abrir la puerta antes de dar rienda suelta a sus instintos.

         El lunes las cosas debían volver a la normalidad, pero Daniel quería verla; la llamó insistentemente durante todo el domingo, recién a las tres de la tarde del lunes ella respondió:

—El viernes fue muy intenso, el sábado dormí hasta tarde.

—¿No viste mis llamadas? —preguntó él, algo contrariado.

—Sí, claro, las vi, ya te dije que me levanté tarde; ahorita no puedo responder. ¿Quieres un segundo round? —preguntó ella mientras dejaba caer la espalda sobre la almohada y pegaba el auricular a la boca para decirle casi en un susurro—: me encantaría un segundo round.

—Mira, si estás con alguien, lo entiendo, podemos dejar las cosas allí, solo sé sincera.

—Bah, no seas aburrido, tú me gustas mucho, ¿qué dices? ¿Hoy a las seis en el mismo lugar?

            Comenzaron a verse a diario. Donde fuera que estuvieran, Alina no pasaba desapercibida, lo que le producía algo de inquietud, no porque despertara interés sino por la coquetería con que respondía a los halagos masculinos.

—Las mujeres son así, hermano —le dijo su gran amigo Gustavo—, no pretenderás estar con una chica como esa y que se le olvide el resto del mundo, si no lo soportas, tal vez deberías buscarte una más “normal”.

—¿Normal? Como Carolina, dices, no te pases, hermano, ella para mí es como tú, pero con falda.

            Carolina era una joven agraciada, aunque muy discreta; vestía sobriamente, usaba anteojos, cabello recogido y dedicaba su tiempo solo al estudio. Los tres eran amigos desde la secundaria y cursaban juntos el programa de arquitectura en una prestigiosa universidad de Lima, estaban haciendo planes para constituir una oficina de proyectos arquitectónicos apenas se graduasen; llevaban reuniéndose dos largos meses para concretarlos. El padre de Daniel le pidió a este, en reiteradas ocasiones, que se hiciera cargo de la empresa familiar, pero él siempre rechazó la idea porque quería lograr las cosas por sí mismo, actitud que Carolina admiraba. Durante los últimos meses, como las reuniones se desarrollaban en casa de Gustavo, Daniel la llevaba a casa, conversaban, bromeaban, o se detenían a tomar algo en el camino, habían logrado acercarse mucho.

            «Tienes que cambiar esos anteojos —le dijeron sus amigas—, tu cabello es precioso, suéltalo y vamos a subir unos centímetros a esas faldas que usas». Al comienzo fue difícil, luego se hizo una costumbre. El primer día que apareció en el aula con aquel estilo diferente, Daniel la tomó de las manos y la miró de pies a cabeza. «¡Guaaau! Estás…, hasta pareces mujer», bromeó algo perplejo. El cambio no solo fue visible a sus ojos, Gustavo también la observaba disimuladamente, claro que él no necesitaba verla diferente para pensar que era la mujer perfecta, sin embargo, al notar que la muchacha solo tenía ojos para su amigo, decidió hacerse a un lado. Los demás estudiantes también reaccionaron ante la nueva imagen. Se acercaban a ella con cualquier pretexto, hasta hubo uno que se atrevió a invitarla a salir, pero ante la negativa tajante y la mirada que le regaló —haciéndolo sentir como un insecto—, no volvió a intentarlo más. Carolina era muy selectiva, veía a sus congéneres muy por debajo de ella, todos eran unos niños, muy alocados, o vivían en casa de los padres, eran conformistas y acababan sepultados en comparación con su querido Daniel.

            El tiempo que necesitaba para afianzar la cercanía entre ellos, se vio de pronto acortado por las constantes ausencias del estudiante. Carolina se dio cuenta de que las cosas no caminarían entre ellos, lo que le producía angustia porque se había enamorado perdidamente de él, pero el padre de Daniel estaba hospitalizado a causa de un infarto, ya no era un regalo, sino una necesidad, que el chico se hiciera cargo de la empresa. De la noche a la mañana, los planes de formar empresa juntos, se deshicieron y el muchacho comenzó a involucrarse en el negocio del padre. Ya no se veían excepto por las tutorías diarias para la tesis, que estaban por concluir.

            «Celos —fue lo que le dijeron sus amigas—. No resisten que alguien quiera hacerles competencia. Deja de ser tan estirada, que te vea saliendo con algún tipo, vas a ver cómo reacciona».

            Siguió el consejo e invitó a un joven a unirse al equipo de trabajo. La tarde en que Daniel se reintegró al grupo, encontró a un muchacho vivaz y atractivo que se deshacía en atenciones con Carolina, pero lo que le produjo una sensación extraña que no lograba definir, fue la actitud de ella ante los halagos que recibía, efectivamente sintió celos.

            Al terminar las clases, se ofreció a llevarla como siempre, pero ella se negó, «No te preocupes, ya tengo quien me lleve a casa», dijo. La vio acercarse al nuevo amigo, y a este colocar su mano en la espalda de la joven para ir bajándola despacio mientras charlaban, hasta quedar en la cintura, observó con rabia cómo el espacio desaparecía entre ellos cuando se acercaron para decirse algo en secreto, y luego, la sonrisa cómplice de Carolina, mientras ingresaba al auto. Alguien la llamó de pronto, bajó nuevamente del vehículo y al hacerlo, el largo de la falda se acortó; unas piernas largas y blancas en las que jamás reparó, quedaron fuera. Sintió la sangre hervir por dentro al ver como el chico la observaba bajar y recorría con la mirada el cuerpo de la muchacha mientras se alejaba, Daniel conocía perfectamente bien esa sensación; la joven regresó acalorada retirándose el saco pues un repentino brillo solar elevó la temperatura, su figura grácil se contoneaba al ritmo de los tacones; pasó la mano por debajo de la cabellera larga con una coquetería inusual y sonrió al intruso. No pudo soportarlo más, nadie tenía derecho excepto él, de contemplarla de esa forma, ningún estúpido como ese, que debía estar imaginándosela en su cama; ella era perfecta, claro que recién lo descubría; debía marcar territorio. Se acercó a paso firme cortándole el camino. «Esto es lo que te gusta ahora? —le preguntó—. Exhibirte de esa manera, ¿¡qué!, te gusta que te deseen?»

            Carolina no podía creer lo que escuchaba, el consejo de sus amigas funcionaba a la perfección, lo miraba atónita.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó.

—¿Esto es lo que quieres? —insistió él lleno de rabia—, ¡Dime!

Sin esperar respuesta la cogió de la cintura y la atrajo hacia sí sujetándola con fuerza. Ella comenzó a temblar, era la primera vez que sentía aquel cuerpo tan cerca, su aliento, la actitud casi animal que exhibía, tomándola a la fuerza. El otro muchacho se acercaba también, dispuesto a defenderla por aquella intromisión.

—Allí viene tu caballero —dijo en voz alta—, dile a este estúpido que no te mire de esa forma, que no quieres nada con él, que solo me deseas a mí.

Hablaba mirándola a los ojos con la seguridad que le daba la actitud de sometimiento de la muchacha, su falta de reacción, las miradas furtivas que siempre sintió sobre sí, mientras estudiaban y que recordaba de pronto, el cambio en su aspecto; ahora lo entendía todo, ella estaba enamorada de él; la soltó. «¡Vete con tu amigo! ¡Lárgate! —y acercándose nuevamente le susurró al oído—, o sígueme, quiero que seas mía, tú decides.»

            Estaba indignada, jamás le habría permitido a nadie aquella falta de respeto, esa no era forma de tratarla, pero una fuerza muy dentro parecía vencerla; Daniel era así, siempre fue así, jamás exhibía gentileza con nadie excepto con su madre; el padre por otro lado era tan machista, le decía al hijo único que las mujeres son como autos nuevos y que tenía la potestad de elegir lo mejor. Quería correr tras él, ansiaba abandonarse en aquellos brazos como tantas veces lo imaginó y someterse a su voluntad, pero el raciocinio le decía que se vaya, que merecía más que eso. El otro estudiante se acercaba, todos los miraban, Daniel volteó, el estacionamiento se hallaba atiborrado de estudiantes y maestros que salían de clase, y tras las rejas que daban a la avenida, un grupo de curiosos los observaba; cómo se había permitido esa escenita, él, que podía tener a las mujeres que quisiera, su frustración era evidente, sin embargo, no le daba la gana de permitirle que lo despreciara por otro, especialmente ahora que todos lo escucharon; su mirada era sombría, y a los ojos de Carolina parecía un cervatillo abandonado. El otro muchacho la vio contemplarlo y entendió todo. «Creo que deberías irte con él —dijo—, es lo que deseas».

            A partir de ese día las cosas se desarrollaron como era de esperarse. Los padres de Daniel estaban felices. Gustavo se alejó de ellos, no podía soportar que la mujer que amaba hubiera elegido a su amigo. Una noche, mientras conversaba en un bar miraflorino con unos compañeros de trabajo, vio ingresar a Daniel con Alina, el mozo los saludó con un tono bastante familiar y los guio hasta una mesa apartada del bullicio, en la terraza; se acercó visiblemente contrariado, apenas saludó a la mujer y le pidió a su amigo que lo acompañara; una vez lejos, le reprochó que estuviera engañando a Carolina, pero el joven se defendió alegando que esa mujer no significaba nada, que solo se divertía, «Voy a casarme, hermano, tú también eres hombre pues; una vez que me case, esto se acabó, ¿o acaso crees que arriesgaría mi matrimonio por una mujer como esa?», le pidió que callara, y así lo hizo. Los preparativos para la boda comenzaron.



            Desde que Daniel asumió la gerencia en la empresa de marketing del padre, actuó correctamente, aun a pesar de sentirse agobiado entre tantas reuniones. Añoraba el tiempo en que hacía planes para construir un complejo, buscar financiamiento, cuando quería salir adelante por sí mismo. De pronto comenzó a aburrirse y a llevar la dirección de la empresa de forma mecánica, el tiempo no le alcanzaba para el trabajo porque su vida comenzó a girar alrededor de Alina, delegó sus funciones en un asistente, hasta que pudiera dejarla, aunque sabía muy bien que no tendría fuerzas para hacerlo; lejos de terminar la relación, le pidió que lo acompañe a los eventos sociales a los que debía asistir para captar clientes. Al comienzo, la mujer se rehusaba a acompañarlo, pero ante la insistencia del muchacho y lo bien que la hacía sentirse, aceptó. La primera vez que Daniel llegó con la exuberante mujer, todos quedaron anonadados; a pesar de vestir sobriamente por complacer a su amante, la chica no podía ocultar la coquetería natural que afloraba en sus gestos, todo iba bien hasta que fue presentada ante el invitado de honor, quien llegaba algo retrasado del brazo de la esposa. Al verlo, no pudo ocultar la incomodidad que le produjo, quiso marcharse, anunció un fuerte dolor de cabeza, pero Daniel le rogó que se quedara, que apenas terminaran la cena se irían, encargaría al asistente el cierre del trato. El recién llegado no dejaba de mirarla, intentó acercarse a ella sin conseguirlo y cuando uno de los invitados se retiró de la mesa, este no dudó en acomodarse a su lado y hablarle; la esposa los fulminaba con la mirada, el sujeto se había pasado de copas y no disimulaba el deseo que le despertaba la mujer; cuando se acercó a su oído para decirle algo, Daniel, quien lo estaba observando, le estampó tremendo puñete que lo hizo caer de la silla. De pronto, el murmullo de los comensales amenizado por los acordes de un violín, el tintineo de las copas al brindar, la luz tenue y el paso cauteloso de los mozos que avanzaban entre las mesas, se convirtieron en un caos. Ese fue el primer cliente que perdió.

            Luego de la tercera reunión, esta vez en el restaurante de un exclusivo hotel en San Isidro, que también concluyó en un encuentro a puños con otro cliente, Alina dejó de responder sus llamadas; cuando fue a buscarla al departamento que alquilaba, el conserje le dijo que ya no vivía allí. No había rastros de ella, se sintió desesperado y aunque intentaba disimular ante su novia, quien le reprochaba que no la acompañara para definir todo lo referente a la boda, no lo lograba. Las quejas de la chica, lo único que provocaban en él era indiferencia. Carolina decidió terminar la relación; todo comenzaba a desmoronarse, el padre, quien ya sabía de las andanzas del hijo con aquella muchacha alocada, también le reprochó, le dijo que se sentía decepcionado, que estaba tirando a la basura su futuro por una zorra. Daniel tuvo que hacer un gran esfuerzo para no faltarle el respeto cuando lo escuchó llamarla de esa forma, pero lo que lo decidió a cambiar fue que esa misma noche luego de aquel altercado, el padre tuvo un segundo infarto.

            Buscó a Carolina y le pidió perdón, mas, luego de la ruptura, la novia indagó entre la gente de la oficina y se enteró de la existencia de otra mujer, «Creo que te has enamorado de ella —le dijo—, solo me buscas para contentar a tu padre, no puedo casarme con un hombre que ama a otra, es mi vida también, te ruego que no seas egoísta». Esa noche Daniel regresó a casa y dedicó horas a pensar; sentado ante el escritorio, con el rostro de Alina en la pantalla, se decía a sí mismo que no podía estar enamorado, los hechos le demostraron que jamás podría llevar una vida serena a su lado, ella despertaba en él, «y en todos», los instintos más básicos; una familia en el futuro definitivamente no la incluía, su padre tenía razón, ¿acaso querría exhibirse con una coqueta? ¿La imaginaba como la madre de sus hijos? Pero, ¿era solo el deseo lo que los unía?, cuando estaban juntos, se sentía auténtico, libre, no le temía a nada, eran tan parecidos; Alina era atrevida como él mismo deseaba serlo, irreverente, pero ya era tarde para eso, su padre estaba enfermo, debía cumplir.

            Dos días después se apareció en casa de la novia con un ramo de rosas rojas; en la sala, rodeado de cuadros y lámparas, con el sol ingresando por la ventana y el rostro ensombrecido de la muchacha, «Perdóname —dijo—, no puedo amar a otra mujer que no seas tú, sé mi esposa». Sí, debía sacar a Alina de su vida, esa era la forma. Carolina dudaba, pero también confiaba en la voluntad de Daniel para cambiar. Faltaban apenas dos semanas para la boda, no podía retroceder, lo amaba, viviría para mantenerlo interesado, conocía la fórmula.



            Carolina continúa en el departamento de Gustavo contándole su historia, están sentados sobre unos cojines frente a la chimenea, pues la temperatura ha bajado, una suave música de fondo relaja el ambiente.

—Así fue como dejaste de estudiar.

—Sí, lo dejé todo, enfoqué mi vida en tratamientos de belleza, gimnasios, ropa nueva, pero, por más que me esforzaba, siempre había mujeres que llamaban su atención, sabía que no podía competir con ellas.

—No todas las mujeres se destacan por las mismas cosas, Carolina.

—Lo sé, ahora lo entiendo, pero en esa época estaba ciega.

            Una lágrima rueda por la mejilla de la mujer, él se levanta para preparar otro trago, Carolina coge la cartera, saca el celular y lo coloca en una mesa lateral, cerca de la corriente. «Esto te va a hacer bien», le dice Gustavo entregándole el vaso, se sienta junto a ella y le ofrece su hombro; la mujer se recuesta, se siente tan frágil, sabe que él estuvo enamorado de ella desde siempre, la merecía más que Daniel, de pronto una melodía conocida la traslada a la época de la universidad, antes de que sucediera todo, recuerda a Gustavo sacándola a bailar, siempre pendiente de ella, la sonrisa dulce, los ojos acaramelados, muy delgado para su gusto pero tan gentil; él toma su mano y la besa, «¿recuerdas?», le pregunta, y antes de recibir respuesta la levanta con delicadeza y la sujeta entre sus brazos; están bailando al compás de aquella canción con las luces bajas y el calor de la chimenea, todo sabe tan bien, todo parece posible. El licor va relajando su cuerpo, hunde la cabeza en el pecho del hombre y se deja llevar.



            Una tarde, luego del matrimonio, Daniel asistía a una conferencia en el auditorio de un hotel cercano a su trabajo, desde la entrada reconoció a Alina. Se veía tan deslumbrante como siempre, con una copa en la mano y entretenida con el celular. Iba a acercarse cuando apareció Gustavo, quien caminó directo hacia ella, la tomó del brazo y se perdieron camino a la zona de habitaciones.

            Tuvieron que pasar dos años para que Daniel aceptara escuchar a Gustavo, le resultó extraño que la explicación de su amigo apuntara a disculpar a Alina, él le contó que aquella muchacha se prostituía, que tuvo una infancia difícil, que intentó alejarse porque sabía que no podían tener una relación seria, que él no la dejó. «El día que nos viste lo descubrí todo, me enteré de sus andanzas y quise ver si era capaz de meterse conmigo, no pasó nada entre nosotros, solo hablamos; ella te quiere, aunque no cree que puedas perdonarla, sabes que nunca me gustó para ti, pero estoy convencido de que ustedes se aman realmente. Basta escucharlos hablando del otro para entender que se aman de verdad».

            Un mes después, Daniel comenzó a llegar tarde y luego a ausentarse los fines de semana de la casa que compartía con su esposa, esta amenazó con dejarlo, la miró con indiferencia y respondió irónicamente: «Bueno, te has convertido en una de esas cabecitas huecas de las que tanto te burlabas, va a ser fácil que te consigas un nuevo marido». La joven lloró por días enteros hasta que decidió poner en práctica una nueva estrategia: ya no le reprochaba nada y se mostraba más comprensiva. Él respondió bien al cambio, continuó llevando una vida paralela, aunque de forma discreta, pues lo único que quería era que no lo molestaran, ella dejó de cuidarse y se embarazó. Cuando se lo dijo, él se alegró sinceramente, la levantó en brazos, le prometió que las cosas cambiarían, pero una tarde, luego que el niño naciera, Carolina fue a visitar a su madre, al regresar a casa, lo encontró en su habitación, con ella.



            La canción ha terminado; sobre la alfombra están regadas las prendas que usaban; reposan uno al lado del otro, mas no se tocan. Él debía poseerla para seguir con su vida, le costó mucho convencer a Daniel que perdone a Alina, por fin tenía lo que siempre debió ser suyo; ella, decidió vengarse de Daniel acostándose con su mejor amigo, no le importaba nada, ni los bienes que pudiera perder en el divorcio ni la vergüenza que significaba para sí misma aquel hecho, fue mucho el tiempo que soportó las humillaciones de su aún esposo, urgía ponerle fin a esa relación perversa de dependencia, a su propia inacción y debía ser algo radical. El celular de Carolina se ha apagado, las grabaciones de video consumen mucha batería. Va a divorciarse, sí, pero antes le clavará un puñal en el alma, igual que lo hizo él.

martes, 1 de agosto de 2017

El enigma de Cora

Horacio Vargas Murga


Bastaba ver a Cora una sola vez para darse cuenta de que era realmente bella. Rubia, tez blanca y una silueta envidiable. Los jóvenes de la vecindad la miraban con impaciencia, unos con deseo, otros con aquel semblante de quien se enamora por primera vez. Sus diecinueve años, su encantadora figura, podían hacer perder la cabeza a cualquier hombre. Cada vez que caminaba por la calle, sentíamos su perfume exquisito y escuchábamos su suave caminar por la vereda. Su sola presencia, cambiaba el color del paisaje, mientras saboreaba un dulce y espontáneo sabor en mis labios.

—¿Por qué él tiene esa cosa que yo no tengo? —preguntó la niña molesta.

La tía se ruborizó de pies a cabeza. Le empezaron a temblar las manos. Un sabor ácido inundó su boca, mientras hormigueos intensos se expandían por toda su piel. Escondió el rostro un momento tratando de recobrar la calma. El niño las miró contrariado. A sus cuatro años, no podía salir de su asombro.

—Sobrinita, esa cosa es su pipí, la tienen solo los varoncitos. Las mujercitas en vez de pipí tenemos nuestra cosita.

—¿Y por qué no tenemos pipí?

—Porque… porque la naturaleza nos hizo así, ¿cómo te lo explico? Eres aún muy pequeña. Mira, yo te prometo que otro día conversaremos.

Grandes conquistadores se convertían en unos niños torpes ante su presencia. A mí también me pasaba lo mismo. Ella no tenía amigos muy cercanos, la mayor parte del tiempo andaba sola. Respondía a todos los saludos, pero jamás se quedaba a conversar largamente con ninguna persona. Raúl, el apodado Galán de Galanes, buscó la forma de acercarse a ella. Siempre vestía muy elegante y caminaba dando un toque especial a su caminar. La noche de la fiesta de la vecindad intentó sacarla a bailar, pero Cora rehusó la invitación y no bailó con nadie. Raúl insistió llenándola de obsequios sin lograr su cometido. Incluso en una oportunidad, Cora le lanzó una mirada de desprecio y le dijo que no quería volver a verlo.

La niña lo descubrió de casualidad, cuando el niño fue al baño y olvidó cerrar la puerta. Él podía orinar parado y ella no. Él tenía algo que ella no.

—Tía, yo también quiero tener pipí.

—Sobrinita, eso no es posible, yo te voy a explicar.

Pero las explicaciones fueron en vano. Además la tía no se sentía preparada para hablar del asunto, a ella tampoco le habían explicado nada sus padres. Su ansiedad aumentó la desconfianza en la niña.

—Yo quiero tener pipí, como él.

—Pero, niñita…

—Yo quiero tener pipí, yo quiero, yo quiero, yo quiero.

Se tiró al suelo y empezó a patalear descontrolada. La tía no sabía qué hacer.

Lo mismo sucedió con Aldo, hijo del alcalde, Braulio, médico de la vecindad: Arturo, afamado comerciante y otros tantos que corrieron la misma suerte. ¿Qué había de oculto en ella? Nadie lo sabía. Aquella idea me tuvo obsesionado por un tiempo. No lograba entender qué era lo que estaba ocurriendo. Durante varios meses, nadie más se acercó a Cora, temerosos de terminar como los anteriores interesados.

La niña recortó con una tijera un pedazo de esponja y lo sostuvo a la altura de su pubis.

—Yo ahora soy hombre y este es mi pipí.

De esta manera caminaba por toda la sala haciendo prevalecer su masculinidad artificial. La tía miraba confundida. Ella había suplido a su madre, que falleció en un accidente automovilístico. La niña jamás conoció al padre, la abandonó apenas nació.

La tía, preocupada por la situación, consultó con sus amigas.

—Son cosas de niñas, ya se le pasará, no te preocupes.

En cierta ocasión la encontré limpiando la ventana de su casa.

—¿Te ayudo, Cora?

—No gracias, no necesito ayuda.

—Vamos, te doy una mano.

—He dicho que no, vete y no me molestes.

Hay un gran alboroto en el jardín de la casa. El niño y sus amiguitos están jugando a los volatines. La niña pide que la dejen jugar con ellos, pero nadie le responde. Todos están entusiasmados. La niña entra al juego, hace un volatín y se le levanta la falda. Los niños explotan en carcajadas.

Cora me miró completamente molesta.

—Pero, Cora, yo solo quería ayudarte.

—Pues no quiero tu ayuda, ni la de nadie. No necesito la lástima de ustedes.

—¡Lástima! No entiendo, ¿por qué nos tratas así a todos en la vecindad?, ¿qué te hemos hecho?, ¿acaso nos detestas porque no somos adinerados?

—Porque son hombres.

Los niños se ven muy contentos.

—Hay que jugar a quien orina más alto.

¡, sí! —gritan todos.

—Yo también quiero jugar —suplica la niña.

—¿Tú? —pregunta uno de los niños con sorna.

Todos empiezan a reír sin parar. La niña se retira triste. Alguien del grupo sale corriendo y le jala de las trenzas. La niña hace un gesto de dolor y llora. En sus oídos las risas crecen desesperándola.

Quedé más confundido. Nos miramos un momento sin pronunciar palabra alguna.

—Lo siento, no quise decir eso, vete por favor.

—Cora, quizás algún hombre te haya hecho daño, pero no todos somos así.

—Retírate, no quiero seguir conversando.

—Cuéntame qué te sucede, yo te puedo ayudar.

—Vete de una vez, por favor.

Se puso a llorar amargamente. Yo me retiré sin saber qué hacer.

Es la fiesta de promoción del colegio. En un amplio salón, alumnos y alumnas se encuentran vestidos de gala. Fragancias de perfumes exquisitos invaden todo el ambiente. La música intensa y variada, los envuelve al igual que la alegría y el entusiasmo juvenil. Los niños, ahora adolescentes, miran a las damas con otros ojos, sobre todo a aquella que siempre quería jugar con ellos. Se pelean por sacarla a bailar, pero la adolescente se rehúsa la mayoría de veces. En un momento de la fiesta, se retira para ir al baño. Al encontrarse sola, aprovecha para mirarse al espejo y apreciar el bello rostro que todos halagan, así como su cuerpo escultural. Sin embargo, en su mente, se observa con un terno blanco bien acicalado, un cabello corto y un cuerpo atlético y distinguido. Sale del baño confundida, pero es interceptada por un muchacho, algo pasado en copas, que pretende seducirla. Intenta escabullirse, pero él la coge de los brazos y se precipita a besarla. Forcejean varios minutos, durante los cuales, las manos del varón llegan a coger sus pechos y muslos de forma desesperada. Ella le propina un rodillazo en el escroto. El joven queda tendido en el suelo. La joven regresa al salón, tratando de disimular su disgusto por lo sucedido.

Pocos meses después Cora se fue de la vecindad, sin decir nada a nadie, ni siquiera dejó una nota. Pobrecita, quizás algún canalla la trató mal. Si me hubiera dado una oportunidad, yo la hubiera hecho muy feliz. La extraño mucho. Ojalá regrese algún día. Jamás conocí mujer más hermosa que Cora. 

lunes, 24 de julio de 2017

Una vida diferente

Miguel Ángel Salabarría Cervera


El último lunes de agosto como a las nueve de la mañana, realizaba la visita inicial de cursos escolares de acuerdo a mi función de Asesor Técnico Pedagógico a un centro educativo; a la entrada tañí la campana, de inmediato acudió una señora encargada –ya de cierta edad-, nos saludamos, me abrió la reja para ingresar a la vez que me decía que iba a estar lavando los baños, que la buscara para que la abriera de nuevo y yo saliera.

El tiempo transcurrió, un día al llegar a la oficina encontré a la señora que me abrió la reja de la escuela, ignoraba su nombre y me atreví a preguntárselo, me respondió que se llamaba Olga Ramayo que tenía cincuenta y seis años de edad con veinte años de servicio como intendente.

Mientras llegaba el supervisor escolar, le pregunté que si entregaría documentación -porque era común que también hicieran esta actividad-, me respondió que no, que estaba ahí porque el director de la escuela consideró que sus servicios ya no le eran necesarios, debido a que había llegado una joven intendente; en este momento llegó el jefe de la oficina, siendo informado por Doña Olga de la razón de su presencia.

El supervisor me habló aparte, para decirme que averiguara que sabía hacer y en caso que no fuera «útil», la enviará a las oficinas centrales; encomienda que no me agradó por lo funcional de sus palabras, sin embargo debía de cumplir la encomienda.

Le invité a sentarse a un lado del escritorio que yo ocupaba y le dije:

―Señora Olguita, recuerdo haberla conocido en la escuela Juan de la Cabada Vera, nombre de un cuentista campechano ―le decía esto, para romper el hielo y la tensión que su rostro expresaba― ¿sabe? Siempre quise ser director de esa escuela… pero ya sabe cómo es el sistema.

Ella sonriendo me respondió:

―Sí, lo  sé. A usted lo mencionaban.

―Óigame ―continué― sé que usted era intendente, pero ¿podría decirme qué estudios realizó?

La señora cerró los ojos como repasando su vida, tras unos instantes los abrió, me fijó su mirada para decirme como añorando el tiempo ido:

―Le voy a contar: mi papá pensaba «a como los de antes», que las mujeres no debían de estudiar porque eran para la casa, con solo saber escribir y leer era ya suficiente, sin embargo yo no estaba de acuerdo, terminé mi primaria y estudié la secundaria en las mañanas, al salir me iba a casa de una maestra a hacerle el aseo —añadió― claro, me pagaba y con eso me costeaba mis estudios.

No pude menos que mostrar admiración y asombro por sus palabras, agregando:

—¡Qué interesante es su vida y el esfuerzo por salir adelante! ―emocionado dije― ¡Pero, ¿hasta ahí concluyeron sus estudios?!

―No, estudié dos semestres de preparatoria a escondidas, pero ya no pude seguir, porque mi papá me descubrió ―su rostro se notó triste al contestarme.

―Platíqueme, porque es interesante ―le expresé.

―De joven, entré a trabajar como empleada de mostrador en un comercio, de nueve de la mañana a cinco de la tarde, al salir iba a la Preparatoria nocturna de seis de la tarde, llegando a mi casa minutos antes de las once de la noche; mi papá me decía palabras ofensivas: «seguro andas echando novio ¿quién sabe por dónde?». ―Prosiguió su relato―. Una tarde me espió a la salida del trabajo viéndome ingresar a la Preparatoria, se atrevió a entrar y me gritó: ¡vámonos a la casa, este lugar no es para mujeres!

Calló, se limpió los ojos, mientras yo guardaba respetuoso silencio ante la dramática experiencia de Doña Olguita.

Le ofrecí un café que aceptó gustosa, para continuar en forma espontánea su experiencia vivida:

―Sin embargo me sirvió porque aprendí a escribir a máquina, principios de administración y emplear la calculadora, ―su rostro denotaba expresión de entusiasmo― y pues como dicen: «nunca es tarde para aprender».

Me dio gusto escuchar esas palabras de una persona que a pesar de su edad tenía motivación para superarse; le dije que cuando regresara el supervisor hablaría con él, para decirle que era ideal candidata para quedarse en la oficina.
Ella, sintiéndose en confianza reanudó su narración:

―Ya solo me dediqué a trabajar y darle la mitad de lo que ganaba a mi padre como siempre lo hacía; así pasó el tiempo hasta que me casé con un hombre bueno es albañil, a veces tiene trabajo y en otras ocasiones no ―tomó un sorbo de café y prosiguió―, tengo tres hijos ya grandes, no me quejo me ha ido bien. Ahora tengo este trabajo desde hace veinte años, aunque gano poco por ser municipal, sin embargo tengo todas las prestaciones de ley.

―El supervisor salió a una junta a la Secretaria de Educación no sé si regrese hoy, ―le dije― pero vuelva mañana a la hora de trabajo.

Muy temprano, le comenté al jefe de la oficina lo platicado con la señora, él más preocupado por sus relaciones políticas y sindicales, solo me dijo que si yo me comprometía a capacitarla y responder por su trabajo, no habría inconveniente; mi respuesta fue afirmativa.

Con el paso de los días, le fui enseñando la paquetería básica de computación, se mostraba dispuesta para aprender, normal que una persona de su edad tuviera dificultades para familiarizarse con esta herramienta tecnológica, pero las suplía con voluntad, también de manera paulatina se adentró en el manejo administrativo de la  oficina.

Ocurrió que Doña Olguita, se convirtió en una excelente secretaria, siendo «el brazo derecho» de la oficina, llegando a desplazar a la otra secretaria que tenía plaza de otro nivel y mayor salario.

El tiempo transcurrió y llegó el momento de mi partida, había cumplido el tiempo reglamentario para jubilarme; cuando le di la noticia a doña Olga, se sorprendió de sobremanera, comenté que no era inmediato pero sí iniciaría los trámites; sin embargo comprendió que eran parte de los derechos a los que tienen los trabajadores y que así es la vida.

Al llegar mi último día de trabajo, cumplí con las formalidades de entrega-recepción al supervisor escolar, me despedí del personal y al final le  dije a Doña Olguita:

―Me dio mucho gusto conocer su historia, ¡créame, le admiro como se ha superado! Le deseo lo mejor; ella sonrió y nos despedimos.

Pasado unos meses, me encontré al supervisor y le pregunté por Doña Olguita, me respondió:

―Tramitó su cambio y demostró que tenía conocimientos de computación, por lo que su sindicato le tramitó una nueva categoría y tiene un ingreso superior, ―continuó― está trabajando ahora en la oficina de Desarrollo Social del municipio.

Nos despedimos, me encaminé a mi casa, con una sonrisa de satisfacción.

viernes, 21 de julio de 2017

Los ojos de la serpiente

Rita Mabel Figueredo


Alquiló el departamento amueblado porque no pensaba quedarse mucho tiempo. Después de todo, venían prometiéndole el ascenso desde hacía dos años y ese pueblo del interior era el escalón previo e ineludible. Pero ni bien abrió la puerta, se dio cuenta de que había sido un error.

Carolina había hecho el trato a través de una inmobiliaria. Con los detalles mínimos indispensables, referencias, garantías. Sabía que la propietaria de la casa era una mujer septuagenaria y supuso que tendría que soportar un estilo pasado de moda, pero nada la había preparado para el tufo a humedad y decrepitud que se respiraba en la casa.

Era uno de esos barrios de casas adosadas, construcciones baratas e iguales, que comparten una de las paredes medianeras, como si necesitaran sostenerse mutuamente para no sucumbir. Estaba amueblado con pésimo gusto. Colores oscuros, marrones, verdes, azules. Estampados indefinidos, alfombras, lámparas y ¡oh, por Dios! cuadros. Decenas de ellos. Eran tantos, que casi no quedaba ningún espacio libre en la pared. Las representaciones eran variadas. Paisajes sombríos, animales mitológicos, representaciones de batallas. Todos siniestros. Todos enormes. No se había salvado de la furia decorativa ni siquiera el cuarto de baño. Se destacaba como el más horroroso, una imagen de dimensiones desproporcionadas, que mostraba una enorme serpiente enroscada sobre su cola, lista para atacar. Abarcaba buena parte de la pared medianera del dormitorio, y Carolina se preguntó cómo habían podido conciliar el sueño los ocupantes anteriores. Pero una de las cláusulas del contrato, establecía claramente que no debía moverse ningún cuadro. Ella no había puesto objeciones porque jamás se había imaginado semejante cantidad de "arte".

Carolina decidió que podía sobrevivir en el sucucho los pocos meses que pensaba permanecer en ese destino. El precio le permitía ahorrar y además tenía muy pocas horas libres.

Se apegaba a sus rutinas como un náufrago al último madero. En el trabajo, su temperamento metódico le había ganado un lugar privilegiado en el competitivo mundo de las finanzas, a pesar de sus escasos treinta años. En casa le servía para pasar por alto las múltiples mudanzas y mantener la sensación de hogar.

Estaba muy lejos de su ciudad natal, aunque eso no le pesaba. Prefería la soledad. Varios intentos fallidos de establecer relaciones de pareja, la habían dejado exhausta y sin ánimo de reincidir.

Volvía hecha polvo del banco todas las tardes, añorando un baño caliente y un poco de paz. Amaba salir de la ducha a penas secas las primeras gotas y liberada por fin de la pollera tubo, los sacos entallados y los tacones, disfrutar de su soledad sin lo limitante de la ropa.

Entre el mobiliario de la dueña de casa, había una vieja radio en la que solía escuchar canciones pasadas de moda que poco a poco iban devolviéndole la tranquilidad.

Una de las noches, en las que replicaba el ritual diario, se había preparado para disfrutar de una copa de vino, recostada en la cama vestida solo con ropa interior, cuando le pareció sentir que alguien la observaba.

Apagó la radio, buscó algo para taparse, tomó el atizador de la chimenea, y comenzó a recorrer la casa a conciencia. Solo encontró una ventana abierta en la cocina, pero nadie mirando. Después de haber revisado todos los rincones, llegó a la conclusión de que los nervios le habían jugado una mala pasada.

Las semanas se sucedían engullidas por el cansancio de la jornada laboral, la expectativa de su inminente ascenso y la desilusión de las inexistentes relaciones sociales en su nuevo destino. Sus compañeros de trabajo eran todos hombres y mujeres maduros, que dedicaban los fines de semana a reuniones familiares, bautismos y cumpleaños y eventualmente algún juego de canasta. Si bien la habían invitado a participar, ella no se sentía a gusto compartiendo bocadillos con las personas a su cargo, menos considerando que habían dejado en claro desde el primer día que su designación había sido un error o, peor aún, alguna clase de acomodo inmerecido.

Tampoco sus vecinos parecían demasiado interesantes. Dos amas de casa de la cuadra habían pasado a saludarla y a dejarle tarta de manzana recién horneada, pero la conversación languideció por falta de temas en común y no volvieron a intentarlo. La casa contigua estaba constantemente cerrada.

Por lo tanto, sus fines de semana, los pasaba echada en el sofá mirando películas viejas y  comiendo dulces que luego bajaba trotando a paso vivo por el barrio.

Hablaba a menudo con su hermana que vivía a dos mil quilómetros de distancia. La parte más emocionante de su semana era escuchar a la menor de la familia relatar sus aventuras amorosas, sus enredos y angustias y criticar a su madre que vagaba por el mundo con el amor de su vida de turno.

Un domingo en la mañana en que el calor bochornoso de enero le había impedido seguir durmiendo, se sacó la ropa para darse una ducha y cuando iba camino al cuarto de baño, la sensación de ser observada la embargó, erizándole la piel.  

Corrió hasta ocultarse detrás de la mampara, cerrándola tras de sí, agitada. Se fregó con fuerza con la esponja y dejó que las gotas arrastraran la desagradable impresión de no estar sola.

Mientras el agua resbalaba por su cuerpo desnudo rememoró varios momentos en los que había tenido la impresión de que había alguien más en la alcoba.

Al día siguiente llamó a un cerrajero e hizo colocar trabas internas en puertas y ventanas. Abandonó la costumbre de vagar sin ropa por la casa, comenzó a dormir tapada a pesar del calor sofocante y revisaba más de una vez que todo estuviera herméticamente cerrado antes de acostarse. Aun así, muchas noches despertaba con la certeza de que había alguien acechando en la oscuridad.

Una madrugada especialmente calurosa, resignó sus precauciones y se acostó sin piyama, con el único amparo de la fina tela de la sábana. El aire acondicionado y el ventilador estaban encendidos, por lo que sintió con claridad como bajaba la tensión y solo unos segundos más tarde, la energía eléctrica se cortaba, sumiendo al barrio entero en un pesado silencio. Fue entonces que escuchó lo que le pareció el ruido metálico de una cerradura. Aguzó el oído. ¿De dónde había venido? Se quedó tendida en la cama, esperando, no oyó nada más. Pero estaba casi segura de que había sido en la pared medianera.

Durante varios días, estuvo atenta hasta al más leve chasquido, pero el sonido no se repitió.

El sábado siguiente se llevó a cabo la fiesta de fin de año del banco. Eligió un vestido rojo con breteles finos, ajustado, con un escote revelador. Había decidido quedarse lo mínimo que fuera decoroso, pero el calor la llevó a beber champaña fría en grandes cantidades y terminó disfrutando de la velada. Regresó a casa bastante achispada, atinó a la cerradura al tercer intento, y ni bien entró fue regando en su camino hacia el dormitorio todas las prendas. Ya casi había llegado a la cama cuando se sintió mareada, el temor a caer hizo que se sostuviera del cuadro de la serpiente. Con gran estrépito, el marco cedió, dejando a la vista la pared medianera y dos agujeros pequeños que abrían una ventana hacia el departamento de al lado.

La rabia de saberse espiada hizo que se esfumara cualquier rastro de la modorra del alcohol. Frenética recorrió la casa arrancando de todas las paredes los horribles cuadros, solo para descubrir detrás de cada uno, una abertura similar. Asqueada, se puso un pantalón holgado, una remera de algodón y zapatillas, cargó a toda velocidad en un bolso grande lo que consideró imprescindible, llamó un taxi y huyó hacia el aeropuerto. Quería volver a casa o a cualquier lugar que no fuera ese pueblo perdido donde le habían arrebatado la dignidad a través de una mirilla en la pared.

La investigación policial iniciada a partir de su denuncia, no pudo determinar ningún responsable. En la casa contigua no se encontraron más que algunos paquetes de caramelos vacíos y huellas de pisadas sin marcas distintivas. Pertenecía a una anciana que vivía en el extranjero y a la que interrogaron por teléfono. No tenía parientes y declaró no haber entregado la llave. La inmobiliaria tapió los agujeros de la medianera y le reintegró a la agraviada el valor completo del alquiler abonado, adjuntando una disculpa escrita.

Los primeros meses Carolina siguió pendiente del teléfono y del correo electrónico a la espera de que determinaran quién había sido el depravado, pero al pasar el tiempo, volvió a sumergirse en su rutina y el episodio quedó atrás.

El pueblo retornó a su parsimonia, a sus domingos silenciosos y costumbres repetidas. En breve el recuerdo de la joven gerente se había desvanecido.


Cuando la inmobiliaria pintó la casa, despejó las malas hierbas del jardín y colocó un nuevo cartel de «SE ALQUILA», a nadie le llamó la atención que volvieran a colgar todos los cuadros.

miércoles, 12 de julio de 2017

El rincón de Edward

Luis Rivera


«¡Bienvenidos al Rincón de Edward!»

Así leía un majestuoso rótulo tallado en madera fina, con barniz en color café oscuro. Había sido un regalo para Edward de sus amigos en la penúltima navidad. Lo colgó en la entrada de la terraza, una sencilla construcción que fue improvisando un viejo albañil, siguiendo la medida de las exigencias peculiares del trío de amigos. Utilizaron el amplio jardín que tenía la residencia Ramírez. Con base en la pared oeste del terreno, edificaron una estancia con techo a media agua. Cada una de las cuatro columnas de madera, sobredimensionadas para el peso que soportaban, estaban tapizadas de fotos familiares de esa vida que lentamente se le escapaba de las manos y que rehusaba soltar. Una inmensa parrilla —que utilizaba leña como combustible, en vista que el sabor del gas en la comida era un «veneno moderno», según los criterios culinarios de Edward—, coronaba la edificación. En el centro del cuadrilátero, habían colocado una mesa redonda de seis posiciones, que servía para la práctica de todos los juegos de azar conocidos por esa generación, desde el poker y el blackjack, hasta el dominó. A un costado, colocaron otra de las joyas preciadas del rincón: una rocola clásica. En ella, cada sábado, se revivían serenatas y baladas de la mitad del siglo pasado entonadas por Jorge Negrete, Julio Jaramillo y Pedro Infante, entre muchos otros.

El comité permanente del «rincón» estaba conformado por Edward, Adolfo y Ramón. Todo inició hace un quinquenio cuando la esposa de Edward —Silvia—, murió víctima de un agresivo cáncer. Buscando acompañar al abogado en su inesperada viudez, Adolfo y Ramón comenzaron a llegar religiosamente los sábados a mediodía, llevando comida preparada y bebidas espirituosas, para compartir la tarde y aliviar el luto de Edward. De manera sutil, la ansiada visita sabatina comenzó a mutar en una tradición que fue requiriendo ajustes logísticos, los cuales cada setentón aportó según su preferencia. Los tres eran profesionales jubilados, por lo que agradecían actividades que llenaran sus días y activaran sus intelectos. Adolfo, un ingeniero retirado, estuvo a cargo de dirigir las obras civiles. Ramón, comerciante emprendedor, tomó la asignación de localizar —asegurando módicos precios ajustados a presupuestos de pensionados— toda la mueblería y la afamada rocola. Edward estuvo a cargo del diseño arquitectónico de la obra, en vista que era el chef oficial y, como dueño de la casa, procuraba que la nueva edificación calzara con la que sería su única herencia al morir. Cada semana, después de inaugurar con un brindis cualquier mejora o avance logrado, identificaban alguna carencia que generaba una mínima incomodidad, y se ponían manos a la obra para resolverla. Era un ciclo virtuoso que abrazaban con entusiasmo.

Quemaba a máxima capacidad el asador, invadiendo media cuadra con humo blanco y olor a carnes, mientras Adolfo repartía la baraja. Era un digno espectáculo ver su cara cuando, con un cigarrillo encendido entre sus delgados labios —que eran resguardados por un minúsculo bigote blanco—, arrugaba sus frondosas cejas y achicaba la mirada instintivamente para protegerse los ojos del humo, manteniendo una profunda concentración en su tarea para que se pudiera iniciar la jugada. Ramón, quien le recomendaba que usara un cenicero pero siempre era ignorado, servía tragos para los tres, a causa de haber sido el perdedor de la última partida. Mezclaba el ron después de haber servido el hielo —todo en cantidades predeterminadas— y, como quien cata un buen vino, olfateaba su trago antes de probarlo. Edward terminaba de sacar un trozo de carne del asador, partiéndolo en bocados pequeños, que serviría de acompañante para la siguiente ronda de póquer. Se sentó y colocó el plato en el centro de la mesa, bañándolo en una concentrada vinagreta de especias, que hacía sudar la frente al primer olfato. Al unísono, todos encendieron otro cigarrillo, y comenzaron el juego.

—Usted es mano, abogado. ¿Quiere carta? —murmuraba tensamente Adolfo, siempre con el cigarrillo entre dientes. Era su tercera semana de mala racha, algo que estaba dejando de ser gracioso.

—Tranquilo, Inge, hasta aquí le olfateo la rabia. ¡El que se enoja, pierde! Deme dos cartas, si es tan amable —declamaba de manera burlesca Edward, guiñando un ojo a su cómplice del día, Ramón.

—No revuelva al Inge —advertía Ramón—, después quién lo aguanta emperrado que ya no juega. No es culpa de él que se encontró con dos senseis del póquer.
Todos, con excepción de Adolfo, rieron a carcajadas. Su sordera estaba manifestándose cada vez más. Incluso, le recetaron un aparato auxiliar auditivo, el cual no usaba alegando que eran tramas médicas para sacarle dinero. Continuaron la partida hasta que, como había sido profetizado, perdió de nuevo el ingeniero.

—¿Qué horas es? —consultaba Edward, alarmado.

—Faltan tres minutos para las cuatro de la tarde, Eddie —respondía Ramón. Era la tercera vez en veinte minutos que Edward preguntaba por la hora. Ambos amigos sabían, por la explicación que les había dado meses atrás Hilda —la hija mayor del abogado— que los primeros síntomas del temido alzhéimer eran así: pérdida de la memoria de corto plazo. Cruzó una mirada con Adolfo de manera sutil, quien regresaba del baño, asintiendo silenciosamente.

—¡Encienda la radio, Eddie, que ya comienza el sorteo de lotería y hoy sí la ganamos! —ordenó Adolfo, buscando disipar el incómodo momento.

Otro de los rituales sabatinos incluía jugar la lotería. Todos habían sido profesionales muy conservadores en la plenitud de sus años, cuidando de sus familias y trabajos por sobre todo. Ahora, en el ocaso de sus días, acordaron tomar más riesgos y saborear esa adrenalina que solo brindaba competir contra el azar.

—¿Quién tiene el boleto? —preguntaba exaltado Adolfo.

Pacientemente, Ramón desenvolvía un pliego de lotería que traía en su bolsa derecha. Tomaba la libreta de anotaciones y un lapicero, y se colocaba los lentes de lectura mientras comenzaban los anuncios comerciales previos al sorteo. Todos lo rodearon, ansiosos como el primer día, aun cuando tenían ciento veintitrés semanas seguidas sin ganar. 

—¡Sírvame otro trago, Inge, que hoy es el día que nos hacemos millonarios! —exclamó Ramón, mientras preparaba la tabla donde anotaría los seis números que en segundos dictaría el locutor. Aprendieron a no confiar en sus propias memorias, por lo que tomaban apuntes del sorteo para poder comparar en calma contra su billete de juego. El arreglo al que habían llegado era que cada uno de ellos comparaba un billete por semana, rotando la asignación. En caso de ganar, repartirían el botín entre los tres.

«Les deseamos toda la suerte para hoy, estimados amigos. Recuerden que su contribución al Patronato Nacional de la Infancia le permite al gobierno sostener todas las obras sociales para el futuro del país. Los números de la semana son: cuarenta y ocho; ochenta y uno; sesenta; noventa y cinco; noventa y nueve; y el cero ocho. Repetimos…», narraba desganadamente un veterano locutor.

—¿Ganamos? —preguntó Edward, con genuina esperanza.

—Nada esta vez, pero estuvimos cerca. Recuerde, don Eddie, a usted le toca el boleto de la próxima semana —dijo Ramón, mientras recogía vasos y limpiaba ceniceros.

Como era el acuerdo, lo anotó en la libreta especial que guindaba en el refrigerador. Se despidieron a las cinco treinta de la tarde. Iban todos con las orejas rojas y los cachetes colorados, sonriendo de todas las ocurrencias de la jornada.

La vida de los jubilados está conformada de rutinas que se vuelven su razón de vivir. Era martes, día de mercado, y Edward preparaba meticulosamente cada detalle desde la noche anterior. Sacó su ropa, pantalón gris y camisa blanca de manga larga, los cuales planchó mientras escuchaba las noticias de las ocho en la televisión, ya vestido en ropa de dormir. Se levantó de la cama a las cinco, aunque había despertado desde las dos de la madrugada, tiempo durante el cual lo invadían los recuerdos y ardían los remordimientos. Encendió la radio para escuchar las noticias de la primera hora. No prestaba mucha atención a lo que acontecía, pero lo carcomían el silencio y la soledad, entonces necesitaba ahogarlos con ruido externo. Preparó su café, negro y robusto, hirviendo hasta que el aroma inundó toda la casa. Se duchó, tarareando a Vicente Fernández con «El Rey». Procedió a afeitarse con cuidado y destreza, usando mucha agua caliente y espuma, con movimientos a contra piel. Aún utilizaba las navajas metálicas de antaño, negándose a sacrificar su cara al atropello de una baratija desechable. Acarició su rostro irritado con aftershave Old Spice, el cual le estaba costando cada día más encontrar en el supermercado. Aplicó crema fijadora en el escaso cabello para domarlo. Se colocó su reloj de puño, un automático que había utilizado por los últimos treinta y cinco años, así como su anillo de bodas. «Si no ando el anillo, me comen las jovencitas», respondió a sus amigos, cuando en una ocasión insensiblemente le sugirieron que ya no lo usara.

Procedió a dirigirse al mercado. Se transportaba en taxi. Tenía prohibido manejar, a raíz del diagnóstico clínico. Al llegar, saludó a doña Clementina en su cafetería, y procedió a desayunar lo de siempre. El mercado municipal comenzaba a cobrar vida. Camiones, carretillas, y canastas transitaban en un caos ordenado. El ambiente mezclaba los olores de verduras, frutas y granos básicos. Las carnicerías exhibían sus cortes frescos. Gritos de comerciantes en plena negociación resonaban por doquier. Era un monstruo de mil cabezas que despertaba. Luego de pagar y dejarle su buena propina a doña Cleme, se instaló en una banca a leer el periódico, mientras Joaquín le lustraba los zapatos. Pronto se aburrió de la guerra en Medio Oriente y de las infidelidades del presidente, así que repasó la lista de compras que debía realizar. «Me toca comprar la lotería esta semana», meditó tras reconocer la letra de Ramón. 

—Aquí le va el número ganador, abogado —aseguró la niña Francisca, una señora discapacitada de edad muy avanzada a quién Edward ayudaba comprándole el boleto de la lotería, siempre con una propina adicional incluida.

—Así me lo aseguró el mes pasado, Chica —replicó, tratando de mostrar seriedad—. O me da la suerte, o me cambio de vendedora.

—No me culpe a mí de sus locuras, señorito. Eso de comprar boleto para tres jugadores es pura mala suerte. ¡Ya lo he dicho! Con uno de los tres que esté salado, todos pierden. ¡Déjense de tacañerías y jueguen como se debe!

Entre risas y más bromas, Edward guardó el boleto dentro de su libreta de apuntes, y prosiguió con su mañana de compras.

Volvió el sábado, y el «rincón de Edward» recobró vida. Era una tarde calurosa con poca brisa y un sol radiante. Los tres amigos reían alrededor de la mesa, mientras transcurría una partida de dominó. Hacían una rotación estructurada de los juegos para romper las malas rachas. Celia Cruz derrochaba su talento con una salsa contagiosa en la rocola, de esas que obligan a las piernas a seguir el ritmo en automático. Hoy era Ramón quien sufría los embates en contra de parte del azar. La última innovación en el proyecto colectivo era un ventilador de techo. Habían abordado el inconveniente del humo y el calor acumulado. Adolfo gestionó la instalación durante la semana.

—Ahora hasta siento frío —bromeaba Ramón, tratando de desviar la atención de su calamitosa tarde—. Se le pasó la mano con las revoluciones de esta turbina, Inge.

—El día que no tengan quejas, será el día del último juicio —respondió Adolfo, haciendo el esfuerzo por parecer serio e irritado.

Edward secaba su frente con su pañuelo, habiendo pasado un par de horas asando el almuerzo para sus amigos. Anotaba en su libreta comprar más carne y leña para el próximo fin de semana.

—¿Qué hora es? —consultaba mientras caminaba hacia el baño.

—Hora del sorteo, don Eddie. Présteme el boleto que hoy nos hacemos millonarios —respondió Ramón, encendiendo el radio transmisor y tomando libreta en mano.

«Les deseamos toda la suerte para hoy, estimados amigos. Recuerden que su contribución al Patronato Nacional de la Infancia le permite al gobierno sostener todas las obras sociales para el futuro del país. Los números de la semana son: veintisiete; treinta y seis; catorce; cuarenta y cinco; cincuenta y cuatro; y ochenta. Repetimos…»

—¿Ganamos, Ramón?

—Permítame, abogado, que estoy comparando. Veintisiete… Catorce… Ochenta…Treinta y seis… Cuarenta y cinco… Cincuenta y cuatro… ¡No puede ser! Voy de nuevo: Veintisiete. Veintisiete… Catorce. Catorce… Treinta y seis. ¡Treinta y seis! ¡Cuarenta y cinco! ¡Cuarenta y cinco! ¡CINCUENTA Y CUATRO! ¡LE PEGAMOS, JODIDO!

Ambos miraban a Ramón incrédulos. Lo vieron tirar la libreta al aire y saltar como un chiquillo. Adolfo corrió a buscar sus anteojos a su bolso, y las manos le temblaban tanto que los dejó caer dos veces. Recogió del suelo la libreta de apuntes, y se sentó tomando el boleto en mano. Su pierna derecha temblaba nerviosamente.

—Don Eddie, ayúdeme aquí que no puedo dejar que este viejito nos tome el pelo. Revisemos, venga.

Edward tomó asiento y comenzó a dictar números del boleto. Su voz vacilaba al ver el gesto afirmativo de Adolfo a medida que confirmaba cada cifra. A sus espaldas, Ramón no dejaba de bailar. Dictó el último dígito y Adolfo removió sus gafas.

—Caballeros: ¡somos millonarios! ¡Hemos pegado el premio mayor! —dijo solemnemente el ingeniero retirado, con su mano derecha pegada a su corazón.
Los tres caballeros se fundieron en un abrazo; Adolfo soltaba lágrimas y risas. A Edward le faltaba el aire, a tal punto que tuvo que sentarse.

—¡Respire profundo, don Eddie! ¡No se nos vaya a morir ahora que valemos cinco millones de dólares!

—¡Es que no lo puedo creer, Ramón! ¡Nunca he ganado nada en mi vida! ¿Cómo le fuimos a pegar a la lotería?

La onda sísmica de emociones provocó que los septuagenarios brindaran como que no hubiera mañana. Planificaron irse en un crucero, o tal vez comprar un yate. Pagarían un chofer para don Eddie, no podía seguir viajando en taxi el nuevo millonario del barrio. Acordaron que mejor los tres tendrían chofer, obviamente con un carro nuevo para cada uno. Reían al pensar que ahora sí se tendrían que cuidar de las jovencitas. ¡Serían irresistibles, aunque sea solo para hacerlas viudas adineradas! Aseguraban que no les ajustaría la vida para gastarse esa plata, por lo que debían apurarse con esos planes. Departieron hasta altas horas de la noche, embriagados en euforia. Se acostaron esa noche, pero durmieron poco. Soñaban en esa nueva vida que hoy habían recibido.

Eran las nueve de la mañana del domingo cuando Edward escuchó llaves que abrían la puerta principal. Le dolía la cabeza de la resaca, y pensó que debía de ser una artimaña de su mente en castigo por el abuso a la que la sometió anoche. Pero mucho para su pesar, no era una alucinación. Solo dos personas más poseían llaves a su casa: la empleada y su hija mayor, Hilda. Ninguna de las dos era bienvenida hoy.

—¡Hoy sí huele a trapiche este cuarto, papá! —refunfuñaba Hilda, mientras abría las cortinas y ventanas para ventilar la habitación.

—Buenos días, hija. No recuerdo haberla invitado el día de hoy. ¿A qué se debe la grata sorpresa?

—No necesito invitación, papá. Lo que necesito es que no tome tanto. Vengo a hacerle desayuno para que platiquemos.

—¿Desayuno? Debe de ser una plática seria porque no recuerdo la última vez que usted me acompañó a comer un domingo.

—Salga de la cama y haga lo que hace en su baño. Yo iré preparando el café.

Edward llegó al comedor envuelto en su bata. Hilda estaba entretenida arreglando las travesuras recientes de los tres ancianos. Tomó su café, tratando de disimular el dolor de cabeza con el fin de no dar más material combustible para el alegato de su primogénita. Al fin se sentaron ambos en la mesa, con jugo y tostadas regadas con mermelada.

—Papá, tenemos que hablar.

—Pensé que el momento nunca llegaría —exhalaba con ironía Edward, visiblemente incómodo—. Cuénteme para qué soy bueno.

—Me llamó hoy a primera hora Clara, la nuera de Adolfo. Me dijo una locura que ustedes ganaron la lotería, la del premio mayor. ¿Es cierto eso? —exclamó sin recato Hilda.

—No es locura, hijita —respondió Edward—, hemos pegado el grande.

—¡No puedo creer que usted no me haya llamado al saberlo! ¿Cómo puede ser tan egoísta?

—Vaya despacio, mi niña, yo hago las cosas a mi manera. Nos dimos cuenta ayer, y aún estoy celebrándolo con mis amigos. ¿Algún inconveniente?

—Usted siempre haciendo las cosas difíciles. Eso me dijo Clara, que le preocupa que usted pueda hacer una tontera. Mejor deme el boleto para guardarlo. Recuerde lo que dijo el doctor, que por su enfermedad usted ya no es confiable con las cosas importantes.

—Si a eso vino, ¡váyase de inmediato mejor! Nadie me va a ordenar cómo manejarme. ¡La única que podía hacerlo murió hace cinco años! —Se levantó y regresó a su habitación, cerrando la puerta con un fuerte golpe. Hilda sabía que había sido un error precipitado mencionar el alzhéimer, pero no encontró otra alternativa. Lo dejó ahí, conociendo lo terco que podía ser su papá.

El siguiente sábado, el «rincón de Edward» estaba inusualmente concurrido. Las familias de Edward y Adolfo llegaron a almorzar, algo sin precedente. De manera arbitraria, Hilda tomó posesión de la cocina y el asador. Por decreto de segunda generación, prohibieron el alcohol y el cigarrillo por el día, para no dar mal ejemplo a los niños.  El hijo de Adolfo, Roberto, llevó a sus hijos y sobrinos. La colonización infantil capturó la rocola como rehén, secuestrada y enmudecida. Tenían sus propios parlantes, de tamaño minúsculo pero de una potencia sonora ensordecedora. Justin Bieber, Selena Gomez y Kate Perry animaban la tarde. Dos de los niños capturaron la baraja de naipes, y en poco tiempo tenían el suelo alfombrado con cartas. El dominó estaba siendo utilizado para construir castillos en la grama. A los pequeños les pareció divertido derribar los castillos a patadas, entonces pronto se tenían piezas en todo el patio. También derramaron refresco en la mesa central, estropeando el fino fieltro especial para el juego del naipe. Ramón observaba en silencio cómo su rincón era destrozado por los infantes.

—¿Quién cumple años hoy, que tenemos casa llena? —preguntaba Ramón a Adolfo.

—Ojalá eso fuera. No puedo quitarme a mi nuera de encima desde que se enteró del premio mayor. Han llegado a cenar todas las noches desde el domingo. Roberto es como la mamá, sumiso y poco conflictivo. Pero la verdad, se encontró con una peligrosa tigresa. La observo y sus ojos delatan ambición. Me da hasta miedo por mi hijo.

—¿Y le estará pasando lo mismo a don Eddie con su hija? Yo a Hilda no la veía desde el velorio de la mamá.

—¡Cuando se huele el dinero, todo se transforma, Ramón! ¡Hasta parece que nos quieren y les interesa nuestra vejez!

Fue una tarde que transcurrió lenta y tensa. La fingida amabilidad entre generaciones era evidente y patética. Nadie mencionó el tema del premio. Todos partieron apresuradamente a las cinco, prometiendo que lo volverían a repetir el próximo sábado.

El martes por la noche, como ya estaba siendo costumbre, cenaban en casa de Adolfo con su hijo y nuera. Platicaban trivialidades mientras Clara le pidió a Roberto que recogiera la mesa. Cuando pudo quedar sola con su suegro, lo abordó sin rodeos.

—El viernes tenemos que ir a recoger el premio, Adolfo. Creo conveniente que don Eddie le entregue el boleto a usted, me preocupa que ese señor ya no sabe ni dónde pone sus placas.

—¿«Tenemos», Clara? No sabía que usted también ganó la lotería. Hasta donde yo recuerdo, el único ganador acá soy yo. Y por favor, no vuelva a referirse sobre mi amigo de esa manera.

—Usted sabe que lo hacemos por acompañarlo. Para eso es la familia, ¿verdad? Voy a ver un poco de televisión con Roberto antes de irnos, no lo atraso para que pueda irse a acostar.

Llegó Adolfo a su cuarto, inevitablemente molesto. «¡Qué descaro de mujer!» Se acostó, entristecido del tipo de esposa que escogió su hijo. Observó en su mesa de noche el auxiliar auditivo que nunca utilizaba. «Con este aparato, usted podrá escuchar a las hormigas reír, ingeniero», le había confirmado el doctor. Colocó el dispositivo en su oído derecho, y en efecto la calidad de sonido superó su expectativa. Caminó hacia el pasillo, y al solo salir de su puerta, pudo escuchar la conversación entre los esposos en su sala.

—Mira, Roberto, ya te lo dije, tu papá cree que se va a quedar con todo ese dinero. ¡Está loco el pobre viejo! Vos sabes cómo estamos de deudas y que no podemos seguir viviendo en esa pocilga a la que me llevaste. Así que vaya viendo usted qué va a hacer con su «tata».

—Clara, ¿cómo crees que le voy a quitar a mi papá el premio, después de todo lo que nos ha dado? Es su dinero y si nos quiere compartir, bienvenido.

—Igual de loco que tu papá, Roberto. ¿Qué nos ha dado tu papá? Te voy a contestar: ¡muy poco! No es suficiente. No me casé con vos para ser una pobretona. Así que, o lo compones, o te quedas solito.

Adolfo retrocedió a su cuarto. Había escuchado suficiente.

El viernes por la mañana, Hilda llegó a casa de Edward a las nueve. Estaba nerviosa, ya que toda la semana Clara estuvo acosando hasta el hastío sobre asegurar que todo saliera bien. Su papá estaba aún en el baño, así que se puso a preparar el desayuno. Al fin salió, y procedieron a comer.

—Papá, hoy tenemos que ir a reclamar el premio, ¿recuerda?

—Es imposible que lo olvide con su persistente insistencia, hija.

—Solo quiero ayudar. A usted todo le incomoda ahora de viejo —dijo Hilda, tratando de tragarse su inmensa ansiedad. Terminaron de desayunar en silencio. Procedió a su cuarto Edward, a terminar de arreglarse.

—Papá, son las diez de la mañana. ¿Ya está listo? Tenemos que salir en media hora si queremos asegurar llegar temprano por el tráfico.

—Hija, ¿usted agarró el boleto? No lo encuentro en mi carpeta.

—¿Cómo que no lo encuentra, papá? ¡No bromee con eso, por favor! —exclamó Hilda, dirigiéndose a toda prisa al cuarto de Edward.

Registraron todas las gavetas, las cajas, y los armarios. Sacaron todos los sacos de vestir donde a veces Edward escondía cosas de valor. Revisaron los pantalones y zapatos. Se arrodilló Hilda para repasar por debajo de la cama. Levantaron colchones y vaciaron cajones. Comenzó a imperar la desesperación.
A las diez y media llegaron Adolfo, Ramón y Clara, como lo habían acordado. Al ver la escena, de inmediato Clara se puso a gritar.

—Pero, ¿qué pasó? ¿Dónde está el boleto? ¡Esto es una pesadilla! ¡Suegro, ayúdele a Hilda a buscar! Don Eddie, por favor díganos adónde guardó el boleto. ¡Se lo ruego!

—Yo lo dejé acá, Clara, en mi gaveta. ¡Alguien debió tomarlo!

La casa estaba totalmente desordenada, como que hubiera pasado un tornado. Tiraban al suelo libros y gavetas, perdiendo la paciencia y el decoro.

—Don Eddie, por última vez, por favor díganos, ¿dónde escondió el boleto? —acercándose hacia él.

—Deje de cuestionar a mi padre, Clara. Usted sabe que su enfermedad le afecta gravemente.

—¡Me cansé de ser amable, viejo idiota! —gritó Clara en la cara de Edward—. ¡Usted ha arruinado nuestras vidas!

Levantó la mano y dio una fuerte bofetada que provocó que Edward cayera al suelo. Adolfo tomó por la espalda a su nuera y la sacó de la casa, con muchas mordidas en sus brazos. Tuvo que recibir varios puñetazos y demasiados improperios para meterla al carro y retirarse. Hilda ayudó a su padre a levantarse, limpiándole la sangre que tenía en su labio roto.

—Lo siento, papá. Nunca pensé que Clara se comportara así. Por favor, déjeme limpiarle la herida y olvidemos esto de una buena vez.

Ramón, siempre servicial y prudente, procedió de manera sigilosa a recoger el desorden provocado por la búsqueda del boleto, compadeciendo en lo que se había convertido la vida de sus amigos.

No volvieron a llegar las familias al «rincón de Edward». Adolfo nunca volvió a tener a su hijo y nuera en casa para cenar. Hilda no volvió a preparar desayunos para Edward. Quedaron más solos que nunca.

Varios meses después, estaban los tres caballeros degustando una sopa de mariscos con cerveza en el «rincón», cuando Ramón extrajo tres sobres de su chaqueta. Los repartió a sus colegas, los cuales lo tomaron extrañados.

—El día que ocurrió el pleito en su casa, don Eddie, me quedé limpiando y recogiendo el reguero que le dejaron. Conociendo sus hábitos, encontré su libreta de apuntes del mercado. Ahí había usted guardado el boleto. Tomé la libertad de esconder el boleto durante todo este tiempo, esperando que bajara la marea. En privado, cobré el premio y cada uno tiene frente a ustedes un tercio en cheques certificados. También, un pasaje para irnos a conocer ese crucero que decidimos el día que ganamos. Después de todo lo que han pasado, se merecen una vacación.

Los tres ancianos elevaron sus copas a brindar, con una sonrisa cómplice mientras se miraban entre sí. De inmediato, el «rincón de Edward» se llenó de carcajadas y sueños.