viernes, 19 de enero de 2018

El hacedor de noticias

Armando Janssen


Capítulo uno

Me encontraba desesperado esa noche en mi oficina del Diario. Recuerdo ese preciso instante cuando experimenté esa fuerte regresión.

Rememorando cuando la causalidad me llevó a pasar por la puerta de la revista, donde advertí un aviso que me llamó profundamente la atención, requerían un joven escritor para cubrir una columna mensual sobre “secretos de la jardinería”. A mis dieciocho años no sabía nada del tema pero igual me postulé, previamente me informé en la Biblioteca Nacional y mecanografié no una, sino tres columnas sobre el tema solicitado, llevé personalmente el sobre a la redacción.

Exactamente treinta y ocho años atrás, cómo había pasado el tiempo.

A la semana me llamaron y comencé al otro día.  Rápidamente vieron mi potencial como periodista y me fueron asignando más trabajo, en pocos años estaba a cargo de dos columnas propias, con un futuro prometedor.

Me gustaba estar en la calle, ahí encontraba las noticias. Fue así como la revista Búsqueda se convirtió en semanario, donde empecé a hacerme popular con el apodo de El hacedor de noticias, por las primicias que lograba y la originalidad de las mismas. Todos se preguntaban acerca de mis fuentes.

Yo, entretanto, trabajaba sin compañeros y utilizaba mi propio sistema.

Había montado una red de delincuencia para obtener esas primicias, la cual fue creciendo rápidamente y de ese modo generaba los titulares a mi antojo.

En 1977, en plena dictadura militar en el Uruguay, el que en las noches me reuniera con un grupo marxista, así como la estrategia que había implementado para adelantarme a los hechos y conseguir noticias que otros no lograban, empezaron a levantar sospechas y esto comenzó a ser un problema, tanto para mí como para el Diario. 

Los militares estaban atentos a toda manifestación en su contra. Algunas cosas publicadas llamaron su atención y empezaron a hostigarme. Mi mentor me aconsejó alejarme del país y me ayudó a conseguir una pasantía en México, en el diario El Sol de Tijuana.

Recordé mi primer artículo en este diario…
La garita de San Isidro (San Diego/Tijuana) es la frontera más congestionada y transitada del mundo, más de 50.000.000 de personas entran a EE.UU. por este puesto fronterizo al año, lo que significa 150.000 cruces diarios.
La gran mayoría son trabajadores estadounidenses de origen  mexicano que viven en Tijuana y trabajan en San Diego y el sur de California.
La logística de la ciudad es poco amigable para los turistas, los servicios son malos, la caminería es pésima, el tránsito es un verdadero infierno y los vendedores te persiguen regateando, sin embargo quienes buscan una vida agitada, con los atractivos shows eróticos, las comidas típicas mexicanas y  los jóvenes en busca de sexo, drogas y alcohol, la hacen muy visitada.
El narcotráfico y el poder van de la mano y lo dirigen todo en Tijuana. La seguridad con la que conviven es mínima, que es la del propio sistema que protege a una fuerza Policial corrupta y asesinos sicarios, que por cien dólares matan a su propia familia.

Sin embargo, Tijuana que tiene una población estimada en 1,500.000, funciona como una ciudad de 6.000.000, dada su cercanía con San Diego, su especial y conflictiva frontera y sus propios atractivos como ciudad fuera de control, donde con dinero y contactos se puede conseguir lo que sea.

Juan Hidalgo / JH / Diario El Sol, Tijuana, México.

Todo se me dio como anillo al dedo en Tijuana para ampliar mis habilidades en el campo de la delincuencia, donde en poco tiempo revalidé mi título como El hacedor de noticias, mis compañeros me envidiaban y mis jefes estaban muy complacidos.

La red de corrupción y delincuencia en la cual me había sumergido y de la que ahora era integrante en Tijuana, iba en paralelo con el reconocimiento de mis logros en el diario, en pocos años contribuí para que el diario El Sol, fuera uno de los de más tiraje de México.

Nombrado Subjefe de Redacción del periódico y corresponsal principal de los países de Latinoamérica desde México, a comienzos del año 2014, me vi tentado por el ofrecimiento del semanario Búsqueda de Montevideo, Uruguay, el diario que me vio nacer, me ofrecían el puesto de Jefe de Redacción.

La tentación tenía doble atractivo para mí, por un lado significaba regresar a mi país con todas las pompas como Jefe y por otro lado sería el Mesías salvador de Búsqueda, que se encontraba en una situación muy delicada y que yo conocía muy bien, nunca había perdido el contacto con Uruguay.

La paga era similar, la diferencia era lo que recibía en negro por la red de delincuencia que había formado, pero el dinero no me preocupaba, lo tenía de sobra.

Cerraría así, con un broche de oro el final de mi carrera.

Hablé con Guadalupe, mi mujer, y con mis dos hijos, y nos vinimos a Montevideo sin pensarlo demasiado.

Lo que no evalué a causa de mi ego, fue dejar un trabajo ya establecido, para pasarme a otro plagado de problemas y sin fuentes para mis noticias.

Capítulo dos

Ahora era jefe de redacción y responsable directo ante la Directiva del semanario que años atrás fuera número uno de la ciudad.  Las ventas habían decaído muchísimo por distintas razones, la crisis económica del momento, el público que progresivamente iba abandonando el diario papel para pasarse a Internet, los permanentes conflictos gremiales y sindicales, la poca motivación del personal, la escasez de recursos económicos, la competencia y la circunstancia de ser un mercado muy pequeño, y lo fundamental… la falta de noticias.

La directiva me había exigido logros inmediatos desde mi incorporación, yo me dormí pensando que me sería muy fácil, me distraje con el reencuentro de viejos amigos, los partidos de frontón con los antiguos muchachos del barrio y el letargo del propio ritmo de esta ciudad sin noticias por falta de gente, tan diferente al mundillo de Tijuana.

Hasta que pasados los meses llegó el ultimátum. Me pregunté cómo salir del paso y solicité un plazo de tres meses para desarrollar un plan que tenía en mente les dije, pero en verdad solo fue una excusa. 

Ahora restaban solo treinta días del plazo solicitado y estaba igual que al comienzo, nada de nada. Este era el motivo de mi preocupación hoy y el por qué no estaba cenando cómodamente en casa con mi mujer y mis hijos como de costumbre. 

Debía confeccionar una salida, algo que me permitiera salir del paso y frenar el despido anticipado que se me avecinaba.

Capítulo tres

Desperté sobresaltado y me encontré mirando el reloj, eran las 03.31 AM, empapado en sudor y con la cabeza plagada de desesperadas ideas.

Me levanté a oscuras sin despertar a mi mujer, fui al baño en suite, me afeité, duché y vestí, con la luz tenue del baño fui hasta mi mesa de luz en busca de una vieja libreta sin poder evitar observar a mi mujer profundamente dormida, uno de sus senos casi al descubierto asomaba del camisón de una lencería negra muy erótica, su figura se le delineaba entre las sábanas, Guadalupe era una mujer trigueña muy sensual, intensa, de una sonrisa fantástica y piernas infartantes.

La había conocido en México en los primeros años que trabajé en Tijuana y no dudé en hacerla mi mujer. Nuestros dos hijos nacidos en México, María Fernanda y Juan Miguel también dormían.

Arquée las cejas muy preocupado, la libreta no estaba.

Bajé hacia la cocina, comencé a calentar un café y barajé un par de estrategias a seguir para esas ideas desesperadas que interrumpieron mi descanso. Sentía la sentencia a mis espaldas, ya que los directores me habían advertido que contaba con ese último plazo para levantar las ventas y atraer a nuevos clientes y auspiciantes, me quedaba muy poco tiempo.

También me preocupaba no encontrar esa libreta, ¿estaría en la oficina?

Con este único pensamiento y consigna me dirigí al Diario muy temprano, busqué la vieja libreta donde muchos años atrás había llenado con datos de cierta gentuza en Uruguay, la cual me había proporcionado primicias a través de trabajitos, a cambio de compartir por años mi mensualidad, pero no mis logros laborales. La libreta estaba.

Así era como me había ganado el nombre de El hacedor de noticias, logrando mis mejores primicias, condición que había perfeccionado a través de los años en México.

Llamé a tres de los cabecillas que en aquella época me habían proporcionado mejores resultados, constatando que uno de ellos se encontraba preso, otro fallecido y el tercero no estaba en actividad.  Así que por ahí no tenia ninguna posibilidad, debía pensar en otra cosa, darle otro giro a mis necesidades.

Más tarde volví a llamar al que ya no estaba en actividad, el Tano, era quien más me había rendido con aquellos trabajitos y proporcionado tanta información en otros años más generosos. Quedé en verme más tarde en el viejo café de mi antiguo barrio del Paso Molino.

Capítulo cuatro

Al llegar al bar y encontrarme con aquel sujeto tan venido a menos, enseguida comprendí que no me podría proporcionar ninguna ayuda, pero ya que estaba ahí hablaría con él.  El mozo se acercó y el sujeto pidió una grapa doble a las tres de la tarde, sin dejar de mirarlo pedí un capuchino, el mozo se retiró y hasta que no regresó solo hablamos de trivialidades y gente en común del barrio que ya no estaba.

Con las  bebidas en mano y nadie alrededor, ataqué al Tano directamente, diciendo:

—Necesito restaurar ese canal de información que existió entre nosotros.
—¿Qué? No estoy más en esa actividad, Juan, solo estoy para alguna changa o trabajito fácil —me dijo sonriendo y mostrando sus pocos dientes verdes malformados.
—Bueno entonces fabrícame las noticias —dije sin pensar lo que decía apurando mi capuchino.
—¿Puedo tomarme otra, maestro?
Juan asintió y este alzó su mano mostrando al mozo su vaso.
—¿Qué me estás pidiendo que haga? —me dijo el Tano volviendo a sonreír.
Sin medir lo que decía, agregué:
—Es fácil, si las noticias no existen me las tenés que fabricar —saqué un celular del bolsillo, se lo pasé al Tano— Tú prepárate mejorando tu aspecto y condición física que yo en unos días me pongo en contacto contigo.

Me incorporé aclarando:

—Formá un pequeño equipo de confianza, como en las viejas épocas, dos o tres personas serán suficientes. Y no trates de ubicarme, como siempre soy yo quien te contacta, ¿te quedó claro?—Antes de irme saqué unos cientos de mi billetera, los dejé sobre la mesa, el sujeto los tomó rápidamente. Quedé mirándolo, volví a dejar otro par de cientos sobre la mesa y antes que el Tano metiera mano, dije imperativamente:—Para el mozo, Tano, para el mozo.
  
Capítulo cinco

Regresé al Diario sumergido en mis propias palabras, experimentando el temor adelantado de las consecuencias que provocarían estos actos, producto de mi propio miedo.

Permanecí todo el día en el trabajo ordenando ideas, papeles y temas triviales pendientes y cotidianos, la intención era volver temprano a casa para cenar con mi familia.

Estuve muy distante durante el desarrollo de la misma, contestando vagamente alguna que otra cosa que mi mujer e hijos me preguntaban.

Más tarde ya en la cama intenté retomar un libro que hacía días no leía, pasando las páginas sin retener su contenido.  Guadalupe apagó la luz de su lado e intentó buscarme entre las sábanas deslizándose hacia mí, yo no estaba afín de pensar en sexo y me hice el distraído.

Lamenté más tarde no haber hecho el amor, ya que el ejercicio me habría sacado gran parte del peso de un ajetreado día.

Capítulo seis

Al otro día temprano ya en la oficina, encendí la notebook, me serví un café y comencé a leer como todos los días las noticias de los corresponsales en el mundo, entre ellas se destacaba una que aparecía en forma reiterada y que escandalizaba al mundo del deporte, al mundo del fútbol en particular.
Al mismo tiempo recordaba como años atrás junto al Tano, formamos un grupo para proporcionar noticias frescas para vendérselas al periódico, no escatimábamos esfuerzos en realizar robos, estafas, tráfico de drogas, raptos, prostitución, juego clandestino, alcohol y venta de mujeres. Así fui escalando en el periódico hasta hacerme notar.  Todo esto lo perfeccioné en un campo fértil para la delincuencia como Tijuana. Ahora necesitaba rescatar ese submundo para no hundirme más.

Volví a la noticia que más circulaba en todos los medios, tuve la ocurrencia de citar a Rodrigo Restuccia, un joven emprendedor con un buen futuro como periodista y que además conocía muy bien, ya que su padre y yo trabajamos juntos muchos años en el diario, fabricando noticias.

Rodrigo no sabía bien el porqué, pero si algo tenía claro, era que su padre estaba en deuda con Juan.

Todos en la redacción olfateaban que el diario se iba a la ruina, pensaba Rodrigo a instantes de presentarse en su oficina.

La ansiedad que Juan Hidalgo dejó entrever al citarlo, no podría deberse a otra cosa. Rodrigo no quería pensar en el tema porque temía encontrar la respuesta. Sin embargo debía asumirlo como una realidad. No había otra posibilidad.

Ya estaba resignado, lo iban a despedir.

Capítulo siete

Sin embargo, no lo despidió. Juan le ofreció una corresponsalía temporal en el exterior.
Solo comentó que este era un trabajo especial y que contaba con él, tendría todos los gastos cubiertos. El diario atravesaba una situación muy delicada, me dijo y que en parte con este trabajo, podría estar la salvación del semanario.
Tres días más tarde, Rodrigo estaba a bordo de Japan Airlines con una escala previa en París con Air France, se dirigía a iniciar la misión, sobrevolando tierras  japonesas y  divisando el increíble Monte Fuji con su perfecta copa nevada que parecía un enorme helado de chocolate con un gran copo de crema. Acercándose a destino antes de aterrizar en el aeropuerto de Narita en Tokio, Rodrigo procedió a seguir las instrucciones de Juan abriendo el sobre con su nombre, contenía una carta que decía: 
Querido Rodrigo
Sabés que siempre te he querido y tratado como a un hijo, la amistad con tu padre me hizo prometerle en su lecho de muerte, de que me ocuparía de tu madre, de tu hermana y de vos, tanto en lo afectivo como en lo económico durante estos once años, ahora sos un hombre y necesito confiar en ti.
Mi pellejo y el de todos en el periódico está en juego, necesito que te la juegues por mí en esta oportunidad que te doy, consiguiendo las primicias que necesitamos para levantar esto.
Muchas cosas suceden en el mundo y particularmente en el mundo del fútbol, sobornos de la FIFA, directores en la cárcel, denuncias y denunciantes, el FBI junto a los principales bancos de USA intervinieron las cuentas de estos directores por lavado de dinero, ha saltado todo.
Yo te tiro unas puntas y vos tenés que indagar y hacer rodar las noticias, averigua todo lo que más puedas, vas de parte mía, todos ellos me conocen muy bien y esas puntas son las siguientes:
-   Se dice que Diego Forlán renunció a la selección porque se había cansado del grupo de whatsapp de la selección, y que por la diferencia de hora con Japón no lo dejaban en paz.  Después, se podría haber arrepentido porque se dio cuenta de que eso era más divertido que la play station y que Paz, su mujer, se está cansando de todas estas estupideces, ya que no se siente parte de la farándula del fútbol y carece de afinidad con las esposas de los jugadores.

El boniato Forlán, su padre, me dijo confidencialmente hace unos días, que Diego esta harto de jugar en el Osaka de Japón, porque parece que un japo muy pesado y de gran influencia esta detrás de Paz, su mujer, la cuál estaría embarazada, Diego está hecho un trapo porque no sabe si es de él y no quiere ni alejarse de la casa ni para ir a practicar.

Tenés reservado alojamiento para hoy y mañana en el Hostal Inn de Tokio en Asakusa, pero ya hablé con las mellizas de Ikoma, vos contáctalas, te vas a instalar a su casa y ellas te cuentan el resto, la tienen bien clara, pero te adelanto que ellas saben bien quién es este poderoso japo que está tras Paz…
Ikoma te parecerá que está distante, pero el tren en Japón es muy rápido, Ikoma está a minutos de todo y geográficamente se encuentra en el medio de importantes ciudades del centro de Japón que son: Osaka, Nara y Kyoto, lo que además será un buen punto para moverte y enterarte de todo. De paso podés conocer ese país fascinante.
Las mellizas lo saben todo y tienen toda la info, exprimiles todos esos datos pero no seas confiado, hasta te parecerán muy angelicales, recordá esto: son peso pesado.
Vos abrí bien los ganchos, estate bien despierto y siempre, pero siempre me informas de todo a mi primero, OK?
Te mando un abrazo y métele con todo, que te necesito para levantar el diario.
Juan/JH

Capítulo ocho

Amanecí temprano, preocupado por mi prestigio, quería concluir mi carrera en forma reconocida. Me iba a disponer a levantarme, pero Guadalupe rápida, cruzó su poderoso y sensual muslo sobre mi pierna, inmovilizándome.

¿A dónde vas sin decirme buenos días?
  Buenos días, voy a levantarme, hoy tengo muchas cosas que hacer.
¿Y entre ellas no está hacerme el amor?, me dijo tomándome el pene con una mano y     con la otra me rodeaba el cuello besándolo.
¿Cuánto hace que me estás evitando?
No, no es eso, es que...
Nada de excusas, te conozco y sé lo que necesitas, me dijo mientras llevaba la boca hacia mi miembro.
De veras, déjame chequear el mail y vuelvo,

Guadalupe empezó a suministrarme el sexo oral que a mí me encantaba, acompañado de un buen masaje de genitales y al fin callé, entregado.

Ella me conocía como nadie y sabía cómo ponérmela bien dura.

Cerrando los ojos me olvidé de todo y mi mujer continuó así unos minutos hasta hacerme acabar. Igual que siempre, ella dominaba el arte del sexo oral y del sexo en general, no había forma de negársele nunca. Teníamos una sintonía especial, mucha piel y ella se entregaba por completo, tres componentes que juntos enloquecían a cualquier hombre.

Ahora vete a hacer esas cosas tan importantes que te quiero temprano en casa. Quiero ir al cine a ver la peli nueva de Salma Hayek, que sabes me encanta y después me harás el amor tú, no lo olvides.

Permanecí unos minutos sin moverme en la cama, recuperando fuerzas y volviendo al mundo real, me levanté torpemente y fui al baño. Guadalupe se duchaba con la mampara abierta, su silueta era espectacular para una mujer de su edad, se conservaba muy bien, iba al gimnasio seguido y como buena latina del norte su piel trigueña era firme sin celulitis, pechos no demasiado grandes, pero erguidos y moldeados perfectos con pezones enormes y oscuros, vagina totalmente rasurada con labios bien rojizos, una estupenda y abundante cabellera negra sin canas, dientes perfectamente blancos se destacaban dentro de su boca sensual y provocadora, era una mujer sencilla pero no simple, muy discreta y que siempre sabía cuando desaparecer o aparecer, haciéndomelo todo fácil.

¿Quieres entrar?  preguntó Guadalupe.

Capítulo nueve

Tenia varios mails, pero identifiqué rápidamente uno de Rodrigo dónde me pasaba mucha información interesante para unos buenos titulares, la verdad que mi intuición continuaba dándome buenos réditos, pero en esta ocasión las noticias superaban mis expectativas.
Tomé el celular y envié un whatsapp a Rodrigo, que decía:

Consigue cuánto antes las fuentes de tu relato e imprimimos. Averigua todo lo posible y dile a las mellizas que hoy les envío el dinero y que averigüen quién es el padre. Abrazo

Guadalupe me había dejado con la claridad a la que estaba habituado, renaciendo mi acostumbrada sagacidad y rapidez que utilizaba para el crimen, las ideas venían en abundancia y sin pensarlas yo las distribuía hábilmente.

Envié un mail a mis amigos de Tijuana, que decía:

Julio
Necesito me consigas dos personas de confianza, para realizar las tareas de investigación de costumbre.
Serán por unos pocos días, acá en Montevideo, Uruguay.
Si puedes ser tú uno de ellos, tanto mejor, sabes que confió en ti.
Por favor, que sea cuanto antes.
Dime los nombres y cuando vienen, así les envió los pasajes y hago la reserva de hotel.
Lo demás se los proporciono yo acá.
La paga será la acostumbrada, más todos los gastos.
Un abrazo
JH.

Capítulo diez

Experimenté otra vez esa antigua sensación que me colmaba, me sentía pleno al llevar a cabo esos planes maquiavélicos, todos mis sentidos estaban despiertos.

Mi intuición no me falló, por un lado Rodrigo desde Japón, tratando de descifrar los cabos sueltos que habían surgido de la información que las mellizas de Ikoma le estaban proporcionando.

Y por otro lado acá en Montevideo, tendría al Tano, que junto a Julio y su secuaz me darían las garantías necesarias para rápidamente provocar las noticias que el diario necesitaba, favoreciendo la situación que me acosaba. 

Soy de esa clase de personas que cuando me siento acorralado y comprometido, desarrollo más y más mis ideas perversas, mi agilidad se potencia y mi capacidad de ejecución se multiplica.

En este punto es donde me diferencio de los demás, porque al sentir fluir esa adrenalina que recorre todo mi cuerpo, soy capaz de cualquier cosa.

En realidad, no sabía en que me estaba metiendo…

sábado, 16 de diciembre de 2017

El camino

Luz Hernández


Desde los más empinados cerros, se puede apreciar la hermosura del paisaje. Al fondo atravesando el cielo azul, un océano de nubes blancas y suaves como el algodón cubre los dorados rayos solares. En los verdes campos se ven aparecer las primeras flores de las amapolas, margaritas, geranios y aromáticas; entre ellas: la yerbabuena, manzanilla, romero, albahaca que endulzan el ambiente.

Variados árboles resguardan toda la hondonada. En los labrantíos se escuchan las ardillas jugando por entre las ramas de los gruesos robles mientras que una bandada de aves alza su vuelo de forma majestuosa. Allí hay una escuela cerca de un riachuelo de aguas cristalinas con brillantes peces que juguetean alegremente con algunos niños que les arrojan hojas para verlos reflejar en el agua y formarse varias ondas, mientras que un aire fresco roza sus cabellos perfumando el aire.

A lo lejos se levanta una polvareda causada por una camioneta que se va acercando y de la cual bajan algunas personas. El hombre más alto dice:

─Buenas tardes. ¿Nos pueden decir dónde se ubica la escuela?

─Y también queremos saber ─interviene una mujer.

─¿Cómo  construyeron este maravilloso camino? 

Un muchacho levanta la mano y les dice: 

─Presentémonos primero. Nosotros somos estudiantes de la escuela Cañaveral, de décimo grado. Ellos son Andrés, Felipe, Camilo, Andrea, Catalina, Natalia y yo soy Juan. Representamos el gobierno escolar y siempre estamos pendientes de nuestra escuela. Llevando el puño al pecho, inclina levemente la cabeza hacia adelante, sonriendo.

Los dos hombres con vestidos formales y una mujer sudorosa, que se abanica dice:

─Somos del sector educativo y venimos a ver cuáles son las necesidades más apremiantes para apoyarlos. El señor de cabello negro es Efraím, el de corbata gris es Pedro. Y yo me llamo Beatriz, mucho gusto en conocerlos. ─Extendiéndoles la mano. Luego todo se quedó en un profundo silencio. De pronto por unos breves instantes Beatriz recordó cuando tenía nueve años y también a su maestro Juan que les decía: ‹‹Estos alumnos son unos tontos que no leen, ni entienden nada››. Al terminar las clases los niños salían despavoridos. Hasta que un día Néstor, uno de los compañeros más curiosos, se le quedó mirando con el rabillo del ojo. Aproximó una butaca y subiéndose en ella se acerca al maestro. Él quiso alejarlo pero Néstor le dio un gran abrazo, luego bajándose se fue corriendo. Pasaron varios días y él seguía repitiendo este saludo. Hasta que el profesor logró agarrarlo y le indagó por qué lo abrazaba:

‹‹Usted es tan rencoroso porque nadie lo ha querido. Y yo voy a abrazarle para que calme su rabia. Mi papá nos dice que un abrazo sana el alma››. Los demás estudiantes vieron a partir de este momento el cambio del maestro Juan. Beatriz en un suspiro, volvió a la realidad.

Andrés frunció el ceño. A veces se torna un poco receloso porque no confía en nadie.

─En la construcción del camino ─interviene Andrés─ se indagó acerca de cuáles eran los materiales de desecho que mejor se adaptaran al terreno. 

─Se utilizaron elementos naturales como el bahareque. 

Levanta la mano Andrea. Y explica:

 ─La finalidad era comunicar las veredas entre sí. Evitando los accidentes por las trochas tan empedradas, resbalosas y a su vez para facilitar la interconexión con una gran caída de agua que abasteciera a todas las poblaciones. 

Al terminar esconde la cara entre sus manos, porque descubre a Camilo observándola.

Interviene entonces Catalina con mirada penetrante, que susurra: ‹‹¡Qué pereza!››. Luego les dice: 

─La protección de las pendientes se realizó mediante la plantación de vegetales apropiados a crecer en el agua, como el cactus. 

Camilo mirándolos de reojo los invita a entrar al plantel, el cual está pintado de vistosos colores y en cuyas paredes externas crecen las enredaderas por entre las cuales los pájaros entonan sus trinos.

Los techos son de madera y el tejado cubierto de paja entretejida. Las puertas tienen vitrales pintados por los estudiantes.

Ingresan todos. Juliana, caracterizada por su sencillez a pesar de su maestría en educación, de cabello ondulado, acanelado y sus ojos miel, se encuentra en la puerta de la escuela; levanta la mano y los saluda. Los otros compañeros están terminando trabajos en el salón. Luego se acerca y les da la bienvenida diciéndoles:

─Mucho gusto, soy Juliana, directora y maestra titular de grado noveno. Su llegada ha sido sorpresiva para ellos. Tomen asiento, por favor. Voy a recoger los trabajos.

Todos ingresan, se sientan y son presentados al resto de los estudiantes por Natalia. A continuación el señor Efraím, de pelo canoso, se pone de pie y dirigiéndose al grupo les pregunta.

─¿Cómo fue construida la escuela?

Juan, levantando la mano, traga saliva, bosteza y les expresa:

La escuela fue construida con la participación de toda la comunidad hace diez años. Con diversos elementos como el barro, madera, los techos en bahareque fueron elaborados de igual manera con materiales naturales: hojas de palma, de yarumo, cañas.

Camilo un poco molesto por haberse privado de la salida a ecoaldea con el resto de los compañeros. Les indica:

─El bahareque ha sido utilizado para la construcción de las paredes con palos entretejidos con cañas y barro con la finalidad de dar mayor durabilidad a la estructura y además para la protección sísmica. Respira y un poco tenso, murmura entre dientes: ─¿Algo más? ¡Qué mamera! ¿Cuánto tiempo se van a quedar?

Juliana les da una copia del Plan de estudios actualizado.

Beatriz lee rápidamente las observaciones: ‹‹La comunidad reconoce a la escuela como el centro de educación social más importante. Por lo cual se expresan las felicitaciones del gobernador y de la Inspección escolar››.

A continuación los estudiantes los invitan a conocer las dependencias y las necesidades más apremiantes como son: la dotación del laboratorio de ciencias, de la sala de informática, del taller de artes y oficios.

Luego los convidan a almorzar al comedor comunitario escolar para disfrutar de su aroma embriagador con un exquisito sancocho de gallina acompañado de una torta de plátano y salpicón.

La señora Mariana, excelente cocinera les ofrece sus apetitosos manjares cuyos olores deleitan y penetran en los paladares de los presentes.

Beatriz comenta que se les hizo tarde para emprender viaje a la ciudad y que además están cansados por la caminata. Pregunta si es posible que puedan quedarse. Andrés, les dice que sus padres tienen una casa de huéspedes y que allí se pueden albergar.

Por la noche se escuchan los grillos, las luciérnagas iluminando el camino. Y entre susurros Andrés, que paseaba a sus perros, escucha por la ventana que Pedro uno de los funcionarios dirige un cuestionario y les va comentando:

─Evaluación de la Institución «Cañaveral».

¿Tienen plan de estudios actualizado? Riendo ja, ja, ja… Responden Efraím y Beatriz en coro: No ¿Los estudiantes argumentan? ¿La Institución «Cañaveral» es reconocida por la comunidad?: No.

Beatriz continúa. Así que pueden demoler la escuela para construir unas cabañas de vivienda vacacional, que eso sí da plata.

─¡Misión cumplida! 

Andrés, al escuchar la conversación de ellos enrojece, siente ira de haber sido confiados, lanzando una patada al poste, se dirige rápidamente a buscar a sus compañeros para comentarles. Entre algunos de ellos deciden hacerles unas bromas.

Se disfrazan, pintan la cara con hollín, se tiznan el cabello, otros se colocan máscaras y pelucas. Levantan hojas de palma con sombreros. Camilo coloca el puño en sus labios y emite chillidos: los perros ladran y aúllan en coro.

En la pared de la habitación se reflejan solo sombras estiradas por el reflejo de la luna y el movimiento de las linternas. Los tres se abrazan y tiemblan de pánico.

A la mañana siguiente, cuando los funcionarios cautelosamente se disponían a partir, se dan cuenta de que la camioneta no les funciona. Así que buscan pedir ayuda por teléfono. Pero sorpresivamente los teléfonos están desactivados por un problema eléctrico zonal. Con voz temblorosa cuentan lo sucedido en la noche anterior. Doña Carmen una de las personas más veteranas les señala: 

─Seguro fueron los espantos que de vez en cuando los defienden de los fisgones ─¡Vengan pa’entro sus mercedes, dejen la asustadera mejor a desayunar!

El gobernador Julio se hizo presente, les da la bienvenida, agradeciendo su apoyo y les ofrece conducirlos a la ciudad en una buseta. Inmediatamente les comunica:

─He decretado un día cívico para acompañarlos junto con Juliana la maestra, el inspector escolar, algunos padres de familia y estudiantes para que ellos sustenten su proyecto. Y así emprenden camino a la ciudad.

El resto de estudiantes que llegaron esa noche, cerca de seiscientos oprimen el arcoíris con sus diferentes coloridos de ropas, sus risotadas, alboroto, saltos y sus manos que se agitan en señal de despedida.

Beatriz un poco acalorada. Indica:

─Es satisfactoria esta evaluación. Pronto les llegarán los equipos requeridos.

Pedro un poco nervioso, pasa las manos por la cara y también expresa:

─Ha sido muy grata esta experiencia y el acompañamiento que nos han ofrecido. Les vamos a presentar al secretario y a su gabinete para que de una vez firmen el acuerdo.

Unas dos horas más tarde llegan a la Secretaría de Educación de la capital.  Ingresa una representación de la comunidad. Juana les muestra un álbum de fotos de las dependencias y le entrega un video de la escuela Cañaveral al señor secretario: Humberto. Él observa admirado y pide el consejo de los delegados.

Pedro dice que este colegio merece el apoyo necesario. Que se aprecia una gran valoración de la escuela “Cañaveral “por parte de la comunidad. Mirando a sus colegas. Dice:

‹‹¿Verdad?›› Beatriz mueve la cabeza afirmativamente, un poco sonrojada y Efraím comenta que sería importante que su directora Juana diera a conocer este valioso proyecto a otras colectividades.

Ella les agradece y promete colaborar con ellos en lo que requieran. 

Transcurridos seis meses y terminando las ampliaciones locativas nuevamente celebran en comunidad la llegada del secretario de educación con los respectivos equipos.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Un viaje especial

Eliana Argote Saavedra


            Iba por la carretera cuando un pedazo de papel fue a estamparse en el parabrisas. El viento sacudía sus márgenes furiosamente, pero no lograba desprenderlo. Joaquín se detuvo para recargar gasolina y mientras esperaba, decidió sacar el papel que le daba un aspecto terrible a su recién estrenado, y polvoriento, auto del año.

            Adelante la pista se extendía por un sendero de tierra, estaba cansado y quiso estirar las piernas. Cuando regresó dispuesto a continuar su camino, el auto no arrancaba.

—Es la batería —dijo el dueño de un remedo de grifo que se encontraba en la carretera, hasta donde pudo llegar—, hoy es imposible arreglarlo.

—¿Y qué voy a hacer aquí en medio de la nada? —preguntó visiblemente molesto.

—Por aquí hay un pueblo, es pequeño y de gente muy agradable, puede buscar un lugar para quedarse y regresar mañana.

            No pareció agradarle la idea, mas, tomó el camino que le indicaron. Era mediodía, el sol arrojaba sus rayos verticales sobre él. Más adelante, una cuesta empinada y ni un alma, como en el peor escenario de una película futurista. Anduvo unos minutos intentando convencerse de no estar cometiendo una locura, sin embargo, ¿qué más podía hacer?  Una vez en la cumbre, apareció ante sus ojos un paisaje verde con un sendero de tierra apisonada que serpenteaba por entre árboles frondosos que parecían tocarse a gran altura. Se quedó sentado un instante en la cumbre observando maravillado el paisaje y preguntándose cómo un lugar tan apacible como este podía no estar mencionado en su mapa de viajero.

            Disponía de quince días de vacaciones, era el premio que se daba a sí mismo luego de obtener el ascenso en la firma de publicidad donde trabajaba desde hacía tres años y por el que se esforzó tanto; no tenía familia cercana, era hijo único y sus padres vivían en el extranjero, se comunicaba muy poco con ellos. No acostumbraba mantener relaciones amorosas serias, aunque no dejaba de tener encuentros casuales con mujeres hermosas; no era físicamente atractivo, pero su metro setenta y cinco, la seguridad y aplomo que exhibía; sus miradas largas que parecían auscultar más allá de los ojos, y su forma de hablar sentenciosa, hacían que no le faltara compañía femenina. Ya en el hotel del aeropuerto agregó a su lista de conquistas a una mujer hermosa con la que tuvo un encuentro sexual la primera noche, ya había seducido a las encargadas de las toallas que murmuraban cuando les sonreía, y hasta fue el culpable de una fuerte discusión entre una pareja de vacacionistas que celebraba su segunda luna de miel.


            Al llegar al pueblo se instaló en un albergue que brindaba hospedaje, cerca de la playa. Cero comodidades, pero ciertamente no le faltaba nada esencial, además sería solo por una noche. Al oscurecer decidió dar un paseo por los alrededores para conocer aquel pueblito escondido de gente sencilla. Lo acompañaban el suave sonido de la espuma desgranándose al morir las olas, y el viento desprendiéndose del movimiento acompasado de las palmeras que se filtraba por debajo de su camisa. Quiso encender un cigarrillo, había dejado su cajetilla en la maleta así que siguió caminando. «Alguien debe de fumar por aquí», pensó y tuvo razón, a pocos metros un cartel garabateado a mano anunciaba la existencia de una tienda. En el camino encontró una roca grande escondida por unos arbustos, ya con sus cigarrillos, se sentó a disfrutar del silencio, no podía precisar la hora, aunque estaba seguro de que era tarde, allí estuvo largo tiempo observando el reflejo de la luna moviéndose sobre el agua. De pronto, un murmullo lo alertó, le recomendaron que no se alejara, pues esos lugares no estaban en la ruta turística y nadie podía garantizar su seguridad, quiso marcharse, un grupo de muchachos se acercaba, tendrían entre veinte y veinticinco años, de raza negra y estructura atlética. El lenguaje que utilizaban era extraño. Los vio sentarse formando un gran círculo, traían tambores y otros objetos que, desde donde estaba parecían lanzas. Miró su reloj, era casi media noche, buscó por los alrededores, pero el lugar lucía desierto así que decidió quedarse a observarlos, no sin un poco de temor. Una ligera ráfaga de viento estremeció sus brazos desnudos, sin embargo, la piel blanca de su rostro se tornó brillosa y unas gotas de sudor bajaron desde la frente. Casi no se movió los siguientes quince minutos.

            Luego de lo que parecía ser una ceremonia, donde los muchachos cantaban con los brazos entrelazados y apoyaban la frente en la arena para levantarla y emitir un grito, uno de ellos se incorporó dirigiéndose al centro, donde las lanzas fueron enterradas con la punta hacia arriba. La débil luz de una fogata cercana iluminaba apenas al grupo, proyectando sus sombras en la arena. Repentinamente deshicieron el círculo, algunos cogieron los tambores y comenzaron a tocar, uno a uno fueron dirigiéndose al centro para exhibir lo que parecía ser una danza africana. Joaquín quedó maravillado, comprendió que el temor experimentado era absurdo, solo eran muchachos expresándose como seguro lo hacían sus ancestros, el movimiento de sus cuerpos era la más bella expresión de sentimientos que había visto, los gritos que acompañaban la danza enfatizaban lo que sus cuerpos decían. Una muchacha llamó su atención, era menuda y grácil, se dirigió al centro del círculo y clavó los ojos en dirección a él; se sintió perturbado, al comienzo dudaba, después estaba seguro, la mirada de ella permanecía fija mientras la danza se tornaba cada vez más frenética, el movimiento de sus formas onduladas daba sentido a la intensidad del golpe en los tambores, las caderas se sacudían, los brazos parecían extenderse hacia él.
  
            Hubiese querido acercarse y conocerla, pero sintió temor, al término de la danza, los muchachos recogieron sus cosas y se marcharon. Él emprendió el regreso.

            Al día siguiente despertó con un intenso y dulce aroma que provenía de la cocina. Al pie de su cama un niño lo observaba, sosteniendo un pan con las dos manos, cerca de la boca; tendría seis años, la camisa blanca y larga que traía resaltaba su piel negra y sus grandes ojos.

—Hola —dijo Joaquín mirándolo con curiosidad—, ¿cómo te llamas?

El niño no respondió, se sentó sobre la cama, subió los pies y partió un pedazo del pan que traía, se lo alcanzó.

—¿Es para mí? —preguntó Joaquín.

—Lo hizo mamá —dijo el niño—, es rico.

Joaquín lo recibió y se lo comió.

—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó.

El niño se bajó de la cama, cogió una pelota, la pateó y salió corriendo tras ella.


            El viajero estaba listo para marcharse. Cuando salió volvió a encontrar a Nilo, quien corría feliz tras la pelota, al verlo, la pateó hacia él y fue a esconderse tras un árbol. Era bastante temprano así que se puso a jugar un rato con el niño, pero al marcharse, este lo siguió.

—Regresa, regresa a tu casa, yo ya me voy —dijo, el niño solo reía y continuaba tras él.

            Ingresó a la casa, la dueña del albergue le contó que aquel muchachito era hijo de Mayra, una joven que trabajaba en la ciudad y que solo regresaba los fines de semana para ver al pequeño Nilo. Se despidió dispuesto a marcharse, el niño ya no estaba. Había caminado casi media hora cuando sintió un ruido, grande fue su sorpresa cuando vio a Nilo tras él con su gran sonrisa y su pelota. Contrariado, intentó regresar, ya estaba a mitad de camino así que decidió llevarlo y regresar luego en el auto con él para devolverlo. Al llegar, sin embargo, el hombre que conseguiría la batería le dijo que aún no la tenía, que tardaría por lo menos un par de días en conseguirla.

            El camino fue entretenido para Joaquín, tenía un nuevo amigo. Aquel día, en compañía de Nilo, pescó, jugó y estuvo muy a gusto con la alegría del niño. Se sentía tan bien que olvidó el trabajo, el auto descompuesto y sus ganas de compañía femenina. Compartieron el almuerzo y ayudaron a la casera del albergue a preparar pan dulce. En la noche hicieron una fogata, el niño danzó alrededor de la misma, recordándole levemente lo que había visto cerca de la playa y él le contó algunas historias. Así transcurrieron los dos días que debía esperar, la mañana en que iba a marcharse, Nilo amaneció con fiebre, su carita triste lo conmovió, el niño le tomó la mano y la puso bajo su almohada, abrazándose a ella.

            Nunca se sintió tan conmovido, la casera preparaba emplastos con plantas silvestres y los colocaba en la frente de Nilo, Joaquín no se atrevió a marcharse. Al final de aquel viernes, cuando ya oscurecía, una voz femenina alertó a Joaquín, quien estaba contándole un cuento al niño, mejorado ya de la fiebre. El rostro del pequeño se iluminó.

—¡Es mamá!, ¡es mamá! —gritaba saltando sobre la cama.

En la entrada, la figura grácil de Mayra apareció con los brazos abiertos.

—Mi niño —decía— mi niño, dice doña Jesús que estuviste con fiebre, pobrecito.

            Pasó delante de Joaquín, quien no podía creer lo que veía, era la chica de la playa, sí, era ella, jamás olvidaría ese rostro. Ella no se percató de la presencia de Joaquín, entretenida como estaba en abrazar a su hijo, luego, cuando notó que Nilo sonreía a alguien tras ella, volteó, enseguida se puso en alerta.

—¿Quién eres tú?

—Es mi amigo —dijo el pequeño—, él me ha cuidado y me ha contado cuentos, cuéntale, cuéntale, cuéntale —pedía.

            La mañana siguiente, Joaquín se ofreció a llevar a Mayra y su pequeño al pueblo para conseguir medicinas. Era el día en que debía marcharse, pero ya había esperado tanto, ahora tendría la oportunidad de conocer un poco mejor a la muchacha. De regreso, dejaron al niño dormido con la casera y ellos volvieron a la playa, allí pasaron algunas horas, Mayra se mostraba a gusto con él, conversaron, se conocieron y Joaquín comenzó a descubrir un sentimiento extraño que lo atrapaba cuando estaba cerca de ella, cuando miraba sus ojos que por momentos se perdían cuando alguna balsa se acercaba. Fue la casera quien le recordó a Joaquín que debía marcharse, que se encontró con el hombre del grifo, dijo, que le avisara que su auto estaba listo.

El niño no quería que se marchara, y él tampoco deseaba irse.

—¿Tú qué dices, Mayra?, ¿quieres que me vaya?

—Y ¿para qué? —respondió la muchacha—, si dices que nadie te espera, mejor quédate.


            Joaquín estaba feliz, ella le pidió que se quedara, ya la había sorprendido un par de veces mirándolo cuando él parecía entretenido con Nilo. Ella ríe conmigo, pensaba, se ve relajada y feliz. Esa noche volvieron a preparar una fogata junto a la playa, él le contó de su vida, su trabajo, las comodidades de la ciudad, lo hermosa y fácil que sería su vida a partir de ahora con su ascenso; ella le contó de su pueblo, de los padres fallecidos, de lo mucho que amaba a su hijo, que trabajaba por él y que algún día el niño iría a la escuela, que eso la haría feliz. Se acostaron sobre la arena con Nilo entre ellos y se quedaron largo rato mirando la luna. Cuando el niño se quedó dormido, ella se dispuso a cargarlo y sin proponérselo, sus manos se tocaron, ella se apartó al instante.

—¿Tu corazón tiene dueño Mayra? —preguntó mirándola fijamente a los ojos.

—Creo que sí —respondió ella y desvió su mirada hacia la playa—. ¿Y el tuyo?

—Creo que el mío también —respondió él.

            Esa noche Joaquín soñó con la luna iluminando la noche negra, con la fogata, con la muchacha de la playa que danzaba. A pocos metros, Mayra, abrazada a su hijo también soñaba con la luna y con la noche negra, con una balsa acercándose a la orilla. ¿Tu corazón tiene dueño Mayra? Sonaba la pregunta que le hiciera Joaquín, pero la voz que hablaba era otra, y la mirada fija en sus ojos que la estremecía, y el cuerpo que se acercaba tras descender de la balsa.


            Al día siguiente, Joaquín estaba decidido, esa noche se lo confesaría a Mayra, su vida había cambiado, su rumbo, ahora solo tenía un propósito; él quería a Nilo, se encariñó con aquel pequeñuelo descalzo de mirada juguetona; la deseaba a ella, mas, lo que sentía era nuevo, pensaba en su cuerpo de piel azabache, en sus piernas largas, en su cabello negro, en esa mirada extraviada; quería tenerla entre sus brazos, sí, para abrazarla, para protegerla, quería hacerla suya pero no lo guiaba el simple deseo carnal, soñaba con su sonrisa complacida cuando pudiera poseerla, en la tibieza del silencio con ella entre sus brazos, en su aroma a mar. Jamás sintió aquello, ninguna mujer logró despertar eso en él. Ella merecía todo lo que él pudiera darle, se la llevaría y al niño con ellos, ella no tendría que volver a servir a otros, la imaginaba en su departamento, vestida con ropa fina, y al niño contento regresando de la escuela, los tres yendo a pasear.

            Llegó la noche, Joaquín se sentía algo nervioso, la casera había preparado un pastel con frutas silvestres que los tres recogieron, Mayra durmió una siesta abrazada a su hijo, al despertar se entretuvo bordando un vestido luego de elegir los collares de semillas que se pondría esa noche, todo era perfecto, ella seguramente lo sospechaba, se estaba preparando para él. Cuando salió de la casa, Nilo jugaba en la entrada con unos muñecos de trapo que su madre le trajo, pero Mayra no estaba. Pasaban los minutos y la muchacha no aparecía, la casera, al verlo inquieto, se acercó a él.

—Ella estaba inquieta también —le dijo—, me pidió que te diera las gracias por tratar tan bien a su hijo.

—¿Dónde está?

—Se ha marchado, va a volver a media noche.

—¿Por qué? ¿A dónde ha ido?

—Ella está enamorada —le dijo mientras cruzaba una manta sobre sus hombros.

—Lo sé, pero ¿por qué no está aquí?

—Tú eres bueno —dijo la mujer—, pero ella quiere a otro.

—¡No!, ¡no puede ser!, ¿a quién?

—Ella no es para ti —insistió la anciana—, ella quiere a un hombre que es como ella, uno de aquí.

—Pero es que yo puedo hacerla feliz, voy a llevármela a la ciudad, quiero…

—Ella es feliz aquí.

—Aquí no tiene nada, qué puede darle un hombre de aquí, qué futuro puede esperarle.

—Ella no necesita tus cosas, tu mundo es extraño para ella.

— Ya sé dónde está —dijo Joaquín estrellando el puño contra la banca de madera.

—No vayas a buscarla.

            Joaquín no respondió, se alejó con pasos largos rumbo a la playa. Estaría con aquel grupo de muchachos con los que lo vio la primera vez, seguramente el hombre que quiere es uno de ellos, un aldeano, un hombre sin futuro, pensaba. Llegó hasta la roca desde donde la vio la primera vez, esperó solo unos minutos cuando apareció la silueta de Mayra acercándose a la playa. Llevaba el vestido blanco que ella misma había bordado en la tarde, los collares de coral, los pies descalzos. Se sentó en la orilla. Iba a acercarse cuando la vio incorporarse; una balsa se aproximaba, un muchacho atlético de brazos fornidos y cabello ensortijado descendió, solo llevaba un pantalón a la altura de la pantorrilla, se acercó a ella y la levantó en sus brazos.


            Joaquín sintió ganas de acercarse y estrellar su mano en el rostro de aquel hombre, sujetar a Mayra y convencerla de que él era lo mejor que podía pasarle, que solo a su lado estaba el futuro que era incapaz de imaginar; tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar el dolor que se le clavó en el pecho cuando los vio despojarse de sus ropas lentamente, acercándose y convirtiéndose en uno, cuando vio el placer en el rostro de ella, tumbada sobre la arena mientras él acariciaba su piel.

            Ocultó el rostro entre las manos. Se quedó quieto y en silencio hasta que escuchó la voz de ella diciendo adiós. Se armó de valor, era apenas una chiquilla, no podía saber lo que quería, cuando el muchacho se marchó y la balsa desapareció, se acercó y se sentó a su lado. Mayra se asustó al verlo.

—Yo creí que me querías —dijo él acercándose.

Ella se apartó un poco y lo miró directo a los ojos.

—Jamás te dije que te quería a ti —respondió.

            Un puñal se clava en la herida abierta, ella no lo ama, jamás se lo había dicho; para ella, el mundo comienza con el sonido de la voz de Ramón, el pescador de la playa, tuvo que escuchar su voz emocionada, ver su mirada soñadora perderse en el horizonte cuando le contaba que el futuro tenía el color de sus ojos y que cuando él la abrazaba, no existía nada más. Debió dominar su dolor cuando ella le tomó la mano y se la besó.

—Tú eres un buen hombre —dijo y le regaló su sonrisa de dientes torcidos, la sonrisa más hermosa que él hubiera visto.


            Entendió que lo que más amaba de ella era su fragilidad, sus pisadas suaves sobre la arena, su sencillez. No dijo nada, se alejó y fue a refugiarse nuevamente en su escondite. Allí, sentado sobre la roca comprendió que ese era el mundo de ella, que no debía arrancarla de allí donde era feliz. Se quedó observándola por última vez, recostada sobre la arena, con la mirada llena de luna y el cuerpo relajado, armonioso, un bello brochazo negro sobre la blancura de la playa, y se marchó, él jamás pertenecería a ese panorama. El intruso era él.