miércoles, 2 de agosto de 2017

Inconsciencia

Eliana Argote Saavedra 


            Están sentados, uno a cada lado de la barra. La luz empotrada en el techo del bar ilumina las copas colgadas boca abajo, despidiendo un juego de luces sobre ellos.

—¿Nunca sospechaste? —pregunta Gustavo mientras vuelve a llenar la copa de Carolina amenazando con desbordarla, provocando que ella se apresure a colocar un posavasos—. Gracias —dice sin mirarla—, está usted servida.

—Claro que lo sospeché —responde la mujer luego de un incómodo silencio—, ahora, cuando lo recuerdo hasta creo que Daniel era sincero.

—¿Sincero? ¿Cómo puedes pensar de esa forma?

—No me mal intérpretes, no soy benevolente, lo que pienso es que él mismo se lo creía.

—Te conozco muy bien y sé que cuando te hartas de alguien, solo pasas la página.

—Sí, yo también lo creí.

            Gustavo la mira a los ojos mientras la escucha, se diría que intenta validar sus palabras, pero luego recorre el rostro, las comisuras de los párpados, las mejillas que van coloreándose al paso del licor, la boca delineada con esmero, tan deseable para él como cuando eran estudiantes. Ella no lo percibe, está ensimismada escuchándose a sí misma, reviviendo cada sensación que brota a la par con los recuerdos.



            Cinco años atrás, Daniel conocía a Alina a través de una red social; en la fotografía se observaba a una muchacha recostada sobre el césped con una sensualidad imposible de resistir, ojos claros resaltando bajo el arco intensamente negro de las cejas, cabello azabache recogido con coquetería, un vestido que apenas cubría el pecho y que debido a la posición en alto de la cámara dejaba muy poco a la imaginación. Había pasado varias páginas buscando distraerse cuando la vio. La simple observación despertó sus hormonas, descargó la imagen en la pantalla para ampliarla y repasó con sumo interés cada rasgo de aquella piel morena.

            Sus veinticinco años, el incuestionable atractivo y un inminente título de arquitecto, hacían que Daniel tuviera un futuro promisorio. Llevaba un mes como gerente de proyectos en el negocio del padre, donde se codeaba con altos ejecutivos, todos mayores, y se aburría en las reuniones casi diarias; tenía todo lo que a su edad alguien podía aspirar en la vida, pero el haberse dedicado por entero a los estudios no le permitió establecer una relación sólida. Era el primer viernes que no habría ninguna reunión y decidió relajarse revisando las redes sociales. Al ver la fotografía no dudó en enviar un mensaje. Alina lo recibió e ingresó al perfil del muchacho, pasaron apenas algunos minutos para que respondiera. El encuentro fue cosa de horas. Dar un paseo por la costa, subir la escalinata de piedra, detenerse en el mirador, observar su cabello ondear con el viento; ella no solo era hermosa sino tan desinhibida, compró baratijas a los ambulantes y bailó frente a los músicos callejeros; al llegar al hotel ya era de noche, solo consiguieron abrir la puerta antes de dar rienda suelta a sus instintos.

         El lunes las cosas debían volver a la normalidad, pero Daniel quería verla; la llamó insistentemente durante todo el domingo, recién a las tres de la tarde del lunes ella respondió:

—El viernes fue muy intenso, el sábado dormí hasta tarde.

—¿No viste mis llamadas? —preguntó él, algo contrariado.

—Sí, claro, las vi, ya te dije que me levanté tarde; ahorita no puedo responder. ¿Quieres un segundo round? —preguntó ella mientras dejaba caer la espalda sobre la almohada y pegaba el auricular a la boca para decirle casi en un susurro—: me encantaría un segundo round.

—Mira, si estás con alguien, lo entiendo, podemos dejar las cosas allí, solo sé sincera.

—Bah, no seas aburrido, tú me gustas mucho, ¿qué dices? ¿Hoy a las seis en el mismo lugar?

            Comenzaron a verse a diario. Donde fuera que estuvieran, Alina no pasaba desapercibida, lo que le producía algo de inquietud, no porque despertara interés sino por la coquetería con que respondía a los halagos masculinos.

—Las mujeres son así, hermano —le dijo su gran amigo Gustavo—, no pretenderás estar con una chica como esa y que se le olvide el resto del mundo, si no lo soportas, tal vez deberías buscarte una más “normal”.

—¿Normal? Como Carolina, dices, no te pases, hermano, ella para mí es como tú, pero con falda.

            Carolina era una joven agraciada, aunque muy discreta; vestía sobriamente, usaba anteojos, cabello recogido y dedicaba su tiempo solo al estudio. Los tres eran amigos desde la secundaria y cursaban juntos el programa de arquitectura en una prestigiosa universidad de Lima, estaban haciendo planes para constituir una oficina de proyectos arquitectónicos apenas se graduasen; llevaban reuniéndose dos largos meses para concretarlos. El padre de Daniel le pidió a este, en reiteradas ocasiones, que se hiciera cargo de la empresa familiar, pero él siempre rechazó la idea porque quería lograr las cosas por sí mismo, actitud que Carolina admiraba. Durante los últimos meses, como las reuniones se desarrollaban en casa de Gustavo, Daniel la llevaba a casa, conversaban, bromeaban, o se detenían a tomar algo en el camino, habían logrado acercarse mucho.

            «Tienes que cambiar esos anteojos —le dijeron sus amigas—, tu cabello es precioso, suéltalo y vamos a subir unos centímetros a esas faldas que usas». Al comienzo fue difícil, luego se hizo una costumbre. El primer día que apareció en el aula con aquel estilo diferente, Daniel la tomó de las manos y la miró de pies a cabeza. «¡Guaaau! Estás…, hasta pareces mujer», bromeó algo perplejo. El cambio no solo fue visible a sus ojos, Gustavo también la observaba disimuladamente, claro que él no necesitaba verla diferente para pensar que era la mujer perfecta, sin embargo, al notar que la muchacha solo tenía ojos para su amigo, decidió hacerse a un lado. Los demás estudiantes también reaccionaron ante la nueva imagen. Se acercaban a ella con cualquier pretexto, hasta hubo uno que se atrevió a invitarla a salir, pero ante la negativa tajante y la mirada que le regaló —haciéndolo sentir como un insecto—, no volvió a intentarlo más. Carolina era muy selectiva, veía a sus congéneres muy por debajo de ella, todos eran unos niños, muy alocados, o vivían en casa de los padres, eran conformistas y acababan sepultados en comparación con su querido Daniel.

            El tiempo que necesitaba para afianzar la cercanía entre ellos, se vio de pronto acortado por las constantes ausencias del estudiante. Carolina se dio cuenta de que las cosas no caminarían entre ellos, lo que le producía angustia porque se había enamorado perdidamente de él, pero el padre de Daniel estaba hospitalizado a causa de un infarto, ya no era un regalo, sino una necesidad, que el chico se hiciera cargo de la empresa. De la noche a la mañana, los planes de formar empresa juntos, se deshicieron y el muchacho comenzó a involucrarse en el negocio del padre. Ya no se veían excepto por las tutorías diarias para la tesis, que estaban por concluir.

            «Celos —fue lo que le dijeron sus amigas—. No resisten que alguien quiera hacerles competencia. Deja de ser tan estirada, que te vea saliendo con algún tipo, vas a ver cómo reacciona».

            Siguió el consejo e invitó a un joven a unirse al equipo de trabajo. La tarde en que Daniel se reintegró al grupo, encontró a un muchacho vivaz y atractivo que se deshacía en atenciones con Carolina, pero lo que le produjo una sensación extraña que no lograba definir, fue la actitud de ella ante los halagos que recibía, efectivamente sintió celos.

            Al terminar las clases, se ofreció a llevarla como siempre, pero ella se negó, «No te preocupes, ya tengo quien me lleve a casa», dijo. La vio acercarse al nuevo amigo, y a este colocar su mano en la espalda de la joven para ir bajándola despacio mientras charlaban, hasta quedar en la cintura, observó con rabia cómo el espacio desaparecía entre ellos cuando se acercaron para decirse algo en secreto, y luego, la sonrisa cómplice de Carolina, mientras ingresaba al auto. Alguien la llamó de pronto, bajó nuevamente del vehículo y al hacerlo, el largo de la falda se acortó; unas piernas largas y blancas en las que jamás reparó, quedaron fuera. Sintió la sangre hervir por dentro al ver como el chico la observaba bajar y recorría con la mirada el cuerpo de la muchacha mientras se alejaba, Daniel conocía perfectamente bien esa sensación; la joven regresó acalorada retirándose el saco pues un repentino brillo solar elevó la temperatura, su figura grácil se contoneaba al ritmo de los tacones; pasó la mano por debajo de la cabellera larga con una coquetería inusual y sonrió al intruso. No pudo soportarlo más, nadie tenía derecho excepto él, de contemplarla de esa forma, ningún estúpido como ese, que debía estar imaginándosela en su cama; ella era perfecta, claro que recién lo descubría; debía marcar territorio. Se acercó a paso firme cortándole el camino. «Esto es lo que te gusta ahora? —le preguntó—. Exhibirte de esa manera, ¿¡qué!, te gusta que te deseen?»

            Carolina no podía creer lo que escuchaba, el consejo de sus amigas funcionaba a la perfección, lo miraba atónita.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó.

—¿Esto es lo que quieres? —insistió él lleno de rabia—, ¡Dime!

Sin esperar respuesta la cogió de la cintura y la atrajo hacia sí sujetándola con fuerza. Ella comenzó a temblar, era la primera vez que sentía aquel cuerpo tan cerca, su aliento, la actitud casi animal que exhibía, tomándola a la fuerza. El otro muchacho se acercaba también, dispuesto a defenderla por aquella intromisión.

—Allí viene tu caballero —dijo en voz alta—, dile a este estúpido que no te mire de esa forma, que no quieres nada con él, que solo me deseas a mí.

Hablaba mirándola a los ojos con la seguridad que le daba la actitud de sometimiento de la muchacha, su falta de reacción, las miradas furtivas que siempre sintió sobre sí, mientras estudiaban y que recordaba de pronto, el cambio en su aspecto; ahora lo entendía todo, ella estaba enamorada de él; la soltó. «¡Vete con tu amigo! ¡Lárgate! —y acercándose nuevamente le susurró al oído—, o sígueme, quiero que seas mía, tú decides.»

            Estaba indignada, jamás le habría permitido a nadie aquella falta de respeto, esa no era forma de tratarla, pero una fuerza muy dentro parecía vencerla; Daniel era así, siempre fue así, jamás exhibía gentileza con nadie excepto con su madre; el padre por otro lado era tan machista, le decía al hijo único que las mujeres son como autos nuevos y que tenía la potestad de elegir lo mejor. Quería correr tras él, ansiaba abandonarse en aquellos brazos como tantas veces lo imaginó y someterse a su voluntad, pero el raciocinio le decía que se vaya, que merecía más que eso. El otro estudiante se acercaba, todos los miraban, Daniel volteó, el estacionamiento se hallaba atiborrado de estudiantes y maestros que salían de clase, y tras las rejas que daban a la avenida, un grupo de curiosos los observaba; cómo se había permitido esa escenita, él, que podía tener a las mujeres que quisiera, su frustración era evidente, sin embargo, no le daba la gana de permitirle que lo despreciara por otro, especialmente ahora que todos lo escucharon; su mirada era sombría, y a los ojos de Carolina parecía un cervatillo abandonado. El otro muchacho la vio contemplarlo y entendió todo. «Creo que deberías irte con él —dijo—, es lo que deseas».

            A partir de ese día las cosas se desarrollaron como era de esperarse. Los padres de Daniel estaban felices. Gustavo se alejó de ellos, no podía soportar que la mujer que amaba hubiera elegido a su amigo. Una noche, mientras conversaba en un bar miraflorino con unos compañeros de trabajo, vio ingresar a Daniel con Alina, el mozo los saludó con un tono bastante familiar y los guio hasta una mesa apartada del bullicio, en la terraza; se acercó visiblemente contrariado, apenas saludó a la mujer y le pidió a su amigo que lo acompañara; una vez lejos, le reprochó que estuviera engañando a Carolina, pero el joven se defendió alegando que esa mujer no significaba nada, que solo se divertía, «Voy a casarme, hermano, tú también eres hombre pues; una vez que me case, esto se acabó, ¿o acaso crees que arriesgaría mi matrimonio por una mujer como esa?», le pidió que callara, y así lo hizo. Los preparativos para la boda comenzaron.



            Desde que Daniel asumió la gerencia en la empresa de marketing del padre, actuó correctamente, aun a pesar de sentirse agobiado entre tantas reuniones. Añoraba el tiempo en que hacía planes para construir un complejo, buscar financiamiento, cuando quería salir adelante por sí mismo. De pronto comenzó a aburrirse y a llevar la dirección de la empresa de forma mecánica, el tiempo no le alcanzaba para el trabajo porque su vida comenzó a girar alrededor de Alina, delegó sus funciones en un asistente, hasta que pudiera dejarla, aunque sabía muy bien que no tendría fuerzas para hacerlo; lejos de terminar la relación, le pidió que lo acompañe a los eventos sociales a los que debía asistir para captar clientes. Al comienzo, la mujer se rehusaba a acompañarlo, pero ante la insistencia del muchacho y lo bien que la hacía sentirse, aceptó. La primera vez que Daniel llegó con la exuberante mujer, todos quedaron anonadados; a pesar de vestir sobriamente por complacer a su amante, la chica no podía ocultar la coquetería natural que afloraba en sus gestos, todo iba bien hasta que fue presentada ante el invitado de honor, quien llegaba algo retrasado del brazo de la esposa. Al verlo, no pudo ocultar la incomodidad que le produjo, quiso marcharse, anunció un fuerte dolor de cabeza, pero Daniel le rogó que se quedara, que apenas terminaran la cena se irían, encargaría al asistente el cierre del trato. El recién llegado no dejaba de mirarla, intentó acercarse a ella sin conseguirlo y cuando uno de los invitados se retiró de la mesa, este no dudó en acomodarse a su lado y hablarle; la esposa los fulminaba con la mirada, el sujeto se había pasado de copas y no disimulaba el deseo que le despertaba la mujer; cuando se acercó a su oído para decirle algo, Daniel, quien lo estaba observando, le estampó tremendo puñete que lo hizo caer de la silla. De pronto, el murmullo de los comensales amenizado por los acordes de un violín, el tintineo de las copas al brindar, la luz tenue y el paso cauteloso de los mozos que avanzaban entre las mesas, se convirtieron en un caos. Ese fue el primer cliente que perdió.

            Luego de la tercera reunión, esta vez en el restaurante de un exclusivo hotel en San Isidro, que también concluyó en un encuentro a puños con otro cliente, Alina dejó de responder sus llamadas; cuando fue a buscarla al departamento que alquilaba, el conserje le dijo que ya no vivía allí. No había rastros de ella, se sintió desesperado y aunque intentaba disimular ante su novia, quien le reprochaba que no la acompañara para definir todo lo referente a la boda, no lo lograba. Las quejas de la chica, lo único que provocaban en él era indiferencia. Carolina decidió terminar la relación; todo comenzaba a desmoronarse, el padre, quien ya sabía de las andanzas del hijo con aquella muchacha alocada, también le reprochó, le dijo que se sentía decepcionado, que estaba tirando a la basura su futuro por una zorra. Daniel tuvo que hacer un gran esfuerzo para no faltarle el respeto cuando lo escuchó llamarla de esa forma, pero lo que lo decidió a cambiar fue que esa misma noche luego de aquel altercado, el padre tuvo un segundo infarto.

            Buscó a Carolina y le pidió perdón, mas, luego de la ruptura, la novia indagó entre la gente de la oficina y se enteró de la existencia de otra mujer, «Creo que te has enamorado de ella —le dijo—, solo me buscas para contentar a tu padre, no puedo casarme con un hombre que ama a otra, es mi vida también, te ruego que no seas egoísta». Esa noche Daniel regresó a casa y dedicó horas a pensar; sentado ante el escritorio, con el rostro de Alina en la pantalla, se decía a sí mismo que no podía estar enamorado, los hechos le demostraron que jamás podría llevar una vida serena a su lado, ella despertaba en él, «y en todos», los instintos más básicos; una familia en el futuro definitivamente no la incluía, su padre tenía razón, ¿acaso querría exhibirse con una coqueta? ¿La imaginaba como la madre de sus hijos? Pero, ¿era solo el deseo lo que los unía?, cuando estaban juntos, se sentía auténtico, libre, no le temía a nada, eran tan parecidos; Alina era atrevida como él mismo deseaba serlo, irreverente, pero ya era tarde para eso, su padre estaba enfermo, debía cumplir.

            Dos días después se apareció en casa de la novia con un ramo de rosas rojas; en la sala, rodeado de cuadros y lámparas, con el sol ingresando por la ventana y el rostro ensombrecido de la muchacha, «Perdóname —dijo—, no puedo amar a otra mujer que no seas tú, sé mi esposa». Sí, debía sacar a Alina de su vida, esa era la forma. Carolina dudaba, pero también confiaba en la voluntad de Daniel para cambiar. Faltaban apenas dos semanas para la boda, no podía retroceder, lo amaba, viviría para mantenerlo interesado, conocía la fórmula.



            Carolina continúa en el departamento de Gustavo contándole su historia, están sentados sobre unos cojines frente a la chimenea, pues la temperatura ha bajado, una suave música de fondo relaja el ambiente.

—Así fue como dejaste de estudiar.

—Sí, lo dejé todo, enfoqué mi vida en tratamientos de belleza, gimnasios, ropa nueva, pero, por más que me esforzaba, siempre había mujeres que llamaban su atención, sabía que no podía competir con ellas.

—No todas las mujeres se destacan por las mismas cosas, Carolina.

—Lo sé, ahora lo entiendo, pero en esa época estaba ciega.

            Una lágrima rueda por la mejilla de la mujer, él se levanta para preparar otro trago, Carolina coge la cartera, saca el celular y lo coloca en una mesa lateral, cerca de la corriente. «Esto te va a hacer bien», le dice Gustavo entregándole el vaso, se sienta junto a ella y le ofrece su hombro; la mujer se recuesta, se siente tan frágil, sabe que él estuvo enamorado de ella desde siempre, la merecía más que Daniel, de pronto una melodía conocida la traslada a la época de la universidad, antes de que sucediera todo, recuerda a Gustavo sacándola a bailar, siempre pendiente de ella, la sonrisa dulce, los ojos acaramelados, muy delgado para su gusto pero tan gentil; él toma su mano y la besa, «¿recuerdas?», le pregunta, y antes de recibir respuesta la levanta con delicadeza y la sujeta entre sus brazos; están bailando al compás de aquella canción con las luces bajas y el calor de la chimenea, todo sabe tan bien, todo parece posible. El licor va relajando su cuerpo, hunde la cabeza en el pecho del hombre y se deja llevar.



            Una tarde, luego del matrimonio, Daniel asistía a una conferencia en el auditorio de un hotel cercano a su trabajo, desde la entrada reconoció a Alina. Se veía tan deslumbrante como siempre, con una copa en la mano y entretenida con el celular. Iba a acercarse cuando apareció Gustavo, quien caminó directo hacia ella, la tomó del brazo y se perdieron camino a la zona de habitaciones.

            Tuvieron que pasar dos años para que Daniel aceptara escuchar a Gustavo, le resultó extraño que la explicación de su amigo apuntara a disculpar a Alina, él le contó que aquella muchacha se prostituía, que tuvo una infancia difícil, que intentó alejarse porque sabía que no podían tener una relación seria, que él no la dejó. «El día que nos viste lo descubrí todo, me enteré de sus andanzas y quise ver si era capaz de meterse conmigo, no pasó nada entre nosotros, solo hablamos; ella te quiere, aunque no cree que puedas perdonarla, sabes que nunca me gustó para ti, pero estoy convencido de que ustedes se aman realmente. Basta escucharlos hablando del otro para entender que se aman de verdad».

            Un mes después, Daniel comenzó a llegar tarde y luego a ausentarse los fines de semana de la casa que compartía con su esposa, esta amenazó con dejarlo, la miró con indiferencia y respondió irónicamente: «Bueno, te has convertido en una de esas cabecitas huecas de las que tanto te burlabas, va a ser fácil que te consigas un nuevo marido». La joven lloró por días enteros hasta que decidió poner en práctica una nueva estrategia: ya no le reprochaba nada y se mostraba más comprensiva. Él respondió bien al cambio, continuó llevando una vida paralela, aunque de forma discreta, pues lo único que quería era que no lo molestaran, ella dejó de cuidarse y se embarazó. Cuando se lo dijo, él se alegró sinceramente, la levantó en brazos, le prometió que las cosas cambiarían, pero una tarde, luego que el niño naciera, Carolina fue a visitar a su madre, al regresar a casa, lo encontró en su habitación, con ella.



            La canción ha terminado; sobre la alfombra están regadas las prendas que usaban; reposan uno al lado del otro, mas no se tocan. Él debía poseerla para seguir con su vida, le costó mucho convencer a Daniel que perdone a Alina, por fin tenía lo que siempre debió ser suyo; ella, decidió vengarse de Daniel acostándose con su mejor amigo, no le importaba nada, ni los bienes que pudiera perder en el divorcio ni la vergüenza que significaba para sí misma aquel hecho, fue mucho el tiempo que soportó las humillaciones de su aún esposo, urgía ponerle fin a esa relación perversa de dependencia, a su propia inacción y debía ser algo radical. El celular de Carolina se ha apagado, las grabaciones de video consumen mucha batería. Va a divorciarse, sí, pero antes le clavará un puñal en el alma, igual que lo hizo él.

martes, 1 de agosto de 2017

El enigma de Cora

Horacio Vargas Murga


Bastaba ver a Cora una sola vez para darse cuenta de que era realmente bella. Rubia, tez blanca y una silueta envidiable. Los jóvenes de la vecindad la miraban con impaciencia, unos con deseo, otros con aquel semblante de quien se enamora por primera vez. Sus diecinueve años, su encantadora figura, podían hacer perder la cabeza a cualquier hombre. Cada vez que caminaba por la calle, sentíamos su perfume exquisito y escuchábamos su suave caminar por la vereda. Su sola presencia, cambiaba el color del paisaje, mientras saboreaba un dulce y espontáneo sabor en mis labios.

—¿Por qué él tiene esa cosa que yo no tengo? —preguntó la niña molesta.

La tía se ruborizó de pies a cabeza. Le empezaron a temblar las manos. Un sabor ácido inundó su boca, mientras hormigueos intensos se expandían por toda su piel. Escondió el rostro un momento tratando de recobrar la calma. El niño las miró contrariado. A sus cuatro años, no podía salir de su asombro.

—Sobrinita, esa cosa es su pipí, la tienen solo los varoncitos. Las mujercitas en vez de pipí tenemos nuestra cosita.

—¿Y por qué no tenemos pipí?

—Porque… porque la naturaleza nos hizo así, ¿cómo te lo explico? Eres aún muy pequeña. Mira, yo te prometo que otro día conversaremos.

Grandes conquistadores se convertían en unos niños torpes ante su presencia. A mí también me pasaba lo mismo. Ella no tenía amigos muy cercanos, la mayor parte del tiempo andaba sola. Respondía a todos los saludos, pero jamás se quedaba a conversar largamente con ninguna persona. Raúl, el apodado Galán de Galanes, buscó la forma de acercarse a ella. Siempre vestía muy elegante y caminaba dando un toque especial a su caminar. La noche de la fiesta de la vecindad intentó sacarla a bailar, pero Cora rehusó la invitación y no bailó con nadie. Raúl insistió llenándola de obsequios sin lograr su cometido. Incluso en una oportunidad, Cora le lanzó una mirada de desprecio y le dijo que no quería volver a verlo.

La niña lo descubrió de casualidad, cuando el niño fue al baño y olvidó cerrar la puerta. Él podía orinar parado y ella no. Él tenía algo que ella no.

—Tía, yo también quiero tener pipí.

—Sobrinita, eso no es posible, yo te voy a explicar.

Pero las explicaciones fueron en vano. Además la tía no se sentía preparada para hablar del asunto, a ella tampoco le habían explicado nada sus padres. Su ansiedad aumentó la desconfianza en la niña.

—Yo quiero tener pipí, como él.

—Pero, niñita…

—Yo quiero tener pipí, yo quiero, yo quiero, yo quiero.

Se tiró al suelo y empezó a patalear descontrolada. La tía no sabía qué hacer.

Lo mismo sucedió con Aldo, hijo del alcalde, Braulio, médico de la vecindad: Arturo, afamado comerciante y otros tantos que corrieron la misma suerte. ¿Qué había de oculto en ella? Nadie lo sabía. Aquella idea me tuvo obsesionado por un tiempo. No lograba entender qué era lo que estaba ocurriendo. Durante varios meses, nadie más se acercó a Cora, temerosos de terminar como los anteriores interesados.

La niña recortó con una tijera un pedazo de esponja y lo sostuvo a la altura de su pubis.

—Yo ahora soy hombre y este es mi pipí.

De esta manera caminaba por toda la sala haciendo prevalecer su masculinidad artificial. La tía miraba confundida. Ella había suplido a su madre, que falleció en un accidente automovilístico. La niña jamás conoció al padre, la abandonó apenas nació.

La tía, preocupada por la situación, consultó con sus amigas.

—Son cosas de niñas, ya se le pasará, no te preocupes.

En cierta ocasión la encontré limpiando la ventana de su casa.

—¿Te ayudo, Cora?

—No gracias, no necesito ayuda.

—Vamos, te doy una mano.

—He dicho que no, vete y no me molestes.

Hay un gran alboroto en el jardín de la casa. El niño y sus amiguitos están jugando a los volatines. La niña pide que la dejen jugar con ellos, pero nadie le responde. Todos están entusiasmados. La niña entra al juego, hace un volatín y se le levanta la falda. Los niños explotan en carcajadas.

Cora me miró completamente molesta.

—Pero, Cora, yo solo quería ayudarte.

—Pues no quiero tu ayuda, ni la de nadie. No necesito la lástima de ustedes.

—¡Lástima! No entiendo, ¿por qué nos tratas así a todos en la vecindad?, ¿qué te hemos hecho?, ¿acaso nos detestas porque no somos adinerados?

—Porque son hombres.

Los niños se ven muy contentos.

—Hay que jugar a quien orina más alto.

¡, sí! —gritan todos.

—Yo también quiero jugar —suplica la niña.

—¿Tú? —pregunta uno de los niños con sorna.

Todos empiezan a reír sin parar. La niña se retira triste. Alguien del grupo sale corriendo y le jala de las trenzas. La niña hace un gesto de dolor y llora. En sus oídos las risas crecen desesperándola.

Quedé más confundido. Nos miramos un momento sin pronunciar palabra alguna.

—Lo siento, no quise decir eso, vete por favor.

—Cora, quizás algún hombre te haya hecho daño, pero no todos somos así.

—Retírate, no quiero seguir conversando.

—Cuéntame qué te sucede, yo te puedo ayudar.

—Vete de una vez, por favor.

Se puso a llorar amargamente. Yo me retiré sin saber qué hacer.

Es la fiesta de promoción del colegio. En un amplio salón, alumnos y alumnas se encuentran vestidos de gala. Fragancias de perfumes exquisitos invaden todo el ambiente. La música intensa y variada, los envuelve al igual que la alegría y el entusiasmo juvenil. Los niños, ahora adolescentes, miran a las damas con otros ojos, sobre todo a aquella que siempre quería jugar con ellos. Se pelean por sacarla a bailar, pero la adolescente se rehúsa la mayoría de veces. En un momento de la fiesta, se retira para ir al baño. Al encontrarse sola, aprovecha para mirarse al espejo y apreciar el bello rostro que todos halagan, así como su cuerpo escultural. Sin embargo, en su mente, se observa con un terno blanco bien acicalado, un cabello corto y un cuerpo atlético y distinguido. Sale del baño confundida, pero es interceptada por un muchacho, algo pasado en copas, que pretende seducirla. Intenta escabullirse, pero él la coge de los brazos y se precipita a besarla. Forcejean varios minutos, durante los cuales, las manos del varón llegan a coger sus pechos y muslos de forma desesperada. Ella le propina un rodillazo en el escroto. El joven queda tendido en el suelo. La joven regresa al salón, tratando de disimular su disgusto por lo sucedido.

Pocos meses después Cora se fue de la vecindad, sin decir nada a nadie, ni siquiera dejó una nota. Pobrecita, quizás algún canalla la trató mal. Si me hubiera dado una oportunidad, yo la hubiera hecho muy feliz. La extraño mucho. Ojalá regrese algún día. Jamás conocí mujer más hermosa que Cora.