viernes, 24 de noviembre de 2017

El ángel corrupto

Diego Velásquez González


     Sientes un hormigueo desesperante en todo tu cuerpo. Te levantas embotado y un poco mareado. Buscas alcohol en el baño y te untas intentando calmar el ardor, pero inmediatamente rascas tus brazos y abdomen. Regresas a la cama tratando de dormir. Cierras los ojos y en tu mente chispean vagos recuerdos de la noche anterior. Crees percibir los olores, el sabor y el tacto de otros cuerpos en ti. Sabes que algo ha cambiado en tu vida aunque no tienes certeza de qué. El niño que eras ha dejado de ser. Fracasas en tu intento de dormir y prefieres quedarte así, quieto en tu cama, dejando pasar el rato tratando de descifrar las imágenes que crees ver en el techo del cuarto y que son un reflejo del sol que se deja entrever a través de las cortinas. El tiempo parece transcurrir lentamente y a medida que el calor de la mañana aumenta, percibes el olor del licor que habías tomado saliendo por los poros de tu piel. Y en medio de aquel delirio que te agobia, te preguntas, «¿Cómo llegaste a casa?» Y esto es para ti, lo más desconcertante.

Tu padre al llegar te hubiera dado una golpiza de la cual no te olvidarías. Entre tanto, tu madre solo lloraría desconsolada y pediría consideración por el pobre muchacho. Sabes que han sido unos buenos padres, pero reconoces que como «el hijo de papi y mami que eres», has logrado siempre imponerte sobre ellos y hacer lo que deseas. Por un momento crees que todo aquello fue un sueño, pero sabes que ha sido real por el extraño olor que percibes en el ambiente y la sensación pegachenta en tu cuerpo. Con dificultad, te sientas en la cama. Te ves a ti mismo con tu ropa interior preferida. Ese bóxer rojo que te regaló hace poco Pilar en tu cumpleaños diez y seis. Parece que trascurre un tiempo infinito hasta que tomas conciencia de ti mismo y decides levantarte. Corres las cortinas y la luz se te hace intolerable volviendo a cerrarlas. Optas por abrir una de las ventanas buscando hacer circular el aire, una de las obsesiones que aprendiste a tu madre, una mujer meticulosa y llena de pereques. «Siempre abre las ventanas para que circule el aire» te decía cuando te levantabas en las mañanas. Hoy aquel acto es parte de tus costumbres rutinarias.

 Te miras en el espejo del baño. Afuera del cuarto tus padres hablan. Parecen disgustados. «Lo mimas demasiado» escuchas decir a tu padre en tono de reproche. Te observas y puedes reconocer un vestigio del mismo Miguel Ángel que viste ayer en la mañana, cuando te arreglabas mientras escuchabas tu música preferida. No obstante, hoy pareces no lograr reconocerte en ese desconocido que te devuelve la mirada. Un ser extraño ha ocupado tu cuerpo y encuentras en aquel, una mirada profunda, enigmática e inquisitiva. De pronto crees entender las razones por las que tantas personas, hombres como mujeres exclaman al verte, «¡esos ojos!». Quizás ya sabes por qué siempre los admiraban, tal vez lo hacían con deseo, aunque no sabías que era eso. Hoy te gustan. Tu mirada, a pesar de tus ojos verdes, es una mirada oscura, como aquella que los padres hacen a sus hijos ante la evidencia de las malas acciones. Es algo diabólico pensaría la gente, síntoma de que algo que se ha ido perdiendo con cada segundo que avanza y sabes que jamás podrá ser recuperado. Es una capa invisible que cubre todo y penetra por la piel hasta entrar en el torrente sanguíneo y fluir por todos los órganos de tu cuerpo. Es la misma sensación que se tiene con la ropa puesta después de estar largo tiempo bajo la lluvia. Poco a poco se hace más pesada y pegajosa. Así te sientes, cubierto de algo que te arrastra a la tierra.

Te quitas tu ropa interior y entras a la ducha. A veces lo haces de manera inconsciente. Pero hoy, esperando poder despejar tu mente y tu cuerpo, el baño se hace más largo, como si el agua y el jabón pudieran alejar tus pensamientos confusos y retornar aquel aspecto tranquilo que te ha caracterizado y ha sido el referente que los demás han encontrado y esperan de ti. El agua fría empezó a entumecer tus dedos. El olor que sentías al despertar sigue presente. Se te ocurre creer que puede ser que una de las canales que recogen las aguas lluvias en el techo y que en temporada seca emana olores semejantes a carne descompuesta. Por un momento, dejas de sentir ese olor y puedes salir del baño con tranquilidad. Te echas abundante loción y te quedas en tu cama desnudo con una incipiente erección. Te acaricias levemente. No te atreves a salir del cuarto. Temes que pueda pasar. Y tus padres tampoco parecen querer entrar a confrontar tus acciones.

Al rato, te vistes, la ropa interior, una pantaloneta azul de colores vivos y una camiseta esqueleto de tus preferidas. Tomas uno de los libros que has venido leyendo y que tienes en el nochero de la cama desde hace días. Colocas un disco compacto en tu equipo de sonido. Es música clásica. Hace días que no la escuchas y rememoras momentos que no volveran, tus clase de piano. Pronto la humedad en tus axilas regresa. El sol se eleva en el cielo y hace un calor desesperante, preludio de una tarde en la que lloverá de nuevo. Decides bajar a buscar un vaso de agua. Esperas que tu padre se haya ido. No quieres verlo, no quieres encontrarte con la mirada de aguila censora que le ha caracterizado. Al bajar la escalera, escuchas a tu madre hablar por teléfono desde su cuarto y en la cocina te encuentras con Cecilia, la señora del servicio. Una hermosa e inmensa mujer afro que trabaja en casa desde que eras niño. Ella, ha sido en ocasiones la mujer que más te ha consentido. Al verte, corre a la nevera, la abre, saca un bote con jugo de piña, tu preferido, y sirve un vaso para tí. Sabes que si alguien en tu casa te ha seguido a través de la infancia, reconoce tus estados de animo y los respeta, es aquella mujer. «¿Quieres que te caliente el desayuno?»— pregunta. No respondes.

Te observa y parece querer hablar, pero tú no quieres dar cuenta de acciones que no terminas de comprender. Das la vuelta y regresas a tu cuarto. Abres tu libro y apenas empiezas a leer, las palabras parecen bailar frente a tus ojos. Te esfuerzas por seguir la linea del renglón, pero los recuerdos de la tarde y la noche anterior empiezan a regresar. Al salir del cine, Herney te dice que hay un parche en la casa de Pilar. Sus padres se han ido para la costa el fin de semana y tendrán la casa para ustedes solos. Seremos siete contigo, si te animas. Aceptas. Piden comida, juegan cartas, toman aguardiente, ron y vodka, alguno adquirido con sus propios ahorros del diario que les dan para el colegio y otros producto de un asalto directo al bar familiar de los padres de Pilar. Pronto se graduarán y cada quien cogerá por su lado de acuerdo a sus proyectos personales. Por eso quieren disfrutar los últimos días juntos. Saben que el tiempo corre en su contra y quieren disfrutar cada momento. Quizás algunas amistades se preserven y otras por el contrario se disiparan hasta diluirse en el éter. De pronto Damian, un amigo de Pilar propone jugar quita prenda. Todos aceptan en medio de risas. Pilar asustada corre a ponerse una bufanda y una chaqueta a pesar que la noche no era fria. Una de las botellas de licor vacia empieza a moverse en el centro del piso de la sala, mientras los siete amigos están sentados a su alrededor en una circunferencia irregular. Hay risas y nerviosismo. Es la adrenalina que se va disparando. Poco a poco las prendas van dando espacio a la piel y al estar desnudos se sigue entregando algo, una caricia, un beso. Como resultado del licor que han tomado, están desinhibidos y pronto se entregan al placer de explorar y sentir sus propios cuerpos y las sensaciones que despiertan en sí mismos y en los otros. Entonces, por un momento sientes asco de ti al saber que te entregaste a los más extraños instintos, deseos y obsesiones. Tu madre siempre te había advertido de los pecados, pero te das cuenta que no pusiste la atención necesaria y tu voluntad flaqueo. «¿Cómo había sido posible que una ida a cine con tus amigos de la infancia hubiera terminado en esto?» te preguntas.

De pronto, levantas la mirada del libro que tienes en las manos y al contemplar tu cuarto, todo se te hace demasiado aburrido. Toda una nueva vida ha emergido. Y contemplas tus cosas con cierto desprecio, como si fueran de otra persona, de un niño ingenuo, quizás un poco tonto. Entonces, aquel espacio, tu cuarto, escenario de tan brillantes intuiciones en las que creías que podrías ser un nuevo Einstein, se fue haciendo pequeño. Y tu mente lejos de serenarse sigue sumergida en incertidumbres. De pronto encontraste una sola certeza, estabas perdiendo tu alma. La noche anterior había empezado una extraña degradación de tu ser. Todo aquello que considerabas una parte de ti, se extinguía con el mismo impulso de un velón al quemar las últimas reservas de cera. Todo parece estar envuelto en una neblina que solo por momentos se disipa y eso aumenta tu incertidumbre. ¿Rezar? ¿Pedirle auxilio a tu madre? Piensas en Damian. Sí, claro, él me puede decir qué pasó, te dices a ti mismo.

De pronto, como si estuvieran conectados siquicamente, Damian te envía un mensaje de voz a tu teléfono. Pregunta por ti. Dice que anoche estabas completamente borracho, pero que se ve que te divertiste; que no pensaba que te gustaria. Te veías muy serio, agrega. No sabes a que se refiere y eso te molesta. Te hace sentir perturbado. Cuando te llevamos a casa, relata Damian en el mensaje, tu padre nos regañó, pero me dejó subirte a tu cuarto y desvestirte. Parecía desconcertado y triste. Pero de todos modos no simulaba su molestía. ¿Acaso ya hablarón?, te pregunta. Te dice que descanses que tomes mucha agua y que espera que te animes a repetir la experiencia así sea los dos. Debes tener un guayabo tenaz, agrega y se despide.

Lo llamás. Damian parece estar bastante ajetreado. —«¿Qué paso?». Él te hace el relato de todo. —«¿Cómo te ha ido con el guayabo?, es la primera vez que te emborrachas, ¿Cierto?» Dices que no, pero sabes que mayor que el malestar que sientes, es la desazón moral. —«¿Qué voy a hacer?»— preguntas. —«Le pones demasiada tiza al asunto. Es una bobada. Deja que la experiencia pase». Te dice que ya le habían dicho que tenias tu guardado. —¿Cómo así? —respondes. Te empiezas a sentir disgustado —¿Acaso te gustan los hombres? —pregunta. Lo niegas. Parecía, agrega. —«¡No, no puede ser!»— exclamas, pero más como un reclamo para ti mismo.  No importa, deje la bobada, insiste, tratando de rebajarle importancia al tema. Es tu vida y te dice que solo debes dar cuenta a ti mismo de lo que haces, a nadie más. Que no te preocupes, continua, y con cierta picardía en su voz, te dice que besas delicioso. A medida que escuchas sus palabras tu mente se traslada a las cosas que has perdido. Es la inocencia que muere porque sabes que te ha gustado en lo más íntimo de tu ser. ¿Es el pecado?, te vuelves a preguntar.

Pero ¿qué vas a decirle a tu madre? Piensas en ella de nuevo, en aquella bella mujer que desde niño te llamaba «Mi divino angelito». Te había puesto por nombre Miguel Angel en honor al Arcángel que sentado al lado de Dios, es el principal, el comandante y el mensajero, quien dirige los ejércitos de Dios. Y entonces habías crecido bajo la influencia de ese ideal que marcaba todos tus actos. Ella quería que fueras sacerdote, el primero, el jefe, en encargado de todo. Nunca hubo ninguno clérigo en la familia te había insistido desde la infancia. Y la Iglesia necesita nuevos mensajeros que renueven la palabra. Siempre te decía esas cosas. Recuerdas que a veces, tu padre le reclamaba que no te dejaba respirar. «Déjalo vivir, mujer. Es solo un muchacho». Entonces, empezaste a comprender que en una sola noche, aquel Ángel que tu madre cuidaba con tanto esmero para consagrar a Dios en una acto supremo de amor, que era objeto de tantas oraciones se había hecho corrupto, se había degradado. Te das cuenta de que el sudor y el olor que han impregnado tu cuerpo ya son parte de ti, evidencia de haber dejado de ser parte del coro angélico de los niños y empezar a ser un hombre lleno de deseos y necesidades.

La marca en sus costillas

Constanza Aimola




Italia, Rocca San Giovanni, invierno de 1939. Ya se ocultaba el sol y arreciaba el frío en un cultivo de oliva, se agotaba la jornada después de un largo día de trabajo de campo. Bloques de heno reposaban armados bien encarrilados. Las bestias eran llevadas a los establos.

José era el jefe de la cuadrilla, un hombre moreno alto y delgado que siempre vestía con ropa de trabajo. A eso de las cuatro se ponía su abrigo y acomodaba su gorra de paño mientras fumaba un cigarrillo mirando el infinito. En medio del silencio se escuchaba algunos insectos y pájaros cantando y un gato que estrepitosamente se posó en los bloques armados con el bagazo de las olivas después de prensarlas para hacer aceite.

«¡Maldito gato! shshshsh, ya muchas veces amigos tuyos han dañado mi cosecha», le seguía gritando al gato mientras lo perseguía con un rastrillo de los que sirven para arar la tierra. Finalmente atinó y le dio dos golpes en las costillas.

«Eso es, gato del demonio, ¡ahí tienes! para que no vuelvas a aparecerte por aquí», el animal saltó y con dificultad se fue corriendo.

Encendió y terminó otro cigarrillo, el humo se confundía con la neblina, después de terminarlo lo tiró y lo pisó. Se frotó las manos y mientras todavía salía humo de su boca se fue caminando lentamente a su casa con las manos cruzadas atrás de la cintura.

Tocó a la puerta.

—María ya llegué, ábreme.

—Hombre de Dios, para qué gritas, con que toques es suficiente, ni que fuera muy grande esta casa.

Entró y sin saludar tiró una silla bruscamente y se sentó en la mesa, su mujer siguió preparando la comida y sin mirarlo le preguntó:

—¿Y ahora por qué estás de mal genio?    

—Un estúpido gato me dañó el día, otra vez cagándose en la oliva, le di un golpe en las costillas creo que jodí al maldito, pero también me hice daño en la mano. 

El olor de la cocina era delicioso, se mezclaban bien el humo de la estufa de leña con los ingredientes de la salsa para la pasta, cebolla, tomate y carne fresca, la preparación llenaba la pequeña casa y los vidrios se veían empañados por el vapor.

Seguía con los ojos puestos en la cocina mientras le decía a José:

—¿Recuerdas a Esperanza, la anciana que vive en el pueblo, la de los gatos?, se está muriendo, tenemos que ir a visitarla.

—¿Por qué voy a tener que visitar esa vieja?, nunca hemos tratado con ella, nadie quiere entrar en esa casa, que asco me da solo pensar cómo será por dentro sabiendo cómo es por fuera.

Pero es una obra de caridad, por amor a Dios, José, qué hay en tu corazón, tenemos que ir a visitarla, tal vez llevarle un caldo y unas flores. Es una anciana sola y dicen que está muy mal, que sufre mucho y no tiene quien le lleve un vaso de agua, seguro no pasa de hoy.

Esta era una mujer muy vieja, decían que tenía más de cien años, vivía sola, bueno con una cantidad tan absurda de gatos que no los podían contar. La policía en varias ocasiones le había hecho allanamientos por el olor hediondo que emanaba de su casa, una brigada de voluntarios la desocupaban y limpiaban pero meses después seguían las quejas de los vecinos por la podredumbre en la casa de aquella misteriosa y solitaria mujer.




Corría el rumor de que tuvo un accidente, ella decía que se había caído cuando intentaba cortar hierbas para hacer bebidas aromáticas. Estaba en una pendiente muy inclinada, rodó por la montaña y los perros de un campesino la encontraron cuando iban detrás de una oveja. La hallaron estaba muy mal, le sangraba la nariz y estaba inconsciente. Como pudieron la llevaron a su casa y la dejaron ahí, ella les dio las gracias, pero la casa es una pocilga y nadie aguanta quedarse ahí por largo rato.

La misteriosa mujer había vivido en el pueblo desde que era puro pasto y bestias. No existían todavía ni ranchos levantados con paja. Era una de las fundadoras de todo lo que se veía por ahí. La recordaban vieja desde siempre, no tenía hijos ni había tenido esposo, nunca se le conoció algún hombre que la pretendiera en serio o aunque sea un amante. Poco hablaba y aunque sus gestos y sonrisa cuando saludaba indicaban que era muy amable, no hacía favores ni le pedía nada a nadie, cultivaba algunas verduras y criaba tres o cuatro gallinas. Cuando necesitaba algo se escuchaba correteando las aves en un pequeño corral improvisado que ella misma había construido y luego las intercambiaba por algunos productos.

María puso la mesa, era de madera, estaba muy vieja y llena de moho, tenía una pata coja por lo que al partir la carne y cortar el pan, los acompañaba el tac tac tac que se detenía cuando José le pegaba un golpe con sus inmensas manos curtidas por el trabajo de labriego.

Sirvió la comida en platos de metal esmaltado, originalmente eran blancos pero ya por los golpes año tras año estaban llenos de abolladuras que dejaban ver poco a poco el material negro que antes estaba recubierto por el esmalte. Además de la pata de la mesa coja y el chirriar de la cuchara contra el plato, no se escuchaba otro sonido. José se levantó de la mesa mientras todavía masticaba el último bocado, se limpió la boca con la manga del saco, se puso el abrigo y la gorra, abrió la puerta vamos María ya son casi las ocho y creo que si no salimos ya, esa vieja se va a morir, después quien se la aguanta a usted diciéndome lo mal cristiano que soy.

Salieron y María corría apresurada detrás de José. ¿Pero para dónde vas imbécil? Estoy segura de que ya no te acuerdas de dónde vive Esperanza, hace cuarenta años que no la visitas, ¿te acuerdas?, cuando le gritaste que no volverías a pisar su casa sino cuando estuviera tiesa. José refunfuñaba y decía entre dientes «pues para allá voy, a ver si la ayudo a sacar con los pies para adelante». María empezó a llorar «que corazón de piedra, no cambias ni sabiendo que está al borde de la muerte».




Hace muchos años cuando María y José estaban recién casados y aún no tenían hijos, vivían en el pueblo. Su casa colindaba con la de Esperanza, una cerca con alambre de púas separaba los dos predios. Al principio era la vecina perfecta, no se sentía, pero un día Esperanza les mató un perro porque se orinó encima de sus verduras, le dio un tiro y desde entonces tenían cazada una pelea.

Un sábado después de terminar su jornada de trabajo, José se fue a tomar unas cervezas que mezcló con varios tragos más, cuando llegó a la casa se sintió con valor y se metió en la huerta de Esperanza, pisoteó los tomates y las lechugas, se colgó de las mazorcas y pateó como balones los limones. Esperanza no salió de la casa, no reviró por lo que estaba haciendo José, solo se veía uno de sus gatos negros posado en el marco de la ventana del segundo piso. Para terminar este atropello José le gritó solo volveré a tu casa cuando te mueras, cuando estés bien tiesa maldita, como dejaste a mi perro. Escupió en la entrada y se retiró dando tumbos. Desde entonces no había vuelto ni siquiera a pasar por la puerta de su casa.

Caminaron por cuarenta minutos. Por fin llegaron. Tocaron y nadie abría. Un vecino que pasaba sugirió que dieran vuelta a la manija. Al ingresar encontraron una escalera de cemento, tan empinada que no se podía ver su fin. Subieron agitados, María era una mujer robusta con mal estado físico y José tenía los pulmones arruinados por el cigarrillo, además las secuelas de haber trabajado en una mina de carbón toda su juventud bajo metros y metros de tierra con limitado oxigeno.

De frente al último escalón estaba la habitación de Esperanza, mientras avanzaban para llegar a la cama, José se quitaba la boina en señal de respeto, pero también la utilizaba para taparse la nariz y espantar a uno que otro gato que se le quería subir por las piernas. María le pegaba codazos y le hacía miradas histéricas para que dejara de hacer cara de asco.

Varias personas rodeaban la cama de la anciana, todos con la cabeza baja. Mientras unas mujeres lloraban, otras rezaban. Algunos hombres tenían flores en sus manos.

—Entra y di algo, ¡animal! —le decía María a José, quien nuevamente refunfuñando, saludó a los presentes:

 —Buenas noches a todos.

María lo adelantó pegándole un codazo y dijo fuerte y pausado, como si la anciana escuchara poco aquí estamos María y José, ¿si se acuerda de nosotros?

La anciana tenía los ojos cerrados y respiraba profunda y lentamente, tal vez por el asfixiante olor a eucalipto y naftalina además de la podredumbre, o quizá porque se había acumulado el calor de tantas personas. Levantó la cabeza con dificultad, los miró y le dijo a José de ti me acuerdo, claro que me acuerdo, maldito animal, eres un hombre brusco y malhumorado, no te controlas. Pero mujer de Dios, eso fue hace tanto tiempo, ¿acaso no me has perdonado? No es para tanto, pobrecito mi perrito, tienes que aceptar que haber pisoteado tus verduras fue apenas justo para cobrarme que lo hubieras matado. No me refiero a eso, hoy casi me matas. Tosió, se giró lentamente y se puso de medio lado para mostrarle las costillas. Tenía marcadas cuatro líneas de color morado como las berenjenas que cultivaba en su jardín. Mira lo que me hiciste, casi me matas.

El silencio se apoderó de la habitación. Nadie sabía a qué se refería la anciana, pero si no se veían hace más de cuarenta años, cómo podía haberle hecho daño, de qué hablaba esta mujer.

José sí entendió lo que la anciana decía. Como una película recordó cuando al terminar la jornada con un rastrillo de cuatro dientes le dio en las costillas a un gato que se posó en su cosecha. No pudo parpadear más, quedó mudo, agarró a María por el antebrazo y no le podía quitar los ojos de encima a Esperanza que se reía de forma burlona.

Tranquilo José, gracias por no haberme matado, sé que tu intención no era hacerme daño, tal vez asustarme un poco. Eres un hombre fuerte y tienes una puntería que no falla, si hubieras querido me hubieras dado un golpe más duro, pero en la cabeza y no estaría contando el cuento, por eso, por perdonarme la vida te voy a conceder un don. Contando a partir de ti, tienes siete generaciones más, en las que no entrará a tus descendientes brujería o mal de ojo, con lo que quedarán libres de toda maldición, hechicería, peligro o muerte trágica.

Después de escuchar esto José salió de la habitación y bajó las escaleras, corrió como alma que lleva el diablo.

Esta es la historia que se ha contado innumerable cantidad de veces en la familia de José, perpetuando el mito de aquella mujer gato que le dio un regalo a siete de sus generaciones por haberle perdonado la vida. Narrando esta historia antes de dormir, les ha dado a muchos, noches de tranquilidad y blindando del miedo y la angustia a varios integrantes de la familia, garantizándoles que no les pasará nada malo.

Nunca sabrán si cada vez que lo cuentan le agregan algo diferente o si es la historia original, si la inventó alguien para sembrar confianza en un niño o si tal vez fue solo producto de la imaginación de alguien que ni siquiera perteneció a esta familia, pero tal vez por coincidencia nunca en varias generaciones han escuchado en la familia alguna historia de brujas o hechizos, en fin gracias José. Que si fue mentira o verdad… sabrá Dios.




Ilustraciones:
Luisa Fernanda Vaca Castillo

jueves, 23 de noviembre de 2017

Misión cumplida

Miguel Ángel Salabarría Cervera


Zarparon con la esperanza de llegar a un punto de la costa a ciento doce kilómetros y lograr sus sueños, mientras las olas se agitaban con fuerza en un mar oscuro bajo un sol candente.

Meses antes, arribó una brigada de salubridad a la isla del Socorro para realizar una campaña de vacunación contra el tétano a todos los habitantes, después de reportarse con las autoridades procedieron a ir de casa en casa cumpliendo su función.

Al llegar a la puerta de una vivienda y dar los buenos días, José se sorprendió al ver salir de ella a Macario, un viejo amigo, él también se asombró al reconocerlo. Pasados unos instantes se saludaron con afecto entablando plática.

—Me da mucho gusto encontrarte, después de varios años de no saber de ti, jamás pensé que estarías en este lugar.

Macario le respondió:

—Ni yo, que hasta aquí vinieras a pincharme el brazo.

Ambos rieron por la broma.

—¿Cuéntame por qué estás aquí? —le preguntó José—. Eres una buena persona. Te conozco desde hace más de veinte años, siempre has sido un hombre cabal, eras el ingeniero mecánico más reconocido de la planta de automóviles.

Se hizo un silencio, que solo era roto por los graznidos de las gaviotas que sobrevolaban en gran número.

—Te voy a contar porque eres mi amigo de juventud —dijo Macario rompiendo el hielo provocado por José—, vivía bien con mi familia, tenía trabajo con ingresos elevados, pero tú sabes, siempre existen invitaciones entre los compañeros de trabajo los fines de semana y en uno de ellos, se forjó mi desgracia.

—Por la congoja que me cuentas, fue algo muy grave lo que te aconteció para que nos encontremos en este lugar —redondeó José.

Macario se alisó los cabellos. Sus malas vivencias se agolpaban en su mente. 

—Un viernes acordamos salir después del trabajo, recorrimos bares hasta que llegamos a un lugar donde decidimos quedarnos porque nos ofrecieron un privado con espectáculo especial, era de noche, habíamos tomado sin medida, y me quedé dormido, —hizo una pausa para continuar— cuando desperté tenía en mi mano una botella rota, ensangrentada igual que mis ropas y junto a mí el cadáver de un compañero de farra cruelmente asesinado y ninguna otra persona del grupo.

—Al querer salir del privado, la policía me detuvo —prosiguió— no entendía nada. Fui  llevado a la Fiscalía, se me acusó del crimen y por el salvajismo del asesinato me condenaron a cuarenta años de prisión.

En ese momento Macario fue traicionado por las lágrimas, a la vez que decía no ser el autor de ese crimen, que fue perpetrado por otra persona y le armaron una escena que lo inculpaba.

—De este hecho ya han pasado cinco años —continuó su relato—. En ese tiempo perdí todo, mi familia me dio la espalda, nadie creyó en mi inocencia y me quedé olvidado en la cárcel; me era difícil estar encerrado en una celda, sentía que me asfixiaba y temía que fuera hacer una locura con mi vida, por eso pedí que me trasladaran a esta isla, tengo mi casita como celda y ando libre en este pedazo de tierra rodeado de mar.

—Te comprendo, Macario. Sé que no puedo hacer nada por ti, sin embargo quiero que sepas que te creo y siempre tendrás mi amistad, —le expresó José― hoy recorreremos la isla vacunando a la población y mañana a primera hora partiremos, si regreso algún día en otra campaña te buscaré para saludarte y pincharte.

Después de vacunarlo y hacer el registro correspondiente, José continuó con su misión hasta el anochecer, para concentrarse con los demás integrantes de la brigada en el lugar que pernoctarían, porque muy temprano abordarían el barco que los llevaría a tierra firme.

Las reglas carcelarias establecían tres pases de lista: a las seis de la mañana, una y seis de la tarde, se realizaba en la plazuela frente a las oficinas de las autoridades que tenían celdas de castigo para los convictos que cometían algún hecho violento o infringían el reglamento: como de no realizar una actividad productiva en los diversos talleres en los que ejecutaban manualidades durante un mes, se sancionaba con firmeza no acudir a los pases de lista y estar fuera de sus casas después de realizarse el toque de queda que se daba a las siete de la noche.

Entre los pases de lista, los reos podían desplazarse a cualquier punto de los ciento cuarenta y cinco kilómetros cuadrados de la isla del Socorro, algo que no todos hacían por dedicarse a trabajar para enviar sus productos de madera y artesanías a sus familiares quienes los vendieran y así tener una fuente de ingresos; otros se dedicaban a la pesca desde la costa, obteniendo así su sustento.

Macario, era de los pocos que hacían largas caminatas, mientras miraba la inmensidad del mar con su incesante movimiento, a la distancia distinguía los guardacostas de la marina que patrullaban las veinticuatro horas del día, previniendo una posible fuga, algo que se consideraba imposible por la lejanía a tierra firme y por ser un área infestada de tiburones.

Una mañana llegó a una parte de la isla que no conocía, grande fue su sorpresa al descubrir semienterrada una lancha con su motor en la arena, con apariencia de haber sido un naufragio que sucedido varios años atrás.  Con calma la revisó y vio que se requería repararla, que era necesario cambiar partes de fibra de vidrio para dejarla en condiciones; luego examinó el motor con detenimiento y lo encontró algo oxidado, pero en general en condiciones de funcionar, pero carecía de herramientas y material necesario para echarla a andar. Escondió su hallazgo con palmas y sonriendo emprendió su retorno para el pase de lista de la una de la tarde.

Esa noche fue de insomnio para Macario, un sinnúmero de ideas le cruzaban la mente, desde dejar todo como estaba, hasta fugarse, pero si optaba por esto último,  tendría que hacerlo con otros reos, pero quiénes serían los que eligiera para la osadía, sin que divulgaran el plan de escape.

«Tengo que ser quien organice todo para que tenga éxito, a los que llame, sólo serán apoyos; iniciaré tomando las medidas de las partes que deba de cambiar para que en el taller trabaje sobre ellas dejándolas listas para ser pegadas. Cuando termine con la lancha, seguiré con la reparación del motor, extraeré del taller las herramientas necesarias y fabricaré lo que se requiera. Luego robaré gasolina del taller para probar el funcionamiento del motor, en caso que esté en buen estado, llenaré el tanque, también checaré la hora que pasa el guardacostas es necesario llevar cuchillos, agua y víveres; ―continuó Macario elaborando su plan― lo más difícil es seleccionar a los compañeros de viaje, les diré de la fuga el día de la partida que solo yo lo sabré, no debo de olvidar el estado meteorológico para no tener problemas».

Después del pase de lista matutino, se encaminó al lugar donde estaba encallada la lancha, con una hoja de palmera fue tomando las medidas de las partes que debían ser cambiadas, provisto de la llave de su casa, fue marcando en cuadros las partes que necesitaba cambiar, hasta que logró que se desprendieran.

Al día siguiente se presentó a laborar en el taller de materiales de plásticos, ahí se elaboraban diferentes utensilios que se comercializaban, él se presentó como uno más que quería realizar alguna actividad, así lo estuvo haciendo durante una semana para no despertar sospechas, entre sus ropas se llevaba los medidas de plástico elaboradas, como también pequeñas porciones de la resina que se usa como pegamento. 

El domingo, día en que se celebraban diferentes cultos religiosos y competencias deportivas, fue aprovechado por Macario, quien se encaminó a la lancha, la descubrió y fue pegando las partes de fibra que llevaba, hasta dejar totalmente reparada la lancha, posteriormente la volvió a cubrir y satisfecho se dirigió a ver el partido de beisbol.

La siguiente semana, Macario se hizo presente en el taller de mecánica para fabricar las partes oxidadas del motor, algo que no llamó la atención porque en ocasiones otros reos le encargaban alguna pieza que necesitaban para algún trabajo y esta era una fuente de ingresos que tenía; cuando hubo terminado un domingo después del pase de lista matutino fue y reparó el motor, como aprovechó su estancia en el taller para ir extrayendo gasolina en botellas de plástico que por las tardes iba a enterrarlas junto a la lancha, con ellas llenó el tanque pudiendo probar el motor que funcionó sin problemas.

 A partir de la siguiente semana, Macario se dirigió al lugar donde se encontraba la lancha para checar el paso del guardacostas, comprobó que hacía dos recorridos, el primero a las diez de la mañana y el segundo a las dos de la tarde, por lo que dedujo que eran cada cuatro horas. Otra etapa del objetivo estaba cumplida.

El lunes se presentó al taller de mecánica poniéndose a limpiar herramientas, cuando escuchó que alguien le decía.

―Inge, ¿por qué hace eso?

―Para que estén limpias ―respondió― porque cualquiera las puede ocupar, «Gavilán».

―Oye «Inge», la verdad, ¿vas a pasar todos tus años aquí? Porque yo ya estoy fastidiado solo llevo cuatro años de cuarenta y me guardo las ganas de volar, por eso me dicen así, porque de dos penales me he escapado.

―¿Si tuvieras la oportunidad, lo intentarías? ―le dijo Macario.

―¡Claro que sí! ―respondió eufórico.

Al ver que ellos conversaban animadamente, se acercó una tercera persona que les dijo:

―A ver platíquenme para que cuenten conmigo.

Cruzaron miradas los dos primeros y el «Gavilán» le preguntó.

―¿Cuántos años te faltan, «Martillo»?

―No más treinta.

―Si tuvieras chance de irte, ¿lo harías? ―preguntó el «Gavilán».

―Seguro que sí ―respondió «Martillo»― tengo un pendiente que quiero solucionar.

«Ya tengo a quienes necesito, solo es cosa que les diga y se ven dispuestos» ―pensó  Macario.

Les dijo a ambos: «Tengo todo listo para escapar, pero necesito de ustedes porque en caso de una falla del motor tendríamos que remar. Al llegar a la costa, cada quien toma su camino así será más difícil que nos localicen; estén pendientes, solo les pido silencio, porque recuerden que: Quien abre la boca, se le cierra».

Macario se dedicó a comprar discretamente víveres y botellas de agua en la tienda comunitaria del penal, para la travesía, para luego ir a enterrarlos a un lado de la lancha. Cumpliendo la otra fase del plan.

Una tarde, Macario se acercó a un oficial de la marina y se puso a platicar con él, hasta que le preguntó sobre el estado  del tiempo en los próximos días, le respondió que serían soleados sin señales de turbonadas o mal tiempo; se despidió amablemente, sonriendo para sus adentros porque todas las fases ya se habían logrado.

Al día siguiente todo se desarrollaba con normalidad, al concluir el segundo pase de lista, les dijo que lo siguieran, porque el momento había llegado, que actuaran con normalidad siguiéndolo sin preguntar nada. Ellos así lo hicieron.

Llegaron hasta donde estaba la lancha cubierta de palmas, la arrastraron al mar, desenterraron las botellas de agua, los víveres las botellas de gasolina dos improvisados remos de troncos, subiendo todo a la embarcación, la abordaron, encendió Macario el motor y enfilaron a tierra firme.

Al llegar el último pase de lista, no hicieron acto de presencia Macario, «Gavilán» y «Martillo», inmediatamente se procedió al protocolo de ausencia de reos, activaron las alarmas, unos marinos en motonetas recorrían la isla, otros se dirigieron al embarcadero y abordaron sus lanchas rápidas, se transmitió la orden de búsqueda a los guardacostas quienes iniciaron un rastreo, despegó un avión con marinos apostados en la puerta abierta fuertemente armados.

Al cabo de dos horas, aterrizó el avión, descendiendo un oficial que se encaminó a las oficinas, saludó en la puerta al almirante y exclamó:

¡Misión cumplida!

lunes, 20 de noviembre de 2017

El desenlace

Víctor Purizaca


Me consuelo al pensar en ese hermoso atardecer, en el que aún no te conocía y no sabía lo que era acariciar enojado, ni sonreír por el qué dirán. Siempre me gustó ver novelas mexicanas, qué cursi, menos mal que mis amigos del Regatas no saben mis aficiones diarias: María la del Barrio y Marimar. Entonces comprendí el sendero que me llevó hacia ti, era lo que yo nunca esperé.

Juan Börger había sido alumno predilecto del hermano Rafael, pelirrojo, pecoso y de un metro sesenta y cinco. Nunca se amilanó en el salto largo, ni en la carrera con postas. En el cuarto de secundaria perteneció a la selección de atletismo del colegio Champagnat de Miraflores. En quinto de secundaria conoció a Mabel, en una tarde comiendo helado cerca al Solari, en la avenida Pardo. El tío Ernesto y su mamá le advirtieron de qué familia venía, el padre de la niña había sido un fraudulento funcionario de la Compañía Peruana de Vapores y luego de quedar viudo había cambiado de mujer como de calzoncillo sucio. La muchacha, se rumoraba, había compartido amoríos con un Roca Rey, hasta perdió un hijo con aquel. Antecedentes calenturientos forjados a tan corta edad. No era mujer para ti, Juan, comprende.

Se enamoró de la petisa y curvilínea del Belén; caminaba veinte cuadras tan solo para dejarla en su casa. Ya no iría a los entrenamientos de la selección de atletismo. No más Adecore. El amor juvenil pudo más y los devaneos también.

Juan había perdido a su padre en una misión sin retorno, al Cenepa durante el conflicto con el Ecuador en el 95. Era un robusto y pelirrojo infante de Marina, murió entre ramajes y balaceras intensas.  Ernesto, primo hermano de su mamá, asumió las veces de padre, consejos siempre tenía para el muchacho.

Él, Josecito, un flacuchento con barbas de chivo, exalumno del colegio Carmelitas, amante de los tronchos de fin de semana y del surf, rozaba los pezones de la enana, lo hacía sin miramientos y consciente de que eran observados por paseantes y vecinos que se deleitaban con las piruetas de sus manos. Añadía malicia y deseo creciente mientras estrujaba más y recorría sus cabellos castaños. La escena no era más que una banquita, dos vecinos sentados en el borde de la vereda y un árbol añejo. El parquecito ya no podía disimular las caricias de José, el intruso del Carmelitas.  Juan abandonó la clase de Biología solo para comprobar lo que le habían susurrado su prima Titi y su amigo Juanjo; a tres metros de la gimnasia al aire libre, con un enorme arbusto de compañía, Börger mostró una lágrima en la mejilla izquierda, tomó la manga izquierda de su casaca jean negra y se la limpió sin dudar.

El pelirrojo terminó dentro de los diez primeros alumnos de su promoción en el Champagnat, el hermano Rafael y el profesor Seminario le auguraron un gran futuro. Medio año después ingresó a la facultad de Medicina, Mabel lo acompañó a la oficina de admisión; luego lo felicitó en público y en privado. Era tan feliz, sus ojos marrones brillaban de tan solo verla. Qué linda era su enana.

La mujercita de diminutos pies gemía, se calmaba y lanzaba una risita nerviosa, semejante a un susurro, coqueteando con todos y con ninguno a la vez. Ella lo disfrutaba, transpiraba el goce, lo mostraba. El flacuchento se abalanzaba sobre su cuello y se alejaba de nuevo. Era cariñoso, aprehensivo, vehemente y audaz. Juan se llenaba de preguntas, dubitaba desde el arbusto, temblaba acariciándose su roja cabellera; observaba a Mabel que frotaba sus senos turgentes sobre las manos de su amante.  La piel suave y rosada se erizaba cuando el vago de mierda ese frotaba acuciosamente su pulgar en el pubis. Surferito infeliz y se controla Juancito.

Recuerdo haberte visto así, Mabel, azarosa, cuando apenas te conocía, tus gemidos y mis caricias, las mías solamente. Egoísta debo haber sido o no me di cuenta, tú apenas rozabas con mis sueños y yo nunca comprendí los tuyos. No entendí, ¿no? Eso debe de ser.

El bastión del Carmelitas deslizaba su mano sobre ella, sobre toda ella, sentía desvanecerse, por momentos, en su temblor y en su hálito entrecortado. La tensión aumentaba, retumbaban los latidos una y otra vez. Ante la sensación de una mirada inquisidora, se contorneaban de un modo más frenético. «Si tu mamá te viera, Mabel».

Ella se dejaba llevar, por momentos olvidaba que estaba a la intemperie, en una banca de un parquecito, cerca de su casa, donde no tardaba en llegar Juan a verla, los jueves era infaltable. Sus chistes y anécdotas. Eran una pareja unida y feliz, ¿no es así?

El pelirrojo se deslizaba lentamente, aumentaba su paso, se detenía por momentos y acortaba su respiración. No sentían sus pasos, poco a poco, miró alrededor y no había ya nadie. Juan halla el mazo en su bolsillo, acaricia el adminículo. Ya es uno solo con el martillo, siente su pulso, firmemente resuelve terminar, ya no tiene dudas.

«Yo que te quiero tanto», sentencia y susurra Juancillo.

El flacuchento, el osado, el surferito fumón, no reacciona ante el primer golpe, se desploma de espaldas. Aturdido y con la respiración dificultosa trata de incorporarse solo para recibir el segundo golpe, el certero. Cae abundante sangre del cráneo hendido. Coge con firmeza el martillo, Mabel trata de gritar, Juan hunde el puño en la boca de su enana. Ahoga su llanto y su grito se transforma en un ruido parecido al que producen las ratas cuando deambulan en una cocina sucia.

El bueno para nada del Carmelitas no se atreve a moverse, no lo hará más. Su amada usa sus lágrimas y sonrisas, como artimañas, trata de explicar, el dolor, la humillación. «No significó nada», mascullaba. «Que lo amaba, que no significaba nada”. Trató de recordar cuando salía rápidamente del colegio para tomar el Chama y poder llegar al colegio Belén para encontrarse con su enana y su risita dulce.

Börger respiraba profundamente, miraba el cielo inusualmente estrellado. Se detiene un momento, acaricia su cabello rojizo y suelta el martillo. Huele el perfume a flores mezclado con su colonia de lavanda. Mabel sonríe, besa lenta y calurosamente el cuello del dolido. Nadie mira aquella escena entonces. Así como el amanecer llega no dudemos que el atardecer también vendrá. Dejó de mirar las estrellas, bajó el mentón, todo ocurre raudamente. Se sintió ahogado con su corto resuello. Apretó los dientes, sus manos tomaron su  cuello, Mabel acortaba su jadeo, agitaba sus brazos, sus piernas se desvanecían, la respiración se acorta, su resoplido se extingue. Las manos se agitan sin cesar. Una pequeña bolsa cae del bolsillo del jean de Börger, huele a camotes fritos. «Qué delicioso», pensó Juan. El cuerpo inerte descansa en la banca, dos perros olían la escena, ladraban ya. El más pequeño un poodle degusta los camotes fritos. 

Se sintió como Eduardo Capetillo sin guion, sin Thalía. Lloraba mucho, sentado   en   la   banca   frente   a   dos   cuerpos, tan   fríos   ahora. ¿Testigos? Las estrellas y un vientecillo refrescante. Se cogía la cara con ambas manos tratando de no ver. Ya no vería los ojos verdes de su amada. Eran la diez de la noche casi, un vecino advierte la escena, la escena conlleva a una llamada, la llamada al escándalo, el escándalo a la alarma, la alarma a la policía. Él espera sosegado su desenlace, la agonía propia. Al escuchar la sirena supo que no podía ocultar más lo que sentía y por ende lo que había pasado.

martes, 7 de noviembre de 2017

Una nueva vida en otro lugar

Horacio Vargas Murga


Luego de leer el titular del periódico, Onésimo se sintió muy angustiado y perdido. Ya todo el mundo lo sabía y empezarían a buscarlo. No se libraría de la cárcel y menos del desprestigio y la vergüenza. Nadie podría salvarlo, ni siquiera el mejor de los abogados, además no tendría cómo pagarle, con lo endeudado que estaba.

Tomó un café apurado, casi quemándose los labios y se preparó para salir. Mientras se alistaba, pensó en una sola alternativa. Tenía que ser rápido en llevarla a cabo. Antes de salir del departamento que había alquilado, se colocó una casaca con una capucha que le cubría toda la cabeza y las orejas, además de unos lentes oscuros.

Una vez en la calle, abordó un taxi y pidió al taxista que lo condujera hasta el final de la avenida. Al descender del vehículo, se dirigió a un puente de manera apresurada. Al llegar a este, se percató de que no hubiese nadie alrededor. Fue acercándose cada vez más a la baranda y pudo notar la gran altura a la que se encontraba el puente. Un viento frío le sopló en ese momento en el rostro. Pensó: «Nadie que se tire de aquí al vacío se salva». Se acercó más al borde y un gran temor lo invadió en ese momento. Empezó a transpirar, las manos y los pies le temblaban, y su corazón palpitaba apresurado. Miró nuevamente hacia el vacío y un súbito vértigo arremetió, aumentando su ansiedad. «Tengo que hacerlo, no queda otra», se dijo a sí mismo, dándose valor. Cuando estuvo a punto de saltar, escuchó una voz grave que venía detrás de él.

—¿Qué pasa, amigo?, ¿quieres volar como los pájaros?

Volteó molesto y sorprendido. Se encontró con un personaje delgado, de cabeza grande, nariz filuda y orejas puntiagudas, que lo miraba con cierta frialdad. Su traje negro contrastaba con su piel entre verdosa y gris.

—¿A ti qué te importa? —le respondió—. No te conozco.

—Te pregunto porque me importa, quizá pueda ayudarte.

—¡Ayudarme! Nadie me pude ayudar. Hay diez personas que han muerto luego de comer en mi restaurante y la policía me debe de estar buscando. Nadie me puede ayudar. Ya no es posible vivir en este mundo.

—En este mundo no, pero quizás en otro. Te podría llevar a otra parte, donde estarías libre de estos problemas.

—¿Adónde? ¿Otro país? No tengo dinero.

—No necesitas dinero, solo necesitas venir conmigo.

—Pero ¿a dónde?, ¿a cambio de qué?

—Sin preguntas. Si quieres lo tomas o lo dejas. Si quieres me sigues o saltas por ese puente y terminas con tu vida.

Dicho esto el personaje peculiar empezó a caminar y Onésimo se quedó pensando sin saber qué hacer. Finalmente caminó detrás de él con cierta inseguridad y temor. Llegando a la avenida, el personaje detuvo un taxi, conversó con el chofer, abrió la puerta de atrás y volteando le dijo a Onésimo:

—Sube.

En el taxi, ambos se quedaron un buen momento sin decir palabra alguna, hasta que el personaje rompió el silencio:

—Me llamo Zhydal.

—Yo me llamo Onésimo, ¿qué raro es tu nombre?

—Igual digo por el tuyo.

—¿Adónde vamos?

—Ya lo sabrás en su momento.

Media hora después descendieron del taxi que los dejó en una calle frente a un amplio portón de madera. Zhydal lo abrió y aparecieron innumerables arbustos que dieron la impresión de ser parte de un bosque. Caminaron entre los arbustos y luego de una larga caminata se detuvieron en un claro enorme donde no llegaba la luz. Zhydal prendió una linterna y le dijo:

—Hay que sentarnos y esperar.

Onésimo, confundido y temeroso, siguió lo indicado, y esta vez no se atrevió a preguntar. A los veinte minutos, una luz intensa empañó sus ojos y un sonido extraño empezó a escucharse. Luego la luz bajó de intensidad y pudo notar una nave luminosa sobre el campo. Se abrió una puerta y automáticamente apareció una escalera.

—Subamos —dijo Zhydal.

—¿Adónde me llevas?

—Ya lo sabrás.

—No subiré hasta que me digas a dónde vamos.

—Si no quieres me voy solo y te regresas.

Onésimo miró hacia atrás y vio todo oscuro. Tuvo mucho miedo. Era imposible regresar solo. Resignado, siguió a Zhydal y abordó la nave. Dentro de ella encontró a otras personas muy parecidas a este extraño personaje que lo saludaron moviendo la cabeza. Las mesas y sillas eran radiantes, blancas, además de muy cómodas y flexibles. La nave despegó rápidamente y se elevó en el aire.

—Eres un extraterrestre, ¿verdad?

—Así nos dicen ustedes.

—¿A dónde vamos?

—Lo sabrás cuando lleguemos.

Durante el viaje, la comida se servía en platos pequeños, y consistía de unos cubitos masticables, salados y dulces, de agradable sabor. Onésimo extrañó la variedad y la sazón de la comida terrestre. Sus inodoros eran parecidos a los de la Tierra, pero lavaban y secaban automáticamente la superficie anal, por lo que no era necesario el uso de papel higiénico. En ocasiones, solía mirar a través de las ventanas de la nave, y apreciaba a lo lejos algunas estrellas y cometas luminosos.

Luego de varios días de viaje, la nave descendió y se abrió la puerta. Bajaron por la escalera, y lo primero que vio fue una ciudad colorida y musical, donde el aire era más limpio y fresco que en la Tierra. Las casas eran mayormente de vidrio, y las zonas verdes, amplias y limpias. Había vehículos terrestres y también aéreos, con un tránsito en armonía, no como el tráfico diario con el que estaba acostumbrado a vivir. Subieron a un vehículo que los transportó por el aire. Tras algunos minutos, llegaron a un local, en cuya entrada había un amplio jardín, lleno de flores de diferentes colores. Cruzaron una puerta grande de metal y caminaron por amplios pasadizos, cuyos pisos y paredes estaban enchapados por cerámicos de gran brillo. Onésimo estaba sorprendido por la elegancia del lugar.

Ingresaron en una oficina donde se encontraba un sujeto mayor, alto, delgado y canoso, vestido de blanco luminoso.

—Buen día, Zhydal. Veo que por fin has cumplido con el objetivo.

—Buen día, maestro Oykaroh. Le presento a Onésimo. Viene de la Tierra para integrarse a nuestro proyecto.

—Mucho gusto, señor Oykaroh —manifestó Onésimo—. ¿A qué proyecto se refiere? ¿Dónde estoy?

—Toma asiento. Te explicaré de qué se trata el asunto.

Todos se sentaron, mientras una dama les entregaba un vaso con un contenido líquido, invitándolos a beber. Onésimo probó con desconfianza, pero le pareció agradable esa bebida dulce que nunca antes había probado. El maestro Oykaroh se incorporó de su asiento y, mirando fijamente a Onésimo, le dijo:

—En tus manos está la salvación de nuestra especie. Escucha bien lo que te voy a decir —y empezó a contar una historia que Onésimo escuchó con asombro e incertidumbre.

Algunas décadas atrás, los habitantes del planeta habían sido infectados por un microorganismo que produjo mutaciones en el ADN. Esto generó que todos los habitantes machos solo produjeran espermatozoides defectuosos y, por tanto, ya no pudieran fecundar. Lamentablemente, las mutaciones también impedían poder hacer clonaciones. Ante el riesgo de que se extinguieran, estuvieron realizando diversos estudios, además de enviar científicos a diferentes planetas, para encontrar una especie que tuviera espermatozoides compatibles. Después de muchos años de investigación, encontraron que los espermatozoides de los habitantes de la Tierra podían ser compatibles, pero era necesario verificarlo con pruebas de fertilización en laboratorio y luego realizar la implantación en las hembras para determinar si lograban preñarse. Para ello, era necesaria la participación de un terrícola en el experimento.

—¿Me están pidiendo que fecunde a las hembras de su planeta? —inquirió Onésimo.

—Así es. Necesitamos tus espermatozoides para hacer las primeras pruebas y verificar la compatibilidad... también necesitamos verificar que las crías nazcan en buenas condiciones —manifestó el maestro Oykaroh.

—¿Eso quiere decir que tendré que masturbarme varias veces hasta que consigan el propósito?

—En efecto. Durante todo el tiempo que requiramos de tus servicios tendrás alimentación, vestimenta y alojamiento asegurados. Estarás a dedicación exclusiva y, por su puesto, bajo cuidados médicos.

—Qué pasaría si no acepto.

—No tienes otra alternativa.

Dicho esto prendió un televisor y le mostró grabaciones de diversos noticieros de la Tierra, donde hablaban sobre la muerte de personas que almorzaron en su restaurante y que él estaba con orden de captura, pero no daban con su paradero.

—Me lo imaginaba. No sé qué pasó realmente en mi restaurante. Yo mismo supervisé la preparación.

—Nunca falta alguna persona que quiera sabotear el negocio y vierta alguna sustancia en la comida.

—No me imagino quién pudo haberme hecho eso.

—Uno nunca sabe. En fin, ¿qué dices?

—Bueno…Tendré que aceptar su propuesta.

Onésimo se incorporó de su asiento y se retiró acompañado de Zhydal. En su mente apareció una frase: «¡extraterrestres de mierda!», mientras un frío intenso se apoderaba de su cuerpo y un sabor agrio inundaba su boca. Fue conducido a su habitación.  Las paredes estaban llenas de espejos. Durmió como nunca en su vida sobre una cama de cuatro plazas. Al día siguiente fue sometido a diversos exámenes de laboratorio y evaluaciones médicas. Colaboró con desagrado. Prefirió no resistirse por estar en desventaja. Decidió “seguirles la corriente” hasta que se le ocurriera un plan para escapar. Los resultados de las pruebas reportaron que estaba en buen estado de salud.

—Bien, Onésimo. Estamos en condiciones de empezar. Iniciaremos mañana.

—De acuerdo, señor Oykaroh, haré lo que me pidan, no me queda otra. Ustedes ganan. Solo espero que me traten con respeto y no me hagan daño.

—Así será, terrícola obediente.

El primer día que le entregaron el frasco para que recolectara su semen, se puso muy nervioso y estuvo en el baño más de dos horas masturbándose para conseguir la tan ansiada sustancia viscosa. En los días siguientes, tuvo más confianza y demoró menos tiempo. Después de varios intentos, consiguieron fecundar varios óvulos que posteriormente fueron implantados en sendas hembras. Luego hubo controles, semana tras semana. Mientras tanto, Onésimo pasaba el tiempo en la piscina del local, o practicando deporte con los extraterrestres, unos juegos que parecían una combinación de fútbol con vóley que no entendía mucho, pero que disfrutaba.

Leía también algunos periódicos, revistas y libros de ciencia ficción. Además veía la televisión, sobre todo los noticieros. Siempre abordaban el tema de los fallecidos en su restaurante. Lo seguían buscando. Los abogados que eran entrevistados proyectaban que le darían veinticinco años de cárcel. Esto le producía mucha cólera. Había invertido todo su dinero en el restaurante, incluso gestionó un préstamo en el banco. Todo estaba perdido.

Transcurrieron nueve meses, y siete de las diez mujeres fecundadas alumbraron a siete crías a término, de buen peso, talla y estado de salud. Una de las crías fue prematura y tuvo que estar en incubadora; otra nació muerta, y la tercera terminó en aborto, luego de tres meses de gestación.

Durante todo el tiempo transcurrido, Onésimo se convenció de que era imposible escapar y su propósito se diluyó al generarse una gran simpatía con las nuevas personas que iba conociendo, quienes siempre le mostraron un trato cálido y amable. Compartía con ellos casi todas las horas del día. Llegó a sentirse más a gusto con los nuevos amigos, que con los que tenía en la Tierra.

Oykaroh solicitó que Onésimo se presentara en su oficina.

—Muy bien, Onésimo. El proyecto ha sido un éxito. Tenemos un banco con tus espermatozoides para seguir fecundando más hembras. Nuestra especie ha sido salvada, y se mantendrá probablemente un buen tiempo. Necesitamos contactar con otros terrícolas para tener nuevos espermatozoides, ya que para las siguientes generaciones podría haber problemas si todos descendieran de una misma línea paterna. Te estamos eternamente agradecidos. Has salvado a nuestro planeta. Bueno, es hora de que retornes a la Tierra. Te ayudaremos a que consigas otra identidad y puedas abrirte paso en un lugar donde nadie te conozca.

En ese momento Onésimo fue invadido por un gran temor. Se quedó pensativo sin saber qué decir.

—¿Pasa algo, Onésimo? —preguntó el maestro Oykaroh.

—Bueno, en todo este tiempo me he acostumbrado a estar aquí. Si regreso a la Tierra, así tenga otra identidad, siempre estaré con el temor de que me descubran. Preferiría quedarme con ustedes.

—Pero requerimos ahora de otros espermatozoides. Los hijos que engendraste tendrán que fecundar en el futuro a hembras que no sean tus hijas, para evitar las malformaciones congénitas que se pueden producir entre hijos de hermanos.

—Lo sé, pero es muy peligroso que regrese a mi planeta. Por otro lado, todos los hijos que engendré, a pesar de que tienen padres adoptivos, son mis hijos biológicos. De alguna manera ya soy parte de ustedes.

—Tienes razón, pero no podemos mantenerte eternamente. La comida, la vestimenta y el alojamiento tienen un costo que no subvencionaremos de manera indefinida.

—Lo pagaré con mi trabajo, como todos lo hacen aquí y como lo hacen también en la Tierra. Sé bastante de cocina.

—Bueno…Te quedarás, pero pobre de ti que intentes algo contra nosotros.

—Después del beneficio que les he brindado, creo que merezco ser acogido.

—Está bien, terrícola astuto, te quedarás con nosotros, pero estarás bien vigilado.

—No generaré problemas, se lo aseguró. No tengo otra alternativa.

Los ojos de Onésimo se iluminaron y una inmensa alegría se dibujó en su rostro. Se libraría de ir a la cárcel en la Tierra. Por otro lado, podría implementar el restaurante, que no pudo desarrollar en su planeta, incluso de una manera innovadora, a la que podría denominar “comida novoespacial” o “novosideral” o “novogaláctica”. Igualmente no estaría nada mal enamorarse y formar una familia con una extraterrestre. Al principio las veía igual de raras que los varones, pero con el tiempo se fue acostumbrando a ellas e incluso empezaron a gustarle. Además parecían más fieles que las terrícolas. En la Tierra, las escasas enamoradas que tuvo (ya que muy pocas veces fue aceptado), siempre terminaron yéndose con otro. En los últimos años se había convertido en un hombre solitario, muy entusiasmado con su restaurante y alejado de sus parientes y amigos.

El maestro Oykaroh jamás le diría que fueron ellos los que contactaron a uno de sus ayudantes de cocina para que vertiera un veneno en la comida que se serviría en el restaurante. Luego este ayudante sería eliminado y desaparecido para no dejar rastros. Onésimo había sido elegido entre varios terrícolas por su buen estado de salud y constitución física. Fue investigado durante varios meses antes de ser elegido. Convencerlo de buenas maneras o raptarlo era riesgoso, el plan proyectado fue considerado el más adecuado. Era mejor para todos que él nunca se enterara de nada.


Desde ese momento se convirtió en un miembro más del planeta, iniciando una nueva vida en otro lugar.