Rosario
Sánchez Infantas
¡Nunca
más seré evaluada!, pensé, cuando me desperté aquel día. Todavía recostada en
cama, pude ver, por la puerta entreabierta de mi dormitorio, el escritorio en
el que pasé gran parte de mi vida preparando clases. Ahí, silenciosa, estaba la
computadora en la que solía revisar los temas, preparar las prácticas y
evaluaciones por largas horas.
Suspiré
aliviada. Me incorporé. Quise ir temprano a mi última clase, como siempre,
¡como hace cuarenta años!
Mi
respiración era lenta y profunda. Un temblor leve recorría mis mejillas y la
mandíbula. Desde que había salido del ascensor rumbo a mi aula no había dejado
de sonreír. Puedo revivir esa sensación de bienestar, de disfrute intenso.
Haces de luz se abrían paso por los resquicios que dejaban las gruesas
cortinas. El aire acondicionado convertía los treinta grados del exterior en
una agradable frescura de veinte, acompañada de un tenue aroma a lavanda.
El
momento era trascendente, aunque al parecer, solo para mí. Tengo la imagen de
cada muchacho que ingresa al aula, me saluda, enciende su PC y mira el celular.
Después de quince minutos de iniciada la clase, registré la asistencia. Son
pocos estudiantes y ya he aprendido sus nombres. Generalmente recuerdo cada
nombre, apellido y alguna característica importante de ellos. Ese día, un
apellido me hizo detenerme.
—¿Llerena
Collque, Fernando?
—Presente,
profesora.
—Collque...
¿Eres pariente del ingeniero Collque?
—Sí,
profesora. Es hermano de mi mamá.
—Qué
gusto. Lo saludas de mi parte cuando te sea posible. Él trabajó antes en esta
universidad.
—Claro,
profesora.
La
clase continuó, pero yo observaba con una intensidad distinta lo que sucedía en
el aula y en mi cabeza.
Mientras
los alumnos desarrollaban una tarea grupal recuerdo al ingeniero Collque:
investigador destacado, con varias publicaciones y postgrados en el extranjero.
De ese tiempo, hace cuarenta años, me veo subiendo ágilmente al estrado porque
el maestro de ceremonias invitó a la profesora más joven, a dar unas palabras
por el aniversario de la Facultad. Era una noche templada, festiva; mi corazón
latía con fuerza. Todavía me acompaña la calidez con que me recibieron los
estudiantes de aquel auditorio.
También,
de esos días, me veo ingresando a un aula con solo unas fichas de cartulina
como apoyo didáctico. Siempre he disfrutado preparar mis clases, pero tenía una
necesidad absoluta de ser clara y precisa. Era fines de los ochenta. Entre mis
colegas, pocos investigaban, menos publicaban. Uno de los pocos era el
ingeniero Collque. Suspiro.
Risas
alegres me hacen volver a mi última clase. Tengo la imagen de los estudiantes:
en pequeños equipos discuten, fundamentan, bromean y van construyendo lo que
les he solicitado. Supongo que es un logro que no dependan de mí para resolver
el problema. Eso me permite seguir evocando. Eran tan diferentes estos chicos
cuando ingresaron a la facultad. Mariángeles, Edwin y Lía inseguros,
introvertidos, sin opiniones propias. Miguel y Karen, descontrolados, ruidosos,
histriónicos. Fernando inquieto, siempre preguntando, queriendo precisiones,
fundamentos. Karina y Rosabel, obedientes, receptivas. Me paseo entre los
equipos, nadie requiere mi ayuda.
La
luz intermitente en el pasillo parece incomodar a la profesora. Frota sus
ojos con la mano derecha.
—¿Está
bien? No hable, no hable. Solo asienta o niegue con la cabeza —le dice al
hombre que yace en la cama contigua—. Me preocupa que se le salga la aguja del
suero.
Él
afirma con la cabeza. Ella suspira aliviada.
—Disculpe
que hable de mí, pero ahora no se me ocurre qué más contarle. Mi vida es
intrascendente, pero puede servir. Ah... ¡Cómo se defiende la vida! Le cuento
que allá por los años noventa los docentes de mi generación, en la universidad
donde trabajo, con aproximadamente cuarenta años, ya estábamos nombrados,
estudiábamos alguna maestría y criábamos uno o dos hijos. No ganábamos mucho,
pero la estabilidad nos permitía pensar en seguir estudiando o mejorar nuestras
condiciones de vida. De pronto nos quedamos sin seguridad. Antes sabíamos qué
hacer para estar bien, para encajar o avanzar. Las amenazas de ser despedidos,
de ser acusados de pertenecer a un grupo armado, tener cerca la cárcel o la
muerte, nos deshumanizaron. Algunos hacían publicidad al dictador, otros
acusaban falsamente a algún compañero de pertenecer a un grupo subversivo y así
ganaban beneficios con el ejército emplazado en la ciudad universitaria.
El
médico terminó de examinar al hombre y se aproximó a la cama de la profesora.
En voz baja le dijo:
—Señora,
su esposo está estable por el momento, pero el golpe en la cabeza requiere
cuidado. Es preocupante que haya perdido el conocimiento, aunque sea solo por
unos instantes. Por eso vamos a trasladarlo al hospital apenas llegue la
ambulancia.
—Entiendo,
doctor, pero yo no soy su esposa. Solo viajaba en el mismo auto que se
despistó. Me trajeron a este centro de salud porque la herida en mi mano no
dejaba de sangrar. La enfermera me ha suturado. Cuando amanezca me darán de
alta.
—¡Lo
siento!
—¿Es
grave lo del señor Díaz, doctor? Dijo que no tiene parientes.
—Todavía
no podemos saberlo. Necesita exámenes que este centro de salud básico no tiene.
Estamos atendiendo un parto complicado. Por favor, si le es posible, háblele.
Si no responde cuando le habla, vuelve a desmayarse o comienza a decir cosas
sin sentido, toque el timbre.
Asintió.
Al acomodarse en la cama hizo un gesto de dolor. Suspiró y apoyó suavemente la
mano vendada sobre la sábana.
—¿Puede
dormir? —preguntó.
—Hay
que vigilarlo. Si vomita, convulsiona, quiere levantarse o se queja de dolor,
avísenos enseguida.
—En
el carro patrullero pedía agua.
—No
necesita beber. Ya está recibiendo suero.
—Si
le es posible, háblele bastante, es preferible que no se duerma —dijo el
médico.
Miró
su reloj y luego hacia la puerta.
—La
ambulancia debe estar llegando en dos horas. Hasta entonces, por favor,
cualquier cambio, por pequeño que le parezca, nos avisa. Le diré a la técnica
que, cuando se desocupe, le traiga un café —dijo el médico y salió.
La
comisión reorganizadora había llegado con el respaldo absoluto del gobierno
autoritario. Usted se debe acordar, por los noventa. Una mañana llegó al
despacho del ingeniero Collque una carta que lo acusaba de malversar fondos.
Una hora después coincidimos en la cafetería de la universidad. No le
preocupaba, pues era muy escrupuloso con las cuentas de las entidades
cooperantes extranjeras; nunca había manejado dinero del Estado. Preparaba su
descargo cuando abrieron, de una patada, la puerta de su oficina. Seis soldados
lo encañonaron; dos lo sujetaron de los brazos y lo sacaron de la ciudad
universitaria casi a rastras. Ningún abogado quiso defenderlo. El sindicato
desapareció por la renuncia de sus agremiados, luego de que nuestros dirigentes
fueron exhibidos en la televisión como sediciosos. Después de aquellos días, no
volví a verlo.
Un
mes antes, su hermano, decano de Antropología, había sido acusado de
malversación de fondos por comprar, con un remanente de la facultad, un corte
de tela para cada docente. Tenía un proceso administrativo pendiente. Habían
confundido a los hermanos. «Algo habrá hecho» —decían algunos compañeros del
ingeniero, buscando una razón para la sinrazón.
Para
asegurar mi permanencia en el trabajo pude delatar actos corruptos o que
favorecían a los grupos sediciosos. No lo hice, fue la única entereza que pude
conservar. Por otro lado, rechazaba el abuso y la arbitrariedad de los
reorganizadores, pero bajé la cabeza. Y es que los muertos tenían facultad, año
de estudio, rostros conocidos. No dormía pensando en que, si algo me pasaba,
mis hijas quedarían en el abandono. ¿Sabe? Un escritor, llamado Jorge Luis
Borges, decía que él tenía civismo, pero no valentía. Así me sentí yo. El
civismo y la valentía en las calles nos devolvieron la democracia.
—¿Está
bien? ¿Quiere descansar? Ok. ¿Qué le cuento?... ¿Qué le cuento?... Es curioso,
he compartido conocimientos, orientado prácticas, asesorado investigaciones;
sin embargo, a veces me encuentro con egresados que me sorprenden y
desconciertan por mi influencia en sus vidas cotidianas.
Una
tarde coincidí en el aeropuerto con una joven colega exitosa que llegaba de un
congreso en Brasil, me reconoció, me dio un gran abrazo y exclamó:
—¡Gracias,
profesora! La última vez que conversamos, literalmente, me salvó la vida. Notó
mi tristeza. Me hizo sentir valiosa y... abandoné mi plan nefasto. ¡Gracias!
La
profesora llevó, emocionada, ambas manos al pecho. Sintió palpitaciones en su
mano suturada. «Ojalá no se infecte la herida», pensó. Miró al señor Díaz y se
dio cuenta que había olvidado de lo que le estaba hablando.
—Disculpe,
quizás lo estoy aburriendo. Me dijeron que le hable, y lo más fácil es hablar
de uno mismo. ¡Ah, olvidaba algo! —dijo sonriendo—. En mi última clase el
delegado anunció que su promoción llevaría mi nombre. Imagínese, después de
cuarenta años enseñando... No recuerdo qué más dijo. Me había emocionado tanto
que dejé de escucharlo.
La
sirena de una ambulancia interrumpió sus recuerdos.
—¡Hey!
Parece que ya llegaron por usted, señor Díaz.
Se
inclinó ligeramente hacia él.
—¿Alguna
pregunta? ¿Todo claro?... Quiero decir, ¿todo bien, señor Díaz?