Ninfa Patino Sánchez
«Jet Smart anuncia la llegada de su
vuelo 7742 procedente de Buenos Aires, con escala en Lima», notificaron por el
altoparlante; corrí a la puerta de salida de los vuelos internacionales, me escabullí
entre las personas, arreglos florales y globos con la palabra Bienvenidos.
Lo vi salir, con caminar pausado,
apoyado en un bastón, como tratando de comunicar que cada paso recorrido
representaba retazos de un pasado que iba quedando atrás.
Lo reconocí enseguida; el corte de
cabello era el mismo, pero ahora completamente blanco. Unos anteojos gruesos
impedían medir el tamaño y color de los ojos. Yo me había puesto un
ligero vestido de colores, como intentando convencerme de que, a pesar de los
años, vivía en un prolongado verano. Algo de rubor en las mejillas y maquillaje
para ocultar el abanico de arrugas ya bien instaladas en las comisuras de los
ojos y de la boca. Mi cabellera recortada y plateada. En la mano derecha
tenía una rosa roja, un tanto marchita por la espera.
Me lancé al cuello y lo abracé sin
esperar que hiciera lo mismo.
—¡Al fin! Parecía que este día no
iba a llegar —alcancé a musitar en su oído.
—Parece
mentira, han pasado tantos años —dijo con tono seguro y sin mayor emoción,
aunque sus dedos, blancos de tensión sobre el pomo del bastón, decían algo que
su voz prefería callar.
Conversamos todo el camino a casa
sobre el vuelo. Yo iba manejando concentrada en la autopista, mientras él
miraba el paisaje, comentando sobre los cambios que había tenido la
ciudad con el aeropuerto nuevo.
Había anochecido cuando llegamos a
casa; Gabriel abrió la botella de vino comprada en la zona libre de impuestos
del aeropuerto. Pedí a la asistente virtual inteligente (Alexa) los
clásicos de Silvio Rodríguez. Prendí unas velas, sin saber bien por qué. A las
tres copas, él le pidió a Alexa que se callara. Se sacó los anteojos; mirando
al vacío, dijo:
—Hoy debo contarte toda la verdad;
es la deuda que tengo contigo y la razón por la que he venido. —Su rostro se
ensombreció; dos lágrimas resbalaron por su mejilla, sacó un pañuelo del
bolsillo y se sonó la nariz. Un silencio cauto inundó el lugar.
Por la ventana se deslizaron unos
hilos de agua; empezaba a lloviznar. Mientras miraba caer la tenue lluvia, mi
memoria se trasladó cuatro décadas atrás.
Un aire semiseco, el olor a tierra
y bosque y el sonido sutil de los ríos fue la primera impresión que tuve cuando
llegué al Cusco. Sus rectilíneas callejuelas, silenciosos monasterios, muros
que hablaban entre sí y escondían celosamente enigmáticos misterios me tenían
absorta y con los ojos abiertos como lunas llenas.
Era abril de finales de los
ochenta. Acababa de cumplir veintitrés años cuando conocí a Gabriel.
Fui la última en subir; el vagón iba repleto. Tres personas y yo íbamos
parados. En la primera parada se bajaron los tres. De pronto sentí sobre mi
hombro una mano y una voz que me susurró:
—Ven, siéntate en el mío. —Un
joven con acento argentino se había puesto de pie y me ofrecía su asiento.
—Gracias —alcancé a decir con
una sonrisa tímida.
—¿A dónde vas? —preguntó el
argentino. Su voz sonaba más joven de lo que sus rasgos sugerían.
—A Machu Picchu —contesté.
—Qué coincidencia, yo también —dijo
acomodándose los lentes.
Cuando llegamos, quedamos los dos
extasiados ante el Cerro Sagrado. Machu Picchu era como un gigante que se
levantaba de un lento y prolongado reposo.
El
aire era frío, dejaba un rastro mineral en la garganta. El viento descendía por
las laderas y se colaba entre las ruinas, rozándonos la piel. Apoyé la palma
sobre uno de los muros: la superficie era áspera, tibia por el sol, pero con
grietas que retenían la humedad de la madrugada. Olía a musgo y a tierra
mojada. A lo lejos, el murmullo del río se elevaba como un eco profundo; por un
momento, todo parecía respirar —la montaña, las ruinas, nosotros— al unísono,
con un ritmo antiguo y contenido.
Gabriel se centró en sacar las
mejores tomas fotográficas; mis pupilas bailaban de un extremo a otro, como
dispuestas a no perderse ni un solo detalle de aquel testimonio único de la
civilización inca; pero la cercanía del argentino empezaba a perturbarme.
Cuando concluyó la excursión, compramos los pasajes
juntos y regresamos al Cuzco. Durante el viaje intercambiamos direcciones, uno
que otro dato de su país y yo del mío. Al despedirnos, nos abrazamos; un
beso tímido, casi infantil, quedó impregnado en mi mejilla. Algo me advirtió,
sin palabras, que aquel roce no sería el último.
Pasaron dos años en que iban y venían cartas. Yo le enviaba unas esquelitas perfumadas de jazmín y almizcle, con algún párrafo de uno de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda:
En ti los ríos cantan y
mi alma en ellos huye.
Como tú lo desees y
hacia donde tú quieras.
Márcame mi camino en tu
arco de esperanza.
Y soltaré en delirio mi bandada de flechas.
A cambio, él me
enviaba las letras de alguna canción de Silvio Rodríguez y un fragmento poético
de Benedetti. Pasaba releyendo todo el día. Por la noche, me dormía con su
rostro en la mente y con Óleo de mujer con sombrero resonando en mis
oídos.
La comunicación se
volvió fluida; cada carta recibida era contestada de inmediato. Mi corazón
latía como el de una adolescente enamorada. Quería volar; teletransportarme adonde
él estaba; debía hacer algo para apaciguar ese ímpetu cardiaco.
Me había graduado y
estaba trabajando como asistente de cátedra en la universidad, cuando un día
recibí una invitación para presentar una ponencia en el foro sobre Etnología de
las Américas, en Mendoza. No dudé ni un segundo en contestar y aceptar la invitación.
Junté algunos sucres para alargar el pasaje hasta Buenos Aires, pensando que
sería una bella e inesperada sorpresa. Después entendí que de bella no tenía
nada, pero sí de inesperada.
Terminó el evento y
emprendí mi éxodo en autobús hasta Buenos Aires; un frío gélido me acompañó
durante la travesía por la cordillera. Llevaba conmigo, envueltas en un
pañuelo bordado y perfumado en agua de rosas y jazmín, las cartas que me había
escrito y los poemas de Benedetti. Sus ojos color pradera habían quedado
impregnados en mi memoria.
Ya en Buenos Aires,
busqué su dirección. La tenía en una libreta guardada celosamente junto a los
sucres que iban quedando: «calle Maure, barrio de Las Cañitas». Cuando llegué,
quedé mirando el lugar; una vía empedrada y árboles que producían una fresca
sombra y un elegante aroma residencial parecían advertirme que estaba en el
lugar equivocado. Me puse ansiosa, volví a mirar la libreta; era la misma
dirección, no había error.
Mi cuerpo empezó a trepidar. No sabía si por la debilidad —por no haberme alimentado bien durante el viaje—, por los nervios o por las dos cosas. Alcancé a timbrar; salió un muchacho de mediana estatura con un rostro enojado; me quedó mirando de pies a cabeza. Imagino que mi presencia, después de algunos días de viaje en bus y con alimentación precaria, le pareció sospechosa.
—¿Qué quieres? —preguntó, con total desparpajo.
—Busco a Gab… —No me
dejó terminar.
—Él no está —dijo y me
tiró la puerta en la cara.
Salí de la casa y del
elegante barrio y empecé a deambular por las calles de una capital bulliciosa.
Las personas caminaban aceleradamente, como si huyeran de alguna amenaza;
hablaban entre sí; esas voces parecían advertirme que estaba en peligro y que
debía escapar con ellos.
Atardecía; nubes oscuras
y pesadas anunciaban una tormenta. Yo no sabía qué hacer ni a dónde ir;
volví a la libreta, allí estaba el número telefónico, busqué una cabina, mis
dedos no dejaban de temblar; después de varios intentos logré marcar; enseguida
alguien contestó:
—¡Aló! ¿Está
Gabriel? —dije con voz firme.
—Sí, soy Gabriel. —Un
silencio prolongado seguido de algo que parecía un forcejeo se escuchó al otro
lado.
—¿Qué pasa, por qué no
hablas? —pregunté levantando la voz.
—¡No puedo, no puedo!
Estoy esperando familia y… —No alcanzó a terminar la frase.
Se escuchó un llanto amargo
al otro lado del aparato y se cortó la comunicación.
Me quedé durante algunos
segundos con el auricular en mi oído. Estaba en shock. El aire dejó por unos
segundos de circular por mi cuerpo. Solté el teléfono, pero continuaba
escuchando, como un eco, la frase que parecía más que una noticia, una
sentencia mortal: Estoy esperando familia, estoy esperando familia, estoy
esperando familia…
Me senté en el
filo de la vereda; allí permanecí algunos minutos. Sentí un mareo y me
desplomé. Cuando
abrí los ojos, una mujer me sostenía por los hombros y me preguntaba si podía
levantarme.
No recuerdo
cómo llegué al hostal; solo el olor agrio de la habitación, la luz amarillenta
del foco y mi cuerpo tendido en una cama desconocida.
Volví a la normalidad,
conseguí un nuevo trabajo y me inscribí en un curso sobre saberes ancestrales
que acababa de inaugurar la Universidad Intercultural Sacha Wuasi (UISH).
Pasaron los años. Me
casé con un uruguayo, tuvimos un hijo, Francisco José, que nació en Montevideo.
Regresamos a Ecuador luego de varios años. No tuve dificultad en encontrar
trabajo. Una fundación ecológica me contrató para una consultoría en convenio con
la UISH.
El padre de mi hijo
había fallecido; fueron tiempos de un duelo profundo y doloroso. Mi vida giraba
en torno a Francisco José, que atravesaba una complicada adolescencia.
Un lunes por la mañana,
mientras estaba en la reunión de planificación semanal, recibo una llamada
telefónica:
—Aló, ¿Angélica
Santana?
—Sí, la misma.
—Soy Juanita Montesinos,
¿me recuerdas? Fuimos compañeras en la Facultad de Etnología. ¿Sabes? Conocí a
un argentino hace un año; ahora es mi esposo. Él me ha contado sobre la
historia de un amigo suyo, que hace mucho tiempo conoció a una ecuatoriana y
parece que algo pasó en su vida que no logró concretar la relación con
ella. La ha buscado por años y de todas las formas, sin suerte. Me
preguntó si te conocía, le dije que sí, así que me pidió tus coordenadas; si me
autorizas, puedo proporcionárselas para que se lo pase a su amigo, que al
parecer le dará mucha alegría al fin encontrarte.
—Hola, Juanita,
claro que me acuerdo de ti. Lo que no me acuerdo es del argentino que
mencionas; pero sí, puedes darle mi contacto.
Gabriel logró contactarse conmigo. Cuando escuché su voz, no me produjo ninguna emoción. Era como si escuchara hablar por primera vez a alguien que necesitaba información técnica a la que no podía negarme.
Empezamos a conversar.
Nos pusimos al tanto de nuestras vidas. Durante los años siguientes, como si la
historia se repitiera con otros medios, volvieron a circular mensajes. Esta vez
no eran cartas perfumadas, sino correos electrónicos y conversaciones nocturnas
por Messenger. Gabriel escribía largas explicaciones, pedía perdón por no
haberme buscado antes y repetía una frase que empezó a inquietarme:
«Hay algo que debo
decirte mirándote a los ojos».
Así, cada año que pasaba
planificaba un viaje a Ecuador, pero siempre algo fallaba; luego vino la
pandemia de covid-19 y la pospandemia. Con el tiempo se diluyó la intención de
probables visitas. Había una reacción kármica, o juegos del destino, que
impedían un posible reencuentro.
Un sábado de abril por
la mañana, mientras esperaba que hirviera la cafetera, mis ojos se dirigieron
al refrigerador donde tenía pegados algunos imanes; uno de ellos era del Perú
(con la 'P' escrita en forma de espiral o trazo continuo de color rojo). Quedé
mirando e intentando recordar algo, pero mis pensamientos fueron interrumpidos
por el sonido del celular —que se confundía con el silbido de la tetera—,
anunciando un mensaje por WhatsApp. Era de Gabriel, que me enviaba la captura
de un boleto de avión.
Mi mente
volvió a Gabriel cuando dejó el pañuelo sobre la mesa. La lluvia golpeaba ahora con más fuerza
contra la ventana. Ya no se puso los lentes. Me miró por primera vez sin
esconderse y dijo:
—Aquel día, en Buenos Aires, no
solo estaba esperando un hijo, sino que me había casado. Mi hijo se llama como
el tuyo, Francisco José. A los dos años nació Camila, mi segunda hija. Al año
de su nacimiento me detectaron un tumor en el cerebro. La operación fue
complicada, como complicada se volvió mi relación con la madre de mis hijos, y
terminamos divorciándonos. Los niños se fueron con ella a vivir en Santiago de
Chile. Por mi trabajo, como biólogo, fui a vivir a Punta Perdices. Allí
encontré la calma y las fuerzas para empezar a buscarte.
Tragó una bocanada de aire, tomó el
pañuelo de la mesa y volvió a sonarse la nariz.
Observé la imagen en el celular. Gabriel llegaba el domingo a Quito. No sentí la alegría que habría imaginado a los veintitrés años, sino una calma extraña. Intuí entonces que la llegada inesperada no era la suya, sino la de una verdad que llevaba cuatro décadas buscándome.