María Paz Navea Tolmos
El verano de mil novecientos treinta y cinco comenzó como cualquier otro en la vida de mi madre, María Antonia Solís de Regal Ojeda, en la hacienda familiar a las afueras de Lima. Por entonces, aún era una muchacha de diecisiete años que dejaba transcurrir sus tardes largas y tranquilas bajo el sol tibio de la estación, entre el canto de los pájaros que se ocultaban en los jacarandás del jardín y el delicado tintinear de las cucharitas de plata contra la porcelana, mezclado con el aroma del té recién servido y la tierra húmeda del jardín.
Con el tiempo, había aceptado que aquella rutina, tan ordenada y correcta, era el único destino que le estaba reservado. «Un libro siempre es una buena compañía», le repetía mi abuela, casi como una forma elegante de justificar su propia ausencia debido a tantos compromisos sociales. Mi abuelo, por su parte, vivía entregado a un trabajo que lo obligaba a viajar constantemente, un negocio próspero que llenaba las arcas de la casa, pero vaciaba sus habitaciones. Mi madre siempre fue muy inteligente; no le tomó mucho tiempo comprender que en aquella casa el afecto tenía horarios y la conversación, protocolo.
Tampoco tuvo demasiadas amistades. Su educación,
impartida en casa, la formó con rigor y distinción, pero también con cierta
distancia del mundo. Había, sí, algunas vecinas con quienes compartía paseos y
ciertas tardes de conversación, pero incluso esas cercanías eran intermitentes;
los viajes constantes y los compromisos familiares hacían que aquellas
presencias fuesen apenas un paréntesis en la rutina de la hacienda.
En sus ratos de soledad se refugiaba en la biblioteca
de la hacienda, un salón de techos altos donde el aroma a cuero viejo y madera
de cedro parecía detener el tiempo. Allí, sentada en un sillón de terciopelo frente
al ventanal, leía a Balzac en francés, a Jane Austen en inglés y a Vallejo en
español. Las lenguas extranjeras se le deslizaban con una naturalidad
admirable; la fonética le era dócil, casi instintiva. Genuinamente gozaba de la
lectura. «Siempre puedo ser alguien más si lo deseo», pensaba mientras pasaba las
páginas, como si cada libro fuese una puerta abierta hacia otra vida.
Pero de pronto una mañana la rutina, a la que ella
había terminado por llamar destino, se vio interrumpida. Su padre partió a una
de esas expediciones que lo retendrían lejos hasta julio, y su madre salió
rumbo a Buenos Aires para visitar a unos parientes.
—Cuánto me hubiera gustado tener al menos una hermana
—se dijo en voz baja, observando cómo sus padres se alejaban en direcciones
distintas.
Rosario, la criada más antigua de la casa, que
permanecía detrás de ella con las manos entrelazadas en el delantal, la
escuchó.
—No hay nada como tener hermanos, niña María
—respondió con una sonrisa suave—, pero no crea que está sola. A veces la vida
manda compañía cuando menos se espera.
Mientras Rosario hablaba, María recordó una noche de
su infancia. Tenía el rostro encendido por la reprimenda de su madre y los ojos
aún húmedos cuando, en la oscuridad de su cuarto, sintió las manos tibias de
Rosario acomodándole el cabello con una paciencia casi maternal. Sin decir
palabra, la nana le acercó un pañuelo y un vaso de agua, y permaneció allí,
sentada a su lado.
—Llegó esto para usted. Viene del extranjero.
Rosario levantó el sobre a la altura de los ojos, y el
recuerdo se disipó con la misma discreción con que había llegado.
—Muchas gracias, Rosario. Es un placer gozar de su
compañía y de sus palabras. Agradezco tanto a nuestro Señor Jesucristo por
permitirme seguir contando con usted todos los días.
—Más agradecida estoy yo, señorita, por haberla visto
crecer. Estaré en la cocina, por si me necesita.
—Rosario… antes de que se retire —dijo en voz baja,
con una vacilación poco habitual en ella—, le ruego no comente nada de esto.
Puede que no sea más que un error, pero preferiría… que quedara entre nosotras.
Rosario asintió inclinando la cabeza discretamente.
Aun así, mi madre esperó a que cruzara la entrada de la casa antes de tomar el
sobre con cuidado. La luz de la mañana caía oblicua sobre el papel, resaltando
el tono rosado pálido y el lacre rojo aún intacto. Qué extraño, pensó.
A simple vista notó que el sello no era local. Las
estampillas estaban en inglés y la caligrafía, firme y segura, no se parecía a
ninguna que hubiera visto antes.
«Para la peruana que me robó el corazón». La frase
parecía ajena a aquella casa de protocolos y porcelana.
De inmediato abrió el sobre. «¿Qué clase de broma es
esta?», se dijo a sí misma. Estaba casi segura de no conocer a ningún señor
Nicholas. Desdobló la envoltura con cuidado. El papel era grueso, perfumado con
una fragancia apenas perceptible, y la tinta negra se extendía con firmeza
sobre la superficie. Sintió entonces una incomodidad nerviosa difícil de
nombrar: no era habitual —ni correcto— que un desconocido supiera su nombre y mucho
menos su dirección.
—¿Con qué imprudente clase de hombre me he venido a
topar? —se dijo, casi escandalizada por el atrevimiento.
La reprochable osadía, sin embargo, no consiguió decepcionarla
del todo. Antes bien, había encendido en ella una curiosidad inquieta, casi
febril, que luchaba por imponerse sobre las reglas con las que había sido
educada.
Liverpool,
noviembre de 1934
Estimada
señorita:
Mi
corazón se alegra al evocar su rostro. Desde aquel instante, no he logrado
apartar su imagen de mis pensamientos. Recuerdo su mirada —esos ojos marrones y
serenos— y la delicadeza de sus facciones. Aún conservo la forma en que sus
cabellos negros, largos y sedosos, caían sobre sus hombros cuando el viento
parecía empeñarse en inquietarlos.
Le
confieso que, tras haberla visto apenas unos instantes y a la distancia, me
sentí en la urgencia de descubrir quién era usted. Tuve la fortuna de consultar
a un conocido que me acompañaba en aquel momento, quien casualmente tenía
algunas referencias de su persona. Fue él quien me proporcionó la dirección en
la que creía que usted residía.
Espero,
con más anhelo del que me atrevo a confesar, el momento en que el destino me
permita verla de nuevo. Confío en que me conceda el honor de cortejarla como
corresponde. Me sería grato continuar esta conversación que el destino,
generoso, puso en mi camino. Le ruego responda a la dirección del remitente
para que podamos conocernos mejor.
Con
devoción,
Mr.
Nicholas.
Definitivamente
debía tratarse de un error, pensó mi madre. Aunque la mujer descrita cumplía
con todas sus características, dudaba que se tratara de ella. Sin embargo, la
carta estaba escrita con un afecto tan evidente que ignorarla por completo
también le parecía una gran equivocación.
«Ya
quisiera yo que alguien se interesara en mí de tan apasionada manera», pensó
con una sonrisa apenas perceptible.
Durante
los días siguientes se preguntó innumerables veces si debía responderle o no.
Enamorada del amor —como lo estaba entonces— consideró explicarle el posible
error en la dirección y desearle, con cortesía, que encontrara a la verdadera
destinataria.
Guardó
el sobre entre las páginas del libro que leía por aquellos días —una edición de
Víctor Hugo— y cada vez que avanzaba a un nuevo capítulo, la carta reaparecía,
como si reclamara una respuesta que ella todavía no se atrevía a conceder.
Finalmente,
aún confundida —pues la carta llevaba fecha de octubre—, decidió confiarle su
secreto a Rosario. Después de todo, el año anterior había acompañado a su padre
en un viaje por Europa, y no podía descartar del todo que aquel caballero
hubiera coincidido con ella en algún lugar sin que lo advirtiera.
—Señorita,
esa carta ha de ser para usted —dijo Rosario con convicción—. Quizá la vio
paseando en alguno de los viajes que hizo con su padre, y perdió la cabeza por
su belleza… No está de más averiguarlo. Sería interesante conocer a alguien con
intenciones serias. Le aconsejo considerar un poco más a ese caballero. Si no
es para usted, el tiempo lo aclarará. Y si lo es… sería una lástima no llegar a
descubrirlo.
Esa
noche mi madre releyó la carta antes de dormir, no una, sino varias veces, como
si en cada lectura pudiera encontrar una pista que antes se le hubiese
escapado. La sostuvo entre las manos un instante más de lo necesario antes de
apagar la vela de su habitación, y aunque intentó convencerse de que aquello no
debía afectarla, la acompañó hasta el sueño.
A
la mañana siguiente, antes incluso de que la casa despertara por completo, se
sentó frente a su escritorio de caoba, cuya superficie brillaba bajo la luz que
se filtraba por las pesadas cortinas de lino. Sobre el tapete tejido rosado, el
tintero de cristal esperaba, reflejando los destellos de una mañana
inusualmente clara para el invierno limeño. Se quedó un instante contemplando
el jardín, donde la neblina aún se enredaba entre los troncos de los
chirimoyos, y solo cuando el primer rayo de sol tocó el papel en blanco,
decidió responder:
Lima,
enero de 1935
Mr
Nicholas,
He
recibido su carta con sorpresa y, he de admitir, con cierta curiosidad, no deja
de intrigarme que alguien pueda describir con tal precisión unos ojos que,
según afirma, no ha logrado olvidar. Me pregunto, entonces, si acaso me ha
confundido con otra o si su memoria es más poética que fiel.
Si
en efecto me ha visto, le ruego me ilumine: ¿en qué circunstancia ocurrió tal
encuentro? ¿O ha decidido usted cortejar a una desconocida por el mero placer
de la aventura?
Le
advierto que mi carácter es menos romántico que curioso, y antes de permitirle
cortejarme como corresponde, quisiera poder conocerlo un poco más.
La
carta fue enviada pocos días después. Mi madre no habló más del asunto, pero
comenzó a medir el tiempo de una manera distinta. Pues, en aquellos años, el
océano no se atravesaba con ligereza: sus palabras viajaban en barco, entre
semanas de mar y silencio.
Durante
las primeras semanas no disimuló del todo su expectación. Preguntaba con
aparente ligereza cuándo pasaría el cartero y si había llegado algo para ella.
Cada sonido de ruedas en el camino de tierra la obligaba, sin quererlo, a
levantar la mirada.
El
tiempo comenzó a extenderse más de lo previsto. Los días se convirtieron en semanas,
y la emoción inicial fue cediendo paso a una resignación silenciosa. Llegó a
pensar que quizá la carta no había cruzado el océano, o que el caballero inglés
había reconsiderado la imprudencia de su gesto. Pero una mañana cualquiera,
Rosario dejó sobre la bandeja del desayuno un sobre distinto a los demás. De
inmediato notó que el matasellos no era local.
Liverpool,
marzo de 1935
Estimada
señorita María:
Confío
en no incurrir en una impropiedad al dirigirme por fin a usted con su nombre
completo; la información de la que dispuse en un principio fue, como podrá
imaginar, parcial, y no sin insistencia he logrado finalmente conocerlo.
Le
confieso recibí su carta con sincero alivio, pues temía que mi atrevimiento no
obtuviera respuesta. Celebro su franqueza; no hay virtud que estime más que la
claridad de pensamiento.
Permítame
despejar sus dudas: no la he confundido. La vi una sola vez, y fue suficiente.
Se
encontraba usted caminando junto a un caballero mayor, imagino que su padre,
mientras el viento insistía en jugar con su sombrero. No intercambiamos palabra
alguna. De hecho, dudo que haya advertido mi presencia. Sin embargo, la
serenidad con la que avanzaba, como si el mundo no pudiera perturbarla, dejó en
mí una impresión que no he logrado disipar.
No
acostumbro a cortejar desconocidas por mero entretenimiento, señorita. Y menos aún
si no estuviera dispuesto a asumir las consecuencias de este atrevimiento. Si
le escribo es porque consideré que callar habría sido una cobardía mayor.
Comprendo
que su curiosidad supere a su romanticismo. La mía, le aseguro, también es más
analítica que impulsiva. Tal vez sea esa coincidencia la que me anima a
insistir.
Si
me concede el privilegio, me gustaría continuar esta conversación con la misma
honestidad con la que usted ha planteado sus respuestas.
Con
el debido respeto,
Nicholas
Whitmore.
¿Pero
dónde me habría visto?, se preguntó, con una inquietud que no lograba acallar.
La certeza con la que él escribía ya no daba lugar a la duda: era ella a quien
buscaba.
Mi
madre no esperó para responder. Apenas terminó de leer la carta de Liverpool,
la releyó una vez más y, antes de que el impulso pudiera enfriarse, se sentó
frente a su escritorio e, impulsada por una emoción que apenas intentó
contener, escribió con una seguridad que no admitía titubeos.
La
pluma avanzó firme, veloz, sin tachaduras ni vacilaciones, como si cada frase
hubiese estado aguardando su turno desde mucho antes. No corrigió una sola
palabra, pero al momento de fecharla, dudó apenas un instante: no deseaba que
el señor Whitmore imaginara que su carta había sido el único acontecimiento de
sus días. Así que escribió:
Lima,
mayo de 1935
Mr.
Whitmore:
He
recibido su carta y, debo admitirlo, su memoria resulta más detallada de lo que
imaginaba. Si en efecto fue el viento el responsable de que usted me notara,
quizá deba empezar a agradecerle a la brisa de aquel día su intromisión.
Confieso
que me inquieta, aunque no del todo me desagrada, saber que fui observada sin
advertirlo. Es curioso cómo una sola mirada puede quedarse en la memoria de
alguien… mientras la otra parte continúa su camino sin sospecharlo.
Celebro
que no se trate de un error. Hubiese sido una historia mucho menos interesante.
Me
sorprende, sin embargo, su determinación. No todos los caballeros consideran
que el silencio sea cobardía; algunos lo llaman prudencia. Me pregunto entonces
qué fue lo que lo impulsó realmente a escribir. ¿Fue la serenidad que menciona?
¿O acaso la intriga de no saber quién era yo?
Le
advierto que mi curiosidad ha comenzado a competir con mi escepticismo. Y
aunque no suelo conceder privilegios con ligereza, admito que su insistencia ha
despertado en mí el deseo de conocer si su carácter es tan firme como su
caligrafía.
María.
Guardó
el sobre en el cajón de su escritorio; no lo entregaría al mensajero sino hasta
el lunes siguiente, asegurándose de que el sello de la oficina de correos
confirmara su supuesta indiferencia.
Durante
meses intercambiaron cartas con una constancia que empezó como curiosidad y
terminó convirtiéndose en hábito. El correo marcaba el compás de sus días, y
aunque no era mucho el contenido que leía, las descripciones de Liverpool no le
eran ajenas; había caminado por ciudades parecidas durante sus viajes con su
padre. Sin embargo, algo en la forma en que Nicholas hablaba del puerto, del
movimiento constante y de los trenes nocturnos le seguía pareciendo casi irreal.
No porque le resultara desconocido, sino porque no lograba concebirse viviendo
de manera perpetua en un mundo que no se detenía nunca. Ella estaba
acostumbrada a un orden distinto, a un lugar que se aquietaba al caer la tarde.
Poco
a poco madre dejó de fingir aquella indiferencia ante la llegada del correo,
aunque no sin cierto desasosiego. Cada carta implicaba el mismo temor
silencioso: ser descubierta y arriesgar una reputación construida con esmero. Pero,
aun así, la espera terminó por imponerse al miedo. Él, por su parte, empezó a
escribirle como quien conversa con alguien a quien conserva en la intimidad del
pensamiento. Un día de pronto, cuando el intercambio ya formaba parte de sus
días, recibió una carta distinta:
Liverpool,
noviembre de 1935
Estimada
señorita:
Confieso
que esta vez no he podido someterme al ritmo acostumbrado del correo. Cada
carta suya produce en mí un efecto que vuelve innecesarias, casi insoportables,
las semanas de espera entre una y otra.
Han
transcurrido ya varios meses desde aquella primera respuesta suya —la que, con
admirable precisión, supo cuestionar mis intenciones— y desde entonces sus
palabras han comenzado a ocupar un espacio creciente en mis días. Me descubro
anticipando su tinta, imaginando el gesto con el que inclina la cabeza al
escribir, preguntándome si el viento sigue empeñado en desordenar su sombrero
como aquella tarde en que la vi por primera vez.
No
me parece prudente continuar alimentando esta correspondencia sin intentar
darle un rostro definitivo. Por ello he tomado una decisión que espero no la
incomode: viajaré al Perú antes de que termine el año. No me sería posible
permanecer más tiempo en Inglaterra sabiendo que al otro lado del océano
alguien como usted existe.
He
de admitir que mi propósito es conocerla como corresponde, esta vez sin la
distancia que ha servido de intermediaria.
Espero
que no considere este anuncio como una imprudencia, sino como una consecuencia
natural de meses de diálogo sincero.
Con
genuina expectativa de nuestro encuentro,
Nicholas
Whitmore
P.D. Confío en que esta vez el destino permita que mi carta llegue sin contratiempos. Me inquietaría profundamente descubrir que estas palabras no llegaron a sus manos en el momento oportuno, mi querida señorita, María Teresa Paredes y Alarcón.