viernes, 21 de octubre de 2011

Hasta cuando guardar un secreto

                                         Ricardo Ormeño Valdizan


                           Uno nunca sabe a ciencia cierta cuando puede cambiar nuestro destino, en que momento fulgurante, nuestras vidas se pueden vestir a la moda, de oscuro y escalofriante luto o simplemente retroceder y colocarse los viejos atuendos, la vida corre a veces como un pura sangre sobre la pista del derby dominical y cuando menos lo imaginamos nos encontramos ante etapas diversas, con sensaciones diferentes y sin embargo el factor constante de todas ellas es que seguimos tomando decisiones nos agrade o no sumando que algunas o muchas personas esporádica o constantemente nos autoricen para convertirnos en consejeros de acuerdo a nuestra experiencia. 

                             Soy Jorge Frías y  nunca me acostumbré a tomar alimentos respirando  soledad, desamparo, como si viviera en el destierro, sin embargo me encuentro en este lujoso restaurante que siempre frecuento donde al menos el atento mozo que me conoce desde hace unos siete años no me pregunta ¿Lo de siempre doctor Frías? -con su infaltable y  amable sonrisa. Gracias a Dios no es así y más bien me ofrece lo nuevo y variado de su prestigiosa carta culinaria, agregándole alguna corta conversación y dejándome siempre en aquella mesa ubicada en la esquina, absorto con mis pensamientos. 

                             Como pasan los años. Recuerdo cuando me diplomé de médico y evoco con regocijo mi titulación… cirujano plástico y ahora… aquí sentado… pero con una sensación muy especial que se inicia en mi cabeza y discretamente recorre todo mi cuerpo mientras espero a mi hijo quien solicita un consejo importante y me ha elegido como su personaje favorito por esta noche, aunque en realidad no creo exagerar cuando intuyo que siempre he sido y seré importante para él a  pesar de haberme separado de su madre hace algunos años. Que emocionante es aguardarlo y poder compartir un momento con mi sangre, sin embargo no debería sentirme perturbado por saber cual es el consejo que requiere, lo sé perfectamente, quiere seguir la misma profesión y especialidad que la mía y necesita saber que pienso, allí está mi dilema, pareciera comprensible una algarabía pero no logro sentirme infalible en esta ocasión, demasiada responsabilidad, mucho sacrificio, tantas alegrías y  miedos a la vez que danzan salvajemente alrededor de esta carrera, eso debo evaluar para mi hijo con precisión quirúrgica.

                              Arriba a mi mente el caso de mi amigo y colega Carlos… Carlos Nieto, nos conocimos en la universidad…creo que mi hijo debe saberlo. Una tarde cualquiera de hace aproximadamente seis años Carlos se encontraba atendiendo las consultas de sus numerosos pacientes. Bien por ti mi querido amigo lograste la fama que tanto anhelabas. La secretaria hace el anuncio de Ana Crissanti una joven y bella mujer, el famoso cirujano queda estupefacto ante tanta belleza preguntándose que demonios podría mejorar en tan perfecta fémina. Su natural admiración se vio algo perturbada  por la presencia de la madre de Ana quien la acompañaba en aquella ocasión y su concentración en el trabajo regresó de manera relampagueante. Terminados los saludos cordiales Ana acerca su cómodo asiento de cuero hacia el escritorio del facultativo.

-¡Bueno doctor vamos al grano! –acotó la bella dama- ¡Necesito urgente una liposucción!

-De acuerdo podría ser pero tendré que examinarla primero, aunque me arriesgo a decirle que no creo que necesite dicha cirugía… es más creo que ninguna cirugía –intervino el reconocido cirujano observando de modo muy especial la esbelta figura de la paciente.

-¡Gracias doctor es usted muy lindo al decir eso, pero la verdad es que la necesito urgente! –afirmó con evidentes signos de ansiedad la joven Ana.

-¿Urgente por qué?, yo no creo que necesite nada y menos urgente –respondió el galeno no pudiendo evitar la intensa y despierta mirada de tan impresionante joven.

-¡Pues sí doctor, me caso en dos meses y debo quedar perfecta para mi vestido de novia, es muy especial para mí y estos rollitos me matan! –respondió Ana con un movimiento abrupto sobre su asiento  pinzándose con ambas manos los supuestos excesos de grasa que ella afirmaba tener haciendo que el ambiente de paredes grises con algunas  fotografías de su hijo y numerosos diplomas, se oscurezcan dejando al doctor Nieto la oportunidad de imaginarse jugar al fotógrafo profesional, observando detenidamente por un tubo.

-Mire doctor –intervino por primera vez la madre de la paciente haciendo un gesto de cansancio- a la niña se le ha metido en la cabeza que tiene grasa en abundancia y quiere que se la extraigan como sea.

-¡Pero señora insisto en que no veo la imperiosa necesidad de someterla a una operación y faltando poco tiempo para su matrimonio, mucho menos, una dieta no estaría nada mal! – sugirió Carlos imaginando por unos segundos a aquella señora como su suegra perfecta.

-¡Lo entiendo perfectamente doctor, lo que sucede es que Ana va a recibir un traje de novia diseñado y confeccionado en Venecia, justo en una tienda cercana a la plaza San Marcos y como comprenderá la niña quiere quedar perfecta y con tanto compromiso las dietas son en estas fechas  prácticamente imposibles de realizarlas, por ello la prisa de operarse! –fundamentó la elegante dama destrozando sin desearlo el exquisito pedestal donde habían sido colocadas  la elegante señora y su hija, aterrizando bruscamente entre las montañas del esnobismo.

-Bien haremos todos los exámenes pertinentes y en base a los resultados programaremos su operación –sugirió el doctor ahogando en agua helada su romántica imaginación.

-¡Gracias doctor realmente es muy, pero muy lindo! –expresó la bella Ana levantándose de su asiento para dirigirse con cortos y rápidos pasos hacia el doctor abrazándolo y dándole un beso en la mejilla dejando al galeno sentado en su elegante sillón grata y realmente embobado entre la belleza y el delicado perfume que brotaba de su cuello.

-Muchas gracias doctor, es todo un caballero y esperaremos con ansias la fecha más próxima en que pueda programar a mi hija –acotó la elegante madre de Ana observando con agrado los gestos de extremo cariño de su hija hacia el médico.

-Trataré que sea lo más rápido pero tal vez menos de diez días sea imposible, tengo pacientes ya programados para esas fechas, tengan calma es todo lo que les pido sobre todo a ti Ana, ya que es una verdadera exquisitez lo que me solicitas –aconsejó Carlos dejando el usted, al dirigirse a la bella paciente tratando de ocultar su nerviosismo con taquicardia incluida.

-¡No se preocupe doctor, mañana mismo me voy al laboratorio para los exámenes pertinentes y todo lo que me solicite! –expresó muy graciosamente Ana haciendo gestos de sensual ingenuidad, logrando sellar con broche de oro su participación ante el doctor Nieto después de haber convertido aquel moderno y sobrio consultorio en una pasarela de modas.

-Muy bien, tómenlo con calma, ya he realizado estas minuciosas operaciones en modelos y físico culturistas pero eso sí, deben seguir mis recomendaciones al pie de letra – indicó el doctor finalizando la entrevista de la manera más circunspecta posible. 

                              Efectivamente Ana al día siguiente se sometió a todas las pruebas solicitadas, sus veintiocho años de edad se tradujeron en resultados óptimos por todos los ángulos y sólo se limitó a esperar con ansias la fecha de su intervención quirúrgica y proseguir con los preparativos de su boda. Los días transcurrieron normalmente hasta que faltando aproximadamente cuarenta y ocho horas para su operación, el cirujano recibe una llamada telefónica en su consultorio.

-¡Doctor Nieto, buenas tardes, habla la mamá de Ana Crissanti! -saludó muy sobriamente la madre.

-Buenas tardes señora, creo que me ganó la llamada, mi secretaria iba a comunicarse con Ana para recordarle las indicaciones previas a la intervención –contestó el cirujano arribando a su mente de manera fulgurante la imagen de Ana.

-¡Sí, sí...sí doctor, gracias, pero el motivo de mi llamada es para solicitarle encarecidamente que postergue la operación de Ana por sólo tres días! –suplicó la cortés dama con la intuición que el doctorcito haría casi cualquier cosa por su hija.

-No lo sé realmente señora, si la agenda me lo permite con gusto lo haré, pero no le prometo nada –respondió el doctor Nieto tratando de imponerse y ocultar su gustillo por aquella joven.

-¡Le agradeceremos mucho tal gentileza doctor! –acotó en voz baja la madre de Ana dejando sentir una sensación de aflicción.

-¡Pero dígame!, ¿ha sucedido algo? –preguntó Carlos con marcado interés.

-¡No doctor son sólo motivos de la boda y despedidas, usted sabe como son estas cosas y Ana tan apasionada siempre en todo lo que hace…! –fundamentó la mamá tratando de camuflar su congoja.

-Muy bien señora, gracias por llamarme y le confirmo la nueva fecha en unas horas – finalizó el médico velozmente para no permitirse entrar en el túnel de la seducción. 

                                 El doctor Nieto hizo todo lo posible para efectuar el cambio solicitado y así fue, Ana ingresó a la clínica la noche anterior realizándose en ella todos lo preparativos previos a la ansiada operación, incluyendo la visita de Carlos, dedicado cirujano.

-Buenas noches Ana, ¿todo bien por aquí? –saludó el doctor Nieto dirigiéndose hacia ella directamente como si fuera la única persona presente.

-¡Todo muy bien doctor, aprovecho para presentarle a mi novio! –expresó Ana con una simpática sonrisa que reflejaba travesura y complicidad.

-Buenas noches doctor soy Julio Narváez, es un gusto conocerlo, Ana me ha hablado maravillas de usted –acotó el novio con gruesa y determinante voz.

-Un gusto conocerlo y gracias por su palabras, creo que es sólo producto de complacer a una simpática paciente –respondió el amable doctor tratando de evitar la intensa, fija y por lo tanto incómoda mirada de aquel sujeto. 

                                  No estoy seguro si realmente le interese oír esto a mi hijo, tal vez lo aburra, en fin, la historia continúa así y no puedo hacer nada, mucho menos dejar de recordarla milimétricamente. Después de todos esos protocolares y diplomáticos saludos, se había creado una verdadera empatía entre Ana, sus familiares y el doctor. La cirugía se realizó sin ningún problema, el novio siempre muy cortés se ofrecía primero que nadie a cuidar de su amada doncella, a untarle alguna crema, a traerle algo especial para degustar… en fin Julio Narváez estaba enamorado hasta su más recóndita célula y desde hacía mucho tiempo daba la vida por su escultural novia. 

                                   Al día siguiente la bella paciente impaciente fue dada de alta, su madre se encontraba a su lado además del infaltable escudero de brillante armadura que había puesto a disposición su chofer para realizar tan valioso traslado. Carlos los miraba a cierta distancia y se preguntaba así mismo – ¿Por qué será que las parejas como Julio siempre complican las cosas?, sus ansiedades en el amor obstaculizan las normales evoluciones –al  observar a Ana emitiendo suaves y constantes quejidos que desesperaban a su futuro esposo. 

                                    Las primeras dos noches y ya en su casa, Ana se quejaba de dolores por todas partes, una vez en el brazo derecho, otra en el izquierdo, de pronto la cabeza como en otro momento era medio glúteo izquierdo eso sí no todo, sólo la mitad; el doctor Nieto no pudo conciliar el sueño, el amable y dedicado novio se encargó que no descanse hasta que logre calmar las molestias de su novia al menos por vía telefónica –doctor, le duele, Ana sufre y eso es cosa seria ya que ella es muy fuerte y no sé que hacer, dígame ¿Qué crema le compro? y se la frotaré donde la necesite, así me pase toda la noche, pero no soporto verla sufrir así- exclamaba el valiente caballero medioeval. 

                                    Habían pasado cuatro días de la operación y Ana se encontraba reponiéndose dentro de los rangos normales, salvo cuando llegaba su apuesto galán y empezaban los quejidos nuevamente que continuaban hasta que ella lo decidiera. Pero en esta oportunidad no parecía que fuera una engreída actuación, Ana siente intensos escalofríos su madre y su novio corroboran minutos después que el termómetro no fallaba, tenía una intensa fiebre. El doctor Nieto es informado telefónicamente por el atento y preocupado novio. Sin pensarlo más envía a una experimentada enfermera a la casa de la simpática paciente.

-¡Doctor…aló doctor soy María la enfermera me encuentro al lado de su paciente! –tratando de hablar en voz baja.

-Sí María dime, ¿cómo está Ana? –preguntaba en tono fuerte y nervioso el galeno.

-¡La veo mal doctor tiene más de cuarenta grados de temperatura! –casi susurrando María por su teléfono celular.

-¡Sabes muy bien que puede encontrarse alza térmica días después de la operación debido a la hipotermia! –.

-¡Sí doctor, por supuesto que lo sé, pero su expresión y color es de una septicemia! –.

-¡Bueno no perdamos más tiempo pidamos una ambulancia y llevemos a Ana a la clínica Santa Fe, dile a la familia que los alcanzo allí! –finalizaba el doctor Nieto sosteniendo su teléfono con el hombro mientras se retiraba rápidamente su cómodo pijama. 

                                 Efectivamente Ana fue internada en cuidados intensivos de dicho nosocomio, la infección generalizada consumió su vida en apenas veinticuatro horas, la pena y congoja de la familia se contrarrestaba con la ira y odio que se almacenaba en Julio Narváez. Una semana después la madre de Ana se acerca al consultorio del doctor Nieto a pesar de la profunda depresión en la que se encontraba.

-Buenas tardes señora, lamento mucho lo sucedido, me siento muy mal por ello, no sé realmente que pasó -se lamentaba el cirujano acercándose y abrazando a la deprimida señora.

-Gracias doctor, sabemos que se comportó en todo momento como un caballero y buen profesional pero mi presencia aquí es para decirle algo importante –intervino la elegante dama en tono poco audible manteniendo su cabeza inclinada y tratando de secar las intensas lágrimas que corrían por su rostro sin maquillaje.

- Estoy para oírla señora, es más estoy dispuesto a hacer lo que sea conveniente –aseguró el doctor nerviosamente al ver la realmente sufrir.

-Debe recordar que nosotras le solicitamos una pequeña postergación de la operación, esto fue debido no a la preparación de la boda sino porque Ana fue sometida a un aborto, un legrado uterino como le llaman ustedes los médicos –intervino la mamá de Ana, levantando la mirada dejando totalmente perplejo a Carlos Nieto –Ana frecuentaba a un antiguo novio en medio de su inseguridad y engreimiento y fue así que salió embarazada entendiendo por fin, que no podía seguir en esa situación y perder a Julio que como usted ha visto la amaba con toda su alma.

-¿Pero por qué no me lo dijeron antes? hubiera suspendido o postergado aún más la operación –preguntaba Carlos volviendo a abrazar a la entristecida y acongojada madre.

-¡No nos pareció importante y además no deseábamos recordar ese suceso y que Ana más bien se sienta libre para su matrimonio! –justificaba la madre de Ana.

-¡Bueno señora, gracias por darme una importante pero tardía información, no sé que puedo hacer por ustedes! –intervino el doctor Nieto alejándose un poco.

-¡Doctor recurrimos a usted porque en memoria de nuestra amada Ana, la familia en pleno deseamos que Julio no se entere de esto y el recuerdo de Ana quede limpio, somos conscientes que los informes, y con ellos la verdad, llegarán a usted! – solicitaba la señora muy segura de sí misma mirando fijamente al doctor.

-¡Señora con todo respeto es muy difícil la situación en la que se encuentran, pero la mía no es mejor ya que tengo entendido se ha procedido a un proceso judicial iniciado por su esposo en el cual tendré acceso a toda la información del caso además del odio de Julio hacia mi persona que ya existe! –explicaba el doctor retrocediendo un paso.

- Lo sé doctor, mi esposo trabaja en el extranjero y la noticia lo descontroló totalmente como usted comprenderá pero aún en este complicado escenario le solicito que no sea usted el que informe de esto a Julio cuando trate de indagar algo ya que él no se encuentra dentro del proceso –sugería la madre de Ana.

-¡Señora, creo que debemos dejar esto a la justicia, por mi parte esté segura que no diré nada al respecto! –aseguró el doctor Nieto lamentándose el haber realizado esa operación y no haber aceptado la sugerencia de su esposa de viajar al caribe en esas fechas y tratar de limar las asperezas que sufría la relación. 

                                    Julio Narváez totalmente desquiciado por la pérdida de su irremplazable novia acudió al famoso cirujano diez días después no a solicitar una entrevista sino a romperle todas la lunas de las lujosas ventanas de la clínica de Carlos, con carteles en manos y ayudado por unos amigos lograron llamar la atención de la televisión para acabar con aquel asesino que le había arrebatado la vida de su amada, su proyecto de mujer para toda la vida sintiéndose totalmente desamparado y consternado no pudiendo evitar el llanto cada que imaginaba a su pareja bajo tierra . El doctor Nieto se sintió devastado ante tal perjuicio de su imagen en medios periodísticos; su carrera se encontraba sostenida por un hilo. 

                                     Una semana más tarde y habiéndose realizado la apertura de un proceso penal, el juez lee el informe detallado de la necropsia efectuada a la antes bella Ana, perforación uterina  con presencia de asas intestinales en el interior de útero. El macabro diagnóstico explicaba la terrible contaminación que se había incubado en el organismo de Ana que sometida a la liposucción en la que hubo de  encontrarse por unas horas en una ligera hipotermia sus defensas habrían descendido hasta abandonarla con una severa y general infección producida por un aborto provocado. 

                                      Días después de leído el informe el doctor Nieto se encontraba en su consultorio esperando en vano la llegada de sus pacientes que no vendrían al menos por un largo tiempo luego de difundida la noticia, cuando de pronto sorpresivamente se anuncia la llegada de Julio Narváez, el doctor aún desorientado y sintiendo mucha ira, decide recibirlo.

-¡Doctor, buenas tardes, sé que no debería estar aquí , pero vengo a disculparme por todo lo sucedido, estoy dispuesto a hacer todo lo que sea para reivindicarlo tengo muchos amigos influyentes y he tenido la desagradable experiencia de leer los informes oficiales, lo sé todo –afirmaba Julio con total seguridad.

-¡Puedes hacer lo que dicte tu conciencia, por mi parte te puedo decir que a los periodistas no les va a interesar mucho un descargo, salvo que se mencione la verdad, sólo les interesa las noticias con mucho ácido, me puedes entender, por último no quiero saber que información tienes! –explicó el facultativo con total desgano sintiendo que su vida casi no tenía sentido.

-¡Pero doctor no malogre su carrera de esta manera tengo amistades en la televisión! –Sugería el atormentado novio sin ser escuchado por el agotado doctor Nieto quien lo invitó a retirarse muy gentilmente y así poder solicitar la asistencia de una de sus enfermeras para que cuantifiquen su presión arterial. 

                                        Dos meses después. El doctor Nieto sabía perfectamente como los periodistas que en todo momento siguieron el caso habían logrado obtener una copia del documento final de la necropsia desarrollando un novelesco y extenso reportaje en la televisión, los amigos no faltan pero en esta oportunidad la mano del apasionado y explosivo caballero Narváez era más que evidente. Mientras el doctor Nieto se encontraba ante fuertes deudas debido a la ausencia de pacientes por un largo tiempo además de los antiguos problemas conyugales que se habían recrudecido y que con este suceso habían erupcionado en un desafortunado divorcio, tenía sin pensarlo ni mucho menos haberlo deseado una  pequeña oportunidad de reiniciar su vida a pesar del diagnóstico de hipertensión arterial que lo acompañaría por siempre como su fiel compañero. Este cruento y aterrador acontecimiento médico, no impediría que su nombre se reivindicara al fin aunque los cimientos  y columnas de su estable vida hubiesen sido dinamitados ferozmente no dejándole la oportunidad de reconstruirlos o repararlos, no teniendo otra elección que edificar y levantar unos nuevos.  

                                        No sé si a mi hijo le interese esta historia, tal vez me solicite que le narre una mía y no de un amigo pero creo que por esta vez será lo mejor, tal vez la próxima tenga el valor de hacerlo. Bueno aquí viene que Dios me acompañe y no me equivoque.     

viernes, 14 de octubre de 2011

El limpiador de edificios

Marco Antonio Plaza


Antonio se levanta de madrugada para llegar a su trabajo a tiempo. Él es limpiador de un par de edificios que son contiguos. En uno de éstos, se nombró a un nuevo administrador, José, con quien desde un inicio se llevaba muy bien. José lo comprendía porque Antonio era una persona mayor y el cuerpo no le daba para estar subiendo y bajando las escaleras del edificio de cinco pisos, pues, éste, según la reglamentación municipal, debe tener ascensor.

Antonio era encargado de limpiar los pasadizos, echar cera, desinfectar el piso y también observar el sistema eléctrico y de agua para ver su buen funcionamiento y avisar al administrador apenas se presente una avería.

Como todos los días, administrador y limpiador se encontraban cuando el primero llegaba de trabajar.

-Hola Antonio -lo saluda animosamente José.

-Hola jefe.

-¿Qué novedades? ¿Todo bien en el edificio, el agua, la electricidad, los vecinos? ¿Alguien se ha quejado? Me llamaría la atención que nadie lo haga ja ja ja ja.

-¡Todo excelente!

Una vez que ambos conversan, Antonio retorna a sus tareas vespertinas y José se retira a su departamento.

En el segundo piso vive una señora llamada Jacinta con su hijo menor. Ella tiene muy mal carácter y es difícil verla conversando de manera amena con algún vecino. Pero lo sorprendente es que también le encanta dar órdenes a Antonio y a cualquier vecino del edificio, seguramente porque desea demostrar carácter que debió ser el factor desencadenante para que el marido la abandone.

-¡Anto! ¡Anto! – así lo llamaba la vieja malgeniada al limpiador como si fuese un canto de sirena.

-Si señora Jacinta, ¿en que la puedo servir? –le pregunta Antonio de manera educada, pero diciendo internamente «seguro que otra vez me va a mandar a comprar huevadas a la tienda de los cholitos y lo que más me jode es que me llama ¡Anto! ¡Anto! cómo si yo fuese su amigo».

-Ve y cómprame un sobre de shampoo a la tienda de los serranitos porque tengo que lavarme el pelo y peinarme, pues hoy jueves, cómo tú habrás observado, vienen  mis amigas para rezar el rosario.

-Está bien señora, en seguida vuelvo -pensando «a mi qué me importa tu reunión de viejas cucufatas».

Pero Jacinta no era la única fresca, pues,  a Roberto, el vecino del tercer piso, un flaco huesudo con pinta de tísico de tanto fumar y tomar trago, también le gusta dar órdenes a Antonio.

-¡Antonio! – se escucha una voz aguardientosa desde el tercer piso del edificio.

-¡Si señor Roberto!, ¡ahí subo! -pensando «otra vez este flaco tacaño seguro que  me mandará lavar su carro por dentro y por fuera y querrá darme solamente tres mangos sabiendo que se está pagando seis en cualquier lado».

Antonio, sube las escaleras y Roberto le dice.

-¡Lávame el carro bien bacán! ¡Ten las llaves!

-Ok señor Roberto, apenas vuelvo de la tienda lo lavo.

Antonio es un trabajador informal porque trabaja cinco horas diarias en el edificio de José, de dos de la tarde a siete de la noche y se le paga solamente cuatrocientos nuevos soles, sabiendo de antemano que el sueldo mínimo es de seiscientos. Por ahora es imposible que gane esta suma a menos que se incremente la cuota por mantenimiento del edificio a cada vecino.  Ante tal situación se ve obligado a compensar este bajo ingreso  limpiando otro edificio  desde las nueve de la mañana hasta las dos de la tarde.

Un día Antonio se sincera con José y le dice.

-Jefe, necesito un aumento, no me alcanza, usted sabe que el costo de vida se ha incrementado y me urge por lo menos unos cien manguitos más.

-Mira –le dice José– yo estoy de acuerdo con pagarte más pero esta decisión tiene que ser consensuada con todos los vecinos. Además tú sabes que el pago que hacen hoy en día alcanza con las justas para cubrir el agua, electricidad, seguridad y jardines. Déjame hacer las cuentas y de ahí hago la consulta a los vecinos. No te olvides que todos tienen que estar de acuerdo.

Para esto, Antonio se quería congraciar con Jacinta, con quien no se llevaba muy bien a pesar que le hacía bastantes favores y un día, con tal de ganarse unos cobres, le dice.

-Señora Jacinta, ¿no necesita que le limpie su sala y sus baños?

-Sí –responde Jacinta- necesito pero tú sabes cómo está la situación económica en esta casa; la condición es que te pago a fin de mes, cuando mi ex marido me deposite el dinero. ¿Qué días puedes?

-Usted dirá -le contesta pero con un gesto de disconformidad, pues Antonio no calculó esta situación. Y todavía se estaba arriesgando porque todo lo hacía a espaldas del administrador quien lo quería ayudar.

-Necesito dos veces por semana –le dice con tono autoritario Jacinta.

-¿Qué días? –le pregunta con voz tembleque.

-¡Yo necesito los días martes y viernes por la tarde! –le plantea con su típica voz de persona pleitista.

Y fue así que Antonio, aún con la responsabilidad de limpiar el edificio, ganando poco, se compromete a limpiarle la sala y los baños a Jacinta los días martes y viernes, sin que sepa José.

Y como si fuese poco,  Antonio se ofrece a Roberto, para que le lave todas las tardes su automóvil.

-Señor Roberto, ¿le puedo lavar su carro todas las tardes? y así me gano alguito –le pregunta Antonio que ya tenía un poco de confianza con Roberto, dado que éste había sido el anterior administrador y habían trabajado juntos.

-Está bien, pero a fin de mes te pago, pero me haces una rebaja por ser todos los días –le plantea Roberto ni zonzo ni perezoso.

-¡Acepto! –responde Antonio pero pensando «flaco pendejo, cómo te aprovechas que soy misio»

Y así pasaron los días, en que Antonio frecuentaba la casa de Jacinta limpiando la sala y los baños y más tarde, lavaba el carro de Roberto. Pero varios vecinos se copiaron de estos dos, pues muchos de ellos comenzaron a pedirle a Antonio que vaya a las tiendas a comprarle arroz, azúcar, pan y otros víveres, aprovechándose de la situación.

José, inocente de lo que estaba sucediendo, hace la consulta por escrito a cada departamento preguntando si estaban de acuerdo con un aumento de sueldo en cien nuevos soles pero que era necesario incrementar en ocho nuevos soles el pago mensual por mantenimiento del edificio y que la pequeña diferencia lo cubriría con el saldo que se obtiene cada mes. De los doce departamentos, diez votaron a favor y dos en contra.

José, al día siguiente, lo busca a Antonio para darle la mala noticia.

-Antonio, no hubo consenso y por tanto no te podemos aumentar –le dice mirando el piso.

-¡No puede ser! –dice con voz angustiada- ¿Y quienes no quieren?

-¡Ah! ¡Eso no te lo puedo decir!

-Jefe, que mala noticia, yo que me he portado lo mejor que he podido, la gente no me apoya, no sé qué hacer.

Antonio quería saber quiénes son los que no querían, y no le quedó otra que ir de frente al grano. Para esto se acercó con aquellos que les hacía trabajos a hurtadillas de José.

-Señor Roberto, quisiera saber si usted me apoya para el aumento de mi sueldo.

-¡Claro Antonio!, yo he votado a favor en la encuesta que envió hace unos días José.

Y de ahí se fue a buscar a Jacinta y le preguntó.

-Señora, quisiera saber si usted me ha apoyado en la votación para que me suban el sueldo.

-¡Por supuesto Anto!, siempre te apoyo tú sabes.

Antonio no sabía qué hacer y se preguntaba quienes eran aquellos vecinos que no lo querían apoyar pero lo que más angustia le causaba es que podían haber sido Roberto y Jacinta.

Llega fin de mes y Antonio se acerca a Jacinta y le dice.

-Señito, no se olvide de mi encargo.

-¿Qué encargo Anto? –pregunta con voz socarrona.

- El encarguito de la sala y de los baños, pues, ya estamos a  fin de mes.

-¡Ah! Mira, no te voy a poder pagar porque no tengo dinero y con las justas cumplo con la mensualidad del edificio; ya veré como hago. Lo dejamos para después ¡Yo te aviso!

-Ojalá señora, usted sabe que ha habido por lo menos un vecino que no me ha querido apoyar para el aumento de tan solo cien nuevos soles, no entiendo porqué, pero yo sí necesito ese dinero, así que por favor, no se olvide de este encargo. Pero señora, ¿no sabrá por casualidad quien votó en contra?

-¡No!, no sé quien no te ha apoyado y ni me imagino.

Antonio ahora piensa en buscar a Roberto y pedirle que le pague lo que le debe por el lavado de su auto pero también quería indagar para saber quien no había votado a favor. Angustiado sube los tres pisos, agitado como siempre toca el timbre de la casa de Roberto y éste le abre la puerta.

-¡Hola! ¿Qué necesitas?

-Bueno jefe, necesito mi encarguito de las lavadas de autos, usted sabe que estamos a fin de mes.

-¡Estoy sin billete y apenas pago la mensualidad del edificio, así que tienes que esperar un poco! ¡Quedamos así!

Antonio entró en crisis y tenía que decidir si recurrir a José y contarle la verdad de la estafa que había sido sujeto, y sobre todo la sospecha de quienes habían votado en contra. Pero a final de cuentas, dedujo que quienes le habían dado la espalda fueron aquellos sinvergüenzas que lo utilizaron para su beneficio personal, sin pagarle un nuevo sol.

 Así, el limpiador fue con la cabeza gacha, desmoralizado y con sentimiento de culpa de haber pecado de ingenuo a su edad y confiar en la gente y le contó toda la verdad a José, quien lo consoló y le prometió hacer otra convocatoria para que le suban el sueldo.

martes, 11 de octubre de 2011

Dulces criollos

Víctor Mondragón

La muchedumbre era inmensa, Graciela nunca había estado en  una procesión  tan aglomerada; percibía el aroma del sahumerio y el mayoritario hábito morado de los fieles; la joven  y su padre habían caminado dos largas horas acompañando la procesión del Señor de los Milagros, una de las más concurridas del mundo católico.
La adolescente miraba cuanto acontecía a su alrededor, el olor a multitud, los rostros  y sobre todo la fe de los asistentes; en su mente,  aún guardaba  lejanos recuerdos de una niñez dormida, vagamente rememoraba escenas de cuando había tenido cuatro o cinco años de edad.
La inquieta muchacha apreciaba cosas que le eran familiares; sugirió un alto a su padre para contemplar una vendedora de arroz con leche, le llamó la atención  los relucientes dientes de la morena que  parecían iluminar la noche.
La joven pidió a su progenitor que le comprara aquel atrayente dulce,  aquella  familia residía en la península Ibérica y habían viajado por unos días a la ciudad de Lima; un envase descartable le fue entregado conteniendo  arroz con leche muy caliente. Graciela saboreaba las primeras cucharaditas de tan agradable manjar:
-Se parece pero no es igual al que solemos comer  -exclamó la muchacha.
-Es un dulce que frecuentamos con deleite en Perú y España, es una herencia de los hijos de españoles radicados en el Perú, de niña cantabas la canción de arroz con leche, ¿recuerdas? -contestó el padre.
-Claro que sí pero mis amigas  no conocen esa canción y eso que vivimos cerca a Portugal –respondió la niña.
Padre e hija se sentaron a un costado de la vía pública, una vieja banca de rústica madera  servía a la vendedora para atender a sus clientes.
-La canela, el clavo de olor, las pasas y ciertas frutas secas,  fueron traídos por los españoles y se complementaron con ingredientes autóctonos: el maíz morado, el chuño (1) y la piña conformando de este modo la tradicional mazamorra limeña que estoy degustando -dijo el padre mientras consumía tal dulce.
-¿La procesión se llama Señor de los Milagros o Señor de Pachacamilla? -preguntó Graciela.
-Hay una relación  curiosa en el nombre de Pachacamilla, en los primeros años de la colonia, estas calles estaban fuera de las murallas de la ciudad, eran habitadas por aborígenes desplazados desde el santuario de Pachacamac, por eso al barrio se le llamó así –respondió su padre.
-¡Ah!, Pachacamac donde estuvimos ayer –replicó la joven.
-Efectivamente, ayer visitamos el santuario pre-inca  de Pachacamac,  en tiempos remotos,  numerosos pobladores peregrinaban   desde lejanas tierras  hacia Pachacamac, eran atraídos por su acertado oráculo y  su misticismo –añadió el padre.
-¿Por qué los pobladores de Pachacamac se trasladaron? –replicó la joven.
-Como nos explicó el guía ayer, los españoles querían extirpar las idolatrías,  al llegar  a Pachacamac pidieron  ver a tan afamado dios; los sacerdotes del lugar les exigieron ayuno previo, discutieron y no se dejaron entender; solo  mostraron un ídolo de figura humana con los brazos abiertos,  tallado en madera de lúcumo –dijo el progenitor.
Como partimos  del Perú cuando eras niña, conoces poco de la historia peruana; los conquistadores no quisieron indagar más sobre el tema,  ordenaron en el acto quemar vivos a los sacerdotes, al ídolo e infringir severo castigo a los adoradores; de ese modo se perdieron los fundamentos de tan afamada adoración. Los pobladores de Pachacamac fueron obligados a abandonar el lugar;  Lima también  conserva docenas de pirámides   que se construyeron para diversos cultos reflejando el  sentido teológico  de los aborígenes suramericanos  –concluyó el padre.
-Sigo sin entender la relación entre Pachacamac y Jesucristo -inquirió Graciela con tenue pero insaciable voz.
-No te aflijas, para muchos compatriotas no les es fácil establecer esta relación, Pachacamac significa “el hacedor del universo o de todo lo creado”,  un ser  personificado que estaba por encima del sol y la creación,  ni los incas pudieron superar dicha creencia y solo atinaron a construir en un costado sus templos del sol y de la luna; habría sido un dios  pan-andino cuyos orígenes se remontarían desde Caral (2); los  incas lo  asociaban a Viracocha (3) –contestó el padre.
Graciela estaba un tanto confundida, su padre le pidió tener paciencia.
-Las tradiciones que escuché  en mi niñez narran que  los aborígenes desplazados hacia Pachacamilla conservaron secretamente los fundamentos de un dios  hacedor del universo, posteriormente lo  transmitieron a una cofradía de negros esclavos angoleños que solían reunirse en  el mismo barrio;  éstos   también deseaban dirigir su fe hacia un Dios verdadero que desconocían, pero lo intuían y fue así que  un negro esclavo angoleño bajo un desconocido impulso  pintó con temple rústico, en un muro de adobe, una imagen de  la Santísima Trinidad con Jesucristo crucificado; la pared era tosca,   imperfecta y  colindaba con una acequia -narró el padre.  
Para Graciela la explicación iba tomando forma,  de pronto sintió como que la miraban,  ocurrió un alboroto,  la negra vendedora cogió  del brazo a un ladronzuelo que  con ávido sigilo quería sustraerle parte de su  dinero bien ganado; tras un intercambio de gruesas palabras, el ladrón huyó velozmente.
-Déjame continuar mi relato, como recordarás, Lima está situada en una zona telúrica, en noviembre de mil seis cientos cuarentaicinco un fuerte terremoto sacudió la ciudad provocando miles de muertos y la caída de innumerables edificios entre ellos la cofradía de los negros angoleños, pero para sorpresa de todos, la pared con la imagen del crucificado permaneció intacta –dijo el padre.
La conversación se había tornado interesante, los visitantes agradecieron a la vendedora y se dirigieron hacia un costado donde otra vendedora ofrecía sus tradicionales picarones, otro dulce netamente criollo y producto del mestizaje de la cocina ibérica y la peruana.
-Como has podido notar, esta procesión es famosa por sus milagros; por esos años el ciudadano español Antonio de  León imploró con mucha fe a la imagen y fue curado de un tumor maligno en la cabeza; el milagro fue como  el beso de la misericordia de Dios. De ese modo empezó la veneración a dicha pared; pero como  acudía gente de toda índole e intenciones,  las autoridades intervinieron prohibiendo las reuniones y mandaron destruir la imagen –narró el progenitor de Graciela.
En mil seiscientos setenta y uno, un capitán y dos escuadras de soldados cumplirían la orden, inicialmente un  pintor indígena de brocha gorda  quiso cubrir la imagen pero tuvo  temblores y una fuerte  impresión pese a sus repetidos intentos. Un segundo indígena intentó raspar la imagen, pero perdió el dominio de sus brazos, finalmente un soldado real  fue conminado a ejecutar la orden, pero una vez frente a la imagen quedó paralizado al ver la belleza de la obra y contemplar que la corona cambiaba de color –prosiguió  el padre.
Graciela no lograba escapar de su inquietud, poco a poco se  contaminaba de  curiosidad.
-Papá, ¿y de donde sabes tanto de este tema? –inquirió la joven.
-Soy miembro de la Hermandad del Señor de los Milagros y como tal fui instruido en su historia: una vez informado de lo acontecido, el Virrey Conde de Lemos ordenó construir una ermita  y brindar culto a la mencionada imagen;  la humilde pared dejó que sobre ella pasaran los años,  tiempo después, aconteció otro violento terremoto seguido de un fuerte maremoto que arrasó la ciudad  del Callao. Gran parte de  Lima se derrumbó, incluyendo la ermita alrededor de la imagen venerada; para  sorpresa de todos nuevamente la pared permaneció erguida y  la imagen intacta. El español  Sebastián de Antuñano, mayordomo de la imagen,  al contemplar la figura sintió una tibia luz que le iluminaba y una dulce voz que le dijo “Sebastián, ven a hacerme compañía y a cuidar del esplendor de mi culto”. Motivado por tal  experiencia, el hispano contrató la confección de una copia al óleo de la figura que el terremoto perdonó, esa es la imagen  que estamos viendo sobre las andas; la pared original fue refaccionada y la imagen retocada se aprecia en el templo de Las Nazarenas.
Mientras tanto en la procesión, más devotos se sumían en el sueño de la fe y la esperanza  hasta que de súbito una gran masa humana presionó sobre  Graciela y su padre provocando su separación. La joven muchacha mantenía la calma y la seguridad de que aquel percance se superaría pronto, vio  que varios fieles hacían ofrecimientos de sacrificio caminando descalzos o de rodillas; por otra parte apreció que eran numerosos los asistentes en sillas de ruedas, ciegos y tullidos que aceptando las insuficiencias de sus vidas, asistían a implorar el favor divino. 
Graciela era consciente de que gran parte de la sociedad limeña era jerarquizada e incluso racista, sin embargo en la procesión los asistentes sin distingo de color  o de status se unían en una fe común.  
 -Avancen hermanos –era la frase repetida por pobres y pudientes.
De un momento a otro Graciela percibió tras de sí un tumulto,  escuchó alabanzas y gracias a Dios;  un hombre tullido se había levantado de su silla de ruedas y caminaba dando gloria a la misericordia de Dios, muchos murmuraban; pese a su juventud, la muchacha sabía diferenciar lo adjetivo de lo sustancial y su mente se inclinaba hacia la racionalidad.
En aquel tumulto exasperado y aquella búsqueda incierta, Graciela  se  preguntaba si el dios de Pachacamac había sido en verdad un anticipo de Jesucristo, hombre verdadero y Dios verdadero, además continuaba pensando en la ciudad de Lima y sus numerosas pirámides que le parecían mudos testigos de la fe de los antiguos pobladores.  De pronto el tullido, que  caminaba sollozando de felicidad, fijó su mirada en ella, Graciela quedó impresionada,  un par de gotas de cristal se desplazaron por sus mejillas, sin oír algo,  sintió como  una voz que le reprochaba su falta de fe, atinó a levantar la vista y percibió  como que la imagen del Cristo crucificado la  mirase, perdió el dominio de su voz,  sus pies le parecían adheridos  al suelo, absorta, casi no percibía el mundo físico.
Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir, la joven exhaló un hondo suspiro de paz y tras  unos segundos escuchó la voz de su padre que la abrazó.
-He visto la grandeza de Dios -dijo la joven.
Con racionalidad  al principio, cautela después, con fe al fin; Graciela se sintió diferente,  apreciaba más hermosos los colores; más sublimes los sonidos; más agradables los aromas; todo le fue dilucidado en aquellos instantes.
-Pachacamac es el mismo Jesús que no conocieron; pero que imaginaron los antiguos pobladores –dijo Graciela a su padre.
La alegría embargaba a la muchacha  mientras se dirigía hacia una vendedora que ofrecía turrones; para Graciela dicho dulce le fue  muy distinto al que  acostumbraba degustar  pero le parecía tan agradable como aquel y fue así que entre fe y caprichos gastronómicos recordaría por mucho tiempo aquella noche de octubre.


1.     Chuño: patata deshidratada, también fécula de patata.
2.     Caral: Primera ciudad estado de América, a 170 Km. al norte de Lima aproximadamente 3500 años A.C.
3.     Apu Kon Ticci Pachayachachic Viracocha: Hacedor del universo, proviene de culturas anteriores a los Incas

martes, 4 de octubre de 2011

Una noche en el paraíso

                                     Ricardo Ormeño


                           Cuando el cansancio determina acompañarnos, puede ser tan intenso y pegajoso que se apodera de nosotros totalmente y hace lo que le apetece, hasta invita al dolor para que participe como su pareja de baile. Uno juzga que la hora de recostarse ha llegado pero no donde sea, sino en el lugar adecuado, indicado, recomendado, anhelado, soñado, por ello nuestra mente se dirige rauda e instintivamente a la querida cama, al mullido sofá, exótico diván, hamaca o el mueble que sea, cualquiera es la mejor elección para ese querido cuerpo, es entonces que esta sensación se convierte en el más sublime deseo y somos capaces de renunciar a todo, menos a la intimidad que nos ofrece el descanso, queremos que nuestra alma se vaya a dar un paseo. 

                             Jorge se hallaba así, tan agotado que sus piernas le transmitían dolor y una extraña sensación que le hacía suponer que si se reclinaba en cualquier mueble y estiraba sus miembros inferiores, una severa contracción de los músculos de su pantorrilla aparecería de manera brusca e intensa, calambres que para él ya eran casi costumbre después de un severo agotamiento físico. Por fin aborda su habitación, casi moribundo como hacía algunos años atrás, cuando por el alcohol ingerido en las fiestas y discotecas que acostumbraba frecuentar todos los fines de semana arribaba totalmente  fatigado pero en esta oportunidad la causa concreta era la extenuación de tantas horas de trabajo que lo llevaba casi al colapso físico y mental.-No fumaré, creo que si enciendo un cigarrillo, ¡me muero! –pensaba Jorge. 

                              El doctor Frías juzga no retirarse aquella ropa ligera usada en los quirófanos que por su comodidad semejara un pijama muy cómodo.-Creo que mejor me quedo dormido así como estoy, total en cualquier momento me vuelven a llamar –acotó el galeno.              

                              El doctor Frías no se durmió, se desmayó en su lecho sin mucho preámbulo, apenas había podido quitarse aquellos zapatos deportivos que lo mantenían como resorte ante cualquier emergencia y se trasladó a un sueño profundo sin poder importarle nada, sólo se limitó a dejarse llevar por aquella luz blanca que alumbraba su onírica oscuridad como si fuera una linterna que trataba de guiarlo con determinación hacia algún lugar. 

                               Cuando aquella enigmática luminiscencia se hacía más clara e intensa, advierte ruidos muy fuertes producidos por explosiones y disparos, esa noche fresca y húmeda del pequeño pueblo escondido en la selva donde se encontraba Jorge había sido súbitamente invadida por el desconcierto de todos los habitantes, esas detonaciones estremecedoras producidas por armas de guerra no dejaban pensar fríamente a nadie, solo aterraban, haciendo que la población se movilice rápidamente buscando cualquier refugio. Jorge se precipita hacia la parte trasera del centro de salud, ingresa a un oscuro jardín,  luego regresa y entra directo al almacén del establecimiento sanitario llevando algunas cajas y jeringas, volviendo a dirigirse a la terrorífica selva que se encontraba detrás de la institución, se mantenía tan concentrado en lo que hacía que los frescos aromas a naranjos y mangos que tanto adoraba habían pasado a un segundo plano y más bien empezaba a percibir un aire enrarecido por la pólvora. El ir y venir lo tenía loco, hasta que termina por fin lo que para él era importante y sale trotando hacia la casa de la enfermera más cercana. 

                                    Fue cuando las largas lenguas de fuego que eran producidas por aquellas ráfagas de balas se fueron disipando, los intervalos cada vez más largos hacían presagiar que la pequeña comunidad había sido tomada, sitiada y dominada por aquel  desalmado grupo de terroristas. 

                                    El doctor Frías decide retornar vertiginosamente a su centro de salud, desesperado va al lado del camino tropezándose a menudo con el follaje y arbustos tratando de evaluar con prontitud que era más riesgoso, desplazarse por el margen lateral del sendero, que la gente llamaba calle y ser alcanzado por algún proyectil, o huir por aquellos matorrales al lado del camino y convertirse en una potencial víctima de la mordedura  de alguna serpiente venenosa, tan temidas en aquella zona. Su mente tenía una idea fija, llegar al establecimiento de salud que él dirigía. Tomaba y exhalaba aire por la boca lo que hacía que su respiración fuera enérgica y muy sonora, luego de unos interminables minutos de seguir corriendo al margen del camino, decide ingresar bruscamente por el matorral dirigiéndose a la residencia médica que se encontraba en la parte lateral de dicha institución.

-¡Qué diablos no me queda otra no hay tiempo! -pensaba ansioso Jorge- ¡Ayúdame Dios mío qué no se me cruce una serpiente! Empuja bruscamente la puerta de madera hacia la sala de la residencia y se cambia de zapatos deportivos, los que llevaba puestos se encontraban húmedos y totalmente enlodados. Inmediatamente después se marcha a grandes trancos por aquel largo pasillo lleno de puertas igualmente de madera pintadas de color gris claro que comunicaban a los consultorios, tópicos de curaciones, hospitalización, administración y en la penumbra de aquel lúgubre lugar logra acercar una silla a la puerta y al subirse en ella arranca el letrero que dice almacén y en su reemplazo coloca uno que anuncia farmacia, dejando a la verdadera botica sin rótulo alguno. No sintiéndose agotado y mucho menos pensando en detenerse, sigue en su veloz carrera contra el tiempo hacia su consultorio donde localiza con facilidad un mandil blanco que se coloca rápidamente.
-¡Así no me harán nada…soy médico!... ¡Tranquilo Jorge tranquilo! –pensaba el doctor Frías tratando de aquietarse. 

                                  Su corazón latía al máximo y ya transpirando profusamente sale del nosocomio y se sienta en uno de los escalones de la puerta principal, inclina su cabeza sobre sus piernas que flexionadas presionan su abdomen y es donde siente que la cordura decide dejarlo..
- ¿Por qué?... ¿Por qué?... ¿Qué estoy haciendo? Soy médico, mi juramento… mis principios  ¿Por qué tuve que venir a trabajar aquí? –se cuestionaba el atormentado doctor Frías. 

                                   Sus lamentos se detienen bruscamente al sentir pasos muy intensos, rápidos y determinantes  que le hacen suponer a Jorge que se tratan de botines de guerra. Efectivamente un grupo de diez personas fuertemente armadas se dirigían hacia él en particular. Llevaban puestas aquellas características gorras rojas.
-¡Doctor rápido llévenos a la farmacia! –ordenaron al doctor Frías que aún no salía de su asombro.
-¡Sí!... ¡Sí! Claro ¿Qué necesitan? -preguntó Jorge con mucho temor.
-¡Todo!... ¡Necesitamos todo! ¿Entiende?... ¡No hay tiempo!... ¡Vamos doctorcito, muévase! –ordenó el revolucionario.         

                                    Se dirigieron hacia la farmacia, disponiéndose a transportar las cajas de medicamentos, alcoholes, gasas, jeringas, en fin todo lo que pudieran llevar apresuradamente, incluso el doctor Frías fue invitado enérgicamente a ayudarlos en el desplazamiento de dichas cajas hacia una camioneta rural que aguardaba afuera y que había sido tomada a la fuerza minutos antes. Salieron velozmente dejando nuevamente al doctor sentado en los primeros escalones de la puerta principal, cuando de pronto un grupo de jóvenes empiezan a llegar con algunos heridos de aquel tiroteo, el galeno empezó su trabajo con prontitud, hacía las veces no sólo de médico sino de enfermera al no contar con ninguna en ese momento.
-¿Dónde estarán estas muchachas?, ¡seguro que protegiendo a sus esposos cuando ellos son los que deben defendernos!... ¡Para eso se casan con los lugareños!... ¡Pierden la objetividad! –refunfuñaba el doctor consigo mismo.

                                        Sus reclamos felizmente son escuchados tal vez como plegarias y tres enfermeras se hacen presentes, volviendo más efectivo el trabajo; sueros por todos lados, mantas con sangre, frascos abiertos casi formando una alfombra. Jorge Frías camina de un lado a otro pateando cajas y frascos, hasta que una de las licenciadas de la salud le solicita que acuda raudamente hacia el otro ambiente, ingresa corriendo y encuentra a un paciente sostenido por dos amigos que le dan su nombre, Marco Tafur de apenas veintisiete años de juventud y cinco años como rondero protegiendo su terruño junto con su padre y hermanos, Jorge lo conocía muy bien, siempre lo veía pasar con su moto azul, sobre todo los domingos trasladando siempre a la misma simpática adolescente detrás de él, pero ése no era Marco, para el doctor Frías no era nadie conocido, su rostro totalmente deformado lo hacía realmente irreconocible. Pobre Marco por tratar de alertar a la población  de aquel ataque terrorista, se había estrellado con una gran roca al lado del camino, sus dos kilómetros de recorrido habían terminado allí y ahora lo tenía frente a él intentando colocarle un poco de anestésico local en aquella gran herida en el dorso de la nariz la cual prácticamente ya no existía. De pronto Jorge se asusta al ver que el anestésico infiltrado en los bordes de la herida termina fluyendo por el paladar, cayendo cual manantial, no hay mucho que decir, el desdichado Marco Tafur, se encontraba  grave, era irreconocible y no podía hablar. Jorge da la indicación de sacarlo del pueblo hacia la ciudad más cercana.
-¿Qué hospital doctorcito si los terrucos están camino a la ciudad? -preguntaba uno de los amigos de Marco.
-¡En fin cubriré las heridas y le haré un procedimiento de emergencia! -informó el médico con cierta agitación.
-¡Señora Luisa!... ¡Usted que tiene más experiencia, ayúdeme a realizar una traqueotomía ahora mismo o se nos muere Marco! -ordenó Jorge. 

                                           Frías se encuentra ahora frente al paciente con el bisturí en la mano y trata de recordar los procedimientos para realizar dicha traqueotomía, nunca la había hecho y sentía que iba literalmente a degollarlo. La enfermera se percata de su titubeo sin embargo trata de no expresar nada que no sea de utilidad, Jorge se siente ahora seguro y procede, dejando a Marco Tafur con un tubo en el cuello que le devolvió la respiración y así pudieron controlar mejor el sangrado y curar esas grandes e impresionantes heridas hasta que pudiera ser derivado a un hospital, sea el que sea. 

                                            Una semana después, Marco Tafur sentía alguna mejoría pero siempre esperando y rogando a Dios que el camino hacia el hospital se encuentre libre de guerrilleros. El doctor Frías se halla en su consultorio, cuando de pronto ingresa Luisa la enfermera corriendo con la noticia que apenas a unos cuarenta kilómetros de allí un pelotón del ejército había logrado capturar a los saboteadores que habían atacado el pueblo siete días antes, la balacera no había sido intensa a pesar de las circunstancias, la mayoría se entregaron sin ofrecer mucha resistencia, llamaba la atención que se encontraran aturdidos por sus fallecidos casi de manera fulminante, parecía como si una infección diabólica hubiese arrasado con todos los heridos, hasta un pequeño rasguño se había convertido en una herida profunda y mortal comentó alguno de ellos. ¿Qué hiciste Jorge con esas medicinas de la farmacia? ¿Qué le inyectaste a los frascos?

                                               Quince días después un regimiento militar arriba al pueblo para efectos de protección, al menos temporalmente. Jorge se encuentra en su habitación cuando de pronto, oye algunas pisadas enérgicas e intensas de botines de guerra  que se detienen bruscamente frente a su puerta - ¡Doctor Frías! … ¡Debe acompañarnos al cuartel! –anuncia una gruesa voz.

                                                 Jorge se mueve en su cama, siente que la luz que aclaraba sus sueños, se desvanece, se hace más tenue hasta que aquella enérgica voz es reemplazada por otra  muy conocida para él.
-¡Doctor Frías!... ¡Acercarse a emergencia! -ordenaba aquella siempre sensual pero fantasmal voz de la enigmática dama de la Clínica Santa Felicia donde laboraba Jorge Frías.