jueves, 19 de septiembre de 2013

Ana y la organización

Sonia Manrique Collado


Conocí a Ana el segundo o tercer día que visité la organización. Ese tiempo no sabía yo el tipo de asociación que era: sólo quería servir a Dios. Ese día domingo todos estaban mirando un partido de fútbol entre Perú y Argentina, las calles lucían vacías pero era irrelevante para mí. Mientras caminaba hacia abajo por un lado de la fábrica Lanificio yo sólo pensaba en la felicidad que tenía cerca, muy cerca de mí.

Las primeras veces que fui a las reuniones las vi un poco aburridas. Sentía una especie de tensión en el ambiente, los asistentes mostraban una rigidez extraña. Pero pensé que era una impresión mía porque recién me estaba integrando al grupo. Únicamente personas selectas iban ahí, sólo las elegidas. El salón de reunión estaba localizado un poco lejos de donde yo vivía, muchas cuadras después del cementerio general. Era necesario tomar un bus y después, caminar un poco. Pero lo hacía con alegría, de ello dependía mi vida.

El día que conocí a Ana ella había ido con sus hermanos y una tía que venía de visita de los Estados Unidos. La sesión se llevó a cabo normalmente, era un estudio del artículo de la revista sagrada. El Hermano Mayor leía los párrafos y luego hacía preguntas. Ana levantaba la mano a cada momento para participar. Cuando terminó la reunión salimos a esperar el carro y ahí hablamos por primera vez. Ella estaba muy feliz, al igual que yo, por ser parte de la gran organización. Bueno, no éramos parte aún, primero era necesario pasar por un período de estudio y evaluación.

─Dios nos ha guiado hasta aquí –me dijo Ana esa vez.

─Claro que sí, yo quería venir hace tiempo –le dije yo- pero en mi casa no me dejaban.

Me preguntó si estudiaba en la universidad y le dije que sí. Ella también estaba estudiando para ser profesora, ya iba por el segundo año. Yo recién había ingresado y pasaba por un momento duro porque descubrí que los estudios eran mucho más difíciles que en el colegio. Por eso me aferré a la organización y creí todo lo que me dijeron. Después de todo, ¿para qué seguir estudiando si el mundo estaba a punto de acabarse? Ahora que lo pienso bien, quizás sólo quise huir de esa dificultad que estaba atravesando.

Básicamente lo que nos enseñaron era que el mundo estaba próximo a enfrentar una guerra mundial de grandes proporciones y que nos correspondía a nosotros avisar a todos para que se salvaran. Esta guerra la llevaría a cabo Dios, de hecho el combate ya había empezado muchos años atrás de manera invisible, pero pocos lo sabían: sólo tres millones en el planeta. Era un gran privilegio estar en ese grupo.

Algo de lo que aún no nos habíamos enterado cuando nos conocimos era que después la organización exigiría el abandono de los estudios universitarios a fin de dedicarnos por completo a ella. Era una obra urgente, nos dijeron. Y en la universidad nos enseñarían cosas contrarias a la voluntad de Dios. Eso lo aprendimos con el tiempo, la enseñanza era progresiva y en cada sesión venían cosas nuevas. Pero la situación era clara: el mundo estaba a punto de acabar y era necesario que tomáramos la decisión de elegir a Dios. Él dirigía la organización, no unirnos a ella significaba elegir al diablo. Así lo comprendimos todos los miembros, aunque notaba cierta apatía en los más antiguos.

Ana progresó en la organización un poco más rápido que yo. Es que ella estaba en ventaja: su tía ya era parte y su familia no se oponía. En mi caso era distinto: nadie más en la familia quería unirse, es más, me habían dicho que era un grupo de locos que sólo me harían perder el tiempo. Para poder asistir a las reuniones muchas veces tuve que mentir o hacer unos grandes escándalos de llantos y gritos. Finalmente después de dos años logré mi propósito y fui oficialmente admitida. Ana lo había logrado meses atrás, la ceremonia se llevó a cabo en un colegio del centro que tenía piscina. La piscina tenía gran importancia porque era en el agua donde se hacía el juramento.

Ese día muy muy importante para las ocho personas que fuimos aceptadas. Tuve mucho miedo porque no sabía nadar y meter la cabeza en el agua me aterrorizaba,  pero el Hermano Mayor me sostuvo bien y el mal rato pasó pronto. Había mucha gente ese día en el colegio Juana Cervantes, el que está al lado del río Chili. Ana se acercó a mí y me felicitó con mucha emoción. Me dijo que a partir de ese momento éramos hermanas, yo me sentí muy feliz. Ese día había sido horrible en mi casa, tuve que salir prácticamente huyendo. Al regresar en la noche comuniqué que ya era parte de la organización y que todo estaba dicho: había triunfado y no moriría en la guerra final.

Después que me admitieron oficialmente sentí que todo había cambiado y hasta ahora no sé qué fue. Solamente noté que la alegría y el entusiasmo empezaron a esfumarse. Los directores del grupo local ya no me hablaban con cariño pero exigían resultados. Me dediqué con fuerza a hacer la obra, iba todos los días muy temprano para salir al servicio sagrado. Este servicio consistía en tocar las puertas de las casas y avisar a las personas sobre la guerra final. Para ayudarlos llevábamos unas revistas que costaban muy poco. Muchas veces las personas que abrían la puerta nos gritaban y decían que éramos unos ociosos, vagos y que no regresáramos más. Me acostumbré a ese trato, la hermana Susana me dijo que esas personas serían las primeras que morirían en la guerra.

Ana abandonó la universidad ese mismo año para dedicarse al servicio sagrado. Yo seguí un año más pero al final también la dejé para dedicarme solamente a trabajar y predicar. En mi casa ello provocó muchos problemas  y hasta ahora recuerdo a mi mamá llorando. No me gusta recordar mucho esos momentos porque siento algo así como remordimiento. Pero pienso que mi mamá tuvo mucho de culpa en la locura que yo sentía por la organización. Fue ella quien los había contactado primero y compraba sus revistas, las dejaba sobre la mesa y yo las leía.

A veces en el servicio sagrado nos tocaba a Ana y a mí ir juntas a tocar las puertas. Eso me gustaba porque nos poníamos a conversar y nos llevábamos bien. Un día me contó que si fuera posible dejaría la organización porque no era lo que ella esperaba. En secreto yo también le conté lo mismo.  Lo que más dolía era que antes de bautizarnos nadie nos había informado que desde ese momento ya no existiría más la libertad de pensamiento.  O tal vez lo hicieron y no quisimos verlo. El asunto es que no podíamos estar en desacuerdo con la organización en ningún punto; nuestras vidas, palabras y gustos eran controlados minuciosamente. Expresar un punto de vista diferente era castigado con la censura primero, con la expulsión después. Eso puso una carga muy fuerte en nuestros hombros y en el caso de Ana, poco a poco vi como perdía su alegría.

─Últimamente siento un aburrimiento que no te imaginas –me confesó Ana una vez.

─Yo también, pero supongo que son obstáculos que nos pone el diablo –respondí, tratando de aparentar optimismo.

Me cansé pronto del servicio sagrado, de ir a reuniones cuatro veces a la semana, de escuchar el mismo discurso siempre. Las reuniones se llevaban a cabo en una casita aparentemente normal. Recuerdo que estaba localizada a una cuadra de la avenida Estados Unidos, el salón era pequeño y sencillo, suficiente para las cuarenta personas que asistíamos en ese distrito. No había ningún tipo de decoración en las paredes, es que a Dios no le agradaba la ostentación. Estaban las sillas para los asistentes y el atril para el Hermano Mayor, nada más.

Lo más difícil para mí era vender las revistas, nunca he sido buena para las ventas. Y en un año sólo pude convencer  a dos personas para que asistieran a las reuniones. El Hermano Mayor me dijo que mi producción era muy pobre. Yo hacía todo lo posible por cumplir la meta, cada mes teníamos que llenar unos informes con el número de horas dedicadas al servicio sagrado, número de publicaciones vendidas, etc. Me esforcé en predicar el mensaje en todo lugar, incluso descuidando mi trabajo. Eso me valió una llamada de atención de parte de mi jefe y faltó poco para que me despidieran.

Para hacer corta una historia interminable diré que han pasado casi veinticinco años desde que dejé la organización. Bueno, en realidad no la dejé sino que me expulsaron por faltas graves. La falta consistió en enamorarme de un miembro de la organización rival, lo cual estaba terminantemente prohibido. Fue un proceso doloroso y pesado. Tuve que comparecer ante varios jueces que me explicaron claramente las consecuencias de mi comportamiento. Las sesiones de juicio se llevaron a cabo en el mismo salón de reuniones, sólo ellos y yo. Eso sucedió exactamente dos años después de mi admisión oficial, pero debo decir con sinceridad que para esa época yo ya sentía un aburrimiento infinito y dejé de creer en la guerra que se aproximaba. Incluso pensé en volver a mis estudios en la universidad y las relaciones con mi familia habían mejorado.

La última vez que hablé con Ana fue un jueves. La reunión había terminado y ella se acercó cuando me dirigía a la puerta. Le conté rápidamente lo que había sucedido, ambas estábamos muy tristes porque sabíamos que no nos veríamos más. Se despidió de mí con una sonrisa nublada y me dijo que esperaba pronto mi regreso. Por un momento pensé en sugerirle que ella también dejara la organización pero no lo hice. Además, en su caso era mucho más complicado ya que varias personas de su familia formaban parte.

─Espero verte pronto, hermana –me dijo mientras se le humedecían  los ojos.

─Estoy segura que será dentro de poco –le dije y traté de sonreír.

─Por favor, usted está expulsada –interrumpió uno de los directores-, ya no puede hablar con los hermanos.

El Hermano Mayor me había comunicado la decisión un día antes. Me dijo que a partir de ese momento ya no era parte de la organización y que estaba prohibido que me acerque a cualquier miembro, ellos tampoco podrían acercarse a mí ni mirarme. Eso yo lo sabía desde mucho tiempo atrás: la expulsión de la organización significaba que para los demás miembros uno moría en vida pues estaba prohibido volver a tener contacto con un expulsado. Era una de las reglas más importantes y mientras fui parte yo también la obedecí, era para mí natural dejar de hablar con alguien que dejaba la organización, estaba claro que si se iba era porque estaba abandonando a Dios.



Hace tres años vi a Ana de nuevo. Me sorprendió saber que vive aquí cerca, en la residencial de al lado. La vi en una combi mientras iba al centro. Sentí su mirada triste y pude notar que aún me tenía afecto, han pasado muchos años pero el cariño se siente. Es una lástima que esté prohibido acercarme a ella. De las otras personas no me interesa mucho pero Ana era una amiga especial. Supe que nunca se casó y que sigue viviendo con sus papás. A veces me pregunto qué pensará ahora de lo que aprendimos esa vez. Nos habían dicho que la guerra final estallaría en cualquier momento pero han pasado veinticinco años y que yo sepa el mundo aún no ha terminado.

Supe que en diferentes partes del mundo se han formado varios grupos disidentes. Es que muchas personas fueron expulsadas, al igual que yo. A causa de la política de la organización, ellos quedaron prohibidos de hablar con sus antiguos amigos o familiares. Eso les ha llevado a efectuar un trabajo de resistencia, una vez me invitaron a formar parte pero la verdad es que no tengo energías para cosas de ese tipo. Eso sí, cuando tengo oportunidad siempre hablo a las personas que conozco sobre mi experiencia (así como lo he hecho aquí), así estarán advertidas y no se unirán a ese tipo de grupos que anulan la libertad de pensamiento.

Quién sabe, quizás en estos años las enseñanzas de la organización han cambiado y ya no hablan de la guerra final. Pero sigo viendo a sus miembros tocando las puertas de las casas. No sé, casi no me interesa la organización en esta etapa de mi vida. Por un tiempo estuve con mucho resentimiento por la forma en que me trataron los jueces, ahora ya lo olvidé. A veces veo a alguien conocido haciendo el servicio sagrado, si me reconoce me envía una mirada fulminante y voltea la cara. No me importa mucho, la verdad. Pero a mi amiga Ana sí la recuerdo y aún tengo la esperanza de volver a conversar con ella algún día, quizás ir al cine o a un café. El tiempo dirá.

3 comentarios:

  1. Me gustó mucho, sería interesante saber que pasó con Ana...

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    1. Gracias.Lo más probable es que se quede en la organización hasta el final.

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