viernes, 4 de noviembre de 2011

Virtud y pecado

Nora Llanos


Con el tiempo justo, salió Malena rumbo al colegio; era un día especial porque iniciaba el primero de secundaria; el uniforme nuevecito la hacía sentir importante… ya no era una chiquita de primaria... ¡era una chica de secundaria!   Había oído mucho acerca del  “colegio de las monjas” y sentía enorme curiosidad por conocerlas. Estas, a diferencia de las de su pequeño Jardín de infancia, llevaban hábitos oscuros, sobre blancas tocas y pecheras almidonadas y no sonreían mucho.   Recorrió las pocas y estrechas calles con cierta impaciencia, sintiendo en  su espalda el sol, por ahora tibio pero que ya amenazaba con volverse sofocante. 
El portón del colegio se levantaba imponente, abierto de par en par, dejando ver un pequeño recibo empedrado, bañado de sol y a continuación, los primeros escalones de piedra, descendentes,  que llevaban al interior del antiguo monasterio, remozado y habilitado para servir de colegio y del que se conservaba, en gran parte, la estructura original, con espaciosas aulas de techos altísimos, bien iluminadas y muy ventiladas, que se mantenían  impecablemente limpias y ordenadas. 
Malena se detuvo un instante al tope de la gradería y respiró profundo -dicen que este colegio es  muy viejo, que aquí ocurrieron muchas cosas malas y que hay almas en pena -recordó. 
En el enorme patio central bordeado de grandes arcos de piedra  ya se encontraban muchas niñas, perfectamente uniformadas, limpísimas y un poco alborotadas… un agradable rumor de risas y voces juveniles,  llenaba el ambiente. El patio aún se mantenía fresco debido a que el sol no lo alcanzaba a esta temprana hora de la mañana… instantes después, apareció una monja bajita y regordeta, con enormes lentes de gruesas lunas y tocó la campana; de inmediato se produjo un revuelo y las niñas empezaron a alinearse ordenadamente, “las grandes” de quinto y cuarto, las de tercero, las de segundo y finalmente  “las nuevas” de primero, que trataban de organizarse sin saber muy bien como.
-Sssshhhhh, silencio que viene la directora -dijo con vocecita suave la monjita regordeta de mirada maternal y se hizo un total silencio.   Alta, de contextura gruesa, impecablemente vestida en su hábito obscuro, calzada con unos suaves zapatos negros,   la superiora apareció por el arco más cercano a la fila de “las nuevas”  y con caminar pausado, se encaminó hacia al extremo del patio rectangular, en donde se veía una gradería que usaban como tribuna para los espectáculos deportivos y otras actividades y desde la cual se dirigiría a las alumnas para darles la bienvenida.   La cabeza erguida, casi con altivez, las manos blancas, otrora tersas, portando una magnífica alianza de oro, símbolo de su unión a Cristo,  semejaba mas una reina con invisible corona, desplazándose entre sus súbditos, que una sierva de Dios.  Se detuvo un instante delante de “las nuevas” y las observó con fijeza… la mirada azul,  fría y despectiva recorrió a cada una y por un breve instante se detuvo en Malena y una ligera mueca, que parecía una sonrisa, se dibujó en su rostro maduro. – ¡Qué suerte, parece que le caí bien¡ -pensó Malena, mientras la  veía avanzar  en medio de un absoluto silencio. 
-En este colegio  -decía la madre  -se forma a las alumnas con esmero, inculcándoles no solo principios y valores religiosos, sino también civiles y éticos.  Las alumnas provienen de diferentes estratos económico-culturales, pero a todas se les educa por igual… “ricas o pobres, pero honradas”… el aseo, el orden y la disciplina son fundamentales… ustedes deben ser “señoritas” en todo el sentido de la palabra... dentro y fuera del colegio… sencillas, pudorosas, de caminar pausado y delicado y de  conducta intachable- 
En las siguientes semanas, Malena fue conociendo a cada una de las monjas y a aquellas “casi monjas” que eran llamadas ”hermanitas”, encargadas principalmente de realizar las innumerables tareas domésticas; indignas aún de llevar los hábitos oscuros,  vestidas con unos muy sencillos de color claro, protegidos por una especie de delantal blanco;  eran ellas las que tenían contacto con el mundo externo para hacer las compras y las gestiones documentarias obligadas del colegio…   todas despertaban la curiosidad de Malena que no podía apartar sus ojos cuando las tenía cerca… ya conocía sus nombres y  sin quererlo, empezaba a construir pequeñas historias de cada una de ellas…  
… la hermosa madre Delfina, profesora de literatura, no tendría más de 26 años y a quien, según se decía, no dejaban salir a la calle porque los muchachos le lanzaban piropos; ella  siempre hablaba de Dios y de los santos con una voz melodiosa, suave y educada,  pero lo cierto es que no encajaba en ese ambiente…  parecía estar sumida en un mundo inalcanzable; “las grandes” la observaban con envidia, admirando las facciones finas, perfectas,  la piel de porcelana, tersa, impecablemente limpia, la figura esbelta que no  podía disimular bajo el hábito sin forma… se diría que caminaba con cierta coquetería…  -¡vade retro…  malos pensamientos!- y sus hermosos ojos negros, de pestañas tupidas, no podían ocultar un leve toque sensual en la mirada esquiva.   – ¿Tendrá piernas bonitas? –se preguntaban las “grandes”, tratando de ver bajo el borde del hábito que le llegaba hasta los tobillos cubiertos con impecables medias blancas… -parece una Virgen –decían las tontas “nuevas”…. –¡virgen!.. ja! –se burlaban las grandes.
La que se ganó su afecto desde el primer día, fue la hermanita Paulina, encargada de la formación y de tocar la campana, dulce y tierna como un osito de peluche, incapaz de castigar a nadie y siempre lista para hacerse de la vista gorda, cómplice de olvidos y tareas no cumplidas, abogada incondicional de quien fuera que estuviera en falta…  -tal vez entró al convento muy joven porque realmente amaba a Dios- pensaba Malena… y la hermanita Evangelina, menudita, pálida, jovencísima, aún con rastros del acné que seguramente sufrió en sus no lejanos años de adolescente, tímida como un ratoncito blanco, se deslizaba silenciosa por los pasillos como un pequeño fantasma, tratando de pasar desapercibida, inspirando lástima y un deseo de protección que chicas y grandes compartían…  -¿habría sentido que no era suficientemente bonita para ir por el mundo y por eso decidió ingresar al monasterio? 
Se decían muchas cosas de la superiora… que si era española, nacida en el Perú… que si fue regente de una cárcel de mujeres… que sus padres la enclaustraron por rebelde… que odiaba a las mujeres… que detestaba a las ”razas inferiores”… y que era mala… muy mala.  Estos rumores eran más que suficientes para que las “nuevas” temblaran al verla aparecer… las grandes, en cambio, la miraban con rencor disimulado… más de una había ya probado el amargo sabor de su autoridad y disciplina.
… y la madre Flora, profesora de educación cívica, madura, delgada, de facciones irregulares y tez morena, ojos oscuros, un poco abultados, de mirar inteligente y voz de trueno,  recorría a grandes trancazos los corredores y mantenía a raya a las alumnas, que pronto descubrían tras esa imagen de rigor y disciplina, un corazón blando que se ganaba el respeto y el afecto de todas, especialmente de “las nuevas”  –yo creo que se quedó solterona y por eso decidió entrar al convento –pensaba Malena.  Tardó más que las otras alumnas en tomarle afecto y ella tardó mucho más en tomarle afecto a Malena  - no me quiere –pensaba Malena –nunca me sonríe… a las otras sí  -pero la directora no la quiere, siempre le da órdenes con voz enojada  -se consolaba  en voz alta, con cierta satisfacción.
Pronto empezarían “las nuevas” a sentir la mano dura de la otrora regente, primero a través de “las reglas del colegio”, que les repetían una y otra vez como una eterna letanía… -la falda del uniforme debe quedar diez centímetros por debajo de la rodilla,  uñas recortadas;  en el colegio no está permitido ningún tipo de maquillaje ni de joyas,  deben llevar cabellos cortos o sujetos con cinta de color blanco o azul  y portar siempre un pañuelo blanco y peine en el bolsillo del guardapolvo.  No está  permitido tomar alimentos en el aula ni el uso de jerga ni de sobrenombres... la voz, risa  y juegos deben ser siempre moderados.
Eran tan exigentes las normas, que ni fuera del colegio se salvaban las alumnas…  con la venia de los padres, las monjas ingresaban a la matiné del domingo del cine público, provistas de linternas, para atrapar a las parejitas que allí se refugiaban y si encontraban alguna niña del colegio en alguna romántica situación, la sacaban sin miramiento alguno, en medio de los chiflidos, risas, aplausos y chacota del joven público presente…  muy pocas se atrevían a correr semejante riesgo.
Cualquier intento de incumplir las disposiciones internas, era severamente sancionado con  el castigo de “la vergüenza pública”, cuya ejecución estaba a cargo de la madre mayor, en presencia de todo el alumnado, convirtiendo el patio central en el “paredón de las torturas”, en la última grada,  hasta donde se iban acercando una a una “las castigadas” para recibir la sanción que les tocaba.
 Sonia, de cuarto, la morenita de cara bonita, que ya tenía enamorado,  asistió ese día al colegio  con las pestañas rizadas y rubor en las mejillas… ahí estaba, en la fila de las castigadas… daba lástima verla encogidita y asustada esperando su turno y luego,  acercarse a la zona de castigo,  subir las gradas lentamente hasta quedar delante de la directora, con la cabeza gacha, las manos enlazadas en la espalda, tratando de tanto en tanto de frotarse las mejillas para borrar el rubor… aterrada ante la incertidumbre de cuál sería el castigo.  De pronto  apareció la hermanita Evangelina, asustada como si ella  fuera la castigada, portando un lavador y una pastilla de jabón… 
-Las niñas no se rizan las pestañas –decía la madre, en tanto le lavaba la cara con rudeza… -tampoco se pintan la cara –continuaba con voz amenazadora y mal disimulada sonrisa mientras le restregaba las mejillas poniéndoselas aún más coloradas  y luego, le levantaba el rostro como un trofeo para que todas la vieran…  gruesos lagrimones caían por la cara bonita de Sonia y en sus ojos brillaba una rabia intensa… -¡qué vergüenza!  -decían las “grandes”... las nuevas ni chistaban.
-¡Rosa Castro!… llamaba la voz amenazadora por segunda vez. Rosa estaba petrificada en la fila de las castigadas, la Tutora se acerca decidida y le pone la mano en el hombro... –Anda Rosa, será peor si no vas –dice con voz baja pero firme,  mirándola a los ojos con tristeza.
  –En este colegio solo estudian “señoritas” - ¡esta no es una señorita!... las señoritas no van por las calles mostrando las rodillas… – retumba la voz de la monja mayor, en tanto levanta el borde de la falda del uniforme de Rosa y de un solo tirón le descose el dobladillo, que cae diez centímetros más abajo, irregular y deshilachado… -este dobladillo lo arreglaste tú –adivina furibunda. Rosa no llora, pero tiembla de vergüenza y de rabia, pensando como saldrá a la calle con el dobladillo descolgado.  Las “grandes” clavan sus miradas en la monja… las “nuevas” permanecen en silencio, cabizbajas, algunas al borde del llanto.   
Malena no sabía exactamente porque, pero lo cierto es que la madre Luisa María parecía mirarla con cierta simpatía, cosa que fue rápidamente observada por “las grandes”…
-Ahí está la blanquita - decía alguna en tono de sorna… -la engreída de la madrecita,  mira, ¡son igualitas!- 
A Malena no le disgustaba la directora, pero  su cercanía le producía ansiedad y debía reconocer que también le producía un sentimiento parecido a la admiración… tan recta, tan exigente y autoritaria… así debía ser, claro que a veces era muy dura, pero tal vez quería que el colegio destacara por su disciplina y buena formación. No se podía ignorar que las alumnas causaban muy buena impresión en los desfiles y actos públicos y eso gustaba a los padres y autoridades.   Malena se sentía orgullosa del prestigio que gozaba el colegio y  procuraba cumplir con todas las reglas…  esperaba nunca tener que estar en la fila de las castigadas.
-Malena,  a la dirección –le ordena la tutora de Aula.
-¿Porqué, qué hice señorita?  -pregunta Malena sin poder evitar un escalofrío.
-No sé Malena –apúrate,  pasa por el baño, arréglate el cabello, alisa la falda y limpia los zapatos… toca suavemente la puerta  y pide permiso para entrar… manos atrás.   Malena sigue al pie de la letra las instrucciones y en pocos minutos está ya en la puerta de la Dirección, esperando la orden para ingresar.
-Pasen –dice la voz que todas temen… y Malena ingresa a la oficina principal,  amplia, limpísima, ordenada,  con un suave  y agradable olor a madera, libros y jabón.
-Permiso madre, me envía la tutora –dice Malena conteniendo el aliento.
-Malena, necesito hablar con tus padres.  El próximo mes nuestro colegio deberá ser representado en la convención de colegios católicos, en Lima.  Asistirán dos religiosas y tres alumnas. Tú has sido elegida para representarnos. Irás con otras dos, una de quinto y otra de tercero, además de la madre Delfina y yo misma.  Es muy importante que nuestro colegio esté bien representado.  Los espero mañana mismo.
La mamá de Malena, lee con atención la esquela y dice,  -después de todo lo que me has contado, a mí no me gusta esa monja, -¿tú quieres ir?  -Malena sacude la cabeza en franca negación, a pesar de que el viaje a Lima le hacía ilusión, pero es más fuerte su temor a estar cerca de la directora y cometer algún error.   A partir de aquel momento en que Malena no aceptó el  viaje, algo cambió en su relación con la madre… dejó de mirarla con simpatía y nunca más le dedicó una de sus raras sonrisas.   Malena  se daba cuenta ahora era una más en el montón…  
No podía creer lo que acababa de suceder… ¡estaba castigada!  Cecilia y Esther, sus mejores amigas,  la convencieron de ingresar a hurtadillas por el enorme hueco que descubrieron en el jardín a los pocos días de haber empezado las clases.
-Es la entrada al subterráneo –decía Esther con voz emocionada. –Está prohibido entrar…. ¿vamos?-
-Dicen que ahí vivían los monjes y que cuando excavaron, encontraron esqueletos de mujeres y de niños –agregaba Cecilia... -pero eso fue hace como ocho mil años… -sí, vamos, pero para que nadie nos vea en el próximo recreo salimos rápido del salón y entramos de una en una-
Malena, la última en llegar, descendió por la escalera de piedra hasta que sintió que pisaba el suelo cubierto de tierra… qué oscuro estaba, era exactamente como estar en un túnel… solo se distinguía, unos ciento cincuenta metros adelante,  un circulo de  luz que marcaba la salida al otro extremo del lugar por el cual ingresaron… por unos momentos quedaron las tres cogidas de las manos, en total silencio, pero poco a poco se fueron acostumbrando a la penumbra y empezaron a distinguir detalles del pasadizo subterráneo… las paredes terrosas… el techo abovedado… el intenso olor a humedad era casi asfixiante.  A lo largo del pasillo se distinguían los umbrales de habitaciones pequeñas que seguramente se usaron como dormitorios para los monjes…  -qué miedo –pensaba Malena… acá deben haber fantasmas y almas en pena… y ¿si nos agarran y no podemos salir nunca?…mejor nos vamos-
… pero ya era tarde… la curiosidad era más fuerte que el temor y decidieron caminar hasta “la luz”. Avanzaban por el centro, despacito, mirando a cada lado, tomando más y más confianza a cada paso y pronto se sintieron contentas y empezaron a reír y a imaginarse historias, en tanto aceleraban el paso …  finalmente estaban allí, a unos pocos metros  y  abriendo los brazos como aves a punto de volar,  cruzaron de la penumbra al brillante resplandor del sol… para encontrarse cara a cara con la madre Delfina… el extremo del túnel daba a un gran patio interior, por donde transitaban las monjas.
De nada valieron los ruegos y promesas… Delfina, temerosa de no reportar la indisciplina y ser cogida en falta,  las llevó a la Dirección.  La mirada fija, fría y enojada de la madre Luisa parecía centrarse especialmente en Malena, como culpándola de haber propiciado la falta…  -siete días hasta las ocho de la noche en el colegio, el castigo empieza mañana, avisen a sus padres-
-Por lo menos no nos castigaron en público -pensaba Malena con alivio-  pero nunca olvidaría esos siete días, encerrada entre aquellas enormes paredes y altísimos techos.  De cinco a seis y media de la tarde, permanecían con el grupo de alumnas internas en el aula de estudio, haciendo sus tareas en absoluto silencio, impedidas totalmente de conversar entre ellas y con un hueco en el estómago por las muchas horas sin probar alimento… pero lo peor era cuando las internas terminaban su hora de estudio y se dirigían al comedor, dejándolas solas y a puerta cerrada.
 El comedor y otras instalaciones que usaban las monjas y las internas se encontraban en un ala distante del colegio, fuera del alcance de las alumnas, de manera que las aulas permanecían en la zona de penumbra, aislada y  totalmente vacía por el resto de la noche. La hora y media que Malena y sus “cómplices”, como las llamó la superiora, debían permanecer solas en el aula, se hacía interminable. Hasta ellas llegaban ruidos extraños, distorsionados por su imaginación, haciéndoles creer que se trataba de almas en pena arrastrando cadenas y lanzando lamentos por bocas oscuras,  sin fondo  y sin forma… Malena sentía por momentos que no podía soportarlo y los ojos se le llenaban de lágrimas… pero pronto aparecía la hermanita Paulina con su vocecita tierna, hablándoles a través de la cerradura para que mantuvieran la calma, arriesgándose a ser descubierta y castigada… -canten niñas, canten, les decía… -ahora recemos...”niño Jesusito, manso corderito...” y luego, a través de una pequeña ventana, les alcanzaba una bolsita con pan de yema, que comían en silencio.
Malena llegaba a casa cuando ya las calles estaban oscuras,  cansada, hambrienta y silenciosa… su madre le tenía advertido que la indisciplina merece un castigo y el colegio es quien manda… -toda falta, tiene una sanción –le dijo con pena y con fastidio.   Los días transcurrieron lentos y agobiantes para las tres castigadas. Malena recordaría por siempre aquellas noches oscuras, pobladas de fantasmas y ruidos amenazadores… y no olvidaría la ternura de la hermanita Paulina y mucho menos la dureza de la superiora ante la travesura inocente  de niñas pequeñas… de allí en adelante Malena tuvo mucho cuidado de no “caer  en tentación”, pero no dejaba de preguntarse cuándo la madre recibiría su castigo… deseando que llegara pronto. 
Aquel día la fila de las castigadas era más larga que de costumbre y Malena no podía dejar de  alegrarse por  no estar en ella…  pero pronto descubrió que la que sí estaba, era  su querida vecina de barrio… la dulce Lucy… de inteligencia brillante, tímida, educada, la mejor alumna del  salón de cuarto… delgada, alta y de rasgos indudablemente orientales  –¿Qué podía haber hecho Lucy  - se preguntaba Malena  -si es tan buena, tan educada y tan respetuosa-
  -Lucy Cam -llamó la voz áspera y enojada…  Lucy, dejó la fila y avanzó con pasitos tímidos y mirada desconcertada… sabiendo que aquel día sufriría una grave afrenta. Ni Lucy, ni ninguna de las que allí estábamos olvidaríamos nunca aquel día… la monja le lavó la cara, le soltó el dobladillo rasgándole la falda del uniforme y finalmente, provista de una tijera mal afilada, le cortó los hermosos cabellos lacios que caían sueltos pero ordenados sobre su espalda, dejándole la cabeza convertida en un revuelto de mechones sin forma.   No contenta con semejante humillación, ordenó que la pusieran en la puerta del colegio,  obligándola a caminar hasta su casa con la falda deshilachada.  Lucy escondía la cara entre las manos avergonzada y Malena casi lloraba, sintiendo más rabia que pena.  El castigo era a todas luces injusto,  tratándose de una alumna aplicada y que siempre mostraba buena conducta.
¿Fue acaso una señal  de advertencia destinada a servir de ejemplo a todo el alumnado para mantener el orden, la obediencia y disciplina?... ¿hizo algo Lucy que desencadenó una sanción desproporcionada?... ¿sería tal vez cierto que en la conducta de la madre se percibía un matiz racista, como decían los padres de familia…¿ó fue un acto de absoluta arbitrariedad y manifestación de poder e insensibilidad?
Ese día la madre Luisa María firmó su sentencia.  Lucy provenía de una familia pobre pero muy unida. Ella y sus hermanos, al igual que sus padres inmigrantes, mantenían vivo el espíritu de dignidad y de lucha.  Dicen que el hermano mayor de Lucy, joven profesor del colegio de varones,  no paró hasta llevar a la superiora a juicio público y en asamblea de padres de familia  exigió que “la monja sentada en el banquillo de los acusados”, pidiera perdón público a la familia y renunciara a su cargo de directora, so amenaza de denunciar a través de los medios  a la agresora.   Nunca más volvimos a verla.
Al otro día en el colegio,  todas las alumnas compartían con deleite los detalles del “juicio” que sus padres les contaron… ¡era un día de fiesta…  estrenaban nueva directora… bienvenida querida madre Flora!

viernes, 28 de octubre de 2011

La ley marcial para Laura

Marco Antonio Plaza


Juana y Laura son dos mellizas que son muy unidas desde que tienen uso de  razón. Un día caminando por la casa de sus padres comenzaron a rememorar.

-  Juana, ¿recuerdas cuando éramos muy niñas y mi mamá nos vestía de manera idéntica?

- Claro hermanita  y eso a veces nos hacía sentir incómodas porque la gente nos decía a cada rato en cada esquina «miren a las mellizas, están vestidas igualitas, ¡qué lindas!». Y mi mamá se sentía orgullosa de nosotras –dice Juana.

- Eso habrá sido cuando teníamos cuatro o cinco años ¿no? –pregunta Laura.

-  Sí, ya correteábamos por los jardines del parque y la empleada atrás de nosotras  como loca.

- Estaban muy bien conservados, tenían muchos árboles, un césped verdecito y parejo, lindas flores y un aroma especial, pues, mi papá decía que olían a la selva igualito a cuando uno baja del avión y pisa tierra.

- ¿Y qué será de doña Katia? La de los dulces a la vuelta de la casa. Vendía unos  excelentes sobre todo el arroz con leche y las humitas dulces, ¿te gustaban Laura?

- ¡Claro! ¡Qué te hace pensar que no! Ella actualmente bordea los setenta años pero la vieja está parada, si la ves, tranquilamente le echas sesenta; su negocio tiene cualquier cantidad de clientes y a veces comen los dulces parados, como en nuestra época. ¡Siempre la gente glotona!

-  Íbamos a comer con mi mamá antes de volver a la  casa, cuando se hacía de noche.

Y las hermanas seguían caminando por lugares que les traía mucha nostalgia.

-   Juana, ¿recuerdas los fines de semana? –pregunta Laura

-  ¡Claro! Por lo menos dos domingos al mes nos llevaban a pasear a Chaclacayo, comíamos pollo a la brasa y a veces la riquísima pachamanca, y por la tarde los anticuchos y los picarones frente a Huampaní. Y en verano  nos bañábamos en la piscina del club y fin de semana, en la playa que quedaba en el sur de Lima.

-  ¡Qué bonitas épocas Juana! Todo eso lo recuerdo cómo si hubiese sido ayer,  increíble cómo pasa el tiempo. ¿Y los viajes a Camaná?

-  Bueno, ahí estábamos más grandes, bordeando los quince años, todas unas señoritas. Creo que mi papá era medio celoso, pues, había unos oficiales bien jóvenes que nos miraban. ¿Recuerdas que en una fiesta uno de ellos me sacó a bailar? Ja ja ja , si le hubieses visto la cara. ¡Recontra celofán!

-  ¡Sí, lo era!

-  Pienso ahora mismo en Camaná, en la cabaña que vivíamos frente al mar, era hermosa, con un bonito balcón;  pasábamos tardes enteras sintiendo el aire fresco y el aroma del mar hasta ver como se ocultaba el sol lentamente en el océano dejando una franja anaranjada en el horizonte, ¡qué belleza!

- Y conversábamos toda la familia  horas de horas.  ¡Qué lindos momentos aquellos!

-  Y ahora mismo Laura, después de algunas décadas ¿cómo ves el pasadizo donde jugábamos? ¿Te acuerdas que cuando éramos chibolitas nos parecía enorme? Corríamos todo el día, hacíamos bulla y el vecino de arriba nos gritaba «cállense niñas, es hora de la siesta, respeten a sus mayores».

- Nos parecía un viejo renegón. Pero no le hacíamos caso. Pero ahora recapacito, y después de todo, tendría nuestra edad, unos cuarenta y tantos. Los cuartos también nos parecían gigantes al igual que los baños, el techo lo veía bien alto, inalcanzable.

- Veo un nuevo escritorio donde antes era una habitación. Y en el pasadizo, sobran dos habitaciones que las están usando para guardar cosas -dice Juana sorprendida porque había dejado de ir a la casa como tres semanas.

- Sí, ellos están contentos porque tiene todos sus cachivaches al menos ordenados a su manera. Y mi papá pasa horas en su escritorio haciendo su crucigrama. Y leyendo las miles de colecciones que tiene. Además, como siempre, pintando la casa dos veces al año. ¡Es un enfermo de la limpieza! Hasta ahora mantiene eso, creo que es una manía que no lo deja  -dice Laura

Así pasaron las mellizas una tarde amena charlando sobre la feliz infancia  que vivieron, algunas aventurillas, sus viajes al sur y sobre todo lo cariñosos que fueron sus padres con ellas, las más engreídas de la familia. Eran épocas de felicidad.

Una vez adolescentes, Juana fue enamoradiza  a diferencia de Laura, quien era muy pegada a la familia y no se le conocieron enamorados.

Cuando las mellizas bordeaban los  treinta y  cinco años  Juana se casó con Rigoberto, mayor que ella cinco años y se fueron a vivir a un departamento en Jesús María, a unos diez minutos en carro de la casa de sus padres. Un lugar ideal, cerca a supermercados, tiendas y cafeterías, como le gustaba a Juana. A una cuadra estaba la avenida Salaverry, con hermosos árboles por donde provocaba caminar. Y al finalizar esta gran avenida, había un parque  enorme que colindaba con un malecón del cual se podía tener una vista preciosa al mar. Para esto, las hermanas siguieron frecuentándose muy a menudo y el matrimonio nunca fue impedimento para que sigan siendo unidas.

Juana y Rigoberto tuvieron una mujercita y la llamaron Noelia. Rebeca, mamá de Juana ayudó mucho en la crianza de esta niña, sobre todo los primeros años de su niñez, en que la señora se encontraba muy bien de salud. Mientras los esposos trabajaban, Noelia pasaba las mañanas y las tardes en la casa de su abuela hasta que sus padres la recogían al anochecer. La nieta era muy engreída por el abuelo, quien la llevaba casi todos los días a la tienda del lado para comprarle golosinas.

Un día Laura le cuenta a Juana que su mamá estaba presentando una rara enfermedad.

-Laura, mi mamá está delicada de salud.

-¿Qué tiene?

-Le están realizando chequeos médicos pero por ratos se duerme y no despierta y cuando lo hace parece que está en otro mundo. Es un problema de irrigación al cerebro.

-¿Y mi papá ya sabe?

-Sí, él la está llevando al hospital periódicamente. Te voy a mantener informada Juana, no te preocupes.

Luego de conversar, las hermanas se despiden y siguieron su vida normal. Después de casi un año, el problema de la irrigación cerebral mejoró pero surgió un nuevo diagnóstico. Un día Laura le informa a su hermana al respecto.

-Juana, mi mamá se contagió la hepatitis B en el hospital y al seguir tomando abundantes medicinas sin conocer esta terrible enfermedad le provocó cirrosis. Tú sabes que esto es imposible de curar, y a su edad es muy difícil que le hagan un trasplante de hígado y sobre todo que es muy costoso y no creo que consigamos el dinero suficiente para eso. Pero voy a tratar de contactarme con médicos naturistas. No perdamos las esperanzas.

-¡No puede ser! –dice Juana entre lágrimas- pobrecita, me duele mucho verla enferma tan sana que era. No quiero que sufra. El hospital siempre me pareció un lugar lúgubre, un poco abandonado además que éstos siempre tienen enfermedades en el aire que se respira y en todo lo que tocas.

-Yo me haré cargo de ella y lucharé hasta curarla. Siempre estará acompañada.

- Sería mejor contratar a una enfermera para que la cuide porque tú tienes que trabajar. Dudo que tengas tiempo para estar todo el día con ella.

-Es cierto, pero le daré prioridad. Por el lado económico, estoy bien. Sigo vendiendo productos naturales y tengo una buena cantidad de clientes.

En una de sus visitas semanales Juana le dice a su padre.

- Es necesario que a mi mamá la cuide una enfermera a tiempo completo, o al menos de día mientras ustedes hacen sus cosas personales. La enfermera y ustedes dos perfectamente pueden cumplir esa función. Me encantaría estar más tiempo con ella pero me es imposible por mis obligaciones. Sin embargo yo estoy dispuesta a colaborar. Laura no debe sacrificarse tanto. Es más, se puede hasta enfermar. Por favor, quiero que reflexiones al respecto.

- De ninguna manera, Laura tiene que preocuparse por su madre, ella es soltera,  así que nada de enfermeras en la casa. Siempre roban, están revisando los cajones. Además las mujeres atienden mejor que los hombres.

- Pero también tienes que participar. Por favor, ¡sensibilízate!, no seas duro de corazón.

- ¡Ya te lo dije y lo vuelvo a repetir hasta el cansancio! ¡Una mujer cuida mejor que un hombre!

-Justamente una enfermera es ideal y así Laura tendrá tiempo libre para hacer sus actividades. En ningún momento estoy diciendo que la abandonemos, al contrario, tenemos que cuidarla más que antes, darle todo el cariño que necesita.

- ¡La decisión  está tomada!  ¡Tú hermana se hará cargo si quiere seguir viviendo acá y punto!

-Bueno papá, me voy despidiendo –pensando «demasiado radical, ¿será la edad? ¡Claro! Son casi ochenta y tres años de vida».

Pasaron los meses y la enfermedad del hígado se volvió irreversible y cada día la señora se ponía peor. Al no funcionarle bien este órgano, la sangre se le llenaba de toxinas ocasionándole un profundo sueño del cual no despertaba. Tenían que llevarla al hospital  y someterla a una desintoxicación a través de suero a la vena. Juana conversa  con su esposo al respecto.

- Rigoberto, a mi papá no lo entiendo, pues, no quiere contratar a una enfermera para que cuide a mi mamá, y piensa que Laura debe estar todo el día atendiéndola. Y lo que más me preocupa es que ella también está de acuerdo.

- Eso me parece autoritarismo –recalca Rigoberto- pues, debe ser más comprensible y darle más libertad. Hay varias maneras de cuidar a un enfermo y no es necesario inmolarse.  A mi modo de ver, lo más sabio sería contar con una enfermera mientras la señora esté sola. Y por las noches, la cuida tu melliza o el señor Gregorio. 

-Bueno, no veo bien que una mujer soltera a  esa edad se entregue tanto pudiendo compartir esta tarea con otra persona.  Lo raro es que lo quiera hacer sola. En eso tienes razón Rigoberto.

-Conversa con ella y hazle ver que dicha atención se debe distribuir entre toda la familia y una enfermera.

-El problema de fondo es que es media testaruda, terca como una mula, de genio fuerte, no aguanta pulgas y le gusta  enfrentarse. Se deja llevar por sus instintos. Creo que es poco racional.

-Si es así entonces, tendrá problemas en breve. La cosa puede reventar. Estemos preparados para lo peor.

- ¡Qué drama, por favor, deja de hablar eso! En cuanto a mi papá, ha cambiado mucho en los últimos años, se ha vuelto renegón, y para peleando con Laura, se gritan y hasta la ha amenazado de botarla de la casa porque ella quiere llevar una vida social normal. Mira, el otro día Laura contactó con un amigo que comercializa casacas y chompas y se ofreció para venderlas. Él le entregó una buena cantidad y ella las llevó a la casa y las puso en la sala encima de la alfombra y muebles. Pero días antes  yo le dije «primero coordina, no te lances». Pero una vez más, hizo lo que le dio la gana.  El negocio iba bien porque Laura había colocado una buena cantidad de ropa, pero cuando mi papá vio la sala de esa manera, su primera reacción fue «¿qué es esto? ¡Laura!, ¡llévate esto inmediatamente!». Y como es natural, poco faltó para que toda la mercadería acabe desparramada en medio de la pista.  Al final le arruinó el negocio. ¿Qué opinas?

-Bueno, debieron coordinar, pero debes tener en cuenta que cualquier persona con un gran problema, y que no lo pueda resolver -me refiero a la soledad de tu padre- por mucho carácter que tenga, como es el caso, lo puede convertir en una persona malhumorada y resentida con la vida. Es una reacción típica. Pero veo difícil que quiera someterse a un tratamiento sicológico. A su edad ya no creen en que una persona menor los pueda ayudar.

-¡Qué triste realmente tener que aceptar que es otra persona de la que era hace unos años y nada que ver cuando era joven!

- Todos cambiamos Juana, para bien o para mal, pero lo hacemos. Creo que él no quiere que tu melliza se desarrolle como persona. Está ciego y sólo ve sus intereses. No le importa que tenga un buen trabajo, vida social, amistades, reuniones y que algún día se case y tenga hijos. Él ve cómo una anormalidad que no atienda a su mamá todo el día y como una alta traición que la deje para hacer sus actividades.  

Así, Laura estuvo cuidando permanentemente durante cinco años, de día y noche, a su mamá dejando de lado muchas actividades amicales, oportunidades de ventas de sus productos naturales, viajes de negocios, mientras la enfermedad de Rebeca seguía su curso degenerativo. Para esto, de las dos habitaciones que sobraban, en una instalaron a la señora Rebeca para que Gregorio esté más cómodo. Esto también facilitaba la atención de Laura.

Un domingo por la mañana Laura llama a Juana desde el hospital para decirle que su mamá estaba en cuidados intensivos. Juana y Rigoberto fueron de inmediato al hospital y se encontraron con Gregorio.

-Hola papá, ¿y mi mamá?

- Sube rápido que está que se muere –le dice Gregorio con voz de cólera.

- ¡No me hables así por favor!, ¡no seas duro! -le replica Juana sollozando.

-Vamos subiendo –le dice Rigoberto

 Juana vuela a la habitación y ve a su madre agonizando. Luego de varias horas la señora murió delante de Juana y Rigoberto. Fue un cuadro sumamente triste.

Después de las exequias las hermanas se seguían comunicando. Un día Laura se reúne con Juana y Rigoberto en el departamento de éstos.

- Les quiero contar algo –les dice Laura a los dos esposos-. Mi papá está con la onda de que llegue temprano y me quiere poner un tope, que serían las once de la noche para retornar a la casa. A partir de esta hora, cerrará con candado las dos puertas por dentro. Ha colocado unas argollas en la puerta de la sala y en la puerta falsa y ha comprado dos candados enormes. Él piensa que se van a meter a la casa, entonces, me pregunto ¿Para qué poner por dentro los candados? ¿Les parece lógico? Lo normal sería poner un buen sistema de seguridad en cada puerta, como tienen las casas modernas, con varias chapas. Pero en fin, hacerlo entrar en razón es complicadísimo, yo diría, imposible.

- ¡Qué raro Laura!, ¿no se sentirá solo y querrá que lo acompañes? –dice Juana.

-Puede ser, pero desde que mi mamá falleció, se ha encerrado en sí mismo, conversa muy poco, ni me habla, come solo y cosas así.

-Laura,  te recomiendo que seas cuidadosa y cedas un poco en estos primeros meses –le dice Rigoberto-,  yo sé que es ridículo este tema pero no te queda otra alternativa, el tiene la sartén por el mango y puede dejarte un día fuera de la casa si te pasas de la hora, ¡conociéndolo, es capaz!, ¡así que no te arriesgues! Esa es mi recomendación y espero que la tengas en cuenta.

-Pero Rigoberto, imagínate que mis amistades se enteren que tengo hora de llegada a esta edad, ¡sería el hazmerreir de todos!

-Es cierto, pero tómalo como una reacción, pues, él está sufriendo mucho la desaparición de la compañera de su vida; le puede ir pasando poco a poco, tomará tiempo.

-¿No estará entrando en un cuadro de depresión? –pregunta Juana.

-La depresión es inevitable Juana -manifiesta Rigoberto-. A esa edad y viudo, tiene que afectarle por más que él quiera manifestar a todo el mundo que es fuerte y que su vida sigue igual. Es probable que sea ese tipo de persona que no manifiesta sus sentimientos. La procesión la lleva por dentro.

Un día Laura llega a las once de la noche y  entra a su casa. Gregorio se levanta.

- ¿Dónde has estado? ¡Éstas no son horas de venir para una señorita! ¡Deberías comportarte como lo hacía tu madre cuando yo y ella éramos enamorados!

-¡Pero  yo soy adulta, tengo más de cuarenta años y no es posible que me armes lio por venir a las once de la noche! ¡Las cosas han cambiado desde que  estabas de novio con mi mamá!

- ¡En esta casa las reglas las pongo yo y tienes que acatarlas!

-¿Así? ¡Esto no es un cuartel así que yo vengo a la hora que me  viene en gana y no me vas a controlar como si yo fuese un soldado!

-¡Con que contestona! ¡Ya verás!

-¡No me amenaces!

Gregorio estaba ya desesperado por la rebeldía de Laura. También tenía  la obsesión de que roben y lo maten mientras duerme. Para esto, colocó una serie de candados internos de tal manera que entrar era casi imposible. Al mejor estilo de un bunker militar protegido contra un bombardeo de artillería pesada, se encerraba por las noches. Un día Laura tuvo una reunión con su grupo de meditación y cuando retornó a las once y quince minutos de la noche para acostarse, no pudo entrar. Entonces llamó por celular  a su melliza.

- ¡Juana, me han cerrado las dos puertas por dentro y no tengo como entrar! ¡Se pasó esta vez! ¡Está loco de remate! ¡Qué hago!

-No creo realmente, insiste. Yo voy a llamarlo ahora mismo, pero Laura, ¿por qué no te haces la sonsa aunque sea un tiempo de tal manera que puedas ganártelo y lo convenzas que necesitas algunos días retornar tarde? ¡Ya vez! ¡Eso te pasa por testaruda, fuiste poco política ante este problema. Tienes que comprender que él es un anciano y ya no razona como antes. ¡No me hiciste caso! ¡Tú ego ganó y mira las consecuencias, te reventó el problema en la cara!

- ¡Es un monstruo! –decía Laura llorando y con la voz entrecortada. Juana efectúa la llamada.

-Papá, mi hermana está tocando la puerta, por favor ábrele, ella no puede quedarse afuera.

- Juana, yo ya le he dicho que tenemos una rutina en esta casa y la hora máxima para que ella llegue son las once de la noche.

-Pero ¿cómo se te ocurre semejante desfachatez? ¿Acaso no te das cuenta que ella es mayor de edad hace mucho tiempo?

-Eso no me interesa, las disposiciones las pongo  yo y ella tiene que cumplirlas.

-Pero la casa no es un cuartel, no seas abusivo ¡recapacita! Acepta que las personas tienen que tener libertad. No es justo lo que estás haciendo con ella –pensando «mi papá ya perdió la razón, tiene demencia senil»-. Debes tener en consideración que Laura se ha sacrificado muchos años, sin ninguna empleada, ni enfermera, cocinándole, dándole de comer en la boca y llevándola al baño a hacer sus necesidades cosas que nunca has hecho. Es el momento que se relaje, que rehaga su vida, que tenga nuevas amistades. ¿Cómo las va a tener si ni siquiera puede salir de noche ni llevar gente a la casa porque sales a la sala con tu cara de palo? ¡Es el colmo! ¡Eres un desconsiderado!

En eso Juana siente que le  tiraron el teléfono. Luego de una hora  Laura recurrió a la casa de Juana y no le quedó otra cosa que dormir en la sala. Juana la consolaba al igual que Rigoberto. Ella comprendió que no podía dormir más en su propia casa a menos que cumpla con la rutina que Gregorio había impuesto como una especie de ley marcial.

Lima, el lugar que habla

Víctor Mondragón

Carlos Plaza se encaminaba hacia la verbena de la fiesta de la Virgen del Carmen,  había quedado en reunirse con sus amigos, transitaba por la avenida Abancay en dirección a los Barrios Altos de Lima, en un momento se detuvo a contemplar la Iglesia de la Concepción e ingresó al interior del convento adyacente, lugar en que un día aprendió sus primeras letras, recordó  que anteriormente fue convento de  monjas de clausura; apreció que  los patios interiores, antes pulcros y silenciosos, albergaban tiendas comerciales, continuó caminando   por el jirón Huallaga,  notó que algunas casonas limeñas fueron convertidas  también en galerías comerciales, le invadió una gran nostalgia,  le inquietaba un remordimiento por no haber luchado por  esos  inmuebles;  detuvo sus pasos  frente a una señorial casona republicana donde había vivido,  apreció que aún mantenía su hermoso zaguán, sus imponentes vitrales, hermosos portales de fina caoba  y detalladas rejas de hierro forjado; para él siempre sería un  palacio mientras recordaba que  fue casa del prócer de la independencia peruana Hipólito Unanue. Se mantuvo ahí  con la ilusión de encontrar algún antiguo vecino, el silencio le fue hostil e inmenso,  sólo halló desesperanza; resignado, decidió proseguir su camino hacia la Plaza Italia.

El damero que trazó el fundador Pizarro limitaba por el este con la avenida Abancay, a partir de allí se ubicarían  después  los  Barrios Altos; Carlos  enrumbó hacia  la Plaza Italia,  ahí habría estado el gran oráculo (1)  que influyó en el nombre de la ciudad de Lima.   Su progenitor le había narrado que la mencionada huaca (1) habría sido muy extensa, la parte incaica  comprendía la actual Plaza Italia y la parte pre-incaica toda la manzana del hospital e Iglesia  de Santa Ana. En el siglo XVI los conquistadores mandaron construir ahí el Hospital de indios, inicialmente todo el barrio se llamó de Santa Ana y posteriormente “El Cercado”, con el tiempo los Barrios Altos se convirtieron en lugar de convivencia de indios y españoles.

Los naturales  no se resignaron a abandonar sus antiguas creencias y en secreto mantuvieron su adoración a los restos de la famosa huaca; su fallecido padre alguna vez le contó que “Rímac” se interpretaba como “que habla” en alusión al famoso oráculo de Barrios Altos  que con la llegada de los españoles y la extirpación de idolatrías fue derruido para evitar su veneración. Con el tiempo la letra R habría cambiado por L y eliminada la letra C,  se tradujo en el conocido nombre de Lima que  se impuso sobre la designación española  de Ciudad de los Reyes.

Carlos rodeó la manzana de la iglesia Santa Ana, llegó a la esquina de los jirones Cangallo y Miró Quesada y  notó que su colegio de estudios primarios ya no existía, la calle sigue llamándose Huaquilla señalando que el mencionado oráculo alcanzaba  hasta dicho lugar; siguió recordando la narración de su padre: aquel oráculo provenía de tiempos de  la influencia Chavín (2)  y  con el dominio Wari (3) pasó a ser afamado en la región. Carlos continuó su caminar bordeando la mencionada manzana, observó la Maternidad de Lima, allí  nació,   al regresar al Jirón Huanta encontró nuevas construcciones donde antes hubo impresionantes casonas señoriales, decoradas con la más fina caoba y el más preciado mármol, seguidamente permaneció frente a la Iglesia de Santa Ana y vio  dos grandes piedras poliédricas, allí solía sentarse de niño, su padre le dijo alguna vez que los indios mantuvieron  una callada complicidad con el oráculo, salvaron algunas piezas de la huaca y secretamente las dispusieron en la entrada de la iglesia, dos piedras rectangulares que habrían servido de dintel en las entradas al oráculo se mantienen aun como mudos testigos.

Carlos recordó a dos hermanos, vecinos suyos que  fueron monaguillos y le habían contado que bajo la mencionada Iglesia existían túneles que comunicaban con la Iglesia San José a setenta metros al norte y desde  ahí  otras prolongaciones hacia la Santa Inquisición,  doscientos cincuenta  metros hacia el oeste, Carlos recordó a otro amigo de infancia, cuyo padre era chofer de la Compañía de Bomberos  Roma, siendo niños ambos caminaron por los túneles debajo de la bomba , al costado del inmueble que fue sede del Santo Oficio.  

Carlos nuevamente se detuvo en la Plaza Italia, lo acosaba una implacable nostalgia,   como en su infancia, sintió ganas de deslizarse por los bordes del monumento a Antonio Raimondi; miró con pena que ya no existían los cines Pizarro y Unión, su pensamiento quiso conducirlo de regreso a casa, algo le decía que a cada paso que diera encontraría motivos para entristecerse; sin embargo él no podía faltar a la cita con sus amigos, se dirigió a la esquina de las cruces y por el jirón Junín se encaminó hacia las calles del Carmen Bajo.

Subiendo unos cincuenta metros, en la esquina del Jirón Cangallo le arribó  un   recuerdo,  levantó la mirada hacia el balcón denominado “El buque”,  al igual que en su infancia creyó ver la proa de un viejo galeón español.

“Hace cincuenta años, cuando subí  con mis amigos, lo creí ruinoso y salimos corriendo por  miedo a que se derrumbara” pensó Carlos.

 Ya anochecía, estuvo allí de pie  una hora; en esa esquina solía encontrar a sus amigos: huevo, mono y escoba, tres zambos de la Calle Suspiro con quienes solía jugar fútbol, apreció que el Jirón Junín pierde su línea recta en forma intencionada y no es para menos, a pocos metros, en una esquina,  se encuentra la piedra  del diablo,  horadada quizás por la paciente labor  de algún río, era parte de la gran huaca de los Barrios Altos y fue tal el respeto que los  españoles  no la pudieron mover de su sitio original, prefirieron que la manzana tuviera una esquina pronunciada y que el Jirón Huanta doblara su trayectoria antes que remover el mencionado ídolo.

Muchas habrían sido las razones para que la piedra no fuera sacada de aquel lugar; era hija del dios hacedor del universo, Pachacamac (4)  y de la Pachamama (5); con la llegada de los europeos y la extirpación de idolatrías, los cristianos intentaron removerla pero desistieron tras numerosos intentos, el primero ocurrió cuando Hernando Pizarro se dirigía a Pachacamac en 1533 y  al pretender destruir tal ídolo, se suscitó tal movimiento telúrico que decidieron dejarlo para otra oportunidad; la segunda vez fue en 1555 cuando unos clérigos  ordenaron mover dicha piedra y nuevamente la tierra tembló. 

En 1569, siendo Virrey del Perú don Francisco de Toledo, solicitó la instalación del Santo Oficio y que se removiera la mencionada piedra, el encargado fue  Andrés de Bustamante pero  murió en el trayecto a Lima, mientras,  la  ciudad volvía a temblar. A Carlos le contaron que la última vez que intentaron  impugnar aquella herejía fue en 1678 siendo Virrey don Melchor de Navarra y Rocafull, hubo tal terremoto que  nunca más se intentó mover el ídolo; el Santo Oficio amenazó con castigar a quienes comentaran aquellos sucesos,  lo ocurrido se guardó en el anonimato,  se disfrazó de leyenda, la piedra que la autoridad perdonó añoraba su antigua veneración,  desnuda  se resignó a que  la luna y el sol la alumbrasen  hasta nuestros días. De tantos ídolos que hubo en la mencionada huaca, fue el único que se salvó de ser destrozado o desaparecido.

Carlos seguía esperando en aquella esquina, sintió un poco de frío y una tristeza impersonal, miró una vez más un larguísimo balcón en la Calle Suspiro y a pocos pasos encontró lo que era un antiguo restaurante que atendía hasta  la madrugada, lo llamaban el restaurante del Nisan, producto de una  deformación de la palabra japonesa Onisan que en castellano expresa “hermano mayor”. Sus amigos no llegaban, Carlos miraba  la acera del frente buscando una pequeña dulcería de un japonés  que solía ofrecer el mejor champús de Lima; como buen vecino de los Barrios Altos,  lo frecuentaba con deleite en busca de una mazamorra morada, un arroz con leche o un champús caliente en una noche de invierno,  el apostaba por el último, dicha exquisitez proviene de tiempos ancestrales y se habría consumido en los países andinos desde épocas pre incaicas; la base siempre fue la harina de maíz, granos de mote (6), sacha canela o ishpingo y alguna fruta de la región como la guanábana (7)  o la piña; con la llegada de las cocineras moras y las esclavas africanas, se habrían añadido el membrillo, la manzana, la naranja o limón, el clavo de olor y la canela molida; fue una  frustración ver  que aquella dulcería había cerrado.

Minutos después, Carlos fijó su mirada en  la mencionada piedra  horadada, dimensionó su altura como poco más de un metro por ochenta centímetros de ancho, anterior a los hombres, quizás   millones de años y compuesta por minerales ferro-magnésicos y cuarzo que explicarían su dureza y color, superficie pulida por el tiempo más que  por la labor humana,  recordó que nadie sabía de dónde provenía esa piedra, pero que era famosa por la narración del tradicionalista Ricardo Palma quien escribió  que una vez el diablo se encontraba merodeando y tentando a los limeños pecadores,  mientras caminaba muy campante  por el Jirón Junín, notó que la procesión de la Virgen del Carmen se le acercaba, volteó  y por la Calle Rastro de la Huaquilla se le acercaba la procesión del Señor de los Milagros; ante tal demostración de fe y devoción no le quedó más que huir haciendo un orificio en aquella piedra  y aparecer en la otra calle, el diablo dio un  suspiro tan fuerte  que toda la ciudad de Lima lo escuchó, desde aquella vez esas calles quedaron bautizadas  como Suspiro y como de la Piedra horadada.

Carlos divisó de pronto a unos jóvenes miccionando sobre la mencionada piedra, se acercó para llamarles la atención,  los mozalbetes en forma irrespetuosa se hicieron los que no le escuchaban; la piedra no se  quejó, hacía tiempo que había dejado que le olviden los días, yacía acostada en una esquina. El visitante recordó que los Barrios Altos siempre fueron  considerados barrios de gente brava,  que no le tenían miedo a nada y por eso algunos orinaban  en ciertas esquinas más por el rezago animal de demarcar un territorio que por necesidad.

Pasaban las horas  y no llegaban sus  amigos,  poco a poco Carlos se fue contaminando de ansiedad, sintió una ansia atolondrada de huir y al mismo tiempo de permanecer, fatigó sus pasos  hacia el atrio de la iglesia del Carmen,  estaba armado  un gran tabladillo a modo de estrado;  los cantantes criollos rendían sus primeras melodías a la patrona de los Barrios Altos, la Virgen del Carmen. Le llamó la atención  la cantidad de vianderas que ofrecían exquisitos platos de cocina criolla, destacaba la papa a la huancaína, el jamón del país y el arroz con pato.  Carlos se paró frente a una  morena que azuzaba un fogón de carbón con un abanico de totora prensada, vigorosas llamas se levantaban sobre la parrilla que sostenía anticuchos, choncholíes (8),  papas y choclos.  

El visitante recordó que el anticucho peruano se hacía con trozos de corazón  vacuno, delicadamente despojados de nervios, grasa,  venas y  macerados previamente en una mezcla de ajo, ají panca, vinagre, pimienta, comino, orégano y vino o cerveza negra; en el incanato ya se consumía en modalidad de carne de llama macerada en ají panca, hierbas aromáticas, chicha de jora y provendría de la palabra quechua “anti kuchu” que querría decir potaje y mezcla; la diferencia del anticucho peruano respecto a otros pinchos de países vecinos seria la mencionada  maceración resaltando el ají panca, la chicha de jora y las hierbas aromáticas  que provienen de tiempos pre-incaicos. La vendedora  con gran destreza volteaba con una mano los pinchos mientras con la otra controlaba el fuego, dominaba el arte de saber el momento apropiado antes que se seque y endurezca la carne. Carlos solicitó un par de anticuchos pero la vendedora priorizaba su atención hacia quienes pidieron  antes, súbitamente el visitante recordó la cita con sus amigos y se encaminó hacia la piedra horadada, a  veinte metros divisó a sus amigos ubicados al costado de  la mencionada piedra, acababan de llegar. Fluía clamorosa la noche, la concurrencia  se había acentuado mientras los cantantes criollos levantaban el ánimo del público, como años atrás,  los amigos se habían situado en un lugar estratégico dominando los distintos escenarios, los unía un común propósito.

-Aquí me tiraron arroz varias veces –dijo César rememorando amores frustrados.

-Aquí quedaba la cochera donde guardaba mi primer auto –dijo Pedro.

-Ahora es una gasolinera –replicó Rafael.

-Calentemos motores –dijo César mientras abría una botella de pisco y  se servía el mismo en la tapa.

-¡Puro!, así beben los que conocen –añadió Rafael.

-En este lugar acordamos reunirnos cada quince de julio, en  la verbena de la Virgen del Carmen –dijo Pedro mientras bebía con imprevisto entusiasmo.

En esos momentos se escuchó aplausos ensordecedores, y no era para menos el público recibía a un zambo blanco, personaje de la canción criolla.

-Ese cantante pidió a mi tío que le confeccionara un traje, al recibirlo dijo: “Ya regreso” y nunca más apareció –dijo Rafael.

-Así son algunos criollos; en primaria  me preguntaron quienes eran los criollos y respondí “cantantes y jaraneros”, me desaprobaron pues la pregunta se refería a los hijos de los españoles nacidos en América –contestó César.

-Cualquiera que toca guitarra o cajón se cree criollo, siendo negros, cholos o chinos –añadió Rafael, una fuerte carcajada estalló entre los amigos.

-Los acriollados suelen ser más pícaros, como algunos descendientes de chinos y japoneses que son  más avispados que los mismos negros –complementó Pedro.  

Llegada las diez de la noche el ambiente de la verbena estaba en su punto, añejos cantantes criollos improvisaban duelos de melodías ante el público.

-En esta  esquina se bifurcaba el antiguo río Huatica (9), una derivación se dirigía al sur,  hacia  La Victoria y la otra hacia el oeste, la Plaza Mayor –dijo César.

-¿Recuerdan los pececillos que pescábamos en el río Rímac? –dijo Pedro.

-Claro, que lindas épocas, mi abuelo me contó que en su niñez también hubo   camarones –añadió César.

-Los únicos que quedan son los que se cuelan a las fiestas –complementó Rafael.

-Mi abuelo me dijo que bajo esta piedra hay canales subterráneos, al abrir compuertas más arriba ocasionaba sonidos como si la piedra hablara –dijo César.

-¿Recuerdan al hombre y mujer sin cabeza  que muchos vimos? –preguntó César

-Claro, como no, esos aparecidos de la casona del jirón Huallaga no dejaban dormir tranquilo, ¿se acuerdan de machazo? –preguntó Rafael

-Ese ingenuo vigilante dijo ser muy macho y la primera noche salió corriendo  en calzoncillos –contestó Pedro.

-Si, en esa casona ocurrían hechos sobrenaturales, a mí se me dobló una cruz de acero mientras colgaba de mi cuello –añadió César.

Los amigos estaban tan identificados entre sí que recordaban  como cosa propia las experiencias ajenas, los minutos  transcurrían entre  sonrisas mientras se acercaba el momento culminante  de los fuegos artificiales y tras ello una paloma blanca volaría hacia el firmamento; quien  más disfrutaba era Carlos.

-El lugar que pisamos es sagrado,  miles de indios  depositaron su fe en estas huacas, la piedra horadada estaba relacionada con el santuario de Pachacamac, el más famoso centro de peregrinaje de América pre-Hispánica –dijo César.

-En la primaria, los muchachos  solíamos  pasar nuestros  cuadernos de estudios por el orificio de la piedra a fin de aprobar el año escolar –dijo Pedro.

-Sí,  también  pasábamos las zapatillas de fútbol para anotar algún gol –complementó Rafael.

-El tiempo opacó su antigua veneración y agravó su condición convirtiéndola en meadero por eso apareció el mito de que quien orinara allí sufriría penosas enfermedades venéreas –añadió Pedro.

Llegó la medianoche y mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo se dejaba escuchar la canción: “Vamos a la fiesta del Carmen, negrita, vamos que se acaba ya la procesión, vamos a bañarnos en agua bendita a ver si podemos lograr el perdón…”.

Los viejos amigos se acercaron a la piedra,  pusieron sus manos sobre ella,  sintieron como si se  moviera y seguidamente escucharon sonidos cual si fueran palabras. Sus ojos se llenaron de lágrimas, exhalaron un   suspiro, se abrazaron y repetían que la piedra había hablado y que  Carlos, su finado amigo, había   compartido esos  momentos.

También  Carlos había cumplido con re encontrase con sus amigos tal cual una vez se prometieron; la algarabía de la verbena proseguía mientras a pocos metros unos vecinos entonaban otra canción a la Virgen del Carmen “…ay si, ay no, las cosas que cuento yo, ay si, ay no, por ser la Madre de Dios…” 




1.    Huaca o guaca: santuario PRE-hispánico, comúnmente pirámides truncas,  monolitos de piedra, sepulcros.
2.    Chavín: Cultura PRE-incaica de influencia pan andina, floreció  aproximadamente desde el año 1500 A.C. hasta 500 D.C.
3.    Wari: Cultura PRE-incaica de influencia pan andina, aproximadamente desde el año 500 hasta el 1200 D.C.
4.    Pachacamac: Dios PRE-incaico, creador del universo. Santuario a 13 Km. al sur de Lima.
5.    Pachamama: Madre tierra desde la cosmovisión PRE-incaica. Origen y fin de la vida.
6.    Mote: Maíz desgranado y cocido, sea tierno o maduro, con cáscara o pelado que se emplea en algunas regiones de América Meridional.
7.    Guanábana: Anona muricata, fruta del guanábano,  exótica fruta de la familia de la chirimoya, fruto acorazado de corteza verdosa, con púas débiles, pulpa blanca de sabor muy grato, refrigerante, dulce y de semillas negras. Originaria de centro y sur América.
8.    Choncholí ó chunchuli: Tripas de  vacuno o carnero maceradas en ají panca y demás condimentos. Se cocinan sobre parrilla al carbón.
9.    Huatica: Derivación del río Rímac, regadío pre-hispánico en la ciudad de Lima.