miércoles, 25 de febrero de 2026

Dos

Ninfa Patiño Sánchez


Una suave brisa se filtra por la rendija de la ventana del dormitorio, moviendo el filo de la cortina blanca. Alma del Rocío duerme plácidamente cuando el céfiro acaricia sus largas pestañas, despertándola de súbito. Estira su mano derecha y mira el reloj.

«¡Uf, recién las dos!» ―susurra, tras un profundo bostezo, y se vuelve a dormir.

Apenas despertó, cumplió su rito: dirigirse a la ventana a observar cómo los rastros de nieve van despidiéndose, dando paso a la primavera. Vistió su traje deportivo, se colocó los audífonos, bajó de dos en dos los escalones, abrió el portón y salió a la avenida; mientras trotaba, iba tarareando All You Need Is Love, de los Beatles. Concentrada en la canción estaba cuando entró una llamada.

―¡Aló! ¿Alma del Rocío Bustamante? ―preguntó una voz femenina del otro lado.

―Sí es ella ―contestó.

―Soy Ebba, enfermera del Hospital Akademiska Sjukhuset de Uppsala. Tiene que venir a retirar los resultados de sus exámenes.

Era una llamada que estaba esperando, pero no precisamente hoy. Sus pies fueron deteniéndose en cámara lenta hasta quedarse completamente inmóviles, pegados al asfalto; sus manos temblaban incapaces de sostener el móvil. Antes de responder, susurró para sí misma:

«Tranquila, Alma, todo estará bien». Aspiró profundo, tragó saliva y dijo: ―Allí estaré.

Regresó a casa, tomó una ducha relámpago, sacó del refrigerador un vaso de agua y dejó que el frío fluido refrescara su garganta; luego se dirigió al hospital. Llegó treinta minutos antes; en la sala de espera se sentó junto a una señora que acariciaba el cabello de su hija, que lucía pálida y llorosa. Esa imagen, más el olor a esterilizantes, la transportó a su niñez, cuando se había intoxicado con alguna comida y tuvieron que llevarla a emergencias.

―¡Alma del Rocío Bustamante! ―llamó una enfermera con acento finlandés―, el doctor Noah Andersson la espera en el consultorio 202.

Se levantó, caminó sin apuro hasta llegar al consultorio, se detuvo al mirar el último dos; un escalofrío se instaló en todo su cuerpo. Un joven de pelo ralo, con lentes redondos que dejaban ver unos diminutos ojos azules, con unos papeles y radiografías en las manos, la estaba esperando.

—Alma, ya tengo los resultados. Sé que esta información puede ser difícil de escuchar, así que te la explicaré con calma. Detectamos dos lesiones: una en el riñón derecho y otra en la vejiga. Por las características de los tumores, lo más seguro y recomendable es tratarlos pronto. El primer paso sería operar el riñón; con eso resuelto, continuaremos con la intervención de la vejiga. Esto nos permite evitar que se afecten otros órganos y aumenta significativamente las probabilidades de un buen resultado. Quiero que sepas que estaremos contigo en cada etapa del proceso, y si algo no queda claro, por favor, dímelo: es importante para mí que entiendas bien el tratamiento y puedas hacer todas las preguntas que necesites.

En la mente de Alma del Rocío quedó resonando como saeta afilada la frase: Detectamos dos lesiones. Permaneció en silencio; un nudo en la garganta impedía que salieran las palabras. Su cuerpo empezó a trepidar, como una cometa de papel abandonada al viento.

Luego de unos segundos, con voz trémula, balbuceó: 

―¡Haga lo que tenga que hacer, doctor!

Salió del hospital empujando los pies que le pesaban como pelotas de bronce.  Subió a su vehículo y empezó a manejar con dirección incierta; llegó a un lago. Comenzó a lloviznar; se bajó, se quitó los zapatos y permitió que el agua mojara los pies. Mientras miraba su reflejo en el agua y escuchaba su respiración, dejó que los recuerdos le vinieran a la mente como nubes apresuradas.

En la casa esquinera de tejas anaranjadas donde nació, se podía percibir el olor que producía la mezcla de tierra húmeda con geranios y arupos aromáticos. Además, se podía escuchar el sonido suave y continuo del río. En épocas de invierno, se volvía estrepitoso, como un tren desbocado que va arrasando con todo lo que encuentra a su paso. 

Una mañana despertó muy temprano y corrió a la ventana a observar el río; sus ojos se posaron en una rama (imaginaba ser ella) que era arrastrada por la corriente; brincando de piedra en piedra, en cada salto iba dejando burbujas. Luego miró al firmamento, un estruendo hizo que abriera los ojos como lunas llenas.  Los aviones le parecían pájaros gigantes que rompían el cielo levantando las tejas de las casas; anhelaba volar en uno de ellos. 

Cuando cumplió dieciocho años, se fue a estudiar idiomas en la capital; su sueño más grande era convertirse en azafata y viajar a lugares que únicamente había visto en las telenovelas.

Una tarde crepuscular, cuando salía de las clases de inglés, conoció a su primer esposo, Erik Larsson, un científico sueco de cabellos negros y ojos penetrantes, que acababa de llegar al país para desarrollar una investigación en las Islas Galápagos. 
En cuanto la miró abandonó sus afanes científicos enamorándose perdidamente.
Cuando Erik le pidió que se fueran a Suecia y se casaran, ella aceptó. Guardó la carta de admisión al curso de azafata en una caja, entre fotos viejas.

Ya en Suecia Alma del Rocío debió enfrentarse a dos desafíos: la cultura y el idioma. Se compró un diccionario sueco-español, llenó las paredes del departamento con etiquetas donde iba colocando las palabras y frases más complejas.   A los dos años nació su primera hija, María.

Cuando María tenía doce años, un infarto fulminante sorprendió a su padre, quedando huérfana y Alma del Rocío sumida en una profunda desolación. El día después del funeral, Alma recogió la bufanda de Erik del sillón y la dobló como acariciándola. Luego, mientras María dormía, abrió un libro en sueco: Cómo escuchar a adolescentes y subrayó las palabras que aún no entendía. Volvió a esas páginas varias veces, memorizándolas para sostener el día.

Cuando creía haber sanado su herida, conoció a Sven, un actor secundario de teatro. El sueco tuvo que tomar un curso intensivo de español, aprender a bailar cadencias latinas y gastarse algunas coronas en ramitos de violetas perfumadas para ganarse el amor de Alma, que parecía tener blindado el corazón con una pantalla de acero. Al cabo de unos meses, Sven logró conquistarla y convencerla de casarse.  Con él procreó su segunda hija, Alegría. El matrimonio duró menos que el primero; el actor se marchó con una masajista hawaiana. Alma quedó devastada con esta felonía; tras ver el rincón vacío donde había estado la maleta de él, abrió las ventanas y dejó que entrara el aire gélido. Horneó el pastel de manzana preferido de sus hijas sin variar el ritmo. Esa noche, cuando por fin se quedaron dormidas, escribió en un post-it: «Mañana empiezo». Lo pegó en la puerta del refrigerador.

Inmersa en sus pensamientos estaba cuando levantó la mirada y se dio cuenta de que había anochecido. Abandonó el lago y regresó al vehículo; luego de algunos kilómetros recorridos, el motor se apagó; se fijó en el tablero y constató que se había quedado sin combustible. Solo allí tomó conciencia de su situación actual. Se miró en el retrovisor, tenía los ojos llorosos y enrojecidos; antes de llamar a una grúa, con voz entrecortada, masculló: «El dos toca mi puerta nuevamente».

Fueron años interminables entre cirugías y radioterapias. La vida de Alma del Rocío experimentó un giro copernicano. Dejó de ser la persona soñadora, alegre, cuyas carcajadas contagiosas hacían sonreír al más escéptico de los escandinavos. Su esbelta figura, su cabello largo y liso, sus ojos como perlas negras brillantes y la energía delirante que emanaba cuando caminaba con sus tacones dejando un aura mágica habían cambiado:  ella ya no era la misma.

Una mañana se vistió pausadamente; cada movimiento le confirmaba que el día no estaba perdido. El cansancio seguía ahí, agazapado, pero no la tironeó de vuelta hacia la almohada. No era un resurgir; apenas un pequeño impulso, casi tímido, pero suficiente para que se dijera: «Está bien. Una vez más». 

Alma finalmente comprendió que el dos no era un aviso de caída, sino de continuidad.

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