Ninfa Patiño Sánchez
Una suave brisa se filtra por la
rendija de la ventana del dormitorio, moviendo el filo de la cortina blanca.
Alma del Rocío duerme plácidamente cuando el céfiro acaricia sus largas
pestañas, despertándola de súbito. Estira su mano derecha y mira el reloj.
«¡Uf, recién las dos!» ―susurra,
tras un profundo bostezo, y se vuelve a dormir.
Apenas despertó, cumplió su rito:
dirigirse a la ventana a observar cómo los rastros de nieve van despidiéndose,
dando paso a la primavera. Vistió su traje deportivo, se colocó los audífonos,
bajó de dos en dos los escalones, abrió el portón y salió a la avenida;
mientras trotaba, iba tarareando All You Need Is Love, de
los Beatles. Concentrada en la canción estaba cuando entró una llamada.
―¡Aló! ¿Alma del Rocío Bustamante?
―preguntó una voz femenina del otro lado.
―Sí es ella ―contestó.
―Soy Ebba, enfermera del Hospital
Akademiska Sjukhuset de Uppsala. Tiene que venir a retirar los resultados de
sus exámenes.
Era una llamada que estaba
esperando, pero no precisamente hoy. Sus pies fueron deteniéndose en cámara
lenta hasta quedarse completamente inmóviles, pegados al asfalto; sus manos
temblaban incapaces de sostener el móvil. Antes de responder, susurró para sí
misma:
«Tranquila, Alma, todo estará
bien». Aspiró profundo, tragó saliva y dijo: ―Allí estaré.
Regresó a casa, tomó una ducha
relámpago, sacó del refrigerador un vaso de agua y dejó que el frío fluido
refrescara su garganta; luego se dirigió al hospital. Llegó treinta minutos
antes; en la sala de espera se sentó junto a una señora que acariciaba el
cabello de su hija, que lucía pálida y llorosa. Esa imagen, más el olor a
esterilizantes, la transportó a su niñez, cuando se había intoxicado con alguna
comida y tuvieron que llevarla a emergencias.
―¡Alma del Rocío Bustamante! ―llamó
una enfermera con acento finlandés―, el doctor Noah Andersson la espera en el
consultorio 202.
Se levantó, caminó sin apuro hasta
llegar al consultorio, se detuvo al mirar el último dos; un escalofrío se
instaló en todo su cuerpo. Un joven de pelo ralo, con lentes redondos que
dejaban ver unos diminutos ojos azules, con unos papeles y radiografías en las
manos, la estaba esperando.
—Alma, ya tengo los resultados. Sé
que esta información puede ser difícil de escuchar, así que te la explicaré con
calma. Detectamos dos lesiones: una en el riñón derecho y otra en la vejiga.
Por las características de los tumores, lo más seguro y recomendable es
tratarlos pronto. El primer paso sería operar el riñón; con eso resuelto,
continuaremos con la intervención de la vejiga. Esto nos permite evitar que se
afecten otros órganos y aumenta significativamente las probabilidades de un
buen resultado. Quiero que sepas que estaremos contigo en cada etapa del
proceso, y si algo no queda claro, por favor, dímelo: es importante para mí que
entiendas bien el tratamiento y puedas hacer todas las preguntas que necesites.
En la mente de Alma del Rocío quedó
resonando como saeta afilada la frase: Detectamos dos lesiones.
Permaneció en silencio; un nudo en la garganta impedía que salieran las
palabras. Su cuerpo empezó a trepidar, como una cometa de papel abandonada al
viento.
Luego de unos segundos, con voz
trémula, balbuceó:
―¡Haga lo que tenga que hacer,
doctor!
Salió del hospital empujando los
pies que le pesaban como pelotas de bronce. Subió a su vehículo y empezó
a manejar con dirección incierta; llegó a un lago. Comenzó a lloviznar; se
bajó, se quitó los zapatos y permitió que el agua mojara los pies. Mientras
miraba su reflejo en el agua y escuchaba su respiración, dejó que los
recuerdos le vinieran a la mente como nubes apresuradas.
En la casa esquinera de tejas
anaranjadas donde nació, se podía percibir el olor que producía la mezcla de
tierra húmeda con geranios y arupos aromáticos. Además, se podía escuchar el
sonido suave y continuo del río. En épocas de invierno, se volvía estrepitoso,
como un tren desbocado que va arrasando con todo lo que encuentra a su paso.
Una mañana despertó muy temprano y
corrió a la ventana a observar el río; sus ojos se posaron en una rama
(imaginaba ser ella) que era arrastrada por la corriente; brincando de piedra
en piedra, en cada salto iba dejando burbujas. Luego miró al firmamento,
un estruendo hizo que abriera los ojos como lunas llenas. Los
aviones le parecían pájaros gigantes que rompían el cielo levantando las tejas
de las casas; anhelaba volar en uno de ellos.
Cuando cumplió dieciocho años, se
fue a estudiar idiomas en la capital; su sueño más grande era convertirse en
azafata y viajar a lugares que únicamente había visto en las telenovelas.
Ya en Suecia Alma del Rocío debió
enfrentarse a dos desafíos: la cultura y el idioma. Se compró un diccionario
sueco-español, llenó las paredes del departamento con etiquetas donde iba
colocando las palabras y frases más complejas. A los dos años nació su
primera hija, María.
Cuando María tenía doce años, un
infarto fulminante sorprendió a su padre, quedando huérfana y Alma del Rocío sumida
en una profunda desolación. El día después del funeral, Alma recogió la bufanda
de Erik del sillón y la dobló como acariciándola. Luego, mientras María dormía,
abrió un libro en sueco: Cómo escuchar a adolescentes y subrayó las
palabras que aún no entendía. Volvió a esas páginas varias veces,
memorizándolas para sostener el día.
Cuando creía haber sanado su
herida, conoció a Sven, un actor secundario de teatro. El sueco tuvo que tomar
un curso intensivo de español, aprender a bailar cadencias latinas y gastarse
algunas coronas en ramitos de violetas perfumadas para ganarse el amor de Alma,
que parecía tener blindado el corazón con una pantalla de acero. Al cabo de
unos meses, Sven logró conquistarla y convencerla de casarse. Con él
procreó su segunda hija, Alegría. El matrimonio duró menos que el primero; el
actor se marchó con una masajista hawaiana. Alma quedó devastada con esta
felonía; tras ver el rincón vacío donde había estado la maleta de él, abrió las
ventanas y dejó que entrara el aire gélido. Horneó el pastel de manzana
preferido de sus hijas sin variar el ritmo. Esa noche, cuando por fin se
quedaron dormidas, escribió en un post-it: «Mañana empiezo». Lo pegó en la
puerta del refrigerador.
Inmersa en sus pensamientos estaba
cuando levantó la mirada y se dio cuenta de que había anochecido. Abandonó el
lago y regresó al vehículo; luego de algunos kilómetros recorridos, el motor se
apagó; se fijó en el tablero y constató que se había quedado sin combustible.
Solo allí tomó conciencia de su situación actual. Se miró en el retrovisor,
tenía los ojos llorosos y enrojecidos; antes de llamar a una grúa, con voz
entrecortada, masculló: «El dos toca mi puerta nuevamente».
Fueron años interminables entre
cirugías y radioterapias. La vida de Alma del Rocío experimentó un giro
copernicano. Dejó de ser la persona soñadora, alegre, cuyas carcajadas
contagiosas hacían sonreír al más escéptico de los escandinavos. Su esbelta
figura, su cabello largo y liso, sus ojos como perlas negras brillantes y la energía
delirante que emanaba cuando caminaba con sus tacones dejando un aura mágica habían
cambiado: ella ya no era la misma.
Una mañana
se vistió pausadamente; cada movimiento le confirmaba que el día no estaba
perdido. El cansancio seguía ahí, agazapado, pero no la tironeó de vuelta hacia
la almohada. No era un resurgir; apenas un pequeño impulso, casi tímido, pero
suficiente para que se dijera: «Está bien. Una vez más».
Alma finalmente comprendió que el
dos no era un aviso de caída, sino de continuidad.
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