María Paz Navea Tolmos
Mauricio no podía dormir porque al día siguiente
cumpliría doce años y ya casi no cabía en los toboganes.
No era una metáfora. Le había pasado esa misma tarde
en la plaza: se sentó, empujó con los pies y se quedó atorado. Tenía las
rodillas apretadas contra el pecho y sentía los hombros demasiado altos. Era su
cuerpo avisándole algo que él no había pedido.
Ahora estaba despierto, mirando el techo, pensando en
lo mismo.
Faltaban pocos minutos para la medianoche cuando se
levantó, cogió una mochila y salió de su casa sin hacer ruido. Al llegar al
parque, el reloj del poste brillaba demasiado en la oscuridad.
«Una vez más», dijo mientras se impulsaba.
Pero el tobogán no lo dejó bajar como siempre. No se
trabó ni se rompió. Simplemente se alargó, con un crujido suave que le vibró
bajo el peso. Mauricio sintió cómo el metal se volvía tibio bajo las piernas y
por un minuto se hundió en la quietud nocturna de la plaza.
Cuando llegó abajo, el suelo no era de tierra. Era
pasto, parejo y brillante. Al apoyarse, sintió la humedad fría traspasarle las
suelas. La luz de la noche iluminaba lo justo para ver dónde pisaba. Mauricio
se levantó despacio. Miró a su alrededor, el lugar estaba ahí: las casas bajas,
la plaza, el silencio que no daba miedo, pero el cielo tenía menos estrellas,
el columpio ya no se movía y todo parecía más estrecho. Como el tobogán.
Mauricio tragó saliva.
«Yo tampoco voy a caber mucho tiempo más, ¿no?», pensó
en voz alta.
Nadie contestó, pero él ya conocía la respuesta. Tenía
muy claro que esa era la última noche en la que estaría ahí. Sabía que, si no
hacía algo ahora, ese recinto desaparecería junto con su niñez.
Mauricio miró el tobogán desde abajo. Ya no parecía
tan largo ni tan dispuesto a esperarlo otra vez.
«Está bien —dijo—. Al menos quisiera despedirme como
corresponde».
Caminó hacia el centro del recinto. Cada paso le
resultaba ligeramente incómodo. El pasto brillante se apartaba bajo sus
zapatillas, era como si el suelo midiera cuánto espacio ocupaba.
En el centro seguía el banco de siempre. De madera
clara, gastada en el borde donde los niños se sentaban a esperar sin saber bien
qué. Mauricio se dejó caer ahí y apoyó las manos a los costados.
El banco crujió.
«Perdón», murmuró y retiró un poco el peso pensando en
que antes no hacía falta pedir permiso.
Miró alrededor y notó que las casas bajas seguían en
pie, pero algunas ventanas estaban apagadas del todo, como si ya no hubiera
nada detrás. El columpio, quieto, parecía más corto que la última vez. No roto.
Más bien como si se hubiera encogido.
«No es justo que decidas sin avisar —dijo—. Yo siempre
vine a ti».
El rincón respondió como sabía hacerlo: un sonido
leve, metálico, se escuchó a lo lejos. Mauricio levantó la cabeza. Venía desde
detrás de las casas, donde empezaba el camino que llevaba al borde del parque.
No todos los niños llegaban ahí. No todos se animaban. Mauricio sí.
Se puso de pie y caminó en esa dirección. A cada paso,
el sonido se hacía más claro: un golpeteo suave, rítmico, como algo chocando
consigo mismo por falta de espacio. Al llegar, vio la baranda: una estructura
baja, casi ridícula, que marcaba el límite del parque. Del otro lado no había
nada visible. No oscuridad, no vacío. Solo una especie de aire espeso, inmóvil.
La baranda siempre había estado ahí, pero nunca había hecho ruido y ahora sí, estaba
vibrando.
Mauricio se agachó y apoyó la mano. La baranda
temblaba como si algo del otro lado empujara, no para salir, sino para no
desaparecer.
«¿Eso es todo lo que queda?», preguntó.
No hubo respuesta. Pero Mauricio supo que no se
trataba de salvar el recinto. Nunca había sido posible. No se necesitaban
héroes ni sacrificios grandes, tan solo una elección.
Miró sus manos otra vez. Grandes. Torpes. Demasiado
conscientes de sí mismas. Pensó en el tobogán, en cómo se había alargado solo
para dejarlo pasar una última vez.
La plaza no deseaba retenerlo, solo quería que
eligiera qué llevarse. Mauricio respiró hondo y vio cómo el cielo perdía otra
estrella. Sentía como si el lugar lo estuviera soltando a él.
«Está bien —dijo, más bajo—. Ya entendí».
Se quitó la mochila y la abrió. Estaba vacía. Como
debía ser. Se acercó a la baranda. Y entonces dudó. Porque elegir una sola cosa
significaba dejar todo lo demás atrás.
Pensó en llevarse algo concreto: una estrella o quizá
un pedazo de pasto brillante. Pero supo enseguida que no funcionaría. Las cosas
del parque no estaban hechas para durar fuera de él. Se desarmaban apenas
cruzaban el borde, como si no supieran existir en otro lado.
Cerró la mochila, en señal de entendimiento, y volvió
sobre sus pasos. Con cada uno de ellos el lugar se encogía más y más. Pasó
junto al banco, junto a las casas bajas, hasta llegar otra vez al tobogán.
Mirándolo desde abajo notó que era más corto que
antes. Apenas suficiente. Subió la escalera con cuidado. Cada peldaño le
quedaba más justo de lo que recordaba.
Arriba, una vez más, se sentó y sus rodillas volvieron
a chocar con el pecho. El metal estaba frío, ya no conservaba el calor de
siempre.
Mauricio apoyó las manos a los costados. No pensó en
crecer, ni en mañana, tampoco en despedidas. Solo se impulsó y bajó sintiendo
el metal apretarle los hombros y exigirle más de lo que antes necesitaba.
Al llegar abajo, el pasto dejó de brillar y el cielo
se apagó del todo. Se paró frente al tobogán y notó que este lucía más pequeño
que otras veces. En un solo parpadeo, el reloj del poste ya estaba marcando las
doce en punto. Mauricio respiró hondo. Ya tenía doce.
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