Moisés
Panduro Coral
El
antiguo reloj de la catedral daba su segunda campanada de la tarde cuando el
juez dio inicio a la audiencia para la lectura de sentencia sobre el caso
Maradona. Una multitud se arremolinó frente al juzgado de Puerto Malú, ocupando
la vía pública y obstaculizando el paso de los vehículos.
—Ninguno
de sus robos califica como hurto agravado —dijo una señora que cargaba en el
hombro una bandejita con tortillas de maíz.
—Si
no hubo hurto agravado no puede haber delito —argumentó un joven con pinta de
universitario de cuyo hombro colgaba un morral negro.
—Y si
no hay delito, ¡qué sentencia pues va a haber! La única sentencia que se espera
es que lo absuelvan —agregó la joven obstetra que, al retornar del hospital
donde había cumplido su turno, detuvo su moto por un instante para sumarse al
gentío.
Frente
al juez aguardaba un hombre flaco, de brazos musculosos con venas como túneles
de termitas que se ramificaban hasta las manos. Tenía el cabello negro corto y
orejas parabólicas que enmarcaban una mirada llorosa mezcla de tristeza e
inocencia. Vestía una bermuda beige, y un polo bicolor: rojo ladrillo la mitad
superior, y azul oscuro, la mitad inferior. Sus pies calzaban unas sandalias
baratas de plástico cuyas tiras encajaban bien entre sus dedos gordos y sus
segundos dedos llenos de mugre. Su mano derecha sujetaba un gorro rosado con el
logo de una conocida marca imitada a la perfección en el mercado informal.
—No
podemos juzgar, tenemos hijos que no sabemos cómo serán cuando sean más grandes
—expresó una joven madre que cogía de la mano a su pequeño vestido de uniforme
amarillo con bordados rojos que, a esa hora, regresaba de la guardería
infantil.
—Papi,
mira, ahí está mi gorro rosadito con Maradona —dijo inocentemente una niña
cuando vio que su papá revisaba en su WhatsApp la foto del inculpado.
Mientras
al interior del juzgado el juez iniciaba la lectura de sentencia, afuera se
producía un conato de bronca entre dos vecinas.
—¿No
has sido tú la que le ha ishangueado cuando le amarraron a un
poste y el pobrecito gritaba pidiendo que lo liberen? ¡¿Qué haces aquí?! —le
reclamaba una furiosa vecina a otra que acababa de llegar, apuntándole con su
dedo índice.
—¡Yo!
¡Para nada, vecina!
—¡Pero
yo te he visto en el TikTok! ¡No tienes alma! ¡Cómo puedes hacer eso a tu
prójimo! ¡Sea lo que sea es tu prójimo! ¡A ver que le hagan eso a tu hijo!
—¡Usted
se está confundiendo, vecina! ¡No sé de qué me habla!
—¡Vecina!
¡Espere, vecina! No es ella. Quien le ishangueó es otra señora
que no es de aquí y que ayer se ha marchado del pueblo —terció otra señora que
se interpuso entre la bronquera y la recién llegada.
Días
antes, Maradona había sido descubierto, robándose unas bolsas de azúcar de un
pequeño market. Un cliente que hacía sus compras se
percató, lo persiguió y lo atrapó tomándolo del brazo en una esquina oscura.
Forcejearon, acudieron otros y, entre todos, lo doblegaron y amarraron a un
poste. Una mujer obesa, con mucha agilidad, extrajo de raíz una ishanga —planta
urticante de unos cincuenta centímetros de altura, muy común en la selva
amazónica, que crece en las huertas y calles— y lo azotó repetidas veces, sin
importarle las súplicas dolientes del inmovilizado. Al escuchar el alboroto,
varios vecinos intervinieron y cuando descubrieron de quién se trataba,
increparon soezmente a quienes lo estaban torturando.
—¡No
le hagan daño, carajo!
—¡Nuevamente
ha robado! ¡Ha prometido que va a cambiar, pero sigue en lo mismo! —alegó uno
de los que lo amarraron al poste.
—¡Por
tres miserables bolsas de azúcar no pueden poner en riesgo la vida de una
persona, eso está prohibido por ley! —protestó una señora.
—Cualquiera
que delinca debe recibir su castigo y los que lo apoyan también —dijo el que lo
detuvo.
—¿¡Me
estás amenazando!? —estalló un hombre musculoso de gran estatura, caminando
decididamente hacia el poste y pecheando al que lanzó la indirecta.
—No,
señor, no le estoy amenazando —respondió a la defensiva —pero, entonces, de qué
manera cree usted que vamos a enseñar a nuestros hijos a que no sean como él.
—¡Eso
le corresponde a la policía o al juez, no a usted, pedazo de cabrón! —replicó
con voz atronadora el grandote.
—En
ese caso, hágase responsable usted, señor —dijo su contrincante mientras
desataba las amarras al cautivo.
Una
vez libre, Maradona recogió las bolsas de azúcar que habían caído al suelo y se
las entregó a unos niños que por curiosidad se habían acercado.
El
duelo verbal entre las dos vecinas había terminado, no tanto porque era
evidente que la mujer que había ishangueado a Maradona no era
la persona que estaba siendo señalada, sino porque, en ese momento, el dueño
del bar ubicado frente al juzgado levantó el volumen de su equipo de sonido
para que todos puedan oír la lectura de la resolución del juez. Sí, Maradona era
querido y odiado por el pueblo de Puerto Malú. En realidad, más querido que
odiado, porque según doña Evita, la lideresa de los clubes de madres, por cada
detractor tenía diez defensores.
No
era la primera vez que detenían a Maradona. Le decían la mano de Dios por su
extremada habilidad para apropiarse de lo ajeno. El periodista Jacker Ipushima,
que transmitía la audiencia judicial en vivo y en directo a través de radio
Arazá, decía que estadísticamente hablando no había nadie en Puerto Malú cuyas
pertenencias no hubieran sido tocadas por la mano de Dios.
Maradona
era un auténtico diez del pillaje, el mejor jugador en la cancha del hurto, el
más grande matador en el área chica de las viviendas y negocios. Era un
patrimonio viviente de Puerto Malú.
—Qué
pena Maradonita, pediré que no te pase nada, que Dios te cuide mucho hijo,
había escrito doña Regina en el grupo WhatsApp de su familia, acompañando a su
mensaje un selfie que se tomó con el encausado, rodeado de
varios corazoncitos.
Las
reacciones no se hicieron esperar.
—Con
esa carita de no sé nada, pobrecito —escribió su hija mayor, acompañando a su
texto el emoji de un estado de tristeza.
—Es
el don que Dios le dio, déjenlo libre —envió el yerno mientras cumplía su
trabajo de guardián de un almacén de mercaderías.
—Nooo,
por favor, a mi persona favorita, noooo —mensajeó su cuñada que desde su
oficina de contadora seguía el proceso en una transmisión del Facebook.
El
resto de la familia reaccionó con emojis de manos en oración
en señal de ruego para que el juez decida la libertad de Maradona.
Pero
Maradona dividía familias.
—Ya,
metan preso a ese ladrón —escribió el benjamín de doña Regina, considerado la
oveja negra de la familia.
El
último comentario desató una cadena de reacciones con adjetivos calificativos
poco comunes en un grupo familiar. De ellos sólo se puede rescatar: ¡Fuera de
aquí, baboso de mierda! ¡No puedo creer que no lo entiendas todavía!
¡Comentario fuera de lugar! ¡Nunca escupas al cielo, tarado! Las pantallas de
los celulares se tiñeron de rojo oscuro por la gran cantidad de hileras que
formaban los emojis de enojo.
Esta
familia era una barra brava de Maradona, aunque no era la única. Si Maradona se
presentaba de candidato a alcalde, ganaba por goleada. Y es que Maradona podía
ser el mejor diez de todos los tiempos en el ranking de la rapacería, pero
cometía inocentadas inentendibles para un ladrón de viejo oficio, las que eran
muy comentadas por los programas matinales de las radios locales. La gente
andaba pendiente por saber si la noche anterior se había producido algún robo
maradoniano seguido de su respectiva inocentada, lo cual desataba una extraña
sensación de ternura con cada nueva historia.
Cierta
vez, había sido sorprendido robando las gallinas de la huerta de doña Emilia,
la viuda que mantenía a sus tres hijos con la crianza de aves de corral.
—Perdone,
amigo policía, la falta de trabajo me trajo hasta aquí, prometo no volver a
robar más —dijo en tono lloroso.
Tenía
varias excusas harto conocidas para sus robos en tantos años. Le condujeron a
la comisaría nada más que por puro trámite. Al salir de la celda donde estuvo
retenido por veinticuatro horas, un buen samaritano le dio trabajo en su hotel.
Todo lo que tenía que hacer era limpiar los baños de las habitaciones. Maradona
se veía bien con su uniforme y sus implementos de trabajo, pero no pasó ni una
semana, cuando el dueño empezó a notar que faltaban algunas sábanas y
almohadas. Todo apuntaba a Maradona.
Efectivamente,
varias familias del barrio La Pedrera podían decir, por fin, que dormían mejor
gracias a sus sábanas nuevas de buena textilería desplegadas elegantemente en
sus duros colchones de paja con muchos años de uso. Maradona iba por los
barrios periféricos de la ciudad mostrando sus productos a sus potenciales
clientes, quienes le hacían agarrar el dinero que tenían o le prometían pagar
después. Si no lograba colocarlos los donaba a la gente necesitada.
Era
común escuchar: «Maradonita, no tengo mucho dinero, ñaño, pero te alcanzo algo
por ahora». A muchos no les interesaba el producto, pero le alcanzaban un
sencillo por la emoción de habérsele cruzado en el camino.
En
otra oportunidad, había sido capturado cuando caminaba tranquilamente por la
calle, cerca de las dos de la mañana, llevando bajo sus brazos unos libros que
había extraído de la rica biblioteca del viejo maestro Víctor Sunción. En un
nuevo capítulo de la novela maradoniana, las radios y canales difundieron las
entrevistas hechas al policía que lo detuvo aquella madrugada.
Era
una escena surrealista: Un tipo en trusa y con bividí oscuro, sucio y raído,
tocando puertas al amanecer para entregar libros. Parecía un bibliotecario
haciendo delivery de libros en un sector de la ciudad donde
predominan las casas rústicas con columnas de madera y techos de hojas de palma
tejidas.
Aquella
vez Maradona suplicó al comisario que lo dejara libre, que solo quería ayudar a
unos niños a quienes había escuchado que no tenían los libros que les pedían en
la escuela.
—Pregunte
a los niños del barrio Requenillo, jefe, ellos querían esos libros y yo sabía
quién los tenía, jefe.
—Pero
eso no significa que no has cometido un robo.
—Ya
pues, jefe, déjeme libre. Además, debo estar en reposo después de la operación
que me han hecho.
—¿De
qué te operaron? —preguntó el comisario.
—De
apendicitis, jefe —respondió, llevando dramáticamente la palma de su mano al
extremo inferior derecho de su bajo vientre.
—No
te creo. Tu operación hubiera sido una noticia internacional. ¿Cómo es que no
nos hemos enterado en Puerto Malú?
Incapaz
de sostener su mentira, Maradona solo sonrió. Esta vez vino en su ayuda, el
líder de Los Halcones Azules, una ronda urbana que apoyaba a la policía en el
resguardo de la seguridad interna de Puerto Malú.
—Mi
mayor, con su permiso, voy a invitar a Maradona a ser un halcón azul —dijo
solemnemente.
El
jefe policial lo miró asombrado, como preguntándose: «¿Esto es en serio?», pero
luego pensó mejor y se dijo asimismo que tener a Maradona en Los Halcones
Azules no era una mala idea. Podría ser una experiencia motivadora que le
conduzca a la reflexión y, a la larga, a dejar el bendito vicio de robar que
había mantenido en jaque a la policía durante muchos años.
—Es
una buena propuesta. Este lunes quiero verlo uniformado y saliendo a patrullar
en la vigilia nocturna —dijo el jefe policial.
Maradona
sonrió ampliamente. Se cumplía uno de sus sueños. Iba a ser un halcón azul,
vistiendo un pantalón holgado beige con hartos bolsillos, un chaleco del mismo
color, también con bolsillos; un polo azul con un escudo en letras doradas, y
ese gorrito beige que nunca pudo posar en su cabeza ni en sus manos. Tenía una
colección de gorros, pero ese del halcón había sido siempre una fruta prohibida
para él. Se imaginaba deteniéndose así mismo: Un Maradona con uniforme
deteniendo a otro Maradona semivestido.
Pero
el diez de Puerto Malú no estaba destinado a ser un uniformado. A las pocas
semanas, varios polos de los halcones azules fueron vistos cubriendo el tórax
de un equipo de fulbito de barrio, mientras que los gorritos beige se
estrenaban en las testas de los niños. Todo indicaba que ese autogol era una
obra maradoniana. Cuando se confirmó que la mano del diez estuvo detrás de la
jugada, el líder de los halcones le sacó tarjeta roja.
Al
día siguiente, las radios iniciaron la jornada mañanera con un titular
celebratorio: Gol de Maradona a Los Halcones Azules, con un dribling de
arco a arco.
—No
tiene remedio. Creo que la única alternativa es que vaya a vivir en alguna zona
rural —comentó cabizbajo el líder de los halcones.
—Le
dimos muchas oportunidades. Quince años en este plan, ya cansa. Yo creo que es
hora de darle un buen escarmiento, que pise la cárcel —dijo apesadumbrado el
jefe policial.
Así
fue que se armó el voluminoso atestado contra Maradona que, a pesar de todo,
tenía la certeza de que los incontables perdones que había recibido a lo largo
de su trayectoria cuatrera se volverían a repetir, esta vez de parte del juez.
En
Puerto Malú, todos sus habitantes estaban al tanto del acto judicial. Afuera
del juzgado, alrededor de las siete de la noche, la masa humana había crecido
tremendamente, con hombres y mujeres, jóvenes y viejos, y hasta niños, con la
vista pegada en la pantalla de los celulares viendo la transmisión en vivo y en
directo que hacían las diferentes plataformas informativas por las redes
sociales.
Por
fin, el juez, que ya llevaba tres horas leyendo los extensos antecedentes de la
resolución, se detuvo unos segundos, se sacó los lentes, se restregó los ojos,
se volvió a colocar los lentes, acomodó su silla, tomó un poco de agua, y leyó:
«Por
estos considerandos, con estricto apego a la ley y administrando justicia a
nombre de la nación, fallo dictando sentencia de nueve meses de prisión
preventiva contra la persona de Jhon Lenon Rosas Vásconez, alias “Maradona”,
disponiendo que, luego de los controles de salud respectivos, se le interne en
el penal de Puerto Malú, mientras continúan las investigaciones».
El
público detonó un sonoro ¡Nooooo!, y empezó a pifiar ensordecedoramente. Casi
nadie estaba de acuerdo con la decisión del juez. Los cientos de congregados
vociferaron insultos de todo calibre contra los policías que habían acordonado
el local del juzgado. Unos minutos después, una señora, con megáfono en mano,
apuntó hacia ellos como los responsables de haber entregado a Maradona al poder
judicial, enervando la animadversión popular y motivando a los más furiosos a
lanzar semillas de aguaje y pedazos de cascajo contra el cerco
policial.
Las
redes sociales reventaron. Eso no podía ser. Ni debía ser. ¿Por qué? Si
Maradona devolvía lo que se llevaba. Se llevó el polo y la bermuda de mi hijo,
pero nueve meses de prisión por eso es una canallada, comentó un antiguo
comerciante del pueblo. Y el tractor que dijeron que se había robado, fue una
treta para justificar gastos de la municipalidad, agregó una vendedora de
refresco.
¿Ahora,
quién nos va a robar con decencia y elegancia?, posteó sarcásticamente un viejo
poeta del pueblo. Estamos dispuestos a llegar hasta el TAS para que se haga
justicia con Maradona, posteó un beodo, veterano de la selección de fútbol de
Puerto Malú, que a esa hora estaba sazonado con varias copas encima. Sin
Maradona en la calle, Puerto Malú no tendrá adrenalina, tituló una plataforma
virtual de noticias. ¡Maradona, nooo! ¡¿Cómo es posible este suceso?! El juez
está mal de la cabeza, escribió Segismundo, uno de sus hinchas más acérrimos.
Ante
el creciente embravecimiento del gentío y su peligroso acercamiento a la puerta
del juzgado, la policía se vio obligada a disparar gases lacrimógenos para
dispersar a los manifestantes, lo que degeneró en una bronca de grandes
proporciones. En medio de la confusión, un grupo logró ingresar a la sede del
juzgado. El juez y sus ayudantes huyeron despavoridos saltando un muro
posterior que daba hacia una huerta del vecindario.
Cerca
de las nueve de la noche, cinco hombres subieron a Maradona a bordo de un bote
que esperaba en el embarcadero del arenal del río Tapiche. Junto con él
embarcaron varias bolsas y cajas de cartón.
El
motorista enfiló de inmediato, a toda velocidad, haciendo zigzags, como si
alguien le estaría persiguiendo para arrebatarle el pasajero más valioso que
había transportado en su vida, mientras su ayudante, en la proa de la nave,
enfocaba intermitentemente su linterna al agua para no desviarse del canal
navegable del río.
Luego
de navegar dos horas aguas arriba, el motorista acoderó en un embarcadero rural
rodeado de árboles frondosos que en la oscuridad parecían gigantes vigilando.
El ayudante sirvió panes y café caliente de un termo que llevaba en una
mochila.
Mientras
toma su café, Maradona mira el cielo estrellado en la negrura de la noche y
piensa en su madre. ¿Y si ella es una de esas luces brillantes como le
enseñaron de niño? Llegaron a Puerto Malú desde un pueblo cuyo nombre se ha
perdido en el tiempo. Su mente vuela hacia el día en que la vio dentro de una
caja que fue llevada al cementerio. Él no entendía la muerte. Y creció agregado
de familia en familia. Te echo de menos, mamá. Te vi aquel día que me
encontraron tendido debajo del puente Camaná. ¿Estaba muerto, mamá? Y me
llevaron al hospital. Te veía, pero fue como un sueño.
—Hasta
la frontera con Brasil son tres días, ñaño —escuchó al motorista, cortando sus
pensamientos —pero tenemos gasolina y provisiones en cantidad.
—Sí,
sé a dónde voy, ñaño.
Iría
donde don Ramón, el viejo ganadero que estableció un fundo en ese lejano lugar.
De allí llegaba la carne y el queso para Puerto Malú.
—A
ver, esto es de la panadería Teresa, y aquí hay conservas de la tienda Yong, y
estas frutas son de doña Reginita, por acá tenemos pollo canga de la pollería
Chung, y esto es ropa donada por doña Elvita, —dijo el ayudante pasando revista
a las provisiones con su linterna, ufanándose de los donativos enviados por los
hinchas de Maradona.
Maradona
suspiró hondo. Tanta bondad me duele, se dijo a sí mismo. Dejaré la droga y los
robos ¡Por mi madre que lo haré!
El
aullido potente de un mono aullador llegó de lejos cortando el silencio de la
noche.
—Buena
señal —dijo el curtido motorista, y arrancó el motor.
Puerto Malú había logrado rescatar y liberar al mejor diez de su historia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario