lunes, 16 de febrero de 2026

Maradona

Moisés Panduro Coral

 

El antiguo reloj de la catedral daba su segunda campanada de la tarde cuando el juez dio inicio a la audiencia para la lectura de sentencia sobre el caso Maradona. Una multitud se arremolinó frente al juzgado de Puerto Malú, ocupando la vía pública y obstaculizando el paso de los vehículos.

—Ninguno de sus robos califica como hurto agravado —dijo una señora que cargaba en el hombro una bandejita con tortillas de maíz.

—Si no hubo hurto agravado no puede haber delito —argumentó un joven con pinta de universitario de cuyo hombro colgaba un morral negro.

—Y si no hay delito, ¡qué sentencia pues va a haber! La única sentencia que se espera es que lo absuelvan —agregó la joven obstetra que, al retornar del hospital donde había cumplido su turno, detuvo su moto por un instante para sumarse al gentío.

 

Frente al juez aguardaba un hombre flaco, de brazos musculosos con venas como túneles de termitas que se ramificaban hasta las manos. Tenía el cabello negro corto y orejas parabólicas que enmarcaban una mirada llorosa mezcla de tristeza e inocencia. Vestía una bermuda beige, y un polo bicolor: rojo ladrillo la mitad superior, y azul oscuro, la mitad inferior. Sus pies calzaban unas sandalias baratas de plástico cuyas tiras encajaban bien entre sus dedos gordos y sus segundos dedos llenos de mugre. Su mano derecha sujetaba un gorro rosado con el logo de una conocida marca imitada a la perfección en el mercado informal.

—No podemos juzgar, tenemos hijos que no sabemos cómo serán cuando sean más grandes —expresó una joven madre que cogía de la mano a su pequeño vestido de uniforme amarillo con bordados rojos que, a esa hora, regresaba de la guardería infantil.

—Papi, mira, ahí está mi gorro rosadito con Maradona —dijo inocentemente una niña cuando vio que su papá revisaba en su WhatsApp la foto del inculpado.

 

Mientras al interior del juzgado el juez iniciaba la lectura de sentencia, afuera se producía un conato de bronca entre dos vecinas.

—¿No has sido tú la que le ha ishangueado cuando le amarraron a un poste y el pobrecito gritaba pidiendo que lo liberen? ¡¿Qué haces aquí?! —le reclamaba una furiosa vecina a otra que acababa de llegar, apuntándole con su dedo índice.

—¡Yo! ¡Para nada, vecina!

—¡Pero yo te he visto en el TikTok! ¡No tienes alma! ¡Cómo puedes hacer eso a tu prójimo! ¡Sea lo que sea es tu prójimo! ¡A ver que le hagan eso a tu hijo!

—¡Usted se está confundiendo, vecina! ¡No sé de qué me habla!

—¡Vecina! ¡Espere, vecina! No es ella. Quien le ishangueó es otra señora que no es de aquí y que ayer se ha marchado del pueblo —terció otra señora que se interpuso entre la bronquera y la recién llegada.

 

Días antes, Maradona había sido descubierto, robándose unas bolsas de azúcar de un pequeño market.  Un cliente que hacía sus compras se percató, lo persiguió y lo atrapó tomándolo del brazo en una esquina oscura. Forcejearon, acudieron otros y, entre todos, lo doblegaron y amarraron a un poste. Una mujer obesa, con mucha agilidad, extrajo de raíz una ishanga —planta urticante de unos cincuenta centímetros de altura, muy común en la selva amazónica, que crece en las huertas y calles— y lo azotó repetidas veces, sin importarle las súplicas dolientes del inmovilizado. Al escuchar el alboroto, varios vecinos intervinieron y cuando descubrieron de quién se trataba, increparon soezmente a quienes lo estaban torturando.

—¡No le hagan daño, carajo!

—¡Nuevamente ha robado! ¡Ha prometido que va a cambiar, pero sigue en lo mismo! —alegó uno de los que lo amarraron al poste.

—¡Por tres miserables bolsas de azúcar no pueden poner en riesgo la vida de una persona, eso está prohibido por ley! —protestó una señora.

—Cualquiera que delinca debe recibir su castigo y los que lo apoyan también —dijo el que lo detuvo.

—¿¡Me estás amenazando!? —estalló un hombre musculoso de gran estatura, caminando decididamente hacia el poste y pecheando al que lanzó la indirecta.

—No, señor, no le estoy amenazando —respondió a la defensiva —pero, entonces, de qué manera cree usted que vamos a enseñar a nuestros hijos a que no sean como él.

—¡Eso le corresponde a la policía o al juez, no a usted, pedazo de cabrón! —replicó con voz atronadora el grandote.

—En ese caso, hágase responsable usted, señor —dijo su contrincante mientras desataba las amarras al cautivo.

Una vez libre, Maradona recogió las bolsas de azúcar que habían caído al suelo y se las entregó a unos niños que por curiosidad se habían acercado.

 

El duelo verbal entre las dos vecinas había terminado, no tanto porque era evidente que la mujer que había ishangueado a Maradona no era la persona que estaba siendo señalada, sino porque, en ese momento, el dueño del bar ubicado frente al juzgado levantó el volumen de su equipo de sonido para que todos puedan oír la lectura de la resolución del juez. Sí, Maradona era querido y odiado por el pueblo de Puerto Malú. En realidad, más querido que odiado, porque según doña Evita, la lideresa de los clubes de madres, por cada detractor tenía diez defensores.

No era la primera vez que detenían a Maradona. Le decían la mano de Dios por su extremada habilidad para apropiarse de lo ajeno. El periodista Jacker Ipushima, que transmitía la audiencia judicial en vivo y en directo a través de radio Arazá, decía que estadísticamente hablando no había nadie en Puerto Malú cuyas pertenencias no hubieran sido tocadas por la mano de Dios.

Maradona era un auténtico diez del pillaje, el mejor jugador en la cancha del hurto, el más grande matador en el área chica de las viviendas y negocios. Era un patrimonio viviente de Puerto Malú.

—Qué pena Maradonita, pediré que no te pase nada, que Dios te cuide mucho hijo, había escrito doña Regina en el grupo WhatsApp de su familia, acompañando a su mensaje un selfie que se tomó con el encausado, rodeado de varios corazoncitos.

Las reacciones no se hicieron esperar.

—Con esa carita de no sé nada, pobrecito —escribió su hija mayor, acompañando a su texto el emoji de un estado de tristeza.

—Es el don que Dios le dio, déjenlo libre —envió el yerno mientras cumplía su trabajo de guardián de un almacén de mercaderías.

—Nooo, por favor, a mi persona favorita, noooo —mensajeó su cuñada que desde su oficina de contadora seguía el proceso en una transmisión del Facebook.

El resto de la familia reaccionó con emojis de manos en oración en señal de ruego para que el juez decida la libertad de Maradona.

Pero Maradona dividía familias.

—Ya, metan preso a ese ladrón —escribió el benjamín de doña Regina, considerado la oveja negra de la familia.

 

El último comentario desató una cadena de reacciones con adjetivos calificativos poco comunes en un grupo familiar. De ellos sólo se puede rescatar: ¡Fuera de aquí, baboso de mierda! ¡No puedo creer que no lo entiendas todavía! ¡Comentario fuera de lugar! ¡Nunca escupas al cielo, tarado! Las pantallas de los celulares se tiñeron de rojo oscuro por la gran cantidad de hileras que formaban los emojis de enojo.

Esta familia era una barra brava de Maradona, aunque no era la única. Si Maradona se presentaba de candidato a alcalde, ganaba por goleada. Y es que Maradona podía ser el mejor diez de todos los tiempos en el ranking de la rapacería, pero cometía inocentadas inentendibles para un ladrón de viejo oficio, las que eran muy comentadas por los programas matinales de las radios locales. La gente andaba pendiente por saber si la noche anterior se había producido algún robo maradoniano seguido de su respectiva inocentada, lo cual desataba una extraña sensación de ternura con cada nueva historia.

 

Cierta vez, había sido sorprendido robando las gallinas de la huerta de doña Emilia, la viuda que mantenía a sus tres hijos con la crianza de aves de corral.

—Perdone, amigo policía, la falta de trabajo me trajo hasta aquí, prometo no volver a robar más —dijo en tono lloroso.

Tenía varias excusas harto conocidas para sus robos en tantos años. Le condujeron a la comisaría nada más que por puro trámite. Al salir de la celda donde estuvo retenido por veinticuatro horas, un buen samaritano le dio trabajo en su hotel. Todo lo que tenía que hacer era limpiar los baños de las habitaciones. Maradona se veía bien con su uniforme y sus implementos de trabajo, pero no pasó ni una semana, cuando el dueño empezó a notar que faltaban algunas sábanas y almohadas. Todo apuntaba a Maradona.

Efectivamente, varias familias del barrio La Pedrera podían decir, por fin, que dormían mejor gracias a sus sábanas nuevas de buena textilería desplegadas elegantemente en sus duros colchones de paja con muchos años de uso. Maradona iba por los barrios periféricos de la ciudad mostrando sus productos a sus potenciales clientes, quienes le hacían agarrar el dinero que tenían o le prometían pagar después. Si no lograba colocarlos los donaba a la gente necesitada.

Era común escuchar: «Maradonita, no tengo mucho dinero, ñaño, pero te alcanzo algo por ahora». A muchos no les interesaba el producto, pero le alcanzaban un sencillo por la emoción de habérsele cruzado en el camino.

En otra oportunidad, había sido capturado cuando caminaba tranquilamente por la calle, cerca de las dos de la mañana, llevando bajo sus brazos unos libros que había extraído de la rica biblioteca del viejo maestro Víctor Sunción. En un nuevo capítulo de la novela maradoniana, las radios y canales difundieron las entrevistas hechas al policía que lo detuvo aquella madrugada.

Era una escena surrealista: Un tipo en trusa y con bividí oscuro, sucio y raído, tocando puertas al amanecer para entregar libros. Parecía un bibliotecario haciendo delivery de libros en un sector de la ciudad donde predominan las casas rústicas con columnas de madera y techos de hojas de palma tejidas.

Aquella vez Maradona suplicó al comisario que lo dejara libre, que solo quería ayudar a unos niños a quienes había escuchado que no tenían los libros que les pedían en la escuela.

—Pregunte a los niños del barrio Requenillo, jefe, ellos querían esos libros y yo sabía quién los tenía, jefe.

—Pero eso no significa que no has cometido un robo.

—Ya pues, jefe, déjeme libre. Además, debo estar en reposo después de la operación que me han hecho.

—¿De qué te operaron? —preguntó el comisario.

—De apendicitis, jefe —respondió, llevando dramáticamente la palma de su mano al extremo inferior derecho de su bajo vientre.

—No te creo. Tu operación hubiera sido una noticia internacional. ¿Cómo es que no nos hemos enterado en Puerto Malú?

Incapaz de sostener su mentira, Maradona solo sonrió. Esta vez vino en su ayuda, el líder de Los Halcones Azules, una ronda urbana que apoyaba a la policía en el resguardo de la seguridad interna de Puerto Malú.

—Mi mayor, con su permiso, voy a invitar a Maradona a ser un halcón azul —dijo solemnemente.

El jefe policial lo miró asombrado, como preguntándose: «¿Esto es en serio?», pero luego pensó mejor y se dijo asimismo que tener a Maradona en Los Halcones Azules no era una mala idea. Podría ser una experiencia motivadora que le conduzca a la reflexión y, a la larga, a dejar el bendito vicio de robar que había mantenido en jaque a la policía durante muchos años.

—Es una buena propuesta. Este lunes quiero verlo uniformado y saliendo a patrullar en la vigilia nocturna —dijo el jefe policial.

Maradona sonrió ampliamente. Se cumplía uno de sus sueños. Iba a ser un halcón azul, vistiendo un pantalón holgado beige con hartos bolsillos, un chaleco del mismo color, también con bolsillos; un polo azul con un escudo en letras doradas, y ese gorrito beige que nunca pudo posar en su cabeza ni en sus manos. Tenía una colección de gorros, pero ese del halcón había sido siempre una fruta prohibida para él. Se imaginaba deteniéndose así mismo: Un Maradona con uniforme deteniendo a otro Maradona semivestido.

Pero el diez de Puerto Malú no estaba destinado a ser un uniformado. A las pocas semanas, varios polos de los halcones azules fueron vistos cubriendo el tórax de un equipo de fulbito de barrio, mientras que los gorritos beige se estrenaban en las testas de los niños. Todo indicaba que ese autogol era una obra maradoniana. Cuando se confirmó que la mano del diez estuvo detrás de la jugada, el líder de los halcones le sacó tarjeta roja.

Al día siguiente, las radios iniciaron la jornada mañanera con un titular celebratorio: Gol de Maradona a Los Halcones Azules, con un dribling de arco a arco.

 

—No tiene remedio. Creo que la única alternativa es que vaya a vivir en alguna zona rural —comentó cabizbajo el líder de los halcones.

—Le dimos muchas oportunidades. Quince años en este plan, ya cansa. Yo creo que es hora de darle un buen escarmiento, que pise la cárcel —dijo apesadumbrado el jefe policial.

Así fue que se armó el voluminoso atestado contra Maradona que, a pesar de todo, tenía la certeza de que los incontables perdones que había recibido a lo largo de su trayectoria cuatrera se volverían a repetir, esta vez de parte del juez.

En Puerto Malú, todos sus habitantes estaban al tanto del acto judicial. Afuera del juzgado, alrededor de las siete de la noche, la masa humana había crecido tremendamente, con hombres y mujeres, jóvenes y viejos, y hasta niños, con la vista pegada en la pantalla de los celulares viendo la transmisión en vivo y en directo que hacían las diferentes plataformas informativas por las redes sociales.

Por fin, el juez, que ya llevaba tres horas leyendo los extensos antecedentes de la resolución, se detuvo unos segundos, se sacó los lentes, se restregó los ojos, se volvió a colocar los lentes, acomodó su silla, tomó un poco de agua, y leyó:

«Por estos considerandos, con estricto apego a la ley y administrando justicia a nombre de la nación, fallo dictando sentencia de nueve meses de prisión preventiva contra la persona de Jhon Lenon Rosas Vásconez, alias “Maradona”, disponiendo que, luego de los controles de salud respectivos, se le interne en el penal de Puerto Malú, mientras continúan las investigaciones».

El público detonó un sonoro ¡Nooooo!, y empezó a pifiar ensordecedoramente. Casi nadie estaba de acuerdo con la decisión del juez. Los cientos de congregados vociferaron insultos de todo calibre contra los policías que habían acordonado el local del juzgado. Unos minutos después, una señora, con megáfono en mano, apuntó hacia ellos como los responsables de haber entregado a Maradona al poder judicial, enervando la animadversión popular y motivando a los más furiosos a lanzar semillas de aguaje y pedazos de cascajo contra el cerco policial.

Las redes sociales reventaron. Eso no podía ser. Ni debía ser. ¿Por qué? Si Maradona devolvía lo que se llevaba. Se llevó el polo y la bermuda de mi hijo, pero nueve meses de prisión por eso es una canallada, comentó un antiguo comerciante del pueblo. Y el tractor que dijeron que se había robado, fue una treta para justificar gastos de la municipalidad, agregó una vendedora de refresco.

¿Ahora, quién nos va a robar con decencia y elegancia?, posteó sarcásticamente un viejo poeta del pueblo. Estamos dispuestos a llegar hasta el TAS para que se haga justicia con Maradona, posteó un beodo, veterano de la selección de fútbol de Puerto Malú, que a esa hora estaba sazonado con varias copas encima. Sin Maradona en la calle, Puerto Malú no tendrá adrenalina, tituló una plataforma virtual de noticias. ¡Maradona, nooo! ¡¿Cómo es posible este suceso?! El juez está mal de la cabeza, escribió Segismundo, uno de sus hinchas más acérrimos.

 

Ante el creciente embravecimiento del gentío y su peligroso acercamiento a la puerta del juzgado, la policía se vio obligada a disparar gases lacrimógenos para dispersar a los manifestantes, lo que degeneró en una bronca de grandes proporciones. En medio de la confusión, un grupo logró ingresar a la sede del juzgado. El juez y sus ayudantes huyeron despavoridos saltando un muro posterior que daba hacia una huerta del vecindario.

Cerca de las nueve de la noche, cinco hombres subieron a Maradona a bordo de un bote que esperaba en el embarcadero del arenal del río Tapiche. Junto con él embarcaron varias bolsas y cajas de cartón.

El motorista enfiló de inmediato, a toda velocidad, haciendo zigzags, como si alguien le estaría persiguiendo para arrebatarle el pasajero más valioso que había transportado en su vida, mientras su ayudante, en la proa de la nave, enfocaba intermitentemente su linterna al agua para no desviarse del canal navegable del río.

Luego de navegar dos horas aguas arriba, el motorista acoderó en un embarcadero rural rodeado de árboles frondosos que en la oscuridad parecían gigantes vigilando. El ayudante sirvió panes y café caliente de un termo que llevaba en una mochila.

Mientras toma su café, Maradona mira el cielo estrellado en la negrura de la noche y piensa en su madre. ¿Y si ella es una de esas luces brillantes como le enseñaron de niño? Llegaron a Puerto Malú desde un pueblo cuyo nombre se ha perdido en el tiempo. Su mente vuela hacia el día en que la vio dentro de una caja que fue llevada al cementerio. Él no entendía la muerte. Y creció agregado de familia en familia. Te echo de menos, mamá. Te vi aquel día que me encontraron tendido debajo del puente Camaná. ¿Estaba muerto, mamá? Y me llevaron al hospital. Te veía, pero fue como un sueño.

—Hasta la frontera con Brasil son tres días, ñaño —escuchó al motorista, cortando sus pensamientos —pero tenemos gasolina y provisiones en cantidad.

—Sí, sé a dónde voy, ñaño.

Iría donde don Ramón, el viejo ganadero que estableció un fundo en ese lejano lugar. De allí llegaba la carne y el queso para Puerto Malú.

—A ver, esto es de la panadería Teresa, y aquí hay conservas de la tienda Yong, y estas frutas son de doña Reginita, por acá tenemos pollo canga de la pollería Chung, y esto es ropa donada por doña Elvita, —dijo el ayudante pasando revista a las provisiones con su linterna, ufanándose de los donativos enviados por los hinchas de Maradona.

Maradona suspiró hondo. Tanta bondad me duele, se dijo a sí mismo. Dejaré la droga y los robos ¡Por mi madre que lo haré!

El aullido potente de un mono aullador llegó de lejos cortando el silencio de la noche.

—Buena señal —dijo el curtido motorista, y arrancó el motor.

Puerto Malú había logrado rescatar y liberar al mejor diez de su historia.

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