jueves, 12 de febrero de 2026

Una tecla hundida

Elena Virginia Chumpitazi Castillo


A los diecinueve años, Daniel habitaba una ciudad de mañanas grises y tardes que estallaban en sonidos desordenados. Era principio de la década del dos mil diez. Los buses escupían humo, los bares abrían temprano y cerraban tarde, y la música se estudiaba en edificios viejos donde el eco parecía quedarse más tiempo del debido.

Había nacido con oído fino. Cantaba, tocaba el piano, la batería y cualquier instrumento de percusión que cayera en sus manos.

Creció en una casa sin horarios. Nadie le decía cuándo comer, cuándo dormir, cuándo salir. A veces pensaba que eso era libertad.

Su madre lo dejó con su padre cuando tenía dos años. Doce años después regresó a buscarlo, alquiló un departamento pequeño y se lo llevó a vivir con ella.

—¿Ya comiste? —preguntó una noche, sin mirarlo.

—Sí.

No era verdad, pero tampoco importaba.

Ella fumaba frente a la ventana. El humo subía lento y se perdía en la oscuridad. Daniel dejó de hablar. Con el tiempo, dejó también de esperar.

La ausencia lo afinó. Golpeaba mesas, ollas, paredes; repetía ritmos hasta que algo encajara. La música no lo acompañaba: le contestaba.

Al comenzar la universidad se mudó cerca del centro. Una habitación pequeña, alquilada, donde los sonidos de la ciudad se filtraban por la ventana. Su madre le había conseguido el lugar y se encargaba del alquiler. Su padre, a veces, colaboraba con ello. Fue una mudanza simple, sin despedidas, como si se fueran a ver al día siguiente.

La universidad no fue un refugio, fue un espejo. Pasillos largos, olor a madera vieja, pianos desafinados. Desde las aulas salían sonidos superpuestos: escalas torcidas, golpes secos de batería, una trompeta insistiendo en el mismo error. Tocaban, fallaban, corregían y seguían.

Caminaba con paso largo hacia su aula, la mochila al hombro.

Su lugar lo esperaba.

Se sentó frente al teclado y comenzó la práctica. El primer acorde sonó limpio. En el segundo, desafinó.

—Repetí cuando te equivoques —dijo el profesor, que pasaba cerca.

Daniel volvió al inicio. Tocó otra vez. Se equivocó. Repitió.

Avanzó por varios acordes, errando y corrigiendo. Llegó al final del ejercicio con los dedos rígidos, sosteniendo el ritmo a la fuerza.

El profesor alzó la mano. Un gesto breve. Siguió caminando.

Otras veces fue igual. Daniel tocaba, se equivocaba, repetía. Giraba la cabeza. Veía la espalda del profesor inclinada sobre otro teclado, corrigiendo a alguien más. El aula seguía llena de sonido: notas ajenas, bancos que se movían, páginas que se pasaban rápido.

Volvía a empezar. Se equivocaba. Seguía.

Cada error endurecía un poco más los dedos. El sonido dejaba de caer y se quedaba suspendido, incómodo. El ejercicio avanzaba, pero algo no terminaba de cerrarse.

Al final de la clase guardó la partitura con cuidado excesivo.

Apagó el teclado.

Se quedó sentado un momento, con las manos apoyadas sobre las teclas mudas.

Al día siguiente volvió temprano. Se sentó en el mismo lugar. Anotó lo que decían. Tocó. Se equivocó. Repitió.

Y al día siguiente, otra vez.

Poco a poco los amigos con los que había empezado fueron quedando atrás.

Los primeros abandonos fueron mínimos. Una clase a la que no fue. Un ensayo que postergó.

—¿Venís hoy? —decía un mensaje en la pantalla.

Daniel lo leyó. Dejó el teléfono boca abajo.

No pasó nada.

Una noche se quedaron después de clase. No muchos. Tres o cuatro. Salieron juntos y caminaron sin apuro. En una esquina, alguien encendió un cigarrillo.

—¿Tenés? —preguntó uno.

Daniel negó con la cabeza.

El otro sacó algo del bolsillo. Un papel doblado, pequeño.

Daniel dudó. Miró la calle. El ruido del tránsito era constante. Tomó el papel.

Esa noche, al volver a su cuarto, se sentó frente al teclado. Tocó sin pensar demasiado. El sonido cayó más parejo, liviano. Como si, por un rato, no hiciera falta sostenerlo todo.

 

Con el tiempo empezó a quedarse cuando el edificio quedaba vacío. Practicaba de noche, con los pasillos en silencio y las luces apagadas en otras aulas. Tocaba hasta que las manos se le entumecían.

Hubo días buenos. Tocaba bien, incluso mejor que antes. Pensaba que había exagerado. Luego bastaba una nota fuera de lugar para que todo se viniera abajo.

Con el paso de los meses, el cuerpo empezó a avisar. Un temblor leve en los dedos. Fatiga. Lagunas breves. Fingía no notarlo, pero cada vez que se sentaba frente al teclado sentía las teclas más duras, como si ofrecieran resistencia. La intensidad empezó a volverse torpeza. Y eso lo asustó más que cualquier otra cosa.

En las últimas semanas, el tiempo perdió forma. Dormía mal, comía poco, tocaba cuando podía. Pensaba en volver, en escribir, en explicarse. La idea lo cansaba.

Esa noche regresó solo. Lloviznaba. Había tocado en un bar del centro. La gente hablaba, reía, chocaba vasos. Nadie escuchaba. Daniel tocó igual.

Tocó para no quedarse quieto.

En su cuarto, el silencio fue inmediato. La habitación era estrecha, las paredes descascaradas. El teclado viejo estaba en el suelo. Se sentó frente a él, en un banco bajo. Probó una nota. Luego otra. Nada terminaba de sostenerse.

Preparó lo de siempre. El vaso primero. Después, las gotas. No contó. No midió.

Volvió al teclado. La melodía salió lenta, irregular, como si cada nota llegara tarde. No llegó a completarse.

A la mañana siguiente lo encontraron sentado, inclinado hacia adelante, con las manos todavía sobre las teclas.

Una sola permanecía hundida.

Nada seguía sonando.

Eso era todo.

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