Elena Virginia Chumpitazi Castillo
A los diecinueve años, Daniel habitaba una ciudad de
mañanas grises y tardes que estallaban en sonidos desordenados. Era principio
de la década del dos mil diez. Los buses escupían humo, los bares abrían
temprano y cerraban tarde, y la música se estudiaba en edificios viejos donde
el eco parecía quedarse más tiempo del debido.
Había nacido con oído fino. Cantaba, tocaba el piano,
la batería y cualquier instrumento de percusión que cayera en sus manos.
Creció en una casa sin horarios. Nadie le decía cuándo
comer, cuándo dormir, cuándo salir. A veces pensaba que eso era libertad.
Su madre lo dejó con su padre cuando tenía dos años.
Doce años después regresó a buscarlo, alquiló un departamento pequeño y se lo
llevó a vivir con ella.
—¿Ya comiste? —preguntó una noche, sin mirarlo.
—Sí.
No era verdad, pero tampoco importaba.
Ella fumaba frente a la ventana. El humo subía lento y
se perdía en la oscuridad. Daniel dejó de hablar. Con el tiempo, dejó también
de esperar.
La ausencia lo afinó. Golpeaba mesas, ollas, paredes;
repetía ritmos hasta que algo encajara. La música no lo acompañaba: le
contestaba.
Al comenzar la universidad se mudó cerca del centro.
Una habitación pequeña, alquilada, donde los sonidos de la ciudad se filtraban
por la ventana. Su madre le había conseguido el lugar y se encargaba del
alquiler. Su padre, a veces, colaboraba con ello. Fue una mudanza simple, sin
despedidas, como si se fueran a ver al día siguiente.
La universidad no fue un refugio, fue un espejo.
Pasillos largos, olor a madera vieja, pianos desafinados. Desde las aulas
salían sonidos superpuestos: escalas torcidas, golpes secos de batería, una
trompeta insistiendo en el mismo error. Tocaban, fallaban, corregían y seguían.
Caminaba con paso largo hacia su aula, la mochila al
hombro.
Su lugar lo esperaba.
Se sentó frente al teclado y comenzó la práctica. El
primer acorde sonó limpio. En el segundo, desafinó.
—Repetí cuando te equivoques —dijo el profesor, que
pasaba cerca.
Daniel volvió al inicio. Tocó otra vez. Se equivocó.
Repitió.
Avanzó por varios acordes, errando y corrigiendo.
Llegó al final del ejercicio con los dedos rígidos, sosteniendo el ritmo a la
fuerza.
El profesor alzó la mano. Un gesto breve. Siguió
caminando.
Otras veces fue igual. Daniel tocaba, se equivocaba,
repetía. Giraba la cabeza. Veía la espalda del profesor inclinada sobre otro
teclado, corrigiendo a alguien más. El aula seguía llena de sonido: notas
ajenas, bancos que se movían, páginas que se pasaban rápido.
Volvía a empezar. Se equivocaba. Seguía.
Cada error endurecía un poco más los dedos. El sonido
dejaba de caer y se quedaba suspendido, incómodo. El ejercicio avanzaba, pero
algo no terminaba de cerrarse.
Al final de la clase guardó la partitura con cuidado
excesivo.
Apagó el teclado.
Se quedó sentado un momento, con las manos apoyadas
sobre las teclas mudas.
Al día siguiente volvió temprano. Se sentó en el mismo
lugar. Anotó lo que decían. Tocó. Se equivocó. Repitió.
Y al día siguiente, otra vez.
Poco a poco los amigos con los que había empezado
fueron quedando atrás.
Los primeros abandonos fueron mínimos. Una clase a la
que no fue. Un ensayo que postergó.
—¿Venís hoy? —decía un mensaje en la pantalla.
Daniel lo leyó. Dejó el teléfono boca abajo.
No pasó nada.
Una noche se quedaron después de clase. No muchos.
Tres o cuatro. Salieron juntos y caminaron sin apuro. En una esquina, alguien
encendió un cigarrillo.
—¿Tenés? —preguntó uno.
Daniel negó con la cabeza.
El otro sacó algo del bolsillo. Un papel doblado,
pequeño.
Daniel dudó. Miró la calle. El ruido del tránsito era
constante. Tomó el papel.
Esa noche, al volver a su cuarto, se sentó frente al
teclado. Tocó sin pensar demasiado. El sonido cayó más parejo, liviano. Como
si, por un rato, no hiciera falta sostenerlo todo.
Con el tiempo empezó a quedarse cuando el edificio
quedaba vacío. Practicaba de noche, con los pasillos en silencio y las luces
apagadas en otras aulas. Tocaba hasta que las manos se le entumecían.
Hubo días buenos. Tocaba bien, incluso mejor que
antes. Pensaba que había exagerado. Luego bastaba una nota fuera de lugar para
que todo se viniera abajo.
Con el paso de los meses, el cuerpo empezó a avisar.
Un temblor leve en los dedos. Fatiga. Lagunas breves. Fingía no notarlo, pero
cada vez que se sentaba frente al teclado sentía las teclas más duras, como si
ofrecieran resistencia. La intensidad empezó a volverse torpeza. Y eso lo
asustó más que cualquier otra cosa.
En las últimas semanas, el tiempo perdió forma. Dormía
mal, comía poco, tocaba cuando podía. Pensaba en volver, en escribir, en
explicarse. La idea lo cansaba.
Esa noche regresó solo. Lloviznaba. Había tocado en un
bar del centro. La gente hablaba, reía, chocaba vasos. Nadie escuchaba. Daniel
tocó igual.
Tocó para no quedarse quieto.
En su cuarto, el silencio fue inmediato. La habitación
era estrecha, las paredes descascaradas. El teclado viejo estaba en el suelo.
Se sentó frente a él, en un banco bajo. Probó una nota. Luego otra. Nada
terminaba de sostenerse.
Preparó lo de siempre. El vaso primero. Después, las
gotas. No contó. No midió.
Volvió al teclado. La melodía salió lenta, irregular,
como si cada nota llegara tarde. No llegó a completarse.
A la mañana siguiente lo encontraron sentado,
inclinado hacia adelante, con las manos todavía sobre las teclas.
Una sola permanecía hundida.
Nada seguía sonando.
Eso era todo.
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