Alejandra Cantarero Concha
Alexandra tenía ocho años cuando aprendió a no hacer
ruido. Desde el pasillo, abrazada a su muñeca, escuchaba los gritos. La casa
entera parecía contener la respiración. Luego, un golpe seco, un portazo. El
reloj de pie marcaba cada segundo como un martillo. Dio un par de pasos, se
asomó a la esquina desde la cual se veía la escalera. Su madre bajaba por el
primer peldaño de mármol, los ojos húmedos, la boca convertida en una línea
tensa. Detrás venía Frank, con la chaqueta todavía desabotonada y la corbata
torcida. La alcanzó antes del tercer escalón. Hubo forcejeo y un insulto
murmurado entre dientes seguido de un empujón brutal.
El cuerpo de su madre rodó escalones abajo, el
sonido de huesos contra mármol resonando en la penumbra. Alexandra apretó la
muñeca contra el pecho. No lloró. No gritó. Si lo hacía, él también la vería.
Frank no bajó corriendo. Se acomodó la corbata,
encendió un cigarrillo y observó el cuerpo inmóvil en el suelo, como quien mira
un objeto que ya no sirve. Después ordenó a los criados que la sacaran. Ni una
sola mirada a su hija.
Esa noche Alexandra descubrió que las mujeres eran
reemplazables, como adornos que se quiebran. Y si quería sobrevivir, tendría
que volverse invisible.
La pequeña Alex tuvo una infancia privilegiada, como
hija de un político renombrado, pero solitaria. Mientras la cubrían de regalos,
vestidos, libros y clases de todo tipo, fue testigo mudo de las andanzas de Frank.
Vio cómo su padre maltrataba criadas, también a las mujeres que traía por las
noches. El recuerdo de su madre quebrándose en las escaleras le arrebataba el
sueño.
El año en que cumplió catorce, su papá se casó con
una de esas muñecas. Alex, acostumbrada a ser invisible, la rehuía. Pero Layla,
en sus tardes solitarias, insistió en acercarse. La ayudaba con la ropa; le
enseñó a maquillarse. Alex hablaba poco y preguntaba mucho. Así se enteró de la
profesión de Layla, el negocio de acompañantes de alta sociedad. Layla le
confió en estricto secreto su libro de clientes; los nombres ahí presentes eran
su salvavidas. Alex reconoció los nombres, amigos y socios de su padre.
En menos de un año, Layla comenzó a sufrir la ira de
su marido. Primero algunos moretones a los que les quitaba importancia, luego
un ojo. Alex la sorprendió cubriéndose con maquillaje.
—¿Qué pasó? —preguntó Alex, desde la puerta del
baño.
—Nada, no te preocupes —susurró, mientras tomaba un
sorbo de vodka.
—Tienes que irte, no sabes de lo que es capaz.
—¿Adónde voy a ir? Las mujeres como yo no tenemos
opción, me perseguirá —dijo sacudiendo la cabeza, mientras se tomaba el vaso de
vodka de una vez.
—No sabes lo que le pasó a mi mamá, no lo permitas,
tienes tu libro.
—Son sus amigos, nadie va a creerme. Déjalo así,
pero, Alex, tú debes irte, estudia, haz algo con tu vida. Y escucha bien,
recuerda que puedes darle todo lo que quieras a un hombre: tu corazón, tu
cuerpo, tu dinero; pero nunca, jamás le entregues tu poder.
Alex se acercó y, por primera vez, la besó en la
mejilla; las lágrimas de ambas se mezclaron. Se abrazaron por largo rato; luego
Alex se fue a su habitación.
Un par de años después, Alexandra ingresó a la
escuela de negocios, en otra ciudad. Era una alumna destacada; con el paso del
tiempo se transformó en la mejor. Una idea se fue abriendo camino en su mente.
Todas las semanas llamaba a Layla; cada vez era más difícil encontrarla sobria.
De su padre, solo recibía los cheques y los regalos, comprados por alguna de
sus secretarias, para las fechas importantes.
En las primeras vacaciones, decidió hacer una
pasantía en vez de volver a casa. Pero cuando llamó para felicitar a Layla por Navidad,
los criados le informaron que estaba en la clínica. Había sufrido una caída;
estaba grave. Colgó, sin poder decir nada. Esta vez sí lloró. Era otra vez la
niña mirando a hurtadillas, con la muñeca apretada sobre el pecho. Volvió a ver
la imagen de su madre rodar por las escaleras. Pero ahora no era solo miedo y
tristeza; algo diferente se apoderaba de ella.
Al día siguiente, llegó a la clínica. Layla abrió
los ojos; al verla, algo parecido a una sonrisa brilló en su mirada. Alex le
tomó la mano. Cuando Layla respiró por última vez, Alex la cubrió con
delicadeza y pronunció una promesa directo en su oído: «Serás la última muñeca
rota de Frank». La besó en la frente y se fue.
En el avión, de vuelta a la pasantía, llevaba sobre
el regazo el libro de Layla. Parecía dormida, pero pensaba; su cabeza iba a mil
por hora. No quedaban lágrimas; al contrario, estaba llena de energía. Había
despertado, ya no sería invisible, no sería una muñeca. Mientras apretaba con
fuerza el libro de Layla, el aroma de su perfume, lavanda, la envolvió. Frank
la vería, y no como a un adorno. No aspiraba a su cariño.
Seis años más tarde, Alexandra, después de egresar,
había vuelto a la ciudad. Vivía sola y cómodamente en el mejor barrio de la metrópoli.
Se codeaba con la alta sociedad. Manejaba su propia inmobiliaria con mano de
hierro; era admirada y respetada.
No tardó en reencontrarse con su progenitor en un
evento de caridad. Cuando Alex ingresó al salón, atrajo todas las miradas.
Lucía como siempre: profesional, sin maquillaje, su melena castaña peinada
hacia atrás con efecto mojado, un vestido negro de cuello alto y tacones a
juego. Nunca usaba accesorios; bastaba con sus ojos celestes, fríos como el
hielo. Se movía con la soltura de quien se sabe dueña de un lugar. Los hombres
la seguían con la mirada; los más avezados entablaban conversación; ella los alejaba
con gestos. Alexandra hablaba poco, pero observaba con atención. Se fijaba con
esmero en las esposas; a veces las seguía hasta el tocador.
Frank y otros senadores conversaban en una esquina
del salón. Uno de ellos señaló a Alex. Frank sonrió orgulloso. «Llegará lejos,
es una luchadora, es brillante. Aprendió del mejor». Pensó mientras la veía
acercarse.
—Alex, espectacular como siempre —exclamó mientras
la besaba en la mejilla.
—Frank. ¿Cómo estás?
—Cariño, ¿es tan difícil decir «papá»?
—Debo irme —dijo, moviendo la mano con un adiós.
No volteó. Con un gesto tenso, apenas visible, dejó
el evento.
Había otro lado en la vida de Alex. Su refugio para
mujeres maltratadas, una propiedad rodeada de altas rejas metálicas, ubicada en
la periferia. Allí enviaba a toda mujer que era víctima de violencia,
especialmente mujeres humildes que habían caído en las garras de hombres
poderosos. Esos hombres, que como su padre tomaban una muñeca, la transformaban
en un adorno, un accesorio y se desquitaban con ellas con y sin razón.
Estas mujeres necesitaban esconderse, recuperar su
humanidad, rescatar a sus hijos; requerían apoyo. Alex les daba un lugar, voz y
rutina. Todo a cambio de nada, o al menos así parecía al principio. Cuando
Alexandra llegaba, el murmullo bajaba solo. Nadie lo pedía. Algunas se
enderezaban en sus sillas, otras dejaban lo que estaban haciendo. La esperaban.
Alex tenía todo bien organizado. Durante la semana,
las mujeres entrenaban en defensa personal, se formaban, mejoraban sus
habilidades comunicacionales e informáticas. Una vez a la semana, Alexandra las
visitaba, les llevaba regalos, noticias y fotos de sus hijos. En el auditorio,
donde se impartían las clases, las sillas eran rígidas, la luz fría y olía a
desinfectante. Allí, Alex les daba charlas motivacionales.
Subió al estrado, miró con cariño a su grupo de
mujeres. Dio unos golpecitos para probar el micrófono, esperó que cesara el eco
de las voces y comenzó:
«Cuando llegaron aquí, estaban rotas. Algunas con
moretones, otras con el alma deshecha. Y todas con la misma pregunta en los
ojos: ¿Cómo se sobrevive a un hombre que te quita todo?
Yo también me la hice. Y aprendí que no se sobrevive
esperando justicia. Se sobrevive tomando el poder».
Un murmullo recorrió la sala. Algunas asintieron de
inmediato; otras permanecieron inmóviles.
«Este lugar no es una cárcel. Es un laboratorio.
Aquí nos reeducamos. Aprendemos a vivir sin miedo, a no depender de nadie, a
pensar distinto. El orden, los horarios, las tareas no son castigos: son
herramientas. El caos fue lo que nos destruyó antes».
Alex hizo una pausa. Esperó. El silencio se extendió
un segundo más de lo necesario.
«Afuera todo está diseñado para que volvamos a caer.
Los medios, la familia, las instituciones repiten la misma idea: que una mujer
sin un hombre está incompleta. No lo crean».
Alguien aplaudió antes de tiempo. El aplauso se
contagió.
«Aquí no hay ruido, no hay mentiras. Solo verdad. Y la
verdad es simple: no deben volver a mirar atrás hasta que sean capaces de
hacerlo sin temblar».
Alex recorrió el auditorio con la mirada.
«Muchas me preguntan por sus hijos. Y yo lo
entiendo. Pero si los vieran ahora, ¿qué les enseñarían? ¿La culpa? ¿El miedo?
Ellos merecen madres fuertes, no muñecas quebradas».
Algunas bajaron la cabeza. Otras se tomaron de las
manos.
«Primero deben sanar. Limpiarse de la dependencia,
del perdón fácil, de esa necesidad de agradar que les sembraron. Cuando estén
listas, lo sabrán».
—¿Y si nunca estamos listas? —preguntó alguien desde
el fondo.
Alex no respondió de inmediato.
«Yo no soy su dueña. Soy la voz que las acompaña
hasta que aprendan a escucharse. Pero no hay transformación sin disciplina».
Subió un poco la voz.
«Las rescaté del fuego, hermanas. Ahora déjenme
moldearlas desde las cenizas».
El auditorio estalló en aplausos, en gritos de ánimo;
el empoderamiento hacía vibrar hasta los ventanales. Se lo debían todo a Alex;
por ella harían lo que fuera.
Al cabo de un año, las muñecas de Alex eran otras.
Un grupo de más de cincuenta mujeres, algunas con cirugías estéticas para
cambio de rostro. Todas hablaban más de un idioma, atléticas y hábiles como el
mejor de los hackers. El momento había llegado.
La primera semana de noviembre, Alex llegó al
refugio triste, con un ojo hinchado. Durante la charla, su ánimo estaba bajo.
Dos de las más antiguas se acercaron a preguntar qué había pasado. Alex aludió
a un hombre, líder de una empresa de la competencia. Les comentó que la había
golpeado en el estacionamiento, lejos de las cámaras. No tenía pruebas. Paula
preguntó si podía hacer algo. Alexandra bajó la cabeza, dijo que sería inútil;
una lágrima se abrió paso a través del maquillaje y el moretón del ojo fue más
notorio. Paula le dijo:
—Dime cómo encontrarlo, he estado entrenando, puedo
con él.
Nadie vio el brillo en los ojos de Alex.
Alexandra cedió, pero le dijo que no quería que se
expusiera tanto. Juntas podrían pensar en algo; ahora tenía que irse. No quería
que las demás mujeres se preocuparan, ni la vieran débil. Paula le dio un
abrazo y asintió obediente.
Alex había estado ocupada durante ese año. El libro
de Layla, que guardaba en la caja fuerte de su habitación, le había dado la
idea. La agencia de acompañantes de alto vuelo, “Las muñecas”. Sus clientes,
los de Layla, eran hombres poderosos, principalmente políticos. Había llegado
la hora. Esa noche, al acostarse, se aplicó el perfume con aroma a lavanda y
abrazó el libro.
La semana siguiente, la charla tuvo un tono
distinto. La acompañó con una presentación. La luz fría del salón se apagó. La
foto de una niña asustada miraba desde la pantalla. Silencio.
Alex, con voz cortante, inició, primero con palabras
que ya conocían; cuando vio cómo asentían de memoria, elevó la voz.
«Miren: ahora son sus hijos los que vuelven a casa
con miedo. Nosotras ya no somos las únicas heridas; el daño se extiende a otra
generación. Nadie detendrá eso por nosotras si guardamos silencio. Solo
nosotras podemos romper la cadena. No basta con ponerse de pie. Eso es solo el
principio; lo que sigue es la sentencia.
No hablo solo de sangre; hablo de luz. Luz que los
deje sin refugio. Luz que los exponga y que no los deje volver a sus trampas.
¿Van a permitir que se repita, o van a hacer lo que
sea necesario?».
Alargó la pregunta, dejando que el eco buscara la
respuesta. Avanzó las fotos; uno a uno los hijos aparecían en la pantalla.
«¿Están
dispuestas?».
Algunas aplaudieron de inmediato. Otras miraron
alrededor antes de hacerlo. Luego, manos alzadas, gritos: «¡Sí!». «¡Nunca más!».
Un coro.
En la segunda fila, las recién llegadas titubeaban;
una miró sus manos, otra negó con la cabeza. Alexandra las observó con sonrisa
templada.
«No las empujaremos. Pero no habrá olvido hasta que
la justicia, la que nosotras tomemos, recorra sus redes».
Un coro de mujeres de pie vitorea a Alex. Paula es
la primera en gritar:
—Si nosotras no actuamos, nadie los salvará.
Un estruendoso aplauso envuelve el auditorio. La
pantalla se apaga y la luz tarda unos momentos en prenderse.
Después del discurso, Alex habló con Paula. Le
explicó que el hombre que la había golpeado solía contratar prostitutas para
hacerles lo mismo. Había averiguado que además golpeaba a su esposa. Quería
rescatar a esa mujer, tal como había hecho con ellas. Finalmente, con lágrimas
en los ojos, le preguntó si seguía dispuesta a ayudarla. Paula asintió.
Alex le dijo que cuando él llamara para solicitar
una acompañante, Paula se presentaría. Cuando lo viera distraído, colocaría en
su bebida una sustancia transparente, sin olor, que no deja rastros; y se iría
del hotel sin llamar la atención. Alex dejaría al chofer esperándola para
sacarla de ahí y traerla de vuelta al refugio. Paula estuvo de acuerdo; en su
mente, ese hombre era su marido; recordó las golpizas, la separación de su hija.
Hizo lo que le pidió Alex sin vacilar.
Los meses avanzaron y los asesinatos también. No
todas las noches fueron iguales. Algunas volvieron con cambios imperceptibles;
otras necesitaron días para hablar. Hubo errores que no dejaron rastro, pero sí
memoria. Aun así, seguían considerando a Alexandra su salvadora. Ya no era
necesario que llegara en mal estado; solo recibían la llamada y sabían qué
hacer. Se presentaban en las habitaciones de los mejores hoteles y hacían lo
que debían. Había una promesa detrás de todo esto; además de que sus cuentas
corrientes aumentaban, se acercaba el reencuentro con sus hijos. Alex lo había
prometido y ellas creían.
Aquellas que aún no se atrevían tenían otras tareas:
conducir, responder los teléfonos. La venganza de Alex se hacía realidad, pero
faltaba la cita más importante.
En la ciudad las cosas estaban fuera de control.
Hombres poderosos, magnates, políticos estaban siendo asesinados en hoteles de
cinco estrellas. Por las características de los hombres y de los hoteles, los
comunicados eran ambiguos. Nadie había establecido aún el nexo con las
prostitutas. Alex tenía insomnio. Sabía que debían detenerse por un tiempo: un
paso en falso y estaría acabada. A pesar de todo, persistió. Esperaba una
llamada específica.
Por fin llegó. La llamada de su padre solicitando
una acompañante. Le asignó la tarea a Paula, la más devota de sus seguidoras.
Paula entró preparada para la violencia. Midió el
espacio, dejó el bolso, vio la foto de Alex sobre el velador. Frank la notó
mirar y, antes de sentarse, la enderezó con cuidado. «Mi hija. Nunca quiso nada
de mí —dijo—. Y está bien. Es más fuerte así». No se acercó. Habló de ella con
orgullo, sin alzar la voz. Paula destapó el frasco, inclinó la mano, contó las
gotas. El veneno cayó al vaso.
Frank miró la foto otra vez. Limpió el vidrio con el
pulgar, como si fuera frágil. «Es brillante —añadió—. Mejor de lo que yo fui».
Paula sostuvo el vaso un segundo. El cuerpo no respondió. Lo soltó fingiendo
torpeza. Había ido a matar a un monstruo y se había encontrado con otra cosa.
Se fue.
En el trayecto de vuelta al refugio, Paula sudaba,
se mordía las uñas. Qué haría con la nueva información. Tenía que hablar con
las demás, pero también debía encontrar una excusa para evitar la ira de Alex. Fue directamente al
cuarto común, encendiendo todas las luces de golpe. Una a una, las mujeres
fueron saliendo de sus habitaciones, aún con la ropa de entrenamiento, otras en
pijama. Las más antiguas la reconocieron al instante: había fallado. Pero
también notaron algo más: ya no tenía miedo.
—Nos
mintió —dijo, con voz firme—. No era como nos contó. Su padre… no es el
monstruo que describió.
Las
más jóvenes dudaron. Las antiguas se miraron entre ellas. Una, la más callada,
murmuró:
—¿Y
qué somos nosotras entonces? —Hubo un silencio que no necesitó respuesta.
Durante
días, nadie mencionó a Alexandra. Guiadas por Paula, revisaron las cuentas. Se
supone que podrían disponer del dinero de sus maridos fallecidos. Descubrieron
que todo iba a la compañía de Alex. No había registro de ellas, ni de sus
hijos.
Cuando
llegó Alexandra, encontró el refugio inusualmente tranquilo. El aire estaba
denso, sin murmullos. La esperaban sentadas, en círculo. No hubo abrazos ni
vítores. Solo el roce de alguna silla al acomodarse. Alex dejó la bolsa con los
regalos sobre la mesa. El golpe fue brusco. Nadie se movió para abrirlo. Observó
sus rostros. Todas la miraban.
—¿Qué
ocurre? —preguntó.
Su
voz sonó más alta de lo que esperaba. Nadie respondió.
Paula
fue la primera en ponerse de pie. Detrás de ella, las demás la siguieron.
—Tú
también eres un tipo de hombre —dijo Paula.
Alexandra
no reaccionó. Su rostro era una máscara. Miró alrededor. Las paredes parecían
más estrechas. No vio escapatoria. Tragó saliva. Ya no era invisible. Por fin
la veían. Dio un paso atrás. Las mujeres no se movieron, pero algo en sus
miradas era distinto. No eran devotas. No eran sus armas. Ya no eran sus muñecas.
—¿Qué
van a hacer? —susurró.
La
luz parpadeaba. Un trueno lejano hizo temblar los vidrios del refugio; el aire
se tensó. Paula seguía sin responder mientras cerraba la puerta con llave. El
metal resonó, demasiado fuerte en el silencio. Luego, la rodearon.
Enganchado desde la primera frase. En todo momento supe más o menos para donde iba la historia, pero deja mucho espacio para la imaginación. Me encantó.
ResponderEliminarMe gustó mucho este cuento. La forma en que se construye la imagen de las muñecas es fuerte, y el comportamiento de Alex, contenido pero firme, se siente muy humano y real. Es un texto que impacta y te deja pensando después de leerlo.
ResponderEliminarEs un relato intenso, incómodo y profundamente provocador. Desde la primera escena: cruda, directa, imposible de ignorar.
ResponderEliminarLo que más me impactó fue cómo el concepto de “empoderamiento” se va transformando sutilmente en otra forma de dominación. El refugio, que comienza como un espacio de sanación y reconstrucción, termina revelándose como un laboratorio de manipulación emocional. Esa ambigüedad moral está construida con mucha inteligencia narrativa: como lector, uno quiere creer en Alexandra… hasta que ya no puede.
El final es brillante porque no entrega respuestas fáciles. Nos obliga a preguntarnos:
¿Dónde está la línea entre justicia y venganza?
¿Puede alguien que fue víctima evitar convertirse en aquello que más odió?
¿Es posible sanar desde el odio?
Es un cuento valiente, oscuro... Invita a reflexionar sobre la violencia de género, el poder, el trauma y las narrativas de salvación. Sin duda, una historia que no deja indiferente.
Felicitaciones a su autora por atreverse a incomodar y a plantear preguntas tan necesarias.