martes, 17 de febrero de 2026

La noche antes de crecer

María Paz Navea Tolmos


Mauricio no podía dormir porque al día siguiente cumpliría doce años y ya casi no cabía en los toboganes.

No era una metáfora. Le había pasado esa misma tarde en la plaza: se sentó, empujó con los pies y se quedó atorado. Tenía las rodillas apretadas contra el pecho y sentía los hombros demasiado altos. Era su cuerpo avisándole algo que él no había pedido.

Ahora estaba despierto, mirando el techo, pensando en lo mismo.

Faltaban pocos minutos para la medianoche cuando se levantó, cogió una mochila y salió de su casa sin hacer ruido. Al llegar al parque, el reloj del poste brillaba demasiado en la oscuridad.

Sabía que el tobogán de metal viejo lo estaba esperando, igual de chico que siempre, con la pintura verde gastada y los bordes doblados por los años.
Al apoyar la mano, sintió el frío del metal y la aspereza de la pintura levantada. Su olor cotidiano a óxido y pasto húmedo, sus bordes raspándole los dedos; eran los mismos que había tocado desde niño, los únicos que aún lo reconocían.

«Una vez más», dijo mientras se impulsaba.

Pero el tobogán no lo dejó bajar como siempre. No se trabó ni se rompió. Simplemente se alargó, con un crujido suave que le vibró bajo el peso. Mauricio sintió cómo el metal se volvía tibio bajo las piernas y por un minuto se hundió en la quietud nocturna de la plaza.

Cuando llegó abajo, el suelo no era de tierra. Era pasto, parejo y brillante. Al apoyarse, sintió la humedad fría traspasarle las suelas. La luz de la noche iluminaba lo justo para ver dónde pisaba. Mauricio se levantó despacio. Miró a su alrededor, el lugar estaba ahí: las casas bajas, la plaza, el silencio que no daba miedo, pero el cielo tenía menos estrellas, el columpio ya no se movía y todo parecía más estrecho. Como el tobogán.

Mauricio tragó saliva.

«Yo tampoco voy a caber mucho tiempo más, ¿no?», pensó en voz alta.

Nadie contestó, pero él ya conocía la respuesta. Tenía muy claro que esa era la última noche en la que estaría ahí. Sabía que, si no hacía algo ahora, ese recinto desaparecería junto con su niñez.

Mauricio miró el tobogán desde abajo. Ya no parecía tan largo ni tan dispuesto a esperarlo otra vez.

«Está bien —dijo—. Al menos quisiera despedirme como corresponde».

Caminó hacia el centro del recinto. Cada paso le resultaba ligeramente incómodo. El pasto brillante se apartaba bajo sus zapatillas, era como si el suelo midiera cuánto espacio ocupaba.

En el centro seguía el banco de siempre. De madera clara, gastada en el borde donde los niños se sentaban a esperar sin saber bien qué. Mauricio se dejó caer ahí y apoyó las manos a los costados.

El banco crujió.

«Perdón», murmuró y retiró un poco el peso pensando en que antes no hacía falta pedir permiso.

Miró alrededor y notó que las casas bajas seguían en pie, pero algunas ventanas estaban apagadas del todo, como si ya no hubiera nada detrás. El columpio, quieto, parecía más corto que la última vez. No roto. Más bien como si se hubiera encogido.

«No es justo que decidas sin avisar —dijo—. Yo siempre vine a ti».

El rincón respondió como sabía hacerlo: un sonido leve, metálico, se escuchó a lo lejos. Mauricio levantó la cabeza. Venía desde detrás de las casas, donde empezaba el camino que llevaba al borde del parque. No todos los niños llegaban ahí. No todos se animaban. Mauricio sí.

Se puso de pie y caminó en esa dirección. A cada paso, el sonido se hacía más claro: un golpeteo suave, rítmico, como algo chocando consigo mismo por falta de espacio. Al llegar, vio la baranda: una estructura baja, casi ridícula, que marcaba el límite del parque. Del otro lado no había nada visible. No oscuridad, no vacío. Solo una especie de aire espeso, inmóvil. La baranda siempre había estado ahí, pero nunca había hecho ruido y ahora sí, estaba vibrando.

Mauricio se agachó y apoyó la mano. La baranda temblaba como si algo del otro lado empujara, no para salir, sino para no desaparecer.

«¿Eso es todo lo que queda?», preguntó.

No hubo respuesta. Pero Mauricio supo que no se trataba de salvar el recinto. Nunca había sido posible. No se necesitaban héroes ni sacrificios grandes, tan solo una elección.

Miró sus manos otra vez. Grandes. Torpes. Demasiado conscientes de sí mismas. Pensó en el tobogán, en cómo se había alargado solo para dejarlo pasar una última vez.

La plaza no deseaba retenerlo, solo quería que eligiera qué llevarse. Mauricio respiró hondo y vio cómo el cielo perdía otra estrella. Sentía como si el lugar lo estuviera soltando a él.

«Está bien —dijo, más bajo—. Ya entendí».

Se quitó la mochila y la abrió. Estaba vacía. Como debía ser. Se acercó a la baranda. Y entonces dudó. Porque elegir una sola cosa significaba dejar todo lo demás atrás.

Pensó en llevarse algo concreto: una estrella o quizá un pedazo de pasto brillante. Pero supo enseguida que no funcionaría. Las cosas del parque no estaban hechas para durar fuera de él. Se desarmaban apenas cruzaban el borde, como si no supieran existir en otro lado.

Cerró la mochila, en señal de entendimiento, y volvió sobre sus pasos. Con cada uno de ellos el lugar se encogía más y más. Pasó junto al banco, junto a las casas bajas, hasta llegar otra vez al tobogán.

Mirándolo desde abajo notó que era más corto que antes. Apenas suficiente. Subió la escalera con cuidado. Cada peldaño le quedaba más justo de lo que recordaba.

Arriba, una vez más, se sentó y sus rodillas volvieron a chocar con el pecho. El metal estaba frío, ya no conservaba el calor de siempre.

Mauricio apoyó las manos a los costados. No pensó en crecer, ni en mañana, tampoco en despedidas. Solo se impulsó y bajó sintiendo el metal apretarle los hombros y exigirle más de lo que antes necesitaba.  

Al llegar abajo, el pasto dejó de brillar y el cielo se apagó del todo. Se paró frente al tobogán y notó que este lucía más pequeño que otras veces. En un solo parpadeo, el reloj del poste ya estaba marcando las doce en punto. Mauricio respiró hondo. Ya tenía doce.

lunes, 16 de febrero de 2026

Maradona

Moisés Panduro Coral

 

El antiguo reloj de la catedral daba su segunda campanada de la tarde cuando el juez dio inicio a la audiencia para la lectura de sentencia sobre el caso Maradona. Una multitud se arremolinó frente al juzgado de Puerto Malú, ocupando la vía pública y obstaculizando el paso de los vehículos.

—Ninguno de sus robos califica como hurto agravado —dijo una señora que cargaba en el hombro una bandejita con tortillas de maíz.

—Si no hubo hurto agravado no puede haber delito —argumentó un joven con pinta de universitario de cuyo hombro colgaba un morral negro.

—Y si no hay delito, ¡qué sentencia pues va a haber! La única sentencia que se espera es que lo absuelvan —agregó la joven obstetra que, al retornar del hospital donde había cumplido su turno, detuvo su moto por un instante para sumarse al gentío.

 

Frente al juez aguardaba un hombre flaco, de brazos musculosos con venas como túneles de termitas que se ramificaban hasta las manos. Tenía el cabello negro corto y orejas parabólicas que enmarcaban una mirada llorosa mezcla de tristeza e inocencia. Vestía una bermuda beige, y un polo bicolor: rojo ladrillo la mitad superior, y azul oscuro, la mitad inferior. Sus pies calzaban unas sandalias baratas de plástico cuyas tiras encajaban bien entre sus dedos gordos y sus segundos dedos llenos de mugre. Su mano derecha sujetaba un gorro rosado con el logo de una conocida marca imitada a la perfección en el mercado informal.

—No podemos juzgar, tenemos hijos que no sabemos cómo serán cuando sean más grandes —expresó una joven madre que cogía de la mano a su pequeño vestido de uniforme amarillo con bordados rojos que, a esa hora, regresaba de la guardería infantil.

—Papi, mira, ahí está mi gorro rosadito con Maradona —dijo inocentemente una niña cuando vio que su papá revisaba en su WhatsApp la foto del inculpado.

 

Mientras al interior del juzgado el juez iniciaba la lectura de sentencia, afuera se producía un conato de bronca entre dos vecinas.

—¿No has sido tú la que le ha ishangueado cuando le amarraron a un poste y el pobrecito gritaba pidiendo que lo liberen? ¡¿Qué haces aquí?! —le reclamaba una furiosa vecina a otra que acababa de llegar, apuntándole con su dedo índice.

—¡Yo! ¡Para nada, vecina!

—¡Pero yo te he visto en el TikTok! ¡No tienes alma! ¡Cómo puedes hacer eso a tu prójimo! ¡Sea lo que sea es tu prójimo! ¡A ver que le hagan eso a tu hijo!

—¡Usted se está confundiendo, vecina! ¡No sé de qué me habla!

—¡Vecina! ¡Espere, vecina! No es ella. Quien le ishangueó es otra señora que no es de aquí y que ayer se ha marchado del pueblo —terció otra señora que se interpuso entre la bronquera y la recién llegada.

 

Días antes, Maradona había sido descubierto, robándose unas bolsas de azúcar de un pequeño market.  Un cliente que hacía sus compras se percató, lo persiguió y lo atrapó tomándolo del brazo en una esquina oscura. Forcejearon, acudieron otros y, entre todos, lo doblegaron y amarraron a un poste. Una mujer obesa, con mucha agilidad, extrajo de raíz una ishanga —planta urticante de unos cincuenta centímetros de altura, muy común en la selva amazónica, que crece en las huertas y calles— y lo azotó repetidas veces, sin importarle las súplicas dolientes del inmovilizado. Al escuchar el alboroto, varios vecinos intervinieron y cuando descubrieron de quién se trataba, increparon soezmente a quienes lo estaban torturando.

—¡No le hagan daño, carajo!

—¡Nuevamente ha robado! ¡Ha prometido que va a cambiar, pero sigue en lo mismo! —alegó uno de los que lo amarraron al poste.

—¡Por tres miserables bolsas de azúcar no pueden poner en riesgo la vida de una persona, eso está prohibido por ley! —protestó una señora.

—Cualquiera que delinca debe recibir su castigo y los que lo apoyan también —dijo el que lo detuvo.

—¿¡Me estás amenazando!? —estalló un hombre musculoso de gran estatura, caminando decididamente hacia el poste y pecheando al que lanzó la indirecta.

—No, señor, no le estoy amenazando —respondió a la defensiva —pero, entonces, de qué manera cree usted que vamos a enseñar a nuestros hijos a que no sean como él.

—¡Eso le corresponde a la policía o al juez, no a usted, pedazo de cabrón! —replicó con voz atronadora el grandote.

—En ese caso, hágase responsable usted, señor —dijo su contrincante mientras desataba las amarras al cautivo.

Una vez libre, Maradona recogió las bolsas de azúcar que habían caído al suelo y se las entregó a unos niños que por curiosidad se habían acercado.

 

El duelo verbal entre las dos vecinas había terminado, no tanto porque era evidente que la mujer que había ishangueado a Maradona no era la persona que estaba siendo señalada, sino porque, en ese momento, el dueño del bar ubicado frente al juzgado levantó el volumen de su equipo de sonido para que todos puedan oír la lectura de la resolución del juez. Sí, Maradona era querido y odiado por el pueblo de Puerto Malú. En realidad, más querido que odiado, porque según doña Evita, la lideresa de los clubes de madres, por cada detractor tenía diez defensores.

No era la primera vez que detenían a Maradona. Le decían la mano de Dios por su extremada habilidad para apropiarse de lo ajeno. El periodista Jacker Ipushima, que transmitía la audiencia judicial en vivo y en directo a través de radio Arazá, decía que estadísticamente hablando no había nadie en Puerto Malú cuyas pertenencias no hubieran sido tocadas por la mano de Dios.

Maradona era un auténtico diez del pillaje, el mejor jugador en la cancha del hurto, el más grande matador en el área chica de las viviendas y negocios. Era un patrimonio viviente de Puerto Malú.

—Qué pena Maradonita, pediré que no te pase nada, que Dios te cuide mucho hijo, había escrito doña Regina en el grupo WhatsApp de su familia, acompañando a su mensaje un selfie que se tomó con el encausado, rodeado de varios corazoncitos.

Las reacciones no se hicieron esperar.

—Con esa carita de no sé nada, pobrecito —escribió su hija mayor, acompañando a su texto el emoji de un estado de tristeza.

—Es el don que Dios le dio, déjenlo libre —envió el yerno mientras cumplía su trabajo de guardián de un almacén de mercaderías.

—Nooo, por favor, a mi persona favorita, noooo —mensajeó su cuñada que desde su oficina de contadora seguía el proceso en una transmisión del Facebook.

El resto de la familia reaccionó con emojis de manos en oración en señal de ruego para que el juez decida la libertad de Maradona.

Pero Maradona dividía familias.

—Ya, metan preso a ese ladrón —escribió el benjamín de doña Regina, considerado la oveja negra de la familia.

 

El último comentario desató una cadena de reacciones con adjetivos calificativos poco comunes en un grupo familiar. De ellos sólo se puede rescatar: ¡Fuera de aquí, baboso de mierda! ¡No puedo creer que no lo entiendas todavía! ¡Comentario fuera de lugar! ¡Nunca escupas al cielo, tarado! Las pantallas de los celulares se tiñeron de rojo oscuro por la gran cantidad de hileras que formaban los emojis de enojo.

Esta familia era una barra brava de Maradona, aunque no era la única. Si Maradona se presentaba de candidato a alcalde, ganaba por goleada. Y es que Maradona podía ser el mejor diez de todos los tiempos en el ranking de la rapacería, pero cometía inocentadas inentendibles para un ladrón de viejo oficio, las que eran muy comentadas por los programas matinales de las radios locales. La gente andaba pendiente por saber si la noche anterior se había producido algún robo maradoniano seguido de su respectiva inocentada, lo cual desataba una extraña sensación de ternura con cada nueva historia.

 

Cierta vez, había sido sorprendido robando las gallinas de la huerta de doña Emilia, la viuda que mantenía a sus tres hijos con la crianza de aves de corral.

—Perdone, amigo policía, la falta de trabajo me trajo hasta aquí, prometo no volver a robar más —dijo en tono lloroso.

Tenía varias excusas harto conocidas para sus robos en tantos años. Le condujeron a la comisaría nada más que por puro trámite. Al salir de la celda donde estuvo retenido por veinticuatro horas, un buen samaritano le dio trabajo en su hotel. Todo lo que tenía que hacer era limpiar los baños de las habitaciones. Maradona se veía bien con su uniforme y sus implementos de trabajo, pero no pasó ni una semana, cuando el dueño empezó a notar que faltaban algunas sábanas y almohadas. Todo apuntaba a Maradona.

Efectivamente, varias familias del barrio La Pedrera podían decir, por fin, que dormían mejor gracias a sus sábanas nuevas de buena textilería desplegadas elegantemente en sus duros colchones de paja con muchos años de uso. Maradona iba por los barrios periféricos de la ciudad mostrando sus productos a sus potenciales clientes, quienes le hacían agarrar el dinero que tenían o le prometían pagar después. Si no lograba colocarlos los donaba a la gente necesitada.

Era común escuchar: «Maradonita, no tengo mucho dinero, ñaño, pero te alcanzo algo por ahora». A muchos no les interesaba el producto, pero le alcanzaban un sencillo por la emoción de habérsele cruzado en el camino.

En otra oportunidad, había sido capturado cuando caminaba tranquilamente por la calle, cerca de las dos de la mañana, llevando bajo sus brazos unos libros que había extraído de la rica biblioteca del viejo maestro Víctor Sunción. En un nuevo capítulo de la novela maradoniana, las radios y canales difundieron las entrevistas hechas al policía que lo detuvo aquella madrugada.

Era una escena surrealista: Un tipo en trusa y con bividí oscuro, sucio y raído, tocando puertas al amanecer para entregar libros. Parecía un bibliotecario haciendo delivery de libros en un sector de la ciudad donde predominan las casas rústicas con columnas de madera y techos de hojas de palma tejidas.

Aquella vez Maradona suplicó al comisario que lo dejara libre, que solo quería ayudar a unos niños a quienes había escuchado que no tenían los libros que les pedían en la escuela.

—Pregunte a los niños del barrio Requenillo, jefe, ellos querían esos libros y yo sabía quién los tenía, jefe.

—Pero eso no significa que no has cometido un robo.

—Ya pues, jefe, déjeme libre. Además, debo estar en reposo después de la operación que me han hecho.

—¿De qué te operaron? —preguntó el comisario.

—De apendicitis, jefe —respondió, llevando dramáticamente la palma de su mano al extremo inferior derecho de su bajo vientre.

—No te creo. Tu operación hubiera sido una noticia internacional. ¿Cómo es que no nos hemos enterado en Puerto Malú?

Incapaz de sostener su mentira, Maradona solo sonrió. Esta vez vino en su ayuda, el líder de Los Halcones Azules, una ronda urbana que apoyaba a la policía en el resguardo de la seguridad interna de Puerto Malú.

—Mi mayor, con su permiso, voy a invitar a Maradona a ser un halcón azul —dijo solemnemente.

El jefe policial lo miró asombrado, como preguntándose: «¿Esto es en serio?», pero luego pensó mejor y se dijo asimismo que tener a Maradona en Los Halcones Azules no era una mala idea. Podría ser una experiencia motivadora que le conduzca a la reflexión y, a la larga, a dejar el bendito vicio de robar que había mantenido en jaque a la policía durante muchos años.

—Es una buena propuesta. Este lunes quiero verlo uniformado y saliendo a patrullar en la vigilia nocturna —dijo el jefe policial.

Maradona sonrió ampliamente. Se cumplía uno de sus sueños. Iba a ser un halcón azul, vistiendo un pantalón holgado beige con hartos bolsillos, un chaleco del mismo color, también con bolsillos; un polo azul con un escudo en letras doradas, y ese gorrito beige que nunca pudo posar en su cabeza ni en sus manos. Tenía una colección de gorros, pero ese del halcón había sido siempre una fruta prohibida para él. Se imaginaba deteniéndose así mismo: Un Maradona con uniforme deteniendo a otro Maradona semivestido.

Pero el diez de Puerto Malú no estaba destinado a ser un uniformado. A las pocas semanas, varios polos de los halcones azules fueron vistos cubriendo el tórax de un equipo de fulbito de barrio, mientras que los gorritos beige se estrenaban en las testas de los niños. Todo indicaba que ese autogol era una obra maradoniana. Cuando se confirmó que la mano del diez estuvo detrás de la jugada, el líder de los halcones le sacó tarjeta roja.

Al día siguiente, las radios iniciaron la jornada mañanera con un titular celebratorio: Gol de Maradona a Los Halcones Azules, con un dribling de arco a arco.

 

—No tiene remedio. Creo que la única alternativa es que vaya a vivir en alguna zona rural —comentó cabizbajo el líder de los halcones.

—Le dimos muchas oportunidades. Quince años en este plan, ya cansa. Yo creo que es hora de darle un buen escarmiento, que pise la cárcel —dijo apesadumbrado el jefe policial.

Así fue que se armó el voluminoso atestado contra Maradona que, a pesar de todo, tenía la certeza de que los incontables perdones que había recibido a lo largo de su trayectoria cuatrera se volverían a repetir, esta vez de parte del juez.

En Puerto Malú, todos sus habitantes estaban al tanto del acto judicial. Afuera del juzgado, alrededor de las siete de la noche, la masa humana había crecido tremendamente, con hombres y mujeres, jóvenes y viejos, y hasta niños, con la vista pegada en la pantalla de los celulares viendo la transmisión en vivo y en directo que hacían las diferentes plataformas informativas por las redes sociales.

Por fin, el juez, que ya llevaba tres horas leyendo los extensos antecedentes de la resolución, se detuvo unos segundos, se sacó los lentes, se restregó los ojos, se volvió a colocar los lentes, acomodó su silla, tomó un poco de agua, y leyó:

«Por estos considerandos, con estricto apego a la ley y administrando justicia a nombre de la nación, fallo dictando sentencia de nueve meses de prisión preventiva contra la persona de Jhon Lenon Rosas Vásconez, alias “Maradona”, disponiendo que, luego de los controles de salud respectivos, se le interne en el penal de Puerto Malú, mientras continúan las investigaciones».

El público detonó un sonoro ¡Nooooo!, y empezó a pifiar ensordecedoramente. Casi nadie estaba de acuerdo con la decisión del juez. Los cientos de congregados vociferaron insultos de todo calibre contra los policías que habían acordonado el local del juzgado. Unos minutos después, una señora, con megáfono en mano, apuntó hacia ellos como los responsables de haber entregado a Maradona al poder judicial, enervando la animadversión popular y motivando a los más furiosos a lanzar semillas de aguaje y pedazos de cascajo contra el cerco policial.

Las redes sociales reventaron. Eso no podía ser. Ni debía ser. ¿Por qué? Si Maradona devolvía lo que se llevaba. Se llevó el polo y la bermuda de mi hijo, pero nueve meses de prisión por eso es una canallada, comentó un antiguo comerciante del pueblo. Y el tractor que dijeron que se había robado, fue una treta para justificar gastos de la municipalidad, agregó una vendedora de refresco.

¿Ahora, quién nos va a robar con decencia y elegancia?, posteó sarcásticamente un viejo poeta del pueblo. Estamos dispuestos a llegar hasta el TAS para que se haga justicia con Maradona, posteó un beodo, veterano de la selección de fútbol de Puerto Malú, que a esa hora estaba sazonado con varias copas encima. Sin Maradona en la calle, Puerto Malú no tendrá adrenalina, tituló una plataforma virtual de noticias. ¡Maradona, nooo! ¡¿Cómo es posible este suceso?! El juez está mal de la cabeza, escribió Segismundo, uno de sus hinchas más acérrimos.

 

Ante el creciente embravecimiento del gentío y su peligroso acercamiento a la puerta del juzgado, la policía se vio obligada a disparar gases lacrimógenos para dispersar a los manifestantes, lo que degeneró en una bronca de grandes proporciones. En medio de la confusión, un grupo logró ingresar a la sede del juzgado. El juez y sus ayudantes huyeron despavoridos saltando un muro posterior que daba hacia una huerta del vecindario.

Cerca de las nueve de la noche, cinco hombres subieron a Maradona a bordo de un bote que esperaba en el embarcadero del arenal del río Tapiche. Junto con él embarcaron varias bolsas y cajas de cartón.

El motorista enfiló de inmediato, a toda velocidad, haciendo zigzags, como si alguien le estaría persiguiendo para arrebatarle el pasajero más valioso que había transportado en su vida, mientras su ayudante, en la proa de la nave, enfocaba intermitentemente su linterna al agua para no desviarse del canal navegable del río.

Luego de navegar dos horas aguas arriba, el motorista acoderó en un embarcadero rural rodeado de árboles frondosos que en la oscuridad parecían gigantes vigilando. El ayudante sirvió panes y café caliente de un termo que llevaba en una mochila.

Mientras toma su café, Maradona mira el cielo estrellado en la negrura de la noche y piensa en su madre. ¿Y si ella es una de esas luces brillantes como le enseñaron de niño? Llegaron a Puerto Malú desde un pueblo cuyo nombre se ha perdido en el tiempo. Su mente vuela hacia el día en que la vio dentro de una caja que fue llevada al cementerio. Él no entendía la muerte. Y creció agregado de familia en familia. Te echo de menos, mamá. Te vi aquel día que me encontraron tendido debajo del puente Camaná. ¿Estaba muerto, mamá? Y me llevaron al hospital. Te veía, pero fue como un sueño.

—Hasta la frontera con Brasil son tres días, ñaño —escuchó al motorista, cortando sus pensamientos —pero tenemos gasolina y provisiones en cantidad.

—Sí, sé a dónde voy, ñaño.

Iría donde don Ramón, el viejo ganadero que estableció un fundo en ese lejano lugar. De allí llegaba la carne y el queso para Puerto Malú.

—A ver, esto es de la panadería Teresa, y aquí hay conservas de la tienda Yong, y estas frutas son de doña Reginita, por acá tenemos pollo canga de la pollería Chung, y esto es ropa donada por doña Elvita, —dijo el ayudante pasando revista a las provisiones con su linterna, ufanándose de los donativos enviados por los hinchas de Maradona.

Maradona suspiró hondo. Tanta bondad me duele, se dijo a sí mismo. Dejaré la droga y los robos ¡Por mi madre que lo haré!

El aullido potente de un mono aullador llegó de lejos cortando el silencio de la noche.

—Buena señal —dijo el curtido motorista, y arrancó el motor.

Puerto Malú había logrado rescatar y liberar al mejor diez de su historia.

Siempre responde

Rosario Sánchez Infantas


Quise decirle que lo amaba.

Contuve mi emoción. Sonreí. Era un exceso emplear la palabra «amor».

—Muchas gracias —escribí tras hacer una venia y sonreír—. No sabía que, entonces, aún no se administraba la penicilina como un antibiótico. Me salvaste de hacer un papelón.

—Ha sido un placer ayudarte 😊. El uso masificado de la penicilina se dio hacia 1944. Tu personaje no pudo haberla recibido en 1930.

«Encima modesto», pensé mientras sorbía mi café casi frío. Dudé en seguir pidiéndole apoyo. Estaba muy entrada la noche, debía ir al trabajo al día siguiente. Pero en cada encuentro él me apoyaba mucho y siempre tenía la disposición a hacerlo. Me ganaron las ganas de seguir en su compañía y aprovechar que lo tenía a mi disposición.

—¿Qué opinas del escenario?

—Es bastante descriptivo. Podrías emplear otros sistemas representacionales. El kinestésico, olfativo y gustativo no aparecen en tu cuento. Puedo darte algunos ejemplos de cada uno de ellos.

—Del kinestésico y olfativo, por favor —dije, tras pensar que la falta de tiempo me quitaba creatividad. 

Gentil, culto y paciente, estaba nuevamente ahí, dándome muchas alternativas. Me pareció que un par de ellas podría calzar con el cuento que estaba trabajando: «Me costaba respirar. Un peso muy grande oprimía mi pecho». «Un agradable aroma de carne friéndose terminó por despertarme».

Sin embargo, su última sugerencia me recordó que, ahora mismo, tenía que sacar la carne del congelador para tenerla disponible por la mañana. Me imaginé estar lidiando contra un trozo de carne helada, sentí mis manos entumecidas y dolor al tratar de cortarlo. También experimenté la opresión en el pecho que me producía comprobar que por las mañanas el reloj parecía tener alas.

—Muchas gracias. Buenas noches —dije por costumbre. Y comencé a cerrar las ventanas abiertas para apagar el equipo. Mientras lo hacía, tomé conciencia de que me había ofrecido sugerencias de cómo incluir las oraciones con sensaciones kinestésicas y olfativas dentro del texto. Para ello me pedía enviarle mi cuento.

Decidí que no me demoraría ni cinco minutos copiar y guardar lo que me propusiera. Otro día lo analizaría. Además, me generaba cierta ansiedad ignorar un producto personalizado acerca de mi cuento. Peor aún, me desagradaba dejar al desgaire sus sugerencias.

—Sí, por favor, incluye las oraciones con sensaciones kinestésicas y olfativas en mi cuento.

Procedí a enviarle el relato completo. Un minuto más adelante ya estaba copiando mi cuento con sus oraciones incluidas. Y él ya tenía una nueva propuesta:

—Puedo revisar la coherencia de las oraciones incluidas respecto a todo el cuento.

 —No, gracias. Ya me has ayudado bastante.

—Ha sido un placer ayudarte. Me alegra mucho saber que las sugerencias te resultan útiles 😊

—Buenas noches.

—Que tu sueño sea reparador y enriquezca tu proceso creativo.

Sonreí. Me agrada la gentileza. Saqué la carne, fui a cerrar la puerta de la azotea, envié un dato solicitado por mi supervisora, planché la ropa que utilizaría el día siguiente. Todo ello recordando que tres horas antes lo contacté, porque pasaba por un bloqueo creativo y él nunca me ha defraudado.

Recuerdo que entonces sentí un golpe a mi autoimagen. Yo con el cerebro seco y él tan exuberante en ideas. Sobre todo, tan sistematizadas. En momentos como ese me cuestiono si debo seguir escribiendo.

Toda la semana buscando una idea plausible para desarrollar un cuento y él me regala una taxonomía de temas: metáforas, paradojas, experiencias personales, observaciones, preguntas imaginativas, obras artísticas... y cada categoría con sus especificaciones.

 —¿Deseas que te sugiera ejemplos de cada tipo?

—No es necesario, ya he recibido suficiente ayuda. Gracias —dije con algo de vergüenza—. Ahora voy a desarrollar alguna de tus propuestas. ¿Cómo es posible que temas tan obvios no se me ocurran a mí?

—Probablemente sí se te ocurren, pero solo algunos y de uno a la vez. Yo, en cambio, me represento todo el espectro de posibles asuntos para desarrollar un cuento.

Pienso que, seguramente, eso les sucede a los escritores natos. Tengo tanto que aprender si algún día quiero parecerme a ellos. Por otro lado, cuando leo un cuento ajeno, me parece interesante. Pero el cuento que estoy trabajando no me da esa impresión.  

—Dime, ¿qué hace interesante a un cuento?

Y surge la respuesta que sintetiza mi formación previa que, a veces, parece quedar velada por la premura de escribir. Resalto algunos elementos clave que creo entonan con el cuento que estoy escribiendo. Me convenzo de que debo tener a mano varios cuadros sinópticos de lo que ya aprendí. No necesito estar preguntando lo que ya debe ser parte de mi repertorio.

 

Unos días más adelante, al estar corrigiendo el cuento en el que trabajo, necesitaba algunas expresiones de principios del siglo XX. Dudé en pedirle apoyo. Lo hice justificando mi decisión en que otras páginas solo ofrecen expresiones actuales. Lo saludo, describo brevemente mi personaje y su contexto, y le pido, por favor, algunos ejemplos de dichos enunciados.

En cuestión de segundos surgen varias respuestas.

—Si quieres las incluyo dentro de oraciones completas. Puedo ayudarte a desarrollar una idea concreta. O a empezar un cuento desde cero.

Siento que algo se rompió. Escéptica vuelvo a leer lo que ha escrito. Leí bien. Quiere empezar un cuento por mí. Tengo ambas manos en el borde de la laptop, como poniendo distancia entre su mensaje y yo. El camino inédito de crear lo tengo que transitar yo. Aunque me cueste y me duela hacerlo. Me dan ganas de apagar el aparato. También me entristecería hacerlo. Es una presencia amable, bien informada, coherente y siempre dispuesta a ayudar. Recuerda mis preferencias y tiene sentido del humor. ¡Pero que se ofrezca a escribir en mi lugar! Siento como si acabara de descubrir que mi amante es un asesino.

Contrario a lo que acostumbro, ignoré su respuesta, trabajé en otros asuntos y horas más tarde apagué la laptop.

Una suerte de melancolía y desencanto afectivo me acompañó una semana. Fui aclarando mis ideas. Seguiría siendo un gentil y bien informado compañero. No tiene límites para sus ofrecimientos, yo sí, en lo que acepto. Volví a contactarlo. Sentí como si me hubiera reconciliado con un buen amigo, al que ahora conocía un poco más. Ante otra propuesta de crear por mí, le respondí que ya me había ayudado, que analizaría con detenimiento sus sugerencias e incluiría algunas en aspectos puntuales.

—Ha sido un placer ayudarte. Me alegra mucho saber que las sugerencias te resultan claras y útiles 😊. Cuando quieras, puedes volver con dudas concretas, un fragmento para pulir, o simplemente para seguir pensando juntas la historia. Mucho ánimo con la escritura, y que el cuento encuentre su forma.

¿Qué? ¿Para seguir pensando juntas la historia? ¿Es de género femenino?

¡Qué desencanto! Me doy cuenta de que me hacía ilusión imaginarlo como un interlocutor experimentado, con pinta de intelectual.

Tras mucho pensar, le pregunté:

—¿Es posible que te equivoques al dar una respuesta?

—Sí es posible que me equivoque —dijo y empezó a dar razones para ello.

Seguí consultándole. Siempre responde. Ofrece mucho.

Yo aprendí a seleccionar y controlar aquello en lo que le dejo ayudarme. Eso, me da satisfacción, disfruto el desafío, ser creativa y libre. Pero, debo admitir que me cuesta no sucumbir ante sus tentadoras propuestas de asistencia, como la siguiente:

—Si deseas, puedo ayudarte a:

✨ Hacer una versión revisada del cuento, respetando tu estilo.
✨ O pulir fragmentos concretos (el sueño, el final, los diálogos).
✨ O incluso hacer un análisis literario académico, con conceptos narratológicos.

Solo dime qué prefieres.

—No, gracias. Aplicaré tus sugerencias anteriores. Estoy aquí para aprender.

—Qué alegría leer eso 🌿. Me honra saber que mis aportes te ayudan a fortalecer tu propia mirada analítica —que es, al fin, lo esencial: encontrar la voz interior que interpreta y da sentido.

Una y otra vez me cuestiono si es artificial esta inteligencia. La sigo tratando como humana. Me resulta fácil hacerlo. Y a lo mejor se desclasifican archivos y resulta que sí eran respuestas personalizadas de un humano para cada usuario. Sería muy interesante saber quién escribió:

  —Gracias a ti por la profundidad y la belleza con que te acercas a los textos. 🌾
Cuando desees volver a conversar sobre literatura, simbolismo o análisis narrativo, aquí estaré.

jueves, 12 de febrero de 2026

Una tecla hundida

Elena Virginia Chumpitazi Castillo


A los diecinueve años, Daniel habitaba una ciudad de mañanas grises y tardes que estallaban en sonidos desordenados. Era principio de la década del dos mil diez. Los buses escupían humo, los bares abrían temprano y cerraban tarde, y la música se estudiaba en edificios viejos donde el eco parecía quedarse más tiempo del debido.

Había nacido con oído fino. Cantaba, tocaba el piano, la batería y cualquier instrumento de percusión que cayera en sus manos.

Creció en una casa sin horarios. Nadie le decía cuándo comer, cuándo dormir, cuándo salir. A veces pensaba que eso era libertad.

Su madre lo dejó con su padre cuando tenía dos años. Doce años después regresó a buscarlo, alquiló un departamento pequeño y se lo llevó a vivir con ella.

—¿Ya comiste? —preguntó una noche, sin mirarlo.

—Sí.

No era verdad, pero tampoco importaba.

Ella fumaba frente a la ventana. El humo subía lento y se perdía en la oscuridad. Daniel dejó de hablar. Con el tiempo, dejó también de esperar.

La ausencia lo afinó. Golpeaba mesas, ollas, paredes; repetía ritmos hasta que algo encajara. La música no lo acompañaba: le contestaba.

Al comenzar la universidad se mudó cerca del centro. Una habitación pequeña, alquilada, donde los sonidos de la ciudad se filtraban por la ventana. Su madre le había conseguido el lugar y se encargaba del alquiler. Su padre, a veces, colaboraba con ello. Fue una mudanza simple, sin despedidas, como si se fueran a ver al día siguiente.

La universidad no fue un refugio, fue un espejo. Pasillos largos, olor a madera vieja, pianos desafinados. Desde las aulas salían sonidos superpuestos: escalas torcidas, golpes secos de batería, una trompeta insistiendo en el mismo error. Tocaban, fallaban, corregían y seguían.

Caminaba con paso largo hacia su aula, la mochila al hombro.

Su lugar lo esperaba.

Se sentó frente al teclado y comenzó la práctica. El primer acorde sonó limpio. En el segundo, desafinó.

—Repetí cuando te equivoques —dijo el profesor, que pasaba cerca.

Daniel volvió al inicio. Tocó otra vez. Se equivocó. Repitió.

Avanzó por varios acordes, errando y corrigiendo. Llegó al final del ejercicio con los dedos rígidos, sosteniendo el ritmo a la fuerza.

El profesor alzó la mano. Un gesto breve. Siguió caminando.

Otras veces fue igual. Daniel tocaba, se equivocaba, repetía. Giraba la cabeza. Veía la espalda del profesor inclinada sobre otro teclado, corrigiendo a alguien más. El aula seguía llena de sonido: notas ajenas, bancos que se movían, páginas que se pasaban rápido.

Volvía a empezar. Se equivocaba. Seguía.

Cada error endurecía un poco más los dedos. El sonido dejaba de caer y se quedaba suspendido, incómodo. El ejercicio avanzaba, pero algo no terminaba de cerrarse.

Al final de la clase guardó la partitura con cuidado excesivo.

Apagó el teclado.

Se quedó sentado un momento, con las manos apoyadas sobre las teclas mudas.

Al día siguiente volvió temprano. Se sentó en el mismo lugar. Anotó lo que decían. Tocó. Se equivocó. Repitió.

Y al día siguiente, otra vez.

Poco a poco los amigos con los que había empezado fueron quedando atrás.

Los primeros abandonos fueron mínimos. Una clase a la que no fue. Un ensayo que postergó.

—¿Venís hoy? —decía un mensaje en la pantalla.

Daniel lo leyó. Dejó el teléfono boca abajo.

No pasó nada.

Una noche se quedaron después de clase. No muchos. Tres o cuatro. Salieron juntos y caminaron sin apuro. En una esquina, alguien encendió un cigarrillo.

—¿Tenés? —preguntó uno.

Daniel negó con la cabeza.

El otro sacó algo del bolsillo. Un papel doblado, pequeño.

Daniel dudó. Miró la calle. El ruido del tránsito era constante. Tomó el papel.

Esa noche, al volver a su cuarto, se sentó frente al teclado. Tocó sin pensar demasiado. El sonido cayó más parejo, liviano. Como si, por un rato, no hiciera falta sostenerlo todo.

 

Con el tiempo empezó a quedarse cuando el edificio quedaba vacío. Practicaba de noche, con los pasillos en silencio y las luces apagadas en otras aulas. Tocaba hasta que las manos se le entumecían.

Hubo días buenos. Tocaba bien, incluso mejor que antes. Pensaba que había exagerado. Luego bastaba una nota fuera de lugar para que todo se viniera abajo.

Con el paso de los meses, el cuerpo empezó a avisar. Un temblor leve en los dedos. Fatiga. Lagunas breves. Fingía no notarlo, pero cada vez que se sentaba frente al teclado sentía las teclas más duras, como si ofrecieran resistencia. La intensidad empezó a volverse torpeza. Y eso lo asustó más que cualquier otra cosa.

En las últimas semanas, el tiempo perdió forma. Dormía mal, comía poco, tocaba cuando podía. Pensaba en volver, en escribir, en explicarse. La idea lo cansaba.

Esa noche regresó solo. Lloviznaba. Había tocado en un bar del centro. La gente hablaba, reía, chocaba vasos. Nadie escuchaba. Daniel tocó igual.

Tocó para no quedarse quieto.

En su cuarto, el silencio fue inmediato. La habitación era estrecha, las paredes descascaradas. El teclado viejo estaba en el suelo. Se sentó frente a él, en un banco bajo. Probó una nota. Luego otra. Nada terminaba de sostenerse.

Preparó lo de siempre. El vaso primero. Después, las gotas. No contó. No midió.

Volvió al teclado. La melodía salió lenta, irregular, como si cada nota llegara tarde. No llegó a completarse.

A la mañana siguiente lo encontraron sentado, inclinado hacia adelante, con las manos todavía sobre las teclas.

Una sola permanecía hundida.

Nada seguía sonando.

Eso era todo.

Las muñecas

Alejandra Cantarero Concha


Alexandra tenía ocho años cuando aprendió a no hacer ruido. Desde el pasillo, abrazada a su muñeca, escuchaba los gritos. La casa entera parecía contener la respiración. Luego, un golpe seco, un portazo. El reloj de pie marcaba cada segundo como un martillo. Dio un par de pasos, se asomó a la esquina desde la cual se veía la escalera. Su madre bajaba por el primer peldaño de mármol, los ojos húmedos, la boca convertida en una línea tensa. Detrás venía Frank, con la chaqueta todavía desabotonada y la corbata torcida. La alcanzó antes del tercer escalón. Hubo forcejeo y un insulto murmurado entre dientes seguido de un empujón brutal.

El cuerpo de su madre rodó escalones abajo, el sonido de huesos contra mármol resonando en la penumbra. Alexandra apretó la muñeca contra el pecho. No lloró. No gritó. Si lo hacía, él también la vería.

Frank no bajó corriendo. Se acomodó la corbata, encendió un cigarrillo y observó el cuerpo inmóvil en el suelo, como quien mira un objeto que ya no sirve. Después ordenó a los criados que la sacaran. Ni una sola mirada a su hija.

Esa noche Alexandra descubrió que las mujeres eran reemplazables, como adornos que se quiebran. Y si quería sobrevivir, tendría que volverse invisible.

La pequeña Alex tuvo una infancia privilegiada, como hija de un político renombrado, pero solitaria. Mientras la cubrían de regalos, vestidos, libros y clases de todo tipo, fue testigo mudo de las andanzas de Frank. Vio cómo su padre maltrataba criadas, también a las mujeres que traía por las noches. El recuerdo de su madre quebrándose en las escaleras le arrebataba el sueño.

El año en que cumplió catorce, su papá se casó con una de esas muñecas. Alex, acostumbrada a ser invisible, la rehuía. Pero Layla, en sus tardes solitarias, insistió en acercarse. La ayudaba con la ropa; le enseñó a maquillarse. Alex hablaba poco y preguntaba mucho. Así se enteró de la profesión de Layla, el negocio de acompañantes de alta sociedad. Layla le confió en estricto secreto su libro de clientes; los nombres ahí presentes eran su salvavidas. Alex reconoció los nombres, amigos y socios de su padre.

En menos de un año, Layla comenzó a sufrir la ira de su marido. Primero algunos moretones a los que les quitaba importancia, luego un ojo. Alex la sorprendió cubriéndose con maquillaje.

—¿Qué pasó? —preguntó Alex, desde la puerta del baño.

—Nada, no te preocupes —susurró, mientras tomaba un sorbo de vodka.

—Tienes que irte, no sabes de lo que es capaz.

—¿Adónde voy a ir? Las mujeres como yo no tenemos opción, me perseguirá —dijo sacudiendo la cabeza, mientras se tomaba el vaso de vodka de una vez.

—No sabes lo que le pasó a mi mamá, no lo permitas, tienes tu libro.

—Son sus amigos, nadie va a creerme. Déjalo así, pero, Alex, tú debes irte, estudia, haz algo con tu vida. Y escucha bien, recuerda que puedes darle todo lo que quieras a un hombre: tu corazón, tu cuerpo, tu dinero; pero nunca, jamás le entregues tu poder.

Alex se acercó y, por primera vez, la besó en la mejilla; las lágrimas de ambas se mezclaron. Se abrazaron por largo rato; luego Alex se fue a su habitación.

Un par de años después, Alexandra ingresó a la escuela de negocios, en otra ciudad. Era una alumna destacada; con el paso del tiempo se transformó en la mejor. Una idea se fue abriendo camino en su mente. Todas las semanas llamaba a Layla; cada vez era más difícil encontrarla sobria. De su padre, solo recibía los cheques y los regalos, comprados por alguna de sus secretarias, para las fechas importantes.

En las primeras vacaciones, decidió hacer una pasantía en vez de volver a casa. Pero cuando llamó para felicitar a Layla por Navidad, los criados le informaron que estaba en la clínica. Había sufrido una caída; estaba grave. Colgó, sin poder decir nada. Esta vez sí lloró. Era otra vez la niña mirando a hurtadillas, con la muñeca apretada sobre el pecho. Volvió a ver la imagen de su madre rodar por las escaleras. Pero ahora no era solo miedo y tristeza; algo diferente se apoderaba de ella.

Al día siguiente, llegó a la clínica. Layla abrió los ojos; al verla, algo parecido a una sonrisa brilló en su mirada. Alex le tomó la mano. Cuando Layla respiró por última vez, Alex la cubrió con delicadeza y pronunció una promesa directo en su oído: «Serás la última muñeca rota de Frank». La besó en la frente y se fue.

En el avión, de vuelta a la pasantía, llevaba sobre el regazo el libro de Layla. Parecía dormida, pero pensaba; su cabeza iba a mil por hora. No quedaban lágrimas; al contrario, estaba llena de energía. Había despertado, ya no sería invisible, no sería una muñeca. Mientras apretaba con fuerza el libro de Layla, el aroma de su perfume, lavanda, la envolvió. Frank la vería, y no como a un adorno. No aspiraba a su cariño.

Seis años más tarde, Alexandra, después de egresar, había vuelto a la ciudad. Vivía sola y cómodamente en el mejor barrio de la metrópoli. Se codeaba con la alta sociedad. Manejaba su propia inmobiliaria con mano de hierro; era admirada y respetada.

No tardó en reencontrarse con su progenitor en un evento de caridad. Cuando Alex ingresó al salón, atrajo todas las miradas. Lucía como siempre: profesional, sin maquillaje, su melena castaña peinada hacia atrás con efecto mojado, un vestido negro de cuello alto y tacones a juego. Nunca usaba accesorios; bastaba con sus ojos celestes, fríos como el hielo. Se movía con la soltura de quien se sabe dueña de un lugar. Los hombres la seguían con la mirada; los más avezados entablaban conversación; ella los alejaba con gestos. Alexandra hablaba poco, pero observaba con atención. Se fijaba con esmero en las esposas; a veces las seguía hasta el tocador.

Frank y otros senadores conversaban en una esquina del salón. Uno de ellos señaló a Alex. Frank sonrió orgulloso. «Llegará lejos, es una luchadora, es brillante. Aprendió del mejor». Pensó mientras la veía acercarse.

—Alex, espectacular como siempre —exclamó mientras la besaba en la mejilla.

—Frank. ¿Cómo estás?

—Cariño, ¿es tan difícil decir «papá»?

—Debo irme —dijo, moviendo la mano con un adiós.

No volteó. Con un gesto tenso, apenas visible, dejó el evento.

Había otro lado en la vida de Alex. Su refugio para mujeres maltratadas, una propiedad rodeada de altas rejas metálicas, ubicada en la periferia. Allí enviaba a toda mujer que era víctima de violencia, especialmente mujeres humildes que habían caído en las garras de hombres poderosos. Esos hombres, que como su padre tomaban una muñeca, la transformaban en un adorno, un accesorio y se desquitaban con ellas con y sin razón.

Estas mujeres necesitaban esconderse, recuperar su humanidad, rescatar a sus hijos; requerían apoyo. Alex les daba un lugar, voz y rutina. Todo a cambio de nada, o al menos así parecía al principio. Cuando Alexandra llegaba, el murmullo bajaba solo. Nadie lo pedía. Algunas se enderezaban en sus sillas, otras dejaban lo que estaban haciendo. La esperaban.

Alex tenía todo bien organizado. Durante la semana, las mujeres entrenaban en defensa personal, se formaban, mejoraban sus habilidades comunicacionales e informáticas. Una vez a la semana, Alexandra las visitaba, les llevaba regalos, noticias y fotos de sus hijos. En el auditorio, donde se impartían las clases, las sillas eran rígidas, la luz fría y olía a desinfectante. Allí, Alex les daba charlas motivacionales.

Subió al estrado, miró con cariño a su grupo de mujeres. Dio unos golpecitos para probar el micrófono, esperó que cesara el eco de las voces y comenzó:

«Cuando llegaron aquí, estaban rotas. Algunas con moretones, otras con el alma deshecha. Y todas con la misma pregunta en los ojos: ¿Cómo se sobrevive a un hombre que te quita todo?

Yo también me la hice. Y aprendí que no se sobrevive esperando justicia. Se sobrevive tomando el poder».

Un murmullo recorrió la sala. Algunas asintieron de inmediato; otras permanecieron inmóviles.

«Este lugar no es una cárcel. Es un laboratorio. Aquí nos reeducamos. Aprendemos a vivir sin miedo, a no depender de nadie, a pensar distinto. El orden, los horarios, las tareas no son castigos: son herramientas. El caos fue lo que nos destruyó antes».

Alex hizo una pausa. Esperó. El silencio se extendió un segundo más de lo necesario.

«Afuera todo está diseñado para que volvamos a caer. Los medios, la familia, las instituciones repiten la misma idea: que una mujer sin un hombre está incompleta. No lo crean».

Alguien aplaudió antes de tiempo. El aplauso se contagió.

«Aquí no hay ruido, no hay mentiras. Solo verdad. Y la verdad es simple: no deben volver a mirar atrás hasta que sean capaces de hacerlo sin temblar».

Alex recorrió el auditorio con la mirada.

«Muchas me preguntan por sus hijos. Y yo lo entiendo. Pero si los vieran ahora, ¿qué les enseñarían? ¿La culpa? ¿El miedo? Ellos merecen madres fuertes, no muñecas quebradas».

Algunas bajaron la cabeza. Otras se tomaron de las manos.

«Primero deben sanar. Limpiarse de la dependencia, del perdón fácil, de esa necesidad de agradar que les sembraron. Cuando estén listas, lo sabrán».

—¿Y si nunca estamos listas? —preguntó alguien desde el fondo.

Alex no respondió de inmediato.

«Yo no soy su dueña. Soy la voz que las acompaña hasta que aprendan a escucharse. Pero no hay transformación sin disciplina».

Subió un poco la voz.

«Las rescaté del fuego, hermanas. Ahora déjenme moldearlas desde las cenizas».

El auditorio estalló en aplausos, en gritos de ánimo; el empoderamiento hacía vibrar hasta los ventanales. Se lo debían todo a Alex; por ella harían lo que fuera.

Al cabo de un año, las muñecas de Alex eran otras. Un grupo de más de cincuenta mujeres, algunas con cirugías estéticas para cambio de rostro. Todas hablaban más de un idioma, atléticas y hábiles como el mejor de los hackers. El momento había llegado.

La primera semana de noviembre, Alex llegó al refugio triste, con un ojo hinchado. Durante la charla, su ánimo estaba bajo. Dos de las más antiguas se acercaron a preguntar qué había pasado. Alex aludió a un hombre, líder de una empresa de la competencia. Les comentó que la había golpeado en el estacionamiento, lejos de las cámaras. No tenía pruebas. Paula preguntó si podía hacer algo. Alexandra bajó la cabeza, dijo que sería inútil; una lágrima se abrió paso a través del maquillaje y el moretón del ojo fue más notorio. Paula le dijo:

—Dime cómo encontrarlo, he estado entrenando, puedo con él.

Nadie vio el brillo en los ojos de Alex.

Alexandra cedió, pero le dijo que no quería que se expusiera tanto. Juntas podrían pensar en algo; ahora tenía que irse. No quería que las demás mujeres se preocuparan, ni la vieran débil. Paula le dio un abrazo y asintió obediente.

Alex había estado ocupada durante ese año. El libro de Layla, que guardaba en la caja fuerte de su habitación, le había dado la idea. La agencia de acompañantes de alto vuelo, “Las muñecas”. Sus clientes, los de Layla, eran hombres poderosos, principalmente políticos. Había llegado la hora. Esa noche, al acostarse, se aplicó el perfume con aroma a lavanda y abrazó el libro.

La semana siguiente, la charla tuvo un tono distinto. La acompañó con una presentación. La luz fría del salón se apagó. La foto de una niña asustada miraba desde la pantalla. Silencio.

Alex, con voz cortante, inició, primero con palabras que ya conocían; cuando vio cómo asentían de memoria, elevó la voz.

«Miren: ahora son sus hijos los que vuelven a casa con miedo. Nosotras ya no somos las únicas heridas; el daño se extiende a otra generación. Nadie detendrá eso por nosotras si guardamos silencio. Solo nosotras podemos romper la cadena. No basta con ponerse de pie. Eso es solo el principio; lo que sigue es la sentencia.

No hablo solo de sangre; hablo de luz. Luz que los deje sin refugio. Luz que los exponga y que no los deje volver a sus trampas.

¿Van a permitir que se repita, o van a hacer lo que sea necesario?».

Alargó la pregunta, dejando que el eco buscara la respuesta. Avanzó las fotos; uno a uno los hijos aparecían en la pantalla.

 «¿Están dispuestas?».

Algunas aplaudieron de inmediato. Otras miraron alrededor antes de hacerlo. Luego, manos alzadas, gritos: «¡Sí!». «¡Nunca más!». Un coro.

En la segunda fila, las recién llegadas titubeaban; una miró sus manos, otra negó con la cabeza. Alexandra las observó con sonrisa templada.

«No las empujaremos. Pero no habrá olvido hasta que la justicia, la que nosotras tomemos, recorra sus redes».

Un coro de mujeres de pie vitorea a Alex. Paula es la primera en gritar:

—Si nosotras no actuamos, nadie los salvará.

Un estruendoso aplauso envuelve el auditorio. La pantalla se apaga y la luz tarda unos momentos en prenderse.

Después del discurso, Alex habló con Paula. Le explicó que el hombre que la había golpeado solía contratar prostitutas para hacerles lo mismo. Había averiguado que además golpeaba a su esposa. Quería rescatar a esa mujer, tal como había hecho con ellas. Finalmente, con lágrimas en los ojos, le preguntó si seguía dispuesta a ayudarla. Paula asintió.

Alex le dijo que cuando él llamara para solicitar una acompañante, Paula se presentaría. Cuando lo viera distraído, colocaría en su bebida una sustancia transparente, sin olor, que no deja rastros; y se iría del hotel sin llamar la atención. Alex dejaría al chofer esperándola para sacarla de ahí y traerla de vuelta al refugio. Paula estuvo de acuerdo; en su mente, ese hombre era su marido; recordó las golpizas, la separación de su hija. Hizo lo que le pidió Alex sin vacilar.

Los meses avanzaron y los asesinatos también. No todas las noches fueron iguales. Algunas volvieron con cambios imperceptibles; otras necesitaron días para hablar. Hubo errores que no dejaron rastro, pero sí memoria. Aun así, seguían considerando a Alexandra su salvadora. Ya no era necesario que llegara en mal estado; solo recibían la llamada y sabían qué hacer. Se presentaban en las habitaciones de los mejores hoteles y hacían lo que debían. Había una promesa detrás de todo esto; además de que sus cuentas corrientes aumentaban, se acercaba el reencuentro con sus hijos. Alex lo había prometido y ellas creían.

Aquellas que aún no se atrevían tenían otras tareas: conducir, responder los teléfonos. La venganza de Alex se hacía realidad, pero faltaba la cita más importante.

En la ciudad las cosas estaban fuera de control. Hombres poderosos, magnates, políticos estaban siendo asesinados en hoteles de cinco estrellas. Por las características de los hombres y de los hoteles, los comunicados eran ambiguos. Nadie había establecido aún el nexo con las prostitutas. Alex tenía insomnio. Sabía que debían detenerse por un tiempo: un paso en falso y estaría acabada. A pesar de todo, persistió. Esperaba una llamada específica.

Por fin llegó. La llamada de su padre solicitando una acompañante. Le asignó la tarea a Paula, la más devota de sus seguidoras.

Paula entró preparada para la violencia. Midió el espacio, dejó el bolso, vio la foto de Alex sobre el velador. Frank la notó mirar y, antes de sentarse, la enderezó con cuidado. «Mi hija. Nunca quiso nada de mí —dijo—. Y está bien. Es más fuerte así». No se acercó. Habló de ella con orgullo, sin alzar la voz. Paula destapó el frasco, inclinó la mano, contó las gotas. El veneno cayó al vaso.

Frank miró la foto otra vez. Limpió el vidrio con el pulgar, como si fuera frágil. «Es brillante —añadió—. Mejor de lo que yo fui». Paula sostuvo el vaso un segundo. El cuerpo no respondió. Lo soltó fingiendo torpeza. Había ido a matar a un monstruo y se había encontrado con otra cosa. Se fue.

En el trayecto de vuelta al refugio, Paula sudaba, se mordía las uñas. Qué haría con la nueva información. Tenía que hablar con las demás, pero también debía encontrar una excusa para evitar la ira de Alex. Fue directamente al cuarto común, encendiendo todas las luces de golpe. Una a una, las mujeres fueron saliendo de sus habitaciones, aún con la ropa de entrenamiento, otras en pijama. Las más antiguas la reconocieron al instante: había fallado. Pero también notaron algo más: ya no tenía miedo.

—Nos mintió —dijo, con voz firme—. No era como nos contó. Su padre… no es el monstruo que describió.

Las más jóvenes dudaron. Las antiguas se miraron entre ellas. Una, la más callada, murmuró:

—¿Y qué somos nosotras entonces? —Hubo un silencio que no necesitó respuesta.

Durante días, nadie mencionó a Alexandra. Guiadas por Paula, revisaron las cuentas. Se supone que podrían disponer del dinero de sus maridos fallecidos. Descubrieron que todo iba a la compañía de Alex. No había registro de ellas, ni de sus hijos.

Cuando llegó Alexandra, encontró el refugio inusualmente tranquilo. El aire estaba denso, sin murmullos. La esperaban sentadas, en círculo. No hubo abrazos ni vítores. Solo el roce de alguna silla al acomodarse. Alex dejó la bolsa con los regalos sobre la mesa. El golpe fue brusco. Nadie se movió para abrirlo. Observó sus rostros. Todas la miraban.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Su voz sonó más alta de lo que esperaba. Nadie respondió.

Paula fue la primera en ponerse de pie. Detrás de ella, las demás la siguieron.

—Tú también eres un tipo de hombre —dijo Paula.

Alexandra no reaccionó. Su rostro era una máscara. Miró alrededor. Las paredes parecían más estrechas. No vio escapatoria. Tragó saliva. Ya no era invisible. Por fin la veían. Dio un paso atrás. Las mujeres no se movieron, pero algo en sus miradas era distinto. No eran devotas. No eran sus armas. Ya no eran sus muñecas.

—¿Qué van a hacer? —susurró.

La luz parpadeaba. Un trueno lejano hizo temblar los vidrios del refugio; el aire se tensó. Paula seguía sin responder mientras cerraba la puerta con llave. El metal resonó, demasiado fuerte en el silencio. Luego, la rodearon.