viernes, 2 de enero de 2026

La bicicleta que me enseñó el mundo

Patricio Durán


La tarde estaba cubierta por una luz dorada que caía oblicua sobre el patio solariego. Las hojas del viejo limonero temblaban con una brisa suave, y el petricor anunciaba que la lluvia había pasado hace poco. Mi mamá preparaba la cena y mi hermana jugaba con sus muñecas. Yo limpiaba los zapatos de toda la familia; así ganaba unos centavos que mi papá me pagaba.

Nunca imaginé que esa tarde sería distinta a las demás. Tenía doce años cuando mi padre llegó a casa con la bicicleta rodando.

—Póngase firmes, mijo, que esto no se ve todos los días —dijo emocionado.

Yo parpadeé. No podía creerlo. ¡Era una bicicleta! No cualquier bicicleta. Era de color amarillo con negro. No dramatizo si digo que transformó mi vida; que me abrió puertas, caminos, amores y libertades que no sabía que existían. Era una bicicleta a gogo, con cambios que parecían sacados de una nave espacial y llantas radiales —que le daban mejor tracción y velocidad— y hacían que mi autoestima creciera tanto como mis zapatos de plataforma.

—¿Es para mí? —pregunté, ya sabiendo la respuesta y sintiéndome dueño del mundo.

—¿Para quién más? —respondió papá sin ocultar su orgullo—. Te las has ganado. Por tu esfuerzo... porque quiero que tengas lo que yo no pude tener a tu edad, y que ya no sigas pidiendo prestada la bicicleta a tu primo Juan José. Yo sé que eres un gran ciclista y esta bicicleta te ayudará aún más.

Mi madre no compartía el entusiasmo.

—A ver cuánto te dura la emoción —murmuró—. Y, sobre todo, que no te mates. ¿Estás seguro de que no te vas a matar?

—Si me mato será despacio —prometí, ajustándome un casco imaginario.

No me importó el comentario de mi madre. Ese día sentí que el universo, por primera vez, estaba de mi lado. Toqué el manubrio, un tacto tímido, dulce, similar a acariciar la mano de una muchacha que me gusta. Pasé los dedos por el asiento suave, por los cambios metálicos, por el timbre reluciente. La bicicleta olía a pintura nueva, a futuro, a conquista. En esa época, tener una bicicleta así significaba ascender socialmente dentro del ecosistema adolescente. Era similar a poseer una Harley-Davidson en versión juvenil o un Mercedes Benz para menores de edad.

—A ver, jovencito. Súbase y estrene esta maravilla —dijo mi padre.

—¿Ahorita?

—¡Seguro! ¿Qué esperas? ¿El permiso del presidente?

Monté la engreída bicicleta. Sentí un escalofrío, no de miedo, sino de iniciación, de pasar de niño a algo distinto, algo más grande. Pisé los pedales. La bicicleta rodó suave, obediente, con un sonido de los rayos de las ruedas semejante al de una ruleta de la fortuna. ¡Y vaya que yo era afortunado!

Al salir a la calzada, el sol me dio de lleno, y los vecinos — viejos y jóvenes— quedaron mirando. Los otros chiquillos del vecindario se acercaban con una mezcla de respeto y envidia. Yo era asediado por ellos; todos querían conducirla, una vuelta, un instante montado en aquella criatura de dos ruedas que parecía haber sido fabricada para provocar suspiros.

Y debo admitirlo: yo me sentía importante. No por soberbia, sino por descubrimiento. Aquella bicicleta me hacía sentir diferente, me parecía que el mundo empezara a prestar atención a mi existencia. Era la primera vez que los ojos del barrio me miraban con un brillo distinto.

—¡Miren al rey! —gritó el «gato» Rivadeneira.

—¡Ese ya no camina, vuela! —añadió el «pibe» Cabrera.

—¡Déjame conducirla, loco! —suplicó el «tripero» Mejía.

Yo fingí solemnidad. Solo sonreí, altanero parecido a un emperador recién coronado.

—Caballeros, por favor, uno por uno. Hay protocolos que cumplir.

—¿Protocolos de qué? —preguntó el «largo» Zapata.

—Del reino, pues —dije, señalando mi bicicleta—. Esta belleza es mi corona.

No entendieron, pero asintieron. En esa edad, uno cree en cualquier tontería que diga el amigo que tiene el juguete más nuevo y más caro. Eran los tiempos líricos de los pantalones acampanados, chalecos chillones, cadenas colgantes y zapatos de plataforma que me elevaban en lo físico —aunque no mentalmente— sobre los demás. Mi barrio era un pequeño universo de calles polvorientas y empedradas que narraban historias de infancia, y casas donde la mayoría se conocía. Un rumor tardaba tres minutos en recorrer la cuadra entera.

Dimos vueltas por el barrio. El sol se reflejaba en mis espejos cromados anunciando mi trono. Los adultos, desde las tiendas y los portales, me miraban entre broma y asombro.

—Miren al muchacho, ya está hecho un galán —decía doña Rosario.

—Cuidado se rompa el espinazo —advertía don José.

—Ese niño va embalado directo al amor —profetizó una vecina ociosa.

Yo no entendí aquello, pero quedó flotando en el aire a manera de presagio.

A la mañana siguiente, muy temprano, hice algo que cambiaría mi destino de adolescente: tomé mi bicicleta y me fui solo, sin amigos, sin ruidos, sin espectadores. Pedaleé cuesta abajo, sintiendo el viento fresco en la cara, el corazón se me aceleró con un palpitar de gorrión agonizante. Hice algunas piruetas: solté las manos del manubrio y ambos pies de los pedales y moviéndolos en el aire; luego hice un giro del manillar en forma de «X» en el aire. Me envolví en un frenesí de vueltas giratorias que me emborrachaba el espíritu y me hacía sentir un cóndor de los Andes. Un barrendero madrugador veía mis piruetas con alegre curiosidad. Una beata que acudía a misa de seis, sin reparar en mis destrezas, me sermoneaba por salir a la calle en pijama. Entre mi bicicleta y yo se estableció una confabulación tácita y cordial.

Por primera vez en mi vida, experimenté la sensación más peligrosa que puede sentir un jovencito:

¡Libertad!

La tecnología era apenas una ilusión de futuro. No había celulares, ni Internet, ni mensajes instantáneos. Algunas casas tenían teléfono, otras no. Y si la muchacha que te gustaba no tenía línea telefónica, no existía escapatoria: tocaba ir hasta su casa. En caso de que viviera lejos, o en lo alto de una colina, ya sabías cuál era la solución: montar en bicicleta y emprender la aventura, con la determinación de un héroe griego y el nerviosismo de un colegial enamorado. 

Yo estaba en esa frontera incierta entre ser niño y dejar de serlo. Un territorio confuso donde uno descubre que las niñas de escuela ya no son solo compañeritas, sino criaturas misteriosas que aceleran el corazón con una sola sonrisa. Y entre todas, en mi clase, había una chiquilla que sobresalía cual lucero de la tarde: Priscila. Era menuda, de ojos muy negros; sus trenzas parecían dos serpientes alegres cuando caminaba, y su risa tenía el don de aligerar cualquier tristeza. Yo estaba perdidamente enamorado de ella con la intensidad propia de los doce años, donde todo parece sagrado, insuperable y eterno.

Cada tarde, después de clases, pedaleaba hasta su casa. Mi bicicleta avanzaba por las colinas con la obstinación de un viejo caballo de batalla. Subía y bajaba por las calles empedradas, levantando polvo, sudando, jadeando y fingiendo naturalidad cuando llegaba a su puerta. Y allí esperaba, a veces minutos, a veces eternidades, a que ella saliera con su sonrisa de siempre.

Cuando ella aceptaba acompañarme subida en el anca de la bicicleta, sentía que el universo me otorgaba un milagro. Íbamos hacia el río, ese río que lo había visto todo: juegos, risas, llantos, conspiraciones. Caminábamos por la orilla, entre piedras redondas y pastos húmedos. El murmullo del agua nos acariciaba los tobillos y el trinar de los pájaros parecía diseñar un ambiente perfecto para enamorarse. Éramos dos criaturas torpes intentando comprendernos entre silencios y miradas. Yo, con el corazón latiéndome en la garganta; ella, con esa mezcla de inocencia y picardía que solo las niñas inteligentes poseen.

Mi bicicleta quedaba recostada contra un enorme eucalipto, parecía una guardiana silenciosa. A veces parecía observarnos, juzgarnos o reírse de nuestras torpezas. Era testigo privilegiado de mis primeros temores, primeras valentías y primeros intentos de robar un beso. Y debo admitirlo: a veces lo lograba. A veces no. Pero el intento, la sensación, la vibración del instante… eso valía todo el polvo, todo el sudor, todas las subidas. Hasta que un día, el río cambió su humor. Creo que estaba celoso de nuestra felicidad. Ese día caminábamos por la orilla. El agua estaba tranquila, serena, parecía dormida. Pero de pronto, casi sin aviso, un sonido profundo rompió la tarde. El río bramó cual animal herido, se encrespó, levantándose en olas pequeñas pero furiosas, golpeando las piedras, amenazando con desbordarse. Las lluvias intensas y prolongadas en la parte alta saturaron el suelo y superaron la capacidad del cauce, provocaron el desbordamiento del río.

Priscila dio un grito. Yo me quedé helado. El río rugía, se retorcía, avanzaba más de lo debido.

—¡Corre! —le grité, aunque mi voz se quebró de los nervios.

Tomé la bicicleta casi a empujones. Ella se subió al espaldar, abrazándome por la cintura. Y entonces pedaleé. Pedaleé sin fin, huyendo del río que amenazaba con tragarnos en cualquier momento. La bicicleta chillaba, se sacudía, protestaba con cada piedra. Yo sudaba, temblaba, pero avanzábamos: subimos la colina casi por milagro.

Llegamos finalmente a su casa. Y allí, a modo de una estatua de mal augurio, estaba su padre. Era un hombre grande, de rostro pétreo, cejas que parecían dos garras y manos de herrero. Estaba parado en el portal, inmóvil, y cuando nos vio llegar, miró su reloj como quien marca el final del recreo. Priscila se bajó de la bicicleta con la cabeza gacha. Yo tragué saliva. Él no dijo nada, pero su silencio era peor que un sermón.

—Buenas… buenas tardes, don... —balbuceé.

Él inclinó apenas la cabeza, evaluando si aplastarme o perdonarme. Yo no me quedé a averiguar. Di media vuelta y emprendí la retirada, pedaleando con una velocidad que ni la furia del río había logrado inspirarme.

 

La fama de mi bicicleta llegó hasta el colegio. El profesor de Educación Física, don Alfredo, un hombre de bigote autoritario, decidió organizar una carrera.

—Para fomentar la competitividad sana —dijo, aunque su mirada indicaba que lo que él quería fomentar era que alguien se rompiera un brazo.

Me inscribí sin pensarlo dos veces: ¿cómo iba a negarse el rey de las dos ruedas?

El día del evento, Priscila estaba en la tribuna, y eso elevó mi deseo de ganar por encima de cualquier reprimenda de mi madre. El circuito consistía en rodear la periferia del colegio, pasar por detrás de la Facultad de Agronomía de la Universidad Técnica, evitar la vaca de don Celiano —que siempre se escapaba— y volver.

Al arrancar, pedaleé con todas mis fuerzas. La bicicleta respondía gloriosa, perfecta… hasta que el «gato» Rivadeneira, que corría en una bici sin asiento, me gritó:

—¡Te viene siguiendo la vaca!

No me volteé; no había tiempo. Solo escuchaba los mugidos cada vez más cerca.

—¡Más rápido! —gritó Priscila desde lejos.

Pedaleé con tal desesperación que creo que en un tramo floté. Atravesé la meta jadeando, muerto de miedo y de orgullo.

Don Alfredo anotó mi victoria en una libreta manchada.

—Ganó… por una nariz —dijo.

—¿La mía o la de la vaca? —pregunté.

La bicicleta seguía brillando. Yo no tanto, porque casi me desmayo.

 

A finales de ese año, mi crecimiento adolescente llegó sin pedir permiso. Mi madre, cruelmente sincera, comentó una tarde:

—Hijo, ya estás muy grande para esa bicicleta.

Sus palabras me cayeron como sentencia de destierro.

Intenté negarlo, pero era cierto: mis rodillas ya chocaban con el manubrio, los pedales parecían encogerse y cada paseo implicaba un dolor lumbar que no era propio de un chico de doce años.

Una tarde fui al río —nuestro río— con Priscila.

—Dicen que ya estoy muy grande para la bicicleta —le confesé.

—Para muchas cosas ya estás grande —respondió ella.

—No sé. Tal vez guardarla… o dársela a mi primo.

—¿Y no te da pena?

—Me da… todo.

Ella tocó mi mano con la suavidad de quien arregla un regalo.

—No importa si la guardas —dijo—. Lo que viviste con esa bicicleta ya no se pierde.

Comenzó a oscurecer. El río estaba tranquilo, queriendo compensar sus arranques de furia del pasado.

Cuando llevé a Priscila de regreso a su casa, su padre nos esperaba otra vez en el portal, pero esta vez sin cara de apocalipsis.

—Buenas tardes —dijo con voz neutral.

—Buenas tardes, señor —respondí, sintiéndome menos niño que antes.

Priscila entró. Yo me quedé mirando un instante. Algo en mí había cambiado. Y entonces hice lo único que sabía hacer:

Pedaleé a casa, despacio, dejando que cada giro fuese una despedida suave.

Con el tiempo descubrí que las bicicletas se parecen a los amores tempranos: uno cree que los dirige, pero en realidad son ellos los que lo llevan a uno por donde quieren. Mi bicicleta me condujo hacia mi adolescencia, empujándome a una adultez que yo no sabía que estaba esperando.

Había cumplido quince años, esa edad en la que uno se despierta sintiéndose niño y se acuesta creyéndose filósofo. El barrio ya no era el mismo. Las tardes de trompos y canicas habían sido reemplazadas por conversaciones misteriosas que los muchachos sostenían con las chicas detrás de las tiendas. Las risas se habían vuelto más graves, y los silencios más significativos. Y yo… bueno, yo ya no era el mismo, aunque seguía montado en mi bicicleta, creyendo que la velocidad podía resolverlo todo… bueno casi todo. Tuve que subir el sillín de la bicicleta hasta una altura adecuada a mi nueva estatura.

Un sábado en la tarde, mientras pedaleaba sin rumbo, sentí una extraña sensación: no era el viento en la cara ni el ardor en las piernas; era algo que venía de adentro, como si mi corazón hubiera decidido aprender un ritmo nuevo. Me bajé de la bicicleta y por primera vez la miré.

—Vieja amiga —le dije en voz baja—, creo que estamos cambiando.

Ese mismo día me encontré con Matilde, una compañera de curso, ya no la niña que me lanzaba piedras de papel desde la ventana, sino una muchacha que empezaba a caminar con una seguridad que me dejaba sin aire. Llevaba un cuaderno bajo el brazo y un gesto de curiosidad en los ojos.

—¿Sigues con tu bicicleta? —preguntó.

—Claro —respondí como quien presume un tesoro—. Es mi compañera de aventuras.

—Pues deberías tratarla mejor —dijo, señalando con gracia el manubrio torcido—. Así también tratan los hombres a las mujeres: no se dan cuenta de que existimos hasta que algo les falta.

No supe qué contestar. Algo en su frase me golpeó más fuerte que las caídas en el pavimento. Por primera vez entendí que el mundo no era solo pedalear y suspirar por las chicas; había cambios en marcha, silenciosos, inevitables. Pedaleé con ella a mi lado —caminando, ella no quiso subirse— y hablamos de la vida, de los planes, de ese futuro que parecía tan lejano. Yo respondía nervioso, sintiendo que, sin saber cómo, una puerta se había abierto. No una puerta del barrio, sino una puerta interna, la que uno no recuerda haber construido.

Esa noche, mientras guardaba mi bicicleta en la bodega, lo acepté: la infancia había quedado atrás. Ya no pedaleaba para impresionar a nadie ni para escapar de las tareas, pedaleaba porque avanzar era lo único que sabía hacer. Y quizá, pensé, así empieza la adultez: cuando uno descubre que no se trata de llegar, sino de seguir moviéndose.

Acaricié el asiento de la bicicleta y susurré:

—Vamos. Lo que viene debe ser bueno… o por lo menos interesante.

Con el tiempo, la bicicleta se fue despintando. Los cambios se volvieron mañosos, el pito dejó de sonar, y los espejos se aflojaron. Yo también fui cambiando. Vinieron otros amores, otras calles, otros paisajes. Pero esta bicicleta quedó sellada en mí, como quedan sellados los primeros besos, los primeros miedos y los primeros atrevimientos.

La primera bicicleta deja una marca profunda en el cuerpo y el alma de un muchacho. Porque es más que un objeto: es libertad, descubrimiento, torpeza, valentía. Y lo mismo pasa con el primer amor: uno nunca lo olvida, aunque cambien los años, las modas y las ciudades.

Cuando cierro los ojos, aún puedo sentir el manubrio caliente, el viento golpeándome la cara, el sudor impúber del cuerpo de Priscila, la tibieza de su aliento y sus manos aferradas a mi cintura mientras huyo —sudoroso y feliz— del río, del padre y de la vida misma, pedaleando hacia una adolescencia que ya no volverá, pero que todavía vibra en cada recuerdo.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Negocios de otro mundo

Moisés Panduro Coral


En el silencio de la tarde pude escuchar el ruido de unos tacones altos que golpeteaban el piso de cemento. ¿Quién podría ser si a esa hora me había quedado solo en todo el edificio? El rítmico poc, poc, poc, poc, que retumbaba en el pasadizo que conducía a mi oficina desde la entrada, evidenciaba urgencia. Siguieron unos toques apremiantes frente a mi puerta. Abrí y me encontré de cara con Nelly, una compañera de trabajo de la misma entidad, cuya oficina estaba en otro edificio cercano. Llevaba todavía su uniforme celeste. Vi su rostro lívido.

—¿En qué puedo ayudarte, Nelly?

—¡Ay, amigo!

La invité a pasar. Entró con la respiración entrecortada, incapaz de articular palabra. Se dejó caer en la silla, inspiró profundo intentando serenarse y logró decirme que venía del hospital del Seguro Social. Cuidaba, en la sala de emergencia, a un familiar en observación por una dolencia cardiaca, cuando escuchó un alboroto en la habitación del frente, separada solo por una cortina azul de plástico. En medio del forcejeo, una voz áspera, grave y profunda, exigía que le suelten y amenazaba con castigos horrendos, de los que solo se padecen en el averno.

Un auxiliar de enfermería pasó de prisa llevando en sus manos unas correas con hebilleras. Al entrar en la habitación donde se producía el alboroto, se olvidó de cerrar la cortina que fungía de puerta. Por ese descuido, ella pudo ver lo que ocurría: varias personas intentaban dominar a una joven, hasta que lograron tenderla y sujetarla con muñequeras y tobilleras a las barandas de la cama, pero ni así lograron inmovilizarla pues la mujer se arqueaba y estiraba la cabeza como si estuviera hecha de goma.

—¡Que el infierno les escupa su vida en la cara! —repetía, al tiempo que las barandas parecían desgajarse de la cama por la fuerza con la que intentaba liberarse de las muñequeras.

Tuvieron que bregar duro para colocarle un cinturón ancho de sujeción que le cubrió parte del pecho con lo que terminaron de inmovilizarla.

El médico daba indicaciones. La mirada abrumada de un interno de medicina retrataba su perplejidad. El auxiliar asió fuertemente la mano izquierda de la mujer para que la enfermera pueda colocarle la vía de administración de medicamentos. Los gritos se fueron pausando y se volvieron cada vez menos intensos.

Nelly aprovechó el momento en que el interno se acercó a la cama de su pariente, para preguntarle lo que estaba ocurriendo con la chica. Al parecer, se trata de un trastorno disociativo, señorita, le dijo. El chofer del ómnibus que la trajo hasta aquí informó que ella viajaba sin destino, luego de subirse cerca de un mercado en el norte de la ciudad. De repente se levantó de su asiento y se acercó a los pasajeros, mirándolos con furia y hablándoles en lenguas misteriosas, con una voz cavernosa que se entremezclaba con voces agudas. Los pasajeros le pidieron que se detenga para bajar apresuradamente. Al rato, ella se desmayó y cayó al piso del vehículo.

—¿El chofer no se asustó?

Dijo que era evangélico y que dudó a dónde llevarla, pero se decidió por el establecimiento de salud más cercano. El médico que la atendió encontró que la sequedad de sus ojos y la dilatación de sus pupilas, eran indicios de una probable ingestión de antidepresivos por lo que ordenó un lavado gástrico complementado con carbón activado para adsorber las toxinas. Una hora más tarde, se despertó y se incorporó violentamente de la camilla. Con la mirada encendida y fija en la nada caminó en dirección a la salida, derribando el pedestal y arrastrándolo por el suelo junto con el frasco de suero. Todavía tenía la aguja clavada en su vena, firmemente sujeta por cintas de esparadrapo. Los pacientes entraron en pavor, por lo que el médico ordenó ponerla en una habitación más aislada.

—¿Puedo verla ahora que está durmiendo? —preguntó, Nelly. El interno asintió y le pidió que se acercara en silencio.

Vio un documento de identificación en la mesita y, a su lado, un papelito con un nombre y un teléfono. No hay lugar, ni momento, en que uno esté libre de recibir una sorpresa: ¡Jazmín! ¡Dios mío! ¡Jazmín! ¡¿Qué te ha pasado, amiga?! En su rostro empalidecido vio unos surcos sanguinolentos, y en el vaho de su respiración pudo percibir un olor dulzón a huevo quemado y podrido. Sus labios resecos tenían heridas profundas y lineales como si hubieran sido sajados por un filoso cuchillo. A través del resquicio que dejaba sus párpados a medio cerrar, sus pupilas lucían inertes. En su bata hospitalaria había unas manchas blancas producto del vómito de gran parte del carbono que le habían administrado durante el lavado gástrico. Jazmín está con un semblante espantoso, amigo. Vine volando a avisarte, debes ir a verla.

Quedé impactado. Salimos de la oficina, me despedí de Nelly y tomé un taxi. Recordé que la noche anterior, Jazmín me esperó a la entrada de la quinta. Estaba parada, con el hombro derecho ligeramente recostado en el marco de la puerta y la mano izquierda en la cintura. Tenía la mirada abatida por el desvelo y no se entusiasmó al verme. Yo conocía esa estampa: era el preludio de una discusión por celos que demoraría horas y que se apaciguaría únicamente si alguna de mis mil razones lograba convencerla que una infidelidad mía estaba sólo en su imaginación. Vivía sola, en una habitación rentada de la quinta de una familia amiga. La dejé dormida cerca de la una de la mañana. Cada episodio era profundamente desgastante. ¿Cuándo se apagará este infierno que aprisiona a quien amo y que me tiene condenado a mí, también?, me preguntaba en silencio mientras retornaba a casa.

Ahora esto. No tenía idea de lo que pudo haber ocurrido. Alrededor del mediodía había telefoneado a su oficina. Me preocupé cuando me informaron que no asistió a trabajar. Llamé a la quinta y la dueña me informó que la había visto salir poco después del mediodía. Me había equivocado pensando que, tal vez, pudo haber salido a almorzar. Esa extraña llamada que recibí poco antes de la llegada de Nelly, pudo haber sido alguien que quizás quiso ponerme sobre aviso, pero un impulso desconocido hizo que yo cortara el teléfono. Los demonios concurren prestos cuando hacen su mejor negocio que es el secuestro del alma y su posterior tormento.  

Entré raudamente al hospital. Tenían mi nombre, me estaban esperando. En el acto, una enfermera me llevó hasta una habitación aislada, situada al fondo de un pasillo, medio oscurecido. La encontré dormida y me acerqué cauteloso. Pese a mi serenidad, sentí que un ligero frío recorría mi médula espinal. Tal vez Nelly exageró, pues, mirando bien, los surcos en su rostro podrían ser arañazos que ella misma se infligió, y sus labios partidos podrían explicarse por la sequedad que causó el carbono activado cuando lo estaba ingiriendo o vomitando. La expresión de su rostro sí era tétrica, adolorida, quejumbrosa.

Me senté en un sillón que arrastré junto a su cabecera. Había estado cavilando un buen rato tratando de encontrar respuestas satisfactorias, cuando, bruscamente, Jazmín abrió sus ojos. Escuché como si se romperían varios huesos. Volteó lentamente el cuello y me miró de costado. No se alegró al verme. En lugar de eso, se agitó y con una voz monstruosa, de ultratumba, me maldijo. Me levanté de un brinco y sin perderla de vista empecé a intuir que este que ya no era un tema de celos. Recité, calladamente, un salmo: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento».

No era Jazmín. Era otra voz. O, mejor dicho, eran otras voces. Esta, como las manifestaciones anteriores que me contó Nelly, era un indicador de que el asunto trascendía lo terrenal ante lo cual los fármacos serían un placebo. Es paradójico, la ciencia no cura el alma, es apenas una pildorita de azúcar para sus dolencias. Se abrió la puerta, el personal de salud entró vacilante, y sin desviar mi atención del rostro de Jazmín y de sus ojos espeluznantes, les mostré mi palma izquierda en gesto de que se detengan. Acto seguido, roté mis dedos índices superponiendo uno sobre otro rápidamente, en señal de que regresaran más tarde.

En mi mente, seguía retumbando el salmo. Dentro de lo que cabía, hice una rápida evaluación de la situación. Tomé en cuenta que Jazmín, al tener el cuerpo completamente inmovilizado, no me haría daño. Eso me serenó un poco. Sus ojos seguían mi movimiento y sus imprecaciones no se detenían. Mirando de reojo, me di cuenta que el personal de salud seguía allí cerca de la puerta. Un auxiliar se acercó y me dijo con voz agitada que tenían orden del médico de administrar una dosis de sedantes. Al escuchar esto, Jazmín, o lo que estaba dentro de ella, hizo un esfuerzo hercúleo para levantarse.

Asentí sin decir una palabra. Tomé su mano izquierda que se movía frenéticamente pese a la presión de la muñequera. Cerré mis ojos, cuando la enfermera conectó la jeringa con la mariposa de la llave. Ya está, escuché. Al abrir mis ojos, me choqué de plano con la sonrisa diabólica de Jazmín, al tiempo que una voz ronca y áspera, me decía: «¡Puedes morir aquí mismo, si quiero!». Siguió una risa larga y estentórea que no olvido hasta ahora. El auxiliar y la enfermera se apresuraron en abandonar la habitación.

Tomé aliento y repetí mentalmente el salmo. Acerqué mis ojos a sus ojos, y mirándola fijamente le dije: «No eres tú, Jazmín. Alguien se ha adueñado de ti, de tu cuerpo, de tu voz, de tu alma. No puedo conversar con alguien que no eres tú».  

—¡Habla, perro! —me espetó la gravosa voz salida del mismísimo infierno.

Recordé que cuando alguien está furioso, así sea el demonio, una frase dulce o chistosa puede ayudar a desinflarlo todo.

—¡No soy un perro, soy un cachorro! —dije, haciéndome el gracioso.

Varias risas espantosas cubrieron el recinto.

—Se ríen porque no me conocen —retruqué, mientras la piel se me erizaba.

Nuevamente me incliné en la cama para mirar cara a cara a Jazmín. Le hablé firmemente en tono alto: «No eres tú, Jazmín, pero quiero pedir a todos los que están dentro de ti que me concedan una tregua. Díganme qué es lo que quieren de mí. O de ella. O de nosotros dos. No sé quiénes son, pero quienes quiera que sean, trataré de entenderles. Sólo quiero una tregua».

Cesaron las voces. Un silencio inundó la habitación. En mi reloj, la manecilla del horario marcaba las doce de la noche. El rostro de Jazmín adquirió un leve tono de quietud. Me sentí mejor. Era un buen avance, sea porque los sedantes estaban haciendo efecto o porque quienes habían tomado su cuerpo aceptaron la tregua que había pedido enérgicamente. Una calma inquieta reinaba. Una hora más tarde, la enfermera, abrió con cuidado la puerta, y, en voz baja, me dijo: «Será mejor que vaya a descansar. Va a dormir por varias horas». Había sido un día duro. Me despedí de Jazmín con un beso en la frente.

Mi casa no quedaba distante del hospital, así que caminé calmadamente, sin dejar de pensar en lo ocurrido. La calle lucía silenciosa. No había caminado ni una cuadra, cuando, de la nada, se apareció a mi lado un hombrecito que aceleraba sus pasos para ir a mi lado.

—¿Preocupado, amigo? —me preguntó con un tono amical.

No le contesté, seguí caminando sin desviar mi mirada.

—¿La novia se quedó allí adentro, cierto? —insistió.

Estuve a punto de espetarle un: «¿Cómo lo sabes?», pero me llamó la atención su cabeza desproporcionada para su estatura de unos sesenta centímetros.

—Mira, amigo. No te hagas el sobrado, que yo así nomás no le hablo a nadie. Te interesará saber que tengo la solución a tu problema.

Dejé de caminar. De un brinco, se puso frente a mí y me tendió la mano. Soy Richard, me dijo. «Escucha amigo, voy a ser directo: los celos no sueltan a nadie. Has visto a Jazmín; no duerme, no come, tiembla si tú tardas cinco minutos en llegar o si no te encuentra cuando te llama. Los celos la han ido rompiendo de a pocos, y tú lo sabes».

—¿Quién eres, amigo? —le pregunté.

—Importa poco quién soy. Mira, me has caído bien desde que te vi ayudando a una pareja de ancianos la tarde que enterraban a su hijo que fue asesinado por terroristas en la sierra. El occiso era amigo tuyo.

—¿Te refieres a… Maurilio? Eso ocurrió hace más de cuatro años.

—Yo estuve ahí.

Continuamos caminando y, casi sin que lo pueda notar, llegamos a la plaza 28 de Julio. «Este lugar fue el primer cementerio de la ciudad durante la fiebre del caucho que atrajo a personas de todo el mundo. Aquí, junto con los oriundos, estaban enterrados muchos extranjeros, hasta que el gobierno decidió convertirlo en un campo de fútbol».

Nos sentamos en una banca, cerca del centro de la plaza. No había nadie más que nosotros. Por las calles aledañas, circulaban, ralamente, algunos vehículos. El viento agitaba las ramas de los árboles.

Se paró, me miró seriamente y me dijo: «Aquí, amigo, estuvo enterrado un comerciante árabe, muy rico. Cuando su cadáver, como el de todos los difuntos, fue trasladado al nuevo cementerio general, un aro de inmenso valor que fue enterrado junto con él, se quedó entre la tierra removida que con el tiempo y la lluvia se compactó».

—No logro entender qué tiene que ver mi problema con este tema histórico.

—Aguanta, que ya llegamos al punto. En una dimensión que no conoces, este comerciante confió que su máximo deseo es tener su aro de retorno, porque quiere negociar la libertad de su alma. Y, yo, amigo, soy el único que conozco el lugar preciso donde se encuentra esa joya.

—Es fácil, entonces, desentiérralo y llévale a quien pertenece.

—Eso me gusta de ti. No eres ambicioso del dinero, ni de la riqueza. Sucede, amigo, que ni yo, ni cualquier ser de otro mundo que no sea el humano, puede hacerlo.

—¿Cómo que no eres de este mundo?

—No, no soy de aquí, las apariencias engañan, pero no es necesaria esa explicación. Sólo puedo decirte que tenemos ciertas reglas. Una regla es que yo no puedo desenterrar esa joya, eso sólo está permitido a los de este mundo. Otra es que respetamos las jerarquías, yo no puedo verme con el alma del árabe, de eso se encargará mi jefe. Nosotros somos intermediarios entre el bien y el mal, a veces jugamos para uno, y a veces, para otro, en este libre albedrío que rige al hombre. Tú has sido capaz de dirigirte a los demonios que habitan el cuerpo de tu novia y eso me hizo ver que eres el elegido para esta misión.

—¿Cómo? ¿Tú estuviste en el hospital?

—Sí, pero esa legión te dio una tregua de sólo doce horas. Ese es el tiempo que tienes para desenterrar el aro y entregármelo.

Le miré incrédulo. Entonces, ¿no han sido los sedantes? Se rio. Nada, amigo, la liberación de Jazmín es temporal y vence a las doce del día de hoy mismo.  

—A ver, ¿qué tienen que ver los que, según tú, me dieron la tregua, con el árabe rico, conmigo y con mi novia?

—Caray, amigo, eres un muchacho sano. ¡Negocios son negocios, en este mundo y en todos los mundos!

—¡Pero yo no hago trato con demonios, jamás!

—No me estás entendiendo, amigo. Tú no harás ningún trato, serás el beneficiado de una negociación de terceros.

Continuó explicándome: El alma del comerciante árabe está en el reino de los demonios, pero lo liberarán para que vaya al purgatorio, si a cambio él les entrega el aro que te repito vale una fortuna incalculable. Mi jefe, Serafín, que, de vez en cuando, habla con él, sabe eso y me pidió que busque a alguien que lo desentierre.

Tu novia está poseída por los súbditos del averno que se han aprovechado de su estado, y el culpable de eso eres tú, por omisión, por voluntad, o, por lo que sea, pero el culpable eres tú. Si devolvemos ese aro, todos salimos ganando. Los demonios tendrán su aro, el árabe se salvará del infierno y tendrá la oportunidad de expiar sus culpas, mi jefe habrá cumplido su papel, yo ascenderé en jerarquía, tu novia se liberará de esos horrendos celos, y tú vivirás más tranquilo. ¡Bisnes son bisnes, amigo!, dijo riéndose.

Me quedé en silencio. No quería hacer «tratos» con nadie del otro lado, pero la imagen de Jazmín, amarrada a la cama y maldiciendo con esa voz ajena, se me clavó en la garganta. Sabía que no entendería la letra chica de ese contrato, solo que, si no hacía nada, la perdería. Asentí. Tenía lógica…

Lo seguí hasta un árbol de parinari. Desde allí, dio cuatro pasos al frente y luego dobló dos pasos a la izquierda. Se detuvo en un punto. Le alcancé un pedazo de rama seca que clavó como una estaca en el suelo. Aquí es, me dijo. No sé a qué profundidad estará, pero está aquí. Cuando lo tengas, te vas al cementerio y lo dejas al pie del árbol de marañón que está al costado de la tumba de un famoso lanchero. Yo lo recogeré de allí y lo entregaré a mi jefe que, a su vez, le llevará al alma del árabe. Y el árabe se lo entregará a esos codiciosos demonios. Recuerda, tiene que ser antes de las doce del día. Sin otra explicación, me hizo adiós con su mano. ¡Ahora tienes solo diez horas, amigo!, me dijo y desapareció entre los arbustos.

Ese día, pedí un permiso en el trabajo. Cerca de las nueve de la mañana llevé una pala y un plantón de huimba que me conseguí del vivero municipal. Había excavado unos cincuenta centímetros cuando me topé con una bolsita de tela cerrada en su extremo superior por una soguilla ajustable. La tomé, la abrí, y sí, en su interior, había un aro grande y pesado. Supuse que era de oro porque refulgió cuando retiré la arena. Llevaba en su disco central una inscripción labrada en un idioma que no entendí. Estaba orlado con pequeños diamantes que chispeaban luz. Sembré el plantón, y con las mismas, tomé un taxi y me fui al cementerio. Le dije al taxista que me esperara. Compré unas flores e ingresé raudamente al panteón. Puse la bolsita en el lugar que me indicó Richard. Le cubrí con un poco de hojarasca que aprisioné con un pedazo de concreto que encontré cerca, y me dirigí a la tumba de mi abuelo a colocar las flores.

Luego de devolver la pala en el vivero, le pedí al taxista que me llevara al hospital del Seguro Social. Encontré a Jazmín calmada. Tenía mejor semblante. Ya le habían quitado los cinturones de sujeción, las muñequeras y tobilleras. El médico me recibió sonriente, me informó que ella ya había desayunado y me dijo: «Enfermo que come se va a su casa». Esa misma tarde le dieron de alta y la llevé hasta la quinta. Estuve acompañándola hasta la madrugada. Cuando me retiré, su amiga Anny, hija de la dueña de la quinta, se quedó con ella, por si acaso requería algo.

Llevo treintaicinco años viviendo con Jazmín. Ella ni siquiera recuerda esos días. Tenemos una hija que nos ha dado un hermoso nieto.

En el nombre del padre

Rosario Sánchez Infantas


Sí, fue mi padre. 

Él obligó a mi madre a dejarme en ese convento franciscano que me produce sentimientos encontrados. Deseaba que sobreviviera y que no intentáramos buscarlo, ni ella ni yo. Así él seguiría siendo el ciudadano ejemplar, cabeza de una familia cristiana. Corría el año de 1790 en la pequeña ciudad andina. Mi madre, una criadita de dieciséis años fue violentada por su patrón y echada cuando quedó embarazada. ¡Uf! Dicho así, sin eufemismos, suena muy feo.

Efectivamente, recibí tres comidas diarias, no pasé frío, ayudé en todo lo que podían mis fuerzas, me dieron una educación elemental y formación católica. Como los padres franciscanos me vieron potencial hicieron planes para mi futuro. Iniciaron mi preparación eclesiástica que concluí en un seminario vecino. ¡No! Es injusto pensar que me formaron en la fe para evitar que terminara siendo un pillo, con lo mucho que hay para robar en una iglesia. Crecí entre rezos, latín y silencios.  Aprendí a ser un hombre de bien. Cuesta decirlo en voz alta: simulé humildad y obediencia excesiva. Quise ser algo más que el «hijo de nadie».

En el seminario durante los primeros años, entre la intensa formación clerical, oraciones, cánticos y trabajo agropecuario, pasaban los días en santa paz. Ahora puedo ver que todo siempre tuvo una pátina de vacío, frío y ausencia. Las cosas fueron empeorando. Nunca olvidaré el miedo de aquellos años. Veíamos el odio en los ojos de los indios que antes bajaban la cabeza. Escuchábamos rumores de grupos armados que, huyendo del pago de los tributos y la esclavitud en las minas, acechaban en los caminos. Y, cada día llegaban más noticias de las partidas libertarias. Desde los primeros curas en América, vivíamos en holgura. Mucha gente nos amaba y temía como a representantes de Dios en la tierra. Llegó el momento en que se notaba la duda, el recelo, cuando no el odio, en los ojos de muchos naturales.

Nuestros nombres se asociaban a «enemigos del pueblo», «compinches de los chapetones», «godos con sotana». Parecería que los insurrectos, nos bajaron de nuestro pedestal y mostraban que, desde el comienzo, nosotros habíamos tomado la opción de los privilegiados. Algunos hermanos cometieron delitos, otros pecaron. ¡Yo, hablando de pecados! ¡Dios mío, algo oscuro me oprime el pecho! Es insostenible decir que, desde los púlpitos, solo buscábamos divulgar la fe cristiana y salvar a las almas réprobas. Ahora lo veo con más claridad. Pero, entonces, era tan fácil autoengañarse.

¡Hah… hah…! Significativo fue que se proclamara la independencia del reino del Perú en 1821 y que yo, recién tonsurado, me declarara igualmente emancipado. No, no me juzgo. Quiero entenderme. Lo primero que pensé es que el enemigo tiene sus estrategias. Imelda, la muchacha que traía la leche a la parroquia, era singular. No era muy bonita, pero su cintura estrecha, las caderas amplias, los pechos firmes eran una tentación. Sus labios carnosos, cejas gruesas, la piel brillante, ¡su olor!... Pero no fue solo eso. Saber por ella, en confesión, que su padrastro la violentaba... ¡Ah… Virgen Santa… ah…! ¡La vergüenza me asfixia! Yo también quise tomar la virtud ajena. Pero, todavía tuve templanza y fortaleza.

Mi feligresía me quiere. Siempre tengo una sonrisa afable, una palabra cálida, la disposición a escucharlos. Mis ejemplos cercanos a ellos les muestran que los entiendo. Nadie supo que me aterra la soledad, que digo lo que se espera de mí, que soy indulgente conmigo mismo. Que llamaba estima, aprecio, interés o simpatía, a esos lazos con algunas fieles que rozaban el límite de la castidad.

Escarbo en mis recuerdos. Lo de Imelda no fue obediencia ciega a un representante de Dios en la tierra. No fue solo concupiscencia. La fui atrayendo con mi rol de padre espiritual, oponiendo cariño y comprensión a la violencia del esposo de su madre. Mi caída fueron esos ojos negros que despertaron una memoria más antigua que los rezos, más honda que los salmos. Con el trato afable ella fue cambiando. Aquel día me miró como a un corderito huérfano, parecía darse cuenta de que yo era un hombre cansado, que anhelaba un calor que no venía del cielo, que cargaba un gran vacío. De la gratitud pasé al instinto, al placer y luego a sentirme escogido, deseado, «hijo de alguien». Pisoteé su gracia. Y, terminé haciendo lo mismo que mi padre. Como él, la culpa se la atribuí a la tentadora hija de Eva.

Nosotros, casi todos, optamos por los realistas.  Éramos los privilegiados. Lo sabíamos. Fingíamos no saberlo. Pero... era conmovedor encontrarse en algún camino de herradura con insurgentes del reino: famélicos, en harapos, heridos, pero con la esperanza ardiendo en sus ojos. ¿Y todo para qué? El fragor de la Batalla de Ayacucho había cesado, la capitulación entre el ejército español y las tropas insurgentes se había firmado, sin embargo, no se aquietó la tormenta. El país ingresó en un torbellino de discordias: facciones enfrentadas y mandos militares en pugna. La nobleza criolla mantuvo el poder y sus privilegios y los otros a seguir estirando sus pobrezas, sufriendo con los trabajos y tributos forzados. ¡Ay, alma mía, por qué vuelves siempre al barro! ¡Claro que me avergüenza ahora! Pero entonces todos considerábamos menos humanos a los negros y nadie vio mal que sigan siendo esclavos, treinta años luego de emanciparse el Perú.

A nosotros, los religiosos, también nos afectó la caída del estandarte real.  El libertador Bolívar dispuso el cierre de mi único hogar y alma mater. Clausuraron varios centros de formación religiosa y de las misiones evangelizadoras, prácticamente estuvimos expulsados de todo lugar. Todavía se me oprime el pecho y siento un sudor frío cuando lo recuerdo. Aquel brumoso amanecer avanzábamos trémulos y desfallecientes, pues nos perseguía una chusma levantisca cuyos gritos los sentíamos cada vez más cerca. Mi respiración, rápida y menuda, quebrantada por la fatiga y el espanto, casi no dejaba aire en mis pulmones.  Mi corazón, golpeaba con violencia mi pecho. Sentía en mis manos un temblor involuntario, y un sudor frío perlaba mi rostro.

—Hermano —susurró a mi lado el padre Agustín, con la voz entrecortada—, si no llegamos pronto, no sé qué será de nosotros.

—No tiembles, padre; estamos cerca.

—Dios nos sostenga —murmuró él—, mis piernas ya no obedecen.

—Ánimo —le dije, tomándolo del brazo—, que, si caemos ahora, caeremos ante la puerta de la salvación. Mira adelante… allí…

Las sólidas puertas de la fortaleza del Real Felipe surgieron ante nosotros como un muro de esperanza. Pero antes de que pudiéramos acercarnos, desde lo alto resonó un grito áspero:

—¡Atrás! ¡Atrás, en nombre del rey! ¡No den un paso más!

Otro vigía se asomó entre las troneras:

— ¡Fuego preventivo! ¡Que no pasen!

Tres disparos secos retumbaron sobre las piedras. Las balas no nos alcanzaron, pero los estampidos nos detuvieron en seco.

—¡Padre… nos toman por sediciosos!, jadeó Agustín.

—No retrocedas, —le dije— alza las manos, que vean nuestras sotanas. ¡Somos hijos de la Iglesia, no revoltosos!

Y así, temblorosos, levantamos las manos al cielo mientras nuevos gritos surgieron de la muralla, mezclándose con el sonido de nuevos disparos:

—¡Fuera! ¡Ni un paso adelante! ¡Dispararemos a matar!

En aquella hora aciaga, las puertas que buscábamos como tabla de salvación parecían, convertirse en un nuevo abismo que nos engullía. En la fortaleza del Real Felipe se había refugiado el general realista Rodil y sus huestes. Eran de los nuestros, y... ¡nos echaron a balazos!  A nosotros, que sostuvimos la conquista y el virreinato, mediante el miedo a Dios, arma que fue más filosa que una espada. Ahora, a la distancia, es comprensible: Rodil estaba sitiado junto con la nobleza española. Tenían que sobrevivir. Abrirnos las puertas para cobijarnos podía significar un asalto de los insurgentes. Además, sus provisiones eran limitadas.   

Tuvimos mucha suerte, poco a poco las cosas retomaron su curso. Me afinqué en este pueblo andino en el que una mano lava a la otra. Llegué a ser un cura respetado, aunque de vez en cuando las pesadillas y el temor a una nueva revolución me amargaban los días.

¡Tch! De tanto mentir llega el momento en que confundo lo que es verdad de lo que es mentira. De manera muy oportuna olvido lo que me conviene. ¡Ya no hay tiempo para seguir engañando! Veritas liberabit vos.

Trescientos años habían pasado desde la conquista de las tierras del inga y estos idólatras en nuestras narices adorando a sus huacas. Tres veces en un mismo mes, al concluir la misa dominical, mientras apagaba lámparas y cirios, Tomás me abordó en la iglesia en penumbra, saturada del aroma de incienso y de flores. Con una risa nerviosa, sin ir directamente al punto central, agitando las manos mientras hablaba. Su mirada intensa parecía expectante de mi respuesta. Con los indígenas adorando a cerros, lagunas, cuevas, rocas y tantas cosas más, cuando escuché roca y dios en una misma oración, mandé a paseo al hombrecito. Sin embargo, una madrugada desperté empapado en sudor pues soñaba que el juicio final había empezado. No habiendo testigos, y con el alma desnuda, puedo decir que inventé la patraña de la anunciación sobre el futuro de Imelda. Ah…h… Insensato de mí, atreverme a parodiar la sagrada Anunciación del arcángel Gabriel a María. Osar, insano, que en un sueño me fue anunciado el destino de Imelda junto a Tomás. Ah…h… E inducirla a aceptarlo: «María con humildad dijo: “Hágase en mí según tu palabra”».

A ambos extremos del pueblo, a lo largo de un estrecho pero fértil valle, se extendían campiñas dedicadas a la agricultura y al pastoreo. Pequeños centros poblados salpicaban el paisaje. Cerros y quebradas agrestes rodeaban el valle. Di con la casa del padre de Tomás, quien me llevó hasta la colina en la que pastaban sus ovejas. El muchacho, con la voz temblorosa, atropelladamente repitió su historia mientras nos guiaba, a su padre y a mí, hasta el roquedal donde decía que había aparecido una cruz de Cristo. Genio y figura hasta la sepultura, cerro arriba ya estaba viendo cómo sacarle provecho a la situación. No eran sino dos rayas blancas que se cruzaban formando una imprecisa figura de una cruz sobre la gran laja gris. Un manantial discurría al pie. Mientras ellos se arrodillaban persignándose reverentes, mi plan estaba tomando forma. Los convencí de que parecía obra de Dios, pero que el Maligno actúa de distintas formas y necesitaba consultar con las altas autoridades eclesiásticas sobre lo que se debía hacer. Cuesta abajo, supe que aquella roca era venerada como lugar sagrado en tiempos de los gentiles. Pensé que mataría dos pájaros de un mismo tiro. Encargué a Tomás que prohibiera, en mi nombre, a los pobladores de las tierras bajas, subir hasta la roca, con la temible amenaza de la excomunión.

Dos meses después, se respiraba la presencia divina en la iglesia de mi parroquia. Atiborrada de gente, flores y velas. Aquel domingo celebré el matrimonio de Imelda y Tomás. El alcalde de la ciudad y su esposa eran los felices padrinos. Una multitud fue atraída desde muchos pueblos a la redonda por la noticia de un milagro. Fue multitudinaria la procesión que acompañó a los novios los doce kilómetros desde la iglesia hasta el pequeño santuario. La cruz descubierta por Tomás se había convertido en una hermosa imagen de un Cristo crucificado, pintado en la roca. La fe católica se había fortalecido, un antiguo culto de gentiles había sido extirpado y la Anunciación divina, que dije haber recibido en sueños, se había hecho realidad. 

  

«Aquí, cercana la hora de volver a ti Padre, he abierto mi pecho con dolor y te muestro hasta la más pequeña grieta, en lo que seguramente ha de ser la última interpelación que recibiré.

Estoy vacío, sin fe verdadera ni máscara que me sostenga. Todopoderoso y omnisciente, justo y verdadero, padre amoroso y misericordioso. Mírame como lo que soy. Huérfano sin padre ni madre. Me desvié de tu senda... Para vivir siempre necesité ser visto, amado y obedecido; ser para alguien. Considéralo, verdadero Dios y verdadero hombre... He profundizado la relación de esta región con tu Santa Iglesia, para ello apliqué, con dedicación absoluta, la formación artística que recibí en el seminario. Pero, también... ¡Santo Dios!, ¡qué inmensa es mi soberbia! He aceptado el pedido del cándido Tomás: si el Señor los bendice con un niño, permitiré que lleve mi nombre... que es el de mi padre».

jueves, 25 de diciembre de 2025

Sola

Elena Chumpitazi


Ariana tenía poco más de cincuenta años cuando decidió mudarse al campo. Después de veinte años junto a Tomás, la relación se había apagado como una lámpara que aún da luz, pero ya no abriga. La pasión, los proyectos, incluso las conversaciones, se habían ido diluyendo hasta volverse una costumbre silenciosa. Un día lo comprendieron sin decirlo: cada uno ocupaba la mitad de una casa vacía.

No buscaba un nuevo amor ni una vida más intensa. Buscaba lo contrario: silencio. Horas que no dependieran de nadie. Por eso, cuando vio el anuncio de una casa en venta en Santa Rosa de Quives, sintió que ese lugar la llamaba. Retiró parte de sus ahorros, firmó los papeles y entregó la inicial sin mirar atrás.

En menos de dos meses renunció a la escuela donde trabajaba como asesora de docentes, concluyó su colaboración con la revista de educación especial y empaquetó su vida en unas cuantas cajas. Le dejó una nota a Tomás, sobre la credenza de la entrada: «Me voy, necesito silencio, gracias por estos años, cuídate».  No hubo escena, ni despedida, solo dejó la nota y salió en silencio.

La casa quedaba a la entrada del valle, en una loma suave desde la que se veía la línea de eucaliptos hacia el este y, más lejos, una sucesión de cerros iniciando la cordillera. Era una construcción sencilla, de paredes blancas encaladas, con un pequeño segundo piso al que se accedía por una escalera de madera que crujía, casi como un lamento, cada vez que apoyaba un pie. Arriba, dos dormitorios y un pasillo corto con una baranda baja; abajo, la sala, la cocina y un cuarto pequeño que usaría como estudio. El cielo de las noches tenía un negro verdadero, salpicado de estrellas, y los amaneceres llegaban con un frío seco, que el sol templaba lentamente. Desde la cocina, el campo se abría como una página nueva.

El primer día se dedicó a limpiar, abrir ventanas, retirar telas viejas. En la sala encontró una mesa baja de madera con marcas de vasos, una lámpara de pie que apenas se sostenía, dos sillas disparejas, una alfombra raída. Nada de eso era hermoso, pero todo estaba dispuesto como si alguien hubiera querido dejarle una estructura mínima para empezar de nuevo.

Con el paso de los días, comenzó a repasar su vida sin proponérselo. Los recuerdos brotaban en cualquier momento: mientras hervía el agua para el té, mientras barría el corredor, mientras el viento agitaba las cortinas. Algunos recuerdos eran dulces, otros punzantes, y varios que habría preferido mantener enterrados. Rostros, voces, promesas rotas. A veces le parecía que su mente, lejos de limpiarse, se llenaba de ruido.

Al caer la noche, ese ruido cambiaba de forma. Las primeras semanas dormía bien, agotada por el trabajo físico y la novedad. Pero pronto las noches se hicieron más densas. Cuando cerraba los ojos, las escenas ya no eran suyas. Veía una cocina que no reconocía, un mantel distinto, una foto en la pared de gente que nunca había visto. Los detalles eran demasiado precisos: podía percibir el olor a detergente en la vajilla recién lavada, la aspereza de un trapo entre las manos, el sabor tenue del pan tostado en la boca de alguien que no era ella.

Comprendió que en esos sueños siempre se repetía algo: la casa. No la casa que ahora habitaba, sino una versión anterior. Los mismos muros, pero con otros cuadros; el mismo corredor superior, pero con fotos colgadas; la misma escalera, con menos desgaste en los bordes. Y siempre, en algún punto del sueño, aparecía una joven de cabello oscuro, de unos veintitantos años, moviéndose por los ambientes con la torpeza de quien vive sola y no ha aprendido aún a llenar el silencio.

La primera vez que la vio con claridad, la joven estaba en la cocina, de espaldas, apoyada contra el lavadero. Ariana no veía su rostro, pero podía sentir su respiración agitada, el peso de una preocupación que no sabía nombrar. La segunda vez, la joven caminaba por el pasillo del segundo piso, con una taza entre las manos, deteniéndose un instante frente a la baranda, como si dudara de algo. En ambas escenas, Ariana tenía la impresión nítida de estar dentro del cuerpo de otra persona. El frío en los pies descalzos, el temblor ligero en los dedos: todo le llegaba como si fuera propio.

No se lo contó a nadie. Se decía que era normal que la mente, en un lugar nuevo, fabricara historias con los restos de viejas angustias. Aun así, empezó a dejar la lámpara del velador encendida por las noches.

Solía caminar hasta la tienda del pueblo una vez por semana. Eran unos dos kilómetros por un camino de tierra que bordeaba chacras y establos pequeños. Ese trayecto se convirtió en un ritual: saludaba de lejos a los campesinos, observaba las vacas pastando, escuchaba el murmullo del río. El pueblo era sencillo: una plaza, una iglesia, unas cuantas casas bajas, una panadería, la tienda donde compraba lo básico.

La primera vez que fue, la recibieron con la curiosidad reservada para los extraños. «La señora de la casa de la loma», oyó que alguien murmuraba. La mujer de la tienda la atendió con corrección.

Con el paso de las semanas, el ambiente se enfrió. Las conversaciones se apagaban cuando ella entraba. Algunos vecinos bajaban la mirada; otros se giraban fingiendo estar ocupados. En la tienda, la dueña empezó a atenderla sin levantar los ojos, acelerando los movimientos, como si quisiera terminar lo antes posible.

Una mañana, mientras guardaba pan y arroz en la bolsa, Ariana se atrevió a preguntar:

—Disculpe… ¿siempre fue así esta casa?

La mujer dejó el paquete de azúcar sobre el mostrador. Tardó un momento en responder.

—¿Cuál casa? —preguntó, como si no supiera.

—La mía. La que está en la loma, entrando al valle.

—Esa casa es vieja —dijo, sin mirarla—. Ha pasado mucha gente por ahí.

—¿Qué clase de gente?

La tendera apretó el nudo de la bolsa.

—Gente —replicó—. Como todos.

El tono no era hostil, pero sí cortante. Ariana guardó silencio. Pagó, dio las gracias y salió con la sensación de que le habían cerrado una puerta invisible en la cara. Ya no le dolía tanto que la evitaran. Lo que empezaba a inquietarla era lo que no se decía.

Esa tarde, movida por una incomodidad que ya no podía ignorar, encendió la laptop y buscó noticias del lugar. El internet era lento, pero suficiente. Escribió el nombre del valle, revisó fechas, titulares, notas breves. Tardó en encontrar algo, hasta que una noticia de cuatro años atrás apareció en la pantalla.

«Joven asesinada en su vivienda mientras se encontraba sola».

Sintió que un frío la invadía. Abrió la nota. Había una foto de la casa: la fachada que ahora era suya, con cinta policial cruzando la puerta. El texto decía que la víctima tenía veintidós años, que sus padres estaban en Lima cuando ocurrió, que no se hallaron señales claras de robo. El cuerpo fue encontrado una semana después por un familiar. Mencionaban un arma blanca. Ningún sospechoso. Ningún móvil comprobado. Caso sin resolver.

Volvió a mirar la foto. Era la misma casa, pero algo en la imagen la hacía distinta: las ventanas parecían más estrechas, el color de la fachada más oscuro. Le llamó la atención un detalle: en la ventana del dormitorio, detrás del vidrio, se adivinaba una cortina clara con una sombra alargada, indefinida. Podía ser un reflejo, una coincidencia. Pero el aire alrededor de Ariana pareció detenerse un instante.

Cerró la laptop. El silencio de la casa, que antes le había parecido un refugio, se le hizo abrumador.

Esa noche se acostó tarde. Dio vueltas en la cama, escuchó los sonidos del campo: un perro lejano, el roce del viento contra las paredes, el zumbido débil del refrigerador. Cuando por fin se quedó dormida, el sueño llegó sin transición.

Estaba en el pasillo del segundo piso. Lo supo por la baranda baja a su derecha y la pared lisa a su izquierda. Pero no era ella la que respiraba. El cuerpo que habitaba era más joven, más liviano y, sin embargo, estaba tenso. La joven de cabello oscuro avanzaba con cautela, una mano apoyada en la pared, como si temiera que el piso cediera bajo sus pies. Ariana sentía el corazón de esa muchacha latiendo al borde de la garganta.

La puerta del dormitorio al fondo del pasillo estaba entreabierta. Desde dentro no llegaba sonido alguno. El silencio era tan perfecto que dolía.

Ariana quiso detenerse, pero el cuerpo ajeno siguió avanzando. Empujó la puerta con suavidad. La habitación estaba en penumbra. Una cama deshecha, ropa sobre una silla, un cuaderno abierto en el suelo. Todo parecía normal y, sin embargo, había una vibración, una expectativa suspendida en el aire.

La joven dio un paso más. Ariana sintió un tirón en el pecho, como si algo dentro de ella quisiera retroceder mientras el cuerpo avanzaba. Entonces, desde el pasillo, sonó un crujido, breve, seco, como el de una tabla pisada.

La joven se giró hacia la puerta. Antes de que pudiera dar un paso, la hoja se cerró de golpe, como si la hubieran jalado desde fuera. El clic de la cerradura resonó con una claridad insoportable. La respiración de la muchacha se aceleró. Ariana sintió la certeza absoluta de estar atrapada.

No vio un rostro. No vio un arma. Solo percibió un cambio en el aire, una densidad que entraba en la habitación como si alguien hubiera cruzado un umbral invisible. Un peso acercándose por detrás, una sombra que no necesitaba forma. La nuca de la joven se erizó. Ariana juraría haber sentido un aliento ajeno rozarle el cuello.

«No quiero morir», susurró una voz que parecía salir de su propia boca.

El sonido de la voz la sacó del sueño.

Despertó gritando, incorporándose en la cama con el corazón desbocado. La lámpara seguía encendida. El cuarto era el mismo de siempre: pared blanca, una cómoda, dos maletas aún sin deshacer del todo. Pero el miedo no se iba con la luz. Seguía pegado a la piel.

Entonces lo oyó.

Un paso. Muy leve, en el corredor del segundo piso. Luego otro. Y otro más.

Ariana se quedó inmóvil, el cuerpo erguido, los músculos tensos. Los pasos eran claros, espaciados. Intentó decirse que era el eco del sueño, que su mente engañaba a sus oídos. Pero el sonido volvió, con la misma cadencia.

«Quién está ahí?», preguntó con la voz quebrada.

Nadie respondió. Los pasos se detuvieron justo al otro lado de la puerta de su cuarto.

El silencio que siguió fue tan espeso que podía sentirse. Ariana bajó las piernas de la cama. El piso estaba frío. Se acercó despacio a la puerta, con la respiración contenida. Apoyó la mano en el picaporte. Por un instante pensó en volver a la cama y fingir que nada había pasado. No quería confirmarlo. No quería saber si había alguien.

La indignación, más que el valor, la empujó a girar el picaporte y abrir de golpe.

El pasillo estaba vacío. La luz de la lámpara del dormitorio dibujaba su propia sombra sobre las tablas del suelo, alargada, temblorosa. No había nadie.

Respiró hondo una, dos veces.

«Estoy perdiendo la cabeza», susurró.

Una corriente de aire frío le rozó la mejilla, como un soplo. No había ventanas abiertas. Antes de que pudiera pensar en eso, oyó otro sonido, esta vez a su derecha: el crujido breve del escalón superior de la escalera, ese que ya había notado flojo los primeros días.

Volvió la cabeza hacia el fondo del pasillo. La puerta del otro dormitorio, el que no usaba, estaba entreabierta. Estaba segura de haberla dejado cerrada. La oscuridad tras la rendija parecía más densa que la del resto de la casa.

Sintió una presencia detrás de ella, tan cercana que tuvo la certeza de que, si extendía la mano, tocaría un cuerpo. Contuvo el impulso de girarse. Durante un segundo, oyó algo más que sus propios latidos: una respiración suave, distinta a la suya, justo a la altura de su oído.

«Vete», susurró una voz, casi inaudible.

El sonido no venía de ninguna dirección concreta. No estaba arriba ni abajo, ni adelante ni atrás. Era como si la casa misma hubiera articulado esa palabra.

Ariana perdió el hilo del pensamiento. Solo quedó la urgencia. Tenía que salir de allí. Ahora.

Atravesó el pasillo del segundo piso casi sin sentir las piernas. El cuerpo se movía por puro instinto, como un animal acorralado. Al llegar donde comenzaba la escalera de madera que llevaba a la puerta principal, todo ocurrió demasiado rápido.

El pie derecho resbaló en el borde del primer escalón. Intentó aferrarse a la baranda baja, pero las manos no encontraron apoyo. El cuerpo se inclinó hacia el vacío. El mundo se volcó: techo, escalones, pared, un destello de dolor agudo en la cabeza. Un golpe seco. Y luego, nada.

El silencio volvió a ocuparlo todo.

La encontraron varios días después. Un vecino del valle, al notar que la casa seguía cerrada, se acercó a ver si pasaba algo. Empujó la puerta, que no estaba asegurada, y llamó sin obtener respuesta. La halló tendida al pie de las escaleras. Llamó a la policía. Hablaron de accidente. De mala suerte. De una caída en la noche.

En el pueblo, la noticia no sorprendió a todos. Algunos hicieron la señal de la cruz, murmurando que esas cosas pasan cuando uno se encierra demasiado con sus pensamientos. Otros se limitaron a decir que no era la primera vez que una mujer sola no salía bien de esa casa.

La casa quedó vacía de nuevo, en la loma, mirando el valle. En las noches de viento, las cortinas del dormitorio se movían solas, como si alguien caminara de un lado a otro del cuarto.