Marisela Jiménez Leal
Bajo mis pies crujen hojas secas.
Qué raro, pienso, no es otoño. Estoy bajando la escalera, lentamente… con una
paciencia que no recuerdo haber aprendido. Mis pies, ligeros y pequeños, rompen
suavemente las hojas amarillentas, delgadas y frágiles del viejo álamo que está
en el pórtico. ¿Estoy soñando? Nada ha cambiado y, aun así, no me siento en
casa. Llego a la cocina, que se encuentra inusualmente desordenada, ¿quién dejó
todos los trastes sin lavar? Parece una locura. ¿Tuvimos una fiesta? Mis pies
siguen pisando las hojas sueltas. Esto no debería estar aquí, pienso al ver el
suelo imitación madera de nuestra pequeña cocina, cubierto de hojarasca. Decido
no dar importancia y sigo caminando parsimoniosamente hasta el siguiente espacio.
Me encanta esta sala: sus muebles
antiguos, como desafiando al tiempo, impávidos e inermes, soportan nuestros
embates con ligeros gemidos al decantar la reseca cubierta dorada de la madera…
y el tapizado carmín con ribetes negros es por demás suave, a pesar de los
años. Quisiera sentarme, algo me lo impide, una urgencia sin forma. Sé que
quedé con alguien, tenemos un pendiente, pero no consigo traerlo a la memoria.
Me doy cuenta de que ya casi no me
duele el pecho. Presiono suave entre los senos. Corrijo: ya no me duele.
—¡Valena!
—me parece escuchar el grito de mi mamá desde la parte alta.
—¡Voy,
mamá! —respondo de inmediato, feliz de escuchar su voz sonora y envolvente.
Casi sin darme cuenta, estoy a la
entrada de su cuarto. No tengo conciencia de haber subido las escaleras. La
puerta está abierta. Veo a mi madre sentada, con una mano cubriéndose la boca,
como conteniendo un grito que no llega a salir; los ojos, cristalinos y azules,
desbordados como un océano profundo.
—¿Mamá? —musito con voz suave, no
quiero molestarla. Voltea de inmediato hacia mí, me mira, busca algo en mi
cara, pero no dice nada.
—¿Qué pasa, mamá? —comienzo a
inquietarme. Su cuarto también está cubierto de hojas secas.
—¡Mamá, no encuentro ese papel! —escucho
el grito lloroso de mi hermana, ¡desde mi cuarto! El espacio parece plegarse y
ya estoy frente a ella.
—¿Qué te pasa? —interrogo de
inmediato a Emily—. No tienes por qué estar aquí. Ni siquiera me dirige la mirada; pasa a mi
lado y se va.
—Grosera —replico, enojada—. Este
no es tu cuarto, no te atrevas a tocar mis cosas. Regreso con mamá. Sigue ahí, con la mirada
perdida.
Escucho el correr desesperado de
Antonio, mi hermano mayor, bajando las escaleras. Tal vez estaba en su cuarto.
Es extraño: no percibo el crujir de la hojarasca bajo sus pasos. En cambio,
distingo el tintinear de la pequeña campana que cuelga de las llaves de mi
auto.
—¡Oh no! ¡Tony, no te atrevas a
llevarte mi carcacha! —grito, desesperada.
—Mamá, regreso enseguida —grita
Tony mientras la puerta se cierra de golpe.
Me trago el coraje. Ni siquiera me
pidió permiso. No es la primera vez. Hace dos meses también se lo llevó, pero entonces
fue para ayudarme. Si no se hubiera movido, ya no la cuento. Fue él quien me
llevó al hospital aquella primera vez.
Suspiro, nostálgica.
No tarda mucho. Reconozco el motor
disonante de mi coche acercándose al pórtico. Tony entra apresurado. Lo veo
subir las escaleras y me pongo delante de él para reclamarle, pero pasa a mi
lado sin siquiera mirarme. Me parece extraño. Él siempre ha sido cariñoso
conmigo; es mi hermano, mi amigo.
—Sí lo encontré, debe estar muy
cerca —le dice a mamá. Ella asiente, con
una tristeza en el rostro que aún no logro descifrar.
Quiero llorar, pero no lo consigo. No
sé quién viene. Respiro hondo. Aún hay hojas secas bajo mis pies desnudos. Mejor
me iré a recostar un poco. Algo no está bien.
Entro a mi cuarto… mi madre, Emily
y mi hermano están aquí. ¿Qué sucede? ¿Cómo llegaron todos? Rodean mi cama.
—¿Quién está ahí? Emily…, ¿estás
llorando? —musito, sorprendida—. ¿También tú, Tony?
Veo un bulto cubierto sobre mi
colchón. Todos lo miran, pero no hay miedo en sus rostros. Hay tristeza. Una
muy profunda y devastadora. Emily acaricia unos pies cubiertos. Entonces lo
comprendo: ¡Es una persona!
—¡Un momento! —irrumpo, molesta—. ¿Cómo
permiten un cuerpo aquí? —digo, al tiempo que retiro la sábana blanca de un
tirón. Al ver el rostro lívido, un grito se me quiebra en la garganta…
—¡Soy yo! ¡Soy yo! —exclamo destrozada,
mientras mamá dice a Tony que cierre la ventana. Cree que fue el viento quien
sacó la sábana de encima.
Algo no encaja. La habitación parece lejana. Demasiado
quieta. Entonces lo noto: no toco el suelo. ¡Estoy suspendida! Veo mi cuerpo
inerte desde arriba. Las voces me llegan amortiguadas, como si atravesaran un
frasco de cristal. No puede ser… ¡Quiero despertar! Pero hay algo más. Estoy
segura de que sigo viva: siento mi peso, el crujido de las hojas bajo mis pies,
la presencia de mi propio cuerpo. La certeza dura apenas un instante. Vuelve la
duda.
Alguien entra al cuarto. Reconozco la voz de
mi madre, ahora más clara.
—Doctor Ramsey —dice entre sollozos—,
muchas gracias por venir.
—Lo siento mucho, Rose —contesta el
doctor—. No esperábamos que todo se complicara tan rápido.
Mi madre abraza contrita al doctor.
Mis hermanos permanecen juntos. Tony tiene el brazo sobre los hombros de Emily.
—¡Mamá! ¡Doctor! —grito con
desesperación—. ¡No estoy muerta!
La ventana se abre de un golpe súbito
y un zumbido estridente irrumpe con la turbonada que cimbra las frágiles
paredes de mi habitación. Mamá toma mi chaqueta del respaldo del sillón y se
cubre la frágil espalda. Tony abraza con más fuerza a Emily, que oculta el rostro
contra su pecho. Mi pequeña hermana es apenas una niña. El doctor intenta en
vano afianzar las hojas de la ventana en el parteluz.
—Permítame, doctor —dice Tony,
mientras encamina a Emily con mamá. Luego, con sus brazos fuertes, sella la
bisagra con aparente facilidad.
—Es curioso... en pleno verano y
con viento tan frío. Hace apenas un par de horas, el sol calentaba con todas
sus ganas —dice el doctor, tomando asiento en mi sillón favorito mientras se
acomoda los lentes—. Llenaré el certificado de defunción.
—¡Nooo! —grito, furiosa—. ¡No puede
hacer eso!
Mamá y mi hermana estallan en
llanto. Tony las abraza con firmeza. Yo estoy… ¡enojada! Muy enojada. Trato de
golpear las paredes: no puedo. Me muevo a lo largo y ancho de mi cuarto,
atravieso la casa. Percibo calor dentro de mí.
Las hojas secas, que ahora sé que solo
yo puedo ver, invaden el ambiente, moviéndose con fuerza de un lado a otro,
formando remolinos imposibles. Afuera, escucho sonidos estridentes. El viento
sopla con más violencia. Las ventanas se estremecen, frágiles y temerosas.
—Mamá —escucho la voz trémula de
Emily—, tengo miedo. Es como si Valena estuviera enojada.
—No está enojada, mi amor. Debe
estar viendo que estamos todos tristes por su partida —dice mamá en tono dulce—.
Todo ha sido tan difícil…
El doctor detiene su escribir para
poner atención a mi atribulada madre.
—Desde nuestra pérdida, Valena no
volvió a ser la misma —todos asienten en señal de acuerdo—. Se quedaba largas
horas sentada al pie del viejo álamo de la entrada, que siempre creí que había
crecido sus ramas para que mi amado John pudiera hacer un pequeño columpio para
ella. Apenas tenía siete años. Se pasaban horas jugando ahí. Nunca la vi tan
feliz. Compartían juntos tantas cosas. John le enseñó a golpear con los guantes
de box; mi frágil pequeña apenas los podía sostener. Quedaban cada semana, a la
misma hora, para recoger las hojas secas que se juntaban bajo el árbol. La
última vez, John no llegó. Murió sin que Valena pudiera despedirse…
—Sí —interrumpe Tony—, mi padre y
ella eran muy unidos. Tanto, que a veces, me apena confesarlo, me sentía muy
celoso de esos dos.
Veo a mi madre sonreír con lágrimas
en los ojos.
—Doctor —interviene Emily, muy
despierta a sus doce años—, leí que la leucemia da porque se perdió la alegría
de vivir o porque alguien querido se murió.
—Es muy difícil saber eso, Emily —responde,
perplejo, el doctor—. Hay muchas cosas que no conocemos de la enfermedad. Sin
embargo, lo que sí sabemos es que interviene la genética, los hábitos, los
tóxicos y sí… quizás las emociones. Eso se llama epigenética y carga con la
mayor parte de los trastornos. La palabra es rara, y no pretendo explicarles,
en estos momentos, detalles tan complejos. Lo que sí les puedo decir, es que la
leucemia de Valena fue especialmente agresiva: no respondió a los tratamientos
convencionales —agrega mientras se acomoda los lentes— y no nos dio mucho
tiempo para los tratamientos no convencionales. En la primera quimioterapia se
inflamó mucho su corazón y, en esta segunda, no resistió.
Escucho obnubilada la voz del
doctor. Algo en mí se calma… como si la furia se rindiera en una tregua
apacible. Recuerdo que no estoy sola. ¿Dónde estás, Dios? Sé que me escuchas.
Suspiro con esperanza. Quizás me puedas dar una oportunidad. Si estoy aquí, con
los míos todavía, quizás puedas regresarme a mi cuerpo. Te prometo ser mejor. Detengo
mi voz para escuchar. Solo puedo oír el sonido musical del viento, ya
convertido en una suave brisa. ¿No estás? ¿Acaso no existes? No me dejes sola…
—Se calmó la ventisca, pero está
empezando una llovizna muy leve —dice Tony, asomándose por la ventana.
Mamá y Emily aún están abrazadas. Con
sus manos trémulas, acaricia suavemente el cabello de mi hermana, largo y rubio.
¿Qué puedo hacer? Debe haber una forma de regresar, me pregunto, tratando de
ser creativa. Lamento haber desperdiciado tanto tiempo… Debí haber abrazado más
a mi hermana, amar más a mi madre, platicar más con Tony… Lo siento mucho.
—Es curioso —interrumpe el silencio
mi madre—. Vale nunca pudo llorar a John, todo fue tan rápido. Apenas
terminábamos de arreglar toda la documentación derivada de su muerte, cuando
Vale empezó a enfermar. Fiebres y fiebres. Usted la revisó varias veces,
doctor, ¿recuerda? Yo estaba tan llena de dolor que no me percaté de la
gravedad de mi hija. Pude haber hecho más —escucho a mi madre sollozar
desconsolada, derramando abundantes lágrimas sobre el cabello de oro rizado de
Emily, tan parecido al mío —. Mi hermana se aferra también a ella, en un lamento
interminable.
Veo que el doctor se acerca a
abrazar a mi hermana y a mi madre. Las abarca con sus brazos rechonchos y
cortos.
—Doctor —me acerco a ellos sabiendo
que no me ven—. Escuche… aún puede hacerme reanimación. ¡Luche, luche por mí! —le
digo al oído con todas mis fuerzas.
¡No quiero morir! ¡Dios! Aún no me
llames. ¡Escúchame! —levanto la voz, mirando al cielo—. ¡Tú eres todopoderoso!
¡Déjame quedarme!
Justo en el centro de mi ser se
mueven sensaciones como olas estrepitosas. No encuentro paz. Me asomo por la
ventana y veo el viejo columpio. Está meciéndose de un lado a otro por el
viento, pero bien pudiera ser por mí. Ahí está mi árbol. Mío. Yo lo planté. Yo lo
regué. Lo podé, lo cuidé. Nadie más lo hizo. Yo… sola, como siempre me he
sentido. Nadie me escucha, nadie me ve. Aislada…, sigo sin conseguir llorar.
—Dios, qué tormenta tan intensa se
acaba de soltar —dice Tony.
No quiero moverme. Estoy quieta. Me
siento perdida, sólo veo el techo de mi cuarto. Las voces y ruidos alcanzan mis
oídos, pero no quiero mirar a otro lado.
—Cierra la ventana de tu cuarto,
Emily.
—Sí, mamá.
—Hace tiempo que no se veía esto —dice
el doctor—. Elko, Nevada, no es una ciudad que se ufane de tener precipitación
pluvial.
El aguacero, cada vez más intenso,
golpea sin cesar el techo. Parece una sinfonía uniforme. Me recuerda las veces
que no podía dormir y ponía en mi celular lluvia como ruido blanco.
—No puedo creerlo —veo a Tony abrir
un poco la ventana—. Está lloviendo a cántaros. Mamá, iré a cerrar el pórtico y
abrir el desagüe.
Veo a mamá asentir con la cabeza
mientras se sienta al lado de mi cuerpo. Creo que ella también piensa que estoy
dormida. Toma un rizo de mi cabello sin descubrir del todo mi cara, como si
temiera verme. Titubea. Me retira la sábana y me observa con tanto amor, que
temo quebrarme.
—Mamá —suplico frente a ella—, no
dejes que me lleven. Estoy tan triste. Perdí algo y no me acuerdo qué o,
quizás, quién… Tengo tanto dolor en el alma. No lo puedo digerir —sigo gimiendo
desconsolada.
La lluvia aumenta su estruendo; comienza
a crujir el cielo y hay luces que prenden y se apagan mientras el día se extingue.
Son rayos que surcan serpenteando el firmamento tapizado de nubes grises, como
la sensación que me invade. Me quedo suspendida en el aire, me dejo llevar. Aún
veo las hojas en el piso. ¿Qué significan? ¿Qué hacen en el suelo si el árbol
está en la entrada? ¿Las traje yo aquí?
De pronto recuerdo… ¡mi padre!… ¿Dónde
está mi padre? Quedamos de juntar la hojarasca al pie de nuestro álamo. ¡Nooo!
Papá… no te vayas, ¡no te vayas! —comienzo a llorar desconsolada. Puedo sentir que el centro de mi espíritu se
derrite. Tony se acerca a mi cuerpo, despacito; mira mi cara con un gesto de
asombro. Su mano se acerca a mis ojos…
—Mamá, Valena…, está llorando…
Tony, Emily, el doctor y mi madre
se acercan, estupefactos, a mi cuerpo. Mis hermanos se hincan frente a mi cama
y comienzan a llorar conmigo. Este maremoto interno es desconocido para mí, apenas
puedo manejarlo. ¡Te extraño tanto, papá! La tormenta se intensifica aún más;
parece querer romper el recién remodelado techo de la casa. El viento sopla sin
descanso haciendo vibrar las ventanas de mi amada recámara.
—¿Dónde estás, papá? —grito
desconsolada sin que nadie me escuche.
El temporal hace eco con mi alma. El
sonido de un crujir estrepitoso se levanta, desafiante, en la obscuridad. Veo a
Tony incorporarse de inmediato y revisar por la ventana.
—¡El álamo se está ladeando!
Lo veo bajar corriendo las
escaleras, se dirige hacia la entrada.
—¡Ten cuidado, Tony! —grita mamá,
al tiempo que trata de detenerlo sin éxito.
Tony echa a andar mi carro
sorteando el torrencial chubasco, y lo mueve lejos del pórtico, evitando que se
dañe si finalmente cae el álamo. Regresa a la recámara totalmente exhausto y
empapado.
—No creo que pueda resistir —dice,
jadeando aún—, el álamo… se mojaron las raíces y extrañamente no parecen ser
muy profundas… están cediendo… no tarda en caer.
El doctor mira a Tony, preocupado.
Tony asiente con la cabeza, como si supiera lo que el doctor le pide con el
lenguaje de los ojos. Mi madre y Emily también cruzan la vista. Tony se acerca
a mi cuerpo y lo toma por la cabeza, al tiempo que el doctor lo hace con fuerza
por los pies.
—¡Ey! ¿Qué hacen? —replico, sin
lograr que se detengan. Me mueven de manera tan coordinada, c Son
rayos que surcan serpenteando el firmamento tapizado de nubes grises, como la
sensación me invade.
Todos caminan hacia el cuarto de
Emily que está del otro lado del pasillo principal. Entre quejidos de esfuerzo
y rechinidos de la madera, me mueven al aposento de mi hermana, que observa con
espanto cómo me depositan en su cama. Sin dar más tiempo, se escucha un
tremendo crujido que retumba en toda la casa. En un instante, mi alma está de
regreso en mi cuarto y veo, con asombro, que mi querido árbol se viene en
picada, directo a la pared principal donde está la ventana, destrozando todo a
su paso.
El álamo, vencido por la tormenta y
quizás por la tristeza, se desploma en un quejido final. No cayendo de lleno,
sino de costado, como si aún dudara en herir lo que una vez cuidó. Una de sus
ramas más pesadas golpea la cornisa de la ventana, arrancando de cuajo tejas,
madera y parte del techo. El estruendo fue seco y brutal. El tronco, inclinado,
queda sostenido sobre el alero, a medio paso del desastre completo. No atraviesa
finalmente la casa. Como si hubiera cambiado de idea en el último segundo.
En ese momento, la noche se vuelve
para mí como el día. Se abren las nubes y el sol comienza a brillar a su máxima
expresión. Ante mis ojos veo levantarse, esplendorosa, una hermosa pradera,
llena de flores de todos los colores posibles… e imposibles; árboles de un
verde intenso, más que mis ojos verdes sepia, y el firmamento más azul que haya
visto en mi existencia. Una luz intensa, que no lastima la mirada, comienza a
inundar mi alma, como acariciándola con millones de manos, y una paz inefable
me reviste como oleada refrescante.
A lo lejos, entre los árboles,
alcanzo a divisar una figura. Es un hombre, se acerca a mí. Estoy anonadada de
gozo. ¡Es mi padre!
—¡Papá! —me desplazo lo más rápido
que puedo hasta él y nos abrazamos en un querer desbordante—. Te extrañé tanto.
—Mi pequeña —veo sonreír a mi padre—,
no debiste haber llegado tan rápido, pero el Padre lo permitió.
—Yo solo quería estar contigo.
Quedaste en que arreglaríamos la cornisa y juntaríamos la hojarasca del álamo.
No me esperaste.
Mi padre sonríe y me abraza. Con un
cariño inmenso, toma mi mano, suave y hermosa, como si nunca hubiese recibido
tantos pinchazos de agujas. Ya no tengo dolor. En ese instante sé, con certeza,
que todo está bien.
Mi madre, Emily y Tony se
recuperarán. Pronto tendrán una casa nueva, más grande y mejor; me lo contó el
Padre. Tony elegirá ser abogado y Emily ayudará a muchos niños abandonados por
sus padres. Mamá estará pronto con nosotros. Por ahora —porque aquí siempre es
ahora—, todos estamos gozando del amor sin medida. Más felicidad no puedo pedir.
En mi corazón vivirá el amor que mi familia me prodigó, con el recuerdo de ese
viejo árbol que tanto disfrutamos mi padre y yo.
Cumplí mi misión, amé mucho a los
míos. El Padre dice que eso me salvó, aunque estaba muy triste conmigo porque
no pude aceptar a tiempo que se llevara a mi papá. Me hizo entender que eso era
falta de confianza en Él. De cualquier manera, todo estuvo cumplido, y mi existencia,
aunque pequeña, espero que enseñe a otros a aceptar la voluntad de Dios en sus
vidas, porque su amor es perfecto.