martes, 10 de febrero de 2026

Hojas secas

Marisela Jiménez Leal


Bajo mis pies crujen hojas secas. Qué raro, pienso, no es otoño. Estoy bajando la escalera, lentamente… con una paciencia que no recuerdo haber aprendido. Mis pies, ligeros y pequeños, rompen suavemente las hojas amarillentas, delgadas y frágiles del viejo álamo que está en el pórtico. ¿Estoy soñando? Nada ha cambiado y, aun así, no me siento en casa. Llego a la cocina, que se encuentra inusualmente desordenada, ¿quién dejó todos los trastes sin lavar? Parece una locura. ¿Tuvimos una fiesta? Mis pies siguen pisando las hojas sueltas. Esto no debería estar aquí, pienso al ver el suelo imitación madera de nuestra pequeña cocina, cubierto de hojarasca. Decido no dar importancia y sigo caminando parsimoniosamente hasta el siguiente espacio.

Me encanta esta sala: sus muebles antiguos, como desafiando al tiempo, impávidos e inermes, soportan nuestros embates con ligeros gemidos al decantar la reseca cubierta dorada de la madera… y el tapizado carmín con ribetes negros es por demás suave, a pesar de los años. Quisiera sentarme, algo me lo impide, una urgencia sin forma. Sé que quedé con alguien, tenemos un pendiente, pero no consigo traerlo a la memoria.

Me doy cuenta de que ya casi no me duele el pecho. Presiono suave entre los senos. Corrijo: ya no me duele. 

—¡Valena! —me parece escuchar el grito de mi mamá desde la parte alta.

—¡Voy, mamá! —respondo de inmediato, feliz de escuchar su voz sonora y envolvente.

Casi sin darme cuenta, estoy a la entrada de su cuarto. No tengo conciencia de haber subido las escaleras. La puerta está abierta. Veo a mi madre sentada, con una mano cubriéndose la boca, como conteniendo un grito que no llega a salir; los ojos, cristalinos y azules, desbordados como un océano profundo.

—¿Mamá? —musito con voz suave, no quiero molestarla. Voltea de inmediato hacia mí, me mira, busca algo en mi cara, pero no dice nada.

—¿Qué pasa, mamá? —comienzo a inquietarme. Su cuarto también está cubierto de hojas secas.

—¡Mamá, no encuentro ese papel! —escucho el grito lloroso de mi hermana, ¡desde mi cuarto! El espacio parece plegarse y ya estoy frente a ella.

—¿Qué te pasa? —interrogo de inmediato a Emily—. No tienes por qué estar aquí.  Ni siquiera me dirige la mirada; pasa a mi lado y se va.

—Grosera —replico, enojada—. Este no es tu cuarto, no te atrevas a tocar mis cosas.  Regreso con mamá. Sigue ahí, con la mirada perdida.

Escucho el correr desesperado de Antonio, mi hermano mayor, bajando las escaleras. Tal vez estaba en su cuarto. Es extraño: no percibo el crujir de la hojarasca bajo sus pasos. En cambio, distingo el tintinear de la pequeña campana que cuelga de las llaves de mi auto.

—¡Oh no! ¡Tony, no te atrevas a llevarte mi carcacha! —grito, desesperada.  

—Mamá, regreso enseguida —grita Tony mientras la puerta se cierra de golpe. 

Me trago el coraje. Ni siquiera me pidió permiso. No es la primera vez. Hace dos meses también se lo llevó, pero entonces fue para ayudarme. Si no se hubiera movido, ya no la cuento. Fue él quien me llevó al hospital aquella primera vez.

Suspiro, nostálgica.

No tarda mucho. Reconozco el motor disonante de mi coche acercándose al pórtico. Tony entra apresurado. Lo veo subir las escaleras y me pongo delante de él para reclamarle, pero pasa a mi lado sin siquiera mirarme. Me parece extraño. Él siempre ha sido cariñoso conmigo; es mi hermano, mi amigo.

—Sí lo encontré, debe estar muy cerca —le dice a mamá.  Ella asiente, con una tristeza en el rostro que aún no logro descifrar.

Quiero llorar, pero no lo consigo. No sé quién viene. Respiro hondo. Aún hay hojas secas bajo mis pies desnudos. Mejor me iré a recostar un poco. Algo no está bien.  

Entro a mi cuarto… mi madre, Emily y mi hermano están aquí. ¿Qué sucede? ¿Cómo llegaron todos? Rodean mi cama.

—¿Quién está ahí? Emily…, ¿estás llorando? —musito, sorprendida—. ¿También tú, Tony?

Veo un bulto cubierto sobre mi colchón. Todos lo miran, pero no hay miedo en sus rostros. Hay tristeza. Una muy profunda y devastadora. Emily acaricia unos pies cubiertos. Entonces lo comprendo: ¡Es una persona!

—¡Un momento! —irrumpo, molesta—. ¿Cómo permiten un cuerpo aquí? —digo, al tiempo que retiro la sábana blanca de un tirón. Al ver el rostro lívido, un grito se me quiebra en la garganta…

—¡Soy yo! ¡Soy yo! —exclamo destrozada, mientras mamá dice a Tony que cierre la ventana. Cree que fue el viento quien sacó la sábana de encima.

Algo no encaja.  La habitación parece lejana. Demasiado quieta. Entonces lo noto: no toco el suelo. ¡Estoy suspendida! Veo mi cuerpo inerte desde arriba. Las voces me llegan amortiguadas, como si atravesaran un frasco de cristal. No puede ser… ¡Quiero despertar! Pero hay algo más. Estoy segura de que sigo viva: siento mi peso, el crujido de las hojas bajo mis pies, la presencia de mi propio cuerpo. La certeza dura apenas un instante. Vuelve la duda.

 Alguien entra al cuarto. Reconozco la voz de mi madre, ahora más clara.

—Doctor Ramsey —dice entre sollozos—, muchas gracias por venir.

—Lo siento mucho, Rose —contesta el doctor—. No esperábamos que todo se complicara tan rápido.

Mi madre abraza contrita al doctor. Mis hermanos permanecen juntos. Tony tiene el brazo sobre los hombros de Emily.

—¡Mamá! ¡Doctor! —grito con desesperación—. ¡No estoy muerta!

La ventana se abre de un golpe súbito y un zumbido estridente irrumpe con la turbonada que cimbra las frágiles paredes de mi habitación. Mamá toma mi chaqueta del respaldo del sillón y se cubre la frágil espalda. Tony abraza con más fuerza a Emily, que oculta el rostro contra su pecho. Mi pequeña hermana es apenas una niña. El doctor intenta en vano afianzar las hojas de la ventana en el parteluz. 

—Permítame, doctor —dice Tony, mientras encamina a Emily con mamá. Luego, con sus brazos fuertes, sella la bisagra con aparente facilidad.

—Es curioso... en pleno verano y con viento tan frío. Hace apenas un par de horas, el sol calentaba con todas sus ganas —dice el doctor, tomando asiento en mi sillón favorito mientras se acomoda los lentes—. Llenaré el certificado de defunción.

—¡Nooo! —grito, furiosa—. ¡No puede hacer eso!

Mamá y mi hermana estallan en llanto. Tony las abraza con firmeza. Yo estoy… ¡enojada! Muy enojada. Trato de golpear las paredes: no puedo. Me muevo a lo largo y ancho de mi cuarto, atravieso la casa. Percibo calor dentro de mí.

Las hojas secas, que ahora sé que solo yo puedo ver, invaden el ambiente, moviéndose con fuerza de un lado a otro, formando remolinos imposibles. Afuera, escucho sonidos estridentes. El viento sopla con más violencia. Las ventanas se estremecen, frágiles y temerosas.

—Mamá —escucho la voz trémula de Emily—, tengo miedo. Es como si Valena estuviera enojada.

—No está enojada, mi amor. Debe estar viendo que estamos todos tristes por su partida —dice mamá en tono dulce—. Todo ha sido tan difícil…

El doctor detiene su escribir para poner atención a mi atribulada madre.

—Desde nuestra pérdida, Valena no volvió a ser la misma —todos asienten en señal de acuerdo—. Se quedaba largas horas sentada al pie del viejo álamo de la entrada, que siempre creí que había crecido sus ramas para que mi amado John pudiera hacer un pequeño columpio para ella. Apenas tenía siete años. Se pasaban horas jugando ahí. Nunca la vi tan feliz. Compartían juntos tantas cosas. John le enseñó a golpear con los guantes de box; mi frágil pequeña apenas los podía sostener. Quedaban cada semana, a la misma hora, para recoger las hojas secas que se juntaban bajo el árbol. La última vez, John no llegó. Murió sin que Valena pudiera despedirse…

—Sí —interrumpe Tony—, mi padre y ella eran muy unidos. Tanto, que a veces, me apena confesarlo, me sentía muy celoso de esos dos.

Veo a mi madre sonreír con lágrimas en los ojos.

—Doctor —interviene Emily, muy despierta a sus doce años—, leí que la leucemia da porque se perdió la alegría de vivir o porque alguien querido se murió.

—Es muy difícil saber eso, Emily —responde, perplejo, el doctor—. Hay muchas cosas que no conocemos de la enfermedad. Sin embargo, lo que sí sabemos es que interviene la genética, los hábitos, los tóxicos y sí… quizás las emociones. Eso se llama epigenética y carga con la mayor parte de los trastornos. La palabra es rara, y no pretendo explicarles, en estos momentos, detalles tan complejos. Lo que sí les puedo decir, es que la leucemia de Valena fue especialmente agresiva: no respondió a los tratamientos convencionales —agrega mientras se acomoda los lentes— y no nos dio mucho tiempo para los tratamientos no convencionales. En la primera quimioterapia se inflamó mucho su corazón y, en esta segunda, no resistió.

Escucho obnubilada la voz del doctor. Algo en mí se calma… como si la furia se rindiera en una tregua apacible. Recuerdo que no estoy sola. ¿Dónde estás, Dios? Sé que me escuchas. Suspiro con esperanza. Quizás me puedas dar una oportunidad. Si estoy aquí, con los míos todavía, quizás puedas regresarme a mi cuerpo. Te prometo ser mejor. Detengo mi voz para escuchar. Solo puedo oír el sonido musical del viento, ya convertido en una suave brisa. ¿No estás? ¿Acaso no existes? No me dejes sola…

—Se calmó la ventisca, pero está empezando una llovizna muy leve —dice Tony, asomándose por la ventana.

Mamá y Emily aún están abrazadas. Con sus manos trémulas, acaricia suavemente el cabello de mi hermana, largo y rubio. ¿Qué puedo hacer? Debe haber una forma de regresar, me pregunto, tratando de ser creativa. Lamento haber desperdiciado tanto tiempo… Debí haber abrazado más a mi hermana, amar más a mi madre, platicar más con Tony… Lo siento mucho.

—Es curioso —interrumpe el silencio mi madre—. Vale nunca pudo llorar a John, todo fue tan rápido. Apenas terminábamos de arreglar toda la documentación derivada de su muerte, cuando Vale empezó a enfermar. Fiebres y fiebres. Usted la revisó varias veces, doctor, ¿recuerda? Yo estaba tan llena de dolor que no me percaté de la gravedad de mi hija. Pude haber hecho más —escucho a mi madre sollozar desconsolada, derramando abundantes lágrimas sobre el cabello de oro rizado de Emily, tan parecido al mío —. Mi hermana se aferra también a ella, en un lamento interminable.

Veo que el doctor se acerca a abrazar a mi hermana y a mi madre. Las abarca con sus brazos rechonchos y cortos.

—Doctor —me acerco a ellos sabiendo que no me ven—. Escuche… aún puede hacerme reanimación. ¡Luche, luche por mí! —le digo al oído con todas mis fuerzas.

¡No quiero morir! ¡Dios! Aún no me llames. ¡Escúchame! —levanto la voz, mirando al cielo—. ¡Tú eres todopoderoso! ¡Déjame quedarme!

Justo en el centro de mi ser se mueven sensaciones como olas estrepitosas. No encuentro paz. Me asomo por la ventana y veo el viejo columpio. Está meciéndose de un lado a otro por el viento, pero bien pudiera ser por mí. Ahí está mi árbol. Mío. Yo lo planté. Yo lo regué. Lo podé, lo cuidé. Nadie más lo hizo. Yo… sola, como siempre me he sentido. Nadie me escucha, nadie me ve. Aislada…, sigo sin conseguir llorar.

—Dios, qué tormenta tan intensa se acaba de soltar —dice Tony.

No quiero moverme. Estoy quieta. Me siento perdida, sólo veo el techo de mi cuarto. Las voces y ruidos alcanzan mis oídos, pero no quiero mirar a otro lado.

—Cierra la ventana de tu cuarto, Emily.

—Sí, mamá.

—Hace tiempo que no se veía esto —dice el doctor—. Elko, Nevada, no es una ciudad que se ufane de tener precipitación pluvial.

El aguacero, cada vez más intenso, golpea sin cesar el techo. Parece una sinfonía uniforme. Me recuerda las veces que no podía dormir y ponía en mi celular lluvia como ruido blanco.

—No puedo creerlo —veo a Tony abrir un poco la ventana—. Está lloviendo a cántaros. Mamá, iré a cerrar el pórtico y abrir el desagüe.

Veo a mamá asentir con la cabeza mientras se sienta al lado de mi cuerpo. Creo que ella también piensa que estoy dormida. Toma un rizo de mi cabello sin descubrir del todo mi cara, como si temiera verme. Titubea. Me retira la sábana y me observa con tanto amor, que temo quebrarme.  

—Mamá —suplico frente a ella—, no dejes que me lleven. Estoy tan triste. Perdí algo y no me acuerdo qué o, quizás, quién… Tengo tanto dolor en el alma. No lo puedo digerir —sigo gimiendo desconsolada.

La lluvia aumenta su estruendo; comienza a crujir el cielo y hay luces que prenden y se apagan mientras el día se extingue. Son rayos que surcan serpenteando el firmamento tapizado de nubes grises, como la sensación que me invade. Me quedo suspendida en el aire, me dejo llevar. Aún veo las hojas en el piso. ¿Qué significan? ¿Qué hacen en el suelo si el árbol está en la entrada? ¿Las traje yo aquí?

De pronto recuerdo… ¡mi padre!… ¿Dónde está mi padre? Quedamos de juntar la hojarasca al pie de nuestro álamo. ¡Nooo! Papá… no te vayas, ¡no te vayas! —comienzo a llorar desconsolada.  Puedo sentir que el centro de mi espíritu se derrite. Tony se acerca a mi cuerpo, despacito; mira mi cara con un gesto de asombro. Su mano se acerca a mis ojos…

—Mamá, Valena…, está llorando…

Tony, Emily, el doctor y mi madre se acercan, estupefactos, a mi cuerpo. Mis hermanos se hincan frente a mi cama y comienzan a llorar conmigo. Este maremoto interno es desconocido para mí, apenas puedo manejarlo. ¡Te extraño tanto, papá! La tormenta se intensifica aún más; parece querer romper el recién remodelado techo de la casa. El viento sopla sin descanso haciendo vibrar las ventanas de mi amada recámara.

—¿Dónde estás, papá? —grito desconsolada sin que nadie me escuche.

El temporal hace eco con mi alma. El sonido de un crujir estrepitoso se levanta, desafiante, en la obscuridad. Veo a Tony incorporarse de inmediato y revisar por la ventana.

—¡El álamo se está ladeando!

Lo veo bajar corriendo las escaleras, se dirige hacia la entrada.

—¡Ten cuidado, Tony! —grita mamá, al tiempo que trata de detenerlo sin éxito.

Tony echa a andar mi carro sorteando el torrencial chubasco, y lo mueve lejos del pórtico, evitando que se dañe si finalmente cae el álamo. Regresa a la recámara totalmente exhausto y empapado.

—No creo que pueda resistir —dice, jadeando aún—, el álamo… se mojaron las raíces y extrañamente no parecen ser muy profundas… están cediendo… no tarda en caer.

El doctor mira a Tony, preocupado. Tony asiente con la cabeza, como si supiera lo que el doctor le pide con el lenguaje de los ojos. Mi madre y Emily también cruzan la vista. Tony se acerca a mi cuerpo y lo toma por la cabeza, al tiempo que el doctor lo hace con fuerza por los pies.

—¡Ey! ¿Qué hacen? —replico, sin lograr que se detengan. Me mueven de manera tan coordinada, c Son rayos que surcan serpenteando el firmamento tapizado de nubes grises, como la sensación me invade.

Todos caminan hacia el cuarto de Emily que está del otro lado del pasillo principal. Entre quejidos de esfuerzo y rechinidos de la madera, me mueven al aposento de mi hermana, que observa con espanto cómo me depositan en su cama. Sin dar más tiempo, se escucha un tremendo crujido que retumba en toda la casa. En un instante, mi alma está de regreso en mi cuarto y veo, con asombro, que mi querido árbol se viene en picada, directo a la pared principal donde está la ventana, destrozando todo a su paso.

El álamo, vencido por la tormenta y quizás por la tristeza, se desploma en un quejido final. No cayendo de lleno, sino de costado, como si aún dudara en herir lo que una vez cuidó. Una de sus ramas más pesadas golpea la cornisa de la ventana, arrancando de cuajo tejas, madera y parte del techo. El estruendo fue seco y brutal. El tronco, inclinado, queda sostenido sobre el alero, a medio paso del desastre completo. No atraviesa finalmente la casa. Como si hubiera cambiado de idea en el último segundo.

En ese momento, la noche se vuelve para mí como el día. Se abren las nubes y el sol comienza a brillar a su máxima expresión. Ante mis ojos veo levantarse, esplendorosa, una hermosa pradera, llena de flores de todos los colores posibles… e imposibles; árboles de un verde intenso, más que mis ojos verdes sepia, y el firmamento más azul que haya visto en mi existencia. Una luz intensa, que no lastima la mirada, comienza a inundar mi alma, como acariciándola con millones de manos, y una paz inefable me reviste como oleada refrescante.

A lo lejos, entre los árboles, alcanzo a divisar una figura. Es un hombre, se acerca a mí. Estoy anonadada de gozo. ¡Es mi padre!

—¡Papá! —me desplazo lo más rápido que puedo hasta él y nos abrazamos en un querer desbordante—. Te extrañé tanto.

—Mi pequeña —veo sonreír a mi padre—, no debiste haber llegado tan rápido, pero el Padre lo permitió.

—Yo solo quería estar contigo. Quedaste en que arreglaríamos la cornisa y juntaríamos la hojarasca del álamo. No me esperaste.

Mi padre sonríe y me abraza. Con un cariño inmenso, toma mi mano, suave y hermosa, como si nunca hubiese recibido tantos pinchazos de agujas. Ya no tengo dolor. En ese instante sé, con certeza, que todo está bien.

Mi madre, Emily y Tony se recuperarán. Pronto tendrán una casa nueva, más grande y mejor; me lo contó el Padre. Tony elegirá ser abogado y Emily ayudará a muchos niños abandonados por sus padres. Mamá estará pronto con nosotros. Por ahora —porque aquí siempre es ahora—, todos estamos gozando del amor sin medida. Más felicidad no puedo pedir. En mi corazón vivirá el amor que mi familia me prodigó, con el recuerdo de ese viejo árbol que tanto disfrutamos mi padre y yo.

Cumplí mi misión, amé mucho a los míos. El Padre dice que eso me salvó, aunque estaba muy triste conmigo porque no pude aceptar a tiempo que se llevara a mi papá. Me hizo entender que eso era falta de confianza en Él. De cualquier manera, todo estuvo cumplido, y mi existencia, aunque pequeña, espero que enseñe a otros a aceptar la voluntad de Dios en sus vidas, porque su amor es perfecto.

lunes, 19 de enero de 2026

Cassandra

Ruth Rosales


            «Estoy tan cansada de sus lamentos», murmuró azotando la puerta mientras le marcaba a su novio por el celular. «Por eso, mi papá tiene una amante. No hay quien soporte a mi jefa. ¡Odio sus discursos lastimeros de ama de casa abnegada!».

—¡Hola, mi amor! ¿Pasas por mí al boliche? Le traje a la ñora sus zapatos, pero me detuvo casi media hora con sus chantajes. No te tardes, porfis, ya quiero darte besitos y poner mi cabeza entre… ¿Amor? Sí, te decía que… Ah, ok, ok. Bueno, está bien; aquí te espero.

            «¡Cómo me choca que me corte de esa manera!», rezongó al tiempo que colgaba el celular con brusquedad. Mientras esperaba sentada en la banqueta, recordó cómo ese muchacho le rogó durante meses para que saliera con él. Había días en que se sorprendía cuestionándose qué la había llevado a cambiar de opinión. Tal vez fueron las flores exóticas que le mandaba a su casa, a la escuela y hasta a los restaurantes donde estaba con sus amigas. Al principio la abrumaban tantas atenciones, pero después se fue acostumbrando al perfume de las gardenias, rosas y jazmines traídas desde Veracruz y Morelos. Después, esos regalos se transformaron en joyas, invitaciones a cenar en lugares exclusivos de la ciudad y, por último, en viajes. París, Londres y Venecia estaban en sus planes para el verano.

            Aunque pertenecía a la clase acomodada de la ciudad, la familia de su ahora novio tenía mucho más dinero que la de ella. Había rumores sobre la procedencia de dicha fortuna, pero cuando terminó por aceptarlo, se convenció a sí misma de que él no estaba involucrado en los negocios familiares. También tuvo que ver con que él le juró, frente a la cruz de la iglesia, que sus padres no querían que sus hijos trabajaran para ellos. «No pudo haberme mentido en la casa de Dios», pensaba mientras se arrodillaba junto a la cama para decir sus oraciones. «Además, me prende con solo besarlo», terminaba diciendo en voz alta, con la sonrisa en la boca y reprimiendo el fluido que salía sin su consentimiento de entre sus piernas.

            —¿Qué dice mi catarrín? —Oyó decir a su novio en cuanto se subió a su troca Dodge Ram 2500—. ¿Qué? ¿Te comieron la lengua los ratones?

—No estoy muy segura de saber si me gusta que me llames así.

—¿Poooor? ¡Ay, mi catarrín! ¿Ya ves por qué te llamo así? ¡Sí, eres bien catarro! Catarro y barroca. ¿No estás segura de saber? Se sabe o no se sabe. De verdad que eres bien cagada, mi hermosa florecita del desierto.

La incomodidad que sentía era reciente. No se había tomado el tiempo de saber por qué su novio la llamaba de esa manera hasta que su cuñada se acercó para preguntarle si se sentía cómoda con la forma en que su hermano se refería a ella. «Me dice así de cariño», le respondió sin darle mayor importancia. La duda se quedó ahí, fermentándose, afilando sus sentidos. ¿Le decía así de cariño? ¿Cuál era el verdadero significado de ese mote? ¿Por qué no se atrevía a preguntárselo? Entonces escuchó cómo el mejor amigo de su novio se expresaba sobre los borrachos que danzaban alrededor de la alberca. «¡Son una bola de catarros! ¡Ya déjense de mamadas!». ¿Soy borracha o soy molesta? No tomo. Me cae mal en el estómago… Entonces, soy una molestia. Y así concluyó que, en efecto, su novio le decía así porque consideraba que ella, como todas las mujeres, era fastidiosa.

—¿Y ahora qué hizo la mamá suegra para hacerte renegar?

—Lo de siempre. Descargar su frustración conmigo por su falta de huevos para dejar a mi papá.

—Debería hacerle como mi jefa.

—¡Nombre! La mojigata de mi mamá jamás tendría un amante.

—Pues ella se lo pierde. Además, las mujeres son más listas en eso de los engaños. Mi jefe no tiene ni idea de que es un cuernudo hecho y derecho. No me extrañaría que mi jefa planeara deshacerse de él para quedarse con su baro y casarse con ese gringo que trae de noviecito. Más te vale que a ti ni se te ocurra traicionarme, ¿eh, cabrona?

Aunque se incomodaba cada vez que su novio la amenazaba por cualquier tontería, una parte de ella se sentía orgullosa de tener a alguien que la celara y le hablara con firmeza. Le gustaba esa atención enfermiza llena de feromonas.

En el segundo año de noviazgo, lo que le cautivaba al principio de su relación empezó a resultar un tanto molesto. Los regalos se volvieron excesivos y la frecuencia con que llegaban a su casa era proporcional a las cancelaciones de sus planes. Cuando salían de viaje, había días en que él se ausentaba, alegando que tenía que cumplir con algunos encargos de su papá. Esto la incomodaba. ¿Y si su príncipe azul ya estaba involucrado en los negocios familiares? Se fue guardando la duda hasta que, un día, llegó a su casa bañado en lágrimas.  «Vamos a la iglesia, catarrín», le dijo sin darle más explicaciones. Pensó que tal vez quería un poco de paz tal y como ella la encontraba cada vez que algo la inquietaba. Eso la hizo enamorarse un poco más.

—Estoy muy encabronado con mi jefe —le dijo una vez que se sentaron en la última banca de madera en la iglesia vacía—. El viejo se quiere expandir.

—No entiendo…

—¡Cállate! No te estoy pidiendo que entiendas, que pienses ni nada. Es más, esto es un error. ¡Vámonos!

Se levantó molesto y se fue de la iglesia sin esperarla. Cuando salió para alcanzarlo, ya se había ido rechinando las llantas de su troca. Pasó una semana sin saber nada de él. Se sorprendía mirando la pared de su cuarto sin enfocarse en ningún pensamiento en particular. Ponía música para distraerse, pero a la media hora apagaba el aparato reproductor porque necesitaba silencio. Sentía un extraño hueco en el estómago. Se sorprendía con rápidas palpitaciones que retumbaban en su pecho. ¿Estaba sufriendo un paro cardíaco? Lo dudaba. Había oído decir en alguna parte que así se sentía cuando se tenían ataques de pánico. Quería saber de él. Marcaba su número y la mandaba al buzón de voz. Aunque la ausencia se asemejaba a una cueva sofocante sin salida aparente, la distancia empezó a mostrarle que, en realidad, no tenían nada en común. A ella le gustaban las fiestas, pero no en exceso. Disfrutaba más salir de excursión al desierto o hacer senderismo en la única montaña que quedaba al otro lado de la franja fronteriza, en lugar de pasar horas eternas jugando billar o escuchando música electrónica en algún bar, mejor conocidos por los jóvenes como antros. Su mayor ilusión era estudiar diseño de modas en el extranjero, pero él no podría irse a vivir fuera del país por cuestiones de seguridad.

Aunque su novio no nació en esa ciudad, le había tomado un cariño especial. Adoraba ese pedazo de desierto. Tal vez fue por eso o por el amor que decía sentir por ella que, después de transcurridos quince días, se apareció en su casa con un ramo de rosas pidiéndole perdón. Lo único que le dijo fue que su papá aceptó su sugerencia de no ejercer violencia en la ciudad y de pensar mejor a largo plazo. Le propuso una idea en la que el Gobierno Federal estaba involucrado, así como un plan elaborado sobre el derecho de piso. Esto impactaría a la economía local y no quedaría otra más que usar los recursos que su familia le ofrecería al municipio. Por supuesto, ella no entendió nada. Estaba tan contenta de verlo sonriente y tranquilo que prefirió callar esa voz de alerta que meses después recordaría; por lo pronto, se entregó a vivir el momento. «Mañana será otro día», se dijo en silencio mientras lo besaba y se calmaba el miedo a sentirse abandonada.

La reconciliación no duró mucho. Pronto empezaron a surgir las diferencias que ella había identificado cuando estuvieron separados y, un día, decidió terminar. Incapaz de aceptar que su novia lo había dejado, y después de haberle rogado que regresaran, obteniendo siempre una negativa, se dedicó a difundir que ella era una mentirosa y que tenía serios problemas psiquiátricos. Contó con la ayuda de amigos que exageraban sus historias. Dentro de la comunidad de la iglesia, se corrió el rumor de que era promiscua y de que había engañado a su novio, incluso con sus amigos.

La difusión de los rumores fue tan rápida que no le dio tiempo de reaccionar. De un momento a otro se había convertido en una ladilla y era juzgada por la alta sociedad de la ciudad fronteriza. Sus padres, a su vez, fueron señalados y decían sentirse muy decepcionados por ella. Un día, cuando salía de clases, uno de los supuestos amantes que le achacaron se acercó a ella y le agarró la nalga.  «Para que recuerdes mis caricias, mamacita», le dijo, acompañado del coro de carcajadas de quienes estaban en el pasillo.

—¡Ojalá que te cuelguen del puente más alto, hijo de puta! —gritó sacando toda la rabia que tenía contenida—. ¡Y a todos ustedes, ojalá y los maten en un tiroteo!

Tres días después del incidente, el cuerpo del muchacho que la tocó apareció colgado de uno de los puentes peatonales que cruzaba la avenida principal de la ciudad. Le empezaron a llamar bruja, loca, freak, pero después aparecieron más cuerpos y dejaron de prestarle atención. Era evidente que ella no tenía nada que ver con esas muertes. Los tiroteos en restaurantes y tiendas hicieron que la población se quedara en casa hasta que el Gobierno Federal intervino imponiendo el toque de queda.

Una vez que pudo separar el dolor que le provocó la traición del hombre que alguna vez le aseguró que la amaba y observar lo que ocurría en la ciudad, recordó la plática que tuvo con él en aquella reconciliación. Cuando su padre llegó hecho una furia porque le estaban cobrando un dineral para proteger su negocio como parte de la «cuota por derecho de piso», confirmó que todo formaba parte de ese plan a largo plazo al que se refería su exnovio.

 —Papá, esto es parte del plan de mi ex.

—¿Qué dices, mocosa?

—Es su familia. Me lo dijo cuando todavía estábamos juntos. Quieren apoderarse de la ciudad; es parte de un plan más ela…

—¡Cállate! ¡Ya me tienes harto! Esto no tiene nada que ver con tus puterías. ¿A mí qué chingados me importa lo que el pendejete de tu ex anda diciendo por ahí? Ya quisiera ese idiota tener el poder para mover las cosas de esta manera.

—Papá, créeme. Esto no tiene nada que ver conmigo. No te estoy mintiendo. No pagues…

—¿Y que me peguen un tiro o incendien mis locales? ¡Ya me tienes harto! Lárgate a tu cuarto antes de que…

Su madre la tomó del brazo y la metió en su recámara. Pensó que la consolaría, pero terminó por decirle que dejara de pensar en sus dramas y que permitiera a los adultos hablar de las cosas realmente importantes. Todo lo que le pasaba por la cabeza formaba parte de las historias que ella misma se inventaba, que no eran reales. Sacó unos comprimidos de diazepam de su bolsillo y la obligó a tomárselos. «No eres el centro del universo», le dijo mientras cerraba la puerta y se marchaba sin haber intentado escucharla.

En la escuela la cantidad de guardaespaldas aumentó. La mayoría de los estudiantes llegaba a las clases con escolta de personal de seguridad. Ella no era la excepción. Como nadie le hablaba, empezó a forjar una amistad con sus dos guaruras. Fueron ellos quienes la convencieron de alertar a la ciudad sobre lo que su novio le había dicho, enviando mensajes a través de sus redes sociales. No tardaron en señalarla como loca paranoica que fabrica teorías conspirativas. Todos pensaron que trataba de manchar el nombre de su ex inventando historias sobre él y su familia. La tachaban de ardida y desequilibrada.

Mientras los comercios empezaban a pagar el derecho de piso y los militares patrullaban las calles, el Gobierno federal decretó oficialmente la guerra contra el narcotráfico en la zona fronteriza. La familia de su ex empezó a brindar ayuda financiando al Municipio y a los organismos de comercio para hacer frente a las extorsiones, lo que generó un roce con la federación al contraponerse al plan estratégico de detener o bien acribillar a los delincuentes en caso de no recibir el dinero solicitado.

A pesar de que le seguían mandando mensajes de hate en redes sociales por decir que la ayuda prestada no era para salvar a la ciudad, los guardaespaldas continuaban apoyándola para que siguiera diciendo que todo era una trampa por parte de los líderes del sur y así quedarse con el control de la plaza fronteriza. Nadie le creyó y empezó a resultar incómoda para la familia de su exnovio, quien se encargó de difundir por todos lados que esa mujer era una mentirosa compulsiva.

            El primero de enero, después de la cruda del festejo del Año Nuevo, la ciudad amaneció con la noticia de un acuerdo de paz entre los niveles de gobierno y las cámaras de comercio, liderado por el padre de su exnovio. En él se establecía la retirada del ejército y un extraño acuerdo realizado por los empresarios de la ciudad fronteriza y los funcionarios del estado de Sinaloa. Entre el movimiento provocado por la salida de las fuerzas armadas de la ciudad y la entrada de nuevas empresas de logística provenientes del sur, la ciudad se vio inmersa en un espejismo de dinamismo y florecimiento económico que eclipsó los levantamientos de quienes se opusieran o hablaran mal de las dichosas alianzas pacíficas de colaboración.

            La noche en que se celebraba la venida de los Reyes Magos, el padre de la chica decidió preparar una cena para festejar el inicio de los tiempos de paz. Ese fue el día en que ella estuvo por última vez con su familia. Una semana antes, había subido a las redes sociales un video en el que explicaba que este acuerdo era un plan para que la droga proveniente de Sinaloa tuviera libre acceso a través de la frontera. En medio de la cena, un convoy militar llegó a su casa y la llevaron a la fuerza mientras escuchaba los disparos detrás de ella. Seis meses después, identificaron el cuerpo de su madre, envuelto en plástico, tirado en un terreno baldío. A su padre, nunca lo encontraron. 

            La despertó el sonido de las olas del mar. Estaba desnuda en un sillón dentro de una cabaña ubicada en un desfiladero. Buscó algo con que cubrirse, pero solo encontró un par de sábanas blancas sobre un colchón en la única recámara. Había una cocina equipada y un televisor. Quiso salir, pero las puertas y las ventanas estaban cerradas. Se activó una alarma y, diez minutos después, apareció el papá de su exnovio. Se acercó a ella y la agarró por la cintura. «¡Suélteme! ¡No! ¡Voy a gritar!», le dijo mientras intentaba liberarse del abrazo.

            —¡Estate quieta, putita! —Susurró mientras le besaba el cuello y uno de sus guardaespaldas le sostenía las manos—. ¿Lo reconoces? Es tu guarura. ¿Creías que trabajaba para ti? Estos pendejos te hicieron creer que eran tus compas y te animaban a subir esas pendejadas en el Internet. ¿A poco creías que lo hacían de buen pedo?

            Después de violarla y permitir que sus guardaespaldas también lo hicieran, le anunció que, de ahora en adelante, viviría en esa cabaña y que su trabajo sería complacerlo. Lloraba todos los días a todas horas. No podría creer lo que le estaba pasando. Suplicaba a los guaruras que le dijeran qué había pasado con sus padres. Pedía hablar con su exnovio para ver si podía persuadirlo, manipularlo, hacer algo, pero nunca apareció. Empezó a dudar de que alguna vez existió; de que el amor que le profesaba fue solo una pantalla para cogérsela y exhibirla como muñequita de aparador «por güerita y por sabrosa», recordaba esas palabras que le decía mientras la besaba por todo su cuerpo. «Así quédate, catarrín, quietecita. Tienes la piel de las arenas blancas de Nuevo México y estas curvas… estas curvas son como las del Espinazo del diablo de Durango, verdá de Dios».

            El calor húmedo la despertaba. Sentía derretirse por los poros. Su sudor, combinado con los fluidos de su agresor y el sonido constante de las olas del mar chocando contra las rocas, hacía que dejara de sentirse persona. Era un recipiente al que le ponían y le quitaban cosas: «Hoy traje esta reata para amarrarte, mamacita. Te va a gustar, te lo aseguro». Entonces se llenaba de agua, agua que se coagulaba al secarse y se convertía en costras de sangre. El colchón le picaba la espalda cansado de sostenerla, escuchaba que le decía con hartazgo en una voz imaginaria que salía del mueble: «levántate, vieja zorra. ¡Corre! ¡Grita! ¡Haz algo! ¿Dónde quedó tu voluntad?». Pero las piernas le temblaban cada vez que se animaba a dar los cinco pasos necesarios para llegar al baño y evacuar los escasos sólidos que producía su cuerpo. Le había ordenado a su cerebro que no expulsara nada, porque cada que lo hacía, se rasgaban las ampollas cultivadas en su ano. Con el tiempo eso dejó de preocuparle. Los músculos perdieron su elasticidad. Ahora solo servían para sostener aquello que su amante decidiera introducir. Habían olvidado su principal función.

            Su voz no tenía permiso para apagarse. Aun cuando al principio no paraba de gritar, con la esperanza de que alguien escuchara los lamentos que experimentaba por los golpes que recibía, resultó que sus jadeos eran tan perturbadores y desgarradores que exponenciaban el placer que sentía tanto el padre de su exnovio como los amigos que invitaba para compartir a su «llorona». «¿A poco no grita como desposeída y te la pone durísima?», les comentaba a sus compas, «y si le aprietas el pescuezo, da la impresión de que se le desprenden los ojos, y esa imagen te hace venir con ganas». Entonces, el recipiente que era su cuerpo también recibía sus lágrimas, porque el dolor seguía recordándole que estaba viva, aunque quisiera desprenderse del repositorio en el que alguna vez guardó su alma.

Acabó por dejar de contar los días. ¿Cuántos habían pasado? ¿Dos, tres, cincuenta, trescientos sesenta y cinco? Había olvidado cómo se medían los años. Ya no existían las estaciones. Todo era igual. La división del tiempo ocurría según el olor de la transpiración del hombre que la poseía: palomas hechas con tequila y toronja, para la primavera; michelada con clamato y limón, para el verano; margaritas con mezcal, licor de naranja, sal y chile en polvo, para el otoño; y, para el invierno, ponche con “piquete” ya sea con brandy o con ron y la deliciosa fruta... lamía la piel de su agresor para poder sentir la manzana y el tejocote, y luego lo mordía para imaginar que le sacaba el jugo a la caña. «¡Ay, eres una perra cachonda! Te gusta, ¿verdad? Quién lo diría con esa carita de mustia que aún te cargas». Más allá de asustarse después de complacerlo, respiraba agradecida. Tenía contento al suegro. Al menos ese día no la había hecho sangrar.

            Un día cualquiera, después de que el padre de su exnovio quedara exhausto, tendido a su lado, extendió la mano y empezó a acariciarle un seno. Su aliento olía a un whisky irlandés que su hijo solía pedir siempre que salía de antro con ella. Le habló de su esposa y de cuánto extrañaba los agarrones que se daban cuando eran jóvenes. Entonces aparecieron en la mente de la muchacha unas imágenes de un pasado difuso que parecían más bien la historia de otra mujer proyectada en la televisión. Vio a su novio llorando en la banca caoba de la iglesia. Los rayos anaranjados del atardecer, distorsionados por los vitrales de los grandes ventanales, se proyectaban en las mejillas del hombre que amaba. «Mi madre y su gringo se van a cargar a mi jefe», oía salir de sus labios. «¿Por qué lloras?» quería preguntarle mientras lo consolaba, «si tu padre es un monstruo».

            Entonces, sin pensarlo, su boca murmuró que su esposa lo engañaba. «¿Qué dices, zorrita? Eres una perra celosa», replicó el suegro carcajeándose de su ocurrencia. «Qué cagado, ella también te tiene envidia. Me lo dijo hoy cuando salía para venir a cogerte. Pinches viejas. Son todas unas putas gatas en celo».

—No son celos. Le estorbamos. Nos va a matar.

—¡Qué pendejadas dices, verdá de Dios! Ya me decía mi hijo que eras bien catarro. Estás bien cagada.

—Él me lo dijo. Ella tiene un amante gringo y te matará.

—¡Deberías escribir telenovelas! Dudaba cuando mi hijo me decía que te inventabas cosas y que él no te había dicho nada del plan para hacernos de la plaza. Por eso te secuestré; para darle una lección al pendejete. Aunque a él, la verdad, le valiste madres. Ni quiso saber dónde te tenía. Ahora veo por qué. Porque la neta sí estás bien chiflada. Para lo único que sirves es para coger.

—¿Dónde están tus guaruras?

—Los mandé a un encargo. Ahorita regresan. Ándale párame las nalgas, que ahora te quiero coger por el culo.

—Nos van a matar.

Mientras el respetable líder de la cámara de comercio, cuyos negocios principales tenían como materia prima la amapola y otras sustancias químicas, poseía a la exnovia de su hijo, un hombre alto, rubio y de ojos azules, entraba por la puerta principal con un fusil de asalto AK-47, apuntando hacia la recámara.

miércoles, 14 de enero de 2026

Lili

Karla Fernanda García Oropeza


Lili sube lento y con dificultad las escaleras de la vecindad. Llega, entra a la habitación y lo primero que percibe es el olor a humedad. Sus pies descalzos se han acostumbrado al suelo áspero de cemento. Se sienta en el colchón desgastado y, a oscuras, recuerda el último día que pasó con Sergio, su esposo.

Minutos antes de que sonara la alarma los ronquidos de Sergio ya habían despertado a Lili. Salió de la cama, se colocó la bata de seda y bajó a la cocina a preparar el desayuno.

Cuarenta minutos después descendió Sergio. Se sentaron en dos de las seis sillas que rodeaban la mesa de madera exótica del comedor y empezaron a degustar los huevos revueltos con jamón.

—¡Ya está frío! —Dio Sergio un puñetazo en la mesa.

—Disculpa, ahora mismo lo meto al microondas.

—¡No, ya déjalo así! Lo único que tienes que hacer es atenderme y no lo haces bien. No sirves para nada.

Sergio se levantó dejando como única despedida el retumbante sonido de la puerta de la casa al cerrarse.

Mientras él estaba en la oficina, ella hacía el aseo del hogar y preparaba la comida, ya que, a pesar de tener el suficiente dinero para contratar a una sirvienta, Sergio prefería que Lili realizara las tareas domésticas. A las cinco de la tarde estaban nuevamente en el comedor.

—Recuerda que mañana es la reunión en casa de mis padres. Espero que vayas bien vestida. Y ya sabes, tienes que dar buena cara —ordenó Sergio.

—Mejor me quedo aquí —murmuró ella y apretó la servilleta sobre las rodillas sin mirarlo.

—¿Por qué no quieres ir? Solo te dicen la verdad, eres una mediocre. No me has dado hijos. Debería hacerles caso y buscarme otra mujer. Ya ni siquiera eres atractiva.

Esa noche Lili se tardó diez minutos más de los que Sergio le permitía para bañarse. Apenas abrió la puerta, él le golpeó la mejilla.

—¡Estoy harta de ti! —gritó Lili mientras se limpiaba la sangre y varias lágrimas escurrían por su rostro.

—¡Yo estoy más! ¡Quiero que te largues ahora mismo de mi casa! —vociferó mientras le tronaba los dedos.

Ella se vistió con lo primero que encontró y se fue.

Lili se pone de pie, se dirige al interruptor y enciende la luz. Mira a su alrededor la desgastada pintura de las paredes. «Hace cuarenta y dos años que soy libre», dice en voz alta. De seis pasos, cortos e inseguros, regresa a la cama. Se acuesta y viene a ella otro recuerdo.

Doce años después de separarse de Sergio, caminaba por los pasillos del mercado. Observando frutas y verduras apiladas en pirámides. El aroma proveniente de los puestos de comida cercanos le abrió el apetito. Mientras se comía unas quesadillas y disfrutaba el delicioso sabor a maíz de la tortilla, el queso fundido y la carne de puerco bañada en chile, escuchó la voz de un hombre muy animado. Alzó la vista y miró a Sergio abrazando a una mujer no muy agraciada y robusta. A los segundos llegaron corriendo dos niños que ambos llamaron hijos.

Lili salió del lugar y caminando de regreso a la residencia donde trabajaba como sirvienta, al pasar por la puerta de una casa, escuchó la melodía de una ranchera que la transportó años atrás a la noche que festejaban el cumpleaños de la madre de Sergio. Todos bailaban en la pista del elegante salón. Ella, que se la había pasado sentada y sola desde que llegó, miró a su esposo acercarse para tomar el vaso que descansaba sobre la mesa y beber sediento el tequila con refresco.

«Baila conmigo, por favor —le suplicó a Sergio tomándolo de la mano». Él sacudió la muñeca bruscamente, la miró, soltó una risa burlona y se fue. Un joven y apuesto mesero que presenció el acto se acercó a Lili.

—Con todo respeto, señora, si yo fuera ese patán, habría bailado con usted toda la noche. —Le sonrió con ternura.

—Gracias —contestó tímida.

Hasta ahora, con ochenta y dos años, al fin acepta que sí era una mujer muy atractiva. En cambio, Sergio era igual de carácter y físico.

Lili huele el rancio aroma de la ropa de cama. Mira el foco colgante y piensa que ese cuartito ha sido su hogar desde que la despidieron a los sesenta años. Con el pretexto de que ya no servía para el trabajo doméstico. «Si no fuera por la gente buena que me da unas monedas cuando estiro la mano, ¿quién sabe qué hubiera sido de mí?», piensa.

Es la primera vez que Lili siente paz y, mientras cierra sus ojos, una ligera sonrisa se dibuja en su rostro. «Si no hubiera quedado huérfana a los diez años, ¿mi vida habría sido diferente?», se pregunta.

Cuatro días después la señora Yolanda, la dueña de la vecindad, llama a la policía. A ella y a los inquilinos se les hace raro no ver entrar ni salir a Lili de su habitación. Cuando los oficiales forzaron la cerradura, se cubrieron la nariz. La luz seguía encendida y sobre el colchón sucio, con un par de resortes que sobresalían a través de la tela raída y ya casi sin relleno, el cuerpo de la anciana mantenía intacta una ligera sonrisa.

viernes, 2 de enero de 2026

La bicicleta que me enseñó el mundo

Patricio Durán


La tarde estaba cubierta por una luz dorada que caía oblicua sobre el patio solariego. Las hojas del viejo limonero temblaban con una brisa suave, y el petricor anunciaba que la lluvia había pasado hace poco. Mi mamá preparaba la cena y mi hermana jugaba con sus muñecas. Yo limpiaba los zapatos de toda la familia; así ganaba unos centavos que mi papá me pagaba.

Nunca imaginé que esa tarde sería distinta a las demás. Tenía doce años cuando mi padre llegó a casa con la bicicleta rodando.

—Póngase firmes, mijo, que esto no se ve todos los días —dijo emocionado.

Yo parpadeé. No podía creerlo. ¡Era una bicicleta! No cualquier bicicleta. Era de color amarillo con negro. No dramatizo si digo que transformó mi vida; que me abrió puertas, caminos, amores y libertades que no sabía que existían. Era una bicicleta a gogo, con cambios que parecían sacados de una nave espacial y llantas radiales —que le daban mejor tracción y velocidad— y hacían que mi autoestima creciera tanto como mis zapatos de plataforma.

—¿Es para mí? —pregunté, ya sabiendo la respuesta y sintiéndome dueño del mundo.

—¿Para quién más? —respondió papá sin ocultar su orgullo—. Te las has ganado. Por tu esfuerzo... porque quiero que tengas lo que yo no pude tener a tu edad, y que ya no sigas pidiendo prestada la bicicleta a tu primo Juan José. Yo sé que eres un gran ciclista y esta bicicleta te ayudará aún más.

Mi madre no compartía el entusiasmo.

—A ver cuánto te dura la emoción —murmuró—. Y, sobre todo, que no te mates. ¿Estás seguro de que no te vas a matar?

—Si me mato será despacio —prometí, ajustándome un casco imaginario.

No me importó el comentario de mi madre. Ese día sentí que el universo, por primera vez, estaba de mi lado. Toqué el manubrio, un tacto tímido, dulce, similar a acariciar la mano de una muchacha que me gusta. Pasé los dedos por el asiento suave, por los cambios metálicos, por el timbre reluciente. La bicicleta olía a pintura nueva, a futuro, a conquista. En esa época, tener una bicicleta así significaba ascender socialmente dentro del ecosistema adolescente. Era similar a poseer una Harley-Davidson en versión juvenil o un Mercedes Benz para menores de edad.

—A ver, jovencito. Súbase y estrene esta maravilla —dijo mi padre.

—¿Ahorita?

—¡Seguro! ¿Qué esperas? ¿El permiso del presidente?

Monté la engreída bicicleta. Sentí un escalofrío, no de miedo, sino de iniciación, de pasar de niño a algo distinto, algo más grande. Pisé los pedales. La bicicleta rodó suave, obediente, con un sonido de los rayos de las ruedas semejante al de una ruleta de la fortuna. ¡Y vaya que yo era afortunado!

Al salir a la calzada, el sol me dio de lleno, y los vecinos — viejos y jóvenes— quedaron mirando. Los otros chiquillos del vecindario se acercaban con una mezcla de respeto y envidia. Yo era asediado por ellos; todos querían conducirla, una vuelta, un instante montado en aquella criatura de dos ruedas que parecía haber sido fabricada para provocar suspiros.

Y debo admitirlo: yo me sentía importante. No por soberbia, sino por descubrimiento. Aquella bicicleta me hacía sentir diferente, me parecía que el mundo empezara a prestar atención a mi existencia. Era la primera vez que los ojos del barrio me miraban con un brillo distinto.

—¡Miren al rey! —gritó el «gato» Rivadeneira.

—¡Ese ya no camina, vuela! —añadió el «pibe» Cabrera.

—¡Déjame conducirla, loco! —suplicó el «tripero» Mejía.

Yo fingí solemnidad. Solo sonreí, altanero parecido a un emperador recién coronado.

—Caballeros, por favor, uno por uno. Hay protocolos que cumplir.

—¿Protocolos de qué? —preguntó el «largo» Zapata.

—Del reino, pues —dije, señalando mi bicicleta—. Esta belleza es mi corona.

No entendieron, pero asintieron. En esa edad, uno cree en cualquier tontería que diga el amigo que tiene el juguete más nuevo y más caro. Eran los tiempos líricos de los pantalones acampanados, chalecos chillones, cadenas colgantes y zapatos de plataforma que me elevaban en lo físico —aunque no mentalmente— sobre los demás. Mi barrio era un pequeño universo de calles polvorientas y empedradas que narraban historias de infancia, y casas donde la mayoría se conocía. Un rumor tardaba tres minutos en recorrer la cuadra entera.

Dimos vueltas por el barrio. El sol se reflejaba en mis espejos cromados anunciando mi trono. Los adultos, desde las tiendas y los portales, me miraban entre broma y asombro.

—Miren al muchacho, ya está hecho un galán —decía doña Rosario.

—Cuidado se rompa el espinazo —advertía don José.

—Ese niño va embalado directo al amor —profetizó una vecina ociosa.

Yo no entendí aquello, pero quedó flotando en el aire a manera de presagio.

A la mañana siguiente, muy temprano, hice algo que cambiaría mi destino de adolescente: tomé mi bicicleta y me fui solo, sin amigos, sin ruidos, sin espectadores. Pedaleé cuesta abajo, sintiendo el viento fresco en la cara, el corazón se me aceleró con un palpitar de gorrión agonizante. Hice algunas piruetas: solté las manos del manubrio y ambos pies de los pedales y moviéndolos en el aire; luego hice un giro del manillar en forma de «X» en el aire. Me envolví en un frenesí de vueltas giratorias que me emborrachaba el espíritu y me hacía sentir un cóndor de los Andes. Un barrendero madrugador veía mis piruetas con alegre curiosidad. Una beata que acudía a misa de seis, sin reparar en mis destrezas, me sermoneaba por salir a la calle en pijama. Entre mi bicicleta y yo se estableció una confabulación tácita y cordial.

Por primera vez en mi vida, experimenté la sensación más peligrosa que puede sentir un jovencito:

¡Libertad!

La tecnología era apenas una ilusión de futuro. No había celulares, ni Internet, ni mensajes instantáneos. Algunas casas tenían teléfono, otras no. Y si la muchacha que te gustaba no tenía línea telefónica, no existía escapatoria: tocaba ir hasta su casa. En caso de que viviera lejos, o en lo alto de una colina, ya sabías cuál era la solución: montar en bicicleta y emprender la aventura, con la determinación de un héroe griego y el nerviosismo de un colegial enamorado. 

Yo estaba en esa frontera incierta entre ser niño y dejar de serlo. Un territorio confuso donde uno descubre que las niñas de escuela ya no son solo compañeritas, sino criaturas misteriosas que aceleran el corazón con una sola sonrisa. Y entre todas, en mi clase, había una chiquilla que sobresalía cual lucero de la tarde: Priscila. Era menuda, de ojos muy negros; sus trenzas parecían dos serpientes alegres cuando caminaba, y su risa tenía el don de aligerar cualquier tristeza. Yo estaba perdidamente enamorado de ella con la intensidad propia de los doce años, donde todo parece sagrado, insuperable y eterno.

Cada tarde, después de clases, pedaleaba hasta su casa. Mi bicicleta avanzaba por las colinas con la obstinación de un viejo caballo de batalla. Subía y bajaba por las calles empedradas, levantando polvo, sudando, jadeando y fingiendo naturalidad cuando llegaba a su puerta. Y allí esperaba, a veces minutos, a veces eternidades, a que ella saliera con su sonrisa de siempre.

Cuando ella aceptaba acompañarme subida en el anca de la bicicleta, sentía que el universo me otorgaba un milagro. Íbamos hacia el río, ese río que lo había visto todo: juegos, risas, llantos, conspiraciones. Caminábamos por la orilla, entre piedras redondas y pastos húmedos. El murmullo del agua nos acariciaba los tobillos y el trinar de los pájaros parecía diseñar un ambiente perfecto para enamorarse. Éramos dos criaturas torpes intentando comprendernos entre silencios y miradas. Yo, con el corazón latiéndome en la garganta; ella, con esa mezcla de inocencia y picardía que solo las niñas inteligentes poseen.

Mi bicicleta quedaba recostada contra un enorme eucalipto, parecía una guardiana silenciosa. A veces parecía observarnos, juzgarnos o reírse de nuestras torpezas. Era testigo privilegiado de mis primeros temores, primeras valentías y primeros intentos de robar un beso. Y debo admitirlo: a veces lo lograba. A veces no. Pero el intento, la sensación, la vibración del instante… eso valía todo el polvo, todo el sudor, todas las subidas. Hasta que un día, el río cambió su humor. Creo que estaba celoso de nuestra felicidad. Ese día caminábamos por la orilla. El agua estaba tranquila, serena, parecía dormida. Pero de pronto, casi sin aviso, un sonido profundo rompió la tarde. El río bramó cual animal herido, se encrespó, levantándose en olas pequeñas pero furiosas, golpeando las piedras, amenazando con desbordarse. Las lluvias intensas y prolongadas en la parte alta saturaron el suelo y superaron la capacidad del cauce, provocaron el desbordamiento del río.

Priscila dio un grito. Yo me quedé helado. El río rugía, se retorcía, avanzaba más de lo debido.

—¡Corre! —le grité, aunque mi voz se quebró de los nervios.

Tomé la bicicleta casi a empujones. Ella se subió al espaldar, abrazándome por la cintura. Y entonces pedaleé. Pedaleé sin fin, huyendo del río que amenazaba con tragarnos en cualquier momento. La bicicleta chillaba, se sacudía, protestaba con cada piedra. Yo sudaba, temblaba, pero avanzábamos: subimos la colina casi por milagro.

Llegamos finalmente a su casa. Y allí, a modo de una estatua de mal augurio, estaba su padre. Era un hombre grande, de rostro pétreo, cejas que parecían dos garras y manos de herrero. Estaba parado en el portal, inmóvil, y cuando nos vio llegar, miró su reloj como quien marca el final del recreo. Priscila se bajó de la bicicleta con la cabeza gacha. Yo tragué saliva. Él no dijo nada, pero su silencio era peor que un sermón.

—Buenas… buenas tardes, don... —balbuceé.

Él inclinó apenas la cabeza, evaluando si aplastarme o perdonarme. Yo no me quedé a averiguar. Di media vuelta y emprendí la retirada, pedaleando con una velocidad que ni la furia del río había logrado inspirarme.

 

La fama de mi bicicleta llegó hasta el colegio. El profesor de Educación Física, don Alfredo, un hombre de bigote autoritario, decidió organizar una carrera.

—Para fomentar la competitividad sana —dijo, aunque su mirada indicaba que lo que él quería fomentar era que alguien se rompiera un brazo.

Me inscribí sin pensarlo dos veces: ¿cómo iba a negarse el rey de las dos ruedas?

El día del evento, Priscila estaba en la tribuna, y eso elevó mi deseo de ganar por encima de cualquier reprimenda de mi madre. El circuito consistía en rodear la periferia del colegio, pasar por detrás de la Facultad de Agronomía de la Universidad Técnica, evitar la vaca de don Celiano —que siempre se escapaba— y volver.

Al arrancar, pedaleé con todas mis fuerzas. La bicicleta respondía gloriosa, perfecta… hasta que el «gato» Rivadeneira, que corría en una bici sin asiento, me gritó:

—¡Te viene siguiendo la vaca!

No me volteé; no había tiempo. Solo escuchaba los mugidos cada vez más cerca.

—¡Más rápido! —gritó Priscila desde lejos.

Pedaleé con tal desesperación que creo que en un tramo floté. Atravesé la meta jadeando, muerto de miedo y de orgullo.

Don Alfredo anotó mi victoria en una libreta manchada.

—Ganó… por una nariz —dijo.

—¿La mía o la de la vaca? —pregunté.

La bicicleta seguía brillando. Yo no tanto, porque casi me desmayo.

 

A finales de ese año, mi crecimiento adolescente llegó sin pedir permiso. Mi madre, cruelmente sincera, comentó una tarde:

—Hijo, ya estás muy grande para esa bicicleta.

Sus palabras me cayeron como sentencia de destierro.

Intenté negarlo, pero era cierto: mis rodillas ya chocaban con el manubrio, los pedales parecían encogerse y cada paseo implicaba un dolor lumbar que no era propio de un chico de doce años.

Una tarde fui al río —nuestro río— con Priscila.

—Dicen que ya estoy muy grande para la bicicleta —le confesé.

—Para muchas cosas ya estás grande —respondió ella.

—No sé. Tal vez guardarla… o dársela a mi primo.

—¿Y no te da pena?

—Me da… todo.

Ella tocó mi mano con la suavidad de quien arregla un regalo.

—No importa si la guardas —dijo—. Lo que viviste con esa bicicleta ya no se pierde.

Comenzó a oscurecer. El río estaba tranquilo, queriendo compensar sus arranques de furia del pasado.

Cuando llevé a Priscila de regreso a su casa, su padre nos esperaba otra vez en el portal, pero esta vez sin cara de apocalipsis.

—Buenas tardes —dijo con voz neutral.

—Buenas tardes, señor —respondí, sintiéndome menos niño que antes.

Priscila entró. Yo me quedé mirando un instante. Algo en mí había cambiado. Y entonces hice lo único que sabía hacer:

Pedaleé a casa, despacio, dejando que cada giro fuese una despedida suave.

Con el tiempo descubrí que las bicicletas se parecen a los amores tempranos: uno cree que los dirige, pero en realidad son ellos los que lo llevan a uno por donde quieren. Mi bicicleta me condujo hacia mi adolescencia, empujándome a una adultez que yo no sabía que estaba esperando.

Había cumplido quince años, esa edad en la que uno se despierta sintiéndose niño y se acuesta creyéndose filósofo. El barrio ya no era el mismo. Las tardes de trompos y canicas habían sido reemplazadas por conversaciones misteriosas que los muchachos sostenían con las chicas detrás de las tiendas. Las risas se habían vuelto más graves, y los silencios más significativos. Y yo… bueno, yo ya no era el mismo, aunque seguía montado en mi bicicleta, creyendo que la velocidad podía resolverlo todo… bueno casi todo. Tuve que subir el sillín de la bicicleta hasta una altura adecuada a mi nueva estatura.

Un sábado en la tarde, mientras pedaleaba sin rumbo, sentí una extraña sensación: no era el viento en la cara ni el ardor en las piernas; era algo que venía de adentro, como si mi corazón hubiera decidido aprender un ritmo nuevo. Me bajé de la bicicleta y por primera vez la miré.

—Vieja amiga —le dije en voz baja—, creo que estamos cambiando.

Ese mismo día me encontré con Matilde, una compañera de curso, ya no la niña que me lanzaba piedras de papel desde la ventana, sino una muchacha que empezaba a caminar con una seguridad que me dejaba sin aire. Llevaba un cuaderno bajo el brazo y un gesto de curiosidad en los ojos.

—¿Sigues con tu bicicleta? —preguntó.

—Claro —respondí como quien presume un tesoro—. Es mi compañera de aventuras.

—Pues deberías tratarla mejor —dijo, señalando con gracia el manubrio torcido—. Así también tratan los hombres a las mujeres: no se dan cuenta de que existimos hasta que algo les falta.

No supe qué contestar. Algo en su frase me golpeó más fuerte que las caídas en el pavimento. Por primera vez entendí que el mundo no era solo pedalear y suspirar por las chicas; había cambios en marcha, silenciosos, inevitables. Pedaleé con ella a mi lado —caminando, ella no quiso subirse— y hablamos de la vida, de los planes, de ese futuro que parecía tan lejano. Yo respondía nervioso, sintiendo que, sin saber cómo, una puerta se había abierto. No una puerta del barrio, sino una puerta interna, la que uno no recuerda haber construido.

Esa noche, mientras guardaba mi bicicleta en la bodega, lo acepté: la infancia había quedado atrás. Ya no pedaleaba para impresionar a nadie ni para escapar de las tareas, pedaleaba porque avanzar era lo único que sabía hacer. Y quizá, pensé, así empieza la adultez: cuando uno descubre que no se trata de llegar, sino de seguir moviéndose.

Acaricié el asiento de la bicicleta y susurré:

—Vamos. Lo que viene debe ser bueno… o por lo menos interesante.

Con el tiempo, la bicicleta se fue despintando. Los cambios se volvieron mañosos, el pito dejó de sonar, y los espejos se aflojaron. Yo también fui cambiando. Vinieron otros amores, otras calles, otros paisajes. Pero esta bicicleta quedó sellada en mí, como quedan sellados los primeros besos, los primeros miedos y los primeros atrevimientos.

La primera bicicleta deja una marca profunda en el cuerpo y el alma de un muchacho. Porque es más que un objeto: es libertad, descubrimiento, torpeza, valentía. Y lo mismo pasa con el primer amor: uno nunca lo olvida, aunque cambien los años, las modas y las ciudades.

Cuando cierro los ojos, aún puedo sentir el manubrio caliente, el viento golpeándome la cara, el sudor impúber del cuerpo de Priscila, la tibieza de su aliento y sus manos aferradas a mi cintura mientras huyo —sudoroso y feliz— del río, del padre y de la vida misma, pedaleando hacia una adolescencia que ya no volverá, pero que todavía vibra en cada recuerdo.