viernes, 14 de noviembre de 2025

Centro de recuperación

Patricio Durán


Mi vuelo de Los Ángeles a Quito llevaba más de veinticuatro horas detenido en El Salvador. El aire acondicionado del hotel en San Salvador no lograba quitarme de encima el bochorno pegajoso de Centroamérica. Por culpa de un volcán con un nombre impronunciable: el Chaparrastique, todos los vuelos estaban cancelados. Me hallaba varado. La aerolínea cubrió hospedaje y comidas.

El vuelo me dejó exhausto. Sentía el rumor del avión en los oídos y el cuerpo entumecido por las horas de espera. Apenas llegué a la habitación, caí sobre la cama y cerré los ojos. Dormí como no lo hacía desde hacía años: sin sueños, sin pensamientos, solo el silencio que envolvía el recuerdo de Marcela.

Temprano sonó el teléfono. Era la recepcionista que me apresuraba para no perder el vuelo. Llegué justo a tiempo al Aeropuerto San Óscar Arnulfo Romero y Galdámez. En Los Ángeles se quedaba parte de mi vida: Marcela. A veces me pregunto cómo empezó todo, y siempre regreso a esa tarde en Santa Mónica, con su figura orlada por la luz de la puesta del sol. Quizás fue su cabello rubio, que en mi memoria conserva la tibieza de esa luz, o sus ojos azules. En ellos dejé algo mío.

Había en su mirada una calma que me desarmaba, su silencio invitaba a quedarse. No sé si fue amor, o simplemente la nostalgia anticipada de saber que algún día la perdería. Pero desde entonces, cada vez la memoria me tiende una trampa; su rostro vuelve primero, como una ola que no se resigna a morir en la orilla.

En mi ciudad me esperaba una relación inconclusa con Rocío, y un séquito de acreedores. Mi compulsión por los préstamos me esperaba en casa. Ya no era solo el capital; eran los intereses de mora, los gastos judiciales. Un monstruo que crecía sin control.

Aterrizamos en Quito en la madrugada del 31 de diciembre. Los pasajeros, a pesar del ambiente festivo, avanzábamos en silencio con nuestras maletas. A la salida del aeropuerto me esperaba un hombre vestido con uniforme de conductor.  Me observaba fijamente. Se acercó y preguntó:

—¿El licenciado Leonardo?

—¿Sí?

—Soy empleado de su hermano, el doctor Eusebio. He venido a ayudarle con su equipaje y trasladarlo hasta su casa.

—¡Bien! ¡Vámonos!

El viaje fue cansado. Llegamos a casa de Eusebio. El reloj marcaba las tres y diez de la madrugada. Conversé con Eusebio hasta bien entrada la mañana. Nos retiramos a descansar. No pude dormir. Me fui a mi apartamento. Antes de salir, Eusebio me invitó a la cena de noche vieja. No tenía intenciones de asistir. No quise ver a nadie, ni familiares ni amistades. Decidí emborracharme. Compré una botella de vodka y otra de jugo de naranja, la combinación perfecta. Me comuniqué con Marcela, bastante preocupada por falta de noticias.

—Hola, Marcela. Tuve un vuelo bastante agitado. Debí pernoctar en San Salvador por la erupción de un volcán.

—Te noto extraño, Leonardo. ¿Qué pasa? Por eso no quería que regresaras a tu pueblo.

—No pasa nada. Solo necesito descansar un poco.

Las mujeres tienen ese sexto sentido que detectan al paso que algo no marcha bien. Luego de calmar sus dudas y temores me despedí.

Al día siguiente Eusebio estuvo a primera hora en mi apartamento:

—Leonardo, ¿Por qué no fuiste a la cena familiar? —preguntó.

—Estuve cansado —contesté.

—Lo que has hecho es emborracharte. Ya vas a empezar con tus pendejadas ni bien llegado. Lo mejor es que te internes en el centro de recuperación de mi amigo Carlos Alberto, hasta que te pase la ansiedad.

—No estoy ansioso, estoy cansado, además he vuelto a tomar a los cuatro años…

—Esa es una excusa barata, adicto una vez, adicto siempre. Dios te va a castigar por todo esto —sentenció Eusebio.

—No sé —dije. Pero luego me acordé de la horda de acreedores que me esperaban, y esta era una forma de escapar temporalmente de ellos.

—Es una gran oportunidad para que superes tus defectos de carácter que dices tener. El centro no es solo para adicciones al alcohol y drogas, sino para los defectos de carácter. 

—¿Y cuánto cuesta el tratamiento en el centro de Carlos Alberto? La verdad es que yo no tengo dinero para esto. Entiendo que es caro.

—No te preocupes. Yo sé cómo me arreglo con él. Lo importante es que te internes. Ya vas a ver, esa clínica es una hostería con psicólogos. Te van a tratar bien y te vas a recuperar.

«¿A recuperar? ¿De qué me voy a recuperar?», pensé. Lo que estoy es estresado, un tanto deprimido. Quizás sí me faltan unos días en recuperación. Así que acepté internarme.

—¡Está bien! —dije rendido.

—¡Bacán! —exclamó Eusebio. —Ya le llamo este rato a Carlos Alberto para que te espere. Ahora están en la playa, en Tonsupa, para que veas el nivel que tiene este centro. Vas a pasar chévere.

El centro se encontraba en Tumbaco, pero los internos estaban «meditando» en las playas de Tonsupa, ubicada en la ruta costera del Océano Pacífico, allí se observa las más bellas puestas de sol.

Preparé maletas y partí en autobús a Esmeraldas. Le dije a Marcela que me iba de retiro espiritual por unos días, sin saber que esos días se convertirían en meses. Llegué al terminal de Ingahurco. Me pareció más pequeño que nunca, luego de haber transitado por los terminales de California.

Me aletargaba por instantes, las preocupaciones evitaban que conciliara el sueño. «¿Cómo será este centro de recuperación?», pensaba, mientras una sombra de inquietud se extendía en mi pecho. Eusebio insistía en que era el mejor del país. Yo quería creerle, pero mis lecturas sobre historias oscuras: gritos detrás de puertas cerradas, rostros vencidos por el miedo, suicidios, me hacían dudar. Este lugar —decían— era distinto, exclusivo, caro. Tal vez por eso me sacudía más, porque el sufrimiento, cuando se disfraza de prestigio, puede ser aún más cruel.

No tenía claro si realmente funcionaba este tipo de rehabilitación en que el adicto debe estar interno. Había escuchado de opciones en las que no se permanecía dentro del centro durante todo el proceso. Lo que sí estaba claro es que la persona adicta no puede recuperarse por sí sola, para hacerlo debe, primeramente, aceptar su problema con el alcohol y la asistencia de profesionales especializados en el tema que le ayuden en su tratamiento. Yo no me consideraba adicto en el sentido de ser esclavo de alguna sustancia, sino más bien asumía algunos defectos de carácter: falta de compromiso, irritabilidad, egocentrismo e irresponsabilidad.

El autobús llegó al terminal de Esmeraldas. Tomé otro a Tonsupa. Unos muchachitos me ayudaron a conseguir el transporte correcto. Les di un dólar de propina, acostumbrado a darla por todo, como lo hacen en Norteamérica. Los muchachos saltaron de alegría.

En el autobús, la mayoría de los pasajeros eran negros, afroecuatorianos, mejor dicho.

—Voy a Tonsupa —le dije a una chica morena que, coqueta, se sentó a mi lado.

—Todavía falta. Yo le aviso cuando tenga que bajarse —dijo—, este autobús va por Atacames, Súa, Tonchigue, Muisne…

—Quiero conocer Muisne —le interrumpí.

—Pues ahora es su oportunidad, yo vivo en Muisne y le puedo ayudar a conseguir hospedaje. Me llamo Roberta.

—Leonardo —respondí.

Conocía Muisne, pero era una manera de entablar conversación con ella. Tenía una silueta estilizada, tipo Whitney Houston. De ojos grandes, almendrados y expresivos; las cejas bien definidas, la nariz recta y los labios carnosos. El cabello rizado, color azabache, grueso, con mucho volumen que le daba una belleza exótica. La muchacha me indicó que ya pronto estaríamos en Tonsupa y preguntó si me iba a quedar o a seguir hasta Muisne. Decidí bajarme. Dora apuntó su número de teléfono en un papel.

«Me llamas», dijo y me dio un beso rápido en los labios, como el picotazo de un pájaro.

El reloj marcaba las siete de la noche. Tomé un transporte un tanto extraño: una motocicleta adaptada con una pequeña carrocería, lo que le permitía transportar varios pasajeros con su equipaje. Todavía tenía el sabor dulzón de Dora en mis labios y su olor a almizcle en la ropa. Miré el papel con su número telefónico en mi mano. Otra complicación. No necesitaba una más. Lo arrugué y dejé caer al costado del camino.

Llegué al hotel Iberia, lugar en donde se hospedaba el grupo del centro de recuperación. Llamé por varias ocasiones, pero nadie acudía. El conductor de la motocicleta me advirtió:

—Aquí hay que tener mucho cuidado porque enseguida lo asaltan a uno. Voy a esperar hasta que le abran la puerta.

—Muchas gracias, eres muy amable.

El tiempo se había detenido, transformando cada minuto en una eternidad, hasta que, de repente, una cabeza se asomó por una ventanilla

—¿Sí?

—Busco al doctor Carlos Alberto, ¿se hospeda aquí?

—No sé, déjeme preguntar.

Al rato volvió, abrió la puerta:

—Pase, ya lo atienden.

El lugar era modesto, con piscina vacía y pocas comodidades. Allí apareció Carlos Alberto, sonriente:

—Tú debes ser Leonardo, hermano de Eusebio.

—Así es. Ya debes estar al tanto de mi situación…

—Qué bueno que viniste, Leonardo. Aquí vas a encontrar recuperación y fortaleza espiritual.

—Yo vengo por un mes —aclaré.

—No pienses en el tiempo. Relájate y confía en el proceso.

—Está bien, pero no tengo dinero para pagar este tratamiento…

—No te preocupes por nada. Yo me arreglo con tu hermano. Más que un amigo, Eusebio es mi hermano.

—Muy bien. Voy a la tienda a comprar algo y regreso.

—Lo siento, no se permite salir, ya estás aquí y debes acatar las reglas y disposiciones del centro. Debemos revisar tu equipaje, todo lo que traes. No puedes cargar efectivo, ni teléfono. Poco a poco te irás familiarizando con la comunidad.

Todavía no me convencí de haber hecho lo correcto al internarme. En fin. Ya estaba dentro. Relax y a disfrutar del paseo, tal como había sugerido Carlos Alberto. Además, la cena estaba servida. Conocí al grupo de internos, todas caras nuevas, ningún conocido. Cenamos y subimos a las habitaciones. La habitación compartía con dos «personas de apoyo» —Stalin y Bryan— que trabajaban para el centro. Revisaron mi equipaje. Me retiraron el teléfono, una foto con Marcela en el muelle de Santa Mónica, el poco dinero que cargaba, la tijera de uñas, la loción para después de afeitar, el enjuague bucal. Al indagar sobre la razón por la que no podía tener la loción y el enjuague bucal respondieron que contenían alcohol y que los podía beber. Los he llevado todo el tiempo y no los había bebido. No permitieron ninguno de los libros que tenía, aduciendo que debo dedicar todo el tiempo al programa de rehabilitación.

De regreso en Quito, en el valle de Tumbaco —considerado un lugar para personas con alto poder adquisitivo— se encontraba el centro de recuperación. Parecía una hostería de lujo como lo dijo mi hermano. Su entorno era natural, con un ambiente familiar y rústico, con huerto, piscina y caballos. El contacto con la naturaleza ayudaba en el proceso de recuperación de los internos. A simple vista, un lugar de descanso. No tardé en descubrir la otra cara. La primera señal fue el control absoluto de cada minuto. Luego vinieron las humillantes duchas heladas, los castigos retorcidos, las amenazas. «Si no obedecen tienen tres opciones: el hospital, la cárcel o el cementerio», dijo un terapista con rostro siniestro. Tenía una cicatriz en la frente, producto de una pelea con un interno.

Hablé con Carlos Alberto. Repetí que ingresé voluntariamente y mi intención era permanecer un mes. Su cambio fue notorio. Ya no era la persona amable y comprensiva que había conocido en Tonsupa.

—¿Qué te pasa? —me dijo enojado—, aquí te vas a quedar por lo menos un año, así que ya puedes quitarte esa idea de la cabeza.

—Cuando yo conversé con Eusebio le dije que vendría por un mes, y me respondió que está bien.

—Eso te lo dijo para que no pongas resistencia, pero aquí las cosas son diferentes —dicho esto, Carlos Alberto se alejó.

Me quedé pasmado. Un año encerrado, sin mis libros, sin escribir, sin Marcela.

Pedro era uno de los internos que más problemas tenía por su falta de humildad, falta de compromiso, exacerbado egocentrismo, manía por andar siempre metido en líos. Cuando Pedro se divorció de su mujer —mejor dicho, ella se divorció de él—, se puso a beber todos los días. Terminó en el centro de recuperación donde las terapias eran violentas.

En una ocasión en la que Pedro había peleado con uno de los terapistas, sentaron a Pedro en una silla de plástico desportillada —la «silla eléctrica»—, en el centro exacto del salón de terapia. Nosotros, los demás internos, recibimos la orden de formar un círculo cerrado a su alrededor. Podía oler el sudor nervioso de los que me rodeaban y ver la sonrisa anticipada de Stalin y Bryan, los «apoyos», que dirigían la sesión.

«Pedro», comenzó Stalin, con una calma teatral, «sigues creyendo que eres mejor que nosotros. Sigues atascado en tu soberbia».

Pedro mantenía la vista fija en el suelo. «Yo no...».

«¡Cállate!», gritó un interno flaco desde el otro lado del círculo. «¡Egocéntrico de mierda! ¡Por eso tu mujer te botó, por inútil!».

Fue el primer mordisco. El resto de la jauría le siguió.

«¡Borracho!», gritó otro.

«¡Mírenlo, está temblando!», soltó alguien a mi izquierda, y una risa áspera le acompañó.

Yo me quedé en silencio. Las acusaciones se convirtieron en un bombardeo de insultos: «¡Fracasado!», «¡Basura!», «¡Ni para tus hijos sirves!».

Pedro se encogió sobre sí mismo, protegiéndose la cabeza con los brazos: «Por favor... ya...»...

Bryan se acercó hasta que su rostro quedó a centímetros del de Pedro. «¿Por favor qué?», le susurró, lo suficientemente alto para que todos oyéramos. «¡Aquí tus súplicas de niño bonito no valen nada, cabrón!».

Vi cómo Pedro apretaba los párpados. Sus hombros comenzaron a sacudirse. El primer sollozo fue seco, ahogado por la vergüenza. El círculo se apretó más, las risas se mezclaron con los gritos.

«¡Llora!», le ordenó Stalin. «¡Llora, maricón! ¡Saca toda la basura que tienes dentro!».

Y Pedro cayó al suelo. El llanto se volvió un lamento animal que emergía del fondo de ese bulto encogido en el que se había convertido.

Pasé seis meses recluido en el centro. Gracias a una situación familiar que requería de mi presencia, logré salir antes del año al que me habían sentenciado. Salir no fue el final, sino el comienzo de la verdadera batalla. El primer paso fue una llamada a Rocío, una conversación honesta y dolorosa que llevaba años pendiente:

—Rocío, soy yo —dije, sintiendo la voz áspera y quebradiza. Al otro lado de la línea, su silencio era una losa que podía sentir sobre el pecho—. Necesito que seamos sinceros, por una vez. Todo este tiempo, mi vida ha sido un desastre... y tú mereces algo mejor que esto, algo mejor que yo.

Hubo una larga pausa, solo rota por el suave chasquido que hizo al suspirar.

—Sé que has estado en el centro, Leonardo. Me llamó tu hermana. ¿Estás bien? ¿Qué quieres decir con esto? —Su voz era cautelosa, llena de la paciencia agotada que me había ofrecido durante años.

—Quiero decir que... se acabó. —Cerré los ojos, el nudo en la garganta apretándome el aire—. He tocado fondo tantas veces que ya no me quedan fuerzas para fingir que voy a ser el hombre que necesitas. Quiero que seas libre, que rehagas tu vida sin la carga de esperar por mí o de disculpar mis fallos. Estoy roto, Rocío, y el camino para arreglarme es solo mío. Ya no puedo arrastrarte. Lo siento.

—¿Y qué pasa si yo no quiero ser libre? ¿Si lo que quiero es ayudarte? —Su tono se elevó ligeramente, dejando entrever la frustración—. Siempre es lo mismo contigo, Leonardo. Tú decides. ¿Y yo? ¿Mis años, mi vida, la tiras a la basura con una llamada y un lo siento?

—No te estoy tirando, Rocío. Te estoy soltando. —Una lágrima caliente se deslizó por mi mejilla—. Si realmente me importas, si de verdad te quiero, tengo que dejarte ir para que seas feliz. Yo no puedo dártelo ahora. No puedo. Encuentra a alguien que sepa quererte bien, sin dudas, sin este caos. Yo no soy ese. No soy justo contigo.

El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Finalmente, ella dijo con voz firme:

—Mejor di la verdad alguna vez, Leonardo. Sé lo de Marcela. Estoy cansada de tus mentiras. Ojalá arregles tu vida. Adiós.

Permanecí con el auricular en la oreja un buen rato. Con la mano temblándome tanto que tuve que apoyarme en la pared. Rocío facilitó las cosas. Sabía que era lo correcto, pero sentí como si me arrancara una parte vital.

En cuanto a mis acreedores, acepté un pago fijo al mes durante los próximos cinco años. Esa cifra me permitía pagar capital e interés, que me obligaba a trabajar todo el tiempo: fregando platos, cargando cajas, barriendo suelos. Sentí por primera vez el verdadero costo de cada centavo ganado: el dolor en la espalda al final de una jornada de catorce horas, el olor a sudor rancio en la ropa, la humillación tragada para evitar un despido. El dinero ya no era algo que caía o se esfumaba; era la prueba tangible, metálica y pesada de mi penitencia. Me quedé con lo justo para alquilar una habitación barata y empezar de cero.

El plan era simple, brutal y despojado de toda dignidad. La deuda sumaba casi veinte mil dólares a tres bancos distintos. Lo primero fue vender. Vendí la vieja motocicleta que Rocío y yo habíamos usado, la cambié por un puñado de billetes. El reloj de mi padre, mi única herencia real, fue a parar en una casa de empeño. Incluso el televisor que tanto me gustaba lo puse en venta. Sumando todo, apenas reuní cuatro mil dólares.

Llamé a cada uno de los acreedores con la voz más firme que pude fingir:

—He pasado enfermo y ahora estoy trabajando para honrar mis deudas. No puedo pagar el total, pero puedo pagar una porción, una mensualidad fija y pequeña. —Les rogué, negocié, prometí. Me ofrecieron una reestructuración de deuda a la que accedí desesperado.

A los pocos días recibí una llamada de Marcela:

—Leonardo, ya no puedo esperarte más. He conocido a alguien. Quiero rehacer mi vida. Tú has lo mismo. No me llames ni me escribas. ¡Adiós!

La línea se cortó con un zumbido hueco, dejando mi oído sordo. No hubo gritos ni súplicas; solo un punto final, seco y definitivo, puesto a miles de kilómetros. Por un instante, el dolor de la pérdida fue tan físico que me hizo doblar la espalda. Caí de rodillas en el piso de linóleo de mi miserable habitación alquilada.

Reí. No de alegría, sino del absurdo del castigo. Primero Rocío, luego la cárcel de la sobriedad, y ahora Marcela. La vida no pedía un cambio; exigía una erradicación de todo lo que fui.

Levanté la vista hacia el techo manchado, sintiendo un vacío que ni el vodka más puro podría llenar. Me di cuenta de algo crucial: Marcela no me dejó; yo ya la había perdido mucho antes, en cada mentira, en cada recaída, en cada préstamo que antepuse a nuestra felicidad.

Me puse de pie. El reloj marcaba las 5:00 a. m. Dentro de una hora, la alarma sonaría para ir a mi nuevo trabajo, cargando cajas en la bodega de un supermercado. El dolor de Rocío y Marcela, el miedo a los acreedores, la humillación del centro: todo eso se condensó. No era la estocada final; era la energía cruda que necesitaba.

No tenía nada que perder, y por primera vez en años, esa ausencia total de ancla se sintió como libertad. La prueba tangible, pesada y triste de mi penitencia por mi vida disoluta se había transformado en el único motor que quedaba: el trabajo. Salí de la habitación, sin esperar la alarma, con los nudillos blancos y el corazón duro similar a una piedra.

Crucé la calle cuando el sol parecía una promesa fría tras las montañas. En la bodega del supermercado, el aire olía a cartón húmedo y desinfectante barato. La primera caja de tomates, grande y pesada, me hizo crujir los huesos. Un peso muerto, innegable, y la levanté con toda la rabia contenida. Cada palada de sudor, cada músculo que protestaba, un pago. El pasado se había esfumado en una llamada; el futuro: cinco años de deuda. La familia y amigos brillaban por su ausencia. Allí estaba el licenciado, el hombre que soñó bajo el sol de Santa Mónica, ahora, un anónimo cargador, reconstruyéndose centavo a centavo, bajo la luz fluorescente de aquel almacén, por haber saboreado el manjar de la impunidad por mucho tiempo.

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