martes, 25 de mayo de 2021

Acertijo

Ricardo Sebastián Jurado Faggioni


Soy Susana tengo veintiún años, algunos chicos universitarios me persiguen porque piensan que puedo ser su chica ideal. A veces encuentro cartas anónimas en el casillero declarando lo que sienten hacia mí. Si hubiesen sido valientes, posiblemente terminaríamos saliendo. En el verano sentí atracción por Hugo. Era capitán del equipo de baloncesto, moreno, alto y atlético.  La relación fluyó sin ningún tipo de trabas. Además, teníamos clases en común, esto nos permitía pasar tiempo juntos.

Después de un entrenamiento de básquet, lo esperé hasta el final para que pudiera acompañarme a casa, sabía que él andaba en bus, pero no importa, de hecho, el dinero era lo de menos. Quería estar con alguien que tenga metas personales y sepa qué hacer con su vida. El trayecto fue largo. Al llegar nos despedimos.

—Sabían que Susana está saliendo con un moreno —comentó su hermano.

—Te hemos criado para que no estés con gente inferior —dijo la madre.

—No estoy con nadie, es un chico de mi universidad y vivimos cerca —respondió Susana.

—¡No andarás con él! —exclamó Elena.

Al finalizar la cena se imaginó que su hermano menor la habría espiado a través de la venta cuando llegó a casa. La comida esa noche estaba amarga, nadie tiene derecho a decidir quién es superior o inferior. Debajo de la piel somos iguales. No pude dormir tranquila. Al despertarme, fui directo a la universidad, sentía frustración porque no aprendimos nada de la Segunda Guerra Mundial. Evitaba estar cerca de Hugo, pero él no comprendía. Odiaba tener problemas con la familia, estaba atrapada, confundida y sin saber qué hacer.

A mitad del año llegó un chico nuevo al instituto, su nombre era Fabián. Atlético, rubio y de ojos verdes. Su pasión era el fútbol. Relacionarse con los compañeros del aula no le costaría puesto que con sus dones de los pies sorprendería a las personas. No obstante, su rendimiento académico estaba en el promedio, en cambio Hugo sobresalía. El periodo transcurría y nos hicimos amigos.

Nuestra primera salida fue a un parque de diversiones, pero no estaba disfrutando ya que mi corazón le pertenecía a alguien. Ocultar el desinterés que sentía en aquel sitio era imposible, fui evidente.

—¿Qué te sucede? —dijo Fabián.

—Me he portado mal con un amigo, tengo una familia racista —comentó Susana.

—La época de los Nazis y del Ku klux klan acabó —respondió Fabián.

—Es que son los orígenes, mi bisabuelo estuvo en la Alemania Nazi —dijo Susana.

—¡Que difícil tú situación! —exclamó Fabián.

—¡Sí a veces siento que estoy entre la espada y la pared! —comentó Susana.

—¿Has pensado en conversar con él? —reflexionó Fabián.

Después de aquella pregunta, Susana se quedó pensativa y quiso regresar a casa, él la llevó en su Audi. En el carro sonaba una música suave lo que ocasionó que ella se quedara dormida. Fabián le tocó el hombro despacio para despertarla, para luego dejarla en su casa. Mi alarma sonó a la seis de la mañana, me levanté temprano para ir a estudiar, sentía una alegría que no podía controlar, no había pensado en algo tan simple como conversar, tal vez si fuera feliz con él podrían dejar a un lado los prejuicios equivocados.

En el tiempo libre decidí buscar a Hugo, encontrarlo en la universidad sería sencillo porque si no estaba en las canchas de básquet, lo podía hallar en el gimnasio levantando pesas. De hecho, lo vi en un banco sentado trabajando con unas mancuernas pesadas. Fue caballeroso con su trato, se secó con una toalla su sudor para saludarme.

—¿Piensas cambiar tu estilo de vida, por uno más saludable? —dijo Hugo.

—¡No estoy aquí por ese motivo, vengo por otra razón! —comentó Susana.

—¿Por lo que me has estado evitando? —dijo Hugo.

—No imaginé que fueras directo, pero sí, deseo tener una relación contigo, sin embargo, mi familia es complicada —respondió Susana.

—Comprendo, ¿estarías dispuesta a romper las leyes para estar conmigo? —preguntó Hugo.

—A veces el amor se trata de asumir riesgos y estoy decidida a tomarlos —respondió Susana.

—¿Nos podríamos ver hoy en la noche? —dijo Hugo.

—¡Sí, ven a mi casa! —respondió Susana.

La luna estaba menguante, pero no soy supersticiosa especialmente esa noche algo cambió en mis padres. El timbre sonó y supe que era él, vino puntual. Las personas cuando llegan a casa se quedan sorprendidas por la decoración, no fue la excepción. Nos sentamos a la sala a ver una película que estaba aburrida. Mamá se puso a preparar la cena, olía como nunca, pero quedé asombrada con la vestimenta de papá porque casi nunca utiliza su Rolex, sin embargo, aquella ocasión lo cargaba puesto.

Mi hermano comenzó a decir que admiraba a Hitler, pensé que fue una mala idea invitarlo a cenar. Pude sentir su incomodidad, sin que nos vieran le sostuve su mano para tranquilizarlo. Al terminar la comida se levantó, se despidió, lo acompañé hasta la salida. Una vez que se marchó estuve enojada con ellos porque no impidieron que mi hermano menor parara de hacer comentarios fuera del lugar.

Al día siguiente me acuerdo que estaba caminando por los pasillos para dirigirme hacia los casilleros y sacar un libro para la siguiente materia. Al abrirlo, una carta se rueda al piso. La cogí para ver qué decía el sobre:

Tú eres mi amada, aunque todavía no lo sabes, vas a ser mía.

Anónimo

De todas las cartas que he recibido, esta en particular me produjo escalofríos porque nadie puede poseerte, incluso estando casados, puedo tener privacidad. Tenía varios problemas así que decidí ignorarlo. En la tarde mamá actuaba extraña, no quería conversar conmigo. Asumí que se resintió por el comportamiento del otro día. Sentía que mi vida se iba hacia un precipicio, como si una ola furiosa trataba de llevarme hasta las profundidades del mar.

Eso solo fue el principio del fin de estar en este mundo. Esperé que todos vayan a dormir, a hurtadillas decidí ir a la puerta de los adultos porque a veces se quedan conversando. Lo que escuché fue terrible, estaban planificando secuestrar a Hugo para que no se acerque más a su hija.  Estuve paralizada, saber que serían capaces de hacer un acto como aquello

Volví a alejarme de Hugo porque no sabía cómo explicarle aquel evento terrorífico, tal vez no tendría una segunda oportunidad. Es mejor que así sea, abrí el casillero como de costumbre y encontré otro sobre que fue más amenazante que el primero.

Pronto serás la mujer que vivirá conmigo, hasta que la muerte nos separe, aléjate de tu novio. Anónimo.

Era un cobarde por no poner su firma, pensaba en qué momento venía mamá a dejarme estas cartas o si trabajaba con alguien para que realice esta tarea. Al terminar las clases estaba dispuesta a enfrentarla, porque acosar, amenazar, pasaba el límite. Vino una tarde con el auto para irnos al centro comercial. Trataba de hablarle, pero no prestaba atención por estar conversando en su celular. Logré observar en su chat que esta noche sería el secuestro.

Traté de enfrentarla, sin embargo, estuve paralizada porque también tenía miedo de que me hiciera daño. Además, no pude abrir las puertas del carro debido al seguro, comprendí que esta salida simplemente sería una distracción. Regresamos tarde al hogar, mi imaginación tenía los peores escenarios sobre el secuestro de Hugo. Cuando voy a dormir un hombre misterioso aparece en la habitación donde estaba.

Utiliza una toalla para drogarme, al despertar estoy en un carro, con los ojos semiabiertos observo la figura de un hombre parecida a la de papá. Posteriormente se estaciona, repite la acción, tal vez morí ahorcada o apuñalada, e incluso pueden ser ambas. Mi espíritu se levanta de la roca áspera y dura. Conseguí identificar que era mi papá mientras se marchaba.

Comprendí que el secuestro no era hacia Hugo, sino hacia su hija por haber roto las leyes de la familia. Aunque ahora sé la verdad, haré una última visita. Después del asesinato él se volvió alcohólico, asumo por la culpa que tiene. Entonces una tarde lluviosa entré a su aposento, toqué su hombro, al voltearse se asustó. Nunca más volvió a dormir tranquilo.

lunes, 17 de mayo de 2021

Ojos color caramelo

Rosario Sánchez Infantas


—Analice qué puede aprender de lo sucedido y deje ir el pasado —dice el terapeuta. 

Imagino finalizar mi relación y el dolor me lacera. ¿Cómo puede ser tan cruel alguien preparado para ayudar? ¿De qué manera sacar de mi vida a quien me da tanta felicidad? Algo se puede hacer o puede ocurrir. Amar es un milagro. ¿Y voy a matar lo que amo? Quizás deba buscar a otro psicólogo que me ayude. 

*****

«El silbido de alerta quedó vibrando en el espacio. Sobrecogió a quienes lo escucharon en un kilómetro a la redonda. Todos sabían lo que significaba. El ambiente estaba crispado de tensión; la muerte recorría esos callejones. Niños y animales domésticos parecían comprender la urgencia de la situación y silenciosos habían permanecido el día entero dentro de las casas. En sus incipientes lóbulos frontales había un germen de confianza en el adulto como un protector. 

La luz de la tarde estaba cambiando, se acercaba el ocaso. El barrio aledaño al poblado andino se veía como una alfombra de cultivos rodeados de árboles y unidos por unos pocos callejones, con cercos de adobe a cada lado que delimitaban los sembríos. Cada uno de ellos tenía una rumorosa acequia, y casitas rurales de trecho en trecho. Esta solía ser la hora en la que el aire traía el humo aromático del eucalipto desde los fogones en los que se preparaba la merienda; en los árboles alborotaban las avecillas disponiéndose a descansar; recorrían las callejas apacibles vacas, ovejas, asnos y caballos de regreso a la vivienda campestre luego de pastar durante el día. Hoy lucían vacías y silenciosas, así como las parcelas y el camino que llevaba al centro del pueblo. El cielo cargado de nubes negras anunciaba tormenta. 

Ninguno de nosotros sabía qué era una encefalitis, pero todos comprendíamos que el mal de rabia era sinónimo de muerte en nuestro pueblo ubicado a diez horas de la ciudad más cercana, cabalgando a buen ritmo. Conocíamos a quienes habían muerto con esta enfermedad y a los dueños de animales domésticos mordidos y que antes de morir contagiaban a otros animales o humanos. 

A inicios del siglo XX el Perú penosamente se recuperaba de la larga guerra e invasión chilenas. Mi padrastro, mis hermanos menores y yo sobrevivíamos en la pobreza gracias a mi madre. Ella atendía la casa e iba a poblados cercanos a comprar alimentos que revendería en el mercado los días de feria; pero ni siquiera así se libraba de las palizas que su marido alcohólico le propinaba. Ver a mi madre tan atareada hizo de mí un niño que ayudaba en todo lo que podía. Con diecisiete años, fui arrancado de mi valle andino y llevado amarrado con otros jóvenes pobres a servir a la patria en la capital peruana. No poder ayudar a mi madre me desgarró el alma. Heredero del pensamiento mágico religioso, confié en que el espíritu de los abuelos y el Dios cristiano la protegieran. Ya en Lima los levados avergonzados, desconcertados, despreciados por la urbe cambiamos nuestros harapos por el uniforme del ejército peruano. 

Entonces fui un soldado fascinado de tanta novedad. Disfrutaba hacer los mandados más diversos, porque anhelaba aprender. Las humillaciones y abusos de mis superiores no me dejaban huella porque me repetía el principio quechua de realidad: "chaymin chai" ("lo que es, es"). De regreso en el pueblo, fui de los afortunados que conocía el mar, el camino de la costa hasta la sierra, los tranvías, primeros auxilios, bailar un valse o una marinera, disfrutar música argentina, mexicana y europea; pero sobre todo era el único que podía usar un arma de fuego. 

Mi gusto por aprender, una buena mujer, el trabajo esforzado, ser un ciudadano responsable y solidario, y unas obras clásicas de literatura heredadas de un sacerdote amigo, con el paso de los años hicieron de mi un patriarca en la comarca. Esa condición es la que me empuja hoy a ponerle fin a esta amenaza social. 

Un perro en el campo es un hijo más, responsable del cuidado de su familia y sus escasas pertenencias. No sabemos cuándo se pudo haber contagiado. Muchas veces se ha enfrentado a otros perros, aquí o en los viajes a poblados aledaños que solemos hacer. Un martes, mi mujer y yo, fuimos a la otra banda del río grande, a acompañar a mi cuñada que acababa de enviudar. Mis hijos, al regresar de la escuela, notaron decaído a Ursus, vomitó varias veces, no comió, y les gruñó cuando quisieron darle aceite, pensando que lo habían envenenado. Al día siguiente el perro se mandó mudar de casa.  

Tras cuatro días de ausencia, en la madrugada regresábamos al pueblo. Eusebio, un muchacho vecino, nos dio el alcance. El día anterior iba por agua a la acequia cuando reconoció a Ursus que se aproximaba. Al verlo el perro erizado corrió hacia él; de pronto se detuvo, lanzó un gemido ronco, cayó y convulsionó mientras Eusebio se tiró tapia arriba. Venía en nuestra búsqueda. Se alertaba en los alrededores: mi perro tenía rabia e iba recorriendo los caminos de los barrios rurales cercanos al poblado. Estaba nervioso, agitado, rígido y gruñía a enemigos imaginarios. 

Algunos hombres lo buscaban atravesando los sembríos para evitar los caminos y poder alertar de su ubicación. Varios vecinos lo habían visto caminar sin cesar, mojado en sudor y con las facciones de su rostro deformadas por contracturas. Unos niños lo divisaron detenido un instante en un cruce de caminos, su parada era inestable, hacia el esfuerzo por ladrar, pero estaba afónico. 

¡Había que hacerlo! En mi habitación, mientras saco la vieja escopeta y las balas, pienso: "Cuando llegaste parecías un cachorro de oso. Una bolita de lana color chocolate y una colita que no dejaba de bailar. ¡Ay hijito! Siendo carnívoro, aprendiste a comer afrecho de cereales, con el agua en la que se lavaban los platos; compartiste agradecido nuestra pobreza. Amistades, amores y parientes van y vienen; fidelidad sagrada, la del perro del pobre". Las lágrimas ruedan por mi rostro mientras me pongo las botas de regar. "El más responsable en partir a la toma de agua en las madrugadas. Un mes luchaste por tu vida después que unos abigeos te apalearan por defender nuestra vaca y su ternero". 

Me vienen a avisar que va por el camino que baja a la estación del tren. Corro aproximadamente un kilómetro en esa dirección siguiendo los silbidos que dan quienes lo ven pasar. Lo distingo a cuatrocientos metros, camino abajo. Una mujer y su niña subidas en un árbol de níspero me llaman a gritos. En un descuido la niña salió de su morada, era llevada de regreso cuando escucharon un silbido de alerta. Desde las ramas vieron pasar a Ursus por el callejón aledaño. Les ayudo a volver a su casa y pierdo de vista a mi perro. Siento un silbido por el lado del barranco. Se aleja del poblado, pero se dirige a otro barrio rural. Debo avanzar por entre las chacras, saltar los cercos rematados de espinas. Voy siguiendo los pitazos de alerta; algunos provienen de los silbatos de la policía. Ya debe haber llegado apoyo desde la ciudad próxima. A veces me aproximo a ellos, a veces me alejo. Siento ladrar lastimeramente a un cachorro en la vivienda de Jacinta, la sordomuda que vive sola con su pequeño de seis años. Me sobresalto. ¿Alguien le habrá avisado del peligro? Toco muy fuerte, me abre el pequeño, cierro la puerta y le explico con señas. Sí, lo sabía, pero les hace falta agua. Sin dejar la escopeta le traigo un balde desde la acequia. Retomo mi accidentada y errática marcha. Tras cuatro horas, ya no se oye señal de alerta alguna. Cae la noche, me recojo, totalmente agotado.  

En mi hogar todos están silenciosos. De seguro recuerdan momentos vividos con nuestro fornido muchacho. Mis lágrimas más amargas caen cuando miro a mi pequeña hija. Recuerdo que un amanecer acompañaba a mi esposa a vender panes en un poblado vecino, cuando dos ladrones les salieron al paso. Nuestro perro se abalanzó contra ellos y los hizo huir, aunque recibió muchas pedradas. Ursus defendiendo a Ligia en las arenas; hizo honor a su nombre. 

De madrugada, dos vecinos vienen a avisarme que ha resbalado por el barranco y está en la estrecha orilla del río. Voy bajando con mucha dificultad. Entonces lo veo. Trata de subir por la pendiente, pero se da golpes contra piedras y troncos, quizás está ciego o no coordina sus movimientos. Tiene el hocico lleno de espuma. Cae, su cabeza queda muy cerca del agua, trata de beber, pero lanza un gemido ronco y con un espasmo aleja la cabeza del agua. 

Estoy a tres metros arriba de él, mueve su cabeza hacia mí. Muchas veces me había visto emplear la escopeta; sus ojos se fijan en ella. Apretando las mandíbulas me digo: "Es por el bien de la comunidad. No tienes cura. ¡Perdóname hijo!". Le apunto. Mi pulso es firme pese a mis emociones desbocadas. Levanta la vista dejando de vigilar el arma y se encuentran mis ojos llorosos y los suyos color caramelo. Expresan miedo por la muerte inminente. Sin embargo, creo ver en ellos que me dice: "Tranquilo, voy a estar bien, vamos a estar bien", el fogonazo interrumpe la comunicación, la bala quiebra su cráneo, exhala un débil quejido». 

—Esta historia la escribió mi abuelo —dice el psicólogo, alejando los papeles que acaba de leer—. Usted no tiene que hacer nada en particular, pues algo ya ha empezado a cambiar. Ese proceso habrá de seguir, esté despierta o dormida. ¿Le parece si me lo comenta el próximo viernes a la misma hora? 

*****

No necesité otro psicólogo. Miles de años de evolución de la especie humana no me enseñaron a aceptar la realidad adversa; lo hicieron esos ojos color caramelo.

martes, 11 de mayo de 2021

Taxi

Rosita Herrera


Las sombras de la ciudad comenzaban a insinuarse, una brisa helada acariciaba los caldeados y extenuados cuerpos de los habitantes del gran Santiago. Todo indicaba que era hora de comenzar la jornada. Tomó las llaves del Chevrolet Sail, año 2017. Arregló su cabello en el espejo de la entrada dejándolo casualmente desordenado. Echó un vistazo a su departamento y salió sin dejar que sus pensamientos lo hicieran perder más tiempo del necesario. Mientras se dirigía al estacionamiento de la calle Teatinos el olor a comida rápida estimuló su apetito y sacando algún sencillo que guardaba de la carrera anterior, compró un hot-dog al que embadurnó de salsa picante y mostaza y se lo engulló en menos de dos minutos. Observó al vendedor, encontró atractivo su torso y la determinación de su rostro, pero al topar con su mirada, de inmediato la escabulló y apresuró su ida. Subió al auto y, como era su costumbre, se persignó y pidió que todo resultara bien. Le dio contacto al vehículo y salió lentamente por la ruta ascendente que lo encaminaría al tráfico habitual de cada ocaso citadino. La play list del equipo de sonido tocaba la secuencia de jazz predilecta concertada por compositores de todos los tiempos y estilos cuya cadencia y precisión en cada una de sus frases le inyectaban fortaleza y animosidad, a la vez que lo insertaban en la oscuridad ancestral de la urbe, la que invita a encender la amígdala y sintonizar la intuición de tal manera que las furias de la noche no entorpezcan una eficiente jornada. Al salir del estacionamiento un hombre cercano a los cuarenta años cruzó… le recordó a… ¡Diablos! ¡Qué desagradable sensación! Ya no era aquel tipo de mente estrecha y actitudes cobardes, al menos se había empeñado en no serlo desde aquel día… y ahora, era otra persona, odiaba todo lo relacionado con su pasado, volver a nacer era poco, desaparecer y convertirse en nada, eso sí lo calmaba.

Lucas, lucas, lucas, solo eso necesito para virarme de este país y… helo ahí, mi primer cliente. ―Dando un certero giro para cambiar rápido de carril sin ocasionar grandes sobresaltos ni atraer a los que por oficio cuidan el orden en la ciudad, se situó frente al mismo.

―Buenas noches, voy a Padre Hurtado con Apoquindo, por favor. ―Luego de señalar su destino suspiró profundo y descansó su cabeza en la ventana, se notaba el agotamiento y la incomodidad de llevar un violín como equipaje de mano.

―Linda noche, ¿no cree? ―La mira por el espejo retrovisor y rápidamente dirige su atención al camino.

―Sí, creo que sí, no he tenido mucho tiempo de apreciarla, en verdad. ―Busca su mirada en el espejo y luego la dirige hacia la ventana.

―Perdone que me meta, pero ¿es usted concertista o algo por el estilo? Digo, por como viste y porque eso que lleva debe ser un violín, ¿no es así?

―No se preocupe, no me molesta, me agrada hablar de lo que hago. En efecto, es un violín y he dado un concierto con la sinfónica.

―¡Qué maravilla! La felicidad que debe experimentar al tocarlo es una fortaleza que pocos poseen.

―Es verdad, aunque a veces preferiría ser taxista como usted o ingeniera o futbolista, algo más rentable.

―Comprendo, se tiende a pensar que las vidas ajenas son mejores, aun así, yo apuesto por la música y le reitero mis felicitaciones.

―¡Gracias! Eso me llena el espíritu, por aquí me bajo, ¿cuánto le debo?

―Cinco mil. ―Se detiene y amablemente le recibe el dinero.

Recordaba cuando a sus trece años quedó seleccionado en la escuela de talentos musicales de su ciudad y no tenía el instrumento ni a quien recurrir para comprarlo, sacudió su cabeza y siguió su rumbo con la firme convicción de no perder el norte y el objetivo de aquella noche de trabajo, quizá ella tenía razón, en tiempos como estos más valía ser taxista que un gran saxofonista sin trabajo…, pero sabía que eso no era cierto.

La última vez que había ido a un concierto de jazz había sido con Esteban, hacía mucho ya de eso, ¿cinco años? Y no pudo resistir las ganas de besarlo, él no sabía que era… pero es que esa noche se lo iba a decir, sin embargo, lo estropeó todo y recibió una humillante respuesta al cambiar rápidamente sus labios por una fría mejilla, en fin, nada qué hacer, solo aceptar. Recordó, y comenzó a odiarse de nuevo, cómo le producía escozor cuando se topaba con Iván en el colegio, este lo buscaba tanto y no entendía por qué, era tan aseñorado para hablar, y su forma de mirarlo, de introducirse en su mente y señalar lo que estaba pensando. ¡Caramba! Si era un brujo o bruja que adivinaba su estado de ánimo, su nivel de tolerancia, homofobia temporal o auto discriminación, en fin, captaba toda la mierda que en mí convulsionaba cada cierto tiempo.

En verdad, era el único que me entendía y sabía lo que yo no quería saber, así y todo… ¡Bah!

De nuevo la misma vaina, vaya, no quiero perder el foco.

¿Quién está ahí? Es un tipo… sí, de esos que pareciera que vinieron a este mundo con el kilometraje contado, bien digo, andan siempre apurados y chuteando al que no le da el paso, bueno, al menos eso me favorece, nadie los llevará más rápido a su destino.

―Buenas noches, a Providencia con Los Leones, por favor. ―Al quedar sentado, comienza a enviar audios dando directrices sobre algunos archivos.

No se anima a conversar con él, le recuerda a su papá, siempre distante y metido en sus asuntos, ignorándolo, desde aquella vez cuando descubrió a su niño de nueve años vestido con pañuelos de fina seda y empotrado en los tacones rojos de la madre. El padre puso cara de quien acaba de morder un ajo, se retiró de la habitación con sigilo y nunca más le dirigió la palabra al hijo.

―Su destino, señor ―lo dice mirando por la ventanilla que da a la vereda.

―Toma y quédate con el cambio. ―Le pasa un gran billete y sin mirarlo da la vuelta y se va.

Eso tienen estos hijos del capitalismo, son unos pelotudos, pero cuando les sirves no escatiman en pagarte el buen servicio.

En fin, la vida sigue, con capitalismo o sin él, aunque sin él estaríamos mucho mejor, menos suicidios, menos estrés, más tiempo libre, niños felices, padres sin deudas, hmm, ¿en qué momento nos metieron en esta celda con los muros pintados de libertad?

Qué hermosa está la noche, llega el otoño y con él una infinidad de conflictos existenciales que afrontar… Otro cliente, ¡bendito seas!

―Buenas noches, joven, voy hasta Salvador, por favor.

―¡Cómo no!

Era una anciana de más o menos setenta y cinco años. La última vez que vio a su madre, antes de morir, debió haber tenido aquella edad, pero al contrario de la pasajera que se veía muy activa, pasaba el ochenta y cinco por ciento del día postrada en cama frente a un televisor que cumplía la misión de fundir su cerebro. Cuando nos empezamos a hacer adictos a dicho aparato es porque no queremos nada más de la vida, y nos entregamos a la pérdida del raciocinio que nos cobra en microdosis.

Miraba de reojo a la mujer y le cautivaba la dulce expresión de su rostro. Pocos ancianos lo logran, pero aquella irradiaba la tranquilidad y el beneplácito de los justos.

―Se viene el tiempo frío, hay que emigrar a tierras cálidas, mis huesos se resienten demasiado.

―Oh sí, qué más quisiera yo, perseguir al sol y sus beneficios por el mundo entero. Lamentablemente pertenezco a ese porcentaje de gente que no tiene elección.

―Oh, por supuesto, no quise ser insensible, yo tengo la posibilidad de hacerlo cada año, es más, paso cada estación en diferentes lugares del mundo. Soy escritora de ciencia ficción y, bueno, mis libros han gustado muchísimo, pero no fue siempre así, trabajé muy duro, por lo que ahora me jacto del éxito. ―Asoma un pícaro gesto de satisfacción.

―Hemos llegado a su destino, mademoiselle. ―Detiene el motor y le regala una gran sonrisa.

―¡Quédese con el cambio, cariño! ¡Qué tenga una buena noche! Y persiga al sol… siempre.

¡Vaya! ¡Sí que le ha ido bien con sus libros! ¡Qué gran billete! Creo que iré a dormir, ya no hay más qué hacer, bueno, bueno… a casa entonces, querubín.

La noche había quedado en silencio, Street Dreams 4 del gran Lyle Mays sonaba suavemente, creando una atmósfera de absoluta plenitud. El automóvil se deslizaba cadencioso por el asfalto. Vislumbra el estacionamiento de calle Teatinos y ve cruzar y luego bajar a una sombra, de seguro es el cuidador que ha salido a comprar cigarros.

―¡Hey, Robert! El vicio te está consumiendo, ¿eh, amigo? Ah, ¿y qué?, ¿no me das bola ahora? Bueno, bueno, ya me estarás pidiendo favores, solo es cuestión de tiempo. ―Lanza una carcajada sin prestar atención más que a los pormenores que conlleva el estacionamiento, cierre y salida del auto.

Qué callado está, quizá necesite una oreja, no tengo ganas de escuchar a nadie, pero al menos le preguntaré si precisa algo… después de todo me ha salvado de varias…

Al ver que se acerca, se detiene. Algo en él le parece raro, quizá su paso cansino, la capucha… o las manos en los bolsillos.

―¡Diablos! ¡Quién es usted! Será mejor que se vaya, el cuidador ya debe estar llamando a los carabineros, además, las cámaras de seguridad están por todos lados…

―¡Tranquilo! Te he estado aguardando desde que saliste, he tomado todas las precauciones necesarias para vengarme a mis anchas. ―Saca un revólver de su bolsillo y le apunta directo a la cabeza.

―¿Se puede saber quién eres? ¿Qué quieres? ―balbucea y su tono de voz ya es más bajo y pausado.

―¡Hey, sí! Parece que ya me estás reconociendo, de hecho, lo hiciste hace unas horas, cuando me crucé en la salida, vi la expresión de tu rostro, ese fastidio y repugnancia que me regalabas día a día en el último grado de la secundaria y… eso no bastaba, ¿verdad? Faltaba el broche de oro del último día del colegio en que me permití ser el punching ball de un grupo de pelotudos mafiosos que intentaban purgar su mierda en aquellos que les muestran su propia imagen. Aquel día nunca lo voy a olvidar, fue uno de esos en que sabes que no debes levantarte, sin embargo, lo haces y vas igual, como si importara realmente tu presencia en algún lugar del planeta. ―Se había acercado al punto de estar sintiéndole el aliento, aunque su rostro continuaba en la oscuridad.

A medida que la tensión se acrecentaba y la violencia se hacía patente, era incapaz de escucharlo, surgían como endiabladas un cúmulo de imágenes protagonizadas por un individuo execrable, atormentado e incapaz de generar paz y bondad a su alrededor y, claro, seguido por otros de la misma especie pateando, orinando y vulnerando hasta lo más íntimo al que tenía al frente, ahora, a punto de despedirme de un solo balazo. No podía quitar de mi mente a Al Pacino en Carlito’s way o, su traducción latina, Atrapado por su pasado, en ella se nos reafirma que puedes ser malo y luego arrepentirte y volver al carril, vivir en la oscuridad e inconsciencia y después encontrar tu propósito de vida, no obstante, no queda ni una torpeza sin pagar, el daño que le hicimos a otros se debe expiar, es parte de la gran estrategia universal que nos enseña a ser humanos. Salgo de mí, no opongo resistencia. La bala que ha emergido con un ronco estallido silenciado ha atravesado mi pecho. La sangre pegajosa y caliente borbotea y siento que todo me da vueltas. Iván se escabulle nuevamente por las sombras, dejándome tirado en el cemento frío, fue una buena noche, llena de sueños y gente hermosa que ayudó a sustentarlos ¡Oye! ¡Pucha, perdóname! ¡Viejo, tarde me di cuenta!... ya no importa nada, yo era como tú y me odiaba, pero tú eras mejor que yo. De todos modos, me quería ir hacía rato, pero qué mal que manchaste tu vida de sangre, la vida te lo cobrará, amigo, y eso me dice, entonces… que no eras mejor que yo, solo era cuestión de tiempo.

viernes, 30 de abril de 2021

Ciudadela tres ochenta y tres

Omar Castilla Romero


Era una mañana lúgubre como cualquiera, aunque no para Gina que por fin podría abordar una nave hacia la colonia espacial Ceres. En sus ojos claros de diferente tonalidad, miel el izquierdo y verde aceituna el derecho, se vislumbraba un brillo de venganza, mientras tomaba una bebida caliente vestida con una blusa de lana azul celeste. La acompañaban cinco individuos sentados en viejos muebles adosados a las paredes del cuartel general de la liga de sobrevivientes.

—Mañana debo abordar el transbordador —dijo Gina.

—Será un gran día, pero ¿no te causa miedo? —preguntó Javier uno de los experimentados pilotos del grupo.

—Cualquier miedo es superado por el deseo de saber que ocurrió.

—Y de paso averiguar por Jacob.

—Por supuesto, no lo voy a negar. Sin embargo, no es el único motivo. Si es cierto lo que se dice, mucha gente está sufriendo. En definitiva, debemos deponer al canciller Orver.

—Bueno, repasemos el plan. Nuestras naves tienen la autonomía suficiente para llegar al cinturón de asteroides. Después que salga el transbordador, iremos detrás y esperaremos ocultos a que envíes una señal.

—Me asalta la duda de si este transmisor es lo suficiente discreto para evitar ser detectado —comentó mientras palpaba el pendiente plateado de su oreja izquierda.

—Es difícil diferenciar su señal del ruido estático, aunque no imposible. Debes actuar con sigilo, pues tienen espías por doquier.

—Lo sé, por eso he entrenado un año entero.

—Bueno, ya debes partir para estar mañana en la plataforma de lanzamiento.

Eran sobrevivientes del cambio climático. Contrario a lo que se creía, el efecto invernadero fue transitorio y llevó al derretimiento de los polos, elevando el nivel del mar y sumergiendo a las ciudades costeras. Millones de personas se desplazaron a tierras altas, esto generó disturbios en los que murieron decenas de millones de personas, marcando el principio del fin de las naciones contemporáneas. Desmantelados los gobiernos, imperó la ley del más fuerte y fue imposible garantizar la seguridad de los cultivadores desencadenándose hambrunas y nuevas epidemias que cobraron la vida de cientos de millones. Los sobrevivientes presenciaron una disminución en la temperatura global debido al freno que sufrieron las corrientes tropicales por el agua derretida de los polos, que llevó a la extinción de la mayoría de las especies que les servían de sustento. Con este coctel de desastres solo podía esperarse el fin de la civilización humana, sin embargo, un hecho visto en su momento como lamentable significó su salvación.

Se trató de la pandemia vivida en el año veinte. De vez en cuando Gina recordaba la angustia de esperar en un pasillo de hospital la mejoría de sus padres. Ninguno de los dos sobrevivió, por suerte quedó bajo la tutela de su tía, una científica que la preparó para la dura vida que habría de afrontar. Sin embargo, no fue la pandemia en sí misma, sino el efecto que generó en la psique de Horace Duche, un excéntrico millonario quien sufría de hipocondría por lo que vivió aislado en un bunker durante años. Creía que cualquier día aparecería otra enfermedad mucho más letal arrasando a la humanidad de manera inevitable y por este motivo ideó el proyecto Colonia Ceres. Ya en este tiempo había planes similares para Marte y la Luna por parte de varias naciones, pero Duche quería edificar una estación independiente en el espacio exterior. A través de maniobras legales se hizo dueño de Ceres, el asteroide más grande del sistema solar, esto generó burlas en la opinión pública, sin embargo, cuando descubrieron que movilizaba recursos al espacio, entendieron que iba en serio. Aunque quisieron detenerlo, no hubo manera. Empezó la construcción de su colonia unos años antes del proyecto marciano. En cuarenta y ocho meses terminó el módulo principal que gravitaba alrededor de Ceres con capacidad para albergar diez mil personas. Para este momento los gobiernos habían sido despedazados por la anarquía y la colonia marciana quedó inconclusa. Duche estaba satisfecho con su estación tal como era, pero Orver, su subalterno, tenía otros planes.

 

Al siguiente día Gina se encontraba en el lugar de despegue. El ingreso a la nave fue caótico, todos querían entrar al tiempo por miedo a quedarse sin lugar. Era un crisol de hedores asfixiantes, amenizado por el llanto de niños desesperados y el ruido de hombres enfrascados en riñas por algún equipaje perdido. Luego del despegue la situación no fue mejor, las personas dormían recostadas en pasillos y debían hacer fila para comer y utilizar los baños. El trasbordador generaba un estrepito tal, que daba la impresión de partirse en dos. La comida era desagradable y de poco valor nutricional por lo que adicionaban suplementos vitamínicos para evitar el escorbuto, ese mismo que apareció durante los primeros viajes a América. Llegada la doceava semana pudieron divisar a lo lejos la colosal estructura de metal y fibra de vidrio ultra resistente llamada Colonia Ceres, dividida en dos mil ciudadelas rectangulares alineadas. El recibimiento fue caluroso. El mismo canciller, un hombre de baja estatura, mirada inquisidora y rostro enjuto, los esperaba para pronunciar un discurso luego de lo cual se marchó.

—¿Ese es el canciller Orver?, no se ve tan intimidante —dijo Gina a una mujer joven de cabello castaño parada al lado suyo.

—Todavía no lo conoces, no imaginas de lo que es capaz.

—¿Qué quieres decir con eso?

La mujer le lanzó una mirada desconfiada, pero luego de unos segundos extendió su mano y dijo: 

—Mucho gusto, soy Mónica, ¿de dónde vienes?

—Mi nombre es Gina y soy de Sudamérica. ¿A qué ciudadela te asignaron?

—A la tres ochenta y tres.

—Qué casualidad a mí también.

Luego de la ceremonia de bienvenida los tripulantes fueron ubicados en la misma ciudadela, algo atípico, pues por regla general los nuevos eran ubicados de acuerdo con la disponibilidad de espacio que dejaban quienes fallecían o eran condenados. Gina se preguntaba cómo era posible que hubiera cupo para cinco mil personas en el mismo lugar y si eso tenía que ver con la desaparición de su esposo. Era una ciudad de mediano tamaño, con barrios y zonas comerciales, especializada en proveer energía eléctrica al resto de la colonia. A esta distancia los rayos del sol eran opacos, aun así, generaban un bronceado más intenso que el visto en los videos de bañistas antes del declive de la civilización. Al día siguiente desayunó papas fritas y salchichas de cerdo fabricadas en los laboratorios de la ciudadela veinticuatro como bien decía en el empaque. Se dirigió al centro de reuniones donde iniciaría su entrenamiento laboral, allí coincidió de nuevo con Mónica.

—¿No te llama la atención que todos los recién llegados vayamos a habitar la misma ciudadela?

—Sí, de seguro reubicaron a sus habitantes antes de nuestra llegada.

—Es posible, pero sea como sea, esto nunca había sucedido.

Al terminar el entrenamiento, Mónica y Gina fueron a conocer la ciudad. La arquitectura de sus calles emulaba a las otrora opulentas urbes terrestres. Restaurantes elegantes, parques colmados de árboles y aves con una algarabía tal, que dificultaba escuchar la conversación de los demás. Gina no dejaba de pensar en lo que pudo haber pasado. Orver era capaz de cualquier cosa. Había sido la mano derecha de Duche y diseñó los planes de expansión de la colonia. Como un hecho oportuno para él, su mentor falleció, heredándole el poder y a partir de allí nada pudo detener la expansión de la colonia que llegaría a albergar cien millones de almas. Cómo lo hizo, fue lo más sorprendente. Cambió los cupos para vivir en ella por tecnología, metales valiosos y mano de obra. Esto implicó el sufrimiento de millones de personas que fallecieron en las minas-asteroides de donde provenían los elementos necesarios para la expansión de la colonia. Orver era conocido por sus métodos represivos y tenía un régimen de trabajos forzados tan cruel que nadie salía con vida.

De regreso organizó la casa a su gusto. Colocó afiches de sus bandas favoritas, cambió el color de las paredes e instaló un ambientador olor a canela que le recordaba a su madre. Se estaba aplicando un humectante para la resequedad en los labios cuando escuchó un extraño ruido en la habitación contigua. Se dirigió hacia ella y al entrar la luz se apagó sin motivo. Gina sintió una corriente fría recorriéndole el cuerpo, pero de inmediato se dominó y con un comando de voz encendió la luz. Esa noche se durmió más tarde de lo habitual y en la madrugada la despertó una sensación como si la observaran, miró el reloj y eran las tres de la madrugada, no pudo dormir más, por lo que decidió levantarse a hacer ejercicio. Los siguientes días continuó notando cosas extrañas a su alrededor.

—¿Por qué tienes tan mal semblante? —le preguntó Mónica una semana después.

—Es que no puedo dormir, me están ocurriendo cosas extrañas.

—¿Qué tipo de cosas?

—Ruidos, voces.

—¿Sera el cambio de ambiente que te ha trastornado?

—En las noches despierto a la misma hora y escucho una voz que dice busca a Ernesto Vargs. No tengo idea de quien sea.

—Ernesto Vargs, es mi tío —dijo Mónica con expresión de sorpresa—. Gracias a él pude venir acá.

—Vaya casualidad, ¿puedes llevarme con él?

—Por supuesto, vivo en su casa.

Fueron hasta donde vivía y esperaron su llegada. Se desempeñaba como médico, lo que le permitió obtener un cupo en la colonia. Había sido asignado a la ciudadela varios años atrás. Una vez llegó Ernesto, Mónica le presentó a Gina y le contó por qué lo buscaba. Él respondió que no iba a hablar acerca de ese tema, pero entonces la miró a los ojos y añadió —por Dios, está bien, espera un momento—. Fue hasta una mesa cercana, escribió algo en un papel y se lo entregó a Gina nos vemos en el parque de la sexta esquina, frente al anfiteatro, en treinta minutos decía. A la hora acordada ella esperaba en una banca, cuando un hombre vestido con gabán y sombrero le hizo seña para que se acercara. Ella avanzó a paso lento y temeroso.

—Tranquila, soy yo, él sabía que vendrías.

—¿Él quién? —preguntó Gina.

—Jacob, él me lo dijo.

—¿Lo conoció?

—Fue uno de los sobrevivientes atendidos durante el incidente.

—O sea que está vivo.

—No lo sé a ciencia cierta, porque al tiempo se lo llevaron.

—Pero ¿qué pasó ese día?

—Ellos se rebelaron. Rebeldes siempre ha habido en la colonia, pero eran casos aislados que el aparato de represión controlaba de forma eficiente; sin embargo, desde la llegada de Jacob, el movimiento tomó fuerza y ni siquiera la violencia fue suficiente para mantenerlos a raya. En estas calles se produjo una pequeña guerra civil, cinco mil inconformes contra cincuenta mil hombres del canciller armados hasta los dientes. Luego Jacob y los suyos se encerraron en el anfiteatro, hackeando el sistema por lo que los hombres del canciller no tenían manera de ingresar. Hubieran podido rendirlos de hambre, pero Orver quería enviar un mensaje contundente. Si bien no podía abrir las puertas, aún controlaba el aire de los ductos. No le tembló el pulso para bloquear la llegada de oxígeno al anfiteatro, con esto veremos si no van a abrir las puertas se le oyó decir. A los tres minutos se abrieron y en el suelo yacían unas dos mil personas sin vida con una coloración azulada en sus rostros. Luego me llamaron para que atendiera a los sobrevivientes.

—Por eso la gente calla, no es solo que haya doscientos mil matones a sus órdenes, tiene además el control del aire que respiran, del agua que beben, de la comida.

—Sí, aunque debo decir que revisé algunos cuerpos y tenían en su boca restos de pastillas de cianuro. Por algún motivo prefirieron suicidarse, antes que ser capturados por el canciller.

—Que triste que vinieran acá buscando un mejor futuro y les pasara esto.

—Yo viví cosas terribles como la pandemia, el colapso del mundo y las hambrunas, luego vine aquí creyendo que sería diferente, pero es lo mismo y solo podemos intentar sobrevivir.

—Es muy existencialista su visión, pero creo que se puede hacer algo y lo haremos.

—Ojalá, pero mira la colonia que a pesar de tener los recursos para el buen vivir, no los utiliza y la gente se mantiene en un estado de permanente delirio en el que el día menos pensado, cualquiera puede recibir una condena a trabajo forzado en las minas. En todo caso el motivo por el que me reúno contigo es para entregarte algo —sacó un pendiente y lo puso en su mano.

Ella lo guardó y por último preguntó: —¿Por qué dudó en entregármelo?

—Soy un sobreviviente y quiero pasar mis últimos años tranquilo, pero vi tus ojos de diferente tono, heterocromía se llama, y recordé una niña que perdió a sus padres durante la pandemia. Duró varios días en el pasillo del hospital llorando, sin nadie que la cuidara. Cuando quise ayudarla, había desaparecido. Siempre me carcomió el remordimiento. Y ahora estás aquí necesitando mi ayuda, ¿cómo me iba a negar?

Ella puso su mano en el hombro de Ernesto y se marchó. Cuando llegó a su apartamento, se sentó en un sillón, tomó el pendiente entre sus manos y lo miró detenidamente, cayendo en cuenta que era igual al de su oreja izquierda. Se lo colocó y de inmediato el holograma de Jacob apareció frente a ella.

—Hola bebé, te estaba esperando. Este lugar, en apariencia perfecto, oculta cosas terribles para sus habitantes. Descubrimos que la energía producida en la ciudadela no es tan limpia como dicen. El sesenta por ciento de esta, es generada por un reactor nuclear que funciona oculto bajo el suelo y las medidas de contención tan precarias, producen gran cantidad de radiación, por eso la tercera parte de la gente muere de cáncer a temprana edad. Este es el verdadero motivo por el que Duche no quiso expandir la colonia, pues la tecnología no permitía producir la energía solar necesaria para una estructura tan colosal. Por eso al descubrir el secreto nos levantamos en huelga y en menos de veinticuatro horas fuimos declarados rebeldes. Nos pareció una solución absurda, teniendo en cuenta que los avances actuales permiten remplazar la energía nuclear por solar. Entonces te preguntarás por qué no lo han hecho. La respuesta es que necesitan gente inconforme para declararla en rebeldía.

Los ojos de Gina se inundaron de lágrimas bajando a caudales por sus mejillas.

—Verás —prosiguió el holograma de Isaac—, la colonia puede producir abundantes recursos, a excepción de los minerales que deben ser extraídos de los asteroides. Este es un trabajo arduo y de gran riesgo, por lo que nadie quiere hacerlo. Durante los primeros años no hubo problemas en conseguir mineros, pues eran los mismos colonos que construían las ciudadelas, pero una vez terminadas, cada vez fue más difícil encontrar voluntarios, así que el canciller decidió utilizar a los delincuentes condenados, sin embargo, en condiciones tan duras, fallecían a una velocidad mayor de la que llegaban nuevos reos, por eso diseñó este perverso sistema donde se crea inconformidad para incentivar actos de rebeldía. En los próximos días yo seguiré el mismo destino, muchos de mis compañeros prefirieron el suicidio antes que esto, pero yo tenía una misión. Me despido, te he guiado hasta aquí por medio de un programa de inteligencia artificial que te permitirá tomar el control de la colonia. Espero que donde nosotros fracasamos tú triunfes. Recuerda, siempre te amaré.

Gina se lanzó queriendo abrazar el holograma. —Espera —gritó, pero había desaparecido. Luego de Meditar concluyó que era el momento de deponer a Orver, tocó el pendiente izquierdo y se comunicó con sus compañeros.

—Hola Gina, ¿cómo te encuentras?

—No se imaginan lo que ha pasado, necesito que se aproximen a la colonia, les daré las coordenadas de las cuatro ciudadelas donde están los cuarteles del ejército del canciller. ¿Recuerdan el PEM?

—Sí, aquí lo tengo.

—Vamos a utilizarlo, ya la colonia debió interceptar esta comunicación.

Unos minutos después el apartamento era rodeado por las fuerzas de seguridad y el canciller en persona estaba allí.

—Vaya señorita Gina, ni siquiera lleva una semana en la colonia y ya es causa de problemas. Le tenemos un tiquete directo a un asteroide cercano.

—De esa forma mantiene su régimen del terror, pero dígame, ¿cuánto tiempo más cree que durará?

—¿Por qué lo pregunta?, ¿por las naves que vienen en camino? —Gina lo miró con sorpresa—, ¿acaso cree que no las he detectado?, no piense que diez naves destartaladas van a poder con mi flota. —De inmediato se vio en el cielo el despliegue de las naves coloniales y los cañones listos para disparar.

Se inició una batalla desigual en la que la liga de sobrevivientes llevaba las de perder. A continuación, Javier el experimentado piloto, lanzó un pulso electromagnético inactivando los sistemas eléctricos de la colonia, tenían sesenta segundos para destruir el ejercito adversario. La estrategia consistió en que cuatro de las naves ubicadas frente a las ciudadelas enemigas, lanzaron de forma manual misiles que las pulverizaron. Las seis naves restantes, eliminaron la flota adversaria como si de un juego de Gálaga se tratara. Al reiniciarse los sistemas quedaban treinta naves coloniales que se batieron fieles a su líder, sin embargo, cuando se vieron reducidas a una decena, se rindieron.

—Pero ¿¡cómo es posible!?

—Pues, déjeme explicarle, Jacob era mi esposo y aunque falló, se aseguró de que no cometiera sus errores. Ya no habrá más terror.

—Hice lo que debía hacer para mantener el orden. Que la colonia sea viable tiene un costo y alguien lo debe pagar.

—¿Así justifica tanta muerte y dolor? —Gina suspiró al pensar que pronto podría saber si Jacob estaba vivo—. ¿Sabe usted que lo voy a detener cierto?

—Oh no, créame que no lo hará –sacó su pistola de plasma del cinto y un fulgor anaranjado iluminó el ambiente acompañado del sonido sordo de un disparo.

viernes, 23 de abril de 2021

La aventura de Rafael

Laura Sobrera


En el tiempo del antes solo existía la señora Unidad rodeada de ella misma con un profundo caos y oscuridad en su interior.

En determinado momento decidió darle un poco de claridad a su íntimo mundo. Se desdobló a sí misma y en un destello enorme y luminoso dio vida al universo con sus galaxias, soles, lunas, planetas, cometas, estrellas, almas, animales, hombres, vegetación de todo tipo y color, aire, agua y mucho, mucho más. 

Inscribió en un libro al que llamó El Libro de la Vida a todas las almas y creó una escuela del antes con la finalidad de capacitarlas para su comunión con los hombres ya que hasta ese momento vagaban sin propósito.

Estas almas iniciaban su aprendizaje en ese lugar. Algo muy interesante en su educación es que se les enseñaba, desde el comienzo, el significado del libre albedrío y sus consecuencias. Esto tenía que ver con la elección del nombre que deseaban tener y a sus padres para este recorrido terrenal.

Rafael, una de esas almas, estaba recibiendo instrucción, cuando tuvo que determinar qué padres elegiría. Después de pensarlo escogió a Rodrigo y Magela.

A partir de este momento, su práctica se centró en actividades lúdicas que le enseñaban todo lo que necesitaría en ese tránsito vital junto a sus padres y al resto de personas con las que compartiría el camino. Los contenidos didácticos concentraban lo que la Unidad entendía como importante, soñar, jugar, empatizar, solidarizarse, pero también debían aprender sobre el dolor, el miedo, la resiliencia, reconocer errores, porque también estarían presentes en esa vida terrenal.

Todos estos juegos se hacían en un espacio que funcionaba como la realidad virtual. Tanto el estudiante como su entorno y otros personajes se recrean en paisajes tridimensionales coloridos, porque de esa manera el alma aprendía cómo reaccionaba un cuerpo físico ante diferentes situaciones y emociones.

En su último momento lúdico de preparación para la vida física, Rafael, decidió pasarlo en un viaje por mar. Un gran barco de madera de la época de las grandes conquistas sería el indicado. Sabía que no tendría eso en su vida terrenal. Se anotó como grumete en un enorme navío que partiría en unos días, los suficientes para aprontarse para esta gran aventura, última de este periodo anterior a su nacimiento como ser humano.

Rafael sabía que era su última aventura en la escuela del antes, pero lo que nadie le había informado es que el final de la misma no será como lo imagina.

El barco zarpa del puerto rumbo al oeste. Sus conocimientos de las tareas de a bordo eran limitados, pero superaba cualquier cosa con las ganas que ponía en cada una de ellas.

Poco a poco, fue fortaleciendo su capacidad y también ganándose el respeto de la tripulación que dejó de burlarse de su inexperiencia gracias a la tenacidad mostrada en cada quehacer.

Avistaron una isla tropical y desembarcaron. El capitán pensó que podía ser bueno recolectar fruta fresca y tal vez algunas hojas comestibles para cambiar el menú diario.

A Rafael le proporcionaron un machete y un trozo de cuerda. Le enseñaron durante el viaje y en el desembarco cómo ubicarse, reconocer los puntos cardinales y esas cosas básicas que le servirían para orientarse.

Primero avanzó con cautela, pero cuando se sintió seguro pudo internarse en la vegetación que nacía tímida en la costa de grandes extensiones de blanca arena y se tornaba más frondosa a medida que iba adentrándose en la isla.

Encontró que algunos árboles tenían en su corteza como una especie de tela que los cubría y cortó trozos que iba uniendo con la cuerda que llevaba y anudando otros pedazos entre sí.

Intentaba hacer un improvisado morral en el que pudiera cargar la fruta hallada o algún hongo.

Mientras avanzaba, a modo de protección, dejaba marcas de machete en los árboles para asegurarse la vuelta al barco, puesto que no había ningún sendero establecido por expedicionarios anteriores a él. Todo parecía salvaje e inexplorado.

En un pequeño claro se entretuvo observando el paisaje. Era hermoso, los distintos verdes, frutas de variados colores, algunas de superficie lisa, otras rugosas y toscas. Infinidad de pájaros de vistosos tonos alegraban el momento con melodiosos trinos. Cuando hubo visto el entorno con curiosidad, siguió buscando lo pedido, frutas, hojas comestibles, setas y todo lo que cupiera en su recién inaugurado morral.

Siguió internándose en la isla y un montón de grandes hojas llamaron la atención de su espíritu aventurero. Las apartó con cuidado y se encontró con la abertura de una cueva. Preparó una antorcha con una rama que encendió con una lupa y un rayo de sol. Ingresó en la cavidad justo a tiempo pues, sintió fuertes voces en el exterior. Eran hombres y avanzaban ruidosamente mientras sus grotescas voces hablaban de un tesoro, para el cual necesitarían el barco que ya habían avistado en la playa.

Rafael supo que estaban hablando de la embarcación que lo había llevado hasta ese lugar. Silenciosamente aguardó sus reacciones. No se percataron de la cueva, porque su necesidad de abordar era imperiosa para llegar a la siguiente isla que era contenedora de su gran botín, puesto que el suyo había encallado como consecuencia de un gran temporal y apenas si pudieron llegar a la isla. Las voces se fueron alejando y cuando solo fueron un susurro, se animó a salir con mucha cautela.

Buscó las marcas que había dejado en los árboles y se dirigió a la orilla con la esperanza de ver a algún miembro de la tripulación. Escuchó un gran alboroto que venía desde el barco y el estrepitoso ruido de gente que caía en el agua. La forma de la bahía proporcionaba una acústica inmejorable para el escándalo que venía desde la nave, por eso fue fácil distinguir lo que sucedía en ella.

Escuchó que levaban anclas y se ponían rumbo a un lugar desconocido para él, pero pudo apreciar que dos personas desde el agua avanzaban presurosos hacia la orilla.

Eran dos de sus compañeros, se arrojaron al agua y bucearon lo más profundo que pudieron para no ser alcanzados por los disparos de mosquete.

Rafael corrió hacia ellos y les preguntó si se encontraban bien o heridos. Ellos respondieron que solo estaban agitados por la situación.

Le contaron que mientras estuvieron bajo la superficie del agua encontraron una caverna subterránea, pero la entrada era demasiado pequeña para sus cuerpos.

Rafael se ofrece para ir a inspeccionar mientras ellos quedaran cerca, ante la posibilidad de que surgiese alguna dificultad.

Ellos acceden, pero antes descansan un poco, mientras se alimentan con algunas de las frutas que Rafael había recogido de la isla.

Luego de un rato, los tres se dirigieron a la orilla, dejaron lo que quedaba de provisiones para que no se mojaran, salvo un par de frutos que el joven llevó consigo y se adentraron en las profundidades del mar.

Nadaron hacia la zona en la que los marinos habían encontrado esa caverna y acompañaron a Rafael hasta la entrada submarina. Le mostraron como debía entrar y de qué manera sostener la respiración para que aguantara hasta encontrar algún sitio de aprovisionamiento de este aire vital y hacia allí se dirigió este grumete.

Un poco después del umbral miró alrededor y pudo apreciar la superficie del agua algo lejos del techo de la caverna. Flotó hacia el cristalino borde del líquido y emergió para recuperar oxígeno.

El lugar era majestuoso. Nunca había visto algo semejante. Estalactitas colgando del techo mientras que en algunas superficies rocosas que quedaban fuera de agua, las estalagmitas marcaban su presencia.

El agua parecía cantar y sus sonidos semejaban un amoroso murmullo.

Sentado en la zona rocosa tuvo la sensación que a medida que permanecía allí, la caverna se volvía más pequeña. Estiró las manos y al tocar una de sus paredes, vibró como cuando una piedra cae en el agua quieta, formando círculos concéntricos. Jugó un poco con estos movimientos ondulares de esas superficies.

En un instante pensó regresar con sus compañeros, pero se sentía extrañamente en paz entre esos muros vibrantes. Parecían tener vida.

Perdió la noción del tiempo que permaneció allí. Las voces que creyó sentir, ahora eran bastante frecuentes y se escuchaban con más nitidez, pero parecían ser siempre las mismas y era notoria la calidez y el amor en su tono. La cueva seguía contrayéndose.

Intentó volver por donde había entrado, pero ese lugar ya no estaba, todo había cambiado de forma. Buscó una salida y encontró que, por debajo del agua, había una abertura por donde entraba una límpida y celeste luz del exterior, así que pensó que podría ser la salida que estaba tratando de hallar.

Desde lejos no podía calcular la longitud que debía recorrer para llegar a esa boca y salir de la caverna.

Las paredes parecían acercarse amenazantes y palpitaban cada vez con mayor fuerza y frecuencia, mientras lo oprimían enviándolo hacia la única salida que tenía disponible.

Nadó con fuerza, porque todo lo empujaba hacia ese agujero luminoso, no tenía otro lugar adonde dirigirse y volver hasta la entrada no era una opción.

Creyó que sus compañeros se habrían dado cuenta y habían buscado esa otra salida, pero sobrevino un último empujón. La intensa luz lo obligó a cerrar sus ojos y muchas voces hablando y riendo indicaban que ese ya no era el mar. Su cuerpo estaba mojado, resbaladizo y cuando quiso decir algo, un vagido salió de su garganta. Esa era su voz y una vez que lo envolvieron, lo apoyaron en una panza blanda y cálida y un timbre que reconoció al instante le susurró:

—Hola, Rafael, al fin puedo conocerte, mi amor—. Era Magela, su mamá. Su voz sonaba tierna y su respiración denotaba un gran esfuerzo físico. Minutos después otra voz familiar dijo su nombre. Con los ojos empañados, Rodrigo, le pudo decir:

—Bienvenido, bebé, estábamos muy ansiosos por verte. Se me hizo muy larga la espera. —Y su voz sonaba entrecortada por la visible emoción de un sentimiento nuevo.

En este momento, Rafael olvidó todo, su viaje, el barco, sus compañeros de tripulación y la caverna y en el último destello de su tiempo en la escuela del antes se dio cuenta que su aventura con piratas y navíos había terminado; empezaba una muy distinta, esa que en este plano terrenal llamamos vida.

martes, 13 de abril de 2021

La bruja y el espejo

Ixchel Juárez Montiel


Bruno no era un niño feliz. Su padre lo amaba profundamente; sin embargo, Greta, su madre, no paraba de repetirle que habría dado todo por concebir a una niña en su lugar.

Juan arropaba a Bruno con sumo cuidado cada noche mientras le contaba lo vacío y triste que era el mundo antes de que él naciera.

—¿Sabes? —dijo Juan antes de acariciar el cabello de su hijo—. Cada vez que veía a mis sobrinos me sentía muy celoso. Quería un hijo propio. Dios me bendijo con el mejor que pudiera desear.

—¿Por qué mi mamá no me quiere? —inquirió el niño al tiempo que sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.

—¿De dónde sacas eso? Tu mamá te quiere mucho.

—Siempre me dice que sería más feliz si yo fuera una niña, ¿por qué? Trato de ser un buen hijo.

—Oh, Bruno, no es eso. ¿Tú prefieres jugar más con niños o con niñas?

—Con niños —respondió, y al hacerlo Juan notó que se le iluminaba el rostro, como si acabara de descubrir el máximo acertijo de la vida.

—Lo mismo pasa con mamá, pero eso no quiere decir que no te adore, ¿entiendes?

—Sí, papá.

—Descansa, hijo.

Juan le dio un beso en la frente, apagó la luz y salió de la habitación. Greta estaba en la cocina y en cuanto Juan entró, ella vertió en una taza negra el agua que hervía a borbotones sobre la estufa para después añadirle dos cucharadas de sal.

—¿Por qué tienes que ser así con Bruno? —le preguntó a su esposa.

—Bruno es como es. Es un varón y eso no me sirve. ¿Se supone que debo tratarlo diferente? —respondió ella, mientras bebía de un sorbo el agua hirviendo como si fuera una bebida refrescante.

Bruno quedó satisfecho con la explicación de su padre… por un par de años. Pero al pasar el tiempo y cuando el niño cumplió ocho, notaba que la conducta de su madre no era normal. No se portaba como las mamás de sus amigos, ni como sus tías o abuela. Para empezar, nunca comía nada. Se sentaba a la mesa con ellos, pero jamás probaba bocado. Lo único que bebía era agua hirviendo a la que le agregaba sal.

Nunca la veía dormir. No como a su abuela que, por su edad, se echaba una siesta en el sofá de cuando en cuando. No como él, que se ponía una pijama y dormía de un tirón toda la noche. Aparentemente siempre estaba despierta.

Era naturalmente hermosa. Nunca iba al salón de belleza ni se maquillaba, pero lucía como si lo hiciera. Ella lucía bella y joven todo el tiempo.

Y había otra cosa. Bruno había notado que el resto del mundo, al mirarse en un espejo, se veía al revés. La derecha era la izquierda y viceversa. El lunar que tenía arriba de la ceja izquierda aparecía reflejado en la derecha.

Greta no.

Su reflejo no se veía como tal, sino como una réplica exacta de su madre.

Un par de años después supo que esos comportamientos no eran casualidad. Su madre era una bruja.

Eso no le hubiera afectado, si ella lo quisiera. Greta no iba a festivales escolares, no se acordaba (o no le importaba) el cumpleaños del niño. Bruno trató por años de ganar el amor de su madre, pero ante su obvio fracaso, fue alimentando un rencor hacia ella que ni las palabras cariñosas de Juan podían detener.

Greta le hacía la vida miserable, pensaba. No solo no contaba con su cariño, sino que parecía que el niño le estorbaba. Los meses pasaban y él tenía que limitarse a oír los lamentos de la mujer por no haber concebido una hija.

La paciencia de Bruno llegó a su límite cuando él solo tenía once años. Su padre no pudo ir por él a la escuela y Greta dijo que iría en su lugar. Bruno esperó mientras observaba al resto de sus compañeros irse a casa con sus padres. Un sonido ensordecedor lo hizo temblar. Se avecinaba una tormenta colosal y no había señales de Greta.

El camino era largo y Bruno, aunque lo conocía, no tenía dinero para el autobús. Así que en cuanto sintió un par de gotas de lluvia sobre su cabeza, resopló y comenzó a caminar a casa. ¿Cómo una mujer, aunque fuera una bruja, podría olvidarse de su hijo? A cada paso, Bruno se convencía de que no era que Greta se hubiera olvidado, sino que poco le importaba lo que le sucediera.

Anduvo con la cabeza agachada por tres cuadras hasta que sintió que las gotas de lluvia tomaban forma de doloroso granizo rebotando en su cráneo. No tuvo más remedio que refugiarse en la biblioteca pública. Esperaría hasta que parara de llover, y si eso no sucedía, entonces llamaría a su papá a la oficina para que fuera por él.

Aguardó en el vestíbulo unos diez minutos. Apenas podía ver algo a través de la ventana. El viento soplaba con fuerza mientras el granizo comenzaba a pintar el pavimento de blanco. Bruno fue hacia la bibliotecaria.

—Disculpe, ¿podría usar su teléfono?

—Te prestaré mi celular. El teléfono de aquí nunca funciona cuando llueve, no sé por qué —respondió la mujer, bajita y obesa, cuyos ojos parecían desaparecer en su rostro redondo, mientras le daba el aparato al niño.

—¿Bueno? ¿Papá? —preguntó Bruno en cuanto le contestaron.

—¿Qué sucede, hijo?

—Tu esposa no pasó por mí. Estoy atrapado en la biblioteca pública por la lluvia, ¿podrías recogerme aquí?

—No te preocupes, Bruno. Iré inmediatamente. No te muevas de ahí, ¿de acuerdo?

—Sí, papá.

—Bruno, no te sientas mal. No olvides que tu mamá te ama.

—Ajá —respondió entornando los ojos.

«Sí, cómo no», pensó al tiempo que le regresaba el teléfono a la mujer. Greta no iba a amarlo sin importar qué hiciera el niño o el padre. Después de años de intentar ganársela, Bruno decidió que no valía la pena. Tenía a su papá y era lo único que importaba. Entonces una idea lo golpeó en el estómago: ¿y si Greta lo quería fuera? ¿Y si no podía concebir más hijos mientras no se deshiciera del que ya estaba? Con las brujas nunca se sabe, pero en ese momento Bruno supo que tenía que velar por su propia supervivencia. Y si quería seguir viviendo, tenía que eliminar a Greta.

—Perdón —se disculpó con la mujer bajita—. ¿Sabe dónde puedo encontrar libros sobre brujas?

—¿Cómo cuentos de hadas?

—Toda la información que pueda darme, por favor.

La mujer buscó en su computadora, apuntó el número de pasillo y estante en un papel y se lo extendió.

—Con esto tienes que mantenerte entretenido hasta que vengan por ti —bromeó la bibliotecaria guiñando un ojo.

—Gracias.

Bruno se dirigió a los anaqueles y comenzó a sacar todos los libros que pudo encontrar. Casi toda la información venía de cuentos de hadas. La bruja de La Sirenita; la de El Mago de Oz, la de Blancanieves. Muchos de esos relatos no los había escuchado más que a medias. La gran mayoría eran parte de la cultura popular, pero no sabía las historias completas.

—Las brujas son malas —sopesó—. En los textos es así. Y es en estos cuentos donde encontraré la forma de destruirla.

—Niño —anunció la bibliotecaria, asomando la cabeza por el pasillo y al hacerlo, Bruno pegó un brinco—. Tu papá está aquí.

—Gracias, perdón, ¿cuántos libros puedo sacar?

—Máximo cuatro, pero te sugiero que te lleves los cuentos de hadas en un compendio. Así no tendrías que sacar varios de diferentes autores.

—Muy bien.

Pasó el resto de la tarde estudiando. Eran muchísimos cuentos y no todos incluían brujas. Bruno tomó anotaciones y llegó a la conclusión (después de echarle un vistazo a El Mago de Oz) que podía desintegrar a la bruja arrojándole un cubo de agua. ¿Cómo podría echarle agua a Greta? ¿El agua debía ser fría o caliente? Tenía que averiguarlo, pues el texto no lo especificaba.

Probaría primero con agua fría. Greta siempre bebía el líquido hirviendo, por lo que Bruno asumió que no le haría mayor daño. Subió una cubeta hasta el balcón y esperó a que Greta regresara de la calle. Se mantuvo quieto y en silencio por un par de horas, asomando la cabeza de cuando en cuando para verificar que ella llegaría, y cuando lo hizo, Bruno arrojó el líquido sobre ella. Esperó a que se desintegrara lentamente como la malvada bruja de Oz, pero en vez de eso, Greta gritó de manera horrible y subió a zancadas a la habitación para abofetear al insolente mocoso.

El niño sintió una oleada de decepción cuando su plan no funcionó. Tenía que buscar otro medio. Miraba con ansiedad la lámina retratando aquella escena de Hansel y Gretel cuando la niña le dice a la bruja que no puede asomarse y la empuja al horno aprovechando que la malvada mujer tiene la cabeza dentro.

¿Y si la quemaba?

No sería la primera vez que había escuchado esa solución. Durante la inquisición, los curas acostumbraban quemar a las brujas. Eso podría funcionar.

Bruno planeó un incendio. Si prendía fuego justo cuando ella estaba sola en casa, tal vez encontraría los restos calcinados. Pero ¿cómo hacerlo sin que lo culparan?

Comenzó a documentarse acerca de la construcción de una bomba casera, situación que le resultó contraproducente pues Greta se dio cuenta y entendió que el niño quería deshacerse de ella.

—Sé lo que haces —gruñó, mientras el niño buscaba información en su computadora y Greta se preparaba agua caliente con sal—. Pero si crees que puedes eliminarme tan fácil, te equivocas. Esos cuentos no son más que fantasías; nada que aparezca ahí te servirá. Y yo en tu lugar comenzaba a dormir con un ojo abierto: matar a un niño resulta mucho más fácil que matar a una bruja.

En ese momento, Bruno sintió como si le arrojaran un balde de agua helada. Ahora el asunto no era opcional, debía destruirla antes de que ella se le adelantara, pero ¿cómo? No podía contarle a su padre, pues parecía hechizado por la mujer y aunque notaba el rechazo de la madre al hijo, no lo veía como algo peligroso.

Entonces algo sucedió.

Bruno jugaba con un camión a control remoto, cuando por accidente chocó contra el gran espejo que estaba al final del pasillo, en medio del baño y la habitación de sus padres. Justo en ese momento Greta salía del baño y se quejó como si algo la hubiera golpeado.

—¡Ten más cuidado, maldito niño! —vociferó, mientras se sostenía el tobillo.

Greta se fue rengueando a su habitación y azotó la puerta tras de sí. ¿Qué había sucedido? Bruno fue por su camión, justo frente al espejo. No la había tocado siquiera, pero a su reflejo sí.

Entonces comprendió que tenía que asegurarse de que la imagen de Greta estuviera en el espejo y luego destruirlo. Así podría deshacerse de la bruja.

Fue al jardín donde tomó una pesada roca y la llevó a casa. Se sentó en medio del pasillo, de frente al espejo. En cuanto saliera, le arrojaría la piedra al espejo y lo rompería en mil pedazos, llevándose a la bruja para siempre.

Esperó por mucho tiempo y Bruno comenzó a sentir que se le dormían las piernas, mas se rehusaba a moverse. De pronto, escuchó la puerta de la habitación abrirse y los inconfundibles tacones de Greta caminando. Era parte de su rutina: iba al baño, luego se encerraba en su habitación para vestirse y finalmente regresaba al baño a acomodar los artículos que usó.

El niño esperó a que el espejo tuviera la imagen de su madre y arrojó la piedra con todas sus fuerzas, pero entonces se dio cuenta de algo aterrador: el reflejo de Greta sujetaba el suyo y en esa fracción de segundo, Bruno supo que no podía moverse.

La piedra alcanzó al espejo y lo rompió, desintegrando a madre e hijo por igual. Lo último que vio Bruno en su vida fue la sonrisa cruel de la bruja.

Empezaba a anochecer cuando Juan llegó a casa, botó el saco en el sofá y se recostó. Se sentía más cansado que de costumbre.

—¿Juan? —dijo Greta desde la habitación.

—Sí, ya llegué.

—¿Quieres cenar?

—Eso me encantaría. Me muero de hambre.

Greta entró a la cocina, pero antes se contempló en el espejo intacto. El hechizo había resultado y Juan no recordaría a Bruno, como si nunca hubiera existido. Así como tampoco pudo recordar a Andrés, ni a Joaquín. Esos mocosos estaban en lo cierto cuando presentían que le estorbaban. Y ahora que su tercer hijo con Juan había muerto, también podía prescindir de su esposo, como lo hizo con los anteriores. Tres oportunidades para concebir a una niña era el límite para cualquier cónyuge.

Una bruja solo podía criar a un hijo. Eran las órdenes de la cofradía desde tiempos ancestrales. Y cuando el hijo creciera y se bastara a sí mismo, ella podía concebir a otro; pero había un obstáculo: las hijas crecían a un ritmo acelerado, sin embargo, los hijos crecían como el resto de los humanos y eso era mucho tiempo de espera. Debía asegurar su descendencia con mujeres poderosas en el menor tiempo posible. Conocía a brujas que ya tenían tataranietas y ella se estaba quedando atrás.

La solución era deshacerse del niño, cosa nada fácil cuando la cofradía había prohibido terminantemente asesinar niños. No querían que las leyendas oscuras sobre la maldad de las brujas se perpetuaran con mujeres capaces de matar a sus hijos. En cuanto alguna intentara eliminar a su propia sangre, la Gran Bruja lo sabría y ordenaría su inmediata destrucción.

¿Pero si el niño intentara matarla?

Una bruja debe protegerse a sí misma. Y era en esos momentos en los que ella aprovechaba para eliminar a los niños cuya presencia no le permitía concebir una hija. Sin sospechar nada, la atacaban y morían cada vez que intentaban matarla.

El plan nuevamente había funcionado. Prepararía la cena para su esposo y lo abandonaría sin ningún recuerdo de ella ni de sus vástagos. Después de todo, Juan ya se acercaba a los sesenta y cinco años. Era hora de buscar a su próximo marido y, tal vez, después de tantos intentos fallidos con dos esposos y seis hijos, finalmente podría concebir a la niña que anhelaba tanto.