martes, 20 de septiembre de 2011

Loco por Wilson

Clara Pawlikowski

         Su mujer y sus hijos no se cansaron de darle razones para evitar que se fuera, le dijeron que no se iba a acostumbrar, que aún le faltaba educar a sus hijos menores, que era una irresponsabilidad de su parte. Arturo Ríos no escuchaba, se limitó a informarles que se iba y que no sabrán más de él.
         Antes de realizar ese anuncio, metió en una pequeña mochila  un par de polos, un jean y su laptop. Allí estaba todo lo que le interesaba: sus cuentos. Por ellos había podido soportar su vida seca y sin mayores altibajos en su trabajo del ministerio, apuntando a las personas atendidas en los servicios de salud, haciendo estadísticas año tras año.
         Arturo  vivía obsesionado con su cuento sobre el Wilson, noche a noche quería encontrar, aunque sea en sueños, un final contundente, quería de ese modo impresionar  al jurado del COPE, llevaba varios años intentando el premio y no conseguía ni siquiera llegar a finalista. Este premio dado por la Petrolera Estatal, era uno de los premios apetecibles a nivel nacional para todos los cuenteros.
         Por esto decidió buscar refugio en la selva, quería estar cerca de todo lo que se imaginaba y era materia de sus cuentos. Pedro, otro de los miembros del taller, lo consideraba un experto en cuentos de selva, un oidor fino de gazapos, bastaba que Arturo  tintinee suavemente con una cucharita su copa de vino para llamar la atención de su cansancio de escuchar errores y esta sutileza era captada de inmediato por Pedro que se plegaba a las observaciones del colega.
         Poco antes de partir Arturo, participó en una reunión para juzgar uno de mis cuentos. En esa ocasión, Arturo  al ser preguntado del porque de su tintineo, arrancó con una perorata que ni él se comprendía, la repetición decía pero no explicaba cual repetición; la descripción del personaje está confusa, pero no precisaba a cual personaje se refería, todo hacía pensar que se había dormido durante la lectura. Cuando ya no tenía nada que decir Pedro dio por terminada la ronda de comentarios y nos sirvió helados. Si, helados para bajarnos la temperatura, enfriar los ánimos y, sobre todo para justificar los siete soles que yo había pagado en el taxi para llegar a tiempo ávida de encontrar alguna ruta concreta para mi cuento.
         Hablemos de Arturo: es blanco, podíamos decir que nunca le cayó un rayo de sol en su  cuerpo, es como la leche y su cabello está totalmente blanco, sin embargo no sé si esa blancura se deba a canas o porque es rubio tipo albino. Ahora se nota en su cabeza grandes espacios transparentes con fondos rojizos como en una calvicie prematura.
             El color de su piel, sus ojos celestes y la gran pilosidad de sus brazos nos hacen pensar que Arturo  viene de alguna mezcla un poco rara de esas que ocurren en nuestro país. Tiene bastante de ario o es el resultado de alguna mutación genética, porque si analizamos su procedencia, su apellido Ríos no nos dice mucho, quizás su apellido materno sea Beckenbauer o Rashmaninoff. Ahí dejamos esa posibilidad.
         Voy a conectarme con Jaime Tejada, un amigo que se ocupa de genealogía para que investigue, él se sentirá feliz que sus aportes sean ansiosamente esperados para definir cabalmente a nuestro personaje. Digo esto porque Arturo  Ríos, haciendo una parada de rigor en su huida a la selva mandó un correo a todos los integrantes de la mesa negra, nuestro taller de literatura, con cuatro páginas de indicaciones precisas para describir a los personajes en los cuentos, si las sigo, quizás convierta este cuento en una novela.
         Ustedes se preguntarán que es eso de la mesa negra, voy a desviarme un poco del tema pero para que conozcan mejor al personaje de este cuento siento que estoy obligada a decirles algunas palabras sobre este grupo. Grupo quizás no, personas que se juntan con relativa eventualidad y tienen en perspectiva ser famosos algún día escribiendo cuentos, algunos ya ganaron premios nacionales pero aspiran a alguno mayor, me refiero de renombre internacional, claro nadie lo dice pero está cantado que quisieran alcanzar el Nobel.
         El mentor, jefe y guía acoge a estos cuentistas y da el material detonador para escribir los cuentos. Algunos salen fáciles como con vaselina, otros como este cuestan algunas solitarias tardes buscando a quien seguir: a Arturo  Ríos, el personaje que se escapa a la selva o al maestro de la mesa negra.
         Volvamos sobre Arturo  Ríos, me gusta recordar sus facciones mientras se concentraba para escuchar mi cuento; me fascina sentir aún en mi memoria los golpecitos en su copa de vino, por eso con gran respeto a esos recuerdos y de alguna manera provocativa, ya que quisiera volver a escucharlos, voy a decirles que escribo este cuento escuchando La Valquiria. Es una ópera larga, grabada en tres discos compactos.
         Wagner escribió La Valquiria como parte de una tetralogía, le llevó veintiséis años escribirlas, desde sus esbozos en prosa en 1848 hasta los retoques finales de la partitura del Ocaso de los Dioses, la última de ellas, en 1874. Una empresa genial pero agotadora cuya presentación en cuatro veladas demora quince horas. Wagner deseaba producir algo que lo liberase. De allí la analogía con Arturo, nuestro personaje, que espera también liberarse de sus obsesiones sobre El Wilson, pero lo quiere de inmediato, no trabajar 26 años como Wagner.
         Basta de disimular mi distracciones sobre Arturo  Ríos, ya dijimos algo sobre su físico pero no todo, hablé de sus canas pero no dije que su cabello es liso; no es miope, usa gafas para leer como todo cincuentón; viste “normal” como diría mi hija, es decir pantalón de dril en colores claros, camisas a cuadros y una chamarra que la lleva sobre los hombros, nunca lo vi ni con casacas de cuero ni con gomina en sus cabellos.
         Si adivinaría sus problemas de salud diría que tiende a ser un tipo estítico, porque se guarda muchas cosas, pienso que recibió seguido varias nalgadas de sus padres y de allí sus temores a expresarse. Es un buen amigo. Por las mañanas al levantarse intuyo que ronronea por la casa aún sin sacarse las legañas.
           Le gustan las mujeres, digo esto porque su pareja no sólo está devastada por la fuga de Arturo  sino porque encontró muchas cartas comprometedoras que olvidó destruir antes de su  partida.
            En cuestión de mujeres, en un bar por ejemplo, Arturo  se limitaría a mirar su entorno y beber, él ya tenía suficiente con su mujer, sus hijas, su secretaria y la chica que le tipiaba sus cuentos.
           Esta última era una chica joven que trabajaba en un estrecho corredor lleno de tiendas que ofrecen diversos servicios cerca de su domicilio. Ella copiaba correctamente sus cuentos, tenía una excelente puntuación y gramática. De ese modo, Arturo  presentaba impecable sus cuentos y el maestro siempre los ponía de ejemplo: por el ancho de la caja, por las separaciones entre líneas, por el acomodo perfecto de cursivas, en el uso de las barras antes o después de iniciado el diálogo.
                Arturo  nunca daba crédito a esta joven  cuando recibía los halagos del profe. Con esta señorita salía de tanto en tanto cuando le sobraban algunos cobres. Bueno digamos “salía” para no entrar en detalles que quizás ni él mismo estaría dispuesto a contar.
              No fuma ni juega fútbol, es zurdo y tiene pie plano o sea que desde chico sólo miraba desde la banca cuando sus amigos sudaban con la pelota. Eso sí, nadie le convencía que ver a Magaly era una pérdida de tiempo, se sentaba todas las noches religiosamente y miraba el programa acompañado de una cerveza. Magaly se había ganado el rechazo de una parte de la población por los chismes faranduleros subidos de tono de su programa, la mujer de Arturo  estaba en este grupo.
         Cuando fue joven, Arturo  militó en Patria Roja, uno de los partidos de la izquierda unida, era el agitador de su distrito, durante los mítines previos a la candidatura de “Frejolito” era el que llegaba temprano a los lugares de las concentraciones  y con un micrófono portátil arengaba a los raleados asistentes. Todos le aconsejaron que se cuide; seguro aparecía, le decían muchos, en todos los videos de seguridad del Estado y podrían meterlo preso por subversivo. De ese modo, camuflado en su puesto de servidor público, se pasó toda la dictadura de Fujimori sin “hacer olas”.
         Bueno, si falta que les diga algo sobre Arturo  Ríos les diré al final del cuento, porque estoy atrasada en su recorrido, él salió la semana pasada de Lima. Sabía que por su color no iba a pasar desapercibido, en la selva no hay nadie como él.
         Por eso cuando llegó a Callería, a tres horas bajando el río Ucayali desde Pucallpa y se enfrentó con el jefe nativo, lo miraron sin mayor interés, creyeron que era uno más de esos gringos que vagan por la selva buscando aventuras con el ayahuasca o con las ribereñas.
         Arturo  les manifestó su deseo de quedarse, hasta les dijo el nombre nativo que le gustaría tener y todos lo observaron con asombro, las mujeres lo hicieron con picardía, lo miraron por todos los costados y cada una le trajo un pate de masato fermentado. Lo emborracharon y lo dejaron tirado en el lodo.
          Arturo  llegó en época de lluvias, el río estaba crecido y el agua estaba muy cerca de las casas. Permaneció adormecido durante todo un día, cuando despertó se sintió desorientado no vio a nadie.
         Buscó a los nativos de casa en casa, la cabeza le daba vueltas, había ingerido demasiado masato y no podía mantenerse en pie. Se encontró cara a cara con Wilson, no supo que decirle, se palpó el bolsillo trasero del pantalón buscando su libreta de nota con los posibles diálogos, sólo sintió la masa gelatinosa del barro que lo cubría. Entonces, quiso huir. Un fuerte sacudón del camión en que viajaba lo despertó súbitamente, aún no llegaba a Pucallpa.
         Cómo hay un compromiso con Arturo  de enviarle mi cuento para que lo lea y critique a su llegada a Pucallpa, debo finalizar diciendo que aunque La Valquiria en su época agitó al mundo burgués presentando pasiones irresistibles, amores adúlteros e incestuosos, a mi me acompañó esta tarde plácidamente rememorando a Arturo  y sintiendo el tintineo de su copa.

Almas encontradas

(nueva versión)
Ricardo Ormeño


                 Jorge se encontraba pensativo y algo cansado, el día en aquella emergencia se había cargado de tensión, la adrenalina siempre presente jugó un papel preponderante una vez más, no sólo en él sino en todo el personal, tal vez por ello la suculenta cena que minutos antes había disfrutado muy rápidamente, solo y sentado en aquella mesita de la habitación destinada para los médicos de guardia, como ganando cada segundo de tranquilidad, no era precisamente la mejor técnica para evitar una gastritis, pero él, siempre recordaba las enseñazas de sus maestros.-¡Doctores …siempre que tengan tiempo libre aprovéchenlo al máximo, no descuiden sus alimentos y duerman todo lo que puedan, porque  nunca sabrán con exactitud cuando podrán hacerlo! -sentenciaban aquellos viejos profesores.

                 Decide alejarse un poco de aquel ambiente frío, paredes de color gris siempre limpias y con un brillo muy especial que solamente logran las mayólicas europeas; ve el oscuro pero grande jardín y se anima a dar un pequeño paseo en la penumbra. Jorge, no te olvides que eres médico y no deberías fumar. De pronto su placentera meditación se ve interrumpida por aquella voz que emanaba por todos los rincones de la clínica.

-¡Doctor Frías…doctor Frías…acercarse a emergencia! –ordenaba muy sensualmente aquella fantasmal dama. Jorge avienta rápidamente la colilla al césped la pisa enérgicamente y acude casi trotando a aquel ambiente gélido y reluciente.
    
                 Aurelio se encontraba preocupado y a la vez desconcertado, por un lado la felicidad le embargaba, había podido comprar ese día , su primer auto, aquella vieja máquina inglesa, por ello estaba emocionado no importándole que sus amigos no deseen subir a ella por lo vieja, de apariencia algo deteriorada y de color mostaza y tono muy bajo opacado por los años, sin embargo no eran detalles importantes, pintura y uno que otro arreglo serían más que suficientes, al fin y al cabo sabía que cualquier máquina motorizada obtenida por un universitario de último año, era siempre bienvenida. Definitivamente ésa no era su preocupación, pero sí Carolina, su novia, quien se encontraba sentada a su lado y no hablaba, sólo se limitaba a levantar su mano derecha llevando a su boca  un trozo de chocolate para luego volver a dirigirla a ese gran paquete entre sus piernas y romper bruscamente otro trozo para devorarlo de igual manera. Los novios no se hablaban, no festejaban la adquisición de aquel singular auto, tan sólo esperaban encontrar el momento y el lugar para tratar sus diferencias.

                 Fabio Brescia, importante arquitecto en alguna época, se encontraba disfrutando, del retiro de las grandes construcciones, así como también de las actuales comodidades que sólo le podían ofrecer una gran casa, bien amoblada y en una prestigiosa zona residencial, sin embargo su tranquilidad en horas de la noche siempre se veía interrumpida por temores propios de una ciudad insegura y los veinte cigarrillos eran sus únicos aunque temporales aliados.
 
                 Aurelio llegaba a su destino, el nuevo domicilio de Carolina, y el tiempo se le terminaba, así que decide estacionar su viejo vehículo, tres casas antes y debajo de un gran árbol donde intenta romper el hielo.

-¿Me invitas un poco de tu chocolate? , sabes que son mi pasión –preguntó Aurelio.
-¡Claro que sí! -respondió Carolina tratando de ocultar su deseo de sonreír.

                  Transcurrieron los minutos y las diferencias se fueron disipando paulatinamente y con ello aparecieron los abrazos, los besos, las palabras de amor, cariño, dedicación y fidelidad creando una atmósfera de real y verdadera pasión.

                               El otrora famoso arquitecto toma su celular rápidamente y realiza una llamada sumamente ansiosa a su hijo.
-¡Carlos!... ¡Carlos!... ¡Aló!... ¡Aló! –llamaba Fabio desesperado cogiéndose la cabeza con una de sus manos sin dejar de fisgonear por la gran ventana de la sala.
-¡Sí papá!... ¿Qué pasa? –respondió inquieto su hijo Carlos.
-¡Están allí!... ¡Están allí!... ¡Han vuelto! –informaba escuetamente el arquitecto.
-¡No hagas nada papá!... ¡Voy para allá! – ordenó nerviosamente el vástago del edificador.
-¡No hijo!... ¡No hay tiempo!... ¡Esta vez no va a pasar!... ¡Una vez más…no! –respondió Fabio poderosamente cortando la comunicación.

                  Aurelio y Carolina se encontraban reconciliados, había bastado unos treinta minutos para enroscarse en apasionadas caricias, conversando acerca de sus planes para el fin de semana próximo. Así Carolina lo invita a culminar el recorrido y entrar a su nueva morada donde le prepararía los langostinos al horno que tanto le gustaban, es entonces que Aurelio decide encender su viejo auto el cual se porta a la altura de las circunstancias, arrancando las risas de la simpática pareja. De pronto la felicidad de aquellos jóvenes se ve interrumpida por la estrepitosa aparición de un gran vehículo saliendo del garaje de una casa próxima, desde donde se oyen dos disparos  impactando uno de ellos en la luna posterior del coche de Aurelio logrando romper el vidrio y salpicando por todas partes los gruesos restos de aquella antigua luna. -¡Acelera Aurelio que nos matan!... ¡Nos matan! – grita Carolina.

                 Aurelio pone en movimiento su querida máquina pisando a fondo el acelerador, logrando llegar a la esquina más próxima cuando al girar, su puerta  es alcanzada rápidamente por cuatro atrevidos proyectiles.
-¡Mi pierna!... ¡Le dieron a mi pierna! –advierte Aurelio desesperado.
-¡Acelera Aurelio por dios! –suplica Carolina.
-¡No puedo!... ¡No puedo! -responde Aurelio mientras estrellaba su auto contra un poste de alumbrado público al no poder controlar ni el vehículo, ni su pánico.

      El pequeño coche es entonces alcanzado por el vehículo agresor desde donde hace su repentina aparición, el extraño conductor que no duda en correr hacia ellos.
-¡Nos matan Aurelio!... ¡Nos matan! –grita Carolina llorando desesperadamente.
-¡No puede ser! …¡Perdónenme!… ¡Perdón!... ¡Ha sido una equivocación! –suplica el terrorífico personaje.
-¡Está loco!... ¡Este viejo está loco! –afirma Aurelio con angustia.
-¡Maldito…maldito loco! –sentencia nuevamente Carolina sollozando desconsoladamente.
-¡Debo llevarlo a la clínica!... ¡Rápido…no hay tiempo!... ¡Allá arreglamos todo esto!... ¡Por favor debo llevarlo!... ¡Vamos ya! –implora repetidamente el agresor.

                          La emergencia de la clínica Santa Felicia se hallaba tranquila, el joven médico que se encontraba sentado en su escritorio sólo atesoraba en su mente terminar de jugar con el caramelo de mentol que mantenía en su boca y disipar al máximo aquel aroma a tabaco, cuando de pronto siente el fuerte sonido metálico de aquella puerta batiente que lo obliga a precipitarse hacia ella encontrando en la camilla al joven universitario herido de bala.
-¡Está loco doctor!... ¡Está loco doctor! –exclamaba Aurelio con ojos desorbitados.
-¡Calma…calma!... ¡Ya estas aquí!..¡Y no estoy Loco! –bromeó el doctor Frías, logrando arrancar una leve sonrisa a Jorge.
-¡No doctor, el viejo que está allí!  -exclama tratando de levantar la cabeza con mucha incomodidad.

                            En medio de tanto alboroto en la emergencia de aquella institución de salud, perteneciente a una antigua  congregación de religiosas europeas, aparece la hermana Cristina encargada de ese servicio, algo encorvada, con su hábito blanco, siempre con aquel brillo tan especial que emanaban de sus intensos ojos azules, se dirige pausadamente hacia la oficina principal después de haberse cerciorado que Aurelio era bien atendido y que se encontraba  en rayos X. Al acercarse al despacho levanta la mirada con dificultad y sonríe.
-¡Don Fabio!... ¡Que gusto ver por aquí a nuestro vecino! –saludó la hermana casi susurrando como era su costumbre.
-¡Hermana!... ¡He cometido una locura!… ¡Una grave equivocación! –responde el arquitecto realmente atormentado pasando a narrarle velozmente los hechos con lujo de detalles a Sor Cristina.
-¡No se preocupe, hable con el doctor Frías primero…necesita sus datos! –interrumpe la hermana con la serenidad que la caracterizaba.

                            El doctor Frías contempla detenidamente la radiografía frotándose su gruesos bigotes como acariciándolos y se siente tranquilo al observar que la bala de pequeño calibre se encontraba en el muslo izquierdo habiendo alcanzado sólo tejidos superficiales, parecía que la cantidad de chocolates ingerida por Aurelio durante años le había servido para crear un interesante acolchado de tejido graso, no sólo en sus muslos sino en todo su cuerpo. Así que el doctor ante la presencia de Fabio Brescia, lo saluda y lo hace pasar a su gabinete quien ahora, después de disparar como loco, se encuentra realmente confundido y asustado.
-¡Señor. Brescia!… ¿Qué fue lo que sucedió? –preguntó el galeno tratando de imitar la mesura de la hermana cristina.
-¡Mire doctor, hace como un año fuimos asaltados mi familia y yo, robaron todo lo que pudieron de nuestra casa!... ¡Estuvimos amordazados durante varias horas!... ¡Fue horrible doctor!.... ¡Mi familia aterrada!... ¡Podían matarnos!… ¡O violar a mi hija!... ¡O…a mi esposa! –narraba subiendo el tono desesperadamente el arquitecto.
-¡Muy bien señor Brescia! y ¿Hoy qué pasó? –intervino el doctor tratando de llevarlo a los hechos acontecidos esa noche.
-¡Distinguí por la ventana que un auto muy sospechoso  se detenía a varias casas de la mía y pensé que podían ser ellos de nuevo! –acoto Fabio moviendo su cabeza de un lado a otro.
-¿Quiénes ellos? –preguntó Frías examinando con su mirada cada gesto del desdichado Brescia.
-¡Los que nos asaltaron hace un año! …¡Fue igual un auto viejo nos observó por varios días! …¡y no  podía permitir que vuelva a pasar aún encontrándome solo esta vez!... ¡Tenía que detenerlos como sea y evitar esa tragedia a mí o a otras familias vecinas! –explicaba totalmente convencido de sus actos el arquitecto.
-¡Bien no se preocupe, felizmente no es nada grave, vendrá el cirujano y atenderá al muchacho, gracias por su información y espere afuera por favor! –solicitó el doctor muy calmadamente.

                  De pronto irrumpe bruscamente Carlos, hijo del arquitecto quien abraza fuertemente a su progenitor.
-¡Papá! …¿Qué has hecho? …¡Te dije que no salieras! –cuestionaba a su padre totalmente desesperado.
-¡Tenía que hacerlo hijo!… ¡No iba a permitirlo otra vez!… ¡Y tú lo sabes! –respondió ofuscado Fabio.
-¡Ay papá! –responde Carlos acariciando a su padre y llevándolo hacia una pequeña sala de espera.

                   El doctor y la hermana Cristina se encontraban al lado de Aurelio y su novia Carolina estos últimos ya un poco más  tranquilos se encontraban a la espera de la llegada del cirujano que extraería la bala. La tan esperada tranquilidad es ferozmente interceptada cuando se oye como si se rompiera una puerta, un hombre alto corpulento de unos sesenta años de edad, atropellaba a todos incluso a los guardias de seguridad logrando ingresar a la sala de emergencias a empellones.
-¡Dónde está ese maldito!.... ¡Yo lo mato! –advertía aquel personaje alzando su brazo derecho empuñando una pistola.
-¡Papá!... ¡Nooooo! –grita desesperado el herido Aurelio al ver a su padre, el cual es rodeado por todos los lados, derecho, izquierdo  arriba y abajo por guardias, enfermeras, el doctor frías y hasta la religiosa, todos tratando de evitar una desgracia mayor. Hasta que logran calmarlo lo suficiente como para sujetarlo contra la fría pared despojarlo del arma y lograr que acepte tomar un ligero sedante.

-¡Mire hermana!… ¡La verdad es que! –exclama el padre de Aurelio, siendo interrumpido.
-¡No se preocupe!... ¡Vaya con el doctor Frías a la oficina! –acotó la hermana en su particular tono bajo y calmo.
-¡Tome asiento! …¿Su nombre por favor? –preguntó Jorge.
-Federico Aramburú –respondió el avergonzado padre de Aurelio.
-¿Qué le sucedió señor Aramburú? –interpeló el médico.
-¡No lo sé doctor, sólo es que no iba a permitir que pase otra vez! –comentó Federico.
-¿Qué pase que cosa señor? –demandaba muy suavemente el doctor empezando a percibir un sonido algo familiar en esas declaraciones.
-¡Aurelio es mi único hijo doctor ¡…¡Es lo único que me queda!...¡A mi esposa la perdí hace dos años …sufría de Cáncer! …y…. ¡A mi hija también la perdí!..¡La perdí!….¡Murió!...¡Murió!….¡Murió en una balacera en la calle!... ¿Me entiende?… ¡Por favor! … ¡Ella no tenía que morir!... ¡Venía en su auto desde la universidad y se cruzó con una balacera infernal!... ¡Doctor ayúdeme se lo suplico! –rogaba Federico acongojado.

                 Un año después el doctor Frías se encontraba soportando el intenso frío nocturno en aquel gran jardín de la clínica Santa Felicia, el día de trabajo una vez más había sido muy duro y él prefería aprovechar esos minutos valiosos de tranquilidad para fumar un cigarrillo, siempre a escondidas. Una bella voz pero invariablemente algo fantasmal resuena por todos los rincones de dicho nosocomio.
-¡Doctor Frías!... ¡doctor Frías!... ¡Acercarse a emergencia!-ordenaba una vez más aquella sensual voz femenina. Jorge avienta la colilla de cigarrillo y corre hacia la emergencia acompañado del escalofriante sonido de una sirena producido por la apresurada ambulancia que acababa de arribar. Entra a la emergencia empujando intensamente las puertas batientes como si estas fueran un obstáculo para llegar a la meta y encuentra en la camilla a Federico Aramburú, padre de Aurelio , quien recordando al viejo arquitecto que desde hacía buen tiempo se encontraba en una casa de reposo, vigilaba ahora constantemente las solitarias calles de su vecindario en las frías noches de invierno, misión que se le había ocurrido cumplir de manera voluntaria desde la ventana de su hogar luego de comprender, con el paso del tiempo, que el terror que había sufrido el famoso arquitecto, no era algo solamente atribuido a los orates, sino un peligro real y latente, es así que logrando divisar aquel día un auto en las sombras, estacionado a escasos metros de su casa y ante la demora de la llegada de la policía, decide acercarse para sugerir que se movilice el extraño vehículo de aquella área. Al aproximarse apresuradamente al misterioso coche, dos metros antes observa como se desliza la luna de la ventana posterior de donde se escupe una intensa y repentina luz acompañada de un estruendoso ruido, fogonazo que rasga la oscuridad produciéndole un intenso ardor en el vientre, ardor que se convertiría una hora más tarde en una mortal herida.

martes, 6 de septiembre de 2011

Cuando Cayó… en depresión

(nueva versión)
Ricardo Ormeño


La mañana transcurría normalmente en aquel gran hospital que por su modernidad y su tan alardeada y publicitada construcción antisísmica, era de la atención no sólo de todo el distrito sino de quizás toda la provincia. Jorge Frías aquel médico cirujano, bonachón, obeso y mujeriego, se encontraba en el consultorio que le habían asignado para esa mañana; siempre en el sótano, frío y algo húmedo pero él, caracterizado por ser algo caluroso, sentía que la temperatura era adecuada para poder soportar ese grueso mandil blanco. Sentado como de costumbre en el mismo escritorio de metal contemplando frente a él, mientras  frota con los dedos sus espesos bigotes como si quisiera peinarlos, una mesa de curaciones con distintos frascos todos muy parecidos pero con etiquetas donde se podía leer, alcohol yodado, bencina, jabón líquido, merthiolate entre muchas más, destinadas a las curaciones de las distintas heridas, creando una divertida gama de colores y de aromas que invadían totalmente el ambiente. A su izquierda una larga camilla precedida por un biombo de color blanco, significaba para él las distintas batallas libradas en aquel mueble con alguna que otra enfermera de turno y ahora, Laurita, la joven y nueva licenciada de piernas impresionantes, tenía a Jorge recorriendo con la mirada todo el ambiente como preparándose imaginariamente para la nueva batalla que tendría que librar una vez más, eso sí, terminado su sacrificado turno de trabajo. Eran las diez de la mañana y a Jorge le faltaba atender más de veinte pacientes trataba de curarlos a todos con la misma simpatía y prontitud arrancando sonrisas en la mayoría de ellos y logrando que el tiempo no le gane, cuando de pronto la rutina de aquella mañana se vio interrumpida por un estrepitoso ruido, los pacientes, médicos y enfermeras se sobresaltaron, una de ellas, Laurita cogió rápidamente una silla y parándose encima trató de observar por la pequeña y alta ventana sin percatarse que sus bellas piernas producían una mirada fija en el doctor Frías. Laura se esforzaba por fisgar detenidamente, pudiendo advertir sólo un tumulto de gente rodeando algo, Carlos Venturo era ese algo y esa mañana había decidido quitarse la vida ingresando furtivamente al nosocomio y dejándose caer desde el quinto piso, logrando alcanzar el jardín vecino a la vereda. La inmensa tristeza que sentía el desventurado individuo, lo acorraló, el haber sido abandonado por su joven esposa realmente lo había matado.



               A la mañana siguiente Carlos se hallaba hospitalizado en el séptimo piso con las dos piernas totalmente enyesadas y contusiones por todas partes, aún mantenía esa barba de siete días, el cabello ondulado, desordenado y luciendo una que otra cana que hacía pensar que Carlos pasaba los cuarenta. Dado su grave estado tanto físico como psicológico, fue internado en una habitación unipersonal. Dos días después, Carlos se encontraba en tratamiento médico completo, incluyendo un psiquiatra y el padre José, joven párroco del hospital quien se acercó a él como lo hacía todas las tardes con todos los pacientes graves. Luego  de la confesión vino la bendición y finalmente una corta conversación de tal manera de ahorrar un poco de minutos para otros pacientes, sin embargo a pesar de lo breve de la visita,  el párroco percibía que sus palabras surtían el efecto deseado.
-¡Padre… no volverá a pasar!... ¡Se lo prometo! –casi susurraba Carlos totalmente arrepentido no sólo por su acción sino por las molestias causadas al personal y al hospital entero.
-¡Lo sé hijo!... ¡Lo sé!… ¡Dios está contigo! –animaba el padre José observándolo con mucho pesar.
-¡Nunca pensé que me dejaría padre!... ¡Era toda mi vida!... ¡El dolor es muy grande padre! -afirmaba Carlos mientras las lágrimas empezaban a correr por sus blancas mejillas.
-¡Lo importante es que Dios te ha salvado Carlos!... ¡No olvides eso nunca! …¡Además no tienes hijos!… ¡Pero podrías tenerlos en el futuro y necesitarían de un papá fuerte y decidido! -sentenciaba el párroco.
-¡Así es padre, gracias! -respondía Carlos tímidamente.



      El padre se alejó dejando detrás suyo a aquel desdichado hombre tendido en aquella cama envuelto en vendas elásticas y de yeso, sueros, cables emergiendo como tentáculos desde aquellos monitores; encerrado e inmovilizado con esas especies de ataduras, como obligado a que su trajinado cuerpo descanse, aunque su mente despierta aún en sueños trabaje las veinticuatro horas del día.



    Habrían pasado dos semanas del accidente cuando un grupo de enfermeras que realizaban la visita a todos sus pacientes, siempre muy temprano y antes de las ocho de la mañana, llegaron a la habitación de Carlos y se percataron que no se encontraba en su cama, inmediatamente corrieron al baño y sin poder abrir la puerta,  gritaron su nombre repetidas veces mientras golpeaban la madera fuertemente. Al no obtener respuesta alguna la desesperación  se apoderó de los presentes, peor aún cuando perciben que debajo de esa misma puerta de pulcro color blanco corre un hilo de sangre que pretende ensuciar los zapatos de las desesperadas licenciadas de la salud. La voz de emergencia fue propalada tanto por intercomunicadores, parlantes, como por intensos gritos en los pasillos que al producir estos últimos un rápido y veloz efecto, atrajeron la presencia del personal de limpieza más cercano quienes sin titubear y rompiendo la cerradura encuentran a Carlos tendido en el suelo, el cual es llevado de inmediato a la sala de emergencias donde sus venas serían atendidas y suturadas minuciosamente  por el doctor Frías.



     Al día siguiente Carlos es confesado nuevamente por el clérigo José quien con mucha paciencia y cariño le ofrece su ayuda y la de Dios.
-¡Hijo mío, no te derrumbes!... ¡Confío en tu fortaleza!... ¡Confía en la fortaleza de Dios que está para ayudarte! -implora el párroco con aquel tono suave y apaciguador.
-¡No sé que me pasó padre!... ¡Mi cabeza me daba vueltas!... ¡Algo dentro de mí me angustiaba y me venían ideas horribles padre! -sollozaba Carlos desconsoladamente.
-¡Carlos eres hijo de Dios y sólo él puede quitarnos la vida! -afirmaba el sacerdote sin perder su peculiar entonación.
-¡Lo sé padre, no volverá a ocurrir… se lo prometo! -aseguró Carlos luego de un profundo respiro.



     Una semana después el Dr. Frías caminaba con un grupo de alumnos;  sin ser profesor de ninguna universidad, se encargaba de cubrir, con mucha alegría y sana voluntad, a su jefe, cuando éste se encontraba en sala de operaciones. La mañana para él era estupenda no por encontrarse rodeado de alumnos y poder demostrar sus virtudes pedagógicas sino más bien por encontrarse a su lado Laurita ahora su enfermera, asistente, amiga, compañera, pero nunca hermana. Mientras  realizan la visita a cada uno de los pacientes el alegre doctor no deja de pellizcar de vez en cuando a su joven asistente de cautivantes piernas quien sólo se limita a sonreír. Jorge…Jorge…como disfrutas de tu soltería. Por último llegan a la habitación del paciente Venturo quien aún con vendas en las muñecas,  sin olvidar  los impresionantes yesos en la totalidad de ambas piernas, los saludó muy afectuosamente.
-¡Qué tal doctor!... ¡Que alegría verlo por aquí! -exclamó Carlos con cierta alegría y entusiasmo ante la admiración de los presentes.
-¡Hola Carlitos…te veo muy bien!... ¡Espero que tus muñecas también!... ¡Vamos a curarlas en estos momentos! -acotó alegremente Jorge mientras su mente se encargaba de elogiar efusivamente a los antidepresivos de última generación.
-¡Gracias doctor, gracias a todos por venir! -respondía Carlos con entusiasmo.
-¡Mira Carlitos, como te veo mucho mejor, afeitado y peinado te voy a prestar a Laurita para que te revise la cicatriz por mí!... ¿Te parece? -propuso el bonachón doctor tratando de consolidar el buen ánimo de su paciente.
-¡Muy bien doctor, gracias! -respondió Venturo sin titubear.



            Veinte días después el doctor Frías caminaba nuevamente con sus alumnos muy temprano en la mañana, cuando al pasar por la puerta de la habitación de Carlos, decide entrar y darle una visita rápida. No había terminado de abrir la puerta cuando  su asombro se dibujo inmediatamente en su rostro al observar dos piernas totalmente enyesadas siendo arrastradas lenta y sigilosamente, gracias a la fuerza de los brazos del empecinado paciente, hacia una metálica pero ligera silla cual soldado cumpliendo una importante misión. El doctor Jorge Frías hizo, gestos a sus alumnos para que no hagan ruido alguno y una sutil  invitación para que se retiren unos metros atrás quedando el cirujano con la puerta disimuladamente entreabierta observando y analizando minuciosamente los movimientos de aquel desdichado. Carlos ya había hecho mucho en lograr bajarse de aquella alta cama de hospital donde hasta hacía una semana se había encontrado sedado y atado a su lecho. Frías deja que la acción transcurra comienza a experimentar una curiosidad científica, morbosa, psiquiátrica, saber hasta donde llegaría el pobre infeliz, ¿Coger la silla y empujarla hasta alcanzar la ventana? No resistiría su peso. Jorge a pesar del espanto de sus discípulos logra mantenerlos a raya…Frías espera con paciencia de cazador hasta que se percata que Carlos ha llegado  hasta el ventanal  empujando delicada y pacientemente su silla hasta que la meticulosidad de sus movimientos cesan apareciendo un rápido, brusco y ruidoso esfuerzo con sus brazos para erguirse e inclinarse hacia la venta, el galeno da la señal a sus casi obligados cómplices y corren velozmente sujetando inmediatamente al suicida cogiéndolo por los brazos, tórax, cabeza hasta las piernas enyesadas con tal de tratar de impedir que el cuerpo caiga desde una altura de siete pisos. El popular Carlos que ya era conocido por todo el personal que trabajaba allí, fue visitado nuevamente por el joven párroco.
-¡Hijo mío!...-saluda el cura siendo interrumpido.
-¡Lo siento padre!... ¡No fue mi intención!... ¡Fue sólo una recaída! …¡No volverá a pasar!... ¡Se lo juro padre!... ¡Se lo juro! -suplicaba el desdichado moviendo su cabeza de lado a lado con angustia y exasperación.



            Dos meses después Carlos fue dado finalmente de alta, sus piernas quedaron prácticamente como nuevas, sus confusiones y tormentos  parecían cosa del pasado, él volvía a trabajar y en sus horas libres se había comprometido con el padre José para asistir con él a las psicoterapias y poder así no sólo ayudarse así mismo sino a todo aquel paciente que se encontrara en su trágica situación. Hasta que una mañana el doctor Frías se hallaba en el húmedo, pero para él refrescante consultorio del sótano examinando con su mirada cada rincón de dicho ambiente. Cuando le faltaban aproximadamente veinte pacientes por atender, se oye un ruido muy fuerte, como una bomba, Laurita, la enfermera subió a la silla para tratar de observar algo por la pequeña y alta ventana.

martes, 30 de agosto de 2011

Los balcones de Lima

Víctor Mondragón


-El señor Carlos continúa muy ocupado, ¿desea esperar? -dijo una secretaria a don Bruno.

Los pasillos del Congreso se congestionaron de personas   que iban y venían; al salir de las oficinas, algunos rostros  resplandecieron,  llevaban   consigo una esperanza, un alivio, una promesa, quizás la  oportunidad de sus vidas.

De pie en un pasadizo, cargando  un pesado maletín de cuero, don Bruno  esperaba pacientemente. Corría el final de la década de mil novecientos cincuenta, años  antes don Bruno había arribado a Lima proveniente de Italia; se desempeñaba como profesor de Arte  en la Universidad Católica y en la de San Marcos; desde su llegada  quedó impresionado por los balcones de las casonas limeñas,  tenía    un especial cariño por los balcones de cajón, mudos testigos de lo que fue el centro del poder español en sur América, soñaba con preservar la majestad que a Lima le corresponde. El profesor miraba y remiraba entre sus manos una gastada tarjeta de presentación de un congresista, colega de la universidad.

Esta es la llave que me abrirá las puertas -pensaba ilusionado. Hacía más de un año que había presentado un proyecto para salvaguardar los señoriales balcones  de la ciudad, proponía que antes de derribar un balcón se emitiera un dictamen técnico-cultural.

-Puede usted pasar -dijo la secretaria.

-Hola, Bruno, no sabía que eras amigo de don Jorge Solari -dijo  el congresista.

-Sí, somos amigos y juntos hemos elaborado esta propuesta -contestó el italiano.

-Comprenderás que estas cosas toman su tiempo, el trámite tarda, debemos ceñirnos a ciertas instancias; para que esto prospere necesito buscar el apoyo de otros congresistas -dijo el parlamentario.

-¿Tardará más? –pregunto don Bruno.

-Habrá que dejarlo para la próxima legislatura –contestó el congresista.

El italiano encogió los hombros, miro al techo y la frustración embargó  su rostro,  el congresista dispuso una mano en su mentón y le pidió que no se retire.

-Tómalo con calma Bruno, acércate quiero mostrarte algo -dijo don Carlos.

-Son planos de Lima -contestó el italiano.

-Sí, las áreas coloreadas no tienen propiedad saneada, están a la espera de alguien que quiera denunciarlos, mira estos terrenos entre el cerro San Cristóbal y el  río Rímac, no tienen dueño conocido  -dijo el parlamentario.

-Gracias Carlos, sabes que mis afanes son otros -contestó el italiano.

-No hay algo de malo en esto, todo es legal y a tu edad deberías buscar un respaldo para tu vejez, el trámite es simple, te puedo orientar, deja ya de  afanarte en ideales improductivos -replicó el padre de la patria.

Una fuerte y digna mirada fue la respuesta del italiano, cogió su sombrero, su bastón y cortésmente se despidió.

No entiendo los afanes de los hombres han perdido las ganas de vivir por causas dignas no saben querer a su tierra no distinguen la línea difusa y sinuosa que hay entre ser tonto y lo correcto cuantos  humildes que desconocen sus derechos  perderán sus terrenos  por el limbo jurídico reinante –pensaba el italiano.

De regreso a casa, el profesor  caminó por la subida de la calle cercana a la iglesia del Carmen, distrajo su mirada y  vio un perro cachorro  que dormitaba acurrucado al amparo de una mezquina sombra, se miraron   mutuamente, extrajo un pedazo de pan que llevaba en una bolsa y se lo entregó al desvalido animal, prosiguió su camino,  ingresó a  la quinta Heeren (1), se detuvo frente a una hermosa plazuela, cogió un viejo manojo de llaves e introdujo en la cerradura la más grande de ellas, se percató  que el perro lo seguía, cerro su puerta. Horas después,  desde su ventana divisó que el indefenso animal permanecía al pie de la entrada, recordó su infancia en  Florencia,  llamó a Jacinta, su cocinera y la condujo a la puerta.

-Te presento a Pastor, nuestro perro -dijo el italiano.

-No es pastor alemán, parece de raza indefinida, chusco cruzado con chusco –replico la cocinera.

-Tiene rasgos de  poodle, se llamará Pastor como el perro que tuve en mi niñez -contestó el italiano.

-¡Como mueve su cola!, está contento –exclamo  Jacinta. 

-Será nuestro guardián y compañero de Jorgito –respondió don Bruno.

Por esos días, Jorgito daba sus primeros pasos, era hijo de la cocinera; por las tardes, tras regresar de la universidad, el italiano  solía pasear con Jorgito  y Pastor por los ambientes  de la quinta Heeren. Antiguas casonas de estilo austro-húngaro, árboles inmensos, hermosos jardines con olor a jazmín, años iban perfilando su amistad.

-Abuelo, ¿me has traído un soldadito? –dijo Jorgito.

El anciano introdujo las manos en sus bolsillos y extrajo dos pequeños soldaditos de plástico.

-¡Ya tenemos nueve! -gritó con exultación el niño.

¿Por qué  has traído dos? –preguntó seguidamente.

 -Hoy la faena fue magnífica, he salvado dos balcones de la calle de la Penitencia (5), ya están  en el Rímac -dijo el italiano.

Tras bregar con las autoridades, don Bruno  consiguió el ansiado decreto que exigía el  dictamen antes de derribar un balcón, pero no conforme, en su desesperación enamorada por conservar el pasado, se abocó de defender personalmente todos y cada uno de los balcones limeños. El anciano cumplía su pacto con el niño, por cada balcón salvado entregaría un soldadito de plástico al hijo de su cocinera.

-La mesa está servida -avisó Jacinta.

Tras dar gracias a Dios, procedieron a degustar un sancochado (2), servido en recipientes separados el caldo,  las verduras, menestras  y carne, las salsas eran toda una delicia para el italiano, unas veces la sarza criolla (3), otras la salsa a la huancaína, otras de perejil y culantro (4), otras de crema de ají amarillo y muchas más según la imaginación de Jacinta; Pastor también participaba del festín, solía cascar huesos de  vacuno, al pie de la mesa, junto a su amo.

Al día siguiente, al final de la jornada universitaria, don Bruno se reunió con algunos de  sus alumnos para que tomaran conciencia y apoyaran la causa de defender los balcones de madera; la exposición del anciano fue elocuente y mejor aún fundamentada.

-Los balcones son cultura, allí está grabado el esfuerzo de arquitectos, talladores, ensambladores y carpinteros; la conformación del cajón con fina madera es única en su género -dijo el anciano.

-Conozco diversas capitales del mundo y en su tipo, los balcones limeños no tienen igual, los tienen  frente a sus ojos pero no los ven, mejor dicho no los quieren  ver -añadió el profesor.

-¿Qué tipo de moral albergan si no saben defender lo justo, acaso no comprenden que los valores condenan al hombre a ser libre de sus prejuicios? -concluyó el anciano.

En los círculos universitarios de la época estaba de moda la revolución cubana y no faltarían  algunos discípulos que miraran el tema desde otro ángulo.

-No comparto su idea, esos balcones reflejan siglos de opresión del poder extranjero y también  representan a  su descendencia, la oligarquía limeña -dijo un alumno.

–Con el dinero requerido en mantener esos balcones se podría paliar el hambre de muchos niños desnutridos -dijo otro.

 -No nos hable de moral en un país donde los reclamos de los pobres se combaten con misas y balazos, un país donde persisten personajes agazapados que defienden un sistema injusto -dijo una muchacha.

-No se pongan trabas, ¿no será acaso una excusa para no comprometerse en la causa que les propongo? viven recostados en la especulación, por eso me rechazan, los días les olvidarán -replicó el maestro.

La contrariedad era grande como la constante disidencia de los alumnos que alguna vez lo apoyaron, la falta de sensibilidad de los jóvenes no hacía más que afianzar los ideales del profesor.

Seré fiel a mis principios –repetía en su mente, cogió su sombrero, empuñó su bastón y se despidió cortésmente de sus alumnos.      

Lima ciudad con miles de pobladores pero de pocos ciudadanos  como su clima indecisos ambivalentes quieren ser pero no lo son no saben decir sí o no se esconden hablando  a medias tintas  re huyen al compromiso cuchichean en voz baja consienten  no se solidarizan con sus sueños enceguecidos cultivadores de la ambigüedad defensiva –masticaba entre dientes el profesor mientras se dirigía a su casa.

La maleza de los días aplacó su propósito atolondrado  pero agravó su sentimiento de frustración, de incomprensión. Tiempo después, a las cinco de la tarde,  Jacinta abría el portón de la casona, empujó una carreta y  se dirigió presurosa hacia la plaza Italia, lugar donde diariamente ofrecía mazamorra morada y arroz con leche; ya de noche el niño se dirigió hacia la puerta de la casona,  alguien tocaba la misma.

-¿Está don Bruno? -dijo un visitante.

-Buenas noches señor, pase usted, tome asiento por favor -fue la respuesta del niño, seguidamente salió de su habitación don Bruno y se abrazó con el recién llegado.

-Te he visto en los periódicos, vaya empresa en que te has metido -dijo el visitante.

-Bueno, llevo más de diez años en esta causa, inicialmente visité autoridades, periódicos y revistas para que me apoyaran, los resultados han sido exiguos y por eso he pasado a la acción -replicó don Bruno.

-Aquello de encadenarte a una banca frente al Congreso ¿No ha sido una exageración? -preguntó el visitante.

-Tengo que hacerme escuchar, la indiferencia es inmensa y las calles de Lima son una selva, mientras los periodistas me hacían la entrevista me descuidé y algún ladronzuelo me robó el candado que me  costó más de diez soles -replicó el anciano.

-Pero los periódicos te apoyan, ¿o no? -preguntó el amigo.

-Sí y no; me apoyan porque soy noticia, cosa distinta es gastar de bolsillo propio, pedir cita a las autoridades e invertir días enteros en convencerlos de que emitan dispositivos que salvaguarden el patrimonio cultural de la ciudad -añadió don Bruno

-Pero ahí tienes a tus alumnos, ¿acaso no has podido convencerlos? –inquirió el visitante.

-Convencidos están, de la boca para afuera, pero en la acción muy pocos me han acompañado, muchos son insensibles por los envites de la falsedad  -concluyó el anciano.

Minutos después dejaron a un lado el tema de  los balcones y platicaron del pasado, recuerdos convertidos en hitos en sus memorias,  escudos contra la soledad, lejanos años en que vivieron en Europa; Jacinta había dejado todo listo para la reunión, la vajilla y los cubiertos  debidamente dispuestos sobre una mesa cubierta con un fino mantel; agradecieron al Altísimo y procedieron a compartir un sancochado, agradable plato que era el preferido de don Bruno.

-¿Señor en  qué idioma hablan? -preguntó Jorgito.

-Es italiano -contestó el visitante.

-Abuelito, ¿o sea hablas tres idiomas? -preguntó el niño.

-Así es, y si Dios me regala unos años más serán cuatro pues quiero aprender quechua -contesto el italiano. 

Y así discurrió aquella cena, el niño no entendía la conversación de los señores pero  algo quedaría en su esponjosa mente.

-Que bien maneja los cubiertos este niño -expresó el visitante.

-Los niños aprenden lo que ven, él no conoció a su padre,  imita el mundo que lo rodea -contestó Don Bruno.

El mes siguiente, bajo una húmeda mañana, a las siete y media, unos vecinos alborotados tocaron el portón de don Bruno.

-Están derribando un balcón en  la séptima cuadra del jirón Huanta, vaya rápido antes de que sea demasiado tarde -le dijeron.

El anciano se vistió con un traje impecable y enrumbó unas calles abajo, al arribar vio una cuadrilla de peones que con picos y maquinaria pretendían descuartizar  una hermosa casona del siglo XVIII.

 -Señores, buenos días, quiero hablar con el patrón de esta obra -dijo el anciano.

-Ahí está ese loco otra vez -contestó uno de los peones.

-Suéltenle  los perros para que no joda -dijo otro trabajador.

Tras una tensa espera,  en una habitación de paredes descascaradas por los años, apareció  el encargado de la obra,  tenía consigo unos papeles.

-Esta es la licencia de demolición y este el dictamen de Bienes Culturales -dijo el capataz.

-No puede ser, no es posible que las autoridades hayan aprobado esto -dijo don Bruno,  levantó la mirada y vio como unos peones se disponían a atacar con hachas los laterales de un hermoso balcón de fina caoba.

-Lleguemos a un acuerdo, le doy cien soles si me permite dirigir una extracción ordenada del balcón y deja llevármelo -dijo el anciano.

-¿Cuánto tiempo tardará? -preguntó el   encargado.

-El resto de la jornada -respondió el anciano.

-Lo siento, la cuadrilla me cuesta el doble -dijo el capataz.

-Déjenos trabajar, no cobraremos nuestro jornal viejo idiota -gritó un peón.

Al entender que las palabras no surtían efecto en sus endurecidos corazones,  tomo la iniciativa, ingresó tras el cerco con la intención de posesionarse del balcón; en su decidido caminar sintió un agudo dolor en una pierna, escuchó tras de sí el fuerte gruñir de un animal; un can le  rompió el pantalón de fino casimir inglés, unas gotas de sangre ensuciaron sus brillantes zapatos negros; dos peones lo levantaron,  lo echaron fuera de la obra sentándolo en la acera de la forma más ignominiosa.

-Abuelo, no haga problemas,  esta noche debemos llevar dinero a casa, váyase a joder a otra parte -le dijeron.

Jamás claudicaré – repetía  la mente del anciano.

El dolor en la pierna era poco en comparación con el dolor en su alma, la decepción buscaba contagiar a don Bruno.

Como han podido aprobar esa obra seguro ha corrido billete cómo pueden ser tan indolentes e hipócritas siento vergüenza de compartir el género humano con tales semejantes  -pensaba.

Se le acercó un policía y  lo condujo  a la comisaría de la calle San Andrés.

Ahora verán estos salvajes saldrá a la luz que su permiso es fraudulento -creía el anciano.

Un oficial de la policía lo recibió, le dio una palmada en el hombro y lo condujo a su despacho.

-Lamento lo ocurrido señor Roselli, tengo un patrullero disponible para que lo lleve a su domicilio, los abogados de la constructora GN han  presentado una denuncia contra usted por invasión de propiedad, por alterar el orden público y por agresión; déjeme cumplir con mi deber -dijo el oficial.

-Yo no he agredido a nadie, solo me defendí, ellos me atacaron  -replicó el profesor. Una  vez más su alma se contaminó con el amargo sabor de la contrariedad.

El desdén de algunas autoridades  asestó  una herida en lo más íntimo de su corazón, una confabulación urdida por el destino; el profesor se alejó del lugar  sumido en  una oscura melancolía.

Horas después, en el atardecer Jorgito abría el portón de la casona para recibir  la visita del doctor Giuseppe Martinelli.

-Afortunadamente las heridas han sido  superficiales,  haré una limpieza y profilaxis para evitar una infección, el perro será llevado al centro anti rábico -dijo el médico.

-En el Rímac tengo alquilado un amplio terreno donde guardo cerca de cincuenta balcones que duermen esperando mejores tiempos -contestó el anciano.

-Bruno, ya no estás para estas aventuras, he visto tus reflejos y estimo requieres medicamentos para la irrigación cerebral, es común a tu edad -dijo el galeno en tono pausado.

-Giuseppe, sabes que no es una aventura, es mi vida, es una causa justa, es mi ideal,  ¿para qué me recomiendas esas pastillas, crees que estoy loco? –contestó el anciano.

-Te lo digo como amigo que te aprecia, debes ser más cauto en tu proceder, a tu edad un accidente podría conllevar consecuencias fatales -añadió el médico.

-Todos debemos ser auténticos, defender nuestros ideales, ser perseverantes  ¿Qué ejemplos daremos a los jóvenes? –añadió don Bruno.

Jorgito escuchaba atento tras la puerta; así transcurrieron los días, los meses. Cada atardecer, lo recibía Pastor meneando la cola,  pasaron  los años  y fueron  teñiendo de blanco el cabello del emigrante,  don Bruno se jubiló y por las tardes compartía los juegos y la imaginación del niño.

-Este es el jovenzuelo, este es el señorial y aquel el ostentoso -dijo el anciano.

Para que nada restara esplendor a su propósito,  había confeccionado  un catálogo de balcones, realizado con mucho esfuerzo, con un vicio inconfesable, con una pasión prohibida para gente común. La colección de fotos conmovería a cualquiera,  contenía cada uno de los balcones  rescatados; de modo similar el niño conservaba celosamente sus soldaditos de plástico.

-Este es el valiente, este el aventurero y aquel el amigo;  abuelo, ya tenemos cuarenta  y cinco soldados, todos  luchadores -dijo el niño.

-Pronto tendrás diez años y te diré Jorge, algún día serás un hombre de provecho -dijo el anciano.

-Pronto tendremos cien soldados y después un batallón -replicó el niño.

De ese modo el anciano y el niño mantenían una callada promesa de complicidad respecto a los balcones. Cada mañana el italiano salía pulcramente vestido  en busca de algún balcón que defender; cierto día, temprano,   su teléfono timbró.

-Están quemando los balcones del galpón del Rímac -dijo jadeante un amigo del anciano.

Presuroso  el profesor buscó un taxi y enrumbó hacia el  Rímac, el vehículo se detuvo, un cerco policial impedía acercase al pavoroso incendio, el barniz sobre la madera hacia más inflamable  los balcones, el anciano cogió un cubo con agua y corrió hacia el galpón.

-Deténgase, usted no puede pasar -gritó un bombero.

-Son mis balcones, son mis hijos, tengo que rescatarlos, son mi vida -exclamó el anciano. Dos policías redujeron al italiano que miró con impotencia como el fuego de las llamas consumía su ideal,  su labor de tantos años. Interminables ojos de curiosos  rodearon al anciano, lo escrutaron con la mirada.

-Don Bruno, han sido unos vagos,  entraron al terreno  y seguro dejaron colillas de cigarros, no ha sido mi culpa -dijo José Huayta,  dueño del galpón.

-Te pedí que me esperaras, pronto me prestaran  el dinero que cancelará el  alquiler impagado -repetía el anciano.

-No ha sido mi culpa, señor, no vaya a pensar que he sido yo -explicó  Huayta aligerando su dicción por la angustia.

El incendio fue sometido después del mediodía, solo dos balcones se salvaron de ser pasto de las llamas.

-Ya dejen  de mojarlos -decía don Bruno con desolada voz.

-Debemos prevenir un re avivamiento, por seguridad lo que queda debe mojarse plenamente -contestó un bombero.

Por la mente del anciano se desdibujaron sus hermosos proyectos, un mes antes había firmado un convenio con la escuela de Bellas Artes para que sus alumnos se encargaran de las restauraciones, nuevamente se  topaba con los reveses y frustraciones que inflige la vida, su propósito se  desvanecía,  había sido una ilusión; de regreso en su casa su perro salió a recibirlo.

-Hola Pastor, tu eres fiel ¡cuánto tienen que aprender de ti los hombres! -exclamó el profesor, seguidamente se miró en el viejo espejo de su salón,  percibió una imagen que saturaba su propia y temible soledad.

-¿Me has traído un soldadito? –preguntó  Jorgito,  con tenue e insaciable voz.

-Hoy no, mañana si; hoy han muerto cuarentaisiete balcones, solo se salvaron el Millonario y el del Conde, hoy vestiremos luto -contestó el anciano. Aquella noche fue muy triste, todo el dolor del mundo hizo presa del corazón del italiano.

En qué fallé quizás mis amigos tengan razón debería dejar de lado esta vana devoción por  los balcones -se cuestionó.

-No te apenes abuelo, si dos balcones se han salvado es que podrás salvar a otros y cada día me regalarás un nuevo soldadito ¿No es así? -dijo el niño.

Gruesas lágrimas se perfilaron sobre las  mejillas del anciano, las  secó, se reincorporó.

-Claro que si, hemos perdido una batalla pero no la guerra, ve y trae a los soldados, hoy escenificaremos la contienda más sorprendente de la historia, dos soldados contra todo un regimiento -dijo don Bruno.

Y así pasaron los días, los meses, inventando ficciones para poder vivir, resistiendo a  la adversidad; la discreta pensión del italiano no alcanzaría para el sostenimiento de la casa, felizmente doña Jacinta se daba maña para afrontar parte de los gastos. Cierto día mientras don Bruno transitaba por Barrios Altos vio como derruían una majestuosa  casona de la calle San Andrés, se interpuso entre los trabajadores y exigió hablar con el jefe de la obra, éste no  quiso recibirlo y menos mostrar las licencias de demolición,  seguidamente ordenó a los trabajadores que echaran al italiano, de súbito,  del segundo piso de la casona cayó un baldazo de agua, escuchó algunas mofas y  entre tantos adversarios el anciano se vio desamparado

-Abuelo, frótese el pecho, abríguese, acuéstese y no jorobe –dijo un peón en tono burlón.

Era ya de tarde,  el anciano optó por retirarse; aquella noche fue acosado por el insomnio y por el demonio de la venganza,   decidió regresar a la obra y batirse a duelo con sus ofensores.

El día siguiente fue sábado, el amanecer sorprendió al septuagenario extenuado por la falta de descanso,   se vistió pulcramente, era un contendor elegante, con sombrero,  camisa blanca, fina corbata y  traje de casimir; por el apresuramiento no cerró debidamente el portón de su casona y se dirigió hacia  la calle San Andrés; al llegar a la plaza Italia se percató de que Pastor lo seguía, era lejos para regresar a la mascota,  escuchó la voz de Jorgito que a la distancia lo llamaba; el niño se  percató de la ausencia del can y lo iba siguiendo.

-Ahí viene ese viejo loco otra vez -dijo un peón.

-No me iré de aquí hasta que el jefe de la obra me muestre su licencia - exclamó el italiano.

Seguidamente entró a la obra, cogió las herramientas y las tiró a la calle,  forcejeó con dos peones que le salieron al encuentro.

-Abuelo, te harán daño –gritó Jorgito.

Seguidamente  Pastor corrió en defensa de su amo y mordió a uno de los agresores mientras  otro empuñó una pala y propinó un certero golpe en la cabeza del can; un fuerte gemido se escuchó, la leal mascota fue gravemente herida, sumido en desesperación, aturdido por el deseo de llorar, el anciano detuvo un taxi y pidió que los llevaran a un veterinario en Lince, en el camino el italiano abrazaba a su querida mascota.

-Si no fuera por mi terca pasión esto no hubiera sucedido –dijo el profesor; cada  caricia sobre el animal era respondida por un gemido cada vez más tenue, la vida de la mascota se extinguía.

-No te mueras Pastor, no me dejes -repetía el anciano mientras estallaba en llanto.

-No llores abuelo, los médicos lo  salvarán -replicó el niño.

-No me engañes, se está muriendo y no puedo hacer algo -repitió el italiano.

Minutos después un fuerte quejido rompió la tensión, un copioso brote de sangré discurrió desde el hocico de Pastor,   manchó  el fino pantalón de su amo; el niño compartió la congoja del italiano,  estalló en llanto, se abrazaron,  la leal mascota había ofrendado su vida por su amo.

Bajo un gris atardecer,  embargados por un inenarrable dolor,  casi sin fuerzas  removieron  confundidas generaciones de hojas secas,  ya exhaustos enterraron a  Pastor. Una plazuela jardín en la quinta Heeren, rejas que habían perdido la lumbre de otra época, cuatro finas estatuas de mármol  y hermosos jarrones rodeaban la última morada de la fiel mascota; los días posteriores fueron sumamente tristes, veía a Pastor en la  callada respiración de las rosas, una duda existencial acechó al anciano, lo  hincó; las raíces de la noche crecieron  de súbito en  su alma, sus fuerzas lo  abandonaban.

-¿Dónde vas abuelo? –dijo el niño en una mañana muy fría.

-Voy en busca de algún balcón desamparado   -contestó el anciano.

-El doctor dijo que no salgas abuelo -replico el niño.

Apoyado en una férrea voluntad más que en su bastón, el decidido italiano cruzó el portal de su casa, Manuel corrió, lo alcanzó y se abrazó a sus piernas.

-Te harán daño abuelo, no vayas -suplicó el niño.

Los reclamos del  Jorgito doblegaron el alicaído ímpetu del profesor, creyó ver  un ángel, se dirigió a su biblioteca con  un pesado andar, arrastrando casi sus pasos, apoyándose en el niño. Días después el profesor cayó en cama víctima de un principio de neumonía, su avanzada edad no le permitiría concluir sus proyectos, desde su lecho el anciano mandó llamar a Jorge.

-Abre ese cajón y saca una caja roja de madera -le dijo al niño.

-¡Son soldaditos!, es todo un batallón -exclamó Jorge,  seguidamente los contó, eran ciento treinta  y ocho soldados.

-Más los sesenta  y dos que tengo son doscientos -exclamó el niño.

-Si ese fue mi proyecto, salvar esa cantidad de balcones pero el tiempo es traicionero y la muerte me ronda -dijo en tono extenuado el anciano.

-No digas eso abuelo, pronto mejorarás y como antes jugaremos con los soldados, además cuando sea grande yo defenderé los balcones que te faltan - respondió  el niño

-Estoy apenado, nunca debí ser mezquino contigo, hace años los compre y te los he dado de a pocos, eres ya casi un adolescente, perdóname por el tiempo que te robé, el tiempo  que debiste  disfrutar de ellos -dijo el profesor.

El anciano comprendía que era inútil ilusionarse con  las muchas vidas que quisiera tener cuando solo disponía de una, una honda melancolía invadía su corazón,   había llegado a una edad en la que se tiene  derecho a descansar, mandó llamar a Jacinta, le pidió escribiera como deberían vender sus relojes, sus gemelos de oro, su vitrola, sus colecciones de libros y otras pertenecías para honrar sus deudas; cayó  y volvió a caer, su  esfuerzo y  obstinación serían vanos, la soledad, la desesperación y la angustia se cebaron de él, con los ojos inertes no reconocía el mundo a su alrededor. La madrugada del veinticuatro de setiembre de mil novecientos setenta,  a las cinco de la mañana, sin claudicar jamás en sus principios,  se despidió de la vida uno de los más grandes vecinos que tuvo la ciudad de Lima. Lágrimas de dolor salaron  el paladar de Jorgito.

-Déjenme, quiero ver a mi abuelo -gritaba el niño; un vecino lo contenía mientras otros murmuraban.

-Aléjenlo, no debe ver esto.

El cuerpo del infortunado anciano fue vestido para su último adiós, el día era nublado; una ligera llovizna se solidarizó con  la congoja de los vecinos y amigos.

Parecía que una vez más habían triunfado la indiferencia y el desdén pero  trece años después de  la muerte de don Bruno Carlo Dionigio Amulio Roselli Cooni, se constituyó el patronato de los Balcones,  gracias a la campaña “Adopte un Balcón”, la ciudad de  Lima pudo recuperar ochenta señoriales balcones de cajón, el tiempo para los hombres no es el tiempo para Dios.

Con los años Jorge llegó a ser un gran arquitecto. Aún hoy, cuando alguna casona limeña se refacciona hay testigos que aseguran ver en las noches el perfil vigilante de un personaje de fino traje, sombrero y bastón que inmutable vela por sus balcones, caballero que vivió en permanente entredicho con la realidad,  que sufrió la desoladora recompensa de  la incomprensión y el olvido.



(1)  Quinta Heeren; Conjunto residencial limeño del siglo XIX, de arquitectura Austro-Húngara, ubicada en los Barrios Altos de Lima.

(2)  Sancochado: Plato parecido al cocido español, preparado con carne de res, col, choclo, yuca, otros y acompañado por diversidad de salsas.

(3)  Sarza criolla:    En Perú salsa criolla a base de ají, cebolla roja cruda, limón y sal. En la costa norte peruana se suele llamar sarza.

(4)  Culantro: cilantro.

(5)  Calle Penitencia: primera, segunda y tercera cuadra del jirón Paruro, en los Barrios Altos de Lima.