lunes, 29 de diciembre de 2025

Negocios de otro mundo

Moisés Panduro Coral


En el silencio de la tarde pude escuchar el ruido de unos tacones altos que golpeteaban el piso de cemento. ¿Quién podría ser si a esa hora me había quedado solo en todo el edificio? El rítmico poc, poc, poc, poc, que retumbaba en el pasadizo que conducía a mi oficina desde la entrada, evidenciaba urgencia. Siguieron unos toques apremiantes frente a mi puerta. Abrí y me encontré de cara con Nelly, una compañera de trabajo de la misma entidad, cuya oficina estaba en otro edificio cercano. Llevaba todavía su uniforme celeste. Vi su rostro lívido.

—¿En qué puedo ayudarte, Nelly?

—¡Ay, amigo!

La invité a pasar. Entró con la respiración entrecortada, incapaz de articular palabra. Se dejó caer en la silla, inspiró profundo intentando serenarse y logró decirme que venía del hospital del Seguro Social. Cuidaba, en la sala de emergencia, a un familiar en observación por una dolencia cardiaca, cuando escuchó un alboroto en la habitación del frente, separada solo por una cortina azul de plástico. En medio del forcejeo, una voz áspera, grave y profunda, exigía que le suelten y amenazaba con castigos horrendos, de los que solo se padecen en el averno.

Un auxiliar de enfermería pasó de prisa llevando en sus manos unas correas con hebilleras. Al entrar en la habitación donde se producía el alboroto, se olvidó de cerrar la cortina que fungía de puerta. Por ese descuido, ella pudo ver lo que ocurría: varias personas intentaban dominar a una joven, hasta que lograron tenderla y sujetarla con muñequeras y tobilleras a las barandas de la cama, pero ni así lograron inmovilizarla pues la mujer se arqueaba y estiraba la cabeza como si estuviera hecha de goma.

—¡Que el infierno les escupa su vida en la cara! —repetía, al tiempo que las barandas parecían desgajarse de la cama por la fuerza con la que intentaba liberarse de las muñequeras.

Tuvieron que bregar duro para colocarle un cinturón ancho de sujeción que le cubrió parte del pecho con lo que terminaron de inmovilizarla.

El médico daba indicaciones. La mirada abrumada de un interno de medicina retrataba su perplejidad. El auxiliar asió fuertemente la mano izquierda de la mujer para que la enfermera pueda colocarle la vía de administración de medicamentos. Los gritos se fueron pausando y se volvieron cada vez menos intensos.

Nelly aprovechó el momento en que el interno se acercó a la cama de su pariente, para preguntarle lo que estaba ocurriendo con la chica. Al parecer, se trata de un trastorno disociativo, señorita, le dijo. El chofer del ómnibus que la trajo hasta aquí informó que ella viajaba sin destino, luego de subirse cerca de un mercado en el norte de la ciudad. De repente se levantó de su asiento y se acercó a los pasajeros, mirándolos con furia y hablándoles en lenguas misteriosas, con una voz cavernosa que se entremezclaba con voces agudas. Los pasajeros le pidieron que se detenga para bajar apresuradamente. Al rato, ella se desmayó y cayó al piso del vehículo.

—¿El chofer no se asustó?

Dijo que era evangélico y que dudó a dónde llevarla, pero se decidió por el establecimiento de salud más cercano. El médico que la atendió encontró que la sequedad de sus ojos y la dilatación de sus pupilas, eran indicios de una probable ingestión de antidepresivos por lo que ordenó un lavado gástrico complementado con carbón activado para adsorber las toxinas. Una hora más tarde, se despertó y se incorporó violentamente de la camilla. Con la mirada encendida y fija en la nada caminó en dirección a la salida, derribando el pedestal y arrastrándolo por el suelo junto con el frasco de suero. Todavía tenía la aguja clavada en su vena, firmemente sujeta por cintas de esparadrapo. Los pacientes entraron en pavor, por lo que el médico ordenó ponerla en una habitación más aislada.

—¿Puedo verla ahora que está durmiendo? —preguntó, Nelly. El interno asintió y le pidió que se acercara en silencio.

Vio un documento de identificación en la mesita y, a su lado, un papelito con un nombre y un teléfono. No hay lugar, ni momento, en que uno esté libre de recibir una sorpresa: ¡Jazmín! ¡Dios mío! ¡Jazmín! ¡¿Qué te ha pasado, amiga?! En su rostro empalidecido vio unos surcos sanguinolentos, y en el vaho de su respiración pudo percibir un olor dulzón a huevo quemado y podrido. Sus labios resecos tenían heridas profundas y lineales como si hubieran sido sajados por un filoso cuchillo. A través del resquicio que dejaba sus párpados a medio cerrar, sus pupilas lucían inertes. En su bata hospitalaria había unas manchas blancas producto del vómito de gran parte del carbono que le habían administrado durante el lavado gástrico. Jazmín está con un semblante espantoso, amigo. Vine volando a avisarte, debes ir a verla.

Quedé impactado. Salimos de la oficina, me despedí de Nelly y tomé un taxi. Recordé que la noche anterior, Jazmín me esperó a la entrada de la quinta. Estaba parada, con el hombro derecho ligeramente recostado en el marco de la puerta y la mano izquierda en la cintura. Tenía la mirada abatida por el desvelo y no se entusiasmó al verme. Yo conocía esa estampa: era el preludio de una discusión por celos que demoraría horas y que se apaciguaría únicamente si alguna de mis mil razones lograba convencerla que una infidelidad mía estaba sólo en su imaginación. Vivía sola, en una habitación rentada de la quinta de una familia amiga. La dejé dormida cerca de la una de la mañana. Cada episodio era profundamente desgastante. ¿Cuándo se apagará este infierno que aprisiona a quien amo y que me tiene condenado a mí, también?, me preguntaba en silencio mientras retornaba a casa.

Ahora esto. No tenía idea de lo que pudo haber ocurrido. Alrededor del mediodía había telefoneado a su oficina. Me preocupé cuando me informaron que no asistió a trabajar. Llamé a la quinta y la dueña me informó que la había visto salir poco después del mediodía. Me había equivocado pensando que, tal vez, pudo haber salido a almorzar. Esa extraña llamada que recibí poco antes de la llegada de Nelly, pudo haber sido alguien que quizás quiso ponerme sobre aviso, pero un impulso desconocido hizo que yo cortara el teléfono. Los demonios concurren prestos cuando hacen su mejor negocio que es el secuestro del alma y su posterior tormento.  

Entré raudamente al hospital. Tenían mi nombre, me estaban esperando. En el acto, una enfermera me llevó hasta una habitación aislada, situada al fondo de un pasillo, medio oscurecido. La encontré dormida y me acerqué cauteloso. Pese a mi serenidad, sentí que un ligero frío recorría mi médula espinal. Tal vez Nelly exageró, pues, mirando bien, los surcos en su rostro podrían ser arañazos que ella misma se infligió, y sus labios partidos podrían explicarse por la sequedad que causó el carbono activado cuando lo estaba ingiriendo o vomitando. La expresión de su rostro sí era tétrica, adolorida, quejumbrosa.

Me senté en un sillón que arrastré junto a su cabecera. Había estado cavilando un buen rato tratando de encontrar respuestas satisfactorias, cuando, bruscamente, Jazmín abrió sus ojos. Escuché como si se romperían varios huesos. Volteó lentamente el cuello y me miró de costado. No se alegró al verme. En lugar de eso, se agitó y con una voz monstruosa, de ultratumba, me maldijo. Me levanté de un brinco y sin perderla de vista empecé a intuir que este que ya no era un tema de celos. Recité, calladamente, un salmo: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento».

No era Jazmín. Era otra voz. O, mejor dicho, eran otras voces. Esta, como las manifestaciones anteriores que me contó Nelly, era un indicador de que el asunto trascendía lo terrenal ante lo cual los fármacos serían un placebo. Es paradójico, la ciencia no cura el alma, es apenas una pildorita de azúcar para sus dolencias. Se abrió la puerta, el personal de salud entró vacilante, y sin desviar mi atención del rostro de Jazmín y de sus ojos espeluznantes, les mostré mi palma izquierda en gesto de que se detengan. Acto seguido, roté mis dedos índices superponiendo uno sobre otro rápidamente, en señal de que regresaran más tarde.

En mi mente, seguía retumbando el salmo. Dentro de lo que cabía, hice una rápida evaluación de la situación. Tomé en cuenta que Jazmín, al tener el cuerpo completamente inmovilizado, no me haría daño. Eso me serenó un poco. Sus ojos seguían mi movimiento y sus imprecaciones no se detenían. Mirando de reojo, me di cuenta que el personal de salud seguía allí cerca de la puerta. Un auxiliar se acercó y me dijo con voz agitada que tenían orden del médico de administrar una dosis de sedantes. Al escuchar esto, Jazmín, o lo que estaba dentro de ella, hizo un esfuerzo hercúleo para levantarse.

Asentí sin decir una palabra. Tomé su mano izquierda que se movía frenéticamente pese a la presión de la muñequera. Cerré mis ojos, cuando la enfermera conectó la jeringa con la mariposa de la llave. Ya está, escuché. Al abrir mis ojos, me choqué de plano con la sonrisa diabólica de Jazmín, al tiempo que una voz ronca y áspera, me decía: «¡Puedes morir aquí mismo, si quiero!». Siguió una risa larga y estentórea que no olvido hasta ahora. El auxiliar y la enfermera se apresuraron en abandonar la habitación.

Tomé aliento y repetí mentalmente el salmo. Acerqué mis ojos a sus ojos, y mirándola fijamente le dije: «No eres tú, Jazmín. Alguien se ha adueñado de ti, de tu cuerpo, de tu voz, de tu alma. No puedo conversar con alguien que no eres tú».  

—¡Habla, perro! —me espetó la gravosa voz salida del mismísimo infierno.

Recordé que cuando alguien está furioso, así sea el demonio, una frase dulce o chistosa puede ayudar a desinflarlo todo.

—¡No soy un perro, soy un cachorro! —dije, haciéndome el gracioso.

Varias risas espantosas cubrieron el recinto.

—Se ríen porque no me conocen —retruqué, mientras la piel se me erizaba.

Nuevamente me incliné en la cama para mirar cara a cara a Jazmín. Le hablé firmemente en tono alto: «No eres tú, Jazmín, pero quiero pedir a todos los que están dentro de ti que me concedan una tregua. Díganme qué es lo que quieren de mí. O de ella. O de nosotros dos. No sé quiénes son, pero quienes quiera que sean, trataré de entenderles. Sólo quiero una tregua».

Cesaron las voces. Un silencio inundó la habitación. En mi reloj, la manecilla del horario marcaba las doce de la noche. El rostro de Jazmín adquirió un leve tono de quietud. Me sentí mejor. Era un buen avance, sea porque los sedantes estaban haciendo efecto o porque quienes habían tomado su cuerpo aceptaron la tregua que había pedido enérgicamente. Una calma inquieta reinaba. Una hora más tarde, la enfermera, abrió con cuidado la puerta, y, en voz baja, me dijo: «Será mejor que vaya a descansar. Va a dormir por varias horas». Había sido un día duro. Me despedí de Jazmín con un beso en la frente.

Mi casa no quedaba distante del hospital, así que caminé calmadamente, sin dejar de pensar en lo ocurrido. La calle lucía silenciosa. No había caminado ni una cuadra, cuando, de la nada, se apareció a mi lado un hombrecito que aceleraba sus pasos para ir a mi lado.

—¿Preocupado, amigo? —me preguntó con un tono amical.

No le contesté, seguí caminando sin desviar mi mirada.

—¿La novia se quedó allí adentro, cierto? —insistió.

Estuve a punto de espetarle un: «¿Cómo lo sabes?», pero me llamó la atención su cabeza desproporcionada para su estatura de unos sesenta centímetros.

—Mira, amigo. No te hagas el sobrado, que yo así nomás no le hablo a nadie. Te interesará saber que tengo la solución a tu problema.

Dejé de caminar. De un brinco, se puso frente a mí y me tendió la mano. Soy Richard, me dijo. «Escucha amigo, voy a ser directo: los celos no sueltan a nadie. Has visto a Jazmín; no duerme, no come, tiembla si tú tardas cinco minutos en llegar o si no te encuentra cuando te llama. Los celos la han ido rompiendo de a pocos, y tú lo sabes».

—¿Quién eres, amigo? —le pregunté.

—Importa poco quién soy. Mira, me has caído bien desde que te vi ayudando a una pareja de ancianos la tarde que enterraban a su hijo que fue asesinado por terroristas en la sierra. El occiso era amigo tuyo.

—¿Te refieres a… Maurilio? Eso ocurrió hace más de cuatro años.

—Yo estuve ahí.

Continuamos caminando y, casi sin que lo pueda notar, llegamos a la plaza 28 de Julio. «Este lugar fue el primer cementerio de la ciudad durante la fiebre del caucho que atrajo a personas de todo el mundo. Aquí, junto con los oriundos, estaban enterrados muchos extranjeros, hasta que el gobierno decidió convertirlo en un campo de fútbol».

Nos sentamos en una banca, cerca del centro de la plaza. No había nadie más que nosotros. Por las calles aledañas, circulaban, ralamente, algunos vehículos. El viento agitaba las ramas de los árboles.

Se paró, me miró seriamente y me dijo: «Aquí, amigo, estuvo enterrado un comerciante árabe, muy rico. Cuando su cadáver, como el de todos los difuntos, fue trasladado al nuevo cementerio general, un aro de inmenso valor que fue enterrado junto con él, se quedó entre la tierra removida que con el tiempo y la lluvia se compactó».

—No logro entender qué tiene que ver mi problema con este tema histórico.

—Aguanta, que ya llegamos al punto. En una dimensión que no conoces, este comerciante confió que su máximo deseo es tener su aro de retorno, porque quiere negociar la libertad de su alma. Y, yo, amigo, soy el único que conozco el lugar preciso donde se encuentra esa joya.

—Es fácil, entonces, desentiérralo y llévale a quien pertenece.

—Eso me gusta de ti. No eres ambicioso del dinero, ni de la riqueza. Sucede, amigo, que ni yo, ni cualquier ser de otro mundo que no sea el humano, puede hacerlo.

—¿Cómo que no eres de este mundo?

—No, no soy de aquí, las apariencias engañan, pero no es necesaria esa explicación. Sólo puedo decirte que tenemos ciertas reglas. Una regla es que yo no puedo desenterrar esa joya, eso sólo está permitido a los de este mundo. Otra es que respetamos las jerarquías, yo no puedo verme con el alma del árabe, de eso se encargará mi jefe. Nosotros somos intermediarios entre el bien y el mal, a veces jugamos para uno, y a veces, para otro, en este libre albedrío que rige al hombre. Tú has sido capaz de dirigirte a los demonios que habitan el cuerpo de tu novia y eso me hizo ver que eres el elegido para esta misión.

—¿Cómo? ¿Tú estuviste en el hospital?

—Sí, pero esa legión te dio una tregua de sólo doce horas. Ese es el tiempo que tienes para desenterrar el aro y entregármelo.

Le miré incrédulo. Entonces, ¿no han sido los sedantes? Se rio. Nada, amigo, la liberación de Jazmín es temporal y vence a las doce del día de hoy mismo.  

—A ver, ¿qué tienen que ver los que, según tú, me dieron la tregua, con el árabe rico, conmigo y con mi novia?

—Caray, amigo, eres un muchacho sano. ¡Negocios son negocios, en este mundo y en todos los mundos!

—¡Pero yo no hago trato con demonios, jamás!

—No me estás entendiendo, amigo. Tú no harás ningún trato, serás el beneficiado de una negociación de terceros.

Continuó explicándome: El alma del comerciante árabe está en el reino de los demonios, pero lo liberarán para que vaya al purgatorio, si a cambio él les entrega el aro que te repito vale una fortuna incalculable. Mi jefe, Serafín, que, de vez en cuando, habla con él, sabe eso y me pidió que busque a alguien que lo desentierre.

Tu novia está poseída por los súbditos del averno que se han aprovechado de su estado, y el culpable de eso eres tú, por omisión, por voluntad, o, por lo que sea, pero el culpable eres tú. Si devolvemos ese aro, todos salimos ganando. Los demonios tendrán su aro, el árabe se salvará del infierno y tendrá la oportunidad de expiar sus culpas, mi jefe habrá cumplido su papel, yo ascenderé en jerarquía, tu novia se liberará de esos horrendos celos, y tú vivirás más tranquilo. ¡Bisnes son bisnes, amigo!, dijo riéndose.

Me quedé en silencio. No quería hacer «tratos» con nadie del otro lado, pero la imagen de Jazmín, amarrada a la cama y maldiciendo con esa voz ajena, se me clavó en la garganta. Sabía que no entendería la letra chica de ese contrato, solo que, si no hacía nada, la perdería. Asentí. Tenía lógica…

Lo seguí hasta un árbol de parinari. Desde allí, dio cuatro pasos al frente y luego dobló dos pasos a la izquierda. Se detuvo en un punto. Le alcancé un pedazo de rama seca que clavó como una estaca en el suelo. Aquí es, me dijo. No sé a qué profundidad estará, pero está aquí. Cuando lo tengas, te vas al cementerio y lo dejas al pie del árbol de marañón que está al costado de la tumba de un famoso lanchero. Yo lo recogeré de allí y lo entregaré a mi jefe que, a su vez, le llevará al alma del árabe. Y el árabe se lo entregará a esos codiciosos demonios. Recuerda, tiene que ser antes de las doce del día. Sin otra explicación, me hizo adiós con su mano. ¡Ahora tienes solo diez horas, amigo!, me dijo y desapareció entre los arbustos.

Ese día, pedí un permiso en el trabajo. Cerca de las nueve de la mañana llevé una pala y un plantón de huimba que me conseguí del vivero municipal. Había excavado unos cincuenta centímetros cuando me topé con una bolsita de tela cerrada en su extremo superior por una soguilla ajustable. La tomé, la abrí, y sí, en su interior, había un aro grande y pesado. Supuse que era de oro porque refulgió cuando retiré la arena. Llevaba en su disco central una inscripción labrada en un idioma que no entendí. Estaba orlado con pequeños diamantes que chispeaban luz. Sembré el plantón, y con las mismas, tomé un taxi y me fui al cementerio. Le dije al taxista que me esperara. Compré unas flores e ingresé raudamente al panteón. Puse la bolsita en el lugar que me indicó Richard. Le cubrí con un poco de hojarasca que aprisioné con un pedazo de concreto que encontré cerca, y me dirigí a la tumba de mi abuelo a colocar las flores.

Luego de devolver la pala en el vivero, le pedí al taxista que me llevara al hospital del Seguro Social. Encontré a Jazmín calmada. Tenía mejor semblante. Ya le habían quitado los cinturones de sujeción, las muñequeras y tobilleras. El médico me recibió sonriente, me informó que ella ya había desayunado y me dijo: «Enfermo que come se va a su casa». Esa misma tarde le dieron de alta y la llevé hasta la quinta. Estuve acompañándola hasta la madrugada. Cuando me retiré, su amiga Anny, hija de la dueña de la quinta, se quedó con ella, por si acaso requería algo.

Llevo treintaicinco años viviendo con Jazmín. Ella ni siquiera recuerda esos días. Tenemos una hija que nos ha dado un hermoso nieto.

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