Moisés Panduro Coral
En el silencio de la tarde pude
escuchar el ruido de unos tacones altos que golpeteaban el piso de cemento. ¿Quién
podría ser si a esa hora me había quedado solo en todo el edificio? El rítmico poc,
poc, poc, poc, que retumbaba en el pasadizo que conducía a mi oficina desde la
entrada, evidenciaba urgencia. Siguieron unos toques apremiantes frente a mi
puerta. Abrí y me encontré de cara con Nelly, una compañera de trabajo de la
misma entidad, cuya oficina estaba en otro edificio cercano. Llevaba todavía su
uniforme celeste. Vi su rostro lívido.
—¿En qué puedo ayudarte, Nelly?
—¡Ay, amigo!
La invité a pasar. Entró con la
respiración entrecortada, incapaz de articular palabra. Se dejó caer en la
silla, inspiró profundo intentando serenarse y logró decirme que venía del
hospital del Seguro Social. Cuidaba, en la sala de emergencia, a un familiar en
observación por una dolencia cardiaca, cuando escuchó un alboroto en la habitación
del frente, separada solo por una cortina azul de plástico. En medio del
forcejeo, una voz áspera, grave y profunda, exigía que le suelten y amenazaba
con castigos horrendos, de los que solo se padecen en el averno.
Un auxiliar de enfermería pasó de
prisa llevando en sus manos unas correas con hebilleras. Al entrar en la
habitación donde se producía el alboroto, se olvidó de cerrar la cortina que
fungía de puerta. Por ese descuido, ella pudo ver lo que ocurría: varias
personas intentaban dominar a una joven, hasta que lograron tenderla y
sujetarla con muñequeras y tobilleras a las barandas de la cama, pero ni así
lograron inmovilizarla pues la mujer se arqueaba y estiraba la cabeza como si
estuviera hecha de goma.
—¡Que el infierno les escupa su
vida en la cara! —repetía, al tiempo que las barandas parecían desgajarse de la
cama por la fuerza con la que intentaba liberarse de las muñequeras.
Tuvieron que bregar duro para
colocarle un cinturón ancho de sujeción que le cubrió parte del pecho con lo
que terminaron de inmovilizarla.
El médico daba indicaciones. La
mirada abrumada de un interno de medicina retrataba su perplejidad. El auxiliar
asió fuertemente la mano izquierda de la mujer para que la enfermera pueda
colocarle la vía de administración de medicamentos. Los gritos se fueron
pausando y se volvieron cada vez menos intensos.
Nelly aprovechó el momento en que el
interno se acercó a la cama de su pariente, para preguntarle lo que estaba
ocurriendo con la chica. Al parecer, se trata de un trastorno disociativo,
señorita, le dijo. El chofer del ómnibus que la trajo hasta aquí informó que ella
viajaba sin destino, luego de subirse cerca de un mercado en el norte de la
ciudad. De repente se levantó de su asiento y se acercó a los pasajeros,
mirándolos con furia y hablándoles en lenguas misteriosas, con una voz
cavernosa que se entremezclaba con voces agudas. Los pasajeros le pidieron que
se detenga para bajar apresuradamente. Al rato, ella se desmayó y cayó al piso
del vehículo.
—¿El chofer no se asustó?
Dijo que era evangélico y que dudó
a dónde llevarla, pero se decidió por el establecimiento de salud más cercano. El
médico que la atendió encontró que la sequedad de sus ojos y la dilatación de
sus pupilas, eran indicios de una probable ingestión de antidepresivos por lo
que ordenó un lavado gástrico complementado con carbón activado para adsorber las
toxinas. Una hora más tarde, se despertó y se incorporó violentamente de la
camilla. Con la mirada encendida y fija en la nada caminó en dirección a la
salida, derribando el pedestal y arrastrándolo por el suelo junto con el frasco
de suero. Todavía tenía la aguja clavada en su vena, firmemente sujeta por
cintas de esparadrapo. Los pacientes entraron en pavor, por lo que el médico
ordenó ponerla en una habitación más aislada.
—¿Puedo verla ahora que está durmiendo?
—preguntó, Nelly. El interno asintió y le pidió que se acercara en silencio.
Vio un documento de identificación
en la mesita y, a su lado, un papelito con un nombre y un teléfono. No hay
lugar, ni momento, en que uno esté libre de recibir una sorpresa: ¡Jazmín!
¡Dios mío! ¡Jazmín! ¡¿Qué te ha pasado, amiga?! En su rostro empalidecido vio
unos surcos sanguinolentos, y en el vaho de su respiración pudo percibir un
olor dulzón a huevo quemado y podrido. Sus labios resecos tenían heridas profundas
y lineales como si hubieran sido sajados por un filoso cuchillo. A través del
resquicio que dejaba sus párpados a medio cerrar, sus pupilas lucían inertes.
En su bata hospitalaria había unas manchas blancas producto del vómito de gran
parte del carbono que le habían administrado durante el lavado gástrico. Jazmín
está con un semblante espantoso, amigo. Vine volando a avisarte, debes ir a
verla.
Quedé impactado. Salimos de la
oficina, me despedí de Nelly y tomé un taxi. Recordé que la noche anterior,
Jazmín me esperó a la entrada de la quinta. Estaba parada, con el hombro derecho
ligeramente recostado en el marco de la puerta y la mano izquierda en la
cintura. Tenía la mirada abatida por el desvelo y no se entusiasmó al verme. Yo
conocía esa estampa: era el preludio de una discusión por celos que demoraría
horas y que se apaciguaría únicamente si alguna de mis mil razones lograba
convencerla que una infidelidad mía estaba sólo en su imaginación. Vivía sola,
en una habitación rentada de la quinta de una familia amiga. La dejé dormida
cerca de la una de la mañana. Cada episodio era profundamente desgastante. ¿Cuándo
se apagará este infierno que aprisiona a quien amo y que me tiene condenado a
mí, también?, me preguntaba en silencio mientras retornaba a casa.
Ahora esto. No tenía idea de lo que
pudo haber ocurrido. Alrededor del mediodía había telefoneado a su oficina. Me
preocupé cuando me informaron que no asistió a trabajar. Llamé a la quinta y la
dueña me informó que la había visto salir poco después del mediodía. Me había
equivocado pensando que, tal vez, pudo haber salido a almorzar. Esa extraña llamada
que recibí poco antes de la llegada de Nelly, pudo haber sido alguien que
quizás quiso ponerme sobre aviso, pero un impulso desconocido hizo que yo
cortara el teléfono. Los demonios concurren prestos cuando hacen su mejor
negocio que es el secuestro del alma y su posterior tormento.
Entré raudamente al hospital.
Tenían mi nombre, me estaban esperando. En el acto, una enfermera me llevó
hasta una habitación aislada, situada al fondo de un pasillo, medio oscurecido.
La encontré dormida y me acerqué cauteloso. Pese a mi serenidad, sentí que un
ligero frío recorría mi médula espinal. Tal vez Nelly exageró, pues, mirando
bien, los surcos en su rostro podrían ser arañazos que ella misma se infligió,
y sus labios partidos podrían explicarse por la sequedad que causó el carbono
activado cuando lo estaba ingiriendo o vomitando. La expresión de su rostro sí
era tétrica, adolorida, quejumbrosa.
Me senté en un sillón que arrastré
junto a su cabecera. Había estado cavilando un buen rato tratando de encontrar respuestas
satisfactorias, cuando, bruscamente, Jazmín abrió sus ojos. Escuché como si se
romperían varios huesos. Volteó lentamente el cuello y me miró de costado. No
se alegró al verme. En lugar de eso, se agitó y con una voz monstruosa, de
ultratumba, me maldijo. Me levanté de un brinco y sin perderla de vista empecé
a intuir que este que ya no era un tema de celos. Recité, calladamente, un
salmo: «Aunque
ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás
conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento».
No era Jazmín. Era otra voz. O, mejor
dicho, eran otras voces. Esta, como las manifestaciones anteriores que me contó
Nelly, era un indicador de que el asunto trascendía lo terrenal ante lo cual los
fármacos serían un placebo. Es paradójico, la ciencia no cura el alma, es
apenas una pildorita de azúcar para sus dolencias. Se abrió la puerta, el
personal de salud entró vacilante, y sin desviar mi atención del rostro de
Jazmín y de sus ojos espeluznantes, les mostré mi palma izquierda en gesto de que
se detengan. Acto seguido, roté mis dedos índices superponiendo uno sobre otro
rápidamente, en señal de que regresaran más tarde.
En mi mente, seguía retumbando el
salmo. Dentro de lo que cabía, hice una rápida evaluación de la situación. Tomé
en cuenta que Jazmín, al tener el cuerpo completamente inmovilizado, no me
haría daño. Eso me serenó un poco. Sus ojos seguían mi movimiento y sus
imprecaciones no se detenían. Mirando de reojo, me di cuenta que el personal de
salud seguía allí cerca de la puerta. Un auxiliar se acercó y me dijo con voz
agitada que tenían orden del médico de administrar una dosis de sedantes. Al
escuchar esto, Jazmín, o lo que estaba dentro de ella, hizo un esfuerzo
hercúleo para levantarse.
Asentí sin decir una palabra. Tomé
su mano izquierda que se movía frenéticamente pese a la presión de la
muñequera. Cerré mis ojos, cuando la enfermera conectó la jeringa con la
mariposa de la llave. Ya está, escuché. Al abrir mis ojos, me choqué de plano
con la sonrisa diabólica de Jazmín, al tiempo que una voz ronca y áspera, me
decía: «¡Puedes
morir aquí mismo, si quiero!». Siguió una risa larga y estentórea
que no olvido hasta ahora. El auxiliar y la enfermera se apresuraron en
abandonar la habitación.
Tomé aliento y repetí mentalmente el
salmo. Acerqué mis ojos a sus ojos, y mirándola fijamente le dije: «No eres tú, Jazmín.
Alguien se ha adueñado de ti, de tu cuerpo, de tu voz, de tu alma. No puedo
conversar con alguien que no eres tú».
—¡Habla, perro! —me espetó la
gravosa voz salida del mismísimo infierno.
Recordé que cuando alguien está
furioso, así sea el demonio, una frase dulce o chistosa puede ayudar a desinflarlo
todo.
—¡No soy un perro, soy un cachorro!
—dije, haciéndome el gracioso.
Varias risas espantosas cubrieron
el recinto.
—Se ríen porque no me conocen —retruqué,
mientras la piel se me erizaba.
Nuevamente me incliné en la cama
para mirar cara a cara a Jazmín. Le hablé firmemente en tono alto: «No eres tú, Jazmín,
pero quiero pedir a todos los que están dentro de ti que me concedan una tregua.
Díganme qué es lo que quieren de mí. O de ella. O de nosotros dos. No sé
quiénes son, pero quienes quiera que sean, trataré de entenderles. Sólo quiero
una tregua».
Cesaron las voces. Un silencio
inundó la habitación. En mi reloj, la manecilla del horario marcaba las doce de
la noche. El rostro de Jazmín adquirió un leve tono de quietud. Me sentí mejor.
Era un buen avance, sea porque los sedantes estaban haciendo efecto o porque quienes
habían tomado su cuerpo aceptaron la tregua que había pedido enérgicamente. Una
calma inquieta reinaba. Una hora más tarde, la enfermera, abrió con cuidado la
puerta, y, en voz baja, me dijo: «Será mejor que
vaya a descansar. Va a dormir por varias horas». Había sido un día duro. Me
despedí de Jazmín con un beso en la frente.
Mi casa no quedaba distante del
hospital, así que caminé calmadamente, sin dejar de pensar en lo ocurrido. La
calle lucía silenciosa. No había caminado ni una cuadra, cuando, de la nada, se
apareció a mi lado un hombrecito que aceleraba sus pasos para ir a mi lado.
—¿Preocupado, amigo? —me preguntó
con un tono amical.
No le contesté, seguí caminando sin
desviar mi mirada.
—¿La novia se quedó allí adentro,
cierto? —insistió.
Estuve a punto de espetarle un: «¿Cómo lo sabes?», pero me llamó la
atención su cabeza desproporcionada para su estatura de unos sesenta
centímetros.
—Mira, amigo. No te hagas el
sobrado, que yo así nomás no le hablo a nadie. Te interesará saber que tengo la
solución a tu problema.
Dejé de caminar. De un brinco, se
puso frente a mí y me tendió la mano. Soy Richard, me dijo. «Escucha amigo, voy
a ser directo: los celos no sueltan a nadie. Has visto a Jazmín; no duerme, no
come, tiembla si tú tardas cinco minutos en llegar o si no te encuentra cuando
te llama. Los celos la han ido rompiendo de a pocos, y tú lo sabes».
—¿Quién eres, amigo? —le pregunté.
—Importa poco quién soy. Mira, me
has caído bien desde que te vi ayudando a una pareja de ancianos la tarde que
enterraban a su hijo que fue asesinado por terroristas en la sierra. El occiso
era amigo tuyo.
—¿Te refieres a… Maurilio? Eso
ocurrió hace más de cuatro años.
—Yo estuve ahí.
Continuamos caminando y, casi sin
que lo pueda notar, llegamos a la plaza 28 de Julio. «Este lugar fue el
primer cementerio de la ciudad durante la fiebre del caucho que atrajo a
personas de todo el mundo. Aquí, junto con los oriundos, estaban enterrados
muchos extranjeros, hasta que el gobierno decidió convertirlo en un campo de
fútbol».
Nos sentamos en
una banca, cerca del centro de la plaza. No había nadie más que nosotros. Por
las calles aledañas, circulaban, ralamente, algunos vehículos. El viento
agitaba las ramas de los árboles.
Se paró, me miró
seriamente y me dijo: «Aquí,
amigo, estuvo enterrado un comerciante árabe, muy rico. Cuando su cadáver, como
el de todos los difuntos, fue trasladado al nuevo cementerio general, un aro de
inmenso valor que fue enterrado junto con él, se quedó entre la tierra removida
que con el tiempo y la lluvia se compactó».
—No logro entender qué tiene que
ver mi problema con este tema histórico.
—Aguanta, que ya llegamos al punto.
En una dimensión que no conoces, este comerciante confió que su máximo deseo es
tener su aro de retorno, porque quiere negociar la libertad de su alma. Y, yo,
amigo, soy el único que conozco el lugar preciso donde se encuentra esa joya.
—Es fácil, entonces, desentiérralo
y llévale a quien pertenece.
—Eso me gusta de ti. No eres
ambicioso del dinero, ni de la riqueza. Sucede, amigo, que ni yo, ni cualquier
ser de otro mundo que no sea el humano, puede hacerlo.
—¿Cómo que no eres de este mundo?
—No, no soy de aquí, las
apariencias engañan, pero no es necesaria esa explicación. Sólo puedo decirte
que tenemos ciertas reglas. Una regla es que yo no puedo desenterrar esa joya,
eso sólo está permitido a los de este mundo. Otra es que respetamos las
jerarquías, yo no puedo verme con el alma del árabe, de eso se encargará mi
jefe. Nosotros somos intermediarios entre el bien y el mal, a veces jugamos
para uno, y a veces, para otro, en este libre albedrío que rige al hombre. Tú has
sido capaz de dirigirte a los demonios que habitan el cuerpo de tu novia y eso me
hizo ver que eres el elegido para esta misión.
—¿Cómo? ¿Tú estuviste en el
hospital?
—Sí, pero esa legión te dio una
tregua de sólo doce horas. Ese es el tiempo que tienes para desenterrar el aro
y entregármelo.
Le miré incrédulo. Entonces, ¿no
han sido los sedantes? Se rio. Nada, amigo, la liberación de Jazmín es temporal
y vence a las doce del día de hoy mismo.
—A ver, ¿qué tienen que ver los que,
según tú, me dieron la tregua, con el árabe rico, conmigo y con mi novia?
—Caray, amigo, eres un muchacho
sano. ¡Negocios son negocios, en este mundo y en todos los mundos!
—¡Pero yo no hago trato con
demonios, jamás!
—No me estás entendiendo, amigo. Tú
no harás ningún trato, serás el beneficiado de una negociación de terceros.
Continuó explicándome: El alma del
comerciante árabe está en el reino de los demonios, pero lo liberarán para que
vaya al purgatorio, si a cambio él les entrega el aro que te repito vale una
fortuna incalculable. Mi jefe, Serafín, que, de vez en cuando, habla con él,
sabe eso y me pidió que busque a alguien que lo desentierre.
Tu novia está poseída por los
súbditos del averno que se han aprovechado de su estado, y el culpable de eso eres
tú, por omisión, por voluntad, o, por lo que sea, pero el culpable eres tú. Si
devolvemos ese aro, todos salimos ganando. Los demonios tendrán su aro, el
árabe se salvará del infierno y tendrá la oportunidad de expiar sus culpas, mi
jefe habrá cumplido su papel, yo ascenderé en jerarquía, tu novia se liberará
de esos horrendos celos, y tú vivirás más tranquilo. ¡Bisnes son bisnes,
amigo!, dijo riéndose.
Me quedé en silencio. No quería
hacer «tratos» con nadie del otro lado, pero la imagen de Jazmín, amarrada a la
cama y maldiciendo con esa voz ajena, se me clavó en la garganta. Sabía que no
entendería la letra chica de ese contrato, solo que, si no hacía nada, la
perdería. Asentí. Tenía lógica…
Lo seguí hasta un árbol de parinari.
Desde allí, dio cuatro pasos al frente y luego dobló dos pasos a la izquierda.
Se detuvo en un punto. Le alcancé un pedazo de rama seca que clavó como una
estaca en el suelo. Aquí es, me dijo. No sé a qué profundidad estará, pero está
aquí. Cuando lo tengas, te vas al cementerio y lo dejas al pie del árbol de
marañón que está al costado de la tumba de un famoso lanchero. Yo lo recogeré
de allí y lo entregaré a mi jefe que, a su vez, le llevará al alma del árabe. Y
el árabe se lo entregará a esos codiciosos demonios. Recuerda, tiene que ser
antes de las doce del día. Sin otra explicación, me hizo adiós con su mano.
¡Ahora tienes solo diez horas, amigo!, me dijo y desapareció entre los
arbustos.
Ese día, pedí un permiso en el
trabajo. Cerca de las nueve de la mañana llevé una pala y un plantón de huimba
que me conseguí del vivero municipal. Había excavado unos cincuenta centímetros
cuando me topé con una bolsita de tela cerrada en su extremo superior por una
soguilla ajustable. La tomé, la abrí, y sí, en su interior, había un aro grande
y pesado. Supuse que era de oro porque refulgió cuando retiré la arena. Llevaba
en su disco central una inscripción labrada en un idioma que no entendí. Estaba
orlado con pequeños diamantes que chispeaban luz. Sembré el plantón, y con las
mismas, tomé un taxi y me fui al cementerio. Le dije al taxista que me esperara.
Compré unas flores e ingresé raudamente al panteón. Puse la bolsita en el lugar
que me indicó Richard. Le cubrí con un poco de hojarasca que aprisioné con un
pedazo de concreto que encontré cerca, y me dirigí a la tumba de mi abuelo a
colocar las flores.
Luego de devolver la pala en el
vivero, le pedí al taxista que me llevara al hospital del Seguro Social. Encontré
a Jazmín calmada. Tenía mejor semblante. Ya le habían quitado los cinturones de
sujeción, las muñequeras y tobilleras. El médico me recibió sonriente, me
informó que ella ya había desayunado y me dijo: «Enfermo que come
se va a su casa».
Esa misma tarde le dieron de alta y la llevé hasta la quinta. Estuve acompañándola
hasta la madrugada. Cuando me retiré, su amiga Anny, hija de la dueña de la
quinta, se quedó con ella, por si acaso requería algo.
Llevo treintaicinco años viviendo con Jazmín. Ella ni siquiera recuerda esos días. Tenemos una hija que nos ha dado un hermoso nieto.
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