viernes, 2 de enero de 2026

La bicicleta que me enseñó el mundo

Patricio Durán


La tarde estaba cubierta por una luz dorada que caía oblicua sobre el patio solariego. Las hojas del viejo limonero temblaban con una brisa suave, y el petricor anunciaba que la lluvia había pasado hace poco. Mi mamá preparaba la cena y mi hermana jugaba con sus muñecas. Yo limpiaba los zapatos de toda la familia; así ganaba unos centavos que mi papá me pagaba.

Nunca imaginé que esa tarde sería distinta a las demás. Tenía doce años cuando mi padre llegó a casa con la bicicleta rodando.

—Póngase firmes, mijo, que esto no se ve todos los días —dijo emocionado.

Yo parpadeé. No podía creerlo. ¡Era una bicicleta! No cualquier bicicleta. Era de color amarillo con negro. No dramatizo si digo que transformó mi vida; que me abrió puertas, caminos, amores y libertades que no sabía que existían. Era una bicicleta a gogo, con cambios que parecían sacados de una nave espacial y llantas radiales —que le daban mejor tracción y velocidad— y hacían que mi autoestima creciera tanto como mis zapatos de plataforma.

—¿Es para mí? —pregunté, ya sabiendo la respuesta y sintiéndome dueño del mundo.

—¿Para quién más? —respondió papá sin ocultar su orgullo—. Te las has ganado. Por tu esfuerzo... porque quiero que tengas lo que yo no pude tener a tu edad, y que ya no sigas pidiendo prestada la bicicleta a tu primo Juan José. Yo sé que eres un gran ciclista y esta bicicleta te ayudará aún más.

Mi madre no compartía el entusiasmo.

—A ver cuánto te dura la emoción —murmuró—. Y, sobre todo, que no te mates. ¿Estás seguro de que no te vas a matar?

—Si me mato será despacio —prometí, ajustándome un casco imaginario.

No me importó el comentario de mi madre. Ese día sentí que el universo, por primera vez, estaba de mi lado. Toqué el manubrio, un tacto tímido, dulce, similar a acariciar la mano de una muchacha que me gusta. Pasé los dedos por el asiento suave, por los cambios metálicos, por el timbre reluciente. La bicicleta olía a pintura nueva, a futuro, a conquista. En esa época, tener una bicicleta así significaba ascender socialmente dentro del ecosistema adolescente. Era similar a poseer una Harley-Davidson en versión juvenil o un Mercedes Benz para menores de edad.

—A ver, jovencito. Súbase y estrene esta maravilla —dijo mi padre.

—¿Ahorita?

—¡Seguro! ¿Qué esperas? ¿El permiso del presidente?

Monté la engreída bicicleta. Sentí un escalofrío, no de miedo, sino de iniciación, de pasar de niño a algo distinto, algo más grande. Pisé los pedales. La bicicleta rodó suave, obediente, con un sonido de los rayos de las ruedas semejante al de una ruleta de la fortuna. ¡Y vaya que yo era afortunado!

Al salir a la calzada, el sol me dio de lleno, y los vecinos — viejos y jóvenes— quedaron mirando. Los otros chiquillos del vecindario se acercaban con una mezcla de respeto y envidia. Yo era asediado por ellos; todos querían conducirla, una vuelta, un instante montado en aquella criatura de dos ruedas que parecía haber sido fabricada para provocar suspiros.

Y debo admitirlo: yo me sentía importante. No por soberbia, sino por descubrimiento. Aquella bicicleta me hacía sentir diferente, me parecía que el mundo empezara a prestar atención a mi existencia. Era la primera vez que los ojos del barrio me miraban con un brillo distinto.

—¡Miren al rey! —gritó el «gato» Rivadeneira.

—¡Ese ya no camina, vuela! —añadió el «pibe» Cabrera.

—¡Déjame conducirla, loco! —suplicó el «tripero» Mejía.

Yo fingí solemnidad. Solo sonreí, altanero parecido a un emperador recién coronado.

—Caballeros, por favor, uno por uno. Hay protocolos que cumplir.

—¿Protocolos de qué? —preguntó el «largo» Zapata.

—Del reino, pues —dije, señalando mi bicicleta—. Esta belleza es mi corona.

No entendieron, pero asintieron. En esa edad, uno cree en cualquier tontería que diga el amigo que tiene el juguete más nuevo y más caro. Eran los tiempos líricos de los pantalones acampanados, chalecos chillones, cadenas colgantes y zapatos de plataforma que me elevaban en lo físico —aunque no mentalmente— sobre los demás. Mi barrio era un pequeño universo de calles polvorientas y empedradas que narraban historias de infancia, y casas donde la mayoría se conocía. Un rumor tardaba tres minutos en recorrer la cuadra entera.

Dimos vueltas por el barrio. El sol se reflejaba en mis espejos cromados anunciando mi trono. Los adultos, desde las tiendas y los portales, me miraban entre broma y asombro.

—Miren al muchacho, ya está hecho un galán —decía doña Rosario.

—Cuidado se rompa el espinazo —advertía don José.

—Ese niño va embalado directo al amor —profetizó una vecina ociosa.

Yo no entendí aquello, pero quedó flotando en el aire a manera de presagio.

A la mañana siguiente, muy temprano, hice algo que cambiaría mi destino de adolescente: tomé mi bicicleta y me fui solo, sin amigos, sin ruidos, sin espectadores. Pedaleé cuesta abajo, sintiendo el viento fresco en la cara, el corazón se me aceleró con un palpitar de gorrión agonizante. Hice algunas piruetas: solté las manos del manubrio y ambos pies de los pedales y moviéndolos en el aire; luego hice un giro del manillar en forma de «X» en el aire. Me envolví en un frenesí de vueltas giratorias que me emborrachaba el espíritu y me hacía sentir un cóndor de los Andes. Un barrendero madrugador veía mis piruetas con alegre curiosidad. Una beata que acudía a misa de seis, sin reparar en mis destrezas, me sermoneaba por salir a la calle en pijama. Entre mi bicicleta y yo se estableció una confabulación tácita y cordial.

Por primera vez en mi vida, experimenté la sensación más peligrosa que puede sentir un jovencito:

¡Libertad!

La tecnología era apenas una ilusión de futuro. No había celulares, ni Internet, ni mensajes instantáneos. Algunas casas tenían teléfono, otras no. Y si la muchacha que te gustaba no tenía línea telefónica, no existía escapatoria: tocaba ir hasta su casa. En caso de que viviera lejos, o en lo alto de una colina, ya sabías cuál era la solución: montar en bicicleta y emprender la aventura, con la determinación de un héroe griego y el nerviosismo de un colegial enamorado. 

Yo estaba en esa frontera incierta entre ser niño y dejar de serlo. Un territorio confuso donde uno descubre que las niñas de escuela ya no son solo compañeritas, sino criaturas misteriosas que aceleran el corazón con una sola sonrisa. Y entre todas, en mi clase, había una chiquilla que sobresalía cual lucero de la tarde: Priscila. Era menuda, de ojos muy negros; sus trenzas parecían dos serpientes alegres cuando caminaba, y su risa tenía el don de aligerar cualquier tristeza. Yo estaba perdidamente enamorado de ella con la intensidad propia de los doce años, donde todo parece sagrado, insuperable y eterno.

Cada tarde, después de clases, pedaleaba hasta su casa. Mi bicicleta avanzaba por las colinas con la obstinación de un viejo caballo de batalla. Subía y bajaba por las calles empedradas, levantando polvo, sudando, jadeando y fingiendo naturalidad cuando llegaba a su puerta. Y allí esperaba, a veces minutos, a veces eternidades, a que ella saliera con su sonrisa de siempre.

Cuando ella aceptaba acompañarme subida en el anca de la bicicleta, sentía que el universo me otorgaba un milagro. Íbamos hacia el río, ese río que lo había visto todo: juegos, risas, llantos, conspiraciones. Caminábamos por la orilla, entre piedras redondas y pastos húmedos. El murmullo del agua nos acariciaba los tobillos y el trinar de los pájaros parecía diseñar un ambiente perfecto para enamorarse. Éramos dos criaturas torpes intentando comprendernos entre silencios y miradas. Yo, con el corazón latiéndome en la garganta; ella, con esa mezcla de inocencia y picardía que solo las niñas inteligentes poseen.

Mi bicicleta quedaba recostada contra un enorme eucalipto, parecía una guardiana silenciosa. A veces parecía observarnos, juzgarnos o reírse de nuestras torpezas. Era testigo privilegiado de mis primeros temores, primeras valentías y primeros intentos de robar un beso. Y debo admitirlo: a veces lo lograba. A veces no. Pero el intento, la sensación, la vibración del instante… eso valía todo el polvo, todo el sudor, todas las subidas. Hasta que un día, el río cambió su humor. Creo que estaba celoso de nuestra felicidad. Ese día caminábamos por la orilla. El agua estaba tranquila, serena, parecía dormida. Pero de pronto, casi sin aviso, un sonido profundo rompió la tarde. El río bramó cual animal herido, se encrespó, levantándose en olas pequeñas pero furiosas, golpeando las piedras, amenazando con desbordarse. Las lluvias intensas y prolongadas en la parte alta saturaron el suelo y superaron la capacidad del cauce, provocaron el desbordamiento del río.

Priscila dio un grito. Yo me quedé helado. El río rugía, se retorcía, avanzaba más de lo debido.

—¡Corre! —le grité, aunque mi voz se quebró de los nervios.

Tomé la bicicleta casi a empujones. Ella se subió al espaldar, abrazándome por la cintura. Y entonces pedaleé. Pedaleé sin fin, huyendo del río que amenazaba con tragarnos en cualquier momento. La bicicleta chillaba, se sacudía, protestaba con cada piedra. Yo sudaba, temblaba, pero avanzábamos: subimos la colina casi por milagro.

Llegamos finalmente a su casa. Y allí, a modo de una estatua de mal augurio, estaba su padre. Era un hombre grande, de rostro pétreo, cejas que parecían dos garras y manos de herrero. Estaba parado en el portal, inmóvil, y cuando nos vio llegar, miró su reloj como quien marca el final del recreo. Priscila se bajó de la bicicleta con la cabeza gacha. Yo tragué saliva. Él no dijo nada, pero su silencio era peor que un sermón.

—Buenas… buenas tardes, don... —balbuceé.

Él inclinó apenas la cabeza, evaluando si aplastarme o perdonarme. Yo no me quedé a averiguar. Di media vuelta y emprendí la retirada, pedaleando con una velocidad que ni la furia del río había logrado inspirarme.

 

La fama de mi bicicleta llegó hasta el colegio. El profesor de Educación Física, don Alfredo, un hombre de bigote autoritario, decidió organizar una carrera.

—Para fomentar la competitividad sana —dijo, aunque su mirada indicaba que lo que él quería fomentar era que alguien se rompiera un brazo.

Me inscribí sin pensarlo dos veces: ¿cómo iba a negarse el rey de las dos ruedas?

El día del evento, Priscila estaba en la tribuna, y eso elevó mi deseo de ganar por encima de cualquier reprimenda de mi madre. El circuito consistía en rodear la periferia del colegio, pasar por detrás de la Facultad de Agronomía de la Universidad Técnica, evitar la vaca de don Celiano —que siempre se escapaba— y volver.

Al arrancar, pedaleé con todas mis fuerzas. La bicicleta respondía gloriosa, perfecta… hasta que el «gato» Rivadeneira, que corría en una bici sin asiento, me gritó:

—¡Te viene siguiendo la vaca!

No me volteé; no había tiempo. Solo escuchaba los mugidos cada vez más cerca.

—¡Más rápido! —gritó Priscila desde lejos.

Pedaleé con tal desesperación que creo que en un tramo floté. Atravesé la meta jadeando, muerto de miedo y de orgullo.

Don Alfredo anotó mi victoria en una libreta manchada.

—Ganó… por una nariz —dijo.

—¿La mía o la de la vaca? —pregunté.

La bicicleta seguía brillando. Yo no tanto, porque casi me desmayo.

 

A finales de ese año, mi crecimiento adolescente llegó sin pedir permiso. Mi madre, cruelmente sincera, comentó una tarde:

—Hijo, ya estás muy grande para esa bicicleta.

Sus palabras me cayeron como sentencia de destierro.

Intenté negarlo, pero era cierto: mis rodillas ya chocaban con el manubrio, los pedales parecían encogerse y cada paseo implicaba un dolor lumbar que no era propio de un chico de doce años.

Una tarde fui al río —nuestro río— con Priscila.

—Dicen que ya estoy muy grande para la bicicleta —le confesé.

—Para muchas cosas ya estás grande —respondió ella.

—No sé. Tal vez guardarla… o dársela a mi primo.

—¿Y no te da pena?

—Me da… todo.

Ella tocó mi mano con la suavidad de quien arregla un regalo.

—No importa si la guardas —dijo—. Lo que viviste con esa bicicleta ya no se pierde.

Comenzó a oscurecer. El río estaba tranquilo, queriendo compensar sus arranques de furia del pasado.

Cuando llevé a Priscila de regreso a su casa, su padre nos esperaba otra vez en el portal, pero esta vez sin cara de apocalipsis.

—Buenas tardes —dijo con voz neutral.

—Buenas tardes, señor —respondí, sintiéndome menos niño que antes.

Priscila entró. Yo me quedé mirando un instante. Algo en mí había cambiado. Y entonces hice lo único que sabía hacer:

Pedaleé a casa, despacio, dejando que cada giro fuese una despedida suave.

Con el tiempo descubrí que las bicicletas se parecen a los amores tempranos: uno cree que los dirige, pero en realidad son ellos los que lo llevan a uno por donde quieren. Mi bicicleta me condujo hacia mi adolescencia, empujándome a una adultez que yo no sabía que estaba esperando.

Había cumplido quince años, esa edad en la que uno se despierta sintiéndose niño y se acuesta creyéndose filósofo. El barrio ya no era el mismo. Las tardes de trompos y canicas habían sido reemplazadas por conversaciones misteriosas que los muchachos sostenían con las chicas detrás de las tiendas. Las risas se habían vuelto más graves, y los silencios más significativos. Y yo… bueno, yo ya no era el mismo, aunque seguía montado en mi bicicleta, creyendo que la velocidad podía resolverlo todo… bueno casi todo. Tuve que subir el sillín de la bicicleta hasta una altura adecuada a mi nueva estatura.

Un sábado en la tarde, mientras pedaleaba sin rumbo, sentí una extraña sensación: no era el viento en la cara ni el ardor en las piernas; era algo que venía de adentro, como si mi corazón hubiera decidido aprender un ritmo nuevo. Me bajé de la bicicleta y por primera vez la miré.

—Vieja amiga —le dije en voz baja—, creo que estamos cambiando.

Ese mismo día me encontré con Matilde, una compañera de curso, ya no la niña que me lanzaba piedras de papel desde la ventana, sino una muchacha que empezaba a caminar con una seguridad que me dejaba sin aire. Llevaba un cuaderno bajo el brazo y un gesto de curiosidad en los ojos.

—¿Sigues con tu bicicleta? —preguntó.

—Claro —respondí como quien presume un tesoro—. Es mi compañera de aventuras.

—Pues deberías tratarla mejor —dijo, señalando con gracia el manubrio torcido—. Así también tratan los hombres a las mujeres: no se dan cuenta de que existimos hasta que algo les falta.

No supe qué contestar. Algo en su frase me golpeó más fuerte que las caídas en el pavimento. Por primera vez entendí que el mundo no era solo pedalear y suspirar por las chicas; había cambios en marcha, silenciosos, inevitables. Pedaleé con ella a mi lado —caminando, ella no quiso subirse— y hablamos de la vida, de los planes, de ese futuro que parecía tan lejano. Yo respondía nervioso, sintiendo que, sin saber cómo, una puerta se había abierto. No una puerta del barrio, sino una puerta interna, la que uno no recuerda haber construido.

Esa noche, mientras guardaba mi bicicleta en la bodega, lo acepté: la infancia había quedado atrás. Ya no pedaleaba para impresionar a nadie ni para escapar de las tareas, pedaleaba porque avanzar era lo único que sabía hacer. Y quizá, pensé, así empieza la adultez: cuando uno descubre que no se trata de llegar, sino de seguir moviéndose.

Acaricié el asiento de la bicicleta y susurré:

—Vamos. Lo que viene debe ser bueno… o por lo menos interesante.

Con el tiempo, la bicicleta se fue despintando. Los cambios se volvieron mañosos, el pito dejó de sonar, y los espejos se aflojaron. Yo también fui cambiando. Vinieron otros amores, otras calles, otros paisajes. Pero esta bicicleta quedó sellada en mí, como quedan sellados los primeros besos, los primeros miedos y los primeros atrevimientos.

La primera bicicleta deja una marca profunda en el cuerpo y el alma de un muchacho. Porque es más que un objeto: es libertad, descubrimiento, torpeza, valentía. Y lo mismo pasa con el primer amor: uno nunca lo olvida, aunque cambien los años, las modas y las ciudades.

Cuando cierro los ojos, aún puedo sentir el manubrio caliente, el viento golpeándome la cara, el sudor impúber del cuerpo de Priscila, la tibieza de su aliento y sus manos aferradas a mi cintura mientras huyo —sudoroso y feliz— del río, del padre y de la vida misma, pedaleando hacia una adolescencia que ya no volverá, pero que todavía vibra en cada recuerdo.

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