Ruth Rosales
«Estoy tan cansada de sus lamentos», murmuró azotando la
puerta mientras le marcaba a su novio por el celular. «Por eso, mi papá tiene
una amante. No hay quien soporte a mi jefa. ¡Odio sus discursos lastimeros de
ama de casa abnegada!».
—¡Hola, mi amor! ¿Pasas por mí al
boliche? Le traje a la ñora sus zapatos, pero me detuvo casi media hora con sus
chantajes. No te tardes, porfis, ya quiero darte besitos y poner mi cabeza
entre… ¿Amor? Sí, te decía que… Ah, ok, ok. Bueno, está bien; aquí te espero.
«¡Cómo me
choca que me corte de esa manera!», rezongó al tiempo que colgaba el celular
con brusquedad. Mientras esperaba sentada en la banqueta, recordó cómo ese
muchacho le rogó durante meses para que saliera con él. Había días en que se
sorprendía cuestionándose qué la había llevado a cambiar de opinión. Tal vez
fueron las flores exóticas que le mandaba a su casa, a la escuela y hasta a los
restaurantes donde estaba con sus amigas. Al principio la abrumaban tantas
atenciones, pero después se fue acostumbrando al perfume de las gardenias,
rosas y jazmines traídas desde Veracruz y Morelos. Después, esos regalos se
transformaron en joyas, invitaciones a cenar en lugares exclusivos de la ciudad
y, por último, en viajes. París, Londres y Venecia estaban en sus planes para
el verano.
Aunque
pertenecía a la clase acomodada de la ciudad, la familia de su ahora novio
tenía mucho más dinero que la de ella. Había rumores sobre la procedencia de
dicha fortuna, pero cuando terminó por aceptarlo, se convenció a sí misma de
que él no estaba involucrado en los negocios familiares. También tuvo que ver
con que él le juró, frente a la cruz de la iglesia, que sus padres no querían
que sus hijos trabajaran para ellos. «No pudo haberme mentido en la casa de
Dios», pensaba mientras se arrodillaba junto a la cama para decir sus
oraciones. «Además, me prende con solo besarlo», terminaba diciendo en voz
alta, con la sonrisa en la boca y reprimiendo el fluido que salía sin su
consentimiento de entre sus piernas.
—¿Qué dice
mi catarrín? —Oyó decir a su novio en cuanto se subió a su troca Dodge
Ram 2500—. ¿Qué? ¿Te comieron la lengua los ratones?
—No estoy muy segura de saber si me
gusta que me llames así.
—¿Poooor? ¡Ay, mi catarrín!
¿Ya ves por qué te llamo así? ¡Sí, eres bien catarro! Catarro y
barroca. ¿No estás segura de saber? Se sabe o no se sabe. De verdad que eres
bien cagada, mi hermosa florecita del desierto.
La incomodidad que sentía era
reciente. No se había tomado el tiempo de saber por qué su novio la llamaba de
esa manera hasta que su cuñada se acercó para preguntarle si se sentía cómoda
con la forma en que su hermano se refería a ella. «Me dice así de cariño», le
respondió sin darle mayor importancia. La duda se quedó ahí, fermentándose,
afilando sus sentidos. ¿Le decía así de cariño? ¿Cuál era el verdadero
significado de ese mote? ¿Por qué no se atrevía a preguntárselo? Entonces
escuchó cómo el mejor amigo de su novio se expresaba sobre los borrachos que
danzaban alrededor de la alberca. «¡Son una bola de catarros! ¡Ya
déjense de mamadas!». ¿Soy borracha o soy molesta? No tomo. Me cae mal en el
estómago… Entonces, soy una molestia. Y así concluyó que, en efecto, su novio
le decía así porque consideraba que ella, como todas las mujeres, era
fastidiosa.
—¿Y ahora qué hizo la mamá suegra
para hacerte renegar?
—Lo de siempre. Descargar su
frustración conmigo por su falta de huevos para dejar a mi papá.
—Debería hacerle como mi jefa.
—¡Nombre! La mojigata de mi
mamá jamás tendría un amante.
—Pues ella se lo pierde. Además, las
mujeres son más listas en eso de los engaños. Mi jefe no tiene ni idea de que
es un cuernudo hecho y derecho. No me extrañaría que mi jefa planeara
deshacerse de él para quedarse con su baro y casarse con ese gringo que
trae de noviecito. Más te vale que a ti ni se te ocurra traicionarme, ¿eh,
cabrona?
Aunque se incomodaba cada vez que su
novio la amenazaba por cualquier tontería, una parte de ella se sentía
orgullosa de tener a alguien que la celara y le hablara con firmeza. Le gustaba
esa atención enfermiza llena de feromonas.
En el segundo año de noviazgo, lo
que le cautivaba al principio de su relación empezó a resultar un tanto
molesto. Los regalos se volvieron excesivos y la frecuencia con que llegaban a
su casa era proporcional a las cancelaciones de sus planes. Cuando salían de
viaje, había días en que él se ausentaba, alegando que tenía que cumplir con
algunos encargos de su papá. Esto la incomodaba. ¿Y si su príncipe azul ya
estaba involucrado en los negocios familiares? Se fue guardando la duda hasta
que, un día, llegó a su casa bañado en lágrimas. «Vamos a la iglesia, catarrín», le
dijo sin darle más explicaciones. Pensó que tal vez quería un poco de paz tal y
como ella la encontraba cada vez que algo la inquietaba. Eso la hizo enamorarse
un poco más.
—Estoy muy encabronado con mi jefe
—le dijo una vez que se sentaron en la última banca de madera en la iglesia
vacía—. El viejo se quiere expandir.
—No entiendo…
—¡Cállate! No te estoy pidiendo que
entiendas, que pienses ni nada. Es más, esto es un error. ¡Vámonos!
Se levantó molesto y se fue de la
iglesia sin esperarla. Cuando salió para alcanzarlo, ya se había ido rechinando
las llantas de su troca. Pasó una semana sin saber nada de él. Se sorprendía
mirando la pared de su cuarto sin enfocarse en ningún pensamiento en
particular. Ponía música para distraerse, pero a la media hora apagaba el
aparato reproductor porque necesitaba silencio. Sentía un extraño hueco en el
estómago. Se sorprendía con rápidas palpitaciones que retumbaban en su pecho.
¿Estaba sufriendo un paro cardíaco? Lo dudaba. Había oído decir en alguna parte
que así se sentía cuando se tenían ataques de pánico. Quería saber de él.
Marcaba su número y la mandaba al buzón de voz. Aunque la ausencia se asemejaba
a una cueva sofocante sin salida aparente, la distancia empezó a mostrarle que,
en realidad, no tenían nada en común. A ella le gustaban las fiestas, pero no
en exceso. Disfrutaba más salir de excursión al desierto o hacer senderismo en
la única montaña que quedaba al otro lado de la franja fronteriza, en lugar de
pasar horas eternas jugando billar o escuchando música electrónica en algún
bar, mejor conocidos por los jóvenes como antros. Su mayor ilusión era estudiar
diseño de modas en el extranjero, pero él no podría irse a vivir fuera del país
por cuestiones de seguridad.
Aunque su novio no nació en esa
ciudad, le había tomado un cariño especial. Adoraba ese pedazo de desierto. Tal
vez fue por eso o por el amor que decía sentir por ella que, después de
transcurridos quince días, se apareció en su casa con un ramo de rosas
pidiéndole perdón. Lo único que le dijo fue que su papá aceptó su sugerencia de
no ejercer violencia en la ciudad y de pensar mejor a largo plazo. Le propuso
una idea en la que el Gobierno Federal estaba involucrado, así como un plan
elaborado sobre el derecho de piso. Esto impactaría a la economía local y no
quedaría otra más que usar los recursos que su familia le ofrecería al
municipio. Por supuesto, ella no entendió nada. Estaba tan contenta de verlo
sonriente y tranquilo que prefirió callar esa voz de alerta que meses después
recordaría; por lo pronto, se entregó a vivir el momento. «Mañana será otro
día», se dijo en silencio mientras lo besaba y se calmaba el miedo a sentirse
abandonada.
La reconciliación no duró mucho.
Pronto empezaron a surgir las diferencias que ella había identificado cuando
estuvieron separados y, un día, decidió terminar. Incapaz de aceptar que su
novia lo había dejado, y después de haberle rogado que regresaran, obteniendo
siempre una negativa, se dedicó a difundir que ella era una mentirosa y que
tenía serios problemas psiquiátricos. Contó con la ayuda de amigos que
exageraban sus historias. Dentro de la comunidad de la iglesia, se corrió el
rumor de que era promiscua y de que había engañado a su novio, incluso con sus
amigos.
La difusión de los rumores fue tan
rápida que no le dio tiempo de reaccionar. De un momento a otro se había
convertido en una ladilla y era juzgada por la alta sociedad de la ciudad
fronteriza. Sus padres, a su vez, fueron señalados y decían sentirse muy
decepcionados por ella. Un día, cuando salía de clases, uno de los supuestos
amantes que le achacaron se acercó a ella y le agarró la nalga. «Para que recuerdes mis caricias, mamacita»,
le dijo, acompañado del coro de carcajadas de quienes estaban en el pasillo.
—¡Ojalá que te cuelguen del puente
más alto, hijo de puta! —gritó sacando toda la rabia que tenía contenida—. ¡Y a
todos ustedes, ojalá y los maten en un tiroteo!
Tres días después del incidente, el
cuerpo del muchacho que la tocó apareció colgado de uno de los puentes
peatonales que cruzaba la avenida principal de la ciudad. Le empezaron a llamar
bruja, loca, freak, pero después aparecieron más cuerpos y dejaron de
prestarle atención. Era evidente que ella no tenía nada que ver con esas
muertes. Los tiroteos en restaurantes y tiendas hicieron que la población se
quedara en casa hasta que el Gobierno Federal intervino imponiendo el toque de
queda.
Una vez que pudo separar el dolor
que le provocó la traición del hombre que alguna vez le aseguró que la amaba y
observar lo que ocurría en la ciudad, recordó la plática que tuvo con él en
aquella reconciliación. Cuando su padre llegó hecho una furia porque le estaban
cobrando un dineral para proteger su negocio como parte de la «cuota por
derecho de piso», confirmó que todo formaba parte de ese plan a largo plazo al
que se refería su exnovio.
—Papá, esto es parte del plan de mi ex.
—¿Qué dices, mocosa?
—Es su familia. Me lo dijo cuando
todavía estábamos juntos. Quieren apoderarse de la ciudad; es parte de un plan
más ela…
—¡Cállate! ¡Ya me tienes harto! Esto
no tiene nada que ver con tus puterías. ¿A mí qué chingados me importa lo que
el pendejete de tu ex anda diciendo por ahí? Ya quisiera ese idiota tener el
poder para mover las cosas de esta manera.
—Papá, créeme. Esto no tiene nada
que ver conmigo. No te estoy mintiendo. No pagues…
—¿Y que me peguen un tiro o
incendien mis locales? ¡Ya me tienes harto! Lárgate a tu cuarto antes de que…
Su madre la tomó del brazo y la
metió en su recámara. Pensó que la consolaría, pero terminó por decirle que
dejara de pensar en sus dramas y que permitiera a los adultos hablar de las
cosas realmente importantes. Todo lo que le pasaba por la cabeza formaba parte
de las historias que ella misma se inventaba, que no eran reales. Sacó unos
comprimidos de diazepam de su bolsillo y la obligó a tomárselos. «No eres el
centro del universo», le dijo mientras cerraba la puerta y se marchaba sin
haber intentado escucharla.
En la escuela la cantidad de
guardaespaldas aumentó. La mayoría de los estudiantes llegaba a las clases con
escolta de personal de seguridad. Ella no era la excepción. Como nadie le
hablaba, empezó a forjar una amistad con sus dos guaruras. Fueron ellos
quienes la convencieron de alertar a la ciudad sobre lo que su novio le había
dicho, enviando mensajes a través de sus redes sociales. No tardaron en
señalarla como loca paranoica que fabrica teorías conspirativas. Todos pensaron
que trataba de manchar el nombre de su ex inventando historias sobre él y su
familia. La tachaban de ardida y desequilibrada.
Mientras los comercios empezaban a
pagar el derecho de piso y los militares patrullaban las calles, el Gobierno
federal decretó oficialmente la guerra contra el narcotráfico en la zona
fronteriza. La familia de su ex empezó a brindar ayuda financiando al Municipio
y a los organismos de comercio para hacer frente a las extorsiones, lo que
generó un roce con la federación al contraponerse al plan estratégico de
detener o bien acribillar a los delincuentes en caso de no recibir el dinero
solicitado.
A pesar de que le seguían mandando
mensajes de hate en redes sociales por decir que la ayuda prestada no
era para salvar a la ciudad, los guardaespaldas continuaban apoyándola para que
siguiera diciendo que todo era una trampa por parte de los líderes del sur y
así quedarse con el control de la plaza fronteriza. Nadie le creyó y empezó a
resultar incómoda para la familia de su exnovio, quien se encargó de difundir
por todos lados que esa mujer era una mentirosa compulsiva.
El primero
de enero, después de la cruda del festejo del Año Nuevo, la ciudad amaneció con
la noticia de un acuerdo de paz entre los niveles de gobierno y las cámaras de
comercio, liderado por el padre de su exnovio. En él se establecía la retirada
del ejército y un extraño acuerdo realizado por los empresarios de la ciudad
fronteriza y los funcionarios del estado de Sinaloa. Entre el movimiento
provocado por la salida de las fuerzas armadas de la ciudad y la entrada de
nuevas empresas de logística provenientes del sur, la ciudad se vio inmersa en
un espejismo de dinamismo y florecimiento económico que eclipsó los
levantamientos de quienes se opusieran o hablaran mal de las dichosas alianzas
pacíficas de colaboración.
La noche en
que se celebraba la venida de los Reyes Magos, el padre de la chica decidió
preparar una cena para festejar el inicio de los tiempos de paz. Ese fue el día
en que ella estuvo por última vez con su familia. Una semana antes, había
subido a las redes sociales un video en el que explicaba que este acuerdo era
un plan para que la droga proveniente de Sinaloa tuviera libre acceso a través
de la frontera. En medio de la cena, un convoy militar llegó a su casa y la
llevaron a la fuerza mientras escuchaba los disparos detrás de ella. Seis meses
después, identificaron el cuerpo de su madre, envuelto en plástico, tirado en
un terreno baldío. A su padre, nunca lo encontraron.
La despertó
el sonido de las olas del mar. Estaba desnuda en un sillón dentro de una cabaña
ubicada en un desfiladero. Buscó algo con que cubrirse, pero solo encontró un
par de sábanas blancas sobre un colchón en la única recámara. Había una cocina
equipada y un televisor. Quiso salir, pero las puertas y las ventanas estaban
cerradas. Se activó una alarma y, diez minutos después, apareció el papá de su
exnovio. Se acercó a ella y la agarró por la cintura. «¡Suélteme! ¡No! ¡Voy a
gritar!», le dijo mientras intentaba liberarse del abrazo.
—¡Estate
quieta, putita! —Susurró mientras le besaba el cuello y uno de sus
guardaespaldas le sostenía las manos—. ¿Lo reconoces? Es tu guarura.
¿Creías que trabajaba para ti? Estos pendejos te hicieron creer que eran tus compas
y te animaban a subir esas pendejadas en el Internet. ¿A poco creías que lo
hacían de buen pedo?
Después de
violarla y permitir que sus guardaespaldas también lo hicieran, le anunció que,
de ahora en adelante, viviría en esa cabaña y que su trabajo sería complacerlo.
Lloraba todos los días a todas horas. No podría creer lo que le estaba pasando.
Suplicaba a los guaruras que le dijeran qué había pasado con sus padres.
Pedía hablar con su exnovio para ver si podía persuadirlo, manipularlo, hacer
algo, pero nunca apareció. Empezó a dudar de que alguna vez existió; de que el
amor que le profesaba fue solo una pantalla para cogérsela y exhibirla como
muñequita de aparador «por güerita y por sabrosa», recordaba esas palabras que
le decía mientras la besaba por todo su cuerpo. «Así quédate, catarrín,
quietecita. Tienes la piel de las arenas blancas de Nuevo México y estas
curvas… estas curvas son como las del Espinazo del diablo de Durango, verdá de
Dios».
El calor
húmedo la despertaba. Sentía derretirse por los poros. Su sudor, combinado con
los fluidos de su agresor y el sonido constante de las olas del mar chocando
contra las rocas, hacía que dejara de sentirse persona. Era un recipiente al
que le ponían y le quitaban cosas: «Hoy traje esta reata para amarrarte,
mamacita. Te va a gustar, te lo aseguro». Entonces se llenaba de agua, agua que
se coagulaba al secarse y se convertía en costras de sangre. El colchón le
picaba la espalda cansado de sostenerla, escuchaba que le decía con hartazgo en
una voz imaginaria que salía del mueble: «levántate, vieja zorra. ¡Corre!
¡Grita! ¡Haz algo! ¿Dónde quedó tu voluntad?». Pero las piernas le temblaban
cada vez que se animaba a dar los cinco pasos necesarios para llegar al baño y
evacuar los escasos sólidos que producía su cuerpo. Le había ordenado a su
cerebro que no expulsara nada, porque cada que lo hacía, se rasgaban las
ampollas cultivadas en su ano. Con el tiempo eso dejó de preocuparle. Los
músculos perdieron su elasticidad. Ahora solo servían para sostener aquello que
su amante decidiera introducir. Habían olvidado su principal función.
Su voz no
tenía permiso para apagarse. Aun cuando al principio no paraba de gritar, con
la esperanza de que alguien escuchara los lamentos que experimentaba por los
golpes que recibía, resultó que sus jadeos eran tan perturbadores y
desgarradores que exponenciaban el placer que sentía tanto el padre de su
exnovio como los amigos que invitaba para compartir a su «llorona». «¿A poco no
grita como desposeída y te la pone durísima?», les comentaba a sus compas, «y
si le aprietas el pescuezo, da la impresión de que se le desprenden los ojos, y
esa imagen te hace venir con ganas». Entonces, el recipiente que era su cuerpo
también recibía sus lágrimas, porque el dolor seguía recordándole que estaba
viva, aunque quisiera desprenderse del repositorio en el que alguna vez guardó
su alma.
Acabó por dejar de contar los días.
¿Cuántos habían pasado? ¿Dos, tres, cincuenta, trescientos sesenta y cinco?
Había olvidado cómo se medían los años. Ya no existían las estaciones. Todo era
igual. La división del tiempo ocurría según el olor de la transpiración del
hombre que la poseía: palomas hechas con tequila y toronja, para la
primavera; michelada con clamato y limón, para el verano; margaritas con
mezcal, licor de naranja, sal y chile en polvo, para el otoño; y, para el
invierno, ponche con “piquete” ya sea con brandy o con ron y la
deliciosa fruta... lamía la piel de su agresor para poder sentir la manzana y
el tejocote, y luego lo mordía para imaginar que le sacaba el jugo a la caña.
«¡Ay, eres una perra cachonda! Te gusta, ¿verdad? Quién lo diría con esa carita
de mustia que aún te cargas». Más allá de asustarse después de complacerlo,
respiraba agradecida. Tenía contento al suegro. Al menos ese día no la había
hecho sangrar.
Un día
cualquiera, después de que el padre de su exnovio quedara exhausto, tendido a
su lado, extendió la mano y empezó a acariciarle un seno. Su aliento olía a un
whisky irlandés que su hijo solía pedir siempre que salía de antro con ella. Le
habló de su esposa y de cuánto extrañaba los agarrones que se daban cuando eran
jóvenes. Entonces aparecieron en la mente de la muchacha unas imágenes de un
pasado difuso que parecían más bien la historia de otra mujer proyectada en la
televisión. Vio a su novio llorando en la banca caoba de la iglesia. Los rayos
anaranjados del atardecer, distorsionados por los vitrales de los grandes
ventanales, se proyectaban en las mejillas del hombre que amaba. «Mi madre y su
gringo se van a cargar a mi jefe», oía salir de sus labios. «¿Por qué
lloras?» quería preguntarle mientras lo consolaba, «si tu padre es un
monstruo».
Entonces,
sin pensarlo, su boca murmuró que su esposa lo engañaba. «¿Qué dices, zorrita?
Eres una perra celosa», replicó el suegro carcajeándose de su ocurrencia. «Qué cagado,
ella también te tiene envidia. Me lo dijo hoy cuando salía para venir a
cogerte. Pinches viejas. Son todas unas putas gatas en celo».
—No son celos. Le estorbamos. Nos va
a matar.
—¡Qué pendejadas dices, verdá de
Dios! Ya me decía mi hijo que eras bien catarro. Estás bien cagada.
—Él me lo dijo. Ella tiene un amante
gringo y te matará.
—¡Deberías escribir telenovelas!
Dudaba cuando mi hijo me decía que te inventabas cosas y que él no te había
dicho nada del plan para hacernos de la plaza. Por eso te secuestré; para darle
una lección al pendejete. Aunque a él, la verdad, le valiste madres. Ni quiso
saber dónde te tenía. Ahora veo por qué. Porque la neta sí estás bien chiflada.
Para lo único que sirves es para coger.
—¿Dónde están tus guaruras?
—Los mandé a un encargo. Ahorita
regresan. Ándale párame las nalgas, que ahora te quiero coger por el culo.
—Nos van a matar.
Mientras el respetable líder de la cámara de comercio, cuyos negocios principales tenían como materia prima la amapola y otras sustancias químicas, poseía a la exnovia de su hijo, un hombre alto, rubio y de ojos azules, entraba por la puerta principal con un fusil de asalto AK-47, apuntando hacia la recámara.
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