Karla Fernanda García Oropeza
Lili sube
lento y con dificultad las escaleras de la vecindad. Llega, entra a la
habitación y lo primero que percibe es el olor a humedad. Sus pies descalzos se
han acostumbrado al suelo áspero de cemento. Se sienta en el colchón desgastado
y, a oscuras, recuerda el último día que pasó con Sergio, su esposo.
Minutos
antes de que sonara la alarma los ronquidos de Sergio ya habían despertado a
Lili. Salió de la cama, se colocó la bata de seda y bajó a la cocina a preparar
el desayuno.
Cuarenta
minutos después descendió Sergio. Se sentaron en dos de las seis sillas que
rodeaban la mesa de madera exótica del comedor y empezaron a degustar los
huevos revueltos con jamón.
—¡Ya está
frío! —Dio Sergio un puñetazo en la mesa.
—Disculpa,
ahora mismo lo meto al microondas.
—¡No, ya
déjalo así! Lo único que tienes que hacer es atenderme y no lo haces bien. No
sirves para nada.
Sergio se
levantó dejando como única despedida el retumbante sonido de la puerta de la
casa al cerrarse.
Mientras
él estaba en la oficina, ella hacía el aseo del hogar y preparaba la comida, ya
que, a pesar de tener el suficiente dinero para contratar a una sirvienta,
Sergio prefería que Lili realizara las tareas domésticas. A las cinco de la
tarde estaban nuevamente en el comedor.
—Recuerda
que mañana es la reunión en casa de mis padres. Espero que vayas bien vestida. Y
ya sabes, tienes que dar buena cara —ordenó Sergio.
—Mejor me
quedo aquí —murmuró ella y apretó la servilleta sobre las rodillas sin mirarlo.
—¿Por qué
no quieres ir? Solo te dicen la verdad, eres una mediocre. No me has dado hijos.
Debería hacerles caso y buscarme otra mujer. Ya ni siquiera eres atractiva.
Esa noche
Lili se tardó diez minutos más de los que Sergio le permitía para bañarse.
Apenas abrió la puerta, él le golpeó la mejilla.
—¡Estoy
harta de ti! —gritó Lili mientras se limpiaba la sangre y varias lágrimas
escurrían por su rostro.
—¡Yo estoy
más! ¡Quiero que te largues ahora mismo de mi casa! —vociferó mientras le
tronaba los dedos.
Ella se vistió
con lo primero que encontró y se fue.
Lili se
pone de pie, se dirige al interruptor y enciende la luz. Mira a su alrededor la
desgastada pintura de las paredes. «Hace cuarenta y dos años que soy libre»,
dice en voz alta. De seis pasos, cortos e inseguros, regresa a la cama. Se
acuesta y viene a ella otro recuerdo.
Doce años después
de separarse de Sergio, caminaba por los pasillos del mercado. Observando
frutas y verduras apiladas en pirámides. El aroma proveniente de los puestos de
comida cercanos le abrió el apetito. Mientras se comía unas quesadillas y disfrutaba
el delicioso sabor a maíz de la tortilla, el queso fundido y la carne de puerco
bañada en chile, escuchó la voz de un hombre muy animado. Alzó la vista y miró
a Sergio abrazando a una mujer no muy agraciada y robusta. A los segundos
llegaron corriendo dos niños que ambos llamaron hijos.
Lili salió
del lugar y caminando de regreso a la residencia donde trabajaba como sirvienta,
al pasar por la puerta de una casa, escuchó la melodía de una ranchera que la transportó
años atrás a la noche que festejaban el cumpleaños de la madre de Sergio. Todos
bailaban en la pista del elegante salón. Ella, que se la había pasado sentada y
sola desde que llegó, miró a su esposo acercarse para tomar el vaso que
descansaba sobre la mesa y beber sediento el tequila con refresco.
«Baila
conmigo, por favor —le suplicó a Sergio tomándolo de la mano». Él sacudió la
muñeca bruscamente, la miró, soltó una risa burlona y se fue. Un joven y
apuesto mesero que presenció el acto se acercó a Lili.
—Con todo
respeto, señora, si yo fuera ese patán, habría bailado con usted toda la noche.
—Le sonrió con ternura.
—Gracias —contestó
tímida.
Hasta ahora,
con ochenta y dos años, al fin acepta que sí era una mujer muy atractiva. En
cambio, Sergio era igual de carácter y físico.
Lili huele
el rancio aroma de la ropa de cama. Mira el foco colgante y piensa que ese
cuartito ha sido su hogar desde que la despidieron a los sesenta años. Con el
pretexto de que ya no servía para el trabajo doméstico. «Si no fuera por la
gente buena que me da unas monedas cuando estiro la mano, ¿quién sabe qué hubiera
sido de mí?», piensa.
Es la
primera vez que Lili siente paz y, mientras cierra sus ojos, una ligera sonrisa
se dibuja en su rostro. «Si no hubiera quedado huérfana a los diez años, ¿mi
vida habría sido diferente?», se pregunta.
Cuatro
días después la señora Yolanda, la dueña de la vecindad, llama a la policía. A
ella y a los inquilinos se les hace raro no ver entrar ni salir a Lili de su
habitación. Cuando los oficiales forzaron la cerradura, se cubrieron la nariz. La
luz seguía encendida y sobre el colchón sucio, con un par de resortes que
sobresalían a través de la tela raída y ya casi sin relleno, el cuerpo de la
anciana mantenía intacta una ligera sonrisa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario