Rosario Sánchez Infantas
Sí, fue mi padre.
Él obligó a mi madre a dejarme en
ese convento franciscano que me produce sentimientos encontrados. Deseaba que
sobreviviera y que no intentáramos buscarlo, ni ella ni yo. Así él seguiría
siendo el ciudadano ejemplar, cabeza de una familia cristiana. Corría el año de
1790 en la pequeña ciudad andina. Mi madre, una criadita de dieciséis años fue
violentada por su patrón y echada cuando quedó embarazada. ¡Uf! Dicho así, sin
eufemismos, suena muy feo.
Efectivamente, recibí tres comidas
diarias, no pasé frío, ayudé en todo lo que podían mis fuerzas, me dieron una
educación elemental y formación católica. Como los padres franciscanos me
vieron potencial hicieron planes para mi futuro. Iniciaron mi preparación
eclesiástica que concluí en un seminario vecino. ¡No! Es injusto pensar que me
formaron en la fe para evitar que terminara siendo un pillo, con lo mucho que
hay para robar en una iglesia. Crecí entre rezos, latín y silencios. Aprendí a ser un hombre de bien.
Cuesta decirlo en voz alta: simulé humildad y obediencia excesiva. Quise ser
algo más que el «hijo de nadie».
En el seminario durante los
primeros años, entre la intensa formación clerical, oraciones, cánticos y
trabajo agropecuario, pasaban los días en santa paz. Ahora puedo ver que todo
siempre tuvo una pátina de vacío, frío y ausencia. Las cosas fueron empeorando.
Nunca olvidaré el miedo de aquellos años. Veíamos el odio en los ojos de los
indios que antes bajaban la cabeza. Escuchábamos rumores de grupos armados que,
huyendo del pago de los tributos y la esclavitud en las minas, acechaban
en los caminos. Y, cada día llegaban más noticias de las partidas libertarias. Desde
los primeros curas en América, vivíamos en holgura. Mucha gente nos amaba y
temía como a representantes de Dios en la tierra. Llegó el momento en que se notaba
la duda, el recelo, cuando no el odio, en los ojos de muchos naturales.
Nuestros nombres se asociaban a «enemigos del pueblo», «compinches de los
chapetones», «godos con sotana». Parecería que los insurrectos, nos bajaron de
nuestro pedestal y mostraban que, desde el comienzo, nosotros habíamos tomado
la opción de los privilegiados. Algunos hermanos cometieron delitos, otros
pecaron. ¡Yo, hablando de pecados! ¡Dios mío, algo oscuro me oprime el pecho! Es
insostenible decir que, desde los púlpitos, solo buscábamos divulgar la fe
cristiana y salvar a las almas réprobas. Ahora lo veo con más claridad. Pero,
entonces, era tan fácil autoengañarse.
¡Hah… hah…! Significativo fue que
se proclamara la independencia del reino del Perú en 1821 y que yo, recién
tonsurado, me declarara igualmente emancipado. No, no me juzgo. Quiero entenderme.
Lo primero que pensé es que el enemigo tiene sus estrategias. Imelda, la
muchacha que traía la leche a la parroquia, era singular. No era muy bonita,
pero su cintura estrecha, las caderas amplias, los pechos firmes eran una
tentación. Sus labios carnosos, cejas gruesas, la piel brillante, ¡su olor!...
Pero no fue solo eso. Saber por ella, en confesión, que su padrastro la
violentaba... ¡Ah… Virgen Santa… ah…! ¡La vergüenza me asfixia! Yo también
quise tomar la virtud ajena. Pero, todavía tuve templanza y fortaleza.
Mi feligresía me quiere. Siempre
tengo una sonrisa afable, una palabra cálida, la disposición a escucharlos. Mis
ejemplos cercanos a ellos les muestran que los entiendo. Nadie supo que me
aterra la soledad, que digo lo que se espera de mí, que soy indulgente conmigo
mismo. Que llamaba estima, aprecio, interés o simpatía, a esos
lazos con algunas fieles que rozaban el límite de la castidad.
Escarbo en mis recuerdos. Lo de
Imelda no fue obediencia ciega a un representante de Dios en la tierra. No fue
solo concupiscencia. La fui atrayendo con mi rol de padre espiritual, oponiendo
cariño y comprensión a la violencia del esposo de su madre. Mi caída fueron
esos ojos negros que despertaron una memoria más antigua que los rezos, más
honda que los salmos. Con el trato afable ella fue cambiando. Aquel día me miró
como a un corderito huérfano, parecía darse cuenta de que yo era un hombre
cansado, que anhelaba un calor que no venía del cielo, que cargaba un gran
vacío. De la gratitud pasé al instinto, al placer y luego a sentirme escogido,
deseado, «hijo de alguien». Pisoteé su gracia. Y, terminé haciendo
lo mismo que mi padre. Como él, la culpa se la atribuí a la tentadora hija de
Eva.
Nosotros, casi todos, optamos por
los realistas. Éramos los
privilegiados. Lo sabíamos. Fingíamos no saberlo. Pero... era conmovedor
encontrarse en algún camino de herradura con insurgentes del reino: famélicos,
en harapos, heridos, pero con la esperanza ardiendo en sus ojos. ¿Y todo para
qué? El fragor de la Batalla de Ayacucho había cesado, la capitulación entre el
ejército español y las tropas insurgentes se había firmado, sin embargo, no se
aquietó la tormenta. El país ingresó en un torbellino de discordias: facciones
enfrentadas y mandos militares en pugna. La nobleza criolla mantuvo el poder y
sus privilegios y los otros a seguir estirando sus pobrezas, sufriendo con los
trabajos y tributos forzados. ¡Ay, alma mía, por qué vuelves siempre al barro! ¡Claro
que me avergüenza ahora! Pero entonces todos considerábamos menos humanos a los
negros y nadie vio mal que sigan siendo esclavos, treinta años luego de
emanciparse el Perú.
A nosotros, los religiosos, también
nos afectó la caída del estandarte real.
El libertador Bolívar dispuso el cierre de mi único hogar y alma
mater. Clausuraron varios centros de formación religiosa y de las misiones
evangelizadoras, prácticamente estuvimos expulsados de todo lugar. Todavía se
me oprime el pecho y siento un sudor frío cuando lo recuerdo. Aquel brumoso amanecer
avanzábamos trémulos y desfallecientes, pues nos perseguía una chusma
levantisca cuyos gritos los sentíamos cada vez más cerca. Mi respiración,
rápida y menuda, quebrantada por la fatiga y el espanto, casi no dejaba aire en
mis pulmones. Mi corazón, golpeaba con
violencia mi pecho. Sentía en mis manos un temblor involuntario, y un sudor
frío perlaba mi rostro.
—Hermano —susurró a mi lado el
padre Agustín, con la voz entrecortada—, si no llegamos pronto, no sé qué será
de nosotros.
—No tiembles, padre; estamos cerca.
—Dios nos sostenga —murmuró él—,
mis piernas ya no obedecen.
—Ánimo —le dije, tomándolo del
brazo—, que, si caemos ahora, caeremos ante la puerta de la salvación.
Mira adelante… allí…
Las sólidas puertas de la fortaleza
del Real Felipe surgieron ante nosotros como un muro de esperanza. Pero antes
de que pudiéramos acercarnos, desde lo alto resonó un grito áspero:
—¡Atrás! ¡Atrás, en nombre del rey!
¡No den un paso más!
Otro vigía se asomó entre las
troneras:
— ¡Fuego preventivo! ¡Que no pasen!
Tres disparos secos retumbaron
sobre las piedras. Las balas no nos alcanzaron, pero los estampidos nos
detuvieron en seco.
—¡Padre… nos toman por sediciosos!,
jadeó Agustín.
—No retrocedas, —le dije— alza las
manos, que vean nuestras sotanas. ¡Somos hijos de la Iglesia, no revoltosos!
Y así, temblorosos, levantamos las
manos al cielo mientras nuevos gritos surgieron de la muralla, mezclándose con
el sonido de nuevos disparos:
—¡Fuera! ¡Ni un paso adelante!
¡Dispararemos a matar!
En aquella hora aciaga, las puertas
que buscábamos como tabla de salvación parecían, convertirse en un nuevo abismo
que nos engullía. En la fortaleza del Real Felipe se había refugiado el general
realista Rodil y sus huestes. Eran de los nuestros, y... ¡nos echaron a
balazos! A nosotros, que sostuvimos la
conquista y el virreinato, mediante el miedo a Dios, arma que fue más filosa
que una espada. Ahora, a la distancia, es comprensible: Rodil estaba sitiado
junto con la nobleza española. Tenían que sobrevivir. Abrirnos las puertas para
cobijarnos podía significar un asalto de los insurgentes. Además, sus
provisiones eran limitadas.
Tuvimos mucha suerte, poco a
poco las cosas retomaron su curso. Me afinqué en este pueblo andino en el que
una mano lava a la otra. Llegué a ser un cura respetado, aunque de vez en
cuando las pesadillas y el temor a una nueva revolución me amargaban los días.
¡Tch! De tanto mentir llega
el momento en que confundo lo que es verdad de lo que es mentira. De manera muy
oportuna olvido lo que me conviene. ¡Ya no hay tiempo para seguir engañando!
Veritas liberabit vos.
Trescientos años habían pasado
desde la conquista de las tierras del inga y estos idólatras en nuestras
narices adorando a sus huacas. Tres veces en un mismo mes, al concluir la misa
dominical, mientras apagaba lámparas y cirios, Tomás me abordó en la iglesia en
penumbra, saturada del aroma de incienso y de flores. Con una risa nerviosa, sin
ir directamente al punto central, agitando las manos mientras hablaba. Su
mirada intensa parecía expectante de mi respuesta. Con los indígenas adorando a
cerros, lagunas, cuevas, rocas y tantas cosas más, cuando escuché roca y
dios en una misma oración, mandé a paseo al hombrecito. Sin embargo, una
madrugada desperté empapado en sudor pues soñaba que el juicio final había
empezado. No habiendo testigos, y con el alma desnuda, puedo decir que inventé
la patraña de la anunciación sobre el futuro de Imelda. Ah…h… Insensato de mí,
atreverme a parodiar la sagrada Anunciación del arcángel Gabriel a María. Osar,
insano, que en un sueño me fue anunciado el destino de Imelda junto a Tomás.
Ah…h… E inducirla a aceptarlo: «María
con humildad dijo: “Hágase en mí según tu palabra”».
A ambos extremos del pueblo, a lo
largo de un estrecho pero fértil valle, se extendían campiñas dedicadas a la
agricultura y al pastoreo. Pequeños centros poblados salpicaban el paisaje. Cerros
y quebradas agrestes rodeaban el valle. Di con la casa del padre de Tomás, quien
me llevó hasta la colina en la que pastaban sus ovejas. El muchacho, con la voz
temblorosa, atropelladamente repitió su historia mientras nos guiaba, a su
padre y a mí, hasta el roquedal donde decía que había aparecido una cruz de
Cristo. Genio y figura hasta la sepultura, cerro arriba ya
estaba viendo cómo sacarle provecho a la situación. No eran sino dos rayas
blancas que se cruzaban formando una imprecisa figura de una cruz sobre la gran
laja gris. Un manantial discurría al pie. Mientras ellos se arrodillaban
persignándose reverentes, mi plan estaba tomando forma. Los convencí de que
parecía obra de Dios, pero que el Maligno actúa de distintas formas y
necesitaba consultar con las altas autoridades eclesiásticas sobre lo que se
debía hacer. Cuesta abajo, supe que aquella roca era venerada como lugar
sagrado en tiempos de los gentiles. Pensé que mataría dos pájaros de un
mismo tiro. Encargué a Tomás que prohibiera, en mi nombre, a los pobladores de
las tierras bajas, subir hasta la roca, con la temible amenaza de la
excomunión.
Dos meses después, se respiraba la presencia divina en la
iglesia de mi parroquia. Atiborrada de gente, flores y velas. Aquel domingo
celebré el matrimonio de Imelda y Tomás. El alcalde de la ciudad y su esposa
eran los felices padrinos. Una multitud fue atraída desde muchos pueblos a la
redonda por la noticia de un milagro. Fue multitudinaria la procesión que
acompañó a los novios los doce kilómetros desde la iglesia hasta el pequeño
santuario. La cruz descubierta por Tomás se había convertido en una
hermosa imagen de un Cristo crucificado, pintado en la roca. La fe católica se
había fortalecido, un
antiguo culto de gentiles había sido extirpado y la Anunciación divina, que dije
haber recibido en sueños, se había hecho realidad.
«Aquí, cercana la
hora de volver a ti Padre, he abierto mi pecho con dolor y te muestro hasta la
más pequeña grieta, en lo que seguramente ha de ser la última interpelación que
recibiré.
Estoy vacío, sin fe verdadera ni máscara que me sostenga. Todopoderoso y omnisciente, justo y verdadero, padre amoroso y misericordioso. Mírame como lo que soy. Huérfano sin padre ni madre. Me desvié de tu senda... Para vivir siempre necesité ser visto, amado y obedecido; ser para alguien. Considéralo, verdadero Dios y verdadero hombre... He profundizado la relación de esta región con tu Santa Iglesia, para ello apliqué, con dedicación absoluta, la formación artística que recibí en el seminario. Pero, también... ¡Santo Dios!, ¡qué inmensa es mi soberbia! He aceptado el pedido del cándido Tomás: si el Señor los bendice con un niño, permitiré que lleve mi nombre... que es el de mi padre».
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