lunes, 29 de diciembre de 2025

En el nombre del padre

Rosario Sánchez Infantas


Sí, fue mi padre. 

Él obligó a mi madre a dejarme en ese convento franciscano que me produce sentimientos encontrados. Deseaba que sobreviviera y que no intentáramos buscarlo, ni ella ni yo. Así él seguiría siendo el ciudadano ejemplar, cabeza de una familia cristiana. Corría el año de 1790 en la pequeña ciudad andina. Mi madre, una criadita de dieciséis años fue violentada por su patrón y echada cuando quedó embarazada. ¡Uf! Dicho así, sin eufemismos, suena muy feo.

Efectivamente, recibí tres comidas diarias, no pasé frío, ayudé en todo lo que podían mis fuerzas, me dieron una educación elemental y formación católica. Como los padres franciscanos me vieron potencial hicieron planes para mi futuro. Iniciaron mi preparación eclesiástica que concluí en un seminario vecino. ¡No! Es injusto pensar que me formaron en la fe para evitar que terminara siendo un pillo, con lo mucho que hay para robar en una iglesia. Crecí entre rezos, latín y silencios.  Aprendí a ser un hombre de bien. Cuesta decirlo en voz alta: simulé humildad y obediencia excesiva. Quise ser algo más que el «hijo de nadie».

En el seminario durante los primeros años, entre la intensa formación clerical, oraciones, cánticos y trabajo agropecuario, pasaban los días en santa paz. Ahora puedo ver que todo siempre tuvo una pátina de vacío, frío y ausencia. Las cosas fueron empeorando. Nunca olvidaré el miedo de aquellos años. Veíamos el odio en los ojos de los indios que antes bajaban la cabeza. Escuchábamos rumores de grupos armados que, huyendo del pago de los tributos y la esclavitud en las minas, acechaban en los caminos. Y, cada día llegaban más noticias de las partidas libertarias. Desde los primeros curas en América, vivíamos en holgura. Mucha gente nos amaba y temía como a representantes de Dios en la tierra. Llegó el momento en que se notaba la duda, el recelo, cuando no el odio, en los ojos de muchos naturales.

Nuestros nombres se asociaban a «enemigos del pueblo», «compinches de los chapetones», «godos con sotana». Parecería que los insurrectos, nos bajaron de nuestro pedestal y mostraban que, desde el comienzo, nosotros habíamos tomado la opción de los privilegiados. Algunos hermanos cometieron delitos, otros pecaron. ¡Yo, hablando de pecados! ¡Dios mío, algo oscuro me oprime el pecho! Es insostenible decir que, desde los púlpitos, solo buscábamos divulgar la fe cristiana y salvar a las almas réprobas. Ahora lo veo con más claridad. Pero, entonces, era tan fácil autoengañarse.

¡Hah… hah…! Significativo fue que se proclamara la independencia del reino del Perú en 1821 y que yo, recién tonsurado, me declarara igualmente emancipado. No, no me juzgo. Quiero entenderme. Lo primero que pensé es que el enemigo tiene sus estrategias. Imelda, la muchacha que traía la leche a la parroquia, era singular. No era muy bonita, pero su cintura estrecha, las caderas amplias, los pechos firmes eran una tentación. Sus labios carnosos, cejas gruesas, la piel brillante, ¡su olor!... Pero no fue solo eso. Saber por ella, en confesión, que su padrastro la violentaba... ¡Ah… Virgen Santa… ah…! ¡La vergüenza me asfixia! Yo también quise tomar la virtud ajena. Pero, todavía tuve templanza y fortaleza.

Mi feligresía me quiere. Siempre tengo una sonrisa afable, una palabra cálida, la disposición a escucharlos. Mis ejemplos cercanos a ellos les muestran que los entiendo. Nadie supo que me aterra la soledad, que digo lo que se espera de mí, que soy indulgente conmigo mismo. Que llamaba estima, aprecio, interés o simpatía, a esos lazos con algunas fieles que rozaban el límite de la castidad.

Escarbo en mis recuerdos. Lo de Imelda no fue obediencia ciega a un representante de Dios en la tierra. No fue solo concupiscencia. La fui atrayendo con mi rol de padre espiritual, oponiendo cariño y comprensión a la violencia del esposo de su madre. Mi caída fueron esos ojos negros que despertaron una memoria más antigua que los rezos, más honda que los salmos. Con el trato afable ella fue cambiando. Aquel día me miró como a un corderito huérfano, parecía darse cuenta de que yo era un hombre cansado, que anhelaba un calor que no venía del cielo, que cargaba un gran vacío. De la gratitud pasé al instinto, al placer y luego a sentirme escogido, deseado, «hijo de alguien». Pisoteé su gracia. Y, terminé haciendo lo mismo que mi padre. Como él, la culpa se la atribuí a la tentadora hija de Eva.

Nosotros, casi todos, optamos por los realistas.  Éramos los privilegiados. Lo sabíamos. Fingíamos no saberlo. Pero... era conmovedor encontrarse en algún camino de herradura con insurgentes del reino: famélicos, en harapos, heridos, pero con la esperanza ardiendo en sus ojos. ¿Y todo para qué? El fragor de la Batalla de Ayacucho había cesado, la capitulación entre el ejército español y las tropas insurgentes se había firmado, sin embargo, no se aquietó la tormenta. El país ingresó en un torbellino de discordias: facciones enfrentadas y mandos militares en pugna. La nobleza criolla mantuvo el poder y sus privilegios y los otros a seguir estirando sus pobrezas, sufriendo con los trabajos y tributos forzados. ¡Ay, alma mía, por qué vuelves siempre al barro! ¡Claro que me avergüenza ahora! Pero entonces todos considerábamos menos humanos a los negros y nadie vio mal que sigan siendo esclavos, treinta años luego de emanciparse el Perú.

A nosotros, los religiosos, también nos afectó la caída del estandarte real.  El libertador Bolívar dispuso el cierre de mi único hogar y alma mater. Clausuraron varios centros de formación religiosa y de las misiones evangelizadoras, prácticamente estuvimos expulsados de todo lugar. Todavía se me oprime el pecho y siento un sudor frío cuando lo recuerdo. Aquel brumoso amanecer avanzábamos trémulos y desfallecientes, pues nos perseguía una chusma levantisca cuyos gritos los sentíamos cada vez más cerca. Mi respiración, rápida y menuda, quebrantada por la fatiga y el espanto, casi no dejaba aire en mis pulmones.  Mi corazón, golpeaba con violencia mi pecho. Sentía en mis manos un temblor involuntario, y un sudor frío perlaba mi rostro.

—Hermano —susurró a mi lado el padre Agustín, con la voz entrecortada—, si no llegamos pronto, no sé qué será de nosotros.

—No tiembles, padre; estamos cerca.

—Dios nos sostenga —murmuró él—, mis piernas ya no obedecen.

—Ánimo —le dije, tomándolo del brazo—, que, si caemos ahora, caeremos ante la puerta de la salvación. Mira adelante… allí…

Las sólidas puertas de la fortaleza del Real Felipe surgieron ante nosotros como un muro de esperanza. Pero antes de que pudiéramos acercarnos, desde lo alto resonó un grito áspero:

—¡Atrás! ¡Atrás, en nombre del rey! ¡No den un paso más!

Otro vigía se asomó entre las troneras:

— ¡Fuego preventivo! ¡Que no pasen!

Tres disparos secos retumbaron sobre las piedras. Las balas no nos alcanzaron, pero los estampidos nos detuvieron en seco.

—¡Padre… nos toman por sediciosos!, jadeó Agustín.

—No retrocedas, —le dije— alza las manos, que vean nuestras sotanas. ¡Somos hijos de la Iglesia, no revoltosos!

Y así, temblorosos, levantamos las manos al cielo mientras nuevos gritos surgieron de la muralla, mezclándose con el sonido de nuevos disparos:

—¡Fuera! ¡Ni un paso adelante! ¡Dispararemos a matar!

En aquella hora aciaga, las puertas que buscábamos como tabla de salvación parecían, convertirse en un nuevo abismo que nos engullía. En la fortaleza del Real Felipe se había refugiado el general realista Rodil y sus huestes. Eran de los nuestros, y... ¡nos echaron a balazos!  A nosotros, que sostuvimos la conquista y el virreinato, mediante el miedo a Dios, arma que fue más filosa que una espada. Ahora, a la distancia, es comprensible: Rodil estaba sitiado junto con la nobleza española. Tenían que sobrevivir. Abrirnos las puertas para cobijarnos podía significar un asalto de los insurgentes. Además, sus provisiones eran limitadas.   

Tuvimos mucha suerte, poco a poco las cosas retomaron su curso. Me afinqué en este pueblo andino en el que una mano lava a la otra. Llegué a ser un cura respetado, aunque de vez en cuando las pesadillas y el temor a una nueva revolución me amargaban los días.

¡Tch! De tanto mentir llega el momento en que confundo lo que es verdad de lo que es mentira. De manera muy oportuna olvido lo que me conviene. ¡Ya no hay tiempo para seguir engañando! Veritas liberabit vos.

Trescientos años habían pasado desde la conquista de las tierras del inga y estos idólatras en nuestras narices adorando a sus huacas. Tres veces en un mismo mes, al concluir la misa dominical, mientras apagaba lámparas y cirios, Tomás me abordó en la iglesia en penumbra, saturada del aroma de incienso y de flores. Con una risa nerviosa, sin ir directamente al punto central, agitando las manos mientras hablaba. Su mirada intensa parecía expectante de mi respuesta. Con los indígenas adorando a cerros, lagunas, cuevas, rocas y tantas cosas más, cuando escuché roca y dios en una misma oración, mandé a paseo al hombrecito. Sin embargo, una madrugada desperté empapado en sudor pues soñaba que el juicio final había empezado. No habiendo testigos, y con el alma desnuda, puedo decir que inventé la patraña de la anunciación sobre el futuro de Imelda. Ah…h… Insensato de mí, atreverme a parodiar la sagrada Anunciación del arcángel Gabriel a María. Osar, insano, que en un sueño me fue anunciado el destino de Imelda junto a Tomás. Ah…h… E inducirla a aceptarlo: «María con humildad dijo: “Hágase en mí según tu palabra”».

A ambos extremos del pueblo, a lo largo de un estrecho pero fértil valle, se extendían campiñas dedicadas a la agricultura y al pastoreo. Pequeños centros poblados salpicaban el paisaje. Cerros y quebradas agrestes rodeaban el valle. Di con la casa del padre de Tomás, quien me llevó hasta la colina en la que pastaban sus ovejas. El muchacho, con la voz temblorosa, atropelladamente repitió su historia mientras nos guiaba, a su padre y a mí, hasta el roquedal donde decía que había aparecido una cruz de Cristo. Genio y figura hasta la sepultura, cerro arriba ya estaba viendo cómo sacarle provecho a la situación. No eran sino dos rayas blancas que se cruzaban formando una imprecisa figura de una cruz sobre la gran laja gris. Un manantial discurría al pie. Mientras ellos se arrodillaban persignándose reverentes, mi plan estaba tomando forma. Los convencí de que parecía obra de Dios, pero que el Maligno actúa de distintas formas y necesitaba consultar con las altas autoridades eclesiásticas sobre lo que se debía hacer. Cuesta abajo, supe que aquella roca era venerada como lugar sagrado en tiempos de los gentiles. Pensé que mataría dos pájaros de un mismo tiro. Encargué a Tomás que prohibiera, en mi nombre, a los pobladores de las tierras bajas, subir hasta la roca, con la temible amenaza de la excomunión.

Dos meses después, se respiraba la presencia divina en la iglesia de mi parroquia. Atiborrada de gente, flores y velas. Aquel domingo celebré el matrimonio de Imelda y Tomás. El alcalde de la ciudad y su esposa eran los felices padrinos. Una multitud fue atraída desde muchos pueblos a la redonda por la noticia de un milagro. Fue multitudinaria la procesión que acompañó a los novios los doce kilómetros desde la iglesia hasta el pequeño santuario. La cruz descubierta por Tomás se había convertido en una hermosa imagen de un Cristo crucificado, pintado en la roca. La fe católica se había fortalecido, un antiguo culto de gentiles había sido extirpado y la Anunciación divina, que dije haber recibido en sueños, se había hecho realidad. 

  

«Aquí, cercana la hora de volver a ti Padre, he abierto mi pecho con dolor y te muestro hasta la más pequeña grieta, en lo que seguramente ha de ser la última interpelación que recibiré.

Estoy vacío, sin fe verdadera ni máscara que me sostenga. Todopoderoso y omnisciente, justo y verdadero, padre amoroso y misericordioso. Mírame como lo que soy. Huérfano sin padre ni madre. Me desvié de tu senda... Para vivir siempre necesité ser visto, amado y obedecido; ser para alguien. Considéralo, verdadero Dios y verdadero hombre... He profundizado la relación de esta región con tu Santa Iglesia, para ello apliqué, con dedicación absoluta, la formación artística que recibí en el seminario. Pero, también... ¡Santo Dios!, ¡qué inmensa es mi soberbia! He aceptado el pedido del cándido Tomás: si el Señor los bendice con un niño, permitiré que lleve mi nombre... que es el de mi padre».

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