miércoles, 15 de diciembre de 2010

A veces ser mujer

Rocío Vallejos

¡Plaf!, sonó la cachetada que recibió.  El hombre vestido de obscuro, como la noche, la tomó de los cabellos y sacándola del balcón en donde se encontraba la metió dentro de la sala. ¡Plaf!, le volvió a golpear en la cara.  La mujer, en un silencio sepulcral propio de una persona aterrorizada, lo miraba con los ojos muy abiertos.  El segundo golpe la había hecho trastabillar y caer sobre una mesita de vidrio que servía de anexo al bar de la casa, botellas y vasos destrozados estaban regados por el piso de la habitación.  La volvió a golpear. Esta vez no usó las manos sino los pies.  La pateaba en la cintura y las costillas con una rabia incontrolable.  La mujer hecha un ovillo en el suelo de la sala no se quejaba, no emitía sonido alguno.  Trataba en vano de cubrirse la cara con los brazos, marcados de moretones ya amarillentos de anteriores palizas, y ante el hecho de verla querer proteger su rostro, la ira del hombre se fortaleció y con una patada en la cara vio con complacencia como la sangre salía y los dientes y trozos de éstos saltaban desperdigados por todas partes.  Agachándose hacia ella, ya inconsciente tomándola nuevamente de los cabellos sonrió.  Empujó su cabeza hacia el suelo y dándose media vuelta salió de la casa dando un portazo.
El sol de la mañana cubría el suelo de la sala.  La mujer pudo ver la luz a través de una pequeña sección del ojo derecho, la única que podía abrir.  Tenía la cara completamente hinchada.  Sin emitir un sonido de dolor se levantó después de tres intentos fallidos.  A duras penas pudo dirigirse al baño y sin mirarse al espejo y con toda la ropa que llevaba puesta se metió a la ducha.  El agua fría parecía refrescar el rostro, quitándose poco a poco la ropa, ya empapada por el agua, veía como la sangre diluida se iba por el desagüe del piso. La cerró y con mucho cuidado se enjabonó.  Hizo un gesto de dolor cuando tocó su cara.  La volvió a abrir nuevamente y dejó que el agua entrara en la boca, se ayudaba con las manos porque el dolor no le permitía abrirla lo suficiente.  Hizo buchadas con el agua y botó los pedazos de dientes que aún tenía en la boca.  Salió, se secó con cuidado, recogió la ropa y la colocó en un depósito de plástico que usaba para ir almacenando la ropa para lavar.  Se vistió un calzón con mucha dificultad.  No se colocó sostén porque no podía abrocharlo ya que su respiración se entrecortaba cuando hacía el esfuerzo de poner los brazos hacia atrás.  Consiguió ponerse un vestido que subió desde los pies hacia arriba.  Era muy holgado para ella.  Pero no resistía nada sobre el cuerpo.
Limpió la casa, lavó la ropa, preparó el almuerzo y se sentó en una silla de la cocina a esperar a su esposo.
Sintió la puerta de la casa abrirse y se dirigió a la cocina.
El esposo entró a la casa y fue directamente allí, donde sabía que la encontraría.
-Querida, ¿pero qué te pasó?, ¿otra vez te caíste de las escaleras?
-Sí, respondió ella.  Sabes lo torpe que soy.
-Creo que tenemos que llevarte al médico.  No te ves nada bien.  No estás ni arreglada.
-Lo que pasa es que no puedo maquillarme por la hinchazón de la cara.
-Debes ir al dentista le dijo, estás como las viejitas.  Totalmente desdentada.
-Te preparé lo que te gusta, dijo la mujer, pollo con frutas, tipo chifa.
-¡Ah!, que rico. ¡Cocinas tan bien!  Y ¿Qué me harás para cenar?
-Eso será una sorpresa le dijo.  Pero estoy segura que te va a gustar.  Es otro de tus platos favoritos. ¿Cómo estuvo tu viaje?, preguntó.
-¿Para qué preguntas?, le contestó el esposo.  Tú sabes que siempre me va bien. ¡Pero qué agradable está el almuerzo!  ¿Te das cuenta que yo tenía razón? ¿Por qué crees que cocinas tan bien? Porque lo haces tú, sin ninguna ayuda.   ¡Nada de empleadas ni personas extrañas dentro de mi casa!   Tú sola puedes hacer todo muy bien.  ¡Tu tiempo dedicado a tu casa y a mí!  Como tiene que ser.  Nada de familia, ni mamita, papito o hermanitas, nada de amistades, nada de salidas. Y no me insinúes que necesito psiquiatra porque me vas a hacer perder los estribos. Además nadie va a creer tus mentiras.  ¿Te acuerdas a quién recomendaron tratamiento psiquiátrico los policías que vinieron hace un mes? dijo esbozando una sonrisa que más parecía mueca.
La mujer no volvió a mencionar palabra alguna.  El almuerzo transcurrió en completo silencio. Ella   tomó dos o tres cucharadas de sopa.  Terminado este, el hombre se puso el saco, tomó su maletín y salió de la casa sin despedirse, azotando la puerta.
Ella, cojeando un poco, recogió los platos y los llevó a la cocina.  Poco a poco fue despejando la mesa del comedor.  Cuando estuvo todo limpio, se retiró a su habitación a descansar un poco.  Puso el despertador para poder comenzar a hacer la comida a tiempo.
Había decidido hacer ensalada mixta de entrada.  Puré de papas y bife angosto.  Su esposo adoraba la carne.
A las ocho en punto de la noche sintió la llave en la cerradura.  Era el esposo que llegaba a cenar.
Se dirigió a la cocina.
Puso la ensalada sobre la mesa, la había aliñado con aceite de oliva.
-Tu ensalada esta exquisita, como siempre.
-Gracias, contestó la mujer.
Ella no probó bocado.  Le dolía masticar.
Levantó los platos, los dejó en la mesada de la cocina y sacó la fuente con puré.  Vio los ojos del esposo abrirse de gusto con un gesto de alegría.
Regresó a la cocina y trajo la fuente con dos bifes y la fuente con arroz humeante.
El esposo se abalanzó sobre el puré y se sirvió generosamente, puso arroz al costado del puré y sobre este el bife más grande.
Comió con paciencia, saboreando cada bocado.
-¿Tu no comes?, le preguntó a la mujer.
-Estoy un poco adolorida, por eso si quieres comer otro bife, por mí no te detengas.
El hombre ni bien escuchó a la mujer mencionar que podía disponer del otro pedazo de carne lo tomó con el tenedor y comenzó a agregar más puré al plato.
Terminada la cena, el hombre si dirigió a la sala de esparcimiento y prendió la televisión para escuchar las noticias del día.
La mujer levantaba los platos y los llevaba a la cocina.
Concluida su labor de cocinera y sabiendo que todo quedaba muy limpio subió a su habitación y logró ponerse los pijamas con mucho trabajo.  Tomó una pastilla para dormir, se acostó y en pocos minutos estaba totalmente dormida.
Abajo, en la sala de entretenimiento el esposo comenzó a sentir dolor de pecho.  No era la primera vez que le pasaba. La ira comenzó a encenderse en su interior. ¡Su esposa cocinaba tan mal!  Quiso llamarla para que le diera alguna medicina pero la voz no le salió.  El dolor se volvió insoportable.  Cayó sin decir palabra en el piso del salón.
El despertador sonó como siempre.  Cinco y media de la mañana.  Hora de levantarse para preparar el desayuno.  Como autómata salió de la cama y fue al baño; siempre sin mirarse en el espejo, se desplazó hacia la ducha, se bañó, vistió el mismo vestido holgado que uso el día anterior, regresó al cuarto y cayó en cuenta que el esposo no estaba en la habitación.  Comenzó a escrutar despacio todo el cuarto. Había un gran temor reflejado en el rostro.  Al no encontrarlo, los músculos tensados de su cara comenzaron a relajarse.
Bajó las escaleras dirigiéndose a la cocina.  Preparó el desayuno que a él le gustaba tanto.  Panqueques con miel de maple.
Se sentó y espero.  Escuchó el televisor.  Fue hacia el salón y lo vio tendido en el suelo.
-Al fin, dijo en voz alta, la Dioxina funcionó.
Fue hacia el teléfono y llamó a la clínica.  Pidió una ambulancia.
-Creo que a mi esposo le ha dado un ataque cardiaco.
-¿Sabe si tiene pulso?, preguntó la otra voz por el teléfono.
-No lo sé, dijo.  Su cardiólogo es el doctor Durand.  Si pudiera venir él con la ambulancia se lo agradecería.
-Si señora, no se preocupe.  En estos momentos enviamos una ambulancia con el doctor Durand.
Llegada la ambulancia el doctor Durand miró a la mujer y le preguntó ¿hace cuantos días? 
-Nueve, contestó ella.
-Dosis bajas dijo el doctor.  Ayer subió la dosis, ¿no es cierto?
-Sí, le dijo, después de caerme por las escaleras.
-Gracias a Dios, su esposo tenía antecedentes cardiacos, pero debió usar una dosis alta desde la primera vez, tal como se lo indiqué.  Hubiéramos evitado la caída de las escaleras. Bueno, ahora va a venir con nosotros, le dijo el doctor, necesita usted curaciones.  Su esposo murió ayer de un ataque cardiaco.
-Tenga doctor le dijo la mujer, alcanzándole una frasquito y una jeringa que sacó del bolsillo de su vestido.  Gracias por liberarme.
-Es inconcebible a lo que hemos tenido que llegar pero lo bueno de todo es que ya cerramos su historia clínica señora.  Ya no habrá más accidentes.  Voy a avisarle en este momento a su familia.  Creo que estarán muy contentos de verla después de tanto tiempo.
El rostro de la mujer ya no tenía expresión alguna y dócilmente se dejó llevar por el doctor hacia la ambulancia.

1 comentario:

  1. Gracias por este cuento me ha conmovido muchísimo

    Josefina

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