Rosario Sánchez Infantas
Ma, hoy sí te voy a hablar sin
floro. Quiero contarte toda la verdad. Volver a ganarme tu confianza. Admito que,
si me lo contaran, yo también pensaría que es mentira.
Mi rival literario había viajado en avión al Cusco, ¡la capital
del Imperio inca!, en busca de inspiración para escribir un cuento. Yo estaba
convencido de que mi cuento sería el ganador del taller Iniciación literaria. Pero
también necesitaba encontrar una historia.
Seré completamente sincero. Si me
acompañaba Katy, nos ibas a dar más presupuesto para que tu hijita esté más
cómoda. Prácticamente arrastré a Katy en este viaje. Le convencí de aprovechar
el feriado largo para practicar sus técnicas fotográficas del instituto.
Además, es simpática y aventurera la chiquita. Con tu apoyo emprendimos el viaje en bus
hacia ese valle andino, que tú ya sabes. «Cuídala con tu vida, recién tiene dieciséis años», dijiste al partir.
Estaba convencido de que tenía
que esforzarme el doble, transitar caminos inéditos y explotar el pensamiento
divergente.
En el trayecto hacia la capital del
departamento, a mi pedido, el chofer iba mencionando los atractivos de los pueblos
que íbamos atravesando. La verdad estaba harto de pachamancas, truchas, lagunas
encantadas o danzas, nativas o mestizas. Así no iba a desplegar mi creatividad
para escribir el cuento ganador. No había punto de comparación. Él visitando
fortalezas con mil años de antigüedad, construcciones megalíticas y abismos
dominados por los incas. Mi picante de cuy, bizcochuelos o panes de anís no
eran competencia.
Cuando los sembríos multicolores dieron
paso a otro poblado con nombre de santo católico, comenzaron las descripciones:
más danzas, filigrana en plata, mención a una cacique muy rica. Nada de eso
resonaba en mí. Que su iglesia fue construida a los ocho años de llegados los
españoles al Perú, ya me interesó un poquito. Tú sabes que desde la primaria me
apasiona la historia de los incas y su resistencia a ser conquistados por los
europeos. Escuchar que en el lugar ocupado por la iglesia existía una escultura
de un puma, y un manantial venerado por los antiguos pobladores, ya me hizo
pensar en una lucha de titanes incas y españoles. Huaca contra Iglesia católica.
¡Había potencial!
—Me tinca que aquí sí la hacemos —dijo
Katy con una gran sonrisa mientras asentía una y otra vez. Tú sabes, como esos
perritos de cabeza articulada que tenemos en el auto.
Nos quedamos en el pueblo cuyo
nombre nos conviene omitir (ya me darás la razón). Katy y yo estiramos las piernas entumecidas. El aire frío olía a humo de
eucalipto; a lo lejos sonaban unas campanas. Comenzamos a caminar por las
calles estrechas, entre casas de tapial y tejas, mientras el sol iba calentando
la mañana.
Dimos con la iglesia principal. Al
cruzar la portada, nos pareció ingresar al siglo XVI: adoquines oscuros y
gastados, un coro de madera rústica y querubines de piedra, de facciones tan
severas que parecían guerreros incas. A los lados, toscas pilas de agua bendita
descansaban sobre troncos pintados.
El techo mostraba desnudas sus
vigas y tablas. ¿Por qué lo habían dejado así? Sentí tristeza y pudor ajenos.
Al frente, hermosos altares barrocos contrastaban con el abandono: imágenes
descoloridas, vestimentas raídas y empolvadas. Y, para colmo, ¡goteras,
madrecita!
Katy tomaba fotos de los altares
laterales. Le había escandalizado el uso de muchas capas de pintura sobre
detalles arquitectónicos, que casi los ocultaban.
—¡Parece baño de chifa barato! —refunfuñaba.
Yo atrapaba imágenes y anotaba mis impresiones
en el móvil. Reflexionaba sobre Santiago Mataindios en aquel templo venido a
menos, levantado sobre un antiguo santuario inca derribado. De pronto ingresó
por una puerta lateral un joven sacerdote y comenzó a oficiar una misa. No
había más presentes que Katy y yo. Sabes que no creemos en Dios. Pucha, pero
nos dio pena el curita. Levantamos los hombros resignados y nos quedamos. Ahí
nos enteramos de que era una misa por un difunto. A los diez minutos llegaron, casi
corriendo, con luto severo, unos veinte parientes del muertito. Yo elucubrando
situaciones para mi cuento.
Al terminar la misa, los parientes se acercaron al altar mayor. Nosotros
nos alejamos del grupo y seguimos explorando el templo. Descubrí un anda
semejante a un bote antiguo, sostenida por cuatro ángeles que parecían muñecas
de plástico desnudas. Pensé que Katy podría lograr una linda foto y la busqué
en el pasillo de enfrente. Estaba en cuclillas, examinando la base de
un retablo lateral. Un rayo de sol le caía sobre el rostro. Sonreía y
balanceaba impaciente la cámara colgada del cuello. Con la cabeza inclinada y
los ojos muy abiertos, intentaba captar
detalles del frontal del altar, cerca al piso.
Me fui acercando mientras ella
rascaba con la uña la pintura que simulaba ser mármol. Lo recuerdo como en
cámara lenta. Salieron varias capas de pintura, debajo yeso húmedo que se
deshacía al rascarlo. Al pasarle la voz, ella se sobresaltó, perdió el
equilibrio y apoyó una mano en la superficie que exploraba. Se hizo un agujero.
No era una pared, sino un nicho, una pequeña área hueca. Adentro podían entreverse crucifijos y pequeñas
imágenes sacras, descoloridas, rotas o mostrando parte de su armazón
de madera. Miramos hacia el altar mayor. El curita salpicaba agua bendita a los deudos y a sus ramos de flores. Tras una última foto
a través del agujero, Katy colocó el trozo mayor de yeso en su lugar, pero este
se volvió a caer. Ella oprimió con más fuerza el trozo con el resultado de que
se hundió un fragmento aún mayor. Desde el altar mayor llegaron las voces de
los deudos que comenzaban a despedirse del sacerdote. En cualquier momento
saldrían y nos verían.
Tac, tac, tac. Un anciano
avanzaba lentamente hacia nosotros. Una jovencita al parecer trataba de
alcanzarlo. ¡Qué dilema! ¿Qué hacer?
—Le
daré dinero al curita para que lo mande a arreglar —susurré—. Podrá incluso arreglar sus imágenes. ¿Cuánto debo darle?
Katy
no respondió. Miraba a través del agujero. Yo también lo hice, entonces vi la
imagen polvorienta de un Niño Jesús, de unos cuarenta centímetros de alto, sin
cabeza. Sobresalía del cuello del Niño, un envoltorio de alguna fibra asegurado
con una cinta. Parecía una momia diminuta. O un tesoro escondido. Esto sí da para cuento, me dije. Miré al
altar, el padre colocaba sobre él un ramo de flores, obsequio de los deudos. El
anciano más cerca, ahora del brazo de la muchacha. Los otros deudos se nos
acercaban.
Revisé
la billetera calculando cuánto podría darle al sacerdote. Ante mi espanto Katy introdujo
su mano, sacó al niño momia y lo envolvió con su casaca. Jaló cuatro billetes
grandes de mi mano, los introdujo por el agujero. Colocó un folleto turístico delante
de él, tapándolo. Con la cabeza me hizo una seña para escapar.
Salimos volando, tomamos un taxi a
la capital del departamento, no hablamos los treinta minutos que duró el viaje.
No podíamos referirnos, ante el taxista, al delito cometido. Rentamos allí una habitación. Olía a humedad y
desinfectante, y desde la calle subían los bocinazos. Lo recuerdo y vuelvo a
sentir angustia. Le pedí explicaciones. Dice que vio el deleite con el que
miraba yo al Niño sin cabeza y que era claro que alguien quería ocultar esas
imágenes. Que, con el dinero dejado, iban a volver a esconder esos objetos.
Tenía lógica después de todo. Sin embargo, mil ideas bullían en mi cabeza. Quizás este cura no supiera nada del
escondite, pero ya se habría dado cuenta del daño. A lo mejor sí se percató del
robo y ya habría hecho una denuncia policial. Tenía que acordarse de los
muchachos, probablemente foráneos, con casacas térmicas, chalinas, guantes y… ¡el
gorro fucsia con orejas de conejo de Katy!
Me
sentía miserable por haberme dejado arrastrar por la acción de mi hermana
menor.
—Entiende,
menso, estaban escondiendo, no exhibiendo esa imagen.
Era
cierto. Quizás el cura no sabía que existía. Si se quedaba ahí terminaría
convertida en polvo. Si el padre quería cerrar el hueco, ya tenía dinero. Algo
más resignado decidí desenvolver lo tomado. Era una imagen algo tosca, de un
color marfil, desteñido y empolvado. Vestía una túnica, cinturón y sandalias
del mismo material que parecía gamuza. Con una mano sostenía una esfera. La otra
en alto, con los deditos anular y meñique doblados sobre la palma, «En
actitud de bendición», dice Google.
Sacamos
el pequeño envoltorio del interior del Niño Jesús. La cinta de lana se deshizo
en pedazos. Ya la habíamos fregado. Katy me siguió sorprendiendo. ¿Dónde estuve
cuando crecía? Mientras afirmaba que, si se peca, hay que pecar bien, fue
retirando las coberturas de unas fibras ásperas sobre la mesa de noche. Se
levantó un polvillo con olor a grasa rancia. Al interior apareció una botella de
cerámica cerrada con un tapón del mismo material. Los dos tuvimos miedo de destaparlo.
Una hora después de googlear ya sabíamos que algunos gobernantes incas tenían
una representación llamada wawqui, algo así como su hermano o su doble. Podía
representarlos en las ceremonias y hasta recibir honores en su lugar.
No
querrás saber. Había hermanos diversos. Fuimos descartando hipótesis.
—Este hermano es la momia de un inca.
—Negativo.
—Es una efigie del inca hecha con metales preciosos.
—Descartado.
—La botella solo puede contener: ¡los pelos, las uñas,
alguna prenda de vestir u otros restos corporales del mandatario inca! —dije, yo fascinado, pero también con repugnancia.
Katy volteó la botella y la sacudió lentamente, cayó un
polvo negruzco, fragmentos de la cinta de lana y un pequeño mechón de cabellos
negros opacos. Quedó asomando la botella una banda de lana que los incas se
ponían en la cabeza. Cada vez nuestro delito era mayor. La volvimos a
introducir, tapamos el recipiente y echamos el polvo al inodoro.
—¡Lávate bien
las manos! —le dije alarmado.
Todavía se
me pone la piel de gallina al recordar el olor del jaboncito corriente del
hotel.
Nos pusimos a pensar.
—¿Quién y cuándo,
metió el hermanito dentro del Niño Jesús?
—Un español hubiera
destruido y, no escondido al hermanito —dije.
—Cierto.
—¿Quién metió el
Niño Jesús sin cabeza bajo el altar y lo hizo cerrar?
—Quizás un cura quería
deshacerse de las reliquias que no podía mandar a arreglar... No. ¡El albañil
que rompió la imagen! —dijo
Katy.
—Podría ser que, a
finales del incanato, para un acto importante traían el hermano del inca y los
sorprendió algo muy grave. ¿La conquista española?... ¡Claro! Antes que la
extirpación de idolatrías quemase los objetos de culto indígenas, algún
ceramista nativo quiso preservar por siempre este hermano de uno de los últimos
gobernantes.
—Je, je, je —rio Katy. ¿Te imaginas?, católicos
rezando a la botella.
—¿Existiría
una fraternidad que ha estado cuidando del hermanito encubierto hasta que se le
rompió la cabeza al hospedaje y alguien lo escondió?
Ni se nos
ocurrieron explicaciones místicas.
Con ayuda de la IA encontré un paper
sobre un culto, en el Ecuador, a un Niño Jesús que incluye rituales y
atuendos precolombinos. ¡Esto es inca, madrecita! Había que ser, aunque sea un
poco, responsables. Fuimos al museo de un pueblo cercano. Ingresamos con un
grupo de visitantes y, poco a poco nos quedamos atrás. Cuando estuvimos solos
en la primera sala, dejamos la botella, envuelta y acompañada de una nota,
sobre una vitrina. Regresamos hacia la puerta de ingreso. Ya la cruzábamos
cuando un empleado del museo, aparecido de no sé dónde, nos llamó. Habría
descubierto el paquete. Seguimos caminando. Entonces empezó a tocar su silbato.
Creímos que quería detenernos y echamos a correr sin mirar atrás. Había
cámaras por todas partes. A cada paso sentíamos que dejábamos un rastro, que
podían alcanzarnos o reconocernos. Tomamos tres vehículos distintos antes de
llegar al aeropuerto y subir al avión de regreso a casa.
Estamos
«haciendo hora» donde mi tía Gloria, hasta que nos digas que nos perdonas. Sé
que gasté la mensualidad de la universidad en los pasajes aéreos. Sé también
que lo que hicimos puede traernos problemas.
Katy
duerme en el sofá. Yo llevo horas escribiendo. Ya terminé mi cuento. Lo he
titulado Hermanito. Pero no pienso presentarlo en mi taller
universitario; lo haré en un certamen de Extremadura. Espero ganar y allí no
tendré que dar muchas explicaciones.
Ahora
que lo pienso, este viaje sí me sirvió para encontrar la historia que estaba
buscando.
Solo
que me equivoqué de hermanito.
Tqm.
Fernando.
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