lunes, 31 de agosto de 2026

Hermanito

Rosario Sánchez Infantas


Ma, hoy sí te voy a hablar sin floro. Quiero contarte toda la verdad. Volver a ganarme tu confianza. Admito que, si me lo contaran, yo también pensaría que es mentira.

Mi rival literario había viajado en avión al Cusco, ¡la capital del Imperio inca!, en busca de inspiración para escribir un cuento. Yo estaba convencido de que mi cuento sería el ganador del taller Iniciación literaria. Pero también necesitaba encontrar una historia.

Seré completamente sincero. Si me acompañaba Katy, nos ibas a dar más presupuesto para que tu hijita esté más cómoda. Prácticamente arrastré a Katy en este viaje. Le convencí de aprovechar el feriado largo para practicar sus técnicas fotográficas del instituto. Además, es simpática y aventurera la chiquita. Con tu apoyo emprendimos el viaje en bus hacia ese valle andino, que tú ya sabes. «Cuídala con tu vida, recién tiene dieciséis años», dijiste al partir.

Estaba convencido de que tenía que esforzarme el doble, transitar caminos inéditos y explotar el pensamiento divergente.

En el trayecto hacia la capital del departamento, a mi pedido, el chofer iba mencionando los atractivos de los pueblos que íbamos atravesando. La verdad estaba harto de pachamancas, truchas, lagunas encantadas o danzas, nativas o mestizas. Así no iba a desplegar mi creatividad para escribir el cuento ganador. No había punto de comparación. Él visitando fortalezas con mil años de antigüedad, construcciones megalíticas y abismos dominados por los incas. Mi picante de cuy, bizcochuelos o panes de anís no eran competencia.

Cuando los sembríos multicolores dieron paso a otro poblado con nombre de santo católico, comenzaron las descripciones: más danzas, filigrana en plata, mención a una cacique muy rica. Nada de eso resonaba en mí. Que su iglesia fue construida a los ocho años de llegados los españoles al Perú, ya me interesó un poquito. Tú sabes que desde la primaria me apasiona la historia de los incas y su resistencia a ser conquistados por los europeos. Escuchar que en el lugar ocupado por la iglesia existía una escultura de un puma, y un manantial venerado por los antiguos pobladores, ya me hizo pensar en una lucha de titanes incas y españoles. Huaca contra Iglesia católica. ¡Había potencial!

—Me tinca que aquí sí la hacemos —dijo Katy con una gran sonrisa mientras asentía una y otra vez. Tú sabes, como esos perritos de cabeza articulada que tenemos en el auto.

Nos quedamos en el pueblo cuyo nombre nos conviene omitir (ya me darás la razón). Katy y yo estiramos las piernas entumecidas. El aire frío olía a humo de eucalipto; a lo lejos sonaban unas campanas. Comenzamos a caminar por las calles estrechas, entre casas de tapial y tejas, mientras el sol iba calentando la mañana.

Dimos con la iglesia principal. Al cruzar la portada, nos pareció ingresar al siglo XVI: adoquines oscuros y gastados, un coro de madera rústica y querubines de piedra, de facciones tan severas que parecían guerreros incas. A los lados, toscas pilas de agua bendita descansaban sobre troncos pintados.

El techo mostraba desnudas sus vigas y tablas. ¿Por qué lo habían dejado así? Sentí tristeza y pudor ajenos. Al frente, hermosos altares barrocos contrastaban con el abandono: imágenes descoloridas, vestimentas raídas y empolvadas. Y, para colmo, ¡goteras, madrecita!

Katy tomaba fotos de los altares laterales. Le había escandalizado el uso de muchas capas de pintura sobre detalles arquitectónicos, que casi los ocultaban.

—¡Parece baño de chifa barato! —refunfuñaba.

Yo atrapaba imágenes y anotaba mis impresiones en el móvil. Reflexionaba sobre Santiago Mataindios en aquel templo venido a menos, levantado sobre un antiguo santuario inca derribado. De pronto ingresó por una puerta lateral un joven sacerdote y comenzó a oficiar una misa. No había más presentes que Katy y yo. Sabes que no creemos en Dios. Pucha, pero nos dio pena el curita. Levantamos los hombros resignados y nos quedamos. Ahí nos enteramos de que era una misa por un difunto. A los diez minutos llegaron, casi corriendo, con luto severo, unos veinte parientes del muertito. Yo elucubrando situaciones para mi cuento.

Al terminar la misa, los parientes se acercaron al altar mayor. Nosotros nos alejamos del grupo y seguimos explorando el templo. Descubrí un anda semejante a un bote antiguo, sostenida por cuatro ángeles que parecían muñecas de plástico desnudas. Pensé que Katy podría lograr una linda foto y la busqué en el pasillo de enfrente. Estaba en cuclillas, examinando la base de un retablo lateral. Un rayo de sol le caía sobre el rostro. Sonreía y balanceaba impaciente la cámara colgada del cuello. Con la cabeza inclinada y los ojos muy abiertos, intentaba captar detalles del frontal del altar, cerca al piso.

Me fui acercando mientras ella rascaba con la uña la pintura que simulaba ser mármol. Lo recuerdo como en cámara lenta. Salieron varias capas de pintura, debajo yeso húmedo que se deshacía al rascarlo. Al pasarle la voz, ella se sobresaltó, perdió el equilibrio y apoyó una mano en la superficie que exploraba. Se hizo un agujero. No era una pared, sino un nicho, una pequeña área hueca. Adentro podían entreverse crucifijos y pequeñas imágenes sacras, descoloridas, rotas o mostrando parte de su armazón de madera. Miramos hacia el altar mayor. El curita salpicaba agua bendita a los deudos y a sus ramos de flores. Tras una última foto a través del agujero, Katy colocó el trozo mayor de yeso en su lugar, pero este se volvió a caer. Ella oprimió con más fuerza el trozo con el resultado de que se hundió un fragmento aún mayor. Desde el altar mayor llegaron las voces de los deudos que comenzaban a despedirse del sacerdote. En cualquier momento saldrían y nos verían.

Tac, tac, tac. Un anciano avanzaba lentamente hacia nosotros. Una jovencita al parecer trataba de alcanzarlo. ¡Qué dilema! ¿Qué hacer?

—Le daré dinero al curita para que lo mande a arreglar —susurré—. Podrá incluso arreglar sus imágenes. ¿Cuánto debo darle?

Katy no respondió. Miraba a través del agujero. Yo también lo hice, entonces vi la imagen polvorienta de un Niño Jesús, de unos cuarenta centímetros de alto, sin cabeza. Sobresalía del cuello del Niño, un envoltorio de alguna fibra asegurado con una cinta. Parecía una momia diminuta. O un tesoro escondido. Esto sí da para cuento, me dije. Miré al altar, el padre colocaba sobre él un ramo de flores, obsequio de los deudos. El anciano más cerca, ahora del brazo de la muchacha. Los otros deudos se nos acercaban.

Revisé la billetera calculando cuánto podría darle al sacerdote. Ante mi espanto Katy introdujo su mano, sacó al niño momia y lo envolvió con su casaca. Jaló cuatro billetes grandes de mi mano, los introdujo por el agujero. Colocó un folleto turístico delante de él, tapándolo. Con la cabeza me hizo una seña para escapar.

Salimos volando, tomamos un taxi a la capital del departamento, no hablamos los treinta minutos que duró el viaje. No podíamos referirnos, ante el taxista, al delito cometido.  Rentamos allí una habitación. Olía a humedad y desinfectante, y desde la calle subían los bocinazos. Lo recuerdo y vuelvo a sentir angustia. Le pedí explicaciones. Dice que vio el deleite con el que miraba yo al Niño sin cabeza y que era claro que alguien quería ocultar esas imágenes. Que, con el dinero dejado, iban a volver a esconder esos objetos. Tenía lógica después de todo. Sin embargo, mil ideas bullían en mi cabeza. Quizás este cura no supiera nada del escondite, pero ya se habría dado cuenta del daño. A lo mejor sí se percató del robo y ya habría hecho una denuncia policial. Tenía que acordarse de los muchachos, probablemente foráneos, con casacas térmicas, chalinas, guantes y… ¡el gorro fucsia con orejas de conejo de Katy!

Me sentía miserable por haberme dejado arrastrar por la acción de mi hermana menor.

—Entiende, menso, estaban escondiendo, no exhibiendo esa imagen.

Era cierto. Quizás el cura no sabía que existía. Si se quedaba ahí terminaría convertida en polvo. Si el padre quería cerrar el hueco, ya tenía dinero. Algo más resignado decidí desenvolver lo tomado. Era una imagen algo tosca, de un color marfil, desteñido y empolvado. Vestía una túnica, cinturón y sandalias del mismo material que parecía gamuza. Con una mano sostenía una esfera. La otra en alto, con los deditos anular y meñique doblados sobre la palma, «En actitud de bendición», dice Google.

Sacamos el pequeño envoltorio del interior del Niño Jesús. La cinta de lana se deshizo en pedazos. Ya la habíamos fregado. Katy me siguió sorprendiendo. ¿Dónde estuve cuando crecía? Mientras afirmaba que, si se peca, hay que pecar bien, fue retirando las coberturas de unas fibras ásperas sobre la mesa de noche. Se levantó un polvillo con olor a grasa rancia. Al interior apareció una botella de cerámica cerrada con un tapón del mismo material. Los dos tuvimos miedo de destaparlo. Una hora después de googlear ya sabíamos que algunos gobernantes incas tenían una representación llamada wawqui, algo así como su hermano o su doble. Podía representarlos en las ceremonias y hasta recibir honores en su lugar.

No querrás saber. Había hermanos diversos. Fuimos descartando hipótesis.

—Este hermano es la momia de un inca.

—Negativo.

—Es una efigie del inca hecha con metales preciosos.

 —Descartado.

—La botella solo puede contener: ¡los pelos, las uñas, alguna prenda de vestir u otros restos corporales del mandatario inca! —dije, yo fascinado, pero también con repugnancia.

Katy volteó la botella y la sacudió lentamente, cayó un polvo negruzco, fragmentos de la cinta de lana y un pequeño mechón de cabellos negros opacos. Quedó asomando la botella una banda de lana que los incas se ponían en la cabeza. Cada vez nuestro delito era mayor. La volvimos a introducir, tapamos el recipiente y echamos el polvo al inodoro.

—¡Lávate bien las manos! —le dije alarmado.

Todavía se me pone la piel de gallina al recordar el olor del jaboncito corriente del hotel.

Nos pusimos a pensar.

—¿Quién y cuándo, metió el hermanito dentro del Niño Jesús?

—Un español hubiera destruido y, no escondido al hermanito —dije.

—Cierto.

—¿Quién metió el Niño Jesús sin cabeza bajo el altar y lo hizo cerrar?

—Quizás un cura quería deshacerse de las reliquias que no podía mandar a arreglar... No. ¡El albañil que rompió la imagen! —dijo Katy. 

—Podría ser que, a finales del incanato, para un acto importante traían el hermano del inca y los sorprendió algo muy grave. ¿La conquista española?... ¡Claro! Antes que la extirpación de idolatrías quemase los objetos de culto indígenas, algún ceramista nativo quiso preservar por siempre este hermano de uno de los últimos gobernantes.

—Je, je, je —rio Katy. ¿Te imaginas?, católicos rezando a la botella.

—¿Existiría una fraternidad que ha estado cuidando del hermanito encubierto hasta que se le rompió la cabeza al hospedaje y alguien lo escondió?

Ni se nos ocurrieron explicaciones místicas.

Con ayuda de la IA encontré un paper sobre un culto, en el Ecuador, a un Niño Jesús que incluye rituales y atuendos precolombinos. ¡Esto es inca, madrecita! Había que ser, aunque sea un poco, responsables. Fuimos al museo de un pueblo cercano. Ingresamos con un grupo de visitantes y, poco a poco nos quedamos atrás. Cuando estuvimos solos en la primera sala, dejamos la botella, envuelta y acompañada de una nota, sobre una vitrina. Regresamos hacia la puerta de ingreso. Ya la cruzábamos cuando un empleado del museo, aparecido de no sé dónde, nos llamó. Habría descubierto el paquete. Seguimos caminando. Entonces empezó a tocar su silbato. Creímos que quería detenernos y echamos a correr sin mirar atrás. Había cámaras por todas partes. A cada paso sentíamos que dejábamos un rastro, que podían alcanzarnos o reconocernos. Tomamos tres vehículos distintos antes de llegar al aeropuerto y subir al avión de regreso a casa.

Estamos «haciendo hora» donde mi tía Gloria, hasta que nos digas que nos perdonas. Sé que gasté la mensualidad de la universidad en los pasajes aéreos. Sé también que lo que hicimos puede traernos problemas.

Katy duerme en el sofá. Yo llevo horas escribiendo. Ya terminé mi cuento. Lo he titulado Hermanito. Pero no pienso presentarlo en mi taller universitario; lo haré en un certamen de Extremadura. Espero ganar y allí no tendré que dar muchas explicaciones.

Ahora que lo pienso, este viaje sí me sirvió para encontrar la historia que estaba buscando.

Solo que me equivoqué de hermanito.

 

Tqm.

Fernando.

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