Sofía Isolina abre los ojos. El
olor a desinfectante y el pitido regular de un monitor la sitúan en la
habitación del hospital. Sobre ella, el techo blanco recibe un tenue rayo de
luz que se filtra por la ventana. Una mascarilla de oxígeno le cubre la nariz y
la boca; varias sondas la mantienen conectada a los equipos. Con dificultad,
levanta la mano derecha y toca el cofrecillo que lleva colgado del cuello. Una
lágrima resbala por su mejilla mientras sus pensamientos, convertidos en
fractales púrpuras y azul añil, la trasladan hasta Santorini, el archipiélago
de casitas blancas erguido sobre el Egeo.
Todo comenzó porque a Flor se le ocurrió que el
próximo encuentro debía coincidir con el dieciséis de julio, cumpleaños de su
madre. El lugar indicado sería Grecia, porque Sofía Isolina siempre había
soñado con conocer la cuna de los ilustres filósofos.
Sofía, igual que ella, es el primer nombre que puso
a sus hijas; había escuchado a su progenitora decir que en griego
significa amor por la sabiduría. Así las llamó: Sofía Priscila,
Sofía Gabriela, Sofía Atenea, Sofía Tatiana y Sofía Flor.
Era un viernes de julio. En el aeropuerto internacional
de Atenas, desde muy temprano y con diversos horarios, las Sofías iban
arribando desde diferentes destinos. El reencuentro estuvo marcado por abrazos,
risas y algunas lágrimas. Sofía Isolina recibió a cada una en silencio,
demorándose más de lo habitual antes de soltarla. Cuando Flor le preguntó por
qué se llevaba la mano a la garganta, ella sonrió y culpó al cansancio del
viaje. Sofía Isolina hacía algún tiempo venía teniendo problemas de la
garganta, pero no les prestó mayor atención, tampoco lo comentó a sus hijas. Se
automedicaba con esencias de eucalipto, rábano, miel de abeja y jengibre.
Convencida, se decía para sí misma: «Ya se me
pasará».
Después de registrarse y dejar las maletas en el
hotel, las Sofías salieron dispuestas a tomarse el Olimpo. Los ojos de las
viajeras se agrandaban y confundían entre lo que queda del mitológico mundo
clásico y de la Atenas moderna y vibrante. Allí estaban: la acrópolis, el
Partenón, el ágora y otros monumentos arqueológicos silenciosos e imponentes,
aguardándolas, como si estuviera el majestuoso Zeus esperando a las nereidas.
Luego de un extenso recorrido, las Sofías, extenuadas,
pero maravilladas, buscaron una sombra para protegerse del calcinante
sol. Un musculoso y sonriente griego las recibió con cervezas heladas. El
olor a aceite de oliva y esencias mediterráneas se impregnaba en la piel de las
viajeras.
En el centro del restaurante, una fila de griegos
danzaba y tiraba al piso platos de cerámica, invitando a las y los asistentes a
hacer lo mismo. Las Sofías no se hicieron de rogar, se integraron y
participaron del rito ancestral: liberar tensiones, desapegos y malas energías,
mientras gritaban "¡Opa!".
Al día siguiente, muy temprano, se trasladaron al
puerto del Pireo y tomaron un ferry rumbo a Santorini. El mar tibio lucía
como un enorme manto turquesa que vigilaba cada movimiento que se producía en
la isla. Kamari fue su hogar por esos días.
A primera hora de la mañana siguiente, encontraron
una pequeña y apartada playa de arena roja todavía desierta. Vestidas de lino
blanco, se sentaron en la arena en posición de loto, formando un círculo
alrededor de su madre. Una nube veló el sol por unos minutos y les regaló una
sombra fresca.
Fue como una catarsis colectiva de casi dos horas;
iban descargando y liberando emociones. Durante ese tiempo, el mar las
acompañó silencioso con el suave murmullo de sus olas, como si formara parte
del círculo.
Sofía Isolina observaba y escuchaba con atención a
sus hijas: sin pronunciar palabra alguna, cerró los ojos.
Poco a poco, el rumor del mar se transformó en el
golpe del «Chorro Sagrado» (así llamaban a la cascada los lugareños) contra las
piedras. Volvía a tener diez años. Vivía con su madre, María Jesús, y su
abuela, María Teolinda, en una casa de tejas rojas, puertas azules y árboles
que protegían del sol.
Los martes, a las seis de la mañana, María Teolinda
llevaba a su hija y a su nieta a la cascada para el baño espiritual.
—Tienen que dejar que el chorro caiga en sus
cabezas… así tendrán ideas inteligentes; además, el cabello les crecerá
sano… Brillante. Permitan que el agua resbale por todo su cuerpo…
limpiándolo, purificándolo… —decía la abuela con tono pausado.
Luego del baño, se sentaban en el pasto, envueltas
en el suave murmullo del agua y el trinar de los pájaros. Mientras
trenzaba el cabello de su nieta, la abuela las aconsejaba:
—Nunca olviden sus raíces y traten de continuar con
la tradición.
Sus recuerdos se difuminaron y volvió al presente
cuando una de sus hijas se le acercó y musitó al oído.
—Madre, te estamos esperando.
—Ah, sí, sí —susurró, tosiendo y aclarándose la
garganta.
Sentada en el centro, dirigió su mirada hacia
Priscila y dijo:
—Más que mi primera hija, has sido como mi hermana
menor; las dos crecimos juntas. Te pido perdón por robar tu infancia exigiendo
que actúes como adulta y te hagas cargo del cuidado de tus hermanas menores. He
sido injusta contigo y no he sabido reconocerlo. Es hora de que cargues tu
propia mochila. Vive tu vida y sé feliz.
Priscila, que no dejaba de mirarla, musitó:
—Madre, te entiendo, fueron tiempos difíciles para
la familia, no tenías otra opción.
Luego sus ojos se dirigieron a Gabriela:
—Desde pequeña fuiste tan responsable y estudiosa
que parecías mi maestra. Recuerdo un día que venías de la universidad, en tu
primer año de Filosofía, repetiste de memoria una frase de ese filósofo…
Sofía Isolina no pudo terminar la frase.
—¡¡Sócrates!! —vociferó emocionada Gabriela.
—Que decía: Solo hay un bien: el conocimiento.
Solo hay un mal: la ignorancia. También te pido disculpas por sacrificar tu
tiempo de lectura, recargándote de obligaciones domésticas.
Cuando su mirada se posó en Atenea, Sofía Isolina
esbozó una sonrisa:
—¿Quién iba a imaginar que nos reuniríamos en el
país en el que me inspiré para tu segundo nombre? Eres la que más trabajo me
dio, pero también quien siempre me saca una sonrisa.
—Madre, estoy impresionada de lo que acabas de
confesar. Pensé que te avergonzabas de mí. No tenía idea de que las cosas que
hacía o decía te divertían. Esa sí que es una revelación asombrosa.
Tras la réplica de Atenea, todas rieron.
Sofía Isolina dejó de sonreír y declaró:
—Hay muchas cosas que no les he revelado, aunque
hubiera querido. Cuando tengan sus propias hijas e hijos, podrán entenderme.
Luego se dirigió a Tatiana:
—Cuando decidiste irte lejos tan joven, te confieso
que tuve mucho miedo; a pesar de que confiaba plenamente en ti, me torturaba
pensando e imaginando tragedias que podrían sucederte; nunca te confesé que
ansiaba con todas mis fuerzas retenerte a mi lado. Después comprendí que
hiciste bien en buscar tu propia senda, aunque fuera lejos del chorro de agua
que nos vio crecer a las dos.
—Tienes razón, madre, no fue fácil salir de nuestro
nido y enfrentarme a un mundo diferente. Gracias por soltarme.
Finalmente, dirigió su mirada a Flor. Dos lágrimas rodaron
por su rostro.
—Mi pequeña, te pareces tanto a mi abuela; tus
manos son como las de ella, tiernas y sanadoras.
Sacó de su morral un bolsito blanco de algodón
bordado a mano y continuó diciendo:
—Te entrego las piedras sagradas, que representan
los siete chacras, que tu bisabuela utilizaba para las curaciones y
celebraciones espirituales. Ella encargó su custodia a mi madre. Después me la
pasó a mí. Ahora te corresponde a ti seguir con el legado.
—¡Pero madre! —reaccionó Flor—, ¿no crees que es
demasiado pronto para transferirme una responsabilidad tan grande como
esta? No entiendo por qué nos hablas como si estuvieras despidiéndote.
Algo estás ocultándonos.
—Hija, cuanto más pronto, mejor. El tiempo pasa
inexorablemente.
Se aclaró nuevamente la garganta. Atardecía; un
vientecillo moderado alborotó las cabelleras de madre e hijas; fue pausa
necesaria para que Sofía Isolina restaurara su voz. Con dificultad decretó:
—Hijas queridas, aunque el tiempo y la distancia
nos separen, cada vez que cierren los ojos, recuerden siempre que sigo aquí,
tomándolas de las manos. Y cuando alguien falte, cierren el espacio.
Cuando una se aleje, tráiganla de regreso. No permitan que nada rompa el
círculo sagrado.
Al finalizar, se sumergieron en el mar; el agua
estaba fresca, les cubría hasta la cintura. Permanecieron en silencio con los
rostros bañados en agua marina.
Después de Grecia, todas regresaron a sus hogares.
Cuando Sofía Isolina llegó a su casa, lo primero que hizo fue sacar un pedazo
de papel en blanco de su libreta de apuntes. Dibujó un círculo y en el centro
escribió la S; lo dobló varias veces hasta reducirlo para que pudiera caber en
un pequeño cofre que había comprado en Santorini.
Como todos los martes, Sofía Isolina salía muy
temprano al jardín con la regadera; mientras echaba agua a las plantas, les
hablaba y acariciaba como si fueran sus hijas. Esta vez no le salió la voz. Se
aclaró la garganta una y otra vez, pero nada. Entró a la casa, tomó la libreta
de apuntes, un esferográfico, la billetera y se fue caminando despacio, sin
apuro, como si tuviera todo el día para llegar a emergencias del hospital.
Luego de varias revisiones. Le encontraron un tumor
en la garganta en estado avanzado. No se asustó, se quedó muy tranquila.
Escribió una nota y se la entregó a la enfermera. La nota decía:
Flor, hija querida, ven al hospital; estoy en
emergencias, algo le pasó a mi voz, pero no te alarmes, tampoco llames a tus
hermanas.
Flor, antes de salir hacia el hospital, llamó a sus
hermanas. No tardaron en llegar: Gabriela, Atenea y Priscila. Al día
siguiente llegó Tatiana. Cuando estaban todas, formaron un círculo alrededor de
la cama.
Una leve brisa abre la ventana de la habitación del hospital. Una golondrina curiosa se posa en el filo de la cornisa; Sofía Isolina, con una sonrisa en el rostro, mira a sus hijas, mientras el cofrecillo lentamente se iba desprendiendo de su mano derecha.
Hermosa historia de familia 😊
ResponderEliminarMuy emotivo Nin. El símbolo del círculo es muy fuerte. Desde el círculo de hijas en la playa, pasando por el círculo alrededor de la cama del hospital, hasta el papel doblado que guarda en el cofre: la idea de que el vínculo familiar es un espacio cerrado que no debe romperse. Gracias Nin por este cuento.
ResponderEliminarTe leo desde Viena. Gracias por seguir escribiendo.
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