martes, 21 de julio de 2026

Cartas a Liverpool (II)

María Paz Navea Tolmos


Llegué temprano a casa aquella mañana. El jardín estaba húmedo por la llovizna y el aroma del té recién hecho se mezclaba con el de las rosas que ella insistía en cuidar incluso durante el invierno. Desde la sala, la voz melancólica de Carlos Gardel emergía de la gran bocina dorada del gramófono. Yo le había llevado aquel disco por curiosidad, recomendado por un colega argentino, y mi abuela terminó encariñándose con esa voz grave aunque no entendiera una palabra. Prefería el gramófono al radiorreceptor, que permanecía apagado desde que las noticias solo hablaban de las hambrunas en Estados Unidos o de los histéricos desfiles de ese tal Adolf en Alemania.

—¿Quieres galletas con té, querido? —preguntó apenas me vio entrar.

—No olvides el azúcar, abuela —dije, procurando que mi voz alcanzara la habitación contigua mientras terminaba de acomodar la mesa de la terraza.

Moviendo algunos papeles para hacer espacio, encontré una hoja escrita a mano: una oración por los difuntos seguida de una lista de nombres. Reconocí a algunas personas apenas de oídas; otras pertenecían a recuerdos lejanos de mi infancia. La mayoría habían sido amistades de mi abuela o familiares de los que hacía años no escuchaba hablar. Ignoraba incluso que muchos hubiesen muerto.

Fue la primera vez que comprendí que el tiempo avanzaba sin culpa ni remordimiento, llevándose partes de mi vida con la misma indiferencia con la que el invierno marchita un jardín.

—¿Qué te gustaría hacer hoy? —pregunté al escuchar sus pasos acercarse desde el interior de la casa.

Dejé los papeles sobre la mesa y retiré la silla para ayudarla a sentarse. La fragilidad de sus manos siempre conseguía llevarme al mismo recuerdo: los días posteriores a la muerte de mi abuelo. Él la había amado profundamente. Aun siendo niño, alcancé a notar que entre ellos existía una clase de amor sereno y absoluto que rara vez vuelve a encontrarse. Cuando murió yo tenía trece años y, desde entonces, mi abuela aprendió a convivir con una soledad que nunca terminó de reconocer en voz alta.

Mis padres vivían a poco más de una hora de Liverpool y yo continué con ellos algunos años más. Sin embargo, cuando ingresé a la universidad, les propuse mudarme definitivamente con mi abuela. La casa me quedaba mucho más cerca y, aunque ese fue el pretexto que utilicé, ambos sabíamos que la verdadera razón era otra: no quería que volviera a cenar sola.

Al principio temí que el ruido y el movimiento constante de la casa pudieran molestarle, pero pronto fue ella misma quien comenzó a pedirme que invitara a mis amigos. Así, el comedor se vio cada vez más invadido por mis compañeros de la universidad. Ella los recibía siempre del mismo modo: con el té listo y un arsenal de historias interminables que transformaban cualquier conversación cotidiana en algo memorable. Todos terminaban queriéndola como a su propia abuela.

—Mi querido Nicholas —dijo con una sonrisa cansada—, me gustaría escuchar alguna de tus maravillosas historias sobre esa investigación tuya. ¿Has tenido novedades? ¿Cuándo partirás al Perú?

—Abuela, ya hemos hablado de eso —respondí tomando asiento frente a ella—. No puedo dejarte aquí sola. Y sé bien que no quieres acompañarme. No cometeré la imprudencia de marcharme y dejarte atrás.

Ella soltó una pequeña risa, suave, casi resignada.

—Cariño, no puedes vivir atado a mí. Una mujer de ochenta y dos años como yo que apenas sigue el ritmo de sus propios días no puede seguir el ritmo de un joven como tú. Debes ampliar tus horizontes. El mundo no fue hecho para contemplarlo desde la misma ventana toda la vida.

Tomó su taza de té con ambas manos antes de continuar.

—Ve. Yo seguiré aquí, esperándote como siempre.

Sonreí apenas.

—Podría partir en un año. Sería un viaje breve; estaría de regreso antes de que empieces a cansarte de mis cartas. Y, sinceramente, no quisiera perder ni un segundo más sin conversar con la mujer más fascinante que he tenido el placer de conocer.

Le guiñé un ojo mientras le acercaba el plato de las galletas, haciéndola sonreír. Mi abuela sonrió con ternura.

—Siempre tan encantador, Nicholas. Sabes que voy a extrañarte, ¿verdad?

—Nos escribiremos como si el océano no existiera —respondí—. Te enviaré cartas, postales… te contaré sobre todo lo que encuentre en el camino.

Mi abuela y yo habíamos pasado juntos prácticamente toda la vida. Fue ella quien me crio en gran parte y, a diferencia de lo habitual, entre nosotros nunca existió esa distancia solemne que tantos consideraban apropiada.

Crecí viéndola atravesar la vida con una mezcla extraña de fortaleza y ligereza. De ella heredé valores, creencias y una manera particular de mirar el mundo: como si incluso los días más difíciles merecieran ser vividos con elegancia y sentido del humor.

Era una mujer de carácter fuerte y espíritu distraído, capaz de conversar durante horas con cualquiera que se cruzara en el jardín. La servidumbre la adoraba; a veces los escuchaba reír juntos desde el comedor mientras yo trabajaba en el estudio. Poseía esa extraña virtud de hacer sentir acompañada a cualquier persona que estuviera cerca de ella.

Me enseñó que la verdadera educación no tenía nada en común con esa distancia emocional que tantas familias inglesas confunden con la elegancia. Quizá por eso nunca entendí los matrimonios celebrados por conveniencia, tan frecuentes entre familias de nuestra posición. Siempre me parecieron acuerdos sensatos, pero profundamente tristes. Después de crecer viendo el cariño silencioso que mis abuelos se profesaban incluso en los días más difíciles, me resultaba imposible conformarme con menos. Si algún día llegaba a casarme, quería hacerlo por una razón tan irracional como el amor.

—¿Has sabido algo de la señorita, cariño? —preguntó mi abuela antes de llevarse la taza a los labios.

Negué suavemente con la cabeza.

—Aún no. Pero no he conseguido apartarla de mis pensamientos.

Mi abuela sonrió apenas, como si aquella respuesta no la sorprendiera en absoluto.

—¿Es tan hermosa como la recuerdas?

Solté una pequeña risa.

—Más peligrosa que hermosa, diría yo.

Ella arqueó una ceja con evidente diversión.

—Eso suena grave.

—Lo es —respondí—. La vi una sola vez y aun así recuerdo cada detalle con una precisión absurda. Sus ojos eran marrones, pero no del tono común; tenían algo inquietante, como si siempre estuviese pensando más de lo que decía. El viento no dejaba de moverle el sombrero y ella parecía demasiado tranquila para notarlo. Llevaba el cabello oscuro sobre los hombros y caminaba como si el resto del mundo no tuviera derecho a interrumpirla.

Mi abuela me observó en silencio unos segundos antes de sonreír de nuevo.

—Y tú pretendes convencerme de que no estás enamorado.

Aparté la mirada hacia el jardín.

—Ni siquiera conozco su nombre todavía. Arthur hubo de ganarse la memoria del conserje y la buena disposición de un viejo botones con algunas monedas. Al parecer, la discreción también tenía tarifa.

—Nicholas Whitmore pagando por información romántica… tu abuelo estaría encantado.

El desayuno terminó más rápido de lo esperado y poco después retomé mis asuntos de trabajo en el estudio. Desplegué los pesados planos del proyecto ferroviario sobre el escritorio de roble, rodeado por el olor a cuero viejo y tabaco de pipa que inundaba la habitación. Apenas había conseguido concentrarme, con la pluma suspendida sobre las anotaciones, cuando escuché voces retumbando en el suelo de madera del recibidor.

—¡Señorita Emma! —saludó un hombre con entusiasmo.

Reconocí la voz de inmediato. Era Arthur, uno de mis compañeros de trabajo, a quien había pedido que averiguara la identidad de la joven que había visto salir del hotel Adelphi aquella tarde.

Mi abuela apareció primero en la puerta, divertida. Detestaba que la llamaran señora, así que quienes la conocían desde hacía tiempo habían aprendido a concederle el gusto de tratarla como señorita, incluso a sus ochenta y dos años.

—Cariño —dijo apenas me vio—, tu amigo ha venido con noticias.

Arthur sonreía como quien acaba de descubrir un secreto importante.

—Creo que finalmente la encontramos.

Me puse de pie casi de inmediato.

—¿Sabes su nombre?

—María —respondió Arthur—. Es todo lo que logramos averiguar.

El nombre permaneció suspendido en mi cabeza unos segundos, como si necesitara tiempo para acomodarse dentro de mí.

Arthur continuó:

—Uno de los empleados del hotel recordó a la familia con la que se encontraba y nos proporcionó una forma de hacerle llegar correspondencia… aunque hay un pequeño inconveniente.

—¿Cuál?

—La señorita vive en Perú.

No pude evitar sonreír.

—Entonces la Providencia ha decidido divertirse conmigo —murmuré.

Arthur me miró confundido.

—¿Qué quieres decir?

—Mi próxima expedición es precisamente a Perú.

Desde el sillón, mi abuela dejó escapar una risa contenida, como si la vida le hubiera dado la razón.

—Parece que el destino está haciendo mucho más esfuerzo que tú para acercarte a esa muchacha.

Aparté la mirada, incapaz de contener del todo la emoción.

—Tal vez —admití—. Aunque empiezo a sospechar que debo prepararme muy bien antes de conocerla en persona.

Y dirigiéndome a mi amigo, agregué:

—Arthur, debo pedirte un último favor. Necesito saber más de ella. Sería desafortunado pasar el resto de mi vida preguntándome quién era aquella muchacha.

El sueño me fue esquivo esa noche. Intenté convencerme de que aquella señorita no era más que un pensamiento pasajero, una impresión exagerada por la distancia y el cansancio. Pero mientras más trataba de apartarla de mis pensamientos, con más claridad regresaba a ella.

Imaginé otra vez sus ojos, la serenidad inverosímil con la que caminaba, el modo en que el viento parecía empeñado en desordenar sus cabellos oscuros.

Desperté a la mañana siguiente cuando el sol aún no había aparecido. Tomé la pluma casi de inmediato y escribí una carta. Luego otra. Y otra más.

Deseché páginas enteras antes de encontrar las palabras correctas. Cada intento me parecía demasiado imprudente o poco honesto. Incluso para mí resultaba ilógico sentir semejante inquietud por una mujer a la que apenas había visto unos instantes. Releí la última carta varias veces antes de doblarla y al final la dejé sobre el escritorio, convencido de que enviarla sería una insensatez de la que tal vez terminaría arrepintiéndome.

—Ya vuelvo, abuela —anuncié apresurado antes de salir de casa.

Aquella mañana me dirigí a la firma donde trabajaba. Desde hacía meses insistían en que aceptara una nueva expedición comercial a Sudamérica. Al parecer, mis últimos informes habían resultado suficientemente exitosos como para convencer a los directivos de que yo era el hombre indicado para supervisar el proyecto en Perú.

En otras circunstancias, habría considerado aquella propuesta con la distancia profesional de siempre. Pero esa mañana, por primera vez, la palabra «Perú» comenzó a significar algo distinto.

Les pedí algo de tiempo para pensarlo. La idea de dejar sola a mi abuela seguía resonando con incomodidad en mi cabeza. En más de una ocasión pensé que todo habría sido más sencillo si los años no pesaran tanto sobre ella; me la habría llevado conmigo sin dudarlo un instante.

Entre reuniones, informes y diligencias de la firma, el resto del día terminó escapándose con rapidez. Ya entrada la noche, terminé en The Vines, un bar cercano al puerto, junto a Simon y Elias, dos grandes amigos de mis años universitarios, ajenos al mundo de la firma.

La conversación derivó inevitablemente hacia Sudamérica… y hacia María.

—Sigues pensando en la muchacha, ¿verdad? —preguntó Simon apenas el camarero dejó nuestras bebidas sobre la mesa.

No respondí de inmediato, lo que bastó para hacerlos reír.

—Nicholas Whitmore enamorado de una mujer a la que vio menos de un minuto —dijo Elias levantando su vaso—. Esto sí que no lo esperaba.

—No estoy enamorado —aseguré.

—Claro que no —respondió Simon con una sonrisa burlona—. Por eso estás considerando cruzar el océano entero.

Di un largo trago antes de apoyar el vaso sobre la mesa.

—Ni siquiera conozco su nombre completo.

Elias me observó unos segundos antes de encogerse de hombros.

—Entonces escríbele.

Solté una risa breve.

—¿Y qué se supone que debería decirle?: «Disculpe, señorita, creo haber perdido por completo la razón después de verla caminar por una plaza».

Los tres reímos.

—Dile exactamente eso —contestó Simon—. Las mujeres aman a los hombres honestos o a los auténticos idiotas. Aún no decidimos cuál de los dos eres.

Brindamos entre carcajadas y, conforme avanzaron los tragos, la idea comenzó a parecerme menos insensata. La carta original jamás llegó a abandonar mi escritorio; la consideré demasiado intensa. Sin embargo, aquella noche en el bar, pidiéndole al camarero una hoja de papel y un lápiz, terminé escribiendo casi sin pensar una segunda versión mucho más breve… aunque igual de imprudente. Elias insistió en acompañarme hasta la oficina postal, pero al llegar la encontramos cerrada, como era de esperarse.

—Entonces la enviaremos mañana —dijo, guardándose el sobre en el bolsillo del abrigo antes de que pudiera quitárselo.

A la mañana siguiente, con más vergüenza que valor, recuperé la carta de manos de Elias y caminamos juntos hasta la oficina postal cercana al puerto. El viento del río hacía difícil mantener el sombrero en su sitio. Miré el sobre varias veces mientras avanzábamos por las calles húmedas del puerto. Nunca Liverpool me había parecido tan grande ni el océano tan cercano. Recuerdo haber sostenido el sobre unos segundos antes de entregarlo, dudando hasta el último instante. Sé que tuve tiempo de arrepentirme, pero no lo hice.

Al llegar a casa, le conté todo a mi abuela. Entre todas las personas que conocía, ella siempre había sido la más sensata, así que esperaba un sermón considerable por haber enviado semejante carta bajo los efectos del whisky.

—Reconozco que es una imprudencia, abuela.

Sin embargo, apenas terminé de explicarle lo ocurrido, sonrió con una calma casi enternecida.

—El corazón tiene razones que la razón no entiende, cariño.

—Vaya, no sabía que andabas releyendo los Pensamientos de Pascal —mencioné, tomando un sorbo de té.

Aquella frase pareció absolverme más de lo que probablemente merecía. Aunque, eso sí, me pidió con bastante firmeza que la próxima vez intentara enamorarme con algo menos de alcohol en el organismo. Después guardó silencio unos segundos antes de añadir:

—Mi mayor miedo no es que te marches, Nicholas. Es partir algún día de este mundo sin haber conocido a la mujer capaz de hacerte tan feliz como tu abuelo me hizo a mí.

La miré sin saber muy bien qué responder.

—Te ruego que vayas al Perú, cariño. El mundo tiene cosas esperándote allá afuera.

Bajé la vista hacia mi taza de té.

—Lo pensaré, abuela… aunque quién sabe si esa muchacha siquiera responderá mi carta. Tal vez la encuentre desatinada. O peor aún, la deteste.

Ella soltó una pequeña risa.

—No pierdas la esperanza, corazón. Y no seas tan impaciente. Recuerda que las cartas tardan semanas en cruzar el océano.

Intenté escuchar su consejo y actuar con indiferencia los días siguientes, pero no me fue posible. Cada viernes, de forma religiosa, encontraba excusas ridículas para pasar cerca de la oficina postal. A veces fingía enviar documentos de la firma; otras, caminaba hasta el puerto con la incongruente esperanza de que una respuesta hubiese llegado antes de lo posible. Y aunque nunca recibiera nada, volvía a la semana siguiente.

Hasta que un lunes por la tarde encontré un sobre distinto esperándome sobre la mesa del recibidor. Mi abuela había pasado aquella mañana por la oficina postal y, al parecer, el encargado le informó que finalmente había llegado correspondencia para mí. Recuerdo haber sentido un nerviosismo absurdo al romper el sello:

Lima, enero de 1935

Mr Nicholas,

He recibido su carta con sorpresa y, he de admitir, con cierta curiosidad, no deja de intrigarme que alguien pueda describir con tal precisión unos ojos que, según afirma, no ha logrado olvidar. Me pregunto, entonces, si acaso me ha confundido con otra o si su memoria es más poética que fiel.

Si en efecto me ha visto, le ruego me ilumine: ¿en qué circunstancia ocurrió tal encuentro? ¿O ha decidido usted cortejar a una desconocida por el mero placer de la aventura?

Le advierto que mi carácter es menos romántico que curioso, y antes de permitirle cortejarme como corresponde, quisiera poder conocerlo un poco más.

Atentamente,
María.

Leí aquellas líneas una vez. Luego otra. Y otra más. Nunca nadie me había escrito de aquella manera.

Había inteligencia en sus palabras, pero también ironía. Prudencia y curiosidad conviviendo en la misma página. Era como conversar con alguien capaz de observar el mundo desde un lugar completamente distinto al mío y, aun así, comprenderme con una facilidad inquietante.

Sin embargo, por primera vez, una duda comenzó a abrirse paso entre mi entusiasmo. ¿Y si la mujer que existía en aquellas cartas no era la misma que yo había imaginado durante todos esos meses? Me avergonzaba reconocerlo, pero empezaba a temer tanto descubrir que me había equivocado como no llegar a conocerla nunca.

Después de recibir su segunda carta entendí el verdadero peligro de todo aquello: haría lo que fuera necesario por conocer a la autora de aquellas líneas.

No de la manera superficial en que suelen conocerse las personas en cenas o reuniones elegantes, sino conocerla de verdad. Descubrir qué libros leía, cómo sonaba su risa, qué clase de pensamientos habitaban una mente capaz de escribir así.

Las cartas me habían permitido acercarme a ella, pero aún sabía demasiado poco sobre la mujer que las escribía. Ni siquiera conocía su nombre completo. Antes de cruzar el océano y presentarme ante su puerta, necesitaba averiguar al menos eso. Después tendría que tomar la decisión más importante: aceptar la expedición al Perú.

Regresé a casa y encontré a mi abuela en el jardín, leyendo junto a las rosas como hacía casi todas las tardes. Permanecí observándola unos segundos en silencio, preguntándome cuánto de mi vida había estado siempre ligado a ella.

—Ya tomaste una decisión, ¿verdad? —preguntó sin apartar la vista del libro.

Negué con la cabeza, divertido.

—¿Es tan evidente?

Ella levantó finalmente la mirada hacia mí.

—Te crie, Nicholas. Conozco a la perfección cómo luces cuando algo importante ya ocurrió dentro de tu cabeza, aunque todavía intentes convencerte de lo contrario.

Tomé asiento junto a ella.

—Tengo miedo de dejarte sola.

Mi abuela sonrió con una ternura que me resultó insoportable.

—Cariño, las personas que se aman no dejan de acompañarse solo porque exista un océano de por medio.

Guardé silencio unos segundos.

—¿Y si todo esto resulta una tontería? Apenas la conozco.

—Entonces al menos tendrás una historia maravillosa para contarme cuando regreses.

No pude evitar reír y ella tomó mi mano con suavidad.

—Ve al Perú, Nicholas. No muchos tienen oportunidades así en la vida como para dejarlas pasar por miedo.

Esa noche pensé de más en las palabras de mi abuela. Permanecí despierto más tiempo del habitual, observando desde la ventana cómo la lluvia comenzaba a cubrir con lentitud el jardín. Quizá tenía razón. Tal vez algunas decisiones no llegan para ser comprendidas del todo, sino simplemente tomadas.

A la mañana siguiente me puse en marcha. Arthur había conseguido, por fin, confirmar la identidad de la joven gracias a uno de los empleados del hotel Adelphi, y fue entonces cuando conocí su nombre completo. Con aquella última certeza en mis manos, antes de que terminara la tarde comuniqué a los directivos de la firma que aceptaría la expedición al Perú.

Mis superiores parecieron más satisfechos de lo que esperaba; llevaban meses intentando convencerme de supervisar el proyecto ferroviario en Perú y, hasta entonces, yo siempre había encontrado alguna excusa razonable para rechazarlo.

—Excelente decisión, Mr. Whitmore —dijo Mr. Ashford mientras cerraba la carpeta frente a él—. Partiremos hacia el Perú en diciembre. Le recomiendo empezar a prepararse desde ahora; permaneceremos allá varios meses.

Mientras abandonaba el despacho de Mr. Ashford comencé a considerar que, tal vez, y solo tal vez, un océano entero era un obstáculo ridículamente pequeño.

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