miércoles, 15 de abril de 2026

Casa Vera

Ninfa Patiño Sánchez


Sin que pudiera evitarlo, sus pies la llevaron al portón. El árbol de ciprés producía una sombra gigantesca; la buganvilla se enroscaba como serpiente en las paredes.  Fue directo a la fuente; el agua producía un sonido tenue. Esta vez había varias flores de loto; en una de ellas le pareció ver el mismo rostro.  Intentó descifrarlo, pero alguien le habló:

—Buenos días, pasa, ¿vienes a meditar? 

Luz María sintió que un hilo de calor atravesaba su garganta, quemándola; era la misma voz y ojos color agua marina.  Se quedó en silencio y musitó:

«¡No puede ser, estoy soñando! ¡Es la misma persona!»

Con mucho esfuerzo consiguió que su lengua liberara las palabras que no podían salir; finalmente logró articular:

—Soy Luz María Santillán, conocí a la doctora Vera hace muchos años. Empecé una terapia con ella.

—Soy Katya, su hija. Vera, mi madre, falleció hace ya algunos años, pero su espíritu vive en esta casa.

La llevó a la sala de meditación, donde había una vela encendida y un jarrón con rosas; el incienso a medio consumir despedía un suave aroma a mirra.  En la pared enmarcados estaban los rostros de la doctora Vera y de los maestros. Luego regresaron al jardín y se sentaron en una banca junto a la fuente.

—Qué bueno que hayas conocido a mi madre —le dijo sin dejar de observarla.

—En realidad no la conocí mucho, por eso he vuelto; desearía saber más de ella.

—La historia de mi madre es fascinante. —Sus pupilas se agrandaron al enunciarla, esbozó una sonrisa antes de continuar.

»Ella nació en Praga.  Llegó con mi padre al Ecuador alrededor de mil novecientos treinta y nueve. Después de innumerables búsquedas —primero a través del arte y el teatro— terminó conociendo al profesor Durckheim en Stuttgart. El maestro provenía de la psicología de la Gestalt. Con él realizó diversos ensayos sensoriales: exploraciones sobre el silencio, la forma y la contraforma, y fue él quien la introdujo en el zen. Ver el mundo tal cual es, sin ideas, sin deseos, sin crítica.

»El legado de mi madre, tanto en el campo de la psicología como en la práctica del zen, es tal, que me faltaría vida para contarte.

Mientras Katya le hablaba emocionada de su madre, su carrera y el descubrimiento del zen, Luz María escuchaba en silencio. Los ojos de Katya la trasladaron a una cadena de recuerdos.

 

Estaba parada en el portón cuando apareció una atenta muchacha.

—Buenas tardes, vengo a una consulta con la doctora Vera.

—Pase, sea bienvenida. Ya le aviso a la doctora Verita.

Luz aprovechó para mirar con disimulo el entorno. Un ciprés se alzaba como sombra rígida contra el cielo apagado. En el centro, una fuente oscurecida por el cielo encapotado respiraba un silencio inquietante. El aire olía a tierra húmeda y resina amarga, un aroma que le tensaba los nervios sin una razón clara. Tenía la idea de que algo no estaba bien y, aun así, cada paso la arrastraba hacia aquella casa, como si el jardín la reclamara en secreto.

Algunas hojas del ciprés le cayeron en la cabeza. Se acomodó el cabello y continuó observando la fuente de agua. Una flor de loto, completamente abierta, despedía un aroma etéreo y acuático. En el centro de la flor, algo parecido a unos ojos la inmovilizó, hasta que la voz de una mujer con acento alemán salió desde la escalinata de piedra que conducía al salón principal.

—Buenas tardes, soy la doctora Vera Schiller de Kohn, ¿y usted?

Luz se quedó sin habla; al mirarla, le impresionaron los ojos aguamarina. Un miedo inusitado se apoderó de ella, que no logró responder de inmediato; al cabo de algunos segundos, después de tragar saliva, pudo contestar:

—Soy Luz María Santillán, esposa de Pablo Álvarez —dijo con voz temblorosa.

—Ah, sí, pasa, pasa. Ya Pablo me habló de ti; la verdad, no creí que fueras tan joven, pero ven, toma asiento. ¿Quieres un té? —le preguntó.

La doctora Vera había percibido lo nerviosa que estaba e intentaba deshacer la tensión inicial. Sin dejar de observarla, le entregó hojas en blanco y un lápiz.  Le pidió que realizara dos dibujos: uno sobre su infancia y otro sobre su adolescencia.

Luz María empezó a relajarse; sus dedos se deslizaban fácilmente sobre el primer papel. En su rostro había una sutil sonrisa; dibujó muy rápido, como si le hubieran pedido que esbozara su mejor día de vacaciones. Luego intentó el de la adolescencia; este lo hizo con más pausa. La sonrisa había desaparecido, soltó el lápiz sobre la hoja y se quedó mirando el piso.

La doctora se le acercó, levantó su mentón y le dijo con tono dulce:

—Está bien. Luz María, ¿podrías contarme qué es lo que te inquieta en este momento?

Luz no contestó, no se atrevía a mirar a la doctora; la intimidaba. Empezó a temblar, le sonaba el estómago, sentía una guerra intestinal, pidió permiso y fue al baño. Pasaron algunos minutos; se observó en el espejo, tenía una sórdida palidez; se sentó sobre el inodoro para tranquilizarse, se lavó la cara y salió.   Cuando estuvo frente a la doctora, un sollozo acompañado de una cadena de hipos le impedía hablar. Vinieron a la memoria recuerdos de su adolescencia.

 

A los diecisiete años, padecía de alucinaciones, delirios, falta de motivación y tendencia a deprimirse con facilidad. Sus padres, muy preocupados, acudieron a especialistas y le diagnosticaron principios de esquizofrenia. Después de un largo tratamiento y varias terapias, se recuperó. Logró terminar la secundaria y se inscribió en la Facultad de Trabajo Social en la universidad. 

En la mitad de la carrera conoció a Pablo, diez años mayor que ella, experto internacional, que residía en el país y participaba como expositor en un simposio sobre políticas públicas. Luz era la coordinadora operativa del evento. Sin poder disimular lo atraído que se sentía, Pablo la invitó a salir. Arreglos florales, chocolates y cenas con velas se volvieron recurrentes. A los seis meses se casaron.

 

Luz María estaba a punto de recibirse como trabajadora social, cuando conoció a un becario dos años menor que ella; cada vez que lo miraba sentía que su cuerpo se estremecía y trepidaba de emoción. Olvidó su estado civil y dejó que sus juveniles y musculosos brazos la aprisionaran sin medir las consecuencias. Empezaron las salidas clandestinas; llegaba tarde a casa. Los fines de semana desaparecía con la excusa de que se iba a hacer trabajos de campo… Así, las mentiras se fueron intensificando y los argumentos no faltaban para encubrir sus escapadas.

Pablo estaba perdidamente enamorado de su esposa. Empezó a sospechar sin preocuparse lo suficiente; tampoco estaba interesado en conocer la verdad. Se decía para sí mismo: «Cosas propias de la edad, ya se le pasará». Además, conocía los antecedentes psicóticos de su adolescencia. Fue entonces que pensó en su amiga la doctora Vera. Imaginaba que Luz María, más que una terapia psicológica, requería de una especie de «exorcismo» para tranquilizarse y recuperar la cordura. Sin pensar dos veces reservó una cita.

 

Los espasmos de Luz María iban desapareciendo, pero continuaba sollozando. La doctora Vera le pasó un pañuelo desechable de papel, decidió no preguntar más, se acercó, la abrazó y susurró al oído:

—Eres demasiado joven para Pablo, abre tus alas, vuela, déjate llevar por el viento y que este te diga cuándo y dónde detenerte.

Luz María, al escuchar tal adagio, experimentó una emoción infinita; sintió como que estaba descargando de su espalda una mochila con piedras. Regresó a casa caminando a paso firme e iba repitiéndose para sí misma: «Hoy tengo que decirle la verdad, es hoy o nunca».

Abrió la puerta con todas sus fuerzas; Pablo la estaba aguardando. Un ligero olor a nuez se desprendía de la pipa que fumaba sentado junto a la chimenea; quería conocer los resultados del encuentro. Esperaba que su estrategia hubiera funcionado, y que su esposa regresaría renovada al hogar.

—¿Cómo te fue, querida? ¿Pudiste hablar con Vera? ¿Qué te…? —No alcanzó a terminar la pregunta cuando Luz le interrumpió:

—¡Me dijo que debo iniciar mi vuelo hoy mismo!

Pablo se quedó impávido, no entendió lo que Luz María le había dicho hasta horas más tarde, cuando vio dos maletas en la entrada de la casa.

 

Los recuerdos de Luz fueron interrumpidos cuando la señora de la sonrisa amable llegó con una bandeja llena de galletas de avena recién horneadas y té de cedrón. En el jardín se escuchó que un ganso graznaba, como queriendo decir algo; un par de sedientos colibríes picotearon algunos capullos. Luz empezó a relajarse y a disfrutar del entorno.

Había una convivencia natural y armónica en el lugar que le producía una sensación de calma. En un impulso involuntario, sus ojos se posaron en el centro de la fuente, donde estaba la flor del loto. Pudo al fin descifrar la imagen; eran los ojos aguamarina de la doctora Vera y los mismos de su hija Katya. Sintió un tenue regocijo, como si estuviera cerrando la última página de un libro que había comenzado a leer años atrás.

Mientras Katya y Luz María disfrutaban en el jardín del aromático té y las galletitas de avena, un silencio profundo invadió el lugar. 

De pronto, un viento tibio abrió la puerta del salón principal. Se empezó a escuchar la Sinfonía del Nuevo Mundo, como si el mismísimo Antonín Dvořák estuviera tocando el enorme piano de cola que había en el lugar. Luz María se asustó y corrió al salón. No había nadie.

Comenzó a temblar y volvieron las sensaciones que le aterrorizaron y acompañaron en su adolescencia; se agarró la cabeza y empezó a gritar desconsoladamente. Katya se le acercó, la tomó del brazo y regresaron a la fuente. Luz María se llevó las manos al rostro; luego miró la flor del loto. Era como si aquellos ojos le dijeran algo; fue tranquilizándose y recuperando la calma.

Katya sonrió y dijo:

—¡Es la Casa Vera!

6 comentarios:

  1. Ninfa muy bonita e interesante historia .. te felicito sigue adelante… bendiciones .. cómo te dije son las y 27 de la madrugada y he leído tu cuento… gracias x compartir .. un abrazo

    ResponderEliminar
  2. Hermoso relato querida Nin

    ResponderEliminar
  3. Nin: magnífica tu cualidad de transportarnos a imaginar sonidos, olores y emociones.

    ResponderEliminar
  4. Felicitaciones amiga querida tu sensibilidad plasmada en tus relatos son dignos de admirar

    ResponderEliminar
  5. Rosa Inés Barahona Naranjo16 de abril de 2026 a las 9:07

    Todo cuento, y más aún uno mágico, tiene el poder de transportarte a un mundo de imaginación y sueños. Excelente trabajo, Nin. ¡Felicitaciones!”

    ResponderEliminar
  6. Quisiera saber algo más para completar el cuento. Nos tomamos cualquier día una agua de manzanilla.

    ResponderEliminar