Rosario Sánchez Infantas
Cuarenta años a la deriva.
Eso fue lo primero que entendí
cuando te vi aparecer. La vida me ha llevado de aquí para allá, como un río
torrentoso arrastra a un pequeño trozo de madera. ¿Por qué tenías que volver
ahora?
Me recuerdo a los veinticinco,
caminando ligero y con la vida intacta. Creía entonces que bastaba con
encontrar un trabajo acorde con mi calificación. Confiaba en ella y en mis
fuerzas para enfrentar lo desconocido, lejos de la familia y de los amigos. Veía
la vida, en esta cálida ciudad, como unas agradables y productivas vacaciones.
Bienaventurados los que envejecen
juntos. Apenas perciben los cambios del cuerpo a lo largo de los días, semanas
y años. Tú, en cambio, apareces tras cuatro décadas. Estas han dejado huella en
mi piel, en el cabello, en el arrastrar de los pies y, sobre todo, en el
espíritu.
Evoqué la tarde en que te conocí.
Bordeabas los treinta años. Me sorprendieron tu mirada inteligente, la palabra
precisa y el aplomo que emanaba de tu cuerpo pequeño. Tú y el personal de tu
circo se alojaban en el mismo hotel que yo. Me sobrecogió pensar en que no
éramos dos personas jóvenes, que, en igualdad de condiciones, deseaban
conquistar el mundo. Cuán difícil podía ser la vida para alguien tan pequeño,
ante la inmensa hostilidad de la gente. El mundo no estaba hecho para ellos.
Al día siguiente nos encontramos en
el frontis del alojamiento. Te vi bajar la mirada, azorado; apenas saludaste
con los dedos de una mano. Te avergonzaba, quizá, que te viera caracterizado de
payaso: la peluca verde, el brillo exagerado del satén en colores vivos —tan
opuesto a tu sobriedad— y esos tus zapatos enormes, que acentuaban la pequeñez
de tus pies.
Casi no reconocí tu rostro bajo la
pintura blanca: las cejas y los labios distorsionados, la nariz roja y un par
de lágrimas rosadas. Un corbatín dorado se abría de hombro a hombro. Dos
compañeros te ayudaban a subir al capó de un automóvil, desde donde
perifonearían por la ciudad las funciones del circo.
Respondí a tu saludo breve. No dije
nada; pero, sin duda, te devolví en la mirada aquello que no eras, aquello que
apenas era tu oficio.
Cuarenta años después, a diario,
durante las últimas dos semanas, un automóvil perifoneaba por la ciudad las
funciones de un circo. Reconocí el nombre del circo en el que trabajabas. Sentí
el aroma de lavanda del hospedaje donde te conocí. Te recordé. Saber de tu
cercana presencia, como un gran espejo, me mostró mi trayectoria errática. ¡Cuánto
me he alejado de lo que me trajo a estas tierras! Tú podrías notar lo que
cuatro décadas han dejado en mí: manchas y arrugas en el rostro, el caminar más
lento, y la incipiente espalda encorvada.
Sentí el anhelo de visitarte. Sin embargo, deseché muchas veces la idea.
Tal vez ni siquiera me recordarías.
Una tarde lluviosa el vehículo
anunciaba las últimas funciones del circo en la localidad. Suspiré resignada. Un bocinazo me hizo desviar
la mirada. Te vi a unos metros de distancia. Subías a un taxi, aún
caracterizado. Ágil, sonriente, el rostro terso, inmune al paso del tiempo. Reconocí
tu mirada inteligente y el aplomo antiguo. Quizá integraste quién eres con
quien tuviste que ser para ganarte la vida. ¡Qué estrategia tan útil!
Algo cambió en mí. Sentí que yo
también podía hacer ese esfuerzo. Repasé quién tuve que ser para sobrevivir en
las riberas del Huallaga. Como a ti detrás de tu maquillaje, también pude
reconocerme en aquello que terminé siendo. Hallé sueños intactos, aunque
distintos. Hubo fuerzas que me desviaron de mi curso y me llevaron al fondo.
Pero siempre regresé a la superficie. La vida sabe defenderse; el amor, dicen
los poetas, termina encontrando su cauce. Y así, poco a poco, fui parte de corrientes
más amplias, variables, pero jamás me detuve.
Con esa nueva forma de interpretar
el paso del tiempo, al día siguiente, me acerqué al antiguo hotel, confiando en
que te alojaras allí.
Una carta es siempre un puente:
alguien escribe porque el otro no está. Quizá nunca te envíe esta carta, amigo;
pero empecé escribiéndote a ti y terminé encontrándome con otro ausente: mi yo
pasado, ahora integrado a mi presente.
Ayer fui a ese hospedaje. Pregunté en la recepción por tu circo, por
ti. El encargado, un hombre mayor, me miró con extrañeza.
—El circo de entonces ya no existe
—dijo—. Se incendió hace veinte años, en Piura. Sí, recuerdo a Miguel, el
payaso enano… murió esa noche.
Comprendí entonces que, en medio de
la lluvia copiosa, creí reconocerte en un niño disfrazado de payaso que subía a
un taxi, en las inmediaciones de aquel hotel y de mi memoria.
Entendí que no eras tú quien
volvía, sino la vida llamándome por mi nombre verdadero.
Gracias, Miguel. Por primera vez en cuarenta años, no me siento a la deriva.
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