Ninfa Patiño Sánchez
Sin que
pudiera evitarlo, sus pies la llevaron al portón. El árbol de ciprés producía
una sombra gigantesca; la buganvilla se enroscaba como serpiente en las
paredes. Fue directo a la fuente; el agua producía un sonido tenue. Esta
vez había varias flores de loto; en una de ellas le pareció ver el mismo
rostro. Intentó descifrarlo, pero alguien le habló:
—Buenos
días, pasa, ¿vienes a meditar?
Luz María
sintió que un hilo de calor atravesaba su garganta, quemándola; era la misma
voz y ojos color agua marina. Se quedó en silencio y musitó:
«¡No puede
ser, estoy soñando! ¡Es la misma persona!»
Con mucho
esfuerzo consiguió que su lengua liberara las palabras que no podían salir;
finalmente logró articular:
—Soy Luz
María Santillán, conocí a la doctora Vera hace muchos años. Empecé una terapia
con ella.
—Soy Katya,
su hija. Vera, mi madre, falleció hace ya algunos años, pero su espíritu vive
en esta casa.
La llevó a
la sala de meditación, donde había una vela encendida y un jarrón con rosas; el
incienso a medio consumir despedía un suave aroma a mirra. En la pared
enmarcados estaban los rostros de la doctora Vera y de los maestros. Luego
regresaron al jardín y se sentaron en una banca junto a la fuente.
—Qué bueno
que hayas conocido a mi madre —le dijo sin dejar de observarla.
—En
realidad no la conocí mucho, por eso he vuelto; desearía saber más de ella.
—La
historia de mi madre es fascinante. —Sus pupilas se agrandaron al enunciarla,
esbozó una sonrisa antes de continuar.
»Ella nació en Praga. Llegó con mi padre al Ecuador alrededor de
mil novecientos treinta y nueve. Después de innumerables búsquedas —primero a
través del arte y el teatro— terminó conociendo al profesor Durckheim en
Stuttgart. El maestro provenía de la psicología de la Gestalt. Con él realizó
diversos ensayos sensoriales: exploraciones sobre el silencio, la forma y la contraforma,
y fue él quien la introdujo en el zen. Ver el mundo tal cual es, sin ideas, sin
deseos, sin crítica.
»El legado de mi madre, tanto en el campo de la psicología como
en la práctica del zen, es tal, que me faltaría vida para contarte.
Mientras
Katya le hablaba emocionada de su madre, su carrera y el descubrimiento del
zen, Luz María escuchaba en silencio. Los ojos de Katya la trasladaron a una
cadena de recuerdos.
Estaba
parada en el portón cuando apareció una atenta muchacha.
—Buenas
tardes, vengo a una consulta con la doctora Vera.
—Pase, sea
bienvenida. Ya le aviso a la doctora Verita.
Luz
aprovechó para mirar con disimulo el entorno. Un ciprés se alzaba como
sombra rígida contra el cielo apagado. En el centro, una fuente oscurecida por
el cielo encapotado respiraba un silencio inquietante. El aire olía a
tierra húmeda y resina amarga, un aroma que le tensaba los nervios sin una
razón clara. Tenía la idea de que algo no estaba bien y, aun así, cada paso la
arrastraba hacia aquella casa, como si el jardín la reclamara en secreto.
Algunas
hojas del ciprés le cayeron en la cabeza. Se acomodó el cabello y continuó
observando la fuente de agua. Una flor de loto, completamente abierta, despedía
un aroma etéreo y acuático. En el centro de la flor, algo parecido a unos ojos
la inmovilizó, hasta que la voz de una mujer con acento alemán salió desde la
escalinata de piedra que conducía al salón principal.
—Buenas
tardes, soy la doctora Vera Schiller de Kohn, ¿y usted?
Luz se
quedó sin habla; al mirarla, le impresionaron los ojos aguamarina. Un miedo
inusitado se apoderó de ella, que no logró responder de inmediato; al cabo de
algunos segundos, después de tragar saliva, pudo contestar:
—Soy Luz
María Santillán, esposa de Pablo Álvarez —dijo con voz temblorosa.
—Ah, sí,
pasa, pasa. Ya Pablo me habló de ti; la verdad, no creí que fueras tan joven,
pero ven, toma asiento. ¿Quieres un té? —le preguntó.
La doctora
Vera había percibido lo nerviosa que estaba e intentaba deshacer la tensión
inicial. Sin dejar de observarla, le entregó hojas en blanco y un lápiz.
Le pidió que realizara dos dibujos: uno sobre su infancia y otro sobre su
adolescencia.
Luz María
empezó a relajarse; sus dedos se deslizaban fácilmente sobre el primer papel.
En su rostro había una sutil sonrisa; dibujó muy rápido, como si le hubieran
pedido que esbozara su mejor día de vacaciones. Luego intentó el de la
adolescencia; este lo hizo con más pausa. La sonrisa había desaparecido, soltó
el lápiz sobre la hoja y se quedó mirando el piso.
La doctora
se le acercó, levantó su mentón y le dijo con tono dulce:
—Está bien.
Luz María, ¿podrías contarme qué es lo que te inquieta en este momento?
Luz no
contestó, no se atrevía a mirar a la doctora; la intimidaba. Empezó a temblar,
le sonaba el estómago, sentía una guerra intestinal, pidió permiso y fue al
baño. Pasaron algunos minutos; se observó en el espejo, tenía una sórdida
palidez; se sentó sobre el inodoro para tranquilizarse, se lavó la cara y
salió. Cuando estuvo frente a la doctora, un sollozo acompañado de una
cadena de hipos le impedía hablar. Vinieron a la memoria recuerdos de su
adolescencia.
A los
diecisiete años, padecía de alucinaciones, delirios, falta de motivación y
tendencia a deprimirse con facilidad. Sus padres, muy preocupados, acudieron a
especialistas y le diagnosticaron principios de esquizofrenia. Después de un
largo tratamiento y varias terapias, se recuperó. Logró terminar la secundaria
y se inscribió en la Facultad de Trabajo Social en la universidad.
En la mitad
de la carrera conoció a Pablo, diez años mayor que ella, experto internacional,
que residía en el país y participaba como expositor en un simposio sobre
políticas públicas. Luz era la coordinadora operativa del evento. Sin poder
disimular lo atraído que se sentía, Pablo la invitó a salir. Arreglos florales,
chocolates y cenas con velas se volvieron recurrentes. A los seis meses se
casaron.
Luz María
estaba a punto de recibirse como trabajadora social, cuando conoció a un
becario dos años menor que ella; cada vez que lo miraba sentía que su cuerpo se
estremecía y trepidaba de emoción. Olvidó su estado civil y dejó que sus
juveniles y musculosos brazos la aprisionaran sin medir las
consecuencias. Empezaron las salidas clandestinas; llegaba tarde a casa.
Los fines de semana desaparecía con la excusa de que se iba a hacer trabajos de
campo… Así, las mentiras se fueron intensificando y los argumentos no faltaban
para encubrir sus escapadas.
Pablo
estaba perdidamente enamorado de su esposa. Empezó a sospechar sin preocuparse
lo suficiente; tampoco estaba interesado en conocer la verdad. Se decía para sí
mismo: «Cosas propias de la edad, ya se le pasará». Además, conocía los
antecedentes psicóticos de su adolescencia. Fue entonces que pensó en su amiga
la doctora Vera. Imaginaba que Luz María, más que una terapia psicológica,
requería de una especie de «exorcismo» para tranquilizarse y recuperar la
cordura. Sin pensar dos veces reservó una cita.
Los
espasmos de Luz María iban desapareciendo, pero continuaba sollozando. La
doctora Vera le pasó un pañuelo desechable de papel, decidió no preguntar más,
se acercó, la abrazó y susurró al oído:
—Eres
demasiado joven para Pablo, abre tus alas, vuela, déjate llevar por
el viento y que este te diga cuándo y dónde detenerte.
Luz María,
al escuchar tal adagio, experimentó una emoción infinita; sintió como que
estaba descargando de su espalda una mochila con piedras. Regresó a casa
caminando a paso firme e iba repitiéndose para sí misma: «Hoy tengo que decirle
la verdad, es hoy o nunca».
Abrió la
puerta con todas sus fuerzas; Pablo la estaba aguardando. Un ligero olor a nuez
se desprendía de la pipa que fumaba sentado junto a la chimenea; quería conocer
los resultados del encuentro. Esperaba que su estrategia hubiera funcionado, y
que su esposa regresaría renovada al hogar.
—¿Cómo te fue, querida? ¿Pudiste hablar con
Vera? ¿Qué te…? —No alcanzó a terminar la pregunta cuando Luz le
interrumpió:
—¡Me dijo
que debo iniciar mi vuelo hoy mismo!
Pablo se
quedó impávido, no entendió lo que Luz María le había dicho hasta horas más
tarde, cuando vio dos maletas en la entrada de la casa.
Los
recuerdos de Luz fueron interrumpidos cuando la señora de la sonrisa amable
llegó con una bandeja llena de galletas de avena recién horneadas y té de
cedrón. En el jardín se escuchó que un ganso graznaba, como queriendo decir
algo; un par de sedientos colibríes picotearon algunos capullos. Luz
empezó a relajarse y a disfrutar del entorno.
Había una
convivencia natural y armónica en el lugar que le producía una sensación de
calma. En un impulso involuntario, sus ojos se posaron en el centro de la
fuente, donde estaba la flor del loto. Pudo al fin descifrar la imagen; eran
los ojos aguamarina de la doctora Vera y los mismos de su hija
Katya. Sintió un tenue regocijo, como si estuviera cerrando la última
página de un libro que había comenzado a leer años atrás.
Mientras
Katya y Luz María disfrutaban en el jardín del aromático té y las galletitas de
avena, un silencio profundo invadió el lugar.
De pronto,
un viento tibio abrió la puerta del salón principal. Se empezó a escuchar la
Sinfonía del Nuevo Mundo, como si el mismísimo Antonín Dvořák estuviera tocando
el enorme piano de cola que había en el lugar. Luz María se asustó y corrió al
salón. No había nadie.
Comenzó a
temblar y volvieron las sensaciones que le aterrorizaron y acompañaron en su
adolescencia; se agarró la cabeza y empezó a gritar desconsoladamente. Katya se
le acercó, la tomó del brazo y regresaron a la fuente. Luz María se llevó las
manos al rostro; luego miró la flor del loto. Era como si aquellos ojos le
dijeran algo; fue tranquilizándose y recuperando la calma.
Katya
sonrió y dijo:
—¡Es la Casa
Vera!
Ninfa muy bonita e interesante historia .. te felicito sigue adelante… bendiciones .. cómo te dije son las y 27 de la madrugada y he leído tu cuento… gracias x compartir .. un abrazo
ResponderEliminarHermoso relato querida Nin
ResponderEliminarNin: magnífica tu cualidad de transportarnos a imaginar sonidos, olores y emociones.
ResponderEliminarFelicitaciones amiga querida tu sensibilidad plasmada en tus relatos son dignos de admirar
ResponderEliminarTodo cuento, y más aún uno mágico, tiene el poder de transportarte a un mundo de imaginación y sueños. Excelente trabajo, Nin. ¡Felicitaciones!”
ResponderEliminarQuisiera saber algo más para completar el cuento. Nos tomamos cualquier día una agua de manzanilla.
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