lunes, 29 de diciembre de 2025

Negocios de otro mundo

Moisés Panduro Coral


En el silencio de la tarde pude escuchar el ruido de unos tacones altos que golpeteaban el piso de cemento. ¿Quién podría ser si a esa hora me había quedado solo en todo el edificio? El rítmico poc, poc, poc, poc, que retumbaba en el pasadizo que conducía a mi oficina desde la entrada, evidenciaba urgencia. Siguieron unos toques apremiantes frente a mi puerta. Abrí y me encontré de cara con Nelly, una compañera de trabajo de la misma entidad, cuya oficina estaba en otro edificio cercano. Llevaba todavía su uniforme celeste. Vi su rostro lívido.

—¿En qué puedo ayudarte, Nelly?

—¡Ay, amigo!

La invité a pasar. Entró con la respiración entrecortada, incapaz de articular palabra. Se dejó caer en la silla, inspiró profundo intentando serenarse y logró decirme que venía del hospital del Seguro Social. Cuidaba, en la sala de emergencia, a un familiar en observación por una dolencia cardiaca, cuando escuchó un alboroto en la habitación del frente, separada solo por una cortina azul de plástico. En medio del forcejeo, una voz áspera, grave y profunda, exigía que le suelten y amenazaba con castigos horrendos, de los que solo se padecen en el averno.

Un auxiliar de enfermería pasó de prisa llevando en sus manos unas correas con hebilleras. Al entrar en la habitación donde se producía el alboroto, se olvidó de cerrar la cortina que fungía de puerta. Por ese descuido, ella pudo ver lo que ocurría: varias personas intentaban dominar a una joven, hasta que lograron tenderla y sujetarla con muñequeras y tobilleras a las barandas de la cama, pero ni así lograron inmovilizarla pues la mujer se arqueaba y estiraba la cabeza como si estuviera hecha de goma.

—¡Que el infierno les escupa su vida en la cara! —repetía, al tiempo que las barandas parecían desgajarse de la cama por la fuerza con la que intentaba liberarse de las muñequeras.

Tuvieron que bregar duro para colocarle un cinturón ancho de sujeción que le cubrió parte del pecho con lo que terminaron de inmovilizarla.

El médico daba indicaciones. La mirada abrumada de un interno de medicina retrataba su perplejidad. El auxiliar asió fuertemente la mano izquierda de la mujer para que la enfermera pueda colocarle la vía de administración de medicamentos. Los gritos se fueron pausando y se volvieron cada vez menos intensos.

Nelly aprovechó el momento en que el interno se acercó a la cama de su pariente, para preguntarle lo que estaba ocurriendo con la chica. Al parecer, se trata de un trastorno disociativo, señorita, le dijo. El chofer del ómnibus que la trajo hasta aquí informó que ella viajaba sin destino, luego de subirse cerca de un mercado en el norte de la ciudad. De repente se levantó de su asiento y se acercó a los pasajeros, mirándolos con furia y hablándoles en lenguas misteriosas, con una voz cavernosa que se entremezclaba con voces agudas. Los pasajeros le pidieron que se detenga para bajar apresuradamente. Al rato, ella se desmayó y cayó al piso del vehículo.

—¿El chofer no se asustó?

Dijo que era evangélico y que dudó a dónde llevarla, pero se decidió por el establecimiento de salud más cercano. El médico que la atendió encontró que la sequedad de sus ojos y la dilatación de sus pupilas, eran indicios de una probable ingestión de antidepresivos por lo que ordenó un lavado gástrico complementado con carbón activado para adsorber las toxinas. Una hora más tarde, se despertó y se incorporó violentamente de la camilla. Con la mirada encendida y fija en la nada caminó en dirección a la salida, derribando el pedestal y arrastrándolo por el suelo junto con el frasco de suero. Todavía tenía la aguja clavada en su vena, firmemente sujeta por cintas de esparadrapo. Los pacientes entraron en pavor, por lo que el médico ordenó ponerla en una habitación más aislada.

—¿Puedo verla ahora que está durmiendo? —preguntó, Nelly. El interno asintió y le pidió que se acercara en silencio.

Vio un documento de identificación en la mesita y, a su lado, un papelito con un nombre y un teléfono. No hay lugar, ni momento, en que uno esté libre de recibir una sorpresa: ¡Jazmín! ¡Dios mío! ¡Jazmín! ¡¿Qué te ha pasado, amiga?! En su rostro empalidecido vio unos surcos sanguinolentos, y en el vaho de su respiración pudo percibir un olor dulzón a huevo quemado y podrido. Sus labios resecos tenían heridas profundas y lineales como si hubieran sido sajados por un filoso cuchillo. A través del resquicio que dejaba sus párpados a medio cerrar, sus pupilas lucían inertes. En su bata hospitalaria había unas manchas blancas producto del vómito de gran parte del carbono que le habían administrado durante el lavado gástrico. Jazmín está con un semblante espantoso, amigo. Vine volando a avisarte, debes ir a verla.

Quedé impactado. Salimos de la oficina, me despedí de Nelly y tomé un taxi. Recordé que la noche anterior, Jazmín me esperó a la entrada de la quinta. Estaba parada, con el hombro derecho ligeramente recostado en el marco de la puerta y la mano izquierda en la cintura. Tenía la mirada abatida por el desvelo y no se entusiasmó al verme. Yo conocía esa estampa: era el preludio de una discusión por celos que demoraría horas y que se apaciguaría únicamente si alguna de mis mil razones lograba convencerla que una infidelidad mía estaba sólo en su imaginación. Vivía sola, en una habitación rentada de la quinta de una familia amiga. La dejé dormida cerca de la una de la mañana. Cada episodio era profundamente desgastante. ¿Cuándo se apagará este infierno que aprisiona a quien amo y que me tiene condenado a mí, también?, me preguntaba en silencio mientras retornaba a casa.

Ahora esto. No tenía idea de lo que pudo haber ocurrido. Alrededor del mediodía había telefoneado a su oficina. Me preocupé cuando me informaron que no asistió a trabajar. Llamé a la quinta y la dueña me informó que la había visto salir poco después del mediodía. Me había equivocado pensando que, tal vez, pudo haber salido a almorzar. Esa extraña llamada que recibí poco antes de la llegada de Nelly, pudo haber sido alguien que quizás quiso ponerme sobre aviso, pero un impulso desconocido hizo que yo cortara el teléfono. Los demonios concurren prestos cuando hacen su mejor negocio que es el secuestro del alma y su posterior tormento.  

Entré raudamente al hospital. Tenían mi nombre, me estaban esperando. En el acto, una enfermera me llevó hasta una habitación aislada, situada al fondo de un pasillo, medio oscurecido. La encontré dormida y me acerqué cauteloso. Pese a mi serenidad, sentí que un ligero frío recorría mi médula espinal. Tal vez Nelly exageró, pues, mirando bien, los surcos en su rostro podrían ser arañazos que ella misma se infligió, y sus labios partidos podrían explicarse por la sequedad que causó el carbono activado cuando lo estaba ingiriendo o vomitando. La expresión de su rostro sí era tétrica, adolorida, quejumbrosa.

Me senté en un sillón que arrastré junto a su cabecera. Había estado cavilando un buen rato tratando de encontrar respuestas satisfactorias, cuando, bruscamente, Jazmín abrió sus ojos. Escuché como si se romperían varios huesos. Volteó lentamente el cuello y me miró de costado. No se alegró al verme. En lugar de eso, se agitó y con una voz monstruosa, de ultratumba, me maldijo. Me levanté de un brinco y sin perderla de vista empecé a intuir que este que ya no era un tema de celos. Recité, calladamente, un salmo: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento».

No era Jazmín. Era otra voz. O, mejor dicho, eran otras voces. Esta, como las manifestaciones anteriores que me contó Nelly, era un indicador de que el asunto trascendía lo terrenal ante lo cual los fármacos serían un placebo. Es paradójico, la ciencia no cura el alma, es apenas una pildorita de azúcar para sus dolencias. Se abrió la puerta, el personal de salud entró vacilante, y sin desviar mi atención del rostro de Jazmín y de sus ojos espeluznantes, les mostré mi palma izquierda en gesto de que se detengan. Acto seguido, roté mis dedos índices superponiendo uno sobre otro rápidamente, en señal de que regresaran más tarde.

En mi mente, seguía retumbando el salmo. Dentro de lo que cabía, hice una rápida evaluación de la situación. Tomé en cuenta que Jazmín, al tener el cuerpo completamente inmovilizado, no me haría daño. Eso me serenó un poco. Sus ojos seguían mi movimiento y sus imprecaciones no se detenían. Mirando de reojo, me di cuenta que el personal de salud seguía allí cerca de la puerta. Un auxiliar se acercó y me dijo con voz agitada que tenían orden del médico de administrar una dosis de sedantes. Al escuchar esto, Jazmín, o lo que estaba dentro de ella, hizo un esfuerzo hercúleo para levantarse.

Asentí sin decir una palabra. Tomé su mano izquierda que se movía frenéticamente pese a la presión de la muñequera. Cerré mis ojos, cuando la enfermera conectó la jeringa con la mariposa de la llave. Ya está, escuché. Al abrir mis ojos, me choqué de plano con la sonrisa diabólica de Jazmín, al tiempo que una voz ronca y áspera, me decía: «¡Puedes morir aquí mismo, si quiero!». Siguió una risa larga y estentórea que no olvido hasta ahora. El auxiliar y la enfermera se apresuraron en abandonar la habitación.

Tomé aliento y repetí mentalmente el salmo. Acerqué mis ojos a sus ojos, y mirándola fijamente le dije: «No eres tú, Jazmín. Alguien se ha adueñado de ti, de tu cuerpo, de tu voz, de tu alma. No puedo conversar con alguien que no eres tú».  

—¡Habla, perro! —me espetó la gravosa voz salida del mismísimo infierno.

Recordé que cuando alguien está furioso, así sea el demonio, una frase dulce o chistosa puede ayudar a desinflarlo todo.

—¡No soy un perro, soy un cachorro! —dije, haciéndome el gracioso.

Varias risas espantosas cubrieron el recinto.

—Se ríen porque no me conocen —retruqué, mientras la piel se me erizaba.

Nuevamente me incliné en la cama para mirar cara a cara a Jazmín. Le hablé firmemente en tono alto: «No eres tú, Jazmín, pero quiero pedir a todos los que están dentro de ti que me concedan una tregua. Díganme qué es lo que quieren de mí. O de ella. O de nosotros dos. No sé quiénes son, pero quienes quiera que sean, trataré de entenderles. Sólo quiero una tregua».

Cesaron las voces. Un silencio inundó la habitación. En mi reloj, la manecilla del horario marcaba las doce de la noche. El rostro de Jazmín adquirió un leve tono de quietud. Me sentí mejor. Era un buen avance, sea porque los sedantes estaban haciendo efecto o porque quienes habían tomado su cuerpo aceptaron la tregua que había pedido enérgicamente. Una calma inquieta reinaba. Una hora más tarde, la enfermera, abrió con cuidado la puerta, y, en voz baja, me dijo: «Será mejor que vaya a descansar. Va a dormir por varias horas». Había sido un día duro. Me despedí de Jazmín con un beso en la frente.

Mi casa no quedaba distante del hospital, así que caminé calmadamente, sin dejar de pensar en lo ocurrido. La calle lucía silenciosa. No había caminado ni una cuadra, cuando, de la nada, se apareció a mi lado un hombrecito que aceleraba sus pasos para ir a mi lado.

—¿Preocupado, amigo? —me preguntó con un tono amical.

No le contesté, seguí caminando sin desviar mi mirada.

—¿La novia se quedó allí adentro, cierto? —insistió.

Estuve a punto de espetarle un: «¿Cómo lo sabes?», pero me llamó la atención su cabeza desproporcionada para su estatura de unos sesenta centímetros.

—Mira, amigo. No te hagas el sobrado, que yo así nomás no le hablo a nadie. Te interesará saber que tengo la solución a tu problema.

Dejé de caminar. De un brinco, se puso frente a mí y me tendió la mano. Soy Richard, me dijo. «Escucha amigo, voy a ser directo: los celos no sueltan a nadie. Has visto a Jazmín; no duerme, no come, tiembla si tú tardas cinco minutos en llegar o si no te encuentra cuando te llama. Los celos la han ido rompiendo de a pocos, y tú lo sabes».

—¿Quién eres, amigo? —le pregunté.

—Importa poco quién soy. Mira, me has caído bien desde que te vi ayudando a una pareja de ancianos la tarde que enterraban a su hijo que fue asesinado por terroristas en la sierra. El occiso era amigo tuyo.

—¿Te refieres a… Maurilio? Eso ocurrió hace más de cuatro años.

—Yo estuve ahí.

Continuamos caminando y, casi sin que lo pueda notar, llegamos a la plaza 28 de Julio. «Este lugar fue el primer cementerio de la ciudad durante la fiebre del caucho que atrajo a personas de todo el mundo. Aquí, junto con los oriundos, estaban enterrados muchos extranjeros, hasta que el gobierno decidió convertirlo en un campo de fútbol».

Nos sentamos en una banca, cerca del centro de la plaza. No había nadie más que nosotros. Por las calles aledañas, circulaban, ralamente, algunos vehículos. El viento agitaba las ramas de los árboles.

Se paró, me miró seriamente y me dijo: «Aquí, amigo, estuvo enterrado un comerciante árabe, muy rico. Cuando su cadáver, como el de todos los difuntos, fue trasladado al nuevo cementerio general, un aro de inmenso valor que fue enterrado junto con él, se quedó entre la tierra removida que con el tiempo y la lluvia se compactó».

—No logro entender qué tiene que ver mi problema con este tema histórico.

—Aguanta, que ya llegamos al punto. En una dimensión que no conoces, este comerciante confió que su máximo deseo es tener su aro de retorno, porque quiere negociar la libertad de su alma. Y, yo, amigo, soy el único que conozco el lugar preciso donde se encuentra esa joya.

—Es fácil, entonces, desentiérralo y llévale a quien pertenece.

—Eso me gusta de ti. No eres ambicioso del dinero, ni de la riqueza. Sucede, amigo, que ni yo, ni cualquier ser de otro mundo que no sea el humano, puede hacerlo.

—¿Cómo que no eres de este mundo?

—No, no soy de aquí, las apariencias engañan, pero no es necesaria esa explicación. Sólo puedo decirte que tenemos ciertas reglas. Una regla es que yo no puedo desenterrar esa joya, eso sólo está permitido a los de este mundo. Otra es que respetamos las jerarquías, yo no puedo verme con el alma del árabe, de eso se encargará mi jefe. Nosotros somos intermediarios entre el bien y el mal, a veces jugamos para uno, y a veces, para otro, en este libre albedrío que rige al hombre. Tú has sido capaz de dirigirte a los demonios que habitan el cuerpo de tu novia y eso me hizo ver que eres el elegido para esta misión.

—¿Cómo? ¿Tú estuviste en el hospital?

—Sí, pero esa legión te dio una tregua de sólo doce horas. Ese es el tiempo que tienes para desenterrar el aro y entregármelo.

Le miré incrédulo. Entonces, ¿no han sido los sedantes? Se rio. Nada, amigo, la liberación de Jazmín es temporal y vence a las doce del día de hoy mismo.  

—A ver, ¿qué tienen que ver los que, según tú, me dieron la tregua, con el árabe rico, conmigo y con mi novia?

—Caray, amigo, eres un muchacho sano. ¡Negocios son negocios, en este mundo y en todos los mundos!

—¡Pero yo no hago trato con demonios, jamás!

—No me estás entendiendo, amigo. Tú no harás ningún trato, serás el beneficiado de una negociación de terceros.

Continuó explicándome: El alma del comerciante árabe está en el reino de los demonios, pero lo liberarán para que vaya al purgatorio, si a cambio él les entrega el aro que te repito vale una fortuna incalculable. Mi jefe, Serafín, que, de vez en cuando, habla con él, sabe eso y me pidió que busque a alguien que lo desentierre.

Tu novia está poseída por los súbditos del averno que se han aprovechado de su estado, y el culpable de eso eres tú, por omisión, por voluntad, o, por lo que sea, pero el culpable eres tú. Si devolvemos ese aro, todos salimos ganando. Los demonios tendrán su aro, el árabe se salvará del infierno y tendrá la oportunidad de expiar sus culpas, mi jefe habrá cumplido su papel, yo ascenderé en jerarquía, tu novia se liberará de esos horrendos celos, y tú vivirás más tranquilo. ¡Bisnes son bisnes, amigo!, dijo riéndose.

Me quedé en silencio. No quería hacer «tratos» con nadie del otro lado, pero la imagen de Jazmín, amarrada a la cama y maldiciendo con esa voz ajena, se me clavó en la garganta. Sabía que no entendería la letra chica de ese contrato, solo que, si no hacía nada, la perdería. Asentí. Tenía lógica…

Lo seguí hasta un árbol de parinari. Desde allí, dio cuatro pasos al frente y luego dobló dos pasos a la izquierda. Se detuvo en un punto. Le alcancé un pedazo de rama seca que clavó como una estaca en el suelo. Aquí es, me dijo. No sé a qué profundidad estará, pero está aquí. Cuando lo tengas, te vas al cementerio y lo dejas al pie del árbol de marañón que está al costado de la tumba de un famoso lanchero. Yo lo recogeré de allí y lo entregaré a mi jefe que, a su vez, le llevará al alma del árabe. Y el árabe se lo entregará a esos codiciosos demonios. Recuerda, tiene que ser antes de las doce del día. Sin otra explicación, me hizo adiós con su mano. ¡Ahora tienes solo diez horas, amigo!, me dijo y desapareció entre los arbustos.

Ese día, pedí un permiso en el trabajo. Cerca de las nueve de la mañana llevé una pala y un plantón de huimba que me conseguí del vivero municipal. Había excavado unos cincuenta centímetros cuando me topé con una bolsita de tela cerrada en su extremo superior por una soguilla ajustable. La tomé, la abrí, y sí, en su interior, había un aro grande y pesado. Supuse que era de oro porque refulgió cuando retiré la arena. Llevaba en su disco central una inscripción labrada en un idioma que no entendí. Estaba orlado con pequeños diamantes que chispeaban luz. Sembré el plantón, y con las mismas, tomé un taxi y me fui al cementerio. Le dije al taxista que me esperara. Compré unas flores e ingresé raudamente al panteón. Puse la bolsita en el lugar que me indicó Richard. Le cubrí con un poco de hojarasca que aprisioné con un pedazo de concreto que encontré cerca, y me dirigí a la tumba de mi abuelo a colocar las flores.

Luego de devolver la pala en el vivero, le pedí al taxista que me llevara al hospital del Seguro Social. Encontré a Jazmín calmada. Tenía mejor semblante. Ya le habían quitado los cinturones de sujeción, las muñequeras y tobilleras. El médico me recibió sonriente, me informó que ella ya había desayunado y me dijo: «Enfermo que come se va a su casa». Esa misma tarde le dieron de alta y la llevé hasta la quinta. Estuve acompañándola hasta la madrugada. Cuando me retiré, su amiga Anny, hija de la dueña de la quinta, se quedó con ella, por si acaso requería algo.

Llevo treintaicinco años viviendo con Jazmín. Ella ni siquiera recuerda esos días. Tenemos una hija que nos ha dado un hermoso nieto.

En el nombre del padre

Rosario Sánchez Infantas


Sí, fue mi padre. 

Él obligó a mi madre a dejarme en ese convento franciscano que me produce sentimientos encontrados. Deseaba que sobreviviera y que no intentáramos buscarlo, ni ella ni yo. Así él seguiría siendo el ciudadano ejemplar, cabeza de una familia cristiana. Corría el año de 1790 en la pequeña ciudad andina. Mi madre, una criadita de dieciséis años fue violentada por su patrón y echada cuando quedó embarazada. ¡Uf! Dicho así, sin eufemismos, suena muy feo.

Efectivamente, recibí tres comidas diarias, no pasé frío, ayudé en todo lo que podían mis fuerzas, me dieron una educación elemental y formación católica. Como los padres franciscanos me vieron potencial hicieron planes para mi futuro. Iniciaron mi preparación eclesiástica que concluí en un seminario vecino. ¡No! Es injusto pensar que me formaron en la fe para evitar que terminara siendo un pillo, con lo mucho que hay para robar en una iglesia. Crecí entre rezos, latín y silencios.  Aprendí a ser un hombre de bien. Cuesta decirlo en voz alta: simulé humildad y obediencia excesiva. Quise ser algo más que el «hijo de nadie».

En el seminario durante los primeros años, entre la intensa formación clerical, oraciones, cánticos y trabajo agropecuario, pasaban los días en santa paz. Ahora puedo ver que todo siempre tuvo una pátina de vacío, frío y ausencia. Las cosas fueron empeorando. Nunca olvidaré el miedo de aquellos años. Veíamos el odio en los ojos de los indios que antes bajaban la cabeza. Escuchábamos rumores de grupos armados que, huyendo del pago de los tributos y la esclavitud en las minas, acechaban en los caminos. Y, cada día llegaban más noticias de las partidas libertarias. Desde los primeros curas en América, vivíamos en holgura. Mucha gente nos amaba y temía como a representantes de Dios en la tierra. Llegó el momento en que se notaba la duda, el recelo, cuando no el odio, en los ojos de muchos naturales.

Nuestros nombres se asociaban a «enemigos del pueblo», «compinches de los chapetones», «godos con sotana». Parecería que los insurrectos, nos bajaron de nuestro pedestal y mostraban que, desde el comienzo, nosotros habíamos tomado la opción de los privilegiados. Algunos hermanos cometieron delitos, otros pecaron. ¡Yo, hablando de pecados! ¡Dios mío, algo oscuro me oprime el pecho! Es insostenible decir que, desde los púlpitos, solo buscábamos divulgar la fe cristiana y salvar a las almas réprobas. Ahora lo veo con más claridad. Pero, entonces, era tan fácil autoengañarse.

¡Hah… hah…! Significativo fue que se proclamara la independencia del reino del Perú en 1821 y que yo, recién tonsurado, me declarara igualmente emancipado. No, no me juzgo. Quiero entenderme. Lo primero que pensé es que el enemigo tiene sus estrategias. Imelda, la muchacha que traía la leche a la parroquia, era singular. No era muy bonita, pero su cintura estrecha, las caderas amplias, los pechos firmes eran una tentación. Sus labios carnosos, cejas gruesas, la piel brillante, ¡su olor!... Pero no fue solo eso. Saber por ella, en confesión, que su padrastro la violentaba... ¡Ah… Virgen Santa… ah…! ¡La vergüenza me asfixia! Yo también quise tomar la virtud ajena. Pero, todavía tuve templanza y fortaleza.

Mi feligresía me quiere. Siempre tengo una sonrisa afable, una palabra cálida, la disposición a escucharlos. Mis ejemplos cercanos a ellos les muestran que los entiendo. Nadie supo que me aterra la soledad, que digo lo que se espera de mí, que soy indulgente conmigo mismo. Que llamaba estima, aprecio, interés o simpatía, a esos lazos con algunas fieles que rozaban el límite de la castidad.

Escarbo en mis recuerdos. Lo de Imelda no fue obediencia ciega a un representante de Dios en la tierra. No fue solo concupiscencia. La fui atrayendo con mi rol de padre espiritual, oponiendo cariño y comprensión a la violencia del esposo de su madre. Mi caída fueron esos ojos negros que despertaron una memoria más antigua que los rezos, más honda que los salmos. Con el trato afable ella fue cambiando. Aquel día me miró como a un corderito huérfano, parecía darse cuenta de que yo era un hombre cansado, que anhelaba un calor que no venía del cielo, que cargaba un gran vacío. De la gratitud pasé al instinto, al placer y luego a sentirme escogido, deseado, «hijo de alguien». Pisoteé su gracia. Y, terminé haciendo lo mismo que mi padre. Como él, la culpa se la atribuí a la tentadora hija de Eva.

Nosotros, casi todos, optamos por los realistas.  Éramos los privilegiados. Lo sabíamos. Fingíamos no saberlo. Pero... era conmovedor encontrarse en algún camino de herradura con insurgentes del reino: famélicos, en harapos, heridos, pero con la esperanza ardiendo en sus ojos. ¿Y todo para qué? El fragor de la Batalla de Ayacucho había cesado, la capitulación entre el ejército español y las tropas insurgentes se había firmado, sin embargo, no se aquietó la tormenta. El país ingresó en un torbellino de discordias: facciones enfrentadas y mandos militares en pugna. La nobleza criolla mantuvo el poder y sus privilegios y los otros a seguir estirando sus pobrezas, sufriendo con los trabajos y tributos forzados. ¡Ay, alma mía, por qué vuelves siempre al barro! ¡Claro que me avergüenza ahora! Pero entonces todos considerábamos menos humanos a los negros y nadie vio mal que sigan siendo esclavos, treinta años luego de emanciparse el Perú.

A nosotros, los religiosos, también nos afectó la caída del estandarte real.  El libertador Bolívar dispuso el cierre de mi único hogar y alma mater. Clausuraron varios centros de formación religiosa y de las misiones evangelizadoras, prácticamente estuvimos expulsados de todo lugar. Todavía se me oprime el pecho y siento un sudor frío cuando lo recuerdo. Aquel brumoso amanecer avanzábamos trémulos y desfallecientes, pues nos perseguía una chusma levantisca cuyos gritos los sentíamos cada vez más cerca. Mi respiración, rápida y menuda, quebrantada por la fatiga y el espanto, casi no dejaba aire en mis pulmones.  Mi corazón, golpeaba con violencia mi pecho. Sentía en mis manos un temblor involuntario, y un sudor frío perlaba mi rostro.

—Hermano —susurró a mi lado el padre Agustín, con la voz entrecortada—, si no llegamos pronto, no sé qué será de nosotros.

—No tiembles, padre; estamos cerca.

—Dios nos sostenga —murmuró él—, mis piernas ya no obedecen.

—Ánimo —le dije, tomándolo del brazo—, que, si caemos ahora, caeremos ante la puerta de la salvación. Mira adelante… allí…

Las sólidas puertas de la fortaleza del Real Felipe surgieron ante nosotros como un muro de esperanza. Pero antes de que pudiéramos acercarnos, desde lo alto resonó un grito áspero:

—¡Atrás! ¡Atrás, en nombre del rey! ¡No den un paso más!

Otro vigía se asomó entre las troneras:

— ¡Fuego preventivo! ¡Que no pasen!

Tres disparos secos retumbaron sobre las piedras. Las balas no nos alcanzaron, pero los estampidos nos detuvieron en seco.

—¡Padre… nos toman por sediciosos!, jadeó Agustín.

—No retrocedas, —le dije— alza las manos, que vean nuestras sotanas. ¡Somos hijos de la Iglesia, no revoltosos!

Y así, temblorosos, levantamos las manos al cielo mientras nuevos gritos surgieron de la muralla, mezclándose con el sonido de nuevos disparos:

—¡Fuera! ¡Ni un paso adelante! ¡Dispararemos a matar!

En aquella hora aciaga, las puertas que buscábamos como tabla de salvación parecían, convertirse en un nuevo abismo que nos engullía. En la fortaleza del Real Felipe se había refugiado el general realista Rodil y sus huestes. Eran de los nuestros, y... ¡nos echaron a balazos!  A nosotros, que sostuvimos la conquista y el virreinato, mediante el miedo a Dios, arma que fue más filosa que una espada. Ahora, a la distancia, es comprensible: Rodil estaba sitiado junto con la nobleza española. Tenían que sobrevivir. Abrirnos las puertas para cobijarnos podía significar un asalto de los insurgentes. Además, sus provisiones eran limitadas.   

Tuvimos mucha suerte, poco a poco las cosas retomaron su curso. Me afinqué en este pueblo andino en el que una mano lava a la otra. Llegué a ser un cura respetado, aunque de vez en cuando las pesadillas y el temor a una nueva revolución me amargaban los días.

¡Tch! De tanto mentir llega el momento en que confundo lo que es verdad de lo que es mentira. De manera muy oportuna olvido lo que me conviene. ¡Ya no hay tiempo para seguir engañando! Veritas liberabit vos.

Trescientos años habían pasado desde la conquista de las tierras del inga y estos idólatras en nuestras narices adorando a sus huacas. Tres veces en un mismo mes, al concluir la misa dominical, mientras apagaba lámparas y cirios, Tomás me abordó en la iglesia en penumbra, saturada del aroma de incienso y de flores. Con una risa nerviosa, sin ir directamente al punto central, agitando las manos mientras hablaba. Su mirada intensa parecía expectante de mi respuesta. Con los indígenas adorando a cerros, lagunas, cuevas, rocas y tantas cosas más, cuando escuché roca y dios en una misma oración, mandé a paseo al hombrecito. Sin embargo, una madrugada desperté empapado en sudor pues soñaba que el juicio final había empezado. No habiendo testigos, y con el alma desnuda, puedo decir que inventé la patraña de la anunciación sobre el futuro de Imelda. Ah…h… Insensato de mí, atreverme a parodiar la sagrada Anunciación del arcángel Gabriel a María. Osar, insano, que en un sueño me fue anunciado el destino de Imelda junto a Tomás. Ah…h… E inducirla a aceptarlo: «María con humildad dijo: “Hágase en mí según tu palabra”».

A ambos extremos del pueblo, a lo largo de un estrecho pero fértil valle, se extendían campiñas dedicadas a la agricultura y al pastoreo. Pequeños centros poblados salpicaban el paisaje. Cerros y quebradas agrestes rodeaban el valle. Di con la casa del padre de Tomás, quien me llevó hasta la colina en la que pastaban sus ovejas. El muchacho, con la voz temblorosa, atropelladamente repitió su historia mientras nos guiaba, a su padre y a mí, hasta el roquedal donde decía que había aparecido una cruz de Cristo. Genio y figura hasta la sepultura, cerro arriba ya estaba viendo cómo sacarle provecho a la situación. No eran sino dos rayas blancas que se cruzaban formando una imprecisa figura de una cruz sobre la gran laja gris. Un manantial discurría al pie. Mientras ellos se arrodillaban persignándose reverentes, mi plan estaba tomando forma. Los convencí de que parecía obra de Dios, pero que el Maligno actúa de distintas formas y necesitaba consultar con las altas autoridades eclesiásticas sobre lo que se debía hacer. Cuesta abajo, supe que aquella roca era venerada como lugar sagrado en tiempos de los gentiles. Pensé que mataría dos pájaros de un mismo tiro. Encargué a Tomás que prohibiera, en mi nombre, a los pobladores de las tierras bajas, subir hasta la roca, con la temible amenaza de la excomunión.

Dos meses después, se respiraba la presencia divina en la iglesia de mi parroquia. Atiborrada de gente, flores y velas. Aquel domingo celebré el matrimonio de Imelda y Tomás. El alcalde de la ciudad y su esposa eran los felices padrinos. Una multitud fue atraída desde muchos pueblos a la redonda por la noticia de un milagro. Fue multitudinaria la procesión que acompañó a los novios los doce kilómetros desde la iglesia hasta el pequeño santuario. La cruz descubierta por Tomás se había convertido en una hermosa imagen de un Cristo crucificado, pintado en la roca. La fe católica se había fortalecido, un antiguo culto de gentiles había sido extirpado y la Anunciación divina, que dije haber recibido en sueños, se había hecho realidad. 

  

«Aquí, cercana la hora de volver a ti Padre, he abierto mi pecho con dolor y te muestro hasta la más pequeña grieta, en lo que seguramente ha de ser la última interpelación que recibiré.

Estoy vacío, sin fe verdadera ni máscara que me sostenga. Todopoderoso y omnisciente, justo y verdadero, padre amoroso y misericordioso. Mírame como lo que soy. Huérfano sin padre ni madre. Me desvié de tu senda... Para vivir siempre necesité ser visto, amado y obedecido; ser para alguien. Considéralo, verdadero Dios y verdadero hombre... He profundizado la relación de esta región con tu Santa Iglesia, para ello apliqué, con dedicación absoluta, la formación artística que recibí en el seminario. Pero, también... ¡Santo Dios!, ¡qué inmensa es mi soberbia! He aceptado el pedido del cándido Tomás: si el Señor los bendice con un niño, permitiré que lleve mi nombre... que es el de mi padre».

jueves, 25 de diciembre de 2025

Sola

Elena Chumpitazi


Ariana tenía poco más de cincuenta años cuando decidió mudarse al campo. Después de veinte años junto a Tomás, la relación se había apagado como una lámpara que aún da luz, pero ya no abriga. La pasión, los proyectos, incluso las conversaciones, se habían ido diluyendo hasta volverse una costumbre silenciosa. Un día lo comprendieron sin decirlo: cada uno ocupaba la mitad de una casa vacía.

No buscaba un nuevo amor ni una vida más intensa. Buscaba lo contrario: silencio. Horas que no dependieran de nadie. Por eso, cuando vio el anuncio de una casa en venta en Santa Rosa de Quives, sintió que ese lugar la llamaba. Retiró parte de sus ahorros, firmó los papeles y entregó la inicial sin mirar atrás.

En menos de dos meses renunció a la escuela donde trabajaba como asesora de docentes, concluyó su colaboración con la revista de educación especial y empaquetó su vida en unas cuantas cajas. Le dejó una nota a Tomás, sobre la credenza de la entrada: «Me voy, necesito silencio, gracias por estos años, cuídate».  No hubo escena, ni despedida, solo dejó la nota y salió en silencio.

La casa quedaba a la entrada del valle, en una loma suave desde la que se veía la línea de eucaliptos hacia el este y, más lejos, una sucesión de cerros iniciando la cordillera. Era una construcción sencilla, de paredes blancas encaladas, con un pequeño segundo piso al que se accedía por una escalera de madera que crujía, casi como un lamento, cada vez que apoyaba un pie. Arriba, dos dormitorios y un pasillo corto con una baranda baja; abajo, la sala, la cocina y un cuarto pequeño que usaría como estudio. El cielo de las noches tenía un negro verdadero, salpicado de estrellas, y los amaneceres llegaban con un frío seco, que el sol templaba lentamente. Desde la cocina, el campo se abría como una página nueva.

El primer día se dedicó a limpiar, abrir ventanas, retirar telas viejas. En la sala encontró una mesa baja de madera con marcas de vasos, una lámpara de pie que apenas se sostenía, dos sillas disparejas, una alfombra raída. Nada de eso era hermoso, pero todo estaba dispuesto como si alguien hubiera querido dejarle una estructura mínima para empezar de nuevo.

Con el paso de los días, comenzó a repasar su vida sin proponérselo. Los recuerdos brotaban en cualquier momento: mientras hervía el agua para el té, mientras barría el corredor, mientras el viento agitaba las cortinas. Algunos recuerdos eran dulces, otros punzantes, y varios que habría preferido mantener enterrados. Rostros, voces, promesas rotas. A veces le parecía que su mente, lejos de limpiarse, se llenaba de ruido.

Al caer la noche, ese ruido cambiaba de forma. Las primeras semanas dormía bien, agotada por el trabajo físico y la novedad. Pero pronto las noches se hicieron más densas. Cuando cerraba los ojos, las escenas ya no eran suyas. Veía una cocina que no reconocía, un mantel distinto, una foto en la pared de gente que nunca había visto. Los detalles eran demasiado precisos: podía percibir el olor a detergente en la vajilla recién lavada, la aspereza de un trapo entre las manos, el sabor tenue del pan tostado en la boca de alguien que no era ella.

Comprendió que en esos sueños siempre se repetía algo: la casa. No la casa que ahora habitaba, sino una versión anterior. Los mismos muros, pero con otros cuadros; el mismo corredor superior, pero con fotos colgadas; la misma escalera, con menos desgaste en los bordes. Y siempre, en algún punto del sueño, aparecía una joven de cabello oscuro, de unos veintitantos años, moviéndose por los ambientes con la torpeza de quien vive sola y no ha aprendido aún a llenar el silencio.

La primera vez que la vio con claridad, la joven estaba en la cocina, de espaldas, apoyada contra el lavadero. Ariana no veía su rostro, pero podía sentir su respiración agitada, el peso de una preocupación que no sabía nombrar. La segunda vez, la joven caminaba por el pasillo del segundo piso, con una taza entre las manos, deteniéndose un instante frente a la baranda, como si dudara de algo. En ambas escenas, Ariana tenía la impresión nítida de estar dentro del cuerpo de otra persona. El frío en los pies descalzos, el temblor ligero en los dedos: todo le llegaba como si fuera propio.

No se lo contó a nadie. Se decía que era normal que la mente, en un lugar nuevo, fabricara historias con los restos de viejas angustias. Aun así, empezó a dejar la lámpara del velador encendida por las noches.

Solía caminar hasta la tienda del pueblo una vez por semana. Eran unos dos kilómetros por un camino de tierra que bordeaba chacras y establos pequeños. Ese trayecto se convirtió en un ritual: saludaba de lejos a los campesinos, observaba las vacas pastando, escuchaba el murmullo del río. El pueblo era sencillo: una plaza, una iglesia, unas cuantas casas bajas, una panadería, la tienda donde compraba lo básico.

La primera vez que fue, la recibieron con la curiosidad reservada para los extraños. «La señora de la casa de la loma», oyó que alguien murmuraba. La mujer de la tienda la atendió con corrección.

Con el paso de las semanas, el ambiente se enfrió. Las conversaciones se apagaban cuando ella entraba. Algunos vecinos bajaban la mirada; otros se giraban fingiendo estar ocupados. En la tienda, la dueña empezó a atenderla sin levantar los ojos, acelerando los movimientos, como si quisiera terminar lo antes posible.

Una mañana, mientras guardaba pan y arroz en la bolsa, Ariana se atrevió a preguntar:

—Disculpe… ¿siempre fue así esta casa?

La mujer dejó el paquete de azúcar sobre el mostrador. Tardó un momento en responder.

—¿Cuál casa? —preguntó, como si no supiera.

—La mía. La que está en la loma, entrando al valle.

—Esa casa es vieja —dijo, sin mirarla—. Ha pasado mucha gente por ahí.

—¿Qué clase de gente?

La tendera apretó el nudo de la bolsa.

—Gente —replicó—. Como todos.

El tono no era hostil, pero sí cortante. Ariana guardó silencio. Pagó, dio las gracias y salió con la sensación de que le habían cerrado una puerta invisible en la cara. Ya no le dolía tanto que la evitaran. Lo que empezaba a inquietarla era lo que no se decía.

Esa tarde, movida por una incomodidad que ya no podía ignorar, encendió la laptop y buscó noticias del lugar. El internet era lento, pero suficiente. Escribió el nombre del valle, revisó fechas, titulares, notas breves. Tardó en encontrar algo, hasta que una noticia de cuatro años atrás apareció en la pantalla.

«Joven asesinada en su vivienda mientras se encontraba sola».

Sintió que un frío la invadía. Abrió la nota. Había una foto de la casa: la fachada que ahora era suya, con cinta policial cruzando la puerta. El texto decía que la víctima tenía veintidós años, que sus padres estaban en Lima cuando ocurrió, que no se hallaron señales claras de robo. El cuerpo fue encontrado una semana después por un familiar. Mencionaban un arma blanca. Ningún sospechoso. Ningún móvil comprobado. Caso sin resolver.

Volvió a mirar la foto. Era la misma casa, pero algo en la imagen la hacía distinta: las ventanas parecían más estrechas, el color de la fachada más oscuro. Le llamó la atención un detalle: en la ventana del dormitorio, detrás del vidrio, se adivinaba una cortina clara con una sombra alargada, indefinida. Podía ser un reflejo, una coincidencia. Pero el aire alrededor de Ariana pareció detenerse un instante.

Cerró la laptop. El silencio de la casa, que antes le había parecido un refugio, se le hizo abrumador.

Esa noche se acostó tarde. Dio vueltas en la cama, escuchó los sonidos del campo: un perro lejano, el roce del viento contra las paredes, el zumbido débil del refrigerador. Cuando por fin se quedó dormida, el sueño llegó sin transición.

Estaba en el pasillo del segundo piso. Lo supo por la baranda baja a su derecha y la pared lisa a su izquierda. Pero no era ella la que respiraba. El cuerpo que habitaba era más joven, más liviano y, sin embargo, estaba tenso. La joven de cabello oscuro avanzaba con cautela, una mano apoyada en la pared, como si temiera que el piso cediera bajo sus pies. Ariana sentía el corazón de esa muchacha latiendo al borde de la garganta.

La puerta del dormitorio al fondo del pasillo estaba entreabierta. Desde dentro no llegaba sonido alguno. El silencio era tan perfecto que dolía.

Ariana quiso detenerse, pero el cuerpo ajeno siguió avanzando. Empujó la puerta con suavidad. La habitación estaba en penumbra. Una cama deshecha, ropa sobre una silla, un cuaderno abierto en el suelo. Todo parecía normal y, sin embargo, había una vibración, una expectativa suspendida en el aire.

La joven dio un paso más. Ariana sintió un tirón en el pecho, como si algo dentro de ella quisiera retroceder mientras el cuerpo avanzaba. Entonces, desde el pasillo, sonó un crujido, breve, seco, como el de una tabla pisada.

La joven se giró hacia la puerta. Antes de que pudiera dar un paso, la hoja se cerró de golpe, como si la hubieran jalado desde fuera. El clic de la cerradura resonó con una claridad insoportable. La respiración de la muchacha se aceleró. Ariana sintió la certeza absoluta de estar atrapada.

No vio un rostro. No vio un arma. Solo percibió un cambio en el aire, una densidad que entraba en la habitación como si alguien hubiera cruzado un umbral invisible. Un peso acercándose por detrás, una sombra que no necesitaba forma. La nuca de la joven se erizó. Ariana juraría haber sentido un aliento ajeno rozarle el cuello.

«No quiero morir», susurró una voz que parecía salir de su propia boca.

El sonido de la voz la sacó del sueño.

Despertó gritando, incorporándose en la cama con el corazón desbocado. La lámpara seguía encendida. El cuarto era el mismo de siempre: pared blanca, una cómoda, dos maletas aún sin deshacer del todo. Pero el miedo no se iba con la luz. Seguía pegado a la piel.

Entonces lo oyó.

Un paso. Muy leve, en el corredor del segundo piso. Luego otro. Y otro más.

Ariana se quedó inmóvil, el cuerpo erguido, los músculos tensos. Los pasos eran claros, espaciados. Intentó decirse que era el eco del sueño, que su mente engañaba a sus oídos. Pero el sonido volvió, con la misma cadencia.

«Quién está ahí?», preguntó con la voz quebrada.

Nadie respondió. Los pasos se detuvieron justo al otro lado de la puerta de su cuarto.

El silencio que siguió fue tan espeso que podía sentirse. Ariana bajó las piernas de la cama. El piso estaba frío. Se acercó despacio a la puerta, con la respiración contenida. Apoyó la mano en el picaporte. Por un instante pensó en volver a la cama y fingir que nada había pasado. No quería confirmarlo. No quería saber si había alguien.

La indignación, más que el valor, la empujó a girar el picaporte y abrir de golpe.

El pasillo estaba vacío. La luz de la lámpara del dormitorio dibujaba su propia sombra sobre las tablas del suelo, alargada, temblorosa. No había nadie.

Respiró hondo una, dos veces.

«Estoy perdiendo la cabeza», susurró.

Una corriente de aire frío le rozó la mejilla, como un soplo. No había ventanas abiertas. Antes de que pudiera pensar en eso, oyó otro sonido, esta vez a su derecha: el crujido breve del escalón superior de la escalera, ese que ya había notado flojo los primeros días.

Volvió la cabeza hacia el fondo del pasillo. La puerta del otro dormitorio, el que no usaba, estaba entreabierta. Estaba segura de haberla dejado cerrada. La oscuridad tras la rendija parecía más densa que la del resto de la casa.

Sintió una presencia detrás de ella, tan cercana que tuvo la certeza de que, si extendía la mano, tocaría un cuerpo. Contuvo el impulso de girarse. Durante un segundo, oyó algo más que sus propios latidos: una respiración suave, distinta a la suya, justo a la altura de su oído.

«Vete», susurró una voz, casi inaudible.

El sonido no venía de ninguna dirección concreta. No estaba arriba ni abajo, ni adelante ni atrás. Era como si la casa misma hubiera articulado esa palabra.

Ariana perdió el hilo del pensamiento. Solo quedó la urgencia. Tenía que salir de allí. Ahora.

Atravesó el pasillo del segundo piso casi sin sentir las piernas. El cuerpo se movía por puro instinto, como un animal acorralado. Al llegar donde comenzaba la escalera de madera que llevaba a la puerta principal, todo ocurrió demasiado rápido.

El pie derecho resbaló en el borde del primer escalón. Intentó aferrarse a la baranda baja, pero las manos no encontraron apoyo. El cuerpo se inclinó hacia el vacío. El mundo se volcó: techo, escalones, pared, un destello de dolor agudo en la cabeza. Un golpe seco. Y luego, nada.

El silencio volvió a ocuparlo todo.

La encontraron varios días después. Un vecino del valle, al notar que la casa seguía cerrada, se acercó a ver si pasaba algo. Empujó la puerta, que no estaba asegurada, y llamó sin obtener respuesta. La halló tendida al pie de las escaleras. Llamó a la policía. Hablaron de accidente. De mala suerte. De una caída en la noche.

En el pueblo, la noticia no sorprendió a todos. Algunos hicieron la señal de la cruz, murmurando que esas cosas pasan cuando uno se encierra demasiado con sus pensamientos. Otros se limitaron a decir que no era la primera vez que una mujer sola no salía bien de esa casa.

La casa quedó vacía de nuevo, en la loma, mirando el valle. En las noches de viento, las cortinas del dormitorio se movían solas, como si alguien caminara de un lado a otro del cuarto.

Lo que no debía nacer

Alejandra Cantarero Concha


El baño se cerraba a su alrededor. Tomó la caja otra vez, aplastando el cartón entre los dedos. Le dio vueltas por lado y lado, buscó la fecha de caducidad. El 99.99% le martillaba la cabeza. Intentó aferrarse a ese margen de error del 0.01%. Al final, Victoria quedó inmóvil frente al espejo, con la prueba de embarazo entre las manos. Había usado protección, nunca olvidaba la píldora. Su vida entera era un cálculo exacto, sin espacio para el azar. Y, sin embargo, esa raya rosada lo desordenaba todo. Llevó su palma a la mejilla, recordando el rosa que dejaban las cachetadas.  El maullido de Bagheera, su gata negra de ojos verdes, la arrancó de ese bloqueo. Le abrió el grifo para que bebiera. Mientras el agua caía, le pasó la mano por el lomo, agradecida de esa compañía que pedía tan poco.

Era el peor momento; faltaban quince días para la entrega del borrador de su novela. No podía lidiar con esto ahora. Pero seguía pensando en la prueba positiva, sentada frente al computador. A su lado, el café se enfriaba; el sol de la mañana no terminaba de aparecer. Con el primer sorbo, las náuseas la hicieron correr de vuelta al baño.

Conteniendo las lágrimas, volvió al escritorio; debía comenzar a escribir. «Las mujeres Valdivieso no se emocionan, resuelven problemas, se ponen a trabajar.» Había crecido con ese mantra, y a estas alturas era casi un reflejo. Empezó a escribir. Cada tanto, Bagheera se acercaba con algún juguete, maullando al compás de las teclas.

A mediodía, cocinando, los pensamientos la atormentaban; debía tomar una decisión. Decírselo a él, por ningún motivo. Este era su problema. ¡Mierda! Se cortó mientras picaba la cebolla. Puso el dedo bajo el agua corriente y se lo apretó. El olor a metal y cebolla se mezcló con otro, más antiguo: madera húmeda, encierro. Con la servilleta apretando la herida, se dejó caer en el piso de la cocina. Cerró los ojos un segundo, tratando de frenar lo que venía. Los recuerdos se abrieron camino a machetazos.

Los golpes. No recordaba cumpleaños, ni juegos. Solo los bofetones. Una Navidad, a los cinco años, cuando rompió un ángel de cerámica. Recordó la voz de su madre, el grito: ¡Estúpida! El golpe llegó después, en la mejilla primero. Luego el tirón del brazo. El empujón hasta el clóset bajo la escalera. Allí encerrada, con el olor a madera y humedad. Llorando bajito, por si volvía. Mirando la rendija de luz bajo la puerta, contando las sombras que pasaban. Era la manera de saber si mamá seguía enojada.

Lo interiorizaste pronto —susurró Victoria—. Entendiste que llorar no servía, que el ruido era peligroso. Aprendiste a quedarte quieta. Muy quieta. Entonces, deja de llorar.

Cerró los ojos. El olor a desinfectante de la herida se mezcló con el recuerdo del clóset.

Cuando su madre abrió la puerta, sonrió. Para que no notara el miedo. Para que creyera que era buena.

Recordó las comidas, las horas eternas frente al plato. El mantel siempre limpio, las copas alineadas, los cubiertos brillando bajo la lámpara del comedor. La servilleta doblada sobre las rodillas, como se hacía en las casas correctas. Y ella, frente al puré frío. Le decían que las niñas educadas no hacían gestos, que no se quejaban del sabor. Pero ese día, Victoria dijo que no tenía hambre. El silencio cayó primero, como una orden. Luego vino el sonido seco de la mano contra su mejilla. El vaso de agua tembló. El tenedor cayó al suelo. Nadie dijo nada.

«No era violencia». Murmura ahora. «Era “disciplina”».

También evocó las noches. El pasillo alfombrado, la luz amarilla del aplique. Se quedaba despierta escuchando cómo el viento movía los árboles, inventando historias con las sombras de los muebles. Pero una noche, la puerta se abrió de golpe.

—¿Qué haces despierta, Victoria?

La voz de su madre era baja, pero el enojo vivía en cada sílaba.

—Estaba pensando. No podía dormir.

—Las niñas que no duermen son problemáticas.

El cinturón no siempre dejaba marca, pero dolía igual. Luego el castigo: otra vez el clóset, o el baño, o el pasillo a oscuras. Ahí asimiló que la oscuridad era un lugar seguro, porque dentro de ella nadie la veía llorar.

En la casa de sus padres había cuadros de paisajes, un piano en el salón, una lámpara de cristal que solo se encendía cuando había visitas. Todo estaba en su lugar, siempre. El orden era sagrado. Solo Victoria sobraba un poco. Su madre decía que la gente respetable educaba a sus hijos con firmeza. Y ella quería ser respetable, así que aprendió.

Aprendió a masticar sin ruido, a respirar despacio, a no mover los cubiertos hasta que el anfitrión lo hace, a caminar sin que los tacones hicieran eco en el suelo. Comprendió que el silencio era la forma más alta de elegancia. Pero no aprendió a amar.

Durante años creyó que su historia estaba cerrada. Hasta que el cuerpo comenzó a hablar en otro idioma. Ahora, sola en su cocina, colocó sus manos sobre el abdomen. Un bebé. Nunca había considerado la posibilidad de convertirse en madre. Vivía cómodamente de su escritura; usaba un seudónimo que garantizaba su privacidad. Su editora le escribía correos insistentes pidiéndole avances, pero ella apenas los abría. No soportaba preguntas, ni elogios. Estaba más cómoda entre los personajes que en el mundo real.

Después de almorzar, se acomodó en su sillón favorito. El vapor del té le empañaba las gafas. Afuera, el cielo se oscurecía. Victoria pensó en la posibilidad de un corazón latiendo dentro de ella. Era una vida que aún no tenía rostro, ni nombre, ni culpa. ¿Y si lograba hacerlo distinto? ¿Y si no repetía la historia? Pero enseguida, la imagen de su madre apareció, como un espejo torcido. Recordó sus manos frías peinándole el cabello con fuerza, la voz que decía: «Hay que ser fuerte». Siempre fuerte, aunque doliera.

«No quiero ser tú». Susurró.

Bagheera saltó a su regazo. Victoria apoyó una mano en su vientre, la otra sobre la cabeza tibia de la gata. Sintió miedo, pero también una calma desconocida, como si alguien —por fin— la cuidara. No era amor, aún no. Era otra cosa: la conciencia de que no podía ofrecer lo que nunca había recibido. Pero, tal vez sí era capaz.

La despertó el sonido del teléfono. Andrés. Respondió. Con la mejor de las diplomacias, le explicó que no podían verse por ahora, que estaba muy ocupada con la novela. Un problema menos. Él siempre entendía todo, sin entender nada. Cuando dejó el teléfono, se fijó en sus uñas. Mordidas casi hasta sangrar. El costo de dejar de fumar. Cuánto necesitaba un cigarro en ese momento.

Durante el resto de la tarde, trabajó. Escribió, borró, volvió a escribir. Al final de la jornada, con suerte, consiguió una página rescatable. Decidió abrir otro archivo. Una lista: los pros y los contras. Era buena con las listas. Comenzó con los pros: no tiene culpa, tal vez... Con dedos trémulos sobre el teclado y el cursor parpadeando en la pantalla, al pensar en los contra, llegó otra oleada de recuerdos.

En la adolescencia descubrió que la obediencia podía ser una forma de defensa. A los trece, empezó a levantarse antes de que su madre se fuera al hospital. Dejaba la mesa puesta y su cama hecha. Sacaba las mejores notas, medallas en gimnasia artística y patinaje. Participaba en recitales de piano. Había entendido que los errores hacían ruido, y que los ruidos atraían los golpes.

Su madre parecía apreciarlo. A veces, incluso sonreía.

—Así me gusta —decía, al ver las notas y los premios de fin de año—. No como cuando eras chica.

Victoria se aferraba a esas palabras. Creía que si seguía siendo perfecta, si no molestaba, si no levantaba la voz, algún día su madre podría quererla.

A los quince, ya no lloraba. Era lo que su madre llamaba: una señorita de bien. Pero bastaba un solo error para que el equilibrio se rompiera. Una tarde, su madre volvió temprano del trabajo y la sorprendió probando su maquillaje. Fue suficiente.

El golpe ardió unos segundos. Lo que siguió, mucho más:

—Nunca quise tenerte. Tu padre me obligó. Si no fuera por él, tú no existirías. Pero se murió, y me dejó sola contigo.

Victoria se quedó quieta. No lloró. No dijo nada. Solo recogió el rímel y limpió la mancha del piso. Mientras lo hacía, pensó que quizás su madre tenía razón. Que había algo en ella que no debía haber nacido.

Esa noche escribió en su diario: «Ser buena no alcanza. Ser perfecta, tampoco».

Asumió entonces que la perfección no era una meta, sino un escudo. Uno pesado, afilado, imposible de dejar.

Años después, la perfección le había dado resultado. Su vida era ordenada, estable. Gozaba de holgura económica gracias a sus novelas. Trabajaba desde casa, sin tener que tratar con nadie. Sus relaciones eran fugaces, apenas material para escribir. El único ser que realmente amaba era Bagheera. Nunca había pensado en ser madre. No quería serlo. No sabía cómo. Su mamá aún vivía, pero hacía veinte años que no tenían ningún contacto. Era mejor así, más sano.

Cerró el archivo, no era necesario. Apagó el computador. Después de darle de comer a Bagheera, se fueron a dormir. La gata, como siempre que ella se desvelaba, no se movió de su lado. Esta vez, ni el ronroneo la hizo conciliar el sueño.

«¿Papá, tú también estás decepcionado?».

Pasó casi una semana en trance, funcionando en piloto automático. Trabajó, lavó los platos, fingió normalidad. La cocina olía a detergente y a algo agrio que no lograba identificar. Esa noche, abrió el computador. No sabía bien por qué. Tecleó «primeras semanas de embarazo» y leyó en silencio: náuseas, cansancio, sensibilidad. Bajó el cursor hasta una tienda virtual. Vio los enteritos diminutos, los gorros con orejas, las mantas suaves.

Algo se movió dentro, no el cuerpo, sino la memoria. Cerró la página de golpe. Lloró sin sonido, como se llora cuando se ha aprendido a no molestar a nadie. Supo que no podría, que no sabría cómo hacerlo sin convertirse en su madre. Entonces comprendió que no era el miedo al bebé lo que la atormentaba, sino la certeza de que el amor podía volver a dañar.

La mañana siguiente, sabía lo que tenía que hacer, pero algo la detenía. La casa olía a lluvia. Bagheera dormía hecha un ovillo en el sillón, el pecho subiendo y bajando. Victoria se mordía las uñas. En la mesa, el té se había enfriado. Afuera, el cielo gris parecía sostener el silencio. Sentía el cuerpo como una caja cerrada, guardando algo que no era suyo.

Por unos minutos, con ojos vidriosos, se quedó mirando el teléfono sobre la encimera, como si esperara que se marcara solo. Al final lo tomó. Buscó el número, los dedos temblorosos. Marcó despacio, cada dígito como una pequeña fractura. El timbre sonó una vez, dos, tres. Mientras esperaba, cerró los ojos. Por primera vez en años, el silencio no era por obediencia. Era elección.

La voz al otro lado fue amable, neutra. Le explicó los pasos, los documentos, las fechas, los cuidados. Victoria anotó todo en una hoja arrugada, sin apuro. Cuando colgó, la casa siguió muda, pero ya no pesaba igual. Podía oír el goteo del bebedero de la gata, el roce leve de su propia respiración. Nada se había derrumbado y, sin embargo, algo dentro había cambiado para siempre.

Con un té, se sentó frente al computador. La pantalla en blanco la miraba con la misma insistencia de un espejo. Fuera, el sol se asomaba tímidamente entre las nubes. Ya no había lágrimas. Suspiró. Había decidido no repetir la historia. No ser madre. No ser su madre.

Cerró el archivo del manuscrito pendiente. Abrió uno nuevo.

Título provisional: Lo que no debía nacer

Por un instante dudó. Había pasado años escondida tras un seudónimo, protegiéndose del mundo, de su pasado, de sí misma. Pero esta historia solo podía firmarse con su nombre.

Tecleó: Victoria Valdivieso.

Sintió una punzada en el abdomen, un eco que no era dolor, sino memoria. Tal vez el cuerpo también recordaba, pero esta vez no para atormentarla, sino para avisarle que algo —ella misma— estaba por nacer. Desde el marco de la ventana, Bagheera la observaba con sus ojos verdes, inmóvil, como si velara su despertar. Victoria respiró hondo y empezó a escribir. No sobre el bebé que no tendría, sino sobre la niña que había sido, la que aprendió a no llorar, la que aún seguía esperando que alguien la quisiera.

La primera frase fluyó sin esfuerzo: Mi madre decía que el silencio era elegancia. Yo comprendí que era miedo.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Virgen de La Concordia

Ninfa Patiño Sánchez


El gallo suizo le decían porque a las seis, en punto, su canto se fundía con las campanadas de la capilla donde el padre Benito anunciaba el Ángelus.

Los hombres de La Concordia habían emigrado hacia los Estados Unidos; los pocos que quedaban debían levantarse para empezar la jornada, especialmente en mayo, mes del florecimiento del maracuyá. Teófilo Reyes de la Rosa, que ocupaba el puesto de alcalde como, sin elecciones, lo habían ocupado sus antepasados por innumerables generaciones, ocultaba tras su sombrero de ala ancha un adusto rostro, al que todo el pueblo temía.

La economía de las familias dependía de la siembra de la fruta y de las remesas del exterior. Decían que la tierra de La Concordia tenía un olor a sagrado y era considerada bendita porque allí se había aparecido La Virgen.  La devoción era tal que, en mayo de todos los años los emigrantes venían especialmente a agradecer y dejar sus ofrendas.

La calma de La Concordia se rompió con el regreso de Venecia Reyes. No volvió sola; traía de Brooklyn a su segundo marido, Barrabás. Era un hondureño de Olancho, «el oeste centroamericano», una tierra donde decían que la vida valía menos que la munición.

Venecia no tuvo niñez. Mientras otras niñas jugaban, ella aprendía a sobrevivir en un imperio de varones. Creció bajo la sombra de su padre y sus dos hermanos, quienes reclamaban su cuerpo con la misma rutina con la que labraban la tierra y la misma violencia que antes gastaban en los lupanares.

No conoció a su madre; murió pariéndola. Siendo muy niña, debió hacerse cargo de todas las labores de la casa. Por la mañana debía preparar el desayuno. Por la tarde les esperaba con la cena lista, ropa limpia y planchada.  Si algo fallaba, su padre la reprendía a correazos.

—Venecia, tráeme rápido la navaja de afeitar —gritaba el alcalde todas las mañanas, sentado sobre el inodoro.

—Ya voy, papá —respondía ella, bajando la vista e intentado controlar el temblor de sus manos.

 Después de la primera menstruación, el cuerpo de Venecia empezó a cambiar abruptamente.  El desarrollo de sus formas atrajo miradas que antes la ignoraban; su cabello castaño, espeso, enmarcó un rostro que perdía la niñez con una rapidez peligrosa; sus abultadas y rizadas pestañas se abanicaban cuando se ruborizaba y ponía nerviosa. 

Venecia no fue a la escuela; aprendió a leer y escribir por su cuenta.  Mientras su padre y hermanos iban a labrar la tierra, ella se escapaba e iba a la única escuela del pueblo y desde una rendija miraba lo que la maestra enseñaba. Aprendió a sumar, restar, multiplicar y dividir igual que una calculadora. 

Un día, el alcalde olvidó su reloj y regresó a casa; al no hallar a su hija, salió como endemoniado, la buscó hasta por debajo de las piedras.  Cuando la encontró, la golpeó en la cabeza, como si intentara vaciarle a golpes todo lo que había aprendido. Luego, la arrastró y la encadenó junto a su cama.

—¡De aquí no te mueves! —ordenó el furibundo padre con los ojos ardiendo en llamas.

Venecia escupió sangre, bajó la cabeza; con ojos llorosos, masculló: «¡Virgen de La Concordia, no me abandones ni de noche ni de día»! Aspiro profundo, y entre dientes masticó la promesa: el bastón de mando y la tierra de La Concordia serían suyos, ¡ya lo verían!

No pasó mucho tiempo antes de que la premonición de Venecia empezara a cumplirse. A su padre le mordió una culebra y tuvieron que amputarle la pierna derecha; desde ese día caminaba con un bastón y sus fuerzas ya no eran las mismas; daba órdenes desde una mecedora.  Venecia no perdió tiempo, se ingenió un plan de escape para continuar con su aprendizaje clandestino. Además de matemáticas, le fascinaba la literatura; se aprendió de memoria unos versos del poeta ecuatoriano ya fallecido Medardo Ángel Silva: “Cuando de nuestro amor la llama apasionada. Dentro tu pecho amante contemplas extinguida…".

Cuando Venecia cumplió dieciocho años, se fue con unas primas a Brooklyn e inició una nueva vida; debía acostumbrarse al nuevo entorno: una selva de ruidos que laceraban sus oídos, el olor a plomo que perforaba sus pulmones. Estaba obligada a dejar atrás, no solo una historia de crueldades, sino también el croar de las ranas, el viento alborotando su cabellera, el aroma dulzón de las acacias.

Aprendió el idioma en las calles, escuchando más que hablando, y consiguió dos trabajos. Por la mañana, sus manos se movían entre el brillo metálico de los dijes que armaba en una fábrica de joyas; por la tarde, entre el vapor de la cafetería de una gasolinera. Fue ahí que conoció a Jairo, un cliente habitual, cubano, con quien creyó poder olvidar sus angustias pasadas. Tuvieron dos hijas, Dayana y Michelle. Pero apenas nació la segunda, el cubano las abandonó. El segundo intento fue con Barrabás, el hondureño. Un tipo malencarado del que las conocidas de Venecia (porque amigas nunca tuvo) se preguntaban qué pudo ver ella en él. Con este tuvo a Deysi, su tercera hija.

Con sus hijas aprendió a descifrar la ternura y las caricias maternas que nunca recibió, pero también desarrolló una sobreprotección enfermiza. Dormía con un ojo abierto, se levantaba todas las noches a la una de la madrugada para asegurarse de que Barrabás estuviera lejos de las niñas. Una vez lo sorprendió mirando a Michelle con ojos lascivos. Enfurecida, lo golpeó hasta dejarle el rostro amoratado; el hondureño aprendió la lección, pero ella dejó de confiar en él. 

El mundo de Venecia parecía estar marcado por la violencia. Se vio obligada a defenderse como sea. Tomó clases de artes marciales y aprendió por su cuenta a manejar un rifle.  Un lunes le tocó hacer horas extras en la gasolinera; salió a las diez de la noche. Cuando estaba en la estación esperando el metro, un tipo se le acercó con una navaja.

 —¡Dame la billetera! —le dijo un mozalbete con acento mejicano.

 —¡Toma la billetera! —le contestó, haciéndole una llave que lo volteó, clavándose él mismo la navaja en su estómago.

Una mañana de enero, en pleno invierno, estaba trabajando en la fábrica cuando la llamaron de la recepción:

 —¡Venecia Reyes, tiene una llamada internacional! —gritaba la recepcionista por el altavoz.

 —¡Aló! ¿Quién habla? —preguntó un tanto agitada.

—Soy Geraldina, la hermana de tu padre —salió una voz entrecortada al otro lado del auricular—. Mataron a tu papá.

—¡Oh! ¿Cómo fue y quién lo hizo? —preguntó simulando asombro.

—Parece que unos sicarios —contestó sollozando la tía.

 «Por fin, alguien me ahorró ese trabajo» —susurró aliviada en su interior.

Después de escuchar la noticia, su rostro se iluminó; sentía que su cuerpo flotaba. No podía controlar sus músculos, sus células, su piel; toda ella empezó a inundarse de una especie de dulce sopor. Su corazón latía de manera inusitada. Su respiración tenía un agradable sabor a manumisión. Fue al parque, se acercó al primer árbol, lo abrazó y luego se fue a casa tranquila.  

—¡Mis princesas! —dijo abrazándolas—. ¡Preparen sus maletas con lo estrictamente necesario porque la Virgen de La Concordia nos ha mandado a llamar!

En ese momento llegó Barrabás.

 —¿A dónde vamos? —preguntó con ironía.

 —Debo ajustar cuentas en mi país y me voy con las niñas —le dijo, sin darle tiempo a que reaccione.

Venecia y sus hijas llegaron a La Concordia. El pueblo se mantenía casi igual. La tienda de la esquina, con maracuyás colgados en el tejado; las calles empedradas, el olor a plátano maduro, limón y mandarina.  La imagen de la Virgen que estaba antes en el centro de la plaza a la intemperie, ahora lucía encarcelada en una cabina de vidrio adornada con flores de plástico. Sus pies desnudos estaban cubiertos con billetes de diez, cinco y un dólar; de las rejillas pendían fotografías descoloridas con notas de agradecimiento.

La cantina, que antes tenía una vieja rocola, había sido reemplazada por unos parlantes desde donde salían estruendosos ritmos tropicales.

Venecia se encargó de poner en orden la casona que encontró en escombros. La buganvilla color cereza había crecido tanto que cubría la cornisa. En las telarañas de las esquinas se balanceaban unos escuálidos arácnidos, dotándola de un carácter siniestro de mansión abandonada. 

El alcalde, antes de que lo mataran, había dejado un testamento al escribano, que decía:

«Queridos hijos, siento que la muerte me acecha; como último deseo les pido que entierren mis cenizas bajo una mata de maracuyá; allí quiero estar vigilando que la tierra siga produciendo. Dejo mis propiedades en manos de Venecia; ella sabrá distribuir de manera justa; y podrá gobernar La Concordia con la bendición de La Virgen. Firma: Teófilo Reyes de la Rosa, el alcalde».

 Cuando el escribano terminó de leer el testamento, los ojos de los hermanos Reyes parecían reflectores incandescentes clavados en el rostro de Venecia. Ella sintió que se le helaban las manos. Recordó los correazos, las cadenas, la promesa murmurada cuando estuvo encadenada y sobre todo las veces que sus hermanos abusaron de ella.

—Así se hará —dijo al fin, con un agudo suspiro que nadie supo si era de alivio, de rabia o de ambas cosas.

Venecia, la alcaldesa, iba a cumplir cuarenta y ocho años, logró graduarse del colegio y había tomado cursos de Contabilidad a distancia. Su belleza adquirió un brillo especial, sus pestañas igual de ensortijadas ya no se movían cuando se ponía nerviosa, sino cuando se enfadaba, y su cabello empezaba a platearse con cierta elegancia de matrona de hacienda.

La Concordia dejó de ser el pueblo abandonado; la alcaldesa se concentró en su renovación; ahora las viviendas lucían como cajas de regalos, decoradas con luces intermitentes en forma de maracuyás. La plaza —con la imagen de la Virgen en el centro— parecía un parque de diversiones, con carritos repartiendo algodón de azúcar y manzanas enconfitadas.

Eran las dos de la mañana del primero de mayo, el silencio invadía a La Concordia, de pronto se escuchó una balacera. Era Barrabás, venía acompañado de los hermanos de Venecia, completamente borrachos.

—¡Venecia! ¡He venido a matarte a ti y a tus hijas! —gritaba mientras se tambaleaba y echaba disparos al aire.

La alcaldesa, al escuchar la balacera, tomó a sus tres hijas y las ocultó en un túnel construido debajo del piso del baño, como previendo que tarde o temprano lo iba a necesitar.

—¡Aquí me tienen! —gritó desde la ventana— ¡no les tengo miedo, cobardes, atrévanse a tocarme un pelo y no habrá quien se haga cargo de sus huesos!  

Salió, derribando la puerta como un huracán, vestida con traje camuflado y cargando un rifle que retumbó con tres estampidos ensordecedores.

Nunca más se supo de Barrabás y de sus hermanos. Volvió la paz a La Concordia y el florecimiento del maracuyá.