martes, 16 de julio de 2013

Maldición gitana

Silvia Alatorre Orozco


Los habitantes de San Nicolás observan que del otro lado del río transita  un singular cortejo, el constante tintineo de los cazos que cuelgan en las rústicas carrozas  y el gemido de los bueyes que las arrastran anuncian su recorrido; los pobladores se inquietan, ruegan al santo patrono del lugar para que no paren ahí su peregrinar; le temen a  esa indeseable tribu ya que tenerlos cerca les acarrea un sinfín de problemas. El silencio invade el ambiente, han detenido su paso; los viejos del grupo deciden que es el sitio indicado para acampar.

El sol empieza a ocultarse tras la montaña pero aún hay suficiente luz para montar las carpas; mientras los adultos se dedican a esta labor, un puñado de chiquillos de pelo enmarañado y pantaloncillos mugrientos ha brincado de los carros, con gran algarabía corren y ruedan sobre la hierba celebrando el arribo.

Los cabestros han sido liberados, aun bramando llegan a orillas del río a saciar su sed, están cansados, la travesía ha sido larga. Un grupo de mujeres prepara la fogata y se dispone a cocinar  suculentos potajes; en su ir y venir, vistiendo coloridos y largos faldones parecieran papelillos agitados por el viento.

Estos sujetos no tienen ley escrita, es meramente oral pero la respetan “a pie juntillas”; los delitos como la traición y el engaño son fuertemente sancionados, quien osa quebrantar esas normas es castigado con la expulsión del grupo o golpeándolo hasta dejarlo casi moribundo. Sus valores son: la lealtad a la tribu y el amor a la familia, comparten la libertad y los festejos.

Ha anochecido, las estrellas y el fuego de la hoguera alumbran el campamento; atraídos por el delicioso olor que despiden los hirvientes cazos los varones se van reuniendo a su alrededor; comen burdamente, mientras sorben ruidosamente se escurre por sus barbillas y manos el  grasiento líquido. Platican a gritos, algunos cantan y tocan guitarras, fuman y se emborrachan, permanecerán en ese festín hasta el amanecer; las mujeres pacientemente esperan a que se retiren para poder alimentarse con las sobras que les dejan, esa es la costumbre. Ellas son sumisas, incapaces de protestar, están ahí para obedecer y servir a sus señores.

En cuanto amanece este campo presenta un panorama diferente: es tomado por los chamacos, se escuchan sus alegres risas y destemplados gritos;  por su parte las gitanas se reúnen en grupitos, ayudándose a despiojarse y  peinar sus largas y enmarañadas cabelleras; son mujeres de caras pálidas y lánguidas, sonrisas entrecortadas, uñas negras de mugre, despidiendo ese olorcito acre y rancio que producen los cuerpos mal aseados, llevan una vida rutinaria: cocinan, cuidan hijos y están a disposición de ser poseídas por sus hediondos hombres con olor a sudor, tabaco y alcohol. Las jóvenes lucen brillante pelo negro que bañan de aceite para lucir más atractivas; esperan ser pedidas en matrimonio, cuidan su virginidad ya que es el único valor que tienen para ser aceptadas o repudiadas en la ceremonia de boda.

Durante el día los hombres duermen a “pierna suelta” sus ronquidos se confunden con la bullicio de los chiquillos, se levantarán a comer hasta entrada la noche. Son analfabetas y haraganes, desde niños aprenden a robar y maldecir.

Cuando van al pueblo la gente los discrimina y se alejan de ellos, les intimida su agresividad y temen a las maldiciones gitanas que lanzan. Este grupo de gandules  les roban animales, dinero y objetos, nadie se atreve a hacerles frente, ya que cuando algún valiente los ha confrontado, ha sido vejado, golpeado y amenazado con grandes navajas. Desde luego ni las autoridades intervienen, de antemano saben que están de paso y en cuanto se marchen, el poblado recobrará la tranquilidad habitual.

Los lugareños son gente sencilla, en su mayoría campesinos que labran sus tierras; las  casas son construidas por ellos mismos a base de adobe y techos de palma.

Ahí, en San Nicolás, vive la pequeña Mercedes cuya madre murió después de un parto complicado; Macrina, la comadrona, en cuanto nació la bebe le dijo al padre:

-         -  Esta niña no resolló a tiempo, Dios quiera y se desarrolle cabal.

A unas cuantas semanas después de la muerte de su esposa, este hombre abandonó a sus cuatro hijos  y nunca más regresó; por lo que los dos mayores que apenas eran unos adolescentes se hicieron cargo de las niñas. Úrsula tenía solo nueve años y se encargó de criar a la bebé; debido a  su corta edad era totalmente ignorante de los cuidados que necesitaba una recién nacida, por lo que recurría con Macrina a pedirle consejos; recorría un buen trecho hasta llegar a las faldas del cerro en donde vivía la comadrona, la mujer poco iba al pueblo pues era vituperada y criticada por la gente, la llamaban “vieja bruja”, y en parte tenían razón ya que sabía perfectamente el uso de las hierbas, con ellas preparaba pócimas y brebajes, además curaba con las manos, adivinaba el futuro y se comunicaba con los muertos. Era chaparrita y siempre vestía largas túnicas negras.

En las noches de luna llena, Úrsula acompañaba a la chamana a recolectar plantas del monte, era el único momento en que descubría su rostro y le permitía sentir la frescura del viento. De niña había quedado “picada” por la viruela, debido a esto ocultaba su cara bajo un velo; nadie, ni siquiera su hermanita Mercedes, conocía su semblante.

Macrina se encariño con la muchachita, ya que le daba lastima verla sufrir por su fealdad, la curaba embarrándole la baba de una yerba que le borraría las cicatrices.

Desde que nació, Úrsula fue rechazada por su madre ya que era producto de la violación de que fue víctima por parte de su propio marido aquella noche que éste llegó borracho; por lo que constantemente la castigaba sin motivo alguno,  y en cuanto la tenía frente a ella le decía:

-        -  Tapate esa jeta que espantas, ¿quién te va a querer ver así?... soterrate en un rincón.

Y por mucho tiempo la muchacha vivió atormentada, y fue hasta que Macrina le dijo:

-          -  Hijita, te veo como artista, recibiendo aplausos y tu esposo estará perdidamente enamorado de ti.

Estas palabras despertaron en ella la fantasía de tener un futuro diferente, dudaba de las predicciones de la vieja, pero deseaba que se convirtieran en realidad.

Mercedes ya tenía doce años y su desarrollo mental era lento y disparatado, no le gustaba ir a la escuela, prefería jugar en el río, formaba estanques con lodo y ahí ponía los pececitos de colores que agarraba con sus manos; volvía a casa, con el vestidito enlodado y las trenzas escurriendo de agua. Pero un día no regresó. Los hermanos, machete en mano fueron en su búsqueda, siguieron las huellas sobre la hierba y estas los conducían al campamento que estaba al otro lado del río. Renegando y mentando madres abandonaron su propósito, no podían enfrentarse con esta turba de belicosos por lo que ahí la dejaron...

Pocos meses antes de este acontecimiento, los gitanos celebraron con gran júbilo la boda de Marko y Aniki.
Las gitanas admiraban la belleza de Marko, alto, moreno, pelo rizado, barba cerrada, vestido de negro, el cuello de la camisa hacia arriba, era tan alegre que parecía que llevaba la fiesta por dentro; desde niño se prendó de la belleza de Aniki, con frecuencia la buscaba y quería estar cerca de ella pero no se veían a solas ya que la muchacha cuidaba su virginidad. Por su parte el chaval, que ya tenía diez y ocho años, respetaba las costumbres y demostraba su amor a Aniki con la mirada y aventándole besos.

El día en que los padres, abuelos y hermanos de Marko pidieron a la joven,  entre todos los familiares se acordó la boda.

Prepararon una gran fiesta para el día del matrimonio, pero fue hasta después de la ceremonia del pañuelo, cuando la “juntadora” mostró el lienzo ensangrentado, comprobando la pureza virginal de Aniki que se dio inicio a la celebración. Bailaron, bebieron  y comieron por dos días.

Aniki y Marko aislados, en la carpa nupcial disfrutaban el abandono de su mutua virginidad y los nuevos juegos sexuales que descubrían; después de algunas semanas se enteraron que  serían padres; para el muchacho la magia y el encanto que experimentaba hacía su mujer desaparecieron; anhelaba volver a vivir el éxtasis y  el placer de poseer a una chica virgen e inexperta. Por su parte Aniki perdió el interés por el sexo pero se le despertaron unos celos enfermizos; más de una vez el patriarca habló con ella, explicándole que la esposa debe ser sumisa, obediente y callada.

Marko caminaba por el monte hasta cansarse, tratando de calmar sus ansiedades, en uno de esos recorridos descubrió a Mercedes, la vio con su vestido mojado, pegado a ese cuerpecito que daba muestras de estarse formando como mujer, a partir de entonces y escondido entre la maleza la espiaba, ya cuando la niña se iba a su casa la seguía de lejos. Una mañana con gran sigilo se acercó a ella, por la espalda la tomó fuertemente, se la echó al hombro y corrió rumbo al campamento.

Al verlo llegar se armó un gran alboroto, pensaban que acarreaba un becerrito, pero ya más de cerca se dieron cuenta que se trataba de una mujer; los celos de Aniki la encendieron, era tanto su enojo que descalza, recogiéndose las enaguas bajo su abultado vientre y cuchillo en mano corría tras el marido y amenazaba con matarlo, sus gritos se escuchaban por doquier:

-         -  Te juro que te la parto, maldito seas… maldita sea tu descendencia...

Sin caer en cuenta que también maldecía al hijo que ella misma esperaba.

Tardíamente Marko se dio cuenta del error cometido. Pagaría las consecuencias de ese atrevimiento: o lo mataba Aniki a cuchillazos o los hermanos de ella lo golpearían hasta quebrarle todos los huesos. Aun con la niña al lomo, se alejó tan rápidamente que en cada zancada que daba parecía que  no tocaba el suelo, la chiquilla gritaba pateaba y palmoteaba, lanzando agudos gritos:

-         -  Suéltame… que me sueltes…

Después de recorrer un gran trecho, Marko ya con la boca seca, el cuerpo bañado en sudor y casi desfallecido se dejó caer sobre la hierba, en cuanto recobró un poco de fuerzas, vio una choza abandonada, arrastró a Mercedes hasta ahí y en ese refugio pasaron más de un mes, comiendo raíces, frutos silvestres y liebres. Cuando se iba a cazar o recolectar comida dejaba a Mercedes amarrada.

La chamaca vocifera:

-        -  Que me lleves a mi casa… a mis hermanos les dará harto gusto verme y – besando una cruz que hacía con sus dedos pulgar e índice, agregaba- te juro por esta que no te chingarán.

Marko empezó a desesperarse, no sabía para donde jalar ni qué hacer ya con Mercedes, por lo que decidió ir al pueblo, liberarla, conseguir  comida, robar algo de dinero y seguir su andar hacia otra población.

Llegó a San Nicolás por la vereda, llevaba a la chiquilla amarrada de ambas manos, jalándola como si se tratara de un burro; los hermanos de la muchacha lo recibieron con una escopeta, pero viendo que no se encontraba herida o maltrecha, uno de ellos le dijo:

-     -  Ora aquí te quedas en la casa…te amancebas con ella… no la vas a dejar deshonrada… te chigas trabajando para nosotros en la parcela y la mantienes.

Marko aceptó la propuesta, tendría casa y dinero; su futuro estaba resuelto.

Úrsula no cabía de contento al tener a su hermanita de regreso, había llorado tanto su ausencia que ya tenía los ojos secos. Ahora le enseñaría a cocinar y lavar la ropa del marido. Sin embargo la muchachita no cumplía con sus nuevas obligaciones ya que dormía y vomitaba todo el día, así fue como se enteró que se encontraba preñada. Desde que Marko se la llevó del río sentía mucho coraje hacía él, ya que le había cortado su infancia de tajo y con el embarazó este desamor se convirtió en odio.

Nació él bebe y Úrsula le ayudaba a cuidarlo ya que la niña era muy distraída y despreocupada, un día fue al río arrastrando una caja con el pequeñito dentro, por la noche regresó sin la criatura, su hermana y Marko se fueron a buscar al niño y lo encontraron berreando, con la ropita hecha jirones y a punto de ser devorado por los perros.

Con el pasar de los días la conducta de Mercedes se volvía cada vez más extraña; ahora tenía la obsesión de envenenar a Marko;  le cocinaba frijoles con lombrices machacadas, a los caldos les agregaba orines, les escupía y hasta caca les ponía, en fin hacia cochinada y media para acabar con él; lo único que logró fue que su marido se enfermara de diarrea, estaba flaco, ñango y ojeroso, sin embargo el muchacho iba a ayudar en el campo a sus cuñados para ganar dinero y mantener a su familia.

No le gustaba ese trabajo pues tenía espíritu de bohemio y preferiría estar tirado en la hierba tocando guitarra.

Transcurridos cuatro años  los gitanos regresaron a acampar cerca  de San Nicolás; Aniki aún buscaba vengarse de  su marido ya que además de la ofensa de haberle llevado otra mujer, ese mismo día perdió al bebé que esperaba pues encolerizada y corriendo tras él, tropezó y cayó al suelo rodando sobre unas grandes piedras.

Recorría los campos con el fin de encontrar a Marko, y en esa búsqueda  se topó con Mercedes, enseguida la reconoció; planeo ganarse su confianza, y lo logró regalándole aretitos y demás chucherías que le gustaban a la chiquilla, esta le platicó a la gitana como Marko se la llevó del río y de la criatura que habían procreado, también le hizo saber que lo detestaba; a su vez Aniki le dijo que ese hombre era también su marido. Las dos compartían el mismo sentimiento de odio hacia el muchacho por lo que  fraguaron darle un buen escarmiento.

A Úrsula le parecía sospechoso que Mercedes regresara a casa con pulseras o collares de brillantes cuentas por lo que se dedicó a vigilarla, descubriendo la amistad que sostenía con la gitana; en una de las ocasiones que las espió, escuchó que ideaban hacerle un gran daño a Marko.

Una noche sorprendió a Mercedes preparando un té, conocedora de las hierbas se percató   que era toloache, sabía que los efectos de esta planta eran terriblemente nocivos, dañaban el cerebro de quien la tomaba, hasta llevarlo a la locura.

-      -  Hermana, mientras duermes al niño yo le llevo el té a tu marido- le dijo.

En el trayecto derramó el líquido y consternada le explicó al muchacho lo que planeaban sus mujeres. A él no le extraño la revelación, pues sabía que Aniki quería matarlo y Mercedes no lo amaba.

-       -  ¡Por favor ayúdame!... por ahora no tengo pa´donde jalar y ¿qué será de mi hijo si lo dejo con su madre?- le suplicó a su cuñada.

Durante varias semanas Mercedes preparaba el brebaje y Úrsula se ofrecía a entregárselo al muchacho; en estas cortas entrevistas y mientras planeaban una solución a ese desagradable trance, se despertó una simpatía entre ellos y Marko descubrió lo que era el amor desinteresado, el buen corazón y la lealtad.
Una mañana, muy temprano, Mercedes salió de la casa llevando con ella al pequeño.

-       -  Voy por tortillas pa´l almuerzo, no tardo- les dijo.

Pero al volver llegó sola. Tanto Úrsula como Marko la cuestionaron sin descanso sobre el paradero del niño y les repetía una y otra vez:

-          El chamaco hecho a correr, yo creiba que se había venido pa´ca.

Ocultaba que lo había entregado a la gitana a cambio de un peine y listones para el pelo.

Por la noche le dijo a Marko:

-      -  Como que ya me acuerdo onde lo deje… fue rumbo al cerro… ándale vamos por él.

El muchacho siguió a su mujer hasta llegar a lo más alto del monte y ahí fue donde Aniki y un hermano de la gitana aparecieron y entre los tres lo golpearon y le lanzaron al vacío.

Mercedes llegó a casa como desbocada y resollando fuertemente, al verla en esas condiciones uno de sus hermanos preguntó:

-          -  Ora tú, ¿qué te pasa? ¿de´ónde vienes así?, ¿on´ta el güevon de tu marido?

-        -  Pos se largó pa´con su raza… cargó con el ñiño, me eche a correr pa´quitarle al chamaco y ni lo alcance- contestó.

-         -  ¿Y Úrsula porque no te ayudó?

-       -  Pos esa ya ni  viene pa´ca, asiste nomás con  Macrina, ya se volvió bruja igual que ella…pero Úrsula es bruja de las malas... a la segura que le dio bebedizo a Marko pa´que me dejara.

-         -  Si güelve échala de aquí… de verda que no sirve ni pa´cuidarte- terminó diciendo el hermano.

Mientras tanto Úrsula que los había seguido rumbo al cerro, al ver caer a Marko rodando por la ladera corrió a auxiliarlo; le ayudó a incorporarse y ambos se dirigieron a casa de Macrina que al verlo tan herido en seguida lo atendió. Lo curó con hierbas, incienso y plegarias.

En el tiempo en que Marko se restableció, Úrsula permaneció a su lado enseñándole a leer y escribir; cuando el gitano se sentía triste tocaba la guitarra de la bruja y cantaba.

Cuando el hombre se recuperó decidieron irse juntos. Macrina les entregó un poco de dinero, comida, la guitarra, y dirigiéndose a Úrsula le dijo:

-        -   Te he dicho que ya no te tapes la cara, muchacha.

Pero las palabras de su madre las tenían tatuadas en el alma por lo que no hacía caso a lo que la bruja decía.

Les resultaba difícil encontrar trabajo, el dinero y la comida se acababan, por lo que al pasar por un pueblo, Marko se metió a una casa a robar, el botín no fue valioso, pero lo suficiente bueno para ellos: comida, zapatos, la cortina floreada con que ella se hizo un vestido; y el  mantón de manila y la máscara veneciana que usaría en los bailes.

Marko enseñó a Úrsula a bailar flamenco y zapateado mientras él cantaba y tocaba la guitarra; la chica aprendió rápidamente. Él se maravillaba al verla danzar con tanta soltura, moviendo el cuerpo sensualmente, se extasiaba observándola y sentía como su corazón latía de admiración y amor por ella.

Recorrían la región presentando este espectáculo en pueblos y pequeñas ciudades.

Sin embargo Úrsula no olvidaba las palabras de su madre:

-         -  Tapate esa jeta que espantas, ¿quién te va a querer ver así?... soterrate en un rincón.

Siempre que bailaba, cubría su cara con la máscara veneciana, temía horrorizar a la gente con su fealdad. El show resultó un éxito, ganaban dinero y eran aclamados. Recordó las palabras de Macrina:

-          -  Hijita, te veo como artista, recibiendo aplausos y tu esposo estará perdidamente enamorado de ti.

Marko no conocía el semblante de Úrsula. Pero esa noche después de presentar el espectáculo, estando en el cuarto del hotel, ya tendidos sobre la cama, acariciándose y a punto de besarse, el muchacho tomó entre sus dedos el velo y con mucha delicadeza lo dejó caer al suelo; ella  quedó descubierta y totalmente iluminada por los rayos de la luna que penetraban por la ventana.

Por primera vez  Marko vio su cara y sorprendido exclamó:

-        -  ¡Eres bellísima!

Y cubrió de besos ese inmaculado rostro.

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