jueves, 23 de mayo de 2013

La mosca


Cecilia Escobar


Aquel día mientras el sol calentaba desde el cénit  las cabezas de los habitantes del puerto, María volvía a casa después de comprar pescado en la playa. Se movía con agilidad de gacela y su rostro revelaba cierto fastidio. A sus doce años hubiera preferido quedarse todo el día disfrutando del mar con sus amigos, debía en cambio llevar a su casa el pescado para el ceviche redentor. Tenía la cara morena, cabellos largos y los ojos vivaces. En aquel instante hubiera dado lo que tenía, por no ser testigo del alboroto a consecuencia del cumpleaños de su madre, del cual María y sus demás hermanos disfrutarían muy poco. María sabía que al día siguiente, sólo quedaría mucha mugre por limpiar.

Cuando llegó a su casa, el delicioso aroma del arroz con pato le dio la bienvenida. Avanzó despacio por el patio hasta la amplia cocina donde se hallaba el mayor número de invitados. Algunos se encontraban sentados alrededor de la tosca y maciza mesa que ocupaba el centro, otros de pie charlaban amenamente y bebían cerveza en grupos de tres o cuatro. Su madre, a comparación del día anterior, parecía haber olvidado la nostalgia de llegar a la cuarta década  y sonreía feliz mientras le daba los últimos toques a lo que sería el plato central.

Entre los asistentes se encontraba, un joven muy moreno amigo de la familia, que tocaba el cajón y cuya edad María nunca supo, pero calculaba tendría unos veinticinco años. Èl vestía unos pantalones oscuros y una túnica blanca que hacía juego con sus dientes y contrastaba con su piel oscura. Cuando la vió llegar, pareció adivinar  la irritación de la niña al ver tantos invitados invadiendo su casa. Le sonrió ofreciéndole un vaso de gaseosa y como estaba muy helada, María fue tomándosela a sorbitos. En el aire flotaba la melodía de un vals criollo, el joven se perdió en sus pensamientos mientras María contemplaba a los asistentes sacando conclusiones, de cuantos patos se necesitarían para alimentar a tanta gente. Una mosca pasó zumbando entre ellos, la niña la espantó con fastidio. María había llegado a la conclusión, que sólo un milagro podría salvar el día.

De pronto el cajonero se dirigió a María sonriendo y le dijo:

- Puedo revivir una mosca muerta con sólo las cenizas de un cigarro.

Ella lo miró sin poder entender bien lo que quería decir con ello.

- Puedo revivir una mosca –repitió.

- Ni que fueras Jesucristo – le respondió María burlona.

- Dame unos minutos y te lo demuestro –le dijo él completamente decidido.       
Entonces se puso manos a la obra. Poco después y ante la incrédula mirada de todos los que estaban en la cocina, atrapó a la mosca atrevida, que antes había estado revoloteando alrededor de ellos. Lo hizo vertiendo en un vaso un poco de cerveza, que al mezclarse con la gaseosa formó una bebida irresistible para  el insecto. El bicho tonto, no tardó mucho tiempo en caer en el líquido.

María, no podía resistirse a la idea de ver con sus propios ojos tan singular acontecimiento  y aunque tenía prisa por ir a jugar, tomó una silla y se sentó a su lado. Mientras tanto la mosca movía las patas inútilmente tratando de salir del vaso de cerveza.

La niña contemplaba absorta aquella escena, pensando en lo terrible que debía ser morir ahogado. Èl se dirigió a ella diciendo: “Las moscas no tienen corazón” y le guiñó un ojo. Que  le  guiñara un ojo era algo inusual, era más divertido verlo cuando al hablar, abría inmensamente los ojos y movía las manos como un changuito.

Ocho minutos habían pasado desde que la mosca dejó de moverse. Entonces con una cucharita, el cajonero sacó la mosca del vaso con mucho cuidado, tratando de no partirle las patas o las alas y la depositó en una chapita de cerveza. Encendió un cigarrillo y muy lentamente empezó a cubrirla con las cenizas. La niña lo miraba impaciente mientras él se llevaba una y otra vez el cigarrillo a la boca.

María se llevó las manos a la cara y apoyó los codos sobre la mesa, sus ojos iban y venían siguiendo los movimientos del joven. Mientras tanto, el cigarro se iba haciendo cada vez más pequeño. Él la miró tiernamente y le dijo: ¡Paciencia! Pero la paciencia no era una de las virtudes de la María.
Los minutos se hicieron largos mientras María se preguntaba, cuantos más debería esperar hasta que la maldita mosca resucitara. Empezó a creer que él le tomaba el pelo.

Fue entonces cuando vio a la mosca moverse. Al principio pensó que era sólo su imaginación, luego siguió moviéndose para sorpresa de todos, que fueron acercándose lentamente y se ubicaron alrededor de la mesa. El insecto movió las patas, dando giros sobre las cenizas. Luego se puso de pie sacudiéndose varias veces. Al final la mosca medio tembleca, caminó unos centímetros sobre la mesa y agitó las alas intentando volar, un par de minutos después se elevó al aire saliendo por la puerta abierta de la cocina rumbo al patio, perdiéndose en la inmensidad del cielo azul.

Casi todos los que estaban en la cocina y habían presenciado el “milagro” se llevaron instintivamente la mano a la cabeza en gesto de asombro.
Èl la miró sonriendo -Te lo dije: ¡Las moscas no tienen corazón!

4 comentarios:

  1. Muy bueno, felicitaciones, esta historia es conocida en la familia, que bueno que la hallas hecho pública mundialmente, realmente es extraordinaria, y nuevamente felicitaciones, que sigan los exitos..

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  2. Que hermoso cuento, realmente tienes mucho talento, a todos nos encantó, felicitaciones y muchos exitos, un abrazo

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  3. amiga felicitaciones que linda redacción es un cuento muy criollo como parte de tu familia te recomiendo que escribas algunas experiencias cuando estudiabamos en el pedagogico creo que la harias muy bien.

    muchos exitos
    tu amiga cesarina

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