miércoles, 25 de mayo de 2022

El tamaño del alma

Joe Monroy Oyola


Sue le acomodaba las almohadas a Clarence. Él tomó la mano de su madre, y con ronca voz, en forma pausada le preguntó:

—Mami, ¿cuándo yo muera iré al cielo?

—Hijo, seguro, pero apenas tienes catorce años, de acá en muchísimo tiempo más irás al lado de Dios ¡por toda la eternidad! Te ruego, no hables mucho; tienes la garganta muy inflamada.

La familia Lindsey vivía en un barrio residencial cercano al distrito escolar de Terrell, en una propiedad de cuatro acres y medio. La vivienda se encontraba sobre una zona algo elevada, desde donde podía divisarse el vecindario, la carretera. El aspecto del césped era óptimo pues Elliot solía tomar recaudo cuando el estado de los jardines lo precisaba; usaba el pequeño tractor rojo que tenían en el inmenso garaje. La casa estaba pintada por fuera de tono verde claro, las puertas eran de color marrón al igual que la cerca que rodeaba todo el hogar. Entrando al porche había una banca con cadenas colgantes entornilladas a unas vigas del cielo raso, a modo de columpio, estaban cercanas otras dos sillas y una pequeña mesa, llena de marcas circulares marrones a negras provenientes de las bebidas, pruebas tangibles de acuerdos, distancias o silencios entre los esposos disfrutando del hermoso panorama. Los árboles de melocotón, fruta preferida de Clarence, que con los frecuentes y fuertes vientos provocaban un sonido rítmico entre las ramas y hojas golpeándose entre sí; formaban el límite natural con la propiedad de los vecinos, la familia McCoy, quienes casi nunca se dejaban ver.

Clarence miraba el marco de la puerta en la cocina. Sobre la pintura blanca estaban dos hileras de marcas hechas con plumón negro, al lado derecho la hilera con el nombre de Rachel, a la izquierda otra con su propio nombre. Las fechas de los trazos pintados empezaban desde tres años atrás, pero las distancias físicas de las señas se iban acortando. La puerta vaivén se abrió y entró Sue con algunos trastes;

—¡Ay, hijo! —gritó Sue, mientras recogía unos cubiertos que se le habían caído—, ¡¿qué haces allí mirando la pared como zombi?!

—Mamá, mira mi hermanita es dos años menor que yo, pero ya me alcanzó en tamaño —replica mostrando las marcas con su dedo índice derecho—; creo que estoy creciendo muy despacito.

—Hijo, te he dicho que algunas personas crecen más rápido respecto a otras. Ya verás como hasta la pasarás a Rachel —contestó su mamá, al mismo tiempo que le besaba la frente—. Recuerda que ya nos lo dijo tu tío Andrew, él es doctor. No olvides tomar tus vitaminas.

—¡¡¡Las tomo todos los días!!!

«Ay, hijito, de verdad te estás quedando chiquito».

Sue sale de la cocina, al atravesar el pasillo que termina en la sala se queda contemplando los dos marcos color marrón, colgados en la pared, conteniendo un retrato en cada uno de ellos. En el primer cuadro se aprecia la imagen de un bebé envuelto en un ropón celeste. Bajo el retrato tiene escrito a mano, con tinta negra, un nombre y fecha: Clarence; veintitrés de junio del año dos mil seis. En la siguiente fotografía, otro bebé con un ropón rosado, también anotado con tinta oscura: Rachel, cinco de julio del año dos mil ocho. Posa su mano derecha en cada uno; Elliot todavía no llega, y no le gusta que lo llame a menos que sea una real emergencia. Igual hablaré con él, pues tenemos que llevar a Clarence a un pediatra, algún especialista. Andrew es médico general, buena persona, pero con eso de «no se preocupen ya va a crecer, cuando menos lo piensen dará un estirón, y será alto como un roble», no sea que mi hijo se me quede enanito. ¡¡¡No, eso no le puede pasar a mi angelito!!!

A la mañana siguiente Sue no habló más del asunto y mientras todos desayunaban le dijo a Clarence que a partir de ese día debía tomar el doble de las vitaminas recetadas por el tío Andrew, para nada valieron las protestas del hijo. Elliot siguió apuntando direcciones en su libreta; eran clientes que precisaban se les cambie el vidrio frontal de sus vehículos; la noche anterior la tormenta había caído con fuertes lluvias y granizada, nada raro en la zona. Salieron Rachel, Clarence y el papá con rumbo hacia la escuela. Sue se quedaba como ama de casa.

Los días viernes desde la tarde hasta la madrugada, las cantinas en Terrell, que eran muchas, se abarrotaban de trabajadores que anhelaban olvidarse de sus jefes y las órdenes. Los hombres jugaban billar, y gritaban como locos con cada buen o mal tiro, las damas relajadas, pues ya no tenían que esconder sus celulares para conversar por texto con amistades, novios, esposos, con sus niños. Las solteras estarían tomando unas copas y bailando al ritmo de la música country. En cambio, la gran mayoría de las casadas llegarían a sus hogares con bolsas de víveres comprados a la carrera para reunirse con sus hijos, y si eran de las afortunadas, saludándose con sus esposos, tal vez compartiendo la preparación de la cena, quizá solo conversando sobre cómo fue el día. Pero para Elliot cada viernes era una larga jornada de trabajo, y algún sábado también.

Fue bueno que cayera granizo, el negocio es lo primero; hasta ahora ya van seis carros con el parabrisa quebrado. No entiendo qué ocurre con el carácter de Sue; cuántas esposas quisieran que su marido tuviese un negocio propio. Nuestros pagos de la hipoteca están al día, además estamos ahorrando para que, al terminar la escuela, nuestros hijos puedan ir a la universidad. Está bien que yo llegue desarreglado pues vengo de trabajar, en cambio ella está todo el día en la casa, no tiene que salir cuando hace calor o frío; siempre está desarreglada: las mismas sandalias amarillas, el pantalón jean que ya perdió todo su color, una colita de caballo por peinado, sus uñas están más cortas que las mías, y solo alterna esas tres camisetas que compramos hace un par de años en una venta de garaje. ¡No valora mi sacrificio! Hasta cuando quiero estar con ella y le beso el cuello, casi todas las veces está salado. Si le digo para ir al cuarto me sale con la cantaleta: «Espera que termine de atender a los niños, lavo los trastes, doy de comer al gato y a los perros, saco la basura, preparo la ropa de ustedes tres para el día siguiente, me baño; entonces seré toda tuya cariño».

La ciudad de Terrell era una localidad con abundantes tierras, áreas industriales, algunos vecindarios residenciales, también muchos barrios semirurales con casas móviles. Aún se podían ver praderas verdes, en las largas planicies se hallaba pastando ganado vacuno, ranchos provistos de caballerizas, y los infaltables burros, quienes eran excelentes protectores, mejores aún que los canes, contra el ataque de los odiados coyotes. La transitada carretera interestatal veinte venía desde el este, y dividía en dos la ciudad; luego se dirigía hacia el oeste, cruzando los estados de: Luisiana, Misisipi, Alabama, Georgia y Carolina del Sur. El sonido de los motores casi formaba parte del paisaje. La ausencia de montañas convirtió a Terrell, como a todo Texas, en corredor desprotegido para el paso de los temibles tornados que solían azotar la región. En invierno cuando caían algunas nevadas, moderadas en comparación con otras partes de los Estados Unidos, los Lindsey se divertían bajando sentados sobre tablas esquiadoras desde la ligera elevación donde estaba la casa. En una de las plataformas deslizables Sue y su hijo, en la otra Elliott y Rachel; a cierta velocidad, en medio de la fría ventisca, los copos blancos de nieve parecían venir al encuentro, lo mismo ocurría con el aroma a leña que emanaba de casi todas las chimeneas. Pero, un sábado, cuando jugaban resbalándose en la nieve ocurrió algo que iría cambiando sus vidas. Fue la aparición de las primeras señales...

—¡Hijo, ahora nos toca a nosotros! Agárrate fuerte de la baranda y vamos —dijo mientras abrazaba por detrás la cintura de Clarence—. ¿Qué esperas hijito? ¿Clarence qué te ocurre?

—¡¡¡Mamá mis dedos, mis manos, se me han acalambrado!!!

—Es el frío, no te preocupes, ponte detrás de mí.

—¡¡¡Ay, mami los pies, se me acalambraron también!!!

La salud de Clarence fue decayendo de a pocos entre los dos años siguientes. Todavía asistía a la escuela; pero después de un alto rendimiento académico, sus calificaciones empezaron a bajar. En el marco de la cocina no hubo más rayas pintadas con la estatura de los hermanitos. Elliot y Sue encontraron recursos de atención médica especializada en el prestigioso hospital en la ciudad de Tyler, a casi hora y media en auto, les estaban por entregar los resultados de unos exámenes para descartar un trastorno médico denominado acondroplasia, causa común del enanismo, ese viernes quince de agosto del año dos mil dieciocho, Clarence solo tenía entonces doce años; la cita era a las dos de la tarde...

Elliot y Sue entraron al consultorio, la enfermera los invitó a tomar asiento. Después de unos minutos el doctor Dennis Holland los hizo pasar a su despacho, luego de los saludos, el galeno abordó el tema; comenzó explicándoles que realizaron los análisis del caso para descartar el diagnóstico de acondroplasia, la causa del enanismo. Les decía que esta se debía a una alteración genética del óvulo o del espermatozoide antes de la concepción. Pero, señor y señora Lindsey, tengo aquí los resultados, y ese no es el caso. Elliot y Sue se abrazaron, fue el momento más íntimo de la pareja en casi un año, ¡excelente!, ¡gracias a Dios! gritó la afectada mamá; el doctor Holland los quedó mirando sin mostrar emoción alguna en su rostro. Se puso el dorso de su mano derecha sobre la boca y aparentó aclarar su voz, entonces llamó a Hellen, su asistente. Por favor, tráigales a los señores Lindsey unas botellitas de agua. Doctor esa es una buena noticia, dijo Elliot. Lamento ser poco optimista respecto al estado de Clarence, agregó el médico, creo que necesitamos hacer otras pruebas. Los esposos en un acto involuntario entreabrieron sus labios, si alguna cámara filmadora hubiera registrado el perfil de los dolientes progenitores, entonces mostraría la victoria de un inmenso peso sobre sus cabezas, la ley de gravedad en su insano triunfo. Por breves segundos solo se escuchó el silencio hasta cuando alguien golpeó la puerta; Hellen entró con las bebidas.

—¡Pero doctor Holland, ¿qué es lo que tiene nuestro hijo?! —exclamó Sue.

—Sí, doctor, nosotros vinimos a usted porque se supone que es uno de los mejores neurocirujanos del hospital —agregó Elliot dejando caer el llavero que tenía en su mano izquierda.

El galeno les planteó la remota posibilidad que se tratara de una esclerosis lateral amiotrófica; luego agregó que este padecimiento afectaba el sistema nervioso, por lo general a personas cercanas o en la tercera edad, que era muy bajo el porcentaje de pacientes jóvenes o niños. Sue le preguntó si ese mal era peor que el enanismo; el doctor expresó la importancia en descartar o confirmar el posible diagnóstico. Aunque trató de ser delicado en la descripción del probable escenario, dada la insistencia y llanto de la desesperada madre, se vio en la necesidad de explicar que, si fuese confirmado, las expectativas de vida podrían estar entre tres a siete años, aunque con muchos cuidados se han encontrado casos en donde la supervivencia del paciente a partir del diagnóstico podría alcanzar hasta diez años, con una aceptable calidad de vida. Elliot y su esposa se habían tomado de la mano, por un instante dejaron de hacer preguntas y se abrazaron. El doctor rompió el silencio:

—Disculpen la interrupción, pero debemos actuar de inmediato. Preciso que traigan a su hijo lo antes posible —dijo el médico mientras revisaba en la computadora la disponibilidad del laboratorio —. ¿Cuándo lo pueden traer?

—Él está aquí, está junto a su hermanita; mi esposa y yo los recogimos de la escuela.

—Los dejamos en la guardería, aquí en el hospital —agregó Sue.

—¡Hellen!, por favor, vaya por el niño Clarence a la guardería.

El doctor Dennis Holland le entregó a Hellen, la enfermera, la hoja clínica con la orden para practicarle a Clarence la prueba de tomografía cervical, además de una electromiografía. Mientras Elliot y Sue Lindsey permanecían con el médico, quien recababa información importante acerca de la familia por el lado paterno y materno, la asistente médica llevaba al niño en camilla. El paciente vestía una bata blanca, aquellas que son abiertas por detrás, él miraba las paredes celestes de los pasillos; pero lo que más llamaba su atención era el cielo raso color blanco, pues en cada lámpara del falso cielo se podía ver dibujado algún personaje de caricaturas. El sonido provocado por las llantas al pasar sobre cada línea transversal del piso le entretenía a Clarence; las iba enumerando en voz alta...

—Cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve... —contaba.

—Dime Clarence, ¿cuántos hermanitos tienes? —preguntó la enfermera a la vez que esbozaba una sonrisa.

—Oh, oh, ya me hizo perder la cuenta de las rayitas —contestó mientras se recostaba sobre su lado derecho—. Solo una, mi hermanita Rachel. Ella tiene diez años, ¡y es muy alta!

Se escuchaba música infantil en los pasillos del nosocomio, Hellen y el paciente llegaban al laboratorio. Le pidieron al infante que se incorporara. Él trató de cubrirse el desnudo dorso que siempre dejaba al descubierto este tipo de camisones, la enfermera se percató de la vergüenza del niño; no te preocupes, déjame ayudarte. Así pudo bajar de la camilla. Las pruebas empezarían de inmediato...

El viaje de regreso a casa fue desolador, la madre secaba su nariz con un pedazo de papel higiénico blanco que se fue convirtiendo una bola húmeda; por el reflejo del vidrio del lado del copiloto Elliot distinguía el rictus doloroso de Sue; los árboles parecían pasar de izquierda a derecha golpeando a la afligida madre. La carretera en frente era un inacabable triángulo negro. Elliot tampoco hablaba, jamás supo que Rachel le contaba del día en la escuela, las mucosidades cubrían su denso bigote marrón. El viaje desde el hospital de Tyler se hizo eterno. Eran dos padres en el sufrimiento más grande que pueda sentir el ser humano, la imposibilidad de conocer, por ahora, la verdad sobre el destino del amado hijo. Los hermanos, en el asiento posterior jugaban sin preocupación alguna.

Luego de unos días fue confirmado el triste diagnóstico. Aún retumbaba en el cerebro de Sue, y en la mente del padre: se confirmó el diagnóstico, «se trata de un caso de esclerosis lateral amiotrófica. Cuando, rara vez, el mal ataca a un niño, le impide el desarrollo físico normal. Los músculos al dejar de recibir impulsos nerviosos terminarán atrofiándose, imposibilitando cualquier movimiento por voluntad propia. Suele empezar por una mano extendiéndose al resto de los miembros, con el tiempo devendrán problemas para tragar, dificultades para respirar, los músculos del cuello no podrán sostener la cabeza, los calambres serán frecuentes. Lo lamento, pero en algún momento necesitará estar conectado a un respirador artificial, hasta que finalmente...».

—¡¡¡Finalmente, ¿qué?!!! —gritó Elliot.

—¡Contéstele a mi esposo doctor Holland! ¡Solo nos da una relación de martirios por los que pasará nuestro hijo, y usted como si nada!

—Lo siento mucho..., mejoraremos, en lo posible su calidad de vida, pero al final sobrevendrá el fallecimiento por una insuficiencia pulmonar.

Al llegar a casa estacionaron el auto, y llevaron a Clarence a su habitación. Rachel se quedó haciendo compañía a su hermano. Los angustiados padres tomaron asiento en la sala, los muebles de cuero marrón parecieron hacerse muy hondos, Elliot encendió la leña de la chimenea y se sentaron juntos abrazados, llorando.

La rutina diaria de Clarence y de toda la familia cambió de manera radical. El seguro privado de la familia Lindsey cubría, en gran porcentaje los gastos del tratamiento: las medicinas para retardar el progreso de la enfermedad, otros fármacos específicos para controlar los espasmos y otro medicamento ayudaría a combatir el problema con la deglución de los alimentos. Las sesiones de fisioterapia, y la rehabilitación harían su parte. Con el apoyo de familiares, amigos y una cruzada de ayuda en la escuela pudieron comprar una silla de ruedas eléctrica preparada con la más avanzada tecnología.

Al cabo de un año y medio, la compañía del seguro privado de salud, en la cual estaba afiliada la familia, dio por cancelada la póliza; las líneas en letras pequeñas mostraron cómo era el negocio de esas empresas aseguradoras. El monto no cubría más, pues se dio por entendido que era un mal preexistente a la firma del contrato. Los Lindsey estaban sin posibilidades de afrontar esos inmensos gastos médicos.

Elliot y Sue hicieron un inventario, y acordaron quedarse con la camioneta de uso familiar, necesaria por la silla de ruedas que usaba Clarence, venderían los dos autos, el tractor, cancelar la cuenta de ahorro a plazo fijo para los estudios universitarios de sus hijos. Mira Sue, con eso podremos cubrir los tratamientos por casi un año. Sue estaba callada, hasta que ella sugirió refinanciar la casa. Elliot aceptó. Esa diferencia a favor cubriría los gastos médicos por tres años más, tal vez, dijo ella.

Clarence ya tenía catorce años. El cuerpo de niño había cambiado mucho, el declive de la salud era notorio. Su comportamiento dejó de ser amable para convertirse en un preadolescente malhumorado, solía tirar la vianda de los alimentos, se le escucharon hablar algunas groserías, algo nunca visto en él. De pronto notaron una evolución favorable en el decaído ánimo, pues empezó a estudiar por medio del internet: tutoriales de fotografía, preparación de comida china, clases de horticultura; luego llenó una solicitud de medio tiempo para ayudar en un voluntariado dedicado a mascotas abandonadas, lo que hizo pegar el grito al cielo a sus padres. No se detenía en su afán por adquirir nuevos conocimientos.

Elliot y Sue estaban asustados, pidieron consejo en su iglesia, a familiares, al sicólogo quien daba apoyo a Clarence; veían a su hijo tratando de participar en muchas actividades. Ellos jamás le habían revelado la naturaleza de su mal, menos aun el desenlace del mismo. Las reuniones se efectuaron en varias formas, algunas por internet, otras pocas fueron conversaciones telefónicas debido al cuidado personalizado que precisaba su hijo. Las opiniones eran de lo más diversas. Había quienes decían que esos tutoriales lo agotaban y debían de prohibirle esto, otros pensaban que resultaba una buena manera de mantenerlo motivado. Lo que resultó un consenso general es que Clarence no debía enterarse de su real estado de salud.

Una mañana de domingo, Elliot y Sue estaban deliberando al respecto en su habitación, cuando de pronto, escucharon el toque de la puerta y la voz de Rachel preguntando si podía entrar. Claro hija pasa afirmó la mamá; se acostó junto a sus padres. ¿Por qué no me habían dicho que mi hermano está muriendo? Estoy a punto de cumplir los trece años, ¡ya no soy una niña! La sorpresa fue mayúscula para Elliot y Sue; hijita, ¿de qué estás hablando?, claro que no, él tiene un problema muscular, ya te lo hemos dicho, contestó Sue. Rachel se levantó de la cama con el osito de peluche favorito de su hermano, que minutos antes Clarence le había entregado, la niña continuó; él está muy enfermo, y ustedes debieron decírmelo. Elliot miró a su hija y le preguntó quién le había dicho eso; la adolescente contestó: ¡fue mi hermano!

Clarence había investigado en internet las indicaciones sobre los medicamentos recetados, encontró el nombre de la enfermedad que padecía y su proceso final. Después de conversar y explicarle a su hija las razones de la mentira, Rachel reclamó lo mal que hicieron en mentirles. Entonces Sue, se levantó de la cama y le dijo a su esposo que debían de ir a conversar y disculparse con Clarence. Él estaba descansando en su cama mirando algo en su computadora, instalada a manera de mesita de hospital, acerca de primeros auxilios en caso de accidentes, la familia entró. Estuvieron un largo tiempo sin decir palabras, solo lloraban los cuatro, se acariciaban de modo indistinto; pues el dolor no era de uno, sino de todos. Afuera el viento soplaba sobre la mala hierba que había cubierto la propiedad, cada gallina, las pocas vacas y el asno habían sido vendidos, los tres perros y el gato entregados en adopción con vecinos; pero los árboles de melocotones, en forma increíble, seguían produciendo abundantemente.

Clarence pidió a sus padres y hermana, que le ayudaran a participar en actividades donde él pudiera ser útil con los ancianos, con otros niños en algún hospital donde, tal vez, alguien esté sufriendo lo mismo que él. Todos escucharon, nada prometieron, quizá luchar por un día más, cada vez. Elliot salió con Rachel, dijeron que iban a preparar un jugo especial: el delicioso batido de melocotones; Clarence hizo el amago de incorporarse y saltar sobre la cama, pero solo consiguió caer de bruces sobre las sábanas y almohadas del lecho de sus padres; si su cortada voz se lo hubiera permitido habría, al menos, pegado un grito de júbilo. Sue sostuvo a su hijo en forma cuidadosa, y por primera vez notó que el grosor de los brazos era cual los huesos, no sintió musculatura alguna, solo la estructura ósea con la piel, por igual la pierna izquierda que estaba descubierta.  

 Sue le acomodaba las almohadas a Clarence. Él tomó la mano de su madre, y con ronca voz, en forma pausada le preguntó:

 —Mami, ¿cuándo yo muera iré al cielo?

—Hijo, seguro, pero apenas tienes catorce años, de acá, en muchísimo tiempo irás al lado de Dios ¡por toda la eternidad! Te ruego, no hables mucho; tienes la garganta muy inflamada.

—Mamá, no más mentiras sobre mi enfermedad, te lo ruego.

Para ella fue difícil, por primera vez, tomar la ruta de la verdad sobre la real situación de su hijo.

—Perdóname —suplicó mientras tomaba las manos de Clarence y le besaba la frente.

—Mami, ¿de qué tamaño es nuestra alma, cabe exacto en nuestro cuerpo?

—¿Por qué preguntas eso mi amor?

—Es que en la escuela siempre fui el más pequeño, me daba vergüenza ser cada año el primero en la formación— contestó al mismo tiempo que se limpiaba las mucosidades con la manga de su pijama—. En el cielo no quiero ser el más pequeño por siempre, ¡¡¡no por toda la eternidad!!!

—Hijo, cuando Dios creó al hombre lo hizo a su imagen y semejanza, pero no nuestros cuerpos, sí en cambio nuestra alma. Estoy muy segura de que allá en el cielo, ante los ojos de nuestro Creador, seremos todos iguales.

Clarence se acercó a su madre y sonriendo la abrazó.

 —Hijo, eres muy valiente enfrentando estas circunstancias de salud, ¿tienes miedo a morir?

—Tengo mucho miedo mamá —dijo, mientras los dedos de su mano izquierda parecían anudarse sin control, y un esputo involuntario hacía caer la saliva en fina hilera hasta su mentón.

lunes, 9 de mayo de 2022

Mudanza

Rosario Sánchez Infantas

 

«Han permanecido con la emoción intacta fragmentos de mi vida que creía olvidados». Sentada en una de muchas cajas desperdigadas por la habitación Alina revisa los libros, sobres, carpetas y cuadernos que va desempacando y los ubica en rumas separadas. «Y es que, en una mudanza no solo cambian de lugar muebles y enseres. Se actualizan recuerdos, sentimientos y decisiones al revisar los esbozos de poemas y relatos en esos viejos papeles que acompañan mi paso errante. Este maltrecho cuaderno etiquetado Ideas para desarrollarincluye impresiones sobre mi permanencia en la pasantía que realicé en la universidad de una pequeña ciudad de la amazonia peruana. Están resaltados “disfruto su clima cálido y húmedo que induce a pecar”, “la exuberancia de flora y fauna rodean con su belleza salvaje los atisbos de civilización”, “personas sensibles y que esforzadamente producen y difunden cultura regional”... También hay escritos… sin límites precisos entre la ficción y la realidad».

 

*****

 

El que mucho abarca, poco aprieta

 

Asumió que tendría un desempeño amatorio triple por lo cual se abasteció bien para el encuentro furtivo con su amante. Eduardo, un joven profesor, poeta y editor independiente, le había dicho a su esposa que iría a coordinar la edición de un libro de un nobel escritor. Ya salía de casa cuando escuchó en la radio que era jueves y no miércoles como lo había creído. ¡Alina, ya habría viajado! ¡Su cita era el día anterior! La culpa lo ponía torpe. Aprovechando que su cónyuge tomaba un baño envolvió los tres ejemplares (con textura, sabores y aromas diferentes) en abundante papel toalla y los colocó dentro de varias bolsas plásticas. Luego introdujo el paquete resultante al fondo del tacho de basura.

Llovía a cántaros, pero debía buscar cómo pasar las tres horas aproximadas que había dicho duraría la reunión. Habiendo vivido siempre en la pequeña ciudad tenía muchos conocidos que podrían delatar haberlo visto deambulando. Comenzó a caminar sin rumbo fijo y al pasar por un antiguo cine que fungía de iglesia ingresó convenciéndose de que allí pasaría desapercibido y a lo mejor surgiría alguna idea para escribir.

Eduardo jamás había estado en un culto como este. Toma asiento entre aproximadamente doscientas personas. A su costado derecho lo saluda con una venia un muchacho de alrededor de veinte años. Luce una corbata de poliéster sobre una camisa percudida, grande y con el cuello roto en varios tramos. A su costado izquierdo un anciano obeso rasca con mucha frecuencia su cabeza de cabello ralo, grasoso y con grandes partículas de caspa; sonriendo le ofrece una biblia que saca de una arrugada bolsa plástica. Se van intercalando discursos y participaciones de una orquesta. Con la mirada perdida o con los ojos cerrados los asistentes agitan los brazos y se bambolean al son de ritmos andinos y selváticos. El poeta piensa que tiene la mente muy sucia o leer a Freud lo hace interpretar sexualmente las letras de las canciones: «¡En mi padre me gozaré!», «El señor es mi luz, mi rey, el que me hace vibrar de gozo», «El presente y el futuro, todo lo sabes Señor, úsame como quieras». En éxtasis, unos ríen, otros lloran, y algunos van cayendo al piso y convulsionan.

Eduardo se levanta para irse. El pastor está invitando a pasar a la parte delantera del auditorio a quienes requieren especial oración de la comunidad. Uno de los ayudantes del culto lo toma del brazo y lo acompaña hacia adelante. Se le hace muy difícil contrariar la marea cristiana que grita «Gloria a Dios», «Aleluya» porque varios hermanos van siendo conducidos hacia adelante. El pastor, lee citas bíblicas, exhorta, amenaza con castigos severísimos de Dios, pero lo que resuena en la cabeza del poeta son las referencias a la fornicación, al adulterio: «¡Imagina lo que hará el Señor contigo! ¡Arderás en el fuego del infierno por toda la eternidad!». Por un instante piensa que el pastor sabe que es infiel a su esposa.

Mientras continúa la enérgica exhortación para que el demonio abandone a estos infelices hermanos, atrapados por el pecado o la enfermedad, Eduardo encuentra que la palabra adulterio tiene una connotación muy fea. Por un instante lo sobrecoge pensar que su esposa se entere de su aventura. «¿Es una aventura o un encuentro tardío con Alina, el amor de mi vida? Yo no quiero lastimar a Yelitza ni a mis hijos; pero mi existencia es más intensa, más estimulante, más divertida; soy mejor persona con Alina… ya no podría soportar subsistir sin ella en la anodina rutina».

Ante las frases del pastor brotan muchos «¡Aleluya! ¡Gloria a Dios!». Le parece poco recíproco, después de haber sido ayudado por la comunidad que lo observa, no dar una buena contribución en la canastilla que una joven le coloca delante suyo, aunque le duele desprenderse del único billete que lleva. Dos horas después de que ingresó a la casa del padre al ir saliendo se descubre negociando con éste, pidiéndole que por lo menos fortalezca el amor de Alina y que…, ¡su esposa nunca se entere!

Cuando regresa a casa su esposa ve la televisión. Ansioso constata que el tacho de basura seguía sin novedad alguna. En contra de su costumbre saca la bolsa de desperdicios a la esquina próxima a su vivienda para desprenderse del cuerpo del cuasi delito.

A la mañana siguiente al salir a comprar el diario observa, preso de terror, que el recipiente de su basura ha sido despanzurrado y que dos perritos pequeños se disputan, estirándolo, un profiláctico. A veces uno lo suelta y el otro cae de espaldas y golpeado su rostro con el látex; a veces el segundo lo suelta y el primero cae golpeado.

Toma un taxi y no deja de sentirse observado hasta que llega al cuarto piso y cierra la puerta de su aula tras de sí.

 

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Noche de miércoles

 

Esa noche Alina dormía profundamente cuando entró la llamada de Eduardo.

–Hola, Ali querida. Tenía que llamarte –dijo casi en un murmullo. Era evidente que no quería que alguien más escuchara.

–Por el tono de voz que traes supongo que no es nada bueno. Pero ¡adelante, soy toda oídos! Al mal paso darle prisa –aseveró con cara de resignación, más para ella misma que para su interlocutor.

–Espera un momento voy a cerrar mi estudio –susurró–. Anoche cuando me llamaste a preguntar si la luna llena ya me había dado tu mensaje subí a la azotea, contemplé la luna y mientras creía descifrar tu mensaje un viento inesperado cerró de golpe la puerta... ¡la que solo se abre del otro lado! Me quedé atrapado, ¡cuando ya iban a dar las doce de la noche!

– ¡Oh!, ¡qué penita! –respondió conteniendo la risa–. Y ¿qué hiciste?

–Traté de emplear la fuerza bruta, luego busqué algo que me sirviera de palanca, me tropecé en la oscuridad, tumbé varias macetas de geranios y comenzó una reacción en cadena de perros furiosos ladrando. Casi inmediatamente el vecino comenzó a tocar su silbato y se asomó, con linterna en mano, a mi azotea.

–¡Cuál Diógenes! –exclamó divertida y se tapó la boca con ambas manos, mientras la risa contenida sacudía su cuerpo.

–¿Perdón?

–Dije, ¡Válgame Dios! Y ¿cómo acabó todo? –preguntó y siguió sacudiéndose en un ataque de risa silenciosa.

–Me tuve que identificar ante mi vecino, inventar que venía a rescatar al cachorro que no tengo y pedirle que por favor tocara mi puerta para despertar a mi esposa, que como te conté, toma ansiolíticos para dormir.

–Para que contemple la luna –dijo ella muy bajito, para sí.

–¡No! Para que suba a abrirme la puerta de la azotea –aclaró él, sin entender la broma.

–Y ¿qué cuento le inventaste? –preguntó ella agarrándose el vientre con un gesto de dolor, sin dejar de reírse tapando el auricular del teléfono.

–Que estoy escribiendo un poema referido a la luna y debía contemplarla.

–¡Luna de miércoles!... podría llamarse –dijo Alina, tapó el receptor del teléfono y soltó la carcajada. ¡Menos mal que no le pregunté por el mensaje que le encargué, para él, al caudaloso río Huallaga!

 

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Sagradas escrituras

 

El dios que era amor, se conmovía intensamente con el amor de los amantes. Callaba por no contravenir los mandamientos, normas y preceptos que los hombres le han atribuido. No tener ocasiones para recibir al ser amado en su ternura, en su alegría, tristeza, vergüenza y miedo, es la verdadera soledad, intuía. Desplegar la sexualidad en horarios preestablecidos y en ambientes clandestinos, a mí me pondría muy triste, se decía. Imaginaba la interminable noche insomne cuando se veía al amante disfrutando con su familia. Suspiró compungido. «No se hacen fotografías que, venciendo a la muerte, capturasen su amor».

Con diversos heterónimos, cada cinco o seis años aparecen las conmovedoras novelas que escribe.

 

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Muchos años antes quizás me hubiera sentido halagada. Un poeta veinte años menor que yo se enamoró apasionadamente de mí. Tal vez era una gran persona, nunca lo sabré. Esta vez me concedí la dignidad de seguir envejeciendo lejos de él y agradecerle por su amor. No podrá acusárseme de falta de imaginación. Me dio para tres relatos ficticios dijo Alina con una sonrisa melancólica y sacudió el polvo del cuaderno que acababa de leer.

Seres en el bosque

Ricardo Sebastián Jurado Faggioni


La familia decidió pasar sus vacaciones en una hacienda. Cuando llegaron al lugar de hospedaje, esta era amplia, las paredes estaban construidas de madera y el piso también. Tenía un patio para que los niños pudieran jugar. El mayor de once años se llama Tom es alto, delgado, blanco y le gustan las actividades al aire libre. El menor tiene siete años y su nombre es Ernest.

Ambos disfrutaban cabalgar en los caballos, después de hacer deporte descansaron en la finca. A la mañana siguiente fueron a explorar a fuera de la hacienda, hasta que encontraron un bosque.

A medida que iban avanzando un ser los seguía sin que se dieran cuenta. Este medía dos metros de altura, su forma era como la de un lagarto y tenía cara de serpiente, la piel era verde. Para poder llegar a los humanos se transformó en una niña de doce años. Para que no terminen en peligro ella salió de unos arbustos, puesto que estaba convencida que los suyos los tomaría como prisioneros.

—No sigan caminando —les advirtió Laurel.

—¿Por qué? —preguntó Tom.

—He estado antes, más adelante hay unas cuevas tenebrosas, les recomiendo que no vayan a investigar, es mejor que regresen por donde vinieron.

Al verla decidida, obedecieron y se fueron del bosque. Sin embargo, Laurel los venía siguiendo a escondidas para aprender cómo era su cultura. Se percató que tenía una familia y vivían en un hogar. Se podía percibir el amor, eso les hacía falta a los de su especie. Se acordó que ella venía de un planeta distinto, los suyos vivían en las cuevas. Cuando visitaban otras tierras sabía que era para destruirlos y tomar los recursos que este poseía.

Por primera vez sintió tristeza, se marchó de aquella finca. Regresó a su hogar en la forma original. Tomó conciencia que los suyos solo estaban para ocasionar caos. Sabía que si se alejaba de su familia, rompía la primera regla, no te apegues a los de las otras especies. Comprendía que los anunnakis solo quieren el dominio y no importa lo que le suceda al resto. Ella iba a impedir que la tierra fuese destruida, así esto le costara su vida.

Tom y Ernest se encontraban jugando en su cuarto, en él había dos camas, las paredes eran de color azul y había una ventana que apuntaba hacia el patio.  Sin embargo, se estaban aburriendo. Entonces se fueron para dirigirse al bosque.

Alejados de su hogar, encontraron una cueva. A la entrada tenía un símbolo extraño, un hombre con cabeza de lagarto. Esto les llamó la atención para indagar, después sacaron sus teléfonos celulares para alumbrar.

Se dieron cuenta de que si seguían andando, descubrirían un sitio hermoso.  Este estaba lleno de árboles, tenía un lago cerca, la brisa hacía que el lugar se sintiera cómodo.  Laurel gracias a su instinto cazador, supo que los niños habían ingresado. Volvió a transformarse en humana porque estaba convencida de que los suyos los tomarían como prisioneros. 

Vertiginosamente quería llegar a la salida, no obstante su escape fue interrumpido por dos guardias lagartos. Ella con sus poderes mentales los alza y los tira cien metros hacia la derecha. Sin mirar atrás siguieron hacia la salida de la cueva. Una vez más utilizó sus poderes psíquicos para mover unas enormes rocas y que estas sean un impedimento para que los siguieran.

Cansados de correr, los tres se detuvieron a la mitad del bosque. El mayor estaba con miedo y no comprendía lo que estaba viviendo. 

—¿Quién eres? —preguntó Tom

—Me llamo Laurel, pero en realidad mi especie se llama los Anunnakis —respondió ella.

—¿Qué hacen ustedes en nuestra tierra?

—Somos seres que venimos a destruir, y decidimos qué pasa en la política, religión y economía.

—Entonces, ¿por qué nos ayudas?

—Toda mi vida había visto odio, en su especie descubrí el amor. En tu familia vi cómo cenaban juntos, se abrazaban. Ese sentimiento me hizo cambiar mi parecer.

Después de la conversación los tres continuaron en su escape. Tom y Ernest sabían que no podían volver a la finca. Entonces decidieron regresar junto a Laurel a la ciudad. Ella les explica que solo tienen una opción: luchar por su sobrevivencia y destruir al líder para poder volver con la familia.

A su vez les explicó que cualquier persona puede ser un Anunnaki y que no confiara en nadie más que en ella. La única manera de vencerlos es no dejándose controlar. Los tres se encontraban en la carretera, esperaban el bus para irse. Una vez en la ciudad buscarían al líder político Xion, este era blanco, calvo, alto y de cincuenta años. La vista del cielo, por encima de los modernos edificios, la enamoraba cada vez más de la Tierra. 

Llegar al gobierno era impactante, sus puertas medían seis metros de altura. El piso era de piedra y la entrada a la oficina del presidente era elegante. Xion se encontraba sentado en su silla preparando los próximos discursos. Laurel a sus amigos les dijo que se quedaran afuera, puesto que esta sería su batalla. Además, les agradeció por haberles enseñado lo que es el amor y que este puede acabar con lo hostil y cruel. Usó su habilidad de hacerse invisible para poder ir rápidamente donde Xion, pero este que ve el futuro ya tenía abierta la puerta de su oficina.

—Sabes qué la decisión que vas a tomar acabaría con tu vida —dijo Xion.

—Sí lo sé, pero debemos acabar con lo que hacemos, destruir no es el único camino —respondió Laurel.

—Los humanos son ineptos, usan mal el libre albedrío y por eso estamos los anunnakis para controlarlos.

—Te equivocas, ellos aman, aprenden de sus errores, se caen, se levantan y sobre todo luchan por mantenerse unidos.

—¡Silencio!

Después de aquel grito, Xion con sus poderes mentales elevó a Laurel, despacio la iba asfixiando. Se acordó del consejo que les dio a sus amigos, si no dejas que te controlen obtendrás la victoria.  Ella comenzó a tomar fuerza y el poder del enemigo se desvaneció. La que dominaba el combate era Laurel, logró inmovilizarlo.

—Puedo asesinarte, pero me convertiría en ti, y he escogido ser mejor que tú.

—¡Volveré con más fuerza y te arrepentirás de habernos traicionado!

Al finalizar el enfrentamiento Xion desapareció. Laurel regresó en a su forma humana para ir con sus amigos y volver a la finca. Los padres de los chicos aceptaron a su nueva compañera, luego los cinco disfrutaron de una gran cena.

martes, 26 de abril de 2022

Simón González, mi «Superman»

Manuel Quezada


Diciembre de 1980

Abandono, ese era el primer sentimiento que me embargaba las tardes que debía hacer las tareas escolares. Desesperación era el segundo. Pero comenzaban a desaparecer cerca de las cuatro de la tarde al verlo llegar al barrio, bajándose del bus para luego llegar a casa con el ramillete de libros bajo su brazo derecho. Con el dedo índice de su mano izquierda se empujaba los antejos Ray-Ban que se deslizaban a lo largo de su nariz aguileña por el sudor de las tardes asfixiantes de calor. Calculaba treinta minutos, sí, treinta minutos, tiempo para que completara su ceremonia familiar de besar a su esposa, hija, cambiar de ropa y tomar un café. Luego de eso, llegaba a la puerta de su casa tembloroso para dar los primeros golpes huecos y contar con toda su atención. Él la abría. Ya me esperaba. Siempre era el primero. Sin que yo dijese nada, me hacía pasar a la mesa principal ante la mirada celosa de su familia, para resolver mis tareas escolares.

Seguía leyendo el periódico de ese día…  

—Pasa hijo —me decía, con una voz ronca pero melosa.

Al terminar sus pacientes explicaciones de matemáticas, teniendo yo entendimiento de todo, desaparecía el abandono y la desesperación, para dar paso al ciclón de mis tardes de juegos con los vecinos; pero antes de darle las gracias y dejar su casa lo observaba y sentía que tenía frente a mí a un dios, que lo sabía todo, desde cómo explicarme lo más oscuro de las matemáticas hasta lo más elemental de las ciencias naturales. Él solo reía discretamente a mi movimiento de cabeza para expresar que había entendido. Al cerrar la puerta principal, había una cola de al menos tres amigos esperando su turno.

Seguía leyendo el periódico de ese día…  

Simón González era su nombre. Profesor de matemáticas y ciencias naturales de la Escuela Nacional de Comercio, brillante e introvertido que apoyaba dos causas: explicar las tareas de los hijos e hijas de sus vecinos, cuyos padres no tenían tiempo porque volvían a altas horas de la noche, y las iniciativas humanitarias de la Cruz Roja, que lo seleccionaba como eterno miembro del jurado calificador de la elección de la reina de la entidad. Gozaba de popularidad entre las señoras y las señoritas adolescentes al ser el ojo clínico en cada fallo sobre la mujer más bella e inteligente. Consejero de las adolescentes ganadoras y de las vecinas. Su mayor fama y atracción residía en su profunda timidez a la hora de interactuar con todo el vecindario.

Muy de madrugada, sin fallar, antes de salir hacia el centro de estudios para impartir sus clases, iniciaba el día con una rigurosa rutina de ejercicios aeróbicos, luego hacía cuatrocientas abdominales y algunas flexiones de los brazos bajando el cuerpo hasta que el pecho tocara el suelo que lo mantenían en una condición atlética envidiable. Las mujeres no disimulaban al verlo salir y regresar a su casa.

Seguía leyendo el periódico de ese día…  

Esa mañana la recuerdo: me levanté temprano para prepararme algo de comer. Nadie de la casa había despertado. Estaba por tomar un café con leche, y mi madre salió de su habitación adormilada y con una cara de espanto.

—Hoy en la madrugada se llevaron a Simón González —dijo ella.

—¡Cómo!

—Creo que eran pasadas las doce.

Cinco elementos de la Guardia Nacional armados de largos fusiles lo sacaron de su vivienda con exceso de violencia sin dejar que se vistiera. Caminó custodiado frente a todas las casas del vecindario únicamente en calzoncillos con los brazos sobre su cabeza. «¡Sólo doy clases!» «¡Sólo enseño!» «¿Cuál es el delito?» «¡No he violado ninguna ley!» El cuerpo del profesor comenzó a recibir los culatazos de los miembros de la unidad militar para hacerlo avanzar hasta llegar a la calle donde lo esperaba un picop.

—Vi todo por la ventana, y mis vecinas también —dijo mi madre.

Confiadas en la oscuridad para no ser vistas, observaron cómo lo empujaron a golpes hasta subirlo y con él ya dentro, el vehículo desapareció de la vista de los curiosos.

En los días posteriores no se detuvieron las malas noticias. Las mujeres decidieron no volver a participar en el concurso de belleza de la Cruz Roja en memoria de él porque decían que ahora cualquier mujerzuela podía llegar a ser reina.

Dejé de tomar el café. La noticia me caló hondo. Comenzó un largo período de silencio en el barrio que duró años. Un silencio más que sumaba en esos días del conflicto civil que estaba en apogeo. Sólo cuando la confianza estaba a prueba de fuego entre amigos, se podía hablar y preguntar alguna noticia del profesor Simón.

—Ayer me habló tu tío Nicolás, sugirió que, por estos días, tomaras otro bus para llegar al trabajo —mencionó mi madre.

—¿Por qué? —pregunté extrañado.

—Van a reclutar jóvenes durante esta semana, y el bus que tomas siempre pasa por un puesto militar.

Esa mañana caminé cerca de tres kilómetros hasta el Bulevar del Ejército, una ruta sin retenes militares hasta la capital. Allí tomaría un bus directo al trabajo sin riesgo de engrosar las filas castrenses.

Seguía leyendo el periódico… Transcurría la hora de mi almuerzo, y me detuve en una nota sobre los desaparecidos por la guerra civil, y me hizo recordar el suceso de Simón González acaecido aquella madrugada. Recordaba que el abandono y desesperación de las tareas de mi infancia siempre tuvieron solución, gracias al corazón benévolo del profesor. Lo declaré mi «Superman» cuando recién había cumplido los seis años. Fue una tarde que salí a jugar con mi pelota de fútbol por horas, hasta que mi madre me gritó que no había hecho las tareas escolares, luego de que ella me había revisado mis cuadernos y comprobó mis obligaciones académicas. No le hice caso. Los gritos se volvieron más intensos hasta que me tomó del brazo y me llevó al interior de la casa. Enfurecida y consciente que saldría a jugar nuevamente, me llevó a su habitación, cerró la puerta y el último ruido que escuché fue la llave que dio dos giros en la chapa.

—Tienes que escribir los nombres de tus vecinos y amigos. Luego los dibujas —dijo en voz alta.

Las cuatro paredes que me encerraban eran un inmenso mundo. Divisé un chifonier color café oscuro de cuatro gavetas, con un espejo cuadrado empotrado en la parte superior. Procedí a abrir una a una, hasta que encontré oro; sí, oro. Había pasado un poco más de una hora, quizá dos, y vino lo peor: mi madre abrió la puerta y ante sus ojos no tuvo más reacción que soltar un grito furibundo que traspasó toda la casa y llegó a los hogares vecinos. «¡Criatura, que has hecho!» Me tomó del brazo y me sacó de la habitación hacia la calle. Coincidió que el primero en pasar frente a nuestra casa fue Simón González y ella se quejó frente a él, hasta pedirle que fuera al cuarto para comprobarlo. Los ojos del profesor se abrieron de admiración y su mano derecha se posó sobre mi cabeza ante el asombro de lo que veía.

—Déjame tomar unas fotos —dijo.

Había tomado todos los lápices labiales de mi madre que encontré en la primera gaveta del chifonier, y en las cuatro paredes había hecho la tarea escolar ante la falta de mis cuadernos de anotaciones. Estaban los nombres de mis vecinos, familiares y amigos de la escuela, y como había tiempo suficiente, me dediqué a dibujar a cada uno de ellos a la par de cada nombre. La tarea consistía en practicar el uso de letra mayúscula y minúscula en nombres propios. Terminó de fotografiar todo y prometió darme una copia de cada una para presentarla como evidencia de que la tarea estaba concluida. 

—Señora, no lo vaya a castigar —le dijo a mi madre, quien se relajó al verlo sonreír y que no salía del asombro.

De las pocas veces que no recibí un castigo por lo que había hecho. A partir de esa tarde, se estrechó mi amistad con mi vecino salvador.

—Le conseguiré con mi mujer nuevos pintalabios —dijo, y se retiró.

Por la noche llegó la esposa del profesor con un arsenal de accesorios de belleza femenina para mi madre. En la tarde del día siguiente, me entregó las fotografías como evidencia de que la tarea escolar estaba hecha en las inmensas paredes que me encerraron. «Toma, para el profesor que te dejó la práctica escolar».

Dejé de leer el periódico y la nota de los desaparecidos al comenzar la hora de la jornada laboral vespertina. Inicié los cálculos de la planilla de salarios y comisiones de los empleados para el siguiente viernes.

Nunca encontraron el cuerpo de «Superman». Mi «Superman». Lo recuerdo ahora, ya viejo, cada treinta de agosto.

viernes, 15 de abril de 2022

Lucrecia, la loca

Amanda Castillo


El día que Lucrecia nació hacía un sol resplandeciente. Su madre sudaba a chorros no solo por el dolor de parir, sino también por el intenso calor de aquella tarde del mes de mayo. No se sentía la típica brisa originada por las mareas del océano Pacífico. El sopor era insoportable. Las palmeras permanecían inmóviles, y la casa, aunque de madera, parecía un horno a causa de la alta temperatura.

Después de dos días de trabajo de parto, por fin una hermosa niña salió a la luz. Doña Juana, la partera, se asustó mucho al ver el color morado de la cara de la recién nacida y que esta no lloraba. Enseguida procedió a frotar el pequeño cuerpo con una intensidad que preocupó a la madre. Doña Tomasa permanecía inmóvil, expectante y rogando a Dios porque su hija estuviera bien.

Después de casi diez minutos de masajes, sacudidas, invocaciones y plegarias, la niña emitió unos pequeños sonidos parecidos al llanto. Su madre sintió un gran alivio y cuando por fin la pusieron en sus brazos, no pudo contener las lágrimas por la emoción. Parecía mentira, que, a sus cuarenta y dos años de edad, hubiera podido dar a luz de nuevo. Esta hija representaba una nueva esperanza para su vida. Si bien ya era madre de tres hijos hombres, su mayor sueño era tener una hija. Con su primer esposo lo intentaron, pero solo logró procrear varones. Después que este murió, decidió darse una nueva oportunidad, esta vez con Ramón, un amigo de la infancia, lamentablemente él se fue cuando se enteró que ella estaba embarazada.

Lucrecia tenía seis meses cuando Tomasa se dio cuenta de que la niña era diferente a otros niños de su misma edad. Muy poco lloraba, sus movimientos eran limitados y en ocasiones se quedaba rígida, con la mirada perdida. La llevó a una cita médica, pero el doctor que la atendió le indicó que no se preocupara, que no todos los niños eran iguales.

Al cumplir el primer año de vida, la llevó nuevamente a ver a un médico especialista, y esta vez el diagnóstico la dejó desolada: la niña padecía retardo en el desarrollo, pero era necesario esperar a que siguiera creciendo para poder dar un diagnóstico exacto. El doctor explicó con detenimiento lo que significaba y las consecuencias que tendría en el desarrollo de Lucrecia. Desde ese momento, Tomasa se dedicó a ayudar a su hija para que su vida fuera lo menos complicada posible.

Sin embargo, el progreso de la niña era limitado, le costaba ponerse de pie, pronunciaba algunas palabras con dificultad, no tenía control de esfínteres y presentaba limitaciones para asimilar la información que se le daba.  Lucrecia fue creciendo con la dedicación y el amor incondicional de su madre, pero al mismo tiempo soportando los celos de sus hermanos mayores, quienes veían en ella a una intrusa y una carga adicional para cuidar, dado que la madre debía trabajar todo el día como jefe de cocina en una base militar.

A los cinco años de edad, Lucrecia tuvo el primer episodio de epilepsia, y en adelante esto se volvió recurrente, ocasionando grave deterioro cognitivo y físico. Sin embargo, su madre no se dio por vencida, y con ayuda de algunas personas, logró que su hija fuera ingresada en un centro de rehabilitación para niños con necesidades especiales. Lucrecia asistió a aquel lugar durante cinco años y al salir sus progresos eran notorios: comprendía cuando le hablaban y se hacía entender para expresar sus necesidades. 

A pesar de ello, una vez le dio una crisis epiléptica justo en el momento que atravesaba la calle y fue atropellada por un vehículo. Sufrió fracturas en sus extremidades inferiores. Logró recuperarse, pero lastimosamente perdió movilidad en una de sus piernas y quedó con una leve cojera.

Lucrecia creció entre el amor y cuidado de su madre, y el maltrato físico y verbal de sus hermanos. Ya era adolescente, pero su edad mental era la de una niña pequeña incapaz de tomar decisiones. Fue víctima de vejámenes y burlas de parte de sus hermanos mayores, y de otras personas del vecindario. Esto a su vez causó que ella se volviera agresiva y en muchas ocasiones lanzaba piedras a sus agresores. 

Lucrecia   se convirtió en una espigada y bien formada muchacha. Era alta, delgada, ojos color miel y el tono de su piel, según decían los vecinos, era exactamente igual al de la canela. A pesar de su condición, su atractivo físico no pasaba desapercibido para nadie.

¡Lucrecia, la loca bonita! le gritaban los muchachos del vecindario.

¡¡¡Yo no soy locaaa!!!

Cuando esto sucedía, ella se enojaba muchísimo y lanzaba piedras a diestra y siniestra, rompiendo los vidrios de las casas vecinas y en ocasiones alcanzando a alguno de los desprevenidos muchachos.

Entonces Tomasa enfermó a causa de la diabetes y debió recluirse por varias semanas en un hospital. Lucrecia quedó bajo el cuidado de los hermanos, quienes aprovecharon para continuar con todo tipo de maltratos. Los vecinos sintieron compasión por ella, y cada día alguien le ofrecía comida y ropa, ya que sus hermanos le cerraban a puerta para que ella no ingresara a dormir, según ellos porque olía mal.

Una de esas noches fue abusada por varios hombres y producto de ello quedó embarazada. Cuando su madre salió del hospital y se enteró de lo sucedido, hizo todo lo necesario para que Lucrecia abortara. Sin embargo, ella no contaba con la reacción de su hija frente a lo ocurrido:

—Mi mamá me quitó a mi hijo, ella me lo hizo sacar de la barriga.

No diga bobadas, mija le decía la madre. Ese fue un sueño.

La salud de Tomasa cada vez se deterioraba más, entonces ella, presintiendo su desenlace, hizo los trámites para que su pensión fuera entregada a su hija menor, como única beneficiaria, dada su condición de vulnerabilidad. Sin embargo, los hijos mayores no estaban de acuerdo con esta decisión, y una vez más arremetieron contra la indefensa hermana.

Mientras tanto, Lucrecia había conocido a Manolo, un chico con síndrome de Down. Nadie comprendía cómo hacían los dos para entenderse, pero se llevaban muy bien. Decían ser novios y siempre andaban tomados de la mano o abrazados. Se los veía sentados en el parque, charlando animadamente, riéndose a carcajadas y en muchas ocasiones bailando sin ritmo con la música que ponían en los diferentes negocios ubicados enfrente. Ahora los chicos del barrio no solo molestaban a Lucrecia, sino también a Manolo, pero él, a diferencia de ella, nunca se enojaba, por el contrario, se reía ante las burlas. 

Después de una larga y penosa lucha contra su enfermedad, la señora Tomasa murió. Lucrecia lloraba inconsolablemente por la partida de su madre, su llanto era desgarrador y conmovía a todos los vecinos:

¡Ay mamacita, no me deje sola! ¿Qué será de mí sin usted?

Después del funeral de la madre, los hermanos decidieron que era necesario viajar hasta la capital para solucionar el tema de la pensión. Según ellos, debían llevar a Lucrecia para demostrar su discapacidad cognoscitiva y de esta manera lograr que le entregaran la pensión. A pesar de que su madre la había dejado a ella como única heredera.

Fue así como organizaron el viaje, los tres hermanos y Lucrecia. Después de veinticuatro horas por carretera llegaron a la ciudad de Bogotá.  Al tercer día decidieron caminar un poco para recorrer la ciudad, siempre iban los tres adelante y Lucrecia detrás, ellos se avergonzaban de ella y evitaban que los relacionaran como familiares. De repente, uno de los hermanos se detiene, y les dice a los otros:

Se nos quedó un documento por firmar, voy a traerlo y regreso.

Ah bueno dijo Pablo. Apúrate.

Te acompaño indicó el hermano de nombre Santiago.

Hacía mucho frío y Lucrecia estaba un poco aturdida por el intenso bullicio de la ciudad. Miró a su hermano Pablo y se le acercó. Él se alejó de inmediato y sin mirarla a la cara le dijo:

Quédate ahí. Ya vengo, voy a comprar algo. No te muevas de aquí.

¿A dónde va usted?

Que ya vengo, te dije.

Lucrecia se quedó en la acera, temblando de frío, asustada y sin saber qué hacer. Pasaron largos y tediosos minutos que se convirtieron en horas. Nadie volvió.

¿Usted sabe dónde está Pablo? preguntaba una y otra vez a los desprevenidos transeúntes.

La gente la miraba y seguía su camino sin pronunciar palabra.  Todo el mundo pensaba que se trataba de alguna loca o drogadicta.  A pesar del paso del tiempo, Lucrecia seguía firme en el sitio donde le habían dicho que se quedara. Esperaba que ellos volvieran. La oscuridad de la noche cubría la ciudad. Tenía hambre, frío y mucho miedo.

Sentía un nudo en la garganta y su corazón latía aceleradamente. Se creyó perdida, desolada y abandonada.  Empezó a llover y quiso refugiarse en algún lugar. Miró abrumada hacia todos lados, pero no había a donde ir. Dio el primer paso y se detuvo en seco, pero enseguida volvió a caminar. Sin rumbo, sin esperanzas, resignada a su destino en las solitarias y frías calles de la inmensa Bogotá.

Sus hermanos se habían encargado de que ella no tuviera ningún dato ni contacto a quien acudir. Días después ellos regresaron a su pueblo natal con la noticia que Lucrecia había salido a media noche de la habitación del hotel mientras ellos dormían. Que la habían buscado, pero, dado las ocupaciones de cada uno de ellos, no podían quedarse más tiempo.

En el pueblo todos intuyeron lo que había sucedido. Lucrecia había sido abandonada por sus hermanos, para quedarse ellos con la pensión. Pero no podían hacer nada y en realidad a nadie le importaba la suerte de la desdichada mujer.

Solo una persona lloraba su ausencia: su fiel Manolo, quien cada día iba a sentarse al parque con la esperanza de encontrarla de nuevo. Estaba triste, ya no reía con nadie. Tampoco volvió a bailar. Sin pronunciar palabras, levantaba la mirada cada vez que alguien se le acercaba, con la esperanza de que fuera ella. Un día no regresó. Poco después los vecinos se enteraron que Manolo había muerto a causa de un infarto.

Nadie volvió a saber de Lucrecia. Todos dicen que se perdió en Bogotá...

jueves, 14 de abril de 2022

Tomasina y el perverso

José Camarlinghi


En el centro del altiplano boliviano se encuentra el Uyuni, el salar más grande del mundo. El inmenso mar de sal se extiende entre cordilleras y las orillas están dominadas por arena, rocas y cactus. Allí, las comunidades Uruquellas sobreviven, bajo un sol inclemente, trabajando la tierra áspera y seca. Son innumerables los conos  volcánicos, pero uno se destaca imponente, el Thunupa. Aunque, deberíamos decir la porque es hembra. Es el único volcán que es mujer. La mitología andina cuenta que, cuando las montañas caminaban como lo hace hoy la gente, ella fue la más bella de la tierra. Tanto que provocó enfrentamientos entre las otras montañas para ganar sus amores. Hoy en día es considerada una gran diosa y recibe cultos y ofrendas. Para los habitantes de las laderas su dominio es indiscutible.

A un lado de Thunupa está un cerro menor que muy difícilmente podría ser llamado montaña, el Suluma. Nunca ha sido un personaje importante. Los mitos ni siquiera lo tienen en cuenta. Jamás tuvo el tamaño o la belleza, ni siquiera la valentía, para intentar conseguir el amor de la más bella, y por eso es un resentido. Como tal, no se atreve a enfrentarse a la diosa; lo que hace es castigar a quienes la adoran. Todos los que viven en los alrededores saben de la perversidad de ese viejo amargado. Los adultos recomiendan a los niños no ir nunca a sus laderas y ellos mismos no se animan a pasar por sus dominios. Es un demonio, dicen, solo cosas malas pasan a los que se atreven a visitarlo.

Me enteré de Suluma y de Tomasina al mismo tiempo, cuando tomé el bus que conecta los pueblos del norte del salar. Me senté al lado de una señora mayor que en el momento de atravesar el paso entre Thunupa y Suluma, sacó un cuchillo que apuntó en dirección del último. Me asusté ese momento al observarla con los ojos cerrados y farfullando quien sabe qué conjuros. Unos metros más abajo, lo guardó y continuamos el viaje. Unos días más tarde conté a mi amiga Lupe, habitante de Jirira, el episodio. Entre risitas ella me relató la historia de la mujer y el cerro. Un par de años después descubrimos, junto a mi amigo Álvaro que hacía su tesis de sicología sobre embarazos imaginarios, los poderes alucinógenos de las tunas, frutos de los cactus que crecen en la base del cerro.

En los años en que Tomasina era niña, en la segunda década del siglo XX, no había escuela en Jirira, un pequeño poblado en la falda sur de la diosa mayor. Y aunque hubiera habido, ella no habría asistido. En esas épocas se consideraba que las niñas tenían que aprender todo de sus madres y ayudar a la familia asumiendo las labores domésticas y los trabajos agrícolas. Más aún en su casa porque el padre había fallecido en un accidente unos años atrás. Ya siendo adolescente, una de sus tareas principales era llevar a pastar las ovejas. Salía a media mañana, después de haber acarreado agua del pozo y preparado la comida, y se quedaba con ellas hasta la tarde. Le gustaba hacer ese trabajo. No era muy complicado y podía pasar gran parte del día lejos de la miraba severa de la madre. Pasaba el día soñando e inventando una y otra idea para liberarse de su progenitora. Lo cierto es que había una sola manera para una joven campesina y esa era casarse. El matrimonio era, además, el objetivo fundamental para cualquier mujer. Era impensable la existencia sin un hombre. Una mujer sola, no tenía casi ningún derecho. Era considerada una paria.

Un día volvió a la casa y al ingresar el rebaño al corral la mamá se dio cuenta que faltaba una. Le jaló las orejas, le dio un par de palmadas en el trasero y la mandó a buscarla. No tardó en encontrarla y para desquitarse de la rabia, la condujo de vuelta a  patadas y pedradas. Esa noche, como castigo, no tuvo cena. ¡Qué hambre que pasó! 

Por eso fue que cuando la contumaz y rebelde oveja se separó nuevamente del rebaño y se fue a pastar en los campos del cerro vedado, no le importaron a Tomasina las advertencias que había escuchado toda su corta vida y se internó en las faldas del proscrito con intenciones de dar una verdadera paliza a la oveja que le provocaba problemas. El animal, al intuir que su pastora venía con rabia recargada hizo varias maniobras para evitarla. Tomasina, cada vez más frustrada, intentaba adelantarse para cerrarle el paso y molerla a golpes. A pesar de todos sus esfuerzos no logró acercarse lo suficiente, aunque sí consiguió que volviera al rebaño.

Cansada, se sentó un momento y entonces se percató que los cactus estaban dando frutos. Las tunas estaban ya en su punto y ella se las ingenió para cogerlas y pelarlas sin espinarse. Sabían magníficas: dulces, carnosas y con mucho jugo. No se dio cuenta de cuantas había comido. Satisfecha se sentó nuevamente y observó a su alrededor. Estaba en pleno Suluma. Se puso un poco nerviosa, pero lo cierto es que no había pasado nada malo. Se preguntó por qué los adultos siempre prohibían a los niños de hacer cosas. Cuáles eran las razones, ella no las entendía. Entonces se sintió confortablemente cansada. Pensó que el haber estado correteando detrás de la oveja la había hecho dar sueño. Se echó en la arena y miró las nubes. ¡Nunca antes se había percatado que tenían formas! Una parecía una vizcacha, otra un llama y otra un colibrí. Sonriendo al descubrir las semejanzas se quedó dormida.

«Mi señor, los acontecimientos se precipitan. El último Ejército Realista ha sido derrotado en las pampas de Ayacucho, La gobernación de Nuestra Señora de  La Paz se ha rendido anteayer y un ejército de rebeldes viene hacia el sur degollando a todos los realistas. Es hora de abandonar Salinas y que su Señoría se ponga a buen recaudo. En unos días podrá embarcarse en algún puerto del Pacífico, Antofagasta... probablemente y de allí partirá a la Madre Patria. Mi señor... le ruego, no dude ni un minuto más que ya todo está perdido. La corona ha perdido la guerra y las Indias son ahora libres e independientes. Empaquemos todo el oro que tiene usted en el depósito, carguémoslo a las mulas y emprendamos el retorno a España. Yo ya hice preparar treinta burros para que pueda usted llevarse todas sus pertenencias. Bueno, sobretodo el oro mi señor. Con él podrá adquirir nuevamente las cosas que deja atrás. Yo le cubriré la retaguardia y le daré alcance más adelante...»  A la madrugada salió del pueblo de Salinas, lo más silenciosamente posible, la caravana de burros. Veintisiete de ellos iban cargados cada uno de un quintal de oro puro. Era la fortuna que el descendiente de García Mendoza había amasado en las minas de oro que estaban en la meseta, a un lado del pueblo.

La despertó un sueño horrible. Nunca supo de qué se trató porque al sentarse de golpe,  la realidad le pareció peor que la pesadilla. Sintió algo frío y húmedo que bajaba por sus piernas. Cuando levantó su falda, le dio un vuelco al corazón. Era una serpiente. Se levantó como con un resorte y salió corriendo a la velocidad que daban sus piernas. Se cayó y golpeó varias veces, pero no se detuvo hasta entrar en su casa. La madre, escuchó al principio una especie de aullido que fue creciendo. Nunca se habría imaginado que ese alarido venía de la boca de su hija.

Tomasina estaba toda golpeada y arañada. La madre asustada hacía de todo para calmarla, pero ella continuaba con los quejidos de terror. La abrazó, le pasó paños húmedos por la frente, hasta le dio un par de sopapos porque no se callaba y finalmente se puso a llorar con ella. Al principio pensó que alguien había atacado a su hija. Como nunca lamentó que su marido esté enterrado en el cementerio. Él habría reaccionado inmediatamente y hubiera salido a buscar respuestas y responsables. Ella, sola, tenía primero que cuidar a su niña.

Ya entrada la noche, la pequeña vomitó y pudo finalmente dormir. La madre afligida recién se acordó del rebaño y salió a buscarlo. Para su sorpresa, las ovejas estaban ya retornando. Lentamente, extrañadas de no tener a su acompañante habitual y con seguridad conducidas por el miedo a la noche y sus depredadores. Una vez que las puso en el corral salió a investigar qué había pasado esa tarde.

Todos en la comunidad habían escuchado el bramido estremecedor de Tomasina. En las familias ya habían hablado al respecto; un acontecimiento como ese no se pasaba por alto. Uno de los niños la había visto dirigirse hacia el Suluma. No quiso creer la historia incluso cuando un viejito confirmó la versión. Él había tratado de llamarla, sin embargo su voz ya no tenía potencia y la niña caminaba muy rápido para intentar siquiera alcanzarla. No les creyó; alguien había atacado a su hija y lo estaban ocultando. Por un instante pensó que si el atacante era humano, tendría que responder por sus acciones; pero si era el demonio del cerro, no había nada que hacer. Apenas pegó un ojo esa noche. Justo cuando ya aparecía una luminiscencia en el horizonte el cansancio fue más fuerte que la preocupación y cayó en un sopor profundo.

Unos minutos más tarde la niña se levantó y fue a prender la cocina como siempre solía hacerlo. La madre, que justo en ese momento había caído dormida, se despertó con el ruido de las llamas que bramaban al empujar el aire caliente por la chimenea de metal. Miró fijamente a su hija y esta al percatarse de la mirada le sonrió.

—Buen día mamá —dijo como todos los días.

La señora se quedó sorprendida por la actitud de su hija. No habló del tema hasta después del desayuno. La retuvo antes de que fuera a pastar y ante la mirada extrañada de la niña le preguntó qué le había pasado ayer. Tomasina la miró sin comprender.

—Ayer —le repitió—, llegaste gritando como una loca y dejaste las ovejas solas con su suerte.

La niña soltó una risita nerviosa y al instante la cortó de golpe al ver que su madre hablaba muy seria. No supo qué responder.

—¡Dime que te pasó, no seas tan testaruda! —dijo alzando la voz.

La niña abrió muy grandes los ojos y al no poder recordar nada se puso a llorar por varias horas. La madre, esta vez sumamente asustada le acompañó con llantos y gritos tan desesperados que reunieron a casi todo el pueblo frente a la casa. Al final de la tarde vino la madrina de Tomasina y se disculpó por no haber acudido antes porque recién se había enterado que la niña había tenido un percance. Le confirmó que varios niños la habían visto caminando hacia el malévolo cerro. La madre se tapó la boca con ambas manos y sintió remordimiento por haber gritado a su hija. Sin duda alguna el viejo y vicioso cerro había realizado algún retorcido maleficio contra su hija. Inmediatamente le pidió a su comadre que fuera en busca del yatiri, el chamán,  para que intentara alguna curación.

La caravana de burros avanzaba lentamente a través la pampa cenagosa. Por suerte era el principio de la época seca y no había necesidad de caminar por las orillas como en la época de lluvias, cuando el extremo norte del salar absorbe agua y se convierte en una gigantesca trampa de arenas y sales movedizas. Don Rodrigo García, propietario del inmenso tesoro iba a caballo. Su mujer y sus dos hijos sentados en una carreta. Ella lloraba en silencio mientras los dos niños dormían sobre las pertenencias que habían decidido llevar a España. El sol los encontró en plena pampa, esa que llaman la Pelada porque absolutamente nada crece allí. En ese instante el viento les hizo llegar los ecos de los disparos y los gritos de los combates en el pueblo. Habían salido a tiempo. A mediodía el sol quemaba como verdadero horno. Ni una sola nube en el azul. La caminata se convertía en un viaje surrealista en una planicie yerma. Los alrededores habían ya perdido toda resemblanza con la realidad a causa de los espejismos y las lejanas montañas se distorsionaban mientras flotanban en un mar turbulento. La marcha parecía que no los llevaba a ninguna parte. Cuando miraban hacia el paisaje tenían la sensación de que no avanzar nada y que era la tierra la que se movía debajo sus pies. A media tarde se les acabó la provisión de agua. Con el apuro no habían calculado bien y no llevaron la cantidad suficiente. Acamparon al filo de la noche y comieron en seco. Ni la maravillosa explosión de estrellas, ni el  intenso frío les calmó la sed.

Pasaron un par de días antes de que el hombre mágico llegara. Tomasina empeoraba. Había dejado de comer  y en las noches se levantaba de su lecho y caminaba como alma en pena quejándose. La madre también tenía ojeras; casi no dormía. La segunda noche la niña se levantó de dormida y caminó fuera de la casa. 

La madre roncaba rendida por la velada anterior y no se dio cuenta de lo que acontecía. Soñó con sus ya fallecidos padres: Atardecía y estaban los tres sentados en esa misma casa esperando al novio que le habían escogido. Ella, entre sus padres, mirando el suelo, escuchaba silenciosamente de las virtudes del escogido. El tiempo pasaba, la escena se repetía interminablemente y una inexplicable angustia crecía dentro de su pecho. Finalmente el portón se abrió y entró una sombra. Los padres invitaron al novio a que se acercara. Miró hacia el hombre sin levantar el rostro. La sombra avanzó hasta llegar al último haz de luz del día que entraba por la pequeña ventana de la habitación. Él estaba todo vestido de negro, el poncho, el sombrero y los zapatos. Levantó una mano oscura y agrietada con la que se sacó el sombrero y mostró su horroroso rostro y los ojos diabólicos. La joven no pudo creer que sus padres la obligaran a casarse con semejante esperpento y dio media vuelta para mirarlos a la cara y los encontró echados en el suelo, con los brazos cruzados en el pecho como los había visto por última vez, a cada uno a su tiempo, antes de enterrarlos. Despertó gritando y al percatarse que no había nadie a su lado. Salió de la casa golpeándose con las cosas y paredes.

—¡Tomasinaaaa! —gritaba desesperada.

Algunos vecinos se despertaron con el alboroto y salieron para ver qué sucedía. Alguien gritó que estaba por los sembradíos. Se podía ver, en la clara luz lunar, una sombra que como autómata caminaba por los campos de quinua en dirección al cerro Suluma.

—¡Agárrenla por favor!—se desgañitaba la madre llorando desgarradoramente.

Unos jóvenes le dieron alcance y la tumbaron al suelo. Llegó la madre apenas y sin aliento para encontrar a la hija con la mirada perdida y sin reconocer a nadie. 

Para cuando llegó el yatiri, ya eran tres noches que la madre pasaba en vela y tenía una mirada tan perdida como la de la hija. Tuvo que ser la madrina la que acompañara a Tomasina, porque es obligación de los padrinos sustituir a los padres cuando ellos ya no están presentes, en el ritual para recuperar su alma. Era evidente, dijo el chamán, que el espíritu de la niña se había desprendido y se había quedado con el genio del cerro y eso era lo que el cuerpo dormido iba en busca.

Llegada la cuarta noche, sedaron a la madre y salieron Tomasina, la madrina y el yatiri hacia el lugar donde se llevan a cabo los rituales, al pie de la poderosa Thunupa. Allí se celebró la ceremonia que concluyó luego  las exclamaciones del hombre invocando a todos los dioses magnánimos del Ande, sin olvidarse, cabe recalcar, del todopoderoso cristiano, llamando al alma de Tomasina a que retorne a su propio cuerpo.

—¡Tomasina! ¡Vuelve! —gritaban repetidamente— ¡Vuelve mamita, ven!

En medio de los gritos empezó Tomasina a sollozar como si la hubieran despertado de una pesadilla.

—¿Por qué me llaman tanto si estoy aquí mismo? —le preguntó a su madrina. Inmediatamente la mujer dio un grito de júbilo y abrazó fuertemente a la niña.

Pasaron unos meses en el transcurso de los cuales no se habló más del tema. Tomasina continuó con su vida normal. Por si acaso, la oveja desobediente y cómplice del Suluma terminó una noche en el horno y su carne se comió por varios días. Y aunque todo el mundo se había olvidado del asunto, la madre no  lo había podido hacer porque su hija ya no era la misma desde el incidente. Con todo, se conformaba con tenerla sana y salva a su lado. No sabía que el calvario de su retoño sólo había empezado y que duraría toda su vida. A los dos meses del fatídico encuentro, la madre empezó a sospechar que algo no iba bien. La palidez continua en sus mejillas o las nauseas que intentaba ocultar no eran normales. Poco después de cumplidos los tres meses Tomasina empezó a tener un hambre feroz y se la pasaba comiendo casi todo el día. La madre pensó que esa era buena señal y que la niña estaba ya sana. A los cinco meses Tomasina se había convertido en una gordita que provocaba piropos de parte de los jóvenes de la comunidad. 

Al siguiente mes era evidente que el vientre de la jovenzuela engordaba más que el resto del cuerpo. La madre horrorizada no quería admitirlo, ¡Su hija parecía embarazada! Pero si no le había conocido ningún pretendiente, además desde el incidente en el cerro se había vuelto mucho más introvertida y casi no hablaba con nadie... justo al terminar estos pensamientos se dio cuenta de la verdadera dimensión de la tragedia. ¡Su hija había sido seducida por el Suluma!

Llegaron las fiestas patronales del pueblo. Tomasina estaba muy emocionada pensando en los jóvenes que vendrían y que probablemente se interesarían en ella. La madre con cierta reticencia desempolvó los ajuares de su matrimonio y preparó la ropa para que su retoño se vea presentable en las recepciones que se avecinaban. Estaba llegando el día que tanto había temido en el que un desconocido se robaría al amor de su vida. Cuando le hizo probar las polleras para ver si necesitaban arreglo, observó con preocupación el tamaño de la barriga. Malos pensamientos empezaron a acosarla.

La fiesta fue un desastre para Tomasina. Ningún joven se acercó a ella, ni siquiera para conversar. Todos la miraban, cuchicheaban y se reían. Alguien se había percatado del vientre crecido y el rumor de que estaba embarazada corrió por toda la orilla norte del salar.

—El padre es el Suluma —decían algunas malintencionadas.

—No te vas a acercar a ella —advertían otras a sus hijos.

—Es la novia de ese demonio —concluían con sonrisas torcidas.

Cuando ella se acercaba a algún grupo de chicas de su edad, una a una ponían excusas para irse y dejarla sola. Tomasina desconsolada no entendía por qué todos, y sobre todo los muchachos, la evitaban. Ni ella ni su madre se enteraron de los dimes y diretes hasta ya pasadas las fiestas. La comadre le contó a la mamá lo que todo el mundo daba ya por un hecho: Tomasina era la mujer del demonio y nadie se atrevería a tomarla como compañera; ni siquiera como amiga.

La madre no tuvo corazón de contarle la verdad; lo que fue peor. La muchacha se enteró de la peor manera una tarde que fue a la casa de una de sus amigas de infancia llevando una canasta de pan como regalo. Ni siquiera le dejaron entrar. Le cerraron la puerta en la cara después de gritarle que no querían nada de la futura madre de un engendro. Lloró por varios días y con ella su mamá.

A poco tiempo llegaron a su casa los miembros de una de las cientos de iglesias protestantes que pululaban la tierras altas. Querían exorcizar a la niña y provocarle un aborto. La madre los espantó a escobazos y les juró que si volvían los mataría. Fue entonces que varias sectas se prepararon para el apocalipsis que juraban vendría después del nacimiento del que ya llamaban el anticristo.

Pasaron los meses y se acercó la que se suponía sería la fatídica fecha. Tomasina no volvió a salir de su casa por miedo y poco a poco se fue aislando. El día que se cumplían los nueve meses, el pueblo se quedó vacío. Sólo la madrina de la niña decidió quedarse para ayudarlas en el parto. Los más viejos, porque no podían viajar o no tenían dónde ir, se encerraron en sus casas, sacaron sus santos y crucifijos, prendieron velas y oraron hasta caer dormidos.

Al día siguiente siguieron avanzando por el desierto hasta encontrar, a media mañana, el extremo de la península del cerro llamado Suluma, cuyas faldas orientales terminan abruptamente sobre el mar de sal. Desde la costra blanquecina del salar observaron que algunos cactus tenían frutos. Don Rodrigo mandó a sus peones a recolectarlos porque es sabido por todos que estas plantas almacenan grandes cantidades de agua y producen jugosos y sabrosos frutos. Todos ellos se dieron un festín con los frutos sin sospechar siquiera que habían entrado en los dominios del viejo demonio. No pudieron reiniciar su marcha porque todos y cada uno de ellos fueron agredidos por los poderes malignos del Suluma. A uno de ellos lo atacó un gran ojo flotante en el aire; otro se vio rodeado de serpientes de todos los colores y tamaños, otro sintió disolverse en la sal, Don Rodrigo se puso a hablarles a los burros discurseando los orígenes divinos del Rey de España. Todos habrían sucumbido en el implacable sol altiplánico si no hubiera sido por el lugarteniente que, como había prometido a su señor, dio alcance a la caravana después de haber distraído a los sublevados en Salinas. El lugarteniente los encontró a todos delirantes y deshidratados, balbuceando locuras. Les dio de beber, descargó las pertenencias de don Rodrigo y su familia de la carreta y los subió a todos. Él sabía que sólo no podría arriar a los treinta burros de manera que decidió tomar una sola carga de oro y la puso en el caballo.  Descargo el resto del oro y lo escondió en unas pequeñas cuevas ubicadas en las faldas rocosas del Suluma, a orillas del salar. Cubrió la entrada de las cuevas con otras rocas, se subió en la carreta y reemprendió el viaje hacia la costa del Pacífico. Se cuenta que a el barco en el que volvían a España lo atrapó un huracán. La ubicación del tesoro se perdió para siempre.

Luego de una semana volvieron los primeros vecinos. Se apostaron en el paso que justamente está al lado del cerro maldito y trataron de observar si había algún peligro. En la distancia solo pudieron observar a Tomasina llevando sus ovejas de vuelta a su casa. Parecía como si fuera un día cualquiera. Con mucha cautela se acercaron a la población y entraron en sus hogares. Intentaron escuchar los sollozos del bebé, pero solo escucharon el viento. Poco a poco, a lo largo de esa semana, volvieron casi todos. Hablaban entre ellos y se preguntaban por el recién nacido y sin embargo nadie se atrevía a ir a averiguar. Cuando veían que la muchacha caminaba por el pueblo, la observaban escondidos y confirmaban que ya no tenía barriga.

—El Suluma ha debido venir y llevarse al niño —decían.

—Ha debido ser un monstruo —conjeturaban.

—Han debido hacer un pacto con el demonio… ¿Qué habrán conseguido a cambio? —se preguntaban—. ¿Y dónde estará el niño?

Los chismes continuaron hasta que poco a poco el tema se desgastó y lentamente ella pudo volver a su vida normal. Si alguien les hubiera preguntado qué pasó con el embarazo, se habrían enterado que no había pasado nada. La noche del supuesto parto pasó sin ningún evento. Tanto la madre como la madrina se habían preparado y esperaron que la niña empiece con los dolores, pero pasaron las horas y se durmieron de aburrimiento. Todavía pensaron que, como suele suceder con algunos casos, el alumbramiento se atrasaría. Pasaron los días, tantos que se olvidaron del asunto y volvieron a sus vidas cotidianas. Un año más tarde ya ni barriga había.

Tomasina no pudo conseguir marido. Ningún joven, ni tonto ni inteligente, se animó a coquetear con la novia del malvado Suluma. Se quedó soltera y sin descendencia a pesar de que su madre, en el lecho de muerte, le hizo prometer que dejaría esas tierras y buscaría marido en otros lugares. El mismo día del entierro, cuando volvía del cementerio acompañada por casi todo el pueblo, Tomasina se dio cuenta que estaba absolutamente sola en este mundo y si algo tenía eran la casa y la tierra que había heredado; no tenía intenciones de abandonar su pago. Miró al cerro con profundo odio y resentimiento y escupió en su dirección. La gente que acompañaba la procesión, más por tradición que por verdadero sentimiento, se miró de reojo y esbozó solapadas sonrisas. Al llegar a la casa todos se acomodaron en el patio esperando dar comienzo al luto, que, como en muchos lugares de este mundo, se celebra con comida y bebida. Sin embargo, tan pronto los autoinvitados se acomodaron, ella salió de la cocina con el cuchillo más largo que tenía, atravesó el patio frente a los asombrados ojos de los paisanos y con pasos apurados se dirigió hacia el cerro en busca del demonio. Los vecinos no pudieron entender lo que sucedía en ese instante y les tomó unos minutos comprender que no habría festejo. Uno por uno salieron de la casa y se quedaron paralizados comentando en voz baja mientras miraban la determinación con la que la mujer caminaba en dirección del Suluma. Luego volvieron a sus casas con el estómago vacío, contrariados porque no se mantenía la tradición y con la confirmación de que a Tomasina le faltaba un tornillo. Al anochecer uno de los vecinos se cruzó con ella volviendo frustrada y con el cansancio en los ojos.

—El maldito me tiene miedo —le dijo—. No quiso aparecer.

Se pasó de largo blandiendo su cuchillo y continuó con su vida.