Moisés Panduro
Un gran círculo humano se había formado alrededor de las dos nuevas
religiosas. En el patio principal del hospicio que regentaban las Hermanas de
San Camilo, los ancianos acogidos esperaban con expectativa el inicio de la
reunión.
Sor Luciana tomó el micrófono, saludó a todos y pidió que, a modo de
darles la bienvenida a las recién llegadas, cada uno se presente y brinde un
testimonio de su estancia en aquella antigua casona virreinal convertida en
asilo a fines del siglo veinte.
El ingreso a la añosa edificación se hacía a través de una puerta de
estilo medieval que en su parte exterior tenía adosado un aldabón con la cabeza
de un melenudo león. Cruzando el zaguán, al lado derecho del primer patio, había
una capilla, un tinajón y un árbol de higuera que según se decía tenía ya cuatrocientos
años.
En el nivel inferior resaltaba una secuencia de gruesos arcos de
ladrillo que sostenían las estructuras superiores a las que se accedía por
escaleras de madera. El patio principal en la zona interior estaba flanqueado
íntimamente por pequeños departamentos.
Cuando
le tocó testimoniar al hombre al que todos llamaban «El profeta», sor Fátima, la otra religiosa llegada
de París, se acercó a él para entregarle el micro. Algunos de sus compañeros se
rieron de buen gusto: «No necesita micrófono». Otros aguardaron
en silencio:
desde su ingreso al hospicio el «profeta» no había pronunciado una sola palabra.
Era alto, de piel pálida. De su testa caía una profusa y plateada pelambre que,
al tocar su exuberante barba, cubría parcialmente su rostro. Eso y la raída camisa
blanca manga larga que llevaba puesta le daban un aire de profeta de la
antigüedad.
De repente, los ancianos arquearon las cejas. De la risa y el silencio pasaron
al asombro: «El profeta» estaba pronunciando algo ininteligible, pero fluido. Dmytro
Zabolotny avanzó unos metros hacia él. No podía creerlo. ¡El mudo estaba
hablando en ucraniano! ¿Dónde lo habría aprendido?
Una vez que estuvo a su lado, Zabolotny levantó la mano para llamar la
atención de Sor Fátima. Apuntó, primero, al micrófono, y luego a sí mismo, moviendo
rápidamente sus dedos delante de sus labios, varias veces. Él sí entendía al «profeta» y podía traducirlo.
Hacía menos de un año que lo vio entrar al asilo. Una asistente social conducía
al nuevo inquilino a la habitación que ocuparía. Su aspecto callado y su andar
cabizbajo lo habían aislado desde su llegada. Era la última persona con quien él
hubiera entablado una amistad.
Sor Fátima puso el micrófono a equidistancia del orador y el flamante
traductor. «El profeta» reinició su perorata.
«Dice
que agradece por estar aquí, que le dan buena comida y cuidan su salud. Le agrada
que le digan “El profeta”, pero que su verdadero nombre es Tymofiy Bondarenko…»
Se le saltaron los ojos a Zabolotny.
«¡¿Cómo?! ¡Un momento!», gritó. Tardó
un segundo en darse cuenta de que había hablado en español cuando debía
hablarle en ucraniano.
—¡¿Tymofiy…?!
¡¿…Bondarenko?!
—Sí,
ese es mi nombre —respondió el barbado, en su idioma, calmadamente.
—¿¡Bondarenko!?
¿De Andriivka?
Todos
seguían el diálogo, pero no comprendían.
—Sí,
¿cómo lo sabe?
No
pudo continuar. Se abrazó a él con todas sus fuerzas.
—¡Hermano!...
¡hermano! ¡Soy yo, Dmytro! ¡Dmytro Zabolotny, de Oshinia!
Bondarenko
parpadeó por un segundo. Luego abrazó a Dmytro, lentamente, con sus músculos
estremeciéndose. Un murmullo recorrió el hospicio. Por sus rostros corrían indetenibles
lágrimas.
En
el año mil novecientos cuarenta y uno, Dmytro Zabolotny hacía lo que sus
ancestros hicieron todo el tiempo del que tenía recuerdo: Sembrar la tierra en
las fértiles llanuras de Ucrania. Su padre había sido un campesino ilustrado que
integró las guerrillas independentistas contra los bolcheviques de Ucrania y
contra el Ejército Rojo que en mil novecientos dieciocho los invadió a gran
escala cuando intentaron emanciparse después de la caída del zar.
Ese
año nació Dmytro. En tanto, su progenitor combatía en las montañas. La historia
de su pueblo solía contar que al gran Olek, el de fusil al hombro y kubanka
en la cabeza, le gustaba citar una frase bíblica: «Llegará el día en que las armas se convertirán en arados».
Dmytro
creció y se casó cuando apenas tenía veinte años. Aunque sus cosechas eran
confiscadas por el régimen estalinista, su felicidad la marcaban sus dos
pequeñas: Irochka y la recién nacida Mariya.
En
la vida de los pueblos que luchan contra la opresión, unos breves años de sufrido
sosiego pueden ser el preludio de cansados años de guerra. Un día, la Alemania
nazi invadió la Unión Soviética. Y al siguiente día, Dmytro ya era reclutado
para servir en el mismo ejército contra el cual su padre había combatido. Las
armas demoraban en convertirse en arados, y, al fin y al cabo, Ucrania debía
defenderse.
Los aviones alemanes bombardeaban desde el amanecer las trincheras que
Dmytro y sus compañeros ocupaban. Alrededor de las diez de la mañana, el rugido
de motores sobrecargados, el crujido metálico constante y el sonido húmedo de
la succión del lodo, anunciaban la cercanía de los tanques del enemigo listos
para romper las líneas de defensa del Ejército Rojo.
Ningún comandante soviético podía evacuar sus trincheras y replegar sus
fuerzas ante el inminente cerco de las tropas alemanas. Cualquier contravención
a esa orden era penada con la muerte. La guerra era una despiadada carnicería
que arrancaba vidas sin lugar a quejas y sin nadie que rece por las almas.
Una tarde, durante un feroz contraataque alemán, Dmytro Zabolotny quedó aislado
junto a un compañero. Mientras corrían por un estrecho camino entre los
matorrales, las balas silbaban sobre sus cabezas y las bombas caían en furiosa
danza a su alrededor.
Un artefacto estalló a su lado y sintió unas esquirlas incrustándose en su
pierna derecha. Algo voló por los aires y cayó pesadamente unos metros
adelante. Sangrante, rengueando, se acercó y quedó horrorizado al darse cuenta de
que lo que yacía en el suelo era el tronco y la cabeza de su compañero. La
bomba le había partido por la mitad, pero seguía vivo. Se arrodilló al notar que
el agonizante intentaba levantar la mano. Por un par de segundos cruzaron
miradas hasta que su compañero cerró sus ojos lentamente.
Zabolotny voló con la mente a su pueblo, pensó en su esposa y sus niñas. Pensó
en que ese soldado podría ser él. Se metió al interior del bosque y se sentó al
pie de un árbol. Retiró las esquirlas y vendó sus heridas para luego derrumbarse
en un profundo sueño. Al despertarse, notó que detrás de los árboles empezaba a
salir el sol. Se incorporó y dirigió hacia el punto donde seguía el medio
cuerpo de su compañero. Lo asió y lo arrastró hacia un matorral. Removió la
hojarasca e improvisó una tumba con ramas y barro. Se dio tiempo para colocar
una cruz.
Tomó un descanso. «Debo
buscar mi unidad», se dijo. Desorientado aún, sólo
atinó a alejarse del lugar.
En su camino encontró aldeas en ruinas. Era difícil saber quién las había
destruido. Por un lado, los nazis asolaban los pueblos en su marcha hacia
Moscú. Hitler ordenó quemar casas, granjas y cosechas para dejar sin comida ni
refugio a los soviéticos. Stalin dio idéntica orden al Ejército Rojo en
aplicación de su táctica de tierra arrasada para privar al ejército nazi de abrigo
y suministros, en su intento de detenerlo. La guerra destruía pueblos completos
y, en la generalidad de las veces, no dejaba rastro de familias enteras.
En una aldea incendiada a la que llegó, los montones de adobe se sucedían uno
tras otro. Los pies le ardían con cada porción de barro que se metía en sus
botas agujereadas. De los restos de madera y techos de paja continuaba saliendo
un espeso humo que, al mezclarse con el viento gélido, le obligaba a detener la
respiración, sobre todo por ese persistente olor a carne quemada. De rato en
rato, un cañoneo lejano o el lloriqueo agudo de algún perro hambriento, interrumpía
el dantesco silencio.
Un ligero mareo le indicó que era urgente encontrar comida. Se detuvo en
una casa a medio quemar. Entre los escombros pudo llegar a una alacena. Tuvo
suerte y encontró conservas y pan negro. En ese momento, captó un quejido
imperceptible. Sus oídos se aguzaron. Siguió entrando en dirección al lugar desde
donde procedía el quejido. Escuchó una respiración fatigosa. Miró hacia el
fondo y distinguió un hombre con el uniforme del Ejército Rojo hecho trizas.
Apartó trabajosamente las vigas y adobes que lo aprisionaban, lo extrajo y lo
puso a la sombra de un viburno.
El soldado estaba herido, pero no de gravedad. Su estado de inanición era
agudo. Le convidó agua y le ofreció la carne y el pan que había encontrado.
—Gracias,
camarada, algo salió mal.
—¿Cómo
sucedió?
—Estábamos
evacuando este pueblo, pero se apareció un batallón de nuestro propio ejército cuyo
comandante ordenó que nos retiremos. Hicieron disparos al aire, lanzaron bombas
y prendieron fuego a las viviendas y negocios. Logré que una madre y sus tres
niños se fueran por la huerta de la propiedad donde me encontraste.
—¿Y
cómo es que te quedaste atrapado?
—Quería
llevar al gato conmigo, pero en ese instante la casa se desplomó y me quedé aprisionado.
Para mi suerte, las llamas no prendieron del todo.
—¿Y
qué le ocurrió al gato?
—Se
fue, yo era un extraño para él.
—¿Cuándo
ocurrió eso?
—Hace
dos días.
—Mucho
gusto, mi nombre es Dmytro Zabolotny, de Oshinia, para servirle, camarada.
—Y yo soy Tymofiy Bondarenko, de Andriivka.
Después de recuperar fuerzas, convinieron en que no podían quedarse allí.
En el camino fueron conociéndose un poco más.
—La mujer y sus
tres hijos que lograste evacuar a tiempo podrían haber sido mi mujer y mis
niñas —comentó Dmytro, sentado sobre la roca de
una ladera, el fusil entre manos, y con la mirada vaga en el horizonte. —¿Y
sabes qué?, daría lo que sea con tal de estar con ellas, jugar entre las flores
y cantarles canciones.
—Me has salvado la
vida, así que en reciprocidad te acompañaré a buscarlas —respondió
Tymofiy, tomándole del hombro.
—Tenemos el deber
de buscar nuestras unidades y reincorporarnos a los combates.
—Mira, tengo la
seguridad de que los alemanes no soportarán por más tiempo las condiciones del
clima y la presión de nuestro ejército. A fines de este año estarán fuera de
nuestro territorio. Te propongo que caminemos en dirección a Oshinia y si en el
camino encontramos una unidad nos incorporamos. Lo importante es moverse.
«Es una idea justa», pensó Dmytro.
«La guerra es el peor invento de
los hombres para sentarse a conversar de paz», reflexionó Tymofiy.
Tymofiy Bondarenko había sido marino mercante en una compañía del mar
Caspio antes de ser reclutado por el Ejército Rojo. Fue uno de los pocos
miembros de su familia que se había resistido a emigrar a Brasil, el país
sudamericano que los ucranianos veían como la tierra promisoria para conquistar
la paz y la prosperidad, dos antiguos anhelos que su nación no había podido alcanzar.
«Antes de la guerra hice planes con
mi novia Zolushka para emigrar a Italia, pero la invasión nazi nos despojó de
ese anhelo. No sé qué será de ella. En su última carta me contó que estaba viva
de milagro. Una tarde asistía como enfermera al médico que estaba realizando
cirugías extremas a soldados malheridos que llegaban del frente. En medio de
una operación, el cirujano necesitaba unos apósitos y pidió a Zolushka que vaya
a traerlos de la farmacia, pero cambió de opinión y le dijo que iría él. En el
instante que daba el paso para salir de la tienda de campaña, una bomba enemiga
cayó sobre él. Los fragmentos del doctor que unos segundos antes cortaba carnes
y aserraba huesos, se esparcieron al interior. Fue terrible».
Iban por una carretera cuando a lo
lejos divisaron una unidad de infantería del Ejército Rojo. Corrieron a darle
encuentro. Fueron informados de que el batallón se dirigía en dirección a Prusia
Oriental con la misión de participar en la toma de esa provincia. Así fue que Dmytro
y Tymofiy formaron parte de las tropas que en enero de mil novecientos cuarenta
y cinco cruzaron la frontera alemana-soviética y combatieron en la batalla de
Königsberg.
Dmytro fue herido gravemente en un
asalto. «Nos volveremos a ver, Zabolotny, no lo dudes, amigo», gritó Tymofiy acercándose,
con el arma empuñada, a los camilleros que lo llevaban. De regreso a su
trinchera y dirigiéndose al sanitario le pidió que cuiden de él, que tiene
hijas y que es el mejor amigo que había conocido.
Zabolotny fue intervenido en un
hospital de campaña que operaba en la retaguardia y después fue transferido a
un hospital en Kyiv.
Nunca más volvieron a verse. Hasta
ese día en el hospicio de San Camilo.
Cuando Dmytro se recuperó, Hitler
ya había caído. El régimen nazi ya no era más. Decidió retornar a Oshinia. La
encontró en ruinas. Su peor temor se había hecho realidad. Su casa ya no
existía. Cerca de la salida, una anciana que no fue evacuada le contó que los
habitantes del pueblo: mujeres, jóvenes y niños habían sido llevados a un lugar
en el mar Caspio. Las noticias decían que muchos de ellos padecieron hambre,
privaciones de todo tipo, y que los desfallecientes eran abandonados en el
camino.
En los siguientes dos años buscó a
su familia por todas partes y con todos los medios a su alcance. Fue
infructuoso, nadie le pudo dar razón. El dolor le consumía, pero la vida tenía
que continuar.
Fue, entonces, que recordó los
pormenores de la migración ucraniana que Tymofiy le había relatado. Desde fines
del siglo diecinueve, miles de familias de la provincia de Galitzia venían
emigrando a Brasil, cuyo gobierno llegó lejos en su afán de ocupar y poblar su
inmenso territorio: cubría los costos de los pasajes y la alimentación de los interesados
desde cualquier puerto europeo hasta los lugares de colonización.
Las compañías marítimas que eran
las más beneficiadas por las ganancias que les generaban estas medidas desarrollaron
una intensa propaganda que glorificaba al país sudamericano como la tierra
prometida, lo que impactó en favor de una migración sostenida.
Dmytro necesitaba dejar atrás las
ruinas de la guerra para intentar sobreponerse a la pérdida de su familia.
Ahorró un capital que le permitió partir hacia Odessa, la ciudad portuaria
desde donde salían los barcos para Sudamérica. Con ilusión se dirigió al
puerto, pero las agencias le informaron de que el navío con destino a Brasil ya
había zarpado hacía un par de semanas. El siguiente zarpe sería en dos meses.
En el puerto se encontraba cargando
un barco para Perú. Alguien le dijo que era una nación fronteriza con Brasil, y
que si no quería perder tiempo podría embarcarse con ese destino, trabajar
allí, hacer un poco de dinero, y luego dar el salto a la tierra prometida.
Un día del año mil novecientos
cuarenta y nueve, Dmytro Zabolotny arribó al puerto del Callao.
Tymofiy Bondarenko, por su parte, ya
tenía viviendo dos años en Brasil. La poderosa razón que le impulsó a tomar esa
decisión fue la referencia de que su novia Zolushka Boyko podría haber emigrado
a Sudamérica. Creyó haber hecho una buena elección, pero el tiempo le mostraría
la distancia que existe entre lo que uno quiere y lo que la vida le puede dar.
Buscó a Zolushka en Paraná donde
estaba concentrada la mayor colonia de migrantes ucranianos. No la encontró. Se
fue a Minas Gerais, el estado que daba los mayores incentivos migratorios.
Tampoco la halló. Y fue vana su búsqueda en Espíritu Santo. Obtuvo trabajos que no colmaron su expectativa, pero sí pudo ahorrar dinero, lo
suficiente para viajar a Perú. Le habían dicho que las tierras eran fértiles.
Llegó a Perú alrededor de mil novecientos sesenta. Compró tierras, pero no
tuvo suerte en el amor, ni en los negocios. Fue estafado, perdió sus
propiedades, y al quedarse sin dinero, empezó a deambular por las calles de
Lima.
Después de muchos años en Brasil y
Perú, Tymofiy lograba comunicarse con una enrevesada mezcla de portugués y
español. Sin embargo, las particularidades del estado anímico en el que se
hallaba sumergido fueron poco a poco borrando esos idiomas
adquiridos durante la adultez, hasta dejarle únicamente la lengua de su
infancia.
Fue rescatado por el servicio de asistencia social cuando deambulaba por la
avenida Abancay. Llegó al asilo de San Camilo, sin presagiar que ahí
encontraría a su viejo amigo. Y a alguien más.
Llegado al puerto del Callao, Dmytro se encontró con una ciudad de
oportunidades para un migrante que como él gustaba ocuparse personalmente de
sus asuntos. Con los años, no sólo aprendió el español, sino que llegó a tener
una hacienda en la Sierra que abastecía de carne, tubérculos y cereales a los
mercados de Lima.
Dicharachero como era, había trabado amistad con la gente del lugar. La
casa de la hacienda tenía gruesos muros de adobe, techos de teja roja a dos
aguas, patios empedrados con vistosas flores y corredores con arcos de madera
que miraban hacia los campos de cultivo, los corrales y los cerros que
aparecían al fondo. Un cerro que en una ladera adquiría una peculiar forma era
su favorito. Creía ver allí el rostro de su padre.
Interiormente, la casa tenía salones decorados, comedores y varios cuartos
en el segundo nivel donde acogía a su familia y a quienes le visitaban. Uno de
ellos, pintado de azul cielo y amarillo tierra, era su dormitorio.
Dueño de una mediana fortuna, consideró que era el momento de conocer
Brasil para explorar futuras inversiones. En esas fechas, las agencias aéreas
andaban abarrotadas ante la proximidad del Mundial de Fútbol a realizarse en Suecia.
Buscó un café cercano a la espera de que se redujera la cola de personas que
adquirían pasajes. No había mesa desocupada, pero en una de ellas vio a una
dama solitaria.
Ella era alta, joven, de tez blanca, con cabello corto y cerquillo. Se
acercó, la saludó con cortesía y le preguntó si podía compartir la mesa y
ocupar la silla vacía.
La dama accedió. Marlene Contreras, maestra de escuela, veinte años menor
que Zabolotny, nunca se imaginó que iba a ser la madre de sus once hijos. Conocía
de su odisea, por eso siempre trató de ser comprensiva y conllevar sobresaltos,
pesadillas aterradoras, sentimientos de culpa, tensiones, irritabilidad y
distanciamientos sin causa, cada vez que regresaba de la hacienda para estar en
la casa de Lima.
Entendía, además, que la numerosa prole que habían engendrado era una
suerte de compensación a la pérdida de su familia de Ucrania durante la guerra.
Pese a sus esfuerzos, las cosas fueron empeorando. Cada día era más
intratable, irascible, agresivo, hasta que llegó la gota que rebasó el agua:
—Trito,
ya, por favor, suelta esa botella, estás temblando. Me asustas, cariño.
—¿¡Asustarte!?
¡No tienes ni la más puta idea de lo que es el miedo! ¡Deja de vigilarme,
carajo!
—¿Quién
puede vivir así? Ayer te peleaste con el vecino por tocar el claxon, hoy rompes
cosas, la semana pasada estuviste a punto de agredirme. Tenemos que buscar
ayuda para tu estrés.
—¡A
la mierda con tu ayuda! ¡No me jodas poniéndome tu etiqueta psicológica! ¡Esto
que los delicados llaman estrés me salvó la vida en ese maldito infierno,
mientras tú dormías plácidamente en tu cama!
—Yo
no soy tu enemiga, soy tu esposa. Nada justifica…
—¡Justifica
todo! ¡Las bombas destrozaron a mis amigos! ¡No los volví a ver nunca más!
¡Malditas bombas, malditas!
—Eso
se acabó, estás en tu casa, aquí no hay bombas.
—¡La
guerra nunca se termina! ¡Y si no te gusta, lárgate!
Dmytro
pateó una silla plástica con tanta virulencia que voló hacia la puerta justo en
el instante en que su última hija ingresaba a la habitación, impactándole en el
rostro y fracturándole el tabique.
Vinieron
los demás, y entre todos pudieron calmarlo. Unos días después, ver el rostro enyesado
de su hija le quebró completamente. Buscó ayuda médica y fue recomendado a un reconocido
psiquiatra que atendía en un asilo del centro de Lima.
Consciente de su situación de salud, dejó la administración de la hacienda
a uno de sus hijos, y a su solicitud, fue internado en el hospicio de San
Camilo.
Esa mañana, las religiosas de San Camilo no tardaron en entender la
situación. Los ancianos aplaudían las traducciones de Dmytro. Sentada en una
esquina del patio, una asustadiza septuagenaria apretaba la florida pañoleta
que cubría su cabeza. La llamaban «la Gringa», no hablaba español, no conocía al traductor, pero le inquietaba la rara
cercanía que empezó a sentir hacia el «profeta».
Con cierto temor se aproximó. Les habló en el idioma que solo ellos podían
entender. Dio su nombre. Tymofiy Bondarenko sufrió una nueva sacudida. ¡Era
ella! ¡La había tenido a unos pasos desde que ingresó al hospicio! ¡Parecía un
sueño!
«¡Yo estuve muerta!», repetía la
anciana. «Tal vez morí en aquella explosión, o tal vez cuando me aventuré a
buscarte… pero, ahora la vida regresa a mí», susurró, acomodando su cabeza en
el pecho del «profeta» quien no cesaba de acariciarle el cabello y besarla en
la frente.
Hubo que llamar a la geriatra del hospicio y a su equipo para una atención
médica de urgencia. La frecuencia cardiaca de los tres ancianos se había
disparado a límites no permitidos.
El reencuentro de dos exsoldados soviéticos de la Segunda Guerra Mundial en
un asilo fue comentado por la prensa limeña. Nadie pudo ver que ese acto íntimo
e intenso fue la catarsis para liberar la irascibilidad de Dmytro, la soledad
de Tymofiy y la desesperanza de Zolushka.
Ese mismo día, se retiraron del hospicio. Dmytro retomó la administración
de su hacienda y llevó a los dos a vivir con él.
Un año más tarde hicieron un viaje largo a Ucrania. Esta vez sí logró dar
con su primera esposa y con sus hijas Irochka y Mariya, ya mujeres. La
perestroika y la glásnost de los años ochenta permitieron que miles de familias
ucranianas descubrieran el destino de sus seres queridos perdidos o separados
durante la Segunda Guerra Mundial.
En el café de Oshinia donde se citaron, Solomiya, la primera esposa de
Dmytro, apareció acompañada de sus dos hijas, sus yernos y cinco nietos. Hubo
abrazos. Se respiraba incomodidad. A cada revelación de la vida de Zabolotny en
Perú, le seguía un silencio embarazoso. Solomiya le dijo que lo había dado por
muerto y que, en esa creencia, compartió su vida con otra persona hasta hacía
dos años. Aunque ya había fallecido le debía respeto. Entendieron que tenían
vidas hechas. No hubo reproches. Solo fotos de recuerdo y muchos proshchavaj,
el adiós ucraniano a la persona a la que no esperas ver en mucho tiempo.
Tymofiy se casó con Zolushka por la iglesia ortodoxa en Andriivka. Zabolotny ofició de testigo.
Los
tres amigos retornaron a Perú. Marlene fue a vivir en la hacienda.
Su nieto, Felipe, a quien Zabolotny heredó la hacienda, me contó lo que
ocurrió la noche del veinticuatro de agosto de mil novecientos noventa y uno. En
la televisión se veían miles de personas en las calles, flameando banderas con
franjas azules y amarillas para celebrar la independencia de Ucrania. Mientras observaba
aquellas imágenes, le pareció que su abuelo pegaba el oído a algo invisible.
A la mañana siguiente, en el desayuno, Dmytro Zabolotny le confesó que su
padre, el gran Olek, el guerrillero que una noche gélida le despidió con un
beso en su frente de recién nacido, se apareció y le habló al oído:
«Todavía falta pelear una larga guerra
para que las armas se conviertan en arados».
En
nuestros días, Dmytro y Marlene reposan entre las rocas imperturbables del
cerro milenario con rostro humano que se divisa desde la hacienda. Al lado
están Tymofiy, su gran amigo, y su amada Zolushka.
Unas
siemprevivas florecen sobre las cuatro tumbas durante todo el año.
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