martes, 1 de septiembre de 2026

Zabolotny

Moisés Panduro


Un gran círculo humano se había formado alrededor de las dos nuevas religiosas. En el patio principal del hospicio que regentaban las Hermanas de San Camilo, los ancianos acogidos esperaban con expectativa el inicio de la reunión.

Sor Luciana tomó el micrófono, saludó a todos y pidió que, a modo de darles la bienvenida a las recién llegadas, cada uno se presente y brinde un testimonio de su estancia en aquella antigua casona virreinal convertida en asilo a fines del siglo veinte.

El ingreso a la añosa edificación se hacía a través de una puerta de estilo medieval que en su parte exterior tenía adosado un aldabón con la cabeza de un melenudo león. Cruzando el zaguán, al lado derecho del primer patio, había una capilla, un tinajón y un árbol de higuera que según se decía tenía ya cuatrocientos años.

En el nivel inferior resaltaba una secuencia de gruesos arcos de ladrillo que sostenían las estructuras superiores a las que se accedía por escaleras de madera. El patio principal en la zona interior estaba flanqueado íntimamente por pequeños departamentos.

Cuando le tocó testimoniar al hombre al que todos llamaban «El profeta», sor Fátima, la otra religiosa llegada de París, se acercó a él para entregarle el micro. Algunos de sus compañeros se rieron de buen gusto: «No necesita micrófono». Otros aguardaron en silencio: desde su ingreso al hospicio el «profeta» no había pronunciado una sola palabra.  

Era alto, de piel pálida. De su testa caía una profusa y plateada pelambre que, al tocar su exuberante barba, cubría parcialmente su rostro. Eso y la raída camisa blanca manga larga que llevaba puesta le daban un aire de profeta de la antigüedad.

De repente, los ancianos arquearon las cejas. De la risa y el silencio pasaron al asombro: «El profeta» estaba pronunciando algo ininteligible, pero fluido. Dmytro Zabolotny avanzó unos metros hacia él. No podía creerlo. ¡El mudo estaba hablando en ucraniano! ¿Dónde lo habría aprendido?

Una vez que estuvo a su lado, Zabolotny levantó la mano para llamar la atención de Sor Fátima. Apuntó, primero, al micrófono, y luego a sí mismo, moviendo rápidamente sus dedos delante de sus labios, varias veces. Él sí entendía al «profeta» y podía traducirlo.

Hacía menos de un año que lo vio entrar al asilo. Una asistente social conducía al nuevo inquilino a la habitación que ocuparía. Su aspecto callado y su andar cabizbajo lo habían aislado desde su llegada. Era la última persona con quien él hubiera entablado una amistad.  

Sor Fátima puso el micrófono a equidistancia del orador y el flamante traductor. «El profeta» reinició su perorata. 

«Dice que agradece por estar aquí, que le dan buena comida y cuidan su salud. Le agrada que le digan “El profeta”, pero que su verdadero nombre es Tymofiy Bondarenko…»

Se le saltaron los ojos a Zabolotny.

«¡¿Cómo?! ¡Un momento!», gritó. Tardó un segundo en darse cuenta de que había hablado en español cuando debía hablarle en ucraniano.

—¡¿Tymofiy…?! ¡¿…Bondarenko?!

—Sí, ese es mi nombre —respondió el barbado, en su idioma, calmadamente.

—¿¡Bondarenko!? ¿De Andriivka?

Todos seguían el diálogo, pero no comprendían.

—Sí, ¿cómo lo sabe?

No pudo continuar. Se abrazó a él con todas sus fuerzas.

—¡Hermano!... ¡hermano! ¡Soy yo, Dmytro! ¡Dmytro Zabolotny, de Oshinia!  

Bondarenko parpadeó por un segundo. Luego abrazó a Dmytro, lentamente, con sus músculos estremeciéndose. Un murmullo recorrió el hospicio. Por sus rostros corrían indetenibles lágrimas.

En el año mil novecientos cuarenta y uno, Dmytro Zabolotny hacía lo que sus ancestros hicieron todo el tiempo del que tenía recuerdo: Sembrar la tierra en las fértiles llanuras de Ucrania. Su padre había sido un campesino ilustrado que integró las guerrillas independentistas contra los bolcheviques de Ucrania y contra el Ejército Rojo que en mil novecientos dieciocho los invadió a gran escala cuando intentaron emanciparse después de la caída del zar.

Ese año nació Dmytro. En tanto, su progenitor combatía en las montañas. La historia de su pueblo solía contar que al gran Olek, el de fusil al hombro y kubanka en la cabeza, le gustaba citar una frase bíblica: «Llegará el día en que las armas se convertirán en arados».

Dmytro creció y se casó cuando apenas tenía veinte años. Aunque sus cosechas eran confiscadas por el régimen estalinista, su felicidad la marcaban sus dos pequeñas: Irochka y la recién nacida Mariya.

En la vida de los pueblos que luchan contra la opresión, unos breves años de sufrido sosiego pueden ser el preludio de cansados años de guerra. Un día, la Alemania nazi invadió la Unión Soviética. Y al siguiente día, Dmytro ya era reclutado para servir en el mismo ejército contra el cual su padre había combatido. Las armas demoraban en convertirse en arados, y, al fin y al cabo, Ucrania debía defenderse.

Los aviones alemanes bombardeaban desde el amanecer las trincheras que Dmytro y sus compañeros ocupaban. Alrededor de las diez de la mañana, el rugido de motores sobrecargados, el crujido metálico constante y el sonido húmedo de la succión del lodo, anunciaban la cercanía de los tanques del enemigo listos para romper las líneas de defensa del Ejército Rojo.

Ningún comandante soviético podía evacuar sus trincheras y replegar sus fuerzas ante el inminente cerco de las tropas alemanas. Cualquier contravención a esa orden era penada con la muerte. La guerra era una despiadada carnicería que arrancaba vidas sin lugar a quejas y sin nadie que rece por las almas.

Una tarde, durante un feroz contraataque alemán, Dmytro Zabolotny quedó aislado junto a un compañero. Mientras corrían por un estrecho camino entre los matorrales, las balas silbaban sobre sus cabezas y las bombas caían en furiosa danza a su alrededor.

Un artefacto estalló a su lado y sintió unas esquirlas incrustándose en su pierna derecha. Algo voló por los aires y cayó pesadamente unos metros adelante. Sangrante, rengueando, se acercó y quedó horrorizado al darse cuenta de que lo que yacía en el suelo era el tronco y la cabeza de su compañero. La bomba le había partido por la mitad, pero seguía vivo. Se arrodilló al notar que el agonizante intentaba levantar la mano. Por un par de segundos cruzaron miradas hasta que su compañero cerró sus ojos lentamente.

Zabolotny voló con la mente a su pueblo, pensó en su esposa y sus niñas. Pensó en que ese soldado podría ser él. Se metió al interior del bosque y se sentó al pie de un árbol. Retiró las esquirlas y vendó sus heridas para luego derrumbarse en un profundo sueño. Al despertarse, notó que detrás de los árboles empezaba a salir el sol. Se incorporó y dirigió hacia el punto donde seguía el medio cuerpo de su compañero. Lo asió y lo arrastró hacia un matorral. Removió la hojarasca e improvisó una tumba con ramas y barro. Se dio tiempo para colocar una cruz.

Tomó un descanso. «Debo buscar mi unidad», se dijo. Desorientado aún, sólo atinó a alejarse del lugar.

En su camino encontró aldeas en ruinas. Era difícil saber quién las había destruido. Por un lado, los nazis asolaban los pueblos en su marcha hacia Moscú. Hitler ordenó quemar casas, granjas y cosechas para dejar sin comida ni refugio a los soviéticos. Stalin dio idéntica orden al Ejército Rojo en aplicación de su táctica de tierra arrasada para privar al ejército nazi de abrigo y suministros, en su intento de detenerlo. La guerra destruía pueblos completos y, en la generalidad de las veces, no dejaba rastro de familias enteras.

En una aldea incendiada a la que llegó, los montones de adobe se sucedían uno tras otro. Los pies le ardían con cada porción de barro que se metía en sus botas agujereadas. De los restos de madera y techos de paja continuaba saliendo un espeso humo que, al mezclarse con el viento gélido, le obligaba a detener la respiración, sobre todo por ese persistente olor a carne quemada. De rato en rato, un cañoneo lejano o el lloriqueo agudo de algún perro hambriento, interrumpía el dantesco silencio.

Un ligero mareo le indicó que era urgente encontrar comida. Se detuvo en una casa a medio quemar. Entre los escombros pudo llegar a una alacena. Tuvo suerte y encontró conservas y pan negro. En ese momento, captó un quejido imperceptible. Sus oídos se aguzaron. Siguió entrando en dirección al lugar desde donde procedía el quejido. Escuchó una respiración fatigosa. Miró hacia el fondo y distinguió un hombre con el uniforme del Ejército Rojo hecho trizas. Apartó trabajosamente las vigas y adobes que lo aprisionaban, lo extrajo y lo puso a la sombra de un viburno.

El soldado estaba herido, pero no de gravedad. Su estado de inanición era agudo. Le convidó agua y le ofreció la carne y el pan que había encontrado.

—Gracias, camarada, algo salió mal.

—¿Cómo sucedió?  

—Estábamos evacuando este pueblo, pero se apareció un batallón de nuestro propio ejército cuyo comandante ordenó que nos retiremos. Hicieron disparos al aire, lanzaron bombas y prendieron fuego a las viviendas y negocios. Logré que una madre y sus tres niños se fueran por la huerta de la propiedad donde me encontraste.

—¿Y cómo es que te quedaste atrapado?

—Quería llevar al gato conmigo, pero en ese instante la casa se desplomó y me quedé aprisionado. Para mi suerte, las llamas no prendieron del todo.

—¿Y qué le ocurrió al gato?

—Se fue, yo era un extraño para él.

—¿Cuándo ocurrió eso?

—Hace dos días.

—Mucho gusto, mi nombre es Dmytro Zabolotny, de Oshinia, para servirle, camarada.

—Y yo soy Tymofiy Bondarenko, de Andriivka. 

Después de recuperar fuerzas, convinieron en que no podían quedarse allí. En el camino fueron conociéndose un poco más.

—La mujer y sus tres hijos que lograste evacuar a tiempo podrían haber sido mi mujer y mis niñas —comentó Dmytro, sentado sobre la roca de una ladera, el fusil entre manos, y con la mirada vaga en el horizonte. —¿Y sabes qué?, daría lo que sea con tal de estar con ellas, jugar entre las flores y cantarles canciones.

—Me has salvado la vida, así que en reciprocidad te acompañaré a buscarlas —respondió Tymofiy, tomándole del hombro.

—Tenemos el deber de buscar nuestras unidades y reincorporarnos a los combates.

—Mira, tengo la seguridad de que los alemanes no soportarán por más tiempo las condiciones del clima y la presión de nuestro ejército. A fines de este año estarán fuera de nuestro territorio. Te propongo que caminemos en dirección a Oshinia y si en el camino encontramos una unidad nos incorporamos. Lo importante es moverse.

«Es una idea justa», pensó Dmytro.

«La guerra es el peor invento de los hombres para sentarse a conversar de paz», reflexionó Tymofiy.

Tymofiy Bondarenko había sido marino mercante en una compañía del mar Caspio antes de ser reclutado por el Ejército Rojo. Fue uno de los pocos miembros de su familia que se había resistido a emigrar a Brasil, el país sudamericano que los ucranianos veían como la tierra promisoria para conquistar la paz y la prosperidad, dos antiguos anhelos que su nación no había podido alcanzar.

«Antes de la guerra hice planes con mi novia Zolushka para emigrar a Italia, pero la invasión nazi nos despojó de ese anhelo. No sé qué será de ella. En su última carta me contó que estaba viva de milagro. Una tarde asistía como enfermera al médico que estaba realizando cirugías extremas a soldados malheridos que llegaban del frente. En medio de una operación, el cirujano necesitaba unos apósitos y pidió a Zolushka que vaya a traerlos de la farmacia, pero cambió de opinión y le dijo que iría él. En el instante que daba el paso para salir de la tienda de campaña, una bomba enemiga cayó sobre él. Los fragmentos del doctor que unos segundos antes cortaba carnes y aserraba huesos, se esparcieron al interior. Fue terrible».

Iban por una carretera cuando a lo lejos divisaron una unidad de infantería del Ejército Rojo. Corrieron a darle encuentro. Fueron informados de que el batallón se dirigía en dirección a Prusia Oriental con la misión de participar en la toma de esa provincia. Así fue que Dmytro y Tymofiy formaron parte de las tropas que en enero de mil novecientos cuarenta y cinco cruzaron la frontera alemana-soviética y combatieron en la batalla de Königsberg.

Dmytro fue herido gravemente en un asalto. «Nos volveremos a ver, Zabolotny, no lo dudes, amigo», gritó Tymofiy acercándose, con el arma empuñada, a los camilleros que lo llevaban. De regreso a su trinchera y dirigiéndose al sanitario le pidió que cuiden de él, que tiene hijas y que es el mejor amigo que había conocido.

Zabolotny fue intervenido en un hospital de campaña que operaba en la retaguardia y después fue transferido a un hospital en Kyiv.

Nunca más volvieron a verse. Hasta ese día en el hospicio de San Camilo.

Cuando Dmytro se recuperó, Hitler ya había caído. El régimen nazi ya no era más. Decidió retornar a Oshinia. La encontró en ruinas. Su peor temor se había hecho realidad. Su casa ya no existía. Cerca de la salida, una anciana que no fue evacuada le contó que los habitantes del pueblo: mujeres, jóvenes y niños habían sido llevados a un lugar en el mar Caspio. Las noticias decían que muchos de ellos padecieron hambre, privaciones de todo tipo, y que los desfallecientes eran abandonados en el camino.

En los siguientes dos años buscó a su familia por todas partes y con todos los medios a su alcance. Fue infructuoso, nadie le pudo dar razón. El dolor le consumía, pero la vida tenía que continuar.

Fue, entonces, que recordó los pormenores de la migración ucraniana que Tymofiy le había relatado. Desde fines del siglo diecinueve, miles de familias de la provincia de Galitzia venían emigrando a Brasil, cuyo gobierno llegó lejos en su afán de ocupar y poblar su inmenso territorio: cubría los costos de los pasajes y la alimentación de los interesados desde cualquier puerto europeo hasta los lugares de colonización.

Las compañías marítimas que eran las más beneficiadas por las ganancias que les generaban estas medidas desarrollaron una intensa propaganda que glorificaba al país sudamericano como la tierra prometida, lo que impactó en favor de una migración sostenida.

Dmytro necesitaba dejar atrás las ruinas de la guerra para intentar sobreponerse a la pérdida de su familia. Ahorró un capital que le permitió partir hacia Odessa, la ciudad portuaria desde donde salían los barcos para Sudamérica. Con ilusión se dirigió al puerto, pero las agencias le informaron de que el navío con destino a Brasil ya había zarpado hacía un par de semanas. El siguiente zarpe sería en dos meses.  

En el puerto se encontraba cargando un barco para Perú. Alguien le dijo que era una nación fronteriza con Brasil, y que si no quería perder tiempo podría embarcarse con ese destino, trabajar allí, hacer un poco de dinero, y luego dar el salto a la tierra prometida.

Un día del año mil novecientos cuarenta y nueve, Dmytro Zabolotny arribó al puerto del Callao.

Tymofiy Bondarenko, por su parte, ya tenía viviendo dos años en Brasil. La poderosa razón que le impulsó a tomar esa decisión fue la referencia de que su novia Zolushka Boyko podría haber emigrado a Sudamérica. Creyó haber hecho una buena elección, pero el tiempo le mostraría la distancia que existe entre lo que uno quiere y lo que la vida le puede dar.

Buscó a Zolushka en Paraná donde estaba concentrada la mayor colonia de migrantes ucranianos. No la encontró. Se fue a Minas Gerais, el estado que daba los mayores incentivos migratorios. Tampoco la halló. Y fue vana su búsqueda en Espíritu Santo. Obtuvo trabajos que no colmaron su expectativa, pero sí pudo ahorrar dinero, lo suficiente para viajar a Perú. Le habían dicho que las tierras eran fértiles.

Llegó a Perú alrededor de mil novecientos sesenta. Compró tierras, pero no tuvo suerte en el amor, ni en los negocios. Fue estafado, perdió sus propiedades, y al quedarse sin dinero, empezó a deambular por las calles de Lima.

Después de muchos años en Brasil y Perú, Tymofiy lograba comunicarse con una enrevesada mezcla de portugués y español. Sin embargo, las particularidades del estado anímico en el que se hallaba sumergido fueron poco a poco borrando esos idiomas adquiridos durante la adultez, hasta dejarle únicamente la lengua de su infancia.

Fue rescatado por el servicio de asistencia social cuando deambulaba por la avenida Abancay. Llegó al asilo de San Camilo, sin presagiar que ahí encontraría a su viejo amigo. Y a alguien más.

Llegado al puerto del Callao, Dmytro se encontró con una ciudad de oportunidades para un migrante que como él gustaba ocuparse personalmente de sus asuntos. Con los años, no sólo aprendió el español, sino que llegó a tener una hacienda en la Sierra que abastecía de carne, tubérculos y cereales a los mercados de Lima.

Dicharachero como era, había trabado amistad con la gente del lugar. La casa de la hacienda tenía gruesos muros de adobe, techos de teja roja a dos aguas, patios empedrados con vistosas flores y corredores con arcos de madera que miraban hacia los campos de cultivo, los corrales y los cerros que aparecían al fondo. Un cerro que en una ladera adquiría una peculiar forma era su favorito. Creía ver allí el rostro de su padre.  

Interiormente, la casa tenía salones decorados, comedores y varios cuartos en el segundo nivel donde acogía a su familia y a quienes le visitaban. Uno de ellos, pintado de azul cielo y amarillo tierra, era su dormitorio.

Dueño de una mediana fortuna, consideró que era el momento de conocer Brasil para explorar futuras inversiones. En esas fechas, las agencias aéreas andaban abarrotadas ante la proximidad del Mundial de Fútbol a realizarse en Suecia. Buscó un café cercano a la espera de que se redujera la cola de personas que adquirían pasajes. No había mesa desocupada, pero en una de ellas vio a una dama solitaria.

Ella era alta, joven, de tez blanca, con cabello corto y cerquillo. Se acercó, la saludó con cortesía y le preguntó si podía compartir la mesa y ocupar la silla vacía.

La dama accedió. Marlene Contreras, maestra de escuela, veinte años menor que Zabolotny, nunca se imaginó que iba a ser la madre de sus once hijos. Conocía de su odisea, por eso siempre trató de ser comprensiva y conllevar sobresaltos, pesadillas aterradoras, sentimientos de culpa, tensiones, irritabilidad y distanciamientos sin causa, cada vez que regresaba de la hacienda para estar en la casa de Lima.

Entendía, además, que la numerosa prole que habían engendrado era una suerte de compensación a la pérdida de su familia de Ucrania durante la guerra.

Pese a sus esfuerzos, las cosas fueron empeorando. Cada día era más intratable, irascible, agresivo, hasta que llegó la gota que rebasó el agua:

—Trito, ya, por favor, suelta esa botella, estás temblando. Me asustas, cariño.

—¿¡Asustarte!? ¡No tienes ni la más puta idea de lo que es el miedo! ¡Deja de vigilarme, carajo!

—¿Quién puede vivir así? Ayer te peleaste con el vecino por tocar el claxon, hoy rompes cosas, la semana pasada estuviste a punto de agredirme. Tenemos que buscar ayuda para tu estrés.

—¡A la mierda con tu ayuda! ¡No me jodas poniéndome tu etiqueta psicológica! ¡Esto que los delicados llaman estrés me salvó la vida en ese maldito infierno, mientras tú dormías plácidamente en tu cama!

—Yo no soy tu enemiga, soy tu esposa. Nada justifica…

—¡Justifica todo! ¡Las bombas destrozaron a mis amigos! ¡No los volví a ver nunca más! ¡Malditas bombas, malditas!

—Eso se acabó, estás en tu casa, aquí no hay bombas.

—¡La guerra nunca se termina! ¡Y si no te gusta, lárgate!

Dmytro pateó una silla plástica con tanta virulencia que voló hacia la puerta justo en el instante en que su última hija ingresaba a la habitación, impactándole en el rostro y fracturándole el tabique.

Vinieron los demás, y entre todos pudieron calmarlo. Unos días después, ver el rostro enyesado de su hija le quebró completamente. Buscó ayuda médica y fue recomendado a un reconocido psiquiatra que atendía en un asilo del centro de Lima.

Consciente de su situación de salud, dejó la administración de la hacienda a uno de sus hijos, y a su solicitud, fue internado en el hospicio de San Camilo.

Esa mañana, las religiosas de San Camilo no tardaron en entender la situación. Los ancianos aplaudían las traducciones de Dmytro. Sentada en una esquina del patio, una asustadiza septuagenaria apretaba la florida pañoleta que cubría su cabeza. La llamaban «la Gringa», no hablaba español, no conocía al traductor, pero le inquietaba la rara cercanía que empezó a sentir hacia el «profeta».

Con cierto temor se aproximó. Les habló en el idioma que solo ellos podían entender. Dio su nombre. Tymofiy Bondarenko sufrió una nueva sacudida. ¡Era ella! ¡La había tenido a unos pasos desde que ingresó al hospicio! ¡Parecía un sueño!

«¡Yo estuve muerta!», repetía la anciana. «Tal vez morí en aquella explosión, o tal vez cuando me aventuré a buscarte… pero, ahora la vida regresa a mí», susurró, acomodando su cabeza en el pecho del «profeta» quien no cesaba de acariciarle el cabello y besarla en la frente.

Hubo que llamar a la geriatra del hospicio y a su equipo para una atención médica de urgencia. La frecuencia cardiaca de los tres ancianos se había disparado a límites no permitidos.   

El reencuentro de dos exsoldados soviéticos de la Segunda Guerra Mundial en un asilo fue comentado por la prensa limeña. Nadie pudo ver que ese acto íntimo e intenso fue la catarsis para liberar la irascibilidad de Dmytro, la soledad de Tymofiy y la desesperanza de Zolushka.

Ese mismo día, se retiraron del hospicio. Dmytro retomó la administración de su hacienda y llevó a los dos a vivir con él.

Un año más tarde hicieron un viaje largo a Ucrania. Esta vez sí logró dar con su primera esposa y con sus hijas Irochka y Mariya, ya mujeres. La perestroika y la glásnost de los años ochenta permitieron que miles de familias ucranianas descubrieran el destino de sus seres queridos perdidos o separados durante la Segunda Guerra Mundial.

En el café de Oshinia donde se citaron, Solomiya, la primera esposa de Dmytro, apareció acompañada de sus dos hijas, sus yernos y cinco nietos. Hubo abrazos. Se respiraba incomodidad. A cada revelación de la vida de Zabolotny en Perú, le seguía un silencio embarazoso. Solomiya le dijo que lo había dado por muerto y que, en esa creencia, compartió su vida con otra persona hasta hacía dos años. Aunque ya había fallecido le debía respeto. Entendieron que tenían vidas hechas. No hubo reproches. Solo fotos de recuerdo y muchos proshchavaj, el adiós ucraniano a la persona a la que no esperas ver en mucho tiempo.

Tymofiy se casó con Zolushka por la iglesia ortodoxa en Andriivka. Zabolotny ofició de testigo.

Los tres amigos retornaron a Perú. Marlene fue a vivir en la hacienda.

Su nieto, Felipe, a quien Zabolotny heredó la hacienda, me contó lo que ocurrió la noche del veinticuatro de agosto de mil novecientos noventa y uno. En la televisión se veían miles de personas en las calles, flameando banderas con franjas azules y amarillas para celebrar la independencia de Ucrania. Mientras observaba aquellas imágenes, le pareció que su abuelo pegaba el oído a algo invisible.

A la mañana siguiente, en el desayuno, Dmytro Zabolotny le confesó que su padre, el gran Olek, el guerrillero que una noche gélida le despidió con un beso en su frente de recién nacido, se apareció y le habló al oído:

«Todavía falta pelear una larga guerra para que las armas se conviertan en arados».

En nuestros días, Dmytro y Marlene reposan entre las rocas imperturbables del cerro milenario con rostro humano que se divisa desde la hacienda. Al lado están Tymofiy, su gran amigo, y su amada Zolushka.

Unas siemprevivas florecen sobre las cuatro tumbas durante todo el año.