martes, 11 de agosto de 2026

El Dies irae de José

Manuel Jumpa Santamaría



Cuando todo era felicidad

Cuando me viste entrar a la clínica Santa Teresa pensabas, Marina, que iba a salir en dos días. El doctor Juárez nos aseguró: «Será una operación sencilla, una laparoscopia, un día de descanso y el alta al tercero». Tú creías que después de unos días volveríamos a nuestra rutina: caminar por el malecón tomados de la mano, el sábado cenar en alguna pizzería, bailar en El Salón de la Salsa.

En la clínica el cuarto para pacientes es amplio y pulcro. Tiene una habitación con baño propio y un televisor con programación de cable, una ancha cama de comandos eléctricos, una mesita de noche y un timbre para llamar a la enfermera, que acude presta día o noche.

Cuando vino el cirujano nos dijo: «Será una cirugía rutinaria». Por eso no le pusiste mayor atención. Tú, Marina, que eres tan detallista y quieres estar segura de controlarlo todo antes de empezar algo. «En los detalles está el diablo» ―sentenciabas. A la clínica solo me llevaste un pijama y un par de sandalias además de un buzo color negro para mi salida.

Al día siguiente me llevaron al procedimiento. En el camino las enfermeras bromeaban y yo les seguía la corriente. Ya en la sala de operaciones recuerdo que, haciéndome el gracioso, levanté los dos pulgares antes que me pusieran la mascarilla de anestesia en el rostro.

La verdad de la cirugía

Cuando desperté en mi habitación después de la cirugía, pensando en lo que iba a hacer al día siguiente, la puerta del cuarto se abrió y entró el gastroenterólogo acompañado de dos médicos de otra especialidad.

—No pudimos sacar el cálculo   —me dijo el gastroenterólogo—. No estaba dentro de la vesícula, sino incrustado en una zona del hígado, y no podíamos extraerlo por laparoscopia. Tendremos que hacer una cirugía abierta para retirarlo y suturar el tejido afectado. 

Aprovecharemos para hacer pruebas para examinar su páncreas porque las imágenes muestran algo que pareciera ser un tumor maligno dijo uno de los médicos acompañantes que, después lo supe, era un especialista en hígado.

Creí que iba a marearme y mis manos empezaron a temblar; mi rostro parecía perder consistencia. Algo no cuadraba allí. Yo ingresé para la extracción de unos cálculos, dos días de estancia hospitalaria y salía de alta. ¿Cáncer de páncreas? Es letal a cortísimo plazo, no perdona.  Me jodí, tengo seis meses, máximo— pensé. La sensación de la muerte que debían sentir mis pacientes cuando yo les daba una noticia similar, me invadió totalmente.

Pero, qué pasaría si se están equivocando —pensé, mientras me levantaba de la cama y tomaba una decisión— tengo que verificar ese diagnóstico. Que me hagan una tomografía, una biopsia, nuevas pruebas de laboratorio. Cuántas veces los médicos nos hemos equivocado con el cáncer. Tengo que pedir más pruebas.

La emergencia

Pedí una segunda opinión médica. La clínica convocó una junta médica para determinar el procedimiento apropiado para mi caso. La junta se realizó. Me hicieron nuevas tomografías, más especializadas, exámenes de marcadores inmunológicos. Luego de ver los nuevos resultados la junta de especialistas llegó a la conclusión que no tenía cáncer de páncreas, pero el problema del hígado necesitaba una cirugía mayor. Ordenaron mi transferencia a un hospital de la seguridad social.

Mi traslado se aceleró porque empecé a sentirme mal: un cólico leve que fue empeorando con las horas a pesar de la medicación. En la ambulancia que me trasladaba, los emergencistas me inyectaban analgésicos potentes; pero, la molestia en lugar de disminuir aumentaba de intensidad y mi respiración se tornaba más difícil. Tan intenso era mi dolor que temí sufrir un infarto.

Llegamos a la emergencia del hospital, un espacio amplio de techo alto, dividido por módulos de madera. Las camillas congestionaban los pasadizos. La gente circulaba en desorden, sin aparente dirección ni sentido. Las voces, los gritos y quejidos se elevaban en un coro anárquico. Los olores de desinfectantes, sudor y medicamentos se mezclaban densos en un ambiente saturado, sin ventilación.

Mis acompañantes y yo estábamos en esa vorágine tratando de hacernos escuchar. Mientras yo me retorcía del dolor, el médico de la clínica hacía los trámites para mi internamiento. Yo sentía que perdía fuerzas, sudaba profusamente, cada respiración me era más difícil. Tenía mi abdomen contracturado como leña y mi boca seca tenía un desagradable sabor metálico. Necesitaba oxígeno, pedí una mascarilla sin resultado. Mi color verdoso, amarillento, petrificaba a Marina que miraba impotente la escena. Conociéndola como la conozco, en la expresión de su rostro casi podía leer su pensamiento: «Se va a morir. Hace unas horas estaba normal. Ahora se está muriendo, no puede ser. Y nadie te hace caso, carajo, aunque estés agonizando».

Llamé a una colega de la universidad, María, que cumplía una guardia. Ella vino, llamó al médico de emergencia, me pusieron en una cama con hidratación y una nueva dosis de analgésicos en ambos brazos. El dolor fue cediendo, mi respiración se normalizó. Con esos cuidados fui cerrando los ojos hasta quedarme profundamente dormido. No recuerdo cuándo me trasladaron a una sala de hospitalización.   

El cuarto solitario

Amanecí en un cuarto individual todavía mareado pero libre del terrible dolor del día anterior. La habitación, reservada para personas en cuidados especiales tenía baño propio, un sillón pequeño y una mesita de noche. Exhalaba soledad.

Eran las siete de la mañana cuando ingresó un jovencito vestido de verde con su estetoscopio alrededor del cuello por lo que supuse que era el interno de medicina. Empezó el ritual que se cumpliría con pequeñas variantes en los días siguientes:

Buenos días.

Buenos días, doctor.

—¿Cómo se siente?

—Bien, doctor. Me siento bien.

—¿Tuvo fiebre, dolor, alguna molestia?

—No, doctor, ninguna molestia.

—Entonces continuaremos con la misma medicación. Hasta luego

El breve ritual del interno me llevó de golpe a mis primeros años de estudiante de medicina, cuando el doctor Lanfranco estaba, como todos los días, temprano en la puerta de la Sala San Andrés, mis compañeros de medicina y yo, todos puntualitos, bien uniformaditos, alrededor del enfermo: «Pregunte su nombre al paciente», decía con firmeza. «Es una persona, no es un objeto, hágalo de forma amable, piense que es un familiar suyo, si es un colega muestre respeto porque él es su hermano. ¿Ya le preguntó por sus molestias? ¿Ya le hizo el examen físico? ¡No se confíe de lo que digan otros, verifique usted mismo! ¿Cuál es su diagnóstico diferencial, doctor? ¿Y su plan de trabajo? Quiero esos resultados para ayer, doctor. Usted mismo vaya a mirar las pruebas de laboratorio y me las reporta de inmediato». No. Eran otros tiempos. Otro sentido de humanidad.

Durante el día pasaban fugaces las enfermeras, el personal de limpieza y el de nutrición haciendo su ronda periódica. La mayor parte del tiempo yo estaba solo y me concentraba en pensamientos obsesivos: «¿Y si encuentran que realmente es cáncer? ¿Cuánto tiempo me quedaría? ¿Sufriré mucho antes de morir?».

Pasaron dos semanas de esa etapa oscura hasta que una enfermera me sacó de tales especulaciones para decirme que me operaban a las diez de la mañana del día siguiente.

La operación

Muy temprano las enfermeras empezaron el protocolo de sala de operaciones: revisión de las vías endovenosas, colocación de bata con apertura posterior, protección de las piernas; todo ello mientras ellas bromeaban:

—Mañana tengo una parrilla. No sé qué ponerme.

—No te preocupes tanto; ponte un jean apretado.

—Ja, ja, ja, no quiero que me rapten.

Yo asistía impasible a ese frío protocolo en la camilla que me transportaba a la sala de cirugías mientras miraba desfilar los fluorescentes verdosos en el techo, los marcos de puertas que dejaba atrás, las figuras invertidas de las enfermeras. De pronto una sonrisa luminosa, Marina, me esperaba en la entrada del quirófano. Todo va a salir bien —susurró, mientras apretaba mi mano. La dejamos atrás y entré a la sala llena de luces, mesitas con instrumentos, cinco personas cubiertas de pies a cabeza con la ropa verde de cirugía. Junto a la mesa central, debajo de las cialíticas, esperaba el doctor Juárez: «Llegó el día», me dijo poco antes que el anestesiólogo me pidiera: «Cuente hasta diez», y yo entrara en un mundo de sombras.

Me desperté después de seis horas. El doctor Juárez se acercó sonriente, me dio una palmada en el hombro; algo en sus ojos mostraba inseguridad. Sentí que no traía buenas noticias: Tiene cincuenta por ciento de probabilidad de éxito —me dijo en un tono que parecía una mentira piadosa esperemos que la sutura del hígado resista. Mi temor a saber la verdad hizo que no le preguntara nada al cirujano: yo intuía que la probabilidad era menor. Así lo había leído en la página especializada de PubMed en Internet.

Miré alrededor mío: un frasco con suero en mi brazo izquierdo, antibióticos y analgésicos en el brazo derecho; dos drenes salían de mi abdomen, una sonda me servía para orinar. Yo parecía un RoboCop, no podía moverme. No, cincuenta por ciento era demasiado —pensé.

Esa noche no pude dormir. Miles de pensamientos se amotinaban en mi mente. Me voy a morir, no quiero. No estoy preparado. ¿Quién lo está? No quiero llorar, llorar me hundirá en la desesperanza. Escucho la furia coral del Dies Irae…: «Quid sum miser tunc dicturus? / Quem patronum rogaturus, / Cum vix justus sit securus?». Desdichado yo, sin protección, Dios, no merezco esto. ¿Por qué yo? ¿Por qué yo, Dios mío? Si salgo bien de la operación, estaré jodido, no podré trabajar, mis ahorros desaparecerán. Y este horroroso cuarto con olor a medicamentos y orines. Dios, no quiero morir, solitario como el viejito de mi costado, toda la noche sufriendo hasta que ya no respiró más. Y las enfermeras, bien gracias, durmiendo. Malditas. No saben lo que es el sufrimiento. O quizá vieron tantas muertes que se volvieron insensibles. Pobre viejo, sufriste mucho, tu mirada al final era de resignación, dejaste de luchar, te rendiste. Yo no me rendiré.  No, carajo, yo no voy a morir, ¡no voy a morir!, voy a curarme, voy a salir de aquí «Rex tremendae majestatis, qui salvandos salvas gratis, salve me, fons pietatis» Tengo sueño, no quiero dormir, ¿y si muero mientras duermo? Dios, no permitas que muera…

En la noche siguiente, yo repetía el mantra, cuando vi la imagen de Juana, mi madre. Estaba joven, bailaba con su vestido floreado, en el patio de la casa de madera, sonriendo mientras un olor de selva húmeda, de frutales, de yerba fresca llenaba el ambiente. Ella tarareaba, giraba con su falda acampanada que tanto amaba. De un lugar desconocido llegó ese coro que envolvía su imagen: —No voy a morir, ¡voy a vivir!, ¡¡voy a bailar!!, ¡¡¡voy a ser feliz!!!—, y se repetía una y otra vez, mientras ella seguía girando al compás del coro: —¡Voy a vivir, voy a vivir!—. El coro se fue diluyendo lo mismo que la imagen mientras me hundía en un sueño profundo. Yo sonreía.

Al día siguiente, Alipio escuchaba un huaynito en su radio.

«Esa es música doctor», me dijo, señalando una imaginaria partitura en el aire. De pronto, sentí que los sonidos del arpa y el violín me daban una alegría inusitada.

«Así es, Alipio, —le dije—, música de los cielos», mientras una sonrisa iluminaba mi rostro.

Al tercer día el doctor Juárez, con una sonrisa triunfadora, me dijo que la cirugía iba bien, que el peor momento había pasado y que en los días siguientes habría mejores noticias.

La sala común

Aún recuerdo cuando días después me trasladaron a la sala común, una habitación con ventanales abiertos de pared a pared, donde debían caber seis camas, ahora albergaba doce, sin cortinas que separaran los espacios. Olores a sudor y orines saturaban la atmósfera. Una mezcla de marineras y huainitos se escuchaba en las camas de los pacientes.

En los días siguientes la rutina la marcaban el almuerzo y la cena que nos servían. Invariablemente una sopa de verduras y un plato de pollo al horno con arroz, que después de unos días me daba náuseas en cuanto me lo presentaban.

Dos noches después escuché el ronquido de alguien que no pude identificar. El ronquido se fue convirtiendo en un estertor grave que fue bajando de intensidad hasta desaparecer. «Qué mala suerte roncar como motosierra», me dije. En la mañana siguiente, me despertó la agitación de los enfermeros, el sonido de las palanganas y el chirriar de las sillas de ruedas. Había muerto un paciente que tenía mi edad. Volvía a tener la sensación de muerte alrededor mío. Recrudeció mi temor a la muerte y a la soledad.

Una noche llegaron dos técnicos de enfermería para arreglar la pata malograda de la cama contigua: el mayor, de pelo blanco, ventrudo e impecable de uniforme blanco; el menor, de unos cuarenta años, delgado, pelo negro erizado. Ambos se acercaron a mi cama, el viejo le dijo a su compañero:

¡Mira bien, al lado de la cama del anciano!

¿¿Anciano, yo??dije, totalmente sorprendido y humillado.

Cuando se fueron me acerqué al espejo del baño. El espejo y el baño compartían el deterioro: la superficie del espejo estaba veteada con manchas oscuras y algunas líneas en el centro deformaban un poco la imagen reflejada de las paredes con manchas despintadas y pedazos de yeso al aire libre. Lo que vi no era mi rostro. Para mi decepción, encontré un rostro envejecido, macilento y una mirada vacilante. Hasta ese momento tenía la imagen de una persona vigorosa, deportista, activa, totalmente lejana a la figura menguada y enfermiza del reflejo. Cobré conciencia de la imagen envilecida, era yo el anciano.

En la sala común estaban pacientes de corta estancia hospitalaria o los que iban de salida. Una sola enfermera atendía todas las camas en el día; en la noche, cada paciente se las arreglaba como podía porque el personal de salud, en general, dormía. Los pacientes se ayudaban unos a otros para ir al baño o para llamar a la enfermera si se presentaba alguna urgencia.

Con don Víctor tuvimos una gran confianza. ―Yo sabía que usted era médico desde que llegó. Don José, ―me dijeron―: Llega un envarado. ―Yo tengo un hijo que es doctor, también. Trabaja aquí en el hospital. Él me consiguió la entrada y el tratamiento―, me relataba el viejo Víctor, agricultor arequipeño, bonachón, con su metro noventa de alto. Tenía ochenta años y le habían detectado cáncer de estómago. ―Yo he sido chacarero, de barro y agua. Salí de la chacra, estudié contabilidad en las noches. Nunca me gustó quedarme en el mismo sitio. Como era empeñoso, me contrataron en una empresa. Ahí fui ascendiendo y ganando un poco más. Ahora soy jefe contable, así eduqué a mis tres hijos que son médicos como usted.

Otro amigo, aunque fugaz, fue Tadeo, el suertudo que estuvo solo una semana. Era delgado, pesaría unos sesenta kilos, de cara huesuda y chupada, pelo negro y puntiagudo. ―Vengo de la Rica Vicky, me dijo, con una voz de pito,  para que me saquen una piedra de la vesícula. Si pasa algún día por Renovación cuadra 6, me avisa―. Tadeo se fue a los dos días. Parecía un actor de cine despidiéndose de los amigos. Su sonrisa iluminaba la sala común. Estaba también Alipio, que ingresaba cada seis meses. Conocía todos los trucos de la sala; en su cajón de noche guardaba naipes, ludo, ajedrez, damas.

«Venga, doc, esta vez le doy ventaja de dos peones», me desafiaba cada tarde.

A su alrededor se apretujaban los vecinos entre ellos Jacinto, el profesor de Huancayo, que juraba tener un perro que predecía los terremotos y contaba historias alucinantes de su gato que reconocía fantasmas. Una noche nos contó:

«Mi gato reconocía fantasmas. Una vez vio uno en la parte oscura de mi cuarto. Se le pusieron los pelos de punta, arqueó su lomo mientras ronroneaba y mostraba sus dientes filudos, levantando la garra derecha en el aire. Se calmó cuando un viento pesado pareció escaparse por la ventana»

Reíamos, nos burlábamos de sus historias inverosímiles, volvíamos a reír con cada broma. Esa era, cada tarde, nuestra manera de aliviar la soledad.

 A los pocos días de la salida de Tadeo, durante la visita médica, el doctor Juárez, que vio mi progreso diario, me dijo: «Su evolución ha sido favorable. El resto de su recuperación lo hace mejor en su casa. Tenemos que evitar una infección intrahospitalaria». Salí de alta al día siguiente. Regalé todos mis enseres: periódicos, revistas, batas, sandalias, papel toalla, un juego de ajedrez.

La despedida

Mis compañeros hicieron una pequeña despedida al recibir el reparto de mis bienes acumulados en la sala común. Organizaron una especie de doble fila al tiempo que Marina empujaba la silla de ruedas hacia la puerta de salida. Mientras esperábamos el taxi, una melodía, un coro asomó, majestuoso, elevándose al cielo: «Seid umschlungen, Millionen! ¡Diesen Kuss der ganzen Welt!»: «¡Abrácense, millones! ¡Este beso para el mundo entero!». Millones de voces como una promesa. Cerré mis ojos, escuché sus voces mientras aparecían los rostros de mis amigos, alegres, abrazándome, dándome palmadas en la espalda. «¡No vuelva, doc.!», me decían, como un buen deseo para ellos mismos.

Me sentí renacer. Sus amplias sonrisas me acompañaron el resto del viaje mientras cogía la mano de Marina.