Rosario Sánchez Infantas
¿Quién lo diría? ¡Resultaron buena
gente estos patitas!
Y yo que no daba ni un centavo por
ellos. He visto bastante en la vida como para equivocarme en estas cosas. Se la
pasan de un lado a otro… pero trabajo de verdad, cero. Chaqueta, pantalón y
mandilón antifluidos. Si parecen hombres rana albinos.
Un par de guantes al tacho tras sacar el tensiómetro. ¡Zas!, uno más
después de guardarlo. Antes de tocar cualquier cosa, se desinfectan. Después de
tocarla, nueva desinfección. ¡Guantes de látex para desechar los guantes! ¡Me
carga la trampa!
Cuando escuché que el Lamparita
ofrecía ser el enfermero de mi traslado a Lima en la ambulancia del hospital, me
dije: Parece muy correctito, prudente… pero algo se trae, ya lo estoy oliendo. Nunca
acepta salir del hospital. De auxiliar venía el Sosa; no mata una mosca. Ni
habla. Solo a veces se le ocurren unas ideas muy locas y ¡las hace! Nunca se
sabe qué se puede esperar de él. El Vílchez no está mal como chofer, pero con
este personal de salud moderno, la ambulancia se vuelve una tortuga. Lo peor de
todo, es ser el paciente, después de treinta años de ser yo el personal
sanitario de los traslados en ambulancia.
Partimos a la medianoche rumbo al
hospital de Vitarte porque allí sí hay cardiólogos y en nuestro hospital, no. Adentro olía a desinfectante de
hospital. Cada bache hacía tintinear los frascos y equipos en las paredes. Solo
estaba encendida la luz tenue del asiento del auxiliar. Pensarían que así iría
a dormir. Al Sosa era al que tenían que despertar para que me controlara.
Lamparita y el Vílchez en voz baja
se actualizaban en los chismes del hospital. Lo que no saben es que a toditos
los conozco. La pachocha de los protocolos me hace hervir la sangre. Cada media
hora a controlar al paciente, desinfectada antes y después. Cada hora a
chequear el funcionamiento de los equipos. En ese plan ya llevábamos como cuatro
horas. Cuatro horas friéndome en mi cólera porque estos no hacen las cosas como
yo las hacía. Quien me conoce sabe que nunca duermo mientras viajo de noche,
aunque esté enfermo. Y, ahora, solo tengo un soplito en el corazón.
Tantas veces, hasta jubilarme, he
realizado este recorrido desde La Oroya hasta Lima. Ahora imaginaba el trayecto
porque reconocía los controles policiales, túneles, puentes, bajadas y cruces
ferroviarios. Esta vez el viaje me parecía muy lento, y los sonidos me llegaban
algo distorsionados. Felizmente estaríamos a una hora de Vitarte. Fantaseaba
con que, allí por fin, me soltarían las correas que me ataban a la camilla y
que me pasarían a una cama cómoda donde podría estirarme a gusto.
Hace un año inauguraron el nuevo puente
Bellido. A la derecha hay una carreterita que se pierde entre sauces y tunales,
cerro arriba. Aún no amanecía cuando, tras dar una curva, salimos a la entrada
del puente y el chofer frenó en seco. Sosa salió disparado al suelo. Sentí el
jalón de las correas en mi cuerpo. Gritos, mentadas de madre, invocaciones a la
Virgen María y a Dios. Algo me cayó en la cabeza y me puso a dormir un buen
rato.
Me
despertó el violento traqueteo de la ambulancia que avanzaba a trompicones por
una trocha cuesta arriba. Aturdido, escuché al Vílchez maldecir a los encapuchados
armados que nos habían tendido una emboscada tras atravesar un tronco en el
puente. Atrás, el Sosa jadeaba, con las manos aún manchadas de yodo y
mertiolate; me contó atropellado que había tenido que abrir la puerta trasera
para lanzarles frascos de desinfectante. El olor penetrante a formol impregnaba
la cabina y les había irritado los ojos a los atacantes. Estos entraron en
pánico, lo suficiente para que Vílchez retrocediera y escapara por aquella
carretera abandonada.
De
pronto paró en seco. Estábamos a media colina. Íbamos a cruzar un canal cuya
agua corría tumultuosa y el puentecillo que lo atravesaba estaba a medio caer.
–Hagamos una rampa –dijo Sosa
mientras me desataba, sacaba mi camilla y me señalaba el asiento.
La atravesó a lo ancho del camino justo antes
del puente. Me incorporé para ayudarlos, aunque una presión en el pecho me
recordó por qué me trasladaban a un hospital de mayor complejidad. Apilaron
frazadas y ropa debajo de la camilla para que quede con una elevación
de unos treinta grados. El Vílchez nos ordenó subir a la ambulancia y ponernos
los cinturones de seguridad. Retrocedió unos seis metros, picó la
ambulancia y ¡pasamos volando el puente endeble! Sentimos un gran golpe y los sacudones de la
ambulancia. Seguimos subiendo por la trocha con altos y bajos. Un par de
motocicletas ascendían rugiendo los motores y levantando polvo, cien metros más
abajo.
–Van a saltar el puente –grité–.
¡Nos van a acribillar!
–Hay que detenerlos. No podemos
avanzar, el camino está bloqueado en esa curva –dijo el Sosa señalando hacia
arriba.
El ruido de las motos ya se sentía
encima.
–¡Los balones de oxígeno! Hay que
abrirlos y lanzarlos –grité recordando lo que pasaba en el hospital cuando se
caía un cilindro abierto.
El Lamparita y el Sosa sacaron un tanque
de oxígeno de la ambulancia.
Unos cien metros detrás los tipos
se detuvieron. Inspeccionaban el desvencijado puente de madera.
Mis patas destaparon un balón, a
duras penas lo contuvieron porque se sacudía intensamente mientras escapaba el
gas. Lo soltaron hacia nuestros perseguidores. Salió disparado como un misil. En
pleno puente, el balón chocó contra la primera motocicleta y derribó a su
conductor. Los dos hombres que viajaban en la segunda frenaron al ver que el
canal de agua arrastraba al vehículo y al herido. El cilindro siguió
cuesta abajo, golpeando piedras y troncos y levantando nubes de polvo. Después
de sacar a su compañero del agua, los tres se acomodaron como pudieron en la
única motocicleta que les quedaba y huyeron.
El balón terminó estrellado en una
puerta de zinc. Varios pavos gorgotearon con estridencia, muchos perros
ladraron. El alboroto despertó a los pobladores de las casitas desperdigadas en
los alrededores. Algunos
campesinos se asomaron y luego comenzaron a acercarse. Al principio con temor;
después, con los ojos muy abiertos, miraron nuestra ambulancia sucia y
chancada, luego el cielo y otra vez el vehículo. Seguramente pensaban
que solo podía haber caído del firmamento; todo lo opuesto a la ascensión de la
Virgen María en cuerpo y alma. Les contamos nuestra odisea. Una
pobladora nos trajo café; otra, panecitos recién horneados. Los niños nos
contemplaban con la boca abierta por el asombro, y tocaban los sucios uniformes
y mi bata manchada con aseptil rojo. El más grande dijo:
–¡Eso es el camuflaje para engañar
a los enemigos!
–No. Su tanque de guerra está
camuflado de ambulancia –concluyó una niñita descalza y en pijama.
Un poblador le ordenó a su hijo
adolescente que bajara a la carretera, se subiera al primer vehículo que pasara
y avisara de la emboscada en la comisaría del pueblo más cercano.
Seguro que me quedé dormido
esperando a los policías rescatistas. Me desperté cuando sentí que me ajustaban
una correa de camilla a la altura del pecho. Un técnico gordito con unos
tupidos bigotes me dio unas palmaditas en el hombro:
–¡Tranquilo, coleguita, ya está en familia! Bienvenido al Hospital de Vitarte.
¡Un colega es un colega!
Alcancé a ver a mis patitas de La Oroya, en el
parqueo de ambulancias, con sus uniformes impecables, sonreír y agitar las
manos despidiéndome.
Una joven técnica con una amable
sonrisa me dijo:
–No se preocupe, coleguita. Usted
sabe que el efecto del somnífero que le inyectaron en La Oroya va a ir pasando
en el transcurso de la mañana. Quizás le esté produciendo algo de sed. Cuénteme,
¿qué soñó?