María Paz Navea Tolmos
Llegué
temprano a casa aquella mañana. El jardín estaba húmedo por la llovizna y el
aroma del té recién hecho se mezclaba con el de las rosas que ella insistía en
cuidar incluso durante el invierno. Desde la sala, la voz melancólica de Carlos
Gardel emergía de la gran bocina dorada del gramófono. Yo le había llevado
aquel disco por curiosidad, recomendado por un colega argentino, y mi abuela
terminó encariñándose con esa voz grave aunque no entendiera una palabra.
Prefería el gramófono al radiorreceptor, que permanecía apagado desde que las
noticias solo hablaban de las hambrunas en Estados Unidos o de los histéricos
desfiles de ese tal Adolf en Alemania.
—¿Quieres
galletas con té, querido? —preguntó apenas me vio entrar.
—No olvides
el azúcar, abuela —dije, procurando que mi voz alcanzara la habitación contigua
mientras terminaba de acomodar la mesa de la terraza.
Moviendo
algunos papeles para hacer espacio, encontré una hoja escrita a mano: una
oración por los difuntos seguida de una lista de nombres. Reconocí a algunas
personas apenas de oídas; otras pertenecían a recuerdos lejanos de mi infancia.
La mayoría habían sido amistades de mi abuela o familiares de los que hacía
años no escuchaba hablar. Ignoraba incluso que muchos hubiesen muerto.
Fue la
primera vez que comprendí que el tiempo avanzaba sin culpa ni remordimiento,
llevándose partes de mi vida con la misma indiferencia con la que el invierno
marchita un jardín.
—¿Qué te
gustaría hacer hoy? —pregunté al escuchar sus pasos acercarse desde el interior
de la casa.
Dejé los
papeles sobre la mesa y retiré la silla para ayudarla a sentarse. La fragilidad
de sus manos siempre conseguía llevarme al mismo recuerdo: los días posteriores
a la muerte de mi abuelo. Él la había amado profundamente. Aun siendo niño,
alcancé a notar que entre ellos existía una clase de amor sereno y absoluto que
rara vez vuelve a encontrarse. Cuando murió yo tenía trece años y, desde
entonces, mi abuela aprendió a convivir con una soledad que nunca terminó de
reconocer en voz alta.
Mis padres
vivían a poco más de una hora de Liverpool y yo continué con ellos algunos años
más. Sin embargo, cuando ingresé a la universidad, les propuse mudarme
definitivamente con mi abuela. La casa me quedaba mucho más cerca y, aunque ese
fue el pretexto que utilicé, ambos sabíamos que la verdadera razón era otra: no
quería que volviera a cenar sola.
Al principio
temí que el ruido y el movimiento constante de la casa pudieran molestarle,
pero pronto fue ella misma quien comenzó a pedirme que invitara a mis amigos.
Así, el comedor se vio cada vez más invadido por mis compañeros de la
universidad. Ella los recibía siempre del mismo modo: con el té listo y un
arsenal de historias interminables que transformaban cualquier conversación
cotidiana en algo memorable. Todos terminaban queriéndola como a su propia
abuela.
—Mi querido
Nicholas —dijo con una sonrisa cansada—, me gustaría escuchar alguna de tus
maravillosas historias sobre esa investigación tuya. ¿Has tenido novedades?
¿Cuándo partirás al Perú?
—Abuela, ya
hemos hablado de eso —respondí tomando asiento frente a ella—. No puedo dejarte
aquí sola. Y sé bien que no quieres acompañarme. No cometeré la imprudencia de
marcharme y dejarte atrás.
Ella soltó
una pequeña risa, suave, casi resignada.
—Cariño, no
puedes vivir atado a mí. Una mujer de
ochenta y dos años como yo que apenas sigue el ritmo de sus propios días no
puede seguir el ritmo de un joven como tú. Debes ampliar tus horizontes. El
mundo no fue hecho para contemplarlo desde la misma ventana toda la vida.
Tomó su taza
de té con ambas manos antes de continuar.
—Ve. Yo
seguiré aquí, esperándote como siempre.
Sonreí
apenas.
—Podría
partir en un año. Sería un viaje breve; estaría de regreso antes de que
empieces a cansarte de mis cartas. Y, sinceramente, no quisiera perder ni un
segundo más sin conversar con la mujer más fascinante que he tenido el placer
de conocer.
Le guiñé un
ojo mientras le acercaba el plato de las galletas, haciéndola sonreír. Mi
abuela sonrió con ternura.
—Siempre tan
encantador, Nicholas. Sabes que voy a extrañarte, ¿verdad?
—Nos
escribiremos como si el océano no existiera —respondí—. Te enviaré cartas,
postales… te contaré sobre todo lo que encuentre en el camino.
Mi abuela y
yo habíamos pasado juntos prácticamente toda la vida. Fue ella quien me crio en
gran parte y, a diferencia de lo habitual, entre nosotros nunca existió esa
distancia solemne que tantos consideraban apropiada.
Crecí
viéndola atravesar la vida con una mezcla extraña de fortaleza y ligereza. De
ella heredé valores, creencias y una manera particular de mirar el mundo: como
si incluso los días más difíciles merecieran ser vividos con elegancia y
sentido del humor.
Era una
mujer de carácter fuerte y espíritu distraído, capaz de conversar durante horas
con cualquiera que se cruzara en el jardín. La servidumbre la adoraba; a veces
los escuchaba reír juntos desde el comedor mientras yo trabajaba en el estudio.
Poseía esa extraña virtud de hacer sentir acompañada a cualquier persona que
estuviera cerca de ella.
Me enseñó
que la verdadera educación no tenía nada en común con esa distancia emocional
que tantas familias inglesas confunden con la elegancia. Quizá por eso nunca
entendí los matrimonios celebrados por conveniencia, tan frecuentes entre
familias de nuestra posición. Siempre me parecieron acuerdos sensatos, pero
profundamente tristes. Después de crecer viendo el cariño silencioso que mis
abuelos se profesaban incluso en los días más difíciles, me resultaba imposible
conformarme con menos. Si algún día llegaba a casarme, quería hacerlo por una
razón tan irracional como el amor.
—¿Has sabido
algo de la señorita, cariño? —preguntó mi abuela antes de llevarse la taza a
los labios.
Negué
suavemente con la cabeza.
—Aún no.
Pero no he conseguido apartarla de mis pensamientos.
Mi abuela
sonrió apenas, como si aquella respuesta no la sorprendiera en absoluto.
—¿Es tan
hermosa como la recuerdas?
Solté una
pequeña risa.
—Más
peligrosa que hermosa, diría yo.
Ella arqueó
una ceja con evidente diversión.
—Eso suena
grave.
—Lo es
—respondí—. La vi una sola vez y aun así recuerdo cada detalle con una
precisión absurda. Sus ojos eran marrones, pero no del tono común; tenían algo
inquietante, como si siempre estuviese pensando más de lo que decía. El viento
no dejaba de moverle el sombrero y ella parecía demasiado tranquila para
notarlo. Llevaba el cabello oscuro sobre los hombros y caminaba como si el
resto del mundo no tuviera derecho a interrumpirla.
Mi abuela me
observó en silencio unos segundos antes de sonreír de nuevo.
—Y tú
pretendes convencerme de que no estás enamorado.
Aparté la
mirada hacia el jardín.
—Ni siquiera
conozco su nombre todavía. Arthur hubo de ganarse la memoria del conserje y la
buena disposición de un viejo botones con algunas monedas. Al parecer, la
discreción también tenía tarifa.
—Nicholas
Whitmore pagando por información romántica… tu abuelo estaría encantado.
El desayuno
terminó más rápido de lo esperado y poco después retomé mis asuntos de trabajo
en el estudio. Desplegué los pesados planos del proyecto ferroviario sobre el
escritorio de roble, rodeado por el olor a cuero viejo y tabaco de pipa que
inundaba la habitación. Apenas había conseguido concentrarme, con la pluma
suspendida sobre las anotaciones, cuando escuché voces retumbando en el suelo
de madera del recibidor.
—¡Señorita
Emma! —saludó un hombre con entusiasmo.
Reconocí la
voz de inmediato. Era Arthur, uno de mis compañeros de trabajo, a quien había
pedido que averiguara la identidad de la joven que había visto salir del hotel Adelphi
aquella tarde.
Mi abuela
apareció primero en la puerta, divertida. Detestaba que la llamaran señora, así
que quienes la conocían desde hacía tiempo habían aprendido a concederle el
gusto de tratarla como señorita, incluso a sus ochenta y dos años.
—Cariño
—dijo apenas me vio—, tu amigo ha venido con noticias.
Arthur
sonreía como quien acaba de descubrir un secreto importante.
—Creo que
finalmente la encontramos.
Me puse de
pie casi de inmediato.
—¿Sabes su
nombre?
—María
—respondió Arthur—. Es todo lo que logramos averiguar.
El nombre
permaneció suspendido en mi cabeza unos segundos, como si necesitara tiempo
para acomodarse dentro de mí.
Arthur
continuó:
—Uno de los
empleados del hotel recordó a la familia con la que se encontraba y nos
proporcionó una forma de hacerle llegar correspondencia… aunque hay un pequeño
inconveniente.
—¿Cuál?
—La señorita
vive en Perú.
No pude
evitar sonreír.
—Entonces la
Providencia ha decidido divertirse conmigo —murmuré.
Arthur me
miró confundido.
—¿Qué
quieres decir?
—Mi próxima
expedición es precisamente a Perú.
Desde el
sillón, mi abuela dejó escapar una risa contenida, como si la vida le hubiera
dado la razón.
—Parece que
el destino está haciendo mucho más esfuerzo que tú para acercarte a esa
muchacha.
Aparté la
mirada, incapaz de contener del todo la emoción.
—Tal vez
—admití—. Aunque empiezo a sospechar que debo prepararme muy bien antes de
conocerla en persona.
Y
dirigiéndome a mi amigo, agregué:
—Arthur,
debo pedirte un último favor. Necesito saber más de ella. Sería desafortunado
pasar el resto de mi vida preguntándome quién era aquella muchacha.
El sueño me
fue esquivo esa noche. Intenté convencerme de que aquella señorita no era más
que un pensamiento pasajero, una impresión exagerada por la distancia y el
cansancio. Pero mientras más trataba de apartarla de mis pensamientos, con más
claridad regresaba a ella.
Imaginé otra
vez sus ojos, la serenidad inverosímil con la que caminaba, el modo en que el
viento parecía empeñado en desordenar sus cabellos oscuros.
Desperté a
la mañana siguiente cuando el sol aún no había aparecido. Tomé la pluma casi de
inmediato y escribí una carta. Luego otra. Y otra más.
Deseché
páginas enteras antes de encontrar las palabras correctas. Cada intento me
parecía demasiado imprudente o poco honesto. Incluso para mí resultaba ilógico
sentir semejante inquietud por una mujer a la que apenas había visto unos
instantes. Releí la última carta varias veces antes de doblarla y al final la
dejé sobre el escritorio, convencido de que enviarla sería una insensatez de la
que tal vez terminaría arrepintiéndome.
—Ya vuelvo,
abuela —anuncié apresurado antes de salir de casa.
Aquella
mañana me dirigí a la firma donde trabajaba. Desde hacía meses insistían en que
aceptara una nueva expedición comercial a Sudamérica. Al parecer, mis últimos
informes habían resultado suficientemente exitosos como para convencer a los
directivos de que yo era el hombre indicado para supervisar el proyecto en
Perú.
En otras
circunstancias, habría considerado aquella propuesta con la distancia
profesional de siempre. Pero esa mañana, por primera vez, la palabra «Perú»
comenzó a significar algo distinto.
Les pedí
algo de tiempo para pensarlo. La idea de dejar sola a mi abuela seguía
resonando con incomodidad en mi cabeza. En más de una ocasión pensé que todo
habría sido más sencillo si los años no pesaran tanto sobre ella; me la habría
llevado conmigo sin dudarlo un instante.
Entre
reuniones, informes y diligencias de la firma, el resto del día terminó
escapándose con rapidez. Ya entrada la noche, terminé en The Vines, un bar
cercano al puerto, junto a Simon y Elias, dos grandes amigos de mis años
universitarios, ajenos al mundo de la firma.
La
conversación derivó inevitablemente hacia Sudamérica… y hacia María.
—Sigues
pensando en la muchacha, ¿verdad? —preguntó Simon apenas el camarero dejó
nuestras bebidas sobre la mesa.
No respondí
de inmediato, lo que bastó para hacerlos reír.
—Nicholas
Whitmore enamorado de una mujer a la que vio menos de un minuto —dijo Elias
levantando su vaso—. Esto sí que no lo esperaba.
—No estoy
enamorado —aseguré.
—Claro que
no —respondió Simon con una sonrisa burlona—. Por eso estás considerando cruzar
el océano entero.
Di un largo
trago antes de apoyar el vaso sobre la mesa.
—Ni siquiera
conozco su nombre completo.
Elias me
observó unos segundos antes de encogerse de hombros.
—Entonces
escríbele.
Solté una
risa breve.
—¿Y qué se
supone que debería decirle?: «Disculpe, señorita, creo haber perdido por
completo la razón después de verla caminar por una plaza».
Los tres
reímos.
—Dile
exactamente eso —contestó Simon—. Las mujeres aman a los hombres honestos o a
los auténticos idiotas. Aún no decidimos cuál de los dos eres.
Brindamos
entre carcajadas y, conforme avanzaron los tragos, la idea comenzó a parecerme
menos insensata. La carta original jamás llegó a abandonar mi escritorio; la
consideré demasiado intensa. Sin embargo, aquella noche en el bar, pidiéndole
al camarero una hoja de papel y un lápiz, terminé escribiendo casi sin pensar
una segunda versión mucho más breve… aunque igual de imprudente. Elias insistió
en acompañarme hasta la oficina postal, pero al llegar la encontramos cerrada,
como era de esperarse.
—Entonces la
enviaremos mañana —dijo, guardándose el sobre en el bolsillo del abrigo antes
de que pudiera quitárselo.
A la mañana
siguiente, con más vergüenza que valor, recuperé la carta de manos de Elias y
caminamos juntos hasta la oficina postal cercana al puerto. El viento del río
hacía difícil mantener el sombrero en su sitio. Miré el sobre varias veces
mientras avanzábamos por las calles húmedas del puerto. Nunca Liverpool me
había parecido tan grande ni el océano tan cercano. Recuerdo haber sostenido el
sobre unos segundos antes de entregarlo, dudando hasta el último instante. Sé
que tuve tiempo de arrepentirme, pero no lo hice.
Al llegar a
casa, le conté todo a mi abuela. Entre todas las personas que conocía, ella
siempre había sido la más sensata, así que esperaba un sermón considerable por
haber enviado semejante carta bajo los efectos del whisky.
—Reconozco
que es una imprudencia, abuela.
Sin embargo,
apenas terminé de explicarle lo ocurrido, sonrió con una calma casi
enternecida.
—El corazón
tiene razones que la razón no entiende, cariño.
—Vaya, no
sabía que andabas releyendo los Pensamientos de Pascal —mencioné,
tomando un sorbo de té.
Aquella
frase pareció absolverme más de lo que probablemente merecía. Aunque, eso sí,
me pidió con bastante firmeza que la próxima vez intentara enamorarme con algo
menos de alcohol en el organismo. Después guardó silencio unos segundos antes
de añadir:
—Mi mayor
miedo no es que te marches, Nicholas. Es partir algún día de este mundo sin
haber conocido a la mujer capaz de hacerte tan feliz como tu abuelo me hizo a
mí.
La miré sin
saber muy bien qué responder.
—Te ruego
que vayas al Perú, cariño. El mundo tiene cosas esperándote allá afuera.
Bajé la
vista hacia mi taza de té.
—Lo pensaré,
abuela… aunque quién sabe si esa muchacha siquiera responderá mi carta. Tal vez
la encuentre desatinada. O peor aún, la deteste.
Ella soltó
una pequeña risa.
—No pierdas
la esperanza, corazón. Y no seas tan impaciente. Recuerda que las cartas tardan
semanas en cruzar el océano.
Intenté
escuchar su consejo y actuar con indiferencia los días siguientes, pero no me
fue posible. Cada viernes, de forma religiosa, encontraba excusas ridículas
para pasar cerca de la oficina postal. A veces fingía enviar documentos de la
firma; otras, caminaba hasta el puerto con la incongruente esperanza de que una
respuesta hubiese llegado antes de lo posible. Y aunque nunca recibiera nada,
volvía a la semana siguiente.
Hasta que un
lunes por la tarde encontré un sobre distinto esperándome sobre la mesa del
recibidor. Mi abuela había pasado aquella mañana por la oficina postal y, al
parecer, el encargado le informó que finalmente había llegado correspondencia
para mí. Recuerdo haber sentido un nerviosismo absurdo al romper el sello:
Lima,
enero de 1935
Mr
Nicholas,
He
recibido su carta con sorpresa y, he de admitir, con cierta curiosidad, no deja
de intrigarme que alguien pueda describir con tal precisión unos ojos que,
según afirma, no ha logrado olvidar. Me pregunto, entonces, si acaso me ha
confundido con otra o si su memoria es más poética que fiel.
Si
en efecto me ha visto, le ruego me ilumine: ¿en qué circunstancia ocurrió tal
encuentro? ¿O ha decidido usted cortejar a una desconocida por el mero placer
de la aventura?
Le
advierto que mi carácter es menos romántico que curioso, y antes de permitirle
cortejarme como corresponde, quisiera poder conocerlo un poco más.
Leí aquellas
líneas una vez. Luego otra. Y otra más. Nunca nadie me había escrito de aquella
manera.
Había
inteligencia en sus palabras, pero también ironía. Prudencia y curiosidad
conviviendo en la misma página. Era como conversar con alguien capaz de
observar el mundo desde un lugar completamente distinto al mío y, aun así,
comprenderme con una facilidad inquietante.
Sin embargo,
por primera vez, una duda comenzó a abrirse paso entre mi entusiasmo. ¿Y si la
mujer que existía en aquellas cartas no era la misma que yo había imaginado
durante todos esos meses? Me avergonzaba reconocerlo, pero empezaba a temer
tanto descubrir que me había equivocado como no llegar a conocerla nunca.
Después de
recibir su segunda carta entendí el verdadero peligro de todo aquello: haría lo
que fuera necesario por conocer a la autora de aquellas líneas.
No de la
manera superficial en que suelen conocerse las personas en cenas o reuniones
elegantes, sino conocerla de verdad. Descubrir qué libros leía, cómo sonaba su
risa, qué clase de pensamientos habitaban una mente capaz de escribir así.
Las cartas
me habían permitido acercarme a ella, pero aún sabía demasiado poco sobre la
mujer que las escribía. Ni siquiera conocía su nombre completo. Antes de cruzar
el océano y presentarme ante su puerta, necesitaba averiguar al menos eso.
Después tendría que tomar la decisión más importante: aceptar la expedición al
Perú.
Regresé a
casa y encontré a mi abuela en el jardín, leyendo junto a las rosas como hacía
casi todas las tardes. Permanecí observándola unos segundos en silencio,
preguntándome cuánto de mi vida había estado siempre ligado a ella.
—Ya tomaste
una decisión, ¿verdad? —preguntó sin apartar la vista del libro.
Negué con la
cabeza, divertido.
—¿Es tan
evidente?
Ella levantó
finalmente la mirada hacia mí.
—Te crie,
Nicholas. Conozco a la perfección cómo luces cuando algo importante ya ocurrió
dentro de tu cabeza, aunque todavía intentes convencerte de lo contrario.
Tomé asiento
junto a ella.
—Tengo miedo
de dejarte sola.
Mi abuela
sonrió con una ternura que me resultó insoportable.
—Cariño, las
personas que se aman no dejan de acompañarse solo porque exista un océano de
por medio.
Guardé
silencio unos segundos.
—¿Y si todo
esto resulta una tontería? Apenas la conozco.
—Entonces al
menos tendrás una historia maravillosa para contarme cuando regreses.
No pude
evitar reír y ella tomó mi mano con suavidad.
—Ve al Perú,
Nicholas. No muchos tienen oportunidades así en la vida como para dejarlas
pasar por miedo.
Esa noche
pensé de más en las palabras de mi abuela. Permanecí despierto más tiempo del
habitual, observando desde la ventana cómo la lluvia comenzaba a cubrir con
lentitud el jardín. Quizá tenía razón. Tal vez algunas decisiones no llegan
para ser comprendidas del todo, sino simplemente tomadas.
A la mañana
siguiente me puse en marcha. Arthur había conseguido, por fin, confirmar la
identidad de la joven gracias a uno de los empleados del hotel Adelphi, y fue
entonces cuando conocí su nombre completo. Con aquella última certeza en mis
manos, antes de que terminara la tarde comuniqué a los directivos de la firma
que aceptaría la expedición al Perú.
Mis
superiores parecieron más satisfechos de lo que esperaba; llevaban meses
intentando convencerme de supervisar el proyecto ferroviario en Perú y, hasta
entonces, yo siempre había encontrado alguna excusa razonable para rechazarlo.
—Excelente
decisión, Mr. Whitmore —dijo Mr. Ashford mientras cerraba la carpeta frente a
él—. Partiremos hacia el Perú en diciembre. Le recomiendo empezar a prepararse
desde ahora; permaneceremos allá varios meses.
Mientras
abandonaba el despacho de Mr. Ashford comencé a considerar que, tal vez, y solo
tal vez, un océano entero era un obstáculo ridículamente pequeño.