martes, 13 de octubre de 2026

Matilda ha muerto

Manuel Jumpa Santamaría


Los amigos lo apodaron Matilda porque decían que parecía una sirvienta cama-adentro, atenta para servir día y noche, aunque, por derecho propio, era un auto macho: un Fiat 500 del 68, azul marino, viejo de diez años y quejumbroso que doña Pilar, la mamá de Luis, le había comprado cuando tenía solo seis años de antigüedad. Matilda, a pesar de sus diez años, era una fiel camarada. Estaba oxidada hasta el chasis, le crujían los cambios y solo tenía un faro delantero. Luis la lustraba todos los días, le hacía mantenimiento al motor, a las llantas, al capó, para después salir a pavonearse en el barrio manejando el timón con una mano y el codo afuera de la ventana mientras mostraba su panza chelera y su barba de tres días. Una vez el ventilador del motor empezó a chirriar y, aunque emitía un sonido horrible, no lo arregló. Prefería darse tiempo para sacarle brillo al capó.

 «Este se cree mucho con su puto carro», decía Pedro, su amigo de barrio.

El auto, famoso en el barrio por su origen italiano, le daba caché entre sus amigos misios que solo tenían para el pasaje en los colectivos. Más importante: los patas, los familiares, la collera lo buscaban para moverse por los alrededores. El Fiat era excelente para el mataperreo en el jirón Valdizán. Hasta aquella madrugada fría de Lima que sería la última de Matilda.

Unos días antes, mientras manejaba, Luis pensaba: No importa si solo terminé la secundaria, carajo, justo cuando Velasco daba la reforma educativa; puta madre, me libré de juntarme con los cholos. Ahora, mi mamá quiere que sea empleado. Ella no sabe lo que es pasar ocho horas en una oficina. Prefiero seguir con mi taxi. Mientras tanto, el Fiat recorría las calles de Jesús María, ese conglomerado de casitas de dos pisos, jardincito delantero, paredes todas de blanco, puertas y ventanas con rejas oscuras, al estilo americano de moda. La urbanización estaba rodeada de residencias aristocráticas en la avenida Salaverry y alrededor de lo que fue el hipódromo San Felipe. En ese espacio de Jesús María vivían algunos cantantes de la Nueva Ola como El Mono Altamirano, Pepe Cipolla y actrices de televisión como Cuchita Salazar. La población era, en su mayoría, descendiente de empleados de clase media que habían trabajado para las empresas de la oligarquía urbana o en las grandes haciendas de la costa. Los habitantes de esas viviendas aspiraban a codearse con apellidos blanquitos caídos en desgracia, con pretensiones de estatus social, eso sí, ¡qué se habrán creído!, como decía la abuela de Luis. El barrio era una amalgama de blanquiñosos con aires de criollos y de criollos con aires de  blanquiñosos, que no solían juntarse con cholos ni negros.

Matilda, en cambio, los aceptaba a todos. A pesar de su fragilidad, años atrás llevó a la patota hasta el Festival de la Primavera en Trujillo y a la Fiesta de la Vendimia en Ica del año siguiente. Su pequeña carrocería era el inevitable transporte de cuatro, a veces seis palomillas, para farrear en Barranco o para buscar la bronca a los cholos que chupaban por el Dante. No protestó cuando la degradaron a taxi, para ir por ahí nomás, cerca del barrio, no sea que lo ensucien los negros de mierda. Nunca faltó en la playa Pescadores para el cebiche después de las jaranas; en ese conjunto de casas de estera y madera al costado del exclusivo Club Regatas se preparaban los mejores cebiches  de Lima, con pescado fresco traído del Terminal Pesquero. En otra ocasión Matilda los sacó al cuete del bar Negro Candela en Cinco Esquinas, Barrios Altos cuando una noche el mozo se pasó de vivo y les cargó unas cervezas de más.

Una madrugada brumosa de Lima, Luis y cinco de sus compinches regresaban de una fiesta en el Fiat, totalmente ebrios. En la radio Rubén Blades cantaba a todo pulmón su éxito recién lanzado: Y Pedro Navaja, puñal en mano, le fue pa' encima. El diente de oro iba alumbrando to'a la avenida, cuando Matilda tuvo un hipo y se paró en seco, empezó a toser como un asmático y a llenar de humo los asientos traseros. La patota aún se reía de un chiste de Pedro, el contador de chocarrerías, cuando del asiento posterior salió un fogonazo y humo denso. Luis se puso pálido al ver salir crepitantes las primeras llamas debajo del capó. Desesperado bajó, abrió la tapa del motor. Una llamarada le saltó a la cara quemándole las pestañas, creció hasta el techo, se propagó hacia los asientos de los pasajeros. Asustados, chamuscándose, los cinco salieron a la atropellada por las dos puertas del auto que se consumía.

Un desencajado Luis buscaba agua, un trapo, tierra, cualquier cosa para apagar el fuego. Le ardían los párpados y le llegaba el olor de su ropa que se quemaba. A través del humo que envolvía al auto vio que sus amigos, dándole la espalda, empezaron a alejarse del lugar, con sus cervezas en la mano.

 ―Oigan, ayuden pues, carajos ―gritó Luis.

―¡No jodas, oye, que se queme tu cojudez de carro! ¡No te creas la gran cagada por tener tu Fiat! ―respondió Pedro.

―¡Quémate tú también, huevón! ―gritó Pepe Podestá, primo de Luis, desde más lejos.

La Matilda aún ardía.

Luis vio cómo su Fiat 500 terminaba de quemarse hasta ser un amasijo de retorcidos fierros negros. Cuando Matilda se carbonizó completamente, algunos chismosos salieron de sus casas. Luis vio pasar un patrullero por la esquina, levantó la mano pidiendo ayuda. El vehículo siguió de largo silencioso. Luis se encaminó en dirección a su casa, que estaba a pocas cuadras. Mientras caminaba con las manos en los bolsillos, pensaba: Carajo, desde que Velasco nos quitó las haciendas nos jodimos en este lugar de mierda. Y yo en ese carro, dando vueltas. Ella seguramente no lo sabe, pero el Fiat que me regaló para ganarme la vida, era mi carro, mi orgullo. Además, cuatro años en el timón son nada.

Caminó dos cuadras hasta el cruce de Valdizán y Horacio Urteaga. En la esquina del Chino Pepe estaba la collera, haciendo rueda a una docena de cervezas en el piso. Unos drogadictos fumaban su troncho Moño Rojo en una vereda cercana. Un panadero pasaba haciendo ruido con su corneta.

Luis se acercó a ellos y empezó de nuevo la risa, algunos de sus amigos hasta se doblaban por las carcajadas.

―La Matilda ja, ja, ja, puta madre ―decía uno de ellos.

―La Matilda ja, ja, ja, echaba humo por todas partes, parecía la chimenea del Cocharcas, ja, ja, ja ―decía otro.

―No compadre, se parecía al Coco cuando se le prende al pucho ―agregaba un tercero.

Luis los miró:

―Ustedes son unos conchesumadres, me dejaron solo en la avenida, con la Matilda que se quemaba.

Así les reprochaba mientras llenaba su vaso de cerveza y las carcajadas seguían.

―Basuras, ustedes no creen en nadie ―insistió Luis―. Un amigo se puede morir y ustedes se cagan de la risa.

La mañana aparecía plena, el sol resplandecía en las casas blancas del vecindario y emitía unos brillos de arco iris en los vasos y las botellas de cerveza que se encontraban haciendo un círculo en el piso. Luis agarró un vaso de cerveza, miró los restos del Fiat ahora negro y humeante, volteó donde estaban sus amigos:

«La Matilda ha muerto, carajo. ¡Viva la Matilda!», dijo.

Y se sirvió otro vaso de cerveza.  

miércoles, 7 de octubre de 2026

Primera vez

Ninfa Patiño Sánchez


Sentada en el avión, Juliana se ajusta el cinturón y respira profundo mientras contempla el océano que se desvanece por la ventanilla. El alivio y la nostalgia se mezclan cuando le llega, como un eco, el balido de una cría de lobo marino. Ayer temblaba en el borde del bote, mirando su reflejo en el agua, incapaz de confesar que era su primera vez…

Cuando tenía veintidós años, Juliana se embarcó junto a dos compañeras de trabajo en un crucero gigantesco y antiguo, cuyo olor a madera se percibía desde la entrada. Piscinas, sala de billar, discoteca y pasillos interminables con alfombras y cortinas raídas constituían la vieja embarcación. Fueron ocho días de travesía. Por las noches se navegaba y se amanecía en una isla diferente de las diecinueve que constituyen el archipiélago Galápagos.

Juliana aún recuerda los colores intensos de los amaneceres y atardeceres. Colonias de piqueros patas azules, flamencos, galápagos centenarios, lobos marinos y demás especies endémicas que de seguro maravillaron a Darwin e inspiraron su teoría de la evolución por selección natural. Tampoco puede olvidar la vergüenza y frustración del segundo día cuando se quedó dormida; pasó proscrita todo el día en su camarote.

La segunda vez fue en su luna de miel; un pequeño crucero blanco con todas las comodidades. La penúltima noche, Juliana se excedió con los camarones al ajillo y el vino blanco. Severa indigestión que le significó una noche sentada en el inodoro hasta regresar al continente completamente deshidratada.

La tercera fue una visita imprevista por asuntos laborales. Como especialista en estudios culturales, Juliana debía dar una charla sobre los efectos de la colonización en la isla San Cristóbal; la noche anterior a su viaje se cayó y sufrió un esguince de tobillo derecho; una bota de yeso, muletas y sillas de ruedas para sus traslados la acompañaron durante su corta estadía. 

La cuarta ocasión fue distinta. Viajó con su hijo poco después de la muerte de su esposo para cumplir su última voluntad y depositar sus cenizas en una de las islas. Aquel no fue otro viaje más, sino uno de nostálgicos recuerdos, duelo y despedida.

La quinta, que parecía la vencida, Juliana viajó con su hermana Manuela. Todo fue extraordinario y casi perfecto. Ya de regreso en el aeropuerto de Baltra sucedió algo inusitado: anuncian en la pantalla de salidas que el vuelo está retrasado. Pasada una hora, no hay ninguna explicación. Luego de dos horas informan por los parlantes que el avión sufrió un desperfecto técnico y que el vuelo ha sido cancelado.

Ante tal noticia, los pasajeros se agolparon en el mostrador de la compañía para manifestar su malestar en medio de pifias e imprecaciones, pero el personal había desaparecido. Reinó el caos; todos hablaban a la vez.  Pasaron algunos minutos en los que solo se escuchaban gritos.  Juliana, que hasta ese momento no pronunciaba ni una palabra concentrada en la lectura de su libro, desliza una mirada serena a su alrededor, toma conciencia de lo que está pasando, respira profundo, mira a su hermana, que se había unido al grupo que gritaba, se trepa como una enredadera en el mesón de la aerolínea y empieza a hablar:

—¡Atención! Tenemos que organizarnos. Exijamos que la aerolínea explique la cancelación, confirme el nuevo vuelo y cubra el transporte, el hospedaje y la alimentación. No nos moveremos hasta obtener una respuesta.

Al asumir el liderazgo de la revuelta, comenzó a hacer llamadas desde su celular. El tiempo corría y la noche caía sobre el aeropuerto. El personal de limpieza se retiraba, y el lejano ruido de ruedas de maletas empezó a llenar los silencios entre una exclamación de protesta y otra. Juliana, con el teléfono pegado a la oreja, levantó la voz. Su rostro, antes calmo, se transformó: tensó los párpados, juntó las cejas y, con una mirada fija e intensa, sentenció:

—Escúcheme, señor: si en los próximos veinte minutos no atienden nuestro pedido, nos veremos obligados a recurrir a instancias superiores.

Cortó la llamada con un golpe del índice derecho. Dos horas después, todos estaban en el comedor del hotel, disfrutando de langosta y vino blanco.

De regreso, Juliana se vio obligada a pedir dos días de reposo en su trabajo por una fuerte gastritis producto de la tensión del último día de vacaciones.

A punto de cumplir cincuenta, Juliana decidió regalarse un nuevo viaje.  Apenas pensó en cómo celebrar aquel medio siglo, una palabra apareció en su mente: ¡Galápagos!

Nunca pasaron por su mente los recuerdos dramáticos de los anteriores viajes; luego observó el contenido desordenado de su ligero equipaje: dos camisetas, una roja y otra amarilla, un par de latas de conservas y hasta un plátano, todo amontonado dentro de la mochila.  Sonrió y se dijo: «Mmm, parece una caricatura de arte pop de Warhol».

En el avión, Juliana miró desde la ventanilla el mar; una emoción interna y una sensación de libertad la invadieron por todo el cuerpo.

A pesar de que no tenía planificación en mente, abrigaba la esperanza de que algo mágico y diferente le podía ocurrir en este viaje, capaz de romper la cadena de experiencias kármicas que había vivido en las islas encantadas.

En el trayecto del aeropuerto de Baltra a Santa Cruz, conoció a Ricardo, un joven de rostro cobrizo, brazos musculosos y sonrisa amigable.  Le preguntó sobre hospedaje y una agencia turística que le pudiera recomendar.

Antes de contestar, los ojos de Ricardo se iluminaron; con una sonrisa que dejaba ver unos dientes blancos y bien formados, comentó:

—Señora, usted tiene mucha suerte; soy guía turístico y puedo ayudarle en todo lo que necesite. ¿Sabe nadar?

Juliana, sin dejar de mirarlo, contestó con firmeza:

—¡Claro que sí, y muy bien!

Ricardo, sin reparos, organizó tres visitas en islas diferentes: la primera, para ver las centenarias tortugas galápagos; la segunda, para disfrutar de iguanas que se mimetizan en las volcánicas rocas; la tercera, Santa Fe, para nadar con lobos y tortugas marinas.

Los dos primeros días, Juliana quedó maravillada.

Al tercer día, Ricardo creyó encontrarse ante una nadadora profesional y comentó de inmediato:

—Usted va a disfrutar de Santa Fe, es una experiencia inolvidable.

Acto seguido le entregó un bolso con chaleco salvavidas, aletas y máscara.

Juliana acabó enfilándose junto a tres parejas de europeos. Es probable que la mayoría superase el metro setenta y cinco de estatura, pero desde su inquietud todos le parecían enormes. Cada uno llevaba su propio equipo de buceo. Caminaban con una seguridad que le resultó intimidante. Las seis personas y Juliana se embarcaron en una lancha junto a Manolo, el nuevo guía en la isla Santa Fe.

Manolo se presentó, habló sobre la importancia y la forma de revisar meticulosamente el equipo con el que se sumergirían y explicó cómo entrarían al agua.

—Imagino que todos hablan inglés —dijo, deduciendo que Juliana, además de ser buena nadadora, dominaba el idioma.

Juliana empezó a sudar; no se atrevía a decir lo contrario.

Ya en mar abierto, todos se colocaron el equipo, excepto Juliana, quien permanecía inmóvil mirando a su alrededor. Tenía la lengua pegada al paladar; la parálisis no la dejaba hablar y mucho menos preguntar.  Las parejas de grandulones, con sus trajes que los hacían parecer tiburones, se lanzaron al agua. Manolo, al ver que ella no se movía, preguntó:

—¿Y usted…?

El rostro de Juliana tenía una expresión mezcla de pánico y vergüenza; solo allí su lengua se liberó del paladar y pudo mascullar:

—No, gracias, yo me quedo en la lancha; vayan ustedes, yo les espero aquí.

 Manolo abrió los ojos, alarmado:

—¿Qué está diciendo? ¡No puede quedarse sola aquí! ¿Sabe nadar?

—¡Eso creo! —respondió entre dientes.

Manolo le ajustó con cuidado el visor, esperó a que recuperara el aliento sin prisas y luego le explicó con calma y en detalle qué debía hacer.

—¿Ha hecho esnórquel?            

Juliana, sin dejar de temblar, dijo:

—¿Qué es eso?

Manolo alzó una ceja; aquella respuesta le bastó para comprender que Juliana nunca había hecho esnórquel.

—No se preocupe, siempre hay una primera vez.

Manolo inició su clase de esnórquel, revestido de paciencia y con el rostro que denotaba ternura franciscana. Miró a Juliana, que continuaba temblando y tenía empañado el visor:

—Lo primero que tiene que hacer es tranquilizarse, yo voy a estar a su lado; segundo, debe respirar por la boca y no le va a pasar nada.

Juliana no estaba del todo convencida; el estómago se le revolvía con una náusea inminente. Su rostro, húmedo y quemado por el sol, lucía pálido como un pañuelo. Sentada en el filo del bote, cerró los ojos y empezó a respirar despacio.

Manolo, en un impulso, la empujó con suavidad hacia el mar antes de que ella pudiera reaccionar. Juliana sintió el agua tibia. «Siempre hay una primera vez», pensó. Manolo la guiaba. Ella fue aflojando poco a poco los brazos hasta dejarse deslizar. Al disiparse sus temores, logró concentrarse y disfrutar de un universo de criaturas dignas de un documental de National Geographic, manteniendo una respiración pausada que transformó la experiencia en una meditación zen acuática.

Absorta tras el visor, miraba a los coloridos peces que jugaban a perseguir a un cachorro de lobo marino. Cuando la cría se escabulló entre sus piernas, ella se quedó paralizada al escuchar lo que pareció un susurro. Con las pupilas de par en par, vio aproximarse a una raya que la miró fijamente antes de continuar su camino. Una hora después, el grupo seguía avanzando compacto y sincronizado detrás del guía. Juliana se demoró mirando feliz los peces, disfrutando de la caricia del mar en su cuerpo; parecía que la naturaleza le daba un masaje relajante.  Después de unos minutos, movió exultante las aletas en sus pies para alcanzar a los demás.

Una vez en tierra, notó el error: por llevar chaleco salvavidas y no traje de buceo, el sol devastador ensañó su fuerza contra ella. Terminó en emergencias con quemaduras graves, dolor intenso, enrojecimiento y ampollas en las nalgas.

Mientras Santa Fe se desdibujaba en la distancia, la brisa marina dejaba huella en su rostro ligeramente bronceado. En su memoria resonaba, como un mantra lejano, el eco de los piqueros patas azules y el balido del cachorro lobo marino.

Juliana regresó al continente portando en sus glúteos compresas de hielo, como recuerdo de su primera vez… Mejor dicho, de su sexta, inolvidable y temeraria expedición.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Entre la placa y el plomo

Karla Fernanda García Oropeza


Óscar se sube a su auto deportivo color blanco, lo enciende y, mientras maneja, escucha a su locutora radial favorita.

—Ya estamos de regreso para acompañarlos en esta mañana fresca y lluviosa. Vámonos con la siguiente complacencia de la línea, dedicada para todos ustedes, pero en especial para Óscar… espero que nos estés escuchando, corazón. Te leo el mensaje que te dejaron por acá: «Feliz vuelta al sol al dueño de mis versos ocultos». ¡Ay, qué romántica! Ahí quedó el detalle de parte de Luisa. Y los dejo con este clásico: La dama de hierro, en la voz de la mismísima Marisela. Quédate en sintonía.

Óscar sonríe, escucha la melodía hasta que termina y apaga la radio. Quince minutos después llega a la comandancia; baja del auto y se cubre de la lluvia con un paraguas oscuro. Entra a su oficina, sumergida en el olor a café y expedientes viejos. Sobre el pesado escritorio de metal destaca un ramo de rosas rojas. Se sienta en el sillón de vinilo y su mente viaja seis años al pasado, a la primera vez que estuvieron cara a cara, desafiándose con la mirada y discutiendo durante dos horas en aquella mesa de negociación. Luisa vestía completamente de negro: pantalón, camisa, guantes, botas tácticas, chaleco antibalas y, entre sus manos, sostenía un cuerno de chivo. Una capucha le cubría el rostro; lo único visible eran sus ojos color miel.

Él llevaba pantalones de mezclilla que delineaban unos muslos que parecían de piedra, botas de asalto y una playera ajustada a su amplio tórax bajo el chaleco táctico que llevaba la palabra «POLICÍA» en la espalda. Un pasamontañas negro enmarcaba sus ojos oscuros. Del cinturón le colgaban un par de esposas metálicas y su arma, una Glock 19 de 9 mm.

En aquel entonces, a Óscar le otorgaron el cargo de comandante. A pesar de su juventud, lo había logrado gracias a su dedicación, su licenciatura en criminología y, en gran parte, a los contactos de su familia, con un padre expresidente de la república asesinado a mitad de su sexenio y una madre candidata a gobernadora. Ese día, entre otros temas de discusión, el principal conflicto surgió cuando Óscar le pidió ayuda a Luisa para eliminar a quienes amenazaban de muerte a su madre si no renunciaba a la candidatura.

—¿Sí sabes, comandante, que estás tratando con la jefa de la banda de sicarios más peligrosa del país? ¿Por qué debería ayudarte? ¿Qué gano yo? —le dijo Luisa, mirándolo fijamente a los ojos.

—Sí, también sé que estoy frente a la hija del asesino de mi padre. Pero no olvides que fui yo quien abatió al tuyo en aquel operativo —contestó Óscar.

—A tu padre lo mandó matar su propio partido político; que porque era demasiado ley con el pueblo y ellos querían chingar, como todos, al país. Mi jefe solo hizo el trabajo por el que se le pagó.

—¿Cuánto dinero quieres para hacer lo que te pido?

El silencio se adueñó del lugar por unos minutos. Ella dejó el arma en la mesa con suavidad, apoyó los codos y descansó la barbilla sobre sus manos entrelazadas.

—No me hace falta más dinero. Los clientes poderosos nunca faltan… lo que necesito es un amante. Y tú eres un excelente candidato.

—¿Qué…?

—Quiero que tengamos una relación de pareja con todo lo que eso incluye. Si no, no hay trato.

—¿Cómo pretendes que un comandante se enrede con una criminal sangrienta y la mujer más buscada por la policía…? ¡Jamás, olvídalo, no lo haré! —contestó Óscar firmemente.

—Bueno, entonces cerraré el trato con los enemigos de tu madre. Porque, como ya lo hablamos, ellos también acudieron a mí. —Esbozó una sonrisa burlona.

—¡Espera…! —le dijo Óscar, alzando la voz antes de que Luisa se pusiera de pie—. ¿A ellos también los condicionaste con lo mismo?

—No.

—¿Y por qué a mí sí? Ni siquiera me conoces la cara.

—Tres mujeres en diferentes años han acudido a mi banda para que te mate y, según mis hombres, llegan dispuestas a dar lo que sea para que ocurra. Desafortunadamente para ellas, a mí no me interesó lo que ofrecían. Matar a alguien como tú sale muy caro y ninguna tenía el dinero completo. Desde entonces tengo mucha curiosidad de ti.

—Vas a preferir matarme tú también. Acepto el trato.

A los veinte días de esa reunión tuvieron el primer encuentro. Frente al espejo del baño, mientras se arreglaba el cabello, Óscar notó un ligero temblor en sus manos. Hacía mucho tiempo que la expectación no le producía eso. «No debería sentirme así, ni siquiera es una cita en realidad. ¿Será que solo me intriga el hecho de al fin conocerle el rostro a esa maldita?». Luisa esperaba a Óscar en una de las propiedades de ella. La casa, oculta detrás de una colina, estaba rodeada de árboles y contaba con un lago artificial. Construida en una sola planta y protegida por una barda alta con cámaras de circuito cerrado y sensores infrarrojos, tenía techos altos, grandes vigas de acero, paredes de concreto pulido y enormes ventanales. Sentada en el sofá tapizado en terciopelo de seda de Lyon color rojo oscuro, se preguntaba cómo sería el rostro del comandante. De pronto, Mario, uno de los hombres de su escolta, le avisó que Óscar había llegado.

—Tráelo aquí a la sala —le dijo mientras se ponía de pie. 

—Sí, jefa.

El eco de unos pasos resonó en el mármol negro. Instantes después, Luisa tenía de pie frente a ella al hombre más hermoso que había visto en sus treinta años: cabello oscuro y rizado, piel morena, cejas arqueadas, nariz respingada, labios carnosos y un metro con noventa centímetros de altura. Paralizada, fue incapaz de quitarle los ojos de encima.

—Jefa, ¿me retiro o…? —preguntó Mario.

—Sí —le contestó sin mirarlo—, tú y los demás ya se pueden retirar.

—¿Está segura, jefa…? —preguntó extrañado.

—Obedece. Si llego a necesitar algo, yo los llamo.

—Con permiso, jefa.

Óscar también la miraba fijamente. «Jamás imaginé que fuera así; sin arma y sin capucha no intimida en absoluto», pensaba. Luisa medía un metro con sesenta y tres centímetros, tenía el cabello lacio y castaño hasta la mitad de la espalda, nariz chata, cejas finas, labios delgados y piel clara.

—¿Te vas a quedar mirándome hasta que te canses o…? —preguntó él.

—No, no… siéntate. Vamos a platicar.

Él ocupó el sillón que estaba a menos de un metro de ella.

—¿Y de qué quieres hablar? —le preguntó apoyando la espalda y cruzando los brazos.

—Ya solo me faltan los que andan fuera del país. En cuanto regresen, me encargo.

—Sí, ya lo sé. Por eso estoy aquí: para pagarte.

—Hay un par de reglas que quiero dejar claras, Óscar. La primera: tendrás que ser mi amante el mismo tiempo que va a durar tu mamá como gobernadora. La segunda: no debes revelar mi paradero. La tercera: me tienes que ser fiel, no puedes tener a otra mujer, porque si lo haces, te mato a ti y a la tipa.

—¿Seis años? Es mucho tiempo —exclamó molesto.

—Solo nos veremos los días primero de cada mes. Aquí, en esta casa.

—¿Y acaso también quieres que cada vez que venga te traiga flores y chocolates? Te aclaro que nunca te voy a llegar a querer.

Ella lo miró un par de segundos y luego le dijo serenamente:

—Nunca digas nunca, comandante.

Las primeras citas fueron frías; la mayor parte del tiempo estaban callados, mirándose de arriba abajo. «Siempre se viste igual: blusa de tirantes, jeans, tenis Converse. No se maquilla y, para rematar, siempre del mismo color: negro. Lo único atractivo son sus brazos tapizados de tatuajes», pensaba Óscar. Luisa intentaba platicar de cualquier cosa, pero él era cortante. Cada vez que ella le invitaba a pasar al comedor, Óscar se negaba. «Lo que tiene de chulo, lo tiene de cabrón», pensaba Luisa. Al cabo del cuarto mes, en una de las citas, Luisa le propuso romper el hielo constante de la sala: sugirió que le preguntara cualquier cosa sobre ella.

—¿Cuántas personas de tu banda saben sobre nuestro acuerdo?

—Solo dos: Rubí y Mario. Ellos saben todo de mí.

—¿Quiénes son?

—Mario es el hombre que te recibe siempre que vienes. Y Rubí es mi mejor amiga.

—¿Y por qué confías tanto en ellos?

—¿Es un interrogatorio, comandante?

—Me dijiste que te preguntara lo que quisiera, ¿no?

—Mario ha estado conmigo desde que nací. Mi padre le encomendó protegerme; me enseñó a usar todo tipo de armas y a boxear. Cuando asesinaste a mi papá, varios hombres de la banda no querían que ocupara su lugar. Planearon matarme… y si no fuera por Mario, no estaría viva. Los eliminó a todos, incluidos su único hijo y un hermano. Así que, ¿cómo no confiar en él?

—¿Y qué hay de Rubí?

—Yo tenía ocho años cuando, en el sótano de la mansión, encontré una niña de mi misma edad; nos hicimos mejores amigas. Después descubrí que era hija de un empresario adinerado; se la dio a mi padre a cambio de desaparecer a su esposa para poder casarse con su amante.

Luisa guardó silencio por varios segundos, bajó la mirada y, con la voz entrecortada, continuó:

—La noche que cumplí diez años, mi padre y Mario salieron a hacer un trabajo grande. Después de jugar a las muñecas con Rubí me fui a dormir, pero antes de conciliar el sueño mi hermano entró y… se me echó encima… me arrancó la ropa, pero antes de que me… logré tomar la pistola que siempre me dejaba Mario bajo la almohada… y lo maté. Rubí me ayudó a sacar el cuerpo de la habitación y a limpiar todo. Jamás se lo dijo a mi padre; él siempre creyó que sus enemigos lo habían matado y arrojado al jardín de la mansión.

Óscar se levantó del sillón y se sentó a su lado. La abrazó y ella le correspondió. Así se quedaron por varios minutos hasta que Luisa lo intentó besar, pero él la esquivó, se puso de pie y se fue.

Una mañana, antes de que Óscar llegara, Luisa, sentada en la cabecera del comedor y con algunos de los más peligrosos asesinos a sueldo del país en las otras sillas, terminó de distribuir fotografías, rutas y nombres. Dio instrucciones a Mario, corrigió una falla en el operativo y ordenó nueve asesinatos selectivos antes de despachar a sus hombres. Solo entonces, cuando quedó a solas con Rubí, la jefa desapareció detrás de la mujer enamorada.

—Ya han pasado seis meses y siempre que lo intento besar me rechaza. Y yo me muero por él, me encanta. No sé qué hacer, Rubí —dijo Luisa.

—Ay, chata, pues… oblígalo, recuérdale que tiene que cumplir con su parte del trato —le contestó Rubí.

—Jefa, el señor Óscar llegó, lo pasé a la sala —las interrumpió Mario.

—Gracias, Mario. Lleva a Rubí a la mansión. Salgan por la puerta de atrás.

—Sí, jefa.

—Adiós, chata —dijo Rubí y le dio un beso a Luisa en la mejilla.

Cuando se retiraron, Luisa fue a la sala y le dijo a Óscar:

—Vamos al comedor.

—No, aquí está bien —contestó Óscar con el tono frío de siempre.

—¡Es una orden, obedece, comandante! —le dijo molesta.

Él la miró enojado, pero acató la orden. Llegaron al comedor: un tablón macizo de madera de parota oscurecida y sillas de un diseño italiano en cuero gris asfalto. Al fondo, un aparador de acero negro resguardaba una colección de botellas de tequila de las más costosas. Ella se sentó en la cabecera y él a su izquierda.

—¿Te gustaría conocer mi recámara, comandante? —preguntó, reclinándose hacia él con una sonrisa.

—No me gustaría —respondió, manteniendo la espalda rígida contra el asiento—, pero tengo que obedecer si lo ordenas.

—Seré paciente hasta que tú lo desees tanto como yo —concluyó, observándolo fijamente al borde de su silla.

Durante tres años, Luisa buscó la manera de conquistar a Óscar hasta convertirlo en una obsesión. Le regaló un reloj de oro amarillo macizo de dieciocho quilates con diamantes corte brillante, un traje artesanal confeccionado con telas exóticas, zapatos de diseñador y, cada semana, un enorme ramo de rosas en la oficina. No solo era detallista en lo material, sino también en lo sentimental. En más de una ocasión, Óscar le encargó a Luisa el trabajo sucio que la placa le impedía emprender. Cada problema resuelto lo aliviaba y, al mismo tiempo, le hacía más difícil convencerse de que seguía siendo un honesto comandante.

—Eres su títere, chata, y él ni siquiera las gracias te da —le decía Rubí.

—Lo sé, y a veces me dan ganas de matarlo al cabrón, pero luego me arrepiento cuando veo lo chulo que está —le contestaba Luisa.

Óscar disfrutaba saber que era el único que manejaba a su antojo a Luisa, alias «la Chata» López, como era llamada por la justicia. Se ufanaba para sus adentros: «Esa cabrona está loca por mí y ni siquiera me he tenido que acostar con ella». Aunque estaba convencido de que solo sentía desprecio por ella, había noches en las que no lograba conciliar el sueño preguntándose si habría salido ilesa de los trabajos que él mismo le encargaba. A veces se descubría esperando el ramo de rosas semanal o sonriendo al recordarla, algo que lo perturbaba profundamente. Un día, sentados a la mesa, tomaban caballitos de tequila. Luisa acercó sus labios a los de Óscar y, para su sorpresa, él no se apartó. Fue un beso largo, lento, suave. Mientras las manos se buscaban por encima de la ropa, el calor los fue envolviendo. Pero la voz de Mario interrumpió el momento. Apareció de pronto, tenso, para avisarle a su jefa que debía ir de inmediato a la mansión. Aquella madrugada Óscar no pudo dormir. Con el recuerdo del beso ardiéndole en la memoria, se repetía una y otra vez: «No debo quererla».  

El primero de diciembre, Luisa esperaba a Óscar en la casa, pero él nunca llegó. Decidió volver a la mansión, donde Mario y Rubí la recibieron con la noticia: en televisión informaban que la gobernadora, Laura Guerrero, y su hijo, el comandante Óscar Suárez Guerrero, habían sido secuestrados al salir de un evento privado, luego de que los policías que los protegían fueran acribillados. Luisa frunció el ceño, apretó la mandíbula y cerró los puños. Recordó entonces el informe que Mario le había entregado el día que interrumpió su primer beso con Óscar: Rubén Morales, el excandidato derrotado, había acudido a ellos para desaparecer a Laura. Luisa se negó y le ordenó a Mario asesinarlo de inmediato. Pero sus sicarios, por más que lo buscaron, no dieron con su paradero y, desde entonces, lo seguían rastreando. Sentado sobre tierra áspera y con las manos atadas, Óscar observaba a los hombres que les apuntaban a él y a su madre con sus pistolas. Miró a su alrededor: solo había árboles y un cielo cubierto de nubes grises que ocultaban la luna. Respiró profundo el aroma a humedad y le vino a la mente el rostro de Luisa. «Me hubiera gustado verla por última vez», pensó. Su madre apoyó la cabeza en su hombro y rompió a llorar. Rubén Morales se les acercó, escupió con desprecio y les dijo con voz rasposa:

—Llevo tres años lleno de rabia. No me resigno a aceptar que perdí frente a una pinche vieja, pero ese tormento se acaba hoy. Y de una vez me deshago también de tu único hijo.

Entonces, una voz retumbó desde las sombras:

—¡Ya se los cargó la chingada!

Los hombres buscaron el origen del grito con desesperación, pero no tuvieron tiempo. En menos de tres segundos, una persona encapuchada y vestida de negro emergió de la penumbra; llevaba chaleco antibalas y sostenía un cuerno de chivo encastrado al hombro. Sin dudarlo, presionó el gatillo y los rafagueó. «Es Luisa», pensó Óscar mientras la miraba por primera vez en acción. No le quitó los ojos de encima ni un segundo; le resultaba fascinante y excitante. Ella y algunos de sus hombres, incluido Mario, no dejaron a uno solo en pie.

—Escolta a la gobernadora hasta un lugar seguro —le dijo Luisa a Mario.

—Sí, jefa.

—Yo me llevo al chulo. —Miró a Óscar y le extendió la mano para ayudarlo a levantarse.

Luisa y Óscar se subieron a una camioneta negra blindada, con vidrios polarizados, que ella manejaba.

—¿A dónde te llevo, chulo?

Óscar la miraba fijamente, con la respiración agitada y el cuello empapado de sudor:

—Quiero conocer tu recámara.

Luisa se giró un momento hacia él, volvió la vista al frente y aceleró. Llegaron a la casa y, sin perder tiempo, se dirigieron a la habitación. Se sentaron en la cama king size; Luisa se quitó la capucha y él, al besarla suavemente rozando sus lenguas, percibió el olor acre de la pólvora. Ambos sentían el hervor de la excitación entre sus piernas. Óscar se puso de pie y se desnudó. Luisa lo miró de arriba abajo y, por varios segundos, su mirada se clavó en su miembro erecto; por un momento sintió miedo al pensar que esa cosa tan grande le entraría por la vagina. Después, él le quitó toda la ropa, la recostó en el colchón forrado con sábanas de seda y besó cada rincón de su esbelto cuerpo. Se posicionó sobre ella y, mirándola a los ojos, la penetró. Luisa soltó un jadeo de dolor, tensándose ante la molestia inicial. Óscar, en cambio, sintió una pulsación de placer desconocida, una intensidad que jamás había experimentado con ninguna otra mujer. Ella le clavó las uñas en la espalda y él comenzó a marcar un ritmo lento. Luisa abrazó las caderas de Óscar con sus piernas, mientras las embestidas se volvían cada vez más rápidas y profundas. El cuerpo de Luisa respondía con espasmos ante la dureza de aquel descomunal pene hundiéndose en su sexo, húmedo y ardiente; era como si esa cavidad palpitante quisiera estrujarlo, devorarlo, lo que, sumado a la persistente succión de uno de sus senos, terminó por arrancarle una cadena de orgasmos sucesivos que ni sus gemidos, convertidos ya en gritos, pudieron ocultar. Óscar, incapaz de contener la ola de placer que lo arrastraba, cedió por completo: se hundió hasta el fondo y se derramó dentro de ella con un pesado suspiro. —Te quiero —le dijo al oído a Luisa.

martes, 1 de septiembre de 2026

Zabolotny

Moisés Panduro


Un gran círculo humano se había formado alrededor de las dos nuevas religiosas. En el patio principal del hospicio que regentaban las Hermanas de San Camilo, los ancianos acogidos esperaban con expectativa el inicio de la reunión.

Sor Luciana tomó el micrófono, saludó a todos y pidió que, a modo de darles la bienvenida a las recién llegadas, cada uno se presente y brinde un testimonio de su estancia en aquella antigua casona virreinal convertida en asilo a fines del siglo veinte.

El ingreso a la añosa edificación se hacía a través de una puerta de estilo medieval que en su parte exterior tenía adosado un aldabón con la cabeza de un melenudo león. Cruzando el zaguán, al lado derecho del primer patio, había una capilla, un tinajón y un árbol de higuera que según se decía tenía ya cuatrocientos años.

En el nivel inferior resaltaba una secuencia de gruesos arcos de ladrillo que sostenían las estructuras superiores a las que se accedía por escaleras de madera. El patio principal en la zona interior estaba flanqueado íntimamente por pequeños departamentos.

Cuando le tocó testimoniar al hombre al que todos llamaban «El profeta», sor Fátima, la otra religiosa llegada de París, se acercó a él para entregarle el micro. Algunos de sus compañeros se rieron de buen gusto: «No necesita micrófono». Otros aguardaron en silencio: desde su ingreso al hospicio el «profeta» no había pronunciado una sola palabra.  

Era alto, de piel pálida. De su testa caía una profusa y plateada pelambre que, al tocar su exuberante barba, cubría parcialmente su rostro. Eso y la raída camisa blanca manga larga que llevaba puesta le daban un aire de profeta de la antigüedad.

De repente, los ancianos arquearon las cejas. De la risa y el silencio pasaron al asombro: «El profeta» estaba pronunciando algo ininteligible, pero fluido. Dmytro Zabolotny avanzó unos metros hacia él. No podía creerlo. ¡El mudo estaba hablando en ucraniano! ¿Dónde lo habría aprendido?

Una vez que estuvo a su lado, Zabolotny levantó la mano para llamar la atención de Sor Fátima. Apuntó, primero, al micrófono, y luego a sí mismo, moviendo rápidamente sus dedos delante de sus labios, varias veces. Él sí entendía al «profeta» y podía traducirlo.

Hacía menos de un año que lo vio entrar al asilo. Una asistente social conducía al nuevo inquilino a la habitación que ocuparía. Su aspecto callado y su andar cabizbajo lo habían aislado desde su llegada. Era la última persona con quien él hubiera entablado una amistad.  

Sor Fátima puso el micrófono a equidistancia del orador y el flamante traductor. «El profeta» reinició su perorata. 

«Dice que agradece por estar aquí, que le dan buena comida y cuidan su salud. Le agrada que le digan “El profeta”, pero que su verdadero nombre es Tymofiy Bondarenko…»

Se le saltaron los ojos a Zabolotny.

«¡¿Cómo?! ¡Un momento!», gritó. Tardó un segundo en darse cuenta de que había hablado en español cuando debía hablarle en ucraniano.

—¡¿Tymofiy…?! ¡¿…Bondarenko?!

—Sí, ese es mi nombre —respondió el barbado, en su idioma, calmadamente.

—¿¡Bondarenko!? ¿De Andriivka?

Todos seguían el diálogo, pero no comprendían.

—Sí, ¿cómo lo sabe?

No pudo continuar. Se abrazó a él con todas sus fuerzas.

—¡Hermano!... ¡hermano! ¡Soy yo, Dmytro! ¡Dmytro Zabolotny, de Oshinia!  

Bondarenko parpadeó por un segundo. Luego abrazó a Dmytro, lentamente, con sus músculos estremeciéndose. Un murmullo recorrió el hospicio. Por sus rostros corrían indetenibles lágrimas.

En el año mil novecientos cuarenta y uno, Dmytro Zabolotny hacía lo que sus ancestros hicieron todo el tiempo del que tenía recuerdo: Sembrar la tierra en las fértiles llanuras de Ucrania. Su padre había sido un campesino ilustrado que integró las guerrillas independentistas contra los bolcheviques de Ucrania y contra el Ejército Rojo que en mil novecientos dieciocho los invadió a gran escala cuando intentaron emanciparse después de la caída del zar.

Ese año nació Dmytro. En tanto, su progenitor combatía en las montañas. La historia de su pueblo solía contar que al gran Olek, el de fusil al hombro y kubanka en la cabeza, le gustaba citar una frase bíblica: «Llegará el día en que las armas se convertirán en arados».

Dmytro creció y se casó cuando apenas tenía veinte años. Aunque sus cosechas eran confiscadas por el régimen estalinista, su felicidad la marcaban sus dos pequeñas: Irochka y la recién nacida Mariya.

En la vida de los pueblos que luchan contra la opresión, unos breves años de sufrido sosiego pueden ser el preludio de cansados años de guerra. Un día, la Alemania nazi invadió la Unión Soviética. Y al siguiente día, Dmytro ya era reclutado para servir en el mismo ejército contra el cual su padre había combatido. Las armas demoraban en convertirse en arados, y, al fin y al cabo, Ucrania debía defenderse.

Los aviones alemanes bombardeaban desde el amanecer las trincheras que Dmytro y sus compañeros ocupaban. Alrededor de las diez de la mañana, el rugido de motores sobrecargados, el crujido metálico constante y el sonido húmedo de la succión del lodo, anunciaban la cercanía de los tanques del enemigo listos para romper las líneas de defensa del Ejército Rojo.

Ningún comandante soviético podía evacuar sus trincheras y replegar sus fuerzas ante el inminente cerco de las tropas alemanas. Cualquier contravención a esa orden era penada con la muerte. La guerra era una despiadada carnicería que arrancaba vidas sin lugar a quejas y sin nadie que rece por las almas.

Una tarde, durante un feroz contraataque alemán, Dmytro Zabolotny quedó aislado junto a un compañero. Mientras corrían por un estrecho camino entre los matorrales, las balas silbaban sobre sus cabezas y las bombas caían en furiosa danza a su alrededor.

Un artefacto estalló a su lado y sintió unas esquirlas incrustándose en su pierna derecha. Algo voló por los aires y cayó pesadamente unos metros adelante. Sangrante, rengueando, se acercó y quedó horrorizado al darse cuenta de que lo que yacía en el suelo era el tronco y la cabeza de su compañero. La bomba le había partido por la mitad, pero seguía vivo. Se arrodilló al notar que el agonizante intentaba levantar la mano. Por un par de segundos cruzaron miradas hasta que su compañero cerró sus ojos lentamente.

Zabolotny voló con la mente a su pueblo, pensó en su esposa y sus niñas. Pensó en que ese soldado podría ser él. Se metió al interior del bosque y se sentó al pie de un árbol. Retiró las esquirlas y vendó sus heridas para luego derrumbarse en un profundo sueño. Al despertarse, notó que detrás de los árboles empezaba a salir el sol. Se incorporó y dirigió hacia el punto donde seguía el medio cuerpo de su compañero. Lo asió y lo arrastró hacia un matorral. Removió la hojarasca e improvisó una tumba con ramas y barro. Se dio tiempo para colocar una cruz.

Tomó un descanso. «Debo buscar mi unidad», se dijo. Desorientado aún, sólo atinó a alejarse del lugar.

En su camino encontró aldeas en ruinas. Era difícil saber quién las había destruido. Por un lado, los nazis asolaban los pueblos en su marcha hacia Moscú. Hitler ordenó quemar casas, granjas y cosechas para dejar sin comida ni refugio a los soviéticos. Stalin dio idéntica orden al Ejército Rojo en aplicación de su táctica de tierra arrasada para privar al ejército nazi de abrigo y suministros, en su intento de detenerlo. La guerra destruía pueblos completos y, en la generalidad de las veces, no dejaba rastro de familias enteras.

En una aldea incendiada a la que llegó, los montones de adobe se sucedían uno tras otro. Los pies le ardían con cada porción de barro que se metía en sus botas agujereadas. De los restos de madera y techos de paja continuaba saliendo un espeso humo que, al mezclarse con el viento gélido, le obligaba a detener la respiración, sobre todo por ese persistente olor a carne quemada. De rato en rato, un cañoneo lejano o el lloriqueo agudo de algún perro hambriento, interrumpía el dantesco silencio.

Un ligero mareo le indicó que era urgente encontrar comida. Se detuvo en una casa a medio quemar. Entre los escombros pudo llegar a una alacena. Tuvo suerte y encontró conservas y pan negro. En ese momento, captó un quejido imperceptible. Sus oídos se aguzaron. Siguió entrando en dirección al lugar desde donde procedía el quejido. Escuchó una respiración fatigosa. Miró hacia el fondo y distinguió un hombre con el uniforme del Ejército Rojo hecho trizas. Apartó trabajosamente las vigas y adobes que lo aprisionaban, lo extrajo y lo puso a la sombra de un viburno.

El soldado estaba herido, pero no de gravedad. Su estado de inanición era agudo. Le convidó agua y le ofreció la carne y el pan que había encontrado.

—Gracias, camarada, algo salió mal.

—¿Cómo sucedió?  

—Estábamos evacuando este pueblo, pero se apareció un batallón de nuestro propio ejército cuyo comandante ordenó que nos retiremos. Hicieron disparos al aire, lanzaron bombas y prendieron fuego a las viviendas y negocios. Logré que una madre y sus tres niños se fueran por la huerta de la propiedad donde me encontraste.

—¿Y cómo es que te quedaste atrapado?

—Quería llevar al gato conmigo, pero en ese instante la casa se desplomó y me quedé aprisionado. Para mi suerte, las llamas no prendieron del todo.

—¿Y qué le ocurrió al gato?

—Se fue, yo era un extraño para él.

—¿Cuándo ocurrió eso?

—Hace dos días.

—Mucho gusto, mi nombre es Dmytro Zabolotny, de Oshinia, para servirle, camarada.

—Y yo soy Tymofiy Bondarenko, de Andriivka. 

Después de recuperar fuerzas, convinieron en que no podían quedarse allí. En el camino fueron conociéndose un poco más.

—La mujer y sus tres hijos que lograste evacuar a tiempo podrían haber sido mi mujer y mis niñas —comentó Dmytro, sentado sobre la roca de una ladera, el fusil entre manos, y con la mirada vaga en el horizonte. —¿Y sabes qué?, daría lo que sea con tal de estar con ellas, jugar entre las flores y cantarles canciones.

—Me has salvado la vida, así que en reciprocidad te acompañaré a buscarlas —respondió Tymofiy, tomándole del hombro.

—Tenemos el deber de buscar nuestras unidades y reincorporarnos a los combates.

—Mira, tengo la seguridad de que los alemanes no soportarán por más tiempo las condiciones del clima y la presión de nuestro ejército. A fines de este año estarán fuera de nuestro territorio. Te propongo que caminemos en dirección a Oshinia y si en el camino encontramos una unidad nos incorporamos. Lo importante es moverse.

«Es una idea justa», pensó Dmytro.

«La guerra es el peor invento de los hombres para sentarse a conversar de paz», reflexionó Tymofiy.

Tymofiy Bondarenko había sido marino mercante en una compañía del mar Caspio antes de ser reclutado por el Ejército Rojo. Fue uno de los pocos miembros de su familia que se había resistido a emigrar a Brasil, el país sudamericano que los ucranianos veían como la tierra promisoria para conquistar la paz y la prosperidad, dos antiguos anhelos que su nación no había podido alcanzar.

«Antes de la guerra hice planes con mi novia Zolushka para emigrar a Italia, pero la invasión nazi nos despojó de ese anhelo. No sé qué será de ella. En su última carta me contó que estaba viva de milagro. Una tarde asistía como enfermera al médico que estaba realizando cirugías extremas a soldados malheridos que llegaban del frente. En medio de una operación, el cirujano necesitaba unos apósitos y pidió a Zolushka que vaya a traerlos de la farmacia, pero cambió de opinión y le dijo que iría él. En el instante que daba el paso para salir de la tienda de campaña, una bomba enemiga cayó sobre él. Los fragmentos del doctor que unos segundos antes cortaba carnes y aserraba huesos, se esparcieron al interior. Fue terrible».

Iban por una carretera cuando a lo lejos divisaron una unidad de infantería del Ejército Rojo. Corrieron a darle encuentro. Fueron informados de que el batallón se dirigía en dirección a Prusia Oriental con la misión de participar en la toma de esa provincia. Así fue que Dmytro y Tymofiy formaron parte de las tropas que en enero de mil novecientos cuarenta y cinco cruzaron la frontera alemana-soviética y combatieron en la batalla de Königsberg.

Dmytro fue herido gravemente en un asalto. «Nos volveremos a ver, Zabolotny, no lo dudes, amigo», gritó Tymofiy acercándose, con el arma empuñada, a los camilleros que lo llevaban. De regreso a su trinchera y dirigiéndose al sanitario le pidió que cuiden de él, que tiene hijas y que es el mejor amigo que había conocido.

Zabolotny fue intervenido en un hospital de campaña que operaba en la retaguardia y después fue transferido a un hospital en Kyiv.

Nunca más volvieron a verse. Hasta ese día en el hospicio de San Camilo.

Cuando Dmytro se recuperó, Hitler ya había caído. El régimen nazi ya no era más. Decidió retornar a Oshinia. La encontró en ruinas. Su peor temor se había hecho realidad. Su casa ya no existía. Cerca de la salida, una anciana que no fue evacuada le contó que los habitantes del pueblo: mujeres, jóvenes y niños habían sido llevados a un lugar en el mar Caspio. Las noticias decían que muchos de ellos padecieron hambre, privaciones de todo tipo, y que los desfallecientes eran abandonados en el camino.

En los siguientes dos años buscó a su familia por todas partes y con todos los medios a su alcance. Fue infructuoso, nadie le pudo dar razón. El dolor le consumía, pero la vida tenía que continuar.

Fue, entonces, que recordó los pormenores de la migración ucraniana que Tymofiy le había relatado. Desde fines del siglo diecinueve, miles de familias de la provincia de Galitzia venían emigrando a Brasil, cuyo gobierno llegó lejos en su afán de ocupar y poblar su inmenso territorio: cubría los costos de los pasajes y la alimentación de los interesados desde cualquier puerto europeo hasta los lugares de colonización.

Las compañías marítimas que eran las más beneficiadas por las ganancias que les generaban estas medidas desarrollaron una intensa propaganda que glorificaba al país sudamericano como la tierra prometida, lo que impactó en favor de una migración sostenida.

Dmytro necesitaba dejar atrás las ruinas de la guerra para intentar sobreponerse a la pérdida de su familia. Ahorró un capital que le permitió partir hacia Odessa, la ciudad portuaria desde donde salían los barcos para Sudamérica. Con ilusión se dirigió al puerto, pero las agencias le informaron de que el navío con destino a Brasil ya había zarpado hacía un par de semanas. El siguiente zarpe sería en dos meses.  

En el puerto se encontraba cargando un barco para Perú. Alguien le dijo que era una nación fronteriza con Brasil, y que si no quería perder tiempo podría embarcarse con ese destino, trabajar allí, hacer un poco de dinero, y luego dar el salto a la tierra prometida.

Un día del año mil novecientos cuarenta y nueve, Dmytro Zabolotny arribó al puerto del Callao.

Tymofiy Bondarenko, por su parte, ya tenía viviendo dos años en Brasil. La poderosa razón que le impulsó a tomar esa decisión fue la referencia de que su novia Zolushka Boyko podría haber emigrado a Sudamérica. Creyó haber hecho una buena elección, pero el tiempo le mostraría la distancia que existe entre lo que uno quiere y lo que la vida le puede dar.

Buscó a Zolushka en Paraná donde estaba concentrada la mayor colonia de migrantes ucranianos. No la encontró. Se fue a Minas Gerais, el estado que daba los mayores incentivos migratorios. Tampoco la halló. Y fue vana su búsqueda en Espíritu Santo. Obtuvo trabajos que no colmaron su expectativa, pero sí pudo ahorrar dinero, lo suficiente para viajar a Perú. Le habían dicho que las tierras eran fértiles.

Llegó a Perú alrededor de mil novecientos sesenta. Compró tierras, pero no tuvo suerte en el amor, ni en los negocios. Fue estafado, perdió sus propiedades, y al quedarse sin dinero, empezó a deambular por las calles de Lima.

Después de muchos años en Brasil y Perú, Tymofiy lograba comunicarse con una enrevesada mezcla de portugués y español. Sin embargo, las particularidades del estado anímico en el que se hallaba sumergido fueron poco a poco borrando esos idiomas adquiridos durante la adultez, hasta dejarle únicamente la lengua de su infancia.

Fue rescatado por el servicio de asistencia social cuando deambulaba por la avenida Abancay. Llegó al asilo de San Camilo, sin presagiar que ahí encontraría a su viejo amigo. Y a alguien más.

Llegado al puerto del Callao, Dmytro se encontró con una ciudad de oportunidades para un migrante que como él gustaba ocuparse personalmente de sus asuntos. Con los años, no sólo aprendió el español, sino que llegó a tener una hacienda en la Sierra que abastecía de carne, tubérculos y cereales a los mercados de Lima.

Dicharachero como era, había trabado amistad con la gente del lugar. La casa de la hacienda tenía gruesos muros de adobe, techos de teja roja a dos aguas, patios empedrados con vistosas flores y corredores con arcos de madera que miraban hacia los campos de cultivo, los corrales y los cerros que aparecían al fondo. Un cerro que en una ladera adquiría una peculiar forma era su favorito. Creía ver allí el rostro de su padre.  

Interiormente, la casa tenía salones decorados, comedores y varios cuartos en el segundo nivel donde acogía a su familia y a quienes le visitaban. Uno de ellos, pintado de azul cielo y amarillo tierra, era su dormitorio.

Dueño de una mediana fortuna, consideró que era el momento de conocer Brasil para explorar futuras inversiones. En esas fechas, las agencias aéreas andaban abarrotadas ante la proximidad del Mundial de Fútbol a realizarse en Suecia. Buscó un café cercano a la espera de que se redujera la cola de personas que adquirían pasajes. No había mesa desocupada, pero en una de ellas vio a una dama solitaria.

Ella era alta, joven, de tez blanca, con cabello corto y cerquillo. Se acercó, la saludó con cortesía y le preguntó si podía compartir la mesa y ocupar la silla vacía.

La dama accedió. Marlene Contreras, maestra de escuela, veinte años menor que Zabolotny, nunca se imaginó que iba a ser la madre de sus once hijos. Conocía de su odisea, por eso siempre trató de ser comprensiva y conllevar sobresaltos, pesadillas aterradoras, sentimientos de culpa, tensiones, irritabilidad y distanciamientos sin causa, cada vez que regresaba de la hacienda para estar en la casa de Lima.

Entendía, además, que la numerosa prole que habían engendrado era una suerte de compensación a la pérdida de su familia de Ucrania durante la guerra.

Pese a sus esfuerzos, las cosas fueron empeorando. Cada día era más intratable, irascible, agresivo, hasta que llegó la gota que rebasó el agua:

—Trito, ya, por favor, suelta esa botella, estás temblando. Me asustas, cariño.

—¿¡Asustarte!? ¡No tienes ni la más puta idea de lo que es el miedo! ¡Deja de vigilarme, carajo!

—¿Quién puede vivir así? Ayer te peleaste con el vecino por tocar el claxon, hoy rompes cosas, la semana pasada estuviste a punto de agredirme. Tenemos que buscar ayuda para tu estrés.

—¡A la mierda con tu ayuda! ¡No me jodas poniéndome tu etiqueta psicológica! ¡Esto que los delicados llaman estrés me salvó la vida en ese maldito infierno, mientras tú dormías plácidamente en tu cama!

—Yo no soy tu enemiga, soy tu esposa. Nada justifica…

—¡Justifica todo! ¡Las bombas destrozaron a mis amigos! ¡No los volví a ver nunca más! ¡Malditas bombas, malditas!

—Eso se acabó, estás en tu casa, aquí no hay bombas.

—¡La guerra nunca se termina! ¡Y si no te gusta, lárgate!

Dmytro pateó una silla plástica con tanta virulencia que voló hacia la puerta justo en el instante en que su última hija ingresaba a la habitación, impactándole en el rostro y fracturándole el tabique.

Vinieron los demás, y entre todos pudieron calmarlo. Unos días después, ver el rostro enyesado de su hija le quebró completamente. Buscó ayuda médica y fue recomendado a un reconocido psiquiatra que atendía en un asilo del centro de Lima.

Consciente de su situación de salud, dejó la administración de la hacienda a uno de sus hijos, y a su solicitud, fue internado en el hospicio de San Camilo.

Esa mañana, las religiosas de San Camilo no tardaron en entender la situación. Los ancianos aplaudían las traducciones de Dmytro. Sentada en una esquina del patio, una asustadiza septuagenaria apretaba la florida pañoleta que cubría su cabeza. La llamaban «la Gringa», no hablaba español, no conocía al traductor, pero le inquietaba la rara cercanía que empezó a sentir hacia el «profeta».

Con cierto temor se aproximó. Les habló en el idioma que solo ellos podían entender. Dio su nombre. Tymofiy Bondarenko sufrió una nueva sacudida. ¡Era ella! ¡La había tenido a unos pasos desde que ingresó al hospicio! ¡Parecía un sueño!

«¡Yo estuve muerta!», repetía la anciana. «Tal vez morí en aquella explosión, o tal vez cuando me aventuré a buscarte… pero, ahora la vida regresa a mí», susurró, acomodando su cabeza en el pecho del «profeta» quien no cesaba de acariciarle el cabello y besarla en la frente.

Hubo que llamar a la geriatra del hospicio y a su equipo para una atención médica de urgencia. La frecuencia cardiaca de los tres ancianos se había disparado a límites no permitidos.   

El reencuentro de dos exsoldados soviéticos de la Segunda Guerra Mundial en un asilo fue comentado por la prensa limeña. Nadie pudo ver que ese acto íntimo e intenso fue la catarsis para liberar la irascibilidad de Dmytro, la soledad de Tymofiy y la desesperanza de Zolushka.

Ese mismo día, se retiraron del hospicio. Dmytro retomó la administración de su hacienda y llevó a los dos a vivir con él.

Un año más tarde hicieron un viaje largo a Ucrania. Esta vez sí logró dar con su primera esposa y con sus hijas Irochka y Mariya, ya mujeres. La perestroika y la glásnost de los años ochenta permitieron que miles de familias ucranianas descubrieran el destino de sus seres queridos perdidos o separados durante la Segunda Guerra Mundial.

En el café de Oshinia donde se citaron, Solomiya, la primera esposa de Dmytro, apareció acompañada de sus dos hijas, sus yernos y cinco nietos. Hubo abrazos. Se respiraba incomodidad. A cada revelación de la vida de Zabolotny en Perú, le seguía un silencio embarazoso. Solomiya le dijo que lo había dado por muerto y que, en esa creencia, compartió su vida con otra persona hasta hacía dos años. Aunque ya había fallecido le debía respeto. Entendieron que tenían vidas hechas. No hubo reproches. Solo fotos de recuerdo y muchos proshchavaj, el adiós ucraniano a la persona a la que no esperas ver en mucho tiempo.

Tymofiy se casó con Zolushka por la iglesia ortodoxa en Andriivka. Zabolotny ofició de testigo.

Los tres amigos retornaron a Perú. Marlene fue a vivir en la hacienda.

Su nieto, Felipe, a quien Zabolotny heredó la hacienda, me contó lo que ocurrió la noche del veinticuatro de agosto de mil novecientos noventa y uno. En la televisión se veían miles de personas en las calles, flameando banderas con franjas azules y amarillas para celebrar la independencia de Ucrania. Mientras observaba aquellas imágenes, le pareció que su abuelo pegaba el oído a algo invisible.

A la mañana siguiente, en el desayuno, Dmytro Zabolotny le confesó que su padre, el gran Olek, el guerrillero que una noche gélida le despidió con un beso en su frente de recién nacido, se apareció y le habló al oído:

«Todavía falta pelear una larga guerra para que las armas se conviertan en arados».

En nuestros días, Dmytro y Marlene reposan entre las rocas imperturbables del cerro milenario con rostro humano que se divisa desde la hacienda. Al lado están Tymofiy, su gran amigo, y su amada Zolushka.

Unas siemprevivas florecen sobre las cuatro tumbas durante todo el año.