lunes, 2 de noviembre de 2026

La última clase

Rosario Sánchez Infantas

 


¡Nunca más seré evaluada!, pensé, cuando me desperté aquel día. Todavía recostada en cama, pude ver, por la puerta entreabierta de mi dormitorio, el escritorio en el que pasé gran parte de mi vida preparando clases. Ahí, silenciosa, estaba la computadora en la que solía revisar los temas, preparar las prácticas y evaluaciones por largas horas. 

Suspiré aliviada. Me incorporé. Quise ir temprano a mi última clase, como siempre, ¡como hace cuarenta años!

Mi respiración era lenta y profunda. Un temblor leve recorría mis mejillas y la mandíbula. Desde que había salido del ascensor rumbo a mi aula no había dejado de sonreír. Puedo revivir esa sensación de bienestar, de disfrute intenso. Haces de luz se abrían paso por los resquicios que dejaban las gruesas cortinas. El aire acondicionado convertía los treinta grados del exterior en una agradable frescura de veinte, acompañada de un tenue aroma a lavanda. 

El momento era trascendente, aunque al parecer, solo para mí. Tengo la imagen de cada muchacho que ingresa al aula, me saluda, enciende su PC y mira el celular. Después de quince minutos de iniciada la clase, registré la asistencia. Son pocos estudiantes y ya he aprendido sus nombres. Generalmente recuerdo cada nombre, apellido y alguna característica importante de ellos. Ese día, un apellido me hizo detenerme. 

—¿Llerena Collque, Fernando?

—Presente, profesora.

—Collque... ¿Eres pariente del ingeniero Collque?

—Sí, profesora. Es hermano de mi mamá.

—Qué gusto. Lo saludas de mi parte cuando te sea posible. Él trabajó antes en esta universidad.

—Claro, profesora. 

La clase continuó, pero yo observaba con una intensidad distinta lo que sucedía en el aula y en mi cabeza. 

Mientras los alumnos desarrollaban una tarea grupal recuerdo al ingeniero Collque: investigador destacado, con varias publicaciones y postgrados en el extranjero. De ese tiempo, hace cuarenta años, me veo subiendo ágilmente al estrado porque el maestro de ceremonias invitó a la profesora más joven, a dar unas palabras por el aniversario de la Facultad. Era una noche templada, festiva; mi corazón latía con fuerza. Todavía me acompaña la calidez con que me recibieron los estudiantes de aquel auditorio. 

También, de esos días, me veo ingresando a un aula con solo unas fichas de cartulina como apoyo didáctico. Siempre he disfrutado preparar mis clases, pero tenía una necesidad absoluta de ser clara y precisa. Era fines de los ochenta. Entre mis colegas, pocos investigaban, menos publicaban. Uno de los pocos era el ingeniero Collque. Suspiro. 

Risas alegres me hacen volver a mi última clase. Tengo la imagen de los estudiantes: en pequeños equipos discuten, fundamentan, bromean y van construyendo lo que les he solicitado. Supongo que es un logro que no dependan de mí para resolver el problema. Eso me permite seguir evocando. Eran tan diferentes estos chicos cuando ingresaron a la facultad. Mariángeles, Edwin y Lía inseguros, introvertidos, sin opiniones propias. Miguel y Karen, descontrolados, ruidosos, histriónicos. Fernando inquieto, siempre preguntando, queriendo precisiones, fundamentos. Karina y Rosabel, obedientes, receptivas. Me paseo entre los equipos, nadie requiere mi ayuda. 

 

La luz intermitente en el pasillo parece incomodar a la profesora.  Frota sus ojos con la mano derecha. 

—¿Está bien? No hable, no hable. Solo asienta o niegue con la cabeza —le dice al hombre que yace en la cama contigua—. Me preocupa que se le salga la aguja del suero.

Él afirma con la cabeza. Ella suspira aliviada. 

—Disculpe que hable de mí, pero ahora no se me ocurre qué más contarle. Mi vida es intrascendente, pero puede servir. Ah... ¡Cómo se defiende la vida! Le cuento que allá por los años noventa los docentes de mi generación, en la universidad donde trabajo, con aproximadamente cuarenta años, ya estábamos nombrados, estudiábamos alguna maestría y criábamos uno o dos hijos. No ganábamos mucho, pero la estabilidad nos permitía pensar en seguir estudiando o mejorar nuestras condiciones de vida. De pronto nos quedamos sin seguridad. Antes sabíamos qué hacer para estar bien, para encajar o avanzar. Las amenazas de ser despedidos, de ser acusados de pertenecer a un grupo armado, tener cerca la cárcel o la muerte, nos deshumanizaron. Algunos hacían publicidad al dictador, otros acusaban falsamente a algún compañero de pertenecer a un grupo subversivo y así ganaban beneficios con el ejército emplazado en la ciudad universitaria. 

 

El médico terminó de examinar al hombre y se aproximó a la cama de la profesora. En voz baja le dijo: 

—Señora, su esposo está estable por el momento, pero el golpe en la cabeza requiere cuidado. Es preocupante que haya perdido el conocimiento, aunque sea solo por unos instantes. Por eso vamos a trasladarlo al hospital apenas llegue la ambulancia.

—Entiendo, doctor, pero yo no soy su esposa. Solo viajaba en el mismo auto que se despistó. Me trajeron a este centro de salud porque la herida en mi mano no dejaba de sangrar. La enfermera me ha suturado. Cuando amanezca me darán de alta. 

—¡Lo siento! 

—¿Es grave lo del señor Díaz, doctor? Dijo que no tiene parientes.

—Todavía no podemos saberlo. Necesita exámenes que este centro de salud básico no tiene. Estamos atendiendo un parto complicado. Por favor, si le es posible, háblele. Si no responde cuando le habla, vuelve a desmayarse o comienza a decir cosas sin sentido, toque el timbre. 

Asintió. Al acomodarse en la cama hizo un gesto de dolor. Suspiró y apoyó suavemente la mano vendada sobre la sábana.

—¿Puede dormir? —preguntó.

—Hay que vigilarlo. Si vomita, convulsiona, quiere levantarse o se queja de dolor, avísenos enseguida.

—En el carro patrullero pedía agua. 

—No necesita beber. Ya está recibiendo suero.  

—Si le es posible, háblele bastante, es preferible que no se duerma —dijo el médico.

Miró su reloj y luego hacia la puerta.

—La ambulancia debe estar llegando en dos horas. Hasta entonces, por favor, cualquier cambio, por pequeño que le parezca, nos avisa. Le diré a la técnica que, cuando se desocupe, le traiga un café —dijo el médico y salió.

 

La comisión reorganizadora había llegado con el respaldo absoluto del gobierno autoritario. Usted se debe acordar, por los noventa. Una mañana llegó al despacho del ingeniero Collque una carta que lo acusaba de malversar fondos. Una hora después coincidimos en la cafetería de la universidad. No le preocupaba, pues era muy escrupuloso con las cuentas de las entidades cooperantes extranjeras; nunca había manejado dinero del Estado. Preparaba su descargo cuando abrieron, de una patada, la puerta de su oficina. Seis soldados lo encañonaron; dos lo sujetaron de los brazos y lo sacaron de la ciudad universitaria casi a rastras. Ningún abogado quiso defenderlo. El sindicato desapareció por la renuncia de sus agremiados, luego de que nuestros dirigentes fueron exhibidos en la televisión como sediciosos. Después de aquellos días, no volví a verlo.

Un mes antes, su hermano, decano de Antropología, había sido acusado de malversación de fondos por comprar, con un remanente de la facultad, un corte de tela para cada docente. Tenía un proceso administrativo pendiente. Habían confundido a los hermanos. «Algo habrá hecho» —decían algunos compañeros del ingeniero, buscando una razón para la sinrazón.

Para asegurar mi permanencia en el trabajo pude delatar actos corruptos o que favorecían a los grupos sediciosos. No lo hice, fue la única entereza que pude conservar. Por otro lado, rechazaba el abuso y la arbitrariedad de los reorganizadores, pero bajé la cabeza. Y es que los muertos tenían facultad, año de estudio, rostros conocidos. No dormía pensando en que, si algo me pasaba, mis hijas quedarían en el abandono. ¿Sabe? Un escritor, llamado Jorge Luis Borges, decía que él tenía civismo, pero no valentía. Así me sentí yo. El civismo y la valentía en las calles nos devolvieron la democracia. 

—¿Está bien? ¿Quiere descansar? Ok. ¿Qué le cuento?... ¿Qué le cuento?... Es curioso, he compartido conocimientos, orientado prácticas, asesorado investigaciones; sin embargo, a veces me encuentro con egresados que me sorprenden y desconciertan por mi influencia en sus vidas cotidianas. 

Una tarde coincidí en el aeropuerto con una joven colega exitosa que llegaba de un congreso en Brasil, me reconoció, me dio un gran abrazo y exclamó: 

—¡Gracias, profesora! La última vez que conversamos, literalmente, me salvó la vida. Notó mi tristeza. Me hizo sentir valiosa y... abandoné mi plan nefasto. ¡Gracias!

La profesora llevó, emocionada, ambas manos al pecho. Sintió palpitaciones en su mano suturada. «Ojalá no se infecte la herida», pensó. Miró al señor Díaz y se dio cuenta que había olvidado de lo que le estaba hablando.   

—Disculpe, quizás lo estoy aburriendo. Me dijeron que le hable, y lo más fácil es hablar de uno mismo. ¡Ah, olvidaba algo! —dijo sonriendo—. En mi última clase el delegado anunció que su promoción llevaría mi nombre. Imagínese, después de cuarenta años enseñando... No recuerdo qué más dijo. Me había emocionado tanto que dejé de escucharlo.

 

 La sirena de una ambulancia interrumpió sus recuerdos.

—¡Hey! Parece que ya llegaron por usted, señor Díaz.

Se inclinó ligeramente hacia él.

—¿Alguna pregunta? ¿Todo claro?... Quiero decir, ¿todo bien, señor Díaz?


lunes, 19 de octubre de 2026

¡Maldito Pumayauli!

Moisés Panduro Coral


El largo viaje de Nikolas Portal empezó un lunes en el aeropuerto del Grupo Aéreo Número Ocho en Lima.

Tres horas después de haber abordado el Hércules KC-130H, el maestro de carga comunicó a sus únicos cinco uniformados pasajeros que se ajustaran el cinturón para el aterrizaje en el aeropuerto militar de Iquitos.

La voz sin emoción y las frases cortantes del tripulante, hacían una combinación perfecta con la densa y blanca niebla de aire helado que inundaba la cabina y con el ruido monótono y ensordecedor de los cuatro motores del avión.

Cuando la nave se detuvo, Portal miró por la ventanilla. A ambos bordes de la pista crecía una vegetación tupida, matizada de árboles y palmeras. ¡Primera vez en la selva! ¿Qué diría Rosaura si pudiera ver este paisaje?   

Sus botas no habían tocado el suelo todavía, cuando…

—¡Suboficial Nikolas Portal! ¡Tengo orden del comandante de la División Selva de trasladarlo a su base!

El aludido levantó la mirada y se encontró con el rostro rígido del capitán Martín Correa, jefe de personal de la División Selva del Ejército Peruano.

Se cuadró frente a él e hizo el saludo militar, al pie de la escalerilla.

—¡A la orden, señor! ¡¿Cuándo debo partir hacia allá, señor?!

—Debió haber sido hoy mismo, pero la avioneta del Ejército está en mantenimiento, así que el viaje será, a más tardar, el miércoles. Mientras tanto, estará alojado en la villa militar.

Caminaron hacia la camioneta estacionada a un lado de la pista.

—Veo que hay urgencia, señor.

—Sí, una epidemia ha estado diezmando a la tropa en medio de la selva.

—Entonces será necesario un médico, señor.

—Ya se controló la epidemia, lo que toca es levantar la moral de la tropa. Esa es su misión.

—Entendido, señor.

 

 

Esa mañana del miércoles, el traslado del suboficial Nikolas Portal llegaba a su tramo final. El Cessna 208B Caravan despega suavemente del aeropuerto militar. Es una nave con flotadores que integran ruedas, una modificación que le otorga capacidades de avión anfibio.

Su destino es el puesto fronterizo de Zungarito del Ejército Peruano. Lleva doce pasajeros más tres tripulantes de la Aviación del Ejército. El único militar entre los pasajeros es él.

Luego de atravesar por más de una hora, sin sobresaltos, el océano de verdor que parece inacabable, la avioneta hace un lento giro hacia la izquierda y enfila hacia el río Yavarí.

«Los ríos son nuestras fronteras, aunque ni las aguas ni los peces lo sepan», había escuchado a su tutor en la Escuela de Suboficiales. La mitad del río hacia la orilla izquierda es peruana, y la otra mitad es brasileña.

En el tablero de la nave se escucha la alerta de voz pregrabada en inglés que evita que el piloto cometa el error fatal de aterrizar en el agua con las ruedas desplegadas. «Gear is up for water landing», repite. «Tren arriba para aterrizar en agua».

Rosaura acude a su mente. «Me echará de menos mi gordita». A esta hora ya debe haber regresado del mercado, enfundada en su buzo, sus valerinas y su gorrito de lana, todo rosado. ¡Qué encantadora se ve con su vestimenta invernal!

El sonido del impacto de los flotadores al rozar con el agua, le saca de sus pensamientos.

El piloto pone la nave en marcha lenta por flotación, manteniendo el motor al ralentí, y conduce lentamente la avioneta hacia el muelle.  

«¿Qué hará Francesca a esta hora? ¿Pintando sus dibujitos en el nido? ¿Haciendo alguna travesura? Frida, de hecho, está dormidita en su cuna, al cuidado de su abuelita materna. Extraño sus manitas jugando con las mías».

Por fin, la avioneta atraca. El tercer tripulante sujeta la nave a las anillas empotradas en el pequeño muelle. Nikolas Portal, que iba en primera fila, se despide de la tripulación con un apretón de manos. Es el último en dejar la nave.

Al bajar, percibe la camisa pegada a la espalda y el hedor del combustible mezclado con los mil olores y sonidos de la frontera amazónica. Las tablas crujen bajo sus botas. El aire se siente húmedo.

En la orilla le esperan tres hombres uniformados. Le saludan marcialmente. El sargento Kelvin Shapiama se presenta, mientras dos soldados le ayudan a transportar su equipaje hasta el campamento militar de Zungarito. Se afloja el cuello del uniforme y los sigue.

«¡Maldito Pumayauli! ¡De no ser por la cagada que has hecho, no estaría aquí!».

 


Un mes antes del arribo del suboficial Nikolas Portal al puesto de Zungarito, el sanitario Josías Pizango recibió en su consultorio a un afligido soldado. Tenía la mano derecha sobre su bragueta como intentando proteger sus testículos.  

Hablaba con el ceño fruncido y los dientes apretados. Una purulencia verdosa que dejaba ver listas de sangre, salía junto con su orina. El ardor era terrible.

«Te han quemado, Ramírez, ni siquiera necesito revisarte». Pizango llevaba más de veinte años de servicio en el Ejército. Ya había tratado casos similares en las lejanas unidades fronterizas a donde fue asignado.

No terminaba de retirarse Ramírez, a quien le había inyectado una alta dosis de penicilina, cuando aparecieron en la puerta otros dos soldados con similares síntomas.

Al rato, llegaron tres más, pero el último refería estreñimiento. Y, luego, otros tres más.

Pizango no pudo conciliar el sueño. Era un hombre curtido en urgencias médicas, pero lo del soldado con el ano ardido y adolorido lo llevó a buscar su Biblia: «No te acostarás con un hombre como quien se acuesta con una mujer. Eso es abominación».

Aunque tal vez estoy juzgando mal, pensó. Quizás se infectó al utilizar una prenda íntima que no era suya, o se tocó el pene con una mano infectada…

«¡Un momento, pero el susodicho no tiene la infección en el pene!».

No, definitivamente, no. Lo que estaba ocurriendo en el campamento no solo era una abominación, sino una emergencia sanitaria.

A la primera hora del día siguiente, Pizango reportó la situación al Servicio de Sanidad con carácter de urgente y con copia a Inspectoría. Nunca el operador había tenido que transmitir un reporte tan embarazoso: Situación: Emergencia. Causa: Gonococo. Infectados: nueve. Por descartar: Veintiuno. Tratamiento: Convencional. Requerimiento: Asistencia médica inmediata.

La taza de café del coronel Dimas Fernández, inspector de la División Selva, humeaba sobre su escritorio. Entre varios reportes vio uno con sello de urgente en rojo y con letras mayúsculas en grande. Cogió el radiograma, se puso sus lentes y comprendió al instante.

Se incorporó con tal rapidez que volcó la taza de café. «¡Carajo, esto es una emergencia!».

«¡Tenemos al enemigo infiltrado en la tropa, mi general! ¡Los va a diezmar!», le habló por teléfono al general David Merino, comandante de la División Selva.

En el acto, dispuso que un equipo constituido por un médico y su ayudante, un laboratorista, un ordenanza y él mismo, se trasladara al término de la distancia hasta el puesto de Zungarito.

«¡Y no me digan que el avión está en mantenimiento, carajo!».

Dos horas más tarde, el Cessna 208B Caravan de la División Selva acuatizaba en el río Yavarí.

Se dirigió presuroso hacia el campamento y se atrincheró en la jefatura de guarnición. El sargento Kelvin Shapiama, al mando de la base en ausencia del suboficial Matías Pumayauli, comunicó la primera disposición del inspector: «Toda la tropa debe pasar por enfermería para un examen físico y de laboratorio».

El resultado arrojó veintitrés infectados y siete sanos, entre estos últimos: el sanitario Josías Pizango, el operador de radio Jaime Rinahui y el sargento Kelvin Shapiama.

Aturdido, el coronel Fernández decidió quedarse un día más y realizar una investigación más profunda hasta determinar cómo es que se había producido el contagio.

No fue difícil. Los infectados señalaron haber tenido relaciones contra natura con Florencio Retamo, el asistente del suboficial Matías Pumayauli, jefe de puesto de Zungarito que se encontraba de vacaciones.  

Retamo declaró que todo comenzó una noche de lluvia cuando su jefe le propuso tener relaciones sexuales compensadas mutuamente:

—¿Cómo es eso? —Frunció su ceño el inspector.

Retamo agachó la mirada.

—Que primero me penetraba él, y después yo.

Silencio.

—¿Entonces…?

—Después ya nos fue gustando, mi coronel.

Un rictus de desprecio marcó el rostro del coronel Fernández. Se le crispaban los puños.

«Con razón esos dos no se dejaban el uno al otro», pensó Josías Pizango, presente en el interrogatorio.

—¿Y cómo es que tienes el gonococo ahí atrás?

—Mi suboficial Matías Pumayauli tiene una mujer en un pueblo, a media hora de aquí, bajando el río…

Fernández perforó con su mirada a Retamo.

—¿Ah, te sacó la vuelta?

Retamo posó sus ojos en el suelo. 

—Ella lo contagió.

—Debiste haberle reclamado. Eran pareja.

—Me enteré de ella cuando él ya se había ido de vacaciones.

—¿Entonces…?

—Eso me molestó. Ahí me hice mujer de quienes me querían, pero yo no sabía que portaba eso que dicen.

—Permítame informarle, mi coronel, que los síntomas de la gonorrea pueden tardar hasta un mes en aparecer —interrumpió Josías Pizango.

El coronel hizo un gesto de asentimiento.

—Lo tengo claro, Pizango.

Tomó sus papeles, se levantó y se dirigió a la salida.

—¡Ordenanza, sígame que tengo que dictarle un mensaje! —bramó el coronel, dando un portazo que sacudió la salita de madera donde se acababa de realizar el interrogatorio.

Luego, en voz baja, agregó: «Dos rosquetes no pueden cagar así a nuestro glorioso ejército».

 


En sus primeros días como jefe de guarnición, Nikolas Portal, diseñó su plan para tres meses. El silencio de la noche, roto solo por los cánticos de las aves nocturnas que llegaban del bosque circundante, era inspirador.

Más inspiradoras eran las fotos de Rosaura y de sus niñas desplegadas en un portarretratos que a veces llevaba a su litera para soñar con ellas.  

Una noche que leía Máximas de guerra de Napoléon Bonaparte, resaltó una frase: «El soldado sano es la fuerza de mi ejército y la salud de mis tropas es el primer elemento de guerra».

Recordó que, durante su preparación, un profesor había resaltado el coraje de las tropas que Perú había desplegado en el río Putumayo en el conflicto con Colombia. Era una tropa diezmada por la malaria al llegar al escenario de guerra. No estaban en capacidad de combatir, pero combatieron y pudieron mantener intacta la línea de frontera.

«Son unos huevones. Si hubieran leído a Napoléon sabrían que cuidar la salud de la tropa es blindar el alma del Ejército. La salud es el primer escudo de un combatiente, como lo son la comida y el descanso».

¡Eureka! Un puesto del Ejército en estos lejanos confines de la patria no debería ser solo un grupo de soldados vigilando una frontera que ningún presidente ni comandante general visita. ¿Por qué no podría ser algo más?

Él había sido convocado para eso: levantar el ánimo de una tropa desmoralizada a la que burlonamente llamaban: «Los quemados de Retamo». Eran el hazmerreír en el Ejército.

Decidido a revertir esa afrenta, ordenó un nuevo examen a la tropa. Para su tranquilidad, los infectados, sin excepción, incluso Retamo, habían revertido el violento asalto del gonococo. Los sanos que seguían sanos, eran la prueba viviente de que era posible resistir los cantos de sirena de la concupiscencia.

Estableció, asimismo, la obligación de asistir cada viernes a la charla sobre fisiología e higiene del cuerpo humano, a cargo de Josías Pizango, a quien todos, según su orden, deberían dirigirse como Doc. «Hay que dar su categoría al recurso humano, este hombre es valioso, sabe más que un médico», repetía.

El Doc, además, tenía la misión de programar y realizar campañas de salud y profilaxis en la población de las tres comunidades cercanas al campamento a las que se podía acceder en el bote de la guarnición que era impulsado por un motor fuera de borda. Para ese fin, dispuso una dotación intangible de combustible.

La alimentación era el otro escudo. Ordenó, previa coordinación con las autoridades comunales, una cuota racional de caza y pesca para que las proteínas nunca falten a la tropa. «Un soldado marcha sobre su estómago», fue la otra frase que resaltó de Máximas de guerra de Napoléon.

Y el descanso. En forma rotativa, un grupo de seis hombres tendría salida libre los fines de semana para departir en fiestas comunales. Era responsabilidad del líder del grupo, el más antiguo, vigilar el comportamiento de su pelotón y marcar la hora de retorno a la base.

Tres meses más tarde, el espíritu de la tropa y las condiciones de infraestructura y confort del campamento eran notoriamente diferentes a las que había encontrado. Y los bienes para el sostenimiento de la tropa que llegaban dos veces al año luego de una larga travesía que implicaba bajar el río Amazonas y surcar el río Yavarí, ya no desaparecían.

La fama de la guarnición se extendió. Zungarito, ahora, no era una lejanísima guarnición fronteriza a orillas de un río, sino una red de salud preventiva y un nodo de conservación y uso racional de recursos naturales.

Y su jefe era un soldado aplicando las máximas de un guerrero del siglo diecinueve. Tan solo eso. 

El operador de radio tocó la puerta.

«¡Adelante!», escuchó una voz al fondo.

En cuanto traspuso la puerta, se puso en posición de firmes, golpeó los tacos de sus borceguís, y llevando la mano derecha a la sien, dijo:

«¡Permiso, mi suboficial, para hacer entrega de tres radiogramas provenientes de la División Selva que acabo de recibir!».

Extendió el brazo y entregó los tres sobres.

Nikolas Portal abrió el primer sobre con discreción. Extrajo el radiograma. No se sorprendió. Florencio Retamo había sido dado de baja por alistamiento indebido. «El lugar de Retamo no era el Ejército, obviamente». Volvió a leer la causa específica: «Incompatibilidad psicofísica preexistente no detectada». Sonrió levemente. Vaya lenguajito.

Tomó el segundo sobre algo expectante. Su contenido lo decepcionó. «¡Cagón de Pumayauli! ¡La había sacado barata!». Lo habían pasado a la situación de retiro por medida disciplinaria. La causa estipulaba una «infracción grave de exposición del personal a su mando a riesgos innecesarios fuera de actos de servicio».

«¿Nada más? Deberían haberle llevado dos veces ante un tribunal a ese desgraciado. Uno, por cagar al glorioso ejército peruano, y dos, porque, de otra forma, yo no estuviera aquí extrañando a los míos».

Sus dedos temblaron al abrir el tercer sobre. Retiró el radiograma. Lo desdobló. Su rostro se angustió. ¡No lo podía creer! ¡No había personal disponible para relevarle del puesto!

Se levantó. Golpeó la mesa con el puño. ¡Tres meses más! ¡Ya tenía preparado mi equipaje! 

¡Tres meses más! Respiró hondo. «¡Ya, qué chucha! ¡Aguantaré!». Se calmó. Se resignó.

 

 

Días después del radiograma, Nikolas Portal recibió una fotografía de sus niñas: Frida ya había caminado por primera vez y él se lo había perdido. 

«¡Pumayauli! ¡Pervertido de mierda! ¿¡En qué momento se te ocurrió hacer tu pendejada con Retamo!?».

 


Los siguientes meses fueron una tortura. Se esforzaba por sostener el modelo de guarnición que había logrado, pero sus días, y especialmente sus noches, eran durísimos. No podía sentir el enternecedor abracito de Francesca en su cuello, ni la manito de Frida jugando con su rostro barbado. Ni el calor, el afecto y el cuerpo de su esposa. ¡Su cabellera, su piel, su cuerpo, toda, toda!

Había escrito cartas, pero no obtuvo respuestas. Una vez llegó al campamento un comerciante que decía ser de Lima. Le encargó un sobre con cartas para su familia y le entregó un dinero como pago, pero las cartas nunca llegaron. Se enteró de ello cuando recibió una carta de su esposa reclamándole por su silencio.

Sus pesadillas eran recurrentes. Había una que recordaba bien y le atormentaba: soñó que había llegado a su casa y justo cuando trasponía el umbral, vio salir de la cochera una camioneta. Rosaura iba de copiloto y sus niñas jugaban atrás. Al volante estaba un conocido oficial del Ejército.

Confió sus temores al Doc. Este le dijo que Dios utilizó los sueños sólo para revelar mensajes proféticos en los casos de José y Daniel, pero que el Eclesiastés precisa que los sueños son, en realidad, el reflejo de las preocupaciones, el cansancio y los pensamientos del ser humano. «Así que tranquilo, mi suboficial». «Gracias, Doc».

Bebió ese fin de semana. Entre trago y trago, le comentó al sargento Kelvin Shapiama, su brazo derecho, esos mismos temores. «Tenemos que ver alguna salida, mi suboficial», comentó Shapiama.

Llegó el fin del sexto mes. Una vez más, el jefe de recursos humanos de la División Selva, le comunicaba que su ansiado relevo no iba a ser posible, pero que estaba en evaluación otorgarle un permiso de ocho días para ver a su familia. «Se le comunicará en su momento».

Nikolas Portal se alegró. Dejaría la base a cargo del sargento Kelvin Shapiama, quien, como los demás soldados, venía cumpliendo sus dos años de servicio militar obligatorio.

«Algo es algo, del lobo un pelo», se dijo.

El día señalado para su salida, muy temprano, recibió un nuevo radiograma informándole que la avioneta no estaba disponible debido a un desperfecto mecánico, hasta nuevo aviso. ¡Eso significaba tres meses más!

«Todo el tiempo la misma huevada».

Pensó locuras.

Se imaginaba caminando por un antiguo camino indígena que le habían dicho conducía hasta una ciudad desde donde podía tomar una lancha y desplazarse a Iquitos. ¿Y de allí a Lima, cómo haría? ¡Pero qué tontera estoy pensando, eso sería abandono de puesto!

En una ocasión fantaseó que iba montado sobre el lomo acolchado de una de esas aves negras cuyo canto prolongado invadía el silencio de las noches. En su delirio se veía sujeto con sus brazos a su enorme cuello, volando seguro a cientos de kilómetros por hora.

Otra noche soñó que había una fiesta en la guarnición. Una orquesta tocaba. No había una sola mujer. Todos los presentes, incluso los músicos, eran varones. Los hombres bailaban entre ellos. Y se abrazaban, y se besaban, y se iban en la oscuridad.

Se vio en un acto obsceno, desnudo, intentando penetrar a un soldado, cuando se dio cuenta de que Rosaura le observaba detrás de una cortina.  Despertó con el corazón latiéndole a mil.

«¡Degenerado de Pumayauli, todo lo que has causado con tu perversión! ¡Esto no te lo voy a perdonar, cabrón! ¡Ahora hasta dormido me jodes!».

 


Tiempo después, una mañana, temprano.

«¡Solicito apoyo!, ¡aquí Zungarito!, ¡solicito apoyo!», transmitía con insistencia el operador de radio, Jaime Rinahui, al comando de la División Selva.

Por varios minutos solo se escucharon siseos, chasquidos, crujidos y fluctuaciones propias de la estática.

—¡Aquí, Zungarito, solicito apoyo! —insistió Rinahui.

Se escuchó una voz lejana y distorsionada.

—Aquí, División Selva. Repita, por favor.

—¡Aquí, Zungarito! ¡Necesitamos ayuda! ¡Nuestro jefe de guarnición se ha vuelto completamente loco!

—Zungarito, valoración de la situación en este momento, por favor.

—¡Muy grave! ¡Muy grave para la integridad de la tropa y la seguridad nacional! ¡Requerimos atención médica de urgencia y transporte para evacuarlo!

—Copiado.

—¡A la espera de órdenes!

Cerca de la una de la tarde, el Cessna 208B Caravan acuatizaba en las aguas del río Yavarí.

«Pendejos, ¿no que la avioneta tiene desperfecto mecánico?», gruñó el sargento Kelvin Shapiama cuando recibió a la comitiva en el muelle. 

El coronel Fernández, un médico y un ordenanza se dirigieron apresuradamente hacia el campamento. El suboficial Nikolas Portal había puesto la ametralladora sobre su escritorio. Estaba sentado en el piso, vestido con una túnica blanca. Tenía la barba crecida y portaba una Biblia entre sus manos. Parecía estar en trance.

El coronel se detuvo en la puerta y miró la ametralladora. Hizo una seña al ordenanza, que la retiró del escritorio. Portal no apartó los ojos de la Biblia.

—¡Suboficial Nikolas Portal! ¡Atención!, rugió Fernández.

Portal irguió la cabeza lentamente, los miró con una paz profunda y con la Biblia abierta sobre su palma izquierda, habló suavemente.

—Hermanos, no temáis, que la paz del Señor sea con vosotros... El apóstol Juan nos dice: «Mi paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo…». Y volvió a su postura.

El coronel Fernández miró al médico, y haciendo circular su índice cerca de su sien derecha, dijo: «Está completamente loco. Hemos perdido a nuestro mejor jefe de guarnición».

El papeleo para relevarlo demoró apenas quince minutos, dejando encargado de la base al sargento Kelvin Shapiama.

«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones…», continuaba el suboficial Portal.

Mientras subía al Cessna, Kelvin Shapiama le hizo un guiño imperceptible.

 


Nikolas Portal calculó cuarenta y cinco minutos de viaje. Estaban a poco de arribar a la base aérea del Ejército en Iquitos. Ante el asombro del ordenanza que iba junto a él, puso la Biblia a un costado, se sacó la túnica, se levantó, y con voz firme, gritó: «¡Mi coronel, con todo respeto! ¡Mire todo lo que tengo que hacer para que me releven! ¡Yo solo quiero ver a mi familia!».

El coronel Fernández, el médico y hasta la tripulación voltearon la mirada hacia el asiento. La sorpresa les abrumaba.   

En cuanto estuvieron en la explanada, el inspector de la División Selva ordenó quince días de prisión de rigor para Nikolas Portal y el inicio del trámite para su expulsión del Ejército.

Sin embargo, cuando el expediente llegó al general David Merino, comandante de la División Selva, este se opuso a la medida.

—¿Este suboficial no es el que convirtió Zungarito en un modelo de presencia militar en la frontera?

—Sí, mi general. Es el mismo, el asiduo lector de Máximas de guerra que inteligencia reportó.

—¡Vean, señores! Atenúen el informe, retiren la referencia a esa su artimaña de locura. Hay que llevar a este hombre a otra guarnición. Pero esta vez, y es una orden tajante: ¡Denle su relevo como corresponde, pase lo que pase!

 


Una semana más tarde, Nikolas Portal abrazaba a su esposa y a sus niñas en el aeropuerto del Grupo Aéreo Número Ocho de Lima.

Cuando el taxi que lo llevaba a casa pasó por una céntrica avenida limeña, le pareció ver, a lo lejos, al defenestrado Matías Pumayauli. «¡Depravado, infeliz!», gruñó.

—¿Pasa algo, amor? —preguntó su esposa, acariciándole el rostro.

—No, nada, amor, no pasa nada.

En el puesto de Zungarito, a esa misma hora, el sargento Kelvin Shapiama sonríe solo. Bebe un sorbo de la gaseosa que está tomando.

«Sí que Portal tiene una memoria de elefante para grabarse todos esos versículos, ja. Les debe haber tenido cojudos todo el vuelo, ja. Y mi sábana, ja. Nunca pensé que se podía ver muy bien convertida en túnica, ja».

Hizo un saludo militar. «Mi suboficial, usted solo tiene que devolver su Biblia al hermano Pizango».

Y se bebió otro sorbo.

jueves, 15 de octubre de 2026

Anatomía del titiritero

Alejandra Cantarero Concha


Elena confía en la redención. Es su mayor defecto. Me mira con esa empatía profesional y cree que debajo de mis capas hay un niño herido. No entiende que debajo de mis capas solo hay más capas, y todas están vacías.

Ella es el reto más interesante hasta ahora. Matarla será fácil, un simple proceso de detener el flujo de oxígeno. Pero borrarla… eso requiere arte. He estado recolectando material. Ella confía en mí, me deja entrar en su oficina, en su vida. He descubierto pequeñas grietas, las que ella oculta para mantener su máscara de santidad. Un par de correos electrónicos manipulados, unas fotos fuera de contexto de su pasado, algunas sustancias que aparecerán en su cajón.

Cuando la policía la encuentre, no verán a la profesora y psicóloga ejemplar. Verán a una mujer con una vida secreta sórdida que terminó en un suicidio vergonzoso. Yo me sentaré en primera fila de su funeral y veré cómo sus admiradores bajan la cabeza con decepción.

Eso es el verdadero control: yo habré decidido no solo cuándo murió, sino quién fue ella para la historia. La habré reescrito por completo.

Te preguntas: ¿Qué me pasó? ¿Qué me hicieron? Nada. Mis padres dicen que soy tranquilo. Lo decían desde que era pequeño. Lo que no saben es que mi silencio no es paz; es observación. Los miro y veo cables. Si tiras del cable del miedo, Bastián reacciona. Si tiras del cable de la curiosidad, Laura se mueve. Es un mecanismo tan simple que a veces me produce náuseas lo predecibles que son.

Comprobé mi teoría hace unos años. Bastián estaba en el salón, mirando su estúpida maqueta de cristal con esa cara de orgullo que ponen los que necesitan validación externa. Me acerqué a él. Mantuve mi voz en ese tono neutro, que mi madre confunde con timidez.

—Bastián —le dije, fijando mis ojos en su hombro, para no parecer demasiado desafiante—. Laura ha estado preguntando si el cristal se rompe fácil. Dice que tu proyecto es basura y que papá le ha dado permiso para redecorarlo.

Noté cómo el pulso del cuello se aceleraba. Es fascinante. Su piel se puso roja. El enojo es una respuesta biológica tan primitiva que me asombra que no se avergüence de ella.

—No se atrevería —masculló. Ya estaba enganchado.

Luego fui por Laura. Ella era más fácil; siempre ha sido puro impulso. Le sonreí. He aprendido que si enseñas los dientes superiores, pero no arrugas los ojos, los adultos creen que eres feliz, pero los niños confían en ti.

—Lau, Bastián me dijo que escondió un tesoro dentro de la maqueta para ti. Pero es un juego: tienes que cogerlo antes de que él vuelva. Si te ve, pierdes.

La vi correr. Sus pies golpeando contra el suelo. Era como soltar a un ratón en un laberinto que yo mismo había dibujado.

Me senté en el tercer escalón, donde la sombra me cubría, pero el ángulo de visión era perfecto. Me gusta la penumbra; es donde mejor se ve el funcionamiento de las cosas. Ocurrió tal como lo programé. Laura estiró la mano; Bastián entró gritando como un animal herido. Ella dio un salto y volteó la maqueta. El estallido del cristal fue un sonido limpio, técnico. Luego vino el grito de Laura. Un trozo de vidrio le había abierto una línea roja en el muslo.

Me quedé inmóvil. Sentí algo nuevo. No lástima —el concepto de lástima me parece un desperdicio de energía—. Fue una especie de zumbido eléctrico bajo la piel. Una satisfacción física. Todo encajaba.

Papá llegó corriendo, empujando a Bastián, quien lloraba de impotencia. Mamá abrazaba a Laura, que chillaba con una frecuencia acústica irritante. En medio del caos, yo era el único punto fijo. El único que no estaba controlado por el pánico. «Yo hice esto», pensé y me esforcé para no sonreír.

No fue el dolor de Laura lo que me hizo sentir vivo, sino el hecho de que su dolor era una prueba física de mi poder. Yo era el arquitecto de su miseria, y ellos ni siquiera sabían que el edificio tenía un dueño.

Bajé las escaleras con mi cara de niño asustado bien puesta.

—¿Qué pasó? —pregunté, forzando un leve temblor en mi voz.

Mamá me miró y me acarició el pelo, buscando consuelo en el hijo bueno. Sentir su mano fue como sentir una herramienta rozando otra. Me dieron ganas de reír, pero guardé esa energía para mi próxima prueba.

Con el tiempo, he continuado mi aprendizaje. Tirando de los cables aquí y allá. Los compañeros del colegio eran como mis hermanos, nada excepcional. Cuando tenía doce, nos enviaron a la casa de los abuelos. Una casita ubicada al final de la calle de un pueblo pequeño. Más allá había un bosque, donde Bastián se reunía con sus amigos. Me advirtió que no me acercara. Yo, con la mirada hacia el suelo, asentí. Tenía otros planes. Había visto desde mi habitación unas ardillas.

Me adentré en el bosque, evitando las miradas curiosas de mis hermanos. A medida que avanzaba, el ruido de las voces fue reemplazado por el zumbido de los insectos. Entonces, atraje a una de las ardillas a mi trampa. Luego la acomodé sobre mis piernas, la miré a los ojos y apreté su cuello. No podía dejar de mirar esos ojos; mientras se iban apagando y se revolvía sobre mí, sentí una descarga eléctrica, una clase de euforia. Muy placentero. La escondí. Durante varios días, volví a mirar cómo evolucionaba. Las primeras veces, sentí parte de esa corriente; después ya no. Cuando esa electricidad me recorre, duermo mejor, me vuelvo más lúcido, percibo más cosas, es más fácil imitar a los demás.

Pero las ardillas no volvieron a funcionar. Así que comencé a observar animales más grandes. Las mascotas de la calle fueron desapareciendo. Mis abuelos decían que tal vez tenían rabia, que no nos alejáramos. Nos prohibieron adentrarnos en el bosque. Bastián hizo los escándalos de siempre. Era tan básico como una de las mascotas.

La profe Elena apareció cuando tenía catorce. Como siempre, me senté en los primeros puestos de la sala. Había aprendido que los profesores confían en ti si te sientas ahí. Pero ella era diferente; su problema es que le importaba demasiado. Me citó a su oficina; creía que mi tranquilidad era producto de algún trauma. Yo escuché atento sin decir nada. Mientras, pensaba que debía ajustar mi modelo; parece que a esta edad se espera que sea más impetuoso. Hay que pertenecer a un grupo. Anotado. Cuando terminó de hablar, me indicó que me podía ir, que conversaríamos la próxima semana. Me despedí con cortesía, le sonreí. Creyó que comenzaba a abrirme. Claro que me estoy abriendo a una nueva experiencia; voy por ella.

Llegó el día; Elena siempre huele a lavanda y a esa condescendencia suave de los que piensan que pueden arreglar el mundo. Mientras mis manos se cierran alrededor de su garganta, noto que su primera reacción no es el miedo, es sorpresa. Sonrío. Su cerebro, tan lleno de teorías sobre la bondad humana, está sufriendo un error de sistema. No puede asimilar que el «pobre Martín» sea el agente de su final.

No parpadeo. No quiero perderme ni una imagen del proceso. Miro directamente a los ojos. Al inicio, hay lucha, un rastro de voluntad. Luego, ocurre. Es una fracción de segundo donde la pupila se dilata y el brillo —esa ilusión de alma que defienden los poetas— simplemente se desvanece. Es exactamente como ver una bombilla fundirse. Un momento está ahí emitiendo calor, y al siguiente es solo vidrio y filamento muerto.

En ese vacío, me expando. El mundo se queda en silencio. No hay ruido de tráfico, ni aburrimiento. Vuelvo al bosque; solo existe mi voluntad. Yo he decidido que este organismo deje de procesar oxígeno. Yo he dictado el fin de su narrativa. Suelto su cuerpo. Ya no es Elena; es una masa de carbono que pronto será el centro de un escándalo que yo mismo he orquestado.

Me acerco a su cuello y desato el pañuelo de seda. Tiene ese color azul pálido, tan inofensivo como ella. Lo acerco a mi cara, no para recordar su aroma, sino como símbolo de conquista; me pertenece. Es un recibo. La prueba física de que el orden natural de las cosas —donde los buenos prosperan y los malos son castigados— es una mentira que acabo de romper. Lo doblo con precisión milimétrica y lo guardo en mi bolsillo interior. Siento su tacto suave contra mi pecho mientras salgo de la oficina, caminando con la calma de quien acaba de poner el mundo en su sitio.

En la universidad escogí a mis sujetos entre los más comunes. Los extremos distorsionan los resultados. Observé primero. La biblioteca ofrecía un ambiente controlado. Silencio. Rutina. Allí identifiqué las funciones básicas: el que explica, el que asiente, el que finge comprender para conservar posición.

Los jardines mostraban otro patrón. La pertenencia se sellaba con risa y contacto breve. Algunos distribuían aprobación; los demás orbitaban. Las canchas deportivas simplificaban el sistema: dominio, liderazgo inmediato, obediencia. Con esos datos construí mi diagrama.

Una pirámide. Base: invisibles. Individuos funcionales, casi intercambiables. Segundo nivel: seguidores. Buscan aprobación y la replican. Tercer nivel: mediadores. Conectan subgrupos, transmiten consenso. Cúspide: generadores de validación. No necesitan aprobación. La producen.

Toda estructura social repite esta geometría. Comprenderla no basta. Hay que aprender a desplazarse dentro de ella. Practiqué en casa. Frente al espejo ajusté microexpresiones hasta eliminar el error: interés, diversión leve, escucha activa. La duración de una sonrisa. El momento exacto del asentimiento. El rostro humano es un sistema de señales bastante rudimentario.

Luego me infiltré. Entré primero en el grupo popular. Reproduje sus códigos: ironía breve, aprobación oportuna, silencio en los momentos correctos. En pocos días mi presencia era aceptada. Desde allí seleccioné la pieza que debía eliminar del tablero. Un estudiante del grupo de los estudiosos. Delgado. Meticuloso. Compartía sus apuntes y explicaba los contenidos antes de las evaluaciones. Los demás dependían de él cuando necesitaban entender algo. Nodo intermedio de la pirámide.

Las estructuras revelan su forma real cuando una pieza desaparece. Borré la pieza de la estructura y esperé. La reacción del grupo confirmó el modelo: fragmentación inicial, búsqueda de liderazgo, reacomodo jerárquico. Exactamente como en el diagrama. A veces recuerdo esa época y sonrío. La elegancia del patrón. Las jerarquías humanas parecen complejas desde dentro. Pero desde fuera son apenas una figura simple.

En mi primer trabajo, distinguí una mirada. Me observaba, igual que yo a ella. Así que la marqué como objetivo. Estaba en el nivel más alto de la pirámide; iba a requerir más tiempo. La estudié hasta encontrar su debilidad: reconocimiento… «Orgullo, mi pecado favorito». Me integré en el grupo mayoritario; le permití sentirse superior. Nunca se dio cuenta de que yo estaba en sus dispositivos. Tampoco notó las veces que entré a su casa. Me había equivocado, no era un depredador superior, solo un llamativo pavo real. Pero ya había planificado; al menos, la caza tuvo su encanto.

La até a su cama. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz azul del computador. El ventilador del equipo zumbaba con un ritmo constante. Repetí, con paciencia, todas esas cosas que ella buscaba en internet para darse placer. Cada gesto aprendido de sus propias búsquedas. Quería que comprendiera algo elemental: la conocía mejor que ella misma. Cuando el experimento perdió interés, pasé a la siguiente fase.

Puse mis manos alrededor de su cuello. Su respiración se volvió irregular. Primero rápida, luego entrecortada. El colchón crujía bajo intensos movimientos. No aparté la mirada. Observé cómo la vida se retiraba lentamente de sus ojos, como una luz que se apaga detrás del vidrio. Silencio. Una descarga completa. Limpia. Tomé mi recibo correspondiente.

Pero el procedimiento aún no estaba terminado. Levanté el maniquí en que se había transformado. La piel estaba tibia todavía. En el baño dejé correr el agua; el sonido llenó la habitación como una lluvia artificial. La lavé con cuidado. Luego la vestí. Elegí algo que llamara la atención. Un poco de maquillaje: labios, mejillas, ojos.

La noche en el parque olía a tierra húmeda. Los faroles proyectaban círculos amarillos sobre la grava. La senté en la banca central, con postura tranquila, como si aguardara a alguien. Le gustaba sobresalir. Esta vez lo lograría. Mañana sería una estrella en todas las noticias. Aunque no hace falta esperar tanto. Las redes sociales siempre están hambrientas.

Al día siguiente, encendí el televisor con la calma habitual. El vaso de agua estaba en mi mano, frío, la superficie húmeda pegándose a mis dedos. Me senté frente a la pantalla como quien espera la apertura de un telón. Las luces amarillas del parque aparecieron primero. El cordón policial. La banca. La cinta amarilla agitándose con el viento. Todo estaba en su sitio. Sentí el zumbido bajo la piel, esa corriente conocida que anuncia que el experimento ha funcionado. Subí el volumen. El presentador hablaba con gravedad exagerada. «Crimen impactante. Investigación en curso». Palabras previsibles. Sentí algo cercano al placer al escuchar cómo intentaban ordenar un mecanismo que no comprendían.

Luego apareció un rostro. Un hombre desconocido. La imagen estaba mal iluminada, tomada de alguna red social mediocre. Bajo su cara apareció un nombre en una franja roja. El presentador lo pronunció con solemnidad. No era el mío. Parpadeé una vez. Volví a mirar la pantalla. El nombre seguía ahí, fijo, como una etiqueta pegada sobre mi trabajo.

El vaso crujió levemente en mi mano. No me había dado cuenta de que lo estaba apretando. El presentador seguía hablando. Analistas opinaban. Reconstruían motivos. Gesticulaban como si comprendieran algo. El nombre volvió a aparecer. Sentí el calor subir por el pecho como una marea espesa. La sangre golpeó detrás de mis ojos. El aire entró en mis pulmones demasiado rápido. Demasiado caliente. Esa criatura cualquiera estaba recibiendo mis méritos. Mis dedos se cerraron más fuerte alrededor del vaso.

Estaban aplaudiendo al equivocado. El vaso estalló contra el suelo antes de que me diera cuenta de haberlo lanzado. El golpe seco llenó la habitación. El agua se expandió en una mancha brillante sobre el piso. La pantalla seguía hablando. El nombre apareció otra vez. Me levanté de golpe. El sillón se deslizó hacia atrás, raspando el suelo. La televisión seguía mostrando su cara. «¡Maldito impostor!».

Mi pie golpeó la base del televisor con toda la fuerza que tenía. El aparato se sacudió. La imagen tembló. El presentador continuaba hablando, imperturbable, como si el mundo no acabara de cometer el error más grotesco imaginable. Volví a golpear. La pantalla se inclinó y cayó de lado con un sonido hueco contra el mueble. La imagen se distorsionó en un parpadeo de colores rotos antes de apagarse.

El silencio llenó la habitación. Respiré hondo. El aire sabía a polvo y electricidad caliente. Miré el agua extendiéndose por el suelo entre los fragmentos de vidrio. Lentamente, la furia empezó a asentarse. Había cometido un error. Supuse que los ratones entenderían el laberinto sin ayuda. Sonreí. Muy despacio. Bien, tendría que guiarlos.

Vamos por los ratones de las fuerzas del orden; solo se trata de subir la apuesta. Así que continué con el ritual del baño, el maquillaje y la escenificación de mis sujetos. Nunca tuve un sujeto preferido; a veces era la mirada, otras un roce en el momento inadecuado, un comentario de mal gusto. No tolero las faltas de educación. En realidad, me da igual si son hombres o mujeres. Recién después del quinto cuerpo comenzaron a alinearse. No merezco estar en las sombras, pero hay que hacerles todo el trabajo. Tengo que dejar trocitos de queso para conectar los puntos.

Las redes fueron las primeras en darme un nombre: «El titiritero». No era grandioso, pero por algo se empieza. Las redes eran fáciles de dirigir; no me significó ningún placer. Si no hay desafío, no hay gozo. Podría conformarme con esto. Permanecer oculto frente a sus ojos. Lo intenté, pero ya no hubo descargas. Esa electricidad necesaria para dormir, para comer, solo se encendía cuando los roedores seguían la pista adecuada. Necesito darle un rostro al Titiritero; tengo que tensar los cables un poco más.

Cambié mi método, pero dejé que lo conectaran. Finalmente, es mi nombre el que está en todas partes. Ahora saben quién es el arquitecto. La sensación fue enorme, brutal. Te preguntas si tengo un plan. ¿Qué crees? Claro que sí, pero no te lo diré.

Ha llegado el momento, querido diario —como dicen los románticos—, de decir adiós. Te quedas aquí, ya te tengo en digital para continuar. Eres el último regalo para mis ratones.

martes, 13 de octubre de 2026

Matilda ha muerto

Manuel Jumpa Santamaría


Los amigos lo apodaron Matilda porque decían que parecía una sirvienta cama-adentro, atenta para servir día y noche, aunque, por derecho propio, era un auto macho: un Fiat 500 del 68, azul marino, viejo de diez años y quejumbroso que doña Pilar, la mamá de Luis, le había comprado cuando tenía solo seis años de antigüedad. Matilda, a pesar de sus diez años, era una fiel camarada. Estaba oxidada hasta el chasis, le crujían los cambios y solo tenía un faro delantero. Luis la lustraba todos los días, le hacía mantenimiento al motor, a las llantas, al capó, para después salir a pavonearse en el barrio manejando el timón con una mano y el codo afuera de la ventana mientras mostraba su panza chelera y su barba de tres días. Una vez el ventilador del motor empezó a chirriar y, aunque emitía un sonido horrible, no lo arregló. Prefería darse tiempo para sacarle brillo al capó.

 «Este se cree mucho con su puto carro», decía Pedro, su amigo de barrio.

El auto, famoso en el barrio por su origen italiano, le daba caché entre sus amigos misios que solo tenían para el pasaje en los colectivos. Más importante: los patas, los familiares, la collera lo buscaban para moverse por los alrededores. El Fiat era excelente para el mataperreo en el jirón Valdizán. Hasta aquella madrugada fría de Lima que sería la última de Matilda.

Unos días antes, mientras manejaba, Luis pensaba: No importa si solo terminé la secundaria, carajo, justo cuando Velasco daba la reforma educativa; puta madre, me libré de juntarme con los cholos. Ahora, mi mamá quiere que sea empleado. Ella no sabe lo que es pasar ocho horas en una oficina. Prefiero seguir con mi taxi. Mientras tanto, el Fiat recorría las calles de Jesús María, ese conglomerado de casitas de dos pisos, jardincito delantero, paredes todas de blanco, puertas y ventanas con rejas oscuras, al estilo americano de moda. La urbanización estaba rodeada de residencias aristocráticas en la avenida Salaverry y alrededor de lo que fue el hipódromo San Felipe. En ese espacio de Jesús María vivían algunos cantantes de la Nueva Ola como El Mono Altamirano, Pepe Cipolla y actrices de televisión como Cuchita Salazar. La población era, en su mayoría, descendiente de empleados de clase media que habían trabajado para las empresas de la oligarquía urbana o en las grandes haciendas de la costa. Los habitantes de esas viviendas aspiraban a codearse con apellidos blanquitos caídos en desgracia, con pretensiones de estatus social, eso sí, ¡qué se habrán creído!, como decía la abuela de Luis. El barrio era una amalgama de blanquiñosos con aires de criollos y de criollos con aires de  blanquiñosos, que no solían juntarse con cholos ni negros.

Matilda, en cambio, los aceptaba a todos. A pesar de su fragilidad, años atrás llevó a la patota hasta el Festival de la Primavera en Trujillo y a la Fiesta de la Vendimia en Ica del año siguiente. Su pequeña carrocería era el inevitable transporte de cuatro, a veces seis palomillas, para farrear en Barranco o para buscar la bronca a los cholos que chupaban por el Dante. No protestó cuando la degradaron a taxi, para ir por ahí nomás, cerca del barrio, no sea que lo ensucien los negros de mierda. Nunca faltó en la playa Pescadores para el cebiche después de las jaranas; en ese conjunto de casas de estera y madera al costado del exclusivo Club Regatas se preparaban los mejores cebiches  de Lima, con pescado fresco traído del Terminal Pesquero. En otra ocasión Matilda los sacó al cuete del bar Negro Candela en Cinco Esquinas, Barrios Altos cuando una noche el mozo se pasó de vivo y les cargó unas cervezas de más.

Una madrugada brumosa de Lima, Luis y cinco de sus compinches regresaban de una fiesta en el Fiat, totalmente ebrios. En la radio Rubén Blades cantaba a todo pulmón su éxito recién lanzado: Y Pedro Navaja, puñal en mano, le fue pa' encima. El diente de oro iba alumbrando to'a la avenida, cuando Matilda tuvo un hipo y se paró en seco, empezó a toser como un asmático y a llenar de humo los asientos traseros. La patota aún se reía de un chiste de Pedro, el contador de chocarrerías, cuando del asiento posterior salió un fogonazo y humo denso. Luis se puso pálido al ver salir crepitantes las primeras llamas debajo del capó. Desesperado bajó, abrió la tapa del motor. Una llamarada le saltó a la cara quemándole las pestañas, creció hasta el techo, se propagó hacia los asientos de los pasajeros. Asustados, chamuscándose, los cinco salieron a la atropellada por las dos puertas del auto que se consumía.

Un desencajado Luis buscaba agua, un trapo, tierra, cualquier cosa para apagar el fuego. Le ardían los párpados y le llegaba el olor de su ropa que se quemaba. A través del humo que envolvía al auto vio que sus amigos, dándole la espalda, empezaron a alejarse del lugar, con sus cervezas en la mano.

 ―Oigan, ayuden pues, carajos ―gritó Luis.

―¡No jodas, oye, que se queme tu cojudez de carro! ¡No te creas la gran cagada por tener tu Fiat! ―respondió Pedro.

―¡Quémate tú también, huevón! ―gritó Pepe Podestá, primo de Luis, desde más lejos.

La Matilda aún ardía.

Luis vio cómo su Fiat 500 terminaba de quemarse hasta ser un amasijo de retorcidos fierros negros. Cuando Matilda se carbonizó completamente, algunos chismosos salieron de sus casas. Luis vio pasar un patrullero por la esquina, levantó la mano pidiendo ayuda. El vehículo siguió de largo silencioso. Luis se encaminó en dirección a su casa, que estaba a pocas cuadras. Mientras caminaba con las manos en los bolsillos, pensaba: Carajo, desde que Velasco nos quitó las haciendas nos jodimos en este lugar de mierda. Y yo en ese carro, dando vueltas. Ella seguramente no lo sabe, pero el Fiat que me regaló para ganarme la vida, era mi carro, mi orgullo. Además, cuatro años en el timón son nada.

Caminó dos cuadras hasta el cruce de Valdizán y Horacio Urteaga. En la esquina del Chino Pepe estaba la collera, haciendo rueda a una docena de cervezas en el piso. Unos drogadictos fumaban su troncho Moño Rojo en una vereda cercana. Un panadero pasaba haciendo ruido con su corneta.

Luis se acercó a ellos y empezó de nuevo la risa, algunos de sus amigos hasta se doblaban por las carcajadas.

―La Matilda ja, ja, ja, puta madre ―decía uno de ellos.

―La Matilda ja, ja, ja, echaba humo por todas partes, parecía la chimenea del Cocharcas, ja, ja, ja ―decía otro.

―No compadre, se parecía al Coco cuando se le prende al pucho ―agregaba un tercero.

Luis los miró:

―Ustedes son unos conchesumadres, me dejaron solo en la avenida, con la Matilda que se quemaba.

Así les reprochaba mientras llenaba su vaso de cerveza y las carcajadas seguían.

―Basuras, ustedes no creen en nadie ―insistió Luis―. Un amigo se puede morir y ustedes se cagan de la risa.

La mañana aparecía plena, el sol resplandecía en las casas blancas del vecindario y emitía unos brillos de arco iris en los vasos y las botellas de cerveza que se encontraban haciendo un círculo en el piso. Luis agarró un vaso de cerveza, miró los restos del Fiat ahora negro y humeante, volteó donde estaban sus amigos:

«La Matilda ha muerto, carajo. ¡Viva la Matilda!», dijo.

Y se sirvió otro vaso de cerveza.