martes, 11 de agosto de 2026

El Dies irae de José

Manuel Jumpa Santamaría



Cuando todo era felicidad

Cuando me viste entrar a la clínica Santa Teresa pensabas, Marina, que iba a salir en dos días. El doctor Juárez nos aseguró: «Será una operación sencilla, una laparoscopia, un día de descanso y el alta al tercero». Tú creías que después de unos días volveríamos a nuestra rutina: caminar por el malecón tomados de la mano, el sábado cenar en alguna pizzería, bailar en El Salón de la Salsa.

En la clínica el cuarto para pacientes es amplio y pulcro. Tiene una habitación con baño propio y un televisor con programación de cable, una ancha cama de comandos eléctricos, una mesita de noche y un timbre para llamar a la enfermera, que acude presta día o noche.

Cuando vino el cirujano nos dijo: «Será una cirugía rutinaria». Por eso no le pusiste mayor atención. Tú, Marina, que eres tan detallista y quieres estar segura de controlarlo todo antes de empezar algo. «En los detalles está el diablo» ―sentenciabas. A la clínica solo me llevaste un pijama y un par de sandalias además de un buzo color negro para mi salida.

Al día siguiente me llevaron al procedimiento. En el camino las enfermeras bromeaban y yo les seguía la corriente. Ya en la sala de operaciones recuerdo que, haciéndome el gracioso, levanté los dos pulgares antes que me pusieran la mascarilla de anestesia en el rostro.

La verdad de la cirugía

Cuando desperté en mi habitación después de la cirugía, pensando en lo que iba a hacer al día siguiente, la puerta del cuarto se abrió y entró el gastroenterólogo acompañado de dos médicos de otra especialidad.

—No pudimos sacar el cálculo   —me dijo el gastroenterólogo—. No estaba dentro de la vesícula, sino incrustado en una zona del hígado, y no podíamos extraerlo por laparoscopia. Tendremos que hacer una cirugía abierta para retirarlo y suturar el tejido afectado. 

Aprovecharemos para hacer pruebas para examinar su páncreas porque las imágenes muestran algo que pareciera ser un tumor maligno dijo uno de los médicos acompañantes que, después lo supe, era un especialista en hígado.

Creí que iba a marearme y mis manos empezaron a temblar; mi rostro parecía perder consistencia. Algo no cuadraba allí. Yo ingresé para la extracción de unos cálculos, dos días de estancia hospitalaria y salía de alta. ¿Cáncer de páncreas? Es letal a cortísimo plazo, no perdona.  Me jodí, tengo seis meses, máximo— pensé. La sensación de la muerte que debían sentir mis pacientes cuando yo les daba una noticia similar, me invadió totalmente.

Pero, qué pasaría si se están equivocando —pensé, mientras me levantaba de la cama y tomaba una decisión— tengo que verificar ese diagnóstico. Que me hagan una tomografía, una biopsia, nuevas pruebas de laboratorio. Cuántas veces los médicos nos hemos equivocado con el cáncer. Tengo que pedir más pruebas.

La emergencia

Pedí una segunda opinión médica. La clínica convocó una junta médica para determinar el procedimiento apropiado para mi caso. La junta se realizó. Me hicieron nuevas tomografías, más especializadas, exámenes de marcadores inmunológicos. Luego de ver los nuevos resultados la junta de especialistas llegó a la conclusión que no tenía cáncer de páncreas, pero el problema del hígado necesitaba una cirugía mayor. Ordenaron mi transferencia a un hospital de la seguridad social.

Mi traslado se aceleró porque empecé a sentirme mal: un cólico leve que fue empeorando con las horas a pesar de la medicación. En la ambulancia que me trasladaba, los emergencistas me inyectaban analgésicos potentes; pero, la molestia en lugar de disminuir aumentaba de intensidad y mi respiración se tornaba más difícil. Tan intenso era mi dolor que temí sufrir un infarto.

Llegamos a la emergencia del hospital, un espacio amplio de techo alto, dividido por módulos de madera. Las camillas congestionaban los pasadizos. La gente circulaba en desorden, sin aparente dirección ni sentido. Las voces, los gritos y quejidos se elevaban en un coro anárquico. Los olores de desinfectantes, sudor y medicamentos se mezclaban densos en un ambiente saturado, sin ventilación.

Mis acompañantes y yo estábamos en esa vorágine tratando de hacernos escuchar. Mientras yo me retorcía del dolor, el médico de la clínica hacía los trámites para mi internamiento. Yo sentía que perdía fuerzas, sudaba profusamente, cada respiración me era más difícil. Tenía mi abdomen contracturado como leña y mi boca seca tenía un desagradable sabor metálico. Necesitaba oxígeno, pedí una mascarilla sin resultado. Mi color verdoso, amarillento, petrificaba a Marina que miraba impotente la escena. Conociéndola como la conozco, en la expresión de su rostro casi podía leer su pensamiento: «Se va a morir. Hace unas horas estaba normal. Ahora se está muriendo, no puede ser. Y nadie te hace caso, carajo, aunque estés agonizando».

Llamé a una colega de la universidad, María, que cumplía una guardia. Ella vino, llamó al médico de emergencia, me pusieron en una cama con hidratación y una nueva dosis de analgésicos en ambos brazos. El dolor fue cediendo, mi respiración se normalizó. Con esos cuidados fui cerrando los ojos hasta quedarme profundamente dormido. No recuerdo cuándo me trasladaron a una sala de hospitalización.   

El cuarto solitario

Amanecí en un cuarto individual todavía mareado pero libre del terrible dolor del día anterior. La habitación, reservada para personas en cuidados especiales tenía baño propio, un sillón pequeño y una mesita de noche. Exhalaba soledad.

Eran las siete de la mañana cuando ingresó un jovencito vestido de verde con su estetoscopio alrededor del cuello por lo que supuse que era el interno de medicina. Empezó el ritual que se cumpliría con pequeñas variantes en los días siguientes:

Buenos días.

Buenos días, doctor.

—¿Cómo se siente?

—Bien, doctor. Me siento bien.

—¿Tuvo fiebre, dolor, alguna molestia?

—No, doctor, ninguna molestia.

—Entonces continuaremos con la misma medicación. Hasta luego

El breve ritual del interno me llevó de golpe a mis primeros años de estudiante de medicina, cuando el doctor Lanfranco estaba, como todos los días, temprano en la puerta de la Sala San Andrés, mis compañeros de medicina y yo, todos puntualitos, bien uniformaditos, alrededor del enfermo: «Pregunte su nombre al paciente», decía con firmeza. «Es una persona, no es un objeto, hágalo de forma amable, piense que es un familiar suyo, si es un colega muestre respeto porque él es su hermano. ¿Ya le preguntó por sus molestias? ¿Ya le hizo el examen físico? ¡No se confíe de lo que digan otros, verifique usted mismo! ¿Cuál es su diagnóstico diferencial, doctor? ¿Y su plan de trabajo? Quiero esos resultados para ayer, doctor. Usted mismo vaya a mirar las pruebas de laboratorio y me las reporta de inmediato». No. Eran otros tiempos. Otro sentido de humanidad.

Durante el día pasaban fugaces las enfermeras, el personal de limpieza y el de nutrición haciendo su ronda periódica. La mayor parte del tiempo yo estaba solo y me concentraba en pensamientos obsesivos: «¿Y si encuentran que realmente es cáncer? ¿Cuánto tiempo me quedaría? ¿Sufriré mucho antes de morir?».

Pasaron dos semanas de esa etapa oscura hasta que una enfermera me sacó de tales especulaciones para decirme que me operaban a las diez de la mañana del día siguiente.

La operación

Muy temprano las enfermeras empezaron el protocolo de sala de operaciones: revisión de las vías endovenosas, colocación de bata con apertura posterior, protección de las piernas; todo ello mientras ellas bromeaban:

—Mañana tengo una parrilla. No sé qué ponerme.

—No te preocupes tanto; ponte un jean apretado.

—Ja, ja, ja, no quiero que me rapten.

Yo asistía impasible a ese frío protocolo en la camilla que me transportaba a la sala de cirugías mientras miraba desfilar los fluorescentes verdosos en el techo, los marcos de puertas que dejaba atrás, las figuras invertidas de las enfermeras. De pronto una sonrisa luminosa, Marina, me esperaba en la entrada del quirófano. Todo va a salir bien —susurró, mientras apretaba mi mano. La dejamos atrás y entré a la sala llena de luces, mesitas con instrumentos, cinco personas cubiertas de pies a cabeza con la ropa verde de cirugía. Junto a la mesa central, debajo de las cialíticas, esperaba el doctor Juárez: «Llegó el día», me dijo poco antes que el anestesiólogo me pidiera: «Cuente hasta diez», y yo entrara en un mundo de sombras.

Me desperté después de seis horas. El doctor Juárez se acercó sonriente, me dio una palmada en el hombro; algo en sus ojos mostraba inseguridad. Sentí que no traía buenas noticias: Tiene cincuenta por ciento de probabilidad de éxito —me dijo en un tono que parecía una mentira piadosa esperemos que la sutura del hígado resista. Mi temor a saber la verdad hizo que no le preguntara nada al cirujano: yo intuía que la probabilidad era menor. Así lo había leído en la página especializada de PubMed en Internet.

Miré alrededor mío: un frasco con suero en mi brazo izquierdo, antibióticos y analgésicos en el brazo derecho; dos drenes salían de mi abdomen, una sonda me servía para orinar. Yo parecía un RoboCop, no podía moverme. No, cincuenta por ciento era demasiado —pensé.

Esa noche no pude dormir. Miles de pensamientos se amotinaban en mi mente. Me voy a morir, no quiero. No estoy preparado. ¿Quién lo está? No quiero llorar, llorar me hundirá en la desesperanza. Escucho la furia coral del Dies Irae…: «Quid sum miser tunc dicturus? / Quem patronum rogaturus, / Cum vix justus sit securus?». Desdichado yo, sin protección, Dios, no merezco esto. ¿Por qué yo? ¿Por qué yo, Dios mío? Si salgo bien de la operación, estaré jodido, no podré trabajar, mis ahorros desaparecerán. Y este horroroso cuarto con olor a medicamentos y orines. Dios, no quiero morir, solitario como el viejito de mi costado, toda la noche sufriendo hasta que ya no respiró más. Y las enfermeras, bien gracias, durmiendo. Malditas. No saben lo que es el sufrimiento. O quizá vieron tantas muertes que se volvieron insensibles. Pobre viejo, sufriste mucho, tu mirada al final era de resignación, dejaste de luchar, te rendiste. Yo no me rendiré.  No, carajo, yo no voy a morir, ¡no voy a morir!, voy a curarme, voy a salir de aquí «Rex tremendae majestatis, qui salvandos salvas gratis, salve me, fons pietatis» Tengo sueño, no quiero dormir, ¿y si muero mientras duermo? Dios, no permitas que muera…

En la noche siguiente, yo repetía el mantra, cuando vi la imagen de Juana, mi madre. Estaba joven, bailaba con su vestido floreado, en el patio de la casa de madera, sonriendo mientras un olor de selva húmeda, de frutales, de yerba fresca llenaba el ambiente. Ella tarareaba, giraba con su falda acampanada que tanto amaba. De un lugar desconocido llegó ese coro que envolvía su imagen: —No voy a morir, ¡voy a vivir!, ¡¡voy a bailar!!, ¡¡¡voy a ser feliz!!!—, y se repetía una y otra vez, mientras ella seguía girando al compás del coro: —¡Voy a vivir, voy a vivir!—. El coro se fue diluyendo lo mismo que la imagen mientras me hundía en un sueño profundo. Yo sonreía.

Al día siguiente, Alipio escuchaba un huaynito en su radio.

«Esa es música doctor», me dijo, señalando una imaginaria partitura en el aire. De pronto, sentí que los sonidos del arpa y el violín me daban una alegría inusitada.

«Así es, Alipio, —le dije—, música de los cielos», mientras una sonrisa iluminaba mi rostro.

Al tercer día el doctor Juárez, con una sonrisa triunfadora, me dijo que la cirugía iba bien, que el peor momento había pasado y que en los días siguientes habría mejores noticias.

La sala común

Aún recuerdo cuando días después me trasladaron a la sala común, una habitación con ventanales abiertos de pared a pared, donde debían caber seis camas, ahora albergaba doce, sin cortinas que separaran los espacios. Olores a sudor y orines saturaban la atmósfera. Una mezcla de marineras y huainitos se escuchaba en las camas de los pacientes.

En los días siguientes la rutina la marcaban el almuerzo y la cena que nos servían. Invariablemente una sopa de verduras y un plato de pollo al horno con arroz, que después de unos días me daba náuseas en cuanto me lo presentaban.

Dos noches después escuché el ronquido de alguien que no pude identificar. El ronquido se fue convirtiendo en un estertor grave que fue bajando de intensidad hasta desaparecer. «Qué mala suerte roncar como motosierra», me dije. En la mañana siguiente, me despertó la agitación de los enfermeros, el sonido de las palanganas y el chirriar de las sillas de ruedas. Había muerto un paciente que tenía mi edad. Volvía a tener la sensación de muerte alrededor mío. Recrudeció mi temor a la muerte y a la soledad.

Una noche llegaron dos técnicos de enfermería para arreglar la pata malograda de la cama contigua: el mayor, de pelo blanco, ventrudo e impecable de uniforme blanco; el menor, de unos cuarenta años, delgado, pelo negro erizado. Ambos se acercaron a mi cama, el viejo le dijo a su compañero:

¡Mira bien, al lado de la cama del anciano!

¿¿Anciano, yo??dije, totalmente sorprendido y humillado.

Cuando se fueron me acerqué al espejo del baño. El espejo y el baño compartían el deterioro: la superficie del espejo estaba veteada con manchas oscuras y algunas líneas en el centro deformaban un poco la imagen reflejada de las paredes con manchas despintadas y pedazos de yeso al aire libre. Lo que vi no era mi rostro. Para mi decepción, encontré un rostro envejecido, macilento y una mirada vacilante. Hasta ese momento tenía la imagen de una persona vigorosa, deportista, activa, totalmente lejana a la figura menguada y enfermiza del reflejo. Cobré conciencia de la imagen envilecida, era yo el anciano.

En la sala común estaban pacientes de corta estancia hospitalaria o los que iban de salida. Una sola enfermera atendía todas las camas en el día; en la noche, cada paciente se las arreglaba como podía porque el personal de salud, en general, dormía. Los pacientes se ayudaban unos a otros para ir al baño o para llamar a la enfermera si se presentaba alguna urgencia.

Con don Víctor tuvimos una gran confianza. ―Yo sabía que usted era médico desde que llegó. Don José, ―me dijeron―: Llega un envarado. ―Yo tengo un hijo que es doctor, también. Trabaja aquí en el hospital. Él me consiguió la entrada y el tratamiento―, me relataba el viejo Víctor, agricultor arequipeño, bonachón, con su metro noventa de alto. Tenía ochenta años y le habían detectado cáncer de estómago. ―Yo he sido chacarero, de barro y agua. Salí de la chacra, estudié contabilidad en las noches. Nunca me gustó quedarme en el mismo sitio. Como era empeñoso, me contrataron en una empresa. Ahí fui ascendiendo y ganando un poco más. Ahora soy jefe contable, así eduqué a mis tres hijos que son médicos como usted.

Otro amigo, aunque fugaz, fue Tadeo, el suertudo que estuvo solo una semana. Era delgado, pesaría unos sesenta kilos, de cara huesuda y chupada, pelo negro y puntiagudo. ―Vengo de la Rica Vicky, me dijo, con una voz de pito,  para que me saquen una piedra de la vesícula. Si pasa algún día por Renovación cuadra 6, me avisa―. Tadeo se fue a los dos días. Parecía un actor de cine despidiéndose de los amigos. Su sonrisa iluminaba la sala común. Estaba también Alipio, que ingresaba cada seis meses. Conocía todos los trucos de la sala; en su cajón de noche guardaba naipes, ludo, ajedrez, damas.

«Venga, doc, esta vez le doy ventaja de dos peones», me desafiaba cada tarde.

A su alrededor se apretujaban los vecinos entre ellos Jacinto, el profesor de Huancayo, que juraba tener un perro que predecía los terremotos y contaba historias alucinantes de su gato que reconocía fantasmas. Una noche nos contó:

«Mi gato reconocía fantasmas. Una vez vio uno en la parte oscura de mi cuarto. Se le pusieron los pelos de punta, arqueó su lomo mientras ronroneaba y mostraba sus dientes filudos, levantando la garra derecha en el aire. Se calmó cuando un viento pesado pareció escaparse por la ventana»

Reíamos, nos burlábamos de sus historias inverosímiles, volvíamos a reír con cada broma. Esa era, cada tarde, nuestra manera de aliviar la soledad.

 A los pocos días de la salida de Tadeo, durante la visita médica, el doctor Juárez, que vio mi progreso diario, me dijo: «Su evolución ha sido favorable. El resto de su recuperación lo hace mejor en su casa. Tenemos que evitar una infección intrahospitalaria». Salí de alta al día siguiente. Regalé todos mis enseres: periódicos, revistas, batas, sandalias, papel toalla, un juego de ajedrez.

La despedida

Mis compañeros hicieron una pequeña despedida al recibir el reparto de mis bienes acumulados en la sala común. Organizaron una especie de doble fila al tiempo que Marina empujaba la silla de ruedas hacia la puerta de salida. Mientras esperábamos el taxi, una melodía, un coro asomó, majestuoso, elevándose al cielo: «Seid umschlungen, Millionen! ¡Diesen Kuss der ganzen Welt!»: «¡Abrácense, millones! ¡Este beso para el mundo entero!». Millones de voces como una promesa. Cerré mis ojos, escuché sus voces mientras aparecían los rostros de mis amigos, alegres, abrazándome, dándome palmadas en la espalda. «¡No vuelva, doc.!», me decían, como un buen deseo para ellos mismos.

Me sentí renacer. Sus amplias sonrisas me acompañaron el resto del viaje mientras cogía la mano de Marina. 

martes, 21 de julio de 2026

Cartas a Liverpool (II)

María Paz Navea Tolmos


Llegué temprano a casa aquella mañana. El jardín estaba húmedo por la llovizna y el aroma del té recién hecho se mezclaba con el de las rosas que ella insistía en cuidar incluso durante el invierno. Desde la sala, la voz melancólica de Carlos Gardel emergía de la gran bocina dorada del gramófono. Yo le había llevado aquel disco por curiosidad, recomendado por un colega argentino, y mi abuela terminó encariñándose con esa voz grave aunque no entendiera una palabra. Prefería el gramófono al radiorreceptor, que permanecía apagado desde que las noticias solo hablaban de las hambrunas en Estados Unidos o de los histéricos desfiles de ese tal Adolf en Alemania.

—¿Quieres galletas con té, querido? —preguntó apenas me vio entrar.

—No olvides el azúcar, abuela —dije, procurando que mi voz alcanzara la habitación contigua mientras terminaba de acomodar la mesa de la terraza.

Moviendo algunos papeles para hacer espacio, encontré una hoja escrita a mano: una oración por los difuntos seguida de una lista de nombres. Reconocí a algunas personas apenas de oídas; otras pertenecían a recuerdos lejanos de mi infancia. La mayoría habían sido amistades de mi abuela o familiares de los que hacía años no escuchaba hablar. Ignoraba incluso que muchos hubiesen muerto.

Fue la primera vez que comprendí que el tiempo avanzaba sin culpa ni remordimiento, llevándose partes de mi vida con la misma indiferencia con la que el invierno marchita un jardín.

—¿Qué te gustaría hacer hoy? —pregunté al escuchar sus pasos acercarse desde el interior de la casa.

Dejé los papeles sobre la mesa y retiré la silla para ayudarla a sentarse. La fragilidad de sus manos siempre conseguía llevarme al mismo recuerdo: los días posteriores a la muerte de mi abuelo. Él la había amado profundamente. Aun siendo niño, alcancé a notar que entre ellos existía una clase de amor sereno y absoluto que rara vez vuelve a encontrarse. Cuando murió yo tenía trece años y, desde entonces, mi abuela aprendió a convivir con una soledad que nunca terminó de reconocer en voz alta.

Mis padres vivían a poco más de una hora de Liverpool y yo continué con ellos algunos años más. Sin embargo, cuando ingresé a la universidad, les propuse mudarme definitivamente con mi abuela. La casa me quedaba mucho más cerca y, aunque ese fue el pretexto que utilicé, ambos sabíamos que la verdadera razón era otra: no quería que volviera a cenar sola.

Al principio temí que el ruido y el movimiento constante de la casa pudieran molestarle, pero pronto fue ella misma quien comenzó a pedirme que invitara a mis amigos. Así, el comedor se vio cada vez más invadido por mis compañeros de la universidad. Ella los recibía siempre del mismo modo: con el té listo y un arsenal de historias interminables que transformaban cualquier conversación cotidiana en algo memorable. Todos terminaban queriéndola como a su propia abuela.

—Mi querido Nicholas —dijo con una sonrisa cansada—, me gustaría escuchar alguna de tus maravillosas historias sobre esa investigación tuya. ¿Has tenido novedades? ¿Cuándo partirás al Perú?

—Abuela, ya hemos hablado de eso —respondí tomando asiento frente a ella—. No puedo dejarte aquí sola. Y sé bien que no quieres acompañarme. No cometeré la imprudencia de marcharme y dejarte atrás.

Ella soltó una pequeña risa, suave, casi resignada.

—Cariño, no puedes vivir atado a mí. Una mujer de ochenta y dos años como yo que apenas sigue el ritmo de sus propios días no puede seguir el ritmo de un joven como tú. Debes ampliar tus horizontes. El mundo no fue hecho para contemplarlo desde la misma ventana toda la vida.

Tomó su taza de té con ambas manos antes de continuar.

—Ve. Yo seguiré aquí, esperándote como siempre.

Sonreí apenas.

—Podría partir en un año. Sería un viaje breve; estaría de regreso antes de que empieces a cansarte de mis cartas. Y, sinceramente, no quisiera perder ni un segundo más sin conversar con la mujer más fascinante que he tenido el placer de conocer.

Le guiñé un ojo mientras le acercaba el plato de las galletas, haciéndola sonreír. Mi abuela sonrió con ternura.

—Siempre tan encantador, Nicholas. Sabes que voy a extrañarte, ¿verdad?

—Nos escribiremos como si el océano no existiera —respondí—. Te enviaré cartas, postales… te contaré sobre todo lo que encuentre en el camino.

Mi abuela y yo habíamos pasado juntos prácticamente toda la vida. Fue ella quien me crio en gran parte y, a diferencia de lo habitual, entre nosotros nunca existió esa distancia solemne que tantos consideraban apropiada.

Crecí viéndola atravesar la vida con una mezcla extraña de fortaleza y ligereza. De ella heredé valores, creencias y una manera particular de mirar el mundo: como si incluso los días más difíciles merecieran ser vividos con elegancia y sentido del humor.

Era una mujer de carácter fuerte y espíritu distraído, capaz de conversar durante horas con cualquiera que se cruzara en el jardín. La servidumbre la adoraba; a veces los escuchaba reír juntos desde el comedor mientras yo trabajaba en el estudio. Poseía esa extraña virtud de hacer sentir acompañada a cualquier persona que estuviera cerca de ella.

Me enseñó que la verdadera educación no tenía nada en común con esa distancia emocional que tantas familias inglesas confunden con la elegancia. Quizá por eso nunca entendí los matrimonios celebrados por conveniencia, tan frecuentes entre familias de nuestra posición. Siempre me parecieron acuerdos sensatos, pero profundamente tristes. Después de crecer viendo el cariño silencioso que mis abuelos se profesaban incluso en los días más difíciles, me resultaba imposible conformarme con menos. Si algún día llegaba a casarme, quería hacerlo por una razón tan irracional como el amor.

—¿Has sabido algo de la señorita, cariño? —preguntó mi abuela antes de llevarse la taza a los labios.

Negué suavemente con la cabeza.

—Aún no. Pero no he conseguido apartarla de mis pensamientos.

Mi abuela sonrió apenas, como si aquella respuesta no la sorprendiera en absoluto.

—¿Es tan hermosa como la recuerdas?

Solté una pequeña risa.

—Más peligrosa que hermosa, diría yo.

Ella arqueó una ceja con evidente diversión.

—Eso suena grave.

—Lo es —respondí—. La vi una sola vez y aun así recuerdo cada detalle con una precisión absurda. Sus ojos eran marrones, pero no del tono común; tenían algo inquietante, como si siempre estuviese pensando más de lo que decía. El viento no dejaba de moverle el sombrero y ella parecía demasiado tranquila para notarlo. Llevaba el cabello oscuro sobre los hombros y caminaba como si el resto del mundo no tuviera derecho a interrumpirla.

Mi abuela me observó en silencio unos segundos antes de sonreír de nuevo.

—Y tú pretendes convencerme de que no estás enamorado.

Aparté la mirada hacia el jardín.

—Ni siquiera conozco su nombre todavía. Arthur hubo de ganarse la memoria del conserje y la buena disposición de un viejo botones con algunas monedas. Al parecer, la discreción también tenía tarifa.

—Nicholas Whitmore pagando por información romántica… tu abuelo estaría encantado.

El desayuno terminó más rápido de lo esperado y poco después retomé mis asuntos de trabajo en el estudio. Desplegué los pesados planos del proyecto ferroviario sobre el escritorio de roble, rodeado por el olor a cuero viejo y tabaco de pipa que inundaba la habitación. Apenas había conseguido concentrarme, con la pluma suspendida sobre las anotaciones, cuando escuché voces retumbando en el suelo de madera del recibidor.

—¡Señorita Emma! —saludó un hombre con entusiasmo.

Reconocí la voz de inmediato. Era Arthur, uno de mis compañeros de trabajo, a quien había pedido que averiguara la identidad de la joven que había visto salir del hotel Adelphi aquella tarde.

Mi abuela apareció primero en la puerta, divertida. Detestaba que la llamaran señora, así que quienes la conocían desde hacía tiempo habían aprendido a concederle el gusto de tratarla como señorita, incluso a sus ochenta y dos años.

—Cariño —dijo apenas me vio—, tu amigo ha venido con noticias.

Arthur sonreía como quien acaba de descubrir un secreto importante.

—Creo que finalmente la encontramos.

Me puse de pie casi de inmediato.

—¿Sabes su nombre?

—María —respondió Arthur—. Es todo lo que logramos averiguar.

El nombre permaneció suspendido en mi cabeza unos segundos, como si necesitara tiempo para acomodarse dentro de mí.

Arthur continuó:

—Uno de los empleados del hotel recordó a la familia con la que se encontraba y nos proporcionó una forma de hacerle llegar correspondencia… aunque hay un pequeño inconveniente.

—¿Cuál?

—La señorita vive en Perú.

No pude evitar sonreír.

—Entonces la Providencia ha decidido divertirse conmigo —murmuré.

Arthur me miró confundido.

—¿Qué quieres decir?

—Mi próxima expedición es precisamente a Perú.

Desde el sillón, mi abuela dejó escapar una risa contenida, como si la vida le hubiera dado la razón.

—Parece que el destino está haciendo mucho más esfuerzo que tú para acercarte a esa muchacha.

Aparté la mirada, incapaz de contener del todo la emoción.

—Tal vez —admití—. Aunque empiezo a sospechar que debo prepararme muy bien antes de conocerla en persona.

Y dirigiéndome a mi amigo, agregué:

—Arthur, debo pedirte un último favor. Necesito saber más de ella. Sería desafortunado pasar el resto de mi vida preguntándome quién era aquella muchacha.

El sueño me fue esquivo esa noche. Intenté convencerme de que aquella señorita no era más que un pensamiento pasajero, una impresión exagerada por la distancia y el cansancio. Pero mientras más trataba de apartarla de mis pensamientos, con más claridad regresaba a ella.

Imaginé otra vez sus ojos, la serenidad inverosímil con la que caminaba, el modo en que el viento parecía empeñado en desordenar sus cabellos oscuros.

Desperté a la mañana siguiente cuando el sol aún no había aparecido. Tomé la pluma casi de inmediato y escribí una carta. Luego otra. Y otra más.

Deseché páginas enteras antes de encontrar las palabras correctas. Cada intento me parecía demasiado imprudente o poco honesto. Incluso para mí resultaba ilógico sentir semejante inquietud por una mujer a la que apenas había visto unos instantes. Releí la última carta varias veces antes de doblarla y al final la dejé sobre el escritorio, convencido de que enviarla sería una insensatez de la que tal vez terminaría arrepintiéndome.

—Ya vuelvo, abuela —anuncié apresurado antes de salir de casa.

Aquella mañana me dirigí a la firma donde trabajaba. Desde hacía meses insistían en que aceptara una nueva expedición comercial a Sudamérica. Al parecer, mis últimos informes habían resultado suficientemente exitosos como para convencer a los directivos de que yo era el hombre indicado para supervisar el proyecto en Perú.

En otras circunstancias, habría considerado aquella propuesta con la distancia profesional de siempre. Pero esa mañana, por primera vez, la palabra «Perú» comenzó a significar algo distinto.

Les pedí algo de tiempo para pensarlo. La idea de dejar sola a mi abuela seguía resonando con incomodidad en mi cabeza. En más de una ocasión pensé que todo habría sido más sencillo si los años no pesaran tanto sobre ella; me la habría llevado conmigo sin dudarlo un instante.

Entre reuniones, informes y diligencias de la firma, el resto del día terminó escapándose con rapidez. Ya entrada la noche, terminé en The Vines, un bar cercano al puerto, junto a Simon y Elias, dos grandes amigos de mis años universitarios, ajenos al mundo de la firma.

La conversación derivó inevitablemente hacia Sudamérica… y hacia María.

—Sigues pensando en la muchacha, ¿verdad? —preguntó Simon apenas el camarero dejó nuestras bebidas sobre la mesa.

No respondí de inmediato, lo que bastó para hacerlos reír.

—Nicholas Whitmore enamorado de una mujer a la que vio menos de un minuto —dijo Elias levantando su vaso—. Esto sí que no lo esperaba.

—No estoy enamorado —aseguré.

—Claro que no —respondió Simon con una sonrisa burlona—. Por eso estás considerando cruzar el océano entero.

Di un largo trago antes de apoyar el vaso sobre la mesa.

—Ni siquiera conozco su nombre completo.

Elias me observó unos segundos antes de encogerse de hombros.

—Entonces escríbele.

Solté una risa breve.

—¿Y qué se supone que debería decirle?: «Disculpe, señorita, creo haber perdido por completo la razón después de verla caminar por una plaza».

Los tres reímos.

—Dile exactamente eso —contestó Simon—. Las mujeres aman a los hombres honestos o a los auténticos idiotas. Aún no decidimos cuál de los dos eres.

Brindamos entre carcajadas y, conforme avanzaron los tragos, la idea comenzó a parecerme menos insensata. La carta original jamás llegó a abandonar mi escritorio; la consideré demasiado intensa. Sin embargo, aquella noche en el bar, pidiéndole al camarero una hoja de papel y un lápiz, terminé escribiendo casi sin pensar una segunda versión mucho más breve… aunque igual de imprudente. Elias insistió en acompañarme hasta la oficina postal, pero al llegar la encontramos cerrada, como era de esperarse.

—Entonces la enviaremos mañana —dijo, guardándose el sobre en el bolsillo del abrigo antes de que pudiera quitárselo.

A la mañana siguiente, con más vergüenza que valor, recuperé la carta de manos de Elias y caminamos juntos hasta la oficina postal cercana al puerto. El viento del río hacía difícil mantener el sombrero en su sitio. Miré el sobre varias veces mientras avanzábamos por las calles húmedas del puerto. Nunca Liverpool me había parecido tan grande ni el océano tan cercano. Recuerdo haber sostenido el sobre unos segundos antes de entregarlo, dudando hasta el último instante. Sé que tuve tiempo de arrepentirme, pero no lo hice.

Al llegar a casa, le conté todo a mi abuela. Entre todas las personas que conocía, ella siempre había sido la más sensata, así que esperaba un sermón considerable por haber enviado semejante carta bajo los efectos del whisky.

—Reconozco que es una imprudencia, abuela.

Sin embargo, apenas terminé de explicarle lo ocurrido, sonrió con una calma casi enternecida.

—El corazón tiene razones que la razón no entiende, cariño.

—Vaya, no sabía que andabas releyendo los Pensamientos de Pascal —mencioné, tomando un sorbo de té.

Aquella frase pareció absolverme más de lo que probablemente merecía. Aunque, eso sí, me pidió con bastante firmeza que la próxima vez intentara enamorarme con algo menos de alcohol en el organismo. Después guardó silencio unos segundos antes de añadir:

—Mi mayor miedo no es que te marches, Nicholas. Es partir algún día de este mundo sin haber conocido a la mujer capaz de hacerte tan feliz como tu abuelo me hizo a mí.

La miré sin saber muy bien qué responder.

—Te ruego que vayas al Perú, cariño. El mundo tiene cosas esperándote allá afuera.

Bajé la vista hacia mi taza de té.

—Lo pensaré, abuela… aunque quién sabe si esa muchacha siquiera responderá mi carta. Tal vez la encuentre desatinada. O peor aún, la deteste.

Ella soltó una pequeña risa.

—No pierdas la esperanza, corazón. Y no seas tan impaciente. Recuerda que las cartas tardan semanas en cruzar el océano.

Intenté escuchar su consejo y actuar con indiferencia los días siguientes, pero no me fue posible. Cada viernes, de forma religiosa, encontraba excusas ridículas para pasar cerca de la oficina postal. A veces fingía enviar documentos de la firma; otras, caminaba hasta el puerto con la incongruente esperanza de que una respuesta hubiese llegado antes de lo posible. Y aunque nunca recibiera nada, volvía a la semana siguiente.

Hasta que un lunes por la tarde encontré un sobre distinto esperándome sobre la mesa del recibidor. Mi abuela había pasado aquella mañana por la oficina postal y, al parecer, el encargado le informó que finalmente había llegado correspondencia para mí. Recuerdo haber sentido un nerviosismo absurdo al romper el sello:

Lima, enero de 1935

Mr Nicholas,

He recibido su carta con sorpresa y, he de admitir, con cierta curiosidad, no deja de intrigarme que alguien pueda describir con tal precisión unos ojos que, según afirma, no ha logrado olvidar. Me pregunto, entonces, si acaso me ha confundido con otra o si su memoria es más poética que fiel.

Si en efecto me ha visto, le ruego me ilumine: ¿en qué circunstancia ocurrió tal encuentro? ¿O ha decidido usted cortejar a una desconocida por el mero placer de la aventura?

Le advierto que mi carácter es menos romántico que curioso, y antes de permitirle cortejarme como corresponde, quisiera poder conocerlo un poco más.

Atentamente,
María.

Leí aquellas líneas una vez. Luego otra. Y otra más. Nunca nadie me había escrito de aquella manera.

Había inteligencia en sus palabras, pero también ironía. Prudencia y curiosidad conviviendo en la misma página. Era como conversar con alguien capaz de observar el mundo desde un lugar completamente distinto al mío y, aun así, comprenderme con una facilidad inquietante.

Sin embargo, por primera vez, una duda comenzó a abrirse paso entre mi entusiasmo. ¿Y si la mujer que existía en aquellas cartas no era la misma que yo había imaginado durante todos esos meses? Me avergonzaba reconocerlo, pero empezaba a temer tanto descubrir que me había equivocado como no llegar a conocerla nunca.

Después de recibir su segunda carta entendí el verdadero peligro de todo aquello: haría lo que fuera necesario por conocer a la autora de aquellas líneas.

No de la manera superficial en que suelen conocerse las personas en cenas o reuniones elegantes, sino conocerla de verdad. Descubrir qué libros leía, cómo sonaba su risa, qué clase de pensamientos habitaban una mente capaz de escribir así.

Las cartas me habían permitido acercarme a ella, pero aún sabía demasiado poco sobre la mujer que las escribía. Ni siquiera conocía su nombre completo. Antes de cruzar el océano y presentarme ante su puerta, necesitaba averiguar al menos eso. Después tendría que tomar la decisión más importante: aceptar la expedición al Perú.

Regresé a casa y encontré a mi abuela en el jardín, leyendo junto a las rosas como hacía casi todas las tardes. Permanecí observándola unos segundos en silencio, preguntándome cuánto de mi vida había estado siempre ligado a ella.

—Ya tomaste una decisión, ¿verdad? —preguntó sin apartar la vista del libro.

Negué con la cabeza, divertido.

—¿Es tan evidente?

Ella levantó finalmente la mirada hacia mí.

—Te crie, Nicholas. Conozco a la perfección cómo luces cuando algo importante ya ocurrió dentro de tu cabeza, aunque todavía intentes convencerte de lo contrario.

Tomé asiento junto a ella.

—Tengo miedo de dejarte sola.

Mi abuela sonrió con una ternura que me resultó insoportable.

—Cariño, las personas que se aman no dejan de acompañarse solo porque exista un océano de por medio.

Guardé silencio unos segundos.

—¿Y si todo esto resulta una tontería? Apenas la conozco.

—Entonces al menos tendrás una historia maravillosa para contarme cuando regreses.

No pude evitar reír y ella tomó mi mano con suavidad.

—Ve al Perú, Nicholas. No muchos tienen oportunidades así en la vida como para dejarlas pasar por miedo.

Esa noche pensé de más en las palabras de mi abuela. Permanecí despierto más tiempo del habitual, observando desde la ventana cómo la lluvia comenzaba a cubrir con lentitud el jardín. Quizá tenía razón. Tal vez algunas decisiones no llegan para ser comprendidas del todo, sino simplemente tomadas.

A la mañana siguiente me puse en marcha. Arthur había conseguido, por fin, confirmar la identidad de la joven gracias a uno de los empleados del hotel Adelphi, y fue entonces cuando conocí su nombre completo. Con aquella última certeza en mis manos, antes de que terminara la tarde comuniqué a los directivos de la firma que aceptaría la expedición al Perú.

Mis superiores parecieron más satisfechos de lo que esperaba; llevaban meses intentando convencerme de supervisar el proyecto ferroviario en Perú y, hasta entonces, yo siempre había encontrado alguna excusa razonable para rechazarlo.

—Excelente decisión, Mr. Whitmore —dijo Mr. Ashford mientras cerraba la carpeta frente a él—. Partiremos hacia el Perú en diciembre. Le recomiendo empezar a prepararse desde ahora; permaneceremos allá varios meses.

Mientras abandonaba el despacho de Mr. Ashford comencé a considerar que, tal vez, y solo tal vez, un océano entero era un obstáculo ridículamente pequeño.

lunes, 13 de julio de 2026

La otra pandemia

Moisés Panduro


La organización Cornudos de Santa Bárbara (CSB) contaba con sede propia, estatutos registrados ante el gobierno provincial y reconocimiento oficial de la alcaldía. De hecho, gozaba de un merecido prestigio en la vida pública santabarbarense por su labor integradora, altruista y redentora.

Desde hacía once años, los infortunados que atravesaban la amarga experiencia de la infidelidad encontraban allí una mano generosa que los ayudaba a transitar los tormentosos senderos de la decepción, la amargura, la soledad y el dolor; causados por los devaneos de las hijas de Eva.

Su líder era el gran maestro Enderson Loja, quien fundó la organización tras superar el remezón que sufrió al descubrir a su mujer haciendo el amor con su compadre.

Una tarde cualquiera, Enderson realizaba unas soldaduras complejas en el astillero de río Grande, aguas abajo de Santa Bárbara. El sonido de las sierras eléctricas cortando metales se mezclaba con el olor fétido del barro del muelle mientras los ferris empezaban a encender sus luces antes de la lluvia.

Cerca de las cinco recibió una videollamada.

—Hola, mi reyecito. ¿A qué hora retornas? —preguntó su mujer con dulzura infinita.

—Mi reina, lamento decirte que no retornaré hoy a casa. Quieren estas estructuras para mañana a primera hora. Tendré que trabajar toda la noche.

—Bebecito, no me hagas eso, por favor —suplicó.

Enderson se dio cuenta de que su mujer miraba los alrededores del muelle con acuciosidad. «Pobrecita, está celosa, quiere asegurarse de que estoy en el trabajo», se dijo. Así que hizo un paneo lento para que ella pueda visualizar mejor el lugar.

—Cariño, te pido comprender mi trabajo, serán unas horas nada más, luego tomaré el primer ferri que salga a Santa Bárbara y estaré contigo a la hora del desayuno.

—Compréndeme tú, mi peluchito, yo te extraño así sea media hora que no estés conmigo en la cama —gimió, al borde del llanto.

«La traigo loca. Una noche que no duerma conmigo y se quiere morir», murmuró Enderson, halagado por el tamaño del amor de su mujer.

A unos minutos de la videollamada, su jefe llegó molesto al astillero y ordenó suspender el trabajo. Había tenido un desacuerdo con el contratante.

Miró su reloj y se dio cuenta de que estaba a tiempo de retornar. El último ferri del día con destino a Santa Bárbara salía a las seis de la tarde. Decidió no avisar a su mujer. «Quiero sorprenderla y gozar con su carita de felicidad cuando me vea llegar. Seguro que se lanzará a mi cuello, me abrazará con sus piernas y me susurrará excitada que vayamos a la cama, que quiere su postre», sonrió con malicia.

Tres horas más tarde, Enderson abrió la puerta de su casa, prendió la luz y recibió un mazazo: ahí desnuda, retorciéndose en la nueva cheslón de la sala, profiriendo grititos lujuriosos y con los pies apuntando al techo, su mujer se deleitaba con el postre de otro repostero.   

Sintió que un rayo partía su pecho. Su corazón se detuvo. Se quedó sin aire, pero, en medio del nubarrón que cubrió su mente, una pizca de decoro le hizo entender que ahí no tenía sitio nunca más: otro pájaro cantaba ya en su nido de amor. No reclamó, no discutió, no lloró. Acababa de morir en vida. Tomó lo que cabía en una mochila: un par de jeans, zapatillas, unos cuantos calzoncillos y polos camiseros.

Dicen que cuando un amor muere por traición, lo que duele no es la muerte sino el duelo. Los recuerdos atormentan el alma sin clemencia, los sueños truncados arrasan con la fe. Un engaño echa montañas de tierra encima de lo que fuiste o creíste ser.

Durante las semanas siguientes, Enderson dejó de comer y comenzó a faltar al trabajo. El dueño del astillero terminó por prescindir de sus servicios.

«Encontrarla ahí, amontonada con mi compadre, me dejó en estado de shock. Recién iba a pagar la primera cuota de la cheslón y ella ya la había estrenado», contaba a sus pocos amigos, mientras deambulaba, penitente, cargando su frustración y vergüenza.

Un día, cuando apenas tres monedas se movían en su bolsillo, decidió desaparecer de la bulliciosa ciudad y refugiarse en la chacra que una tía materna tenía establecida en la margen derecha de un pequeño río, tributario del río Grande.

Pasó un año. Hacía labores en la chacra, pero se mantenía ido, parco, apenas pasaba la comida. Al ver que seguía consumiéndose en su infierno de sombra y silencio, su tía consultó a unas amigas. «Ese es mal de aire, lo que tu sobrino necesita es que le saquen ese mal aire, y eso solo hacen los brujos, doña Chabuquita. Por aquí hay uno buenazo».

El siguiente sábado, al atardecer, Enderson, su tía y un primo, tomaron una canoa y bajaron hasta una entrada en la orilla derecha del pequeño río. Desde allí, caminaron hacia una cabaña enclavada en la profundidad del bosque por cuyo techo emergía un espeso humo que se mezclaba con la neblina de la lluvia de la tarde.

La casa de Noé Arcentales tenía una cubierta circular de hojas de palma y se elevaba dos metros por encima del suelo sostenido sobre columnas de madera. Las paredes y el piso también eran de madera aserrada. Por una corta escalera se ascendía a un amplio espacio que hacía de sala de espera.

Al lado izquierdo, un pasadizo llevaba hacia la parte posterior de la cabaña donde había mesas, sillas, armarios y tres cocinas de leña dispuestas en hilera. Ahí preparaban y se servían sus alimentos las familias que acompañaban a sus parientes. Al lado derecho, otro pasadizo conducía a cinco dormitorios. Entre ambos pasadizos había tres recintos. El primero era un consultorio con un aroma penetrante de herbario. El siguiente, al que se accedía pasando una densa cortina hecha con escamas de paiche, huesos de animales, frutas y semillas secas de la floresta, era la sala de tratamiento. Y en el último había hamacas y colchones duros para el reposo de pacientes.

Esa noche, en su consultorio, alumbrado por mecheros, el doctor en ciencias arcanas le pidió que no se guardara nada, que «vomitara todo». Cada hecho, recuerdo o mención que Enderson desembuchaba recibía un largo «Uh-hum» comprensivo de Noé Arcentales.

Cerca de la medianoche, el brujo ya tenía su diagnóstico: «Trastorno córnico crónico, ese es el mal de tu sobrino».

Mientras su tía recibía indicaciones, un ayudante guio a Enderson a la sala de tratamiento donde el doctor le dio a beber un brebaje preparado con la esencia de una liana silvestre. Cuando Enderson empezó a sacudirse como si tuviera escalofrío, Noé Arcentales le indicó que se tendiera boca arriba en el centro de un círculo trazado con una sustancia de color bermellón de olor fuerte, acre y terroso.

El brujo se sentó a su lado, y por un par de horas se mantuvo soplando sobre su cabeza y su pecho el humo abundante y espeso de un inacabable cigarro mapacho, a la vez que vocalizaba cánticos en un lenguaje inentendible.

Cerca de las tres de la mañana, Enderson vomitó una copiosa y flemosa sustancia parduzca. Literalmente, botó sus vísceras hasta quedar exhausto.  

Al cabo de seis sesiones, el desdichado recuperó sus ganas de vivir, aunque ya no era el tipo jovial, dicharachero y pícaro que creció en un barrio urbano de Santa Bárbara. Ahora era un hombre de pocas palabras, pragmático, reflexivo, afable. La barba que le había crecido consolidaba su nueva apariencia.

Una tarde, sentado en una vieja silla de madera en el porche de la casa de su tía, mirando las copas de los árboles y bebiendo cerveza, escuchó en la radio el relato de otro engañado repitiendo entre lágrimas una historia casi idéntica a la suya.

Dejó el vaso sobre la mesa, se levantó y caminó por el patio, despacio. «Si Adán descuidó a Eva dos minutos y ella pecó, cómo una hija suya no iba a pecar contra mí, un simple mortal que trabajaba doce horas seguidas».

Se detuvo un instante, miró hacia el cielo. A su memoria vino la figura de un esposo fiel, cortés y amoroso, encima de futbolista guapo, famoso y con plata a montones que fue víctima de infidelidad. Apoyó su barbilla en la mano, descansando el codo derecho sobre su puño izquierdo. «Es el mismo patrón», pensó.

Un shansho graznó en una rama. En su cerebro se hizo la luz. Entendió que su tragedia no era individual, sino colectiva. Retornó al porche. Se sirvió un vaso más.

«La infidelidad femenina es natural, inexorable, está atrapada en los genes, pero tiene compuertas. Siendo así, toda acción debería centrarse en la mitigación de sus causas, y toda sanación en la adaptación a sus efectos», concluyó.

Fue, entonces, que Enderson resolvió retornar. Tenía una idea fija.

 

Santa Bárbara seguía siendo la ciudad jaranera de siempre, pese a que sus primeros habitantes tuvieron el santoral en la mano cuando la fundaron. Si hubieran tomado en cuenta la geografía le habrían puesto de nombre: Entreríos por los tres ríos que escoltaban su silueta espigada y caderona.

El clima tropical no ayudaba al propósito de sus fundadores. Los santabarbarenses eran amigueros, divertidos y juergueros. Las mujeres, en cambio, eran recatadas y tenían fama de fieles, pero algo había estado afectando su comportamiento desde hacía unos quince años.

Enderson consiguió que un amigo le diera hospicio. Investigó casos, contactó con otros engañados, elaboró un padrón y un directorio, definió una agenda, los reunió y los organizó en células de resistencia. Y así, entre propuestas de ayuda mutua y arengas contra la infidelidad, surgió Cornudos de Santa Bárbara. Su bandera flameaba en las más bravas trincheras de la masculinidad santabarbarense.

Las asambleas presenciales y virtuales eran masivas. Su popularidad crecía como espuma. El acompañamiento redentor y la obra de bien a favor del mundo córnico eran premiados con un militante caudal de pulgares hacia arriba.

Enderson Loja era el líder indiscutible, un gurú salido del bosque, mahatma de la liberación del engañado. El estatuto de CSB obligaba a la renovación de su cuadro directivo cada año, pero eso importaba poco: sus seguidores le forzaban a reelegirse. Ese año iba ya por su décimo primer periodo consecutivo.

El prestigio de CSB había traspasado fronteras. En su galería de socios honorarios figuraban, entre otros: Charles Bergham, príncipe de un antiguo imperio europeo que se comprometió a financiar la organización con un apreciable torrente de libras esterlinas, luego de ganar el divorcio a su esposa que tempranamente había sacado los pies del plato.

Por si fuera poco, Tetinho Leite, una leyenda del fútbol mundial que tuvo que reinventarse para entender por qué su amada prefirió el palo de béisbol de su nuevo novio y no la pelota de fútbol de su marido, estaba encantado. Propuso la realización de un partido de exhibición entre la selección córnica del resto del mundo y la de Santa Bárbara.

En esos días, la esposa de Bruno Morgan, director ejecutivo del imperio financiero más poderoso de la era global, había sido sorprendida con su amante durante un concierto del celebérrimo grupo Cockeplay. De inmediato, Bruno Morgan anunció su visita a la ciudad en cuanto su apretadísima agenda se lo permitiera.

No eran los únicos donantes. Las historias que se compartían en redes movían muchas cuentas, lo que explicaba la capacidad financiera de CSB para atender la enorme demanda de usuarios que ingresaban tras una rigurosa evaluación en la que la puntuación medular provenía de recortes de mensajes, fotografías y videos debidamente peritados como pruebas fehacientes de engaño y daño.

Esta valoración quedaba a cargo de la unidad de inteligencia de la CSB en la que colaboraban altos oficiales de la policía. «Aquí no se ingresa solo por un simple relato. El requisito imprescindible es ser un hombre auténticamente engañado», explicaba el director de asistencia social.

El triaje que determinaba la gravedad de los casos empezaba con una entrevista donde los especialistas de CSB se esforzaban en captar los primeros síntomas del mal.

«Cuando a uno le sacan la vuelta, se vuelve un sonso, pierdes tu viveza, tu alegría. Te entra una saladera brutal: buscas trabajo y no lo encuentras, y si lo tienes, te botan o te ocurren cosas raras. Si eres taxista, se te pincha una llanta, la parchas, y a unos metros se te vuelve a pinchar. Si eres carpintero te caes de la escalera o te machucas el dedo con el martillo repetidamente. Esos son indicios de que ya te están clavando la estaca», declaraba Rogelio Santos, psicólogo del CSB con un doctorado en detección temprana del síndrome córnico.

Otras señales, según el director de semántica léxica de CSB, se vinculaban con ciertos cambios en la capacidad comunicativa de las mujeres. «No sé qué le pasa a mi señora, le hablo y no me oye, le digo que quiero hacer el amor y le duele hasta su pelo, se va al baño con su celular y se demora una hora; no me llama de mi nombre, ahora me dice: mi bebito».

«Te van a decir mi bebito, mi preciosito, mi gordito, mi trompita u otro término cariñoso que, por lo general, es lo mismo que le dicen al otro o a los otros. Las mujeres son en extremo inteligentes, han encontrado la fórmula para no confundirse», abundaba Santos.

Por otro lado, a fin de tamizar los casos, CSB implementó un centro de orientación para quienes despertaban de un sueño con más dudas que deudas. En un consultorio lleno de estampas, mapas climáticos y frascos con hierbas secas, el doctor en ciencias arcanas, Merlín Restrepo, escuchaba a un usuario con una libreta en la mano.

«Antes, cuando te iban a sacar la vuelta soñabas: espejo, cuchillo, policía, vidrio chancado, serpiente, candela, pero ahora con el cambio climático todo eso significa lluvia», le explicaba una mañana el doctor al paciente de turno.

Un ejemplo del trabajo integrado de CSB lo resume el caso de un usuario que un día llegó angustiado. Había soñado que era perseguido por una boa de cien metros, lo que le hizo sospechar que su mujer no iba a jugar bingo a la casa de su madre.  

Restrepo notó que luego de la visita del mortificado sujeto llovió a cántaros durante tres días, contrariando el pronóstico del servicio de meteorología de Santa Bárbara. Ya había ocurrido varias veces. «Es una prueba de que en nuestro tiempo soñar serpientes está relacionado con el cambio climático», concluyó.

Pese a la evidencia, el usuario no estaba convencido.

Entonces, se recurrió al archivo secreto de CSB. Al revisar el material, los especialistas comprobaron que la mujer de las imágenes no era su esposa, sino otra fémina, extraordinariamente parecida a ella, amante del dueño de una orquesta. «Si el hombre hubiera dado crédito a su sueño, no me imagino el lío que habría armado a su esposa que es parte de ese cinco por ciento de mujeres fieles que todavía quedan en Santa Bárbara», dijo el especialista.

CSB no solo aclaraba las dudas existenciales de los machos de Santa Bárbara. También les brindaba ayuda dineraria durante la etapa transicional de su sanación hasta su redención. «No queremos que nadie pase por las vicisitudes que padeció nuestro guía Enderson Loja, por eso hemos creado Cornocard, una tarjeta de consumo con límites renovables según la evolución sanatoria de nuestros beneficiarios», indicaba el director de tesorería de CSB.

Era tal la reputación de CSB que se había vuelto imposible explicar la vida en Santa Bárbara si uno no hacía alguna referencia a su poderío institucional.

 

Desde hacía semanas, Santa Bárbara amanecía con nuevos rumores. En los mercados, en los ferris, en las obras de construcción y hasta en las misas de domingo, cada vez con más frecuencia, aparecían hombres contando que sus mujeres ya no los llamaban por sus nombres.

En un primer momento, Enderson creyó que se trataba de casos aislados, pero, a medida que pasaba el tiempo, la cosa iba pintando diferente.

La situación hizo que el periodismo santabarbarense, de cuya mesura y profesionalismo nadie dudaba, se pusiera las pilas. Los noticieros de radios y canales, las páginas de los periódicos y las redes sociales se inundaban de casos que indicaban un aumento despiadado de la infidelidad femenina.

Un caso emblemático era el de Melton Messina, proveedor del Estado, cuya jerarquía de macho alfa de lomo plateado había sido vulnerada de forma por demás degradante. Messina se vanagloriaba de haberse acostado con trescientas treinta y dos mujeres, sin haberle dado hijos a ninguna. Un récord.

Tenía cuarenta años cuando se casó con su mujer, Yesabella Calvo, una bella maestra de escuela, dieciocho años menor que él. Empero, ni el matrimonio había logrado controlar sus arrebatos donjuanescos.

Entre trago y trago, contaba detalles íntimos de sus encuentros: lunares junto al vello púbico, pezones negros como aceitunas, hímenes que parecían tener dientes, clítoris erectos y otras intimidades que nadie le pedía conocer.

Sin embargo, nada dura para siempre. Messina cayó en desgracia cuando fue inhabilitado para participar en contratos públicos debido a prácticas corruptas. Urgida por la escasez económica y por sus dos niños, Yesabella consiguió un trabajo en una comunidad indígena. Regresaba cada fin de mes a Santa Bárbara, a estar con su esposo, cobrar su sueldo y comprar víveres.

Al tercer año, notó algo raro. Yesabella empezó a llamarle: «nerito». Compraba jeans, zapatillas y polos de marca para varón que no tenían a él de destinatario.

En su último viaje a la comunidad, ella no llevó a los niños. A fin de mes no regresó. Fue entonces que Messina recibió una carta: «Espero que hagas tu vida, no siento ya nada por ti, estoy con un hombre que me llena toda».

El reportero radial que fue a entrevistarlo narró que le encontró de rodillas y con las manos en señal de rezo ante una imagen religiosa, pidiendo entre sollozos que Yesabella regrese a casa.

La petición estaba lejos de ser atendida. Su esposa ya vivía una ardiente segunda juventud con un joven de veinte años que, según se supo, era el primogénito del jefe de la comunidad.

—¿Habrá algo que CSB pueda hacer a favor del afectado? —preguntó el periodista a Enderson que esa mañana había sido invitado a la cabina de radio para tratar el tema.

—Vamos a contactar con él. Luego, nuestros especialistas establecerán el protocolo a aplicar, aunque yo creo que…

—¿Cree qué, señor…?

—Vea usted, amigo. Que una mujer de cuarenta años, con tres hijos y doce años de convivencia, se convierta en la pradera incendiada de un muchacho no es una cuestión de lascivia, locura o dinero. Aquí lo que hay es una tenebrosa intervención…

—¿Tenebrosa intervención…?

—Cuando la estaca ha sido clavada con ayuda de fuerzas oscuras, sacarla ya no es tarea de las artes de este mundo. —Se tomó la barba con aire calmado y filosófico.

La cabina quedó en silencio por un par de segundos.

—Tradúzcalo, por favor —insistió el periodista, absorto ante la insondable metáfora.

«¿Cómo le explico?», se rascó la cabeza Enderson.

—Lo que quiero decir es que en este caso vamos a requerir un brujo, mi estimado amigo.

«¡Ay, Messina, tú que exigías el título de campeón peso pesado de los machos del planeta, ¿no pudiste ver que ya tenías una descomunal rama creciéndote en la testa?!», preguntó en voz alta doña Leíta, oyente de la radio, que a esa hora servía el desayuno a sus hijos.

 

Ese jueves, Santa Bárbara amaneció alborotada y anegada por una lluvia que ya duraba varios días. En una entrevista en vivo para la televisión, Enderson Loja declaraba que en el padrón de CSB se habían registrado cifras espectaculares. La infidelidad femenina estaba destruyendo miles de vidas.

—¿Qué es lo que está ocurriendo, presidente?

Hay una pandemia de la arrechura cuyas causas desconocemos pese a los esfuerzos de nuestros científicos sociales —admitió Enderson Loja.

—¡Pero lo que sea que está ocurriendo ataca sólo a esposas, convivientes, novias y enamoradas!

—Es probable que los chinos estén espolvoreando en las nubes algún virus que al encontrarse con los iones negativos de las gotas de lluvia afecta de manera grave y persistente el gen de la lealtad de nuestras mujeres…

—¿Qué medidas va a tomar CSB frente a esta pandemia…?

Antes de que Enderson Loja pudiera responder, el periodista mostró la pantalla de su celular: el portal de CSB había colapsado los servidores. Sólo en los últimos diez minutos se habían registrado ciento cuarenta y siete mil nuevos usuarios contando únicamente los nacionales.

Enderson observó los números en silencio, y mientras el periodista, con tono desesperado, le reiteraba que declarase qué medidas se tomarían para enfrentar tamaña catástrofe, el líder de CSB miró, a través de la ventana, la lluvia que seguía cayendo sobre Santa Bárbara por décimo día consecutivo y, con la ecuanimidad del hombre salido del bosque que ha visto cosas peores, respondió:

—Vamos a necesitar miles de brujos.