Alejandra Cantarero Concha
La calle Dorset se estira frente a
mí como un rasguño que nunca cicatriza: escuece, palpita. Las casas se apoyan
unas contra otras, torcidas, con ladrillos ennegrecidos y ventanas rotas
tapadas con trapos. Desde algunos marcos cuelgan cortinas grises y desgastadas.
El suelo está cubierto de barro, restos de comida, papeles húmedos y algo que
prefiero no identificar.
Un carro rechina al doblar la
esquina. Un caballo resopla. Alguien tose detrás de una puerta. Más lejos, una
botella se rompe. East End nunca está en silencio. El aire no entra en los
pulmones: se queda pegado en las fosas nasales. Huele a col hervida, a cerveza
vieja, a sudor rancio y a agua estancada. A veces creo que uno deja de respirar
y simplemente aprende a tragarse el olor.
Camino despacio, porque caminar
rápido da hambre. Llevo seis peniques en el bolsillo. Los paso de una mano a la
otra, uno por uno, como si al contarlos pudieran multiplicarse. Seis. Nada más.
Ni siquiera lo suficiente para una cama limpia. Tal vez para un mendrugo duro y
un té aguado. Tal vez. Los peniques están tibios. Han pasado por demasiadas
manos antes que por las mías. Me digo que es mejor no pensar si podré comer
mañana.
Las piedras de la calle están
húmedas aunque no haya llovido. Siempre están mojadas. Hay un brillo oscuro
sobre ellas, como si la noche nunca terminara de irse del todo. Un carro pasa
cerca y me salpica la falda. No miro hacia abajo. Si miro, sé que voy a ver
manchas que no se van.
Escucho gritos más adelante. Una
mujer discute con un hombre. Después, risas huecas. Whitechapel cruje, tose,
escupe. Yo hablo cuando es necesario. Pienso en mis hijos sin querer. Siempre
es sin querer. Los dejé en el albergue hace años, pero en mi cabeza siguen
siendo pequeños. Los imagino con las mejillas rojas por el frío, con los
zapatos demasiado grandes que alguien les dio. Me digo que están mejor sin mí.
Me lo repito hasta que suena como una verdad.
Antes cosía. Me levantaba temprano,
lavaba mis manos, me sentaba junto a una ventana pequeña y trabajaba en
dobladillos para otras mujeres. No era una vida buena, pero era una vida. Ahora
mis manos huelen distinto. A veces trato de recordar cuándo fue la última vez
que me sentí limpia. No lo consigo.
Entro a una casa de alojamiento
porque necesito usar el espejo. No porque me importe cómo me veo. Nunca es por
eso. Es una necesidad rara, como tocar una herida para comprobar que sigue ahí.
El espejo está manchado, con vetas blancas que parecen telarañas secas. Me
acerco igual. La mujer que me devuelve la mirada tiene el pelo opaco, enredado
en los costados. Las mejillas hundidas. La piel floja alrededor de la boca,
acompañando esa desgastada cicatriz que baja hasta el mentón. Cuarenta y tantos
años y todos se notan; la cicatriz también.
Me veo los ojos. Eso es lo peor. No
están vivos, pero tampoco muertos. Están cansados. Pienso en la joven que fui y
no siento nostalgia. Solo incredulidad, como si me hablaran de otra persona. Mi
vestido tiene costuras descosidas. En el dobladillo hay una mancha que no
reconozco. O tal vez sí, pero prefiero no recordar. Me toco la cara. La piel es
áspera. No sostengo la mirada mucho tiempo. Nunca lo hago. Hay cosas que es
mejor no confirmar. Salgo de la casa.
El estómago me arde. No es un dolor
fuerte. Es peor, constante. Un animal pequeño mordisqueando desde dentro. Paso
frente a una panadería. El olor hace que me muerda más fuerte. Pan caliente.
Manteca. Azúcar. Sigo caminando. Si me detengo, pienso. Si pienso, recuerdo. Y
si recuerdo, no avanzo.
En la esquina hay varias mujeres.
Algunas fuman. Otras ríen demasiado fuerte. Una es muy joven. Tiene la cara
limpia. Me pregunto cuánto tardará en perderla. Nadie nos mira de verdad. Nos
observan como se observa un charco: para evitar pisarlo. No elegí esta vida.
Pero tampoco sé cómo salir de ella.
Esta noche tal vez consiga lo
suficiente para una cama. Un lecho donde no tenga que abrazar mis rodillas para
conservar el calor. Un catre donde nadie me toque. Me digo muchas cosas. Casi
ninguna es cierta. Sigo caminando. Whitechapel te traga despacio. Yo ya estoy
dentro.
En la esquina siguiente las
encuentro. Annie ya está borracha, como siempre; apoyada contra el muro, con la
risa floja y los ojos vidriosos, como si la noche fuera un chiste privado que
solo ella entiende. Cathy tiembla del brazo de Mary Jane, la pelirroja, que
intenta cubrirla con su chal raído sin soltar el cigarro. El humo se le pega al
pelo húmedo. No veo a Eli. Tal vez tuvo suerte y está caliente en alguna
habitación, con las medias secándose junto al fuego.
Me acerco.
—Hola, Polly —dice Mary Jane,
mirándome de arriba abajo—. ¿Viste a Eli?
—No. Debe estar con algún cliente
—respondo sin interés—. ¿Cuánto tienen?
Annie se ríe antes de contestar.
—Ahora te crees nuestra jefa
—protesta y eructa al final, como si así cerrara la frase.
No me lo tomo a mal. He estado peor
que ella, y lo sabe. Si con eso olvida por un rato dónde está, bien por ella.
—Yo tengo seis peniques —digo,
sacándolos del bolsillo del abrigo.
—Entre nosotras juntamos quince
—agrega Cathy, con la voz tan baja que parece pedir disculpas por existir.
—Bien. Algo podremos comer con unas
veinte —digo—. Después habrá que trabajar para conseguir una habitación. Vamos,
antes de que te congeles ahí parada.
Cathy asiente sin mirarme.
Mientras avanzamos hacia la taberna,
pasa un carruaje. No es de este barrio: las ruedas limpias, el caballo bien
cepillado. Dentro va una mujer. No la veo bien, pero reconozco la mirada: esa
forma de mirar sin ver, como si la calle no pudiera tocarla. Lleva un vestido
decente; huelo su perfume incluso antes de que el carro termine de pasar.
Seguro no tiene barro en las botas. «Hay mujeres que se venden en
alcobas con sábanas blancas. Yo me vendo en las esquinas».
Escupo al suelo cuando el carruaje
se pierde calle abajo y sigo caminando.
—¿Vieron los carteles con las
desaparecidas? —pregunta Cathy, sin dejar de tiritar.
—¿Cuántas van? —se preocupa Mary
Jane.
Antes de responder, escucho el
silbido familiar de la policía. Hago señas a las demás para entrar al callejón.
En susurros les digo:
—Para sacarnos de una esquina
corren; para encontrarnos muertas apenas caminan.
—Tal vez deberíamos trabajar para
McCarthy —dice Mary Jane, con una inocencia absurda—. Puede que sea más seguro.
—¡No seas idiota! —le grita Annie—.
Te golpeará hasta que le des todo el dinero.
Vuelvo a escuchar el silbato,
seguido de una advertencia. Las hago callar. «No se alejen de sus casas, no se
separen. Hay un asesino suelto en Whitechapel».
—¡Vaya novedad! Para eso tanto
alboroto —les digo.
Dejamos el escondite y caminamos en
silencio hasta el Ten Bells. Empujo la puerta y el olor me golpea antes
que el ruido. Cerveza agria, grasa vieja, sudor atrapado en la madera. El calor
es espeso, pegajoso, como si el aire fuera el vapor de una sopa nauseabunda. El
piso está cubierto de aserrín oscuro, húmedo en algunos puntos, apelmazado por
botas que no conocen el agua limpia. Cada paso suena a succión.
Mary Jane entra detrás de mí, con
Cathy casi escondida en su sombra. Annie se adelanta y se apoya en la barra
como si fuera suya. Aquí nadie nos mira con sorpresa. Somos parte del
mobiliario: mesas, vasos, mujeres.
Las paredes están amarillas de
humo. Hay manchas que nadie se molesta en limpiar porque siempre vuelven. Un
espejo torcido detrás de la barra devuelve reflejos deformes: caras partidas,
bocas demasiado grandes, ojos sin brillo. Me reconozco apenas. Mejor así.
—Cuatro cervezas —digo—. Y pan. Lo
que haya.
El hombre de la barra no responde.
Sirve. Los vasos llegan con espuma muerta, tibia. El pan está duro, pero huele
a algo parecido a comida. Lo parto con las manos. Las migas caen al aserrín y
nadie las recoge. Bebo. El primer trago arde. El segundo baja más fácil. El
tercero ya no importa.
—¿Te imaginas trabajar en el West
End? —dice Annie, riéndose sola—. Allá las putas usan guantes.
—Y perfume —agrega Cathy,
intentando sonreír—. No este olor.
Mary Jane da un sorbo largo, como
si quisiera vaciar el vaso de una vez.
—Allá tal vez no te pegan —dice
Annie—. O al menos te golpean con delicadeza —bromea, haciendo una mueca, y se
le cae un poco de cerveza.
Nos reímos. Porque si no, habría
que callarse, y el silencio aquí pesa más que el ruido.
—Allá se venden en camas limpias
—digo—. Con mantas suaves.
—Y hombres que se lavan las manos
—añade Annie—. ¡Qué lujo!
Chocamos los vasos. Un tintineo
breve, ridículo en medio de este ambiente. Mary Jane deja el suyo a medio
terminar. Mira la madera de la mesa como si pudiera leer algo en las vetas.
—Cuando junte suficiente, me voy
—dice—. A Irlanda. Al campo. Verde de verdad, no este verde enfermo. Voy a
criar gallinas.
Annie suelta una carcajada.
—¿Gallinas? Tú no sabes cuidar ni
tus medias.
—Déjala —digo, pero sin fuerza.
—Allá el aire es limpio —sigue Mary
Jane—. Se duerme de noche. No hay gritos.
—Y los hombres son todos santos —ríe
Annie—. Seguro.
Mary Jane no responde. Aprieta los
labios. Sus ojos se ponen vidriosos, pero no llora. Nunca llora. Eso sería
admitir demasiado. Cathy, que no ha dicho nada, deja el pan intacto.
—Elizabeth no volvió anoche —dice
de pronto—. Ni hoy.
Nadie ríe esta vez.
—Tal vez encontró habitación —digo.
—O cliente fijo —añade Annie,
demasiado rápido.
Cathy niega con la cabeza.
—No. Algo anda mal. No quiero que
nos separemos.
Miro alrededor. Hombres apoyados en
la barra, otros sentados solos, algunos ya borrachos. Manos inquietas. Ojos que
calculan.
—Si andamos las cuatro juntas, no
conseguimos nada —digo—. Parecemos un problema, no una opción.
Cathy me mira como si fuera a
llorar.
—Entonces de a dos —continúo—.
Parejas. Volvemos acá cada hora. A la puerta. Si falta una, no seguimos.
Mary Jane asiente sin mirarme.
—Yo voy contigo —le dice a Cathy.
Annie me clava los ojos.
—Siempre mandando.
—Siempre cuidando —respondo.
Bebo lo último de la cerveza. Sabe
a nada. Me limpio la boca con el dorso de la mano. Nos levantamos. El piso se
pega a las botas. El ruido del Ten Bells sigue igual cuando llegamos a
la puerta: risas falsas, vasos, una canción mal cantada en un rincón. Antes de
salir, miro el interior una vez más. Este lugar traga mujeres como si fueran
migas. No distingue. Abro la puerta. El aire frío entra como una bofetada.
—Una hora —repito—. Aquí. Muévete,
Annie, no voy a llevarte en brazos.
Asienten. Nos separamos. La calle
nos espera.
Annie encuentra trabajo en la
primera esquina; le digo que use el callejón detrás de la taberna. Yo cruzo la
calle, camino hacia la esquina opuesta. Oigo golpes provenientes de un portal a
oscuras; camino sigilosa. Escucho la voz de Mary Jane y me acerco. El imbécil
la está golpeando duro y en el rostro. Recojo una botella del suelo. Todavía
está húmeda. Le doy en la cabeza por la espalda. El vidrio no se rompe, pero el
golpe suena hueco, como hierro contra madera. Se da vuelta con los pantalones a
media pierna. Me empuja. Caigo de espaldas y el frío del suelo me sube por la
columna. Me escupe cerca de la cara, no acierta, y se va insultándonos.
Mary Jane, entre llantos, me grita:
—¡Zorra estúpida! Aún no me había
pagado, todo esto por nada —añade pasándose la mano por el rostro—. Púdrete,
Polly.
«Que se jodan». Me levanto y sigo
con mi plan; necesito dinero.
Doy un par de pasos y escucho los
cascos de unos caballos; me adhiero instintivamente a la pared viscosa. Desde
la niebla, aparecen cuatro corceles negros delante de un carruaje majestuoso.
Lo miro embobada. Se detiene frente a mí. Un sudor frío y pegajoso me empapa la
frente; trato de esconderme en las sombras. De entre las cortinas del carro,
emerge una mano enguantada con un racimo de uvas. El olor me envuelve y me
atrae. «No debería». Me acerco y arranco las frutas de un tirón. El sabor me
hechiza, estoy en un sueño. Con el botín en mis manos, me hundo de prisa en la
sombra segura de la pared. La mano aparece otra vez, con un saco. Lo voltea y
las monedas tintinean en el suelo. Grandes, brillantes. Gateo hasta ellas. Son
libras, no peniques. Mientras las recojo, se abre la puerta del coche y
escucho:
—Sube, te daré el doble.
Estoy tiritando, pienso un segundo en Eli, en las que no vuelven. La puerta sigue abierta, percibo la calidez y veo las monedas apretadas en mi mano; durarán poco. No debería subir, pero el apetito volverá. Me levanto y la mano enguantada me ayuda a subir. El interior es templado. Rozo la suavidad del terciopelo. Huele a cuero, perfume caro y vino dulce. Hay una mancha oscura en la tela del asiento. Apenas la miro. Él viste traje de gala, me habla con suavidad, me tiende una copa de licor. Yo bromeo, me siento en el West End. Me atiborro de uvas y de vino. Veo el reflejo de algo brillante. Tarde, el filo del cuchillo ya está en mi cuello. «Al menos, en el silencio no hay hambre».