miércoles, 15 de abril de 2026

Casa Vera

Ninfa Patiño Sánchez


Sin que pudiera evitarlo, sus pies la llevaron al portón. El árbol de ciprés producía una sombra gigantesca; la buganvilla se enroscaba como serpiente en las paredes.  Fue directo a la fuente; el agua producía un sonido tenue. Esta vez había varias flores de loto; en una de ellas le pareció ver el mismo rostro.  Intentó descifrarlo, pero alguien le habló:

—Buenos días, pasa, ¿vienes a meditar? 

Luz María sintió que un hilo de calor atravesaba su garganta, quemándola; era la misma voz y ojos color agua marina.  Se quedó en silencio y musitó:

«¡No puede ser, estoy soñando! ¡Es la misma persona!»

Con mucho esfuerzo consiguió que su lengua liberara las palabras que no podían salir; finalmente logró articular:

—Soy Luz María Santillán, conocí a la doctora Vera hace muchos años. Empecé una terapia con ella.

—Soy Katya, su hija. Vera, mi madre, falleció hace ya algunos años, pero su espíritu vive en esta casa.

La llevó a la sala de meditación, donde había una vela encendida y un jarrón con rosas; el incienso a medio consumir despedía un suave aroma a mirra.  En la pared enmarcados estaban los rostros de la doctora Vera y de los maestros. Luego regresaron al jardín y se sentaron en una banca junto a la fuente.

—Qué bueno que hayas conocido a mi madre —le dijo sin dejar de observarla.

—En realidad no la conocí mucho, por eso he vuelto; desearía saber más de ella.

—La historia de mi madre es fascinante. —Sus pupilas se agrandaron al enunciarla, esbozó una sonrisa antes de continuar.

»Ella nació en Praga.  Llegó con mi padre al Ecuador alrededor de mil novecientos treinta y nueve. Después de innumerables búsquedas —primero a través del arte y el teatro— terminó conociendo al profesor Durckheim en Stuttgart. El maestro provenía de la psicología de la Gestalt. Con él realizó diversos ensayos sensoriales: exploraciones sobre el silencio, la forma y la contraforma, y fue él quien la introdujo en el zen. Ver el mundo tal cual es, sin ideas, sin deseos, sin crítica.

»El legado de mi madre, tanto en el campo de la psicología como en la práctica del zen, es tal, que me faltaría vida para contarte.

Mientras Katya le hablaba emocionada de su madre, su carrera y el descubrimiento del zen, Luz María escuchaba en silencio. Los ojos de Katya la trasladaron a una cadena de recuerdos.

 

Estaba parada en el portón cuando apareció una atenta muchacha.

—Buenas tardes, vengo a una consulta con la doctora Vera.

—Pase, sea bienvenida. Ya le aviso a la doctora Verita.

Luz aprovechó para mirar con disimulo el entorno. Un ciprés se alzaba como sombra rígida contra el cielo apagado. En el centro, una fuente oscurecida por el cielo encapotado respiraba un silencio inquietante. El aire olía a tierra húmeda y resina amarga, un aroma que le tensaba los nervios sin una razón clara. Tenía la idea de que algo no estaba bien y, aun así, cada paso la arrastraba hacia aquella casa, como si el jardín la reclamara en secreto.

Algunas hojas del ciprés le cayeron en la cabeza. Se acomodó el cabello y continuó observando la fuente de agua. Una flor de loto, completamente abierta, despedía un aroma etéreo y acuático. En el centro de la flor, algo parecido a unos ojos la inmovilizó, hasta que la voz de una mujer con acento alemán salió desde la escalinata de piedra que conducía al salón principal.

—Buenas tardes, soy la doctora Vera Schiller de Kohn, ¿y usted?

Luz se quedó sin habla; al mirarla, le impresionaron los ojos aguamarina. Un miedo inusitado se apoderó de ella, que no logró responder de inmediato; al cabo de algunos segundos, después de tragar saliva, pudo contestar:

—Soy Luz María Santillán, esposa de Pablo Álvarez —dijo con voz temblorosa.

—Ah, sí, pasa, pasa. Ya Pablo me habló de ti; la verdad, no creí que fueras tan joven, pero ven, toma asiento. ¿Quieres un té? —le preguntó.

La doctora Vera había percibido lo nerviosa que estaba e intentaba deshacer la tensión inicial. Sin dejar de observarla, le entregó hojas en blanco y un lápiz.  Le pidió que realizara dos dibujos: uno sobre su infancia y otro sobre su adolescencia.

Luz María empezó a relajarse; sus dedos se deslizaban fácilmente sobre el primer papel. En su rostro había una sutil sonrisa; dibujó muy rápido, como si le hubieran pedido que esbozara su mejor día de vacaciones. Luego intentó el de la adolescencia; este lo hizo con más pausa. La sonrisa había desaparecido, soltó el lápiz sobre la hoja y se quedó mirando el piso.

La doctora se le acercó, levantó su mentón y le dijo con tono dulce:

—Está bien. Luz María, ¿podrías contarme qué es lo que te inquieta en este momento?

Luz no contestó, no se atrevía a mirar a la doctora; la intimidaba. Empezó a temblar, le sonaba el estómago, sentía una guerra intestinal, pidió permiso y fue al baño. Pasaron algunos minutos; se observó en el espejo, tenía una sórdida palidez; se sentó sobre el inodoro para tranquilizarse, se lavó la cara y salió.   Cuando estuvo frente a la doctora, un sollozo acompañado de una cadena de hipos le impedía hablar. Vinieron a la memoria recuerdos de su adolescencia.

 

A los diecisiete años, padecía de alucinaciones, delirios, falta de motivación y tendencia a deprimirse con facilidad. Sus padres, muy preocupados, acudieron a especialistas y le diagnosticaron principios de esquizofrenia. Después de un largo tratamiento y varias terapias, se recuperó. Logró terminar la secundaria y se inscribió en la Facultad de Trabajo Social en la universidad. 

En la mitad de la carrera conoció a Pablo, diez años mayor que ella, experto internacional, que residía en el país y participaba como expositor en un simposio sobre políticas públicas. Luz era la coordinadora operativa del evento. Sin poder disimular lo atraído que se sentía, Pablo la invitó a salir. Arreglos florales, chocolates y cenas con velas se volvieron recurrentes. A los seis meses se casaron.

 

Luz María estaba a punto de recibirse como trabajadora social, cuando conoció a un becario dos años menor que ella; cada vez que lo miraba sentía que su cuerpo se estremecía y trepidaba de emoción. Olvidó su estado civil y dejó que sus juveniles y musculosos brazos la aprisionaran sin medir las consecuencias. Empezaron las salidas clandestinas; llegaba tarde a casa. Los fines de semana desaparecía con la excusa de que se iba a hacer trabajos de campo… Así, las mentiras se fueron intensificando y los argumentos no faltaban para encubrir sus escapadas.

Pablo estaba perdidamente enamorado de su esposa. Empezó a sospechar sin preocuparse lo suficiente; tampoco estaba interesado en conocer la verdad. Se decía para sí mismo: «Cosas propias de la edad, ya se le pasará». Además, conocía los antecedentes psicóticos de su adolescencia. Fue entonces que pensó en su amiga la doctora Vera. Imaginaba que Luz María, más que una terapia psicológica, requería de una especie de «exorcismo» para tranquilizarse y recuperar la cordura. Sin pensar dos veces reservó una cita.

 

Los espasmos de Luz María iban desapareciendo, pero continuaba sollozando. La doctora Vera le pasó un pañuelo desechable de papel, decidió no preguntar más, se acercó, la abrazó y susurró al oído:

—Eres demasiado joven para Pablo, abre tus alas, vuela, déjate llevar por el viento y que este te diga cuándo y dónde detenerte.

Luz María, al escuchar tal adagio, experimentó una emoción infinita; sintió como que estaba descargando de su espalda una mochila con piedras. Regresó a casa caminando a paso firme e iba repitiéndose para sí misma: «Hoy tengo que decirle la verdad, es hoy o nunca».

Abrió la puerta con todas sus fuerzas; Pablo la estaba aguardando. Un ligero olor a nuez se desprendía de la pipa que fumaba sentado junto a la chimenea; quería conocer los resultados del encuentro. Esperaba que su estrategia hubiera funcionado, y que su esposa regresaría renovada al hogar.

—¿Cómo te fue, querida? ¿Pudiste hablar con Vera? ¿Qué te…? —No alcanzó a terminar la pregunta cuando Luz le interrumpió:

—¡Me dijo que debo iniciar mi vuelo hoy mismo!

Pablo se quedó impávido, no entendió lo que Luz María le había dicho hasta horas más tarde, cuando vio dos maletas en la entrada de la casa.

 

Los recuerdos de Luz fueron interrumpidos cuando la señora de la sonrisa amable llegó con una bandeja llena de galletas de avena recién horneadas y té de cedrón. En el jardín se escuchó que un ganso graznaba, como queriendo decir algo; un par de sedientos colibríes picotearon algunos capullos. Luz empezó a relajarse y a disfrutar del entorno.

Había una convivencia natural y armónica en el lugar que le producía una sensación de calma. En un impulso involuntario, sus ojos se posaron en el centro de la fuente, donde estaba la flor del loto. Pudo al fin descifrar la imagen; eran los ojos aguamarina de la doctora Vera y los mismos de su hija Katya. Sintió un tenue regocijo, como si estuviera cerrando la última página de un libro que había comenzado a leer años atrás.

Mientras Katya y Luz María disfrutaban en el jardín del aromático té y las galletitas de avena, un silencio profundo invadió el lugar. 

De pronto, un viento tibio abrió la puerta del salón principal. Se empezó a escuchar la Sinfonía del Nuevo Mundo, como si el mismísimo Antonín Dvořák estuviera tocando el enorme piano de cola que había en el lugar. Luz María se asustó y corrió al salón. No había nadie.

Comenzó a temblar y volvieron las sensaciones que le aterrorizaron y acompañaron en su adolescencia; se agarró la cabeza y empezó a gritar desconsoladamente. Katya se le acercó, la tomó del brazo y regresaron a la fuente. Luz María se llevó las manos al rostro; luego miró la flor del loto. Era como si aquellos ojos le dijeran algo; fue tranquilizándose y recuperando la calma.

Katya sonrió y dijo:

—¡Es la Casa Vera!

lunes, 6 de abril de 2026

El nombre verdadero

Rosario Sánchez Infantas

 

Cuarenta años a la deriva.

Eso fue lo primero que entendí cuando te vi aparecer. La vida me ha llevado de aquí para allá, como un río torrentoso arrastra a un pequeño trozo de madera. ¿Por qué tenías que volver ahora?

Me recuerdo a los veinticinco, caminando ligero y con la vida intacta. Creía entonces que bastaba con encontrar un trabajo acorde con mi calificación. Confiaba en ella y en mis fuerzas para enfrentar lo desconocido, lejos de la familia y de los amigos. Veía la vida, en esta cálida ciudad, como unas agradables y productivas vacaciones.

Bienaventurados los que envejecen juntos. Apenas perciben los cambios del cuerpo a lo largo de los días, semanas y años. Tú, en cambio, apareces tras cuatro décadas. Estas han dejado huella en mi piel, en el cabello, en el arrastrar de los pies y, sobre todo, en el espíritu.

Evoqué la tarde en que te conocí. Bordeabas los treinta años. Me sorprendieron tu mirada inteligente, la palabra precisa y el aplomo que emanaba de tu cuerpo pequeño. Tú y el personal de tu circo se alojaban en el mismo hotel que yo. Me sobrecogió pensar en que no éramos dos personas jóvenes, que, en igualdad de condiciones, deseaban conquistar el mundo. Cuán difícil podía ser la vida para alguien tan pequeño, ante la inmensa hostilidad de la gente. El mundo no estaba hecho para ellos.

Al día siguiente nos encontramos en el frontis del alojamiento. Te vi bajar la mirada, azorado; apenas saludaste con los dedos de una mano. Te avergonzaba, quizá, que te viera caracterizado de payaso: la peluca verde, el brillo exagerado del satén en colores vivos —tan opuesto a tu sobriedad— y esos tus zapatos enormes, que acentuaban la pequeñez de tus pies.

Casi no reconocí tu rostro bajo la pintura blanca: las cejas y los labios distorsionados, la nariz roja y un par de lágrimas rosadas. Un corbatín dorado se abría de hombro a hombro. Dos compañeros te ayudaban a subir al capó de un automóvil, desde donde perifonearían por la ciudad las funciones del circo.

Respondí a tu saludo breve. No dije nada; pero, sin duda, te devolví en la mirada aquello que no eras, aquello que apenas era tu oficio.

 

Cuarenta años después, a diario, durante las últimas dos semanas, un automóvil perifoneaba por la ciudad las funciones de un circo. Reconocí el nombre del circo en el que trabajabas. Sentí el aroma de lavanda del hospedaje donde te conocí. Te recordé. Saber de tu cercana presencia, como un gran espejo, me mostró mi trayectoria errática. ¡Cuánto me he alejado de lo que me trajo a estas tierras! Tú podrías notar lo que cuatro décadas han dejado en mí: manchas y arrugas en el rostro, el caminar más lento, y la incipiente espalda encorvada.  Sentí el anhelo de visitarte. Sin embargo, deseché muchas veces la idea. Tal vez ni siquiera me recordarías.

Una tarde lluviosa el vehículo anunciaba las últimas funciones del circo en la localidad.  Suspiré resignada. Un bocinazo me hizo desviar la mirada. Te vi a unos metros de distancia. Subías a un taxi, aún caracterizado. Ágil, sonriente, el rostro terso, inmune al paso del tiempo. Reconocí tu mirada inteligente y el aplomo antiguo. Quizá integraste quién eres con quien tuviste que ser para ganarte la vida. ¡Qué estrategia tan útil!

Algo cambió en mí. Sentí que yo también podía hacer ese esfuerzo. Repasé quién tuve que ser para sobrevivir en las riberas del Huallaga. Como a ti detrás de tu maquillaje, también pude reconocerme en aquello que terminé siendo. Hallé sueños intactos, aunque distintos. Hubo fuerzas que me desviaron de mi curso y me llevaron al fondo. Pero siempre regresé a la superficie. La vida sabe defenderse; el amor, dicen los poetas, termina encontrando su cauce. Y así, poco a poco, fui parte de corrientes más amplias, variables, pero jamás me detuve.

Con esa nueva forma de interpretar el paso del tiempo, al día siguiente, me acerqué al antiguo hotel, confiando en que te alojaras allí.

Una carta es siempre un puente: alguien escribe porque el otro no está. Quizá nunca te envíe esta carta, amigo; pero empecé escribiéndote a ti y terminé encontrándome con otro ausente: mi yo pasado, ahora integrado a mi presente.

Ayer fui a ese hospedaje.  Pregunté en la recepción por tu circo, por ti. El encargado, un hombre mayor, me miró con extrañeza.

—El circo de entonces ya no existe —dijo—. Se incendió hace veinte años, en Piura. Sí, recuerdo a Miguel, el payaso enano… murió esa noche.

Comprendí entonces que, en medio de la lluvia copiosa, creí reconocerte en un niño disfrazado de payaso que subía a un taxi, en las inmediaciones de aquel hotel y de mi memoria.

Entendí que no eras tú quien volvía, sino la vida llamándome por mi nombre verdadero.

Gracias, Miguel. Por primera vez en cuarenta años, no me siento a la deriva.

El canto del búho

Moisés Panduro Coral

 

La camioneta pick up negra avanza rengueando por las cicatrices de antiguas heridas tajadas en el camino. Sus llantas se entierran, reptan y emergen de los surcos profundos con la potencia y la tracción de una cuatro por cuatro.

—Esas huellas en zigzag son típicas de un camión que se ha atollado varias veces en el lodo —comenta el conductor. —Y las más grandes que tienen forma de V son de una retroexcavadora —agrega sujetando el timón con firmeza.

A su costado va Raúl Salazar que instintivamente esconde la cabeza cada vez que las ramas de los arbustos amenazan con estrellarse en el parabrisas.

Al cabo de quince minutos, el vehículo ingresa raudamente a un descampado. El conductor frena secamente y lo estaciona a un lado, apenas a un metro del dominio del bosque, levantando una espesa polvareda.

Raúl Salazar y tres hombres más, con los rostros cubiertos por mascarillas negras, bajan con apremio y se encaminan hacia un portón rústico que da ingreso a un terreno de apariencia agrícola cercado por una alambrada densa que se entremezcla con la vegetación. Arriba del portón cuelga un tablón sin labrar con una palabra pintada a brochazos: «Bienvenidos».

Unas cien personas que se han reunido en el lugar desde temprano, se cierran alrededor de la comitiva. Les aprietan las manos, les muestran fotos plastificadas, les hablan encima unos de otros.

La existencia de ese cementerio había sido negada tajantemente, y hoy venían a forzar la verdad con presencia y cámaras. Alguien grita desde atrás: «¡Es hoy, es hoy!». Otro responde. «¡Ni un paso atrás, unidos venceremos!». Y el resto lo repite, como si el eco pudiera abrir la tierra.

La gente está decidida —dice, en voz baja, Salvador Xelis.

Es un hombre joven, delgado y buen orador. Ha liderado las protestas contra el gobierno de Martino Vizconde denunciando su incapacidad ante la crisis desatada por un virus que inflama los pulmones.

—¿Te contestó el Búho? —pregunta en tono preocupado, mientras choca la palma de su mano con las palmas de quienes se le acercan.

—Está en camino, viene en su moto —responde Raúl.

Vestido siempre de jean y camisa azul de manga corta, Raúl Salazar tiene cara de niño, aunque su piel blanquiñosa acusa ya cincuenta años. Se hizo popular cuando puso en evidencia que las cifras de muertos que Vizconde daba a conocer en conferencias de mediodía, eran falsas.  «Las muertes que se ocultan son una infamia que lacera con fuego nuestra memoria», había escrito aquella vez.

El rugido de voces crece en el silencio del mediodía radiante: «¡Ni un paso atrás, unidos venceremos!». Los hombres blanden machetes que Raúl y Salvador han traído en la camioneta.

En la entrada al terreno hay un tipo robusto, de rostro cetrino y cabello largo despeinado. Viste de jean negro y una sucia camiseta gris sin manga. «Lo sabía», se dice. «No iba a durar para siempre este ocultamiento. ¡Qué idiotas! ¡Pretender que un cementerio pase piola como si fuera un sembrío de hortalizas!»

«Nadie puede entrar aquí, sobre tu cadáver», fue la orden que había recibido cuando le entregaron una escopeta de caza y dos cajas de cartuchos.

«¡Justo el día en que me quedo solo!», refunfuña. Temprano había hecho varias llamadas a su jefe, el Chuma; y al Resho, y al Piña. No le contestaron. Les envió alertas cuando varias personas empezaron a llegar y se quedaron allí. «¿Cómo lo supieron? Alguien tuvo que pasar el soplo. ¡Y ninguno de los pendejos contesta! ¡Hoy es sábado, deben estar chupando esos borrachos de mierda!».

Pensó llamar una vez más, pero…

—¡Señor, nos abre la puerta, por favor! —le dice Salvador con voz firme y educada, plantándose frente a él.  

«Si abro, va a ser un escándalo, le van a sacar la madre a Vizconde, y yo y todos esos huevones vamos a pagar el pato, nos van a botar», piensa.

Las hojas de los machetes en alto reverberan con la luz del sol. En los ojos encendidos que le miran puede leer nítidamente: «¡Ni te atrevas a negar, te jodes!».

«¡Ya, que chucha, mejor es vivo sin chamba que muerto dejando pensión! ¡Que se joda todo de una vez!».

Apurado, mete una llave al candado que aprisiona los extremos de una gruesa cadena y empuja las dos rejas de madera hacia adentro.

El gentío que cruza la entrada en tropel se lleva una sorpresa. No es lo que esperaban ver. Al interior hay un tupido matorral de arbustos y árboles leñosos de más de cinco metros de altura. Mirado desde arriba se vería como un bosque joven contenido dentro de un bosque adulto.

Entre ambos bosques, a mano derecha, aparece un intersticio.

—Debe estar más adentro, entonces —piensa Salvador, y se adelanta por el caminito apenas distinguible entre las yerbas.

La gente va detrás de él.

Raúl que se ha quedado un poco relegado se detiene. «El Búho no pudo haber mentido», se dice.

Ingresa resuelto, machete en mano, a la espesa maleza. Siente una picazón que quema en su antebrazo izquierdo. Se detiene. Se rasca fuertemente. ¡Puta mare! Una bayuca exhibe sus espinas urticantes desde una hoja amarillenta a la altura de su tórax. Lo aplasta de un machetazo. Adolorido, alza la vista: ¡No vaya a haber más de estos!

Arriba, un camaleón lanza su lengua como un proyectil hacia un insecto para asegurar su almuerzo. El bosque joven se mueve. Algo pasa deslizándose por encima de sus zapatillas pero solo alcanza a ver una larga cola verdosa que se pierde en la abundante hojarasca. En su antebrazo empieza a dibujarse una mancha roja, pero desiste de examinarla cuando unos trinos llaman su atención: Seis pajarillos de plumaje marrón y amarillo cantan sobre una rama seca a menos de un metro del suelo. Aguza su vista. ¡Un momento! ¡No es una rama seca! Da unos pasos en esa dirección. Los pajarillos levantan vuelo.

La tosca cruz no tiene nombre, solo números. Se adentra un poco más y encuentra otra cruz. Y, luego, otra, todas tatuadas con números.

Regresa sobre sus pasos, y corre a dar alcance a los demás.

—¡Están ahí adentro! —exclama emocionado. —¡Hay que librar el monte! 

  

El Búho apareció una noche con un presagio: «Va a explotar una bomba».

El colapso de las morgues era el sombrío signo de que el virus no estaba controlado. Los obituarios incesantes en las redes sociales crispaban los nervios. Se exhalaba angustia. Era un país entero lanzando estertores de agonía, mientras la gente de Vizconde negociaba impunemente oxígeno y medicinas, y los servicios de salud se desplomaban.

Las bolsas negras selladas con cinta adhesiva se apilaban, por decenas, en el pasadizo que conducía a la morgue del Hospital Regional. Aquella acumulación de cuerpos era una tétrica trinchera erigida en una guerra que se perdía inexorablemente. Un video motejado de fake news fue censurado por perturbador. Se había prohibido el reconocimiento facial de los caídos. Sus familiares recibían un código con el cual, suerte, influencia o coima de por medio, podían ubicar a los suyos, o al menos, saber que los habían perdido.  

En ese oscuro reino de zozobra, a la hora del almuerzo, Vizconde, desde su cómoda oficina, rodeado de ministros y periodistas, leía cifras que maquillaban con descaro la masacre.

Raúl Salazar, acostado en su cama, peleaba con su insomnio esa noche silente en que un búho ululó desde un árbol cercano. El «Ju-ju-ju-ju» grave y rítmico penetraba por la ventana de su dormitorio en un segundo piso. Dicen que cuando el búho canta es porque alguna mujer está embarazada en el vecindario. «Pero esta avecita anuncia tragedias, también», le decía su mamá cuando tomado de su mano pasaba de noche por aquella calle de su pueblo oscurecida por las sombras de los corpulentos árboles de mango.

«¿Una bomba? Debe ser algún bromista».

En la burbuja emergente de su celular apareció una noticia. La abrió. Lo que leyó le dejó alelado. En una sala de hospital acababan de fallecer, al mismo tiempo, seis personas. ¡Y cuatro eran amigos suyos!: Felipe Salva, Edgar Estrella, Oraldo de los Ríos y Rodolfo Cienfuegos.

Se incorporó bruscamente. Prendió la luz, tiró el celular a la cama y pateó la almohada que se había caído al suelo. Llevó sus manos a su cabeza. «¡Carajo! ¡No puede ser!»

Tenía fe en que cualquier día despertarían, se liberarían de tubos en sus tráqueas, de cables en sus pechos y de sedantes en sus venas, y se irían a sus casas, sanos, salvos, a continuar su vida por sus hijos, por sus sueños. «Están luchando», daban parte los médicos. «Son guerreros, saldrán de esta», decían sus amigos.

Pero si no te mataba un virus, te mataba un apagón eléctrico. Los ventiladores mecánicos se detuvieron súbitamente, el oxígeno dejó de fluir en sus pulmones, y en pocos minutos, ya estaban transitando hacia el recuerdo de sus familias.

«¡Hijos de puta! ¡Malditos!», gritó Raúl. Cogió su celular. Escribió al número desconocido.

—No sé quién seas ¿De qué se trata? —escribió, pensando que quizás la anunciada bomba tenía algo que ver con la desgracia.

Registró el nombre: «Búho».

—Vi tu entrevista y estás en lo cierto. Lo que Vizconde informa en sus conferencias es pura mentira —le respondió.

Raúl Salazar había reunido y cruzado datos meticulosamente: Estadísticas de fallecidos recogidos de sus casas y de las calles por la oficina de saneamiento ambiental, obituarios en periódicos, publicaciones en redes, noticias de páginas web. Estimó setecientos fallecidos. La prensa de Vizconde le hizo puré: se mofaron de él, le insultaron y vilipendiaron.

—El director del hospital está harto de esa huevada y va a soltar la verdad —agregó el Búho.

Por la mañana, cerca de las diez, se encontraron. Lucas Perdomo era su nombre. Tenía unos cuarenta y cinco años. En su rostro trigueño y ovalado resaltaba una nariz pequeña algo encorvada y unas cejas pobladas debajo de las cuales un par de ojos grandes parecían mirar fijamente. Sus entintadas ojeras eran la huella que habían dejado sus largos años de turnos nocturnos en la unidad de cuidados intensivos. Iniciada la peste, fue transferido a la unidad de la morgue del hospital.

Su ser, pequeño y enflaquecido, desaparece dentro de su equipo de protección personal. Es un auténtico búho.

Un café tras otro, conoció más de su nuevo amigo. La labor del Búho empezaba habitualmente a las siete de la noche. Revisaba certificados y formatos de control; hacía apuntes, resaltaba, elaboraba cuadros de Excel. Iba y venía solitario, tablero en mano, desde la morgue hacia el pasadizo central del hospital. «Un checking bien hecho elimina la ambigüedad». Al rato, un camión de doble cabina se estacionaba en el patio contiguo. Cuatro operadores con equipamiento negro se encargaban de subir y acomodar los bultos en la tolva.

La luz pública empalidecía la ciudad desolada. Los semáforos pasaban de verde a rojo por gusto. Nadie que viera circular el vehículo podría imaginar la carga que iba cubierta con un impermeable gris que se levantaba levemente con el viento. Ya fuera de la ciudad, y luego de recorrer media hora por una carretera asfaltada, el camión reducía su marcha y giraba a la izquierda para entrar, pesadamente, a un camino cercado por la maleza.

La tétrica carga se desembarcaba en un área descubierta donde un operador de retroexcavadora y su ayudante excavaban hileras rectangulares.

—¡Hache erre, cero, uno, dos, uno; Hache erre, cero, uno, dos, dos; Hache erre, cero, uno, dos, cuatro; Hache erre, cero, uno, dos, cinco; Hache erre, cero, uno, dos, seis! ¡Vamos, aquí! —indicaba el Búho, chequeando su tablero, al borde de una fosa semialumbrada por los faros del camión.

—¿¡Qué hay del cero, uno, dos, tres!? —pregunta un operador.

—¡Lo recogió su familia temprano! ¡No pregunten! ¡Avancen! ¡Tenemos para dos vueltas más!  —responde sin inmutarse.

 

A la una de la tarde, como de costumbre, Martino Vizconde mostraba en la pantalla que, a la fecha, en la región, se había contabilizado sesenta y siete fallecidos. Raúl escuchó la campanita de su celular. El cuadro que esperaba había llegado. Lo abrió, ansioso. ¡Santo Dios! ¡Setecientos setenta y uno fallecidos!  

No se alegró haber estado tan cerca de la cifra real, pero se turbó al pensar que esa cifra correspondía solo al Hospital Regional. Faltaba el reporte de otros hospitales y de las zonas rurales. Su cerebro volvió a martillar una inquietud que ya se había planteado antes: Si el número oficial de enterrados en los cementerios locales era escandalosamente menor a las cifras del Hospital Regional ¿Dónde estaban los demás?

En plena peste, corrió el rumor de un borrachito que logró emerger de un cementerio escondido en la selva. El personal de saneamiento lo había encontrado tieso en una esquina con la mascarilla puesta. No tenía pulso, ni respiración, fue dado por muerto y llevado a la morgue.

Se despertó cuando sintió que le caía un montón de tierra encima. «¡Éste es el último, nos vamos!», gritó alguien. Rompió la bolsa, arañó, tragó y respiró tierra, y al salir a la superficie pudo distinguir las luces de un camión que se alejaba. A tientas se dirigió hacia allí, no sin antes tropezar con varios montículos. Al amanecer, encontró un camino que siguió hasta llegar a una carretera asfaltada que le resultó conocida. «Y aquí me tienen, ahora, mírenme», finalizaba su historia, palmeando su pecho. Nadie le creyó.

 

—¡Raúl, ya están terminando. No llega el Búho! —escucha la voz de Salvador.

El bosque joven ha desaparecido. Las criaturas que pululaban en él han huido en busca de un nuevo cobijo natural. Lo que ha quedado a la vista es un bosque de cruces sobre una amplia planicie. Se puede apreciar ahora que el caminito que empieza en la entrada, bordea el cementerio hacia el oeste y, luego, dobla hacia el norte hasta terminar en una hondonada, al fondo de la cual discurre una quebrada cristalina cuya corriente hace bambolear la abundante grama que crece en sus orillas.  Al otro lado del riachuelo, desde una colina poblada de árboles de ceticos y uvillas, llega el incesante gorjear de avecillas que cosechan su alimento.

Una bandada de gallinazos aterriza en silencio en el límite entre el área despejada y el talud de la colina del este, donde los dientes de la retroexcavadora han dejado sus huellas. Un olor mezcla de clorofila agonizante y carne podrida inunda el ambiente.

—Tenemos ocho hileras paralelas y doce perpendiculares, aquí debe haber unos cien cadáveres —calcula Salvador.

La desilusión se dibuja en los rostros de hombres y mujeres sudorosos. Son más de quinientos los cuerpos no habidos. Y, además, ¿qué son esos números pintados de negro?

«Lucas, compañero, te estamos esperando», escribe Raúl.

«Llegando, compañero, estoy cerca. Detrás de mí viene la Fiscalía a constatar mi denuncia».

«¡Te pasaste, qué bien mi hermano!», contesta Raúl, y comunica la noticia a Salvador que, inmediatamente, reúne a la gente al borde de la hondonada.

Un murmullo crece y hay varias manos levantadas pidiendo hablar.

—Nos quita el sueño pensar que nuestro padre esté aquí, o, peor aún, que ni siquiera esté —gimotea Fiorella, una joven maestra.

Una nueva voz se levanta. Es Gregorio, médico, hermano de Fiorella.

—Si Martino ha negado este cementerio clandestino, se va a negar, más aún, a dar los nombres de los que están aquí ¡Tendríamos que exhumarlos uno por uno!

Raúl mira su reloj. «Búho no te demores», suplica en su pensamiento.

Más voces y manos se levantan. En esta catarsis colectiva, unos escriben en el aire el diario de su dolor reprimido, otros trazan la pintura de su naufragio en las tormentas de la peste. La mayoría, machete en mano, tiene el rostro compungido.

Salvador se sube a un montículo de arena.

—Siento, al igual que ustedes, una profunda tristeza. He perdido, también, amigos y parientes, y guardaba la esperanza de encontrarlos aquí, pero…

El ruido característico de un motor de alto cilindraje hace que varios volteen su mirada hacia la entrada.

«Por fin», dice Raúl, siguiendo con su mirada el recorrido de la moto que precede a una camioneta blanca con sello de la Fiscalía.

Lucas Perdomo se detiene. Lleva un sobre de manila bajo su axila derecha. Se quita los lentes oscuros y va hacia el grupo, saluda y se sube al montículo flanqueado por Raúl y Salvador. Un fiscal con medalla al pecho sube con él.

El Búho tenía miedo. Su aparente dureza era una máscara estoica que él mismo se había fabricado para ocultar sus sobresaltos. Después de la filtración de la cifra real de fallecidos, le habían amenazado de muerte en pósits pegados en la puerta de la morgue, y en audios con voz distorsionada que le llegaban de números desconocidos. El cementerio clandestino y las identidades de quienes yacían allí debía ser un secreto. Toda evidencia contraria a la narrativa oficial debía ser destruida.

—Yo solo cumplía órdenes, pero he decidido abrir el velo de la verdad, cueste lo que  cueste…

Los reunidos le dan ánimo: ¡Sí! ¡Dale, amigo! ¡Gracias! ¡La verdad ante todo! ¡Que nada te amilane!

Con voz trémula, sostenido de un brazo por Salvador para no perder el equilibrio, explica que las fosas tienen cinco metros de profundidad y que en cada una hay no un cadáver, sino seis.

El gentío prorrumpe en una exclamación de asombro: ¡Dios mío!

Cuando vuelve el silencio, continúa: «En total hay quinientas setenta y cuatro personas. Debería haber quinientos setenta y seis, pero uno fue recogido del pasadizo del hospital por su familia, y otro que llegó hasta acá tuvo la suerte de salir vivo».

Un potente murmullo se deja oír. «No era leyenda urbana, entonces», comenta Raúl.

—Por eso, cada cruz tiene seis códigos. Hache erre significa que provienen de la morgue del Hospital Regional. El número asignado corresponde a un nombre y apellidos —dice extrayendo del sobre de manila un plano doblado y varias hojas con un cuadro impreso.

El fiscal recibe los documentos. La gente se abraza. Hay un renacimiento de la fe, una esperanza de justicia.

—Y con estas pruebas, la Fiscalía debe intervenir en este cementerio para disponer la exhumación de los cadáveres y su traslado a un cementerio oficial. ¡Y los autores de este ocultamiento deben pagar por su infamia! —vocifera con entera convicción.

Las palmas y vítores se unen al gorjeo bullicioso de una bandada de loros que pasa por el cielo en ruta a su refugio al otro lado del riachuelo.

El inmenso sol rojo del verano va desapareciendo detrás de las copas de los árboles.

Cuatro años más tarde.

Sentado frente al televisor, Raúl golpetea con los dedos la madera de su sillón. Su respiración se entrecorta. Se levanta, toma un libro, lo abre, lo hojea, lo cierra. Se sienta. Vuelve a golpetear.

El reportero de la transmisión en vivo y en directo informa que, en un par de minutos, el juez emitirá su decisión sobre el pedido de catorce años de prisión para Martino Vizconde que la fiscalía ha sustentado.

Raúl cruza una pierna sobre la otra, pero no dura ni diez segundos, cambia de postura, y así, una y otra vez, hasta que, finalmente, la sentencia ha sido leída. 

Va al refrigerador, se sirve una copa de vino y, en el momento que dos policías se acercan a Vizconde para colocarle los grilletes, evoca al Búho.

«A tu memoria, donde te encuentres, mi hermano», dice sorbiendo un trago. Su mente vuela a aquella trágica madrugada en que, según dicen, el Búho se descarriló en su moto, seis meses después de la denuncia.

«No fue un accidente, estoy seguro». Sorbe otro trago.

Por la ventana de su segundo piso entra un canto conocido: «Ju-ju-ju-ju».

jueves, 2 de abril de 2026

Lo que devuelve el espejo

Alejandra Cantarero Concha


Isabella despertó, sudando, antes de que sonara la alarma. Eran las cuatro y media de la mañana, pero se levantó. Aún intranquila por una pesadilla que no recordaba del todo. Solo miedo, roces, una opresión. En el dormitorio, el silencio era tan perfecto que bastaba el ritmo de su respiración para marcar el inicio del día. Con el control remoto abrió todas las cortinas del penthouse y fue por su café con leche.

Mientras admiraba las luces de la ciudad, su imagen en la ventana le devolvió la mirada con el ceño fruncido. El eco de las palabras de su sobrina había calado hondo. «Yo te cuidaré cuando seas viejita». Se sacudió los recuerdos y volteó para volver a la seguridad de su apartamento. El aire olía a cloro y jabón neutro. Todo estaba en su sitio: los libros alineados por color, los sofás blancos con sus mullidas mantas en tonos tierra, las repisas con flores secas. Los cuchillos relucientes bajo la lámpara del comedor. Vivía sola, como debía ser.

Tenía la certeza de que el desorden era una forma de enfermedad, igual que la dependencia. Por eso no tuvo hijos, pareja ni mascotas. «La maternidad deforma el cuerpo, y el amor, la voluntad», había dicho una vez, riendo, en un cóctel de la clínica. Algunos se ofendieron; a ella no le importó. La doctora Isabella Bianchi no había permitido que nada la desgastara. Su piel, su cuerpo y su mente eran su victoria.

Cada mañana, a las cinco en punto, practicaba una hora de yoga. Luego, en el baño, se miraba largo rato frente al espejo. El reflejo le devolvía lo que ella más admiraba: control. Cabello sin canas, cuello firme, ojos sin sombra de cansancio. Era una médica brillante, dermatóloga, dueña de una clínica y de su imagen.

En el trabajo, los hombres la miraban y se detenían, como si intuyeran que avanzar tenía consecuencias. Ella lo sabía y disfrutaba de ese dominio. Era respetada, temida y deseada. Los residentes la seguían con la obediencia de quien teme equivocarse. Los cirujanos mayores, condescendientes, intentaban halagarla; Isabella respondía con una sonrisa breve y quirúrgica, como si hiciera una incisión.

Ese día, después de salir de la ducha, comenzó con su rutina facial. Al aplicar la crema, notó una línea. Minúscula, casi invisible. Se inclinó, estudió el surco junto a la comisura de la boca. La luz del baño parecía más blanca, más cruel. Alzó una ceja, y el reflejo tardó un segundo en responder. Parpadeó, incómoda. Volvió a hacerlo. Otra vez el retraso. «Estoy cansada, maldita pesadilla», murmuró. «El espejo no miente —pensó—, pero exagera». Sonrió.

Sacudió la cabeza y fue a vestirse. Pantalón blanco con pinzas, suéter níveo con cuello de tortuga, tacones a juego y accesorios. Se roció con Chanel, tomó el abrigo, el bolso y las llaves del Jaguar. Conduciendo hacia la clínica, evitó verse en el retrovisor. Cambió los canales de noticias con más frecuencia de lo acostumbrado; no miró a otros conductores al detenerse en los semáforos.

El resto del día se sintió vigilada. En el ascensor de la clínica, el acero pulido le devolvió un rostro que no era del todo suyo. Las ojeras parecían más hondas. El cabello sin brillo. Intentó desviar la vista. Pero el reflejo, en el metal, la seguía incluso cuando giraba la cabeza.

Rehuyó mirar hacia los ventanales y espejos de la clínica. En los pasillos los colegas la saludaron como siempre, con la misma cortesía. Los residentes la observaban con idéntica admiración. Así que, con paso firme, se dirigió a su consultorio.

Justo después de colocarse la bata clínica, entró el nuevo residente.

—Isabella, buenos días. Soy el doctor Fernando Cuéllar, me toca rotación contigo —dijo, mostrando su mejor sonrisa, mientras, con confianza, se sentó frente a ella.

—Doctora Bianchi para usted —señaló, seca, y recorriéndolo con una mirada penetrante de arriba abajo.

—¡Disculpe, doctora! —exclamó al tiempo de levantarse y tenderle la mano temblorosa.

«Aún tengo el toque», pensó Isabella, con una chispa traviesa en sus ojos, que el residente no notó. No se atrevía a mirarla directo a los ojos.

—Bien, buenos días, doctor Cuéllar, estaré con usted en cinco minutos. Comenzaremos con una biopsia de cuello; espero que esté preparado.

—Por supuesto, esperaré afuera.

Las enfermeras vieron salir al doctor con cara de adolescente enamorado. Se miraron con complicidad y sonrieron.

—Salga de ahí, doctorcito, podría ser su mamá —le dijo, calladamente, la mayor.

—Es muy joven para eso y no vi argolla —indicó Cuéllar, sonriendo con picardía.

—Bueno, recuerde que se lo advertimos, no pierda la residencia.

De vuelta en su casa, Isabella cenó ensalada de atún. Se sumergió en las burbujas mientras disfrutaba de la lectura, y luego se fue a dormir. Esa noche soñó con su baño. El espejo estaba empañado. Detrás del vapor, una figura anciana imitaba sus movimientos con lentitud. La piel colgaba del rostro, grisácea, húmeda. Cuando la figura levantó la mano, Isabella vio que las uñas eran negras. Despertó gritando. Eran las tres en punto. Encendió la luz, se miró las uñas, impecables. Se tocó la piel de la cara, tersa como siempre. «¡Qué mierda te pasa, Isa! ¡Cálmate de una vez!». Respiró hondo, tomó un somnífero y dejó la luz encendida.

Al día siguiente, la línea de la comisura seguía ahí. Más marcada. Bajo la luz del baño, su reflejo parecía más opaco. Se inclinó sobre el lavabo, tocó su rostro: la piel era la misma, firme. Pero el reflejo devolvía una textura distinta, casi rugosa. Frunció el ceño. El gesto del espejo tardó un instante en responder. La idea la inquietó. Encendió y apagó la luz varias veces. El reflejo la seguía, pero con una fracción de segundo de retraso. «Necesito vacaciones», pensó.

A partir de entonces, el espejo se volvió su enemigo. Cada día, la imagen envejecía un poco más: arrugas nuevas, manchas oscuras, labios marchitos. Ella se examinaba con las manos temblorosas. La piel seguía turgente, pero el reflejo no.

En la clínica, Cuéllar la seguía como un perrito faldero. Eso la tranquilizaba un poco; al parecer nadie más notaba el cambio que devolvían los reflejos. Pero su concentración y aplomo no eran los de siempre. Isabella evitaba mirarse; sin embargo, la clínica estaba llena de superficies pulidas: ventanas, instrumental, vitrinas y espejos. En todas, aparecía esa imagen desgastada de sí misma.

Esa noche, en la santidad del baño, mientras contemplaba esa versión que no reconocía como suya, los recuerdos volvieron. Con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas, le preguntó al reflejo:

«¿Tú quién eres? ¿Qué has hecho con la que fui? Esa niña alegre, con ropa gastada, que corría riendo por los campos. Y ahora que lo tiene todo, pasa las noches gritando».  

Otra imagen vino a su memoria. Cerró los párpados con fuerza y apretó los puños. La noche de la fiesta. El alcohol. Manos sobre su cuerpo inmóvil, incapaz de responder. Vergüenza por la pérdida absoluta de control. Con el tiempo, encontró a los tres que la habían drogado; los hizo arrepentirse. Sí, el control no era un error, era necesario. Abrió los ojos.

El reflejo pareció asentir levemente. Isabella apagó la luz de golpe. Esa noche se durmió junto a sus viejas fotografías. Soñó con un largo pasillo, forrado de espejos. En cada uno se reflejaba una versión de sí misma: niña, joven, madura, anciana. En el último espejo, la piel se descolgaba como un velo húmedo, y los ojos se hundían hasta volverse opacos. Despertó sudando.

Durante la semana siguiente, el reflejo empeoró. El cabello del espejo tenía hebras grises; las manos, venas marcadas; el cuello, flácido. Isabella evitó mirarse. Pero, en la clínica, cada superficie pulida mostraba a la anciana de mirada hueca.

El jueves, mientras suturaba, escuchó su voz ordenando las pinzas y se detuvo. No era su voz. Era la de una mujer mayor, ronca, gastada. Soltó los instrumentos. El doctor Cuéllar la miró sin entender.

—Doctora… ¿Todo bien?

Isabella no respondió. En las pinzas, que brillaban frente a ella, vio su reflejo anciano sonreír. Sacudió la cabeza, afinó la mirada centrada en la herida y terminó su trabajo, sudando. Al salir del pabellón, corrió a su oficina y se encerró con llave. Se sentó, puso la cabeza entre las manos y comenzó a contar sus respiraciones. «Me estoy volviendo loca», pensó. Dejó a Cuéllar a cargo de los pacientes de la tarde y se marchó.

Esa noche, usó el baño con la luz apagada y los ojos cerrados. Tomó doble dosis del somnífero, esperando alejar las pesadillas. En el sueño, vio su apartamento desde el espejo, sucio, con olor a encierro. La vieja del reflejo tendida en su cama la miraba con una sonrisa desdentada. Despertó con un alarido, las sábanas húmedas.

Ese viernes, al cepillarse los dientes, escupió sangre y un molar. Se tocó la boca, contó sus piezas dentarias con la lengua. Todo en su lugar, la toalla perfecta. Entonces, cubrió los espejos del penthouse con toallas. Pensó en buscar ayuda; lo descartó al instante. No podía mostrar debilidad frente a sus colegas. Seguro era algo pasajero. Decidió que se marcharía de vacaciones. Sin perder tiempo, hizo las reservas para el spa de las montañas.

Más tarde, en su oficina, mientras dictaba una biopsia, escuchó su voz y no la reconoció. Era otra vez la de una vieja. Guardó silencio. La voz siguió un instante más, sola. Empezó a temer el sonido de su propia respiración. En los pasillos, los colegas le hablaban igual que siempre, pero ella percibía algo distinto: una lástima invisible, un leve gesto de incomodidad. Sentía que la observaban con extrañeza, como si notaran algo.

Luego, en la cafetería, el doctor Cuéllar, adulador incurable, se acercó con una sonrisa.

—Se ve distinta, doctora. ¿Todo bien?

Ella lo miró con el ceño fruncido.

—Perfectamente.

Él bajó la mirada. En la cafetera metálica, Isabella vio su reflejo: el rostro arrugado, las ojeras profundas, los labios resecos. Detrás, el doctor Cuéllar se reflejaba joven, tal cual era.

Manejando hacia su hogar, las manos aferradas al volante como garras de animal salvaje. La música encendida, pero ella no escuchaba. Las lágrimas brotaban sin cesar. Sonó el teléfono. «¡Si es de la clínica, me van a escuchar!», pensó irritada. Miró la pantalla y era su sobrina, respiró hondo, acercó la mano. Se detuvo justo antes de responder. No podía. Así no. Ver la cara de la joven en la pantalla le recordó la niña que ella había sido, antes de que la vida la corrompiera. Por eso la había protegido y mimado. No quería que la escuchara así. Cuando se cortó, vio aparecer un mensaje: «Feliz cumpleaños, tía». Lo había olvidado por completo. Tal vez esa era la respuesta, las hormonas de la menopausia. El llanto se intensificó. Se limpió las lágrimas con un pañuelo, a toques precisos, para no arruinar el maquillaje.

En casa, el reflejo la encontraba en todas partes: en la cuchara del café, en el cristal del reloj, en las ventanas, hasta en el agua del lavabo. Se fue a dormir, dejó la luz encendida. Mañana se iría al spa. Esta pesadilla tenía que terminar. Escuchó una voz proveniente del espejo.

—Te estoy esperando —decía la voz—. No te cansas de fingir juventud.

Tiritando, alcanzó los somníferos. Se cubrió la cabeza con las mantas y trató de dormir. El sueño no llegó. Se armó de valor y fue al baño. De un tirón retiró la toalla del espejo, sin prender la luz. Se sentó frente al espejo, esperando que los ojos se acostumbraran. Cuando la silueta apareció, el reflejo sonreía. Ella no.

—¿Quién eres? —chilló.

El reflejo movió los labios sin sonido. Luego, la voz salió del espejo, áspera y temblorosa.

—Elegiste ser princesa en el país de las mentiras.

Isabella retrocedió, tropezó con la bañera. El corazón le latía con violencia. El reflejo, anciano, cansado, siguió hablándole.

—Soy lo que no fuiste. Todo lo que negaste. Cada noche que dormiste sin amar, cada hijo que no tuviste, cada gesto de afecto que te guardaste… fueron míos.

Golpeó el vidrio con todas sus fuerzas. El sonido agudo y crujiente retumbó por todo el departamento. Los fragmentos se dispersaron por el suelo, pero en cada uno quedó atrapado un trozo de su rostro envejecido, moviéndose, respirando. Miles de bocas marchitas repitiendo su nombre.

Los vecinos oyeron gritos aterradores.

Cuando la policía entró al día siguiente, el apartamento estaba impecable. Las toallas limpias, el piso recién encerado. Todo olía a desinfectante. En el baño, el espejo sobre el lavabo lucía recompuesto, sin grietas. Ellos no vieron a la anciana que se reflejaba, sentada frente al lavamanos, con los ojos en blanco. Acomodándose el cabello.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Dos

Ninfa Patiño Sánchez


Una suave brisa se filtra por la rendija de la ventana del dormitorio, moviendo el filo de la cortina blanca. Alma del Rocío duerme plácidamente cuando el céfiro acaricia sus largas pestañas, despertándola de súbito. Estira su mano derecha y mira el reloj.

«¡Uf, recién las dos!» ―susurra, tras un profundo bostezo, y se vuelve a dormir.

Apenas despertó, cumplió su rito: dirigirse a la ventana a observar cómo los rastros de nieve van despidiéndose, dando paso a la primavera. Vistió su traje deportivo, se colocó los audífonos, bajó de dos en dos los escalones, abrió el portón y salió a la avenida; mientras trotaba, iba tarareando All You Need Is Love, de los Beatles. Concentrada en la canción estaba cuando entró una llamada.

―¡Aló! ¿Alma del Rocío Bustamante? ―preguntó una voz femenina del otro lado.

―Sí es ella ―contestó.

―Soy Ebba, enfermera del Hospital Akademiska Sjukhuset de Uppsala. Tiene que venir a retirar los resultados de sus exámenes.

Era una llamada que estaba esperando, pero no precisamente hoy. Sus pies fueron deteniéndose en cámara lenta hasta quedarse completamente inmóviles, pegados al asfalto; sus manos temblaban incapaces de sostener el móvil. Antes de responder, susurró para sí misma:

«Tranquila, Alma, todo estará bien». Aspiró profundo, tragó saliva y dijo: ―Allí estaré.

Regresó a casa, tomó una ducha relámpago, sacó del refrigerador un vaso de agua y dejó que el frío fluido refrescara su garganta; luego se dirigió al hospital. Llegó treinta minutos antes; en la sala de espera se sentó junto a una señora que acariciaba el cabello de su hija, que lucía pálida y llorosa. Esa imagen, más el olor a esterilizantes, la transportó a su niñez, cuando se había intoxicado con alguna comida y tuvieron que llevarla a emergencias.

―¡Alma del Rocío Bustamante! ―llamó una enfermera con acento finlandés―, el doctor Noah Andersson la espera en el consultorio 202.

Se levantó, caminó sin apuro hasta llegar al consultorio, se detuvo al mirar el último dos; un escalofrío se instaló en todo su cuerpo. Un joven de pelo ralo, con lentes redondos que dejaban ver unos diminutos ojos azules, con unos papeles y radiografías en las manos, la estaba esperando.

—Alma, ya tengo los resultados. Sé que esta información puede ser difícil de escuchar, así que te la explicaré con calma. Detectamos dos lesiones: una en el riñón derecho y otra en la vejiga. Por las características de los tumores, lo más seguro y recomendable es tratarlos pronto. El primer paso sería operar el riñón; con eso resuelto, continuaremos con la intervención de la vejiga. Esto nos permite evitar que se afecten otros órganos y aumenta significativamente las probabilidades de un buen resultado. Quiero que sepas que estaremos contigo en cada etapa del proceso, y si algo no queda claro, por favor, dímelo: es importante para mí que entiendas bien el tratamiento y puedas hacer todas las preguntas que necesites.

En la mente de Alma del Rocío quedó resonando como saeta afilada la frase: Detectamos dos lesiones. Permaneció en silencio; un nudo en la garganta impedía que salieran las palabras. Su cuerpo empezó a trepidar, como una cometa de papel abandonada al viento.

Luego de unos segundos, con voz trémula, balbuceó: 

―¡Haga lo que tenga que hacer, doctor!

Salió del hospital empujando los pies que le pesaban como pelotas de bronce.  Subió a su vehículo y empezó a manejar con dirección incierta; llegó a un lago. Comenzó a lloviznar; se bajó, se quitó los zapatos y permitió que el agua mojara los pies. Mientras miraba su reflejo en el agua y escuchaba su respiración, dejó que los recuerdos le vinieran a la mente como nubes apresuradas.

En la casa esquinera de tejas anaranjadas donde nació, se podía percibir el olor que producía la mezcla de tierra húmeda con geranios y arupos aromáticos. Además, se podía escuchar el sonido suave y continuo del río. En épocas de invierno, se volvía estrepitoso, como un tren desbocado que va arrasando con todo lo que encuentra a su paso. 

Una mañana despertó muy temprano y corrió a la ventana a observar el río; sus ojos se posaron en una rama (imaginaba ser ella) que era arrastrada por la corriente; brincando de piedra en piedra, en cada salto iba dejando burbujas. Luego miró al firmamento, un estruendo hizo que abriera los ojos como lunas llenas.  Los aviones le parecían pájaros gigantes que rompían el cielo levantando las tejas de las casas; anhelaba volar en uno de ellos. 

Cuando cumplió dieciocho años, se fue a estudiar idiomas en la capital; su sueño más grande era convertirse en azafata y viajar a lugares que únicamente había visto en las telenovelas.

Una tarde crepuscular, cuando salía de las clases de inglés, conoció a su primer esposo, Erik Larsson, un científico sueco de cabellos negros y ojos penetrantes, que acababa de llegar al país para desarrollar una investigación en las Islas Galápagos. 
En cuanto la miró abandonó sus afanes científicos enamorándose perdidamente.
Cuando Erik le pidió que se fueran a Suecia y se casaran, ella aceptó. Guardó la carta de admisión al curso de azafata en una caja, entre fotos viejas.

Ya en Suecia Alma del Rocío debió enfrentarse a dos desafíos: la cultura y el idioma. Se compró un diccionario sueco-español, llenó las paredes del departamento con etiquetas donde iba colocando las palabras y frases más complejas.   A los dos años nació su primera hija, María.

Cuando María tenía doce años, un infarto fulminante sorprendió a su padre, quedando huérfana y Alma del Rocío sumida en una profunda desolación. El día después del funeral, Alma recogió la bufanda de Erik del sillón y la dobló como acariciándola. Luego, mientras María dormía, abrió un libro en sueco: Cómo escuchar a adolescentes y subrayó las palabras que aún no entendía. Volvió a esas páginas varias veces, memorizándolas para sostener el día.

Cuando creía haber sanado su herida, conoció a Sven, un actor secundario de teatro. El sueco tuvo que tomar un curso intensivo de español, aprender a bailar cadencias latinas y gastarse algunas coronas en ramitos de violetas perfumadas para ganarse el amor de Alma, que parecía tener blindado el corazón con una pantalla de acero. Al cabo de unos meses, Sven logró conquistarla y convencerla de casarse.  Con él procreó su segunda hija, Alegría. El matrimonio duró menos que el primero; el actor se marchó con una masajista hawaiana. Alma quedó devastada con esta felonía; tras ver el rincón vacío donde había estado la maleta de él, abrió las ventanas y dejó que entrara el aire gélido. Horneó el pastel de manzana preferido de sus hijas sin variar el ritmo. Esa noche, cuando por fin se quedaron dormidas, escribió en un post-it: «Mañana empiezo». Lo pegó en la puerta del refrigerador.

Inmersa en sus pensamientos estaba cuando levantó la mirada y se dio cuenta de que había anochecido. Abandonó el lago y regresó al vehículo; luego de algunos kilómetros recorridos, el motor se apagó; se fijó en el tablero y constató que se había quedado sin combustible. Solo allí tomó conciencia de su situación actual. Se miró en el retrovisor, tenía los ojos llorosos y enrojecidos; antes de llamar a una grúa, con voz entrecortada, masculló: «El dos toca mi puerta nuevamente».

Fueron años interminables entre cirugías y radioterapias. La vida de Alma del Rocío experimentó un giro copernicano. Dejó de ser la persona soñadora, alegre, cuyas carcajadas contagiosas hacían sonreír al más escéptico de los escandinavos. Su esbelta figura, su cabello largo y liso, sus ojos como perlas negras brillantes y la energía delirante que emanaba cuando caminaba con sus tacones dejando un aura mágica habían cambiado:  ella ya no era la misma.

Una mañana se vistió pausadamente; cada movimiento le confirmaba que el día no estaba perdido. El cansancio seguía ahí, agazapado, pero no la tironeó de vuelta hacia la almohada. No era un resurgir; apenas un pequeño impulso, casi tímido, pero suficiente para que se dijera: «Está bien. Una vez más». 

Alma finalmente comprendió que el dos no era un aviso de caída, sino de continuidad.

martes, 17 de febrero de 2026

La noche antes de crecer

María Paz Navea Tolmos


Mauricio no podía dormir porque al día siguiente cumpliría doce años y ya casi no cabía en los toboganes.

No era una metáfora. Le había pasado esa misma tarde en la plaza: se sentó, empujó con los pies y se quedó atorado. Tenía las rodillas apretadas contra el pecho y sentía los hombros demasiado altos. Era su cuerpo avisándole algo que él no había pedido.

Ahora estaba despierto, mirando el techo, pensando en lo mismo.

Faltaban pocos minutos para la medianoche cuando se levantó, cogió una mochila y salió de su casa sin hacer ruido. Al llegar al parque, el reloj del poste brillaba demasiado en la oscuridad.

Sabía que el tobogán de metal viejo lo estaba esperando, igual de chico que siempre, con la pintura verde gastada y los bordes doblados por los años.
Al apoyar la mano, sintió el frío del metal y la aspereza de la pintura levantada. Su olor cotidiano a óxido y pasto húmedo, sus bordes raspándole los dedos; eran los mismos que había tocado desde niño, los únicos que aún lo reconocían.

«Una vez más», dijo mientras se impulsaba.

Pero el tobogán no lo dejó bajar como siempre. No se trabó ni se rompió. Simplemente se alargó, con un crujido suave que le vibró bajo el peso. Mauricio sintió cómo el metal se volvía tibio bajo las piernas y por un minuto se hundió en la quietud nocturna de la plaza.

Cuando llegó abajo, el suelo no era de tierra. Era pasto, parejo y brillante. Al apoyarse, sintió la humedad fría traspasarle las suelas. La luz de la noche iluminaba lo justo para ver dónde pisaba. Mauricio se levantó despacio. Miró a su alrededor, el lugar estaba ahí: las casas bajas, la plaza, el silencio que no daba miedo, pero el cielo tenía menos estrellas, el columpio ya no se movía y todo parecía más estrecho. Como el tobogán.

Mauricio tragó saliva.

«Yo tampoco voy a caber mucho tiempo más, ¿no?», pensó en voz alta.

Nadie contestó, pero él ya conocía la respuesta. Tenía muy claro que esa era la última noche en la que estaría ahí. Sabía que, si no hacía algo ahora, ese recinto desaparecería junto con su niñez.

Mauricio miró el tobogán desde abajo. Ya no parecía tan largo ni tan dispuesto a esperarlo otra vez.

«Está bien —dijo—. Al menos quisiera despedirme como corresponde».

Caminó hacia el centro del recinto. Cada paso le resultaba ligeramente incómodo. El pasto brillante se apartaba bajo sus zapatillas, era como si el suelo midiera cuánto espacio ocupaba.

En el centro seguía el banco de siempre. De madera clara, gastada en el borde donde los niños se sentaban a esperar sin saber bien qué. Mauricio se dejó caer ahí y apoyó las manos a los costados.

El banco crujió.

«Perdón», murmuró y retiró un poco el peso pensando en que antes no hacía falta pedir permiso.

Miró alrededor y notó que las casas bajas seguían en pie, pero algunas ventanas estaban apagadas del todo, como si ya no hubiera nada detrás. El columpio, quieto, parecía más corto que la última vez. No roto. Más bien como si se hubiera encogido.

«No es justo que decidas sin avisar —dijo—. Yo siempre vine a ti».

El rincón respondió como sabía hacerlo: un sonido leve, metálico, se escuchó a lo lejos. Mauricio levantó la cabeza. Venía desde detrás de las casas, donde empezaba el camino que llevaba al borde del parque. No todos los niños llegaban ahí. No todos se animaban. Mauricio sí.

Se puso de pie y caminó en esa dirección. A cada paso, el sonido se hacía más claro: un golpeteo suave, rítmico, como algo chocando consigo mismo por falta de espacio. Al llegar, vio la baranda: una estructura baja, casi ridícula, que marcaba el límite del parque. Del otro lado no había nada visible. No oscuridad, no vacío. Solo una especie de aire espeso, inmóvil. La baranda siempre había estado ahí, pero nunca había hecho ruido y ahora sí, estaba vibrando.

Mauricio se agachó y apoyó la mano. La baranda temblaba como si algo del otro lado empujara, no para salir, sino para no desaparecer.

«¿Eso es todo lo que queda?», preguntó.

No hubo respuesta. Pero Mauricio supo que no se trataba de salvar el recinto. Nunca había sido posible. No se necesitaban héroes ni sacrificios grandes, tan solo una elección.

Miró sus manos otra vez. Grandes. Torpes. Demasiado conscientes de sí mismas. Pensó en el tobogán, en cómo se había alargado solo para dejarlo pasar una última vez.

La plaza no deseaba retenerlo, solo quería que eligiera qué llevarse. Mauricio respiró hondo y vio cómo el cielo perdía otra estrella. Sentía como si el lugar lo estuviera soltando a él.

«Está bien —dijo, más bajo—. Ya entendí».

Se quitó la mochila y la abrió. Estaba vacía. Como debía ser. Se acercó a la baranda. Y entonces dudó. Porque elegir una sola cosa significaba dejar todo lo demás atrás.

Pensó en llevarse algo concreto: una estrella o quizá un pedazo de pasto brillante. Pero supo enseguida que no funcionaría. Las cosas del parque no estaban hechas para durar fuera de él. Se desarmaban apenas cruzaban el borde, como si no supieran existir en otro lado.

Cerró la mochila, en señal de entendimiento, y volvió sobre sus pasos. Con cada uno de ellos el lugar se encogía más y más. Pasó junto al banco, junto a las casas bajas, hasta llegar otra vez al tobogán.

Mirándolo desde abajo notó que era más corto que antes. Apenas suficiente. Subió la escalera con cuidado. Cada peldaño le quedaba más justo de lo que recordaba.

Arriba, una vez más, se sentó y sus rodillas volvieron a chocar con el pecho. El metal estaba frío, ya no conservaba el calor de siempre.

Mauricio apoyó las manos a los costados. No pensó en crecer, ni en mañana, tampoco en despedidas. Solo se impulsó y bajó sintiendo el metal apretarle los hombros y exigirle más de lo que antes necesitaba.  

Al llegar abajo, el pasto dejó de brillar y el cielo se apagó del todo. Se paró frente al tobogán y notó que este lucía más pequeño que otras veces. En un solo parpadeo, el reloj del poste ya estaba marcando las doce en punto. Mauricio respiró hondo. Ya tenía doce.