lunes, 6 de julio de 2026

Coleguita

Rosario Sánchez Infantas



¿Quién lo diría? ¡Resultaron buena gente estos patitas!

 

Y yo que no daba ni un centavo por ellos. He visto bastante en la vida como para equivocarme en estas cosas. Se la pasan de un lado a otro… pero trabajo de verdad, cero. Chaqueta, pantalón y mandilón antifluidos. Si parecen hombres rana albinos. Un par de guantes al tacho tras sacar el tensiómetro. ¡Zas!, uno más después de guardarlo. Antes de tocar cualquier cosa, se desinfectan. Después de tocarla, nueva desinfección. ¡Guantes de látex para desechar los guantes! ¡Me carga la trampa!

Cuando escuché que el Lamparita ofrecía ser el enfermero de mi traslado a Lima en la ambulancia del hospital, me dije: Parece muy correctito, prudente… pero algo se trae, ya lo estoy oliendo. Nunca acepta salir del hospital. De auxiliar venía el Sosa; no mata una mosca. Ni habla. Solo a veces se le ocurren unas ideas muy locas y ¡las hace! Nunca se sabe qué se puede esperar de él. El Vílchez no está mal como chofer, pero con este personal de salud moderno, la ambulancia se vuelve una tortuga. Lo peor de todo, es ser el paciente, después de treinta años de ser yo el personal sanitario de los traslados en ambulancia.  

Partimos a la medianoche rumbo al hospital de Vitarte porque allí sí hay cardiólogos y en nuestro hospital, no. Adentro olía a desinfectante de hospital. Cada bache hacía tintinear los frascos y equipos en las paredes. Solo estaba encendida la luz tenue del asiento del auxiliar. Pensarían que así iría a dormir. Al Sosa era al que tenían que despertar para que me controlara.

Lamparita y el Vílchez en voz baja se actualizaban en los chismes del hospital. Lo que no saben es que a toditos los conozco. La pachocha de los protocolos me hace hervir la sangre. Cada media hora a controlar al paciente, desinfectada antes y después. Cada hora a chequear el funcionamiento de los equipos. En ese plan ya llevábamos como cuatro horas. Cuatro horas friéndome en mi cólera porque estos no hacen las cosas como yo las hacía. Quien me conoce sabe que nunca duermo mientras viajo de noche, aunque esté enfermo. Y, ahora, solo tengo un soplito en el corazón.

Tantas veces, hasta jubilarme, he realizado este recorrido desde La Oroya hasta Lima. Ahora imaginaba el trayecto porque reconocía los controles policiales, túneles, puentes, bajadas y cruces ferroviarios. Esta vez el viaje me parecía muy lento, y los sonidos me llegaban algo distorsionados. Felizmente estaríamos a una hora de Vitarte. Fantaseaba con que, allí por fin, me soltarían las correas que me ataban a la camilla y que me pasarían a una cama cómoda donde podría estirarme a gusto.

Hace un año inauguraron el nuevo puente Bellido. A la derecha hay una carreterita que se pierde entre sauces y tunales, cerro arriba. Aún no amanecía cuando, tras dar una curva, salimos a la entrada del puente y el chofer frenó en seco. Sosa salió disparado al suelo. Sentí el jalón de las correas en mi cuerpo. Gritos, mentadas de madre, invocaciones a la Virgen María y a Dios. Algo me cayó en la cabeza y me puso a dormir un buen rato.

Me despertó el violento traqueteo de la ambulancia que avanzaba a trompicones por una trocha cuesta arriba. Aturdido, escuché al Vílchez maldecir a los encapuchados armados que nos habían tendido una emboscada tras atravesar un tronco en el puente. Atrás, el Sosa jadeaba, con las manos aún manchadas de yodo y mertiolate; me contó atropellado que había tenido que abrir la puerta trasera para lanzarles frascos de desinfectante. El olor penetrante a formol impregnaba la cabina y les había irritado los ojos a los atacantes. Estos entraron en pánico, lo suficiente para que Vílchez retrocediera y escapara por aquella carretera abandonada.

De pronto paró en seco. Estábamos a media colina. Íbamos a cruzar un canal cuya agua corría tumultuosa y el puentecillo que lo atravesaba estaba a medio caer.  

–Hagamos una rampa –dijo Sosa mientras me desataba, sacaba mi camilla y me señalaba el asiento.

La atravesó a lo ancho del camino justo antes del puente. Me incorporé para ayudarlos, aunque una presión en el pecho me recordó por qué me trasladaban a un hospital de mayor complejidad. Apilaron frazadas y ropa debajo de la camilla para que quede con una elevación de unos treinta grados. El Vílchez nos ordenó subir a la ambulancia y ponernos los cinturones de seguridad. Retrocedió unos seis metros, picó la ambulancia y ¡pasamos volando el puente endeble!  Sentimos un gran golpe y los sacudones de la ambulancia. Seguimos subiendo por la trocha con altos y bajos. Un par de motocicletas ascendían rugiendo los motores y levantando polvo, cien metros más abajo.

–Van a saltar el puente –grité–. ¡Nos van a acribillar!

–Hay que detenerlos. No podemos avanzar, el camino está bloqueado en esa curva –dijo el Sosa señalando hacia arriba.

El ruido de las motos ya se sentía encima.

–¡Los balones de oxígeno! Hay que abrirlos y lanzarlos –grité recordando lo que pasaba en el hospital cuando se caía un cilindro abierto.

El Lamparita y el Sosa sacaron un tanque de oxígeno de la ambulancia.

Unos cien metros detrás los tipos se detuvieron. Inspeccionaban el desvencijado puente de madera.

Mis patas destaparon un balón, a duras penas lo contuvieron porque se sacudía intensamente mientras escapaba el gas. Lo soltaron hacia nuestros perseguidores. Salió disparado como un misil. En pleno puente, el balón chocó contra la primera motocicleta y derribó a su conductor. Los dos hombres que viajaban en la segunda frenaron al ver que el canal de agua arrastraba al vehículo y al herido. El cilindro siguió cuesta abajo, golpeando piedras y troncos y levantando nubes de polvo. Después de sacar a su compañero del agua, los tres se acomodaron como pudieron en la única motocicleta que les quedaba y huyeron.

El balón terminó estrellado en una puerta de zinc. Varios pavos gorgotearon con estridencia, muchos perros ladraron. El alboroto despertó a los pobladores de las casitas desperdigadas en los alrededores. Algunos campesinos se asomaron y luego comenzaron a acercarse. Al principio con temor; después, con los ojos muy abiertos, miraron nuestra ambulancia sucia y chancada, luego el cielo y otra vez el vehículo. Seguramente pensaban que solo podía haber caído del firmamento; todo lo opuesto a la ascensión de la Virgen María en cuerpo y alma. Les contamos nuestra odisea. Una pobladora nos trajo café; otra, panecitos recién horneados. Los niños nos contemplaban con la boca abierta por el asombro, y tocaban los sucios uniformes y mi bata manchada con aseptil rojo. El más grande dijo:

–¡Eso es el camuflaje para engañar a los enemigos!

–No. Su tanque de guerra está camuflado de ambulancia –concluyó una niñita descalza y en pijama.

Un poblador le ordenó a su hijo adolescente que bajara a la carretera, se subiera al primer vehículo que pasara y avisara de la emboscada en la comisaría del pueblo más cercano.

Seguro que me quedé dormido esperando a los policías rescatistas. Me desperté cuando sentí que me ajustaban una correa de camilla a la altura del pecho. Un técnico gordito con unos tupidos bigotes me dio unas palmaditas en el hombro:

–¡Tranquilo, coleguita, ya está en familia! Bienvenido al Hospital de Vitarte.

 ¡Un colega es un colega!

Alcancé a ver a mis patitas de La Oroya, en el parqueo de ambulancias, con sus uniformes impecables, sonreír y agitar las manos despidiéndome.

Una joven técnica con una amable sonrisa me dijo:

–No se preocupe, coleguita. Usted sabe que el efecto del somnífero que le inyectaron en La Oroya va a ir pasando en el transcurso de la mañana. Quizás le esté produciendo algo de sed. Cuénteme, ¿qué soñó?

jueves, 4 de junio de 2026

Llegada inesperada

Ninfa Patino Sánchez


«Jet Smart anuncia la llegada de su vuelo 7742 procedente de Buenos Aires, con escala en Lima», notificaron por el altoparlante; corrí a la puerta de salida de los vuelos internacionales, me escabullí entre las personas, arreglos florales y globos con la palabra Bienvenidos. 

Lo vi salir, con caminar pausado, apoyado en un bastón, como tratando de comunicar que cada paso recorrido representaba retazos de un pasado que iba quedando atrás.

Lo reconocí enseguida; el corte de cabello era el mismo, pero ahora completamente blanco. Unos anteojos gruesos impedían medir el tamaño y color de los ojos.  Yo me había puesto un ligero vestido de colores, como intentando convencerme de que, a pesar de los años, vivía en un prolongado verano. Algo de rubor en las mejillas y maquillaje para ocultar el abanico de arrugas ya bien instaladas en las comisuras de los ojos y de la boca. Mi cabellera recortada y plateada.  En la mano derecha tenía una rosa roja, un tanto marchita por la espera.

Me lancé al cuello y lo abracé sin esperar que hiciera lo mismo.

—¡Al fin! Parecía que este día no iba a llegar —alcancé a musitar en su oído.

—Parece mentira, han pasado tantos años —dijo con tono seguro y sin mayor emoción, aunque sus dedos, blancos de tensión sobre el pomo del bastón, decían algo que su voz prefería callar.

Conversamos todo el camino a casa sobre el vuelo. Yo iba manejando concentrada en la autopista, mientras él miraba el paisaje, comentando sobre los cambios que había tenido la ciudad con el aeropuerto nuevo.

 

Había anochecido cuando llegamos a casa; Gabriel abrió la botella de vino comprada en la zona libre de impuestos del aeropuerto. Pedí a la asistente virtual inteligente (Alexa) los clásicos de Silvio Rodríguez. Prendí unas velas, sin saber bien por qué. A las tres copas, él le pidió a Alexa que se callara. Se sacó los anteojos; mirando al vacío, dijo:

—Hoy debo contarte toda la verdad; es la deuda que tengo contigo y la razón por la que he venido. —Su rostro se ensombreció; dos lágrimas resbalaron por su mejilla, sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó la nariz. Un silencio cauto inundó el lugar.

Por la ventana se deslizaron unos hilos de agua; empezaba a lloviznar. Mientras miraba caer la tenue lluvia, mi memoria se trasladó cuatro décadas atrás.

  

Un aire semiseco, el olor a tierra y bosque y el sonido sutil de los ríos fue la primera impresión que tuve cuando llegué al Cusco. Sus rectilíneas callejuelas, silenciosos monasterios, muros que hablaban entre sí y escondían celosamente enigmáticos misterios me tenían absorta y con los ojos abiertos como lunas llenas.

Era abril de finales de los ochenta. Acababa de cumplir veintitrés años cuando conocí a Gabriel.  Fui la última en subir; el vagón iba repleto. Tres personas y yo íbamos parados. En la primera parada se bajaron los tres. De pronto sentí sobre mi hombro una mano y una voz que me susurró:

 —Ven, siéntate en el mío. —Un joven con acento argentino se había puesto de pie y me ofrecía su asiento.

 —Gracias —alcancé a decir con una sonrisa tímida.

—¿A dónde vas? —preguntó el argentino. Su voz sonaba más joven de lo que sus rasgos sugerían.

—A Machu Picchu —contesté.

—Qué coincidencia, yo también —dijo acomodándose los lentes.

La persona con la que compartía el asiento se bajó y Gabriel pudo sentarse a mi lado. Durante el viaje no hablamos; únicamente intercambiamos miradas. Me concentré en el trayecto de un interminable callejón verde. Volteé y miré al argentino; sus ojos tenían el mismo color de la pradera que se divisaba a través de la ventana. Lo miré de pies a cabeza; vestía una camiseta polo blanca y jeans de marca, olía a limpio, no tenía más de veinte años. Me cautivó su mirada: sus ojos eran dos destellos esmeraldas enmarcados en unos anteojos desmesurados para su rostro menudo de joven intelectual.
 

Cuando llegamos, quedamos los dos extasiados ante el Cerro Sagrado. Machu Picchu era como un gigante que se levantaba de un lento y prolongado reposo.  El aire era frío, dejaba un rastro mineral en la garganta. El viento descendía por las laderas y se colaba entre las ruinas, rozándonos la piel. Apoyé la palma sobre uno de los muros: la superficie era áspera, tibia por el sol, pero con grietas que retenían la humedad de la madrugada. Olía a musgo y a tierra mojada. A lo lejos, el murmullo del río se elevaba como un eco profundo; por un momento, todo parecía respirar —la montaña, las ruinas, nosotros— al unísono, con un ritmo antiguo y contenido.

Gabriel se centró en sacar las mejores tomas fotográficas; mis pupilas bailaban de un extremo a otro, como dispuestas a no perderse ni un solo detalle de aquel testimonio único de la civilización inca; pero la cercanía del argentino empezaba a perturbarme.

Cuando concluyó la excursión, compramos los pasajes juntos y regresamos al Cuzco. Durante el viaje intercambiamos direcciones, uno que otro dato de su país y yo del mío.  Al despedirnos, nos abrazamos; un beso tímido, casi infantil, quedó impregnado en mi mejilla. Algo me advirtió, sin palabras, que aquel roce no sería el último.

 

Pasaron dos años en que iban y venían cartas.  Yo le enviaba unas esquelitas perfumadas de jazmín y almizcle, con algún párrafo de uno de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda:

En ti los ríos cantan y mi alma en ellos huye.

Como tú lo desees y hacia donde tú quieras.

Márcame mi camino en tu arco de esperanza.

Y soltaré en delirio mi bandada de flechas. 

A cambio, él me enviaba las letras de alguna canción de Silvio Rodríguez y un fragmento poético de Benedetti. Pasaba releyendo todo el día. Por la noche, me dormía con su rostro en la mente y con Óleo de mujer con sombrero resonando en mis oídos.

La comunicación se volvió fluida; cada carta recibida era contestada de inmediato. Mi corazón latía como el de una adolescente enamorada. Quería volar; teletransportarme adonde él estaba; debía hacer algo para apaciguar ese ímpetu cardiaco.   

 

Me había graduado y estaba trabajando como asistente de cátedra en la universidad, cuando un día recibí una invitación para presentar una ponencia en el foro sobre Etnología de las Américas, en Mendoza. No dudé ni un segundo en contestar y aceptar la invitación. Junté algunos sucres para alargar el pasaje hasta Buenos Aires, pensando que sería una bella e inesperada sorpresa. Después entendí que de bella no tenía nada, pero sí de inesperada.

Terminó el evento y emprendí mi éxodo en autobús hasta Buenos Aires; un frío gélido me acompañó durante la travesía por la cordillera.  Llevaba conmigo, envueltas en un pañuelo bordado y perfumado en agua de rosas y jazmín, las cartas que me había escrito y los poemas de Benedetti. Sus ojos color pradera habían quedado impregnados en mi memoria.

Ya en Buenos Aires, busqué su dirección. La tenía en una libreta guardada celosamente junto a los sucres que iban quedando: «calle Maure, barrio de Las Cañitas». Cuando llegué, quedé mirando el lugar; una vía empedrada y árboles que producían una fresca sombra y un elegante aroma residencial parecían advertirme que estaba en el lugar equivocado. Me puse ansiosa, volví a mirar la libreta; era la misma dirección, no había error.

Mi cuerpo empezó a trepidar. No sabía si por la debilidad —por no haberme alimentado bien durante el viaje—, por los nervios o por las dos cosas. Alcancé a timbrar; salió un muchacho de mediana estatura con un rostro enojado; me quedó mirando de pies a cabeza. Imagino que mi presencia, después de algunos días de viaje en bus y con alimentación precaria, le pareció sospechosa.

—¿Qué quieres? —preguntó, con total desparpajo.

—Busco a Gab… —No me dejó terminar.

—Él no está —dijo y me tiró la puerta en la cara.

Salí de la casa y del elegante barrio y empecé a deambular por las calles de una capital bulliciosa. Las personas caminaban aceleradamente, como si huyeran de alguna amenaza; hablaban entre sí; esas voces parecían advertirme que estaba en peligro y que debía escapar con ellos.

Atardecía; nubes oscuras y pesadas anunciaban una tormenta. Yo no sabía qué hacer ni a dónde ir; volví a la libreta, allí estaba el número telefónico, busqué una cabina, mis dedos no dejaban de temblar; después de varios intentos logré marcar; enseguida alguien contestó:

 —¡Aló! ¿Está Gabriel? —dije con voz firme.

—Sí, soy Gabriel. —Un silencio prolongado seguido de algo que parecía un forcejeo se escuchó al otro lado.

—¿Qué pasa, por qué no hablas? —pregunté levantando la voz.

—¡No puedo, no puedo! Estoy esperando familia y… —No alcanzó a terminar la frase.

Se escuchó un llanto amargo al otro lado del aparato y se cortó la comunicación.

Me quedé durante algunos segundos con el auricular en mi oído. Estaba en shock. El aire dejó por unos segundos de circular por mi cuerpo. Solté el teléfono, pero continuaba escuchando, como un eco, la frase que parecía más que una noticia, una sentencia mortal: Estoy esperando familia, estoy esperando familia, estoy esperando familia…

Me senté en el filo de la vereda; allí permanecí algunos minutos. Sentí un mareo y me desplomé. Cuando abrí los ojos, una mujer me sostenía por los hombros y me preguntaba si podía levantarme. 

No recuerdo cómo llegué al hostal; solo el olor agrio de la habitación, la luz amarillenta del foco y mi cuerpo tendido en una cama desconocida. 

Pasé dos días mirando el techo sin reaccionar. Era como si me hubiesen reiniciado el cerebro.


Regresé a Ecuador; estaba tan delgada que, al acostarme, podía sentir cómo mis caderas se clavaban en el colchón. Perdí el trabajo; fui a vivir en casa de uno de mis hermanos. Mi proceso de sanación fue complicado; acudí a diversas terapias sin mayores resultados hasta que me recomendaron hacer un viaje mágico de ayahuasca, experiencia que resultó curativa y eficaz.

Volví a la normalidad, conseguí un nuevo trabajo y me inscribí en un curso sobre saberes ancestrales que acababa de inaugurar la Universidad Intercultural Sacha Wuasi (UISH).

Pasaron los años. Me casé con un uruguayo, tuvimos un hijo, Francisco José, que nació en Montevideo. Regresamos a Ecuador luego de varios años. No tuve dificultad en encontrar trabajo. Una fundación ecológica me contrató para una consultoría en convenio con la UISH.

El padre de mi hijo había fallecido; fueron tiempos de un duelo profundo y doloroso. Mi vida giraba en torno a Francisco José, que atravesaba una complicada adolescencia.

 

Un lunes por la mañana, mientras estaba en la reunión de planificación semanal, recibo una llamada telefónica:

 —Aló, ¿Angélica Santana?

—Sí, la misma.

—Soy Juanita Montesinos, ¿me recuerdas? Fuimos compañeras en la Facultad de Etnología. ¿Sabes? Conocí a un argentino hace un año; ahora es mi esposo.  Él me ha contado sobre la historia de un amigo suyo, que hace mucho tiempo conoció a una ecuatoriana y parece que algo pasó en su vida que no logró concretar la relación con ella.  La ha buscado por años y de todas las formas, sin suerte.  Me preguntó si te conocía, le dije que sí, así que me pidió tus coordenadas; si me autorizas, puedo proporcionárselas para que se lo pase a su amigo, que al parecer le dará mucha alegría al fin encontrarte.

 —Hola, Juanita, claro que me acuerdo de ti. Lo que no me acuerdo es del argentino que mencionas; pero sí, puedes darle mi contacto.

Gabriel logró contactarse conmigo. Cuando escuché su voz, no me produjo ninguna emoción. Era como si escuchara hablar por primera vez a alguien que necesitaba información técnica a la que no podía negarme. 

Empezamos a conversar. Nos pusimos al tanto de nuestras vidas. Durante los años siguientes, como si la historia se repitiera con otros medios, volvieron a circular mensajes. Esta vez no eran cartas perfumadas, sino correos electrónicos y conversaciones nocturnas por Messenger. Gabriel escribía largas explicaciones, pedía perdón por no haberme buscado antes y repetía una frase que empezó a inquietarme: 

«Hay algo que debo decirte mirándote a los ojos».

Así, cada año que pasaba planificaba un viaje a Ecuador, pero siempre algo fallaba; luego vino la pandemia de covid-19 y la pospandemia. Con el tiempo se diluyó la intención de probables visitas. Había una reacción kármica, o juegos del destino, que impedían un posible reencuentro.

Un sábado de abril por la mañana, mientras esperaba que hirviera la cafetera, mis ojos se dirigieron al refrigerador donde tenía pegados algunos imanes; uno de ellos era del Perú (con la 'P' escrita en forma de espiral o trazo continuo de color rojo). Quedé mirando e intentando recordar algo, pero mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del celular —que se confundía con el silbido de la tetera—, anunciando un mensaje por WhatsApp. Era de Gabriel, que me enviaba la captura de un boleto de avión.

 

Mi mente volvió a Gabriel cuando dejó el pañuelo sobre la mesa.  La lluvia golpeaba ahora con más fuerza contra la ventana. Ya no se puso los lentes. Me miró por primera vez sin esconderse y dijo:

—Aquel día, en Buenos Aires, no solo estaba esperando un hijo, sino que me había casado. Mi hijo se llama como el tuyo, Francisco José. A los dos años nació Camila, mi segunda hija. Al año de su nacimiento me detectaron un tumor en el cerebro. La operación fue complicada, como complicada se volvió mi relación con la madre de mis hijos, y terminamos divorciándonos. Los niños se fueron con ella a vivir en Santiago de Chile. Por mi trabajo, como biólogo, fui a vivir a Punta Perdices. Allí encontré la calma y las fuerzas para empezar a buscarte.

Tragó una bocanada de aire, tomó el pañuelo de la mesa y volvió a sonarse la nariz.


Observé la imagen en el celular. Gabriel llegaba el domingo a Quito. No sentí la alegría que habría imaginado a los veintitrés años, sino una calma extraña. Intuí entonces que la llegada inesperada no era la suya, sino la de una verdad que llevaba cuatro décadas buscándome.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Morelia Azán, toda la vida

Moisés Panduro Coral


—Biología molecular, al fondo, a la izquierda, el número tres, señora —le indica a la dama el vigilante de camisa celeste y corbata gris del laboratorio Bioneth.

Morelia Azán camina sin apuro por el pasadizo de porcelanato. La ancha vincha blanca que sujeta su cabello teñido de rubio, hace juego con la playera, el pantalón buzo y las valerinas que lleva puestas.

Las hojas de vidrio de la puerta número tres emiten un leve zumbido y se corren hacia los costados en cuanto captan su calor.

La joven que la recibe la invita a llenar una declaración jurada. «Sólo hay que poner nombre y apellidos, la fecha y la firma, pero lea los términos, por favor»,

Puro trámite. Nombre, apellidos, fecha, pero la firma…

«¡Ah, la bendita firma!». Desde hace un año, trazar el garabato de su apellido paterno hace que los finos vellos de su piel se levanten. Quería cambiarla, pero no: El triángulo en forma de A con la que empieza y la N con la que termina como si fuera una ola de mar extendida en la playa, fluyen de forma natural.

El interior del laboratorio huele a disolvente aséptico. «Este sillón es de primer mundo. Vale la pena hacer el gasto».

«¿Estamos listos?», le pregunta sonriente la laboratorista, mientras va preparando una bandeja de aluminio con frascos, jeringas, ligaduras, algodón y alcohol.

Con sus brazos descansando sobre las almohadillas blancas del sillón clínico, Morelia recuerda la tarde en que ella y Angelina, su madre, limpiaban y ordenaban la salita de su modesta vivienda. Se encontraba a mitad de la escalera engrampando unos adornos a la pared, cuando el ruido seco de un frasco haciéndose añicos hizo que volteara su mirada hacia una esquina.

Bajó de un brinco y corrió hacia allí. Angelina yacía en el piso, con la mirada confusa y la palma de la mano derecha semiabierta. Cerca de sus pies se hallaban los fragmentos del recipiente de vidrio que, unos segundos antes, contenía una combinación de doce flores de lavanda, cuyo aroma ya se sentía en el ambiente.

«¡Mamá! ¡Mamá!»

De la boca de Angelina no volvió a salir ninguna palabra.

Una semana más tarde, en el hospital, el neurólogo informó a Morelia que ya nada sería igual en su familia. Tendría que acomodar su tiempo y sobrellevar la discapacidad, el silencio y la desmemoria irreversibles que envolverían el resto de la vida de su madre.

Ella tenía un trabajo, sí, pero su sueldo alcanzaba apenas para el pago de los servicios y la manutención de su madre y su único hijo, todavía estudiante universitario. Angelina tuvo ingresos hasta que, joven aún, fue despedida por las hijas del dueño de la constructora donde laboraba. Su padre, Estuardo, había fallecido a poco de jubilarse. ¿Cómo iba a atender las necesidades derivadas de la nueva situación?

¡Eran tantas cosas las que la abrumaban! Hasta que, un día, por casualidad, encontró un haz de luz en el sótano de su desvencijada casa, y decidió iniciar una demanda.

La mano de la laboratorista posándose en su brazo la saca de sus recuerdos. Se relaja. Total, no se necesitan más que unos cuantos microlitros de sangre para obtener el ticket de entrada a una nueva vida. «Aquí vamos, Morelia». Cierra los ojos cuando siente la primera punción en su vena. «Para demandas de paternidad, las pruebas de sangre son las más seguras», le había dicho su abogado.

 

 

En una exclusiva residencia del distrito de Los Florales, la mucama recibe un documento con el nombre y apellidos del patriarca de la familia. Este, a pesar de sus noventa y cinco años, goza de la suficiente soltura y lucidez para abrir el sobre y revisar su contenido. Desde el mullido sofá donde está tendido estira la mano hacia la mesita rodante que tiene a su costado. De todas maneras, necesita de sus lentes para lidiar con esas odiosas letrillas del escrito jurídico.

Umberto Ossorio es un anciano afortunado. Su familia ha crecido en integrantes, en posición social, en capital y en patrimonio.

Su carrera se vistió de éxito cuando era un joven ingeniero. Su empresa había logrado hacerse de varios contratos de obras en el gobierno de su gran amigo, ni más, ni menos que el presidente de la república. Se le abrieron las puertas de palacios y de clubes exclusivos donde la alta sociedad degustaba causas criollas, lomitos saltados y suspiros limeños. Brindaba con champaña del noreste de Francia y con pisco sour del valle del Sama, a la par que cerraba suculentos negocios.

Lo más cimero de aquella época era conquistar a alguna integrante de la socialité para coronarla ante el altar y adueñarse de su cuerpo entre las sábanas de lujosas habitaciones con paredes de mármol e inmensas arañas doradas colgadas del cielo raso.

Fue así que se embarcó en un feliz matrimonio que años más tarde, por obra y gracia de la genética, le concedió el título de chancletero entre sus amigos. Buscando un príncipe para su linaje, procreó cuatro hijas cuyos primeros nombres hacían referencia a su devoción por la Virgen María.

De rato en rato, todavía tendido en el sofá, se le escucha refunfuñar. Cuando llega al final del documento, se queda en un silencio prolongado. Su mirada se concentra en un cuadro imponente que tiene al frente suyo, donde él, su esposa, sus cuatro Marías y su Gino Alessandro, posan sonrientes y alborozados. «Mis cuatro herederas, mi quinto…». Tose tres, cuatro, cinco veces. Acude, atenta, la mucama.

«Llama a mi hijo, necesito hablar urgente con él», ordena, quitándose los lentes.

 

 

Varias décadas atrás, Angelina llegaba a una suntuosa oficina del centro de Lima. Vestía de manera conservadora, formal, con traje de sastre: falda negra, blusa de manga rosada impecable, blazer negro, y zapatos negros cerrados, con taco aguja.

Una asistente la anunció con el gerente. «Buenas tardes, señor Ossorio», saludó con cortesía. Él la invitó a tomar asiento en el sofá contiguo a su escritorio. Ella se sentó con la columna erguida sin tocar completamente el respaldo, con las piernas y rodillas inclinadas hacia el lado derecho y las manos descansando sobre su regazo, una sobre otra. Alisó suavemente su falda para evitar que se arrugara.

—¿Cuál es su nombre, por favor?

—Angelina Romero Apaza, señor.

—¿Cómo se enteró de esta oportunidad de trabajo?

—Por el aviso clasificado en “La Prensa”, señor.

—Según su currículum tiene veintidós años ¿Tiene experiencia laboral?

—Como secretaria en la empresa “Cora Construcciones”, señor. Laboré dos años.

—¿Casada?

—Efectivamente, señor.

Angelina fue la ventana abierta por la que escapó el otro lado de su ser. Su cabello liso con corte a la altura del hombro, su tez blanca, sus pestañas largas y cejas delineadas, sus labios carnosos y su sugerente sonrisa, le daban un aire a Ava Gardner interpretando “Venus era mujer” en la década de los cincuenta.

Ella llegó como llega un remolino de río: silencioso, veloz y envolvente. Una espiral de agua que te atrapa, te hunde y te estrella en las piedras de su lecho. Sin proponérselo, el departamento de recursos humanos había puesto a su alcance un fruto prohibido. Y él estaba dispuesto a tomarlo.

La oportunidad llegó la fecha en que su empresa celebró su aniversario. Mientras Sally, su esposa, ponía puntuaciones al porte, la elegancia, la beldad, la elocuencia, el carisma y la autenticidad de veinte jóvenes candidatas en un certamen de belleza en Miami Beach, en el sureste de los Estados Unidos de Norteamérica; Umberto Ossorio se deleitaba con la alta puntuación de los encantos de su secretaria en un centro de recreación de las afueras de Lima.

La Angelina de la fiesta no era la de la oficina. Ella había notado las reiteradas veces que su jefe se empeñó en agradarle. Y esa tarde, el licor y la algarabía del ambiente confabularon para derribar la débil compuerta que contenía su recato de mujer casada. Comparaba cada palabra, gesto o atención del empresario millonario con el trato rutinario de Estuardo, su esposo, un empleado público cuya única riqueza era la casa de adobe que heredó de sus padres en Chaclacayo.

Ella valía más. Tenía que aspirar a más. ¿Por qué no? Empezó a imaginarse una vida de boato, con viajes, playas, recepciones y brindis de la mano de Umberto Ossorio. Sabía cómo seducirlo. Una mirada intensa y exquisita, un mohín que nadie más que él pudiera notar, un roce fino y calculado de sus pechos contra su esternón, el compás cadencioso de sus caderas.

Y es que los hombres, más allá de sus devociones, sus credos y lealtades, son un océano de hormonas dispuestos a levantar olas, las más altas, si fuera necesario, para romper cualquier canon que pretenda poner orillas a su impulso adánico.

Cerca de las ocho de la noche, Ossorio se ofreció a llevarla. En el trayecto, vio cómo su jefe dirigía ansioso su mirada hacia los lados de la pista. Redujo la velocidad cuando distinguió el letrero luminoso que buscaba. Ella le asió del brazo suavemente, no para impedir la desviación del carro sino para asegurarse de que lo dirigiera hacia la entrada de la cochera del motel.

«Fue el comienzo de la historia…». Un suspiro profundo brota de la respiración del nonagenario al recordarla.

 

 

En la cena, Umberto Ossorio está a punto de llevar a su boca el primer trozo de merluza a la plancha que, acompañado de patatas con mantequilla doradas al horno, le sirvieron. Su médico le ha recomendado comer proteínas de fácil absorción.

La vibración del celular que tiene a su lado lo interrumpe.

—¡Hola, papá, buenas noches!

—Gino, querido hijo, buenas tardes, ¿estás en Lima?

—Acabo de llegar, estaba en vuelo, papá. No pude contestarte.

—Necesito hablar contigo urgente, aquí en la casa, ahora mismo —dice, con voz grave.

Gino Alessandro Ossorio fue el quinto, el último hijo con su esposa. Vivió la niñez y la adolescencia rodeado por el cariño de su madre y sus cuatro hermanas. Al salir del Markham College, lo enviaron a estudiar derecho en la Universidad Complutense de Madrid, pero había un problema: Montesquieu le interesaba mucho menos que Van Gogh. Los colores, las formas y las texturas pudieron más que los libros de leyes. Terminó en la Facultad de Bellas Artes de Valencia.

Sus obras, pletóricas de vida, se exhiben en las mejores exposiciones del mundo, por lo que no es extraño que un día esté en París, al día siguiente en Roma y, antes del fin de semana, en Nueva York. Su intención estética íntimamente ligada a sus vivencias, le permiten imaginar escenas, paisajes, contextos, retratos que apresan el fino gusto de sus admiradores.

Lo que nunca pudo imaginar fue que su propia vida había jugado a las escondidas con la vida de otro ser de su misma sangre que se nutrió de una placenta diferente a la que le alimentó a él. La pasión, la libido y la genética juegan, a veces, con un cubilete y cinco dados sobre la mesa del destino.  

Solía tener largas tertulias con su padre. Sentía haberle fallado. Cuando Umberto Ossorio dejó la empresa constructora en manos de sus hijas y se involucró con éxito en la política, la esperanza de sucesión tenía su nombre. El patriarca soñaba con su vástago siendo un hombre de derecho. De derecho y de derecha. En lugar de eso, le salió un genio del lienzo que hacía mucho dinero con la mixtura hedonística del ser humano.

Acostumbrado a su hablar pausado, Gino Alessandro había notado esa noche una cierta ansiedad en la voz de su padre, por lo que enrumbó apurado hacia Los Florales.

Luego de cenar, Umberto Ossorio se relaja revisando un álbum familiar. Se detiene en una foto donde Sally posa feliz en su quinto embarazo, acostada sobre el verde prado de una finca. «Angelina dio a luz un mes antes…», recuerda. Cerca de él, su mastín tibetano, Norbu, reposa en una alfombra de gel frío.

Gino Alessandro, no tardará en llegar.

 

 

—¡Listo, ya está! —dice la laboratorista colocando un esparadrapo sobre un trocito de algodón medicado que cubre el punto sanguinolento del brazo de Morelia. —Repose unos minutos —agrega, indicándole una camilla.

Se sentía reconfortada. «Eres Morelia Azán, pero también la hija de alguien que decidió esconderte», se dijo a sí misma.

Poco después de que cumpliera sus dieciocho años, Angelina la llevó a un palacio colmado de gente. Se quedó extasiada. Desde los antiguos balcones orlados de rojo y blanco bajaba una ovación cerrada cada vez que alguien era llamado para poner la mano sobre una biblia y pronunciar: «¡Sí juro!» frente a un crucifijo. Morelia sentía el calor de los cuerpos, el roce de las telas elegantes y el eco de los aplausos rebotando en el hemiciclo. 

Alrededor del cuello les colocaban una cinta rojiblanca en cuyo extremo colgaba un brillante medallón que el juramentado lucía con orgullo a la altura del corazón. Los aplausos, los vítores, las felicitaciones, no cesaban.

A Morelia la invadió la jactancia de saber que el hombre que se fotografiaba con su esposa, cuatro chicas estilizadas, y un jovencito de cabello abundante y desordenado, más o menos de la misma edad que ella, fuera un conocido de su familia. Esa jactancia creció cuando, desligándose por un momento de los suyos, el senador Ossorio se acercó a saludarlas. Tenía que comentar ese suceso con sus amigas.

Días más tarde, por indicación de su madre, llevó un folder de manila con sus datos a la oficina de personal del Parlamento. «Sí que es un buen amigo de mamá», pensó, al momento de recoger su fotocheck en la ventanilla.

Por el rabillo del ojo ve que la laboratorista viene hacia ella.

—Si lo considera, puede incorporarse ya, señora Azán. En cinco días podrá recoger los resultados.

 

 

El bus naranja avanza como una tortuga por la avenida de mayor tráfico en el centro de Lima. Transitarla a las seis de la tarde requiere de una paciencia de Job. El endemoniado embotellamiento, el terrible vaho de la quema de hidrocarburo, y el olor a sudor y humo de los tapices que cubren las espumas de poliuretano, son disgustos que deben soportar a diario quienes no tienen un auto propio.

En la esquina de la plaza Bolívar, el semáforo en rojo detiene el vetusto vehículo abarrotado de gente. Morelia va reposada en un asiento posterior. No puede evitar una mirada nostálgica al antiguo palacio del Congreso.

«Treintaicinco... No, no, son más… Ya son cuarenta años que entré aquí por primera vez».

Sonríe al recordar que sus compañeros creían que tenía un romance con el senador. En los dos primeros meses, el poderoso político visitaba su oficina con algún pretexto para preguntar por ella y su madre. «¿Es empatía por nosotras? ¿Estará enamorado de mí? ... Te alocas ya, Morelia. No, qué va, es un señor de edad con una linda familia. Lo que pasa es que quiere asegurarse de que ha hecho una buena recomendación».

Pero esa carta que encontró hace unos meses en un baúl de cuero empolvado, lo cuenta todo.

Un sentimiento de rabia y tristeza se apodera de ella. «¿Cómo pudieron engañar de esa manera tan desalmada a mi papá Estuardo? Aunque, bueno, no fue mi papá… o, mejor dicho, sí fue mi papá. No soy su sangre, pero soy su afecto, su hechura». El semáforo cambia a verde.

Estuardo era delgado, mestizo y medio tristón. Un empleado público abstraído en sus informes, en el respeto de su horario laboral y en el cuidado de Morelia. Amaba a Angelina. Para él, su mujer era la eficiente secretaria de una renombrada constructora que llegaba tarde a casa porque su exigente trabajo demandaba de ella tiempo extra. «Pobrecita ella, pocas veces tiene el privilegio de estar con nuestra niña».

Y el señor Ossorio era un hombre bondadoso que entendió el estado de su mujer. Le dio permisos, le pagó bonos y cubrió los gastos del parto en una clínica privada. «Buena gente el hombre hasta que se le ocurrió meterse en política y entregar a sus hijas el mando de la empresa… Y ellas, lo primero que hicieron es despedir a Angelina ¡Qué injusticia!».

Su vida rutinaria se alteró cuando nació Morelia. Vinieron los pañales, las corridas al hospital, el jardín de la infancia, la escuela y el colegio público, y, luego, el trabajo a tan temprana edad. Estaba orgulloso de ella.

Un fibroma venía consumiendo su pulmón derecho a poco de jubilarse. Partió en un amanecer sereno, sin saber que la bebé de piel rosadita que le acariciaba el rostro no germinó en su dormitorio sino en la oficina alfombrada de una empresa constructora.

«Mejor que no lo supiera. Hubiera sufrido mucho más de lo que ya sufría. A nadie le hace feliz saber que le han traicionado», se consuela Morelia.

—Ya le di sus pastillas a mi abuelita Angelina.  ¿Cómo te fue hoy, mamá? —la recibe su hijo.

—Bien, cariño. Vamos bien.

Morelia deja su cartera sobre su cama. Ha sido un día largo. Se cambia de polera y se pone unas sandalias. Camina hacia la habitación de Angelina. Entreabre la puerta con cuidado y la ve sumida en un profundo sueño.

«Ay, mamá. No sé lo que te diría si pudiéramos hablar. Tú ya estabas casada con mi papá cuando te entregaste a Umberto Ossorio».

 

 

El sol se levanta sobre la vieja casa de Morelia en Chaclacayo. Nada ha cambiado desde que Estuardo y Angelina la ocuparon. Allí sigue con sus adobes, su piso a medio pulir, su techo de aluminio, su tosco camino de piedras, la impávida mirada del cerro cercano, la sombra de los molles, acacias y eucaliptos que la rodean.

A esa misma hora, un anciano ingresa al laboratorio tomado del brazo de su hijo. El hombre de artes tiene la presión arterial algo elevada. Le preocupa la salud de su padre. «No tienes salida, papá, tu abogado y el mío dicen que es mejor cumplir con la prueba de paternidad. Hay que llevar el tema en silencio».

A Gino Alessandro no le preocupa tanto la partición de bienes y caudales que podría darse. Lo que da vueltas en su cabeza y acelera su pulso es ese apéndice filial que tendría que anexarse a la biografía de su padre. ¡Y ni contar la reacción de sus cuatro hermanas!

Morelia se despereza en su cama. Extrae la carta que está dentro de un sobre de manila. De tanto leerla ya la sabe de memoria, pero una vez más dirige su vista hacia esas líneas que pretendieron ocultarla por cincuenta y ocho años: «Soy un hombre público. Haría un grave daño a mi imagen que se sepa que soy el padre de Morelia».

En el laboratorio, la encargada de las muestras hace su mejor esfuerzo para encontrar una vena robusta debajo de la piel matizada de lentigos del anciano.

En Chaclacayo, las tortillas de espinacas del desayuno dietético que Morelia está preparando para Angelina, van adquiriendo, al ritmo del fuego, su típico color pardo verduzco.

«Seré su quinta heredera, señor Ossorio. Tal vez cambie mi apellido, pero jamás cambiaré mi firma, ni mi ser, ni mi identidad. Seré Morelia Azán toda la vida».

jueves, 21 de mayo de 2026

Antes del silencio

Alejandra Cantarero Concha


La calle Dorset se estira frente a mí como un rasguño que nunca cicatriza: escuece, palpita. Las casas se apoyan unas contra otras, torcidas, con ladrillos ennegrecidos y ventanas rotas tapadas con trapos. Desde algunos marcos cuelgan cortinas grises y desgastadas. El suelo está cubierto de barro, restos de comida, papeles húmedos y algo que prefiero no identificar.

 

Un carro rechina al doblar la esquina. Un caballo resopla. Alguien tose detrás de una puerta. Más lejos, una botella se rompe. East End nunca está en silencio. El aire no entra en los pulmones: se queda pegado en las fosas nasales. Huele a col hervida, a cerveza vieja, a sudor rancio y a agua estancada. A veces creo que uno deja de respirar y simplemente aprende a tragarse el olor.

 

Camino despacio, porque caminar rápido da hambre. Llevo seis peniques en el bolsillo. Los paso de una mano a la otra, uno por uno, como si al contarlos pudieran multiplicarse. Seis. Nada más. Ni siquiera lo suficiente para una cama limpia. Tal vez para un mendrugo duro y un té aguado. Tal vez. Los peniques están tibios. Han pasado por demasiadas manos antes que por las mías. Me digo que es mejor no pensar si podré comer mañana.

 

Las piedras de la calle están húmedas aunque no haya llovido. Siempre están mojadas. Hay un brillo oscuro sobre ellas, como si la noche nunca terminara de irse del todo. Un carro pasa cerca y me salpica la falda. No miro hacia abajo. Si miro, sé que voy a ver manchas que no se van.

 

Escucho gritos más adelante. Una mujer discute con un hombre. Después, risas huecas. Whitechapel cruje, tose, escupe. Yo hablo cuando es necesario. Pienso en mis hijos sin querer. Siempre es sin querer. Los dejé en el albergue hace años, pero en mi cabeza siguen siendo pequeños. Los imagino con las mejillas rojas por el frío, con los zapatos demasiado grandes que alguien les dio. Me digo que están mejor sin mí. Me lo repito hasta que suena como una verdad.

 

Antes cosía. Me levantaba temprano, lavaba mis manos, me sentaba junto a una ventana pequeña y trabajaba en dobladillos para otras mujeres. No era una vida buena, pero era una vida. Ahora mis manos huelen distinto. A veces trato de recordar cuándo fue la última vez que me sentí limpia. No lo consigo.

 

Entro a una casa de alojamiento porque necesito usar el espejo. No porque me importe cómo me veo. Nunca es por eso. Es una necesidad rara, como tocar una herida para comprobar que sigue ahí. El espejo está manchado, con vetas blancas que parecen telarañas secas. Me acerco igual. La mujer que me devuelve la mirada tiene el pelo opaco, enredado en los costados. Las mejillas hundidas. La piel floja alrededor de la boca, acompañando esa desgastada cicatriz que baja hasta el mentón. Cuarenta y tantos años y todos se notan; la cicatriz también.

 

Me veo los ojos. Eso es lo peor. No están vivos, pero tampoco muertos. Están cansados. Pienso en la joven que fui y no siento nostalgia. Solo incredulidad, como si me hablaran de otra persona. Mi vestido tiene costuras descosidas. En el dobladillo hay una mancha que no reconozco. O tal vez sí, pero prefiero no recordar. Me toco la cara. La piel es áspera. No sostengo la mirada mucho tiempo. Nunca lo hago. Hay cosas que es mejor no confirmar. Salgo de la casa.

 

El estómago me arde. No es un dolor fuerte. Es peor, constante. Un animal pequeño mordisqueando desde dentro. Paso frente a una panadería. El olor hace que me muerda más fuerte. Pan caliente. Manteca. Azúcar. Sigo caminando. Si me detengo, pienso. Si pienso, recuerdo. Y si recuerdo, no avanzo.

 

En la esquina hay varias mujeres. Algunas fuman. Otras ríen demasiado fuerte. Una es muy joven. Tiene la cara limpia. Me pregunto cuánto tardará en perderla. Nadie nos mira de verdad. Nos observan como se observa un charco: para evitar pisarlo. No elegí esta vida. Pero tampoco sé cómo salir de ella.

 

Esta noche tal vez consiga lo suficiente para una cama. Un lecho donde no tenga que abrazar mis rodillas para conservar el calor. Un catre donde nadie me toque. Me digo muchas cosas. Casi ninguna es cierta. Sigo caminando. Whitechapel te traga despacio. Yo ya estoy dentro.

 

En la esquina siguiente las encuentro. Annie ya está borracha, como siempre; apoyada contra el muro, con la risa floja y los ojos vidriosos, como si la noche fuera un chiste privado que solo ella entiende. Cathy tiembla del brazo de Mary Jane, la pelirroja, que intenta cubrirla con su chal raído sin soltar el cigarro. El humo se le pega al pelo húmedo. No veo a Eli. Tal vez tuvo suerte y está caliente en alguna habitación, con las medias secándose junto al fuego.

Me acerco.

 

—Hola, Polly —dice Mary Jane, mirándome de arriba abajo—. ¿Viste a Eli?

 

—No. Debe estar con algún cliente —respondo sin interés—. ¿Cuánto tienen?

 

Annie se ríe antes de contestar.

 

—Ahora te crees nuestra jefa —protesta y eructa al final, como si así cerrara la frase.

 

No me lo tomo a mal. He estado peor que ella, y lo sabe. Si con eso olvida por un rato dónde está, bien por ella.

 

—Yo tengo seis peniques —digo, sacándolos del bolsillo del abrigo.

 

—Entre nosotras juntamos quince —agrega Cathy, con la voz tan baja que parece pedir disculpas por existir.

 

—Bien. Algo podremos comer con unas veinte —digo—. Después habrá que trabajar para conseguir una habitación. Vamos, antes de que te congeles ahí parada.

 

Cathy asiente sin mirarme.

 

Mientras avanzamos hacia la taberna, pasa un carruaje. No es de este barrio: las ruedas limpias, el caballo bien cepillado. Dentro va una mujer. No la veo bien, pero reconozco la mirada: esa forma de mirar sin ver, como si la calle no pudiera tocarla. Lleva un vestido decente; huelo su perfume incluso antes de que el carro termine de pasar. Seguro no tiene barro en las botas. «Hay mujeres que se venden en alcobas con sábanas blancas. Yo me vendo en las esquinas».

 

Escupo al suelo cuando el carruaje se pierde calle abajo y sigo caminando.

 

—¿Vieron los carteles con las desaparecidas? —pregunta Cathy, sin dejar de tiritar.

 

—¿Cuántas van? —se preocupa Mary Jane.

 

Antes de responder, escucho el silbido familiar de la policía. Hago señas a las demás para entrar al callejón. En susurros les digo:

 

—Para sacarnos de una esquina corren; para encontrarnos muertas apenas caminan.

 

—Tal vez deberíamos trabajar para McCarthy —dice Mary Jane, con una inocencia absurda—. Puede que sea más seguro.

 

—¡No seas idiota! —le grita Annie—. Te golpeará hasta que le des todo el dinero.

 

Vuelvo a escuchar el silbato, seguido de una advertencia. Las hago callar. «No se alejen de sus casas, no se separen. Hay un asesino suelto en Whitechapel».

 

—¡Vaya novedad! Para eso tanto alboroto —les digo.

 

Dejamos el escondite y caminamos en silencio hasta el Ten Bells. Empujo la puerta y el olor me golpea antes que el ruido. Cerveza agria, grasa vieja, sudor atrapado en la madera. El calor es espeso, pegajoso, como si el aire fuera el vapor de una sopa nauseabunda. El piso está cubierto de aserrín oscuro, húmedo en algunos puntos, apelmazado por botas que no conocen el agua limpia. Cada paso suena a succión.

 

Mary Jane entra detrás de mí, con Cathy casi escondida en su sombra. Annie se adelanta y se apoya en la barra como si fuera suya. Aquí nadie nos mira con sorpresa. Somos parte del mobiliario: mesas, vasos, mujeres.

 

Las paredes están amarillas de humo. Hay manchas que nadie se molesta en limpiar porque siempre vuelven. Un espejo torcido detrás de la barra devuelve reflejos deformes: caras partidas, bocas demasiado grandes, ojos sin brillo. Me reconozco apenas. Mejor así.

 

—Cuatro cervezas —digo—. Y pan. Lo que haya.

 

El hombre de la barra no responde. Sirve. Los vasos llegan con espuma muerta, tibia. El pan está duro, pero huele a algo parecido a comida. Lo parto con las manos. Las migas caen al aserrín y nadie las recoge. Bebo. El primer trago arde. El segundo baja más fácil. El tercero ya no importa.

 

—¿Te imaginas trabajar en el West End? —dice Annie, riéndose sola—. Allá las putas usan guantes.

 

—Y perfume —agrega Cathy, intentando sonreír—. No este olor.

 

Mary Jane da un sorbo largo, como si quisiera vaciar el vaso de una vez.

 

—Allá tal vez no te pegan —dice Annie—. O al menos te golpean con delicadeza —bromea, haciendo una mueca, y se le cae un poco de cerveza.

 

Nos reímos. Porque si no, habría que callarse, y el silencio aquí pesa más que el ruido.

 

—Allá se venden en camas limpias —digo—. Con mantas suaves.

 

—Y hombres que se lavan las manos —añade Annie—. ¡Qué lujo!

 

Chocamos los vasos. Un tintineo breve, ridículo en medio de este ambiente. Mary Jane deja el suyo a medio terminar. Mira la madera de la mesa como si pudiera leer algo en las vetas.

 

—Cuando junte suficiente, me voy —dice—. A Irlanda. Al campo. Verde de verdad, no este verde enfermo. Voy a criar gallinas.

 

Annie suelta una carcajada.

 

—¿Gallinas? Tú no sabes cuidar ni tus medias.

 

—Déjala —digo, pero sin fuerza.

 

—Allá el aire es limpio —sigue Mary Jane—. Se duerme de noche. No hay gritos.

 

—Y los hombres son todos santos —ríe Annie—. Seguro.

 

Mary Jane no responde. Aprieta los labios. Sus ojos se ponen vidriosos, pero no llora. Nunca llora. Eso sería admitir demasiado. Cathy, que no ha dicho nada, deja el pan intacto.

 

—Elizabeth no volvió anoche —dice de pronto—. Ni hoy.

 

Nadie ríe esta vez.

 

—Tal vez encontró habitación —digo.

 

—O cliente fijo —añade Annie, demasiado rápido.

 

Cathy niega con la cabeza.

 

—No. Algo anda mal. No quiero que nos separemos.

 

Miro alrededor. Hombres apoyados en la barra, otros sentados solos, algunos ya borrachos. Manos inquietas. Ojos que calculan.

 

—Si andamos las cuatro juntas, no conseguimos nada —digo—. Parecemos un problema, no una opción.

 

Cathy me mira como si fuera a llorar.

 

—Entonces de a dos —continúo—. Parejas. Volvemos acá cada hora. A la puerta. Si falta una, no seguimos.

 

Mary Jane asiente sin mirarme.

 

—Yo voy contigo —le dice a Cathy.

 

Annie me clava los ojos.

 

—Siempre mandando.

 

—Siempre cuidando —respondo.

 

Bebo lo último de la cerveza. Sabe a nada. Me limpio la boca con el dorso de la mano. Nos levantamos. El piso se pega a las botas. El ruido del Ten Bells sigue igual cuando llegamos a la puerta: risas falsas, vasos, una canción mal cantada en un rincón. Antes de salir, miro el interior una vez más. Este lugar traga mujeres como si fueran migas. No distingue. Abro la puerta. El aire frío entra como una bofetada.

 

—Una hora —repito—. Aquí. Muévete, Annie, no voy a llevarte en brazos.

 

Asienten. Nos separamos. La calle nos espera.

 

Annie encuentra trabajo en la primera esquina; le digo que use el callejón detrás de la taberna. Yo cruzo la calle, camino hacia la esquina opuesta. Oigo golpes provenientes de un portal a oscuras; camino sigilosa. Escucho la voz de Mary Jane y me acerco. El imbécil la está golpeando duro y en el rostro. Recojo una botella del suelo. Todavía está húmeda. Le doy en la cabeza por la espalda. El vidrio no se rompe, pero el golpe suena hueco, como hierro contra madera. Se da vuelta con los pantalones a media pierna. Me empuja. Caigo de espaldas y el frío del suelo me sube por la columna. Me escupe cerca de la cara, no acierta, y se va insultándonos.

 

Mary Jane, entre llantos, me grita:

 

—¡Zorra estúpida! Aún no me había pagado, todo esto por nada —añade pasándose la mano por el rostro—. Púdrete, Polly.

 

«Que se jodan». Me levanto y sigo con mi plan; necesito dinero.

 

Doy un par de pasos y escucho los cascos de unos caballos; me adhiero instintivamente a la pared viscosa. Desde la niebla, aparecen cuatro corceles negros delante de un carruaje majestuoso. Lo miro embobada. Se detiene frente a mí. Un sudor frío y pegajoso me empapa la frente; trato de esconderme en las sombras. De entre las cortinas del carro, emerge una mano enguantada con un racimo de uvas. El olor me envuelve y me atrae. «No debería». Me acerco y arranco las frutas de un tirón. El sabor me hechiza, estoy en un sueño. Con el botín en mis manos, me hundo de prisa en la sombra segura de la pared. La mano aparece otra vez, con un saco. Lo voltea y las monedas tintinean en el suelo. Grandes, brillantes. Gateo hasta ellas. Son libras, no peniques. Mientras las recojo, se abre la puerta del coche y escucho:

 

—Sube, te daré el doble.

 

Estoy tiritando, pienso un segundo en Eli, en las que no vuelven. La puerta sigue abierta, percibo la calidez y veo las monedas apretadas en mi mano; durarán poco. No debería subir, pero el apetito volverá. Me levanto y la mano enguantada me ayuda a subir. El interior es templado. Rozo la suavidad del terciopelo. Huele a cuero, perfume caro y vino dulce. Hay una mancha oscura en la tela del asiento. Apenas la miro. Él viste traje de gala, me habla con suavidad, me tiende una copa de licor. Yo bromeo, me siento en el West End. Me atiborro de uvas y de vino. Veo el reflejo de algo brillante. Tarde, el filo del cuchillo ya está en mi cuello. «Al menos, en el silencio no hay hambre».