miércoles, 27 de mayo de 2026

Morelia Azán, toda la vida

Moisés Panduro Coral


—Biología molecular, al fondo, a la izquierda, el número tres, señora —le indica a la dama el vigilante de camisa celeste y corbata gris del laboratorio Bioneth.

Morelia Azán camina sin apuro por el pasadizo de porcelanato. La ancha vincha blanca que sujeta su cabello teñido de rubio, hace juego con la playera, el pantalón buzo y las valerinas que lleva puestas.

Las hojas de vidrio de la puerta número tres emiten un leve zumbido y se corren hacia los costados en cuanto captan su calor.

La joven que la recibe la invita a llenar una declaración jurada. «Sólo hay que poner nombre y apellidos, la fecha y la firma, pero lea los términos, por favor»,

Puro trámite. Nombre, apellidos, fecha, pero la firma…

«¡Ah, la bendita firma!». Desde hace un año, trazar el garabato de su apellido paterno hace que los finos vellos de su piel se levanten. Quería cambiarla, pero no: El triángulo en forma de A con la que empieza y la N con la que termina como si fuera una ola de mar extendida en la playa, fluyen de forma natural.

El interior del laboratorio huele a disolvente aséptico. «Este sillón es de primer mundo. Vale la pena hacer el gasto».

«¿Estamos listos?», le pregunta sonriente la laboratorista, mientras va preparando una bandeja de aluminio con frascos, jeringas, ligaduras, algodón y alcohol.

Con sus brazos descansando sobre las almohadillas blancas del sillón clínico, Morelia recuerda la tarde en que ella y Angelina, su madre, limpiaban y ordenaban la salita de su modesta vivienda. Se encontraba a mitad de la escalera engrampando unos adornos a la pared, cuando el ruido seco de un frasco haciéndose añicos hizo que volteara su mirada hacia una esquina.

Bajó de un brinco y corrió hacia allí. Angelina yacía en el piso, con la mirada confusa y la palma de la mano derecha semiabierta. Cerca de sus pies se hallaban los fragmentos del recipiente de vidrio que, unos segundos antes, contenía una combinación de doce flores de lavanda, cuyo aroma ya se sentía en el ambiente.

«¡Mamá! ¡Mamá!»

De la boca de Angelina no volvió a salir ninguna palabra.

Una semana más tarde, en el hospital, el neurólogo informó a Morelia que ya nada sería igual en su familia. Tendría que acomodar su tiempo y sobrellevar la discapacidad, el silencio y la desmemoria irreversibles que envolverían el resto de la vida de su madre.

Ella tenía un trabajo, sí, pero su sueldo alcanzaba apenas para el pago de los servicios y la manutención de su madre y su único hijo, todavía estudiante universitario. Angelina tuvo ingresos hasta que, joven aún, fue despedida por las hijas del dueño de la constructora donde laboraba. Su padre, Estuardo, había fallecido a poco de jubilarse. ¿Cómo iba a atender las necesidades derivadas de la nueva situación?

¡Eran tantas cosas las que la abrumaban! Hasta que, un día, por casualidad, encontró un haz de luz en el sótano de su desvencijada casa, y decidió iniciar una demanda.

La mano de la laboratorista posándose en su brazo la saca de sus recuerdos. Se relaja. Total, no se necesitan más que unos cuantos microlitros de sangre para obtener el ticket de entrada a una nueva vida. «Aquí vamos, Morelia». Cierra los ojos cuando siente la primera punción en su vena. «Para demandas de paternidad, las pruebas de sangre son las más seguras», le había dicho su abogado.

 

 

En una exclusiva residencia del distrito de Los Florales, la mucama recibe un documento con el nombre y apellidos del patriarca de la familia. Este, a pesar de sus noventa y cinco años, goza de la suficiente soltura y lucidez para abrir el sobre y revisar su contenido. Desde el mullido sofá donde está tendido estira la mano hacia la mesita rodante que tiene a su costado. De todas maneras, necesita de sus lentes para lidiar con esas odiosas letrillas del escrito jurídico.

Umberto Ossorio es un anciano afortunado. Su familia ha crecido en integrantes, en posición social, en capital y en patrimonio.

Su carrera se vistió de éxito cuando era un joven ingeniero. Su empresa había logrado hacerse de varios contratos de obras en el gobierno de su gran amigo, ni más, ni menos que el presidente de la república. Se le abrieron las puertas de palacios y de clubes exclusivos donde la alta sociedad degustaba causas criollas, lomitos saltados y suspiros limeños. Brindaba con champaña del noreste de Francia y con pisco sour del valle del Sama, a la par que cerraba suculentos negocios.

Lo más cimero de aquella época era conquistar a alguna integrante de la socialité para coronarla ante el altar y adueñarse de su cuerpo entre las sábanas de lujosas habitaciones con paredes de mármol e inmensas arañas doradas colgadas del cielo raso.

Fue así que se embarcó en un feliz matrimonio que años más tarde, por obra y gracia de la genética, le concedió el título de chancletero entre sus amigos. Buscando un príncipe para su linaje, procreó cuatro hijas cuyos primeros nombres hacían referencia a su devoción por la Virgen María.

De rato en rato, todavía tendido en el sofá, se le escucha refunfuñar. Cuando llega al final del documento, se queda en un silencio prolongado. Su mirada se concentra en un cuadro imponente que tiene al frente suyo, donde él, su esposa, sus cuatro Marías y su Gino Alessandro, posan sonrientes y alborozados. «Mis cuatro herederas, mi quinto…». Tose tres, cuatro, cinco veces. Acude, atenta, la mucama.

«Llama a mi hijo, necesito hablar urgente con él», ordena, quitándose los lentes.

 

 

Varias décadas atrás, Angelina llegaba a una suntuosa oficina del centro de Lima. Vestía de manera conservadora, formal, con traje de sastre: falda negra, blusa de manga rosada impecable, blazer negro, y zapatos negros cerrados, con taco aguja.

Una asistente la anunció con el gerente. «Buenas tardes, señor Ossorio», saludó con cortesía. Él la invitó a tomar asiento en el sofá contiguo a su escritorio. Ella se sentó con la columna erguida sin tocar completamente el respaldo, con las piernas y rodillas inclinadas hacia el lado derecho y las manos descansando sobre su regazo, una sobre otra. Alisó suavemente su falda para evitar que se arrugara.

—¿Cuál es su nombre, por favor?

—Angelina Romero Apaza, señor.

—¿Cómo se enteró de esta oportunidad de trabajo?

—Por el aviso clasificado en “La Prensa”, señor.

—Según su currículum tiene veintidós años ¿Tiene experiencia laboral?

—Como secretaria en la empresa “Cora Construcciones”, señor. Laboré dos años.

—¿Casada?

—Efectivamente, señor.

Angelina fue la ventana abierta por la que escapó el otro lado de su ser. Su cabello liso con corte a la altura del hombro, su tez blanca, sus pestañas largas y cejas delineadas, sus labios carnosos y su sugerente sonrisa, le daban un aire a Ava Gardner interpretando “Venus era mujer” en la década de los cincuenta.

Ella llegó como llega un remolino de río: silencioso, veloz y envolvente. Una espiral de agua que te atrapa, te hunde y te estrella en las piedras de su lecho. Sin proponérselo, el departamento de recursos humanos había puesto a su alcance un fruto prohibido. Y él estaba dispuesto a tomarlo.

La oportunidad llegó la fecha en que su empresa celebró su aniversario. Mientras Sally, su esposa, ponía puntuaciones al porte, la elegancia, la beldad, la elocuencia, el carisma y la autenticidad de veinte jóvenes candidatas en un certamen de belleza en Miami Beach, en el sureste de los Estados Unidos de Norteamérica; Umberto Ossorio se deleitaba con la alta puntuación de los encantos de su secretaria en un centro de recreación de las afueras de Lima.

La Angelina de la fiesta no era la de la oficina. Ella había notado las reiteradas veces que su jefe se empeñó en agradarle. Y esa tarde, el licor y la algarabía del ambiente confabularon para derribar la débil compuerta que contenía su recato de mujer casada. Comparaba cada palabra, gesto o atención del empresario millonario con el trato rutinario de Estuardo, su esposo, un empleado público cuya única riqueza era la casa de adobe que heredó de sus padres en Chaclacayo.

Ella valía más. Tenía que aspirar a más. ¿Por qué no? Empezó a imaginarse una vida de boato, con viajes, playas, recepciones y brindis de la mano de Umberto Ossorio. Sabía cómo seducirlo. Una mirada intensa y exquisita, un mohín que nadie más que él pudiera notar, un roce fino y calculado de sus pechos contra su esternón, el compás cadencioso de sus caderas.

Y es que los hombres, más allá de sus devociones, sus credos y lealtades, son un océano de hormonas dispuestos a levantar olas, las más altas, si fuera necesario, para romper cualquier canon que pretenda poner orillas a su impulso adánico.

Cerca de las ocho de la noche, Ossorio se ofreció a llevarla. En el trayecto, vio cómo su jefe dirigía ansioso su mirada hacia los lados de la pista. Redujo la velocidad cuando distinguió el letrero luminoso que buscaba. Ella le asió del brazo suavemente, no para impedir la desviación del carro sino para asegurarse de que lo dirigiera hacia la entrada de la cochera del motel.

«Fue el comienzo de la historia…». Un suspiro profundo brota de la respiración del nonagenario al recordarla.

 

 

En la cena, Umberto Ossorio está a punto de llevar a su boca el primer trozo de merluza a la plancha que, acompañado de patatas con mantequilla doradas al horno, le sirvieron. Su médico le ha recomendado comer proteínas de fácil absorción.

La vibración del celular que tiene a su lado lo interrumpe.

—¡Hola, papá, buenas noches!

—Gino, querido hijo, buenas tardes, ¿estás en Lima?

—Acabo de llegar, estaba en vuelo, papá. No pude contestarte.

—Necesito hablar contigo urgente, aquí en la casa, ahora mismo —dice, con voz grave.

Gino Alessandro Ossorio fue el quinto, el último hijo con su esposa. Vivió la niñez y la adolescencia rodeado por el cariño de su madre y sus cuatro hermanas. Al salir del Markham College, lo enviaron a estudiar derecho en la Universidad Complutense de Madrid, pero había un problema: Montesquieu le interesaba mucho menos que Van Gogh. Los colores, las formas y las texturas pudieron más que los libros de leyes. Terminó en la Facultad de Bellas Artes de Valencia.

Sus obras, pletóricas de vida, se exhiben en las mejores exposiciones del mundo, por lo que no es extraño que un día esté en París, al día siguiente en Roma y, antes del fin de semana, en Nueva York. Su intención estética íntimamente ligada a sus vivencias, le permiten imaginar escenas, paisajes, contextos, retratos que apresan el fino gusto de sus admiradores.

Lo que nunca pudo imaginar fue que su propia vida había jugado a las escondidas con la vida de otro ser de su misma sangre que se nutrió de una placenta diferente a la que le alimentó a él. La pasión, la libido y la genética juegan, a veces, con un cubilete y cinco dados sobre la mesa del destino.  

Solía tener largas tertulias con su padre. Sentía haberle fallado. Cuando Umberto Ossorio dejó la empresa constructora en manos de sus hijas y se involucró con éxito en la política, la esperanza de sucesión tenía su nombre. El patriarca soñaba con su vástago siendo un hombre de derecho. De derecho y de derecha. En lugar de eso, le salió un genio del lienzo que hacía mucho dinero con la mixtura hedonística del ser humano.

Acostumbrado a su hablar pausado, Gino Alessandro había notado esa noche una cierta ansiedad en la voz de su padre, por lo que enrumbó apurado hacia Los Florales.

Luego de cenar, Umberto Ossorio se relaja revisando un álbum familiar. Se detiene en una foto donde Sally posa feliz en su quinto embarazo, acostada sobre el verde prado de una finca. «Angelina dio a luz un mes antes…», recuerda. Cerca de él, su mastín tibetano, Norbu, reposa en una alfombra de gel frío.

Gino Alessandro, no tardará en llegar.

 

 

—¡Listo, ya está! —dice la laboratorista colocando un esparadrapo sobre un trocito de algodón medicado que cubre el punto sanguinolento del brazo de Morelia. —Repose unos minutos —agrega, indicándole una camilla.

Se sentía reconfortada. «Eres Morelia Azán, pero también la hija de alguien que decidió esconderte», se dijo a sí misma.

Poco después de que cumpliera sus dieciocho años, Angelina la llevó a un palacio colmado de gente. Se quedó extasiada. Desde los antiguos balcones orlados de rojo y blanco bajaba una ovación cerrada cada vez que alguien era llamado para poner la mano sobre una biblia y pronunciar: «¡Sí juro!» frente a un crucifijo. Morelia sentía el calor de los cuerpos, el roce de las telas elegantes y el eco de los aplausos rebotando en el hemiciclo. 

Alrededor del cuello les colocaban una cinta rojiblanca en cuyo extremo colgaba un brillante medallón que el juramentado lucía con orgullo a la altura del corazón. Los aplausos, los vítores, las felicitaciones, no cesaban.

A Morelia la invadió la jactancia de saber que el hombre que se fotografiaba con su esposa, cuatro chicas estilizadas, y un jovencito de cabello abundante y desordenado, más o menos de la misma edad que ella, fuera un conocido de su familia. Esa jactancia creció cuando, desligándose por un momento de los suyos, el senador Ossorio se acercó a saludarlas. Tenía que comentar ese suceso con sus amigas.

Días más tarde, por indicación de su madre, llevó un folder de manila con sus datos a la oficina de personal del Parlamento. «Sí que es un buen amigo de mamá», pensó, al momento de recoger su fotocheck en la ventanilla.

Por el rabillo del ojo ve que la laboratorista viene hacia ella.

—Si lo considera, puede incorporarse ya, señora Azán. En cinco días podrá recoger los resultados.

 

 

El bus naranja avanza como una tortuga por la avenida de mayor tráfico en el centro de Lima. Transitarla a las seis de la tarde requiere de una paciencia de Job. El endemoniado embotellamiento, el terrible vaho de la quema de hidrocarburo, y el olor a sudor y humo de los tapices que cubren las espumas de poliuretano, son disgustos que deben soportar a diario quienes no tienen un auto propio.

En la esquina de la plaza Bolívar, el semáforo en rojo detiene el vetusto vehículo abarrotado de gente. Morelia va reposada en un asiento posterior. No puede evitar una mirada nostálgica al antiguo palacio del Congreso.

«Treintaicinco... No, no, son más… Ya son cuarenta años que entré aquí por primera vez».

Sonríe al recordar que sus compañeros creían que tenía un romance con el senador. En los dos primeros meses, el poderoso político visitaba su oficina con algún pretexto para preguntar por ella y su madre. «¿Es empatía por nosotras? ¿Estará enamorado de mí? ... Te alocas ya, Morelia. No, qué va, es un señor de edad con una linda familia. Lo que pasa es que quiere asegurarse de que ha hecho una buena recomendación».

Pero esa carta que encontró hace unos meses en un baúl de cuero empolvado, lo cuenta todo.

Un sentimiento de rabia y tristeza se apodera de ella. «¿Cómo pudieron engañar de esa manera tan desalmada a mi papá Estuardo? Aunque, bueno, no fue mi papá… o, mejor dicho, sí fue mi papá. No soy su sangre, pero soy su afecto, su hechura». El semáforo cambia a verde.

Estuardo era delgado, mestizo y medio tristón. Un empleado público abstraído en sus informes, en el respeto de su horario laboral y en el cuidado de Morelia. Amaba a Angelina. Para él, su mujer era la eficiente secretaria de una renombrada constructora que llegaba tarde a casa porque su exigente trabajo demandaba de ella tiempo extra. «Pobrecita ella, pocas veces tiene el privilegio de estar con nuestra niña».

Y el señor Ossorio era un hombre bondadoso que entendió el estado de su mujer. Le dio permisos, le pagó bonos y cubrió los gastos del parto en una clínica privada. «Buena gente el hombre hasta que se le ocurrió meterse en política y entregar a sus hijas el mando de la empresa… Y ellas, lo primero que hicieron es despedir a Angelina ¡Qué injusticia!».

Su vida rutinaria se alteró cuando nació Morelia. Vinieron los pañales, las corridas al hospital, el jardín de la infancia, la escuela y el colegio público, y, luego, el trabajo a tan temprana edad. Estaba orgulloso de ella.

Un fibroma venía consumiendo su pulmón derecho a poco de jubilarse. Partió en un amanecer sereno, sin saber que la bebé de piel rosadita que le acariciaba el rostro no germinó en su dormitorio sino en la oficina alfombrada de una empresa constructora.

«Mejor que no lo supiera. Hubiera sufrido mucho más de lo que ya sufría. A nadie le hace feliz saber que le han traicionado», se consuela Morelia.

—Ya le di sus pastillas a mi abuelita Angelina.  ¿Cómo te fue hoy, mamá? —la recibe su hijo.

—Bien, cariño. Vamos bien.

Morelia deja su cartera sobre su cama. Ha sido un día largo. Se cambia de polera y se pone unas sandalias. Camina hacia la habitación de Angelina. Entreabre la puerta con cuidado y la ve sumida en un profundo sueño.

«Ay, mamá. No sé lo que te diría si pudiéramos hablar. Tú ya estabas casada con mi papá cuando te entregaste a Umberto Ossorio».

 

 

El sol se levanta sobre la vieja casa de Morelia en Chaclacayo. Nada ha cambiado desde que Estuardo y Angelina la ocuparon. Allí sigue con sus adobes, su piso a medio pulir, su techo de aluminio, su tosco camino de piedras, la impávida mirada del cerro cercano, la sombra de los molles, acacias y eucaliptos que la rodean.

A esa misma hora, un anciano ingresa al laboratorio tomado del brazo de su hijo. El hombre de artes tiene la presión arterial algo elevada. Le preocupa la salud de su padre. «No tienes salida, papá, tu abogado y el mío dicen que es mejor cumplir con la prueba de paternidad. Hay que llevar el tema en silencio».

A Gino Alessandro no le preocupa tanto la partición de bienes y caudales que podría darse. Lo que da vueltas en su cabeza y acelera su pulso es ese apéndice filial que tendría que anexarse a la biografía de su padre. ¡Y ni contar la reacción de sus cuatro hermanas!

Morelia se despereza en su cama. Extrae la carta que está dentro de un sobre de manila. De tanto leerla ya la sabe de memoria, pero una vez más dirige su vista hacia esas líneas que pretendieron ocultarla por cincuenta y ocho años: «Soy un hombre público. Haría un grave daño a mi imagen que se sepa que soy el padre de Morelia».

En el laboratorio, la encargada de las muestras hace su mejor esfuerzo para encontrar una vena robusta debajo de la piel matizada de lentigos del anciano.

En Chaclacayo, las tortillas de espinacas del desayuno dietético que Morelia está preparando para Angelina, van adquiriendo, al ritmo del fuego, su típico color pardo verduzco.

«Seré su quinta heredera, señor Ossorio. Tal vez cambie mi apellido, pero jamás cambiaré mi firma, ni mi ser, ni mi identidad. Seré Morelia Azán toda la vida».

jueves, 21 de mayo de 2026

Antes del silencio

Alejandra Cantarero Concha


La calle Dorset se estira frente a mí como un rasguño que nunca cicatriza: escuece, palpita. Las casas se apoyan unas contra otras, torcidas, con ladrillos ennegrecidos y ventanas rotas tapadas con trapos. Desde algunos marcos cuelgan cortinas grises y desgastadas. El suelo está cubierto de barro, restos de comida, papeles húmedos y algo que prefiero no identificar.

 

Un carro rechina al doblar la esquina. Un caballo resopla. Alguien tose detrás de una puerta. Más lejos, una botella se rompe. East End nunca está en silencio. El aire no entra en los pulmones: se queda pegado en las fosas nasales. Huele a col hervida, a cerveza vieja, a sudor rancio y a agua estancada. A veces creo que uno deja de respirar y simplemente aprende a tragarse el olor.

 

Camino despacio, porque caminar rápido da hambre. Llevo seis peniques en el bolsillo. Los paso de una mano a la otra, uno por uno, como si al contarlos pudieran multiplicarse. Seis. Nada más. Ni siquiera lo suficiente para una cama limpia. Tal vez para un mendrugo duro y un té aguado. Tal vez. Los peniques están tibios. Han pasado por demasiadas manos antes que por las mías. Me digo que es mejor no pensar si podré comer mañana.

 

Las piedras de la calle están húmedas aunque no haya llovido. Siempre están mojadas. Hay un brillo oscuro sobre ellas, como si la noche nunca terminara de irse del todo. Un carro pasa cerca y me salpica la falda. No miro hacia abajo. Si miro, sé que voy a ver manchas que no se van.

 

Escucho gritos más adelante. Una mujer discute con un hombre. Después, risas huecas. Whitechapel cruje, tose, escupe. Yo hablo cuando es necesario. Pienso en mis hijos sin querer. Siempre es sin querer. Los dejé en el albergue hace años, pero en mi cabeza siguen siendo pequeños. Los imagino con las mejillas rojas por el frío, con los zapatos demasiado grandes que alguien les dio. Me digo que están mejor sin mí. Me lo repito hasta que suena como una verdad.

 

Antes cosía. Me levantaba temprano, lavaba mis manos, me sentaba junto a una ventana pequeña y trabajaba en dobladillos para otras mujeres. No era una vida buena, pero era una vida. Ahora mis manos huelen distinto. A veces trato de recordar cuándo fue la última vez que me sentí limpia. No lo consigo.

 

Entro a una casa de alojamiento porque necesito usar el espejo. No porque me importe cómo me veo. Nunca es por eso. Es una necesidad rara, como tocar una herida para comprobar que sigue ahí. El espejo está manchado, con vetas blancas que parecen telarañas secas. Me acerco igual. La mujer que me devuelve la mirada tiene el pelo opaco, enredado en los costados. Las mejillas hundidas. La piel floja alrededor de la boca, acompañando esa desgastada cicatriz que baja hasta el mentón. Cuarenta y tantos años y todos se notan; la cicatriz también.

 

Me veo los ojos. Eso es lo peor. No están vivos, pero tampoco muertos. Están cansados. Pienso en la joven que fui y no siento nostalgia. Solo incredulidad, como si me hablaran de otra persona. Mi vestido tiene costuras descosidas. En el dobladillo hay una mancha que no reconozco. O tal vez sí, pero prefiero no recordar. Me toco la cara. La piel es áspera. No sostengo la mirada mucho tiempo. Nunca lo hago. Hay cosas que es mejor no confirmar. Salgo de la casa.

 

El estómago me arde. No es un dolor fuerte. Es peor, constante. Un animal pequeño mordisqueando desde dentro. Paso frente a una panadería. El olor hace que me muerda más fuerte. Pan caliente. Manteca. Azúcar. Sigo caminando. Si me detengo, pienso. Si pienso, recuerdo. Y si recuerdo, no avanzo.

 

En la esquina hay varias mujeres. Algunas fuman. Otras ríen demasiado fuerte. Una es muy joven. Tiene la cara limpia. Me pregunto cuánto tardará en perderla. Nadie nos mira de verdad. Nos observan como se observa un charco: para evitar pisarlo. No elegí esta vida. Pero tampoco sé cómo salir de ella.

 

Esta noche tal vez consiga lo suficiente para una cama. Un lecho donde no tenga que abrazar mis rodillas para conservar el calor. Un catre donde nadie me toque. Me digo muchas cosas. Casi ninguna es cierta. Sigo caminando. Whitechapel te traga despacio. Yo ya estoy dentro.

 

En la esquina siguiente las encuentro. Annie ya está borracha, como siempre; apoyada contra el muro, con la risa floja y los ojos vidriosos, como si la noche fuera un chiste privado que solo ella entiende. Cathy tiembla del brazo de Mary Jane, la pelirroja, que intenta cubrirla con su chal raído sin soltar el cigarro. El humo se le pega al pelo húmedo. No veo a Eli. Tal vez tuvo suerte y está caliente en alguna habitación, con las medias secándose junto al fuego.

Me acerco.

 

—Hola, Polly —dice Mary Jane, mirándome de arriba abajo—. ¿Viste a Eli?

 

—No. Debe estar con algún cliente —respondo sin interés—. ¿Cuánto tienen?

 

Annie se ríe antes de contestar.

 

—Ahora te crees nuestra jefa —protesta y eructa al final, como si así cerrara la frase.

 

No me lo tomo a mal. He estado peor que ella, y lo sabe. Si con eso olvida por un rato dónde está, bien por ella.

 

—Yo tengo seis peniques —digo, sacándolos del bolsillo del abrigo.

 

—Entre nosotras juntamos quince —agrega Cathy, con la voz tan baja que parece pedir disculpas por existir.

 

—Bien. Algo podremos comer con unas veinte —digo—. Después habrá que trabajar para conseguir una habitación. Vamos, antes de que te congeles ahí parada.

 

Cathy asiente sin mirarme.

 

Mientras avanzamos hacia la taberna, pasa un carruaje. No es de este barrio: las ruedas limpias, el caballo bien cepillado. Dentro va una mujer. No la veo bien, pero reconozco la mirada: esa forma de mirar sin ver, como si la calle no pudiera tocarla. Lleva un vestido decente; huelo su perfume incluso antes de que el carro termine de pasar. Seguro no tiene barro en las botas. «Hay mujeres que se venden en alcobas con sábanas blancas. Yo me vendo en las esquinas».

 

Escupo al suelo cuando el carruaje se pierde calle abajo y sigo caminando.

 

—¿Vieron los carteles con las desaparecidas? —pregunta Cathy, sin dejar de tiritar.

 

—¿Cuántas van? —se preocupa Mary Jane.

 

Antes de responder, escucho el silbido familiar de la policía. Hago señas a las demás para entrar al callejón. En susurros les digo:

 

—Para sacarnos de una esquina corren; para encontrarnos muertas apenas caminan.

 

—Tal vez deberíamos trabajar para McCarthy —dice Mary Jane, con una inocencia absurda—. Puede que sea más seguro.

 

—¡No seas idiota! —le grita Annie—. Te golpeará hasta que le des todo el dinero.

 

Vuelvo a escuchar el silbato, seguido de una advertencia. Las hago callar. «No se alejen de sus casas, no se separen. Hay un asesino suelto en Whitechapel».

 

—¡Vaya novedad! Para eso tanto alboroto —les digo.

 

Dejamos el escondite y caminamos en silencio hasta el Ten Bells. Empujo la puerta y el olor me golpea antes que el ruido. Cerveza agria, grasa vieja, sudor atrapado en la madera. El calor es espeso, pegajoso, como si el aire fuera el vapor de una sopa nauseabunda. El piso está cubierto de aserrín oscuro, húmedo en algunos puntos, apelmazado por botas que no conocen el agua limpia. Cada paso suena a succión.

 

Mary Jane entra detrás de mí, con Cathy casi escondida en su sombra. Annie se adelanta y se apoya en la barra como si fuera suya. Aquí nadie nos mira con sorpresa. Somos parte del mobiliario: mesas, vasos, mujeres.

 

Las paredes están amarillas de humo. Hay manchas que nadie se molesta en limpiar porque siempre vuelven. Un espejo torcido detrás de la barra devuelve reflejos deformes: caras partidas, bocas demasiado grandes, ojos sin brillo. Me reconozco apenas. Mejor así.

 

—Cuatro cervezas —digo—. Y pan. Lo que haya.

 

El hombre de la barra no responde. Sirve. Los vasos llegan con espuma muerta, tibia. El pan está duro, pero huele a algo parecido a comida. Lo parto con las manos. Las migas caen al aserrín y nadie las recoge. Bebo. El primer trago arde. El segundo baja más fácil. El tercero ya no importa.

 

—¿Te imaginas trabajar en el West End? —dice Annie, riéndose sola—. Allá las putas usan guantes.

 

—Y perfume —agrega Cathy, intentando sonreír—. No este olor.

 

Mary Jane da un sorbo largo, como si quisiera vaciar el vaso de una vez.

 

—Allá tal vez no te pegan —dice Annie—. O al menos te golpean con delicadeza —bromea, haciendo una mueca, y se le cae un poco de cerveza.

 

Nos reímos. Porque si no, habría que callarse, y el silencio aquí pesa más que el ruido.

 

—Allá se venden en camas limpias —digo—. Con mantas suaves.

 

—Y hombres que se lavan las manos —añade Annie—. ¡Qué lujo!

 

Chocamos los vasos. Un tintineo breve, ridículo en medio de este ambiente. Mary Jane deja el suyo a medio terminar. Mira la madera de la mesa como si pudiera leer algo en las vetas.

 

—Cuando junte suficiente, me voy —dice—. A Irlanda. Al campo. Verde de verdad, no este verde enfermo. Voy a criar gallinas.

 

Annie suelta una carcajada.

 

—¿Gallinas? Tú no sabes cuidar ni tus medias.

 

—Déjala —digo, pero sin fuerza.

 

—Allá el aire es limpio —sigue Mary Jane—. Se duerme de noche. No hay gritos.

 

—Y los hombres son todos santos —ríe Annie—. Seguro.

 

Mary Jane no responde. Aprieta los labios. Sus ojos se ponen vidriosos, pero no llora. Nunca llora. Eso sería admitir demasiado. Cathy, que no ha dicho nada, deja el pan intacto.

 

—Elizabeth no volvió anoche —dice de pronto—. Ni hoy.

 

Nadie ríe esta vez.

 

—Tal vez encontró habitación —digo.

 

—O cliente fijo —añade Annie, demasiado rápido.

 

Cathy niega con la cabeza.

 

—No. Algo anda mal. No quiero que nos separemos.

 

Miro alrededor. Hombres apoyados en la barra, otros sentados solos, algunos ya borrachos. Manos inquietas. Ojos que calculan.

 

—Si andamos las cuatro juntas, no conseguimos nada —digo—. Parecemos un problema, no una opción.

 

Cathy me mira como si fuera a llorar.

 

—Entonces de a dos —continúo—. Parejas. Volvemos acá cada hora. A la puerta. Si falta una, no seguimos.

 

Mary Jane asiente sin mirarme.

 

—Yo voy contigo —le dice a Cathy.

 

Annie me clava los ojos.

 

—Siempre mandando.

 

—Siempre cuidando —respondo.

 

Bebo lo último de la cerveza. Sabe a nada. Me limpio la boca con el dorso de la mano. Nos levantamos. El piso se pega a las botas. El ruido del Ten Bells sigue igual cuando llegamos a la puerta: risas falsas, vasos, una canción mal cantada en un rincón. Antes de salir, miro el interior una vez más. Este lugar traga mujeres como si fueran migas. No distingue. Abro la puerta. El aire frío entra como una bofetada.

 

—Una hora —repito—. Aquí. Muévete, Annie, no voy a llevarte en brazos.

 

Asienten. Nos separamos. La calle nos espera.

 

Annie encuentra trabajo en la primera esquina; le digo que use el callejón detrás de la taberna. Yo cruzo la calle, camino hacia la esquina opuesta. Oigo golpes provenientes de un portal a oscuras; camino sigilosa. Escucho la voz de Mary Jane y me acerco. El imbécil la está golpeando duro y en el rostro. Recojo una botella del suelo. Todavía está húmeda. Le doy en la cabeza por la espalda. El vidrio no se rompe, pero el golpe suena hueco, como hierro contra madera. Se da vuelta con los pantalones a media pierna. Me empuja. Caigo de espaldas y el frío del suelo me sube por la columna. Me escupe cerca de la cara, no acierta, y se va insultándonos.

 

Mary Jane, entre llantos, me grita:

 

—¡Zorra estúpida! Aún no me había pagado, todo esto por nada —añade pasándose la mano por el rostro—. Púdrete, Polly.

 

«Que se jodan». Me levanto y sigo con mi plan; necesito dinero.

 

Doy un par de pasos y escucho los cascos de unos caballos; me adhiero instintivamente a la pared viscosa. Desde la niebla, aparecen cuatro corceles negros delante de un carruaje majestuoso. Lo miro embobada. Se detiene frente a mí. Un sudor frío y pegajoso me empapa la frente; trato de esconderme en las sombras. De entre las cortinas del carro, emerge una mano enguantada con un racimo de uvas. El olor me envuelve y me atrae. «No debería». Me acerco y arranco las frutas de un tirón. El sabor me hechiza, estoy en un sueño. Con el botín en mis manos, me hundo de prisa en la sombra segura de la pared. La mano aparece otra vez, con un saco. Lo voltea y las monedas tintinean en el suelo. Grandes, brillantes. Gateo hasta ellas. Son libras, no peniques. Mientras las recojo, se abre la puerta del coche y escucho:

 

—Sube, te daré el doble.

 

Estoy tiritando, pienso un segundo en Eli, en las que no vuelven. La puerta sigue abierta, percibo la calidez y veo las monedas apretadas en mi mano; durarán poco. No debería subir, pero el apetito volverá. Me levanto y la mano enguantada me ayuda a subir. El interior es templado. Rozo la suavidad del terciopelo. Huele a cuero, perfume caro y vino dulce. Hay una mancha oscura en la tela del asiento. Apenas la miro. Él viste traje de gala, me habla con suavidad, me tiende una copa de licor. Yo bromeo, me siento en el West End. Me atiborro de uvas y de vino. Veo el reflejo de algo brillante. Tarde, el filo del cuchillo ya está en mi cuello. «Al menos, en el silencio no hay hambre».

martes, 5 de mayo de 2026

Cartas a Liverpool

María Paz Navea Tolmos


El verano de mil novecientos treinta y cinco comenzó como cualquier otro en la vida de mi madre, María Antonia Solís de Regal Ojeda, en la hacienda familiar a las afueras de Lima. Por entonces, aún era una muchacha de diecisiete años que dejaba transcurrir sus tardes largas y tranquilas bajo el sol tibio de la estación, entre el canto de los pájaros que se ocultaban en los jacarandás del jardín y el delicado tintinear de las cucharitas de plata contra la porcelana, mezclado con el aroma del té recién servido y la tierra húmeda del jardín.

Con el tiempo, había aceptado que aquella rutina, tan ordenada y correcta, era el único destino que le estaba reservado. «Un libro siempre es una buena compañía», le repetía mi abuela, casi como una forma elegante de justificar su propia ausencia debido a tantos compromisos sociales. Mi abuelo, por su parte, vivía entregado a un trabajo que lo obligaba a viajar constantemente, un negocio próspero que llenaba las arcas de la casa, pero vaciaba sus habitaciones. Mi madre siempre fue muy inteligente; no le tomó mucho tiempo comprender que en aquella casa el afecto tenía horarios y la conversación, protocolo.

Tampoco tuvo demasiadas amistades. Su educación, impartida en casa, la formó con rigor y distinción, pero también con cierta distancia del mundo. Había, sí, algunas vecinas con quienes compartía paseos y ciertas tardes de conversación, pero incluso esas cercanías eran intermitentes; los viajes constantes y los compromisos familiares hacían que aquellas presencias fuesen apenas un paréntesis en la rutina de la hacienda.

En sus ratos de soledad se refugiaba en la biblioteca de la hacienda, un salón de techos altos donde el aroma a cuero viejo y madera de cedro parecía detener el tiempo. Allí, sentada en un sillón de terciopelo frente al ventanal, leía a Balzac en francés, a Jane Austen en inglés y a Vallejo en español. Las lenguas extranjeras se le deslizaban con una naturalidad admirable; la fonética le era dócil, casi instintiva. Genuinamente gozaba de la lectura. «Siempre puedo ser alguien más si lo deseo», pensaba mientras pasaba las páginas, como si cada libro fuese una puerta abierta hacia otra vida.

Pero de pronto una mañana la rutina, a la que ella había terminado por llamar destino, se vio interrumpida. Su padre partió a una de esas expediciones que lo retendrían lejos hasta julio, y su madre salió rumbo a Buenos Aires para visitar a unos parientes.

—Cuánto me hubiera gustado tener al menos una hermana —se dijo en voz baja, observando cómo sus padres se alejaban en direcciones distintas.

Rosario, la criada más antigua de la casa, que permanecía detrás de ella con las manos entrelazadas en el delantal, la escuchó.

—No hay nada como tener hermanos, niña María —respondió con una sonrisa suave—, pero no crea que está sola. A veces la vida manda compañía cuando menos se espera.

Mientras Rosario hablaba, María recordó una noche de su infancia. Tenía el rostro encendido por la reprimenda de su madre y los ojos aún húmedos cuando, en la oscuridad de su cuarto, sintió las manos tibias de Rosario acomodándole el cabello con una paciencia casi maternal. Sin decir palabra, la nana le acercó un pañuelo y un vaso de agua, y permaneció allí, sentada a su lado.

—Llegó esto para usted. Viene del extranjero.

Rosario levantó el sobre a la altura de los ojos, y el recuerdo se disipó con la misma discreción con que había llegado.

—Muchas gracias, Rosario. Es un placer gozar de su compañía y de sus palabras. Agradezco tanto a nuestro Señor Jesucristo por permitirme seguir contando con usted todos los días.

—Más agradecida estoy yo, señorita, por haberla visto crecer. Estaré en la cocina, por si me necesita.

—Rosario… antes de que se retire —dijo en voz baja, con una vacilación poco habitual en ella—, le ruego no comente nada de esto. Puede que no sea más que un error, pero preferiría… que quedara entre nosotras.

Rosario asintió inclinando la cabeza discretamente. Aun así, mi madre esperó a que cruzara la entrada de la casa antes de tomar el sobre con cuidado. La luz de la mañana caía oblicua sobre el papel, resaltando el tono rosado pálido y el lacre rojo aún intacto. Qué extraño, pensó.

A simple vista notó que el sello no era local. Las estampillas estaban en inglés y la caligrafía, firme y segura, no se parecía a ninguna que hubiera visto antes.

«Para la peruana que me robó el corazón». La frase parecía ajena a aquella casa de protocolos y porcelana.

En el reverso, con una caligrafía redonda y elegante, se leía:
«Mr. Nicholas Whitmore
24 Falkner Square,
Liverpool».

De inmediato abrió el sobre. «¿Qué clase de broma es esta?», se dijo a sí misma. Estaba casi segura de no conocer a ningún señor Nicholas. Desdobló la envoltura con cuidado. El papel era grueso, perfumado con una fragancia apenas perceptible, y la tinta negra se extendía con firmeza sobre la superficie. Sintió entonces una incomodidad nerviosa difícil de nombrar: no era habitual —ni correcto— que un desconocido supiera su nombre y mucho menos su dirección.

—¿Con qué imprudente clase de hombre me he venido a topar? —se dijo, casi escandalizada por el atrevimiento.

La reprochable osadía, sin embargo, no consiguió decepcionarla del todo. Antes bien, había encendido en ella una curiosidad inquieta, casi febril, que luchaba por imponerse sobre las reglas con las que había sido educada.

Liverpool, noviembre de 1934

Estimada señorita:

Mi corazón se alegra al evocar su rostro. Desde aquel instante, no he logrado apartar su imagen de mis pensamientos. Recuerdo su mirada —esos ojos marrones y serenos— y la delicadeza de sus facciones. Aún conservo la forma en que sus cabellos negros, largos y sedosos, caían sobre sus hombros cuando el viento parecía empeñarse en inquietarlos.

Le confieso que, tras haberla visto apenas unos instantes y a la distancia, me sentí en la urgencia de descubrir quién era usted. Tuve la fortuna de consultar a un conocido que me acompañaba en aquel momento, quien casualmente tenía algunas referencias de su persona. Fue él quien me proporcionó la dirección en la que creía que usted residía.

Espero, con más anhelo del que me atrevo a confesar, el momento en que el destino me permita verla de nuevo. Confío en que me conceda el honor de cortejarla como corresponde. Me sería grato continuar esta conversación que el destino, generoso, puso en mi camino. Le ruego responda a la dirección del remitente para que podamos conocernos mejor.

Con devoción,

Mr. Nicholas.

Definitivamente debía tratarse de un error, pensó mi madre. Aunque la mujer descrita cumplía con todas sus características, dudaba que se tratara de ella. Sin embargo, la carta estaba escrita con un afecto tan evidente que ignorarla por completo también le parecía una gran equivocación.

«Ya quisiera yo que alguien se interesara en mí de tan apasionada manera», pensó con una sonrisa apenas perceptible.

Durante los días siguientes se preguntó innumerables veces si debía responderle o no. Enamorada del amor —como lo estaba entonces— consideró explicarle el posible error en la dirección y desearle, con cortesía, que encontrara a la verdadera destinataria.

Guardó el sobre entre las páginas del libro que leía por aquellos días —una edición de Víctor Hugo— y cada vez que avanzaba a un nuevo capítulo, la carta reaparecía, como si reclamara una respuesta que ella todavía no se atrevía a conceder.

Finalmente, aún confundida —pues la carta llevaba fecha de octubre—, decidió confiarle su secreto a Rosario. Después de todo, el año anterior había acompañado a su padre en un viaje por Europa, y no podía descartar del todo que aquel caballero hubiera coincidido con ella en algún lugar sin que lo advirtiera.

—Señorita, esa carta ha de ser para usted —dijo Rosario con convicción—. Quizá la vio paseando en alguno de los viajes que hizo con su padre, y perdió la cabeza por su belleza… No está de más averiguarlo. Sería interesante conocer a alguien con intenciones serias. Le aconsejo considerar un poco más a ese caballero. Si no es para usted, el tiempo lo aclarará. Y si lo es… sería una lástima no llegar a descubrirlo.

Esa noche mi madre releyó la carta antes de dormir, no una, sino varias veces, como si en cada lectura pudiera encontrar una pista que antes se le hubiese escapado. La sostuvo entre las manos un instante más de lo necesario antes de apagar la vela de su habitación, y aunque intentó convencerse de que aquello no debía afectarla, la acompañó hasta el sueño.

A la mañana siguiente, antes incluso de que la casa despertara por completo, se sentó frente a su escritorio de caoba, cuya superficie brillaba bajo la luz que se filtraba por las pesadas cortinas de lino. Sobre el tapete tejido rosado, el tintero de cristal esperaba, reflejando los destellos de una mañana inusualmente clara para el invierno limeño. Se quedó un instante contemplando el jardín, donde la neblina aún se enredaba entre los troncos de los chirimoyos, y solo cuando el primer rayo de sol tocó el papel en blanco, decidió responder:

Lima, enero de 1935

Mr Nicholas,

He recibido su carta con sorpresa y, he de admitir, con cierta curiosidad, no deja de intrigarme que alguien pueda describir con tal precisión unos ojos que, según afirma, no ha logrado olvidar. Me pregunto, entonces, si acaso me ha confundido con otra o si su memoria es más poética que fiel.

Si en efecto me ha visto, le ruego me ilumine: ¿en qué circunstancia ocurrió tal encuentro? ¿O ha decidido usted cortejar a una desconocida por el mero placer de la aventura?

Le advierto que mi carácter es menos romántico que curioso, y antes de permitirle cortejarme como corresponde, quisiera poder conocerlo un poco más.

Atentamente,
M.

La carta fue enviada pocos días después. Mi madre no habló más del asunto, pero comenzó a medir el tiempo de una manera distinta. Pues, en aquellos años, el océano no se atravesaba con ligereza: sus palabras viajaban en barco, entre semanas de mar y silencio.

Durante las primeras semanas no disimuló del todo su expectación. Preguntaba con aparente ligereza cuándo pasaría el cartero y si había llegado algo para ella. Cada sonido de ruedas en el camino de tierra la obligaba, sin quererlo, a levantar la mirada.

El tiempo comenzó a extenderse más de lo previsto. Los días se convirtieron en semanas, y la emoción inicial fue cediendo paso a una resignación silenciosa. Llegó a pensar que quizá la carta no había cruzado el océano, o que el caballero inglés había reconsiderado la imprudencia de su gesto. Pero una mañana cualquiera, Rosario dejó sobre la bandeja del desayuno un sobre distinto a los demás. De inmediato notó que el matasellos no era local.

Liverpool, marzo de 1935

Estimada señorita María:

Confío en no incurrir en una impropiedad al dirigirme por fin a usted con su nombre completo; la información de la que dispuse en un principio fue, como podrá imaginar, parcial, y no sin insistencia he logrado finalmente conocerlo.

Le confieso recibí su carta con sincero alivio, pues temía que mi atrevimiento no obtuviera respuesta. Celebro su franqueza; no hay virtud que estime más que la claridad de pensamiento.

Permítame despejar sus dudas: no la he confundido. La vi una sola vez, y fue suficiente.

Se encontraba usted caminando junto a un caballero mayor, imagino que su padre, mientras el viento insistía en jugar con su sombrero. No intercambiamos palabra alguna. De hecho, dudo que haya advertido mi presencia. Sin embargo, la serenidad con la que avanzaba, como si el mundo no pudiera perturbarla, dejó en mí una impresión que no he logrado disipar.

No acostumbro a cortejar desconocidas por mero entretenimiento, señorita. Y menos aún si no estuviera dispuesto a asumir las consecuencias de este atrevimiento. Si le escribo es porque consideré que callar habría sido una cobardía mayor.

Comprendo que su curiosidad supere a su romanticismo. La mía, le aseguro, también es más analítica que impulsiva. Tal vez sea esa coincidencia la que me anima a insistir.

Si me concede el privilegio, me gustaría continuar esta conversación con la misma honestidad con la que usted ha planteado sus respuestas.

Con el debido respeto,

Nicholas Whitmore.

¿Pero dónde me habría visto?, se preguntó, con una inquietud que no lograba acallar. La certeza con la que él escribía ya no daba lugar a la duda: era ella a quien buscaba.

Mi madre no esperó para responder. Apenas terminó de leer la carta de Liverpool, la releyó una vez más y, antes de que el impulso pudiera enfriarse, se sentó frente a su escritorio e, impulsada por una emoción que apenas intentó contener, escribió con una seguridad que no admitía titubeos.

La pluma avanzó firme, veloz, sin tachaduras ni vacilaciones, como si cada frase hubiese estado aguardando su turno desde mucho antes. No corrigió una sola palabra, pero al momento de fecharla, dudó apenas un instante: no deseaba que el señor Whitmore imaginara que su carta había sido el único acontecimiento de sus días. Así que escribió:

Lima, mayo de 1935

Mr. Whitmore:

He recibido su carta y, debo admitirlo, su memoria resulta más detallada de lo que imaginaba. Si en efecto fue el viento el responsable de que usted me notara, quizá deba empezar a agradecerle a la brisa de aquel día su intromisión.

Confieso que me inquieta, aunque no del todo me desagrada, saber que fui observada sin advertirlo. Es curioso cómo una sola mirada puede quedarse en la memoria de alguien… mientras la otra parte continúa su camino sin sospecharlo.

Celebro que no se trate de un error. Hubiese sido una historia mucho menos interesante.

Me sorprende, sin embargo, su determinación. No todos los caballeros consideran que el silencio sea cobardía; algunos lo llaman prudencia. Me pregunto entonces qué fue lo que lo impulsó realmente a escribir. ¿Fue la serenidad que menciona? ¿O acaso la intriga de no saber quién era yo?

Le advierto que mi curiosidad ha comenzado a competir con mi escepticismo. Y aunque no suelo conceder privilegios con ligereza, admito que su insistencia ha despertado en mí el deseo de conocer si su carácter es tan firme como su caligrafía.

María.

Guardó el sobre en el cajón de su escritorio; no lo entregaría al mensajero sino hasta el lunes siguiente, asegurándose de que el sello de la oficina de correos confirmara su supuesta indiferencia.

Durante meses intercambiaron cartas con una constancia que empezó como curiosidad y terminó convirtiéndose en hábito. El correo marcaba el compás de sus días, y aunque no era mucho el contenido que leía, las descripciones de Liverpool no le eran ajenas; había caminado por ciudades parecidas durante sus viajes con su padre. Sin embargo, algo en la forma en que Nicholas hablaba del puerto, del movimiento constante y de los trenes nocturnos le seguía pareciendo casi irreal. No porque le resultara desconocido, sino porque no lograba concebirse viviendo de manera perpetua en un mundo que no se detenía nunca. Ella estaba acostumbrada a un orden distinto, a un lugar que se aquietaba al caer la tarde.

Poco a poco madre dejó de fingir aquella indiferencia ante la llegada del correo, aunque no sin cierto desasosiego. Cada carta implicaba el mismo temor silencioso: ser descubierta y arriesgar una reputación construida con esmero. Pero, aun así, la espera terminó por imponerse al miedo. Él, por su parte, empezó a escribirle como quien conversa con alguien a quien conserva en la intimidad del pensamiento. Un día de pronto, cuando el intercambio ya formaba parte de sus días, recibió una carta distinta:

Liverpool, noviembre de 1935

Estimada señorita:

Confieso que esta vez no he podido someterme al ritmo acostumbrado del correo. Cada carta suya produce en mí un efecto que vuelve innecesarias, casi insoportables, las semanas de espera entre una y otra.

Han transcurrido ya varios meses desde aquella primera respuesta suya —la que, con admirable precisión, supo cuestionar mis intenciones— y desde entonces sus palabras han comenzado a ocupar un espacio creciente en mis días. Me descubro anticipando su tinta, imaginando el gesto con el que inclina la cabeza al escribir, preguntándome si el viento sigue empeñado en desordenar su sombrero como aquella tarde en que la vi por primera vez.

No me parece prudente continuar alimentando esta correspondencia sin intentar darle un rostro definitivo. Por ello he tomado una decisión que espero no la incomode: viajaré al Perú antes de que termine el año. No me sería posible permanecer más tiempo en Inglaterra sabiendo que al otro lado del océano alguien como usted existe.

He de admitir que mi propósito es conocerla como corresponde, esta vez sin la distancia que ha servido de intermediaria.

Espero que no considere este anuncio como una imprudencia, sino como una consecuencia natural de meses de diálogo sincero.

Con genuina expectativa de nuestro encuentro,

Nicholas Whitmore

P.D. Confío en que esta vez el destino permita que mi carta llegue sin contratiempos. Me inquietaría profundamente descubrir que estas palabras no llegaron a sus manos en el momento oportuno, mi querida señorita, María Teresa Paredes y Alarcón.