El largo viaje de Nikolas Portal empezó
un lunes en el aeropuerto del Grupo Aéreo Número Ocho en Lima.
Tres horas después de haber
abordado el Hércules KC-130H, el maestro de carga comunicó a sus únicos cinco uniformados
pasajeros que se ajustaran el cinturón para el aterrizaje en el aeropuerto
militar de Iquitos.
La voz sin emoción y las frases
cortantes del tripulante, hacían una combinación perfecta con la densa y blanca
niebla de aire helado que inundaba la cabina y con el ruido monótono y ensordecedor
de los cuatro motores del avión.
Cuando la nave se detuvo, Portal miró
por la ventanilla. A ambos bordes de la pista crecía una vegetación tupida,
matizada de árboles y palmeras. ¡Primera vez en la selva! ¿Qué diría Rosaura si
pudiera ver este paisaje?
Sus botas no habían tocado el suelo
todavía, cuando…
—¡Suboficial
Nikolas Portal! ¡Tengo orden del comandante de la División Selva de trasladarlo
a su base!
El aludido levantó la mirada y se
encontró con el rostro rígido del capitán Martín Correa, jefe de personal de la
División Selva del Ejército Peruano.
Se cuadró frente a él e hizo el
saludo militar, al pie de la escalerilla.
—¡A
la orden, señor! ¡¿Cuándo debo partir hacia allá, señor?!
—Debió
haber sido hoy mismo, pero la avioneta del Ejército está en mantenimiento, así
que el viaje será, a más tardar, el miércoles. Mientras tanto, estará alojado
en la villa militar.
Caminaron
hacia la camioneta estacionada a un lado de la pista.
—Veo que hay urgencia, señor.
—Sí, una epidemia ha estado diezmando a la tropa en medio de la selva.
—Entonces será necesario un médico, señor.
—Ya se controló la epidemia, lo que toca es levantar la moral de la tropa. Esa es su misión.
—Entendido, señor.
Esa mañana del miércoles, el traslado
del suboficial Nikolas Portal llegaba a su tramo final. El Cessna 208B Caravan despega
suavemente del aeropuerto militar. Es una nave con flotadores que integran
ruedas, una modificación que le otorga capacidades de avión anfibio.
Su destino es el puesto fronterizo
de Zungarito del Ejército Peruano. Lleva doce pasajeros más tres tripulantes de
la Aviación del Ejército. El único militar entre los pasajeros es él.
Luego de atravesar por más de una
hora, sin sobresaltos, el océano de verdor que parece inacabable, la avioneta hace
un lento giro hacia la izquierda y enfila
hacia el río Yavarí.
«Los ríos son nuestras fronteras,
aunque ni las aguas ni los peces lo sepan», había escuchado a su tutor en la
Escuela de Suboficiales. La mitad
del río hacia la orilla izquierda es peruana, y la otra mitad es brasileña.
En el tablero de la nave se escucha
la alerta de voz pregrabada en inglés que evita que el piloto cometa el error
fatal de aterrizar en el agua con las ruedas desplegadas. «Gear is up for water
landing», repite. «Tren arriba para aterrizar en agua».
Rosaura
acude a su mente. «Me echará de menos mi gordita». A esta hora ya debe haber
regresado del mercado, enfundada en su buzo, sus valerinas y su gorrito de
lana, todo rosado. ¡Qué encantadora se ve con su vestimenta invernal!
El sonido del impacto de los
flotadores al rozar con el agua, le saca de sus pensamientos.
El piloto pone la nave en marcha
lenta por flotación, manteniendo el motor al ralentí, y conduce lentamente la
avioneta hacia el muelle.
«¿Qué hará Francesca a esta hora? ¿Pintando
sus dibujitos en el nido? ¿Haciendo alguna travesura? Frida, de hecho, está
dormidita en su cuna, al cuidado de su abuelita materna. Extraño sus manitas
jugando con las mías».
Por fin, la avioneta atraca. El tercer tripulante sujeta la nave
a las anillas empotradas en el pequeño muelle. Nikolas Portal, que iba en
primera fila, se despide de la tripulación con un apretón de manos. Es el
último en dejar la nave.
Al bajar, percibe la camisa pegada a la espalda y el
hedor del combustible mezclado con los mil olores y sonidos de la frontera amazónica.
Las tablas crujen bajo sus botas. El aire se siente húmedo.
En la orilla le esperan tres hombres
uniformados. Le saludan marcialmente. El sargento Kelvin Shapiama se presenta,
mientras dos soldados le ayudan a transportar su equipaje hasta el campamento
militar de Zungarito. Se
afloja el cuello del uniforme y los sigue.
«¡Maldito Pumayauli! ¡De no ser por
la cagada que has hecho, no estaría aquí!».
Un
mes antes del arribo del suboficial Nikolas Portal al puesto de Zungarito, el sanitario
Josías Pizango recibió en su consultorio a un afligido soldado. Tenía la mano
derecha sobre su bragueta como intentando proteger sus testículos.
Hablaba
con el ceño fruncido y los dientes apretados. Una purulencia verdosa que dejaba
ver listas de sangre, salía junto con su orina. El ardor era terrible.
«Te
han quemado, Ramírez, ni siquiera necesito revisarte». Pizango llevaba más de veinte
años de servicio en el Ejército. Ya había tratado casos similares en las
lejanas unidades fronterizas a donde fue asignado.
No
terminaba de retirarse Ramírez, a quien le había inyectado una alta dosis de
penicilina, cuando aparecieron en la puerta otros dos soldados con similares
síntomas.
Al
rato, llegaron tres más, pero el último refería estreñimiento. Y, luego, otros
tres más.
Pizango
no pudo conciliar el sueño. Era un hombre curtido en urgencias médicas, pero lo
del soldado con el ano ardido y adolorido lo llevó a buscar su Biblia: «No te
acostarás con un hombre como quien se acuesta con una mujer. Eso es abominación».
Aunque
tal vez estoy juzgando mal, pensó. Quizás se infectó al utilizar una prenda íntima
que no era suya, o se tocó el pene con una mano infectada…
«¡Un
momento, pero el susodicho no tiene la infección en el pene!».
No,
definitivamente, no. Lo que estaba ocurriendo en el campamento no solo era una abominación,
sino una emergencia sanitaria.
A la
primera hora del día siguiente, Pizango reportó la situación al Servicio de
Sanidad con carácter de urgente y con copia a Inspectoría. Nunca el operador
había tenido que transmitir un reporte tan embarazoso: Situación: Emergencia.
Causa: Gonococo. Infectados: nueve. Por descartar: Veintiuno. Tratamiento:
Convencional. Requerimiento: Asistencia médica inmediata.
La
taza de café del coronel Dimas Fernández, inspector de la División Selva, humeaba
sobre su escritorio. Entre varios reportes vio uno con sello de urgente en rojo
y con letras mayúsculas en grande. Cogió el radiograma, se puso sus lentes y
comprendió al instante.
Se
incorporó con tal rapidez que volcó la taza de café. «¡Carajo, esto es una
emergencia!».
«¡Tenemos
al enemigo infiltrado en la tropa, mi general! ¡Los va a diezmar!», le habló
por teléfono al general David Merino, comandante de la División Selva.
En
el acto, dispuso que un equipo constituido por un médico y su ayudante, un laboratorista,
un ordenanza y él mismo, se trasladara al término de la distancia hasta el
puesto de Zungarito.
«¡Y
no me digan que el avión está en mantenimiento, carajo!».
Dos horas más tarde, el Cessna 208B Caravan de la División Selva acuatizaba
en el río Yavarí.
Se dirigió presuroso hacia el campamento y se atrincheró en la jefatura de
guarnición. El sargento Kelvin Shapiama, al mando de la base en ausencia del
suboficial Matías Pumayauli, comunicó la primera disposición del inspector: «Toda la tropa debe pasar por
enfermería para un examen físico y de laboratorio».
El resultado arrojó veintitrés infectados y siete sanos, entre estos
últimos: el sanitario Josías Pizango, el operador de radio Jaime Rinahui y el sargento
Kelvin Shapiama.
Aturdido, el coronel Fernández decidió quedarse un día más y realizar una investigación
más profunda hasta determinar cómo es que se había producido el contagio.
No fue difícil. Los infectados señalaron haber tenido relaciones contra natura
con Florencio Retamo, el asistente del suboficial Matías Pumayauli, jefe de
puesto de Zungarito que se encontraba de vacaciones.
Retamo declaró que todo comenzó una noche de lluvia cuando su jefe le
propuso tener relaciones sexuales compensadas mutuamente:
—¿Cómo es eso? —Frunció su ceño el inspector.
Retamo
agachó la mirada.
—Que primero me penetraba él, y después yo.
Silencio.
—¿Entonces…?
—Después
ya nos fue gustando, mi coronel.
Un
rictus de desprecio marcó el rostro del coronel Fernández. Se le crispaban los
puños.
«Con
razón esos dos no se dejaban el uno al otro», pensó Josías Pizango, presente en
el interrogatorio.
—¿Y
cómo es que tienes el gonococo ahí atrás?
—Mi
suboficial Matías Pumayauli tiene una mujer en un pueblo, a media hora de aquí,
bajando el río…
Fernández
perforó con su mirada a Retamo.
—¿Ah,
te sacó la vuelta?
Retamo
posó sus ojos en el suelo.
—Ella
lo contagió.
—Debiste
haberle reclamado. Eran pareja.
—Me
enteré de ella cuando él ya se había ido de vacaciones.
—¿Entonces…?
—Eso
me molestó. Ahí me hice mujer de quienes me querían, pero yo no sabía que portaba
eso que dicen.
—Permítame informarle, mi coronel, que los síntomas de la
gonorrea pueden tardar hasta un mes en aparecer —interrumpió Josías Pizango.
El coronel hizo un gesto de asentimiento.
—Lo tengo claro, Pizango.
Tomó
sus papeles, se levantó y se dirigió a la salida.
—¡Ordenanza, sígame que tengo que dictarle un mensaje! —bramó el coronel, dando un portazo que sacudió
la salita de madera donde se acababa de realizar el interrogatorio.
Luego, en voz baja, agregó: «Dos rosquetes no pueden cagar así a nuestro glorioso ejército».
En sus primeros días como jefe de guarnición, Nikolas Portal, diseñó su
plan para tres meses. El silencio de la noche, roto solo por los cánticos de
las aves nocturnas que llegaban del bosque circundante, era inspirador.
Más inspiradoras eran las fotos de Rosaura y de sus niñas desplegadas en un
portarretratos que a veces llevaba a su litera para soñar con ellas.
Una noche que leía Máximas de guerra de Napoléon Bonaparte, resaltó
una frase: «El soldado sano es la
fuerza de mi ejército y la salud de mis tropas es el primer elemento de guerra».
Recordó que, durante su preparación, un profesor había resaltado el coraje
de las tropas que Perú había desplegado en el río Putumayo en el conflicto con
Colombia. Era una tropa diezmada por la malaria al llegar al escenario de
guerra. No estaban en capacidad de combatir, pero combatieron y pudieron
mantener intacta la línea de frontera.
«Son
unos huevones. Si hubieran leído a Napoléon sabrían que cuidar la salud de la tropa es blindar el alma del Ejército. La salud es el
primer escudo de un combatiente, como lo son la comida y el descanso».
¡Eureka! Un puesto del Ejército en estos lejanos confines de la patria no
debería ser solo un grupo de soldados vigilando una frontera que ningún
presidente ni comandante general visita. ¿Por qué no podría ser algo más?
Él
había sido convocado para eso: levantar el ánimo de una tropa desmoralizada a
la que burlonamente llamaban: «Los quemados de Retamo». Eran el hazmerreír en
el Ejército.
Decidido
a revertir esa afrenta, ordenó un nuevo examen a la
tropa. Para su tranquilidad, los infectados, sin excepción, incluso Retamo,
habían revertido el violento asalto del gonococo. Los sanos que seguían sanos,
eran la prueba viviente de que era posible resistir los cantos de sirena de la
concupiscencia.
Estableció, asimismo, la obligación de asistir cada viernes a la charla
sobre fisiología e higiene del cuerpo humano, a cargo de Josías Pizango, a
quien todos, según su orden, deberían dirigirse como Doc. «Hay que dar su categoría al recurso humano, este hombre es
valioso, sabe más que un médico», repetía.
El
Doc, además, tenía la misión de programar y realizar campañas de salud y profilaxis en la población de las tres comunidades cercanas al campamento a
las que se podía acceder en el bote de la guarnición que era impulsado por un motor
fuera de borda. Para ese fin, dispuso una dotación intangible de combustible.
La alimentación era el otro escudo. Ordenó, previa coordinación con las
autoridades comunales, una cuota racional de caza y pesca para que las
proteínas nunca falten a la tropa. «Un soldado
marcha sobre su estómago», fue la otra frase que resaltó de Máximas de guerra de Napoléon.
Y el descanso. En forma rotativa, un grupo de seis hombres tendría salida
libre los fines de semana para departir en fiestas comunales. Era
responsabilidad del líder del grupo, el más antiguo, vigilar el comportamiento
de su pelotón y marcar la hora de retorno a la base.
Tres meses más tarde, el espíritu de la tropa y las condiciones de
infraestructura y confort del campamento eran notoriamente diferentes a las que
había encontrado. Y los bienes para el sostenimiento de la tropa que llegaban dos
veces al año luego de una larga travesía que implicaba bajar el río Amazonas y
surcar el río Yavarí, ya no desaparecían.
La fama de la guarnición se extendió. Zungarito, ahora, no era una lejanísima
guarnición fronteriza a orillas de un río, sino una red de salud preventiva y
un nodo de conservación y uso racional de recursos naturales.
Y su jefe era un soldado aplicando las máximas de un guerrero del siglo diecinueve. Tan solo eso.
El operador de radio tocó la puerta.
«¡Adelante!», escuchó una voz al
fondo.
En cuanto traspuso la puerta, se puso en posición de firmes, golpeó los
tacos de sus borceguís, y llevando la mano derecha a la sien, dijo:
«¡Permiso,
mi suboficial, para hacer entrega de tres radiogramas provenientes de la
División Selva que acabo de recibir!».
Extendió el brazo y entregó los tres sobres.
Nikolas Portal abrió el primer sobre con discreción. Extrajo el radiograma.
No se sorprendió. Florencio Retamo había sido dado de baja por alistamiento
indebido. «El lugar de Retamo no era el Ejército,
obviamente». Volvió a leer la causa específica: «Incompatibilidad psicofísica
preexistente no detectada». Sonrió levemente. Vaya lenguajito.
Tomó el segundo sobre algo expectante. Su contenido lo decepcionó. «¡Cagón de Pumayauli! ¡La había
sacado barata!». Lo habían pasado a
la situación de retiro por medida disciplinaria. La causa estipulaba una «infracción grave de exposición
del personal a su mando a riesgos innecesarios fuera de actos de servicio».
«¿Nada
más? Deberían haberle llevado dos veces ante un tribunal a ese
desgraciado. Uno, por cagar al glorioso ejército peruano, y dos, porque, de
otra forma, yo no estuviera aquí extrañando a los míos».
Sus dedos temblaron al abrir el tercer sobre. Retiró el radiograma. Lo
desdobló. Su rostro se angustió. ¡No lo podía creer! ¡No había personal
disponible para relevarle del puesto!
Se levantó. Golpeó la mesa con el puño. ¡Tres meses más! ¡Ya tenía preparado mi equipaje!
¡Tres
meses más! Respiró hondo. «¡Ya,
qué chucha! ¡Aguantaré!». Se calmó. Se resignó.
Días después del radiograma, Nikolas Portal recibió una fotografía de sus niñas: Frida ya había caminado por primera vez y él se lo había perdido.
«¡Pumayauli! ¡Pervertido de
mierda! ¿¡En qué momento se te ocurrió hacer tu pendejada con Retamo!?».
Los siguientes meses fueron una tortura. Se esforzaba por sostener el
modelo de guarnición que había logrado, pero sus días, y especialmente sus noches,
eran durísimos. No podía sentir el enternecedor abracito de Francesca en su
cuello, ni la manito de Frida jugando con su rostro barbado. Ni el calor, el
afecto y el cuerpo de su esposa. ¡Su cabellera, su piel, su cuerpo, toda, toda!
Había escrito cartas, pero no obtuvo respuestas. Una vez llegó al
campamento un comerciante que decía ser de Lima. Le encargó un sobre con cartas
para su familia y le entregó un dinero como pago, pero las cartas nunca llegaron.
Se enteró de ello cuando recibió una carta de su esposa reclamándole por su
silencio.
Sus pesadillas eran recurrentes. Había una que recordaba bien y le
atormentaba: soñó que había llegado a su casa y justo cuando trasponía el
umbral, vio salir de la cochera una camioneta. Rosaura iba de copiloto y sus
niñas jugaban atrás. Al volante estaba un conocido oficial del Ejército.
Confió sus temores al Doc. Este le dijo que Dios utilizó los sueños sólo para
revelar mensajes proféticos en los casos de José y Daniel, pero que el
Eclesiastés precisa que los sueños son, en realidad, el reflejo de las
preocupaciones, el cansancio y los pensamientos del ser humano. «Así que tranquilo, mi suboficial». «Gracias, Doc».
Bebió ese fin de semana. Entre trago y trago, le comentó al sargento Kelvin
Shapiama, su brazo derecho, esos mismos temores. «Tenemos
que ver alguna salida, mi suboficial», comentó Shapiama.
Llegó el fin del sexto mes. Una vez más, el jefe de recursos humanos de la
División Selva, le comunicaba que su ansiado relevo no iba a ser posible, pero
que estaba en evaluación otorgarle un permiso de ocho días para ver a su
familia. «Se le comunicará en
su momento».
Nikolas Portal se alegró. Dejaría la base a cargo del sargento Kelvin
Shapiama, quien, como los demás soldados, venía cumpliendo sus dos años de
servicio militar obligatorio.
«Algo
es algo, del lobo un pelo», se dijo.
El día señalado para su salida, muy temprano, recibió un nuevo radiograma informándole
que la avioneta no estaba disponible debido a un desperfecto mecánico, hasta
nuevo aviso. ¡Eso significaba tres meses más!
«Todo el tiempo la misma huevada».
Pensó locuras.
Se imaginaba caminando por un antiguo camino indígena que le habían dicho conducía
hasta una ciudad desde donde podía tomar una lancha y desplazarse a Iquitos. ¿Y
de allí a Lima, cómo haría? ¡Pero qué tontera estoy pensando, eso sería
abandono de puesto!
En una ocasión fantaseó que iba montado sobre el lomo acolchado de una de
esas aves negras cuyo canto prolongado invadía el silencio de las noches. En su
delirio se veía sujeto con sus brazos a su enorme cuello, volando seguro a cientos
de kilómetros por hora.
Otra noche soñó que había una fiesta en la guarnición. Una orquesta tocaba.
No había una sola mujer. Todos los presentes, incluso los músicos, eran
varones. Los hombres bailaban entre ellos. Y se abrazaban, y se besaban, y se
iban en la oscuridad.
Se vio en un acto obsceno, desnudo, intentando penetrar a un soldado,
cuando se dio cuenta de que Rosaura le observaba detrás de una cortina. Despertó con el corazón latiéndole a mil.
«¡Degenerado de Pumayauli, todo lo que has causado con tu perversión! ¡Esto no
te lo voy a perdonar, cabrón! ¡Ahora hasta dormido me jodes!».
Tiempo
después, una mañana, temprano.
«¡Solicito apoyo!, ¡aquí Zungarito!, ¡solicito apoyo!», transmitía con insistencia el operador de
radio, Jaime Rinahui, al comando de la División Selva.
Por varios
minutos solo se escucharon siseos, chasquidos, crujidos y fluctuaciones propias
de la estática.
—¡Aquí, Zungarito, solicito apoyo! —insistió
Rinahui.
Se
escuchó una voz lejana y distorsionada.
—Aquí,
División Selva. Repita, por favor.
—¡Aquí, Zungarito! ¡Necesitamos ayuda! ¡Nuestro jefe
de guarnición se ha vuelto completamente loco!
—Zungarito,
valoración de la situación en este momento, por favor.
—¡Muy
grave! ¡Muy grave para la integridad de la tropa y la seguridad nacional! ¡Requerimos atención médica de urgencia y transporte para evacuarlo!
—Copiado.
—¡A
la espera de órdenes!
Cerca
de la una de la tarde, el Cessna 208B Caravan acuatizaba en las aguas del río Yavarí.
«Pendejos,
¿no que la avioneta tiene desperfecto mecánico?», gruñó el sargento Kelvin
Shapiama cuando recibió a la comitiva en el muelle.
El
coronel Fernández, un médico y un ordenanza se dirigieron apresuradamente hacia
el campamento. El suboficial Nikolas Portal había puesto la ametralladora sobre
su escritorio. Estaba sentado en el piso, vestido con una túnica blanca. Tenía la
barba crecida y portaba una Biblia entre sus manos. Parecía estar en trance.
El coronel se detuvo en la puerta y miró la ametralladora. Hizo
una seña al ordenanza, que la retiró del escritorio. Portal no apartó los ojos
de la Biblia.
—¡Suboficial
Nikolas Portal! ¡Atención!, rugió Fernández.
Portal irguió la cabeza lentamente, los miró con una paz profunda y con la
Biblia abierta sobre su palma izquierda, habló suavemente.
—Hermanos, no temáis, que la paz del Señor sea con vosotros... El apóstol Juan
nos dice: «Mi paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy
como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo…». Y volvió a
su postura.
El coronel Fernández miró al médico, y haciendo circular su índice cerca de
su sien derecha, dijo: «Está completamente
loco. Hemos perdido a nuestro mejor jefe de guarnición».
El papeleo para relevarlo demoró apenas quince minutos, dejando encargado
de la base al sargento Kelvin Shapiama.
«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones…», continuaba el suboficial Portal.
Mientras
subía al Cessna, Kelvin Shapiama le hizo un guiño imperceptible.
Nikolas Portal calculó cuarenta y cinco minutos de viaje. Estaban a poco de
arribar a la base aérea del Ejército en Iquitos. Ante el asombro del ordenanza
que iba junto a él, puso la Biblia a un costado, se sacó la túnica, se levantó,
y con voz firme, gritó: «¡Mi coronel, con todo
respeto! ¡Mire todo lo que tengo que hacer para que me releven! ¡Yo solo quiero
ver a mi familia!».
El coronel Fernández, el médico y hasta la tripulación voltearon la mirada
hacia el asiento. La sorpresa les abrumaba.
En cuanto estuvieron en la explanada, el inspector de la División Selva ordenó
quince días de prisión de rigor para Nikolas Portal y el inicio del trámite
para su expulsión del Ejército.
Sin embargo, cuando el expediente llegó al general David Merino, comandante
de la División Selva, este se opuso a la medida.
—¿Este suboficial no es el que convirtió Zungarito en un modelo de presencia
militar en la frontera?
—Sí,
mi general. Es el mismo, el asiduo lector de Máximas de guerra
que inteligencia reportó.
—¡Vean,
señores! Atenúen el informe, retiren la referencia a esa su artimaña de locura.
Hay que llevar a este hombre a otra guarnición. Pero esta vez, y es una orden
tajante: ¡Denle su relevo como corresponde, pase lo que pase!
Una semana más tarde, Nikolas Portal abrazaba a su esposa y a sus niñas en
el aeropuerto del Grupo Aéreo Número Ocho de Lima.
Cuando el taxi que lo llevaba a casa pasó por una céntrica avenida limeña,
le pareció ver, a lo lejos, al defenestrado Matías Pumayauli. «¡Depravado, infeliz!», gruñó.
—¿Pasa
algo, amor? —preguntó su esposa, acariciándole el rostro.
—No,
nada, amor, no pasa nada.
En
el puesto de Zungarito, a esa misma hora, el sargento Kelvin Shapiama sonríe
solo. Bebe un sorbo de la gaseosa que está
tomando.
«Sí que Portal tiene una memoria de elefante para grabarse todos esos
versículos, ja. Les debe haber tenido cojudos todo el vuelo, ja. Y mi sábana, ja.
Nunca pensé que se podía ver muy bien convertida en túnica, ja».
Hizo
un saludo militar. «Mi suboficial, usted solo tiene que
devolver su Biblia al hermano Pizango».
Y se bebió otro sorbo.