Karla García
Óscar se
sube a su auto deportivo color blanco, lo enciende y, mientras maneja, escucha
a su locutora radial favorita.
—Ya
estamos de regreso para acompañarlos en esta mañana fresca y lluviosa. Vámonos
con la siguiente complacencia de la línea, dedicada para todos ustedes, pero en
especial para Óscar… espero que nos estés escuchando, corazón. Te leo el
mensaje que te dejaron por acá: «Feliz vuelta al sol al dueño de mis versos
ocultos». ¡Ay, qué romántica! Ahí quedó el detalle de parte de Luisa. Y los
dejo con este clásico: La dama de hierro, en la voz de la mismísima Marisela.
Quédate en sintonía.
Óscar
sonríe, escucha la melodía hasta que termina y apaga la radio. Quince minutos
después llega a la comandancia; baja del auto y se cubre de la lluvia con un
paraguas oscuro. Entra a su oficina, sumergida en el olor a café y expedientes
viejos. Sobre el pesado escritorio de metal destaca un ramo de rosas rojas. Se sienta
en el sillón de vinilo y su mente viaja seis años al pasado, a la primera vez
que estuvieron cara a cara, desafiándose con la mirada y discutiendo durante dos
horas en aquella mesa de negociación. Luisa vestía completamente de negro: pantalón,
camisa, guantes, botas tácticas, chaleco antibalas y, entre sus manos, sostenía
un cuerno de chivo. Una capucha le cubría el rostro; lo único visible eran sus
ojos color miel.
Él llevaba
pantalones de mezclilla que delineaban unos muslos que parecían de piedra,
botas de asalto y una playera ajustada a su amplio tórax bajo el chaleco táctico
que llevaba la palabra «POLICÍA» en la espalda. Un pasamontañas negro enmarcaba
sus ojos oscuros. Del cinturón le colgaban un par de esposas metálicas y su
arma, una Glock 19 de 9 mm.
En aquel
entonces, a Óscar le otorgaron el cargo de comandante. A pesar de su juventud,
lo había logrado gracias a su dedicación, su licenciatura en criminología y, en
gran parte, a los contactos de su familia, con un padre expresidente de la
república asesinado a mitad de su sexenio y una madre candidata a gobernadora. Ese
día, entre otros temas de discusión, el principal conflicto surgió cuando Óscar
le pidió ayuda a Luisa para eliminar a quienes amenazaban de muerte a su madre
si no renunciaba a la candidatura.
—¿Sí sabes,
comandante, que estás tratando con la jefa de la banda de sicarios más
peligrosa del país? ¿Por qué debería ayudarte? ¿Qué gano yo? —le dijo Luisa,
mirándolo fijamente a los ojos.
—Sí,
también sé que estoy frente a la hija del asesino de mi padre. Pero no olvides que
fui yo quien abatió al tuyo en aquel operativo —contestó Óscar.
—A tu
padre lo mandó matar su propio partido político; que porque era demasiado ley
con el pueblo y ellos querían chingar, como todos, al país. Mi jefe solo hizo
el trabajo por el que se le pagó.
—¿Cuánto
dinero quieres para hacer lo que te pido?
El
silencio se adueñó del lugar por unos minutos. Ella dejó el arma en la mesa con
suavidad, apoyó los codos y descansó la barbilla sobre sus manos entrelazadas.
—No me
hace falta más dinero. Los clientes poderosos nunca faltan… lo que necesito es
un amante. Y tú eres un excelente candidato.
—¿Qué…?
—Quiero que
tengamos una relación de pareja con todo lo que eso incluye. Si no, no hay
trato.
—¿Cómo
pretendes que un comandante se enrede con una criminal sangrienta y la mujer
más buscada por la policía…? ¡Jamás, olvídalo, no lo haré! —contestó Óscar
firmemente.
—Bueno,
entonces cerraré el trato con los enemigos de tu madre. Porque, como ya lo
hablamos, ellos también acudieron a mí. —Esbozó una sonrisa burlona.
—¡Espera…!
—le dijo Óscar, alzando la voz antes de que Luisa se pusiera de pie—. ¿A ellos
también los condicionaste con lo mismo?
—No.
—¿Y por
qué a mí sí? Ni siquiera me conoces la cara.
—Tres
mujeres en diferentes años han acudido a mi banda para que te mate y, según mis
hombres, llegan dispuestas a dar lo que sea para que ocurra. Desafortunadamente
para ellas, a mí no me interesó lo que ofrecían. Matar a alguien como tú sale
muy caro y ninguna tenía el dinero completo. Desde entonces tengo mucha
curiosidad de ti.
—Vas a
preferir matarme tú también. Acepto el trato.
A los
veinte días de esa reunión tuvieron el primer encuentro. Frente al espejo del
baño, mientras se arreglaba el cabello, Óscar notó un ligero temblor en sus
manos. Hacía mucho tiempo que la expectación no le producía eso. «No debería
sentirme así, ni siquiera es una cita en realidad. ¿Será que solo me intriga el
hecho de al fin conocerle el rostro a esa maldita?». Luisa esperaba a Óscar en
una de las propiedades de ella. La casa, oculta detrás de una colina, estaba rodeada
de árboles y contaba con un lago artificial. Construida en una sola planta y
protegida por una barda alta con cámaras de circuito cerrado y sensores
infrarrojos, tenía techos altos, grandes vigas de acero, paredes de concreto
pulido y enormes ventanales. Sentada en el sofá tapizado en terciopelo de seda de
Lyon color rojo oscuro, se preguntaba cómo sería el rostro del comandante. De
pronto, Mario, uno de los hombres de su escolta, le avisó que Óscar había
llegado.
—Tráelo
aquí a la sala —le dijo mientras se ponía de pie.
—Sí, jefa.
El eco de
unos pasos resonó en el mármol negro. Instantes después, Luisa tenía de pie
frente a ella al hombre más hermoso que había visto en sus treinta años:
cabello oscuro y rizado, piel morena, cejas arqueadas, nariz respingada, labios
carnosos y un metro con noventa centímetros de altura. Paralizada, fue incapaz
de quitarle los ojos de encima.
—Jefa, ¿me
retiro o…? —preguntó Mario.
—Sí —le
contestó sin mirarlo—, tú y los demás ya se pueden retirar.
—¿Está
segura, jefa…? —preguntó extrañado.
—Obedece.
Si llego a necesitar algo, yo los llamo.
—Con
permiso, jefa.
Óscar también
la miraba fijamente. «Jamás imaginé que fuera así; sin arma y sin capucha no
intimida en absoluto», pensaba. Luisa medía un metro con sesenta y tres
centímetros, tenía el cabello lacio y castaño hasta la mitad de la espalda,
nariz chata, cejas finas, labios delgados y piel clara.
—¿Te vas a
quedar mirándome hasta que te canses o…? —preguntó él.
—No, no…
siéntate. Vamos a platicar.
Él ocupó
el sillón que estaba a menos de un metro de ella.
—¿Y de qué
quieres hablar? —le preguntó apoyando la espalda y cruzando los brazos.
—Ya solo
me faltan los que andan fuera del país. En cuanto regresen, me encargo.
—Sí, ya lo
sé. Por eso estoy aquí: para pagarte.
—Hay un
par de reglas que quiero dejar claras, Óscar. La primera: tendrás que ser mi
amante el mismo tiempo que va a durar tu mamá como gobernadora. La segunda: no
debes revelar mi paradero. La tercera: me tienes que ser fiel, no puedes tener
a otra mujer, porque si lo haces, te mato a ti y a la tipa.
—¿Seis
años? Es mucho tiempo —exclamó molesto.
—Solo nos
veremos los días primero de cada mes. Aquí, en esta casa.
—¿Y acaso
también quieres que cada vez que venga te traiga flores y chocolates? Te aclaro
que nunca te voy a llegar a querer.
Ella lo
miró un par de segundos y luego le dijo serenamente:
—Nunca
digas nunca, comandante.
Las
primeras citas fueron frías; la mayor parte del tiempo estaban callados,
mirándose de arriba abajo. «Siempre se viste igual: blusa de tirantes, jeans,
tenis Converse. No se maquilla y, para rematar, siempre del mismo color: negro.
Lo único atractivo son sus brazos tapizados de tatuajes», pensaba Óscar. Luisa
intentaba platicar de cualquier cosa, pero él era cortante. Cada vez que ella
le invitaba a pasar al comedor, Óscar se negaba. «Lo que tiene de chulo, lo
tiene de cabrón», pensaba Luisa. Al cabo del cuarto mes, en una de las citas, Luisa
le propuso romper el hielo constante de la sala: sugirió que le preguntara cualquier
cosa sobre ella.
—¿Cuántas
personas de tu banda saben sobre nuestro acuerdo?
—Solo dos:
Rubí y Mario. Ellos saben todo de mí.
—¿Quiénes
son?
—Mario es
el hombre que te recibe siempre que vienes. Y Rubí es mi mejor amiga.
—¿Y por
qué confías tanto en ellos?
—¿Es un
interrogatorio, comandante?
—Me
dijiste que te preguntara lo que quisiera, ¿no?
—Mario ha
estado conmigo desde que nací. Mi padre le encomendó protegerme; me enseñó a
usar todo tipo de armas y a boxear. Cuando asesinaste a mi papá, varios hombres
de la banda no querían que ocupara su lugar. Planearon matarme… y si no fuera
por Mario, no estaría viva. Los eliminó a todos, incluidos su único hijo y un hermano.
Así que, ¿cómo no confiar en él?
—¿Y qué
hay de Rubí?
—Yo tenía ocho
años cuando, en el sótano de la mansión, encontré una niña de mi misma edad;
nos hicimos mejores amigas. Después descubrí que era hija de un empresario adinerado;
se la dio a mi padre a cambio de desaparecer a su esposa para poder casarse con
su amante.
Luisa guardó
silencio por varios segundos, bajó la mirada y, con la voz entrecortada, continuó:
—La noche
que cumplí diez años, mi padre y Mario salieron a hacer un trabajo grande.
Después de jugar a las muñecas con Rubí me fui a dormir, pero antes de
conciliar el sueño mi hermano entró y… se me echó encima… me arrancó la ropa,
pero antes de que me… logré tomar la pistola que siempre me dejaba Mario bajo
la almohada… y lo maté. Rubí me ayudó a sacar el cuerpo de la habitación y a
limpiar todo. Jamás se lo dijo a mi padre; él siempre creyó que sus enemigos lo
habían matado y arrojado al jardín de la mansión.
Óscar se
levantó del sillón y se sentó a su lado. La abrazó y ella le correspondió. Así
se quedaron por varios minutos hasta que Luisa lo intentó besar, pero él la esquivó,
se puso de pie y se fue.
Una mañana,
antes de que Óscar llegara, Luisa, sentada en la cabecera del comedor y con
algunos de los más peligrosos asesinos a sueldo del país en las otras sillas,
terminó de distribuir fotografías, rutas y nombres. Dio instrucciones a Mario,
corrigió una falla en el operativo y ordenó nueve asesinatos selectivos antes
de despachar a sus hombres. Solo entonces, cuando quedó a solas con Rubí, la
jefa desapareció detrás de la mujer enamorada.
—Ya han
pasado seis meses y siempre que lo intento besar me rechaza. Y yo me muero por
él, me encanta. No sé qué hacer, Rubí —dijo Luisa.
—Ay,
chata, pues… oblígalo, recuérdale que tiene que cumplir con su parte del trato
—le contestó Rubí.
—Jefa, el
señor Óscar llegó, lo pasé a la sala —las interrumpió Mario.
—Gracias,
Mario. Lleva a Rubí a la mansión. Salgan por la puerta de atrás.
—Sí, jefa.
—Adiós,
chata —dijo Rubí y le dio un beso a Luisa en la mejilla.
Cuando se
retiraron, Luisa fue a la sala y le dijo a Óscar:
—Vamos al
comedor.
—No, aquí
está bien —contestó Óscar con el tono frío de siempre.
—¡Es una
orden, obedece, comandante! —le dijo molesta.
Él la miró
enojado, pero acató la orden. Llegaron al comedor: un tablón macizo de madera de
parota oscurecida y sillas de un diseño italiano en cuero gris asfalto. Al
fondo, un aparador de acero negro resguardaba una colección de botellas de
tequila de las más costosas. Ella se sentó en la cabecera y él a su izquierda.
—¿Te
gustaría conocer mi recámara, comandante? —preguntó, reclinándose hacia él con
una sonrisa.
—No me
gustaría —respondió, manteniendo la espalda rígida contra el asiento—, pero
tengo que obedecer si lo ordenas.
—Seré
paciente hasta que tú lo desees tanto como yo —concluyó, observándolo fijamente
al borde de su silla.
Durante
tres años, Luisa buscó la manera de conquistar a Óscar hasta convertirlo en una
obsesión. Le regaló un reloj de oro amarillo macizo de dieciocho quilates con
diamantes corte brillante, un traje artesanal confeccionado con telas exóticas,
zapatos de diseñador y, cada semana, un enorme ramo de rosas en la oficina. No
solo era detallista en lo material, sino también en lo sentimental. En más de
una ocasión, Óscar le encargó a Luisa el trabajo sucio que la placa le impedía
emprender. Cada problema resuelto lo aliviaba y, al mismo tiempo, le hacía más
difícil convencerse de que seguía siendo un honesto comandante.
—Eres su
títere, chata, y él ni siquiera las gracias te da —le decía Rubí.
—Lo sé, y a
veces me dan ganas de matarlo al cabrón, pero luego me arrepiento cuando veo lo
chulo que está —le contestaba Luisa.
Óscar disfrutaba
saber que era el único que manejaba a su antojo a Luisa, alias «la Chata» López,
como era llamada por la justicia. Se ufanaba para sus adentros: «Esa cabrona
está loca por mí y ni siquiera me he tenido que acostar con ella». Aunque
estaba convencido de que solo sentía desprecio por ella, había noches en las
que no lograba conciliar el sueño preguntándose si habría salido ilesa de los
trabajos que él mismo le encargaba. A veces se descubría esperando el ramo de
rosas semanal o sonriendo al recordarla, algo que lo perturbaba profundamente. Un
día, sentados a la mesa, tomaban caballitos de tequila. Luisa acercó sus labios
a los de Óscar y, para su sorpresa, él no se apartó. Fue un beso largo, lento,
suave. Mientras las manos se buscaban por encima de la ropa, el calor los fue
envolviendo. Pero la voz de Mario interrumpió el momento. Apareció de pronto,
tenso, para avisarle a su jefa que debía ir de inmediato a la mansión. Aquella
madrugada Óscar no pudo dormir. Con el recuerdo del beso ardiéndole en la
memoria, se repetía una y otra vez: «No debo quererla».
El primero
de diciembre, Luisa esperaba a Óscar en la casa, pero él nunca llegó. Decidió
volver a la mansión, donde Mario y Rubí la recibieron con la noticia: en
televisión informaban que la gobernadora, Laura Guerrero, y su hijo, el
comandante Óscar Suárez Guerrero, habían sido secuestrados al salir de un
evento privado, luego de que los policías que los protegían fueran acribillados.
Luisa frunció el ceño, apretó la mandíbula y cerró los puños. Recordó entonces
el informe que Mario le había entregado el día que interrumpió su primer beso con
Óscar: Rubén Morales, el excandidato derrotado, había acudido a ellos para
desaparecer a Laura. Luisa se negó y le ordenó a Mario asesinarlo de inmediato.
Pero sus sicarios, por más que lo buscaron, no dieron con su paradero y, desde
entonces, lo seguían rastreando. Sentado sobre tierra áspera y con las manos atadas,
Óscar observaba a los hombres que les apuntaban a él y a su madre con sus pistolas.
Miró a su alrededor: solo había árboles y un cielo cubierto de nubes grises que
ocultaban la luna. Respiró profundo el aroma a humedad y le vino a la mente el
rostro de Luisa. «Me hubiera gustado verla por última vez», pensó. Su madre
apoyó la cabeza en su hombro y rompió a llorar. Rubén Morales se les acercó,
escupió con desprecio y les dijo con voz rasposa:
—Llevo
tres años lleno de rabia. No me resigno a aceptar que perdí frente a una pinche
vieja, pero ese tormento se acaba hoy. Y de una vez me deshago también de tu
único hijo.
Entonces,
una voz retumbó desde las sombras:
—¡Ya se
los cargó la chingada!
Los
hombres buscaron el origen del grito con desesperación, pero no tuvieron
tiempo. En menos de tres segundos, una persona encapuchada y vestida de negro
emergió de la penumbra; llevaba chaleco antibalas y sostenía un cuerno de chivo
encastrado al hombro. Sin dudarlo, presionó el gatillo y los rafagueó. «Es
Luisa», pensó Óscar mientras la miraba por primera vez en acción. No le quitó
los ojos de encima ni un segundo; le resultaba fascinante y excitante. Ella y
algunos de sus hombres, incluido Mario, no dejaron a uno solo en pie.
—Escolta a
la gobernadora hasta un lugar seguro —le dijo Luisa a Mario.
—Sí, jefa.
—Yo me
llevo al chulo. —Miró a Óscar y le extendió la mano para ayudarlo a levantarse.
Luisa y
Óscar se subieron a una camioneta negra blindada, con vidrios polarizados, que
ella manejaba.
—¿A dónde
te llevo, chulo?
Óscar la
miraba fijamente, con la respiración agitada y el cuello empapado de sudor:
—Quiero
conocer tu recámara.
Luisa se
giró un momento hacia él, volvió la vista al frente y aceleró. Llegaron a la
casa y, sin perder tiempo, se dirigieron a la habitación. Se sentaron en la
cama king size; Luisa se quitó la capucha y él, al besarla suavemente rozando
sus lenguas, percibió el olor acre de la pólvora. Ambos sentían el hervor de la
excitación entre sus piernas. Óscar se puso de pie y se desnudó. Luisa lo miró
de arriba abajo y, por varios segundos, su mirada se clavó en su miembro erecto;
por un momento sintió miedo al pensar que esa cosa tan grande le entraría por
la vagina. Después, él le quitó toda la ropa, la recostó en el colchón forrado
con sábanas de seda y besó cada rincón de su esbelto cuerpo. Se posicionó sobre
ella y, mirándola a los ojos, la penetró. Luisa soltó un jadeo de dolor,
tensándose ante la molestia inicial. Óscar, en cambio, sintió una pulsación de
placer desconocida, una intensidad que jamás había experimentado con ninguna
otra mujer. Ella le clavó las uñas en la espalda y él comenzó a marcar un ritmo
lento. Luisa abrazó las caderas de Óscar con sus piernas, mientras las
embestidas se volvían cada vez más rápidas y profundas. El cuerpo de Luisa
respondía con espasmos ante la dureza de aquel descomunal pene hundiéndose en
su sexo, húmedo y ardiente; era como si esa cavidad palpitante quisiera estrujarlo,
devorarlo, lo que, sumado a la persistente succión de uno de sus senos, terminó
por arrancarle una cadena de orgasmos sucesivos que ni sus gemidos, convertidos
ya en gritos, pudieron ocultar. Óscar, incapaz de contener la ola de placer que
lo arrastraba, cedió por completo: se hundió hasta el fondo y se derramó dentro
de ella con un pesado suspiro. —Te quiero —le dijo al oído a Luisa.