jueves, 9 de julio de 2026

La hija de porcelana

Alejandra Cantarero Concha


A pesar de encontrarse a inicios de su embarazo, Verónica estaba disfrutando del viaje. Visitar México era un sueño de la infancia. Ernesto quiso hacerlo realidad ahora que esperaban su primer bebé. Mientras él dormía a su lado en el avión, Verónica puso las manos sobre su vientre y pensó: «Gracias, abueli».

Con los ojos entrecerrados y sin poder evitar que se elevaran sus comisuras, volvió a sus ocho años en el taller de la abuela. La primera vez que le permitió entrar, quedó maravillada por las muñecas. Decenas de ojos que la miraban desde las estanterías, trajecitos de distintas épocas. Tan suaves como pétalos de rosa. Polvo de porcelana flotando en el aire y el aroma, una mezcla de acrílicos y canela. Todo en casa de la abuela olía a canela: las galletas, el té, la leche.

Fue aquel día cuando dio los primeros pasos en restauración. Más adelante compartiría tardes enteras con la abueli repintando mejillas, remendando trajes, cosiendo encajes. Siempre con una buena historia. Cuentos que hablaban de muñecos malditos, leyendas paranormales de juguetes. Sus favoritas eran la del pueblo de Nagoro en Japón, la muñeca Robert y, por supuesto, la de la isla de las muñecas en México. 

Los primeros días en la capital mexicana fueron intensos. Como restauradora de muñecas, tenía un especial interés en el arte vernáculo de la zona. Las muñecas de trapo mexicanas poseían una historia propia. Buscaba una en especial, que representaba un bebé, la primera de la colección que iniciaría con su hija. Ernesto, desde que supo del embarazo, estaba muy complaciente; no se quejó por recorrer múltiples mercados y ferias artesanales en busca de alguna muñequita.

Les tomó cuatro años concebir. Lo habían intentado todo. Y, casi como un milagro, cuando comenzaron con los trámites de adopción, Verónica se embarazó. Ambos estaban dichosos. Su marido se volvió más atento. Preocupado por cada expresión facial, por cada cosa que comía o bebía. El embarazo iba bien, los médicos habían dicho que podía viajar sin problemas, el embrión estaba bien implantado, con desarrollo normal. Apenas había tenido náuseas, solo el primer mes.

Después de visitar museos, catedrales y la majestuosa Teotihuacán, Verónica le reveló a Ernesto su verdadero interés: La isla de las muñecas. Omitió la leyenda; si hablaba de espíritus, niñas ahogadas y muñecas como ofrendas, Ernesto frunciría el ceño y no se acercaría a la isla. Su esposo detestaba cualquier cosa que oliera a «sobrenatural».

Llegaron a la isla en una trajinera que partió del embarcadero de Cuemanco. Un barquito ancho, pintado en azul eléctrico y amarillo vibrante, decorado con guirnaldas de flores que se sacudían con el vaivén del agua. Arriba se respiraba festejo; los mariachis llenaban de música los canales y el aroma a maíz tostado lo envolvía todo. Ernesto disfrutaba un típico elote con chili; Verónica tomaba una limonada tras otra.

Al descender en la isla, el guía bajó la voz y les contó que Julián Santana Barrera se había establecido en aquella chinampa en la década de los años cincuenta. Desde entonces se rumoreaba que había encontrado una niña ahogada; otros decían que él la había ahogado. El espíritu de la niña empezó a echar a perder los cultivos y ahuyentar a los visitantes. Ernesto miró a Verónica levantando las cejas; ella respondió con una sonrisa pícara. El guía agregó que, para mantenerla lejos, Julián comenzó a colgar muñecas en los árboles; con el tiempo, la isla se llenó de ellas.

Verónica tuvo que tirar de su marido y así iniciaron el paseo entre los árboles, mientras el aire parecía vibrar con vida propia. Las muñecas colgaban de ramas y cuerdas, balanceándose suavemente, algunas con ojos de vidrio que brillaban como diminutas linternas. Otras con mejillas agrietadas y cabellos enmarañados que les rozaban la piel al pasar. El aroma era un caos: madera, tela antigua, polvo y agua estancada. Cada paso crujía sobre hojas secas y ramas quebradizas, mezclándose con un murmullo extraño: el roce de las muñecas entre sí, risas lejanas y pequeños golpes de porcelana que tintineaban como campanillas olvidadas.

A cada instante descubrían nuevos detalles: vestidos diminutos remendados con cuidado, ojos de vidrio partidos. Verónica quería tocar la porcelana fría, rozar el trapo suave de un vestido. Cada sensación la llenaba de un éxtasis extraño: miedo, curiosidad, fascinación. La isla parecía respirar con ella, vivir a su alrededor. La tenía atrapada en su armonía de lo roto y abandonado, ofreciéndole historias silenciosas.

De pronto, Verónica se quedó mirando fijamente una muñeca deshecha: el ojo de vidrio colgaba de un hilo, reflejando un paisaje de otro tiempo. Juraría que vio el rostro mojado de una niña. Entonces lo sintió. Un tirón, un latigazo dentro del vientre. Demasiado pronto para un movimiento del embrión. No dijo nada. Para ella, el paseo había terminado. No importaba hacia dónde mirara, seguía viendo la misma muñeca. Comenzó a sentir náuseas; Ernesto se apresuró a llevarla al hotel.

Las noches siguientes fueron insoportables. Vomitaba líquido oscuro con hebras de cabello, como si el agua de la laguna estuviera dentro de su estómago. El sabor metálico le quemaba la lengua. Despertaba empapada de sudor y con el eco de risas infantiles en los oídos. «Se mueve. Patea. No debería. Todavía no. Se ríe dentro de mí. Quiere salir. Quiere verte», decía Verónica en sueños.

Ernesto la sostenía mientras temblaba, sintiendo cómo su cuerpo se endurecía, como madera reseca, bajo el suyo. El facultativo del hotel la había chequeado, incluso realizó un ultrasonido. Todo normal. Tal vez una leve insolación; solo recomendó que bebiera más agua. Cada fibra de su ser le decía que todo era producto del embarazo y de las pesadillas. Y, sin embargo, el olor metálico, el agua negra que goteaba del lavabo, las risas que no provenían de ninguna parte.

La última noche en el hotel, se frotó los ojos, murmuró para sí mismo: «No puede ser real». Pero la sensación de que algo vivo tiraba desde el interior del vientre de Verónica era demasiado fuerte. Sintió un frío que le recorrió la columna, y por un instante quiso gritar, pero el miedo lo paralizó.

La primera mañana, de vuelta en casa, ella se miró al espejo. Verónica juró que una sombra infantil se escondía detrás de su reflejo. «Se mueve. Se ríe. Me mastica desde dentro». Los sueños continuaron; la devoraban. Veía muñecas colgando de sus venas, como frutos enfermos. En uno de ellos, la muñeca del ojo de vidrio succionaba de su pecho hasta arrancarle el pezón. Despertaba empapada, con el eco de risas que Ernesto parecía no escuchar.

Cuando estaba sola, se acercaba con precaución a la habitación del futuro bebé. La habían decorado con distintos tonos de naranja en las paredes. Una cuna blanca de madera ocupaba el centro; sobre ella, un móvil, en el que se balanceaban muñequitas diminutas vistiendo distintos trajes típicos sudamericanos. Ramitas de canela colocadas estratégicamente envolvían todo el espacio con ese aroma tan familiar. Las cortinas de un amarillo delicado dejaban pasar la luz. Hasta que una mañana, se desesperó, tocó su panza y lloró hasta quedar sin aliento. Decidió cerrar con llave el dormitorio.  

Verónica se negó a asistir a la consulta, así que su ginecólogo acudió a la casa. El crecimiento del bebé iba bien. Ernesto le contó de las pesadillas. El doctor le habló de la psicosis gestacional y preguntó qué más había notado. Ernesto se sobó las manos con fuerza, pero antes de decir una palabra, el flashback de su madre en el hospital lo detuvo.

En el cuarto mes de embarazo, el feto se movía; era muy pronto, demasiado fuerte. Patadas que la hacían doblarse en dos, como si quisiera desgarrarla desde adentro. Una madrugada, mientras Ernesto dormía, sintió que algo le hablaba desde su vientre.

—Tú eres mi cuna. Tú eres mi tumba.

Se tapó los oídos, gimiendo.

—No quiero tenerte. No quiero que existas.

Otra vez la risa, infantil y macabra.

—No tienes elección. Ya soy tu carne.

Se encogió y se arrimó a Ernesto, llorando en silencio.

Una tarde, encerrada en el baño, el dolor la obligó a arrodillarse sobre los azulejos fríos. Abrió su neceser con dedos torpes. Tomó las tijeras de manicura y las sostuvo contra la piel de su vientre. «Si lo arranco ahora… si lo corto… aún puedo salvarme». Apoyó las puntas afiladas justo debajo del ombligo, esperando la resistencia blanda de su propia carne. Presionó.

El metal se hundió apenas unos milímetros, pero el dolor fue insoportable. No brotó sangre, solo oyó un crujido seco, sordo, como una gubia tallando madera vieja. El metal se dobló. De la incisión emergió un polvillo blanquecino y frío que olía a acrílico rancio. El dolor le recorrió la espina dorsal. Al golpear el vientre con los nudillos, sonó hueco, denso. Las tijeras tintinearon al caer al suelo.

«No es mía. No es tuya, Ernesto. Es otra cosa».

Se levantó y, con las fuerzas que le quedaban, llenó la bañera. Se sumergió. Aguantó la respiración hasta sentir que los pulmones le ardían. Pero entonces lo sintió: en su interior, el feto respiraba. Inhalaba el agua, la tragaba con calma, como si tuviera branquias.

Salió de la bañera gritando. Ernesto la sujetó, aterrado. Ella lo arañó en el rostro, sin parar de gritar:

—¡Respira! ¡Ernesto, tragó el agua y sigue viva!

—Shhh, ya pasó, es solo otra pesadilla —le repetía una y otra vez, mientras le acariciaba el cabello.

Logró que se durmiera. Se acostó junto a ella. Apretó las sábanas entre los dedos, como si la textura áspera pudiera anclarlo al presente. Pero el recuerdo llegó igual, nítido y frío: su madre sentada en la camilla del hospital, mirando un punto que no existía. Tenía veintidós años cuando la dejó ahí, convencido de que era lo mejor, de que los médicos podrían sostener lo que él ya no podía cargar.

Pero ella no volvió. Su mente se deshiló por completo y murió sola, rodeada de máquinas. Ernesto nunca se perdonó haberse ido antes de que la cubrieran con la manta gris. Jamás se absolvió de elegir seguir con su vida. Ahora, junto a su esposa, esa culpa le apretaba el pecho como una mano invisible. No podía repetir el abandono. No iba a hacerlo. Aunque doliera y lo quebrara. Quedarse era lo único que sabía hacer para expiar lo que no podía deshacer.

Al día siguiente, Ernesto entró en el cuarto con las muñecas en las manos, tratando de respirar despacio, de no alertarla. Eran las que Verónica más amaba: la de trapo con el vestido rosa y la de porcelana de ojos azules, la primera que restauró con su abuela. «Tal vez, solo tal vez, esto la calme», murmuró, con la voz temblorosa.

Verónica estaba sentada en la cama, encorvada sobre sí misma, con la mirada perdida. Cuando las vio, sus ojos se iluminaron por un instante, y Ernesto creyó que había logrado algo. Pero entonces su expresión se torció, y un grito desgarrador brotó de su garganta. Con un movimiento violento se las arrancó de las manos y las arrojó contra la pared. La porcelana crujió y se hizo añicos, los vestidos se rasgaron, el relleno del trapo voló por el aire.

—¡No son mías! —gritó Verónica, con los ojos brillando de furia y locura—. ¡Huelen a podrido!

Ernesto dio un paso atrás, pero ella se levantó como un torbellino. Sus uñas arañaban el aire, su fuerza parecía sobrenatural. Golpeó la mesita de noche, los fragmentos de porcelana volaron como cuchillas, y uno de ellos se incrustó en el piso a pocos centímetros de sus pies. El corazón de Ernesto latía con fuerza; el pánico lo paralizó. Cada intento de racionalizarlo —embarazo, estrés, fiebre— se desmoronaba frente a la evidencia de lo imposible.

—Yo… yo solo… —balbuceó, tratando de acercarse otra vez, pero un pedazo de vidrio le rozó la mejilla y retrocedió.

Verónica se abalanzó sobre él, la respiración jadeante, la risa hueca y macabra reverberando en la habitación. Él sintió que el aire se volvía pesado, que cada segundo podía ser el último. No estaba enfrentando a su esposa. La casa, la habitación, incluso las muñecas destruidas, parecían conspirar para atraparlo allí, entre la irracionalidad y el terror absoluto. Por un instante pensó que huir era su única opción, pero algo dentro de él lo mantenía, incapaz de soltarla, incapaz de dejar de ser testigo de aquel horror desatado.

Las semanas siguientes, cada vez que Ernesto entraba al dormitorio, la lógica se desmoronaba ante sus ojos. Su esposa, que antes era cálida y risueña, se volvía un paisaje que no podía entender: manchas moradas que parecían crecer, uñas quebradas, mechones de cabello flotando en el aire. La mente le repetía que era un embarazo difícil, tal vez anemia o estrés, pero su corazón le gritaba otra cosa. «Esto no es normal», pensaba, mientras la imagen de Verónica en el espejo parecía que lo miraba con ojos que no eran humanos.

Llamó al ginecólogo; esta vez le contó todo. El doctor insistió en internarla, síntomas clásicos de la psicosis gestacional. «Si no la internas, puede matarse o al bebé». Sostuvo el teléfono con la mano húmeda, mientras escuchaba la voz clara del médico. Miró la puerta entreabierta del dormitorio, desde donde le llegaba la respiración irregular de Verónica. La voz se le mezcló con otra, más antigua, diciendo lo mismo, mientras su madre permanecía sentada en una camilla mirando a ningún lugar. El doctor le pidió una respuesta, sin rodeos, ahora.

Ernesto sintió que si decía que sí, no lo podría deshacer. Tragó saliva y respondió que no. No la iba a internar, podía encargarse, pediría permiso en el trabajo, la vigilaría y que si empeoraba la llevaría de inmediato. No se movió al colgar, se quedó con el teléfono en la mano, mirando la puerta, mientras los jadeos de Verónica se volvían más intranquilos.

Cuando la cepillaba, intentaba no mirar las manchas moradas que florecían en sus brazos. Usó el cepillo de cerdas suaves, pero a la primera pasada el sonido fue el de hojarasca seca rompiéndose. El cabello de Verónica, antes sedoso, se desprendía en mechones enteros, ásperos. Con cada contacto, ella arqueaba la espalda y emitía un silbido agudo.

—Despacio, por favor —sollozó ella, aferrando sus uñas quebradas a las sábanas—. Siento los hilos. Están enredados en mi cuero cabelludo. Me deshebra por dentro.

Ernesto limpió el cepillo; las hebras muertas eran como el pelo sintético de las viejas muñecas. Verónica giró la cabeza despacio, con un movimiento rígido, y lo miró directo a los ojos.

—Me come. Bebe de mí como de un río podrido. Soy su carne. No soy madre, soy un ataúd.

Ernesto comenzó a temerle. Dormía en otra cama, pero aún trataba de convencerse de que eran delirios propios del embarazo. No podía darle calmantes; el médico fue inflexible. Pero instaló cámaras, en el dormitorio, en el baño. Debía impedir que se dañara.

Cuando Ernesto le acercaba la cuchara de sopa, ella cerraba los labios con una mueca infantil. Si él insistía, la sopa se derramaba sobre las sábanas, adquiriendo un aroma nauseabundo. Verónica permanecía acostada, con la mirada vidriosa. Cada vez más pequeña, solo su vientre sobresalía. Había perdido gran parte de su cabello. Cuando Ernesto la bañaba, el agua se volvía negra, espesa y apestaba. Aun así, no quería internarla como le había indicado el ginecólogo. Esa fue la última noche que durmió de corrido.

El parto llegó de forma prematura, al sexto mes.

Esa madrugada, Ernesto estaba sentado al borde de la cama, observando los movimientos convulsivos de Verónica, cómo la fiebre ardía en su piel y la desesperación la transformaba. Su mente racional buscaba cada causa lógica, cada diagnóstico posible, pero nada encajaba. Intentó llamar a urgencias, pero sus dedos no obedecían.

El líquido amniótico oscuro, las sacudidas violentas dentro del vientre, el grito que no parecía humano. Todo se negaba a obedecer la razón. Se le heló la sangre. Quiso huir, pero su hija nonata lo mantenía ahí, atrapado entre el instinto de protegerla y el terror de lo que ya estaba ocurriendo.

Cada segundo era un desafío para su mente: aceptar la evidencia o negarla, mientras lo imposible se desplegaba frente a él.

El bebé emergió cubierto de una membrana viscosa. No lloró. Emitió un gruñido grave, húmedo. Un olor nauseabundo se impuso, denso y tibio, como si algo podrido hubiera decidido respirar dentro del cuarto, filtrándose por la nariz hasta pegarse al paladar y deslizarse espeso hacia la garganta, donde ya era arcada antes siquiera de poder tragar aire.

Verónica, exhausta, con los labios morados, extendió la mano hacia Ernesto, que sostenía a la recién nacida con incredulidad.

La voz fue apenas un susurro:

«No la mires. No la llames hija. No es nuestra. Es de ella».

Con un estertor, su cabeza cayó hacia un lado.

El silencio en la habitación era absoluto. Ernesto, temblando, bajó la vista a la niña que tenía en brazos. La recién nacida abrió los ojos.

No eran claros ni oscuros: eran de vidrio, partidos por una grieta.

En la penumbra, una risa infantil recorrió las paredes, seguida de un crujido que avanzaba a través del suelo. Directo hacia él.

lunes, 6 de julio de 2026

Coleguita

Rosario Sánchez Infantas



¿Quién lo diría? ¡Resultaron buena gente estos patitas!

 

Y yo que no daba ni un centavo por ellos. He visto bastante en la vida como para equivocarme en estas cosas. Se la pasan de un lado a otro… pero trabajo de verdad, cero. Chaqueta, pantalón y mandilón antifluidos. Si parecen hombres rana albinos. Un par de guantes al tacho tras sacar el tensiómetro. ¡Zas!, uno más después de guardarlo. Antes de tocar cualquier cosa, se desinfectan. Después de tocarla, nueva desinfección. ¡Guantes de látex para desechar los guantes! ¡Me carga la trampa!

Cuando escuché que el Lamparita ofrecía ser el enfermero de mi traslado a Lima en la ambulancia del hospital, me dije: Parece muy correctito, prudente… pero algo se trae, ya lo estoy oliendo. Nunca acepta salir del hospital. De auxiliar venía el Sosa; no mata una mosca. Ni habla. Solo a veces se le ocurren unas ideas muy locas y ¡las hace! Nunca se sabe qué se puede esperar de él. El Vílchez no está mal como chofer, pero con este personal de salud moderno, la ambulancia se vuelve una tortuga. Lo peor de todo, es ser el paciente, después de treinta años de ser yo el personal sanitario de los traslados en ambulancia.  

Partimos a la medianoche rumbo al hospital de Vitarte porque allí sí hay cardiólogos y en nuestro hospital, no. Adentro olía a desinfectante de hospital. Cada bache hacía tintinear los frascos y equipos en las paredes. Solo estaba encendida la luz tenue del asiento del auxiliar. Pensarían que así iría a dormir. Al Sosa era al que tenían que despertar para que me controlara.

Lamparita y el Vílchez en voz baja se actualizaban en los chismes del hospital. Lo que no saben es que a toditos los conozco. La pachocha de los protocolos me hace hervir la sangre. Cada media hora a controlar al paciente, desinfectada antes y después. Cada hora a chequear el funcionamiento de los equipos. En ese plan ya llevábamos como cuatro horas. Cuatro horas friéndome en mi cólera porque estos no hacen las cosas como yo las hacía. Quien me conoce sabe que nunca duermo mientras viajo de noche, aunque esté enfermo. Y, ahora, solo tengo un soplito en el corazón.

Tantas veces, hasta jubilarme, he realizado este recorrido desde La Oroya hasta Lima. Ahora imaginaba el trayecto porque reconocía los controles policiales, túneles, puentes, bajadas y cruces ferroviarios. Esta vez el viaje me parecía muy lento, y los sonidos me llegaban algo distorsionados. Felizmente estaríamos a una hora de Vitarte. Fantaseaba con que, allí por fin, me soltarían las correas que me ataban a la camilla y que me pasarían a una cama cómoda donde podría estirarme a gusto.

Hace un año inauguraron el nuevo puente Bellido. A la derecha hay una carreterita que se pierde entre sauces y tunales, cerro arriba. Aún no amanecía cuando, tras dar una curva, salimos a la entrada del puente y el chofer frenó en seco. Sosa salió disparado al suelo. Sentí el jalón de las correas en mi cuerpo. Gritos, mentadas de madre, invocaciones a la Virgen María y a Dios. Algo me cayó en la cabeza y me puso a dormir un buen rato.

Me despertó el violento traqueteo de la ambulancia que avanzaba a trompicones por una trocha cuesta arriba. Aturdido, escuché al Vílchez maldecir a los encapuchados armados que nos habían tendido una emboscada tras atravesar un tronco en el puente. Atrás, el Sosa jadeaba, con las manos aún manchadas de yodo y mertiolate; me contó atropellado que había tenido que abrir la puerta trasera para lanzarles frascos de desinfectante. El olor penetrante a formol impregnaba la cabina y les había irritado los ojos a los atacantes. Estos entraron en pánico, lo suficiente para que Vílchez retrocediera y escapara por aquella carretera abandonada.

De pronto paró en seco. Estábamos a media colina. Íbamos a cruzar un canal cuya agua corría tumultuosa y el puentecillo que lo atravesaba estaba a medio caer.  

–Hagamos una rampa –dijo Sosa mientras me desataba, sacaba mi camilla y me señalaba el asiento.

La atravesó a lo ancho del camino justo antes del puente. Me incorporé para ayudarlos, aunque una presión en el pecho me recordó por qué me trasladaban a un hospital de mayor complejidad. Apilaron frazadas y ropa debajo de la camilla para que quede con una elevación de unos treinta grados. El Vílchez nos ordenó subir a la ambulancia y ponernos los cinturones de seguridad. Retrocedió unos seis metros, picó la ambulancia y ¡pasamos volando el puente endeble!  Sentimos un gran golpe y los sacudones de la ambulancia. Seguimos subiendo por la trocha con altos y bajos. Un par de motocicletas ascendían rugiendo los motores y levantando polvo, cien metros más abajo.

–Van a saltar el puente –grité–. ¡Nos van a acribillar!

–Hay que detenerlos. No podemos avanzar, el camino está bloqueado en esa curva –dijo el Sosa señalando hacia arriba.

El ruido de las motos ya se sentía encima.

–¡Los balones de oxígeno! Hay que abrirlos y lanzarlos –grité recordando lo que pasaba en el hospital cuando se caía un cilindro abierto.

El Lamparita y el Sosa sacaron un tanque de oxígeno de la ambulancia.

Unos cien metros detrás los tipos se detuvieron. Inspeccionaban el desvencijado puente de madera.

Mis patas destaparon un balón, a duras penas lo contuvieron porque se sacudía intensamente mientras escapaba el gas. Lo soltaron hacia nuestros perseguidores. Salió disparado como un misil. En pleno puente, el balón chocó contra la primera motocicleta y derribó a su conductor. Los dos hombres que viajaban en la segunda frenaron al ver que el canal de agua arrastraba al vehículo y al herido. El cilindro siguió cuesta abajo, golpeando piedras y troncos y levantando nubes de polvo. Después de sacar a su compañero del agua, los tres se acomodaron como pudieron en la única motocicleta que les quedaba y huyeron.

El balón terminó estrellado en una puerta de zinc. Varios pavos gorgotearon con estridencia, muchos perros ladraron. El alboroto despertó a los pobladores de las casitas desperdigadas en los alrededores. Algunos campesinos se asomaron y luego comenzaron a acercarse. Al principio con temor; después, con los ojos muy abiertos, miraron nuestra ambulancia sucia y chancada, luego el cielo y otra vez el vehículo. Seguramente pensaban que solo podía haber caído del firmamento; todo lo opuesto a la ascensión de la Virgen María en cuerpo y alma. Les contamos nuestra odisea. Una pobladora nos trajo café; otra, panecitos recién horneados. Los niños nos contemplaban con la boca abierta por el asombro, y tocaban los sucios uniformes y mi bata manchada con aseptil rojo. El más grande dijo:

–¡Eso es el camuflaje para engañar a los enemigos!

–No. Su tanque de guerra está camuflado de ambulancia –concluyó una niñita descalza y en pijama.

Un poblador le ordenó a su hijo adolescente que bajara a la carretera, se subiera al primer vehículo que pasara y avisara de la emboscada en la comisaría del pueblo más cercano.

Seguro que me quedé dormido esperando a los policías rescatistas. Me desperté cuando sentí que me ajustaban una correa de camilla a la altura del pecho. Un técnico gordito con unos tupidos bigotes me dio unas palmaditas en el hombro:

–¡Tranquilo, coleguita, ya está en familia! Bienvenido al Hospital de Vitarte.

 ¡Un colega es un colega!

Alcancé a ver a mis patitas de La Oroya, en el parqueo de ambulancias, con sus uniformes impecables, sonreír y agitar las manos despidiéndome.

Una joven técnica con una amable sonrisa me dijo:

–No se preocupe, coleguita. Usted sabe que el efecto del somnífero que le inyectaron en La Oroya va a ir pasando en el transcurso de la mañana. Quizás le esté produciendo algo de sed. Cuénteme, ¿qué soñó?

jueves, 4 de junio de 2026

Llegada inesperada

Ninfa Patino Sánchez


«Jet Smart anuncia la llegada de su vuelo 7742 procedente de Buenos Aires, con escala en Lima», notificaron por el altoparlante; corrí a la puerta de salida de los vuelos internacionales, me escabullí entre las personas, arreglos florales y globos con la palabra Bienvenidos. 

Lo vi salir, con caminar pausado, apoyado en un bastón, como tratando de comunicar que cada paso recorrido representaba retazos de un pasado que iba quedando atrás.

Lo reconocí enseguida; el corte de cabello era el mismo, pero ahora completamente blanco. Unos anteojos gruesos impedían medir el tamaño y color de los ojos.  Yo me había puesto un ligero vestido de colores, como intentando convencerme de que, a pesar de los años, vivía en un prolongado verano. Algo de rubor en las mejillas y maquillaje para ocultar el abanico de arrugas ya bien instaladas en las comisuras de los ojos y de la boca. Mi cabellera recortada y plateada.  En la mano derecha tenía una rosa roja, un tanto marchita por la espera.

Me lancé al cuello y lo abracé sin esperar que hiciera lo mismo.

—¡Al fin! Parecía que este día no iba a llegar —alcancé a musitar en su oído.

—Parece mentira, han pasado tantos años —dijo con tono seguro y sin mayor emoción, aunque sus dedos, blancos de tensión sobre el pomo del bastón, decían algo que su voz prefería callar.

Conversamos todo el camino a casa sobre el vuelo. Yo iba manejando concentrada en la autopista, mientras él miraba el paisaje, comentando sobre los cambios que había tenido la ciudad con el aeropuerto nuevo.

 

Había anochecido cuando llegamos a casa; Gabriel abrió la botella de vino comprada en la zona libre de impuestos del aeropuerto. Pedí a la asistente virtual inteligente (Alexa) los clásicos de Silvio Rodríguez. Prendí unas velas, sin saber bien por qué. A las tres copas, él le pidió a Alexa que se callara. Se sacó los anteojos; mirando al vacío, dijo:

—Hoy debo contarte toda la verdad; es la deuda que tengo contigo y la razón por la que he venido. —Su rostro se ensombreció; dos lágrimas resbalaron por su mejilla, sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó la nariz. Un silencio cauto inundó el lugar.

Por la ventana se deslizaron unos hilos de agua; empezaba a lloviznar. Mientras miraba caer la tenue lluvia, mi memoria se trasladó cuatro décadas atrás.

  

Un aire semiseco, el olor a tierra y bosque y el sonido sutil de los ríos fue la primera impresión que tuve cuando llegué al Cusco. Sus rectilíneas callejuelas, silenciosos monasterios, muros que hablaban entre sí y escondían celosamente enigmáticos misterios me tenían absorta y con los ojos abiertos como lunas llenas.

Era abril de finales de los ochenta. Acababa de cumplir veintitrés años cuando conocí a Gabriel.  Fui la última en subir; el vagón iba repleto. Tres personas y yo íbamos parados. En la primera parada se bajaron los tres. De pronto sentí sobre mi hombro una mano y una voz que me susurró:

 —Ven, siéntate en el mío. —Un joven con acento argentino se había puesto de pie y me ofrecía su asiento.

 —Gracias —alcancé a decir con una sonrisa tímida.

—¿A dónde vas? —preguntó el argentino. Su voz sonaba más joven de lo que sus rasgos sugerían.

—A Machu Picchu —contesté.

—Qué coincidencia, yo también —dijo acomodándose los lentes.

La persona con la que compartía el asiento se bajó y Gabriel pudo sentarse a mi lado. Durante el viaje no hablamos; únicamente intercambiamos miradas. Me concentré en el trayecto de un interminable callejón verde. Volteé y miré al argentino; sus ojos tenían el mismo color de la pradera que se divisaba a través de la ventana. Lo miré de pies a cabeza; vestía una camiseta polo blanca y jeans de marca, olía a limpio, no tenía más de veinte años. Me cautivó su mirada: sus ojos eran dos destellos esmeraldas enmarcados en unos anteojos desmesurados para su rostro menudo de joven intelectual.
 

Cuando llegamos, quedamos los dos extasiados ante el Cerro Sagrado. Machu Picchu era como un gigante que se levantaba de un lento y prolongado reposo.  El aire era frío, dejaba un rastro mineral en la garganta. El viento descendía por las laderas y se colaba entre las ruinas, rozándonos la piel. Apoyé la palma sobre uno de los muros: la superficie era áspera, tibia por el sol, pero con grietas que retenían la humedad de la madrugada. Olía a musgo y a tierra mojada. A lo lejos, el murmullo del río se elevaba como un eco profundo; por un momento, todo parecía respirar —la montaña, las ruinas, nosotros— al unísono, con un ritmo antiguo y contenido.

Gabriel se centró en sacar las mejores tomas fotográficas; mis pupilas bailaban de un extremo a otro, como dispuestas a no perderse ni un solo detalle de aquel testimonio único de la civilización inca; pero la cercanía del argentino empezaba a perturbarme.

Cuando concluyó la excursión, compramos los pasajes juntos y regresamos al Cuzco. Durante el viaje intercambiamos direcciones, uno que otro dato de su país y yo del mío.  Al despedirnos, nos abrazamos; un beso tímido, casi infantil, quedó impregnado en mi mejilla. Algo me advirtió, sin palabras, que aquel roce no sería el último.

 

Pasaron dos años en que iban y venían cartas.  Yo le enviaba unas esquelitas perfumadas de jazmín y almizcle, con algún párrafo de uno de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda:

En ti los ríos cantan y mi alma en ellos huye.

Como tú lo desees y hacia donde tú quieras.

Márcame mi camino en tu arco de esperanza.

Y soltaré en delirio mi bandada de flechas. 

A cambio, él me enviaba las letras de alguna canción de Silvio Rodríguez y un fragmento poético de Benedetti. Pasaba releyendo todo el día. Por la noche, me dormía con su rostro en la mente y con Óleo de mujer con sombrero resonando en mis oídos.

La comunicación se volvió fluida; cada carta recibida era contestada de inmediato. Mi corazón latía como el de una adolescente enamorada. Quería volar; teletransportarme adonde él estaba; debía hacer algo para apaciguar ese ímpetu cardiaco.   

 

Me había graduado y estaba trabajando como asistente de cátedra en la universidad, cuando un día recibí una invitación para presentar una ponencia en el foro sobre Etnología de las Américas, en Mendoza. No dudé ni un segundo en contestar y aceptar la invitación. Junté algunos sucres para alargar el pasaje hasta Buenos Aires, pensando que sería una bella e inesperada sorpresa. Después entendí que de bella no tenía nada, pero sí de inesperada.

Terminó el evento y emprendí mi éxodo en autobús hasta Buenos Aires; un frío gélido me acompañó durante la travesía por la cordillera.  Llevaba conmigo, envueltas en un pañuelo bordado y perfumado en agua de rosas y jazmín, las cartas que me había escrito y los poemas de Benedetti. Sus ojos color pradera habían quedado impregnados en mi memoria.

Ya en Buenos Aires, busqué su dirección. La tenía en una libreta guardada celosamente junto a los sucres que iban quedando: «calle Maure, barrio de Las Cañitas». Cuando llegué, quedé mirando el lugar; una vía empedrada y árboles que producían una fresca sombra y un elegante aroma residencial parecían advertirme que estaba en el lugar equivocado. Me puse ansiosa, volví a mirar la libreta; era la misma dirección, no había error.

Mi cuerpo empezó a trepidar. No sabía si por la debilidad —por no haberme alimentado bien durante el viaje—, por los nervios o por las dos cosas. Alcancé a timbrar; salió un muchacho de mediana estatura con un rostro enojado; me quedó mirando de pies a cabeza. Imagino que mi presencia, después de algunos días de viaje en bus y con alimentación precaria, le pareció sospechosa.

—¿Qué quieres? —preguntó, con total desparpajo.

—Busco a Gab… —No me dejó terminar.

—Él no está —dijo y me tiró la puerta en la cara.

Salí de la casa y del elegante barrio y empecé a deambular por las calles de una capital bulliciosa. Las personas caminaban aceleradamente, como si huyeran de alguna amenaza; hablaban entre sí; esas voces parecían advertirme que estaba en peligro y que debía escapar con ellos.

Atardecía; nubes oscuras y pesadas anunciaban una tormenta. Yo no sabía qué hacer ni a dónde ir; volví a la libreta, allí estaba el número telefónico, busqué una cabina, mis dedos no dejaban de temblar; después de varios intentos logré marcar; enseguida alguien contestó:

 —¡Aló! ¿Está Gabriel? —dije con voz firme.

—Sí, soy Gabriel. —Un silencio prolongado seguido de algo que parecía un forcejeo se escuchó al otro lado.

—¿Qué pasa, por qué no hablas? —pregunté levantando la voz.

—¡No puedo, no puedo! Estoy esperando familia y… —No alcanzó a terminar la frase.

Se escuchó un llanto amargo al otro lado del aparato y se cortó la comunicación.

Me quedé durante algunos segundos con el auricular en mi oído. Estaba en shock. El aire dejó por unos segundos de circular por mi cuerpo. Solté el teléfono, pero continuaba escuchando, como un eco, la frase que parecía más que una noticia, una sentencia mortal: Estoy esperando familia, estoy esperando familia, estoy esperando familia…

Me senté en el filo de la vereda; allí permanecí algunos minutos. Sentí un mareo y me desplomé. Cuando abrí los ojos, una mujer me sostenía por los hombros y me preguntaba si podía levantarme. 

No recuerdo cómo llegué al hostal; solo el olor agrio de la habitación, la luz amarillenta del foco y mi cuerpo tendido en una cama desconocida. 

Pasé dos días mirando el techo sin reaccionar. Era como si me hubiesen reiniciado el cerebro.


Regresé a Ecuador; estaba tan delgada que, al acostarme, podía sentir cómo mis caderas se clavaban en el colchón. Perdí el trabajo; fui a vivir en casa de uno de mis hermanos. Mi proceso de sanación fue complicado; acudí a diversas terapias sin mayores resultados hasta que me recomendaron hacer un viaje mágico de ayahuasca, experiencia que resultó curativa y eficaz.

Volví a la normalidad, conseguí un nuevo trabajo y me inscribí en un curso sobre saberes ancestrales que acababa de inaugurar la Universidad Intercultural Sacha Wuasi (UISH).

Pasaron los años. Me casé con un uruguayo, tuvimos un hijo, Francisco José, que nació en Montevideo. Regresamos a Ecuador luego de varios años. No tuve dificultad en encontrar trabajo. Una fundación ecológica me contrató para una consultoría en convenio con la UISH.

El padre de mi hijo había fallecido; fueron tiempos de un duelo profundo y doloroso. Mi vida giraba en torno a Francisco José, que atravesaba una complicada adolescencia.

 

Un lunes por la mañana, mientras estaba en la reunión de planificación semanal, recibo una llamada telefónica:

 —Aló, ¿Angélica Santana?

—Sí, la misma.

—Soy Juanita Montesinos, ¿me recuerdas? Fuimos compañeras en la Facultad de Etnología. ¿Sabes? Conocí a un argentino hace un año; ahora es mi esposo.  Él me ha contado sobre la historia de un amigo suyo, que hace mucho tiempo conoció a una ecuatoriana y parece que algo pasó en su vida que no logró concretar la relación con ella.  La ha buscado por años y de todas las formas, sin suerte.  Me preguntó si te conocía, le dije que sí, así que me pidió tus coordenadas; si me autorizas, puedo proporcionárselas para que se lo pase a su amigo, que al parecer le dará mucha alegría al fin encontrarte.

 —Hola, Juanita, claro que me acuerdo de ti. Lo que no me acuerdo es del argentino que mencionas; pero sí, puedes darle mi contacto.

Gabriel logró contactarse conmigo. Cuando escuché su voz, no me produjo ninguna emoción. Era como si escuchara hablar por primera vez a alguien que necesitaba información técnica a la que no podía negarme. 

Empezamos a conversar. Nos pusimos al tanto de nuestras vidas. Durante los años siguientes, como si la historia se repitiera con otros medios, volvieron a circular mensajes. Esta vez no eran cartas perfumadas, sino correos electrónicos y conversaciones nocturnas por Messenger. Gabriel escribía largas explicaciones, pedía perdón por no haberme buscado antes y repetía una frase que empezó a inquietarme: 

«Hay algo que debo decirte mirándote a los ojos».

Así, cada año que pasaba planificaba un viaje a Ecuador, pero siempre algo fallaba; luego vino la pandemia de covid-19 y la pospandemia. Con el tiempo se diluyó la intención de probables visitas. Había una reacción kármica, o juegos del destino, que impedían un posible reencuentro.

Un sábado de abril por la mañana, mientras esperaba que hirviera la cafetera, mis ojos se dirigieron al refrigerador donde tenía pegados algunos imanes; uno de ellos era del Perú (con la 'P' escrita en forma de espiral o trazo continuo de color rojo). Quedé mirando e intentando recordar algo, pero mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del celular —que se confundía con el silbido de la tetera—, anunciando un mensaje por WhatsApp. Era de Gabriel, que me enviaba la captura de un boleto de avión.

 

Mi mente volvió a Gabriel cuando dejó el pañuelo sobre la mesa.  La lluvia golpeaba ahora con más fuerza contra la ventana. Ya no se puso los lentes. Me miró por primera vez sin esconderse y dijo:

—Aquel día, en Buenos Aires, no solo estaba esperando un hijo, sino que me había casado. Mi hijo se llama como el tuyo, Francisco José. A los dos años nació Camila, mi segunda hija. Al año de su nacimiento me detectaron un tumor en el cerebro. La operación fue complicada, como complicada se volvió mi relación con la madre de mis hijos, y terminamos divorciándonos. Los niños se fueron con ella a vivir en Santiago de Chile. Por mi trabajo, como biólogo, fui a vivir a Punta Perdices. Allí encontré la calma y las fuerzas para empezar a buscarte.

Tragó una bocanada de aire, tomó el pañuelo de la mesa y volvió a sonarse la nariz.


Observé la imagen en el celular. Gabriel llegaba el domingo a Quito. No sentí la alegría que habría imaginado a los veintitrés años, sino una calma extraña. Intuí entonces que la llegada inesperada no era la suya, sino la de una verdad que llevaba cuatro décadas buscándome.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Morelia Azán, toda la vida

Moisés Panduro Coral


—Biología molecular, al fondo, a la izquierda, el número tres, señora —le indica a la dama el vigilante de camisa celeste y corbata gris del laboratorio Bioneth.

Morelia Azán camina sin apuro por el pasadizo de porcelanato. La ancha vincha blanca que sujeta su cabello teñido de rubio, hace juego con la playera, el pantalón buzo y las valerinas que lleva puestas.

Las hojas de vidrio de la puerta número tres emiten un leve zumbido y se corren hacia los costados en cuanto captan su calor.

La joven que la recibe la invita a llenar una declaración jurada. «Sólo hay que poner nombre y apellidos, la fecha y la firma, pero lea los términos, por favor»,

Puro trámite. Nombre, apellidos, fecha, pero la firma…

«¡Ah, la bendita firma!». Desde hace un año, trazar el garabato de su apellido paterno hace que los finos vellos de su piel se levanten. Quería cambiarla, pero no: El triángulo en forma de A con la que empieza y la N con la que termina como si fuera una ola de mar extendida en la playa, fluyen de forma natural.

El interior del laboratorio huele a disolvente aséptico. «Este sillón es de primer mundo. Vale la pena hacer el gasto».

«¿Estamos listos?», le pregunta sonriente la laboratorista, mientras va preparando una bandeja de aluminio con frascos, jeringas, ligaduras, algodón y alcohol.

Con sus brazos descansando sobre las almohadillas blancas del sillón clínico, Morelia recuerda la tarde en que ella y Angelina, su madre, limpiaban y ordenaban la salita de su modesta vivienda. Se encontraba a mitad de la escalera engrampando unos adornos a la pared, cuando el ruido seco de un frasco haciéndose añicos hizo que volteara su mirada hacia una esquina.

Bajó de un brinco y corrió hacia allí. Angelina yacía en el piso, con la mirada confusa y la palma de la mano derecha semiabierta. Cerca de sus pies se hallaban los fragmentos del recipiente de vidrio que, unos segundos antes, contenía una combinación de doce flores de lavanda, cuyo aroma ya se sentía en el ambiente.

«¡Mamá! ¡Mamá!»

De la boca de Angelina no volvió a salir ninguna palabra.

Una semana más tarde, en el hospital, el neurólogo informó a Morelia que ya nada sería igual en su familia. Tendría que acomodar su tiempo y sobrellevar la discapacidad, el silencio y la desmemoria irreversibles que envolverían el resto de la vida de su madre.

Ella tenía un trabajo, sí, pero su sueldo alcanzaba apenas para el pago de los servicios y la manutención de su madre y su único hijo, todavía estudiante universitario. Angelina tuvo ingresos hasta que, joven aún, fue despedida por las hijas del dueño de la constructora donde laboraba. Su padre, Estuardo, había fallecido a poco de jubilarse. ¿Cómo iba a atender las necesidades derivadas de la nueva situación?

¡Eran tantas cosas las que la abrumaban! Hasta que, un día, por casualidad, encontró un haz de luz en el sótano de su desvencijada casa, y decidió iniciar una demanda.

La mano de la laboratorista posándose en su brazo la saca de sus recuerdos. Se relaja. Total, no se necesitan más que unos cuantos microlitros de sangre para obtener el ticket de entrada a una nueva vida. «Aquí vamos, Morelia». Cierra los ojos cuando siente la primera punción en su vena. «Para demandas de paternidad, las pruebas de sangre son las más seguras», le había dicho su abogado.

 

 

En una exclusiva residencia del distrito de Los Florales, la mucama recibe un documento con el nombre y apellidos del patriarca de la familia. Este, a pesar de sus noventa y cinco años, goza de la suficiente soltura y lucidez para abrir el sobre y revisar su contenido. Desde el mullido sofá donde está tendido estira la mano hacia la mesita rodante que tiene a su costado. De todas maneras, necesita de sus lentes para lidiar con esas odiosas letrillas del escrito jurídico.

Umberto Ossorio es un anciano afortunado. Su familia ha crecido en integrantes, en posición social, en capital y en patrimonio.

Su carrera se vistió de éxito cuando era un joven ingeniero. Su empresa había logrado hacerse de varios contratos de obras en el gobierno de su gran amigo, ni más, ni menos que el presidente de la república. Se le abrieron las puertas de palacios y de clubes exclusivos donde la alta sociedad degustaba causas criollas, lomitos saltados y suspiros limeños. Brindaba con champaña del noreste de Francia y con pisco sour del valle del Sama, a la par que cerraba suculentos negocios.

Lo más cimero de aquella época era conquistar a alguna integrante de la socialité para coronarla ante el altar y adueñarse de su cuerpo entre las sábanas de lujosas habitaciones con paredes de mármol e inmensas arañas doradas colgadas del cielo raso.

Fue así que se embarcó en un feliz matrimonio que años más tarde, por obra y gracia de la genética, le concedió el título de chancletero entre sus amigos. Buscando un príncipe para su linaje, procreó cuatro hijas cuyos primeros nombres hacían referencia a su devoción por la Virgen María.

De rato en rato, todavía tendido en el sofá, se le escucha refunfuñar. Cuando llega al final del documento, se queda en un silencio prolongado. Su mirada se concentra en un cuadro imponente que tiene al frente suyo, donde él, su esposa, sus cuatro Marías y su Gino Alessandro, posan sonrientes y alborozados. «Mis cuatro herederas, mi quinto…». Tose tres, cuatro, cinco veces. Acude, atenta, la mucama.

«Llama a mi hijo, necesito hablar urgente con él», ordena, quitándose los lentes.

 

 

Varias décadas atrás, Angelina llegaba a una suntuosa oficina del centro de Lima. Vestía de manera conservadora, formal, con traje de sastre: falda negra, blusa de manga rosada impecable, blazer negro, y zapatos negros cerrados, con taco aguja.

Una asistente la anunció con el gerente. «Buenas tardes, señor Ossorio», saludó con cortesía. Él la invitó a tomar asiento en el sofá contiguo a su escritorio. Ella se sentó con la columna erguida sin tocar completamente el respaldo, con las piernas y rodillas inclinadas hacia el lado derecho y las manos descansando sobre su regazo, una sobre otra. Alisó suavemente su falda para evitar que se arrugara.

—¿Cuál es su nombre, por favor?

—Angelina Romero Apaza, señor.

—¿Cómo se enteró de esta oportunidad de trabajo?

—Por el aviso clasificado en “La Prensa”, señor.

—Según su currículum tiene veintidós años ¿Tiene experiencia laboral?

—Como secretaria en la empresa “Cora Construcciones”, señor. Laboré dos años.

—¿Casada?

—Efectivamente, señor.

Angelina fue la ventana abierta por la que escapó el otro lado de su ser. Su cabello liso con corte a la altura del hombro, su tez blanca, sus pestañas largas y cejas delineadas, sus labios carnosos y su sugerente sonrisa, le daban un aire a Ava Gardner interpretando “Venus era mujer” en la década de los cincuenta.

Ella llegó como llega un remolino de río: silencioso, veloz y envolvente. Una espiral de agua que te atrapa, te hunde y te estrella en las piedras de su lecho. Sin proponérselo, el departamento de recursos humanos había puesto a su alcance un fruto prohibido. Y él estaba dispuesto a tomarlo.

La oportunidad llegó la fecha en que su empresa celebró su aniversario. Mientras Sally, su esposa, ponía puntuaciones al porte, la elegancia, la beldad, la elocuencia, el carisma y la autenticidad de veinte jóvenes candidatas en un certamen de belleza en Miami Beach, en el sureste de los Estados Unidos de Norteamérica; Umberto Ossorio se deleitaba con la alta puntuación de los encantos de su secretaria en un centro de recreación de las afueras de Lima.

La Angelina de la fiesta no era la de la oficina. Ella había notado las reiteradas veces que su jefe se empeñó en agradarle. Y esa tarde, el licor y la algarabía del ambiente confabularon para derribar la débil compuerta que contenía su recato de mujer casada. Comparaba cada palabra, gesto o atención del empresario millonario con el trato rutinario de Estuardo, su esposo, un empleado público cuya única riqueza era la casa de adobe que heredó de sus padres en Chaclacayo.

Ella valía más. Tenía que aspirar a más. ¿Por qué no? Empezó a imaginarse una vida de boato, con viajes, playas, recepciones y brindis de la mano de Umberto Ossorio. Sabía cómo seducirlo. Una mirada intensa y exquisita, un mohín que nadie más que él pudiera notar, un roce fino y calculado de sus pechos contra su esternón, el compás cadencioso de sus caderas.

Y es que los hombres, más allá de sus devociones, sus credos y lealtades, son un océano de hormonas dispuestos a levantar olas, las más altas, si fuera necesario, para romper cualquier canon que pretenda poner orillas a su impulso adánico.

Cerca de las ocho de la noche, Ossorio se ofreció a llevarla. En el trayecto, vio cómo su jefe dirigía ansioso su mirada hacia los lados de la pista. Redujo la velocidad cuando distinguió el letrero luminoso que buscaba. Ella le asió del brazo suavemente, no para impedir la desviación del carro sino para asegurarse de que lo dirigiera hacia la entrada de la cochera del motel.

«Fue el comienzo de la historia…». Un suspiro profundo brota de la respiración del nonagenario al recordarla.

 

 

En la cena, Umberto Ossorio está a punto de llevar a su boca el primer trozo de merluza a la plancha que, acompañado de patatas con mantequilla doradas al horno, le sirvieron. Su médico le ha recomendado comer proteínas de fácil absorción.

La vibración del celular que tiene a su lado lo interrumpe.

—¡Hola, papá, buenas noches!

—Gino, querido hijo, buenas tardes, ¿estás en Lima?

—Acabo de llegar, estaba en vuelo, papá. No pude contestarte.

—Necesito hablar contigo urgente, aquí en la casa, ahora mismo —dice, con voz grave.

Gino Alessandro Ossorio fue el quinto, el último hijo con su esposa. Vivió la niñez y la adolescencia rodeado por el cariño de su madre y sus cuatro hermanas. Al salir del Markham College, lo enviaron a estudiar derecho en la Universidad Complutense de Madrid, pero había un problema: Montesquieu le interesaba mucho menos que Van Gogh. Los colores, las formas y las texturas pudieron más que los libros de leyes. Terminó en la Facultad de Bellas Artes de Valencia.

Sus obras, pletóricas de vida, se exhiben en las mejores exposiciones del mundo, por lo que no es extraño que un día esté en París, al día siguiente en Roma y, antes del fin de semana, en Nueva York. Su intención estética íntimamente ligada a sus vivencias, le permiten imaginar escenas, paisajes, contextos, retratos que apresan el fino gusto de sus admiradores.

Lo que nunca pudo imaginar fue que su propia vida había jugado a las escondidas con la vida de otro ser de su misma sangre que se nutrió de una placenta diferente a la que le alimentó a él. La pasión, la libido y la genética juegan, a veces, con un cubilete y cinco dados sobre la mesa del destino.  

Solía tener largas tertulias con su padre. Sentía haberle fallado. Cuando Umberto Ossorio dejó la empresa constructora en manos de sus hijas y se involucró con éxito en la política, la esperanza de sucesión tenía su nombre. El patriarca soñaba con su vástago siendo un hombre de derecho. De derecho y de derecha. En lugar de eso, le salió un genio del lienzo que hacía mucho dinero con la mixtura hedonística del ser humano.

Acostumbrado a su hablar pausado, Gino Alessandro había notado esa noche una cierta ansiedad en la voz de su padre, por lo que enrumbó apurado hacia Los Florales.

Luego de cenar, Umberto Ossorio se relaja revisando un álbum familiar. Se detiene en una foto donde Sally posa feliz en su quinto embarazo, acostada sobre el verde prado de una finca. «Angelina dio a luz un mes antes…», recuerda. Cerca de él, su mastín tibetano, Norbu, reposa en una alfombra de gel frío.

Gino Alessandro, no tardará en llegar.

 

 

—¡Listo, ya está! —dice la laboratorista colocando un esparadrapo sobre un trocito de algodón medicado que cubre el punto sanguinolento del brazo de Morelia. —Repose unos minutos —agrega, indicándole una camilla.

Se sentía reconfortada. «Eres Morelia Azán, pero también la hija de alguien que decidió esconderte», se dijo a sí misma.

Poco después de que cumpliera sus dieciocho años, Angelina la llevó a un palacio colmado de gente. Se quedó extasiada. Desde los antiguos balcones orlados de rojo y blanco bajaba una ovación cerrada cada vez que alguien era llamado para poner la mano sobre una biblia y pronunciar: «¡Sí juro!» frente a un crucifijo. Morelia sentía el calor de los cuerpos, el roce de las telas elegantes y el eco de los aplausos rebotando en el hemiciclo. 

Alrededor del cuello les colocaban una cinta rojiblanca en cuyo extremo colgaba un brillante medallón que el juramentado lucía con orgullo a la altura del corazón. Los aplausos, los vítores, las felicitaciones, no cesaban.

A Morelia la invadió la jactancia de saber que el hombre que se fotografiaba con su esposa, cuatro chicas estilizadas, y un jovencito de cabello abundante y desordenado, más o menos de la misma edad que ella, fuera un conocido de su familia. Esa jactancia creció cuando, desligándose por un momento de los suyos, el senador Ossorio se acercó a saludarlas. Tenía que comentar ese suceso con sus amigas.

Días más tarde, por indicación de su madre, llevó un folder de manila con sus datos a la oficina de personal del Parlamento. «Sí que es un buen amigo de mamá», pensó, al momento de recoger su fotocheck en la ventanilla.

Por el rabillo del ojo ve que la laboratorista viene hacia ella.

—Si lo considera, puede incorporarse ya, señora Azán. En cinco días podrá recoger los resultados.

 

 

El bus naranja avanza como una tortuga por la avenida de mayor tráfico en el centro de Lima. Transitarla a las seis de la tarde requiere de una paciencia de Job. El endemoniado embotellamiento, el terrible vaho de la quema de hidrocarburo, y el olor a sudor y humo de los tapices que cubren las espumas de poliuretano, son disgustos que deben soportar a diario quienes no tienen un auto propio.

En la esquina de la plaza Bolívar, el semáforo en rojo detiene el vetusto vehículo abarrotado de gente. Morelia va reposada en un asiento posterior. No puede evitar una mirada nostálgica al antiguo palacio del Congreso.

«Treintaicinco... No, no, son más… Ya son cuarenta años que entré aquí por primera vez».

Sonríe al recordar que sus compañeros creían que tenía un romance con el senador. En los dos primeros meses, el poderoso político visitaba su oficina con algún pretexto para preguntar por ella y su madre. «¿Es empatía por nosotras? ¿Estará enamorado de mí? ... Te alocas ya, Morelia. No, qué va, es un señor de edad con una linda familia. Lo que pasa es que quiere asegurarse de que ha hecho una buena recomendación».

Pero esa carta que encontró hace unos meses en un baúl de cuero empolvado, lo cuenta todo.

Un sentimiento de rabia y tristeza se apodera de ella. «¿Cómo pudieron engañar de esa manera tan desalmada a mi papá Estuardo? Aunque, bueno, no fue mi papá… o, mejor dicho, sí fue mi papá. No soy su sangre, pero soy su afecto, su hechura». El semáforo cambia a verde.

Estuardo era delgado, mestizo y medio tristón. Un empleado público abstraído en sus informes, en el respeto de su horario laboral y en el cuidado de Morelia. Amaba a Angelina. Para él, su mujer era la eficiente secretaria de una renombrada constructora que llegaba tarde a casa porque su exigente trabajo demandaba de ella tiempo extra. «Pobrecita ella, pocas veces tiene el privilegio de estar con nuestra niña».

Y el señor Ossorio era un hombre bondadoso que entendió el estado de su mujer. Le dio permisos, le pagó bonos y cubrió los gastos del parto en una clínica privada. «Buena gente el hombre hasta que se le ocurrió meterse en política y entregar a sus hijas el mando de la empresa… Y ellas, lo primero que hicieron es despedir a Angelina ¡Qué injusticia!».

Su vida rutinaria se alteró cuando nació Morelia. Vinieron los pañales, las corridas al hospital, el jardín de la infancia, la escuela y el colegio público, y, luego, el trabajo a tan temprana edad. Estaba orgulloso de ella.

Un fibroma venía consumiendo su pulmón derecho a poco de jubilarse. Partió en un amanecer sereno, sin saber que la bebé de piel rosadita que le acariciaba el rostro no germinó en su dormitorio sino en la oficina alfombrada de una empresa constructora.

«Mejor que no lo supiera. Hubiera sufrido mucho más de lo que ya sufría. A nadie le hace feliz saber que le han traicionado», se consuela Morelia.

—Ya le di sus pastillas a mi abuelita Angelina.  ¿Cómo te fue hoy, mamá? —la recibe su hijo.

—Bien, cariño. Vamos bien.

Morelia deja su cartera sobre su cama. Ha sido un día largo. Se cambia de polera y se pone unas sandalias. Camina hacia la habitación de Angelina. Entreabre la puerta con cuidado y la ve sumida en un profundo sueño.

«Ay, mamá. No sé lo que te diría si pudiéramos hablar. Tú ya estabas casada con mi papá cuando te entregaste a Umberto Ossorio».

 

 

El sol se levanta sobre la vieja casa de Morelia en Chaclacayo. Nada ha cambiado desde que Estuardo y Angelina la ocuparon. Allí sigue con sus adobes, su piso a medio pulir, su techo de aluminio, su tosco camino de piedras, la impávida mirada del cerro cercano, la sombra de los molles, acacias y eucaliptos que la rodean.

A esa misma hora, un anciano ingresa al laboratorio tomado del brazo de su hijo. El hombre de artes tiene la presión arterial algo elevada. Le preocupa la salud de su padre. «No tienes salida, papá, tu abogado y el mío dicen que es mejor cumplir con la prueba de paternidad. Hay que llevar el tema en silencio».

A Gino Alessandro no le preocupa tanto la partición de bienes y caudales que podría darse. Lo que da vueltas en su cabeza y acelera su pulso es ese apéndice filial que tendría que anexarse a la biografía de su padre. ¡Y ni contar la reacción de sus cuatro hermanas!

Morelia se despereza en su cama. Extrae la carta que está dentro de un sobre de manila. De tanto leerla ya la sabe de memoria, pero una vez más dirige su vista hacia esas líneas que pretendieron ocultarla por cincuenta y ocho años: «Soy un hombre público. Haría un grave daño a mi imagen que se sepa que soy el padre de Morelia».

En el laboratorio, la encargada de las muestras hace su mejor esfuerzo para encontrar una vena robusta debajo de la piel matizada de lentigos del anciano.

En Chaclacayo, las tortillas de espinacas del desayuno dietético que Morelia está preparando para Angelina, van adquiriendo, al ritmo del fuego, su típico color pardo verduzco.

«Seré su quinta heredera, señor Ossorio. Tal vez cambie mi apellido, pero jamás cambiaré mi firma, ni mi ser, ni mi identidad. Seré Morelia Azán toda la vida».