Moisés Panduro
La organización Cornudos de Santa Bárbara (CSB) contaba con sede propia,
estatutos registrados ante el gobierno provincial y reconocimiento oficial de
la alcaldía. De hecho, gozaba de un merecido prestigio en la vida pública
santabarbarense por su labor integradora, altruista y redentora.
Desde hacía once años, los infortunados que atravesaban la amarga
experiencia de la infidelidad encontraban allí una mano generosa que los
ayudaba a transitar los tormentosos senderos de la decepción, la amargura, la soledad
y el dolor; causados por los devaneos de las hijas de Eva.
Su líder era el gran maestro Enderson Loja, quien fundó la organización tras
superar el remezón que sufrió al descubrir a su mujer
haciendo el amor con su compadre.
Una tarde cualquiera, Enderson realizaba unas soldaduras complejas en el
astillero de río Grande, aguas abajo de Santa Bárbara. El sonido de las sierras
eléctricas cortando metales se mezclaba con el olor fétido del barro del muelle
mientras los ferris empezaban a encender sus luces antes de la lluvia.
Cerca de las cinco recibió una videollamada.
—Hola, mi reyecito. ¿A qué hora
retornas? —preguntó su mujer con dulzura infinita.
—Mi reina, lamento decirte que no
retornaré hoy a casa. Quieren estas estructuras para mañana a primera hora. Tendré
que trabajar toda la noche.
—Bebecito, no me hagas eso, por
favor —suplicó.
Enderson se dio cuenta de que su
mujer miraba los alrededores del muelle con acuciosidad. «Pobrecita, está
celosa, quiere asegurarse de que estoy en el trabajo», se dijo. Así que hizo un
paneo lento para que ella pueda visualizar mejor el lugar.
—Cariño, te pido comprender mi
trabajo, serán unas horas nada más, luego tomaré el primer ferri que salga a
Santa Bárbara y estaré contigo a la hora del desayuno.
—Compréndeme tú, mi peluchito, yo
te extraño así sea media hora que no estés conmigo en la cama —gimió, al borde
del llanto.
«La traigo loca. Una noche que no duerma
conmigo y se quiere morir», murmuró Enderson, halagado por el tamaño del amor
de su mujer.
A unos minutos de la videollamada,
su jefe llegó molesto al astillero y ordenó suspender el trabajo. Había tenido un
desacuerdo con el contratante.
Miró su reloj y se dio cuenta de que
estaba a tiempo de retornar. El último ferri del día con destino a Santa Bárbara
salía a las seis de la tarde. Decidió no avisar a su mujer. «Quiero sorprenderla
y gozar con su carita de felicidad cuando me vea llegar. Seguro que se lanzará
a mi cuello, me abrazará con sus piernas y me susurrará excitada que vayamos a
la cama, que quiere su postre», sonrió con malicia.
Tres horas más tarde, Enderson abrió
la puerta de su casa, prendió la luz y recibió un mazazo: ahí desnuda,
retorciéndose en la nueva cheslón de la sala, profiriendo grititos lujuriosos y
con los pies apuntando al techo, su mujer se deleitaba con el postre de otro
repostero.
Sintió que un rayo partía su pecho.
Su corazón se detuvo. Se quedó sin aire, pero, en medio del nubarrón que cubrió
su mente, una pizca de decoro le hizo entender que ahí no tenía sitio nunca
más: otro pájaro cantaba ya en su nido de amor. No reclamó, no discutió, no
lloró. Acababa de morir en vida. Tomó lo que cabía en una mochila: un par de jeans, zapatillas, unos
cuantos calzoncillos y polos camiseros.
Dicen
que cuando un amor muere por traición, lo que duele no es la muerte sino el
duelo. Los recuerdos atormentan el alma sin clemencia, los sueños truncados arrasan
con la fe. Un engaño echa montañas de tierra encima de lo que fuiste o creíste
ser.
Durante
las semanas siguientes, Enderson dejó de comer y comenzó a faltar al trabajo.
El dueño del astillero terminó por prescindir de sus servicios.
«Encontrarla ahí, amontonada con mi
compadre, me dejó en estado de shock. Recién iba a pagar la primera
cuota de la cheslón y ella ya la había estrenado», contaba a sus pocos amigos,
mientras deambulaba, penitente, cargando su frustración y vergüenza.
Un día, cuando apenas tres monedas
se movían en su bolsillo, decidió desaparecer de la bulliciosa ciudad y refugiarse
en la chacra que una tía materna tenía establecida en la margen derecha de un
pequeño río, tributario del río Grande.
Pasó un año. Hacía labores en la
chacra, pero se mantenía ido, parco, apenas pasaba la comida. Al ver que seguía
consumiéndose en su infierno de sombra y silencio, su tía consultó a unas amigas.
«Ese es mal de aire, lo que tu sobrino necesita es que le saquen ese mal aire,
y eso solo hacen los brujos, doña Chabuquita. Por aquí hay uno buenazo».
El siguiente sábado, al atardecer, Enderson,
su tía y un primo, tomaron una canoa y bajaron hasta una entrada en la orilla derecha
del pequeño río. Desde allí, caminaron hacia una cabaña enclavada en la profundidad
del bosque por cuyo techo emergía un espeso humo que se mezclaba con la neblina
de la lluvia de la tarde.
La casa de Noé Arcentales tenía una
cubierta circular de hojas de palma y se elevaba dos metros por encima del
suelo sostenido sobre columnas de madera. Las paredes y el piso también eran de
madera aserrada. Por una corta escalera se ascendía a un amplio espacio que
hacía de sala de espera.
Al lado izquierdo, un pasadizo
llevaba hacia la parte posterior de la cabaña donde había mesas, sillas,
armarios y tres cocinas de leña dispuestas en hilera. Ahí preparaban y se
servían sus alimentos las familias que acompañaban a sus parientes. Al lado derecho,
otro pasadizo conducía a cinco dormitorios. Entre ambos pasadizos había tres
recintos. El primero era un consultorio con un aroma penetrante de herbario. El
siguiente, al que se accedía pasando una densa cortina hecha con escamas de paiche,
huesos de animales, frutas y semillas secas de la floresta, era la sala de
tratamiento. Y en el último había hamacas y colchones duros para el reposo de
pacientes.
Esa noche, en su consultorio, alumbrado
por mecheros, el doctor en ciencias arcanas le pidió que no se guardara nada,
que «vomitara todo». Cada hecho, recuerdo o mención que Enderson desembuchaba
recibía un largo «Uh-hum» comprensivo de Noé Arcentales.
Cerca de la medianoche, el brujo ya
tenía su diagnóstico: «Trastorno córnico crónico, ese es el mal de tu sobrino».
Mientras su tía recibía indicaciones, un ayudante guio a Enderson a la sala de tratamiento donde el doctor le dio a beber un brebaje preparado con la esencia de una liana silvestre. Cuando Enderson empezó a sacudirse como si tuviera escalofrío, Noé Arcentales le indicó que se tendiera boca arriba en el centro de un círculo trazado con una sustancia de color bermellón de olor fuerte, acre y terroso.
El brujo se sentó a su lado, y por un par de horas se mantuvo soplando sobre su cabeza y su pecho el humo abundante y espeso de un inacabable cigarro mapacho, a la vez que vocalizaba cánticos en un lenguaje inentendible.
Cerca de las tres de la mañana,
Enderson vomitó una copiosa y flemosa sustancia parduzca. Literalmente, botó sus
vísceras hasta quedar exhausto.
Al cabo de seis sesiones, el desdichado
recuperó sus ganas de vivir, aunque ya no era el tipo jovial, dicharachero y
pícaro que creció en un barrio urbano de Santa Bárbara. Ahora era un hombre de
pocas palabras, pragmático, reflexivo, afable. La barba que le había crecido consolidaba
su nueva apariencia.
Una tarde, sentado en una vieja
silla de madera en el porche de la casa de su tía, mirando las copas de los
árboles y bebiendo cerveza, escuchó en la radio el relato de otro engañado
repitiendo entre lágrimas una historia casi idéntica a la suya.
Dejó el vaso sobre la mesa, se
levantó y caminó por el patio, despacio. «Si Adán descuidó a Eva dos minutos y ella pecó, cómo una hija suya no iba a
pecar contra mí, un simple mortal que trabajaba doce horas seguidas».
Se detuvo un instante, miró hacia el
cielo. A su memoria vino la figura de un esposo fiel, cortés y
amoroso, encima de futbolista guapo, famoso y con plata a montones que fue
víctima de infidelidad. Apoyó
su barbilla en la mano, descansando el codo derecho sobre su puño izquierdo. «Es
el mismo patrón», pensó.
Un shansho graznó en una
rama. En su cerebro se hizo la luz. Entendió que su tragedia no era individual,
sino colectiva. Retornó al porche. Se sirvió un vaso más.
«La infidelidad femenina es natural, inexorable, está atrapada en los genes,
pero tiene compuertas. Siendo así, toda acción debería centrarse en la
mitigación de sus causas, y toda sanación en la adaptación a sus efectos», concluyó.
Fue, entonces, que Enderson resolvió
retornar. Tenía una idea fija.
Santa Bárbara seguía siendo la ciudad jaranera de siempre, pese a que sus primeros habitantes tuvieron el santoral en la mano cuando la fundaron. Si hubieran tomado en cuenta la geografía le habrían puesto de nombre: Entreríos por los tres ríos que escoltaban su silueta espigada y caderona.
El clima tropical no ayudaba al
propósito de sus fundadores. Los santabarbarenses eran amigueros, divertidos y juergueros.
Las mujeres, en cambio, eran recatadas y tenían fama de fieles, pero algo había
estado afectando su comportamiento desde hacía unos quince años.
Enderson consiguió que un amigo le
diera hospicio. Investigó casos, contactó con otros engañados, elaboró un padrón
y un directorio, definió una agenda, los reunió y los organizó en células de resistencia.
Y así, entre propuestas de ayuda mutua y arengas contra la infidelidad, surgió Cornudos
de Santa Bárbara. Su bandera flameaba en las más bravas trincheras de la
masculinidad santabarbarense.
Las asambleas presenciales y
virtuales eran masivas. Su popularidad crecía como espuma. El acompañamiento
redentor y la obra de bien a favor del mundo córnico eran premiados con un militante
caudal de pulgares hacia arriba.
Enderson Loja era el líder indiscutible, un gurú salido del bosque, mahatma
de la liberación del engañado. El estatuto de CSB obligaba a la renovación de
su cuadro directivo cada año, pero eso importaba poco: sus seguidores le
forzaban a reelegirse. Ese año iba ya por su décimo primer periodo consecutivo.
El prestigio de CSB había traspasado fronteras. En su galería de socios
honorarios figuraban, entre otros: Charles Bergham, príncipe de un antiguo
imperio europeo que se comprometió a financiar la organización con un apreciable
torrente de libras esterlinas, luego de ganar el divorcio a su esposa que tempranamente
había sacado los pies del plato.
Por si fuera poco, Tetinho Leite, una leyenda del fútbol mundial que tuvo
que reinventarse para entender por qué su amada prefirió el palo de béisbol de
su nuevo novio y no la pelota de fútbol de su marido, estaba encantado. Propuso
la realización de un partido de exhibición entre la selección córnica del resto
del mundo y la de Santa Bárbara.
En esos días, la esposa de Bruno Morgan, director ejecutivo del imperio
financiero más poderoso de la era global, había sido sorprendida con su amante
durante un concierto del celebérrimo grupo Cockeplay. De inmediato, Bruno
Morgan anunció su visita a la ciudad en cuanto su apretadísima agenda se lo
permitiera.
No eran los únicos donantes. Las historias que se compartían en redes movían
muchas cuentas, lo que explicaba la capacidad financiera de CSB para atender la
enorme demanda de usuarios que ingresaban tras una rigurosa evaluación en la que la
puntuación medular provenía de recortes de mensajes, fotografías y videos
debidamente peritados como pruebas fehacientes de engaño y daño.
Esta valoración quedaba a cargo de
la unidad de inteligencia de la CSB en la que colaboraban altos oficiales de la
policía. «Aquí no se ingresa solo por un simple relato. El requisito
imprescindible es ser un hombre auténticamente engañado», explicaba el director
de asistencia social.
El triaje que determinaba la
gravedad de los casos empezaba con una entrevista donde los especialistas de
CSB se esforzaban en captar los primeros síntomas del mal.
«Cuando a uno le sacan la vuelta,
se vuelve un sonso, pierdes tu viveza, tu alegría. Te entra una saladera
brutal: buscas trabajo y no lo encuentras, y si lo tienes, te botan o te
ocurren cosas raras. Si eres taxista, se te pincha una llanta, la parchas, y a
unos metros se te vuelve a pinchar. Si eres carpintero te caes de la escalera o
te machucas el dedo con el martillo repetidamente. Esos son indicios de que ya
te están clavando la estaca», declaraba Rogelio Santos, psicólogo del CSB con
un doctorado en detección temprana del síndrome córnico.
Otras señales, según el director de
semántica léxica de CSB, se vinculaban con ciertos cambios en la capacidad
comunicativa de las mujeres. «No sé qué le pasa a mi señora, le hablo y no me
oye, le digo que quiero hacer el amor y le duele hasta su pelo, se va al baño
con su celular y se demora una hora; no me llama de mi nombre, ahora me dice:
mi bebito».
«Te van a decir mi bebito, mi
preciosito, mi gordito, mi trompita u otro término cariñoso que, por lo
general, es lo mismo que le dicen al otro o a los otros. Las mujeres son en
extremo inteligentes, han encontrado la fórmula para no confundirse», abundaba
Santos.
Por otro lado, a fin de tamizar los
casos, CSB implementó un centro de orientación para quienes despertaban de un
sueño con más dudas que deudas. En un consultorio lleno de estampas, mapas
climáticos y frascos con hierbas secas, el doctor en ciencias arcanas, Merlín
Restrepo, escuchaba a un usuario con una libreta en la mano.
«Antes, cuando te iban a sacar la vuelta soñabas: espejo, cuchillo, policía, vidrio
chancado, serpiente, candela, pero ahora con el cambio climático todo eso
significa lluvia»,
le explicaba una mañana el doctor al paciente de turno.
Un ejemplo del trabajo integrado de
CSB lo resume el caso de un usuario que un día llegó angustiado. Había soñado que era perseguido por una boa de cien metros, lo que le hizo
sospechar que su mujer no iba a jugar bingo a la casa de su madre.
Restrepo notó que luego de la visita del mortificado sujeto llovió a
cántaros durante tres días, contrariando el pronóstico del servicio de
meteorología de Santa Bárbara. Ya había ocurrido varias veces. «Es una prueba de que en nuestro tiempo soñar serpientes está relacionado
con el cambio climático»,
concluyó.
Pese a la evidencia, el usuario no estaba convencido.
Entonces, se recurrió al archivo secreto de CSB. Al revisar el material,
los especialistas comprobaron que la mujer de las imágenes no era su esposa,
sino otra fémina, extraordinariamente parecida a ella, amante del dueño de una
orquesta. «Si el hombre hubiera dado crédito a su sueño, no me imagino el lío que habría
armado a su esposa que es parte de ese cinco por ciento de mujeres fieles que todavía
quedan en Santa Bárbara»,
dijo el especialista.
CSB no solo aclaraba las dudas
existenciales de los machos de Santa Bárbara. También les brindaba ayuda dineraria
durante la etapa transicional de su sanación hasta su redención. «No queremos
que nadie pase por las vicisitudes que padeció nuestro guía Enderson Loja, por
eso hemos creado Cornocard, una tarjeta de consumo con límites renovables según
la evolución sanatoria de nuestros beneficiarios», indicaba el director de
tesorería de CSB.
Era tal la reputación de CSB que se
había vuelto imposible explicar la vida en Santa Bárbara si uno no hacía alguna
referencia a su poderío institucional.
Desde hacía semanas, Santa Bárbara amanecía con nuevos rumores. En los mercados, en los ferris, en las obras de construcción y hasta en las misas de domingo, cada vez con más frecuencia, aparecían hombres contando que sus mujeres ya no los llamaban por sus nombres.
En un primer momento, Enderson
creyó que se trataba de casos aislados, pero, a medida que pasaba el tiempo, la
cosa iba pintando diferente.
La situación hizo que el periodismo
santabarbarense, de cuya mesura y profesionalismo nadie dudaba, se pusiera las
pilas. Los noticieros de radios y canales, las páginas de los periódicos y las
redes sociales se inundaban de casos que indicaban un aumento despiadado de la
infidelidad femenina.
Un caso emblemático era el de Melton
Messina, proveedor del Estado, cuya jerarquía de macho alfa de lomo plateado había
sido vulnerada de forma por demás degradante. Messina se vanagloriaba de haberse
acostado con trescientas treinta y dos mujeres, sin haberle dado hijos a
ninguna. Un récord.
Tenía cuarenta años cuando se casó
con su mujer, Yesabella Calvo, una bella maestra de escuela, dieciocho años
menor que él. Empero, ni el matrimonio había logrado controlar sus arrebatos donjuanescos.
Entre trago y trago, contaba
detalles íntimos de sus encuentros: lunares junto al vello púbico, pezones
negros como aceitunas, hímenes que parecían tener dientes, clítoris erectos y
otras intimidades que nadie le pedía conocer.
Sin embargo, nada dura para siempre.
Messina cayó en desgracia cuando fue inhabilitado para participar en contratos
públicos debido a prácticas corruptas. Urgida por la escasez económica y por sus
dos niños, Yesabella consiguió un trabajo en una comunidad indígena. Regresaba cada
fin de mes a Santa Bárbara, a estar con su esposo, cobrar su sueldo y comprar
víveres.
Al tercer año, notó algo raro. Yesabella
empezó a llamarle: «nerito». Compraba jeans, zapatillas y polos de marca para
varón que no tenían a él de destinatario.
En su último viaje a la comunidad, ella
no llevó a los niños. A fin de mes no regresó. Fue entonces que Messina recibió
una carta: «Espero que hagas tu vida, no siento ya nada por ti, estoy con un
hombre que me llena toda».
El reportero radial que fue a
entrevistarlo narró que le encontró de rodillas y con las manos en señal de
rezo ante una imagen religiosa, pidiendo entre sollozos que Yesabella regrese a
casa.
La petición estaba lejos de ser
atendida. Su esposa ya vivía una ardiente segunda juventud con un joven de veinte
años que, según se supo, era el primogénito del jefe de la comunidad.
—¿Habrá algo que CSB pueda hacer a
favor del afectado? —preguntó el periodista a Enderson que esa mañana había
sido invitado a la cabina de radio para tratar el tema.
—Vamos a contactar con él. Luego,
nuestros especialistas establecerán el protocolo a aplicar, aunque yo creo que…
—¿Cree qué, señor…?
—Vea usted, amigo. Que una mujer de
cuarenta años, con tres hijos y doce años de convivencia, se convierta en la
pradera incendiada de un muchacho no es una cuestión de lascivia, locura o
dinero. Aquí lo que hay es una tenebrosa intervención…
—¿Tenebrosa intervención…?
—Cuando la estaca ha sido clavada
con ayuda de fuerzas oscuras, sacarla ya no es tarea de las artes de este mundo.
—Se tomó la barba con aire calmado y filosófico.
La cabina quedó en silencio por un par
de segundos.
—Tradúzcalo, por favor —insistió el
periodista, absorto ante la insondable metáfora.
«¿Cómo le explico?», se rascó la
cabeza Enderson.
—Lo que quiero decir es que en este
caso vamos a requerir un brujo, mi estimado amigo.
«¡Ay, Messina, tú que exigías el
título de campeón peso pesado de los machos del planeta, ¿no pudiste ver que ya
tenías una descomunal rama creciéndote en la testa?!», preguntó en voz alta
doña Leíta, oyente de la radio, que a esa hora servía el desayuno a sus hijos.
Ese jueves, Santa Bárbara amaneció alborotada y anegada por una lluvia que ya duraba varios días. En una entrevista en vivo para la televisión, Enderson Loja declaraba que en el padrón de CSB se habían registrado cifras espectaculares. La infidelidad femenina estaba destruyendo miles de vidas.
—¿Qué es lo que está ocurriendo,
presidente?
—Hay una pandemia de la arrechura cuyas causas desconocemos pese a los
esfuerzos de nuestros científicos sociales —admitió Enderson Loja.
—¡Pero lo que sea que está
ocurriendo ataca sólo a esposas, convivientes, novias y enamoradas!
—Es probable que los chinos estén espolvoreando
en las nubes algún virus que al encontrarse con los iones negativos de las
gotas de lluvia afecta de manera grave y persistente el gen de la lealtad de nuestras
mujeres…
—¿Qué medidas va a tomar CSB frente
a esta pandemia…?
Antes de que Enderson Loja pudiera
responder, el periodista mostró la pantalla de su celular: el portal de CSB
había colapsado los servidores. Sólo en los últimos diez minutos se habían
registrado ciento cuarenta y siete mil nuevos usuarios contando únicamente los
nacionales.
Enderson observó los números en
silencio, y mientras el periodista, con tono desesperado, le reiteraba que
declarase qué medidas se tomarían para enfrentar tamaña catástrofe, el líder de
CSB miró, a través de la ventana, la lluvia que seguía cayendo sobre Santa
Bárbara por décimo día consecutivo y, con la ecuanimidad del hombre salido del
bosque que ha visto cosas peores, respondió:
—Vamos a necesitar miles de brujos.