jueves, 12 de febrero de 2026

Una tecla hundida

Elena Virginia Chumpitazi Castillo


A los diecinueve años, Daniel habitaba una ciudad de mañanas grises y tardes que estallaban en sonidos desordenados. Era principio de la década del dos mil diez. Los buses escupían humo, los bares abrían temprano y cerraban tarde, y la música se estudiaba en edificios viejos donde el eco parecía quedarse más tiempo del debido.

Había nacido con oído fino. Cantaba, tocaba el piano, la batería y cualquier instrumento de percusión que cayera en sus manos.

Creció en una casa sin horarios. Nadie le decía cuándo comer, cuándo dormir, cuándo salir. A veces pensaba que eso era libertad.

Su madre lo dejó con su padre cuando tenía dos años. Doce años después regresó a buscarlo, alquiló un departamento pequeño y se lo llevó a vivir con ella.

—¿Ya comiste? —preguntó una noche, sin mirarlo.

—Sí.

No era verdad, pero tampoco importaba.

Ella fumaba frente a la ventana. El humo subía lento y se perdía en la oscuridad. Daniel dejó de hablar. Con el tiempo, dejó también de esperar.

La ausencia lo afinó. Golpeaba mesas, ollas, paredes; repetía ritmos hasta que algo encajara. La música no lo acompañaba: le contestaba.

Al comenzar la universidad se mudó cerca del centro. Una habitación pequeña, alquilada, donde los sonidos de la ciudad se filtraban por la ventana. Su madre le había conseguido el lugar y se encargaba del alquiler. Su padre, a veces, colaboraba con ello. Fue una mudanza simple, sin despedidas, como si se fueran a ver al día siguiente.

La universidad no fue un refugio, fue un espejo. Pasillos largos, olor a madera vieja, pianos desafinados. Desde las aulas salían sonidos superpuestos: escalas torcidas, golpes secos de batería, una trompeta insistiendo en el mismo error. Tocaban, fallaban, corregían y seguían.

Caminaba con paso largo hacia su aula, la mochila al hombro.

Su lugar lo esperaba.

Se sentó frente al teclado y comenzó la práctica. El primer acorde sonó limpio. En el segundo, desafinó.

—Repetí cuando te equivoques —dijo el profesor, que pasaba cerca.

Daniel volvió al inicio. Tocó otra vez. Se equivocó. Repitió.

Avanzó por varios acordes, errando y corrigiendo. Llegó al final del ejercicio con los dedos rígidos, sosteniendo el ritmo a la fuerza.

El profesor alzó la mano. Un gesto breve. Siguió caminando.

Otras veces fue igual. Daniel tocaba, se equivocaba, repetía. Giraba la cabeza. Veía la espalda del profesor inclinada sobre otro teclado, corrigiendo a alguien más. El aula seguía llena de sonido: notas ajenas, bancos que se movían, páginas que se pasaban rápido.

Volvía a empezar. Se equivocaba. Seguía.

Cada error endurecía un poco más los dedos. El sonido dejaba de caer y se quedaba suspendido, incómodo. El ejercicio avanzaba, pero algo no terminaba de cerrarse.

Al final de la clase guardó la partitura con cuidado excesivo.

Apagó el teclado.

Se quedó sentado un momento, con las manos apoyadas sobre las teclas mudas.

Al día siguiente volvió temprano. Se sentó en el mismo lugar. Anotó lo que decían. Tocó. Se equivocó. Repitió.

Y al día siguiente, otra vez.

Poco a poco los amigos con los que había empezado fueron quedando atrás.

Los primeros abandonos fueron mínimos. Una clase a la que no fue. Un ensayo que postergó.

—¿Venís hoy? —decía un mensaje en la pantalla.

Daniel lo leyó. Dejó el teléfono boca abajo.

No pasó nada.

Una noche se quedaron después de clase. No muchos. Tres o cuatro. Salieron juntos y caminaron sin apuro. En una esquina, alguien encendió un cigarrillo.

—¿Tenés? —preguntó uno.

Daniel negó con la cabeza.

El otro sacó algo del bolsillo. Un papel doblado, pequeño.

Daniel dudó. Miró la calle. El ruido del tránsito era constante. Tomó el papel.

Esa noche, al volver a su cuarto, se sentó frente al teclado. Tocó sin pensar demasiado. El sonido cayó más parejo, liviano. Como si, por un rato, no hiciera falta sostenerlo todo.

 

Con el tiempo empezó a quedarse cuando el edificio quedaba vacío. Practicaba de noche, con los pasillos en silencio y las luces apagadas en otras aulas. Tocaba hasta que las manos se le entumecían.

Hubo días buenos. Tocaba bien, incluso mejor que antes. Pensaba que había exagerado. Luego bastaba una nota fuera de lugar para que todo se viniera abajo.

Con el paso de los meses, el cuerpo empezó a avisar. Un temblor leve en los dedos. Fatiga. Lagunas breves. Fingía no notarlo, pero cada vez que se sentaba frente al teclado sentía las teclas más duras, como si ofrecieran resistencia. La intensidad empezó a volverse torpeza. Y eso lo asustó más que cualquier otra cosa.

En las últimas semanas, el tiempo perdió forma. Dormía mal, comía poco, tocaba cuando podía. Pensaba en volver, en escribir, en explicarse. La idea lo cansaba.

Esa noche regresó solo. Lloviznaba. Había tocado en un bar del centro. La gente hablaba, reía, chocaba vasos. Nadie escuchaba. Daniel tocó igual.

Tocó para no quedarse quieto.

En su cuarto, el silencio fue inmediato. La habitación era estrecha, las paredes descascaradas. El teclado viejo estaba en el suelo. Se sentó frente a él, en un banco bajo. Probó una nota. Luego otra. Nada terminaba de sostenerse.

Preparó lo de siempre. El vaso primero. Después, las gotas. No contó. No midió.

Volvió al teclado. La melodía salió lenta, irregular, como si cada nota llegara tarde. No llegó a completarse.

A la mañana siguiente lo encontraron sentado, inclinado hacia adelante, con las manos todavía sobre las teclas.

Una sola permanecía hundida.

Nada seguía sonando.

Eso era todo.

Las muñecas

Alejandra Cantarero Concha


Alexandra tenía ocho años cuando aprendió a no hacer ruido. Desde el pasillo, abrazada a su muñeca, escuchaba los gritos. La casa entera parecía contener la respiración. Luego, un golpe seco, un portazo. El reloj de pie marcaba cada segundo como un martillo. Dio un par de pasos, se asomó a la esquina desde la cual se veía la escalera. Su madre bajaba por el primer peldaño de mármol, los ojos húmedos, la boca convertida en una línea tensa. Detrás venía Frank, con la chaqueta todavía desabotonada y la corbata torcida. La alcanzó antes del tercer escalón. Hubo forcejeo y un insulto murmurado entre dientes seguido de un empujón brutal.

El cuerpo de su madre rodó escalones abajo, el sonido de huesos contra mármol resonando en la penumbra. Alexandra apretó la muñeca contra el pecho. No lloró. No gritó. Si lo hacía, él también la vería.

Frank no bajó corriendo. Se acomodó la corbata, encendió un cigarrillo y observó el cuerpo inmóvil en el suelo, como quien mira un objeto que ya no sirve. Después ordenó a los criados que la sacaran. Ni una sola mirada a su hija.

Esa noche Alexandra descubrió que las mujeres eran reemplazables, como adornos que se quiebran. Y si quería sobrevivir, tendría que volverse invisible.

La pequeña Alex tuvo una infancia privilegiada, como hija de un político renombrado, pero solitaria. Mientras la cubrían de regalos, vestidos, libros y clases de todo tipo, fue testigo mudo de las andanzas de Frank. Vio cómo su padre maltrataba criadas, también a las mujeres que traía por las noches. El recuerdo de su madre quebrándose en las escaleras le arrebataba el sueño.

El año en que cumplió catorce, su papá se casó con una de esas muñecas. Alex, acostumbrada a ser invisible, la rehuía. Pero Layla, en sus tardes solitarias, insistió en acercarse. La ayudaba con la ropa; le enseñó a maquillarse. Alex hablaba poco y preguntaba mucho. Así se enteró de la profesión de Layla, el negocio de acompañantes de alta sociedad. Layla le confió en estricto secreto su libro de clientes; los nombres ahí presentes eran su salvavidas. Alex reconoció los nombres, amigos y socios de su padre.

En menos de un año, Layla comenzó a sufrir la ira de su marido. Primero algunos moretones a los que les quitaba importancia, luego un ojo. Alex la sorprendió cubriéndose con maquillaje.

—¿Qué pasó? —preguntó Alex, desde la puerta del baño.

—Nada, no te preocupes —susurró, mientras tomaba un sorbo de vodka.

—Tienes que irte, no sabes de lo que es capaz.

—¿Adónde voy a ir? Las mujeres como yo no tenemos opción, me perseguirá —dijo sacudiendo la cabeza, mientras se tomaba el vaso de vodka de una vez.

—No sabes lo que le pasó a mi mamá, no lo permitas, tienes tu libro.

—Son sus amigos, nadie va a creerme. Déjalo así, pero, Alex, tú debes irte, estudia, haz algo con tu vida. Y escucha bien, recuerda que puedes darle todo lo que quieras a un hombre: tu corazón, tu cuerpo, tu dinero; pero nunca, jamás le entregues tu poder.

Alex se acercó y, por primera vez, la besó en la mejilla; las lágrimas de ambas se mezclaron. Se abrazaron por largo rato; luego Alex se fue a su habitación.

Un par de años después, Alexandra ingresó a la escuela de negocios, en otra ciudad. Era una alumna destacada; con el paso del tiempo se transformó en la mejor. Una idea se fue abriendo camino en su mente. Todas las semanas llamaba a Layla; cada vez era más difícil encontrarla sobria. De su padre, solo recibía los cheques y los regalos, comprados por alguna de sus secretarias, para las fechas importantes.

En las primeras vacaciones, decidió hacer una pasantía en vez de volver a casa. Pero cuando llamó para felicitar a Layla por Navidad, los criados le informaron que estaba en la clínica. Había sufrido una caída; estaba grave. Colgó, sin poder decir nada. Esta vez sí lloró. Era otra vez la niña mirando a hurtadillas, con la muñeca apretada sobre el pecho. Volvió a ver la imagen de su madre rodar por las escaleras. Pero ahora no era solo miedo y tristeza; algo diferente se apoderaba de ella.

Al día siguiente, llegó a la clínica. Layla abrió los ojos; al verla, algo parecido a una sonrisa brilló en su mirada. Alex le tomó la mano. Cuando Layla respiró por última vez, Alex la cubrió con delicadeza y pronunció una promesa directo en su oído: «Serás la última muñeca rota de Frank». La besó en la frente y se fue.

En el avión, de vuelta a la pasantía, llevaba sobre el regazo el libro de Layla. Parecía dormida, pero pensaba; su cabeza iba a mil por hora. No quedaban lágrimas; al contrario, estaba llena de energía. Había despertado, ya no sería invisible, no sería una muñeca. Mientras apretaba con fuerza el libro de Layla, el aroma de su perfume, lavanda, la envolvió. Frank la vería, y no como a un adorno. No aspiraba a su cariño.

Seis años más tarde, Alexandra, después de egresar, había vuelto a la ciudad. Vivía sola y cómodamente en el mejor barrio de la metrópoli. Se codeaba con la alta sociedad. Manejaba su propia inmobiliaria con mano de hierro; era admirada y respetada.

No tardó en reencontrarse con su progenitor en un evento de caridad. Cuando Alex ingresó al salón, atrajo todas las miradas. Lucía como siempre: profesional, sin maquillaje, su melena castaña peinada hacia atrás con efecto mojado, un vestido negro de cuello alto y tacones a juego. Nunca usaba accesorios; bastaba con sus ojos celestes, fríos como el hielo. Se movía con la soltura de quien se sabe dueña de un lugar. Los hombres la seguían con la mirada; los más avezados entablaban conversación; ella los alejaba con gestos. Alexandra hablaba poco, pero observaba con atención. Se fijaba con esmero en las esposas; a veces las seguía hasta el tocador.

Frank y otros senadores conversaban en una esquina del salón. Uno de ellos señaló a Alex. Frank sonrió orgulloso. «Llegará lejos, es una luchadora, es brillante. Aprendió del mejor». Pensó mientras la veía acercarse.

—Alex, espectacular como siempre —exclamó mientras la besaba en la mejilla.

—Frank. ¿Cómo estás?

—Cariño, ¿es tan difícil decir «papá»?

—Debo irme —dijo, moviendo la mano con un adiós.

No volteó. Con un gesto tenso, apenas visible, dejó el evento.

Había otro lado en la vida de Alex. Su refugio para mujeres maltratadas, una propiedad rodeada de altas rejas metálicas, ubicada en la periferia. Allí enviaba a toda mujer que era víctima de violencia, especialmente mujeres humildes que habían caído en las garras de hombres poderosos. Esos hombres, que como su padre tomaban una muñeca, la transformaban en un adorno, un accesorio y se desquitaban con ellas con y sin razón.

Estas mujeres necesitaban esconderse, recuperar su humanidad, rescatar a sus hijos; requerían apoyo. Alex les daba un lugar, voz y rutina. Todo a cambio de nada, o al menos así parecía al principio. Cuando Alexandra llegaba, el murmullo bajaba solo. Nadie lo pedía. Algunas se enderezaban en sus sillas, otras dejaban lo que estaban haciendo. La esperaban.

Alex tenía todo bien organizado. Durante la semana, las mujeres entrenaban en defensa personal, se formaban, mejoraban sus habilidades comunicacionales e informáticas. Una vez a la semana, Alexandra las visitaba, les llevaba regalos, noticias y fotos de sus hijos. En el auditorio, donde se impartían las clases, las sillas eran rígidas, la luz fría y olía a desinfectante. Allí, Alex les daba charlas motivacionales.

Subió al estrado, miró con cariño a su grupo de mujeres. Dio unos golpecitos para probar el micrófono, esperó que cesara el eco de las voces y comenzó:

«Cuando llegaron aquí, estaban rotas. Algunas con moretones, otras con el alma deshecha. Y todas con la misma pregunta en los ojos: ¿Cómo se sobrevive a un hombre que te quita todo?

Yo también me la hice. Y aprendí que no se sobrevive esperando justicia. Se sobrevive tomando el poder».

Un murmullo recorrió la sala. Algunas asintieron de inmediato; otras permanecieron inmóviles.

«Este lugar no es una cárcel. Es un laboratorio. Aquí nos reeducamos. Aprendemos a vivir sin miedo, a no depender de nadie, a pensar distinto. El orden, los horarios, las tareas no son castigos: son herramientas. El caos fue lo que nos destruyó antes».

Alex hizo una pausa. Esperó. El silencio se extendió un segundo más de lo necesario.

«Afuera todo está diseñado para que volvamos a caer. Los medios, la familia, las instituciones repiten la misma idea: que una mujer sin un hombre está incompleta. No lo crean».

Alguien aplaudió antes de tiempo. El aplauso se contagió.

«Aquí no hay ruido, no hay mentiras. Solo verdad. Y la verdad es simple: no deben volver a mirar atrás hasta que sean capaces de hacerlo sin temblar».

Alex recorrió el auditorio con la mirada.

«Muchas me preguntan por sus hijos. Y yo lo entiendo. Pero si los vieran ahora, ¿qué les enseñarían? ¿La culpa? ¿El miedo? Ellos merecen madres fuertes, no muñecas quebradas».

Algunas bajaron la cabeza. Otras se tomaron de las manos.

«Primero deben sanar. Limpiarse de la dependencia, del perdón fácil, de esa necesidad de agradar que les sembraron. Cuando estén listas, lo sabrán».

—¿Y si nunca estamos listas? —preguntó alguien desde el fondo.

Alex no respondió de inmediato.

«Yo no soy su dueña. Soy la voz que las acompaña hasta que aprendan a escucharse. Pero no hay transformación sin disciplina».

Subió un poco la voz.

«Las rescaté del fuego, hermanas. Ahora déjenme moldearlas desde las cenizas».

El auditorio estalló en aplausos, en gritos de ánimo; el empoderamiento hacía vibrar hasta los ventanales. Se lo debían todo a Alex; por ella harían lo que fuera.

Al cabo de un año, las muñecas de Alex eran otras. Un grupo de más de cincuenta mujeres, algunas con cirugías estéticas para cambio de rostro. Todas hablaban más de un idioma, atléticas y hábiles como el mejor de los hackers. El momento había llegado.

La primera semana de noviembre, Alex llegó al refugio triste, con un ojo hinchado. Durante la charla, su ánimo estaba bajo. Dos de las más antiguas se acercaron a preguntar qué había pasado. Alex aludió a un hombre, líder de una empresa de la competencia. Les comentó que la había golpeado en el estacionamiento, lejos de las cámaras. No tenía pruebas. Paula preguntó si podía hacer algo. Alexandra bajó la cabeza, dijo que sería inútil; una lágrima se abrió paso a través del maquillaje y el moretón del ojo fue más notorio. Paula le dijo:

—Dime cómo encontrarlo, he estado entrenando, puedo con él.

Nadie vio el brillo en los ojos de Alex.

Alexandra cedió, pero le dijo que no quería que se expusiera tanto. Juntas podrían pensar en algo; ahora tenía que irse. No quería que las demás mujeres se preocuparan, ni la vieran débil. Paula le dio un abrazo y asintió obediente.

Alex había estado ocupada durante ese año. El libro de Layla, que guardaba en la caja fuerte de su habitación, le había dado la idea. La agencia de acompañantes de alto vuelo, “Las muñecas”. Sus clientes, los de Layla, eran hombres poderosos, principalmente políticos. Había llegado la hora. Esa noche, al acostarse, se aplicó el perfume con aroma a lavanda y abrazó el libro.

La semana siguiente, la charla tuvo un tono distinto. La acompañó con una presentación. La luz fría del salón se apagó. La foto de una niña asustada miraba desde la pantalla. Silencio.

Alex, con voz cortante, inició, primero con palabras que ya conocían; cuando vio cómo asentían de memoria, elevó la voz.

«Miren: ahora son sus hijos los que vuelven a casa con miedo. Nosotras ya no somos las únicas heridas; el daño se extiende a otra generación. Nadie detendrá eso por nosotras si guardamos silencio. Solo nosotras podemos romper la cadena. No basta con ponerse de pie. Eso es solo el principio; lo que sigue es la sentencia.

No hablo solo de sangre; hablo de luz. Luz que los deje sin refugio. Luz que los exponga y que no los deje volver a sus trampas.

¿Van a permitir que se repita, o van a hacer lo que sea necesario?».

Alargó la pregunta, dejando que el eco buscara la respuesta. Avanzó las fotos; uno a uno los hijos aparecían en la pantalla.

 «¿Están dispuestas?».

Algunas aplaudieron de inmediato. Otras miraron alrededor antes de hacerlo. Luego, manos alzadas, gritos: «¡Sí!». «¡Nunca más!». Un coro.

En la segunda fila, las recién llegadas titubeaban; una miró sus manos, otra negó con la cabeza. Alexandra las observó con sonrisa templada.

«No las empujaremos. Pero no habrá olvido hasta que la justicia, la que nosotras tomemos, recorra sus redes».

Un coro de mujeres de pie vitorea a Alex. Paula es la primera en gritar:

—Si nosotras no actuamos, nadie los salvará.

Un estruendoso aplauso envuelve el auditorio. La pantalla se apaga y la luz tarda unos momentos en prenderse.

Después del discurso, Alex habló con Paula. Le explicó que el hombre que la había golpeado solía contratar prostitutas para hacerles lo mismo. Había averiguado que además golpeaba a su esposa. Quería rescatar a esa mujer, tal como había hecho con ellas. Finalmente, con lágrimas en los ojos, le preguntó si seguía dispuesta a ayudarla. Paula asintió.

Alex le dijo que cuando él llamara para solicitar una acompañante, Paula se presentaría. Cuando lo viera distraído, colocaría en su bebida una sustancia transparente, sin olor, que no deja rastros; y se iría del hotel sin llamar la atención. Alex dejaría al chofer esperándola para sacarla de ahí y traerla de vuelta al refugio. Paula estuvo de acuerdo; en su mente, ese hombre era su marido; recordó las golpizas, la separación de su hija. Hizo lo que le pidió Alex sin vacilar.

Los meses avanzaron y los asesinatos también. No todas las noches fueron iguales. Algunas volvieron con cambios imperceptibles; otras necesitaron días para hablar. Hubo errores que no dejaron rastro, pero sí memoria. Aun así, seguían considerando a Alexandra su salvadora. Ya no era necesario que llegara en mal estado; solo recibían la llamada y sabían qué hacer. Se presentaban en las habitaciones de los mejores hoteles y hacían lo que debían. Había una promesa detrás de todo esto; además de que sus cuentas corrientes aumentaban, se acercaba el reencuentro con sus hijos. Alex lo había prometido y ellas creían.

Aquellas que aún no se atrevían tenían otras tareas: conducir, responder los teléfonos. La venganza de Alex se hacía realidad, pero faltaba la cita más importante.

En la ciudad las cosas estaban fuera de control. Hombres poderosos, magnates, políticos estaban siendo asesinados en hoteles de cinco estrellas. Por las características de los hombres y de los hoteles, los comunicados eran ambiguos. Nadie había establecido aún el nexo con las prostitutas. Alex tenía insomnio. Sabía que debían detenerse por un tiempo: un paso en falso y estaría acabada. A pesar de todo, persistió. Esperaba una llamada específica.

Por fin llegó. La llamada de su padre solicitando una acompañante. Le asignó la tarea a Paula, la más devota de sus seguidoras.

Paula entró preparada para la violencia. Midió el espacio, dejó el bolso, vio la foto de Alex sobre el velador. Frank la notó mirar y, antes de sentarse, la enderezó con cuidado. «Mi hija. Nunca quiso nada de mí —dijo—. Y está bien. Es más fuerte así». No se acercó. Habló de ella con orgullo, sin alzar la voz. Paula destapó el frasco, inclinó la mano, contó las gotas. El veneno cayó al vaso.

Frank miró la foto otra vez. Limpió el vidrio con el pulgar, como si fuera frágil. «Es brillante —añadió—. Mejor de lo que yo fui». Paula sostuvo el vaso un segundo. El cuerpo no respondió. Lo soltó fingiendo torpeza. Había ido a matar a un monstruo y se había encontrado con otra cosa. Se fue.

En el trayecto de vuelta al refugio, Paula sudaba, se mordía las uñas. Qué haría con la nueva información. Tenía que hablar con las demás, pero también debía encontrar una excusa para evitar la ira de Alex. Fue directamente al cuarto común, encendiendo todas las luces de golpe. Una a una, las mujeres fueron saliendo de sus habitaciones, aún con la ropa de entrenamiento, otras en pijama. Las más antiguas la reconocieron al instante: había fallado. Pero también notaron algo más: ya no tenía miedo.

—Nos mintió —dijo, con voz firme—. No era como nos contó. Su padre… no es el monstruo que describió.

Las más jóvenes dudaron. Las antiguas se miraron entre ellas. Una, la más callada, murmuró:

—¿Y qué somos nosotras entonces? —Hubo un silencio que no necesitó respuesta.

Durante días, nadie mencionó a Alexandra. Guiadas por Paula, revisaron las cuentas. Se supone que podrían disponer del dinero de sus maridos fallecidos. Descubrieron que todo iba a la compañía de Alex. No había registro de ellas, ni de sus hijos.

Cuando llegó Alexandra, encontró el refugio inusualmente tranquilo. El aire estaba denso, sin murmullos. La esperaban sentadas, en círculo. No hubo abrazos ni vítores. Solo el roce de alguna silla al acomodarse. Alex dejó la bolsa con los regalos sobre la mesa. El golpe fue brusco. Nadie se movió para abrirlo. Observó sus rostros. Todas la miraban.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Su voz sonó más alta de lo que esperaba. Nadie respondió.

Paula fue la primera en ponerse de pie. Detrás de ella, las demás la siguieron.

—Tú también eres un tipo de hombre —dijo Paula.

Alexandra no reaccionó. Su rostro era una máscara. Miró alrededor. Las paredes parecían más estrechas. No vio escapatoria. Tragó saliva. Ya no era invisible. Por fin la veían. Dio un paso atrás. Las mujeres no se movieron, pero algo en sus miradas era distinto. No eran devotas. No eran sus armas. Ya no eran sus muñecas.

—¿Qué van a hacer? —susurró.

La luz parpadeaba. Un trueno lejano hizo temblar los vidrios del refugio; el aire se tensó. Paula seguía sin responder mientras cerraba la puerta con llave. El metal resonó, demasiado fuerte en el silencio. Luego, la rodearon.

miércoles, 11 de febrero de 2026

El caballero errante

Edgar Ulises Olveda Álvarez


En los tiempos en que los dioses todavía respiraban bajo la tierra, cada uno eligió un lugar para dormir y moldear el mundo desde su sueño. A los reyes les enviaron visiones en noches sin luna, órdenes sin voz: levantar castillos sobre ellos para que las casas reales gobernaran en armonía con la voluntad divina. Bajo cada trono, enterrado en distancias tan hondas que ninguna pala humana podría alcanzarlas, yacía un dios dormido, cuyas pulsaciones movían raíces, piedras, viento y agua. Nada vivía sin que ellos lo soñaran.

El reino de Valdora, edificado sobre el descanso del dios Aureon, era un santuario de luz. Sus árboles crecían con hojas doradas y cortezas pálidas, su agua tenía reflejos plateados, y quienes nacían allí juraban que el aire tenía un sabor dulce, como si estuviera hecho de polvo de sol. Durante generaciones, Valdora fue un refugio de paz y prosperidad, un sitio donde la vida avanzaba sin heridas.

Pero una noche, en un punto profundo, algo habló. No fue un temblor ni un rugido: un murmullo, una respiración ajena, un sonido que no provenía del dios ni de ninguna criatura terrestre. Una presencia invisible recorrió las raíces y las grietas, deslizándose como un veneno por la columna del mundo. Y al poco tiempo, Valdora se marchitó.

Primero se apagaron los colores. Luego murieron los pájaros. Después, los animales comenzaron a torcerse en formas antinaturales: bestias peludas con placas duras en su espalda, criaturas de ojos vidriosos y movimientos espasmódicos. Los humanos fueron los últimos en caer, levantándose otra vez con cuerpos rígidos y retorcidos, animados por una voluntad que no era la suya.

Cuando la noticia se esparció por el continente, llegó al conocimiento del caballero que más tarde sería llamado simplemente el Errante. Todo lo que amaba ya había sido consumido y ahora su camino es un horizonte sin rumbo y a donde sea que el viento lo lleve, él irá.

Aldeanos de aquel reino, vendedores, altos mandos de la nobleza y la última sacerdotisa del reino huyeron hace mucho de aquel gótico lugar. La sacerdotisa en su lecho de muerte, le tomó la mano. Él aún recuerda su voz, templada por el dolor:

—Encuentra la Corona Dorada… y cierra lo que fue abierto.

La corona, comprendió tiempo después, no era un símbolo de verdad. Era un sello antiguo, creado para contener un despertar divino si alguna vez ocurría. Pero lo que había despertado no era Aureon.

El Errante emprendió la marcha hacia Valdora, ahora convertido en un desierto rojizo y enfermo. La tierra crujía bajo sus botas como una costra vieja. Las raíces salían a la superficie como dedos huesudos intentando escapar. Montículos gigantes se inflaban y desinflaban como si respiraran. El aire tenía un sabor metálico, casi sanguinolento; la garganta ardía con cada inhalación. Criaturas deformadas rondaban en grupos silenciosos. Lo más inquietante era que no lo atacaban hasta que él las observaba, como si una mente profunda y desconocida vigilara a través de los ojos del Errante. Un ser tan omnisciente que existe en cada rincón de lo que la realidad toca.

Nada en Valdora seguía siendo humano.

Tras cruzar valles de huesos, bosques carbonizados y ríos convertidos en surcos secos, llegó por fin a la fortaleza del rey. Las piedras estaban cubiertas de una capa oscura, hecha de raíces muertas que todavía se movían débilmente, como gusanos bajo la piel de un cadáver. El trono estaba vacío. Sobre el trono yacían dos fragmentos de la corona. El tercero no estaba. Nadie parecía haber notado su ausencia. Al tener todos los fragmentos podría unirlos y completar la corona.

Pero detrás del trono había algo que no pertenecía a ningún diseño humano: una abertura irregular en la pared, como si la piedra hubiera sido desgarrada desde dentro. El borde estaba hecho de materia endurecida, parecida a raíces quemadas. Un olor antiguo emanaba de ahí, un olor que hacía vibrar los huesos.

El Errante descendió por el agujero. Cuanto más profundo bajaba, menos humano se volvía el castillo. Las columnas parecían respirar, contrayéndose apenas cuando él pasaba. Los pasillos se alargaban cuando se daba vuelta. La piedra tenía textura de hueso. La oscuridad no era completa: pulsaba, como si tuviera un corazón propio.

En la cámara final encontró al dios Aureon, o lo que quedaba de él. Era un torso colosal, petrificado y lleno de grietas. Raíces negras se aferraban a su carne mineral como parásitos que hubieran crecido desde dentro. Moviéndose entre su esqueleto dormido, había una forma imposible: un organismo delgado, alargado y blanquecino que aún se retorcía en el cuerpo del dios. Vibraba como si se percatara de lo grata que es la carne del dios, pero no tenía boca visible. Las raíces que consumían al dios provenían de esa criatura.

Fue ahí cuando el Errante comprendió la verdad.

Aureon no había despertado. Estaba siendo devorado.

Fue la esencia de un parásito venido de las estrellas lo que sentenció al reino. No solo se alimentaba de la carne física del dios, sino de toda una zona llena de vida. Donde desgraciadamente convivían seres humanos, animales y plantas.

Todo lo que ocurría arriba —las deformaciones, la muerte, la locura— era apenas un subproducto de esa criatura alimentándose.

Entonces las paredes se movieron.

Cuerpos humanos y animales, incrustados en las raíces como marionetas, se desprendieron y cayeron al suelo. No caminaban: se arrastraban como si cada articulación les doliera, pero avanzaban todos en sincronía. No buscaban matarlo. Querían llevarlo hacia el corazón del parásito.

En medio de la lucha vio brillar el tercer fragmento para completar la corona. Cuando lo agarró, una visión lo sacudió: la corona había sido creada para sellar la conciencia de un dios en caso de catástrofe. Pero Aureon estaba demasiado debilitado para contener lo que lo estaba devorando.

La única forma de detenerlo era separando al parásito del dios.

El Errante clavó su espada entre la raíz negra y el hueso del dios. La criatura dejó escapar un sonido que no pertenecía a este mundo, un sonido que, más que escucharse, se sentía como un temblor en el estómago. Los cuerpos que lo atacaban convulsionaron al unísono. El torso del dios vibró, como si intentara liberarse después de siglos.

La raíz se partió. Aureon dejó escapar un último destello de luz. El parásito cayó al suelo, retorciéndose, y fue aplastado bajo el peso del dios que colapsó sobre él. Todo quedó inmóvil.

El castillo comenzó a temblar. Sin la conciencia divina sosteniéndolo, el reino bajo tierra se derrumbaba. El Errante presenció los fragmentos de la corona flotaron frente a él y se recomponían. Un reflejo de miedo lo hizo huir de tal inteligencia sobrenatural, sin embargo, la corona lo perseguía. Colocándose encima de su cabeza la corona buscaba donde reposar, el caballero creyó que la corona, que parecía una manifestación de una forma, lo iba a atacar. Fue todo lo contrario.

La corona exigía un alma para sellar lo que quedaba.

El Errante cedió. Era fría y hambrienta. Se colocó sobre su cabeza. El derrumbe cesó.

El parásito murió.

Pero el caballero no regresó.

Y Valdora sanó, lentamente.

Nadie sabe que su salvación la deben a un hombre sin nombre.

Ni imaginan que, bajo de ese reino de luz y belleza, hay oscuridad y muerte. Tampoco conocen la existencia de la corona y el caballero, y que cuando este muera, ella exigirá otro guardián.

martes, 10 de febrero de 2026

Hojas secas

C.M. Hollens


Bajo mis pies crujen hojas secas. Qué raro, pienso, no es otoño. Estoy bajando la escalera, lentamente… con una paciencia que no recuerdo haber aprendido. Mis pies, ligeros y pequeños, rompen suavemente las hojas amarillentas, delgadas y frágiles del viejo álamo que está en el pórtico. ¿Estoy soñando? Nada ha cambiado y, aun así, no me siento en casa. Llego a la cocina, que se encuentra inusualmente desordenada, ¿quién dejó todos los trastes sin lavar? Parece una locura. ¿Tuvimos una fiesta? Mis pies siguen pisando las hojas sueltas. Esto no debería estar aquí, pienso al ver el suelo imitación madera de nuestra pequeña cocina, cubierto de hojarasca. Decido no dar importancia y sigo caminando parsimoniosamente hasta el siguiente espacio.

Me encanta esta sala: sus muebles antiguos, como desafiando al tiempo, impávidos e inermes, soportan nuestros embates con ligeros gemidos al decantar la reseca cubierta dorada de la madera… y el tapizado carmín con ribetes negros es por demás suave, a pesar de los años. Quisiera sentarme, algo me lo impide, una urgencia sin forma. Sé que quedé con alguien, tenemos un pendiente, pero no consigo traerlo a la memoria.

Me doy cuenta de que ya casi no me duele el pecho. Presiono suave entre los senos. Corrijo: ya no me duele. 

—¡Valena! —me parece escuchar el grito de mi mamá desde la parte alta.

—¡Voy, mamá! —respondo de inmediato, feliz de escuchar su voz sonora y envolvente.

Casi sin darme cuenta, estoy a la entrada de su cuarto. No tengo conciencia de haber subido las escaleras. La puerta está abierta. Veo a mi madre sentada, con una mano cubriéndose la boca, como conteniendo un grito que no llega a salir; los ojos, cristalinos y azules, desbordados como un océano profundo.

—¿Mamá? —musito con voz suave, no quiero molestarla. Voltea de inmediato hacia mí, me mira, busca algo en mi cara, pero no dice nada.

—¿Qué pasa, mamá? —comienzo a inquietarme. Su cuarto también está cubierto de hojas secas.

—¡Mamá, no encuentro ese papel! —escucho el grito lloroso de mi hermana, ¡desde mi cuarto! El espacio parece plegarse y ya estoy frente a ella.

—¿Qué te pasa? —interrogo de inmediato a Emily—. No tienes por qué estar aquí.  Ni siquiera me dirige la mirada; pasa a mi lado y se va.

—Grosera —replico, enojada—. Este no es tu cuarto, no te atrevas a tocar mis cosas.  Regreso con mamá. Sigue ahí, con la mirada perdida.

Escucho el correr desesperado de Antonio, mi hermano mayor, bajando las escaleras. Tal vez estaba en su cuarto. Es extraño: no percibo el crujir de la hojarasca bajo sus pasos. En cambio, distingo el tintinear de la pequeña campana que cuelga de las llaves de mi auto.

—¡Oh no! ¡Tony, no te atrevas a llevarte mi carcacha! —grito, desesperada.  

—Mamá, regreso enseguida —grita Tony mientras la puerta se cierra de golpe. 

Me trago el coraje. Ni siquiera me pidió permiso. No es la primera vez. Hace dos meses también se lo llevó, pero entonces fue para ayudarme. Si no se hubiera movido, ya no la cuento. Fue él quien me llevó al hospital aquella primera vez.

Suspiro, nostálgica.

No tarda mucho. Reconozco el motor disonante de mi coche acercándose al pórtico. Tony entra apresurado. Lo veo subir las escaleras y me pongo delante de él para reclamarle, pero pasa a mi lado sin siquiera mirarme. Me parece extraño. Él siempre ha sido cariñoso conmigo; es mi hermano, mi amigo.

—Sí lo encontré, debe estar muy cerca —le dice a mamá.  Ella asiente, con una tristeza en el rostro que aún no logro descifrar.

Quiero llorar, pero no lo consigo. No sé quién viene. Respiro hondo. Aún hay hojas secas bajo mis pies desnudos. Mejor me iré a recostar un poco. Algo no está bien.  

Entro a mi cuarto… mi madre, Emily y mi hermano están aquí. ¿Qué sucede? ¿Cómo llegaron todos? Rodean mi cama.

—¿Quién está ahí? Emily…, ¿estás llorando? —musito, sorprendida—. ¿También tú, Tony?

Veo un bulto cubierto sobre mi colchón. Todos lo miran, pero no hay miedo en sus rostros. Hay tristeza. Una muy profunda y devastadora. Emily acaricia unos pies cubiertos. Entonces lo comprendo: ¡Es una persona!

—¡Un momento! —irrumpo, molesta—. ¿Cómo permiten un cuerpo aquí? —digo, al tiempo que retiro la sábana blanca de un tirón. Al ver el rostro lívido, un grito se me quiebra en la garganta…

—¡Soy yo! ¡Soy yo! —exclamo destrozada, mientras mamá dice a Tony que cierre la ventana. Cree que fue el viento quien sacó la sábana de encima.

Algo no encaja.  La habitación parece lejana. Demasiado quieta. Entonces lo noto: no toco el suelo. ¡Estoy suspendida! Veo mi cuerpo inerte desde arriba. Las voces me llegan amortiguadas, como si atravesaran un frasco de cristal. No puede ser… ¡Quiero despertar! Pero hay algo más. Estoy segura de que sigo viva: siento mi peso, el crujido de las hojas bajo mis pies, la presencia de mi propio cuerpo. La certeza dura apenas un instante. Vuelve la duda.

 Alguien entra al cuarto. Reconozco la voz de mi madre, ahora más clara.

—Doctor Ramsey —dice entre sollozos—, muchas gracias por venir.

—Lo siento mucho, Rose —contesta el doctor—. No esperábamos que todo se complicara tan rápido.

Mi madre abraza contrita al doctor. Mis hermanos permanecen juntos. Tony tiene el brazo sobre los hombros de Emily.

—¡Mamá! ¡Doctor! —grito con desesperación—. ¡No estoy muerta!

La ventana se abre de un golpe súbito y un zumbido estridente irrumpe con la turbonada que cimbra las frágiles paredes de mi habitación. Mamá toma mi chaqueta del respaldo del sillón y se cubre la frágil espalda. Tony abraza con más fuerza a Emily, que oculta el rostro contra su pecho. Mi pequeña hermana es apenas una niña. El doctor intenta en vano afianzar las hojas de la ventana en el parteluz. 

—Permítame, doctor —dice Tony, mientras encamina a Emily con mamá. Luego, con sus brazos fuertes, sella la bisagra con aparente facilidad.

—Es curioso... en pleno verano y con viento tan frío. Hace apenas un par de horas, el sol calentaba con todas sus ganas —dice el doctor, tomando asiento en mi sillón favorito mientras se acomoda los lentes—. Llenaré el certificado de defunción.

—¡Nooo! —grito, furiosa—. ¡No puede hacer eso!

Mamá y mi hermana estallan en llanto. Tony las abraza con firmeza. Yo estoy… ¡enojada! Muy enojada. Trato de golpear las paredes: no puedo. Me muevo a lo largo y ancho de mi cuarto, atravieso la casa. Percibo calor dentro de mí.

Las hojas secas, que ahora sé que solo yo puedo ver, invaden el ambiente, moviéndose con fuerza de un lado a otro, formando remolinos imposibles. Afuera, escucho sonidos estridentes. El viento sopla con más violencia. Las ventanas se estremecen, frágiles y temerosas.

—Mamá —escucho la voz trémula de Emily—, tengo miedo. Es como si Valena estuviera enojada.

—No está enojada, mi amor. Debe estar viendo que estamos todos tristes por su partida —dice mamá en tono dulce—. Todo ha sido tan difícil…

El doctor detiene su escribir para poner atención a mi atribulada madre.

—Desde nuestra pérdida, Valena no volvió a ser la misma —todos asienten en señal de acuerdo—. Se quedaba largas horas sentada al pie del viejo álamo de la entrada, que siempre creí que había crecido sus ramas para que mi amado John pudiera hacer un pequeño columpio para ella. Apenas tenía siete años. Se pasaban horas jugando ahí. Nunca la vi tan feliz. Compartían juntos tantas cosas. John le enseñó a golpear con los guantes de box; mi frágil pequeña apenas los podía sostener. Quedaban cada semana, a la misma hora, para recoger las hojas secas que se juntaban bajo el árbol. La última vez, John no llegó. Murió sin que Valena pudiera despedirse…

—Sí —interrumpe Tony—, mi padre y ella eran muy unidos. Tanto, que a veces, me apena confesarlo, me sentía muy celoso de esos dos.

Veo a mi madre sonreír con lágrimas en los ojos.

—Doctor —interviene Emily, muy despierta a sus doce años—, leí que la leucemia da porque se perdió la alegría de vivir o porque alguien querido se murió.

—Es muy difícil saber eso, Emily —responde, perplejo, el doctor—. Hay muchas cosas que no conocemos de la enfermedad. Sin embargo, lo que sí sabemos es que interviene la genética, los hábitos, los tóxicos y sí… quizás las emociones. Eso se llama epigenética y carga con la mayor parte de los trastornos. La palabra es rara, y no pretendo explicarles, en estos momentos, detalles tan complejos. Lo que sí les puedo decir, es que la leucemia de Valena fue especialmente agresiva: no respondió a los tratamientos convencionales —agrega mientras se acomoda los lentes— y no nos dio mucho tiempo para los tratamientos no convencionales. En la primera quimioterapia se inflamó mucho su corazón y, en esta segunda, no resistió.

Escucho obnubilada la voz del doctor. Algo en mí se calma… como si la furia se rindiera en una tregua apacible. Recuerdo que no estoy sola. ¿Dónde estás, Dios? Sé que me escuchas. Suspiro con esperanza. Quizás me puedas dar una oportunidad. Si estoy aquí, con los míos todavía, quizás puedas regresarme a mi cuerpo. Te prometo ser mejor. Detengo mi voz para escuchar. Solo puedo oír el sonido musical del viento, ya convertido en una suave brisa. ¿No estás? ¿Acaso no existes? No me dejes sola…

—Se calmó la ventisca, pero está empezando una llovizna muy leve —dice Tony, asomándose por la ventana.

Mamá y Emily aún están abrazadas. Con sus manos trémulas, acaricia suavemente el cabello de mi hermana, largo y rubio. ¿Qué puedo hacer? Debe haber una forma de regresar, me pregunto, tratando de ser creativa. Lamento haber desperdiciado tanto tiempo… Debí haber abrazado más a mi hermana, amar más a mi madre, platicar más con Tony… Lo siento mucho.

—Es curioso —interrumpe el silencio mi madre—. Vale nunca pudo llorar a John, todo fue tan rápido. Apenas terminábamos de arreglar toda la documentación derivada de su muerte, cuando Vale empezó a enfermar. Fiebres y fiebres. Usted la revisó varias veces, doctor, ¿recuerda? Yo estaba tan llena de dolor que no me percaté de la gravedad de mi hija. Pude haber hecho más —escucho a mi madre sollozar desconsolada, derramando abundantes lágrimas sobre el cabello de oro rizado de Emily, tan parecido al mío —. Mi hermana se aferra también a ella, en un lamento interminable.

Veo que el doctor se acerca a abrazar a mi hermana y a mi madre. Las abarca con sus brazos rechonchos y cortos.

—Doctor —me acerco a ellos sabiendo que no me ven—. Escuche… aún puede hacerme reanimación. ¡Luche, luche por mí! —le digo al oído con todas mis fuerzas.

¡No quiero morir! ¡Dios! Aún no me llames. ¡Escúchame! —levanto la voz, mirando al cielo—. ¡Tú eres todopoderoso! ¡Déjame quedarme!

Justo en el centro de mi ser se mueven sensaciones como olas estrepitosas. No encuentro paz. Me asomo por la ventana y veo el viejo columpio. Está meciéndose de un lado a otro por el viento, pero bien pudiera ser por mí. Ahí está mi árbol. Mío. Yo lo planté. Yo lo regué. Lo podé, lo cuidé. Nadie más lo hizo. Yo… sola, como siempre me he sentido. Nadie me escucha, nadie me ve. Aislada…, sigo sin conseguir llorar.

—Dios, qué tormenta tan intensa se acaba de soltar —dice Tony.

No quiero moverme. Estoy quieta. Me siento perdida, sólo veo el techo de mi cuarto. Las voces y ruidos alcanzan mis oídos, pero no quiero mirar a otro lado.

—Cierra la ventana de tu cuarto, Emily.

—Sí, mamá.

—Hace tiempo que no se veía esto —dice el doctor—. Elko, Nevada, no es una ciudad que se ufane de tener precipitación pluvial.

El aguacero, cada vez más intenso, golpea sin cesar el techo. Parece una sinfonía uniforme. Me recuerda las veces que no podía dormir y ponía en mi celular lluvia como ruido blanco.

—No puedo creerlo —veo a Tony abrir un poco la ventana—. Está lloviendo a cántaros. Mamá, iré a cerrar el pórtico y abrir el desagüe.

Veo a mamá asentir con la cabeza mientras se sienta al lado de mi cuerpo. Creo que ella también piensa que estoy dormida. Toma un rizo de mi cabello sin descubrir del todo mi cara, como si temiera verme. Titubea. Me retira la sábana y me observa con tanto amor, que temo quebrarme.  

—Mamá —suplico frente a ella—, no dejes que me lleven. Estoy tan triste. Perdí algo y no me acuerdo qué o, quizás, quién… Tengo tanto dolor en el alma. No lo puedo digerir —sigo gimiendo desconsolada.

La lluvia aumenta su estruendo; comienza a crujir el cielo y hay luces que prenden y se apagan mientras el día se extingue. Son rayos que surcan serpenteando el firmamento tapizado de nubes grises, como la sensación que me invade. Me quedo suspendida en el aire, me dejo llevar. Aún veo las hojas en el piso. ¿Qué significan? ¿Qué hacen en el suelo si el árbol está en la entrada? ¿Las traje yo aquí?

De pronto recuerdo… ¡mi padre!… ¿Dónde está mi padre? Quedamos de juntar la hojarasca al pie de nuestro álamo. ¡Nooo! Papá… no te vayas, ¡no te vayas! —comienzo a llorar desconsolada.  Puedo sentir que el centro de mi espíritu se derrite. Tony se acerca a mi cuerpo, despacito; mira mi cara con un gesto de asombro. Su mano se acerca a mis ojos…

—Mamá, Valena…, está llorando…

Tony, Emily, el doctor y mi madre se acercan, estupefactos, a mi cuerpo. Mis hermanos se hincan frente a mi cama y comienzan a llorar conmigo. Este maremoto interno es desconocido para mí, apenas puedo manejarlo. ¡Te extraño tanto, papá! La tormenta se intensifica aún más; parece querer romper el recién remodelado techo de la casa. El viento sopla sin descanso haciendo vibrar las ventanas de mi amada recámara.

—¿Dónde estás, papá? —grito desconsolada sin que nadie me escuche.

El temporal hace eco con mi alma. El sonido de un crujir estrepitoso se levanta, desafiante, en la obscuridad. Veo a Tony incorporarse de inmediato y revisar por la ventana.

—¡El álamo se está ladeando!

Lo veo bajar corriendo las escaleras, se dirige hacia la entrada.

—¡Ten cuidado, Tony! —grita mamá, al tiempo que trata de detenerlo sin éxito.

Tony echa a andar mi carro sorteando el torrencial chubasco, y lo mueve lejos del pórtico, evitando que se dañe si finalmente cae el álamo. Regresa a la recámara totalmente exhausto y empapado.

—No creo que pueda resistir —dice, jadeando aún—, el álamo… se mojaron las raíces y extrañamente no parecen ser muy profundas… están cediendo… no tarda en caer.

El doctor mira a Tony, preocupado. Tony asiente con la cabeza, como si supiera lo que el doctor le pide con el lenguaje de los ojos. Mi madre y Emily también cruzan la vista. Tony se acerca a mi cuerpo y lo toma por la cabeza, al tiempo que el doctor lo hace con fuerza por los pies.

—¡Ey! ¿Qué hacen? —replico, sin lograr que se detengan. Me mueven de manera tan coordinada, c Son rayos que surcan serpenteando el firmamento tapizado de nubes grises, como la sensación me invade.

Todos caminan hacia el cuarto de Emily que está del otro lado del pasillo principal. Entre quejidos de esfuerzo y rechinidos de la madera, me mueven al aposento de mi hermana, que observa con espanto cómo me depositan en su cama. Sin dar más tiempo, se escucha un tremendo crujido que retumba en toda la casa. En un instante, mi alma está de regreso en mi cuarto y veo, con asombro, que mi querido árbol se viene en picada, directo a la pared principal donde está la ventana, destrozando todo a su paso.

El álamo, vencido por la tormenta y quizás por la tristeza, se desploma en un quejido final. No cayendo de lleno, sino de costado, como si aún dudara en herir lo que una vez cuidó. Una de sus ramas más pesadas golpea la cornisa de la ventana, arrancando de cuajo tejas, madera y parte del techo. El estruendo fue seco y brutal. El tronco, inclinado, queda sostenido sobre el alero, a medio paso del desastre completo. No atraviesa finalmente la casa. Como si hubiera cambiado de idea en el último segundo.

En ese momento, la noche se vuelve para mí como el día. Se abren las nubes y el sol comienza a brillar a su máxima expresión. Ante mis ojos veo levantarse, esplendorosa, una hermosa pradera, llena de flores de todos los colores posibles… e imposibles; árboles de un verde intenso, más que mis ojos verdes sepia, y el firmamento más azul que haya visto en mi existencia. Una luz intensa, que no lastima la mirada, comienza a inundar mi alma, como acariciándola con millones de manos, y una paz inefable me reviste como oleada refrescante.

A lo lejos, entre los árboles, alcanzo a divisar una figura. Es un hombre, se acerca a mí. Estoy anonadada de gozo. ¡Es mi padre!

—¡Papá! —me desplazo lo más rápido que puedo hasta él y nos abrazamos en un querer desbordante—. Te extrañé tanto.

—Mi pequeña —veo sonreír a mi padre—, no debiste haber llegado tan rápido, pero el Padre lo permitió.

—Yo solo quería estar contigo. Quedaste en que arreglaríamos la cornisa y juntaríamos la hojarasca del álamo. No me esperaste.

Mi padre sonríe y me abraza. Con un cariño inmenso, toma mi mano, suave y hermosa, como si nunca hubiese recibido tantos pinchazos de agujas. Ya no tengo dolor. En ese instante sé, con certeza, que todo está bien.

Mi madre, Emily y Tony se recuperarán. Pronto tendrán una casa nueva, más grande y mejor; me lo contó el Padre. Tony elegirá ser abogado y Emily ayudará a muchos niños abandonados por sus padres. Mamá estará pronto con nosotros. Por ahora —porque aquí siempre es ahora—, todos estamos gozando del amor sin medida. Más felicidad no puedo pedir. En mi corazón vivirá el amor que mi familia me prodigó, con el recuerdo de ese viejo árbol que tanto disfrutamos mi padre y yo.

Cumplí mi misión, amé mucho a los míos. El Padre dice que eso me salvó, aunque estaba muy triste conmigo porque no pude aceptar a tiempo que se llevara a mi papá. Me hizo entender que eso era falta de confianza en Él. De cualquier manera, todo estuvo cumplido, y mi existencia, aunque pequeña, espero que enseñe a otros a aceptar la voluntad de Dios en sus vidas, porque su amor es perfecto.

lunes, 19 de enero de 2026

Cassandra

Ruth Rosales


            «Estoy tan cansada de sus lamentos», murmuró azotando la puerta mientras le marcaba a su novio por el celular. «Por eso, mi papá tiene una amante. No hay quien soporte a mi jefa. ¡Odio sus discursos lastimeros de ama de casa abnegada!».

—¡Hola, mi amor! ¿Pasas por mí al boliche? Le traje a la ñora sus zapatos, pero me detuvo casi media hora con sus chantajes. No te tardes, porfis, ya quiero darte besitos y poner mi cabeza entre… ¿Amor? Sí, te decía que… Ah, ok, ok. Bueno, está bien; aquí te espero.

            «¡Cómo me choca que me corte de esa manera!», rezongó al tiempo que colgaba el celular con brusquedad. Mientras esperaba sentada en la banqueta, recordó cómo ese muchacho le rogó durante meses para que saliera con él. Había días en que se sorprendía cuestionándose qué la había llevado a cambiar de opinión. Tal vez fueron las flores exóticas que le mandaba a su casa, a la escuela y hasta a los restaurantes donde estaba con sus amigas. Al principio la abrumaban tantas atenciones, pero después se fue acostumbrando al perfume de las gardenias, rosas y jazmines traídas desde Veracruz y Morelos. Después, esos regalos se transformaron en joyas, invitaciones a cenar en lugares exclusivos de la ciudad y, por último, en viajes. París, Londres y Venecia estaban en sus planes para el verano.

            Aunque pertenecía a la clase acomodada de la ciudad, la familia de su ahora novio tenía mucho más dinero que la de ella. Había rumores sobre la procedencia de dicha fortuna, pero cuando terminó por aceptarlo, se convenció a sí misma de que él no estaba involucrado en los negocios familiares. También tuvo que ver con que él le juró, frente a la cruz de la iglesia, que sus padres no querían que sus hijos trabajaran para ellos. «No pudo haberme mentido en la casa de Dios», pensaba mientras se arrodillaba junto a la cama para decir sus oraciones. «Además, me prende con solo besarlo», terminaba diciendo en voz alta, con la sonrisa en la boca y reprimiendo el fluido que salía sin su consentimiento de entre sus piernas.

            —¿Qué dice mi catarrín? —Oyó decir a su novio en cuanto se subió a su troca Dodge Ram 2500—. ¿Qué? ¿Te comieron la lengua los ratones?

—No estoy muy segura de saber si me gusta que me llames así.

—¿Poooor? ¡Ay, mi catarrín! ¿Ya ves por qué te llamo así? ¡Sí, eres bien catarro! Catarro y barroca. ¿No estás segura de saber? Se sabe o no se sabe. De verdad que eres bien cagada, mi hermosa florecita del desierto.

La incomodidad que sentía era reciente. No se había tomado el tiempo de saber por qué su novio la llamaba de esa manera hasta que su cuñada se acercó para preguntarle si se sentía cómoda con la forma en que su hermano se refería a ella. «Me dice así de cariño», le respondió sin darle mayor importancia. La duda se quedó ahí, fermentándose, afilando sus sentidos. ¿Le decía así de cariño? ¿Cuál era el verdadero significado de ese mote? ¿Por qué no se atrevía a preguntárselo? Entonces escuchó cómo el mejor amigo de su novio se expresaba sobre los borrachos que danzaban alrededor de la alberca. «¡Son una bola de catarros! ¡Ya déjense de mamadas!». ¿Soy borracha o soy molesta? No tomo. Me cae mal en el estómago… Entonces, soy una molestia. Y así concluyó que, en efecto, su novio le decía así porque consideraba que ella, como todas las mujeres, era fastidiosa.

—¿Y ahora qué hizo la mamá suegra para hacerte renegar?

—Lo de siempre. Descargar su frustración conmigo por su falta de huevos para dejar a mi papá.

—Debería hacerle como mi jefa.

—¡Nombre! La mojigata de mi mamá jamás tendría un amante.

—Pues ella se lo pierde. Además, las mujeres son más listas en eso de los engaños. Mi jefe no tiene ni idea de que es un cuernudo hecho y derecho. No me extrañaría que mi jefa planeara deshacerse de él para quedarse con su baro y casarse con ese gringo que trae de noviecito. Más te vale que a ti ni se te ocurra traicionarme, ¿eh, cabrona?

Aunque se incomodaba cada vez que su novio la amenazaba por cualquier tontería, una parte de ella se sentía orgullosa de tener a alguien que la celara y le hablara con firmeza. Le gustaba esa atención enfermiza llena de feromonas.

En el segundo año de noviazgo, lo que le cautivaba al principio de su relación empezó a resultar un tanto molesto. Los regalos se volvieron excesivos y la frecuencia con que llegaban a su casa era proporcional a las cancelaciones de sus planes. Cuando salían de viaje, había días en que él se ausentaba, alegando que tenía que cumplir con algunos encargos de su papá. Esto la incomodaba. ¿Y si su príncipe azul ya estaba involucrado en los negocios familiares? Se fue guardando la duda hasta que, un día, llegó a su casa bañado en lágrimas.  «Vamos a la iglesia, catarrín», le dijo sin darle más explicaciones. Pensó que tal vez quería un poco de paz tal y como ella la encontraba cada vez que algo la inquietaba. Eso la hizo enamorarse un poco más.

—Estoy muy encabronado con mi jefe —le dijo una vez que se sentaron en la última banca de madera en la iglesia vacía—. El viejo se quiere expandir.

—No entiendo…

—¡Cállate! No te estoy pidiendo que entiendas, que pienses ni nada. Es más, esto es un error. ¡Vámonos!

Se levantó molesto y se fue de la iglesia sin esperarla. Cuando salió para alcanzarlo, ya se había ido rechinando las llantas de su troca. Pasó una semana sin saber nada de él. Se sorprendía mirando la pared de su cuarto sin enfocarse en ningún pensamiento en particular. Ponía música para distraerse, pero a la media hora apagaba el aparato reproductor porque necesitaba silencio. Sentía un extraño hueco en el estómago. Se sorprendía con rápidas palpitaciones que retumbaban en su pecho. ¿Estaba sufriendo un paro cardíaco? Lo dudaba. Había oído decir en alguna parte que así se sentía cuando se tenían ataques de pánico. Quería saber de él. Marcaba su número y la mandaba al buzón de voz. Aunque la ausencia se asemejaba a una cueva sofocante sin salida aparente, la distancia empezó a mostrarle que, en realidad, no tenían nada en común. A ella le gustaban las fiestas, pero no en exceso. Disfrutaba más salir de excursión al desierto o hacer senderismo en la única montaña que quedaba al otro lado de la franja fronteriza, en lugar de pasar horas eternas jugando billar o escuchando música electrónica en algún bar, mejor conocidos por los jóvenes como antros. Su mayor ilusión era estudiar diseño de modas en el extranjero, pero él no podría irse a vivir fuera del país por cuestiones de seguridad.

Aunque su novio no nació en esa ciudad, le había tomado un cariño especial. Adoraba ese pedazo de desierto. Tal vez fue por eso o por el amor que decía sentir por ella que, después de transcurridos quince días, se apareció en su casa con un ramo de rosas pidiéndole perdón. Lo único que le dijo fue que su papá aceptó su sugerencia de no ejercer violencia en la ciudad y de pensar mejor a largo plazo. Le propuso una idea en la que el Gobierno Federal estaba involucrado, así como un plan elaborado sobre el derecho de piso. Esto impactaría a la economía local y no quedaría otra más que usar los recursos que su familia le ofrecería al municipio. Por supuesto, ella no entendió nada. Estaba tan contenta de verlo sonriente y tranquilo que prefirió callar esa voz de alerta que meses después recordaría; por lo pronto, se entregó a vivir el momento. «Mañana será otro día», se dijo en silencio mientras lo besaba y se calmaba el miedo a sentirse abandonada.

La reconciliación no duró mucho. Pronto empezaron a surgir las diferencias que ella había identificado cuando estuvieron separados y, un día, decidió terminar. Incapaz de aceptar que su novia lo había dejado, y después de haberle rogado que regresaran, obteniendo siempre una negativa, se dedicó a difundir que ella era una mentirosa y que tenía serios problemas psiquiátricos. Contó con la ayuda de amigos que exageraban sus historias. Dentro de la comunidad de la iglesia, se corrió el rumor de que era promiscua y de que había engañado a su novio, incluso con sus amigos.

La difusión de los rumores fue tan rápida que no le dio tiempo de reaccionar. De un momento a otro se había convertido en una ladilla y era juzgada por la alta sociedad de la ciudad fronteriza. Sus padres, a su vez, fueron señalados y decían sentirse muy decepcionados por ella. Un día, cuando salía de clases, uno de los supuestos amantes que le achacaron se acercó a ella y le agarró la nalga.  «Para que recuerdes mis caricias, mamacita», le dijo, acompañado del coro de carcajadas de quienes estaban en el pasillo.

—¡Ojalá que te cuelguen del puente más alto, hijo de puta! —gritó sacando toda la rabia que tenía contenida—. ¡Y a todos ustedes, ojalá y los maten en un tiroteo!

Tres días después del incidente, el cuerpo del muchacho que la tocó apareció colgado de uno de los puentes peatonales que cruzaba la avenida principal de la ciudad. Le empezaron a llamar bruja, loca, freak, pero después aparecieron más cuerpos y dejaron de prestarle atención. Era evidente que ella no tenía nada que ver con esas muertes. Los tiroteos en restaurantes y tiendas hicieron que la población se quedara en casa hasta que el Gobierno Federal intervino imponiendo el toque de queda.

Una vez que pudo separar el dolor que le provocó la traición del hombre que alguna vez le aseguró que la amaba y observar lo que ocurría en la ciudad, recordó la plática que tuvo con él en aquella reconciliación. Cuando su padre llegó hecho una furia porque le estaban cobrando un dineral para proteger su negocio como parte de la «cuota por derecho de piso», confirmó que todo formaba parte de ese plan a largo plazo al que se refería su exnovio.

 —Papá, esto es parte del plan de mi ex.

—¿Qué dices, mocosa?

—Es su familia. Me lo dijo cuando todavía estábamos juntos. Quieren apoderarse de la ciudad; es parte de un plan más ela…

—¡Cállate! ¡Ya me tienes harto! Esto no tiene nada que ver con tus puterías. ¿A mí qué chingados me importa lo que el pendejete de tu ex anda diciendo por ahí? Ya quisiera ese idiota tener el poder para mover las cosas de esta manera.

—Papá, créeme. Esto no tiene nada que ver conmigo. No te estoy mintiendo. No pagues…

—¿Y que me peguen un tiro o incendien mis locales? ¡Ya me tienes harto! Lárgate a tu cuarto antes de que…

Su madre la tomó del brazo y la metió en su recámara. Pensó que la consolaría, pero terminó por decirle que dejara de pensar en sus dramas y que permitiera a los adultos hablar de las cosas realmente importantes. Todo lo que le pasaba por la cabeza formaba parte de las historias que ella misma se inventaba, que no eran reales. Sacó unos comprimidos de diazepam de su bolsillo y la obligó a tomárselos. «No eres el centro del universo», le dijo mientras cerraba la puerta y se marchaba sin haber intentado escucharla.

En la escuela la cantidad de guardaespaldas aumentó. La mayoría de los estudiantes llegaba a las clases con escolta de personal de seguridad. Ella no era la excepción. Como nadie le hablaba, empezó a forjar una amistad con sus dos guaruras. Fueron ellos quienes la convencieron de alertar a la ciudad sobre lo que su novio le había dicho, enviando mensajes a través de sus redes sociales. No tardaron en señalarla como loca paranoica que fabrica teorías conspirativas. Todos pensaron que trataba de manchar el nombre de su ex inventando historias sobre él y su familia. La tachaban de ardida y desequilibrada.

Mientras los comercios empezaban a pagar el derecho de piso y los militares patrullaban las calles, el Gobierno federal decretó oficialmente la guerra contra el narcotráfico en la zona fronteriza. La familia de su ex empezó a brindar ayuda financiando al Municipio y a los organismos de comercio para hacer frente a las extorsiones, lo que generó un roce con la federación al contraponerse al plan estratégico de detener o bien acribillar a los delincuentes en caso de no recibir el dinero solicitado.

A pesar de que le seguían mandando mensajes de hate en redes sociales por decir que la ayuda prestada no era para salvar a la ciudad, los guardaespaldas continuaban apoyándola para que siguiera diciendo que todo era una trampa por parte de los líderes del sur y así quedarse con el control de la plaza fronteriza. Nadie le creyó y empezó a resultar incómoda para la familia de su exnovio, quien se encargó de difundir por todos lados que esa mujer era una mentirosa compulsiva.

            El primero de enero, después de la cruda del festejo del Año Nuevo, la ciudad amaneció con la noticia de un acuerdo de paz entre los niveles de gobierno y las cámaras de comercio, liderado por el padre de su exnovio. En él se establecía la retirada del ejército y un extraño acuerdo realizado por los empresarios de la ciudad fronteriza y los funcionarios del estado de Sinaloa. Entre el movimiento provocado por la salida de las fuerzas armadas de la ciudad y la entrada de nuevas empresas de logística provenientes del sur, la ciudad se vio inmersa en un espejismo de dinamismo y florecimiento económico que eclipsó los levantamientos de quienes se opusieran o hablaran mal de las dichosas alianzas pacíficas de colaboración.

            La noche en que se celebraba la venida de los Reyes Magos, el padre de la chica decidió preparar una cena para festejar el inicio de los tiempos de paz. Ese fue el día en que ella estuvo por última vez con su familia. Una semana antes, había subido a las redes sociales un video en el que explicaba que este acuerdo era un plan para que la droga proveniente de Sinaloa tuviera libre acceso a través de la frontera. En medio de la cena, un convoy militar llegó a su casa y la llevaron a la fuerza mientras escuchaba los disparos detrás de ella. Seis meses después, identificaron el cuerpo de su madre, envuelto en plástico, tirado en un terreno baldío. A su padre, nunca lo encontraron. 

            La despertó el sonido de las olas del mar. Estaba desnuda en un sillón dentro de una cabaña ubicada en un desfiladero. Buscó algo con que cubrirse, pero solo encontró un par de sábanas blancas sobre un colchón en la única recámara. Había una cocina equipada y un televisor. Quiso salir, pero las puertas y las ventanas estaban cerradas. Se activó una alarma y, diez minutos después, apareció el papá de su exnovio. Se acercó a ella y la agarró por la cintura. «¡Suélteme! ¡No! ¡Voy a gritar!», le dijo mientras intentaba liberarse del abrazo.

            —¡Estate quieta, putita! —Susurró mientras le besaba el cuello y uno de sus guardaespaldas le sostenía las manos—. ¿Lo reconoces? Es tu guarura. ¿Creías que trabajaba para ti? Estos pendejos te hicieron creer que eran tus compas y te animaban a subir esas pendejadas en el Internet. ¿A poco creías que lo hacían de buen pedo?

            Después de violarla y permitir que sus guardaespaldas también lo hicieran, le anunció que, de ahora en adelante, viviría en esa cabaña y que su trabajo sería complacerlo. Lloraba todos los días a todas horas. No podría creer lo que le estaba pasando. Suplicaba a los guaruras que le dijeran qué había pasado con sus padres. Pedía hablar con su exnovio para ver si podía persuadirlo, manipularlo, hacer algo, pero nunca apareció. Empezó a dudar de que alguna vez existió; de que el amor que le profesaba fue solo una pantalla para cogérsela y exhibirla como muñequita de aparador «por güerita y por sabrosa», recordaba esas palabras que le decía mientras la besaba por todo su cuerpo. «Así quédate, catarrín, quietecita. Tienes la piel de las arenas blancas de Nuevo México y estas curvas… estas curvas son como las del Espinazo del diablo de Durango, verdá de Dios».

            El calor húmedo la despertaba. Sentía derretirse por los poros. Su sudor, combinado con los fluidos de su agresor y el sonido constante de las olas del mar chocando contra las rocas, hacía que dejara de sentirse persona. Era un recipiente al que le ponían y le quitaban cosas: «Hoy traje esta reata para amarrarte, mamacita. Te va a gustar, te lo aseguro». Entonces se llenaba de agua, agua que se coagulaba al secarse y se convertía en costras de sangre. El colchón le picaba la espalda cansado de sostenerla, escuchaba que le decía con hartazgo en una voz imaginaria que salía del mueble: «levántate, vieja zorra. ¡Corre! ¡Grita! ¡Haz algo! ¿Dónde quedó tu voluntad?». Pero las piernas le temblaban cada vez que se animaba a dar los cinco pasos necesarios para llegar al baño y evacuar los escasos sólidos que producía su cuerpo. Le había ordenado a su cerebro que no expulsara nada, porque cada que lo hacía, se rasgaban las ampollas cultivadas en su ano. Con el tiempo eso dejó de preocuparle. Los músculos perdieron su elasticidad. Ahora solo servían para sostener aquello que su amante decidiera introducir. Habían olvidado su principal función.

            Su voz no tenía permiso para apagarse. Aun cuando al principio no paraba de gritar, con la esperanza de que alguien escuchara los lamentos que experimentaba por los golpes que recibía, resultó que sus jadeos eran tan perturbadores y desgarradores que exponenciaban el placer que sentía tanto el padre de su exnovio como los amigos que invitaba para compartir a su «llorona». «¿A poco no grita como desposeída y te la pone durísima?», les comentaba a sus compas, «y si le aprietas el pescuezo, da la impresión de que se le desprenden los ojos, y esa imagen te hace venir con ganas». Entonces, el recipiente que era su cuerpo también recibía sus lágrimas, porque el dolor seguía recordándole que estaba viva, aunque quisiera desprenderse del repositorio en el que alguna vez guardó su alma.

Acabó por dejar de contar los días. ¿Cuántos habían pasado? ¿Dos, tres, cincuenta, trescientos sesenta y cinco? Había olvidado cómo se medían los años. Ya no existían las estaciones. Todo era igual. La división del tiempo ocurría según el olor de la transpiración del hombre que la poseía: palomas hechas con tequila y toronja, para la primavera; michelada con clamato y limón, para el verano; margaritas con mezcal, licor de naranja, sal y chile en polvo, para el otoño; y, para el invierno, ponche con “piquete” ya sea con brandy o con ron y la deliciosa fruta... lamía la piel de su agresor para poder sentir la manzana y el tejocote, y luego lo mordía para imaginar que le sacaba el jugo a la caña. «¡Ay, eres una perra cachonda! Te gusta, ¿verdad? Quién lo diría con esa carita de mustia que aún te cargas». Más allá de asustarse después de complacerlo, respiraba agradecida. Tenía contento al suegro. Al menos ese día no la había hecho sangrar.

            Un día cualquiera, después de que el padre de su exnovio quedara exhausto, tendido a su lado, extendió la mano y empezó a acariciarle un seno. Su aliento olía a un whisky irlandés que su hijo solía pedir siempre que salía de antro con ella. Le habló de su esposa y de cuánto extrañaba los agarrones que se daban cuando eran jóvenes. Entonces aparecieron en la mente de la muchacha unas imágenes de un pasado difuso que parecían más bien la historia de otra mujer proyectada en la televisión. Vio a su novio llorando en la banca caoba de la iglesia. Los rayos anaranjados del atardecer, distorsionados por los vitrales de los grandes ventanales, se proyectaban en las mejillas del hombre que amaba. «Mi madre y su gringo se van a cargar a mi jefe», oía salir de sus labios. «¿Por qué lloras?» quería preguntarle mientras lo consolaba, «si tu padre es un monstruo».

            Entonces, sin pensarlo, su boca murmuró que su esposa lo engañaba. «¿Qué dices, zorrita? Eres una perra celosa», replicó el suegro carcajeándose de su ocurrencia. «Qué cagado, ella también te tiene envidia. Me lo dijo hoy cuando salía para venir a cogerte. Pinches viejas. Son todas unas putas gatas en celo».

—No son celos. Le estorbamos. Nos va a matar.

—¡Qué pendejadas dices, verdá de Dios! Ya me decía mi hijo que eras bien catarro. Estás bien cagada.

—Él me lo dijo. Ella tiene un amante gringo y te matará.

—¡Deberías escribir telenovelas! Dudaba cuando mi hijo me decía que te inventabas cosas y que él no te había dicho nada del plan para hacernos de la plaza. Por eso te secuestré; para darle una lección al pendejete. Aunque a él, la verdad, le valiste madres. Ni quiso saber dónde te tenía. Ahora veo por qué. Porque la neta sí estás bien chiflada. Para lo único que sirves es para coger.

—¿Dónde están tus guaruras?

—Los mandé a un encargo. Ahorita regresan. Ándale párame las nalgas, que ahora te quiero coger por el culo.

—Nos van a matar.

Mientras el respetable líder de la cámara de comercio, cuyos negocios principales tenían como materia prima la amapola y otras sustancias químicas, poseía a la exnovia de su hijo, un hombre alto, rubio y de ojos azules, entraba por la puerta principal con un fusil de asalto AK-47, apuntando hacia la recámara.