jueves, 21 de mayo de 2026

Antes del silencio

Alejandra Cantarero Concha


La calle Dorset se estira frente a mí como un rasguño que nunca cicatriza: escuece, palpita. Las casas se apoyan unas contra otras, torcidas, con ladrillos ennegrecidos y ventanas rotas tapadas con trapos. Desde algunos marcos cuelgan cortinas grises y desgastadas. El suelo está cubierto de barro, restos de comida, papeles húmedos y algo que prefiero no identificar.

 

Un carro rechina al doblar la esquina. Un caballo resopla. Alguien tose detrás de una puerta. Más lejos, una botella se rompe. East End nunca está en silencio. El aire no entra en los pulmones: se queda pegado en las fosas nasales. Huele a col hervida, a cerveza vieja, a sudor rancio y a agua estancada. A veces creo que uno deja de respirar y simplemente aprende a tragarse el olor.

 

Camino despacio, porque caminar rápido da hambre. Llevo seis peniques en el bolsillo. Los paso de una mano a la otra, uno por uno, como si al contarlos pudieran multiplicarse. Seis. Nada más. Ni siquiera lo suficiente para una cama limpia. Tal vez para un mendrugo duro y un té aguado. Tal vez. Los peniques están tibios. Han pasado por demasiadas manos antes que por las mías. Me digo que es mejor no pensar si podré comer mañana.

 

Las piedras de la calle están húmedas aunque no haya llovido. Siempre están mojadas. Hay un brillo oscuro sobre ellas, como si la noche nunca terminara de irse del todo. Un carro pasa cerca y me salpica la falda. No miro hacia abajo. Si miro, sé que voy a ver manchas que no se van.

 

Escucho gritos más adelante. Una mujer discute con un hombre. Después, risas huecas. Whitechapel cruje, tose, escupe. Yo hablo cuando es necesario. Pienso en mis hijos sin querer. Siempre es sin querer. Los dejé en el albergue hace años, pero en mi cabeza siguen siendo pequeños. Los imagino con las mejillas rojas por el frío, con los zapatos demasiado grandes que alguien les dio. Me digo que están mejor sin mí. Me lo repito hasta que suena como una verdad.

 

Antes cosía. Me levantaba temprano, lavaba mis manos, me sentaba junto a una ventana pequeña y trabajaba en dobladillos para otras mujeres. No era una vida buena, pero era una vida. Ahora mis manos huelen distinto. A veces trato de recordar cuándo fue la última vez que me sentí limpia. No lo consigo.

 

Entro a una casa de alojamiento porque necesito usar el espejo. No porque me importe cómo me veo. Nunca es por eso. Es una necesidad rara, como tocar una herida para comprobar que sigue ahí. El espejo está manchado, con vetas blancas que parecen telarañas secas. Me acerco igual. La mujer que me devuelve la mirada tiene el pelo opaco, enredado en los costados. Las mejillas hundidas. La piel floja alrededor de la boca, acompañando esa desgastada cicatriz que baja hasta el mentón. Cuarenta y tantos años y todos se notan; la cicatriz también.

 

Me veo los ojos. Eso es lo peor. No están vivos, pero tampoco muertos. Están cansados. Pienso en la joven que fui y no siento nostalgia. Solo incredulidad, como si me hablaran de otra persona. Mi vestido tiene costuras descosidas. En el dobladillo hay una mancha que no reconozco. O tal vez sí, pero prefiero no recordar. Me toco la cara. La piel es áspera. No sostengo la mirada mucho tiempo. Nunca lo hago. Hay cosas que es mejor no confirmar. Salgo de la casa.

 

El estómago me arde. No es un dolor fuerte. Es peor, constante. Un animal pequeño mordisqueando desde dentro. Paso frente a una panadería. El olor hace que me muerda más fuerte. Pan caliente. Manteca. Azúcar. Sigo caminando. Si me detengo, pienso. Si pienso, recuerdo. Y si recuerdo, no avanzo.

 

En la esquina hay varias mujeres. Algunas fuman. Otras ríen demasiado fuerte. Una es muy joven. Tiene la cara limpia. Me pregunto cuánto tardará en perderla. Nadie nos mira de verdad. Nos observan como se observa un charco: para evitar pisarlo. No elegí esta vida. Pero tampoco sé cómo salir de ella.

 

Esta noche tal vez consiga lo suficiente para una cama. Un lecho donde no tenga que abrazar mis rodillas para conservar el calor. Un catre donde nadie me toque. Me digo muchas cosas. Casi ninguna es cierta. Sigo caminando. Whitechapel te traga despacio. Yo ya estoy dentro.

 

En la esquina siguiente las encuentro. Annie ya está borracha, como siempre; apoyada contra el muro, con la risa floja y los ojos vidriosos, como si la noche fuera un chiste privado que solo ella entiende. Cathy tiembla del brazo de Mary Jane, la pelirroja, que intenta cubrirla con su chal raído sin soltar el cigarro. El humo se le pega al pelo húmedo. No veo a Eli. Tal vez tuvo suerte y está caliente en alguna habitación, con las medias secándose junto al fuego.

Me acerco.

 

—Hola, Polly —dice Mary Jane, mirándome de arriba abajo—. ¿Viste a Eli?

 

—No. Debe estar con algún cliente —respondo sin interés—. ¿Cuánto tienen?

 

Annie se ríe antes de contestar.

 

—Ahora te crees nuestra jefa —protesta y eructa al final, como si así cerrara la frase.

 

No me lo tomo a mal. He estado peor que ella, y lo sabe. Si con eso olvida por un rato dónde está, bien por ella.

 

—Yo tengo seis peniques —digo, sacándolos del bolsillo del abrigo.

 

—Entre nosotras juntamos quince —agrega Cathy, con la voz tan baja que parece pedir disculpas por existir.

 

—Bien. Algo podremos comer con unas veinte —digo—. Después habrá que trabajar para conseguir una habitación. Vamos, antes de que te congeles ahí parada.

 

Cathy asiente sin mirarme.

 

Mientras avanzamos hacia la taberna, pasa un carruaje. No es de este barrio: las ruedas limpias, el caballo bien cepillado. Dentro va una mujer. No la veo bien, pero reconozco la mirada: esa forma de mirar sin ver, como si la calle no pudiera tocarla. Lleva un vestido decente; huelo su perfume incluso antes de que el carro termine de pasar. Seguro no tiene barro en las botas. «Hay mujeres que se venden en alcobas con sábanas blancas. Yo me vendo en las esquinas».

 

Escupo al suelo cuando el carruaje se pierde calle abajo y sigo caminando.

 

—¿Vieron los carteles con las desaparecidas? —pregunta Cathy, sin dejar de tiritar.

 

—¿Cuántas van? —se preocupa Mary Jane.

 

Antes de responder, escucho el silbido familiar de la policía. Hago señas a las demás para entrar al callejón. En susurros les digo:

 

—Para sacarnos de una esquina corren; para encontrarnos muertas apenas caminan.

 

—Tal vez deberíamos trabajar para McCarthy —dice Mary Jane, con una inocencia absurda—. Puede que sea más seguro.

 

—¡No seas idiota! —le grita Annie—. Te golpeará hasta que le des todo el dinero.

 

Vuelvo a escuchar el silbato, seguido de una advertencia. Las hago callar. «No se alejen de sus casas, no se separen. Hay un asesino suelto en Whitechapel».

 

—¡Vaya novedad! Para eso tanto alboroto —les digo.

 

Dejamos el escondite y caminamos en silencio hasta el Ten Bells. Empujo la puerta y el olor me golpea antes que el ruido. Cerveza agria, grasa vieja, sudor atrapado en la madera. El calor es espeso, pegajoso, como si el aire fuera el vapor de una sopa nauseabunda. El piso está cubierto de aserrín oscuro, húmedo en algunos puntos, apelmazado por botas que no conocen el agua limpia. Cada paso suena a succión.

 

Mary Jane entra detrás de mí, con Cathy casi escondida en su sombra. Annie se adelanta y se apoya en la barra como si fuera suya. Aquí nadie nos mira con sorpresa. Somos parte del mobiliario: mesas, vasos, mujeres.

 

Las paredes están amarillas de humo. Hay manchas que nadie se molesta en limpiar porque siempre vuelven. Un espejo torcido detrás de la barra devuelve reflejos deformes: caras partidas, bocas demasiado grandes, ojos sin brillo. Me reconozco apenas. Mejor así.

 

—Cuatro cervezas —digo—. Y pan. Lo que haya.

 

El hombre de la barra no responde. Sirve. Los vasos llegan con espuma muerta, tibia. El pan está duro, pero huele a algo parecido a comida. Lo parto con las manos. Las migas caen al aserrín y nadie las recoge. Bebo. El primer trago arde. El segundo baja más fácil. El tercero ya no importa.

 

—¿Te imaginas trabajar en el West End? —dice Annie, riéndose sola—. Allá las putas usan guantes.

 

—Y perfume —agrega Cathy, intentando sonreír—. No este olor.

 

Mary Jane da un sorbo largo, como si quisiera vaciar el vaso de una vez.

 

—Allá tal vez no te pegan —dice Annie—. O al menos te golpean con delicadeza —bromea, haciendo una mueca, y se le cae un poco de cerveza.

 

Nos reímos. Porque si no, habría que callarse, y el silencio aquí pesa más que el ruido.

 

—Allá se venden en camas limpias —digo—. Con mantas suaves.

 

—Y hombres que se lavan las manos —añade Annie—. ¡Qué lujo!

 

Chocamos los vasos. Un tintineo breve, ridículo en medio de este ambiente. Mary Jane deja el suyo a medio terminar. Mira la madera de la mesa como si pudiera leer algo en las vetas.

 

—Cuando junte suficiente, me voy —dice—. A Irlanda. Al campo. Verde de verdad, no este verde enfermo. Voy a criar gallinas.

 

Annie suelta una carcajada.

 

—¿Gallinas? Tú no sabes cuidar ni tus medias.

 

—Déjala —digo, pero sin fuerza.

 

—Allá el aire es limpio —sigue Mary Jane—. Se duerme de noche. No hay gritos.

 

—Y los hombres son todos santos —ríe Annie—. Seguro.

 

Mary Jane no responde. Aprieta los labios. Sus ojos se ponen vidriosos, pero no llora. Nunca llora. Eso sería admitir demasiado. Cathy, que no ha dicho nada, deja el pan intacto.

 

—Elizabeth no volvió anoche —dice de pronto—. Ni hoy.

 

Nadie ríe esta vez.

 

—Tal vez encontró habitación —digo.

 

—O cliente fijo —añade Annie, demasiado rápido.

 

Cathy niega con la cabeza.

 

—No. Algo anda mal. No quiero que nos separemos.

 

Miro alrededor. Hombres apoyados en la barra, otros sentados solos, algunos ya borrachos. Manos inquietas. Ojos que calculan.

 

—Si andamos las cuatro juntas, no conseguimos nada —digo—. Parecemos un problema, no una opción.

 

Cathy me mira como si fuera a llorar.

 

—Entonces de a dos —continúo—. Parejas. Volvemos acá cada hora. A la puerta. Si falta una, no seguimos.

 

Mary Jane asiente sin mirarme.

 

—Yo voy contigo —le dice a Cathy.

 

Annie me clava los ojos.

 

—Siempre mandando.

 

—Siempre cuidando —respondo.

 

Bebo lo último de la cerveza. Sabe a nada. Me limpio la boca con el dorso de la mano. Nos levantamos. El piso se pega a las botas. El ruido del Ten Bells sigue igual cuando llegamos a la puerta: risas falsas, vasos, una canción mal cantada en un rincón. Antes de salir, miro el interior una vez más. Este lugar traga mujeres como si fueran migas. No distingue. Abro la puerta. El aire frío entra como una bofetada.

 

—Una hora —repito—. Aquí. Muévete, Annie, no voy a llevarte en brazos.

 

Asienten. Nos separamos. La calle nos espera.

 

Annie encuentra trabajo en la primera esquina; le digo que use el callejón detrás de la taberna. Yo cruzo la calle, camino hacia la esquina opuesta. Oigo golpes provenientes de un portal a oscuras; camino sigilosa. Escucho la voz de Mary Jane y me acerco. El imbécil la está golpeando duro y en el rostro. Recojo una botella del suelo. Todavía está húmeda. Le doy en la cabeza por la espalda. El vidrio no se rompe, pero el golpe suena hueco, como hierro contra madera. Se da vuelta con los pantalones a media pierna. Me empuja. Caigo de espaldas y el frío del suelo me sube por la columna. Me escupe cerca de la cara, no acierta, y se va insultándonos.

 

Mary Jane, entre llantos, me grita:

 

—¡Zorra estúpida! Aún no me había pagado, todo esto por nada —añade pasándose la mano por el rostro—. Púdrete, Polly.

 

«Que se jodan». Me levanto y sigo con mi plan; necesito dinero.

 

Doy un par de pasos y escucho los cascos de unos caballos; me adhiero instintivamente a la pared viscosa. Desde la niebla, aparecen cuatro corceles negros delante de un carruaje majestuoso. Lo miro embobada. Se detiene frente a mí. Un sudor frío y pegajoso me empapa la frente; trato de esconderme en las sombras. De entre las cortinas del carro, emerge una mano enguantada con un racimo de uvas. El olor me envuelve y me atrae. «No debería». Me acerco y arranco las frutas de un tirón. El sabor me hechiza, estoy en un sueño. Con el botín en mis manos, me hundo de prisa en la sombra segura de la pared. La mano aparece otra vez, con un saco. Lo voltea y las monedas tintinean en el suelo. Grandes, brillantes. Gateo hasta ellas. Son libras, no peniques. Mientras las recojo, se abre la puerta del coche y escucho:

 

—Sube, te daré el doble.

 

Estoy tiritando, pienso un segundo en Eli, en las que no vuelven. La puerta sigue abierta, percibo la calidez y veo las monedas apretadas en mi mano; durarán poco. No debería subir, pero el apetito volverá. Me levanto y la mano enguantada me ayuda a subir. El interior es templado. Rozo la suavidad del terciopelo. Huele a cuero, perfume caro y vino dulce. Hay una mancha oscura en la tela del asiento. Apenas la miro. Él viste traje de gala, me habla con suavidad, me tiende una copa de licor. Yo bromeo, me siento en el West End. Me atiborro de uvas y de vino. Veo el reflejo de algo brillante. Tarde, el filo del cuchillo ya está en mi cuello. «Al menos, en el silencio no hay hambre».

martes, 5 de mayo de 2026

Cartas a Liverpool

María Paz Navea Tolmos


El verano de mil novecientos treinta y cinco comenzó como cualquier otro en la vida de mi madre, María Antonia Solís de Regal Ojeda, en la hacienda familiar a las afueras de Lima. Por entonces, aún era una muchacha de diecisiete años que dejaba transcurrir sus tardes largas y tranquilas bajo el sol tibio de la estación, entre el canto de los pájaros que se ocultaban en los jacarandás del jardín y el delicado tintinear de las cucharitas de plata contra la porcelana, mezclado con el aroma del té recién servido y la tierra húmeda del jardín.

Con el tiempo, había aceptado que aquella rutina, tan ordenada y correcta, era el único destino que le estaba reservado. «Un libro siempre es una buena compañía», le repetía mi abuela, casi como una forma elegante de justificar su propia ausencia debido a tantos compromisos sociales. Mi abuelo, por su parte, vivía entregado a un trabajo que lo obligaba a viajar constantemente, un negocio próspero que llenaba las arcas de la casa, pero vaciaba sus habitaciones. Mi madre siempre fue muy inteligente; no le tomó mucho tiempo comprender que en aquella casa el afecto tenía horarios y la conversación, protocolo.

Tampoco tuvo demasiadas amistades. Su educación, impartida en casa, la formó con rigor y distinción, pero también con cierta distancia del mundo. Había, sí, algunas vecinas con quienes compartía paseos y ciertas tardes de conversación, pero incluso esas cercanías eran intermitentes; los viajes constantes y los compromisos familiares hacían que aquellas presencias fuesen apenas un paréntesis en la rutina de la hacienda.

En sus ratos de soledad se refugiaba en la biblioteca de la hacienda, un salón de techos altos donde el aroma a cuero viejo y madera de cedro parecía detener el tiempo. Allí, sentada en un sillón de terciopelo frente al ventanal, leía a Balzac en francés, a Jane Austen en inglés y a Vallejo en español. Las lenguas extranjeras se le deslizaban con una naturalidad admirable; la fonética le era dócil, casi instintiva. Genuinamente gozaba de la lectura. «Siempre puedo ser alguien más si lo deseo», pensaba mientras pasaba las páginas, como si cada libro fuese una puerta abierta hacia otra vida.

Pero de pronto una mañana la rutina, a la que ella había terminado por llamar destino, se vio interrumpida. Su padre partió a una de esas expediciones que lo retendrían lejos hasta julio, y su madre salió rumbo a Buenos Aires para visitar a unos parientes.

—Cuánto me hubiera gustado tener al menos una hermana —se dijo en voz baja, observando cómo sus padres se alejaban en direcciones distintas.

Rosario, la criada más antigua de la casa, que permanecía detrás de ella con las manos entrelazadas en el delantal, la escuchó.

—No hay nada como tener hermanos, niña María —respondió con una sonrisa suave—, pero no crea que está sola. A veces la vida manda compañía cuando menos se espera.

Mientras Rosario hablaba, María recordó una noche de su infancia. Tenía el rostro encendido por la reprimenda de su madre y los ojos aún húmedos cuando, en la oscuridad de su cuarto, sintió las manos tibias de Rosario acomodándole el cabello con una paciencia casi maternal. Sin decir palabra, la nana le acercó un pañuelo y un vaso de agua, y permaneció allí, sentada a su lado.

—Llegó esto para usted. Viene del extranjero.

Rosario levantó el sobre a la altura de los ojos, y el recuerdo se disipó con la misma discreción con que había llegado.

—Muchas gracias, Rosario. Es un placer gozar de su compañía y de sus palabras. Agradezco tanto a nuestro Señor Jesucristo por permitirme seguir contando con usted todos los días.

—Más agradecida estoy yo, señorita, por haberla visto crecer. Estaré en la cocina, por si me necesita.

—Rosario… antes de que se retire —dijo en voz baja, con una vacilación poco habitual en ella—, le ruego no comente nada de esto. Puede que no sea más que un error, pero preferiría… que quedara entre nosotras.

Rosario asintió inclinando la cabeza discretamente. Aun así, mi madre esperó a que cruzara la entrada de la casa antes de tomar el sobre con cuidado. La luz de la mañana caía oblicua sobre el papel, resaltando el tono rosado pálido y el lacre rojo aún intacto. Qué extraño, pensó.

A simple vista notó que el sello no era local. Las estampillas estaban en inglés y la caligrafía, firme y segura, no se parecía a ninguna que hubiera visto antes.

«Para la peruana que me robó el corazón». La frase parecía ajena a aquella casa de protocolos y porcelana.

En el reverso, con una caligrafía redonda y elegante, se leía:
«Mr. Nicholas Whitmore
24 Falkner Square,
Liverpool».

De inmediato abrió el sobre. «¿Qué clase de broma es esta?», se dijo a sí misma. Estaba casi segura de no conocer a ningún señor Nicholas. Desdobló la envoltura con cuidado. El papel era grueso, perfumado con una fragancia apenas perceptible, y la tinta negra se extendía con firmeza sobre la superficie. Sintió entonces una incomodidad nerviosa difícil de nombrar: no era habitual —ni correcto— que un desconocido supiera su nombre y mucho menos su dirección.

—¿Con qué imprudente clase de hombre me he venido a topar? —se dijo, casi escandalizada por el atrevimiento.

La reprochable osadía, sin embargo, no consiguió decepcionarla del todo. Antes bien, había encendido en ella una curiosidad inquieta, casi febril, que luchaba por imponerse sobre las reglas con las que había sido educada.

Liverpool, noviembre de 1934

Estimada señorita:

Mi corazón se alegra al evocar su rostro. Desde aquel instante, no he logrado apartar su imagen de mis pensamientos. Recuerdo su mirada —esos ojos marrones y serenos— y la delicadeza de sus facciones. Aún conservo la forma en que sus cabellos negros, largos y sedosos, caían sobre sus hombros cuando el viento parecía empeñarse en inquietarlos.

Le confieso que, tras haberla visto apenas unos instantes y a la distancia, me sentí en la urgencia de descubrir quién era usted. Tuve la fortuna de consultar a un conocido que me acompañaba en aquel momento, quien casualmente tenía algunas referencias de su persona. Fue él quien me proporcionó la dirección en la que creía que usted residía.

Espero, con más anhelo del que me atrevo a confesar, el momento en que el destino me permita verla de nuevo. Confío en que me conceda el honor de cortejarla como corresponde. Me sería grato continuar esta conversación que el destino, generoso, puso en mi camino. Le ruego responda a la dirección del remitente para que podamos conocernos mejor.

Con devoción,

Mr. Nicholas.

Definitivamente debía tratarse de un error, pensó mi madre. Aunque la mujer descrita cumplía con todas sus características, dudaba que se tratara de ella. Sin embargo, la carta estaba escrita con un afecto tan evidente que ignorarla por completo también le parecía una gran equivocación.

«Ya quisiera yo que alguien se interesara en mí de tan apasionada manera», pensó con una sonrisa apenas perceptible.

Durante los días siguientes se preguntó innumerables veces si debía responderle o no. Enamorada del amor —como lo estaba entonces— consideró explicarle el posible error en la dirección y desearle, con cortesía, que encontrara a la verdadera destinataria.

Guardó el sobre entre las páginas del libro que leía por aquellos días —una edición de Víctor Hugo— y cada vez que avanzaba a un nuevo capítulo, la carta reaparecía, como si reclamara una respuesta que ella todavía no se atrevía a conceder.

Finalmente, aún confundida —pues la carta llevaba fecha de octubre—, decidió confiarle su secreto a Rosario. Después de todo, el año anterior había acompañado a su padre en un viaje por Europa, y no podía descartar del todo que aquel caballero hubiera coincidido con ella en algún lugar sin que lo advirtiera.

—Señorita, esa carta ha de ser para usted —dijo Rosario con convicción—. Quizá la vio paseando en alguno de los viajes que hizo con su padre, y perdió la cabeza por su belleza… No está de más averiguarlo. Sería interesante conocer a alguien con intenciones serias. Le aconsejo considerar un poco más a ese caballero. Si no es para usted, el tiempo lo aclarará. Y si lo es… sería una lástima no llegar a descubrirlo.

Esa noche mi madre releyó la carta antes de dormir, no una, sino varias veces, como si en cada lectura pudiera encontrar una pista que antes se le hubiese escapado. La sostuvo entre las manos un instante más de lo necesario antes de apagar la vela de su habitación, y aunque intentó convencerse de que aquello no debía afectarla, la acompañó hasta el sueño.

A la mañana siguiente, antes incluso de que la casa despertara por completo, se sentó frente a su escritorio de caoba, cuya superficie brillaba bajo la luz que se filtraba por las pesadas cortinas de lino. Sobre el tapete tejido rosado, el tintero de cristal esperaba, reflejando los destellos de una mañana inusualmente clara para el invierno limeño. Se quedó un instante contemplando el jardín, donde la neblina aún se enredaba entre los troncos de los chirimoyos, y solo cuando el primer rayo de sol tocó el papel en blanco, decidió responder:

Lima, enero de 1935

Mr Nicholas,

He recibido su carta con sorpresa y, he de admitir, con cierta curiosidad, no deja de intrigarme que alguien pueda describir con tal precisión unos ojos que, según afirma, no ha logrado olvidar. Me pregunto, entonces, si acaso me ha confundido con otra o si su memoria es más poética que fiel.

Si en efecto me ha visto, le ruego me ilumine: ¿en qué circunstancia ocurrió tal encuentro? ¿O ha decidido usted cortejar a una desconocida por el mero placer de la aventura?

Le advierto que mi carácter es menos romántico que curioso, y antes de permitirle cortejarme como corresponde, quisiera poder conocerlo un poco más.

Atentamente,
M.

La carta fue enviada pocos días después. Mi madre no habló más del asunto, pero comenzó a medir el tiempo de una manera distinta. Pues, en aquellos años, el océano no se atravesaba con ligereza: sus palabras viajaban en barco, entre semanas de mar y silencio.

Durante las primeras semanas no disimuló del todo su expectación. Preguntaba con aparente ligereza cuándo pasaría el cartero y si había llegado algo para ella. Cada sonido de ruedas en el camino de tierra la obligaba, sin quererlo, a levantar la mirada.

El tiempo comenzó a extenderse más de lo previsto. Los días se convirtieron en semanas, y la emoción inicial fue cediendo paso a una resignación silenciosa. Llegó a pensar que quizá la carta no había cruzado el océano, o que el caballero inglés había reconsiderado la imprudencia de su gesto. Pero una mañana cualquiera, Rosario dejó sobre la bandeja del desayuno un sobre distinto a los demás. De inmediato notó que el matasellos no era local.

Liverpool, marzo de 1935

Estimada señorita María:

Confío en no incurrir en una impropiedad al dirigirme por fin a usted con su nombre completo; la información de la que dispuse en un principio fue, como podrá imaginar, parcial, y no sin insistencia he logrado finalmente conocerlo.

Le confieso recibí su carta con sincero alivio, pues temía que mi atrevimiento no obtuviera respuesta. Celebro su franqueza; no hay virtud que estime más que la claridad de pensamiento.

Permítame despejar sus dudas: no la he confundido. La vi una sola vez, y fue suficiente.

Se encontraba usted caminando junto a un caballero mayor, imagino que su padre, mientras el viento insistía en jugar con su sombrero. No intercambiamos palabra alguna. De hecho, dudo que haya advertido mi presencia. Sin embargo, la serenidad con la que avanzaba, como si el mundo no pudiera perturbarla, dejó en mí una impresión que no he logrado disipar.

No acostumbro a cortejar desconocidas por mero entretenimiento, señorita. Y menos aún si no estuviera dispuesto a asumir las consecuencias de este atrevimiento. Si le escribo es porque consideré que callar habría sido una cobardía mayor.

Comprendo que su curiosidad supere a su romanticismo. La mía, le aseguro, también es más analítica que impulsiva. Tal vez sea esa coincidencia la que me anima a insistir.

Si me concede el privilegio, me gustaría continuar esta conversación con la misma honestidad con la que usted ha planteado sus respuestas.

Con el debido respeto,

Nicholas Whitmore.

¿Pero dónde me habría visto?, se preguntó, con una inquietud que no lograba acallar. La certeza con la que él escribía ya no daba lugar a la duda: era ella a quien buscaba.

Mi madre no esperó para responder. Apenas terminó de leer la carta de Liverpool, la releyó una vez más y, antes de que el impulso pudiera enfriarse, se sentó frente a su escritorio e, impulsada por una emoción que apenas intentó contener, escribió con una seguridad que no admitía titubeos.

La pluma avanzó firme, veloz, sin tachaduras ni vacilaciones, como si cada frase hubiese estado aguardando su turno desde mucho antes. No corrigió una sola palabra, pero al momento de fecharla, dudó apenas un instante: no deseaba que el señor Whitmore imaginara que su carta había sido el único acontecimiento de sus días. Así que escribió:

Lima, mayo de 1935

Mr. Whitmore:

He recibido su carta y, debo admitirlo, su memoria resulta más detallada de lo que imaginaba. Si en efecto fue el viento el responsable de que usted me notara, quizá deba empezar a agradecerle a la brisa de aquel día su intromisión.

Confieso que me inquieta, aunque no del todo me desagrada, saber que fui observada sin advertirlo. Es curioso cómo una sola mirada puede quedarse en la memoria de alguien… mientras la otra parte continúa su camino sin sospecharlo.

Celebro que no se trate de un error. Hubiese sido una historia mucho menos interesante.

Me sorprende, sin embargo, su determinación. No todos los caballeros consideran que el silencio sea cobardía; algunos lo llaman prudencia. Me pregunto entonces qué fue lo que lo impulsó realmente a escribir. ¿Fue la serenidad que menciona? ¿O acaso la intriga de no saber quién era yo?

Le advierto que mi curiosidad ha comenzado a competir con mi escepticismo. Y aunque no suelo conceder privilegios con ligereza, admito que su insistencia ha despertado en mí el deseo de conocer si su carácter es tan firme como su caligrafía.

María.

Guardó el sobre en el cajón de su escritorio; no lo entregaría al mensajero sino hasta el lunes siguiente, asegurándose de que el sello de la oficina de correos confirmara su supuesta indiferencia.

Durante meses intercambiaron cartas con una constancia que empezó como curiosidad y terminó convirtiéndose en hábito. El correo marcaba el compás de sus días, y aunque no era mucho el contenido que leía, las descripciones de Liverpool no le eran ajenas; había caminado por ciudades parecidas durante sus viajes con su padre. Sin embargo, algo en la forma en que Nicholas hablaba del puerto, del movimiento constante y de los trenes nocturnos le seguía pareciendo casi irreal. No porque le resultara desconocido, sino porque no lograba concebirse viviendo de manera perpetua en un mundo que no se detenía nunca. Ella estaba acostumbrada a un orden distinto, a un lugar que se aquietaba al caer la tarde.

Poco a poco madre dejó de fingir aquella indiferencia ante la llegada del correo, aunque no sin cierto desasosiego. Cada carta implicaba el mismo temor silencioso: ser descubierta y arriesgar una reputación construida con esmero. Pero, aun así, la espera terminó por imponerse al miedo. Él, por su parte, empezó a escribirle como quien conversa con alguien a quien conserva en la intimidad del pensamiento. Un día de pronto, cuando el intercambio ya formaba parte de sus días, recibió una carta distinta:

Liverpool, noviembre de 1935

Estimada señorita:

Confieso que esta vez no he podido someterme al ritmo acostumbrado del correo. Cada carta suya produce en mí un efecto que vuelve innecesarias, casi insoportables, las semanas de espera entre una y otra.

Han transcurrido ya varios meses desde aquella primera respuesta suya —la que, con admirable precisión, supo cuestionar mis intenciones— y desde entonces sus palabras han comenzado a ocupar un espacio creciente en mis días. Me descubro anticipando su tinta, imaginando el gesto con el que inclina la cabeza al escribir, preguntándome si el viento sigue empeñado en desordenar su sombrero como aquella tarde en que la vi por primera vez.

No me parece prudente continuar alimentando esta correspondencia sin intentar darle un rostro definitivo. Por ello he tomado una decisión que espero no la incomode: viajaré al Perú antes de que termine el año. No me sería posible permanecer más tiempo en Inglaterra sabiendo que al otro lado del océano alguien como usted existe.

He de admitir que mi propósito es conocerla como corresponde, esta vez sin la distancia que ha servido de intermediaria.

Espero que no considere este anuncio como una imprudencia, sino como una consecuencia natural de meses de diálogo sincero.

Con genuina expectativa de nuestro encuentro,

Nicholas Whitmore

P.D. Confío en que esta vez el destino permita que mi carta llegue sin contratiempos. Me inquietaría profundamente descubrir que estas palabras no llegaron a sus manos en el momento oportuno, mi querida señorita, María Teresa Paredes y Alarcón.

miércoles, 15 de abril de 2026

Casa Vera

Ninfa Patiño Sánchez


Sin que pudiera evitarlo, sus pies la llevaron al portón. El árbol de ciprés producía una sombra gigantesca; la buganvilla se enroscaba como serpiente en las paredes.  Fue directo a la fuente; el agua producía un sonido tenue. Esta vez había varias flores de loto; en una de ellas le pareció ver el mismo rostro.  Intentó descifrarlo, pero alguien le habló:

—Buenos días, pasa, ¿vienes a meditar? 

Luz María sintió que un hilo de calor atravesaba su garganta, quemándola; era la misma voz y ojos color agua marina.  Se quedó en silencio y musitó:

«¡No puede ser, estoy soñando! ¡Es la misma persona!»

Con mucho esfuerzo consiguió que su lengua liberara las palabras que no podían salir; finalmente logró articular:

—Soy Luz María Santillán, conocí a la doctora Vera hace muchos años. Empecé una terapia con ella.

—Soy Katya, su hija. Vera, mi madre, falleció hace ya algunos años, pero su espíritu vive en esta casa.

La llevó a la sala de meditación, donde había una vela encendida y un jarrón con rosas; el incienso a medio consumir despedía un suave aroma a mirra.  En la pared enmarcados estaban los rostros de la doctora Vera y de los maestros. Luego regresaron al jardín y se sentaron en una banca junto a la fuente.

—Qué bueno que hayas conocido a mi madre —le dijo sin dejar de observarla.

—En realidad no la conocí mucho, por eso he vuelto; desearía saber más de ella.

—La historia de mi madre es fascinante. —Sus pupilas se agrandaron al enunciarla, esbozó una sonrisa antes de continuar.

»Ella nació en Praga.  Llegó con mi padre al Ecuador alrededor de mil novecientos treinta y nueve. Después de innumerables búsquedas —primero a través del arte y el teatro— terminó conociendo al profesor Durckheim en Stuttgart. El maestro provenía de la psicología de la Gestalt. Con él realizó diversos ensayos sensoriales: exploraciones sobre el silencio, la forma y la contraforma, y fue él quien la introdujo en el zen. Ver el mundo tal cual es, sin ideas, sin deseos, sin crítica.

»El legado de mi madre, tanto en el campo de la psicología como en la práctica del zen, es tal, que me faltaría vida para contarte.

Mientras Katya le hablaba emocionada de su madre, su carrera y el descubrimiento del zen, Luz María escuchaba en silencio. Los ojos de Katya la trasladaron a una cadena de recuerdos.

 

Estaba parada en el portón cuando apareció una atenta muchacha.

—Buenas tardes, vengo a una consulta con la doctora Vera.

—Pase, sea bienvenida. Ya le aviso a la doctora Verita.

Luz aprovechó para mirar con disimulo el entorno. Un ciprés se alzaba como sombra rígida contra el cielo apagado. En el centro, una fuente oscurecida por el cielo encapotado respiraba un silencio inquietante. El aire olía a tierra húmeda y resina amarga, un aroma que le tensaba los nervios sin una razón clara. Tenía la idea de que algo no estaba bien y, aun así, cada paso la arrastraba hacia aquella casa, como si el jardín la reclamara en secreto.

Algunas hojas del ciprés le cayeron en la cabeza. Se acomodó el cabello y continuó observando la fuente de agua. Una flor de loto, completamente abierta, despedía un aroma etéreo y acuático. En el centro de la flor, algo parecido a unos ojos la inmovilizó, hasta que la voz de una mujer con acento alemán salió desde la escalinata de piedra que conducía al salón principal.

—Buenas tardes, soy la doctora Vera Schiller de Kohn, ¿y usted?

Luz se quedó sin habla; al mirarla, le impresionaron los ojos aguamarina. Un miedo inusitado se apoderó de ella, que no logró responder de inmediato; al cabo de algunos segundos, después de tragar saliva, pudo contestar:

—Soy Luz María Santillán, esposa de Pablo Álvarez —dijo con voz temblorosa.

—Ah, sí, pasa, pasa. Ya Pablo me habló de ti; la verdad, no creí que fueras tan joven, pero ven, toma asiento. ¿Quieres un té? —le preguntó.

La doctora Vera había percibido lo nerviosa que estaba e intentaba deshacer la tensión inicial. Sin dejar de observarla, le entregó hojas en blanco y un lápiz.  Le pidió que realizara dos dibujos: uno sobre su infancia y otro sobre su adolescencia.

Luz María empezó a relajarse; sus dedos se deslizaban fácilmente sobre el primer papel. En su rostro había una sutil sonrisa; dibujó muy rápido, como si le hubieran pedido que esbozara su mejor día de vacaciones. Luego intentó el de la adolescencia; este lo hizo con más pausa. La sonrisa había desaparecido, soltó el lápiz sobre la hoja y se quedó mirando el piso.

La doctora se le acercó, levantó su mentón y le dijo con tono dulce:

—Está bien. Luz María, ¿podrías contarme qué es lo que te inquieta en este momento?

Luz no contestó, no se atrevía a mirar a la doctora; la intimidaba. Empezó a temblar, le sonaba el estómago, sentía una guerra intestinal, pidió permiso y fue al baño. Pasaron algunos minutos; se observó en el espejo, tenía una sórdida palidez; se sentó sobre el inodoro para tranquilizarse, se lavó la cara y salió.   Cuando estuvo frente a la doctora, un sollozo acompañado de una cadena de hipos le impedía hablar. Vinieron a la memoria recuerdos de su adolescencia.

 

A los diecisiete años, padecía de alucinaciones, delirios, falta de motivación y tendencia a deprimirse con facilidad. Sus padres, muy preocupados, acudieron a especialistas y le diagnosticaron principios de esquizofrenia. Después de un largo tratamiento y varias terapias, se recuperó. Logró terminar la secundaria y se inscribió en la Facultad de Trabajo Social en la universidad. 

En la mitad de la carrera conoció a Pablo, diez años mayor que ella, experto internacional, que residía en el país y participaba como expositor en un simposio sobre políticas públicas. Luz era la coordinadora operativa del evento. Sin poder disimular lo atraído que se sentía, Pablo la invitó a salir. Arreglos florales, chocolates y cenas con velas se volvieron recurrentes. A los seis meses se casaron.

 

Luz María estaba a punto de recibirse como trabajadora social, cuando conoció a un becario dos años menor que ella; cada vez que lo miraba sentía que su cuerpo se estremecía y trepidaba de emoción. Olvidó su estado civil y dejó que sus juveniles y musculosos brazos la aprisionaran sin medir las consecuencias. Empezaron las salidas clandestinas; llegaba tarde a casa. Los fines de semana desaparecía con la excusa de que se iba a hacer trabajos de campo… Así, las mentiras se fueron intensificando y los argumentos no faltaban para encubrir sus escapadas.

Pablo estaba perdidamente enamorado de su esposa. Empezó a sospechar sin preocuparse lo suficiente; tampoco estaba interesado en conocer la verdad. Se decía para sí mismo: «Cosas propias de la edad, ya se le pasará». Además, conocía los antecedentes psicóticos de su adolescencia. Fue entonces que pensó en su amiga la doctora Vera. Imaginaba que Luz María, más que una terapia psicológica, requería de una especie de «exorcismo» para tranquilizarse y recuperar la cordura. Sin pensar dos veces reservó una cita.

 

Los espasmos de Luz María iban desapareciendo, pero continuaba sollozando. La doctora Vera le pasó un pañuelo desechable de papel, decidió no preguntar más, se acercó, la abrazó y susurró al oído:

—Eres demasiado joven para Pablo, abre tus alas, vuela, déjate llevar por el viento y que este te diga cuándo y dónde detenerte.

Luz María, al escuchar tal adagio, experimentó una emoción infinita; sintió como que estaba descargando de su espalda una mochila con piedras. Regresó a casa caminando a paso firme e iba repitiéndose para sí misma: «Hoy tengo que decirle la verdad, es hoy o nunca».

Abrió la puerta con todas sus fuerzas; Pablo la estaba aguardando. Un ligero olor a nuez se desprendía de la pipa que fumaba sentado junto a la chimenea; quería conocer los resultados del encuentro. Esperaba que su estrategia hubiera funcionado, y que su esposa regresaría renovada al hogar.

—¿Cómo te fue, querida? ¿Pudiste hablar con Vera? ¿Qué te…? —No alcanzó a terminar la pregunta cuando Luz le interrumpió:

—¡Me dijo que debo iniciar mi vuelo hoy mismo!

Pablo se quedó impávido, no entendió lo que Luz María le había dicho hasta horas más tarde, cuando vio dos maletas en la entrada de la casa.

 

Los recuerdos de Luz fueron interrumpidos cuando la señora de la sonrisa amable llegó con una bandeja llena de galletas de avena recién horneadas y té de cedrón. En el jardín se escuchó que un ganso graznaba, como queriendo decir algo; un par de sedientos colibríes picotearon algunos capullos. Luz empezó a relajarse y a disfrutar del entorno.

Había una convivencia natural y armónica en el lugar que le producía una sensación de calma. En un impulso involuntario, sus ojos se posaron en el centro de la fuente, donde estaba la flor del loto. Pudo al fin descifrar la imagen; eran los ojos aguamarina de la doctora Vera y los mismos de su hija Katya. Sintió un tenue regocijo, como si estuviera cerrando la última página de un libro que había comenzado a leer años atrás.

Mientras Katya y Luz María disfrutaban en el jardín del aromático té y las galletitas de avena, un silencio profundo invadió el lugar. 

De pronto, un viento tibio abrió la puerta del salón principal. Se empezó a escuchar la Sinfonía del Nuevo Mundo, como si el mismísimo Antonín Dvořák estuviera tocando el enorme piano de cola que había en el lugar. Luz María se asustó y corrió al salón. No había nadie.

Comenzó a temblar y volvieron las sensaciones que le aterrorizaron y acompañaron en su adolescencia; se agarró la cabeza y empezó a gritar desconsoladamente. Katya se le acercó, la tomó del brazo y regresaron a la fuente. Luz María se llevó las manos al rostro; luego miró la flor del loto. Era como si aquellos ojos le dijeran algo; fue tranquilizándose y recuperando la calma.

Katya sonrió y dijo:

—¡Es la Casa Vera!

lunes, 6 de abril de 2026

El nombre verdadero

Rosario Sánchez Infantas

 

Cuarenta años a la deriva.

Eso fue lo primero que entendí cuando te vi aparecer. La vida me ha llevado de aquí para allá, como un río torrentoso arrastra a un pequeño trozo de madera. ¿Por qué tenías que volver ahora?

Me recuerdo a los veinticinco, caminando ligero y con la vida intacta. Creía entonces que bastaba con encontrar un trabajo acorde con mi calificación. Confiaba en ella y en mis fuerzas para enfrentar lo desconocido, lejos de la familia y de los amigos. Veía la vida, en esta cálida ciudad, como unas agradables y productivas vacaciones.

Bienaventurados los que envejecen juntos. Apenas perciben los cambios del cuerpo a lo largo de los días, semanas y años. Tú, en cambio, apareces tras cuatro décadas. Estas han dejado huella en mi piel, en el cabello, en el arrastrar de los pies y, sobre todo, en el espíritu.

Evoqué la tarde en que te conocí. Bordeabas los treinta años. Me sorprendieron tu mirada inteligente, la palabra precisa y el aplomo que emanaba de tu cuerpo pequeño. Tú y el personal de tu circo se alojaban en el mismo hotel que yo. Me sobrecogió pensar en que no éramos dos personas jóvenes, que, en igualdad de condiciones, deseaban conquistar el mundo. Cuán difícil podía ser la vida para alguien tan pequeño, ante la inmensa hostilidad de la gente. El mundo no estaba hecho para ellos.

Al día siguiente nos encontramos en el frontis del alojamiento. Te vi bajar la mirada, azorado; apenas saludaste con los dedos de una mano. Te avergonzaba, quizá, que te viera caracterizado de payaso: la peluca verde, el brillo exagerado del satén en colores vivos —tan opuesto a tu sobriedad— y esos tus zapatos enormes, que acentuaban la pequeñez de tus pies.

Casi no reconocí tu rostro bajo la pintura blanca: las cejas y los labios distorsionados, la nariz roja y un par de lágrimas rosadas. Un corbatín dorado se abría de hombro a hombro. Dos compañeros te ayudaban a subir al capó de un automóvil, desde donde perifonearían por la ciudad las funciones del circo.

Respondí a tu saludo breve. No dije nada; pero, sin duda, te devolví en la mirada aquello que no eras, aquello que apenas era tu oficio.

 

Cuarenta años después, a diario, durante las últimas dos semanas, un automóvil perifoneaba por la ciudad las funciones de un circo. Reconocí el nombre del circo en el que trabajabas. Sentí el aroma de lavanda del hospedaje donde te conocí. Te recordé. Saber de tu cercana presencia, como un gran espejo, me mostró mi trayectoria errática. ¡Cuánto me he alejado de lo que me trajo a estas tierras! Tú podrías notar lo que cuatro décadas han dejado en mí: manchas y arrugas en el rostro, el caminar más lento, y la incipiente espalda encorvada.  Sentí el anhelo de visitarte. Sin embargo, deseché muchas veces la idea. Tal vez ni siquiera me recordarías.

Una tarde lluviosa el vehículo anunciaba las últimas funciones del circo en la localidad.  Suspiré resignada. Un bocinazo me hizo desviar la mirada. Te vi a unos metros de distancia. Subías a un taxi, aún caracterizado. Ágil, sonriente, el rostro terso, inmune al paso del tiempo. Reconocí tu mirada inteligente y el aplomo antiguo. Quizá integraste quién eres con quien tuviste que ser para ganarte la vida. ¡Qué estrategia tan útil!

Algo cambió en mí. Sentí que yo también podía hacer ese esfuerzo. Repasé quién tuve que ser para sobrevivir en las riberas del Huallaga. Como a ti detrás de tu maquillaje, también pude reconocerme en aquello que terminé siendo. Hallé sueños intactos, aunque distintos. Hubo fuerzas que me desviaron de mi curso y me llevaron al fondo. Pero siempre regresé a la superficie. La vida sabe defenderse; el amor, dicen los poetas, termina encontrando su cauce. Y así, poco a poco, fui parte de corrientes más amplias, variables, pero jamás me detuve.

Con esa nueva forma de interpretar el paso del tiempo, al día siguiente, me acerqué al antiguo hotel, confiando en que te alojaras allí.

Una carta es siempre un puente: alguien escribe porque el otro no está. Quizá nunca te envíe esta carta, amigo; pero empecé escribiéndote a ti y terminé encontrándome con otro ausente: mi yo pasado, ahora integrado a mi presente.

Ayer fui a ese hospedaje.  Pregunté en la recepción por tu circo, por ti. El encargado, un hombre mayor, me miró con extrañeza.

—El circo de entonces ya no existe —dijo—. Se incendió hace veinte años, en Piura. Sí, recuerdo a Miguel, el payaso enano… murió esa noche.

Comprendí entonces que, en medio de la lluvia copiosa, creí reconocerte en un niño disfrazado de payaso que subía a un taxi, en las inmediaciones de aquel hotel y de mi memoria.

Entendí que no eras tú quien volvía, sino la vida llamándome por mi nombre verdadero.

Gracias, Miguel. Por primera vez en cuarenta años, no me siento a la deriva.

El canto del búho

Moisés Panduro Coral

 

La camioneta pick up negra avanza rengueando por las cicatrices de antiguas heridas tajadas en el camino. Sus llantas se entierran, reptan y emergen de los surcos profundos con la potencia y la tracción de una cuatro por cuatro.

—Esas huellas en zigzag son típicas de un camión que se ha atollado varias veces en el lodo —comenta el conductor. —Y las más grandes que tienen forma de V son de una retroexcavadora —agrega sujetando el timón con firmeza.

A su costado va Raúl Salazar que instintivamente esconde la cabeza cada vez que las ramas de los arbustos amenazan con estrellarse en el parabrisas.

Al cabo de quince minutos, el vehículo ingresa raudamente a un descampado. El conductor frena secamente y lo estaciona a un lado, apenas a un metro del dominio del bosque, levantando una espesa polvareda.

Raúl Salazar y tres hombres más, con los rostros cubiertos por mascarillas negras, bajan con apremio y se encaminan hacia un portón rústico que da ingreso a un terreno de apariencia agrícola cercado por una alambrada densa que se entremezcla con la vegetación. Arriba del portón cuelga un tablón sin labrar con una palabra pintada a brochazos: «Bienvenidos».

Unas cien personas que se han reunido en el lugar desde temprano, se cierran alrededor de la comitiva. Les aprietan las manos, les muestran fotos plastificadas, les hablan encima unos de otros.

La existencia de ese cementerio había sido negada tajantemente, y hoy venían a forzar la verdad con presencia y cámaras. Alguien grita desde atrás: «¡Es hoy, es hoy!». Otro responde. «¡Ni un paso atrás, unidos venceremos!». Y el resto lo repite, como si el eco pudiera abrir la tierra.

La gente está decidida —dice, en voz baja, Salvador Xelis.

Es un hombre joven, delgado y buen orador. Ha liderado las protestas contra el gobierno de Martino Vizconde denunciando su incapacidad ante la crisis desatada por un virus que inflama los pulmones.

—¿Te contestó el Búho? —pregunta en tono preocupado, mientras choca la palma de su mano con las palmas de quienes se le acercan.

—Está en camino, viene en su moto —responde Raúl.

Vestido siempre de jean y camisa azul de manga corta, Raúl Salazar tiene cara de niño, aunque su piel blanquiñosa acusa ya cincuenta años. Se hizo popular cuando puso en evidencia que las cifras de muertos que Vizconde daba a conocer en conferencias de mediodía, eran falsas.  «Las muertes que se ocultan son una infamia que lacera con fuego nuestra memoria», había escrito aquella vez.

El rugido de voces crece en el silencio del mediodía radiante: «¡Ni un paso atrás, unidos venceremos!». Los hombres blanden machetes que Raúl y Salvador han traído en la camioneta.

En la entrada al terreno hay un tipo robusto, de rostro cetrino y cabello largo despeinado. Viste de jean negro y una sucia camiseta gris sin manga. «Lo sabía», se dice. «No iba a durar para siempre este ocultamiento. ¡Qué idiotas! ¡Pretender que un cementerio pase piola como si fuera un sembrío de hortalizas!»

«Nadie puede entrar aquí, sobre tu cadáver», fue la orden que había recibido cuando le entregaron una escopeta de caza y dos cajas de cartuchos.

«¡Justo el día en que me quedo solo!», refunfuña. Temprano había hecho varias llamadas a su jefe, el Chuma; y al Resho, y al Piña. No le contestaron. Les envió alertas cuando varias personas empezaron a llegar y se quedaron allí. «¿Cómo lo supieron? Alguien tuvo que pasar el soplo. ¡Y ninguno de los pendejos contesta! ¡Hoy es sábado, deben estar chupando esos borrachos de mierda!».

Pensó llamar una vez más, pero…

—¡Señor, nos abre la puerta, por favor! —le dice Salvador con voz firme y educada, plantándose frente a él.  

«Si abro, va a ser un escándalo, le van a sacar la madre a Vizconde, y yo y todos esos huevones vamos a pagar el pato, nos van a botar», piensa.

Las hojas de los machetes en alto reverberan con la luz del sol. En los ojos encendidos que le miran puede leer nítidamente: «¡Ni te atrevas a negar, te jodes!».

«¡Ya, que chucha, mejor es vivo sin chamba que muerto dejando pensión! ¡Que se joda todo de una vez!».

Apurado, mete una llave al candado que aprisiona los extremos de una gruesa cadena y empuja las dos rejas de madera hacia adentro.

El gentío que cruza la entrada en tropel se lleva una sorpresa. No es lo que esperaban ver. Al interior hay un tupido matorral de arbustos y árboles leñosos de más de cinco metros de altura. Mirado desde arriba se vería como un bosque joven contenido dentro de un bosque adulto.

Entre ambos bosques, a mano derecha, aparece un intersticio.

—Debe estar más adentro, entonces —piensa Salvador, y se adelanta por el caminito apenas distinguible entre las yerbas.

La gente va detrás de él.

Raúl que se ha quedado un poco relegado se detiene. «El Búho no pudo haber mentido», se dice.

Ingresa resuelto, machete en mano, a la espesa maleza. Siente una picazón que quema en su antebrazo izquierdo. Se detiene. Se rasca fuertemente. ¡Puta mare! Una bayuca exhibe sus espinas urticantes desde una hoja amarillenta a la altura de su tórax. Lo aplasta de un machetazo. Adolorido, alza la vista: ¡No vaya a haber más de estos!

Arriba, un camaleón lanza su lengua como un proyectil hacia un insecto para asegurar su almuerzo. El bosque joven se mueve. Algo pasa deslizándose por encima de sus zapatillas pero solo alcanza a ver una larga cola verdosa que se pierde en la abundante hojarasca. En su antebrazo empieza a dibujarse una mancha roja, pero desiste de examinarla cuando unos trinos llaman su atención: Seis pajarillos de plumaje marrón y amarillo cantan sobre una rama seca a menos de un metro del suelo. Aguza su vista. ¡Un momento! ¡No es una rama seca! Da unos pasos en esa dirección. Los pajarillos levantan vuelo.

La tosca cruz no tiene nombre, solo números. Se adentra un poco más y encuentra otra cruz. Y, luego, otra, todas tatuadas con números.

Regresa sobre sus pasos, y corre a dar alcance a los demás.

—¡Están ahí adentro! —exclama emocionado. —¡Hay que librar el monte! 

  

El Búho apareció una noche con un presagio: «Va a explotar una bomba».

El colapso de las morgues era el sombrío signo de que el virus no estaba controlado. Los obituarios incesantes en las redes sociales crispaban los nervios. Se exhalaba angustia. Era un país entero lanzando estertores de agonía, mientras la gente de Vizconde negociaba impunemente oxígeno y medicinas, y los servicios de salud se desplomaban.

Las bolsas negras selladas con cinta adhesiva se apilaban, por decenas, en el pasadizo que conducía a la morgue del Hospital Regional. Aquella acumulación de cuerpos era una tétrica trinchera erigida en una guerra que se perdía inexorablemente. Un video motejado de fake news fue censurado por perturbador. Se había prohibido el reconocimiento facial de los caídos. Sus familiares recibían un código con el cual, suerte, influencia o coima de por medio, podían ubicar a los suyos, o al menos, saber que los habían perdido.  

En ese oscuro reino de zozobra, a la hora del almuerzo, Vizconde, desde su cómoda oficina, rodeado de ministros y periodistas, leía cifras que maquillaban con descaro la masacre.

Raúl Salazar, acostado en su cama, peleaba con su insomnio esa noche silente en que un búho ululó desde un árbol cercano. El «Ju-ju-ju-ju» grave y rítmico penetraba por la ventana de su dormitorio en un segundo piso. Dicen que cuando el búho canta es porque alguna mujer está embarazada en el vecindario. «Pero esta avecita anuncia tragedias, también», le decía su mamá cuando tomado de su mano pasaba de noche por aquella calle de su pueblo oscurecida por las sombras de los corpulentos árboles de mango.

«¿Una bomba? Debe ser algún bromista».

En la burbuja emergente de su celular apareció una noticia. La abrió. Lo que leyó le dejó alelado. En una sala de hospital acababan de fallecer, al mismo tiempo, seis personas. ¡Y cuatro eran amigos suyos!: Felipe Salva, Edgar Estrella, Oraldo de los Ríos y Rodolfo Cienfuegos.

Se incorporó bruscamente. Prendió la luz, tiró el celular a la cama y pateó la almohada que se había caído al suelo. Llevó sus manos a su cabeza. «¡Carajo! ¡No puede ser!»

Tenía fe en que cualquier día despertarían, se liberarían de tubos en sus tráqueas, de cables en sus pechos y de sedantes en sus venas, y se irían a sus casas, sanos, salvos, a continuar su vida por sus hijos, por sus sueños. «Están luchando», daban parte los médicos. «Son guerreros, saldrán de esta», decían sus amigos.

Pero si no te mataba un virus, te mataba un apagón eléctrico. Los ventiladores mecánicos se detuvieron súbitamente, el oxígeno dejó de fluir en sus pulmones, y en pocos minutos, ya estaban transitando hacia el recuerdo de sus familias.

«¡Hijos de puta! ¡Malditos!», gritó Raúl. Cogió su celular. Escribió al número desconocido.

—No sé quién seas ¿De qué se trata? —escribió, pensando que quizás la anunciada bomba tenía algo que ver con la desgracia.

Registró el nombre: «Búho».

—Vi tu entrevista y estás en lo cierto. Lo que Vizconde informa en sus conferencias es pura mentira —le respondió.

Raúl Salazar había reunido y cruzado datos meticulosamente: Estadísticas de fallecidos recogidos de sus casas y de las calles por la oficina de saneamiento ambiental, obituarios en periódicos, publicaciones en redes, noticias de páginas web. Estimó setecientos fallecidos. La prensa de Vizconde le hizo puré: se mofaron de él, le insultaron y vilipendiaron.

—El director del hospital está harto de esa huevada y va a soltar la verdad —agregó el Búho.

Por la mañana, cerca de las diez, se encontraron. Lucas Perdomo era su nombre. Tenía unos cuarenta y cinco años. En su rostro trigueño y ovalado resaltaba una nariz pequeña algo encorvada y unas cejas pobladas debajo de las cuales un par de ojos grandes parecían mirar fijamente. Sus entintadas ojeras eran la huella que habían dejado sus largos años de turnos nocturnos en la unidad de cuidados intensivos. Iniciada la peste, fue transferido a la unidad de la morgue del hospital.

Su ser, pequeño y enflaquecido, desaparece dentro de su equipo de protección personal. Es un auténtico búho.

Un café tras otro, conoció más de su nuevo amigo. La labor del Búho empezaba habitualmente a las siete de la noche. Revisaba certificados y formatos de control; hacía apuntes, resaltaba, elaboraba cuadros de Excel. Iba y venía solitario, tablero en mano, desde la morgue hacia el pasadizo central del hospital. «Un checking bien hecho elimina la ambigüedad». Al rato, un camión de doble cabina se estacionaba en el patio contiguo. Cuatro operadores con equipamiento negro se encargaban de subir y acomodar los bultos en la tolva.

La luz pública empalidecía la ciudad desolada. Los semáforos pasaban de verde a rojo por gusto. Nadie que viera circular el vehículo podría imaginar la carga que iba cubierta con un impermeable gris que se levantaba levemente con el viento. Ya fuera de la ciudad, y luego de recorrer media hora por una carretera asfaltada, el camión reducía su marcha y giraba a la izquierda para entrar, pesadamente, a un camino cercado por la maleza.

La tétrica carga se desembarcaba en un área descubierta donde un operador de retroexcavadora y su ayudante excavaban hileras rectangulares.

—¡Hache erre, cero, uno, dos, uno; Hache erre, cero, uno, dos, dos; Hache erre, cero, uno, dos, cuatro; Hache erre, cero, uno, dos, cinco; Hache erre, cero, uno, dos, seis! ¡Vamos, aquí! —indicaba el Búho, chequeando su tablero, al borde de una fosa semialumbrada por los faros del camión.

—¿¡Qué hay del cero, uno, dos, tres!? —pregunta un operador.

—¡Lo recogió su familia temprano! ¡No pregunten! ¡Avancen! ¡Tenemos para dos vueltas más!  —responde sin inmutarse.

 

A la una de la tarde, como de costumbre, Martino Vizconde mostraba en la pantalla que, a la fecha, en la región, se había contabilizado sesenta y siete fallecidos. Raúl escuchó la campanita de su celular. El cuadro que esperaba había llegado. Lo abrió, ansioso. ¡Santo Dios! ¡Setecientos setenta y uno fallecidos!  

No se alegró haber estado tan cerca de la cifra real, pero se turbó al pensar que esa cifra correspondía solo al Hospital Regional. Faltaba el reporte de otros hospitales y de las zonas rurales. Su cerebro volvió a martillar una inquietud que ya se había planteado antes: Si el número oficial de enterrados en los cementerios locales era escandalosamente menor a las cifras del Hospital Regional ¿Dónde estaban los demás?

En plena peste, corrió el rumor de un borrachito que logró emerger de un cementerio escondido en la selva. El personal de saneamiento lo había encontrado tieso en una esquina con la mascarilla puesta. No tenía pulso, ni respiración, fue dado por muerto y llevado a la morgue.

Se despertó cuando sintió que le caía un montón de tierra encima. «¡Éste es el último, nos vamos!», gritó alguien. Rompió la bolsa, arañó, tragó y respiró tierra, y al salir a la superficie pudo distinguir las luces de un camión que se alejaba. A tientas se dirigió hacia allí, no sin antes tropezar con varios montículos. Al amanecer, encontró un camino que siguió hasta llegar a una carretera asfaltada que le resultó conocida. «Y aquí me tienen, ahora, mírenme», finalizaba su historia, palmeando su pecho. Nadie le creyó.

 

—¡Raúl, ya están terminando. No llega el Búho! —escucha la voz de Salvador.

El bosque joven ha desaparecido. Las criaturas que pululaban en él han huido en busca de un nuevo cobijo natural. Lo que ha quedado a la vista es un bosque de cruces sobre una amplia planicie. Se puede apreciar ahora que el caminito que empieza en la entrada, bordea el cementerio hacia el oeste y, luego, dobla hacia el norte hasta terminar en una hondonada, al fondo de la cual discurre una quebrada cristalina cuya corriente hace bambolear la abundante grama que crece en sus orillas.  Al otro lado del riachuelo, desde una colina poblada de árboles de ceticos y uvillas, llega el incesante gorjear de avecillas que cosechan su alimento.

Una bandada de gallinazos aterriza en silencio en el límite entre el área despejada y el talud de la colina del este, donde los dientes de la retroexcavadora han dejado sus huellas. Un olor mezcla de clorofila agonizante y carne podrida inunda el ambiente.

—Tenemos ocho hileras paralelas y doce perpendiculares, aquí debe haber unos cien cadáveres —calcula Salvador.

La desilusión se dibuja en los rostros de hombres y mujeres sudorosos. Son más de quinientos los cuerpos no habidos. Y, además, ¿qué son esos números pintados de negro?

«Lucas, compañero, te estamos esperando», escribe Raúl.

«Llegando, compañero, estoy cerca. Detrás de mí viene la Fiscalía a constatar mi denuncia».

«¡Te pasaste, qué bien mi hermano!», contesta Raúl, y comunica la noticia a Salvador que, inmediatamente, reúne a la gente al borde de la hondonada.

Un murmullo crece y hay varias manos levantadas pidiendo hablar.

—Nos quita el sueño pensar que nuestro padre esté aquí, o, peor aún, que ni siquiera esté —gimotea Fiorella, una joven maestra.

Una nueva voz se levanta. Es Gregorio, médico, hermano de Fiorella.

—Si Martino ha negado este cementerio clandestino, se va a negar, más aún, a dar los nombres de los que están aquí ¡Tendríamos que exhumarlos uno por uno!

Raúl mira su reloj. «Búho no te demores», suplica en su pensamiento.

Más voces y manos se levantan. En esta catarsis colectiva, unos escriben en el aire el diario de su dolor reprimido, otros trazan la pintura de su naufragio en las tormentas de la peste. La mayoría, machete en mano, tiene el rostro compungido.

Salvador se sube a un montículo de arena.

—Siento, al igual que ustedes, una profunda tristeza. He perdido, también, amigos y parientes, y guardaba la esperanza de encontrarlos aquí, pero…

El ruido característico de un motor de alto cilindraje hace que varios volteen su mirada hacia la entrada.

«Por fin», dice Raúl, siguiendo con su mirada el recorrido de la moto que precede a una camioneta blanca con sello de la Fiscalía.

Lucas Perdomo se detiene. Lleva un sobre de manila bajo su axila derecha. Se quita los lentes oscuros y va hacia el grupo, saluda y se sube al montículo flanqueado por Raúl y Salvador. Un fiscal con medalla al pecho sube con él.

El Búho tenía miedo. Su aparente dureza era una máscara estoica que él mismo se había fabricado para ocultar sus sobresaltos. Después de la filtración de la cifra real de fallecidos, le habían amenazado de muerte en pósits pegados en la puerta de la morgue, y en audios con voz distorsionada que le llegaban de números desconocidos. El cementerio clandestino y las identidades de quienes yacían allí debía ser un secreto. Toda evidencia contraria a la narrativa oficial debía ser destruida.

—Yo solo cumplía órdenes, pero he decidido abrir el velo de la verdad, cueste lo que  cueste…

Los reunidos le dan ánimo: ¡Sí! ¡Dale, amigo! ¡Gracias! ¡La verdad ante todo! ¡Que nada te amilane!

Con voz trémula, sostenido de un brazo por Salvador para no perder el equilibrio, explica que las fosas tienen cinco metros de profundidad y que en cada una hay no un cadáver, sino seis.

El gentío prorrumpe en una exclamación de asombro: ¡Dios mío!

Cuando vuelve el silencio, continúa: «En total hay quinientas setenta y cuatro personas. Debería haber quinientos setenta y seis, pero uno fue recogido del pasadizo del hospital por su familia, y otro que llegó hasta acá tuvo la suerte de salir vivo».

Un potente murmullo se deja oír. «No era leyenda urbana, entonces», comenta Raúl.

—Por eso, cada cruz tiene seis códigos. Hache erre significa que provienen de la morgue del Hospital Regional. El número asignado corresponde a un nombre y apellidos —dice extrayendo del sobre de manila un plano doblado y varias hojas con un cuadro impreso.

El fiscal recibe los documentos. La gente se abraza. Hay un renacimiento de la fe, una esperanza de justicia.

—Y con estas pruebas, la Fiscalía debe intervenir en este cementerio para disponer la exhumación de los cadáveres y su traslado a un cementerio oficial. ¡Y los autores de este ocultamiento deben pagar por su infamia! —vocifera con entera convicción.

Las palmas y vítores se unen al gorjeo bullicioso de una bandada de loros que pasa por el cielo en ruta a su refugio al otro lado del riachuelo.

El inmenso sol rojo del verano va desapareciendo detrás de las copas de los árboles.

Cuatro años más tarde.

Sentado frente al televisor, Raúl golpetea con los dedos la madera de su sillón. Su respiración se entrecorta. Se levanta, toma un libro, lo abre, lo hojea, lo cierra. Se sienta. Vuelve a golpetear.

El reportero de la transmisión en vivo y en directo informa que, en un par de minutos, el juez emitirá su decisión sobre el pedido de catorce años de prisión para Martino Vizconde que la fiscalía ha sustentado.

Raúl cruza una pierna sobre la otra, pero no dura ni diez segundos, cambia de postura, y así, una y otra vez, hasta que, finalmente, la sentencia ha sido leída. 

Va al refrigerador, se sirve una copa de vino y, en el momento que dos policías se acercan a Vizconde para colocarle los grilletes, evoca al Búho.

«A tu memoria, donde te encuentres, mi hermano», dice sorbiendo un trago. Su mente vuela a aquella trágica madrugada en que, según dicen, el Búho se descarriló en su moto, seis meses después de la denuncia.

«No fue un accidente, estoy seguro». Sorbe otro trago.

Por la ventana de su segundo piso entra un canto conocido: «Ju-ju-ju-ju».