Alejandra Cantarero Concha
El
control de daños siempre fue mi especialidad. Si una marca comercial caía un
veinte por ciento en su primer trimestre, yo no entraba en pánico. Cambiaba el
enfoque, reestructuraba el presupuesto. Una marca en picada es solo un problema
de estrategia, una oportunidad.
Esta
noche, la marca que se está hundiendo soy yo. Son las tres cuarenta y dos de la
madrugada. Estoy de pie frente al espejo del baño, único lugar del departamento
con luz blanca directa. Analizo el informe que me devuelve la imagen de mi
propio cuerpo. El panorama es catastrófico. No queda rastro de la gerente de marketing
que controlaba juntas de más de diez personas sin pestañear. En su lugar, veo
el reflejo de una desconocida con ojeras color asfalto, cabello opaco pegado
por el sudor. Vistiendo una polera de algodón manchada con un cerco amarillento
de leche agria.
Mi baño,
antes un santuario de pulcritud, ahora está invadido por el olor penetrante de
pañales sucios y toallitas húmedas de lavanda. Mi marca personal se ha
devaluado a cero. Desde la habitación contigua llega el sonido. Ese llanto, un
ruido de fondo que devora mi capacidad de procesamiento: Catalina.
El dolor
en mi pecho izquierdo es agudo. Una punzada que me recuerda que el cliente más
exigente de mi vida no acepta negociaciones. Cada succión es una transferencia
de energía que me deja vacía. Un contrato abusivo que firmé a ciegas durante
los meses de embarazo, cuando la campaña de expectativa fue perfecta. Todo era
luz, cunas de madera nórdica y una ilusión romántica que hoy se revela como
publicidad engañosa. Nadie te advierte que el producto final absorbe tu
identidad hasta borrarte.
Recurrí a
un banco de donantes. No había tiempo en mi agenda para una relación. Así que
no hay equipo de asistencia, tampoco un departamento de operaciones que mitigue
el impacto. Estoy sola en esta crisis.
Regreso a
la habitación a oscuras. Me acerco a la cuna y observo a Catalina. Llora con
los puños apretados, mostrando una eficiencia destructiva que admiro y detesto
a la vez. Siento el dolor del pezón agrietado antes de que siquiera toque su
boca. Me asfixia saber que no tendré un minuto a solas en las próximas
veinticuatro horas. Ni en las siguientes.
Con la
frialdad con la que solía recortar un proyecto que generaba pérdidas, la idea
cruza mi mente limpia y certera: si la bebé no estuviera aquí, el retorno de
inversión sería inmediato. Todo volvería a ser fantástico. Mi vida volvería a
números verdes.
Antes,
una crisis tenía principio y fin. Ahora, el organigrama se ha reducido a una
sola línea de ensamblaje que funciona las veinticuatro horas, donde yo soy la
única operaria y la máquina principal no tiene botón de apagado.
Estoy en
la mecedora, a medio dormir. El cerebro en modo de ahorro de energía, flotando
en esa zona gris donde las pestañas pesan y la lógica se disuelve. Catalina
está prendida a mi pecho izquierdo. El dolor se ha transformado en un costo
fijo predecible. Siento los tirones mecánicos de su succión mientras mis ojos
están fijos en la penumbra. «¿Cuántos minutos de tregua estoy comprando con
esta transacción?».
Cuando su
mandíbula finalmente se relaja y su respiración se vuelve pesada, ejecuto el
protocolo de transferencia con precisión. Retengo el aire. Desprendo su boca
con delicadeza, confiando en no activar sus sensores de movimiento. Me levanto
milímetro a milímetro, intento desplazarme en silencio. La deposito en la cuna.
Retiro mis manos como si desactivara un explosivo de alta sensibilidad. Paso
completado.
Camino
hacia mi cama, arrastrando los pies, saboreando los minutos de sueño que acabo
de financiar. No alcanzo a tocar las sábanas. La alarma se activa de nuevo. El
llanto estalla en la habitación, agudo, penetrante, un fallo crítico del
sistema. Todo lo anterior, invalidado. Hay que reiniciar el proceso.
Al
acercarme a la cuna, el olor me golpea de frente. Una ola densa, ácida,
orgánica, que rompe la última barrera de mi resistencia física. Mi estómago,
vacío, se contrae. No hay tiempo de llegar al baño. Me doblo sobre el basurero
y las náuseas se materializan en un espasmo violento. Vomito el poco té que tomé
a medianoche. El sabor amargo me inunda la boca mientras las lágrimas,
provocadas por el esfuerzo, me nublan la vista. Me limpio con el dorso de la
mano.
Catalina
sigue llorando. El volumen sube, el tono se vuelve más exigente. Ajena por
completo al colapso de su única proveedora. Con los ojos inyectados en sangre y
el pulso tembloroso, comienzo a desmantelar el pañal sucio. Mis manos, antes
hábiles con el teclado, fallan con los adhesivos plásticos. Limpio la piel de
la bebé con toallitas húmedas que huelen a lavanda artificial. Ahora detesto
este aroma. Coloco el repuesto. Cierro los broches del mameluco. Mis
movimientos son torpes, no hay nada de la ternura maternal que los manuales
prometían. Soy un autómata ejecutando tareas de mantenimiento.
La
acuesto otra vez. No se resiste; el esfuerzo de su propio llanto la ha agotado.
Me incorporo despacio y miro hacia la ventana. Entre las rendijas de las
persianas comienza a filtrarse una luz gris, fría y deprimente. Miro el móvil:
son las seis de la mañana. La jornada laboral del resto del mundo está por
comenzar; la mía nunca terminó. Otra noche en blanco. Otro balance diario con
pérdidas absolutas de sueño, salud y cordura.
«Maldita
criatura. Es un agujero negro logístico. Un parásito que optimiza sus propios
recursos absorbiendo, segundo a segundo, cada fragmento de la mujer que solía
ser. Todo lo consume».
Hay que
subcontratar. Es la regla de oro. Si el personal no da abasto con la carga de
trabajo, se busca un proveedor externo. A las nueve de la mañana, tras
limpiarme el rostro con agua helada, llamo a la agencia de niñeras. Solicito el
servicio prémium de urgencia para ese mismo día. No pregunto por tarifas; el
dinero es lo único que conservo de mi vida anterior. Estoy dispuesta a quemar
mis ahorros si eso me compra dos horas de silencio absoluto. Un par de horas de
ser Victoria otra vez.
La niñera
llega a las once y media. Se llama Mariana. Tiene unos veintitantos años,
cabello castaño recogido en una trenza impecable, ropa deportiva de marca que
huele a suavizante. Su semblante delata noches de ocho horas de sueño. Cuando
entra a mi departamento, es un golpe directo a mi amor propio. Yo, la mujer que
dictaba tendencias estéticas, soy un espectro en chándal holgado y pantuflas.
Mariana se ve más ejecutiva en su rol de cuidadora que yo en mi papel de madre.
A mitad
de la entrevista, el dispositivo de alerta se activa. Catalina empieza a llorar
desde la habitación. El sonido me perfora los tímpanos. Siento el latido en mis
sienes. En lugar de levantarme, me quedo estática en la silla del comedor,
oprimiendo los puños debajo de la mesa. Mis dientes apretados, cierro los ojos,
inspiro profundo. Intento aplicar la técnica de bloqueo que usaba en la
oficina: desconexión cognitiva. Trato de convertir el llanto en ruido blanco,
como la estática de la televisión.
—Si me
permite, señora Victoria, puedo encargarme yo —dice Mariana con una sonrisa
empática que me parece insultante. Su tono es suave, el de alguien que no ha
sido destruido a base de privación de sueño.
Asiento
sin hablar, incapaz de articular palabra mientras el zumbido en mi cabeza
amenaza con hacerme gritar. La chica se levanta con una ligereza envidiable y
camina hacia el pasillo.
En ese
instante, mi teléfono corporativo vibra. Es el tono de llamada exclusivo de
emergencias. Respiro hondo y deslizo la pantalla. La voz de mi director de
cuentas me devuelve la vida; es un shock de adrenalina.
—Victoria,
perdón que te moleste en tu baja por maternidad, pero el cliente de la campaña
automotriz está amenazando con retirar la cuenta. El nuevo gestor de estrategia
hizo un desastre con los indicadores de rendimiento y el barco se hunde. Tú
sabes manejarlo y es tu cuenta.
Una
crisis real. Un problema con variables que puedo controlar, con personas a las
que puedo exigirles resultados. Un escenario donde soy la jefa, no la esclava.
—Llego en
una hora —respondo. Mi voz sale firme, recuperando por un segundo su antiguo
registro de autoridad—. Ten a mi equipo en la sala de juntas.
Cuelgo.
Mariana sale de la habitación con Catalina en brazos; la bebé ya se ha calmado,
arrullada por el perfume de la desconocida. Una punzada de rabia mezclada con
alivio. Le entrego mi tarjeta de crédito a la niñera para los gastos del día.
Voy a mi cuarto y me pongo el traje que aún me queda. Me recojo el pelo y
aplico algo de maquillaje. Tengo una campaña que rescatar.
El
regreso a la oficina es una inyección de dopamina. Cruzar las puertas de
cristal, el murmullo de los teclados y pantallas con gráficos de rendimiento;
es como volver a conectar con el sistema. Entro en la sala de juntas y asumo el
control de la mesa. Durante tres horas, desmonto el error del novato, reasigno
las pautas digitales y resuelvo la crisis. Soy eficaz, brillante. La mujer de
antes.
La
ilusión dura poco. Al terminar la reunión, mi director se me acerca con una
sonrisa compasiva mientras guarda su laptop.
—Oye,
Victoria, de verdad agradecemos el rescate, pero ¿por qué sigues aquí? ¿No
deberías estar en casa disfrutando de tu bebé? —me pregunta, mirándome con una
mezcla de curiosidad y reproche—. Digo, apenas tiene un par de semanas. ¿No la
extrañas?
La
pregunta cae en la sala como un informe de auditoría rechazado. Siento las
miradas de los demás analistas. El estómago se me aprieta, igual los dientes.
Una penalización social que no sé cómo gestionar. Mi marca personal bajo
sospecha. Balbuceo una respuesta corporativa sobre «el compromiso con la
empresa» y salgo de la oficina sudando frío.
En el
taxi de regreso al departamento, el efecto de la adrenalina desaparece. El
dolor físico de mis pechos vuelve; están llenos de leche, manchando mi blusa de
diseñador. Recordatorio biológico de que sigo atada a la máquina. La idea de regresar
a casa y escuchar el llanto me presiona las sienes.
Subir en
el elevador es como estar en un montacargas camino a un sótano sin ventilación.
Abro la puerta del departamento con cuidado, esperando el estallido acústico.
No hay ruido.
El
espacio está en silencio, iluminado por una lámpara de luz cálida. Mariana está
sentada en el sofá con Catalina en brazos. La escena es perfecta, digna de un
banco de imágenes para una campaña de bienestar familiar. Mariana acaricia su
espalda con un ritmo pausado, transmitiendo una paz que este departamento no
conoce desde hace semanas.
No quiero
mirar a la bebé. Si lo hago, el registro de propiedad me obligará a hacerme
cargo.
—Tienes
que quedarte esta noche —digo sin preámbulos, con la voz seca—. Duplica la
tarifa en la aplicación si es necesario. Pon el monto que quieras, pero no te
puedes ir.
Mariana
detiene el movimiento de su mano. Me mira con sorpresa y lástima. Se acomoda a
la bebé con una destreza que me violenta y se levanta del sofá con cuidado.
—Lo
siento, señora Victoria, pero no funciona así —responde en un susurro
profesional—. Para el servicio nocturno, la agencia exige un contrato
específico firmado con veinticuatro horas de anticipación. Además, necesito
venir preparada con mis cosas y saber cuál será mi habitación. Política de la
empresa por seguridad laboral.
—Te pago
en efectivo. Fuera de la plataforma —insisto, y mi voz de negociación suena
desesperada—. El triple.
—No es un
problema de dinero —interrumpe ella, manteniendo una calma exasperante—. Mañana
mismo puedo volver temprano si deja la solicitud hecha esta noche. Cuando todo
esté formalizado, me podré quedar.
La chica
camina hacia la cuna de la estancia, deposita a Catalina con suavidad y se
acerca a mí poniéndose su chaqueta. Mira directo a mis ojos cansados y baja la
voz, asumiendo un tono de consejera que no le he pedido.
—Un
consejo, señora, la bebé está muy sensible. Ella nota cuando usted está
estresada o distante. Los recién nacidos huelen el miedo, pero también sienten
el cariño y se calman con eso. No necesita hacer grandes cosas; simplemente sea
su mamá.
«Simplemente
sea su mamá». La frase entra como un clavo ardiente en la llaga de mi
incompetencia. Como si la maternidad fuera un interruptor que decidí no
encender. Como si el amor estuviera disponible en el inventario y solo me niego
a distribuirlo. No digo nada. Me limito a asentir, abro la puerta y dejo que se
vaya.
En cuanto
la puerta se cierra y me quedo sola en el departamento, reservo una nueva
jornada en la aplicación. Mi máscara se rompe.
«¡Maldita
sea! ¡Maldita criatura de mierda!», grito al vacío de la estancia. El insulto
sale de mi garganta, como un veneno acumulado. Mis manos tiran el saco Chanel,
odiando la mancha de leche y el olor a lavanda artificial que flota en el aire.
El
silencio que tanto ansiaba se destruye de inmediato.
El llanto
estalla. No es el de siempre. Es más agudo. Más alto. Rebota en los muros y
vuelve. Me atraviesa las sienes. No para. Respiro por la boca. El aire no
alcanza. Sigue.
Camino
hacia la cuna. Los pasos rígidos. Tengo la mandíbula tan apretada que los
dientes crujen. El pitido aparece detrás del llanto. Constante. Me perfora. Me
inclino. Catalina está roja. Abierta en ese grito que no se apaga.
Estiro el
brazo hacia el sillón sin dejar de mirarla. El cojín. Lino frío. Hundo los
dedos. Cede. El llanto sigue. Un paso más. Lo levanto. Lo sostengo en el aire.
Tiembla. El grito llena todo. Un segundo. Dos. Bajo el brazo.
No. Algo
se corta. Arrojo el almohadón con violencia contra la pared. Las piernas no me
sostienen. Caigo de rodillas sobre la alfombra, temblando. Lloro en silencio.
Saliva. Moco. Me limpio con la manga.
«¿Qué
estoy haciendo?». Las palabras salen rotas, pegajosas. «Yo quise». Trato de
seguir. No puedo. «Yo… la elegí». Trago. Me duele la garganta. La miro. Respira
a tirones. La boca abierta. Roja. Espero algo. No llega. Nada.
Me
arrastro hasta el borde de la cuna y la miro. Todo se vuelve borroso. Busco
algo. No sé qué. No lo encuentro.
Una nueva
lógica, más coherente y perversa, se abre camino en mi mente. No es mi culpa.
Es un error de logística. Las clínicas manejan cientos de entregas al día; los protocolos
de etiquetado pueden fallar. Esta criatura no comparte mi ADN, por eso no hay
compatibilidad en el sistema. Me la cambiaron. Por eso mi cuerpo la rechaza y
no siento nada. Esta no es mi hija.
Una calma
fría y mecánica se apodera de mí. Me pongo de pie, me limpio la cara y ejecuto
el proceso automatizado. Tomo al espécimen en brazos. Lo paseo por el pasillo
con un vaivén rítmico, desprovisto de afecto. Funciona. Sus ojos se cierran.
Voy a mi cama, la acuesto a mi lado y me quedo inmóvil, mirando el techo.
Esperando el siguiente hito del cronograma.
Una hora
más tarde, el llanto por hambre reactiva la alarma. Vuelvo a descubrirme el
pecho. Dejo que se prenda de mí; ahora la sensación me enferma a un nivel
visceral. Sentir los fluidos de un cuerpo extraño entrando y saliendo del mío
me provoca una repulsión insoportable. Ya estoy convencida de la teoría del
error de entrega. El problema es que en este sector no existen políticas de
devolución. No tengo una garantía. No hay departamento de atención al cliente
que gestione un reembolso. Estoy atrapada con un producto defectuoso que no me
pertenece.
Mientras
proceso mi desesperación, el olor a acidez orgánica vuelve a inundar las
sábanas. Otro pañal saturado. El reflujo de Catalina se activa por el esfuerzo
y me vomita, directamente en el abdomen, una masa líquida y tibia que traspasa
la ropa. El espécimen vuelve a estallar en un alarido de incomodidad, un bucle
infinito que no puedo detener.
Estoy en
modo automático. Llevo al espécimen al baño. Mis manos se mueven con destreza
fría, desprovista de cualquier rastro de humanidad. Limpio la piel, retiro los
fluidos y desecho los materiales inservibles, como quien limpia una cocina
sucia después de un evento. No hay asco ni náuseas.
Regreso a
la habitación. Desmonto las sábanas manchadas de vómito y leche agria con
movimientos mecánicos. Meto todo en la lavadora. Coloco ropa de cama limpia. En
medio de esta disociación, arrastrada por una marea de sueño que anula mis
sentidos, me meto bajo las cobijas. Sin darme cuenta, en un acto reflejo, me
llevo el bulto de la bebé conmigo, atrapándolo bajo mi peso.
El
cansancio me vence. El apagón es absoluto. Cuando mis ojos se abren de nuevo,
la luz del sol se cuela por las persianas. Reviso el reloj: las ocho y media de
la mañana. He dormido varias horas seguidas. Horas de un silencio sepulcral,
bendito, sin alertas, sin interrupciones.
Me estiro
lentamente y mi mano tropieza con un cuerpo rígido debajo de las sábanas.
Aparto la cobija. Catalina está ahí. Su piel es de un color cenizo. La toco.
Está fría. No hay expansión en la caja torácica, no hay exigencias de
suministro. El motor se ha detenido.
Lo
primero que experimento es alivio. El balance diario vuelve a números verdes.
Ya no habrá más llanto. No más dolor en el pecho. No más pañales sucios. Vuelvo
a tener el control absoluto de mi tiempo.
Me
levanto de la cama con una ligereza que no sentía hace meses. Camino descalza
hacia la cocina, disfrutando del silencio. Enciendo la cafetera. Mientras el
agua sube y el aroma a café desplaza los restos de la lavanda artificial, me
apoyo en la barra de granito. Miro a través del ventanal. Todo es fantástico.
Una
burbuja de aire me sube por la garganta y, de pronto, suelto una carcajada. Es
una risa ligera al principio; rápidamente se transforma en un ataque incontrolable.
Rebota en las paredes vacías de la cocina. Me río de la publicidad engañosa de
la maternidad, de las niñeras con trenzas perfectas, de los colegas y sus
preguntas idiotas. Me río porque el control de daños ha sido un éxito rotundo.
En el punto más alto de mi risa, el sonido agudo del timbre interrumpe la frecuencia. Dos campanadas limpias. Reviso la pantalla del intercomunicador con la taza de café humeante en la mano: es Mariana. El proveedor externo ha vuelto a la hora exacta para comenzar su jornada.