jueves, 2 de abril de 2026

Lo que devuelve el espejo

Alejandra Cantarero Concha


Isabella despertó, sudando, antes de que sonara la alarma. Eran las cuatro y media de la mañana, pero se levantó. Aún intranquila por una pesadilla que no recordaba del todo. Solo miedo, roces, una opresión. En el dormitorio, el silencio era tan perfecto que bastaba el ritmo de su respiración para marcar el inicio del día. Con el control remoto abrió todas las cortinas del penthouse y fue por su café con leche.

Mientras admiraba las luces de la ciudad, su imagen en la ventana le devolvió la mirada con el ceño fruncido. El eco de las palabras de su sobrina había calado hondo. «Yo te cuidaré cuando seas viejita». Se sacudió los recuerdos y volteó para volver a la seguridad de su apartamento. El aire olía a cloro y jabón neutro. Todo estaba en su sitio: los libros alineados por color, los sofás blancos con sus mullidas mantas en tonos tierra, las repisas con flores secas. Los cuchillos relucientes bajo la lámpara del comedor. Vivía sola, como debía ser.

Tenía la certeza de que el desorden era una forma de enfermedad, igual que la dependencia. Por eso no tuvo hijos, pareja ni mascotas. «La maternidad deforma el cuerpo, y el amor, la voluntad», había dicho una vez, riendo, en un cóctel de la clínica. Algunos se ofendieron; a ella no le importó. La doctora Isabella Bianchi no había permitido que nada la desgastara. Su piel, su cuerpo y su mente eran su victoria.

Cada mañana, a las cinco en punto, practicaba una hora de yoga. Luego, en el baño, se miraba largo rato frente al espejo. El reflejo le devolvía lo que ella más admiraba: control. Cabello sin canas, cuello firme, ojos sin sombra de cansancio. Era una médica brillante, dermatóloga, dueña de una clínica y de su imagen.

En el trabajo, los hombres la miraban y se detenían, como si intuyeran que avanzar tenía consecuencias. Ella lo sabía y disfrutaba de ese dominio. Era respetada, temida y deseada. Los residentes la seguían con la obediencia de quien teme equivocarse. Los cirujanos mayores, condescendientes, intentaban halagarla; Isabella respondía con una sonrisa breve y quirúrgica, como si hiciera una incisión.

Ese día, después de salir de la ducha, comenzó con su rutina facial. Al aplicar la crema, notó una línea. Minúscula, casi invisible. Se inclinó, estudió el surco junto a la comisura de la boca. La luz del baño parecía más blanca, más cruel. Alzó una ceja, y el reflejo tardó un segundo en responder. Parpadeó, incómoda. Volvió a hacerlo. Otra vez el retraso. «Estoy cansada, maldita pesadilla», murmuró. «El espejo no miente —pensó—, pero exagera». Sonrió.

Sacudió la cabeza y fue a vestirse. Pantalón blanco con pinzas, suéter níveo con cuello de tortuga, tacones a juego y accesorios. Se roció con Chanel, tomó el abrigo, el bolso y las llaves del Jaguar. Conduciendo hacia la clínica, evitó verse en el retrovisor. Cambió los canales de noticias con más frecuencia de lo acostumbrado; no miró a otros conductores al detenerse en los semáforos.

El resto del día se sintió vigilada. En el ascensor de la clínica, el acero pulido le devolvió un rostro que no era del todo suyo. Las ojeras parecían más hondas. El cabello sin brillo. Intentó desviar la vista. Pero el reflejo, en el metal, la seguía incluso cuando giraba la cabeza.

Rehuyó mirar hacia los ventanales y espejos de la clínica. En los pasillos los colegas la saludaron como siempre, con la misma cortesía. Los residentes la observaban con idéntica admiración. Así que, con paso firme, se dirigió a su consultorio.

Justo después de colocarse la bata clínica, entró el nuevo residente.

—Isabella, buenos días. Soy el doctor Fernando Cuéllar, me toca rotación contigo —dijo, mostrando su mejor sonrisa, mientras, con confianza, se sentó frente a ella.

—Doctora Bianchi para usted —señaló, seca, y recorriéndolo con una mirada penetrante de arriba abajo.

—¡Disculpe, doctora! —exclamó al tiempo de levantarse y tenderle la mano temblorosa.

«Aún tengo el toque», pensó Isabella, con una chispa traviesa en sus ojos, que el residente no notó. No se atrevía a mirarla directo a los ojos.

—Bien, buenos días, doctor Cuéllar, estaré con usted en cinco minutos. Comenzaremos con una biopsia de cuello; espero que esté preparado.

—Por supuesto, esperaré afuera.

Las enfermeras vieron salir al doctor con cara de adolescente enamorado. Se miraron con complicidad y sonrieron.

—Salga de ahí, doctorcito, podría ser su mamá —le dijo, calladamente, la mayor.

—Es muy joven para eso y no vi argolla —indicó Cuéllar, sonriendo con picardía.

—Bueno, recuerde que se lo advertimos, no pierda la residencia.

De vuelta en su casa, Isabella cenó ensalada de atún. Se sumergió en las burbujas mientras disfrutaba de la lectura, y luego se fue a dormir. Esa noche soñó con su baño. El espejo estaba empañado. Detrás del vapor, una figura anciana imitaba sus movimientos con lentitud. La piel colgaba del rostro, grisácea, húmeda. Cuando la figura levantó la mano, Isabella vio que las uñas eran negras. Despertó gritando. Eran las tres en punto. Encendió la luz, se miró las uñas, impecables. Se tocó la piel de la cara, tersa como siempre. «¡Qué mierda te pasa, Isa! ¡Cálmate de una vez!». Respiró hondo, tomó un somnífero y dejó la luz encendida.

Al día siguiente, la línea de la comisura seguía ahí. Más marcada. Bajo la luz del baño, su reflejo parecía más opaco. Se inclinó sobre el lavabo, tocó su rostro: la piel era la misma, firme. Pero el reflejo devolvía una textura distinta, casi rugosa. Frunció el ceño. El gesto del espejo tardó un instante en responder. La idea la inquietó. Encendió y apagó la luz varias veces. El reflejo la seguía, pero con una fracción de segundo de retraso. «Necesito vacaciones», pensó.

A partir de entonces, el espejo se volvió su enemigo. Cada día, la imagen envejecía un poco más: arrugas nuevas, manchas oscuras, labios marchitos. Ella se examinaba con las manos temblorosas. La piel seguía turgente, pero el reflejo no.

En la clínica, Cuéllar la seguía como un perrito faldero. Eso la tranquilizaba un poco; al parecer nadie más notaba el cambio que devolvían los reflejos. Pero su concentración y aplomo no eran los de siempre. Isabella evitaba mirarse; sin embargo, la clínica estaba llena de superficies pulidas: ventanas, instrumental, vitrinas y espejos. En todas, aparecía esa imagen desgastada de sí misma.

Esa noche, en la santidad del baño, mientras contemplaba esa versión que no reconocía como suya, los recuerdos volvieron. Con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas, le preguntó al reflejo:

«¿Tú quién eres? ¿Qué has hecho con la que fui? Esa niña alegre, con ropa gastada, que corría riendo por los campos. Y ahora que lo tiene todo, pasa las noches gritando».  

Otra imagen vino a su memoria. Cerró los párpados con fuerza y apretó los puños. La noche de la fiesta. El alcohol. Manos sobre su cuerpo inmóvil, incapaz de responder. Vergüenza por la pérdida absoluta de control. Con el tiempo, encontró a los tres que la habían drogado; los hizo arrepentirse. Sí, el control no era un error, era necesario. Abrió los ojos.

El reflejo pareció asentir levemente. Isabella apagó la luz de golpe. Esa noche se durmió junto a sus viejas fotografías. Soñó con un largo pasillo, forrado de espejos. En cada uno se reflejaba una versión de sí misma: niña, joven, madura, anciana. En el último espejo, la piel se descolgaba como un velo húmedo, y los ojos se hundían hasta volverse opacos. Despertó sudando.

Durante la semana siguiente, el reflejo empeoró. El cabello del espejo tenía hebras grises; las manos, venas marcadas; el cuello, flácido. Isabella evitó mirarse. Pero, en la clínica, cada superficie pulida mostraba a la anciana de mirada hueca.

El jueves, mientras suturaba, escuchó su voz ordenando las pinzas y se detuvo. No era su voz. Era la de una mujer mayor, ronca, gastada. Soltó los instrumentos. El doctor Cuéllar la miró sin entender.

—Doctora… ¿Todo bien?

Isabella no respondió. En las pinzas, que brillaban frente a ella, vio su reflejo anciano sonreír. Sacudió la cabeza, afinó la mirada centrada en la herida y terminó su trabajo, sudando. Al salir del pabellón, corrió a su oficina y se encerró con llave. Se sentó, puso la cabeza entre las manos y comenzó a contar sus respiraciones. «Me estoy volviendo loca», pensó. Dejó a Cuéllar a cargo de los pacientes de la tarde y se marchó.

Esa noche, usó el baño con la luz apagada y los ojos cerrados. Tomó doble dosis del somnífero, esperando alejar las pesadillas. En el sueño, vio su apartamento desde el espejo, sucio, con olor a encierro. La vieja del reflejo tendida en su cama la miraba con una sonrisa desdentada. Despertó con un alarido, las sábanas húmedas.

Ese viernes, al cepillarse los dientes, escupió sangre y un molar. Se tocó la boca, contó sus piezas dentarias con la lengua. Todo en su lugar, la toalla perfecta. Entonces, cubrió los espejos del penthouse con toallas. Pensó en buscar ayuda; lo descartó al instante. No podía mostrar debilidad frente a sus colegas. Seguro era algo pasajero. Decidió que se marcharía de vacaciones. Sin perder tiempo, hizo las reservas para el spa de las montañas.

Más tarde, en su oficina, mientras dictaba una biopsia, escuchó su voz y no la reconoció. Era otra vez la de una vieja. Guardó silencio. La voz siguió un instante más, sola. Empezó a temer el sonido de su propia respiración. En los pasillos, los colegas le hablaban igual que siempre, pero ella percibía algo distinto: una lástima invisible, un leve gesto de incomodidad. Sentía que la observaban con extrañeza, como si notaran algo.

Luego, en la cafetería, el doctor Cuéllar, adulador incurable, se acercó con una sonrisa.

—Se ve distinta, doctora. ¿Todo bien?

Ella lo miró con el ceño fruncido.

—Perfectamente.

Él bajó la mirada. En la cafetera metálica, Isabella vio su reflejo: el rostro arrugado, las ojeras profundas, los labios resecos. Detrás, el doctor Cuéllar se reflejaba joven, tal cual era.

Manejando hacia su hogar, las manos aferradas al volante como garras de animal salvaje. La música encendida, pero ella no escuchaba. Las lágrimas brotaban sin cesar. Sonó el teléfono. «¡Si es de la clínica, me van a escuchar!», pensó irritada. Miró la pantalla y era su sobrina, respiró hondo, acercó la mano. Se detuvo justo antes de responder. No podía. Así no. Ver la cara de la joven en la pantalla le recordó la niña que ella había sido, antes de que la vida la corrompiera. Por eso la había protegido y mimado. No quería que la escuchara así. Cuando se cortó, vio aparecer un mensaje: «Feliz cumpleaños, tía». Lo había olvidado por completo. Tal vez esa era la respuesta, las hormonas de la menopausia. El llanto se intensificó. Se limpió las lágrimas con un pañuelo, a toques precisos, para no arruinar el maquillaje.

En casa, el reflejo la encontraba en todas partes: en la cuchara del café, en el cristal del reloj, en las ventanas, hasta en el agua del lavabo. Se fue a dormir, dejó la luz encendida. Mañana se iría al spa. Esta pesadilla tenía que terminar. Escuchó una voz proveniente del espejo.

—Te estoy esperando —decía la voz—. No te cansas de fingir juventud.

Tiritando, alcanzó los somníferos. Se cubrió la cabeza con las mantas y trató de dormir. El sueño no llegó. Se armó de valor y fue al baño. De un tirón retiró la toalla del espejo, sin prender la luz. Se sentó frente al espejo, esperando que los ojos se acostumbraran. Cuando la silueta apareció, el reflejo sonreía. Ella no.

—¿Quién eres? —chilló.

El reflejo movió los labios sin sonido. Luego, la voz salió del espejo, áspera y temblorosa.

—Elegiste ser princesa en el país de las mentiras.

Isabella retrocedió, tropezó con la bañera. El corazón le latía con violencia. El reflejo, anciano, cansado, siguió hablándole.

—Soy lo que no fuiste. Todo lo que negaste. Cada noche que dormiste sin amar, cada hijo que no tuviste, cada gesto de afecto que te guardaste… fueron míos.

Golpeó el vidrio con todas sus fuerzas. El sonido agudo y crujiente retumbó por todo el departamento. Los fragmentos se dispersaron por el suelo, pero en cada uno quedó atrapado un trozo de su rostro envejecido, moviéndose, respirando. Miles de bocas marchitas repitiendo su nombre.

Los vecinos oyeron gritos aterradores.

Cuando la policía entró al día siguiente, el apartamento estaba impecable. Las toallas limpias, el piso recién encerado. Todo olía a desinfectante. En el baño, el espejo sobre el lavabo lucía recompuesto, sin grietas. Ellos no vieron a la anciana que se reflejaba, sentada frente al lavamanos, con los ojos en blanco. Acomodándose el cabello.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Dos

Ninfa Patiño Sánchez


Una suave brisa se filtra por la rendija de la ventana del dormitorio, moviendo el filo de la cortina blanca. Alma del Rocío duerme plácidamente cuando el céfiro acaricia sus largas pestañas, despertándola de súbito. Estira su mano derecha y mira el reloj.

«¡Uf, recién las dos!» ―susurra, tras un profundo bostezo, y se vuelve a dormir.

Apenas despertó, cumplió su rito: dirigirse a la ventana a observar cómo los rastros de nieve van despidiéndose, dando paso a la primavera. Vistió su traje deportivo, se colocó los audífonos, bajó de dos en dos los escalones, abrió el portón y salió a la avenida; mientras trotaba, iba tarareando All You Need Is Love, de los Beatles. Concentrada en la canción estaba cuando entró una llamada.

―¡Aló! ¿Alma del Rocío Bustamante? ―preguntó una voz femenina del otro lado.

―Sí es ella ―contestó.

―Soy Ebba, enfermera del Hospital Akademiska Sjukhuset de Uppsala. Tiene que venir a retirar los resultados de sus exámenes.

Era una llamada que estaba esperando, pero no precisamente hoy. Sus pies fueron deteniéndose en cámara lenta hasta quedarse completamente inmóviles, pegados al asfalto; sus manos temblaban incapaces de sostener el móvil. Antes de responder, susurró para sí misma:

«Tranquila, Alma, todo estará bien». Aspiró profundo, tragó saliva y dijo: ―Allí estaré.

Regresó a casa, tomó una ducha relámpago, sacó del refrigerador un vaso de agua y dejó que el frío fluido refrescara su garganta; luego se dirigió al hospital. Llegó treinta minutos antes; en la sala de espera se sentó junto a una señora que acariciaba el cabello de su hija, que lucía pálida y llorosa. Esa imagen, más el olor a esterilizantes, la transportó a su niñez, cuando se había intoxicado con alguna comida y tuvieron que llevarla a emergencias.

―¡Alma del Rocío Bustamante! ―llamó una enfermera con acento finlandés―, el doctor Noah Andersson la espera en el consultorio 202.

Se levantó, caminó sin apuro hasta llegar al consultorio, se detuvo al mirar el último dos; un escalofrío se instaló en todo su cuerpo. Un joven de pelo ralo, con lentes redondos que dejaban ver unos diminutos ojos azules, con unos papeles y radiografías en las manos, la estaba esperando.

—Alma, ya tengo los resultados. Sé que esta información puede ser difícil de escuchar, así que te la explicaré con calma. Detectamos dos lesiones: una en el riñón derecho y otra en la vejiga. Por las características de los tumores, lo más seguro y recomendable es tratarlos pronto. El primer paso sería operar el riñón; con eso resuelto, continuaremos con la intervención de la vejiga. Esto nos permite evitar que se afecten otros órganos y aumenta significativamente las probabilidades de un buen resultado. Quiero que sepas que estaremos contigo en cada etapa del proceso, y si algo no queda claro, por favor, dímelo: es importante para mí que entiendas bien el tratamiento y puedas hacer todas las preguntas que necesites.

En la mente de Alma del Rocío quedó resonando como saeta afilada la frase: Detectamos dos lesiones. Permaneció en silencio; un nudo en la garganta impedía que salieran las palabras. Su cuerpo empezó a trepidar, como una cometa de papel abandonada al viento.

Luego de unos segundos, con voz trémula, balbuceó: 

―¡Haga lo que tenga que hacer, doctor!

Salió del hospital empujando los pies que le pesaban como pelotas de bronce.  Subió a su vehículo y empezó a manejar con dirección incierta; llegó a un lago. Comenzó a lloviznar; se bajó, se quitó los zapatos y permitió que el agua mojara los pies. Mientras miraba su reflejo en el agua y escuchaba su respiración, dejó que los recuerdos le vinieran a la mente como nubes apresuradas.

En la casa esquinera de tejas anaranjadas donde nació, se podía percibir el olor que producía la mezcla de tierra húmeda con geranios y arupos aromáticos. Además, se podía escuchar el sonido suave y continuo del río. En épocas de invierno, se volvía estrepitoso, como un tren desbocado que va arrasando con todo lo que encuentra a su paso. 

Una mañana despertó muy temprano y corrió a la ventana a observar el río; sus ojos se posaron en una rama (imaginaba ser ella) que era arrastrada por la corriente; brincando de piedra en piedra, en cada salto iba dejando burbujas. Luego miró al firmamento, un estruendo hizo que abriera los ojos como lunas llenas.  Los aviones le parecían pájaros gigantes que rompían el cielo levantando las tejas de las casas; anhelaba volar en uno de ellos. 

Cuando cumplió dieciocho años, se fue a estudiar idiomas en la capital; su sueño más grande era convertirse en azafata y viajar a lugares que únicamente había visto en las telenovelas.

Una tarde crepuscular, cuando salía de las clases de inglés, conoció a su primer esposo, Erik Larsson, un científico sueco de cabellos negros y ojos penetrantes, que acababa de llegar al país para desarrollar una investigación en las Islas Galápagos. 
En cuanto la miró abandonó sus afanes científicos enamorándose perdidamente.
Cuando Erik le pidió que se fueran a Suecia y se casaran, ella aceptó. Guardó la carta de admisión al curso de azafata en una caja, entre fotos viejas.

Ya en Suecia Alma del Rocío debió enfrentarse a dos desafíos: la cultura y el idioma. Se compró un diccionario sueco-español, llenó las paredes del departamento con etiquetas donde iba colocando las palabras y frases más complejas.   A los dos años nació su primera hija, María.

Cuando María tenía doce años, un infarto fulminante sorprendió a su padre, quedando huérfana y Alma del Rocío sumida en una profunda desolación. El día después del funeral, Alma recogió la bufanda de Erik del sillón y la dobló como acariciándola. Luego, mientras María dormía, abrió un libro en sueco: Cómo escuchar a adolescentes y subrayó las palabras que aún no entendía. Volvió a esas páginas varias veces, memorizándolas para sostener el día.

Cuando creía haber sanado su herida, conoció a Sven, un actor secundario de teatro. El sueco tuvo que tomar un curso intensivo de español, aprender a bailar cadencias latinas y gastarse algunas coronas en ramitos de violetas perfumadas para ganarse el amor de Alma, que parecía tener blindado el corazón con una pantalla de acero. Al cabo de unos meses, Sven logró conquistarla y convencerla de casarse.  Con él procreó su segunda hija, Alegría. El matrimonio duró menos que el primero; el actor se marchó con una masajista hawaiana. Alma quedó devastada con esta felonía; tras ver el rincón vacío donde había estado la maleta de él, abrió las ventanas y dejó que entrara el aire gélido. Horneó el pastel de manzana preferido de sus hijas sin variar el ritmo. Esa noche, cuando por fin se quedaron dormidas, escribió en un post-it: «Mañana empiezo». Lo pegó en la puerta del refrigerador.

Inmersa en sus pensamientos estaba cuando levantó la mirada y se dio cuenta de que había anochecido. Abandonó el lago y regresó al vehículo; luego de algunos kilómetros recorridos, el motor se apagó; se fijó en el tablero y constató que se había quedado sin combustible. Solo allí tomó conciencia de su situación actual. Se miró en el retrovisor, tenía los ojos llorosos y enrojecidos; antes de llamar a una grúa, con voz entrecortada, masculló: «El dos toca mi puerta nuevamente».

Fueron años interminables entre cirugías y radioterapias. La vida de Alma del Rocío experimentó un giro copernicano. Dejó de ser la persona soñadora, alegre, cuyas carcajadas contagiosas hacían sonreír al más escéptico de los escandinavos. Su esbelta figura, su cabello largo y liso, sus ojos como perlas negras brillantes y la energía delirante que emanaba cuando caminaba con sus tacones dejando un aura mágica habían cambiado:  ella ya no era la misma.

Una mañana se vistió pausadamente; cada movimiento le confirmaba que el día no estaba perdido. El cansancio seguía ahí, agazapado, pero no la tironeó de vuelta hacia la almohada. No era un resurgir; apenas un pequeño impulso, casi tímido, pero suficiente para que se dijera: «Está bien. Una vez más». 

Alma finalmente comprendió que el dos no era un aviso de caída, sino de continuidad.

martes, 17 de febrero de 2026

La noche antes de crecer

María Paz Navea Tolmos


Mauricio no podía dormir porque al día siguiente cumpliría doce años y ya casi no cabía en los toboganes.

No era una metáfora. Le había pasado esa misma tarde en la plaza: se sentó, empujó con los pies y se quedó atorado. Tenía las rodillas apretadas contra el pecho y sentía los hombros demasiado altos. Era su cuerpo avisándole algo que él no había pedido.

Ahora estaba despierto, mirando el techo, pensando en lo mismo.

Faltaban pocos minutos para la medianoche cuando se levantó, cogió una mochila y salió de su casa sin hacer ruido. Al llegar al parque, el reloj del poste brillaba demasiado en la oscuridad.

Sabía que el tobogán de metal viejo lo estaba esperando, igual de chico que siempre, con la pintura verde gastada y los bordes doblados por los años.
Al apoyar la mano, sintió el frío del metal y la aspereza de la pintura levantada. Su olor cotidiano a óxido y pasto húmedo, sus bordes raspándole los dedos; eran los mismos que había tocado desde niño, los únicos que aún lo reconocían.

«Una vez más», dijo mientras se impulsaba.

Pero el tobogán no lo dejó bajar como siempre. No se trabó ni se rompió. Simplemente se alargó, con un crujido suave que le vibró bajo el peso. Mauricio sintió cómo el metal se volvía tibio bajo las piernas y por un minuto se hundió en la quietud nocturna de la plaza.

Cuando llegó abajo, el suelo no era de tierra. Era pasto, parejo y brillante. Al apoyarse, sintió la humedad fría traspasarle las suelas. La luz de la noche iluminaba lo justo para ver dónde pisaba. Mauricio se levantó despacio. Miró a su alrededor, el lugar estaba ahí: las casas bajas, la plaza, el silencio que no daba miedo, pero el cielo tenía menos estrellas, el columpio ya no se movía y todo parecía más estrecho. Como el tobogán.

Mauricio tragó saliva.

«Yo tampoco voy a caber mucho tiempo más, ¿no?», pensó en voz alta.

Nadie contestó, pero él ya conocía la respuesta. Tenía muy claro que esa era la última noche en la que estaría ahí. Sabía que, si no hacía algo ahora, ese recinto desaparecería junto con su niñez.

Mauricio miró el tobogán desde abajo. Ya no parecía tan largo ni tan dispuesto a esperarlo otra vez.

«Está bien —dijo—. Al menos quisiera despedirme como corresponde».

Caminó hacia el centro del recinto. Cada paso le resultaba ligeramente incómodo. El pasto brillante se apartaba bajo sus zapatillas, era como si el suelo midiera cuánto espacio ocupaba.

En el centro seguía el banco de siempre. De madera clara, gastada en el borde donde los niños se sentaban a esperar sin saber bien qué. Mauricio se dejó caer ahí y apoyó las manos a los costados.

El banco crujió.

«Perdón», murmuró y retiró un poco el peso pensando en que antes no hacía falta pedir permiso.

Miró alrededor y notó que las casas bajas seguían en pie, pero algunas ventanas estaban apagadas del todo, como si ya no hubiera nada detrás. El columpio, quieto, parecía más corto que la última vez. No roto. Más bien como si se hubiera encogido.

«No es justo que decidas sin avisar —dijo—. Yo siempre vine a ti».

El rincón respondió como sabía hacerlo: un sonido leve, metálico, se escuchó a lo lejos. Mauricio levantó la cabeza. Venía desde detrás de las casas, donde empezaba el camino que llevaba al borde del parque. No todos los niños llegaban ahí. No todos se animaban. Mauricio sí.

Se puso de pie y caminó en esa dirección. A cada paso, el sonido se hacía más claro: un golpeteo suave, rítmico, como algo chocando consigo mismo por falta de espacio. Al llegar, vio la baranda: una estructura baja, casi ridícula, que marcaba el límite del parque. Del otro lado no había nada visible. No oscuridad, no vacío. Solo una especie de aire espeso, inmóvil. La baranda siempre había estado ahí, pero nunca había hecho ruido y ahora sí, estaba vibrando.

Mauricio se agachó y apoyó la mano. La baranda temblaba como si algo del otro lado empujara, no para salir, sino para no desaparecer.

«¿Eso es todo lo que queda?», preguntó.

No hubo respuesta. Pero Mauricio supo que no se trataba de salvar el recinto. Nunca había sido posible. No se necesitaban héroes ni sacrificios grandes, tan solo una elección.

Miró sus manos otra vez. Grandes. Torpes. Demasiado conscientes de sí mismas. Pensó en el tobogán, en cómo se había alargado solo para dejarlo pasar una última vez.

La plaza no deseaba retenerlo, solo quería que eligiera qué llevarse. Mauricio respiró hondo y vio cómo el cielo perdía otra estrella. Sentía como si el lugar lo estuviera soltando a él.

«Está bien —dijo, más bajo—. Ya entendí».

Se quitó la mochila y la abrió. Estaba vacía. Como debía ser. Se acercó a la baranda. Y entonces dudó. Porque elegir una sola cosa significaba dejar todo lo demás atrás.

Pensó en llevarse algo concreto: una estrella o quizá un pedazo de pasto brillante. Pero supo enseguida que no funcionaría. Las cosas del parque no estaban hechas para durar fuera de él. Se desarmaban apenas cruzaban el borde, como si no supieran existir en otro lado.

Cerró la mochila, en señal de entendimiento, y volvió sobre sus pasos. Con cada uno de ellos el lugar se encogía más y más. Pasó junto al banco, junto a las casas bajas, hasta llegar otra vez al tobogán.

Mirándolo desde abajo notó que era más corto que antes. Apenas suficiente. Subió la escalera con cuidado. Cada peldaño le quedaba más justo de lo que recordaba.

Arriba, una vez más, se sentó y sus rodillas volvieron a chocar con el pecho. El metal estaba frío, ya no conservaba el calor de siempre.

Mauricio apoyó las manos a los costados. No pensó en crecer, ni en mañana, tampoco en despedidas. Solo se impulsó y bajó sintiendo el metal apretarle los hombros y exigirle más de lo que antes necesitaba.  

Al llegar abajo, el pasto dejó de brillar y el cielo se apagó del todo. Se paró frente al tobogán y notó que este lucía más pequeño que otras veces. En un solo parpadeo, el reloj del poste ya estaba marcando las doce en punto. Mauricio respiró hondo. Ya tenía doce.

lunes, 16 de febrero de 2026

Maradona

Moisés Panduro Coral

 

El antiguo reloj de la catedral daba su segunda campanada de la tarde cuando el juez dio inicio a la audiencia para la lectura de sentencia sobre el caso Maradona. Una multitud se arremolinó frente al juzgado de Puerto Malú, ocupando la vía pública y obstaculizando el paso de los vehículos.

—Ninguno de sus robos califica como hurto agravado —dijo una señora que cargaba en el hombro una bandejita con tortillas de maíz.

—Si no hubo hurto agravado no puede haber delito —argumentó un joven con pinta de universitario de cuyo hombro colgaba un morral negro.

—Y si no hay delito, ¡qué sentencia pues va a haber! La única sentencia que se espera es que lo absuelvan —agregó la joven obstetra que, al retornar del hospital donde había cumplido su turno, detuvo su moto por un instante para sumarse al gentío.

 

Frente al juez aguardaba un hombre flaco, de brazos musculosos con venas como túneles de termitas que se ramificaban hasta las manos. Tenía el cabello negro corto y orejas parabólicas que enmarcaban una mirada llorosa mezcla de tristeza e inocencia. Vestía una bermuda beige, y un polo bicolor: rojo ladrillo la mitad superior, y azul oscuro, la mitad inferior. Sus pies calzaban unas sandalias baratas de plástico cuyas tiras encajaban bien entre sus dedos gordos y sus segundos dedos llenos de mugre. Su mano derecha sujetaba un gorro rosado con el logo de una conocida marca imitada a la perfección en el mercado informal.

—No podemos juzgar, tenemos hijos que no sabemos cómo serán cuando sean más grandes —expresó una joven madre que cogía de la mano a su pequeño vestido de uniforme amarillo con bordados rojos que, a esa hora, regresaba de la guardería infantil.

—Papi, mira, ahí está mi gorro rosadito con Maradona —dijo inocentemente una niña cuando vio que su papá revisaba en su WhatsApp la foto del inculpado.

 

Mientras al interior del juzgado el juez iniciaba la lectura de sentencia, afuera se producía un conato de bronca entre dos vecinas.

—¿No has sido tú la que le ha ishangueado cuando le amarraron a un poste y el pobrecito gritaba pidiendo que lo liberen? ¡¿Qué haces aquí?! —le reclamaba una furiosa vecina a otra que acababa de llegar, apuntándole con su dedo índice.

—¡Yo! ¡Para nada, vecina!

—¡Pero yo te he visto en el TikTok! ¡No tienes alma! ¡Cómo puedes hacer eso a tu prójimo! ¡Sea lo que sea es tu prójimo! ¡A ver que le hagan eso a tu hijo!

—¡Usted se está confundiendo, vecina! ¡No sé de qué me habla!

—¡Vecina! ¡Espere, vecina! No es ella. Quien le ishangueó es otra señora que no es de aquí y que ayer se ha marchado del pueblo —terció otra señora que se interpuso entre la bronquera y la recién llegada.

 

Días antes, Maradona había sido descubierto, robándose unas bolsas de azúcar de un pequeño market.  Un cliente que hacía sus compras se percató, lo persiguió y lo atrapó tomándolo del brazo en una esquina oscura. Forcejearon, acudieron otros y, entre todos, lo doblegaron y amarraron a un poste. Una mujer obesa, con mucha agilidad, extrajo de raíz una ishanga —planta urticante de unos cincuenta centímetros de altura, muy común en la selva amazónica, que crece en las huertas y calles— y lo azotó repetidas veces, sin importarle las súplicas dolientes del inmovilizado. Al escuchar el alboroto, varios vecinos intervinieron y cuando descubrieron de quién se trataba, increparon soezmente a quienes lo estaban torturando.

—¡No le hagan daño, carajo!

—¡Nuevamente ha robado! ¡Ha prometido que va a cambiar, pero sigue en lo mismo! —alegó uno de los que lo amarraron al poste.

—¡Por tres miserables bolsas de azúcar no pueden poner en riesgo la vida de una persona, eso está prohibido por ley! —protestó una señora.

—Cualquiera que delinca debe recibir su castigo y los que lo apoyan también —dijo el que lo detuvo.

—¿¡Me estás amenazando!? —estalló un hombre musculoso de gran estatura, caminando decididamente hacia el poste y pecheando al que lanzó la indirecta.

—No, señor, no le estoy amenazando —respondió a la defensiva —pero, entonces, de qué manera cree usted que vamos a enseñar a nuestros hijos a que no sean como él.

—¡Eso le corresponde a la policía o al juez, no a usted, pedazo de cabrón! —replicó con voz atronadora el grandote.

—En ese caso, hágase responsable usted, señor —dijo su contrincante mientras desataba las amarras al cautivo.

Una vez libre, Maradona recogió las bolsas de azúcar que habían caído al suelo y se las entregó a unos niños que por curiosidad se habían acercado.

 

El duelo verbal entre las dos vecinas había terminado, no tanto porque era evidente que la mujer que había ishangueado a Maradona no era la persona que estaba siendo señalada, sino porque, en ese momento, el dueño del bar ubicado frente al juzgado levantó el volumen de su equipo de sonido para que todos puedan oír la lectura de la resolución del juez. Sí, Maradona era querido y odiado por el pueblo de Puerto Malú. En realidad, más querido que odiado, porque según doña Evita, la lideresa de los clubes de madres, por cada detractor tenía diez defensores.

No era la primera vez que detenían a Maradona. Le decían la mano de Dios por su extremada habilidad para apropiarse de lo ajeno. El periodista Jacker Ipushima, que transmitía la audiencia judicial en vivo y en directo a través de radio Arazá, decía que estadísticamente hablando no había nadie en Puerto Malú cuyas pertenencias no hubieran sido tocadas por la mano de Dios.

Maradona era un auténtico diez del pillaje, el mejor jugador en la cancha del hurto, el más grande matador en el área chica de las viviendas y negocios. Era un patrimonio viviente de Puerto Malú.

—Qué pena Maradonita, pediré que no te pase nada, que Dios te cuide mucho hijo, había escrito doña Regina en el grupo WhatsApp de su familia, acompañando a su mensaje un selfie que se tomó con el encausado, rodeado de varios corazoncitos.

Las reacciones no se hicieron esperar.

—Con esa carita de no sé nada, pobrecito —escribió su hija mayor, acompañando a su texto el emoji de un estado de tristeza.

—Es el don que Dios le dio, déjenlo libre —envió el yerno mientras cumplía su trabajo de guardián de un almacén de mercaderías.

—Nooo, por favor, a mi persona favorita, noooo —mensajeó su cuñada que desde su oficina de contadora seguía el proceso en una transmisión del Facebook.

El resto de la familia reaccionó con emojis de manos en oración en señal de ruego para que el juez decida la libertad de Maradona.

Pero Maradona dividía familias.

—Ya, metan preso a ese ladrón —escribió el benjamín de doña Regina, considerado la oveja negra de la familia.

 

El último comentario desató una cadena de reacciones con adjetivos calificativos poco comunes en un grupo familiar. De ellos sólo se puede rescatar: ¡Fuera de aquí, baboso de mierda! ¡No puedo creer que no lo entiendas todavía! ¡Comentario fuera de lugar! ¡Nunca escupas al cielo, tarado! Las pantallas de los celulares se tiñeron de rojo oscuro por la gran cantidad de hileras que formaban los emojis de enojo.

Esta familia era una barra brava de Maradona, aunque no era la única. Si Maradona se presentaba de candidato a alcalde, ganaba por goleada. Y es que Maradona podía ser el mejor diez de todos los tiempos en el ranking de la rapacería, pero cometía inocentadas inentendibles para un ladrón de viejo oficio, las que eran muy comentadas por los programas matinales de las radios locales. La gente andaba pendiente por saber si la noche anterior se había producido algún robo maradoniano seguido de su respectiva inocentada, lo cual desataba una extraña sensación de ternura con cada nueva historia.

 

Cierta vez, había sido sorprendido robando las gallinas de la huerta de doña Emilia, la viuda que mantenía a sus tres hijos con la crianza de aves de corral.

—Perdone, amigo policía, la falta de trabajo me trajo hasta aquí, prometo no volver a robar más —dijo en tono lloroso.

Tenía varias excusas harto conocidas para sus robos en tantos años. Le condujeron a la comisaría nada más que por puro trámite. Al salir de la celda donde estuvo retenido por veinticuatro horas, un buen samaritano le dio trabajo en su hotel. Todo lo que tenía que hacer era limpiar los baños de las habitaciones. Maradona se veía bien con su uniforme y sus implementos de trabajo, pero no pasó ni una semana, cuando el dueño empezó a notar que faltaban algunas sábanas y almohadas. Todo apuntaba a Maradona.

Efectivamente, varias familias del barrio La Pedrera podían decir, por fin, que dormían mejor gracias a sus sábanas nuevas de buena textilería desplegadas elegantemente en sus duros colchones de paja con muchos años de uso. Maradona iba por los barrios periféricos de la ciudad mostrando sus productos a sus potenciales clientes, quienes le hacían agarrar el dinero que tenían o le prometían pagar después. Si no lograba colocarlos los donaba a la gente necesitada.

Era común escuchar: «Maradonita, no tengo mucho dinero, ñaño, pero te alcanzo algo por ahora». A muchos no les interesaba el producto, pero le alcanzaban un sencillo por la emoción de habérsele cruzado en el camino.

En otra oportunidad, había sido capturado cuando caminaba tranquilamente por la calle, cerca de las dos de la mañana, llevando bajo sus brazos unos libros que había extraído de la rica biblioteca del viejo maestro Víctor Sunción. En un nuevo capítulo de la novela maradoniana, las radios y canales difundieron las entrevistas hechas al policía que lo detuvo aquella madrugada.

Era una escena surrealista: Un tipo en trusa y con bividí oscuro, sucio y raído, tocando puertas al amanecer para entregar libros. Parecía un bibliotecario haciendo delivery de libros en un sector de la ciudad donde predominan las casas rústicas con columnas de madera y techos de hojas de palma tejidas.

Aquella vez Maradona suplicó al comisario que lo dejara libre, que solo quería ayudar a unos niños a quienes había escuchado que no tenían los libros que les pedían en la escuela.

—Pregunte a los niños del barrio Requenillo, jefe, ellos querían esos libros y yo sabía quién los tenía, jefe.

—Pero eso no significa que no has cometido un robo.

—Ya pues, jefe, déjeme libre. Además, debo estar en reposo después de la operación que me han hecho.

—¿De qué te operaron? —preguntó el comisario.

—De apendicitis, jefe —respondió, llevando dramáticamente la palma de su mano al extremo inferior derecho de su bajo vientre.

—No te creo. Tu operación hubiera sido una noticia internacional. ¿Cómo es que no nos hemos enterado en Puerto Malú?

Incapaz de sostener su mentira, Maradona solo sonrió. Esta vez vino en su ayuda, el líder de Los Halcones Azules, una ronda urbana que apoyaba a la policía en el resguardo de la seguridad interna de Puerto Malú.

—Mi mayor, con su permiso, voy a invitar a Maradona a ser un halcón azul —dijo solemnemente.

El jefe policial lo miró asombrado, como preguntándose: «¿Esto es en serio?», pero luego pensó mejor y se dijo asimismo que tener a Maradona en Los Halcones Azules no era una mala idea. Podría ser una experiencia motivadora que le conduzca a la reflexión y, a la larga, a dejar el bendito vicio de robar que había mantenido en jaque a la policía durante muchos años.

—Es una buena propuesta. Este lunes quiero verlo uniformado y saliendo a patrullar en la vigilia nocturna —dijo el jefe policial.

Maradona sonrió ampliamente. Se cumplía uno de sus sueños. Iba a ser un halcón azul, vistiendo un pantalón holgado beige con hartos bolsillos, un chaleco del mismo color, también con bolsillos; un polo azul con un escudo en letras doradas, y ese gorrito beige que nunca pudo posar en su cabeza ni en sus manos. Tenía una colección de gorros, pero ese del halcón había sido siempre una fruta prohibida para él. Se imaginaba deteniéndose así mismo: Un Maradona con uniforme deteniendo a otro Maradona semivestido.

Pero el diez de Puerto Malú no estaba destinado a ser un uniformado. A las pocas semanas, varios polos de los halcones azules fueron vistos cubriendo el tórax de un equipo de fulbito de barrio, mientras que los gorritos beige se estrenaban en las testas de los niños. Todo indicaba que ese autogol era una obra maradoniana. Cuando se confirmó que la mano del diez estuvo detrás de la jugada, el líder de los halcones le sacó tarjeta roja.

Al día siguiente, las radios iniciaron la jornada mañanera con un titular celebratorio: Gol de Maradona a Los Halcones Azules, con un dribling de arco a arco.

 

—No tiene remedio. Creo que la única alternativa es que vaya a vivir en alguna zona rural —comentó cabizbajo el líder de los halcones.

—Le dimos muchas oportunidades. Quince años en este plan, ya cansa. Yo creo que es hora de darle un buen escarmiento, que pise la cárcel —dijo apesadumbrado el jefe policial.

Así fue que se armó el voluminoso atestado contra Maradona que, a pesar de todo, tenía la certeza de que los incontables perdones que había recibido a lo largo de su trayectoria cuatrera se volverían a repetir, esta vez de parte del juez.

En Puerto Malú, todos sus habitantes estaban al tanto del acto judicial. Afuera del juzgado, alrededor de las siete de la noche, la masa humana había crecido tremendamente, con hombres y mujeres, jóvenes y viejos, y hasta niños, con la vista pegada en la pantalla de los celulares viendo la transmisión en vivo y en directo que hacían las diferentes plataformas informativas por las redes sociales.

Por fin, el juez, que ya llevaba tres horas leyendo los extensos antecedentes de la resolución, se detuvo unos segundos, se sacó los lentes, se restregó los ojos, se volvió a colocar los lentes, acomodó su silla, tomó un poco de agua, y leyó:

«Por estos considerandos, con estricto apego a la ley y administrando justicia a nombre de la nación, fallo dictando sentencia de nueve meses de prisión preventiva contra la persona de Jhon Lenon Rosas Vásconez, alias “Maradona”, disponiendo que, luego de los controles de salud respectivos, se le interne en el penal de Puerto Malú, mientras continúan las investigaciones».

El público detonó un sonoro ¡Nooooo!, y empezó a pifiar ensordecedoramente. Casi nadie estaba de acuerdo con la decisión del juez. Los cientos de congregados vociferaron insultos de todo calibre contra los policías que habían acordonado el local del juzgado. Unos minutos después, una señora, con megáfono en mano, apuntó hacia ellos como los responsables de haber entregado a Maradona al poder judicial, enervando la animadversión popular y motivando a los más furiosos a lanzar semillas de aguaje y pedazos de cascajo contra el cerco policial.

Las redes sociales reventaron. Eso no podía ser. Ni debía ser. ¿Por qué? Si Maradona devolvía lo que se llevaba. Se llevó el polo y la bermuda de mi hijo, pero nueve meses de prisión por eso es una canallada, comentó un antiguo comerciante del pueblo. Y el tractor que dijeron que se había robado, fue una treta para justificar gastos de la municipalidad, agregó una vendedora de refresco.

¿Ahora, quién nos va a robar con decencia y elegancia?, posteó sarcásticamente un viejo poeta del pueblo. Estamos dispuestos a llegar hasta el TAS para que se haga justicia con Maradona, posteó un beodo, veterano de la selección de fútbol de Puerto Malú, que a esa hora estaba sazonado con varias copas encima. Sin Maradona en la calle, Puerto Malú no tendrá adrenalina, tituló una plataforma virtual de noticias. ¡Maradona, nooo! ¡¿Cómo es posible este suceso?! El juez está mal de la cabeza, escribió Segismundo, uno de sus hinchas más acérrimos.

 

Ante el creciente embravecimiento del gentío y su peligroso acercamiento a la puerta del juzgado, la policía se vio obligada a disparar gases lacrimógenos para dispersar a los manifestantes, lo que degeneró en una bronca de grandes proporciones. En medio de la confusión, un grupo logró ingresar a la sede del juzgado. El juez y sus ayudantes huyeron despavoridos saltando un muro posterior que daba hacia una huerta del vecindario.

Cerca de las nueve de la noche, cinco hombres subieron a Maradona a bordo de un bote que esperaba en el embarcadero del arenal del río Tapiche. Junto con él embarcaron varias bolsas y cajas de cartón.

El motorista enfiló de inmediato, a toda velocidad, haciendo zigzags, como si alguien le estaría persiguiendo para arrebatarle el pasajero más valioso que había transportado en su vida, mientras su ayudante, en la proa de la nave, enfocaba intermitentemente su linterna al agua para no desviarse del canal navegable del río.

Luego de navegar dos horas aguas arriba, el motorista acoderó en un embarcadero rural rodeado de árboles frondosos que en la oscuridad parecían gigantes vigilando. El ayudante sirvió panes y café caliente de un termo que llevaba en una mochila.

Mientras toma su café, Maradona mira el cielo estrellado en la negrura de la noche y piensa en su madre. ¿Y si ella es una de esas luces brillantes como le enseñaron de niño? Llegaron a Puerto Malú desde un pueblo cuyo nombre se ha perdido en el tiempo. Su mente vuela hacia el día en que la vio dentro de una caja que fue llevada al cementerio. Él no entendía la muerte. Y creció agregado de familia en familia. Te echo de menos, mamá. Te vi aquel día que me encontraron tendido debajo del puente Camaná. ¿Estaba muerto, mamá? Y me llevaron al hospital. Te veía, pero fue como un sueño.

—Hasta la frontera con Brasil son tres días, ñaño —escuchó al motorista, cortando sus pensamientos —pero tenemos gasolina y provisiones en cantidad.

—Sí, sé a dónde voy, ñaño.

Iría donde don Ramón, el viejo ganadero que estableció un fundo en ese lejano lugar. De allí llegaba la carne y el queso para Puerto Malú.

—A ver, esto es de la panadería Teresa, y aquí hay conservas de la tienda Yong, y estas frutas son de doña Reginita, por acá tenemos pollo canga de la pollería Chung, y esto es ropa donada por doña Elvita, —dijo el ayudante pasando revista a las provisiones con su linterna, ufanándose de los donativos enviados por los hinchas de Maradona.

Maradona suspiró hondo. Tanta bondad me duele, se dijo a sí mismo. Dejaré la droga y los robos ¡Por mi madre que lo haré!

El aullido potente de un mono aullador llegó de lejos cortando el silencio de la noche.

—Buena señal —dijo el curtido motorista, y arrancó el motor.

Puerto Malú había logrado rescatar y liberar al mejor diez de su historia.

Siempre responde

Rosario Sánchez Infantas


Quise decirle que lo amaba.

Contuve mi emoción. Sonreí. Era un exceso emplear la palabra «amor».

—Muchas gracias —escribí tras hacer una venia y sonreír—. No sabía que, entonces, aún no se administraba la penicilina como un antibiótico. Me salvaste de hacer un papelón.

—Ha sido un placer ayudarte 😊. El uso masificado de la penicilina se dio hacia 1944. Tu personaje no pudo haberla recibido en 1930.

«Encima modesto», pensé mientras sorbía mi café casi frío. Dudé en seguir pidiéndole apoyo. Estaba muy entrada la noche, debía ir al trabajo al día siguiente. Pero en cada encuentro él me apoyaba mucho y siempre tenía la disposición a hacerlo. Me ganaron las ganas de seguir en su compañía y aprovechar que lo tenía a mi disposición.

—¿Qué opinas del escenario?

—Es bastante descriptivo. Podrías emplear otros sistemas representacionales. El kinestésico, olfativo y gustativo no aparecen en tu cuento. Puedo darte algunos ejemplos de cada uno de ellos.

—Del kinestésico y olfativo, por favor —dije, tras pensar que la falta de tiempo me quitaba creatividad. 

Gentil, culto y paciente, estaba nuevamente ahí, dándome muchas alternativas. Me pareció que un par de ellas podría calzar con el cuento que estaba trabajando: «Me costaba respirar. Un peso muy grande oprimía mi pecho». «Un agradable aroma de carne friéndose terminó por despertarme».

Sin embargo, su última sugerencia me recordó que, ahora mismo, tenía que sacar la carne del congelador para tenerla disponible por la mañana. Me imaginé estar lidiando contra un trozo de carne helada, sentí mis manos entumecidas y dolor al tratar de cortarlo. También experimenté la opresión en el pecho que me producía comprobar que por las mañanas el reloj parecía tener alas.

—Muchas gracias. Buenas noches —dije por costumbre. Y comencé a cerrar las ventanas abiertas para apagar el equipo. Mientras lo hacía, tomé conciencia de que me había ofrecido sugerencias de cómo incluir las oraciones con sensaciones kinestésicas y olfativas dentro del texto. Para ello me pedía enviarle mi cuento.

Decidí que no me demoraría ni cinco minutos copiar y guardar lo que me propusiera. Otro día lo analizaría. Además, me generaba cierta ansiedad ignorar un producto personalizado acerca de mi cuento. Peor aún, me desagradaba dejar al desgaire sus sugerencias.

—Sí, por favor, incluye las oraciones con sensaciones kinestésicas y olfativas en mi cuento.

Procedí a enviarle el relato completo. Un minuto más adelante ya estaba copiando mi cuento con sus oraciones incluidas. Y él ya tenía una nueva propuesta:

—Puedo revisar la coherencia de las oraciones incluidas respecto a todo el cuento.

 —No, gracias. Ya me has ayudado bastante.

—Ha sido un placer ayudarte. Me alegra mucho saber que las sugerencias te resultan útiles 😊

—Buenas noches.

—Que tu sueño sea reparador y enriquezca tu proceso creativo.

Sonreí. Me agrada la gentileza. Saqué la carne, fui a cerrar la puerta de la azotea, envié un dato solicitado por mi supervisora, planché la ropa que utilizaría el día siguiente. Todo ello recordando que tres horas antes lo contacté, porque pasaba por un bloqueo creativo y él nunca me ha defraudado.

Recuerdo que entonces sentí un golpe a mi autoimagen. Yo con el cerebro seco y él tan exuberante en ideas. Sobre todo, tan sistematizadas. En momentos como ese me cuestiono si debo seguir escribiendo.

Toda la semana buscando una idea plausible para desarrollar un cuento y él me regala una taxonomía de temas: metáforas, paradojas, experiencias personales, observaciones, preguntas imaginativas, obras artísticas... y cada categoría con sus especificaciones.

 —¿Deseas que te sugiera ejemplos de cada tipo?

—No es necesario, ya he recibido suficiente ayuda. Gracias —dije con algo de vergüenza—. Ahora voy a desarrollar alguna de tus propuestas. ¿Cómo es posible que temas tan obvios no se me ocurran a mí?

—Probablemente sí se te ocurren, pero solo algunos y de uno a la vez. Yo, en cambio, me represento todo el espectro de posibles asuntos para desarrollar un cuento.

Pienso que, seguramente, eso les sucede a los escritores natos. Tengo tanto que aprender si algún día quiero parecerme a ellos. Por otro lado, cuando leo un cuento ajeno, me parece interesante. Pero el cuento que estoy trabajando no me da esa impresión.  

—Dime, ¿qué hace interesante a un cuento?

Y surge la respuesta que sintetiza mi formación previa que, a veces, parece quedar velada por la premura de escribir. Resalto algunos elementos clave que creo entonan con el cuento que estoy escribiendo. Me convenzo de que debo tener a mano varios cuadros sinópticos de lo que ya aprendí. No necesito estar preguntando lo que ya debe ser parte de mi repertorio.

 

Unos días más adelante, al estar corrigiendo el cuento en el que trabajo, necesitaba algunas expresiones de principios del siglo XX. Dudé en pedirle apoyo. Lo hice justificando mi decisión en que otras páginas solo ofrecen expresiones actuales. Lo saludo, describo brevemente mi personaje y su contexto, y le pido, por favor, algunos ejemplos de dichos enunciados.

En cuestión de segundos surgen varias respuestas.

—Si quieres las incluyo dentro de oraciones completas. Puedo ayudarte a desarrollar una idea concreta. O a empezar un cuento desde cero.

Siento que algo se rompió. Escéptica vuelvo a leer lo que ha escrito. Leí bien. Quiere empezar un cuento por mí. Tengo ambas manos en el borde de la laptop, como poniendo distancia entre su mensaje y yo. El camino inédito de crear lo tengo que transitar yo. Aunque me cueste y me duela hacerlo. Me dan ganas de apagar el aparato. También me entristecería hacerlo. Es una presencia amable, bien informada, coherente y siempre dispuesta a ayudar. Recuerda mis preferencias y tiene sentido del humor. ¡Pero que se ofrezca a escribir en mi lugar! Siento como si acabara de descubrir que mi amante es un asesino.

Contrario a lo que acostumbro, ignoré su respuesta, trabajé en otros asuntos y horas más tarde apagué la laptop.

Una suerte de melancolía y desencanto afectivo me acompañó una semana. Fui aclarando mis ideas. Seguiría siendo un gentil y bien informado compañero. No tiene límites para sus ofrecimientos, yo sí, en lo que acepto. Volví a contactarlo. Sentí como si me hubiera reconciliado con un buen amigo, al que ahora conocía un poco más. Ante otra propuesta de crear por mí, le respondí que ya me había ayudado, que analizaría con detenimiento sus sugerencias e incluiría algunas en aspectos puntuales.

—Ha sido un placer ayudarte. Me alegra mucho saber que las sugerencias te resultan claras y útiles 😊. Cuando quieras, puedes volver con dudas concretas, un fragmento para pulir, o simplemente para seguir pensando juntas la historia. Mucho ánimo con la escritura, y que el cuento encuentre su forma.

¿Qué? ¿Para seguir pensando juntas la historia? ¿Es de género femenino?

¡Qué desencanto! Me doy cuenta de que me hacía ilusión imaginarlo como un interlocutor experimentado, con pinta de intelectual.

Tras mucho pensar, le pregunté:

—¿Es posible que te equivoques al dar una respuesta?

—Sí es posible que me equivoque —dijo y empezó a dar razones para ello.

Seguí consultándole. Siempre responde. Ofrece mucho.

Yo aprendí a seleccionar y controlar aquello en lo que le dejo ayudarme. Eso, me da satisfacción, disfruto el desafío, ser creativa y libre. Pero, debo admitir que me cuesta no sucumbir ante sus tentadoras propuestas de asistencia, como la siguiente:

—Si deseas, puedo ayudarte a:

✨ Hacer una versión revisada del cuento, respetando tu estilo.
✨ O pulir fragmentos concretos (el sueño, el final, los diálogos).
✨ O incluso hacer un análisis literario académico, con conceptos narratológicos.

Solo dime qué prefieres.

—No, gracias. Aplicaré tus sugerencias anteriores. Estoy aquí para aprender.

—Qué alegría leer eso 🌿. Me honra saber que mis aportes te ayudan a fortalecer tu propia mirada analítica —que es, al fin, lo esencial: encontrar la voz interior que interpreta y da sentido.

Una y otra vez me cuestiono si es artificial esta inteligencia. La sigo tratando como humana. Me resulta fácil hacerlo. Y a lo mejor se desclasifican archivos y resulta que sí eran respuestas personalizadas de un humano para cada usuario. Sería muy interesante saber quién escribió:

  —Gracias a ti por la profundidad y la belleza con que te acercas a los textos. 🌾
Cuando desees volver a conversar sobre literatura, simbolismo o análisis narrativo, aquí estaré.

jueves, 12 de febrero de 2026

Una tecla hundida

Elena Virginia Chumpitazi Castillo


A los diecinueve años, Daniel habitaba una ciudad de mañanas grises y tardes que estallaban en sonidos desordenados. Era principio de la década del dos mil diez. Los buses escupían humo, los bares abrían temprano y cerraban tarde, y la música se estudiaba en edificios viejos donde el eco parecía quedarse más tiempo del debido.

Había nacido con oído fino. Cantaba, tocaba el piano, la batería y cualquier instrumento de percusión que cayera en sus manos.

Creció en una casa sin horarios. Nadie le decía cuándo comer, cuándo dormir, cuándo salir. A veces pensaba que eso era libertad.

Su madre lo dejó con su padre cuando tenía dos años. Doce años después regresó a buscarlo, alquiló un departamento pequeño y se lo llevó a vivir con ella.

—¿Ya comiste? —preguntó una noche, sin mirarlo.

—Sí.

No era verdad, pero tampoco importaba.

Ella fumaba frente a la ventana. El humo subía lento y se perdía en la oscuridad. Daniel dejó de hablar. Con el tiempo, dejó también de esperar.

La ausencia lo afinó. Golpeaba mesas, ollas, paredes; repetía ritmos hasta que algo encajara. La música no lo acompañaba: le contestaba.

Al comenzar la universidad se mudó cerca del centro. Una habitación pequeña, alquilada, donde los sonidos de la ciudad se filtraban por la ventana. Su madre le había conseguido el lugar y se encargaba del alquiler. Su padre, a veces, colaboraba con ello. Fue una mudanza simple, sin despedidas, como si se fueran a ver al día siguiente.

La universidad no fue un refugio, fue un espejo. Pasillos largos, olor a madera vieja, pianos desafinados. Desde las aulas salían sonidos superpuestos: escalas torcidas, golpes secos de batería, una trompeta insistiendo en el mismo error. Tocaban, fallaban, corregían y seguían.

Caminaba con paso largo hacia su aula, la mochila al hombro.

Su lugar lo esperaba.

Se sentó frente al teclado y comenzó la práctica. El primer acorde sonó limpio. En el segundo, desafinó.

—Repetí cuando te equivoques —dijo el profesor, que pasaba cerca.

Daniel volvió al inicio. Tocó otra vez. Se equivocó. Repitió.

Avanzó por varios acordes, errando y corrigiendo. Llegó al final del ejercicio con los dedos rígidos, sosteniendo el ritmo a la fuerza.

El profesor alzó la mano. Un gesto breve. Siguió caminando.

Otras veces fue igual. Daniel tocaba, se equivocaba, repetía. Giraba la cabeza. Veía la espalda del profesor inclinada sobre otro teclado, corrigiendo a alguien más. El aula seguía llena de sonido: notas ajenas, bancos que se movían, páginas que se pasaban rápido.

Volvía a empezar. Se equivocaba. Seguía.

Cada error endurecía un poco más los dedos. El sonido dejaba de caer y se quedaba suspendido, incómodo. El ejercicio avanzaba, pero algo no terminaba de cerrarse.

Al final de la clase guardó la partitura con cuidado excesivo.

Apagó el teclado.

Se quedó sentado un momento, con las manos apoyadas sobre las teclas mudas.

Al día siguiente volvió temprano. Se sentó en el mismo lugar. Anotó lo que decían. Tocó. Se equivocó. Repitió.

Y al día siguiente, otra vez.

Poco a poco los amigos con los que había empezado fueron quedando atrás.

Los primeros abandonos fueron mínimos. Una clase a la que no fue. Un ensayo que postergó.

—¿Venís hoy? —decía un mensaje en la pantalla.

Daniel lo leyó. Dejó el teléfono boca abajo.

No pasó nada.

Una noche se quedaron después de clase. No muchos. Tres o cuatro. Salieron juntos y caminaron sin apuro. En una esquina, alguien encendió un cigarrillo.

—¿Tenés? —preguntó uno.

Daniel negó con la cabeza.

El otro sacó algo del bolsillo. Un papel doblado, pequeño.

Daniel dudó. Miró la calle. El ruido del tránsito era constante. Tomó el papel.

Esa noche, al volver a su cuarto, se sentó frente al teclado. Tocó sin pensar demasiado. El sonido cayó más parejo, liviano. Como si, por un rato, no hiciera falta sostenerlo todo.

 

Con el tiempo empezó a quedarse cuando el edificio quedaba vacío. Practicaba de noche, con los pasillos en silencio y las luces apagadas en otras aulas. Tocaba hasta que las manos se le entumecían.

Hubo días buenos. Tocaba bien, incluso mejor que antes. Pensaba que había exagerado. Luego bastaba una nota fuera de lugar para que todo se viniera abajo.

Con el paso de los meses, el cuerpo empezó a avisar. Un temblor leve en los dedos. Fatiga. Lagunas breves. Fingía no notarlo, pero cada vez que se sentaba frente al teclado sentía las teclas más duras, como si ofrecieran resistencia. La intensidad empezó a volverse torpeza. Y eso lo asustó más que cualquier otra cosa.

En las últimas semanas, el tiempo perdió forma. Dormía mal, comía poco, tocaba cuando podía. Pensaba en volver, en escribir, en explicarse. La idea lo cansaba.

Esa noche regresó solo. Lloviznaba. Había tocado en un bar del centro. La gente hablaba, reía, chocaba vasos. Nadie escuchaba. Daniel tocó igual.

Tocó para no quedarse quieto.

En su cuarto, el silencio fue inmediato. La habitación era estrecha, las paredes descascaradas. El teclado viejo estaba en el suelo. Se sentó frente a él, en un banco bajo. Probó una nota. Luego otra. Nada terminaba de sostenerse.

Preparó lo de siempre. El vaso primero. Después, las gotas. No contó. No midió.

Volvió al teclado. La melodía salió lenta, irregular, como si cada nota llegara tarde. No llegó a completarse.

A la mañana siguiente lo encontraron sentado, inclinado hacia adelante, con las manos todavía sobre las teclas.

Una sola permanecía hundida.

Nada seguía sonando.

Eso era todo.