lunes, 19 de enero de 2026

Cassandra

Ruth Rosales


            «Estoy tan cansada de sus lamentos», murmuró azotando la puerta mientras le marcaba a su novio por el celular. «Por eso, mi papá tiene una amante. No hay quien soporte a mi jefa. ¡Odio sus discursos lastimeros de ama de casa abnegada!».

—¡Hola, mi amor! ¿Pasas por mí al boliche? Le traje a la ñora sus zapatos, pero me detuvo casi media hora con sus chantajes. No te tardes, porfis, ya quiero darte besitos y poner mi cabeza entre… ¿Amor? Sí, te decía que… Ah, ok, ok. Bueno, está bien; aquí te espero.

            «¡Cómo me choca que me corte de esa manera!», rezongó al tiempo que colgaba el celular con brusquedad. Mientras esperaba sentada en la banqueta, recordó cómo ese muchacho le rogó durante meses para que saliera con él. Había días en que se sorprendía cuestionándose qué la había llevado a cambiar de opinión. Tal vez fueron las flores exóticas que le mandaba a su casa, a la escuela y hasta a los restaurantes donde estaba con sus amigas. Al principio la abrumaban tantas atenciones, pero después se fue acostumbrando al perfume de las gardenias, rosas y jazmines traídas desde Veracruz y Morelos. Después, esos regalos se transformaron en joyas, invitaciones a cenar en lugares exclusivos de la ciudad y, por último, en viajes. París, Londres y Venecia estaban en sus planes para el verano.

            Aunque pertenecía a la clase acomodada de la ciudad, la familia de su ahora novio tenía mucho más dinero que la de ella. Había rumores sobre la procedencia de dicha fortuna, pero cuando terminó por aceptarlo, se convenció a sí misma de que él no estaba involucrado en los negocios familiares. También tuvo que ver con que él le juró, frente a la cruz de la iglesia, que sus padres no querían que sus hijos trabajaran para ellos. «No pudo haberme mentido en la casa de Dios», pensaba mientras se arrodillaba junto a la cama para decir sus oraciones. «Además, me prende con solo besarlo», terminaba diciendo en voz alta, con la sonrisa en la boca y reprimiendo el fluido que salía sin su consentimiento de entre sus piernas.

            —¿Qué dice mi catarrín? —Oyó decir a su novio en cuanto se subió a su troca Dodge Ram 2500—. ¿Qué? ¿Te comieron la lengua los ratones?

—No estoy muy segura de saber si me gusta que me llames así.

—¿Poooor? ¡Ay, mi catarrín! ¿Ya ves por qué te llamo así? ¡Sí, eres bien catarro! Catarro y barroca. ¿No estás segura de saber? Se sabe o no se sabe. De verdad que eres bien cagada, mi hermosa florecita del desierto.

La incomodidad que sentía era reciente. No se había tomado el tiempo de saber por qué su novio la llamaba de esa manera hasta que su cuñada se acercó para preguntarle si se sentía cómoda con la forma en que su hermano se refería a ella. «Me dice así de cariño», le respondió sin darle mayor importancia. La duda se quedó ahí, fermentándose, afilando sus sentidos. ¿Le decía así de cariño? ¿Cuál era el verdadero significado de ese mote? ¿Por qué no se atrevía a preguntárselo? Entonces escuchó cómo el mejor amigo de su novio se expresaba sobre los borrachos que danzaban alrededor de la alberca. «¡Son una bola de catarros! ¡Ya déjense de mamadas!». ¿Soy borracha o soy molesta? No tomo. Me cae mal en el estómago… Entonces, soy una molestia. Y así concluyó que, en efecto, su novio le decía así porque consideraba que ella, como todas las mujeres, era fastidiosa.

—¿Y ahora qué hizo la mamá suegra para hacerte renegar?

—Lo de siempre. Descargar su frustración conmigo por su falta de huevos para dejar a mi papá.

—Debería hacerle como mi jefa.

—¡Nombre! La mojigata de mi mamá jamás tendría un amante.

—Pues ella se lo pierde. Además, las mujeres son más listas en eso de los engaños. Mi jefe no tiene ni idea de que es un cuernudo hecho y derecho. No me extrañaría que mi jefa planeara deshacerse de él para quedarse con su baro y casarse con ese gringo que trae de noviecito. Más te vale que a ti ni se te ocurra traicionarme, ¿eh, cabrona?

Aunque se incomodaba cada vez que su novio la amenazaba por cualquier tontería, una parte de ella se sentía orgullosa de tener a alguien que la celara y le hablara con firmeza. Le gustaba esa atención enfermiza llena de feromonas.

En el segundo año de noviazgo, lo que le cautivaba al principio de su relación empezó a resultar un tanto molesto. Los regalos se volvieron excesivos y la frecuencia con que llegaban a su casa era proporcional a las cancelaciones de sus planes. Cuando salían de viaje, había días en que él se ausentaba, alegando que tenía que cumplir con algunos encargos de su papá. Esto la incomodaba. ¿Y si su príncipe azul ya estaba involucrado en los negocios familiares? Se fue guardando la duda hasta que, un día, llegó a su casa bañado en lágrimas.  «Vamos a la iglesia, catarrín», le dijo sin darle más explicaciones. Pensó que tal vez quería un poco de paz tal y como ella la encontraba cada vez que algo la inquietaba. Eso la hizo enamorarse un poco más.

—Estoy muy encabronado con mi jefe —le dijo una vez que se sentaron en la última banca de madera en la iglesia vacía—. El viejo se quiere expandir.

—No entiendo…

—¡Cállate! No te estoy pidiendo que entiendas, que pienses ni nada. Es más, esto es un error. ¡Vámonos!

Se levantó molesto y se fue de la iglesia sin esperarla. Cuando salió para alcanzarlo, ya se había ido rechinando las llantas de su troca. Pasó una semana sin saber nada de él. Se sorprendía mirando la pared de su cuarto sin enfocarse en ningún pensamiento en particular. Ponía música para distraerse, pero a la media hora apagaba el aparato reproductor porque necesitaba silencio. Sentía un extraño hueco en el estómago. Se sorprendía con rápidas palpitaciones que retumbaban en su pecho. ¿Estaba sufriendo un paro cardíaco? Lo dudaba. Había oído decir en alguna parte que así se sentía cuando se tenían ataques de pánico. Quería saber de él. Marcaba su número y la mandaba al buzón de voz. Aunque la ausencia se asemejaba a una cueva sofocante sin salida aparente, la distancia empezó a mostrarle que, en realidad, no tenían nada en común. A ella le gustaban las fiestas, pero no en exceso. Disfrutaba más salir de excursión al desierto o hacer senderismo en la única montaña que quedaba al otro lado de la franja fronteriza, en lugar de pasar horas eternas jugando billar o escuchando música electrónica en algún bar, mejor conocidos por los jóvenes como antros. Su mayor ilusión era estudiar diseño de modas en el extranjero, pero él no podría irse a vivir fuera del país por cuestiones de seguridad.

Aunque su novio no nació en esa ciudad, le había tomado un cariño especial. Adoraba ese pedazo de desierto. Tal vez fue por eso o por el amor que decía sentir por ella que, después de transcurridos quince días, se apareció en su casa con un ramo de rosas pidiéndole perdón. Lo único que le dijo fue que su papá aceptó su sugerencia de no ejercer violencia en la ciudad y de pensar mejor a largo plazo. Le propuso una idea en la que el Gobierno Federal estaba involucrado, así como un plan elaborado sobre el derecho de piso. Esto impactaría a la economía local y no quedaría otra más que usar los recursos que su familia le ofrecería al municipio. Por supuesto, ella no entendió nada. Estaba tan contenta de verlo sonriente y tranquilo que prefirió callar esa voz de alerta que meses después recordaría; por lo pronto, se entregó a vivir el momento. «Mañana será otro día», se dijo en silencio mientras lo besaba y se calmaba el miedo a sentirse abandonada.

La reconciliación no duró mucho. Pronto empezaron a surgir las diferencias que ella había identificado cuando estuvieron separados y, un día, decidió terminar. Incapaz de aceptar que su novia lo había dejado, y después de haberle rogado que regresaran, obteniendo siempre una negativa, se dedicó a difundir que ella era una mentirosa y que tenía serios problemas psiquiátricos. Contó con la ayuda de amigos que exageraban sus historias. Dentro de la comunidad de la iglesia, se corrió el rumor de que era promiscua y de que había engañado a su novio, incluso con sus amigos.

La difusión de los rumores fue tan rápida que no le dio tiempo de reaccionar. De un momento a otro se había convertido en una ladilla y era juzgada por la alta sociedad de la ciudad fronteriza. Sus padres, a su vez, fueron señalados y decían sentirse muy decepcionados por ella. Un día, cuando salía de clases, uno de los supuestos amantes que le achacaron se acercó a ella y le agarró la nalga.  «Para que recuerdes mis caricias, mamacita», le dijo, acompañado del coro de carcajadas de quienes estaban en el pasillo.

—¡Ojalá que te cuelguen del puente más alto, hijo de puta! —gritó sacando toda la rabia que tenía contenida—. ¡Y a todos ustedes, ojalá y los maten en un tiroteo!

Tres días después del incidente, el cuerpo del muchacho que la tocó apareció colgado de uno de los puentes peatonales que cruzaba la avenida principal de la ciudad. Le empezaron a llamar bruja, loca, freak, pero después aparecieron más cuerpos y dejaron de prestarle atención. Era evidente que ella no tenía nada que ver con esas muertes. Los tiroteos en restaurantes y tiendas hicieron que la población se quedara en casa hasta que el Gobierno Federal intervino imponiendo el toque de queda.

Una vez que pudo separar el dolor que le provocó la traición del hombre que alguna vez le aseguró que la amaba y observar lo que ocurría en la ciudad, recordó la plática que tuvo con él en aquella reconciliación. Cuando su padre llegó hecho una furia porque le estaban cobrando un dineral para proteger su negocio como parte de la «cuota por derecho de piso», confirmó que todo formaba parte de ese plan a largo plazo al que se refería su exnovio.

 —Papá, esto es parte del plan de mi ex.

—¿Qué dices, mocosa?

—Es su familia. Me lo dijo cuando todavía estábamos juntos. Quieren apoderarse de la ciudad; es parte de un plan más ela…

—¡Cállate! ¡Ya me tienes harto! Esto no tiene nada que ver con tus puterías. ¿A mí qué chingados me importa lo que el pendejete de tu ex anda diciendo por ahí? Ya quisiera ese idiota tener el poder para mover las cosas de esta manera.

—Papá, créeme. Esto no tiene nada que ver conmigo. No te estoy mintiendo. No pagues…

—¿Y que me peguen un tiro o incendien mis locales? ¡Ya me tienes harto! Lárgate a tu cuarto antes de que…

Su madre la tomó del brazo y la metió en su recámara. Pensó que la consolaría, pero terminó por decirle que dejara de pensar en sus dramas y que permitiera a los adultos hablar de las cosas realmente importantes. Todo lo que le pasaba por la cabeza formaba parte de las historias que ella misma se inventaba, que no eran reales. Sacó unos comprimidos de diazepam de su bolsillo y la obligó a tomárselos. «No eres el centro del universo», le dijo mientras cerraba la puerta y se marchaba sin haber intentado escucharla.

En la escuela la cantidad de guardaespaldas aumentó. La mayoría de los estudiantes llegaba a las clases con escolta de personal de seguridad. Ella no era la excepción. Como nadie le hablaba, empezó a forjar una amistad con sus dos guaruras. Fueron ellos quienes la convencieron de alertar a la ciudad sobre lo que su novio le había dicho, enviando mensajes a través de sus redes sociales. No tardaron en señalarla como loca paranoica que fabrica teorías conspirativas. Todos pensaron que trataba de manchar el nombre de su ex inventando historias sobre él y su familia. La tachaban de ardida y desequilibrada.

Mientras los comercios empezaban a pagar el derecho de piso y los militares patrullaban las calles, el Gobierno federal decretó oficialmente la guerra contra el narcotráfico en la zona fronteriza. La familia de su ex empezó a brindar ayuda financiando al Municipio y a los organismos de comercio para hacer frente a las extorsiones, lo que generó un roce con la federación al contraponerse al plan estratégico de detener o bien acribillar a los delincuentes en caso de no recibir el dinero solicitado.

A pesar de que le seguían mandando mensajes de hate en redes sociales por decir que la ayuda prestada no era para salvar a la ciudad, los guardaespaldas continuaban apoyándola para que siguiera diciendo que todo era una trampa por parte de los líderes del sur y así quedarse con el control de la plaza fronteriza. Nadie le creyó y empezó a resultar incómoda para la familia de su exnovio, quien se encargó de difundir por todos lados que esa mujer era una mentirosa compulsiva.

            El primero de enero, después de la cruda del festejo del Año Nuevo, la ciudad amaneció con la noticia de un acuerdo de paz entre los niveles de gobierno y las cámaras de comercio, liderado por el padre de su exnovio. En él se establecía la retirada del ejército y un extraño acuerdo realizado por los empresarios de la ciudad fronteriza y los funcionarios del estado de Sinaloa. Entre el movimiento provocado por la salida de las fuerzas armadas de la ciudad y la entrada de nuevas empresas de logística provenientes del sur, la ciudad se vio inmersa en un espejismo de dinamismo y florecimiento económico que eclipsó los levantamientos de quienes se opusieran o hablaran mal de las dichosas alianzas pacíficas de colaboración.

            La noche en que se celebraba la venida de los Reyes Magos, el padre de la chica decidió preparar una cena para festejar el inicio de los tiempos de paz. Ese fue el día en que ella estuvo por última vez con su familia. Una semana antes, había subido a las redes sociales un video en el que explicaba que este acuerdo era un plan para que la droga proveniente de Sinaloa tuviera libre acceso a través de la frontera. En medio de la cena, un convoy militar llegó a su casa y la llevaron a la fuerza mientras escuchaba los disparos detrás de ella. Seis meses después, identificaron el cuerpo de su madre, envuelto en plástico, tirado en un terreno baldío. A su padre, nunca lo encontraron. 

            La despertó el sonido de las olas del mar. Estaba desnuda en un sillón dentro de una cabaña ubicada en un desfiladero. Buscó algo con que cubrirse, pero solo encontró un par de sábanas blancas sobre un colchón en la única recámara. Había una cocina equipada y un televisor. Quiso salir, pero las puertas y las ventanas estaban cerradas. Se activó una alarma y, diez minutos después, apareció el papá de su exnovio. Se acercó a ella y la agarró por la cintura. «¡Suélteme! ¡No! ¡Voy a gritar!», le dijo mientras intentaba liberarse del abrazo.

            —¡Estate quieta, putita! —Susurró mientras le besaba el cuello y uno de sus guardaespaldas le sostenía las manos—. ¿Lo reconoces? Es tu guarura. ¿Creías que trabajaba para ti? Estos pendejos te hicieron creer que eran tus compas y te animaban a subir esas pendejadas en el Internet. ¿A poco creías que lo hacían de buen pedo?

            Después de violarla y permitir que sus guardaespaldas también lo hicieran, le anunció que, de ahora en adelante, viviría en esa cabaña y que su trabajo sería complacerlo. Lloraba todos los días a todas horas. No podría creer lo que le estaba pasando. Suplicaba a los guaruras que le dijeran qué había pasado con sus padres. Pedía hablar con su exnovio para ver si podía persuadirlo, manipularlo, hacer algo, pero nunca apareció. Empezó a dudar de que alguna vez existió; de que el amor que le profesaba fue solo una pantalla para cogérsela y exhibirla como muñequita de aparador «por güerita y por sabrosa», recordaba esas palabras que le decía mientras la besaba por todo su cuerpo. «Así quédate, catarrín, quietecita. Tienes la piel de las arenas blancas de Nuevo México y estas curvas… estas curvas son como las del Espinazo del diablo de Durango, verdá de Dios».

            El calor húmedo la despertaba. Sentía derretirse por los poros. Su sudor, combinado con los fluidos de su agresor y el sonido constante de las olas del mar chocando contra las rocas, hacía que dejara de sentirse persona. Era un recipiente al que le ponían y le quitaban cosas: «Hoy traje esta reata para amarrarte, mamacita. Te va a gustar, te lo aseguro». Entonces se llenaba de agua, agua que se coagulaba al secarse y se convertía en costras de sangre. El colchón le picaba la espalda cansado de sostenerla, escuchaba que le decía con hartazgo en una voz imaginaria que salía del mueble: «levántate, vieja zorra. ¡Corre! ¡Grita! ¡Haz algo! ¿Dónde quedó tu voluntad?». Pero las piernas le temblaban cada vez que se animaba a dar los cinco pasos necesarios para llegar al baño y evacuar los escasos sólidos que producía su cuerpo. Le había ordenado a su cerebro que no expulsara nada, porque cada que lo hacía, se rasgaban las ampollas cultivadas en su ano. Con el tiempo eso dejó de preocuparle. Los músculos perdieron su elasticidad. Ahora solo servían para sostener aquello que su amante decidiera introducir. Habían olvidado su principal función.

            Su voz no tenía permiso para apagarse. Aun cuando al principio no paraba de gritar, con la esperanza de que alguien escuchara los lamentos que experimentaba por los golpes que recibía, resultó que sus jadeos eran tan perturbadores y desgarradores que exponenciaban el placer que sentía tanto el padre de su exnovio como los amigos que invitaba para compartir a su «llorona». «¿A poco no grita como desposeída y te la pone durísima?», les comentaba a sus compas, «y si le aprietas el pescuezo, da la impresión de que se le desprenden los ojos, y esa imagen te hace venir con ganas». Entonces, el recipiente que era su cuerpo también recibía sus lágrimas, porque el dolor seguía recordándole que estaba viva, aunque quisiera desprenderse del repositorio en el que alguna vez guardó su alma.

Acabó por dejar de contar los días. ¿Cuántos habían pasado? ¿Dos, tres, cincuenta, trescientos sesenta y cinco? Había olvidado cómo se medían los años. Ya no existían las estaciones. Todo era igual. La división del tiempo ocurría según el olor de la transpiración del hombre que la poseía: palomas hechas con tequila y toronja, para la primavera; michelada con clamato y limón, para el verano; margaritas con mezcal, licor de naranja, sal y chile en polvo, para el otoño; y, para el invierno, ponche con “piquete” ya sea con brandy o con ron y la deliciosa fruta... lamía la piel de su agresor para poder sentir la manzana y el tejocote, y luego lo mordía para imaginar que le sacaba el jugo a la caña. «¡Ay, eres una perra cachonda! Te gusta, ¿verdad? Quién lo diría con esa carita de mustia que aún te cargas». Más allá de asustarse después de complacerlo, respiraba agradecida. Tenía contento al suegro. Al menos ese día no la había hecho sangrar.

            Un día cualquiera, después de que el padre de su exnovio quedara exhausto, tendido a su lado, extendió la mano y empezó a acariciarle un seno. Su aliento olía a un whisky irlandés que su hijo solía pedir siempre que salía de antro con ella. Le habló de su esposa y de cuánto extrañaba los agarrones que se daban cuando eran jóvenes. Entonces aparecieron en la mente de la muchacha unas imágenes de un pasado difuso que parecían más bien la historia de otra mujer proyectada en la televisión. Vio a su novio llorando en la banca caoba de la iglesia. Los rayos anaranjados del atardecer, distorsionados por los vitrales de los grandes ventanales, se proyectaban en las mejillas del hombre que amaba. «Mi madre y su gringo se van a cargar a mi jefe», oía salir de sus labios. «¿Por qué lloras?» quería preguntarle mientras lo consolaba, «si tu padre es un monstruo».

            Entonces, sin pensarlo, su boca murmuró que su esposa lo engañaba. «¿Qué dices, zorrita? Eres una perra celosa», replicó el suegro carcajeándose de su ocurrencia. «Qué cagado, ella también te tiene envidia. Me lo dijo hoy cuando salía para venir a cogerte. Pinches viejas. Son todas unas putas gatas en celo».

—No son celos. Le estorbamos. Nos va a matar.

—¡Qué pendejadas dices, verdá de Dios! Ya me decía mi hijo que eras bien catarro. Estás bien cagada.

—Él me lo dijo. Ella tiene un amante gringo y te matará.

—¡Deberías escribir telenovelas! Dudaba cuando mi hijo me decía que te inventabas cosas y que él no te había dicho nada del plan para hacernos de la plaza. Por eso te secuestré; para darle una lección al pendejete. Aunque a él, la verdad, le valiste madres. Ni quiso saber dónde te tenía. Ahora veo por qué. Porque la neta sí estás bien chiflada. Para lo único que sirves es para coger.

—¿Dónde están tus guaruras?

—Los mandé a un encargo. Ahorita regresan. Ándale párame las nalgas, que ahora te quiero coger por el culo.

—Nos van a matar.

Mientras el respetable líder de la cámara de comercio, cuyos negocios principales tenían como materia prima la amapola y otras sustancias químicas, poseía a la exnovia de su hijo, un hombre alto, rubio y de ojos azules, entraba por la puerta principal con un fusil de asalto AK-47, apuntando hacia la recámara.

miércoles, 14 de enero de 2026

Lili

Karla Fernanda García Oropeza


Lili sube lento y con dificultad las escaleras de la vecindad. Llega, entra a la habitación y lo primero que percibe es el olor a humedad. Sus pies descalzos se han acostumbrado al suelo áspero de cemento. Se sienta en el colchón desgastado y, a oscuras, recuerda el último día que pasó con Sergio, su esposo.

Minutos antes de que sonara la alarma los ronquidos de Sergio ya habían despertado a Lili. Salió de la cama, se colocó la bata de seda y bajó a la cocina a preparar el desayuno.

Cuarenta minutos después descendió Sergio. Se sentaron en dos de las seis sillas que rodeaban la mesa de madera exótica del comedor y empezaron a degustar los huevos revueltos con jamón.

—¡Ya está frío! —Dio Sergio un puñetazo en la mesa.

—Disculpa, ahora mismo lo meto al microondas.

—¡No, ya déjalo así! Lo único que tienes que hacer es atenderme y no lo haces bien. No sirves para nada.

Sergio se levantó dejando como única despedida el retumbante sonido de la puerta de la casa al cerrarse.

Mientras él estaba en la oficina, ella hacía el aseo del hogar y preparaba la comida, ya que, a pesar de tener el suficiente dinero para contratar a una sirvienta, Sergio prefería que Lili realizara las tareas domésticas. A las cinco de la tarde estaban nuevamente en el comedor.

—Recuerda que mañana es la reunión en casa de mis padres. Espero que vayas bien vestida. Y ya sabes, tienes que dar buena cara —ordenó Sergio.

—Mejor me quedo aquí —murmuró ella y apretó la servilleta sobre las rodillas sin mirarlo.

—¿Por qué no quieres ir? Solo te dicen la verdad, eres una mediocre. No me has dado hijos. Debería hacerles caso y buscarme otra mujer. Ya ni siquiera eres atractiva.

Esa noche Lili se tardó diez minutos más de los que Sergio le permitía para bañarse. Apenas abrió la puerta, él le golpeó la mejilla.

—¡Estoy harta de ti! —gritó Lili mientras se limpiaba la sangre y varias lágrimas escurrían por su rostro.

—¡Yo estoy más! ¡Quiero que te largues ahora mismo de mi casa! —vociferó mientras le tronaba los dedos.

Ella se vistió con lo primero que encontró y se fue.

Lili se pone de pie, se dirige al interruptor y enciende la luz. Mira a su alrededor la desgastada pintura de las paredes. «Hace cuarenta y dos años que soy libre», dice en voz alta. De seis pasos, cortos e inseguros, regresa a la cama. Se acuesta y viene a ella otro recuerdo.

Doce años después de separarse de Sergio, caminaba por los pasillos del mercado. Observando frutas y verduras apiladas en pirámides. El aroma proveniente de los puestos de comida cercanos le abrió el apetito. Mientras se comía unas quesadillas y disfrutaba el delicioso sabor a maíz de la tortilla, el queso fundido y la carne de puerco bañada en chile, escuchó la voz de un hombre muy animado. Alzó la vista y miró a Sergio abrazando a una mujer no muy agraciada y robusta. A los segundos llegaron corriendo dos niños que ambos llamaron hijos.

Lili salió del lugar y caminando de regreso a la residencia donde trabajaba como sirvienta, al pasar por la puerta de una casa, escuchó la melodía de una ranchera que la transportó años atrás a la noche que festejaban el cumpleaños de la madre de Sergio. Todos bailaban en la pista del elegante salón. Ella, que se la había pasado sentada y sola desde que llegó, miró a su esposo acercarse para tomar el vaso que descansaba sobre la mesa y beber sediento el tequila con refresco.

«Baila conmigo, por favor —le suplicó a Sergio tomándolo de la mano». Él sacudió la muñeca bruscamente, la miró, soltó una risa burlona y se fue. Un joven y apuesto mesero que presenció el acto se acercó a Lili.

—Con todo respeto, señora, si yo fuera ese patán, habría bailado con usted toda la noche. —Le sonrió con ternura.

—Gracias —contestó tímida.

Hasta ahora, con ochenta y dos años, al fin acepta que sí era una mujer muy atractiva. En cambio, Sergio era igual de carácter y físico.

Lili huele el rancio aroma de la ropa de cama. Mira el foco colgante y piensa que ese cuartito ha sido su hogar desde que la despidieron a los sesenta años. Con el pretexto de que ya no servía para el trabajo doméstico. «Si no fuera por la gente buena que me da unas monedas cuando estiro la mano, ¿quién sabe qué hubiera sido de mí?», piensa.

Es la primera vez que Lili siente paz y, mientras cierra sus ojos, una ligera sonrisa se dibuja en su rostro. «Si no hubiera quedado huérfana a los diez años, ¿mi vida habría sido diferente?», se pregunta.

Cuatro días después la señora Yolanda, la dueña de la vecindad, llama a la policía. A ella y a los inquilinos se les hace raro no ver entrar ni salir a Lili de su habitación. Cuando los oficiales forzaron la cerradura, se cubrieron la nariz. La luz seguía encendida y sobre el colchón sucio, con un par de resortes que sobresalían a través de la tela raída y ya casi sin relleno, el cuerpo de la anciana mantenía intacta una ligera sonrisa.

viernes, 2 de enero de 2026

La bicicleta que me enseñó el mundo

Patricio Durán


La tarde estaba cubierta por una luz dorada que caía oblicua sobre el patio solariego. Las hojas del viejo limonero temblaban con una brisa suave, y el petricor anunciaba que la lluvia había pasado hace poco. Mi mamá preparaba la cena y mi hermana jugaba con sus muñecas. Yo limpiaba los zapatos de toda la familia; así ganaba unos centavos que mi papá me pagaba.

Nunca imaginé que esa tarde sería distinta a las demás. Tenía doce años cuando mi padre llegó a casa con la bicicleta rodando.

—Póngase firmes, mijo, que esto no se ve todos los días —dijo emocionado.

Yo parpadeé. No podía creerlo. ¡Era una bicicleta! No cualquier bicicleta. Era de color amarillo con negro. No dramatizo si digo que transformó mi vida; que me abrió puertas, caminos, amores y libertades que no sabía que existían. Era una bicicleta a gogo, con cambios que parecían sacados de una nave espacial y llantas radiales —que le daban mejor tracción y velocidad— y hacían que mi autoestima creciera tanto como mis zapatos de plataforma.

—¿Es para mí? —pregunté, ya sabiendo la respuesta y sintiéndome dueño del mundo.

—¿Para quién más? —respondió papá sin ocultar su orgullo—. Te las has ganado. Por tu esfuerzo... porque quiero que tengas lo que yo no pude tener a tu edad, y que ya no sigas pidiendo prestada la bicicleta a tu primo Juan José. Yo sé que eres un gran ciclista y esta bicicleta te ayudará aún más.

Mi madre no compartía el entusiasmo.

—A ver cuánto te dura la emoción —murmuró—. Y, sobre todo, que no te mates. ¿Estás seguro de que no te vas a matar?

—Si me mato será despacio —prometí, ajustándome un casco imaginario.

No me importó el comentario de mi madre. Ese día sentí que el universo, por primera vez, estaba de mi lado. Toqué el manubrio, un tacto tímido, dulce, similar a acariciar la mano de una muchacha que me gusta. Pasé los dedos por el asiento suave, por los cambios metálicos, por el timbre reluciente. La bicicleta olía a pintura nueva, a futuro, a conquista. En esa época, tener una bicicleta así significaba ascender socialmente dentro del ecosistema adolescente. Era similar a poseer una Harley-Davidson en versión juvenil o un Mercedes Benz para menores de edad.

—A ver, jovencito. Súbase y estrene esta maravilla —dijo mi padre.

—¿Ahorita?

—¡Seguro! ¿Qué esperas? ¿El permiso del presidente?

Monté la engreída bicicleta. Sentí un escalofrío, no de miedo, sino de iniciación, de pasar de niño a algo distinto, algo más grande. Pisé los pedales. La bicicleta rodó suave, obediente, con un sonido de los rayos de las ruedas semejante al de una ruleta de la fortuna. ¡Y vaya que yo era afortunado!

Al salir a la calzada, el sol me dio de lleno, y los vecinos — viejos y jóvenes— quedaron mirando. Los otros chiquillos del vecindario se acercaban con una mezcla de respeto y envidia. Yo era asediado por ellos; todos querían conducirla, una vuelta, un instante montado en aquella criatura de dos ruedas que parecía haber sido fabricada para provocar suspiros.

Y debo admitirlo: yo me sentía importante. No por soberbia, sino por descubrimiento. Aquella bicicleta me hacía sentir diferente, me parecía que el mundo empezara a prestar atención a mi existencia. Era la primera vez que los ojos del barrio me miraban con un brillo distinto.

—¡Miren al rey! —gritó el «gato» Rivadeneira.

—¡Ese ya no camina, vuela! —añadió el «pibe» Cabrera.

—¡Déjame conducirla, loco! —suplicó el «tripero» Mejía.

Yo fingí solemnidad. Solo sonreí, altanero parecido a un emperador recién coronado.

—Caballeros, por favor, uno por uno. Hay protocolos que cumplir.

—¿Protocolos de qué? —preguntó el «largo» Zapata.

—Del reino, pues —dije, señalando mi bicicleta—. Esta belleza es mi corona.

No entendieron, pero asintieron. En esa edad, uno cree en cualquier tontería que diga el amigo que tiene el juguete más nuevo y más caro. Eran los tiempos líricos de los pantalones acampanados, chalecos chillones, cadenas colgantes y zapatos de plataforma que me elevaban en lo físico —aunque no mentalmente— sobre los demás. Mi barrio era un pequeño universo de calles polvorientas y empedradas que narraban historias de infancia, y casas donde la mayoría se conocía. Un rumor tardaba tres minutos en recorrer la cuadra entera.

Dimos vueltas por el barrio. El sol se reflejaba en mis espejos cromados anunciando mi trono. Los adultos, desde las tiendas y los portales, me miraban entre broma y asombro.

—Miren al muchacho, ya está hecho un galán —decía doña Rosario.

—Cuidado se rompa el espinazo —advertía don José.

—Ese niño va embalado directo al amor —profetizó una vecina ociosa.

Yo no entendí aquello, pero quedó flotando en el aire a manera de presagio.

A la mañana siguiente, muy temprano, hice algo que cambiaría mi destino de adolescente: tomé mi bicicleta y me fui solo, sin amigos, sin ruidos, sin espectadores. Pedaleé cuesta abajo, sintiendo el viento fresco en la cara, el corazón se me aceleró con un palpitar de gorrión agonizante. Hice algunas piruetas: solté las manos del manubrio y ambos pies de los pedales y moviéndolos en el aire; luego hice un giro del manillar en forma de «X» en el aire. Me envolví en un frenesí de vueltas giratorias que me emborrachaba el espíritu y me hacía sentir un cóndor de los Andes. Un barrendero madrugador veía mis piruetas con alegre curiosidad. Una beata que acudía a misa de seis, sin reparar en mis destrezas, me sermoneaba por salir a la calle en pijama. Entre mi bicicleta y yo se estableció una confabulación tácita y cordial.

Por primera vez en mi vida, experimenté la sensación más peligrosa que puede sentir un jovencito:

¡Libertad!

La tecnología era apenas una ilusión de futuro. No había celulares, ni Internet, ni mensajes instantáneos. Algunas casas tenían teléfono, otras no. Y si la muchacha que te gustaba no tenía línea telefónica, no existía escapatoria: tocaba ir hasta su casa. En caso de que viviera lejos, o en lo alto de una colina, ya sabías cuál era la solución: montar en bicicleta y emprender la aventura, con la determinación de un héroe griego y el nerviosismo de un colegial enamorado. 

Yo estaba en esa frontera incierta entre ser niño y dejar de serlo. Un territorio confuso donde uno descubre que las niñas de escuela ya no son solo compañeritas, sino criaturas misteriosas que aceleran el corazón con una sola sonrisa. Y entre todas, en mi clase, había una chiquilla que sobresalía cual lucero de la tarde: Priscila. Era menuda, de ojos muy negros; sus trenzas parecían dos serpientes alegres cuando caminaba, y su risa tenía el don de aligerar cualquier tristeza. Yo estaba perdidamente enamorado de ella con la intensidad propia de los doce años, donde todo parece sagrado, insuperable y eterno.

Cada tarde, después de clases, pedaleaba hasta su casa. Mi bicicleta avanzaba por las colinas con la obstinación de un viejo caballo de batalla. Subía y bajaba por las calles empedradas, levantando polvo, sudando, jadeando y fingiendo naturalidad cuando llegaba a su puerta. Y allí esperaba, a veces minutos, a veces eternidades, a que ella saliera con su sonrisa de siempre.

Cuando ella aceptaba acompañarme subida en el anca de la bicicleta, sentía que el universo me otorgaba un milagro. Íbamos hacia el río, ese río que lo había visto todo: juegos, risas, llantos, conspiraciones. Caminábamos por la orilla, entre piedras redondas y pastos húmedos. El murmullo del agua nos acariciaba los tobillos y el trinar de los pájaros parecía diseñar un ambiente perfecto para enamorarse. Éramos dos criaturas torpes intentando comprendernos entre silencios y miradas. Yo, con el corazón latiéndome en la garganta; ella, con esa mezcla de inocencia y picardía que solo las niñas inteligentes poseen.

Mi bicicleta quedaba recostada contra un enorme eucalipto, parecía una guardiana silenciosa. A veces parecía observarnos, juzgarnos o reírse de nuestras torpezas. Era testigo privilegiado de mis primeros temores, primeras valentías y primeros intentos de robar un beso. Y debo admitirlo: a veces lo lograba. A veces no. Pero el intento, la sensación, la vibración del instante… eso valía todo el polvo, todo el sudor, todas las subidas. Hasta que un día, el río cambió su humor. Creo que estaba celoso de nuestra felicidad. Ese día caminábamos por la orilla. El agua estaba tranquila, serena, parecía dormida. Pero de pronto, casi sin aviso, un sonido profundo rompió la tarde. El río bramó cual animal herido, se encrespó, levantándose en olas pequeñas pero furiosas, golpeando las piedras, amenazando con desbordarse. Las lluvias intensas y prolongadas en la parte alta saturaron el suelo y superaron la capacidad del cauce, provocaron el desbordamiento del río.

Priscila dio un grito. Yo me quedé helado. El río rugía, se retorcía, avanzaba más de lo debido.

—¡Corre! —le grité, aunque mi voz se quebró de los nervios.

Tomé la bicicleta casi a empujones. Ella se subió al espaldar, abrazándome por la cintura. Y entonces pedaleé. Pedaleé sin fin, huyendo del río que amenazaba con tragarnos en cualquier momento. La bicicleta chillaba, se sacudía, protestaba con cada piedra. Yo sudaba, temblaba, pero avanzábamos: subimos la colina casi por milagro.

Llegamos finalmente a su casa. Y allí, a modo de una estatua de mal augurio, estaba su padre. Era un hombre grande, de rostro pétreo, cejas que parecían dos garras y manos de herrero. Estaba parado en el portal, inmóvil, y cuando nos vio llegar, miró su reloj como quien marca el final del recreo. Priscila se bajó de la bicicleta con la cabeza gacha. Yo tragué saliva. Él no dijo nada, pero su silencio era peor que un sermón.

—Buenas… buenas tardes, don... —balbuceé.

Él inclinó apenas la cabeza, evaluando si aplastarme o perdonarme. Yo no me quedé a averiguar. Di media vuelta y emprendí la retirada, pedaleando con una velocidad que ni la furia del río había logrado inspirarme.

 

La fama de mi bicicleta llegó hasta el colegio. El profesor de Educación Física, don Alfredo, un hombre de bigote autoritario, decidió organizar una carrera.

—Para fomentar la competitividad sana —dijo, aunque su mirada indicaba que lo que él quería fomentar era que alguien se rompiera un brazo.

Me inscribí sin pensarlo dos veces: ¿cómo iba a negarse el rey de las dos ruedas?

El día del evento, Priscila estaba en la tribuna, y eso elevó mi deseo de ganar por encima de cualquier reprimenda de mi madre. El circuito consistía en rodear la periferia del colegio, pasar por detrás de la Facultad de Agronomía de la Universidad Técnica, evitar la vaca de don Celiano —que siempre se escapaba— y volver.

Al arrancar, pedaleé con todas mis fuerzas. La bicicleta respondía gloriosa, perfecta… hasta que el «gato» Rivadeneira, que corría en una bici sin asiento, me gritó:

—¡Te viene siguiendo la vaca!

No me volteé; no había tiempo. Solo escuchaba los mugidos cada vez más cerca.

—¡Más rápido! —gritó Priscila desde lejos.

Pedaleé con tal desesperación que creo que en un tramo floté. Atravesé la meta jadeando, muerto de miedo y de orgullo.

Don Alfredo anotó mi victoria en una libreta manchada.

—Ganó… por una nariz —dijo.

—¿La mía o la de la vaca? —pregunté.

La bicicleta seguía brillando. Yo no tanto, porque casi me desmayo.

 

A finales de ese año, mi crecimiento adolescente llegó sin pedir permiso. Mi madre, cruelmente sincera, comentó una tarde:

—Hijo, ya estás muy grande para esa bicicleta.

Sus palabras me cayeron como sentencia de destierro.

Intenté negarlo, pero era cierto: mis rodillas ya chocaban con el manubrio, los pedales parecían encogerse y cada paseo implicaba un dolor lumbar que no era propio de un chico de doce años.

Una tarde fui al río —nuestro río— con Priscila.

—Dicen que ya estoy muy grande para la bicicleta —le confesé.

—Para muchas cosas ya estás grande —respondió ella.

—No sé. Tal vez guardarla… o dársela a mi primo.

—¿Y no te da pena?

—Me da… todo.

Ella tocó mi mano con la suavidad de quien arregla un regalo.

—No importa si la guardas —dijo—. Lo que viviste con esa bicicleta ya no se pierde.

Comenzó a oscurecer. El río estaba tranquilo, queriendo compensar sus arranques de furia del pasado.

Cuando llevé a Priscila de regreso a su casa, su padre nos esperaba otra vez en el portal, pero esta vez sin cara de apocalipsis.

—Buenas tardes —dijo con voz neutral.

—Buenas tardes, señor —respondí, sintiéndome menos niño que antes.

Priscila entró. Yo me quedé mirando un instante. Algo en mí había cambiado. Y entonces hice lo único que sabía hacer:

Pedaleé a casa, despacio, dejando que cada giro fuese una despedida suave.

Con el tiempo descubrí que las bicicletas se parecen a los amores tempranos: uno cree que los dirige, pero en realidad son ellos los que lo llevan a uno por donde quieren. Mi bicicleta me condujo hacia mi adolescencia, empujándome a una adultez que yo no sabía que estaba esperando.

Había cumplido quince años, esa edad en la que uno se despierta sintiéndose niño y se acuesta creyéndose filósofo. El barrio ya no era el mismo. Las tardes de trompos y canicas habían sido reemplazadas por conversaciones misteriosas que los muchachos sostenían con las chicas detrás de las tiendas. Las risas se habían vuelto más graves, y los silencios más significativos. Y yo… bueno, yo ya no era el mismo, aunque seguía montado en mi bicicleta, creyendo que la velocidad podía resolverlo todo… bueno casi todo. Tuve que subir el sillín de la bicicleta hasta una altura adecuada a mi nueva estatura.

Un sábado en la tarde, mientras pedaleaba sin rumbo, sentí una extraña sensación: no era el viento en la cara ni el ardor en las piernas; era algo que venía de adentro, como si mi corazón hubiera decidido aprender un ritmo nuevo. Me bajé de la bicicleta y por primera vez la miré.

—Vieja amiga —le dije en voz baja—, creo que estamos cambiando.

Ese mismo día me encontré con Matilde, una compañera de curso, ya no la niña que me lanzaba piedras de papel desde la ventana, sino una muchacha que empezaba a caminar con una seguridad que me dejaba sin aire. Llevaba un cuaderno bajo el brazo y un gesto de curiosidad en los ojos.

—¿Sigues con tu bicicleta? —preguntó.

—Claro —respondí como quien presume un tesoro—. Es mi compañera de aventuras.

—Pues deberías tratarla mejor —dijo, señalando con gracia el manubrio torcido—. Así también tratan los hombres a las mujeres: no se dan cuenta de que existimos hasta que algo les falta.

No supe qué contestar. Algo en su frase me golpeó más fuerte que las caídas en el pavimento. Por primera vez entendí que el mundo no era solo pedalear y suspirar por las chicas; había cambios en marcha, silenciosos, inevitables. Pedaleé con ella a mi lado —caminando, ella no quiso subirse— y hablamos de la vida, de los planes, de ese futuro que parecía tan lejano. Yo respondía nervioso, sintiendo que, sin saber cómo, una puerta se había abierto. No una puerta del barrio, sino una puerta interna, la que uno no recuerda haber construido.

Esa noche, mientras guardaba mi bicicleta en la bodega, lo acepté: la infancia había quedado atrás. Ya no pedaleaba para impresionar a nadie ni para escapar de las tareas, pedaleaba porque avanzar era lo único que sabía hacer. Y quizá, pensé, así empieza la adultez: cuando uno descubre que no se trata de llegar, sino de seguir moviéndose.

Acaricié el asiento de la bicicleta y susurré:

—Vamos. Lo que viene debe ser bueno… o por lo menos interesante.

Con el tiempo, la bicicleta se fue despintando. Los cambios se volvieron mañosos, el pito dejó de sonar, y los espejos se aflojaron. Yo también fui cambiando. Vinieron otros amores, otras calles, otros paisajes. Pero esta bicicleta quedó sellada en mí, como quedan sellados los primeros besos, los primeros miedos y los primeros atrevimientos.

La primera bicicleta deja una marca profunda en el cuerpo y el alma de un muchacho. Porque es más que un objeto: es libertad, descubrimiento, torpeza, valentía. Y lo mismo pasa con el primer amor: uno nunca lo olvida, aunque cambien los años, las modas y las ciudades.

Cuando cierro los ojos, aún puedo sentir el manubrio caliente, el viento golpeándome la cara, el sudor impúber del cuerpo de Priscila, la tibieza de su aliento y sus manos aferradas a mi cintura mientras huyo —sudoroso y feliz— del río, del padre y de la vida misma, pedaleando hacia una adolescencia que ya no volverá, pero que todavía vibra en cada recuerdo.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Negocios de otro mundo

Moisés Panduro Coral


En el silencio de la tarde pude escuchar el ruido de unos tacones altos que golpeteaban el piso de cemento. ¿Quién podría ser si a esa hora me había quedado solo en todo el edificio? El rítmico poc, poc, poc, poc, que retumbaba en el pasadizo que conducía a mi oficina desde la entrada, evidenciaba urgencia. Siguieron unos toques apremiantes frente a mi puerta. Abrí y me encontré de cara con Nelly, una compañera de trabajo de la misma entidad, cuya oficina estaba en otro edificio cercano. Llevaba todavía su uniforme celeste. Vi su rostro lívido.

—¿En qué puedo ayudarte, Nelly?

—¡Ay, amigo!

La invité a pasar. Entró con la respiración entrecortada, incapaz de articular palabra. Se dejó caer en la silla, inspiró profundo intentando serenarse y logró decirme que venía del hospital del Seguro Social. Cuidaba, en la sala de emergencia, a un familiar en observación por una dolencia cardiaca, cuando escuchó un alboroto en la habitación del frente, separada solo por una cortina azul de plástico. En medio del forcejeo, una voz áspera, grave y profunda, exigía que le suelten y amenazaba con castigos horrendos, de los que solo se padecen en el averno.

Un auxiliar de enfermería pasó de prisa llevando en sus manos unas correas con hebilleras. Al entrar en la habitación donde se producía el alboroto, se olvidó de cerrar la cortina que fungía de puerta. Por ese descuido, ella pudo ver lo que ocurría: varias personas intentaban dominar a una joven, hasta que lograron tenderla y sujetarla con muñequeras y tobilleras a las barandas de la cama, pero ni así lograron inmovilizarla pues la mujer se arqueaba y estiraba la cabeza como si estuviera hecha de goma.

—¡Que el infierno les escupa su vida en la cara! —repetía, al tiempo que las barandas parecían desgajarse de la cama por la fuerza con la que intentaba liberarse de las muñequeras.

Tuvieron que bregar duro para colocarle un cinturón ancho de sujeción que le cubrió parte del pecho con lo que terminaron de inmovilizarla.

El médico daba indicaciones. La mirada abrumada de un interno de medicina retrataba su perplejidad. El auxiliar asió fuertemente la mano izquierda de la mujer para que la enfermera pueda colocarle la vía de administración de medicamentos. Los gritos se fueron pausando y se volvieron cada vez menos intensos.

Nelly aprovechó el momento en que el interno se acercó a la cama de su pariente, para preguntarle lo que estaba ocurriendo con la chica. Al parecer, se trata de un trastorno disociativo, señorita, le dijo. El chofer del ómnibus que la trajo hasta aquí informó que ella viajaba sin destino, luego de subirse cerca de un mercado en el norte de la ciudad. De repente se levantó de su asiento y se acercó a los pasajeros, mirándolos con furia y hablándoles en lenguas misteriosas, con una voz cavernosa que se entremezclaba con voces agudas. Los pasajeros le pidieron que se detenga para bajar apresuradamente. Al rato, ella se desmayó y cayó al piso del vehículo.

—¿El chofer no se asustó?

Dijo que era evangélico y que dudó a dónde llevarla, pero se decidió por el establecimiento de salud más cercano. El médico que la atendió encontró que la sequedad de sus ojos y la dilatación de sus pupilas, eran indicios de una probable ingestión de antidepresivos por lo que ordenó un lavado gástrico complementado con carbón activado para adsorber las toxinas. Una hora más tarde, se despertó y se incorporó violentamente de la camilla. Con la mirada encendida y fija en la nada caminó en dirección a la salida, derribando el pedestal y arrastrándolo por el suelo junto con el frasco de suero. Todavía tenía la aguja clavada en su vena, firmemente sujeta por cintas de esparadrapo. Los pacientes entraron en pavor, por lo que el médico ordenó ponerla en una habitación más aislada.

—¿Puedo verla ahora que está durmiendo? —preguntó, Nelly. El interno asintió y le pidió que se acercara en silencio.

Vio un documento de identificación en la mesita y, a su lado, un papelito con un nombre y un teléfono. No hay lugar, ni momento, en que uno esté libre de recibir una sorpresa: ¡Jazmín! ¡Dios mío! ¡Jazmín! ¡¿Qué te ha pasado, amiga?! En su rostro empalidecido vio unos surcos sanguinolentos, y en el vaho de su respiración pudo percibir un olor dulzón a huevo quemado y podrido. Sus labios resecos tenían heridas profundas y lineales como si hubieran sido sajados por un filoso cuchillo. A través del resquicio que dejaba sus párpados a medio cerrar, sus pupilas lucían inertes. En su bata hospitalaria había unas manchas blancas producto del vómito de gran parte del carbono que le habían administrado durante el lavado gástrico. Jazmín está con un semblante espantoso, amigo. Vine volando a avisarte, debes ir a verla.

Quedé impactado. Salimos de la oficina, me despedí de Nelly y tomé un taxi. Recordé que la noche anterior, Jazmín me esperó a la entrada de la quinta. Estaba parada, con el hombro derecho ligeramente recostado en el marco de la puerta y la mano izquierda en la cintura. Tenía la mirada abatida por el desvelo y no se entusiasmó al verme. Yo conocía esa estampa: era el preludio de una discusión por celos que demoraría horas y que se apaciguaría únicamente si alguna de mis mil razones lograba convencerla que una infidelidad mía estaba sólo en su imaginación. Vivía sola, en una habitación rentada de la quinta de una familia amiga. La dejé dormida cerca de la una de la mañana. Cada episodio era profundamente desgastante. ¿Cuándo se apagará este infierno que aprisiona a quien amo y que me tiene condenado a mí, también?, me preguntaba en silencio mientras retornaba a casa.

Ahora esto. No tenía idea de lo que pudo haber ocurrido. Alrededor del mediodía había telefoneado a su oficina. Me preocupé cuando me informaron que no asistió a trabajar. Llamé a la quinta y la dueña me informó que la había visto salir poco después del mediodía. Me había equivocado pensando que, tal vez, pudo haber salido a almorzar. Esa extraña llamada que recibí poco antes de la llegada de Nelly, pudo haber sido alguien que quizás quiso ponerme sobre aviso, pero un impulso desconocido hizo que yo cortara el teléfono. Los demonios concurren prestos cuando hacen su mejor negocio que es el secuestro del alma y su posterior tormento.  

Entré raudamente al hospital. Tenían mi nombre, me estaban esperando. En el acto, una enfermera me llevó hasta una habitación aislada, situada al fondo de un pasillo, medio oscurecido. La encontré dormida y me acerqué cauteloso. Pese a mi serenidad, sentí que un ligero frío recorría mi médula espinal. Tal vez Nelly exageró, pues, mirando bien, los surcos en su rostro podrían ser arañazos que ella misma se infligió, y sus labios partidos podrían explicarse por la sequedad que causó el carbono activado cuando lo estaba ingiriendo o vomitando. La expresión de su rostro sí era tétrica, adolorida, quejumbrosa.

Me senté en un sillón que arrastré junto a su cabecera. Había estado cavilando un buen rato tratando de encontrar respuestas satisfactorias, cuando, bruscamente, Jazmín abrió sus ojos. Escuché como si se romperían varios huesos. Volteó lentamente el cuello y me miró de costado. No se alegró al verme. En lugar de eso, se agitó y con una voz monstruosa, de ultratumba, me maldijo. Me levanté de un brinco y sin perderla de vista empecé a intuir que este que ya no era un tema de celos. Recité, calladamente, un salmo: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento».

No era Jazmín. Era otra voz. O, mejor dicho, eran otras voces. Esta, como las manifestaciones anteriores que me contó Nelly, era un indicador de que el asunto trascendía lo terrenal ante lo cual los fármacos serían un placebo. Es paradójico, la ciencia no cura el alma, es apenas una pildorita de azúcar para sus dolencias. Se abrió la puerta, el personal de salud entró vacilante, y sin desviar mi atención del rostro de Jazmín y de sus ojos espeluznantes, les mostré mi palma izquierda en gesto de que se detengan. Acto seguido, roté mis dedos índices superponiendo uno sobre otro rápidamente, en señal de que regresaran más tarde.

En mi mente, seguía retumbando el salmo. Dentro de lo que cabía, hice una rápida evaluación de la situación. Tomé en cuenta que Jazmín, al tener el cuerpo completamente inmovilizado, no me haría daño. Eso me serenó un poco. Sus ojos seguían mi movimiento y sus imprecaciones no se detenían. Mirando de reojo, me di cuenta que el personal de salud seguía allí cerca de la puerta. Un auxiliar se acercó y me dijo con voz agitada que tenían orden del médico de administrar una dosis de sedantes. Al escuchar esto, Jazmín, o lo que estaba dentro de ella, hizo un esfuerzo hercúleo para levantarse.

Asentí sin decir una palabra. Tomé su mano izquierda que se movía frenéticamente pese a la presión de la muñequera. Cerré mis ojos, cuando la enfermera conectó la jeringa con la mariposa de la llave. Ya está, escuché. Al abrir mis ojos, me choqué de plano con la sonrisa diabólica de Jazmín, al tiempo que una voz ronca y áspera, me decía: «¡Puedes morir aquí mismo, si quiero!». Siguió una risa larga y estentórea que no olvido hasta ahora. El auxiliar y la enfermera se apresuraron en abandonar la habitación.

Tomé aliento y repetí mentalmente el salmo. Acerqué mis ojos a sus ojos, y mirándola fijamente le dije: «No eres tú, Jazmín. Alguien se ha adueñado de ti, de tu cuerpo, de tu voz, de tu alma. No puedo conversar con alguien que no eres tú».  

—¡Habla, perro! —me espetó la gravosa voz salida del mismísimo infierno.

Recordé que cuando alguien está furioso, así sea el demonio, una frase dulce o chistosa puede ayudar a desinflarlo todo.

—¡No soy un perro, soy un cachorro! —dije, haciéndome el gracioso.

Varias risas espantosas cubrieron el recinto.

—Se ríen porque no me conocen —retruqué, mientras la piel se me erizaba.

Nuevamente me incliné en la cama para mirar cara a cara a Jazmín. Le hablé firmemente en tono alto: «No eres tú, Jazmín, pero quiero pedir a todos los que están dentro de ti que me concedan una tregua. Díganme qué es lo que quieren de mí. O de ella. O de nosotros dos. No sé quiénes son, pero quienes quiera que sean, trataré de entenderles. Sólo quiero una tregua».

Cesaron las voces. Un silencio inundó la habitación. En mi reloj, la manecilla del horario marcaba las doce de la noche. El rostro de Jazmín adquirió un leve tono de quietud. Me sentí mejor. Era un buen avance, sea porque los sedantes estaban haciendo efecto o porque quienes habían tomado su cuerpo aceptaron la tregua que había pedido enérgicamente. Una calma inquieta reinaba. Una hora más tarde, la enfermera, abrió con cuidado la puerta, y, en voz baja, me dijo: «Será mejor que vaya a descansar. Va a dormir por varias horas». Había sido un día duro. Me despedí de Jazmín con un beso en la frente.

Mi casa no quedaba distante del hospital, así que caminé calmadamente, sin dejar de pensar en lo ocurrido. La calle lucía silenciosa. No había caminado ni una cuadra, cuando, de la nada, se apareció a mi lado un hombrecito que aceleraba sus pasos para ir a mi lado.

—¿Preocupado, amigo? —me preguntó con un tono amical.

No le contesté, seguí caminando sin desviar mi mirada.

—¿La novia se quedó allí adentro, cierto? —insistió.

Estuve a punto de espetarle un: «¿Cómo lo sabes?», pero me llamó la atención su cabeza desproporcionada para su estatura de unos sesenta centímetros.

—Mira, amigo. No te hagas el sobrado, que yo así nomás no le hablo a nadie. Te interesará saber que tengo la solución a tu problema.

Dejé de caminar. De un brinco, se puso frente a mí y me tendió la mano. Soy Richard, me dijo. «Escucha amigo, voy a ser directo: los celos no sueltan a nadie. Has visto a Jazmín; no duerme, no come, tiembla si tú tardas cinco minutos en llegar o si no te encuentra cuando te llama. Los celos la han ido rompiendo de a pocos, y tú lo sabes».

—¿Quién eres, amigo? —le pregunté.

—Importa poco quién soy. Mira, me has caído bien desde que te vi ayudando a una pareja de ancianos la tarde que enterraban a su hijo que fue asesinado por terroristas en la sierra. El occiso era amigo tuyo.

—¿Te refieres a… Maurilio? Eso ocurrió hace más de cuatro años.

—Yo estuve ahí.

Continuamos caminando y, casi sin que lo pueda notar, llegamos a la plaza 28 de Julio. «Este lugar fue el primer cementerio de la ciudad durante la fiebre del caucho que atrajo a personas de todo el mundo. Aquí, junto con los oriundos, estaban enterrados muchos extranjeros, hasta que el gobierno decidió convertirlo en un campo de fútbol».

Nos sentamos en una banca, cerca del centro de la plaza. No había nadie más que nosotros. Por las calles aledañas, circulaban, ralamente, algunos vehículos. El viento agitaba las ramas de los árboles.

Se paró, me miró seriamente y me dijo: «Aquí, amigo, estuvo enterrado un comerciante árabe, muy rico. Cuando su cadáver, como el de todos los difuntos, fue trasladado al nuevo cementerio general, un aro de inmenso valor que fue enterrado junto con él, se quedó entre la tierra removida que con el tiempo y la lluvia se compactó».

—No logro entender qué tiene que ver mi problema con este tema histórico.

—Aguanta, que ya llegamos al punto. En una dimensión que no conoces, este comerciante confió que su máximo deseo es tener su aro de retorno, porque quiere negociar la libertad de su alma. Y, yo, amigo, soy el único que conozco el lugar preciso donde se encuentra esa joya.

—Es fácil, entonces, desentiérralo y llévale a quien pertenece.

—Eso me gusta de ti. No eres ambicioso del dinero, ni de la riqueza. Sucede, amigo, que ni yo, ni cualquier ser de otro mundo que no sea el humano, puede hacerlo.

—¿Cómo que no eres de este mundo?

—No, no soy de aquí, las apariencias engañan, pero no es necesaria esa explicación. Sólo puedo decirte que tenemos ciertas reglas. Una regla es que yo no puedo desenterrar esa joya, eso sólo está permitido a los de este mundo. Otra es que respetamos las jerarquías, yo no puedo verme con el alma del árabe, de eso se encargará mi jefe. Nosotros somos intermediarios entre el bien y el mal, a veces jugamos para uno, y a veces, para otro, en este libre albedrío que rige al hombre. Tú has sido capaz de dirigirte a los demonios que habitan el cuerpo de tu novia y eso me hizo ver que eres el elegido para esta misión.

—¿Cómo? ¿Tú estuviste en el hospital?

—Sí, pero esa legión te dio una tregua de sólo doce horas. Ese es el tiempo que tienes para desenterrar el aro y entregármelo.

Le miré incrédulo. Entonces, ¿no han sido los sedantes? Se rio. Nada, amigo, la liberación de Jazmín es temporal y vence a las doce del día de hoy mismo.  

—A ver, ¿qué tienen que ver los que, según tú, me dieron la tregua, con el árabe rico, conmigo y con mi novia?

—Caray, amigo, eres un muchacho sano. ¡Negocios son negocios, en este mundo y en todos los mundos!

—¡Pero yo no hago trato con demonios, jamás!

—No me estás entendiendo, amigo. Tú no harás ningún trato, serás el beneficiado de una negociación de terceros.

Continuó explicándome: El alma del comerciante árabe está en el reino de los demonios, pero lo liberarán para que vaya al purgatorio, si a cambio él les entrega el aro que te repito vale una fortuna incalculable. Mi jefe, Serafín, que, de vez en cuando, habla con él, sabe eso y me pidió que busque a alguien que lo desentierre.

Tu novia está poseída por los súbditos del averno que se han aprovechado de su estado, y el culpable de eso eres tú, por omisión, por voluntad, o, por lo que sea, pero el culpable eres tú. Si devolvemos ese aro, todos salimos ganando. Los demonios tendrán su aro, el árabe se salvará del infierno y tendrá la oportunidad de expiar sus culpas, mi jefe habrá cumplido su papel, yo ascenderé en jerarquía, tu novia se liberará de esos horrendos celos, y tú vivirás más tranquilo. ¡Bisnes son bisnes, amigo!, dijo riéndose.

Me quedé en silencio. No quería hacer «tratos» con nadie del otro lado, pero la imagen de Jazmín, amarrada a la cama y maldiciendo con esa voz ajena, se me clavó en la garganta. Sabía que no entendería la letra chica de ese contrato, solo que, si no hacía nada, la perdería. Asentí. Tenía lógica…

Lo seguí hasta un árbol de parinari. Desde allí, dio cuatro pasos al frente y luego dobló dos pasos a la izquierda. Se detuvo en un punto. Le alcancé un pedazo de rama seca que clavó como una estaca en el suelo. Aquí es, me dijo. No sé a qué profundidad estará, pero está aquí. Cuando lo tengas, te vas al cementerio y lo dejas al pie del árbol de marañón que está al costado de la tumba de un famoso lanchero. Yo lo recogeré de allí y lo entregaré a mi jefe que, a su vez, le llevará al alma del árabe. Y el árabe se lo entregará a esos codiciosos demonios. Recuerda, tiene que ser antes de las doce del día. Sin otra explicación, me hizo adiós con su mano. ¡Ahora tienes solo diez horas, amigo!, me dijo y desapareció entre los arbustos.

Ese día, pedí un permiso en el trabajo. Cerca de las nueve de la mañana llevé una pala y un plantón de huimba que me conseguí del vivero municipal. Había excavado unos cincuenta centímetros cuando me topé con una bolsita de tela cerrada en su extremo superior por una soguilla ajustable. La tomé, la abrí, y sí, en su interior, había un aro grande y pesado. Supuse que era de oro porque refulgió cuando retiré la arena. Llevaba en su disco central una inscripción labrada en un idioma que no entendí. Estaba orlado con pequeños diamantes que chispeaban luz. Sembré el plantón, y con las mismas, tomé un taxi y me fui al cementerio. Le dije al taxista que me esperara. Compré unas flores e ingresé raudamente al panteón. Puse la bolsita en el lugar que me indicó Richard. Le cubrí con un poco de hojarasca que aprisioné con un pedazo de concreto que encontré cerca, y me dirigí a la tumba de mi abuelo a colocar las flores.

Luego de devolver la pala en el vivero, le pedí al taxista que me llevara al hospital del Seguro Social. Encontré a Jazmín calmada. Tenía mejor semblante. Ya le habían quitado los cinturones de sujeción, las muñequeras y tobilleras. El médico me recibió sonriente, me informó que ella ya había desayunado y me dijo: «Enfermo que come se va a su casa». Esa misma tarde le dieron de alta y la llevé hasta la quinta. Estuve acompañándola hasta la madrugada. Cuando me retiré, su amiga Anny, hija de la dueña de la quinta, se quedó con ella, por si acaso requería algo.

Llevo treintaicinco años viviendo con Jazmín. Ella ni siquiera recuerda esos días. Tenemos una hija que nos ha dado un hermoso nieto.