martes, 1 de septiembre de 2026

Zabolotny

Moisés Panduro


Un gran círculo humano se había formado alrededor de las dos nuevas religiosas. En el patio principal del hospicio que regentaban las Hermanas de San Camilo, los ancianos acogidos esperaban con expectativa el inicio de la reunión.

Sor Luciana tomó el micrófono, saludó a todos y pidió que, a modo de darles la bienvenida a las recién llegadas, cada uno se presente y brinde un testimonio de su estancia en aquella antigua casona virreinal convertida en asilo a fines del siglo veinte.

El ingreso a la añosa edificación se hacía a través de una puerta de estilo medieval que en su parte exterior tenía adosado un aldabón con la cabeza de un melenudo león. Cruzando el zaguán, al lado derecho del primer patio, había una capilla, un tinajón y un árbol de higuera que según se decía tenía ya cuatrocientos años.

En el nivel inferior resaltaba una secuencia de gruesos arcos de ladrillo que sostenían las estructuras superiores a las que se accedía por escaleras de madera. El patio principal en la zona interior estaba flanqueado íntimamente por pequeños departamentos.

Cuando le tocó testimoniar al hombre al que todos llamaban «El profeta», sor Fátima, la otra religiosa llegada de París, se acercó a él para entregarle el micro. Algunos de sus compañeros se rieron de buen gusto: «No necesita micrófono». Otros aguardaron en silencio: desde su ingreso al hospicio el «profeta» no había pronunciado una sola palabra.  

Era alto, de piel pálida. De su testa caía una profusa y plateada pelambre que, al tocar su exuberante barba, cubría parcialmente su rostro. Eso y la raída camisa blanca manga larga que llevaba puesta le daban un aire de profeta de la antigüedad.

De repente, los ancianos arquearon las cejas. De la risa y el silencio pasaron al asombro: «El profeta» estaba pronunciando algo ininteligible, pero fluido. Dmytro Zabolotny avanzó unos metros hacia él. No podía creerlo. ¡El mudo estaba hablando en ucraniano! ¿Dónde lo habría aprendido?

Una vez que estuvo a su lado, Zabolotny levantó la mano para llamar la atención de Sor Fátima. Apuntó, primero, al micrófono, y luego a sí mismo, moviendo rápidamente sus dedos delante de sus labios, varias veces. Él sí entendía al «profeta» y podía traducirlo.

Hacía menos de un año que lo vio entrar al asilo. Una asistente social conducía al nuevo inquilino a la habitación que ocuparía. Su aspecto callado y su andar cabizbajo lo habían aislado desde su llegada. Era la última persona con quien él hubiera entablado una amistad.  

Sor Fátima puso el micrófono a equidistancia del orador y el flamante traductor. «El profeta» reinició su perorata. 

«Dice que agradece por estar aquí, que le dan buena comida y cuidan su salud. Le agrada que le digan “El profeta”, pero que su verdadero nombre es Tymofiy Bondarenko…»

Se le saltaron los ojos a Zabolotny.

«¡¿Cómo?! ¡Un momento!», gritó. Tardó un segundo en darse cuenta de que había hablado en español cuando debía hablarle en ucraniano.

—¡¿Tymofiy…?! ¡¿…Bondarenko?!

—Sí, ese es mi nombre —respondió el barbado, en su idioma, calmadamente.

—¿¡Bondarenko!? ¿De Andriivka?

Todos seguían el diálogo, pero no comprendían.

—Sí, ¿cómo lo sabe?

No pudo continuar. Se abrazó a él con todas sus fuerzas.

—¡Hermano!... ¡hermano! ¡Soy yo, Dmytro! ¡Dmytro Zabolotny, de Oshinia!  

Bondarenko parpadeó por un segundo. Luego abrazó a Dmytro, lentamente, con sus músculos estremeciéndose. Un murmullo recorrió el hospicio. Por sus rostros corrían indetenibles lágrimas.

En el año mil novecientos cuarenta y uno, Dmytro Zabolotny hacía lo que sus ancestros hicieron todo el tiempo del que tenía recuerdo: Sembrar la tierra en las fértiles llanuras de Ucrania. Su padre había sido un campesino ilustrado que integró las guerrillas independentistas contra los bolcheviques de Ucrania y contra el Ejército Rojo que en mil novecientos dieciocho los invadió a gran escala cuando intentaron emanciparse después de la caída del zar.

Ese año nació Dmytro. En tanto, su progenitor combatía en las montañas. La historia de su pueblo solía contar que al gran Olek, el de fusil al hombro y kubanka en la cabeza, le gustaba citar una frase bíblica: «Llegará el día en que las armas se convertirán en arados».

Dmytro creció y se casó cuando apenas tenía veinte años. Aunque sus cosechas eran confiscadas por el régimen estalinista, su felicidad la marcaban sus dos pequeñas: Irochka y la recién nacida Mariya.

En la vida de los pueblos que luchan contra la opresión, unos breves años de sufrido sosiego pueden ser el preludio de cansados años de guerra. Un día, la Alemania nazi invadió la Unión Soviética. Y al siguiente día, Dmytro ya era reclutado para servir en el mismo ejército contra el cual su padre había combatido. Las armas demoraban en convertirse en arados, y, al fin y al cabo, Ucrania debía defenderse.

Los aviones alemanes bombardeaban desde el amanecer las trincheras que Dmytro y sus compañeros ocupaban. Alrededor de las diez de la mañana, el rugido de motores sobrecargados, el crujido metálico constante y el sonido húmedo de la succión del lodo, anunciaban la cercanía de los tanques del enemigo listos para romper las líneas de defensa del Ejército Rojo.

Ningún comandante soviético podía evacuar sus trincheras y replegar sus fuerzas ante el inminente cerco de las tropas alemanas. Cualquier contravención a esa orden era penada con la muerte. La guerra era una despiadada carnicería que arrancaba vidas sin lugar a quejas y sin nadie que rece por las almas.

Una tarde, durante un feroz contraataque alemán, Dmytro Zabolotny quedó aislado junto a un compañero. Mientras corrían por un estrecho camino entre los matorrales, las balas silbaban sobre sus cabezas y las bombas caían en furiosa danza a su alrededor.

Un artefacto estalló a su lado y sintió unas esquirlas incrustándose en su pierna derecha. Algo voló por los aires y cayó pesadamente unos metros adelante. Sangrante, rengueando, se acercó y quedó horrorizado al darse cuenta de que lo que yacía en el suelo era el tronco y la cabeza de su compañero. La bomba le había partido por la mitad, pero seguía vivo. Se arrodilló al notar que el agonizante intentaba levantar la mano. Por un par de segundos cruzaron miradas hasta que su compañero cerró sus ojos lentamente.

Zabolotny voló con la mente a su pueblo, pensó en su esposa y sus niñas. Pensó en que ese soldado podría ser él. Se metió al interior del bosque y se sentó al pie de un árbol. Retiró las esquirlas y vendó sus heridas para luego derrumbarse en un profundo sueño. Al despertarse, notó que detrás de los árboles empezaba a salir el sol. Se incorporó y dirigió hacia el punto donde seguía el medio cuerpo de su compañero. Lo asió y lo arrastró hacia un matorral. Removió la hojarasca e improvisó una tumba con ramas y barro. Se dio tiempo para colocar una cruz.

Tomó un descanso. «Debo buscar mi unidad», se dijo. Desorientado aún, sólo atinó a alejarse del lugar.

En su camino encontró aldeas en ruinas. Era difícil saber quién las había destruido. Por un lado, los nazis asolaban los pueblos en su marcha hacia Moscú. Hitler ordenó quemar casas, granjas y cosechas para dejar sin comida ni refugio a los soviéticos. Stalin dio idéntica orden al Ejército Rojo en aplicación de su táctica de tierra arrasada para privar al ejército nazi de abrigo y suministros, en su intento de detenerlo. La guerra destruía pueblos completos y, en la generalidad de las veces, no dejaba rastro de familias enteras.

En una aldea incendiada a la que llegó, los montones de adobe se sucedían uno tras otro. Los pies le ardían con cada porción de barro que se metía en sus botas agujereadas. De los restos de madera y techos de paja continuaba saliendo un espeso humo que, al mezclarse con el viento gélido, le obligaba a detener la respiración, sobre todo por ese persistente olor a carne quemada. De rato en rato, un cañoneo lejano o el lloriqueo agudo de algún perro hambriento, interrumpía el dantesco silencio.

Un ligero mareo le indicó que era urgente encontrar comida. Se detuvo en una casa a medio quemar. Entre los escombros pudo llegar a una alacena. Tuvo suerte y encontró conservas y pan negro. En ese momento, captó un quejido imperceptible. Sus oídos se aguzaron. Siguió entrando en dirección al lugar desde donde procedía el quejido. Escuchó una respiración fatigosa. Miró hacia el fondo y distinguió un hombre con el uniforme del Ejército Rojo hecho trizas. Apartó trabajosamente las vigas y adobes que lo aprisionaban, lo extrajo y lo puso a la sombra de un viburno.

El soldado estaba herido, pero no de gravedad. Su estado de inanición era agudo. Le convidó agua y le ofreció la carne y el pan que había encontrado.

—Gracias, camarada, algo salió mal.

—¿Cómo sucedió?  

—Estábamos evacuando este pueblo, pero se apareció un batallón de nuestro propio ejército cuyo comandante ordenó que nos retiremos. Hicieron disparos al aire, lanzaron bombas y prendieron fuego a las viviendas y negocios. Logré que una madre y sus tres niños se fueran por la huerta de la propiedad donde me encontraste.

—¿Y cómo es que te quedaste atrapado?

—Quería llevar al gato conmigo, pero en ese instante la casa se desplomó y me quedé aprisionado. Para mi suerte, las llamas no prendieron del todo.

—¿Y qué le ocurrió al gato?

—Se fue, yo era un extraño para él.

—¿Cuándo ocurrió eso?

—Hace dos días.

—Mucho gusto, mi nombre es Dmytro Zabolotny, de Oshinia, para servirle, camarada.

—Y yo soy Tymofiy Bondarenko, de Andriivka. 

Después de recuperar fuerzas, convinieron en que no podían quedarse allí. En el camino fueron conociéndose un poco más.

—La mujer y sus tres hijos que lograste evacuar a tiempo podrían haber sido mi mujer y mis niñas —comentó Dmytro, sentado sobre la roca de una ladera, el fusil entre manos, y con la mirada vaga en el horizonte. —¿Y sabes qué?, daría lo que sea con tal de estar con ellas, jugar entre las flores y cantarles canciones.

—Me has salvado la vida, así que en reciprocidad te acompañaré a buscarlas —respondió Tymofiy, tomándole del hombro.

—Tenemos el deber de buscar nuestras unidades y reincorporarnos a los combates.

—Mira, tengo la seguridad de que los alemanes no soportarán por más tiempo las condiciones del clima y la presión de nuestro ejército. A fines de este año estarán fuera de nuestro territorio. Te propongo que caminemos en dirección a Oshinia y si en el camino encontramos una unidad nos incorporamos. Lo importante es moverse.

«Es una idea justa», pensó Dmytro.

«La guerra es el peor invento de los hombres para sentarse a conversar de paz», reflexionó Tymofiy.

Tymofiy Bondarenko había sido marino mercante en una compañía del mar Caspio antes de ser reclutado por el Ejército Rojo. Fue uno de los pocos miembros de su familia que se había resistido a emigrar a Brasil, el país sudamericano que los ucranianos veían como la tierra promisoria para conquistar la paz y la prosperidad, dos antiguos anhelos que su nación no había podido alcanzar.

«Antes de la guerra hice planes con mi novia Zolushka para emigrar a Italia, pero la invasión nazi nos despojó de ese anhelo. No sé qué será de ella. En su última carta me contó que estaba viva de milagro. Una tarde asistía como enfermera al médico que estaba realizando cirugías extremas a soldados malheridos que llegaban del frente. En medio de una operación, el cirujano necesitaba unos apósitos y pidió a Zolushka que vaya a traerlos de la farmacia, pero cambió de opinión y le dijo que iría él. En el instante que daba el paso para salir de la tienda de campaña, una bomba enemiga cayó sobre él. Los fragmentos del doctor que unos segundos antes cortaba carnes y aserraba huesos, se esparcieron al interior. Fue terrible».

Iban por una carretera cuando a lo lejos divisaron una unidad de infantería del Ejército Rojo. Corrieron a darle encuentro. Fueron informados de que el batallón se dirigía en dirección a Prusia Oriental con la misión de participar en la toma de esa provincia. Así fue que Dmytro y Tymofiy formaron parte de las tropas que en enero de mil novecientos cuarenta y cinco cruzaron la frontera alemana-soviética y combatieron en la batalla de Königsberg.

Dmytro fue herido gravemente en un asalto. «Nos volveremos a ver, Zabolotny, no lo dudes, amigo», gritó Tymofiy acercándose, con el arma empuñada, a los camilleros que lo llevaban. De regreso a su trinchera y dirigiéndose al sanitario le pidió que cuiden de él, que tiene hijas y que es el mejor amigo que había conocido.

Zabolotny fue intervenido en un hospital de campaña que operaba en la retaguardia y después fue transferido a un hospital en Kyiv.

Nunca más volvieron a verse. Hasta ese día en el hospicio de San Camilo.

Cuando Dmytro se recuperó, Hitler ya había caído. El régimen nazi ya no era más. Decidió retornar a Oshinia. La encontró en ruinas. Su peor temor se había hecho realidad. Su casa ya no existía. Cerca de la salida, una anciana que no fue evacuada le contó que los habitantes del pueblo: mujeres, jóvenes y niños habían sido llevados a un lugar en el mar Caspio. Las noticias decían que muchos de ellos padecieron hambre, privaciones de todo tipo, y que los desfallecientes eran abandonados en el camino.

En los siguientes dos años buscó a su familia por todas partes y con todos los medios a su alcance. Fue infructuoso, nadie le pudo dar razón. El dolor le consumía, pero la vida tenía que continuar.

Fue, entonces, que recordó los pormenores de la migración ucraniana que Tymofiy le había relatado. Desde fines del siglo diecinueve, miles de familias de la provincia de Galitzia venían emigrando a Brasil, cuyo gobierno llegó lejos en su afán de ocupar y poblar su inmenso territorio: cubría los costos de los pasajes y la alimentación de los interesados desde cualquier puerto europeo hasta los lugares de colonización.

Las compañías marítimas que eran las más beneficiadas por las ganancias que les generaban estas medidas desarrollaron una intensa propaganda que glorificaba al país sudamericano como la tierra prometida, lo que impactó en favor de una migración sostenida.

Dmytro necesitaba dejar atrás las ruinas de la guerra para intentar sobreponerse a la pérdida de su familia. Ahorró un capital que le permitió partir hacia Odessa, la ciudad portuaria desde donde salían los barcos para Sudamérica. Con ilusión se dirigió al puerto, pero las agencias le informaron de que el navío con destino a Brasil ya había zarpado hacía un par de semanas. El siguiente zarpe sería en dos meses.  

En el puerto se encontraba cargando un barco para Perú. Alguien le dijo que era una nación fronteriza con Brasil, y que si no quería perder tiempo podría embarcarse con ese destino, trabajar allí, hacer un poco de dinero, y luego dar el salto a la tierra prometida.

Un día del año mil novecientos cuarenta y nueve, Dmytro Zabolotny arribó al puerto del Callao.

Tymofiy Bondarenko, por su parte, ya tenía viviendo dos años en Brasil. La poderosa razón que le impulsó a tomar esa decisión fue la referencia de que su novia Zolushka Boyko podría haber emigrado a Sudamérica. Creyó haber hecho una buena elección, pero el tiempo le mostraría la distancia que existe entre lo que uno quiere y lo que la vida le puede dar.

Buscó a Zolushka en Paraná donde estaba concentrada la mayor colonia de migrantes ucranianos. No la encontró. Se fue a Minas Gerais, el estado que daba los mayores incentivos migratorios. Tampoco la halló. Y fue vana su búsqueda en Espíritu Santo. Obtuvo trabajos que no colmaron su expectativa, pero sí pudo ahorrar dinero, lo suficiente para viajar a Perú. Le habían dicho que las tierras eran fértiles.

Llegó a Perú alrededor de mil novecientos sesenta. Compró tierras, pero no tuvo suerte en el amor, ni en los negocios. Fue estafado, perdió sus propiedades, y al quedarse sin dinero, empezó a deambular por las calles de Lima.

Después de muchos años en Brasil y Perú, Tymofiy lograba comunicarse con una enrevesada mezcla de portugués y español. Sin embargo, las particularidades del estado anímico en el que se hallaba sumergido fueron poco a poco borrando esos idiomas adquiridos durante la adultez, hasta dejarle únicamente la lengua de su infancia.

Fue rescatado por el servicio de asistencia social cuando deambulaba por la avenida Abancay. Llegó al asilo de San Camilo, sin presagiar que ahí encontraría a su viejo amigo. Y a alguien más.

Llegado al puerto del Callao, Dmytro se encontró con una ciudad de oportunidades para un migrante que como él gustaba ocuparse personalmente de sus asuntos. Con los años, no sólo aprendió el español, sino que llegó a tener una hacienda en la Sierra que abastecía de carne, tubérculos y cereales a los mercados de Lima.

Dicharachero como era, había trabado amistad con la gente del lugar. La casa de la hacienda tenía gruesos muros de adobe, techos de teja roja a dos aguas, patios empedrados con vistosas flores y corredores con arcos de madera que miraban hacia los campos de cultivo, los corrales y los cerros que aparecían al fondo. Un cerro que en una ladera adquiría una peculiar forma era su favorito. Creía ver allí el rostro de su padre.  

Interiormente, la casa tenía salones decorados, comedores y varios cuartos en el segundo nivel donde acogía a su familia y a quienes le visitaban. Uno de ellos, pintado de azul cielo y amarillo tierra, era su dormitorio.

Dueño de una mediana fortuna, consideró que era el momento de conocer Brasil para explorar futuras inversiones. En esas fechas, las agencias aéreas andaban abarrotadas ante la proximidad del Mundial de Fútbol a realizarse en Suecia. Buscó un café cercano a la espera de que se redujera la cola de personas que adquirían pasajes. No había mesa desocupada, pero en una de ellas vio a una dama solitaria.

Ella era alta, joven, de tez blanca, con cabello corto y cerquillo. Se acercó, la saludó con cortesía y le preguntó si podía compartir la mesa y ocupar la silla vacía.

La dama accedió. Marlene Contreras, maestra de escuela, veinte años menor que Zabolotny, nunca se imaginó que iba a ser la madre de sus once hijos. Conocía de su odisea, por eso siempre trató de ser comprensiva y conllevar sobresaltos, pesadillas aterradoras, sentimientos de culpa, tensiones, irritabilidad y distanciamientos sin causa, cada vez que regresaba de la hacienda para estar en la casa de Lima.

Entendía, además, que la numerosa prole que habían engendrado era una suerte de compensación a la pérdida de su familia de Ucrania durante la guerra.

Pese a sus esfuerzos, las cosas fueron empeorando. Cada día era más intratable, irascible, agresivo, hasta que llegó la gota que rebasó el agua:

—Trito, ya, por favor, suelta esa botella, estás temblando. Me asustas, cariño.

—¿¡Asustarte!? ¡No tienes ni la más puta idea de lo que es el miedo! ¡Deja de vigilarme, carajo!

—¿Quién puede vivir así? Ayer te peleaste con el vecino por tocar el claxon, hoy rompes cosas, la semana pasada estuviste a punto de agredirme. Tenemos que buscar ayuda para tu estrés.

—¡A la mierda con tu ayuda! ¡No me jodas poniéndome tu etiqueta psicológica! ¡Esto que los delicados llaman estrés me salvó la vida en ese maldito infierno, mientras tú dormías plácidamente en tu cama!

—Yo no soy tu enemiga, soy tu esposa. Nada justifica…

—¡Justifica todo! ¡Las bombas destrozaron a mis amigos! ¡No los volví a ver nunca más! ¡Malditas bombas, malditas!

—Eso se acabó, estás en tu casa, aquí no hay bombas.

—¡La guerra nunca se termina! ¡Y si no te gusta, lárgate!

Dmytro pateó una silla plástica con tanta virulencia que voló hacia la puerta justo en el instante en que su última hija ingresaba a la habitación, impactándole en el rostro y fracturándole el tabique.

Vinieron los demás, y entre todos pudieron calmarlo. Unos días después, ver el rostro enyesado de su hija le quebró completamente. Buscó ayuda médica y fue recomendado a un reconocido psiquiatra que atendía en un asilo del centro de Lima.

Consciente de su situación de salud, dejó la administración de la hacienda a uno de sus hijos, y a su solicitud, fue internado en el hospicio de San Camilo.

Esa mañana, las religiosas de San Camilo no tardaron en entender la situación. Los ancianos aplaudían las traducciones de Dmytro. Sentada en una esquina del patio, una asustadiza septuagenaria apretaba la florida pañoleta que cubría su cabeza. La llamaban «la Gringa», no hablaba español, no conocía al traductor, pero le inquietaba la rara cercanía que empezó a sentir hacia el «profeta».

Con cierto temor se aproximó. Les habló en el idioma que solo ellos podían entender. Dio su nombre. Tymofiy Bondarenko sufrió una nueva sacudida. ¡Era ella! ¡La había tenido a unos pasos desde que ingresó al hospicio! ¡Parecía un sueño!

«¡Yo estuve muerta!», repetía la anciana. «Tal vez morí en aquella explosión, o tal vez cuando me aventuré a buscarte… pero, ahora la vida regresa a mí», susurró, acomodando su cabeza en el pecho del «profeta» quien no cesaba de acariciarle el cabello y besarla en la frente.

Hubo que llamar a la geriatra del hospicio y a su equipo para una atención médica de urgencia. La frecuencia cardiaca de los tres ancianos se había disparado a límites no permitidos.   

El reencuentro de dos exsoldados soviéticos de la Segunda Guerra Mundial en un asilo fue comentado por la prensa limeña. Nadie pudo ver que ese acto íntimo e intenso fue la catarsis para liberar la irascibilidad de Dmytro, la soledad de Tymofiy y la desesperanza de Zolushka.

Ese mismo día, se retiraron del hospicio. Dmytro retomó la administración de su hacienda y llevó a los dos a vivir con él.

Un año más tarde hicieron un viaje largo a Ucrania. Esta vez sí logró dar con su primera esposa y con sus hijas Irochka y Mariya, ya mujeres. La perestroika y la glásnost de los años ochenta permitieron que miles de familias ucranianas descubrieran el destino de sus seres queridos perdidos o separados durante la Segunda Guerra Mundial.

En el café de Oshinia donde se citaron, Solomiya, la primera esposa de Dmytro, apareció acompañada de sus dos hijas, sus yernos y cinco nietos. Hubo abrazos. Se respiraba incomodidad. A cada revelación de la vida de Zabolotny en Perú, le seguía un silencio embarazoso. Solomiya le dijo que lo había dado por muerto y que, en esa creencia, compartió su vida con otra persona hasta hacía dos años. Aunque ya había fallecido le debía respeto. Entendieron que tenían vidas hechas. No hubo reproches. Solo fotos de recuerdo y muchos proshchavaj, el adiós ucraniano a la persona a la que no esperas ver en mucho tiempo.

Tymofiy se casó con Zolushka por la iglesia ortodoxa en Andriivka. Zabolotny ofició de testigo.

Los tres amigos retornaron a Perú. Marlene fue a vivir en la hacienda.

Su nieto, Felipe, a quien Zabolotny heredó la hacienda, me contó lo que ocurrió la noche del veinticuatro de agosto de mil novecientos noventa y uno. En la televisión se veían miles de personas en las calles, flameando banderas con franjas azules y amarillas para celebrar la independencia de Ucrania. Mientras observaba aquellas imágenes, le pareció que su abuelo pegaba el oído a algo invisible.

A la mañana siguiente, en el desayuno, Dmytro Zabolotny le confesó que su padre, el gran Olek, el guerrillero que una noche gélida le despidió con un beso en su frente de recién nacido, se apareció y le habló al oído:

«Todavía falta pelear una larga guerra para que las armas se conviertan en arados».

En nuestros días, Dmytro y Marlene reposan entre las rocas imperturbables del cerro milenario con rostro humano que se divisa desde la hacienda. Al lado están Tymofiy, su gran amigo, y su amada Zolushka.

Unas siemprevivas florecen sobre las cuatro tumbas durante todo el año.

lunes, 31 de agosto de 2026

Hermanito

Rosario Sánchez Infantas


Ma, hoy sí te voy a hablar sin floro. Quiero contarte toda la verdad. Volver a ganarme tu confianza. Admito que, si me lo contaran, yo también pensaría que es mentira.

Mi rival literario había viajado en avión al Cusco, ¡la capital del Imperio inca!, en busca de inspiración para escribir un cuento. Yo estaba convencido de que mi cuento sería el ganador del taller Iniciación literaria. Pero también necesitaba encontrar una historia.

Seré completamente sincero. Si me acompañaba Katy, nos ibas a dar más presupuesto para que tu hijita esté más cómoda. Prácticamente arrastré a Katy en este viaje. Le convencí de aprovechar el feriado largo para practicar sus técnicas fotográficas del instituto. Además, es simpática y aventurera la chiquita. Con tu apoyo emprendimos el viaje en bus hacia ese valle andino, que tú ya sabes. «Cuídala con tu vida, recién tiene dieciséis años», dijiste al partir.

Estaba convencido de que tenía que esforzarme el doble, transitar caminos inéditos y explotar el pensamiento divergente.

En el trayecto hacia la capital del departamento, a mi pedido, el chofer iba mencionando los atractivos de los pueblos que íbamos atravesando. La verdad estaba harto de pachamancas, truchas, lagunas encantadas o danzas, nativas o mestizas. Así no iba a desplegar mi creatividad para escribir el cuento ganador. No había punto de comparación. Él visitando fortalezas con mil años de antigüedad, construcciones megalíticas y abismos dominados por los incas. Mi picante de cuy, bizcochuelos o panes de anís no eran competencia.

Cuando los sembríos multicolores dieron paso a otro poblado con nombre de santo católico, comenzaron las descripciones: más danzas, filigrana en plata, mención a una cacique muy rica. Nada de eso resonaba en mí. Que su iglesia fue construida a los ocho años de llegados los españoles al Perú, ya me interesó un poquito. Tú sabes que desde la primaria me apasiona la historia de los incas y su resistencia a ser conquistados por los europeos. Escuchar que en el lugar ocupado por la iglesia existía una escultura de un puma, y un manantial venerado por los antiguos pobladores, ya me hizo pensar en una lucha de titanes incas y españoles. Huaca contra Iglesia católica. ¡Había potencial!

—Me tinca que aquí sí la hacemos —dijo Katy con una gran sonrisa mientras asentía una y otra vez. Tú sabes, como esos perritos de cabeza articulada que tenemos en el auto.

Nos quedamos en el pueblo cuyo nombre nos conviene omitir (ya me darás la razón). Katy y yo estiramos las piernas entumecidas. El aire frío olía a humo de eucalipto; a lo lejos sonaban unas campanas. Comenzamos a caminar por las calles estrechas, entre casas de tapial y tejas, mientras el sol iba calentando la mañana.

Dimos con la iglesia principal. Al cruzar la portada, nos pareció ingresar al siglo XVI: adoquines oscuros y gastados, un coro de madera rústica y querubines de piedra, de facciones tan severas que parecían guerreros incas. A los lados, toscas pilas de agua bendita descansaban sobre troncos pintados.

El techo mostraba desnudas sus vigas y tablas. ¿Por qué lo habían dejado así? Sentí tristeza y pudor ajenos. Al frente, hermosos altares barrocos contrastaban con el abandono: imágenes descoloridas, vestimentas raídas y empolvadas. Y, para colmo, ¡goteras, madrecita!

Katy tomaba fotos de los altares laterales. Le había escandalizado el uso de muchas capas de pintura sobre detalles arquitectónicos, que casi los ocultaban.

—¡Parece baño de chifa barato! —refunfuñaba.

Yo atrapaba imágenes y anotaba mis impresiones en el móvil. Reflexionaba sobre Santiago Mataindios en aquel templo venido a menos, levantado sobre un antiguo santuario inca derribado. De pronto ingresó por una puerta lateral un joven sacerdote y comenzó a oficiar una misa. No había más presentes que Katy y yo. Sabes que no creemos en Dios. Pucha, pero nos dio pena el curita. Levantamos los hombros resignados y nos quedamos. Ahí nos enteramos de que era una misa por un difunto. A los diez minutos llegaron, casi corriendo, con luto severo, unos veinte parientes del muertito. Yo elucubrando situaciones para mi cuento.

Al terminar la misa, los parientes se acercaron al altar mayor. Nosotros nos alejamos del grupo y seguimos explorando el templo. Descubrí un anda semejante a un bote antiguo, sostenida por cuatro ángeles que parecían muñecas de plástico desnudas. Pensé que Katy podría lograr una linda foto y la busqué en el pasillo de enfrente. Estaba en cuclillas, examinando la base de un retablo lateral. Un rayo de sol le caía sobre el rostro. Sonreía y balanceaba impaciente la cámara colgada del cuello. Con la cabeza inclinada y los ojos muy abiertos, intentaba captar detalles del frontal del altar, cerca al piso.

Me fui acercando mientras ella rascaba con la uña la pintura que simulaba ser mármol. Lo recuerdo como en cámara lenta. Salieron varias capas de pintura, debajo yeso húmedo que se deshacía al rascarlo. Al pasarle la voz, ella se sobresaltó, perdió el equilibrio y apoyó una mano en la superficie que exploraba. Se hizo un agujero. No era una pared, sino un nicho, una pequeña área hueca. Adentro podían entreverse crucifijos y pequeñas imágenes sacras, descoloridas, rotas o mostrando parte de su armazón de madera. Miramos hacia el altar mayor. El curita salpicaba agua bendita a los deudos y a sus ramos de flores. Tras una última foto a través del agujero, Katy colocó el trozo mayor de yeso en su lugar, pero este se volvió a caer. Ella oprimió con más fuerza el trozo con el resultado de que se hundió un fragmento aún mayor. Desde el altar mayor llegaron las voces de los deudos que comenzaban a despedirse del sacerdote. En cualquier momento saldrían y nos verían.

Tac, tac, tac. Un anciano avanzaba lentamente hacia nosotros. Una jovencita al parecer trataba de alcanzarlo. ¡Qué dilema! ¿Qué hacer?

—Le daré dinero al curita para que lo mande a arreglar —susurré—. Podrá incluso arreglar sus imágenes. ¿Cuánto debo darle?

Katy no respondió. Miraba a través del agujero. Yo también lo hice, entonces vi la imagen polvorienta de un Niño Jesús, de unos cuarenta centímetros de alto, sin cabeza. Sobresalía del cuello del Niño, un envoltorio de alguna fibra asegurado con una cinta. Parecía una momia diminuta. O un tesoro escondido. Esto sí da para cuento, me dije. Miré al altar, el padre colocaba sobre él un ramo de flores, obsequio de los deudos. El anciano más cerca, ahora del brazo de la muchacha. Los otros deudos se nos acercaban.

Revisé la billetera calculando cuánto podría darle al sacerdote. Ante mi espanto Katy introdujo su mano, sacó al niño momia y lo envolvió con su casaca. Jaló cuatro billetes grandes de mi mano, los introdujo por el agujero. Colocó un folleto turístico delante de él, tapándolo. Con la cabeza me hizo una seña para escapar.

Salimos volando, tomamos un taxi a la capital del departamento, no hablamos los treinta minutos que duró el viaje. No podíamos referirnos, ante el taxista, al delito cometido.  Rentamos allí una habitación. Olía a humedad y desinfectante, y desde la calle subían los bocinazos. Lo recuerdo y vuelvo a sentir angustia. Le pedí explicaciones. Dice que vio el deleite con el que miraba yo al Niño sin cabeza y que era claro que alguien quería ocultar esas imágenes. Que, con el dinero dejado, iban a volver a esconder esos objetos. Tenía lógica después de todo. Sin embargo, mil ideas bullían en mi cabeza. Quizás este cura no supiera nada del escondite, pero ya se habría dado cuenta del daño. A lo mejor sí se percató del robo y ya habría hecho una denuncia policial. Tenía que acordarse de los muchachos, probablemente foráneos, con casacas térmicas, chalinas, guantes y… ¡el gorro fucsia con orejas de conejo de Katy!

Me sentía miserable por haberme dejado arrastrar por la acción de mi hermana menor.

—Entiende, menso, estaban escondiendo, no exhibiendo esa imagen.

Era cierto. Quizás el cura no sabía que existía. Si se quedaba ahí terminaría convertida en polvo. Si el padre quería cerrar el hueco, ya tenía dinero. Algo más resignado decidí desenvolver lo tomado. Era una imagen algo tosca, de un color marfil, desteñido y empolvado. Vestía una túnica, cinturón y sandalias del mismo material que parecía gamuza. Con una mano sostenía una esfera. La otra en alto, con los deditos anular y meñique doblados sobre la palma, «En actitud de bendición», dice Google.

Sacamos el pequeño envoltorio del interior del Niño Jesús. La cinta de lana se deshizo en pedazos. Ya la habíamos fregado. Katy me siguió sorprendiendo. ¿Dónde estuve cuando crecía? Mientras afirmaba que, si se peca, hay que pecar bien, fue retirando las coberturas de unas fibras ásperas sobre la mesa de noche. Se levantó un polvillo con olor a grasa rancia. Al interior apareció una botella de cerámica cerrada con un tapón del mismo material. Los dos tuvimos miedo de destaparlo. Una hora después de googlear ya sabíamos que algunos gobernantes incas tenían una representación llamada wawqui, algo así como su hermano o su doble. Podía representarlos en las ceremonias y hasta recibir honores en su lugar.

No querrás saber. Había hermanos diversos. Fuimos descartando hipótesis.

—Este hermano es la momia de un inca.

—Negativo.

—Es una efigie del inca hecha con metales preciosos.

 —Descartado.

—La botella solo puede contener: ¡los pelos, las uñas, alguna prenda de vestir u otros restos corporales del mandatario inca! —dije, yo fascinado, pero también con repugnancia.

Katy volteó la botella y la sacudió lentamente, cayó un polvo negruzco, fragmentos de la cinta de lana y un pequeño mechón de cabellos negros opacos. Quedó asomando la botella una banda de lana que los incas se ponían en la cabeza. Cada vez nuestro delito era mayor. La volvimos a introducir, tapamos el recipiente y echamos el polvo al inodoro.

—¡Lávate bien las manos! —le dije alarmado.

Todavía se me pone la piel de gallina al recordar el olor del jaboncito corriente del hotel.

Nos pusimos a pensar.

—¿Quién y cuándo, metió el hermanito dentro del Niño Jesús?

—Un español hubiera destruido y, no escondido al hermanito —dije.

—Cierto.

—¿Quién metió el Niño Jesús sin cabeza bajo el altar y lo hizo cerrar?

—Quizás un cura quería deshacerse de las reliquias que no podía mandar a arreglar... No. ¡El albañil que rompió la imagen! —dijo Katy. 

—Podría ser que, a finales del incanato, para un acto importante traían el hermano del inca y los sorprendió algo muy grave. ¿La conquista española?... ¡Claro! Antes que la extirpación de idolatrías quemase los objetos de culto indígenas, algún ceramista nativo quiso preservar por siempre este hermano de uno de los últimos gobernantes.

—Je, je, je —rio Katy. ¿Te imaginas?, católicos rezando a la botella.

—¿Existiría una fraternidad que ha estado cuidando del hermanito encubierto hasta que se le rompió la cabeza al hospedaje y alguien lo escondió?

Ni se nos ocurrieron explicaciones místicas.

Con ayuda de la IA encontré un paper sobre un culto, en el Ecuador, a un Niño Jesús que incluye rituales y atuendos precolombinos. ¡Esto es inca, madrecita! Había que ser, aunque sea un poco, responsables. Fuimos al museo de un pueblo cercano. Ingresamos con un grupo de visitantes y, poco a poco nos quedamos atrás. Cuando estuvimos solos en la primera sala, dejamos la botella, envuelta y acompañada de una nota, sobre una vitrina. Regresamos hacia la puerta de ingreso. Ya la cruzábamos cuando un empleado del museo, aparecido de no sé dónde, nos llamó. Habría descubierto el paquete. Seguimos caminando. Entonces empezó a tocar su silbato. Creímos que quería detenernos y echamos a correr sin mirar atrás. Había cámaras por todas partes. A cada paso sentíamos que dejábamos un rastro, que podían alcanzarnos o reconocernos. Tomamos tres vehículos distintos antes de llegar al aeropuerto y subir al avión de regreso a casa.

Estamos «haciendo hora» donde mi tía Gloria, hasta que nos digas que nos perdonas. Sé que gasté la mensualidad de la universidad en los pasajes aéreos. Sé también que lo que hicimos puede traernos problemas.

Katy duerme en el sofá. Yo llevo horas escribiendo. Ya terminé mi cuento. Lo he titulado Hermanito. Pero no pienso presentarlo en mi taller universitario; lo haré en un certamen de Extremadura. Espero ganar y allí no tendré que dar muchas explicaciones.

Ahora que lo pienso, este viaje sí me sirvió para encontrar la historia que estaba buscando.

Solo que me equivoqué de hermanito.

 

Tqm.

Fernando.

jueves, 27 de agosto de 2026

Disociación

Alejandra Cantarero Concha

 

El control de daños siempre fue mi especialidad. Si una marca comercial caía un veinte por ciento en su primer trimestre, yo no entraba en pánico. Cambiaba el enfoque, reestructuraba el presupuesto. Una marca en picada es solo un problema de estrategia, una oportunidad.

 

Esta noche, la marca que se está hundiendo soy yo. Son las tres cuarenta y dos de la madrugada. Estoy de pie frente al espejo del baño, único lugar del departamento con luz blanca directa. Analizo el informe que me devuelve la imagen de mi propio cuerpo. El panorama es catastrófico. No queda rastro de la gerente de marketing que controlaba juntas de más de diez personas sin pestañear. En su lugar, veo el reflejo de una desconocida con ojeras color asfalto, cabello opaco pegado por el sudor. Vistiendo una polera de algodón manchada con un cerco amarillento de leche agria.

 

Mi baño, antes un santuario de pulcritud, ahora está invadido por el olor penetrante de pañales sucios y toallitas húmedas de lavanda. Mi marca personal se ha devaluado a cero. Desde la habitación contigua llega el sonido. Ese llanto, un ruido de fondo que devora mi capacidad de procesamiento: Catalina.

 

El dolor en mi pecho izquierdo es agudo. Una punzada que me recuerda que el cliente más exigente de mi vida no acepta negociaciones. Cada succión es una transferencia de energía que me deja vacía. Un contrato abusivo que firmé a ciegas durante los meses de embarazo, cuando la campaña de expectativa fue perfecta. Todo era luz, cunas de madera nórdica y una ilusión romántica que hoy se revela como publicidad engañosa. Nadie te advierte que el producto final absorbe tu identidad hasta borrarte.

 

Recurrí a un banco de donantes. No había tiempo en mi agenda para una relación. Así que no hay equipo de asistencia, tampoco un departamento de operaciones que mitigue el impacto. Estoy sola en esta crisis.

 

Regreso a la habitación a oscuras. Me acerco a la cuna y observo a Catalina. Llora con los puños apretados, mostrando una eficiencia destructiva que admiro y detesto a la vez. Siento el dolor del pezón agrietado antes de que siquiera toque su boca. Me asfixia saber que no tendré un minuto a solas en las próximas veinticuatro horas. Ni en las siguientes.

 

Con la frialdad con la que solía recortar un proyecto que generaba pérdidas, la idea cruza mi mente limpia y certera: si la bebé no estuviera aquí, el retorno de inversión sería inmediato. Todo volvería a ser fantástico. Mi vida volvería a números verdes.

 

Antes, una crisis tenía principio y fin. Ahora, el organigrama se ha reducido a una sola línea de ensamblaje que funciona las veinticuatro horas, donde yo soy la única operaria y la máquina principal no tiene botón de apagado.

 

Estoy en la mecedora, a medio dormir. El cerebro en modo de ahorro de energía, flotando en esa zona gris donde las pestañas pesan y la lógica se disuelve. Catalina está prendida a mi pecho izquierdo. El dolor se ha transformado en un costo fijo predecible. Siento los tirones mecánicos de su succión mientras mis ojos están fijos en la penumbra. «¿Cuántos minutos de tregua estoy comprando con esta transacción?».

 

Cuando su mandíbula finalmente se relaja y su respiración se vuelve pesada, ejecuto el protocolo de transferencia con precisión. Retengo el aire. Desprendo su boca con delicadeza, confiando en no activar sus sensores de movimiento. Me levanto milímetro a milímetro, intento desplazarme en silencio. La deposito en la cuna. Retiro mis manos como si desactivara un explosivo de alta sensibilidad. Paso completado.

 

Camino hacia mi cama, arrastrando los pies, saboreando los minutos de sueño que acabo de financiar. No alcanzo a tocar las sábanas. La alarma se activa de nuevo. El llanto estalla en la habitación, agudo, penetrante, un fallo crítico del sistema. Todo lo anterior, invalidado. Hay que reiniciar el proceso.

 

Al acercarme a la cuna, el olor me golpea de frente. Una ola densa, ácida, orgánica, que rompe la última barrera de mi resistencia física. Mi estómago, vacío, se contrae. No hay tiempo de llegar al baño. Me doblo sobre el basurero y las náuseas se materializan en un espasmo violento. Vomito el poco té que tomé a medianoche. El sabor amargo me inunda la boca mientras las lágrimas, provocadas por el esfuerzo, me nublan la vista. Me limpio con el dorso de la mano.

 

Catalina sigue llorando. El volumen sube, el tono se vuelve más exigente. Ajena por completo al colapso de su única proveedora. Con los ojos inyectados en sangre y el pulso tembloroso, comienzo a desmantelar el pañal sucio. Mis manos, antes hábiles con el teclado, fallan con los adhesivos plásticos. Limpio la piel de la bebé con toallitas húmedas que huelen a lavanda artificial. Ahora detesto este aroma. Coloco el repuesto. Cierro los broches del mameluco. Mis movimientos son torpes, no hay nada de la ternura maternal que los manuales prometían. Soy un autómata ejecutando tareas de mantenimiento.

 

La acuesto otra vez. No se resiste; el esfuerzo de su propio llanto la ha agotado. Me incorporo despacio y miro hacia la ventana. Entre las rendijas de las persianas comienza a filtrarse una luz gris, fría y deprimente. Miro el móvil: son las seis de la mañana. La jornada laboral del resto del mundo está por comenzar; la mía nunca terminó. Otra noche en blanco. Otro balance diario con pérdidas absolutas de sueño, salud y cordura.

 

«Maldita criatura. Es un agujero negro logístico. Un parásito que optimiza sus propios recursos absorbiendo, segundo a segundo, cada fragmento de la mujer que solía ser. Todo lo consume».

 

Hay que subcontratar. Es la regla de oro. Si el personal no da abasto con la carga de trabajo, se busca un proveedor externo. A las nueve de la mañana, tras limpiarme el rostro con agua helada, llamo a la agencia de niñeras. Solicito el servicio prémium de urgencia para ese mismo día. No pregunto por tarifas; el dinero es lo único que conservo de mi vida anterior. Estoy dispuesta a quemar mis ahorros si eso me compra dos horas de silencio absoluto. Un par de horas de ser Victoria otra vez.

 

La niñera llega a las once y media. Se llama Mariana. Tiene unos veintitantos años, cabello castaño recogido en una trenza impecable, ropa deportiva de marca que huele a suavizante. Su semblante delata noches de ocho horas de sueño. Cuando entra a mi departamento, es un golpe directo a mi amor propio. Yo, la mujer que dictaba tendencias estéticas, soy un espectro en chándal holgado y pantuflas. Mariana se ve más ejecutiva en su rol de cuidadora que yo en mi papel de madre.

 

A mitad de la entrevista, el dispositivo de alerta se activa. Catalina empieza a llorar desde la habitación. El sonido me perfora los tímpanos. Siento el latido en mis sienes. En lugar de levantarme, me quedo estática en la silla del comedor, oprimiendo los puños debajo de la mesa. Mis dientes apretados, cierro los ojos, inspiro profundo. Intento aplicar la técnica de bloqueo que usaba en la oficina: desconexión cognitiva. Trato de convertir el llanto en ruido blanco, como la estática de la televisión.

 

—Si me permite, señora Victoria, puedo encargarme yo —dice Mariana con una sonrisa empática que me parece insultante. Su tono es suave, el de alguien que no ha sido destruido a base de privación de sueño.

 

Asiento sin hablar, incapaz de articular palabra mientras el zumbido en mi cabeza amenaza con hacerme gritar. La chica se levanta con una ligereza envidiable y camina hacia el pasillo.

 

En ese instante, mi teléfono corporativo vibra. Es el tono de llamada exclusivo de emergencias. Respiro hondo y deslizo la pantalla. La voz de mi director de cuentas me devuelve la vida; es un shock de adrenalina.

 

—Victoria, perdón que te moleste en tu baja por maternidad, pero el cliente de la campaña automotriz está amenazando con retirar la cuenta. El nuevo gestor de estrategia hizo un desastre con los indicadores de rendimiento y el barco se hunde. Tú sabes manejarlo y es tu cuenta.

 

Una crisis real. Un problema con variables que puedo controlar, con personas a las que puedo exigirles resultados. Un escenario donde soy la jefa, no la esclava.

 

—Llego en una hora —respondo. Mi voz sale firme, recuperando por un segundo su antiguo registro de autoridad—. Ten a mi equipo en la sala de juntas.

 

Cuelgo. Mariana sale de la habitación con Catalina en brazos; la bebé ya se ha calmado, arrullada por el perfume de la desconocida. Una punzada de rabia mezclada con alivio. Le entrego mi tarjeta de crédito a la niñera para los gastos del día. Voy a mi cuarto y me pongo el traje que aún me queda. Me recojo el pelo y aplico algo de maquillaje. Tengo una campaña que rescatar.

 

El regreso a la oficina es una inyección de dopamina. Cruzar las puertas de cristal, el murmullo de los teclados y pantallas con gráficos de rendimiento; es como volver a conectar con el sistema. Entro en la sala de juntas y asumo el control de la mesa. Durante tres horas, desmonto el error del novato, reasigno las pautas digitales y resuelvo la crisis. Soy eficaz, brillante. La mujer de antes.

 

La ilusión dura poco. Al terminar la reunión, mi director se me acerca con una sonrisa compasiva mientras guarda su laptop.

 

—Oye, Victoria, de verdad agradecemos el rescate, pero ¿por qué sigues aquí? ¿No deberías estar en casa disfrutando de tu bebé? —me pregunta, mirándome con una mezcla de curiosidad y reproche—. Digo, apenas tiene un par de semanas. ¿No la extrañas?

 

La pregunta cae en la sala como un informe de auditoría rechazado. Siento las miradas de los demás analistas. El estómago se me aprieta, igual los dientes. Una penalización social que no sé cómo gestionar. Mi marca personal bajo sospecha. Balbuceo una respuesta corporativa sobre «el compromiso con la empresa» y salgo de la oficina sudando frío.

 

En el taxi de regreso al departamento, el efecto de la adrenalina desaparece. El dolor físico de mis pechos vuelve; están llenos de leche, manchando mi blusa de diseñador. Recordatorio biológico de que sigo atada a la máquina. La idea de regresar a casa y escuchar el llanto me presiona las sienes.

 

Subir en el elevador es como estar en un montacargas camino a un sótano sin ventilación. Abro la puerta del departamento con cuidado, esperando el estallido acústico. No hay ruido.

El espacio está en silencio, iluminado por una lámpara de luz cálida. Mariana está sentada en el sofá con Catalina en brazos. La escena es perfecta, digna de un banco de imágenes para una campaña de bienestar familiar. Mariana acaricia su espalda con un ritmo pausado, transmitiendo una paz que este departamento no conoce desde hace semanas.

 

No quiero mirar a la bebé. Si lo hago, el registro de propiedad me obligará a hacerme cargo.

 

—Tienes que quedarte esta noche —digo sin preámbulos, con la voz seca—. Duplica la tarifa en la aplicación si es necesario. Pon el monto que quieras, pero no te puedes ir.

 

Mariana detiene el movimiento de su mano. Me mira con sorpresa y lástima. Se acomoda a la bebé con una destreza que me violenta y se levanta del sofá con cuidado.

 

—Lo siento, señora Victoria, pero no funciona así —responde en un susurro profesional—. Para el servicio nocturno, la agencia exige un contrato específico firmado con veinticuatro horas de anticipación. Además, necesito venir preparada con mis cosas y saber cuál será mi habitación. Política de la empresa por seguridad laboral.

 

—Te pago en efectivo. Fuera de la plataforma —insisto, y mi voz de negociación suena desesperada—. El triple.

 

—No es un problema de dinero —interrumpe ella, manteniendo una calma exasperante—. Mañana mismo puedo volver temprano si deja la solicitud hecha esta noche. Cuando todo esté formalizado, me podré quedar.

 

La chica camina hacia la cuna de la estancia, deposita a Catalina con suavidad y se acerca a mí poniéndose su chaqueta. Mira directo a mis ojos cansados y baja la voz, asumiendo un tono de consejera que no le he pedido.

 

—Un consejo, señora, la bebé está muy sensible. Ella nota cuando usted está estresada o distante. Los recién nacidos huelen el miedo, pero también sienten el cariño y se calman con eso. No necesita hacer grandes cosas; simplemente sea su mamá.

 

«Simplemente sea su mamá». La frase entra como un clavo ardiente en la llaga de mi incompetencia. Como si la maternidad fuera un interruptor que decidí no encender. Como si el amor estuviera disponible en el inventario y solo me niego a distribuirlo. No digo nada. Me limito a asentir, abro la puerta y dejo que se vaya.

 

En cuanto la puerta se cierra y me quedo sola en el departamento, reservo una nueva jornada en la aplicación. Mi máscara se rompe.

 

«¡Maldita sea! ¡Maldita criatura de mierda!», grito al vacío de la estancia. El insulto sale de mi garganta, como un veneno acumulado. Mis manos tiran el saco Chanel, odiando la mancha de leche y el olor a lavanda artificial que flota en el aire.

 

El silencio que tanto ansiaba se destruye de inmediato.

 

El llanto estalla. No es el de siempre. Es más agudo. Más alto. Rebota en los muros y vuelve. Me atraviesa las sienes. No para. Respiro por la boca. El aire no alcanza. Sigue.

 

Camino hacia la cuna. Los pasos rígidos. Tengo la mandíbula tan apretada que los dientes crujen. El pitido aparece detrás del llanto. Constante. Me perfora. Me inclino. Catalina está roja. Abierta en ese grito que no se apaga.

 

Estiro el brazo hacia el sillón sin dejar de mirarla. El cojín. Lino frío. Hundo los dedos. Cede. El llanto sigue. Un paso más. Lo levanto. Lo sostengo en el aire. Tiembla. El grito llena todo. Un segundo. Dos. Bajo el brazo.

 

No. Algo se corta. Arrojo el almohadón con violencia contra la pared. Las piernas no me sostienen. Caigo de rodillas sobre la alfombra, temblando. Lloro en silencio. Saliva. Moco. Me limpio con la manga.

 

«¿Qué estoy haciendo?». Las palabras salen rotas, pegajosas. «Yo quise». Trato de seguir. No puedo. «Yo… la elegí». Trago. Me duele la garganta. La miro. Respira a tirones. La boca abierta. Roja. Espero algo. No llega. Nada.

 

Me arrastro hasta el borde de la cuna y la miro. Todo se vuelve borroso. Busco algo. No sé qué. No lo encuentro.

 

Una nueva lógica, más coherente y perversa, se abre camino en mi mente. No es mi culpa. Es un error de logística. Las clínicas manejan cientos de entregas al día; los protocolos de etiquetado pueden fallar. Esta criatura no comparte mi ADN, por eso no hay compatibilidad en el sistema. Me la cambiaron. Por eso mi cuerpo la rechaza y no siento nada. Esta no es mi hija.

 

Una calma fría y mecánica se apodera de mí. Me pongo de pie, me limpio la cara y ejecuto el proceso automatizado. Tomo al espécimen en brazos. Lo paseo por el pasillo con un vaivén rítmico, desprovisto de afecto. Funciona. Sus ojos se cierran. Voy a mi cama, la acuesto a mi lado y me quedo inmóvil, mirando el techo. Esperando el siguiente hito del cronograma.

 

Una hora más tarde, el llanto por hambre reactiva la alarma. Vuelvo a descubrirme el pecho. Dejo que se prenda de mí; ahora la sensación me enferma a un nivel visceral. Sentir los fluidos de un cuerpo extraño entrando y saliendo del mío me provoca una repulsión insoportable. Ya estoy convencida de la teoría del error de entrega. El problema es que en este sector no existen políticas de devolución. No tengo una garantía. No hay departamento de atención al cliente que gestione un reembolso. Estoy atrapada con un producto defectuoso que no me pertenece.

 

Mientras proceso mi desesperación, el olor a acidez orgánica vuelve a inundar las sábanas. Otro pañal saturado. El reflujo de Catalina se activa por el esfuerzo y me vomita, directamente en el abdomen, una masa líquida y tibia que traspasa la ropa. El espécimen vuelve a estallar en un alarido de incomodidad, un bucle infinito que no puedo detener.

 

Estoy en modo automático. Llevo al espécimen al baño. Mis manos se mueven con destreza fría, desprovista de cualquier rastro de humanidad. Limpio la piel, retiro los fluidos y desecho los materiales inservibles, como quien limpia una cocina sucia después de un evento. No hay asco ni náuseas.

 

Regreso a la habitación. Desmonto las sábanas manchadas de vómito y leche agria con movimientos mecánicos. Meto todo en la lavadora. Coloco ropa de cama limpia. En medio de esta disociación, arrastrada por una marea de sueño que anula mis sentidos, me meto bajo las cobijas. Sin darme cuenta, en un acto reflejo, me llevo el bulto de la bebé conmigo, atrapándolo bajo mi peso.

 

El cansancio me vence. El apagón es absoluto. Cuando mis ojos se abren de nuevo, la luz del sol se cuela por las persianas. Reviso el reloj: las ocho y media de la mañana. He dormido varias horas seguidas. Horas de un silencio sepulcral, bendito, sin alertas, sin interrupciones.

 

Me estiro lentamente y mi mano tropieza con un cuerpo rígido debajo de las sábanas. Aparto la cobija. Catalina está ahí. Su piel es de un color cenizo. La toco. Está fría. No hay expansión en la caja torácica, no hay exigencias de suministro. El motor se ha detenido.

 

Lo primero que experimento es alivio. El balance diario vuelve a números verdes. Ya no habrá más llanto. No más dolor en el pecho. No más pañales sucios. Vuelvo a tener el control absoluto de mi tiempo.

 

Me levanto de la cama con una ligereza que no sentía hace meses. Camino descalza hacia la cocina, disfrutando del silencio. Enciendo la cafetera. Mientras el agua sube y el aroma a café desplaza los restos de la lavanda artificial, me apoyo en la barra de granito. Miro a través del ventanal. Todo es fantástico.

 

Una burbuja de aire me sube por la garganta y, de pronto, suelto una carcajada. Es una risa ligera al principio; rápidamente se transforma en un ataque incontrolable. Rebota en las paredes vacías de la cocina. Me río de la publicidad engañosa de la maternidad, de las niñeras con trenzas perfectas, de los colegas y sus preguntas idiotas. Me río porque el control de daños ha sido un éxito rotundo.

 

En el punto más alto de mi risa, el sonido agudo del timbre interrumpe la frecuencia. Dos campanadas limpias. Reviso la pantalla del intercomunicador con la taza de café humeante en la mano: es Mariana. El proveedor externo ha vuelto a la hora exacta para comenzar su jornada.

miércoles, 19 de agosto de 2026

El círculo

Ninfa Patiño Sánchez


Sofía Isolina abre los ojos. El olor a desinfectante y el pitido regular de un monitor la sitúan en la habitación del hospital. Sobre ella, el techo blanco recibe un tenue rayo de luz que se filtra por la ventana. Una mascarilla de oxígeno le cubre la nariz y la boca; varias sondas la mantienen conectada a los equipos. Con dificultad, levanta la mano derecha y toca el cofrecillo que lleva colgado del cuello. Una lágrima resbala por su mejilla mientras sus pensamientos, convertidos en fractales púrpuras y azul añil, la trasladan hasta Santorini, el archipiélago de casitas blancas erguido sobre el Egeo.

Todo comenzó porque a Flor se le ocurrió que el próximo encuentro debía coincidir con el dieciséis de julio, cumpleaños de su madre. El lugar indicado sería Grecia, porque Sofía Isolina siempre había soñado con conocer la cuna de los ilustres filósofos.

Sofía, igual que ella, es el primer nombre que puso a sus hijas; había escuchado a su progenitora decir que en griego significa amor por la sabiduría. Así las llamó: Sofía Priscila, Sofía Gabriela, Sofía Atenea, Sofía Tatiana y Sofía Flor.

Era un viernes de julio. En el aeropuerto internacional de Atenas, desde muy temprano y con diversos horarios, las Sofías iban arribando desde diferentes destinos. El reencuentro estuvo marcado por abrazos, risas y algunas lágrimas. Sofía Isolina recibió a cada una en silencio, demorándose más de lo habitual antes de soltarla. Cuando Flor le preguntó por qué se llevaba la mano a la garganta, ella sonrió y culpó al cansancio del viaje. Sofía Isolina hacía algún tiempo venía teniendo problemas de la garganta, pero no les prestó mayor atención, tampoco lo comentó a sus hijas. Se automedicaba con esencias de eucalipto, rábano, miel de abeja y jengibre. Convencida, se decía para sí misma: «Ya se me pasará»

 

Después de registrarse y dejar las maletas en el hotel, las Sofías salieron dispuestas a tomarse el Olimpo. Los ojos de las viajeras se agrandaban y confundían entre lo que queda del mitológico mundo clásico y de la Atenas moderna y vibrante. Allí estaban: la acrópolis, el Partenón, el ágora y otros monumentos arqueológicos silenciosos e imponentes, aguardándolas, como si estuviera el majestuoso Zeus esperando a las nereidas.

 Luego de un extenso recorrido, las Sofías, extenuadas, pero maravilladas, buscaron una sombra para protegerse del calcinante sol. Un musculoso y sonriente griego las recibió con cervezas heladas. El olor a aceite de oliva y esencias mediterráneas se impregnaba en la piel de las viajeras. 

En el centro del restaurante, una fila de griegos danzaba y tiraba al piso platos de cerámica, invitando a las y los asistentes a hacer lo mismo. Las Sofías no se hicieron de rogar, se integraron y participaron del rito ancestral: liberar tensiones, desapegos y malas energías, mientras gritaban "¡Opa!".

Al día siguiente, muy temprano, se trasladaron al puerto del Pireo y tomaron un ferry rumbo a Santorini. El mar tibio lucía como un enorme manto turquesa que vigilaba cada movimiento que se producía en la isla. Kamari fue su hogar por esos días.

A primera hora de la mañana siguiente, encontraron una pequeña y apartada playa de arena roja todavía desierta. Vestidas de lino blanco, se sentaron en la arena en posición de loto, formando un círculo alrededor de su madre. Una nube veló el sol por unos minutos y les regaló una sombra fresca.

Fue como una catarsis colectiva de casi dos horas; iban descargando y liberando emociones. Durante ese tiempo, el mar las acompañó silencioso con el suave murmullo de sus olas, como si formara parte del círculo.

Sofía Isolina observaba y escuchaba con atención a sus hijas: sin pronunciar palabra alguna, cerró los ojos. 

 

Poco a poco, el rumor del mar se transformó en el golpe del «Chorro Sagrado» (así llamaban a la cascada los lugareños) contra las piedras. Volvía a tener diez años. Vivía con su madre, María Jesús, y su abuela, María Teolinda, en una casa de tejas rojas, puertas azules y árboles que protegían del sol.

Los martes, a las seis de la mañana, María Teolinda llevaba a su hija y a su nieta a la cascada para el baño espiritual.

—Tienen que dejar que el chorro caiga en sus cabezas… así tendrán ideas inteligentes; además, el cabello les crecerá sano… Brillante. Permitan que el agua resbale por todo su cuerpo… limpiándolo, purificándolo… —decía la abuela con tono pausado.

Luego del baño, se sentaban en el pasto, envueltas en el suave murmullo del agua y el trinar de los pájaros. Mientras trenzaba el cabello de su nieta, la abuela las aconsejaba:

—Nunca olviden sus raíces y traten de continuar con la tradición.

 

Sus recuerdos se difuminaron y volvió al presente cuando una de sus hijas se le acercó y musitó al oído.

—Madre, te estamos esperando.

—Ah, sí, sí —susurró, tosiendo y aclarándose la garganta.

Sentada en el centro, dirigió su mirada hacia Priscila y dijo:

—Más que mi primera hija, has sido como mi hermana menor; las dos crecimos juntas. Te pido perdón por robar tu infancia exigiendo que actúes como adulta y te hagas cargo del cuidado de tus hermanas menores. He sido injusta contigo y no he sabido reconocerlo. Es hora de que cargues tu propia mochila. Vive tu vida y sé feliz.

Priscila, que no dejaba de mirarla, musitó:

—Madre, te entiendo, fueron tiempos difíciles para la familia, no tenías otra opción.

Luego sus ojos se dirigieron a Gabriela:

—Desde pequeña fuiste tan responsable y estudiosa que parecías mi maestra. Recuerdo un día que venías de la universidad, en tu primer año de Filosofía, repetiste de memoria una frase de ese filósofo…

Sofía Isolina no pudo terminar la frase.

—¡¡Sócrates!! —vociferó emocionada Gabriela.

—Que decía: Solo hay un bien: el conocimiento. Solo hay un mal: la ignorancia. También te pido disculpas por sacrificar tu tiempo de lectura, recargándote de obligaciones domésticas.

Cuando su mirada se posó en Atenea, Sofía Isolina esbozó una sonrisa:

—¿Quién iba a imaginar que nos reuniríamos en el país en el que me inspiré para tu segundo nombre? Eres la que más trabajo me dio, pero también quien siempre me saca una sonrisa.

—Madre, estoy impresionada de lo que acabas de confesar. Pensé que te avergonzabas de mí. No tenía idea de que las cosas que hacía o decía te divertían.  Esa sí que es una revelación asombrosa.

Tras la réplica de Atenea, todas rieron.

Sofía Isolina dejó de sonreír y declaró:

—Hay muchas cosas que no les he revelado, aunque hubiera querido. Cuando tengan sus propias hijas e hijos, podrán entenderme.

Luego se dirigió a Tatiana:

—Cuando decidiste irte lejos tan joven, te confieso que tuve mucho miedo; a pesar de que confiaba plenamente en ti, me torturaba pensando e imaginando tragedias que podrían sucederte; nunca te confesé que ansiaba con todas mis fuerzas retenerte a mi lado. Después comprendí que hiciste bien en buscar tu propia senda, aunque fuera lejos del chorro de agua que nos vio crecer a las dos.

—Tienes razón, madre, no fue fácil salir de nuestro nido y enfrentarme a un mundo diferente. Gracias por soltarme.

Finalmente, dirigió su mirada a Flor. Dos lágrimas rodaron por su rostro.

—Mi pequeña, te pareces tanto a mi abuela; tus manos son como las de ella, tiernas y sanadoras. 

Sacó de su morral un bolsito blanco de algodón bordado a mano y continuó diciendo:

—Te entrego las piedras sagradas, que representan los siete chacras, que tu bisabuela utilizaba para las curaciones y celebraciones espirituales. Ella encargó su custodia a mi madre. Después me la pasó a mí. Ahora te corresponde a ti seguir con el legado.

—¡Pero madre! —reaccionó Flor—, ¿no crees que es demasiado pronto para transferirme una responsabilidad tan grande como esta? No entiendo por qué nos hablas como si estuvieras despidiéndote. Algo estás ocultándonos.  

—Hija, cuanto más pronto, mejor. El tiempo pasa inexorablemente.

Se aclaró nuevamente la garganta. Atardecía; un vientecillo moderado alborotó las cabelleras de madre e hijas; fue pausa necesaria para que Sofía Isolina restaurara su voz. Con dificultad decretó:

—Hijas queridas, aunque el tiempo y la distancia nos separen, cada vez que cierren los ojos, recuerden siempre que sigo aquí, tomándolas de las manos. Y cuando alguien falte, cierren el espacio. Cuando una se aleje, tráiganla de regreso. No permitan que nada rompa el círculo sagrado.

Al finalizar, se sumergieron en el mar; el agua estaba fresca, les cubría hasta la cintura. Permanecieron en silencio con los rostros bañados en agua marina.

 

Después de Grecia, todas regresaron a sus hogares. Cuando Sofía Isolina llegó a su casa, lo primero que hizo fue sacar un pedazo de papel en blanco de su libreta de apuntes. Dibujó un círculo y en el centro escribió la S; lo dobló varias veces hasta reducirlo para que pudiera caber en un pequeño cofre que había comprado en Santorini.

Como todos los martes, Sofía Isolina salía muy temprano al jardín con la regadera; mientras echaba agua a las plantas, les hablaba y acariciaba como si fueran sus hijas. Esta vez no le salió la voz. Se aclaró la garganta una y otra vez, pero nada. Entró a la casa, tomó la libreta de apuntes, un esferográfico, la billetera y se fue caminando despacio, sin apuro, como si tuviera todo el día para llegar a emergencias del hospital.

Luego de varias revisiones. Le encontraron un tumor en la garganta en estado avanzado. No se asustó, se quedó muy tranquila. Escribió una nota y se la entregó a la enfermera.  La nota decía:

Flor, hija querida, ven al hospital; estoy en emergencias, algo le pasó a mi voz, pero no te alarmes, tampoco llames a tus hermanas.

Flor, antes de salir hacia el hospital, llamó a sus hermanas. No tardaron en llegar: Gabriela, Atenea y Priscila. Al día siguiente llegó Tatiana. Cuando estaban todas, formaron un círculo alrededor de la cama.

Una leve brisa abre la ventana de la habitación del hospital. Una golondrina curiosa se posa en el filo de la cornisa; Sofía Isolina, con una sonrisa en el rostro, mira a sus hijas, mientras el cofrecillo lentamente se iba desprendiendo de su mano derecha.