martes, 21 de julio de 2026

Cartas a Liverpool (II)

María Paz Navea Tolmos


Llegué temprano a casa aquella mañana. El jardín estaba húmedo por la llovizna y el aroma del té recién hecho se mezclaba con el de las rosas que ella insistía en cuidar incluso durante el invierno. Desde la sala, la voz melancólica de Carlos Gardel emergía de la gran bocina dorada del gramófono. Yo le había llevado aquel disco por curiosidad, recomendado por un colega argentino, y mi abuela terminó encariñándose con esa voz grave aunque no entendiera una palabra. Prefería el gramófono al radiorreceptor, que permanecía apagado desde que las noticias solo hablaban de las hambrunas en Estados Unidos o de los histéricos desfiles de ese tal Adolf en Alemania.

—¿Quieres galletas con té, querido? —preguntó apenas me vio entrar.

—No olvides el azúcar, abuela —dije, procurando que mi voz alcanzara la habitación contigua mientras terminaba de acomodar la mesa de la terraza.

Moviendo algunos papeles para hacer espacio, encontré una hoja escrita a mano: una oración por los difuntos seguida de una lista de nombres. Reconocí a algunas personas apenas de oídas; otras pertenecían a recuerdos lejanos de mi infancia. La mayoría habían sido amistades de mi abuela o familiares de los que hacía años no escuchaba hablar. Ignoraba incluso que muchos hubiesen muerto.

Fue la primera vez que comprendí que el tiempo avanzaba sin culpa ni remordimiento, llevándose partes de mi vida con la misma indiferencia con la que el invierno marchita un jardín.

—¿Qué te gustaría hacer hoy? —pregunté al escuchar sus pasos acercarse desde el interior de la casa.

Dejé los papeles sobre la mesa y retiré la silla para ayudarla a sentarse. La fragilidad de sus manos siempre conseguía llevarme al mismo recuerdo: los días posteriores a la muerte de mi abuelo. Él la había amado profundamente. Aun siendo niño, alcancé a notar que entre ellos existía una clase de amor sereno y absoluto que rara vez vuelve a encontrarse. Cuando murió yo tenía trece años y, desde entonces, mi abuela aprendió a convivir con una soledad que nunca terminó de reconocer en voz alta.

Mis padres vivían a poco más de una hora de Liverpool y yo continué con ellos algunos años más. Sin embargo, cuando ingresé a la universidad, les propuse mudarme definitivamente con mi abuela. La casa me quedaba mucho más cerca y, aunque ese fue el pretexto que utilicé, ambos sabíamos que la verdadera razón era otra: no quería que volviera a cenar sola.

Al principio temí que el ruido y el movimiento constante de la casa pudieran molestarle, pero pronto fue ella misma quien comenzó a pedirme que invitara a mis amigos. Así, el comedor se vio cada vez más invadido por mis compañeros de la universidad. Ella los recibía siempre del mismo modo: con el té listo y un arsenal de historias interminables que transformaban cualquier conversación cotidiana en algo memorable. Todos terminaban queriéndola como a su propia abuela.

—Mi querido Nicholas —dijo con una sonrisa cansada—, me gustaría escuchar alguna de tus maravillosas historias sobre esa investigación tuya. ¿Has tenido novedades? ¿Cuándo partirás al Perú?

—Abuela, ya hemos hablado de eso —respondí tomando asiento frente a ella—. No puedo dejarte aquí sola. Y sé bien que no quieres acompañarme. No cometeré la imprudencia de marcharme y dejarte atrás.

Ella soltó una pequeña risa, suave, casi resignada.

—Cariño, no puedes vivir atado a mí. Una mujer de ochenta y dos años como yo que apenas sigue el ritmo de sus propios días no puede seguir el ritmo de un joven como tú. Debes ampliar tus horizontes. El mundo no fue hecho para contemplarlo desde la misma ventana toda la vida.

Tomó su taza de té con ambas manos antes de continuar.

—Ve. Yo seguiré aquí, esperándote como siempre.

Sonreí apenas.

—Podría partir en un año. Sería un viaje breve; estaría de regreso antes de que empieces a cansarte de mis cartas. Y, sinceramente, no quisiera perder ni un segundo más sin conversar con la mujer más fascinante que he tenido el placer de conocer.

Le guiñé un ojo mientras le acercaba el plato de las galletas, haciéndola sonreír. Mi abuela sonrió con ternura.

—Siempre tan encantador, Nicholas. Sabes que voy a extrañarte, ¿verdad?

—Nos escribiremos como si el océano no existiera —respondí—. Te enviaré cartas, postales… te contaré sobre todo lo que encuentre en el camino.

Mi abuela y yo habíamos pasado juntos prácticamente toda la vida. Fue ella quien me crio en gran parte y, a diferencia de lo habitual, entre nosotros nunca existió esa distancia solemne que tantos consideraban apropiada.

Crecí viéndola atravesar la vida con una mezcla extraña de fortaleza y ligereza. De ella heredé valores, creencias y una manera particular de mirar el mundo: como si incluso los días más difíciles merecieran ser vividos con elegancia y sentido del humor.

Era una mujer de carácter fuerte y espíritu distraído, capaz de conversar durante horas con cualquiera que se cruzara en el jardín. La servidumbre la adoraba; a veces los escuchaba reír juntos desde el comedor mientras yo trabajaba en el estudio. Poseía esa extraña virtud de hacer sentir acompañada a cualquier persona que estuviera cerca de ella.

Me enseñó que la verdadera educación no tenía nada en común con esa distancia emocional que tantas familias inglesas confunden con la elegancia. Quizá por eso nunca entendí los matrimonios celebrados por conveniencia, tan frecuentes entre familias de nuestra posición. Siempre me parecieron acuerdos sensatos, pero profundamente tristes. Después de crecer viendo el cariño silencioso que mis abuelos se profesaban incluso en los días más difíciles, me resultaba imposible conformarme con menos. Si algún día llegaba a casarme, quería hacerlo por una razón tan irracional como el amor.

—¿Has sabido algo de la señorita, cariño? —preguntó mi abuela antes de llevarse la taza a los labios.

Negué suavemente con la cabeza.

—Aún no. Pero no he conseguido apartarla de mis pensamientos.

Mi abuela sonrió apenas, como si aquella respuesta no la sorprendiera en absoluto.

—¿Es tan hermosa como la recuerdas?

Solté una pequeña risa.

—Más peligrosa que hermosa, diría yo.

Ella arqueó una ceja con evidente diversión.

—Eso suena grave.

—Lo es —respondí—. La vi una sola vez y aun así recuerdo cada detalle con una precisión absurda. Sus ojos eran marrones, pero no del tono común; tenían algo inquietante, como si siempre estuviese pensando más de lo que decía. El viento no dejaba de moverle el sombrero y ella parecía demasiado tranquila para notarlo. Llevaba el cabello oscuro sobre los hombros y caminaba como si el resto del mundo no tuviera derecho a interrumpirla.

Mi abuela me observó en silencio unos segundos antes de sonreír de nuevo.

—Y tú pretendes convencerme de que no estás enamorado.

Aparté la mirada hacia el jardín.

—Ni siquiera conozco su nombre todavía. Arthur hubo de ganarse la memoria del conserje y la buena disposición de un viejo botones con algunas monedas. Al parecer, la discreción también tenía tarifa.

—Nicholas Whitmore pagando por información romántica… tu abuelo estaría encantado.

El desayuno terminó más rápido de lo esperado y poco después retomé mis asuntos de trabajo en el estudio. Desplegué los pesados planos del proyecto ferroviario sobre el escritorio de roble, rodeado por el olor a cuero viejo y tabaco de pipa que inundaba la habitación. Apenas había conseguido concentrarme, con la pluma suspendida sobre las anotaciones, cuando escuché voces retumbando en el suelo de madera del recibidor.

—¡Señorita Emma! —saludó un hombre con entusiasmo.

Reconocí la voz de inmediato. Era Arthur, uno de mis compañeros de trabajo, a quien había pedido que averiguara la identidad de la joven que había visto salir del hotel Adelphi aquella tarde.

Mi abuela apareció primero en la puerta, divertida. Detestaba que la llamaran señora, así que quienes la conocían desde hacía tiempo habían aprendido a concederle el gusto de tratarla como señorita, incluso a sus ochenta y dos años.

—Cariño —dijo apenas me vio—, tu amigo ha venido con noticias.

Arthur sonreía como quien acaba de descubrir un secreto importante.

—Creo que finalmente la encontramos.

Me puse de pie casi de inmediato.

—¿Sabes su nombre?

—María —respondió Arthur—. Es todo lo que logramos averiguar.

El nombre permaneció suspendido en mi cabeza unos segundos, como si necesitara tiempo para acomodarse dentro de mí.

Arthur continuó:

—Uno de los empleados del hotel recordó a la familia con la que se encontraba y nos proporcionó una forma de hacerle llegar correspondencia… aunque hay un pequeño inconveniente.

—¿Cuál?

—La señorita vive en Perú.

No pude evitar sonreír.

—Entonces la Providencia ha decidido divertirse conmigo —murmuré.

Arthur me miró confundido.

—¿Qué quieres decir?

—Mi próxima expedición es precisamente a Perú.

Desde el sillón, mi abuela dejó escapar una risa contenida, como si la vida le hubiera dado la razón.

—Parece que el destino está haciendo mucho más esfuerzo que tú para acercarte a esa muchacha.

Aparté la mirada, incapaz de contener del todo la emoción.

—Tal vez —admití—. Aunque empiezo a sospechar que debo prepararme muy bien antes de conocerla en persona.

Y dirigiéndome a mi amigo, agregué:

—Arthur, debo pedirte un último favor. Necesito saber más de ella. Sería desafortunado pasar el resto de mi vida preguntándome quién era aquella muchacha.

El sueño me fue esquivo esa noche. Intenté convencerme de que aquella señorita no era más que un pensamiento pasajero, una impresión exagerada por la distancia y el cansancio. Pero mientras más trataba de apartarla de mis pensamientos, con más claridad regresaba a ella.

Imaginé otra vez sus ojos, la serenidad inverosímil con la que caminaba, el modo en que el viento parecía empeñado en desordenar sus cabellos oscuros.

Desperté a la mañana siguiente cuando el sol aún no había aparecido. Tomé la pluma casi de inmediato y escribí una carta. Luego otra. Y otra más.

Deseché páginas enteras antes de encontrar las palabras correctas. Cada intento me parecía demasiado imprudente o poco honesto. Incluso para mí resultaba ilógico sentir semejante inquietud por una mujer a la que apenas había visto unos instantes. Releí la última carta varias veces antes de doblarla y al final la dejé sobre el escritorio, convencido de que enviarla sería una insensatez de la que tal vez terminaría arrepintiéndome.

—Ya vuelvo, abuela —anuncié apresurado antes de salir de casa.

Aquella mañana me dirigí a la firma donde trabajaba. Desde hacía meses insistían en que aceptara una nueva expedición comercial a Sudamérica. Al parecer, mis últimos informes habían resultado suficientemente exitosos como para convencer a los directivos de que yo era el hombre indicado para supervisar el proyecto en Perú.

En otras circunstancias, habría considerado aquella propuesta con la distancia profesional de siempre. Pero esa mañana, por primera vez, la palabra «Perú» comenzó a significar algo distinto.

Les pedí algo de tiempo para pensarlo. La idea de dejar sola a mi abuela seguía resonando con incomodidad en mi cabeza. En más de una ocasión pensé que todo habría sido más sencillo si los años no pesaran tanto sobre ella; me la habría llevado conmigo sin dudarlo un instante.

Entre reuniones, informes y diligencias de la firma, el resto del día terminó escapándose con rapidez. Ya entrada la noche, terminé en The Vines, un bar cercano al puerto, junto a Simon y Elias, dos grandes amigos de mis años universitarios, ajenos al mundo de la firma.

La conversación derivó inevitablemente hacia Sudamérica… y hacia María.

—Sigues pensando en la muchacha, ¿verdad? —preguntó Simon apenas el camarero dejó nuestras bebidas sobre la mesa.

No respondí de inmediato, lo que bastó para hacerlos reír.

—Nicholas Whitmore enamorado de una mujer a la que vio menos de un minuto —dijo Elias levantando su vaso—. Esto sí que no lo esperaba.

—No estoy enamorado —aseguré.

—Claro que no —respondió Simon con una sonrisa burlona—. Por eso estás considerando cruzar el océano entero.

Di un largo trago antes de apoyar el vaso sobre la mesa.

—Ni siquiera conozco su nombre completo.

Elias me observó unos segundos antes de encogerse de hombros.

—Entonces escríbele.

Solté una risa breve.

—¿Y qué se supone que debería decirle?: «Disculpe, señorita, creo haber perdido por completo la razón después de verla caminar por una plaza».

Los tres reímos.

—Dile exactamente eso —contestó Simon—. Las mujeres aman a los hombres honestos o a los auténticos idiotas. Aún no decidimos cuál de los dos eres.

Brindamos entre carcajadas y, conforme avanzaron los tragos, la idea comenzó a parecerme menos insensata. La carta original jamás llegó a abandonar mi escritorio; la consideré demasiado intensa. Sin embargo, aquella noche en el bar, pidiéndole al camarero una hoja de papel y un lápiz, terminé escribiendo casi sin pensar una segunda versión mucho más breve… aunque igual de imprudente. Elias insistió en acompañarme hasta la oficina postal, pero al llegar la encontramos cerrada, como era de esperarse.

—Entonces la enviaremos mañana —dijo, guardándose el sobre en el bolsillo del abrigo antes de que pudiera quitárselo.

A la mañana siguiente, con más vergüenza que valor, recuperé la carta de manos de Elias y caminamos juntos hasta la oficina postal cercana al puerto. El viento del río hacía difícil mantener el sombrero en su sitio. Miré el sobre varias veces mientras avanzábamos por las calles húmedas del puerto. Nunca Liverpool me había parecido tan grande ni el océano tan cercano. Recuerdo haber sostenido el sobre unos segundos antes de entregarlo, dudando hasta el último instante. Sé que tuve tiempo de arrepentirme, pero no lo hice.

Al llegar a casa, le conté todo a mi abuela. Entre todas las personas que conocía, ella siempre había sido la más sensata, así que esperaba un sermón considerable por haber enviado semejante carta bajo los efectos del whisky.

—Reconozco que es una imprudencia, abuela.

Sin embargo, apenas terminé de explicarle lo ocurrido, sonrió con una calma casi enternecida.

—El corazón tiene razones que la razón no entiende, cariño.

—Vaya, no sabía que andabas releyendo los Pensamientos de Pascal —mencioné, tomando un sorbo de té.

Aquella frase pareció absolverme más de lo que probablemente merecía. Aunque, eso sí, me pidió con bastante firmeza que la próxima vez intentara enamorarme con algo menos de alcohol en el organismo. Después guardó silencio unos segundos antes de añadir:

—Mi mayor miedo no es que te marches, Nicholas. Es partir algún día de este mundo sin haber conocido a la mujer capaz de hacerte tan feliz como tu abuelo me hizo a mí.

La miré sin saber muy bien qué responder.

—Te ruego que vayas al Perú, cariño. El mundo tiene cosas esperándote allá afuera.

Bajé la vista hacia mi taza de té.

—Lo pensaré, abuela… aunque quién sabe si esa muchacha siquiera responderá mi carta. Tal vez la encuentre desatinada. O peor aún, la deteste.

Ella soltó una pequeña risa.

—No pierdas la esperanza, corazón. Y no seas tan impaciente. Recuerda que las cartas tardan semanas en cruzar el océano.

Intenté escuchar su consejo y actuar con indiferencia los días siguientes, pero no me fue posible. Cada viernes, de forma religiosa, encontraba excusas ridículas para pasar cerca de la oficina postal. A veces fingía enviar documentos de la firma; otras, caminaba hasta el puerto con la incongruente esperanza de que una respuesta hubiese llegado antes de lo posible. Y aunque nunca recibiera nada, volvía a la semana siguiente.

Hasta que un lunes por la tarde encontré un sobre distinto esperándome sobre la mesa del recibidor. Mi abuela había pasado aquella mañana por la oficina postal y, al parecer, el encargado le informó que finalmente había llegado correspondencia para mí. Recuerdo haber sentido un nerviosismo absurdo al romper el sello:

Lima, enero de 1935

Mr Nicholas,

He recibido su carta con sorpresa y, he de admitir, con cierta curiosidad, no deja de intrigarme que alguien pueda describir con tal precisión unos ojos que, según afirma, no ha logrado olvidar. Me pregunto, entonces, si acaso me ha confundido con otra o si su memoria es más poética que fiel.

Si en efecto me ha visto, le ruego me ilumine: ¿en qué circunstancia ocurrió tal encuentro? ¿O ha decidido usted cortejar a una desconocida por el mero placer de la aventura?

Le advierto que mi carácter es menos romántico que curioso, y antes de permitirle cortejarme como corresponde, quisiera poder conocerlo un poco más.

Atentamente,
María.

Leí aquellas líneas una vez. Luego otra. Y otra más. Nunca nadie me había escrito de aquella manera.

Había inteligencia en sus palabras, pero también ironía. Prudencia y curiosidad conviviendo en la misma página. Era como conversar con alguien capaz de observar el mundo desde un lugar completamente distinto al mío y, aun así, comprenderme con una facilidad inquietante.

Sin embargo, por primera vez, una duda comenzó a abrirse paso entre mi entusiasmo. ¿Y si la mujer que existía en aquellas cartas no era la misma que yo había imaginado durante todos esos meses? Me avergonzaba reconocerlo, pero empezaba a temer tanto descubrir que me había equivocado como no llegar a conocerla nunca.

Después de recibir su segunda carta entendí el verdadero peligro de todo aquello: haría lo que fuera necesario por conocer a la autora de aquellas líneas.

No de la manera superficial en que suelen conocerse las personas en cenas o reuniones elegantes, sino conocerla de verdad. Descubrir qué libros leía, cómo sonaba su risa, qué clase de pensamientos habitaban una mente capaz de escribir así.

Las cartas me habían permitido acercarme a ella, pero aún sabía demasiado poco sobre la mujer que las escribía. Ni siquiera conocía su nombre completo. Antes de cruzar el océano y presentarme ante su puerta, necesitaba averiguar al menos eso. Después tendría que tomar la decisión más importante: aceptar la expedición al Perú.

Regresé a casa y encontré a mi abuela en el jardín, leyendo junto a las rosas como hacía casi todas las tardes. Permanecí observándola unos segundos en silencio, preguntándome cuánto de mi vida había estado siempre ligado a ella.

—Ya tomaste una decisión, ¿verdad? —preguntó sin apartar la vista del libro.

Negué con la cabeza, divertido.

—¿Es tan evidente?

Ella levantó finalmente la mirada hacia mí.

—Te crie, Nicholas. Conozco a la perfección cómo luces cuando algo importante ya ocurrió dentro de tu cabeza, aunque todavía intentes convencerte de lo contrario.

Tomé asiento junto a ella.

—Tengo miedo de dejarte sola.

Mi abuela sonrió con una ternura que me resultó insoportable.

—Cariño, las personas que se aman no dejan de acompañarse solo porque exista un océano de por medio.

Guardé silencio unos segundos.

—¿Y si todo esto resulta una tontería? Apenas la conozco.

—Entonces al menos tendrás una historia maravillosa para contarme cuando regreses.

No pude evitar reír y ella tomó mi mano con suavidad.

—Ve al Perú, Nicholas. No muchos tienen oportunidades así en la vida como para dejarlas pasar por miedo.

Esa noche pensé de más en las palabras de mi abuela. Permanecí despierto más tiempo del habitual, observando desde la ventana cómo la lluvia comenzaba a cubrir con lentitud el jardín. Quizá tenía razón. Tal vez algunas decisiones no llegan para ser comprendidas del todo, sino simplemente tomadas.

A la mañana siguiente me puse en marcha. Arthur había conseguido, por fin, confirmar la identidad de la joven gracias a uno de los empleados del hotel Adelphi, y fue entonces cuando conocí su nombre completo. Con aquella última certeza en mis manos, antes de que terminara la tarde comuniqué a los directivos de la firma que aceptaría la expedición al Perú.

Mis superiores parecieron más satisfechos de lo que esperaba; llevaban meses intentando convencerme de supervisar el proyecto ferroviario en Perú y, hasta entonces, yo siempre había encontrado alguna excusa razonable para rechazarlo.

—Excelente decisión, Mr. Whitmore —dijo Mr. Ashford mientras cerraba la carpeta frente a él—. Partiremos hacia el Perú en diciembre. Le recomiendo empezar a prepararse desde ahora; permaneceremos allá varios meses.

Mientras abandonaba el despacho de Mr. Ashford comencé a considerar que, tal vez, y solo tal vez, un océano entero era un obstáculo ridículamente pequeño.

lunes, 13 de julio de 2026

La otra pandemia

Moisés Panduro


La organización Cornudos de Santa Bárbara (CSB) contaba con sede propia, estatutos registrados ante el gobierno provincial y reconocimiento oficial de la alcaldía. De hecho, gozaba de un merecido prestigio en la vida pública santabarbarense por su labor integradora, altruista y redentora.

Desde hacía once años, los infortunados que atravesaban la amarga experiencia de la infidelidad encontraban allí una mano generosa que los ayudaba a transitar los tormentosos senderos de la decepción, la amargura, la soledad y el dolor; causados por los devaneos de las hijas de Eva.

Su líder era el gran maestro Enderson Loja, quien fundó la organización tras superar el remezón que sufrió al descubrir a su mujer haciendo el amor con su compadre.

Una tarde cualquiera, Enderson realizaba unas soldaduras complejas en el astillero de río Grande, aguas abajo de Santa Bárbara. El sonido de las sierras eléctricas cortando metales se mezclaba con el olor fétido del barro del muelle mientras los ferris empezaban a encender sus luces antes de la lluvia.

Cerca de las cinco recibió una videollamada.

—Hola, mi reyecito. ¿A qué hora retornas? —preguntó su mujer con dulzura infinita.

—Mi reina, lamento decirte que no retornaré hoy a casa. Quieren estas estructuras para mañana a primera hora. Tendré que trabajar toda la noche.

—Bebecito, no me hagas eso, por favor —suplicó.

Enderson se dio cuenta de que su mujer miraba los alrededores del muelle con acuciosidad. «Pobrecita, está celosa, quiere asegurarse de que estoy en el trabajo», se dijo. Así que hizo un paneo lento para que ella pueda visualizar mejor el lugar.

—Cariño, te pido comprender mi trabajo, serán unas horas nada más, luego tomaré el primer ferri que salga a Santa Bárbara y estaré contigo a la hora del desayuno.

—Compréndeme tú, mi peluchito, yo te extraño así sea media hora que no estés conmigo en la cama —gimió, al borde del llanto.

«La traigo loca. Una noche que no duerma conmigo y se quiere morir», murmuró Enderson, halagado por el tamaño del amor de su mujer.

A unos minutos de la videollamada, su jefe llegó molesto al astillero y ordenó suspender el trabajo. Había tenido un desacuerdo con el contratante.

Miró su reloj y se dio cuenta de que estaba a tiempo de retornar. El último ferri del día con destino a Santa Bárbara salía a las seis de la tarde. Decidió no avisar a su mujer. «Quiero sorprenderla y gozar con su carita de felicidad cuando me vea llegar. Seguro que se lanzará a mi cuello, me abrazará con sus piernas y me susurrará excitada que vayamos a la cama, que quiere su postre», sonrió con malicia.

Tres horas más tarde, Enderson abrió la puerta de su casa, prendió la luz y recibió un mazazo: ahí desnuda, retorciéndose en la nueva cheslón de la sala, profiriendo grititos lujuriosos y con los pies apuntando al techo, su mujer se deleitaba con el postre de otro repostero.   

Sintió que un rayo partía su pecho. Su corazón se detuvo. Se quedó sin aire, pero, en medio del nubarrón que cubrió su mente, una pizca de decoro le hizo entender que ahí no tenía sitio nunca más: otro pájaro cantaba ya en su nido de amor. No reclamó, no discutió, no lloró. Acababa de morir en vida. Tomó lo que cabía en una mochila: un par de jeans, zapatillas, unos cuantos calzoncillos y polos camiseros.

Dicen que cuando un amor muere por traición, lo que duele no es la muerte sino el duelo. Los recuerdos atormentan el alma sin clemencia, los sueños truncados arrasan con la fe. Un engaño echa montañas de tierra encima de lo que fuiste o creíste ser.

Durante las semanas siguientes, Enderson dejó de comer y comenzó a faltar al trabajo. El dueño del astillero terminó por prescindir de sus servicios.

«Encontrarla ahí, amontonada con mi compadre, me dejó en estado de shock. Recién iba a pagar la primera cuota de la cheslón y ella ya la había estrenado», contaba a sus pocos amigos, mientras deambulaba, penitente, cargando su frustración y vergüenza.

Un día, cuando apenas tres monedas se movían en su bolsillo, decidió desaparecer de la bulliciosa ciudad y refugiarse en la chacra que una tía materna tenía establecida en la margen derecha de un pequeño río, tributario del río Grande.

Pasó un año. Hacía labores en la chacra, pero se mantenía ido, parco, apenas pasaba la comida. Al ver que seguía consumiéndose en su infierno de sombra y silencio, su tía consultó a unas amigas. «Ese es mal de aire, lo que tu sobrino necesita es que le saquen ese mal aire, y eso solo hacen los brujos, doña Chabuquita. Por aquí hay uno buenazo».

El siguiente sábado, al atardecer, Enderson, su tía y un primo, tomaron una canoa y bajaron hasta una entrada en la orilla derecha del pequeño río. Desde allí, caminaron hacia una cabaña enclavada en la profundidad del bosque por cuyo techo emergía un espeso humo que se mezclaba con la neblina de la lluvia de la tarde.

La casa de Noé Arcentales tenía una cubierta circular de hojas de palma y se elevaba dos metros por encima del suelo sostenido sobre columnas de madera. Las paredes y el piso también eran de madera aserrada. Por una corta escalera se ascendía a un amplio espacio que hacía de sala de espera.

Al lado izquierdo, un pasadizo llevaba hacia la parte posterior de la cabaña donde había mesas, sillas, armarios y tres cocinas de leña dispuestas en hilera. Ahí preparaban y se servían sus alimentos las familias que acompañaban a sus parientes. Al lado derecho, otro pasadizo conducía a cinco dormitorios. Entre ambos pasadizos había tres recintos. El primero era un consultorio con un aroma penetrante de herbario. El siguiente, al que se accedía pasando una densa cortina hecha con escamas de paiche, huesos de animales, frutas y semillas secas de la floresta, era la sala de tratamiento. Y en el último había hamacas y colchones duros para el reposo de pacientes.

Esa noche, en su consultorio, alumbrado por mecheros, el doctor en ciencias arcanas le pidió que no se guardara nada, que «vomitara todo». Cada hecho, recuerdo o mención que Enderson desembuchaba recibía un largo «Uh-hum» comprensivo de Noé Arcentales.

Cerca de la medianoche, el brujo ya tenía su diagnóstico: «Trastorno córnico crónico, ese es el mal de tu sobrino».

Mientras su tía recibía indicaciones, un ayudante guio a Enderson a la sala de tratamiento donde el doctor le dio a beber un brebaje preparado con la esencia de una liana silvestre. Cuando Enderson empezó a sacudirse como si tuviera escalofrío, Noé Arcentales le indicó que se tendiera boca arriba en el centro de un círculo trazado con una sustancia de color bermellón de olor fuerte, acre y terroso.

El brujo se sentó a su lado, y por un par de horas se mantuvo soplando sobre su cabeza y su pecho el humo abundante y espeso de un inacabable cigarro mapacho, a la vez que vocalizaba cánticos en un lenguaje inentendible.

Cerca de las tres de la mañana, Enderson vomitó una copiosa y flemosa sustancia parduzca. Literalmente, botó sus vísceras hasta quedar exhausto.  

Al cabo de seis sesiones, el desdichado recuperó sus ganas de vivir, aunque ya no era el tipo jovial, dicharachero y pícaro que creció en un barrio urbano de Santa Bárbara. Ahora era un hombre de pocas palabras, pragmático, reflexivo, afable. La barba que le había crecido consolidaba su nueva apariencia.

Una tarde, sentado en una vieja silla de madera en el porche de la casa de su tía, mirando las copas de los árboles y bebiendo cerveza, escuchó en la radio el relato de otro engañado repitiendo entre lágrimas una historia casi idéntica a la suya.

Dejó el vaso sobre la mesa, se levantó y caminó por el patio, despacio. «Si Adán descuidó a Eva dos minutos y ella pecó, cómo una hija suya no iba a pecar contra mí, un simple mortal que trabajaba doce horas seguidas».

Se detuvo un instante, miró hacia el cielo. A su memoria vino la figura de un esposo fiel, cortés y amoroso, encima de futbolista guapo, famoso y con plata a montones que fue víctima de infidelidad. Apoyó su barbilla en la mano, descansando el codo derecho sobre su puño izquierdo. «Es el mismo patrón», pensó.

Un shansho graznó en una rama. En su cerebro se hizo la luz. Entendió que su tragedia no era individual, sino colectiva. Retornó al porche. Se sirvió un vaso más.

«La infidelidad femenina es natural, inexorable, está atrapada en los genes, pero tiene compuertas. Siendo así, toda acción debería centrarse en la mitigación de sus causas, y toda sanación en la adaptación a sus efectos», concluyó.

Fue, entonces, que Enderson resolvió retornar. Tenía una idea fija.

 

Santa Bárbara seguía siendo la ciudad jaranera de siempre, pese a que sus primeros habitantes tuvieron el santoral en la mano cuando la fundaron. Si hubieran tomado en cuenta la geografía le habrían puesto de nombre: Entreríos por los tres ríos que escoltaban su silueta espigada y caderona.

El clima tropical no ayudaba al propósito de sus fundadores. Los santabarbarenses eran amigueros, divertidos y juergueros. Las mujeres, en cambio, eran recatadas y tenían fama de fieles, pero algo había estado afectando su comportamiento desde hacía unos quince años.

Enderson consiguió que un amigo le diera hospicio. Investigó casos, contactó con otros engañados, elaboró un padrón y un directorio, definió una agenda, los reunió y los organizó en células de resistencia. Y así, entre propuestas de ayuda mutua y arengas contra la infidelidad, surgió Cornudos de Santa Bárbara. Su bandera flameaba en las más bravas trincheras de la masculinidad santabarbarense.

Las asambleas presenciales y virtuales eran masivas. Su popularidad crecía como espuma. El acompañamiento redentor y la obra de bien a favor del mundo córnico eran premiados con un militante caudal de pulgares hacia arriba.

Enderson Loja era el líder indiscutible, un gurú salido del bosque, mahatma de la liberación del engañado. El estatuto de CSB obligaba a la renovación de su cuadro directivo cada año, pero eso importaba poco: sus seguidores le forzaban a reelegirse. Ese año iba ya por su décimo primer periodo consecutivo.

El prestigio de CSB había traspasado fronteras. En su galería de socios honorarios figuraban, entre otros: Charles Bergham, príncipe de un antiguo imperio europeo que se comprometió a financiar la organización con un apreciable torrente de libras esterlinas, luego de ganar el divorcio a su esposa que tempranamente había sacado los pies del plato.

Por si fuera poco, Tetinho Leite, una leyenda del fútbol mundial que tuvo que reinventarse para entender por qué su amada prefirió el palo de béisbol de su nuevo novio y no la pelota de fútbol de su marido, estaba encantado. Propuso la realización de un partido de exhibición entre la selección córnica del resto del mundo y la de Santa Bárbara.

En esos días, la esposa de Bruno Morgan, director ejecutivo del imperio financiero más poderoso de la era global, había sido sorprendida con su amante durante un concierto del celebérrimo grupo Cockeplay. De inmediato, Bruno Morgan anunció su visita a la ciudad en cuanto su apretadísima agenda se lo permitiera.

No eran los únicos donantes. Las historias que se compartían en redes movían muchas cuentas, lo que explicaba la capacidad financiera de CSB para atender la enorme demanda de usuarios que ingresaban tras una rigurosa evaluación en la que la puntuación medular provenía de recortes de mensajes, fotografías y videos debidamente peritados como pruebas fehacientes de engaño y daño.

Esta valoración quedaba a cargo de la unidad de inteligencia de la CSB en la que colaboraban altos oficiales de la policía. «Aquí no se ingresa solo por un simple relato. El requisito imprescindible es ser un hombre auténticamente engañado», explicaba el director de asistencia social.

El triaje que determinaba la gravedad de los casos empezaba con una entrevista donde los especialistas de CSB se esforzaban en captar los primeros síntomas del mal.

«Cuando a uno le sacan la vuelta, se vuelve un sonso, pierdes tu viveza, tu alegría. Te entra una saladera brutal: buscas trabajo y no lo encuentras, y si lo tienes, te botan o te ocurren cosas raras. Si eres taxista, se te pincha una llanta, la parchas, y a unos metros se te vuelve a pinchar. Si eres carpintero te caes de la escalera o te machucas el dedo con el martillo repetidamente. Esos son indicios de que ya te están clavando la estaca», declaraba Rogelio Santos, psicólogo del CSB con un doctorado en detección temprana del síndrome córnico.

Otras señales, según el director de semántica léxica de CSB, se vinculaban con ciertos cambios en la capacidad comunicativa de las mujeres. «No sé qué le pasa a mi señora, le hablo y no me oye, le digo que quiero hacer el amor y le duele hasta su pelo, se va al baño con su celular y se demora una hora; no me llama de mi nombre, ahora me dice: mi bebito».

«Te van a decir mi bebito, mi preciosito, mi gordito, mi trompita u otro término cariñoso que, por lo general, es lo mismo que le dicen al otro o a los otros. Las mujeres son en extremo inteligentes, han encontrado la fórmula para no confundirse», abundaba Santos.

Por otro lado, a fin de tamizar los casos, CSB implementó un centro de orientación para quienes despertaban de un sueño con más dudas que deudas. En un consultorio lleno de estampas, mapas climáticos y frascos con hierbas secas, el doctor en ciencias arcanas, Merlín Restrepo, escuchaba a un usuario con una libreta en la mano.

«Antes, cuando te iban a sacar la vuelta soñabas: espejo, cuchillo, policía, vidrio chancado, serpiente, candela, pero ahora con el cambio climático todo eso significa lluvia», le explicaba una mañana el doctor al paciente de turno.

Un ejemplo del trabajo integrado de CSB lo resume el caso de un usuario que un día llegó angustiado. Había soñado que era perseguido por una boa de cien metros, lo que le hizo sospechar que su mujer no iba a jugar bingo a la casa de su madre.  

Restrepo notó que luego de la visita del mortificado sujeto llovió a cántaros durante tres días, contrariando el pronóstico del servicio de meteorología de Santa Bárbara. Ya había ocurrido varias veces. «Es una prueba de que en nuestro tiempo soñar serpientes está relacionado con el cambio climático», concluyó.

Pese a la evidencia, el usuario no estaba convencido.

Entonces, se recurrió al archivo secreto de CSB. Al revisar el material, los especialistas comprobaron que la mujer de las imágenes no era su esposa, sino otra fémina, extraordinariamente parecida a ella, amante del dueño de una orquesta. «Si el hombre hubiera dado crédito a su sueño, no me imagino el lío que habría armado a su esposa que es parte de ese cinco por ciento de mujeres fieles que todavía quedan en Santa Bárbara», dijo el especialista.

CSB no solo aclaraba las dudas existenciales de los machos de Santa Bárbara. También les brindaba ayuda dineraria durante la etapa transicional de su sanación hasta su redención. «No queremos que nadie pase por las vicisitudes que padeció nuestro guía Enderson Loja, por eso hemos creado Cornocard, una tarjeta de consumo con límites renovables según la evolución sanatoria de nuestros beneficiarios», indicaba el director de tesorería de CSB.

Era tal la reputación de CSB que se había vuelto imposible explicar la vida en Santa Bárbara si uno no hacía alguna referencia a su poderío institucional.

 

Desde hacía semanas, Santa Bárbara amanecía con nuevos rumores. En los mercados, en los ferris, en las obras de construcción y hasta en las misas de domingo, cada vez con más frecuencia, aparecían hombres contando que sus mujeres ya no los llamaban por sus nombres.

En un primer momento, Enderson creyó que se trataba de casos aislados, pero, a medida que pasaba el tiempo, la cosa iba pintando diferente.

La situación hizo que el periodismo santabarbarense, de cuya mesura y profesionalismo nadie dudaba, se pusiera las pilas. Los noticieros de radios y canales, las páginas de los periódicos y las redes sociales se inundaban de casos que indicaban un aumento despiadado de la infidelidad femenina.

Un caso emblemático era el de Melton Messina, proveedor del Estado, cuya jerarquía de macho alfa de lomo plateado había sido vulnerada de forma por demás degradante. Messina se vanagloriaba de haberse acostado con trescientas treinta y dos mujeres, sin haberle dado hijos a ninguna. Un récord.

Tenía cuarenta años cuando se casó con su mujer, Yesabella Calvo, una bella maestra de escuela, dieciocho años menor que él. Empero, ni el matrimonio había logrado controlar sus arrebatos donjuanescos.

Entre trago y trago, contaba detalles íntimos de sus encuentros: lunares junto al vello púbico, pezones negros como aceitunas, hímenes que parecían tener dientes, clítoris erectos y otras intimidades que nadie le pedía conocer.

Sin embargo, nada dura para siempre. Messina cayó en desgracia cuando fue inhabilitado para participar en contratos públicos debido a prácticas corruptas. Urgida por la escasez económica y por sus dos niños, Yesabella consiguió un trabajo en una comunidad indígena. Regresaba cada fin de mes a Santa Bárbara, a estar con su esposo, cobrar su sueldo y comprar víveres.

Al tercer año, notó algo raro. Yesabella empezó a llamarle: «nerito». Compraba jeans, zapatillas y polos de marca para varón que no tenían a él de destinatario.

En su último viaje a la comunidad, ella no llevó a los niños. A fin de mes no regresó. Fue entonces que Messina recibió una carta: «Espero que hagas tu vida, no siento ya nada por ti, estoy con un hombre que me llena toda».

El reportero radial que fue a entrevistarlo narró que le encontró de rodillas y con las manos en señal de rezo ante una imagen religiosa, pidiendo entre sollozos que Yesabella regrese a casa.

La petición estaba lejos de ser atendida. Su esposa ya vivía una ardiente segunda juventud con un joven de veinte años que, según se supo, era el primogénito del jefe de la comunidad.

—¿Habrá algo que CSB pueda hacer a favor del afectado? —preguntó el periodista a Enderson que esa mañana había sido invitado a la cabina de radio para tratar el tema.

—Vamos a contactar con él. Luego, nuestros especialistas establecerán el protocolo a aplicar, aunque yo creo que…

—¿Cree qué, señor…?

—Vea usted, amigo. Que una mujer de cuarenta años, con tres hijos y doce años de convivencia, se convierta en la pradera incendiada de un muchacho no es una cuestión de lascivia, locura o dinero. Aquí lo que hay es una tenebrosa intervención…

—¿Tenebrosa intervención…?

—Cuando la estaca ha sido clavada con ayuda de fuerzas oscuras, sacarla ya no es tarea de las artes de este mundo. —Se tomó la barba con aire calmado y filosófico.

La cabina quedó en silencio por un par de segundos.

—Tradúzcalo, por favor —insistió el periodista, absorto ante la insondable metáfora.

«¿Cómo le explico?», se rascó la cabeza Enderson.

—Lo que quiero decir es que en este caso vamos a requerir un brujo, mi estimado amigo.

«¡Ay, Messina, tú que exigías el título de campeón peso pesado de los machos del planeta, ¿no pudiste ver que ya tenías una descomunal rama creciéndote en la testa?!», preguntó en voz alta doña Leíta, oyente de la radio, que a esa hora servía el desayuno a sus hijos.

 

Ese jueves, Santa Bárbara amaneció alborotada y anegada por una lluvia que ya duraba varios días. En una entrevista en vivo para la televisión, Enderson Loja declaraba que en el padrón de CSB se habían registrado cifras espectaculares. La infidelidad femenina estaba destruyendo miles de vidas.

—¿Qué es lo que está ocurriendo, presidente?

Hay una pandemia de la arrechura cuyas causas desconocemos pese a los esfuerzos de nuestros científicos sociales —admitió Enderson Loja.

—¡Pero lo que sea que está ocurriendo ataca sólo a esposas, convivientes, novias y enamoradas!

—Es probable que los chinos estén espolvoreando en las nubes algún virus que al encontrarse con los iones negativos de las gotas de lluvia afecta de manera grave y persistente el gen de la lealtad de nuestras mujeres…

—¿Qué medidas va a tomar CSB frente a esta pandemia…?

Antes de que Enderson Loja pudiera responder, el periodista mostró la pantalla de su celular: el portal de CSB había colapsado los servidores. Sólo en los últimos diez minutos se habían registrado ciento cuarenta y siete mil nuevos usuarios contando únicamente los nacionales.

Enderson observó los números en silencio, y mientras el periodista, con tono desesperado, le reiteraba que declarase qué medidas se tomarían para enfrentar tamaña catástrofe, el líder de CSB miró, a través de la ventana, la lluvia que seguía cayendo sobre Santa Bárbara por décimo día consecutivo y, con la ecuanimidad del hombre salido del bosque que ha visto cosas peores, respondió:

—Vamos a necesitar miles de brujos.

No te gires

Karla Fernanda García Oropeza


El reloj de la cocina marcaba la medianoche. En el silencio de la casa, el zumbido del refrigerador se incrustaba en mis oídos con una insistencia casi dolorosa. Sostenía la taza de té mientras clavaba la mirada en el cristal del comedor que solo me devolvía mi propio reflejo pálido. Justo cuando iba a dar el primer sorbo, la pantalla del monitor de bebé se encendió, inundando el vidrio con una luz azul.

Me quedé observando con la taza a medio camino de los labios. En la pequeña pantalla, la habitación de mi hija aparecía en ese tono grisáceo y fantasmal de la visión nocturna.

Al principio solo vi lo de siempre: las líneas perfectas de la cuna de madera y el bultito blanco de sus cobijas subiendo y bajando. Después el altavoz del monitor emitió una respiración profunda y ajena, que no venía de los pulmones de una bebé.

Me obligué a respirar. Dos meses sin dormir bien; era lógico que la mente empezara a jugármelas.

Acerqué la pantalla a mis ojos, ignorando el sudor frío que empezaba a mojar mi cuello. Los pixeles grises del monitor parpadearon dos veces y la imagen se distorsionó, creando un rastro de estática justo al lado de la cuna.

Quise creer que era un error de la cámara, pero la estática comenzó a moldearse. En la toma se formó primero una mancha gris, casi imperceptible. Luego distinguí una silueta. Tenía la cabeza enfundada en un casco de moto. Poco después mi corazón golpeó contra mis costillas cuando comenzó a inclinarse sobre mi hija en un ángulo que desafiaba la gravedad, como si su columna estuviera partida.

El indicador de volumen se disparó, encendiendo tres luces rojas de alerta. Entonces, desde la bocina, surgió una voz ronca y profunda, demasiado lenta, como si cada sílaba le costara un esfuerzo enorme: «Des… pier… ta… be… bé».

Solté la taza, que estalló contra el suelo. Corrí y subí las escaleras de tres en tres tropezando en la oscuridad, con la garganta tan apretada que no podía gritar aunque hubiera querido.  

Empujé la puerta del cuarto de la bebé y encendí la luz con un golpe desesperado en el interruptor. El olor a asfalto quemado y gasolina inundaba la habitación, pero todo estaba impecable, en perfecto orden. Corrí hacia la cuna y me asomé sobre el barandal con los brazos temblándome: ahí estaba mi preciosa hija aún durmiendo. De pronto vibró mi celular dentro del bolsillo derecho de mis jeans, lo tomé rápido y contesté sin mirar quién me llamaba.

—Sí, bueno.

—Hola, cariño —me dijo Manuel, mi esposo, llorando.

—Amor, ¿dónde estás? Dijiste que llegarías a las ocho, antes que Diana. Ya pasó la medianoche. Y ella tampoco vino.

—Ay, amor… —sollozaba inconsolable—. Hubo un accidente. Diana… la trajo una ambulancia mientras yo estaba en cirugía. Una camioneta, amor. Iba en su moto… la metieron directo a quirófano…

—¿Y cómo está…?

—Murió —me dijo ahogando un grito.

Se me nubló la vista, dejé caer el celular y un zumbido me recordó que aún sostenía el monitor. Bajé la mirada hacia la pantalla. Como había encendido la luz del cuarto, la cámara transmitía ahora a color y pude apreciar mejor la silueta, era la de una mujer. Estaba de pie, justo a mi espalda. Entonces se quitó el casco y su cabello enredado cayó sobre su rostro.

El aire del cuarto se congeló al instante. No me atreví a girar la cabeza; sabía que, si me daba la vuelta, ella estaría detrás de mí y dejaría de existir solo en la pantalla. Desplacé los ojos una última vez hacia el monitor en mi mano. Ahora tenía el rostro descubierto. El maxilar se veía destrozado, no podía cerrar la boca; su mandíbula colgaba inerte, revelando una hilera de dientes astillados. Su ojo izquierdo estaba completamente cerrado con el párpado negro y su nariz, o lo que quedaba de ella, estaba desviada hacia el lado derecho de su cara raspada y ensangrentada.

La pantalla parpadeó, emitió un pitido agudo de batería baja y se apagó. Saqué a mi bebé de la cuna y, sin volver la cabeza, salí corriendo de la habitación.

Jamás le comenté lo ocurrido a Manuel; estoy segura de que se hubiera disgustado mucho conmigo. Diana y él eran mejores amigos desde niños. Tampoco quise acompañarlo al velorio ni al entierro. Siempre sentí celos de ella, a pesar de que Manuel me juraba que ambos se querían como si fueran hermanos. Por eso le puse tantos pretextos para evitar que Diana conociera a mi hija, hasta que se me terminaron.

Durante una semana me quedé con mi hija en casa de mi madre. Después de lo sucedido no podría quedarme yo sola con la bebé. Pero anoche Manuel me llamó y me dijo que se sentía muy solo. Así que hoy al cumplirse siete días de la muerte de Diana, regresamos a nuestro hogar.

Mi esposo acaba de escribirme: llegará tarde porque atiende a una paciente en trabajo de parto.

Estoy en la habitación de mi bebé, observando, en la penumbra de la luz de la luna que entra por la ventana, lo dulce que se ve durmiendo. Tal vez Diana solo vino a conocerla. Quizá no. Desde aquella madrugada, cada vez que el monitor se prende, temo oír de nuevo esa respiración.

Ahora, en medio del silencio, una luz azul proyectada en la pared me indica que acaba de encenderse a mi espalda.

«No te gires», me digo.

jueves, 9 de julio de 2026

La hija de porcelana

Alejandra Cantarero Concha


A pesar de encontrarse a inicios de su embarazo, Verónica estaba disfrutando del viaje. Visitar México era un sueño de la infancia. Ernesto quiso hacerlo realidad ahora que esperaban su primer bebé. Mientras él dormía a su lado en el avión, Verónica puso las manos sobre su vientre y pensó: «Gracias, abueli».

Con los ojos entrecerrados y sin poder evitar que se elevaran sus comisuras, volvió a sus ocho años en el taller de la abuela. La primera vez que le permitió entrar, quedó maravillada por las muñecas. Decenas de ojos que la miraban desde las estanterías, trajecitos de distintas épocas. Tan suaves como pétalos de rosa. Polvo de porcelana flotando en el aire y el aroma, una mezcla de acrílicos y canela. Todo en casa de la abuela olía a canela: las galletas, el té, la leche.

Fue aquel día cuando dio los primeros pasos en restauración. Más adelante compartiría tardes enteras con la abueli repintando mejillas, remendando trajes, cosiendo encajes. Siempre con una buena historia. Cuentos que hablaban de muñecos malditos, leyendas paranormales de juguetes. Sus favoritas eran la del pueblo de Nagoro en Japón, la muñeca Robert y, por supuesto, la de la isla de las muñecas en México. 

Los primeros días en la capital mexicana fueron intensos. Como restauradora de muñecas, tenía un especial interés en el arte vernáculo de la zona. Las muñecas de trapo mexicanas poseían una historia propia. Buscaba una en especial, que representaba un bebé, la primera de la colección que iniciaría con su hija. Ernesto, desde que supo del embarazo, estaba muy complaciente; no se quejó por recorrer múltiples mercados y ferias artesanales en busca de alguna muñequita.

Les tomó cuatro años concebir. Lo habían intentado todo. Y, casi como un milagro, cuando comenzaron con los trámites de adopción, Verónica se embarazó. Ambos estaban dichosos. Su marido se volvió más atento. Preocupado por cada expresión facial, por cada cosa que comía o bebía. El embarazo iba bien, los médicos habían dicho que podía viajar sin problemas, el embrión estaba bien implantado, con desarrollo normal. Apenas había tenido náuseas, solo el primer mes.

Después de visitar museos, catedrales y la majestuosa Teotihuacán, Verónica le reveló a Ernesto su verdadero interés: La isla de las muñecas. Omitió la leyenda; si hablaba de espíritus, niñas ahogadas y muñecas como ofrendas, Ernesto frunciría el ceño y no se acercaría a la isla. Su esposo detestaba cualquier cosa que oliera a «sobrenatural».

Llegaron a la isla en una trajinera que partió del embarcadero de Cuemanco. Un barquito ancho, pintado en azul eléctrico y amarillo vibrante, decorado con guirnaldas de flores que se sacudían con el vaivén del agua. Arriba se respiraba festejo; los mariachis llenaban de música los canales y el aroma a maíz tostado lo envolvía todo. Ernesto disfrutaba un típico elote con chili; Verónica tomaba una limonada tras otra.

Al descender en la isla, el guía bajó la voz y les contó que Julián Santana Barrera se había establecido en aquella chinampa en la década de los años cincuenta. Desde entonces se rumoreaba que había encontrado una niña ahogada; otros decían que él la había ahogado. El espíritu de la niña empezó a echar a perder los cultivos y ahuyentar a los visitantes. Ernesto miró a Verónica levantando las cejas; ella respondió con una sonrisa pícara. El guía agregó que, para mantenerla lejos, Julián comenzó a colgar muñecas en los árboles; con el tiempo, la isla se llenó de ellas.

Verónica tuvo que tirar de su marido y así iniciaron el paseo entre los árboles, mientras el aire parecía vibrar con vida propia. Las muñecas colgaban de ramas y cuerdas, balanceándose suavemente, algunas con ojos de vidrio que brillaban como diminutas linternas. Otras con mejillas agrietadas y cabellos enmarañados que les rozaban la piel al pasar. El aroma era un caos: madera, tela antigua, polvo y agua estancada. Cada paso crujía sobre hojas secas y ramas quebradizas, mezclándose con un murmullo extraño: el roce de las muñecas entre sí, risas lejanas y pequeños golpes de porcelana que tintineaban como campanillas olvidadas.

A cada instante descubrían nuevos detalles: vestidos diminutos remendados con cuidado, ojos de vidrio partidos. Verónica quería tocar la porcelana fría, rozar el trapo suave de un vestido. Cada sensación la llenaba de un éxtasis extraño: miedo, curiosidad, fascinación. La isla parecía respirar con ella, vivir a su alrededor. La tenía atrapada en su armonía de lo roto y abandonado, ofreciéndole historias silenciosas.

De pronto, Verónica se quedó mirando fijamente una muñeca deshecha: el ojo de vidrio colgaba de un hilo, reflejando un paisaje de otro tiempo. Juraría que vio el rostro mojado de una niña. Entonces lo sintió. Un tirón, un latigazo dentro del vientre. Demasiado pronto para un movimiento del embrión. No dijo nada. Para ella, el paseo había terminado. No importaba hacia dónde mirara, seguía viendo la misma muñeca. Comenzó a sentir náuseas; Ernesto se apresuró a llevarla al hotel.

Las noches siguientes fueron insoportables. Vomitaba líquido oscuro con hebras de cabello, como si el agua de la laguna estuviera dentro de su estómago. El sabor metálico le quemaba la lengua. Despertaba empapada de sudor y con el eco de risas infantiles en los oídos. «Se mueve. Patea. No debería. Todavía no. Se ríe dentro de mí. Quiere salir. Quiere verte», decía Verónica en sueños.

Ernesto la sostenía mientras temblaba, sintiendo cómo su cuerpo se endurecía, como madera reseca, bajo el suyo. El facultativo del hotel la había chequeado, incluso realizó un ultrasonido. Todo normal. Tal vez una leve insolación; solo recomendó que bebiera más agua. Cada fibra de su ser le decía que todo era producto del embarazo y de las pesadillas. Y, sin embargo, el olor metálico, el agua negra que goteaba del lavabo, las risas que no provenían de ninguna parte.

La última noche en el hotel, se frotó los ojos, murmuró para sí mismo: «No puede ser real». Pero la sensación de que algo vivo tiraba desde el interior del vientre de Verónica era demasiado fuerte. Sintió un frío que le recorrió la columna, y por un instante quiso gritar, pero el miedo lo paralizó.

La primera mañana, de vuelta en casa, ella se miró al espejo. Verónica juró que una sombra infantil se escondía detrás de su reflejo. «Se mueve. Se ríe. Me mastica desde dentro». Los sueños continuaron; la devoraban. Veía muñecas colgando de sus venas, como frutos enfermos. En uno de ellos, la muñeca del ojo de vidrio succionaba de su pecho hasta arrancarle el pezón. Despertaba empapada, con el eco de risas que Ernesto parecía no escuchar.

Cuando estaba sola, se acercaba con precaución a la habitación del futuro bebé. La habían decorado con distintos tonos de naranja en las paredes. Una cuna blanca de madera ocupaba el centro; sobre ella, un móvil, en el que se balanceaban muñequitas diminutas vistiendo distintos trajes típicos sudamericanos. Ramitas de canela colocadas estratégicamente envolvían todo el espacio con ese aroma tan familiar. Las cortinas de un amarillo delicado dejaban pasar la luz. Hasta que una mañana, se desesperó, tocó su panza y lloró hasta quedar sin aliento. Decidió cerrar con llave el dormitorio.  

Verónica se negó a asistir a la consulta, así que su ginecólogo acudió a la casa. El crecimiento del bebé iba bien. Ernesto le contó de las pesadillas. El doctor le habló de la psicosis gestacional y preguntó qué más había notado. Ernesto se sobó las manos con fuerza, pero antes de decir una palabra, el flashback de su madre en el hospital lo detuvo.

En el cuarto mes de embarazo, el feto se movía; era muy pronto, demasiado fuerte. Patadas que la hacían doblarse en dos, como si quisiera desgarrarla desde adentro. Una madrugada, mientras Ernesto dormía, sintió que algo le hablaba desde su vientre.

—Tú eres mi cuna. Tú eres mi tumba.

Se tapó los oídos, gimiendo.

—No quiero tenerte. No quiero que existas.

Otra vez la risa, infantil y macabra.

—No tienes elección. Ya soy tu carne.

Se encogió y se arrimó a Ernesto, llorando en silencio.

Una tarde, encerrada en el baño, el dolor la obligó a arrodillarse sobre los azulejos fríos. Abrió su neceser con dedos torpes. Tomó las tijeras de manicura y las sostuvo contra la piel de su vientre. «Si lo arranco ahora… si lo corto… aún puedo salvarme». Apoyó las puntas afiladas justo debajo del ombligo, esperando la resistencia blanda de su propia carne. Presionó.

El metal se hundió apenas unos milímetros, pero el dolor fue insoportable. No brotó sangre, solo oyó un crujido seco, sordo, como una gubia tallando madera vieja. El metal se dobló. De la incisión emergió un polvillo blanquecino y frío que olía a acrílico rancio. El dolor le recorrió la espina dorsal. Al golpear el vientre con los nudillos, sonó hueco, denso. Las tijeras tintinearon al caer al suelo.

«No es mía. No es tuya, Ernesto. Es otra cosa».

Se levantó y, con las fuerzas que le quedaban, llenó la bañera. Se sumergió. Aguantó la respiración hasta sentir que los pulmones le ardían. Pero entonces lo sintió: en su interior, el feto respiraba. Inhalaba el agua, la tragaba con calma, como si tuviera branquias.

Salió de la bañera gritando. Ernesto la sujetó, aterrado. Ella lo arañó en el rostro, sin parar de gritar:

—¡Respira! ¡Ernesto, tragó el agua y sigue viva!

—Shhh, ya pasó, es solo otra pesadilla —le repetía una y otra vez, mientras le acariciaba el cabello.

Logró que se durmiera. Se acostó junto a ella. Apretó las sábanas entre los dedos, como si la textura áspera pudiera anclarlo al presente. Pero el recuerdo llegó igual, nítido y frío: su madre sentada en la camilla del hospital, mirando un punto que no existía. Tenía veintidós años cuando la dejó ahí, convencido de que era lo mejor, de que los médicos podrían sostener lo que él ya no podía cargar.

Pero ella no volvió. Su mente se deshiló por completo y murió sola, rodeada de máquinas. Ernesto nunca se perdonó haberse ido antes de que la cubrieran con la manta gris. Jamás se absolvió de elegir seguir con su vida. Ahora, junto a su esposa, esa culpa le apretaba el pecho como una mano invisible. No podía repetir el abandono. No iba a hacerlo. Aunque doliera y lo quebrara. Quedarse era lo único que sabía hacer para expiar lo que no podía deshacer.

Al día siguiente, Ernesto entró en el cuarto con las muñecas en las manos, tratando de respirar despacio, de no alertarla. Eran las que Verónica más amaba: la de trapo con el vestido rosa y la de porcelana de ojos azules, la primera que restauró con su abuela. «Tal vez, solo tal vez, esto la calme», murmuró, con la voz temblorosa.

Verónica estaba sentada en la cama, encorvada sobre sí misma, con la mirada perdida. Cuando las vio, sus ojos se iluminaron por un instante, y Ernesto creyó que había logrado algo. Pero entonces su expresión se torció, y un grito desgarrador brotó de su garganta. Con un movimiento violento se las arrancó de las manos y las arrojó contra la pared. La porcelana crujió y se hizo añicos, los vestidos se rasgaron, el relleno del trapo voló por el aire.

—¡No son mías! —gritó Verónica, con los ojos brillando de furia y locura—. ¡Huelen a podrido!

Ernesto dio un paso atrás, pero ella se levantó como un torbellino. Sus uñas arañaban el aire, su fuerza parecía sobrenatural. Golpeó la mesita de noche, los fragmentos de porcelana volaron como cuchillas, y uno de ellos se incrustó en el piso a pocos centímetros de sus pies. El corazón de Ernesto latía con fuerza; el pánico lo paralizó. Cada intento de racionalizarlo —embarazo, estrés, fiebre— se desmoronaba frente a la evidencia de lo imposible.

—Yo… yo solo… —balbuceó, tratando de acercarse otra vez, pero un pedazo de vidrio le rozó la mejilla y retrocedió.

Verónica se abalanzó sobre él, la respiración jadeante, la risa hueca y macabra reverberando en la habitación. Él sintió que el aire se volvía pesado, que cada segundo podía ser el último. No estaba enfrentando a su esposa. La casa, la habitación, incluso las muñecas destruidas, parecían conspirar para atraparlo allí, entre la irracionalidad y el terror absoluto. Por un instante pensó que huir era su única opción, pero algo dentro de él lo mantenía, incapaz de soltarla, incapaz de dejar de ser testigo de aquel horror desatado.

Las semanas siguientes, cada vez que Ernesto entraba al dormitorio, la lógica se desmoronaba ante sus ojos. Su esposa, que antes era cálida y risueña, se volvía un paisaje que no podía entender: manchas moradas que parecían crecer, uñas quebradas, mechones de cabello flotando en el aire. La mente le repetía que era un embarazo difícil, tal vez anemia o estrés, pero su corazón le gritaba otra cosa. «Esto no es normal», pensaba, mientras la imagen de Verónica en el espejo parecía que lo miraba con ojos que no eran humanos.

Llamó al ginecólogo; esta vez le contó todo. El doctor insistió en internarla, síntomas clásicos de la psicosis gestacional. «Si no la internas, puede matarse o al bebé». Sostuvo el teléfono con la mano húmeda, mientras escuchaba la voz clara del médico. Miró la puerta entreabierta del dormitorio, desde donde le llegaba la respiración irregular de Verónica. La voz se le mezcló con otra, más antigua, diciendo lo mismo, mientras su madre permanecía sentada en una camilla mirando a ningún lugar. El doctor le pidió una respuesta, sin rodeos, ahora.

Ernesto sintió que si decía que sí, no lo podría deshacer. Tragó saliva y respondió que no. No la iba a internar, podía encargarse, pediría permiso en el trabajo, la vigilaría y que si empeoraba la llevaría de inmediato. No se movió al colgar, se quedó con el teléfono en la mano, mirando la puerta, mientras los jadeos de Verónica se volvían más intranquilos.

Cuando la cepillaba, intentaba no mirar las manchas moradas que florecían en sus brazos. Usó el cepillo de cerdas suaves, pero a la primera pasada el sonido fue el de hojarasca seca rompiéndose. El cabello de Verónica, antes sedoso, se desprendía en mechones enteros, ásperos. Con cada contacto, ella arqueaba la espalda y emitía un silbido agudo.

—Despacio, por favor —sollozó ella, aferrando sus uñas quebradas a las sábanas—. Siento los hilos. Están enredados en mi cuero cabelludo. Me deshebra por dentro.

Ernesto limpió el cepillo; las hebras muertas eran como el pelo sintético de las viejas muñecas. Verónica giró la cabeza despacio, con un movimiento rígido, y lo miró directo a los ojos.

—Me come. Bebe de mí como de un río podrido. Soy su carne. No soy madre, soy un ataúd.

Ernesto comenzó a temerle. Dormía en otra cama, pero aún trataba de convencerse de que eran delirios propios del embarazo. No podía darle calmantes; el médico fue inflexible. Pero instaló cámaras, en el dormitorio, en el baño. Debía impedir que se dañara.

Cuando Ernesto le acercaba la cuchara de sopa, ella cerraba los labios con una mueca infantil. Si él insistía, la sopa se derramaba sobre las sábanas, adquiriendo un aroma nauseabundo. Verónica permanecía acostada, con la mirada vidriosa. Cada vez más pequeña, solo su vientre sobresalía. Había perdido gran parte de su cabello. Cuando Ernesto la bañaba, el agua se volvía negra, espesa y apestaba. Aun así, no quería internarla como le había indicado el ginecólogo. Esa fue la última noche que durmió de corrido.

El parto llegó de forma prematura, al sexto mes.

Esa madrugada, Ernesto estaba sentado al borde de la cama, observando los movimientos convulsivos de Verónica, cómo la fiebre ardía en su piel y la desesperación la transformaba. Su mente racional buscaba cada causa lógica, cada diagnóstico posible, pero nada encajaba. Intentó llamar a urgencias, pero sus dedos no obedecían.

El líquido amniótico oscuro, las sacudidas violentas dentro del vientre, el grito que no parecía humano. Todo se negaba a obedecer la razón. Se le heló la sangre. Quiso huir, pero su hija nonata lo mantenía ahí, atrapado entre el instinto de protegerla y el terror de lo que ya estaba ocurriendo.

Cada segundo era un desafío para su mente: aceptar la evidencia o negarla, mientras lo imposible se desplegaba frente a él.

El bebé emergió cubierto de una membrana viscosa. No lloró. Emitió un gruñido grave, húmedo. Un olor nauseabundo se impuso, denso y tibio, como si algo podrido hubiera decidido respirar dentro del cuarto, filtrándose por la nariz hasta pegarse al paladar y deslizarse espeso hacia la garganta, donde ya era arcada antes siquiera de poder tragar aire.

Verónica, exhausta, con los labios morados, extendió la mano hacia Ernesto, que sostenía a la recién nacida con incredulidad.

La voz fue apenas un susurro:

«No la mires. No la llames hija. No es nuestra. Es de ella».

Con un estertor, su cabeza cayó hacia un lado.

El silencio en la habitación era absoluto. Ernesto, temblando, bajó la vista a la niña que tenía en brazos. La recién nacida abrió los ojos.

No eran claros ni oscuros: eran de vidrio, partidos por una grieta.

En la penumbra, una risa infantil recorrió las paredes, seguida de un crujido que avanzaba a través del suelo. Directo hacia él.