domingo, 28 de agosto de 2022

El caso de Pedro

Amanda Castillo


Pedro salió muy contento de su casa. A sus quince años, ya se proyectaba como un apuesto y atlético joven. Su carisma, desparpajo y sentido del humor lo hacían destacar entre su grupo de amigos, siendo así el líder de la «gallada daddy», nombre con el que habían bautizado a su grupo.

Aquel sábado de enero, sus padres le dieron permiso para salir con sus amigos. Pedro les dijo que irían al parque y luego a comer pizza. A su madre le extrañó que su hijo llevara un morral bastante grande consigo al momento de salir, sin embargo, decidió no fastidiarlo con algún comentario al respecto.

Pedro se mostraba ante sus padres como un chico responsable, obediente y respetuoso de los principios y valores que ellos le habían inculcado durante la crianza, no obstante, la comunicación entre ellos y su hijo no era la mejor y, por tanto, ignoraban muchas cosas de él, no tenían idea de las aventuras que este vivía cada vez que tenía la oportunidad de estar fuera de la vista de ellos. Desconocían que su hijo sabía aquella verdad que habían ocultado por años. El chico lo descubrió por accidente, un año atrás, cuando recibieron la visita de su tía Mariana y su nuevo esposo. Estos se encontraban de espaldas a él conversando desprevenidamente:

—Me sorprende Pedro, se ve un poco triste, ¿no?

—No lo noté, no lo creo. Aquí tiene todo. Mi hermana fue muy buena al hacerse cargo de él.

—¿Y aquella mujer nunca volvió?

—No. Simplemente desapareció un día. Cuando mi hermana regresó encontró al chiquillo llorando, tenía seis meses de nacido.

Pedro era un adolescente perspicaz, a sus catorce años entendía de qué se trataba todo. Odió a sus padres por engañarlo e inventar todas esas mentiras que le habían contado sobre el supuesto embarazo y su nacimiento. Desde esa noche y las siguientes, imaginaba extraordinarias historias sobre sus verdaderos padres y su origen. Rumiaba en su mente una y otra vez las diferentes maneras de descubrir su procedencia. Sufría en silencio. Lloraba la mayoría de las noches, había decidido ser diferente, creía que realmente a nadie le importaba lo que pasara con su vida.

Sentía rabia y dolor porque las personas en quienes confiaba lo habían engañado. Para él, era una burla muy cruel todo lo que había sucedido en su vida. No paraba de pensar   en su madre biológica. Sentía una profunda rabia con ella por haberlo dejado tirado en aquella casa. Muchas veces soñó con irse de aquel lugar e imagino variadas maneras de vengarse.

Vio la gran oportunidad de hacerlo utilizando el regalo que le dieron de cumpleaños: su primera tarjeta de crédito. Tenía un cupo suficiente de dinero y con ello podría llevar a cabo lo planeado:

El proyecto para aquel día consistía en que él y sus amigos irían a nadar al puente del Morro. Este medía más de trescientos metros de longitud y unía dos islas de la ciudad. Ese era un punto de encuentro para la mayoría de los jóvenes.

El lugar estaba repleto de muchachos que cada tarde se aventuraban a jugar a los buzos en las profundidades de la bahía.  Se sumergían en el mar y a puro pulmón resistían el mayor tiempo posible bajo el océano.

Las mareas del mes de enero eran particulares. El nivel del mar crecía más que el resto del año, además del fuerte oleaje que se producía para estas fechas. Pero esto, en vez de atemorizar a los chicos, tenía un efecto contrario, los impulsaba a competir con mayor entusiasmo, era todo un reto sumergirse en las profundidades del mar.

Después de sortear los turnos para lanzarse al mar, a Pedro le correspondió el último puesto.  El desafío era aún mayor porque tendría que superar los tiempos de todos.

—¡Carajo, tendré que aguantar más!

—¡¡¡Pedro, Pedro, Pedro!!! —eran las arengas de sus amigos.

Al llegar su turno, el muchacho se hizo la señal de la cruz, como era la costumbre entre ellos, inclinó su cuerpo y se lanzó al mar con un clavado perfecto. El reloj humano empezó a contar en coro los segundos:

—¡¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… treinta… cuarenta… cincuenta!!

Las voces de los chicos seguían contando sin parar con la emoción y la adrenalina al máximo. Querían conocer con prontitud quién sería el campeón de esta temporada.

—Ese man es un duro —decía Miguel, el mejor amigo de Pedro.

—Imbatible —decía otro.

Todos esperaban expectantes, contabilizando uno a uno los segundos que él permanecía bajo el agua; al final, el ganador obtendría el premio y de paso el reconocimiento y admiración de todos los chicos y chicas. Pero también estaba el otro extremo, es decir, el que menos tiempo resistiera en el fondo del mar tendría que pagar una penitencia como castigo.

Transcurría el tiempo y Pedro no salía a la superficie.  Ya había pasado cinco minutos y no había señales de él. Al caer en cuenta de lo que estaba sucediendo, los chicos empezaron a gritar:

—¡Pedro salí, Pedro salí!

—¿Por qué no sale?

—¡Ayuda, auxilio! —vociferaban los angustiados muchachos.

De inmediato llegaron más personas, entre ellos varios adultos que circulaban por la zona.

Algunos chicos sin pensarlo dos veces se lanzaron al mar, en búsqueda de Pedro.

Entraban y salían de las inquietas aguas, una y otra vez, sin resultado alguno. Miguel empezó a llorar

preso del miedo ante lo que pudo ocurrirle a su amigo.

Alguien dio aviso a las autoridades y al rato arribaron los guardacostas con buzos profesionales, quienes hicieron continuas inmersiones durante horas, hasta que la oscuridad de la noche llegó y fue imposible continuar.

Poco a poco, espectadores, bañistas y rescatistas se fueron alejando del sitio. Dijeron que seguirían buscando al día siguiente. —En la oscuridad de la noche, es poco lo que podemos hacer —dijo el comandante de los guardacostas.

Solo quedaron los amigos de Pedro, y sus padres, a quienes le habían tenido que informar sobre lo ocurrido. Ellos permanecían en estado de shock. Al comienzo no habían creído lo que les decían. Sin embargo, con el paso de los minutos fueron entendiendo todo. Si bien se sentían avergonzados por las mentiras de su hijo, su corazón estaba desgarrado por el dolor.

Al dirigirse a la zona de los hechos, la madre de Pedro aún no entendía con claridad lo sucedido.

—Esto debe ser un error —dijo—. Mi Pedro no haría ese tipo de cosas—. Y de inmediato recordó el sospechoso bolso que su hijo había sacado de casa aquel día. Sin saber que este contenía los elementos necesarios para que Pedro llevará a cabo su cometido.

Al llegar al lugar, aún incrédula por lo que le decían y con el corazón latiéndole con fuerza, se sintió desfallecer cuando Miguel corrió hacia ella, completamente demolido por el dolor. Abrazó al muchacho, y solo hasta ese instante pudo comprender el tamaño de su tragedia.

A la mañana siguiente volvieron los buzos y reanudaron la exploración. Los botes permanecieron varios días sobre la bahía. Ya solo buscaban el cuerpo del muchacho, pero sin resultado alguno.

Al cabo de varios días la búsqueda cesó, la familia de Pedro se dio por vencida y decidieron organizar una vigilia, aunque sin el cuerpo del muchacho. Estaban devastados por la pérdida del hijo y hermano amado. Fue una ceremonia triste y dolorosa, todos lamentaban la partida de Pedro. Sus amigos estaban inconsolables, especialmente Miguel, quien sentía culpa por lo sucedido.

—No debí desafiarlo —Se decía a sí mismo con insistencia.

Transcurridos dos días después de la ceremonia, alguien tocó la puerta en la casa de Pedro. La madre fue a abrir y al hacerlo emitió un gritó espantoso:

—¡¡¡Dios mío, mi hijo está vivo!!!

Todos en la casa corrieron al escucharla. El asombro fue paralizante cuando vieron a Pedro. El muchacho reía con descaro.

—¡Ja, ja, ja …!, ¡los engañé!, ¡los engañé!, los engañé!… Ja, ja, ja...

Al escucharlo, la madre no pudo pronunciar palabra, sintió una nube oscura cubriendo todo a su alrededor y con parsimonia se desvaneció frente a los atónitos espectadores. A verla en ese estado, el muchacho se abalanzó sobre ella y su risa se convirtió en llanto lastimero y estremecedor ante el dolor que le causaba la idea de que su madre hubiese muerto por su culpa.

Pero la madre no murió.  Quedamente se recuperó del desmayo, y sin pronunciar palabra sus ojos se inundaron de lágrimas de alegría al ver a su hijo amado con vida.

viernes, 19 de agosto de 2022

Antonio Sardina Cecine


Regresando de nuestra luna de miel, me resbalo en la gasolinera y me rompo tibia y peroné; catorce operaciones en tres años y al final me amputan la pierna izquierda debajo de la rodilla. ¡Carajo! 

«Esto que viví debe tener algún sentido», me dije. 

Por eso he decidido hacer el camino de Santiago este marzo de dos mil veinte, así como estoy: con mi escúter, mis muletas y la afectada colateral de mi accidente, mi esposa Nadine.  A pesar de los daños, sigue conmigo. 

El plan era hacer la ruta portuguesa, que es la más corta, tampoco se trata de exagerar. 

Decidimos ir a Lisboa, y después de ver al apóstol en su catedral, queríamos continuar con un viaje por el norte de España, tomando como centro de rutas el chalé de mi familia en el pueblo asturiano donde nació mi padre: Panes, pequeño pueblo en la ruta de los picos de Europa, donde viven no más de cien habitantes cuando no es verano, la mayoría de ellos gente mayor. 

Hace dos semanas llegamos a Lisboa, nos dicen en el hotel que se ha anunciado el primer caso de coronavirus en Portugal, noticia a la que no dimos importancia. 

Lisboa es una ciudad preciosa que combina un pasado glorioso de descubrimientos y conquistas con una modernidad discreta y apacible. 

Visitamos en el recorrido varios pueblos de Portugal y Galicia, un poco extrañados de que conforme avanzábamos, cada vez había menos turistas y peregrinos, pero para nosotros mejor, nos atendían con más gusto y no teníamos problemas para comer donde queríamos. 

Yo recorría los pueblos y ciudades con el escúter y caminaba un poco con la muleta en cada lugar, después, un transporte me llevaba al siguiente pueblo, mientras Nadine caminaba lo que podía y al cansarse el mismo transporte pasaba por ella. 

A los ocho días llegamos a Santiago de Compostela y cuál sería nuestra sorpresa al encontrarnos con que en el hotel de los reyes católicos solo había dos cuartos ocupados. 

Al salir a la plaza de la catedral, los únicos peregrinos éramos mi mujer, mi escúter y yo, lo que era sorprendente, ya que durante todo el año está llena a reventar de peregrinos y turistas. 

Entramos a la catedral por una puerta que encontramos en una de las tiendas de recuerdos, con el objetivo de ver al santo y que Nadine pudiera abrazarlo como manda la tradición. La catedral en obras y solo nosotros y Santiago. 

En ese momento tomamos conciencia de la anormalidad que estábamos viviendo y de la gravedad de la llamada pandemia, con los contagios disparados en España y en toda Europa. 

Rentamos un coche adecuado para llevar mi escúter y enfilamos a Panes. En cuanto empezamos el viaje fuimos percibiendo poco a poco la sensación de alarma silenciosa presente durante todo el camino: muy pocos coches, gasolineras cerradas al igual que las tiendas de conveniencia; un ambiente que se sentía opresivo y tétrico. 

Las noticias que escuchábamos sobre contagios, los cuales se incrementaban incontrolables eran cada vez más catastróficas. La tensión, el nerviosismo y un incipiente miedo, crecían en mí y sin duda contagiaba a Nadine. 

No era el sentido que buscaba con este viaje. 

Habíamos acordado por teléfono que al llegar nos recibiría el matrimonio encargado de cuidar la casa: Javier y Conrada, por lo que nos extrañó encontrar la casa cerrada, una aldaba con candado en la puerta y nadie que respondiera al timbre ni a la campana del portal. 

A los cinco minutos apareció Javier, un hombre en sus cincuentas con ese aspecto de asturiano de campo sacado de algún folleto turístico, con boina y todo. 

Sin darnos la mano y con exagerada distancia y precauciones, nos hizo saber que todo el pueblo estaba en estado de pánico por culpa del bicho ese que estaba infectando a todo dios, por lo que se acababa de implementar la orden de que todo el pueblo debía permanecer en casa y solo salir para asuntos indispensables. 

Nos comentó también con gestos de enojo que todo el pueblo estaba seguro de que el foco de infección estaba en Madrid, de donde llegaba la mayoría de los veraneantes que tenían casa de vacaciones, pero se tranquilizó al saber que nosotros no habíamos llegado por esa vía; aun así, nos miraba con recelo y mal humor. 

Quería solo darnos las llaves y volver a su casa, pero cuando vio mi condición, a regañadientes me ayudo a subir las escaleras para entrar a la casa y acondicionó la sala de televisión de la planta baja para que pudiera dormir ahí, pues me era imposible subir al piso superior. 

Una vez instalados y después de explicarle a mi mujer los trucos de la casa nos dijo que no lo volveríamos a ver, pero que Conrada nos llevaría comida y alguna otra cosa que necesitáramos. 

Al quedarnos solos comenté con Nadine que seguramente el bueno de Javier exageraba y que lo mejor es que ella saliera a dar una vuelta por el pueblo para enterarse de la verdadera situación. 

En cuanto salió me dedique a encontrar los canales de televisión y a buscar señal de wifi sin éxito, pues el plan telefónico que habíamos adquirido en Santiago ya estaba por consumirse. 

Al regresar, con evidente preocupación, me contó que solo había caminado una cuadra cuando la interceptó un guardia civil para interrogarla; ella le explicó quienes éramos, dónde estábamos hospedados y que solo iba a la tienda a comprar algunos víveres. El policía amable pero firmemente le dijo que solo podría salir una vez al día para asuntos urgentes y ni pensar en ocupar nuestro coche, ya que estaba prohibida la circulación. 

Esa noticia nos llenó de enojo, pues no íbamos a poder hacer nuestro recorrido turístico y tendríamos que permanecer en la casa; aunque estábamos seguros de que ese mandato solo se mantendría dos o tres días. 

Me molesta particularmente que no hay señal de wifi en la casa y que solo se vea un canal de noticias, en el que, por lo visto, todo el día se dedican a informar sobre el avance de la pandemia, la cual se agrava a cada momento, con hospitales rebasados, e inclusive las funerarias, por lo que han llegado a verse escenas terroríficas con muertos en las calles. 

El chalé había sido construido por mi tío Cándido, que, como muchos asturianos, había ido a México a «hacer la América» en los años cincuenta, pagando el viaje después a mi padre y otros tres hermanos para que lo ayudaran en su negocio, el cual prosperó rápidamente. 

En unos años volvió y decidió construir esta casa de diez habitaciones en la calle principal, como tributo al pueblo donde nació, honrando la costumbre de los llamados «indianos», que de esa manera dejaban testimonio de su éxito en el nuevo continente. 

Resignados a nuestra situación, nos hemos dedicado a pasar el día jugando cartas y revisando papeles y objetos curiosos que Nadine encuentra realizando expediciones por las distintas habitaciones. 

Por las tardes sale Nadine a la tienda para caminar un poco y hablar con gente del pueblo, así se entera de las noticias locales, mientras yo veo televisión y me actualizo sobre el avance de la pandemia y las medidas de emergencia que se están tomando, sin mucho éxito hasta el momento, pues los contagios crecen sin control y los muertos se cuentan por miles diariamente. Ya llevamos una semana y esto no parece que vaya a acabar pronto. 

Sin duda no ha tenido el sentido deseado mi viaje al Camino de Santiago. 

Al regresar antier Nadine de su caminata diaria, alarmada me dice que la situación ha cambiado drásticamente. El guardia civil la detuvo a pocos metros de salir y le informó que no podría ir a la tienda, ya que la dependienta se ha contagiado y se acababa de dar la orden de que a partir del día siguiente debíamos encerrarnos en nuestra casa y no salir; se había acordado que Conrada nos dejaría alimentos en la puerta cada tercer día, pues tampoco podría tener contacto con nosotros. 

Un silencio preocupado siguió a sus palabras, pues era evidente que esa orden era solo para nosotros, ya que seguimos viendo pasar a los habitantes del pueblo por la calle. 

La paranoia se había apoderado de España, pero acentuándose en particular en este pequeño pueblo, donde nosotros somos los únicos extranjeros. 

La gente se cruza a la acera de enfrente antes de pasar por nuestra casa y las miradas que nos dirigen son de desconfianza y enojo sin duda. 

Hoy ya estamos alarmados, tanto por escuchar las noticias nacionales y mundiales, como sintiendo que el pueblo entero nos aísla, ya que ni siquiera de las casas vecinas se asoman, cuando al llegar nos llamaban a gritos los vecinos preguntando por mi familia, a la que conocían desde siempre. 

Hoy alguien ha hecho pasar un sobre por debajo de la puerta, a la letra dice:

«Aquí están seguros de que han sido ustedes los que trajeron la pandemia. Ya han muerto dos vecinos. ¡Iros de inmediato!». 

Este mensaje nos ha caído como un chorro de agua helada y decidimos arriesgarnos y salir en el coche mañana mismo, tomar dirección a Madrid y ahí esperar a que se abran los vuelos para México. 

Le pedí a Nadine que saliera a donde habíamos estacionado el coche y revisara si tenía gasolina mientras yo hacía mi maleta. 

Escuché el grito casi de inmediato: ¡Toño, han puesto el candado en la aldaba! 

Tomé mi muleta y me dirigí a la puerta, ella estaba en la ventana con las manos en la boca. Al llegar vi hacia la calle y me sorprendió ver un grupo grande mirando a la casa. Parecía que estaba todo el pueblo. 

El guardia civil llegó con un bote de gasolina en las manos, se encaminó a nuestra puerta y nos empezó a invadir el olor a madera quemada. 

Pasaron unos segundos y escuchamos el crepitar de las llamas, el humo empezó a entrar por debajo de la puerta. 

Nos separamos de la ventana unos metros justo a tiempo para ver como los cristales estallan y las cortinas se prenden con un fuego azul y rojo. 

Nos abrazamos fuerte, muy fuerte… no era el sentido de mi viaje, chingao.

martes, 16 de agosto de 2022

El amor es sinfónico

Manuel Quezada


Pasaron muchos años, cerca de treinta y cuatro, y cuando escucho la versión sinfónica de la canción «All You Need Is Love» de los Beatles, cada nota de cuerda, viento o percusión, así como los melodiosos cantos abren un hilo de remembranzas, como el impensable amor de una mujer que no se había propuesto nada más que alegrarme a mi corta edad en las noches de feria. Ella se alistaba al ocultarse el sol y la señal era la música que llegaba hasta nuestra casa por medio de un ruidoso megáfono. Tomaba una ducha y se preparaba con sus mejores ropas. Un par de horas antes había advertido a mi madre que me llevaría a pasear. Era la temporada. Nos visitaban al barrio las «ruedas», formada por un carrusel, juegos mecánicos de avión, y la temible ruleta «Chicago», que tronaba con cada vuelta que completaba. Ella se tomaba su tiempo para colocar cada prenda en su cuerpo con precisión. Acabado el rito, con un vestido blanco nupcial dejó la casa a las siete de la noche, pero antes dirigió unas palabras a mi madre:

Me llevo al niño.

Ella no respondió, solo siguió con la mirada la figura de la mujer que me llevaba de la mano. Miré su prolongado escote y su sonrisa que denotaba una breve libertad nocturna. A penas unos pasos en la calle, llegó la música melosa que confirmaba nuestra cita. Dos veces al año aparecía en nuestro barrio la pequeña feria formada por tres juegos mecánicos. Alrededor de ellos las mujeres de la custodia, mujeres de oficios domésticos, el club de las «mamas». La voz melodiosa de Leo Dan tenía un eco en los susurros de Sara que buscaba un objeto perdido entre la luz que salía de cada juego de diversión y la imperante oscuridad de la zona. Lo encontró y su rostro se relajó. Yo volví a ver sus senos porque era difícil ser advertido ante su mirada orientada al objeto encontrado. Sin dudar, se fue a la caseta a comprar tiquet para una vuelta en cada rueda.

—¡Súbete aquí! me dijo, con mucha ansiedad.

Me tomó de mi mano derecha para darme un breve impulso y colocarme sobre un caballo de madera color anaranjado. Bajó. Un pequeño motor inició un infernal ruido y la plataforma circular de caballos comenzó a girar. La perdí de vista. La velocidad del carrusel y la poca luz a un metro de distancia de mi entretenimiento no permitía divisar a las «mamas», hasta que la vuelta terminó y ella apareció para pagar una más.

Al iniciar de nuevo, mi vista se detuvo en un punto fijo, tras una y otra vuelta… era Sara, quien se fundía en un fogonazo apretujada con un desconocido.

«All You Need Is Love»…

Ellos me compraron varios tiquetes esa noche y las siguientes, hasta que se retiraban las ruedas del barrio.

Cada mañana, después noches de feria, la primera prenda lavada y expuesta al sol era el vestido blanco. Sara se levantaba muy temprano para esa tarea. Mi madre al llegar a la zona del lavadero se percataba de la única prenda que esperaba el sol para secarse y estar lista para la noche. Iracunda, entraba a la casa y revisaba cada habitación hasta sacar la última ropa sucia o medio sucia formando una montaña que debía estar limpia antes que finalizara el día. Multiplicó las tareas de todo tipo, pero Sara sorteaba cada una, como un río que no detiene su cauce recio bajo un temporal.

Sin fallar a las siete de la noche me tomó de la mano con la autoridad de una «mama».

Me llevo al niño volvió a decir y el rostro de mi madre denotó angustia.

Divisé al hombre que la esperaba cerca del carrusel a dos metros de distancia donde la luz no llegaba a mostrar su rostro con claridad. Con su mano izquierda tomó la derecha de Sara y; para mi sorpresa la mano derecha estaba tupida de tiquetes para subir a los escasos tres juegos mecánicos por horas, mientras ellos se entretenían en un derroche de besos y contacto físico.  

No conté las vueltas en cada juego mecánico. Fueron muchas. Pero reconocí que los hijos de los vecinos del barrio no llegaban con sus padres, sino con las mujeres que apoyaban las tareas de la casa, algunas con citas acordadas en esa pequeña feria, otras viendo de reojo el amor.

Por aquellos meses en que nos visitaban el carrusel, «la Chicago» y «los avioncitos», la productividad del trabajo de Sara crecía de forma exponencial para lograr ver a su enamorado. Cualquier trabajo extra o no recurrente que le asignaba mi madre lo solventaba antes de la noche. No había obstáculo que le impidiera asistir a la cita.

Después de treinta y cuatro años visito a mi madre con mi familia cada domingo. Veo a Sara utilizar la lavadora eléctrica para la ropa de la casa, y vuelvo a ver una prenda blanca como aquel vestido blanco. Cuando coincidimos en mi visita con la temporada de los juegos mecánicos que llegan al barrio, ya de tarde, ella se prepara como cuando yo era un niño y habla con mi madre.

Me llevo al nieto —dijo, dirigiéndose a todos.

Todos sonreímos.

Al escuchar «All You Need Is Love» sinfónico de la Royal Philharmonic Orchestra en Spotify, se me viene a la mente la tenacidad de Sara, la infaltable prenda blanca, la música más triste de los juegos mecánicos en la voz de Leo Dan y el hombre que esperaba en la oscuridad con la mano llena de boletos para subir a cada juego.

Allá va caminando de la mano de mi hijo, con la esperanza de encontrar el amor en una noche de feria del barrio.

viernes, 12 de agosto de 2022

Fiebre de sábado por la noche

Roberto Murcia


Corrían los años setenta. Recién se había presentado en las salas de cine la película Fiebre de sábado por la noche, que impulsó la música disco, convirtiéndola en un fenómeno sociocultural que incluía una variedad de pasos de baile y una forma particular de vestir.  Alex, cuando estaba en su habitación, disfrutaba oyendo rock y baladas románticas, aunque en casa se escuchaba de preferencia música clásica, algo por completo comprensible pues su madre, Casandra Fiori, era cantante profesional de ópera. Él la acompañaba con frecuencia a sus presentaciones, las cuales observaba extasiado. Le agradaba la reacción del público que aplaudía de pie, de manera entusiasta, por lo que se debía abrir el telón una y otra vez para corresponder a los aplausos incesantes, hasta que la concurrencia se daba por complacida. Luego salían a los pasillos del teatro comentando cuánto habían disfrutado la velada.

En sus inicios, después de graduarse del conservatorio, ella interpretó papeles secundarios en obras de bajo perfil, que le ayudaron a sortear los años de escasez económica, pero sin un ingreso estable, por lo que se vio obligada a recurrir a trabajos accesorios. En más de una ocasión la excitación nerviosa la traicionó y su canto se vio afectado, algo que mejoró con la asiduidad. Su suerte cambió cuando Andreas Berg, el director de la ópera estatal, acudió a una presentación y le ofreció el rol protagónico en la próxima obra a estrenarse en esa ciudad, Fidelio de Beethoven. Tuvo una participación exitosa y recibió excelentes críticas de la prensa especializada. Así que con el paso del tiempo había solidificado un nombre en el difícil campo del arte. Su modelo a seguir, por quien sentía extrema admiración, era María Callas, «La Divina». Al igual que la diva, Casandra poseía un amplio registro vocal, por lo que le era dado representar papeles de la tesitura soprano ligera, dramática e incluso mezzosoprano.

Alex nació como producto de una relación ocasional que tuvo con un hombre casado y con hijos, quien además le llevaba veinte años. No fue nada importante, un error de juventud. No volvió a verlo ni lo deseaba, él tampoco la buscó. Al enterarse de que estaba embarazada se alejó sin decir adiós ni volver a ver atrás. Para ella era mejor así, criaría a su hijo sola, no tendría que darle cuentas a nadie de sus decisiones ni pelear por una pensión alimenticia. Por fortuna, cuando el bebé vino al mundo, ya contaba con un ingreso adecuado.

En esa época el nombre de Casandra Fiori gozaba de reconocimiento en el ambiente artístico nacional e internacional, un logro ganado a pulso, o, mejor dicho, a voz, con años de esfuerzo y trabajo, cual debe hacerlo una verdadera artista. Poseía carisma escénico, dramatismo y cualidades vocales innegables. Al igual que otras artistas de alta performance, tenía una personalidad histriónica e impulsiva. Si bien sus exabruptos eran efímeros, así como llegaban se iban, rápido y sin dejar huella. Al mismo tiempo, era muy emocional y se conmovía con facilidad. Su presencia se hacía notar en cualquier lugar al que iba y vestía de manera un tanto extravagante. Sus relaciones de pareja no eran duraderas, pues demandaba mucha atención y se enojaba si no la obtenía.

Alex creció en ese ambiente tras bastidores en el que se crea la magia del espectáculo. Sabía de memoria muchos pasajes de las óperas en que aparecía su madre, no obstante, cada vez que las presenciaba aprendía algo nuevo, un gesto sutil, matices inesperados, pequeños errores. Ella complacía todos sus caprichos y lo mimaba en exceso; sin embargo, al enojarse podía ser muy grosera. Después se arrepentía y le pedía que la disculpara. En uno de esos arrebatos le gritó: «No sé por qué no te aborté como me aconsejaron cuando salí embarazada de ti».

En el teatro de la ópera, Alex, se trasportaba durante unas horas al mundo mágico de los sueños, donde no experimentaba las presiones sociales.

Esa noche su madre al llegar a casa le confió algo que había temido:

―Hola, Alex, tenemos que hablar. Conocí a un hombre. Es una buena persona…

―¿Otra vez, mamá? ¿Ya olvidaste lo que pasó con tu último novio?

―Esta vez todo será distinto, estoy segura. ¡No me voy a pasar toda la vida en soledad! ¡No nací para quedarme a vestir santos! —manifestó alzando la voz.

―A veces es mejor estar solo que mal acompañado.

―¡Eres un egoísta! —dijo con gesto de disgusto—. ¡Alex!, ¡Alex! —En ese momento él se había retirado hacia su habitación.

Para el chico esa era una mala noticia. Desde pequeño fue muy celoso con su progenitora y no deseaba compartirla con nadie, por lo que saboteaba los intentos de esta por establecer relaciones sentimentales. Ella tuvo algunas en el pasado y todas habían finalizado mal. Comenzaba con un enamoramiento en que todo era color rosa, perfecto, luego pasaba a escenas de celos, discordia e incluso agresiones físicas, al final la aventura terminaba cuando el novio, cansado de esa situación, se marchaba. Ella lloraba, caía en depresión, con frecuencia durante esos conflictivos noviazgos, amenazaba con apresurar su muerte y en más de una oportunidad lo intentó, ingiriendo sedantes con ese propósito, por lo que terminó en el hospital. A su manager le fue difícil mantener las circunstancias de sus hospitalizaciones en secreto, ya que la información, de alguna manera, se filtró a la prensa. Se aclaró mediante comunicados oficiales, en cada acontecimiento, que había sido hospitalizada por inconvenientes de salud, sin especificar la razón. Surgieron especulaciones en los medios, algunos afirmaron que su vida corría peligro; hasta se habló de problemas con las drogas, extremo que fue negado por su representante con prontitud. Lo bueno es que la publicidad resultó beneficiosa a pesar del escándalo y sus presentaciones posteriores fueron exitosas, con llenos en cada función. Nadie parecía querer recordar los incidentes.

Esa noche llegó el admirador de su mamá, Alberto Saravia, era de mediana estatura, delgado, sin ser flaco; con cabello oscuro y grandes entradas en la frente que le daban un aire intelectual. Asistía de forma asidua a las presentaciones de Casandra y se hizo notar entre la multitud por sus envíos de enormes ramos florales. Ella le permitió visitarla en su camerino en agradecimiento por los detalles y al verse por primera vez, surgió una atracción mutua instantánea. Llevaban saliendo por más de un mes. Al llegar Alberto, Alex no ocultó su desagrado, se negó a saludarlo y se comportó de manera malcriada con el propósito de ahuyentarlo. Sin embargo, este no mostró que eso le afectara. Su madre lo recriminó por el comportamiento impertinente exhibido ante el invitado y le pidió que se retirara, por lo que Alex se marchó frustrado a su habitación al ver que la estrategia no dio resultado. Más temprano había recibido una llamada de su compañero de estudios, Leo, para invitarlo a que asistieran a una fiesta en casa de Gina, una amiga común. Quedaron de verse cerca de su casa, ya que eran vecinos.

Alex salió sin que nadie lo notara, cuando Casandra se encontraba en su dormitorio con Alberto. Sabía que Leo lo esperaba junto con un conocido llamado Edie. Este último aprendió a conducir el automóvil de su padre y lo tomaba prestado sin su consentimiento. Alex era el más pequeño de los tres, aunque Leo le llevaba tan solo un año, era mucho más alto y mostraba cambios físicos propios de la pubertad que lo hacían parecer mayor; él, en cambio, aún conservaba su apariencia infantil. El tercer joven tenía dieciocho, de constitución alta y musculosa, tez morena, quijada grande y cuadrada, poblada de vellos negros de tres días. Su desarrollo físico era el de un adulto. La casa no quedaba lejos y fueron caminando. El auto estaba aparcado en el lugar habitual. «Vamos, ―dijo Edie―. Ahora es el momento. Mi papá está fuera de servicio. Siempre que bebe se queda dormido y ni un terremoto lo despierta». Él había conseguido la llave que su progenitor dejaba sobre una repisa en la puerta de entrada. Se dirigieron sin hacer ruido hacia donde los guiaba. Sacó del carro un depósito plástico con capacidad para varios litros, una pequeña manguera y los llevó con dirección a otro vehículo, situado más abajo, explicándoles que debían ordeñarlo. Mostrando la habilidad que solo podía darle la experiencia, quitó el tapón del tanque, introdujo el tubo y succionó con su boca por un extremo hasta que la gasolina comenzó a transferirse al recipiente. Escupió líquido que penetró en su interior al realizar la maniobra, mientras un gesto de disgusto se dibujaba en su rostro, «¡Uugh, puta, qué feo sabe!». Cuando hubo suficiente, colocó de nuevo la tapadera como si nada hubiera pasado e hizo el procedimiento inverso para trasladar el carburante a su coche. Según les dijo, de esa manera su papá no repararía en la reducción en el nivel de combustible.

La casa de Gina era una espaciosa vivienda antigua de estilo español en la cual ofrecía frecuentes reuniones a las que asistían jóvenes de edad escolar. Estaba ubicada en el centro de la ciudad, un área muy concurrida, ideal para ese tipo de actividades. Casi todas las rutas de buses pasaban cerca, por lo que se podía acceder desde cualquier barrio. El regreso era otra historia, se requería de un auto a fin de retornar a sus hogares en la madrugada. La mayoría asistía, si bien no siempre deseaban aceptarlo, con el propósito de encontrar pareja, lo que en términos prácticos significaba besarse con alguna chica o chico, según fuera el caso, y de ser posible, establecer una relación de noviazgo. Muchos coleccionistas solo buscaban besar una nueva en cada velada, después se jactaban con sus amigos sobre cuantas mujeres habían rebanado. Ellos consideraban que ese era un signo de hombría que indicaba cuan machos eran.

Cuando llegaron a la fiesta, los invitados bailaban en la penumbra que brindaba un poco de intimidad. Ya que la mayoría no tenía edad para asistir a bares, colocaron luces de colores que creaban la ilusión de estar en una discoteca. Los visitantes se ubicaban alrededor de la sala, que funcionaba como pista de baile improvisada, o en el patio de la casa, donde podían fumar. Algunos cargaban botellas de bebidas alcohólicas que mezclaban con las sodas que proporcionaban los anfitriones. Un poco de alcohol, el lubricante social ideal, no caía mal, siempre que no bebieran en exceso, lo que adolescentes inexpertos con frecuencia no lograban controlar.

Durante un largo tiempo sonaban varias canciones disco en las cuales cada pareja mostraba sus habilidades para los elaborados bailes que incluían pasos sofisticados, giros tomados de las manos y un derroche de saltos. Cuando los asistentes estaban cansados y el ambiente era propicio, seguía una tanda de baladas románticas, de tempo lento, para bailar pegado. Eso les daba la oportunidad de abrazarse y, en muchos casos, besarse. La música y el efecto mágico que se desprendía de su melodía y ritmo los trasportaba hacia otro lugar en el que los sueños se hacían realidad, aunque fuera por un rato.

Los mejores bailarines llamaban la atención y eran solicitados por las asistentes. Ejercían un poder magnético sobre el sexo opuesto que los demás envidiaban, emanaban seguridad y daban de que hablar en las conversaciones femeninas. Alex los miraba con un sentimiento de envidia, pues pensaba que él no era uno de ellos y nunca lo sería. Se sentía incómodo ya que, si bien deseaba tener novia, se le dificultaba aproximarse a las jovencitas y hablarles —estudiaba en un colegio exclusivo para varones dirigido por sacerdotes, en consecuencia, no estaba habituado al contacto con ellas—, así que las observaba sin atreverse a entablar conversación. En su mayoría las chicas eran más altas que él. Con frecuencia, estas preferían a los que mostraban un desarrollo físico de apariencia adulta y no a los de aspecto infantil, como era su caso.  Leo lo animó para que sacara a bailar a una solitaria chica ubicada al fondo que parecía una víctima propicia. «¿Miras esa que está sola? Ve y sácala a bailar». l lo hizo para demostrarle que no tenía temor de acercarse a ellas —lo cual era falso—, sin embargo, esta lo rechazó, así que regresó con el rabo entre las piernas. Leo ligó con una y se encontraba bailando muy animado con ella, tocándola cada vez que se presentaba la oportunidad, de manera que aparentara ser accidental.

Edie, quien, aunque no quisiera aceptarlo, carecía de habilidad para el baile y eso lo hacía sentirse inferior, había salido al patio a fumar. Discutió con uno de los invitados y amenazaban con irse a los golpes. Ambos salieron al escuchar el bullicio y apoyaron a su amigo en la riña que parecía el inicio de una batalla entre bandos, por lo que la dueña de la casa les exigió a los involucrados que abandonaran la residencia en diferentes momentos a fin de evitar un enfrentamiento.

Una vez en el exterior, los del grupo opositor se marcharon en un auto, animados por sus amigos, y Edie, al advertir que no tenían perspectivas de volver a la fiesta, sugirió que compraran algo para beber. Él era el único con edad para adquirir bebidas alcohólicas. Les solicitó sus respectivas aportaciones y se dirigieron a un supermercado donde él compró una botella de ron. En las afueras del establecimiento, Edie extrajo el licor de la bolsa plástica y dijo: «Ahora vamos a beber por turnos». Destapó el envase, lo empinó sin ceremonia y empezó a tragar directamente de este. El vidrio trasparente permitía observar las burbujas que subían por el fluido marrón, al mismo tiempo que su manzana de Adán se movía de arriba hacia abajo con ritmo constante. Luego se la pasó a Leo y Alex, quienes hicieron lo propio. Este último nunca había bebido de esa forma, solo lo hacía si su progenitora le daba a probar cerveza o vino. Recordó cuando ella le manifestó que consideró abortarlo y pensó que quizá sería mejor no haber nacido. Se imaginó en el vientre de su madre donde nada podía alcanzarlo y de pronto lo arrancaban de allí. Apuró el trago y sintió como el líquido le quemaba la garganta, pero no quiso dar muestras de debilidad e hizo lo que juzgó haría un hombre maduro en su lugar. A continuación, dieron otra ronda, y otra más, hasta que se terminó. Poco después, reían y gritaban a todo pulmón.

Un vecino se asomó a la ventana en el segundo piso de un edificio y gritó:

—¡Dejen de hacer ruido!

—¡Vete al diablo, cara de culo! —respondió Leo, envalentonado por el alcohol.

—¡Cállense o llamaré a la policía!

—¡Nos iremos cuando queramos! ¡Tú no nos mandas, hijo de puta! —espetó Edie.

De todos modos, se marcharon. Mientras caminaban por una callejuela desierta, Leo se detuvo ante un auto que estaba aparcado a la orilla de la calle.

—¡Hey!, reconozco este carro por las calcomanías en el vidrio trasero. Es de un tipo que me cae mal. ¿Por qué no le hacemos un cariñito? —expresó Leo haciéndoles un guiño con el ojo—. Tenga el placer de ser el primero, camarada Edie —continuó, haciéndole una venia, con un giro de la mano e inclinando la cabeza y el tronco, a la usanza antigua.

—Claro que sí, camarada. Gracias por su gentileza —respondió Edie, devolviéndole el gesto con su mano, y a continuación le lanzó una patada al retrovisor, quebrándolo en el acto.

Leo reía de placer y comenzó a rallarlo con el borde de una lata que encontró en un basurero. Al terminar, se detuvo a contemplarlo.

—El trabajo está hecho, muchachos. ¡Una obra de arte! —concluyó Leo, que observaba el resultado—. Vámonos ahora antes de que nos vean.

Mientras tanto, Alex, quien después de lanzar una patada al otro retrovisor trastabilló y cayó al suelo, se esforzaba por levantarse.

—Parece que el camarada Alex necesita de nuestra ayuda —dijo Leo, al tiempo que lo tomaba por el brazo y lo ayudaba a incorporarse.

Hacía mucho viento como presagio de tormenta. Recorrieron las calles desiertas, tenuemente iluminadas, hasta que llegaron a una plaza peatonal a la que confluían varias vías en la que estaban ubicados bares, cafeterías y restaurantes. Allí, grupos de jóvenes entraban, salían de los establecimientos o permanecían fuera. Un olor a asado podía percibirse al pasar frente a un negocio en el que se escuchaba la carne crepitar sobre la parrilla. Un muchacho alto, delgado, que estaba acompañado por dos más, se dirigió a Edie, quien fumaba un cigarrillo:

—¡Oye!, ¿tienes un cigarrillo que me regales?

—Sí, tengo, pero son para mis amigos, no para regalarle a los perros.

—¡¿A quién llamaste perro, hijo de puta?! —respondió, mientras se acercaba y levantaba los puños. Edie hizo lo mismo y quedaron frente a frente. Un hombre corpulento sentenció: «¡Que nadie se meta!». Pronto, los demás concurrentes en la plaza los rodearon con el propósito de observar la pelea. Ambos estaban parados en guardia de boxeo, circulando alrededor del espacio libre sin decidirse a atacar. El primero en soltar un golpe fue el alto, un bolado de derecha que Edie esquivó con un movimiento de cabeza y luego le propinó una patada al abdomen que lo envió al piso. Aprovechando la oportunidad, Edie se montó sobre su pecho y empezó a golpearlo en el rostro a discreción. Los compañeros del desafortunado, al verlo en desventaja, se lo quitaron de encima, sin que Leo, quien intentó impedir que los separaran, pudiera evitarlo. Cuando se levantó, de su boca y nariz manaba sangre que se extendió por la camisa. Un rictus de rabia se dibujó en su semblante y sacó una navaja del bolsillo con la que lanzaba navajazos que Edie esquivaba moviéndose en dirección opuesta. Muchos gritaban y la algarabía se escuchaba a lo lejos. De repente, apareció la policía y todos corrieron en diferentes direcciones.

Edie y Leo huyeron con rapidez, Alex, en cambio, no acertó a seguirles el paso y los perdió de vista. Siguió por una avenida solitaria que conducía al lado de un río, volteó hacia atrás y pudo verificar que no lo seguían. Entonces se dio cuenta de que se había extraviado, pues no conocía esa área. Caminó por largo rato hasta que por fin encontró la ubicación donde habían estacionado el auto y comprobó que sus amigos y el vehículo ya no se encontraban allí. Continuó por varias cuadras más y llegó a la base de un puente, sintiéndose cansado, se sentó. Los faroles eran los únicos testigos mudos que lo contemplaban.

No sabía dónde estaba ni qué rumbo tomar. Comenzó a llover, su piel se erizaba y lamentó no haber llevado un abrigo consigo antes de dejar su casa. Pocos carros circulaban a esa hora, algunos pasajeros lo observaban con curiosidad. Un auto se detuvo junto a él, el conductor bajó la ventanilla y le preguntó:

—Hola, ¿qué haces allí? ¿Te puedo ayudar en algo?

—Estoy perdido. Andaba con unos amigos, pero me dejaron abandonado.

—¿Dónde vives?

—En residencial del Llano, calle Magnolia.

—Sube, yo te llevaré a tu casa. La mía queda en el camino.

Se subió al carro a la par del conductor. Este no debía tener más de treinta, la cabeza con calvicie incipiente. Durante el trayecto le manifestó que era estudiante de medicina y que estaba por terminar su último año de la carrera.

El auto se detuvo y el individuo le dijo: «Este es mi apartamento, tengo algo que hacer, no tardaré mucho. Bájate un momento». Cuando hubieron bajado, lo introdujo a una sala pequeña que olía a moho en la que había dos sillas y un sofá. Le pidió que se sentara y le ofreció un vaso con refresco. Luego sacó un puro de mariguana de su bolsillo, lo encendió, le dio una chupada e invitó a Alex a probarlo. Este hizo lo mismo, y de nuevo, hasta que terminaron. El tufillo característico del cannabis permeaba el ambiente a medida que el humo se esparcía por el aire. Pronto tenía la sensación de encontrarse dentro de una nube. Miraba el rostro de su interlocutor como si se tratara de un alienígena que gesticulaba al hablar, pero al cual no escuchaba, su cara se le antojaba extraña a la luz de la lámpara. Se sintió mareado, débil, no estaba seguro de donde se encontraba en ese instante, ni cómo llegó allí. Perdió la noción del tiempo y le parecía que habían transcurrido horas en lugar de minutos. Un sudor frío recorrió su cuerpo y la desesperación hizo presa de él, pues no lograba evitar lo que experimentaba.

Al observar que su interlocutor no estaba bien, el extraño le expresó: «Si quieres puedes descansar en mi dormitorio, ven», mientras tomaba al jovencito por el brazo, lo dirigió a su habitación y lo acostó en la cama. Encendió una lámpara de noche ubicada al lado de la cabecera, cuya mortecina luz se esparcía por la estancia a través de la pantalla, formando un cono de luz en la parte superior. Le dijo: «Ponte cómodo, te aflojaré el cinturón». Hizo lo que había dicho, le desabotonó la camisa y le acarició el pecho y los pezones.

Al acostarse, a Alex le pareció que todo daba vueltas a su alrededor como si estuviera en una feria, montado en la rueda de Chicago. Realizó el ademán de levantarse y expulsó sobre el hombre un chorro de vómito que así mismo se esparció por el lecho. El tipo se incorporó, se miró los brazos y cuerpo embadurnado de escoria y con expresión de asco gritó: «¡Cabrón, mira lo que has hecho!». Alex se sentó en el borde del colchón y continuó arrojando sin parar. La indumentaria que reposaba en una silla y los libros de medicina ubicados en un pequeño librero también fueron alcanzados. El anfitrión al ver el desastre chilló: «Sal de aquí de inmediato». Lo tomó por las axilas, lo condujo hacia la puerta y lo lanzó a la calle, de manera que terminó encima del piso y continúo expulsando el contenido de su estómago hasta que saboreó el gusto amargo de la bilis. Luego se paró con dificultad, caminó en zigzag por unos metros, cayó dentro de un agujero que había en la vía y perdió el conocimiento. Caía una fuerte tormenta en ese instante.

Horas después, se despertó. No llovía, estaba empapado, sin embargo, no sentía frío. Salió del sitio en que se hallaba y deambuló de forma maquinal, sin rumbo, por callejuelas interminables. Escuchaba el sonido que producían cada una de sus pisadas sobre las baldosas húmedas y los charcos ocasionales. El viento azotaba su rostro, tornándolo insensible cual si fuera una máscara.  Se desplazaba como sonámbulo y todo le parecía irreal. Continuó andando sin descanso hasta que encontró un sitio conocido, por lo que comprendió que se encontraba cerca de casa. El tiempo transcurrido le pareció eterno.

Al llegar a la residencia, su madre lo esperaba en la entrada de la casa, al verse, se abrazaron sin decir nada. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Permanecieron así por largo rato.

Casandra se percató de la ausencia de Alex al ir a su dormitorio con el propósito de constatar si dormía y al darse cuenta de que no era así, llamó a sus amigos para consultarles si lo habían visto esa noche. Después de múltiples intentos, alguien le informó que acudió con Leo y Edie a una fiesta, luego salieron y no se supo más de ellos. Al comunicarse con la familia de Leo, el único al que conocía, se enteró de que este y Edie se encontraban en la comisaría, pues el primero no tenía licencia de conducir y manejando ebrio chocó el carro de su papá contra otro auto, dándose a la fuga, y una patrulla los detuvo. Visitó la estación de policía junto con Alberto, los oficiales les confirmaron que Alex no estaba con sus compañeros en el momento de la detención, aunque salió con ellos, se separaron, por lo que se desconocía su paradero. Visitaron varios hospitales en su busca, pero no lo encontraron.

Casandra colapsó emocionalmente y comenzó a actuar de manera errática, amenazando con suicidarse si algo le pasaba a Alex, por lo que le dieron un ansiolítico. Cuando se calmó un poco Alberto la dejó al cuidado de la empleada doméstica, pues debía atender una pista que señalaba que se encontró el cadáver de un joven dentro de una hondonada en las afueras de la ciudad —no se lo mencionó a ella por cuanto temía que, en caso de tratarse de Alex, esto sería demasiado para Casandra— y decidió ir solo.

Más tarde llegó Alberto. La empleada le abrió la puerta. Sin esperar que esta hablara, le confió en voz baja:

—Mira, ha ocurrido una desgracia. El cuerpo encontrado podría ser el de Alex. Me dijeron que Casandra debe ir a reconocer los restos. ¡No sé qué hacer! ¡¿Cómo decírselo?! —Ella lo miró horrorizada y respondió.

—La señora se fue a acostar después de que usted partió y no ha salido desde entonces.

Entraron en la habitación. Casandra reposaba sobre la cama. Él se aproximó con cuidado y vio que en su mano izquierda sostenía un bote de somníferos vacío. Ella ya no respiraba.

viernes, 5 de agosto de 2022

¡El peso del infierno!

Joe Monroy Oyola


En la entrevista...

Uno de los lugares más exclusivos en la ciudad de Lima es el distrito de San Isidro. Entre otras cosas destaca por el gran cuidado del ornato y limpieza de sus calles. Las casas lucen bien pintadas, aunque muchos inmuebles fueron edificados a mediados del siglo pasado, no desentonan con las construcciones modernas; más bien, todas por igual están valorizadas en forma astronómica. El Bosque El Olivar brilla como el corazón del distrito. Gran parte de esta historia se forjó aquí.

Un hombre de baja estatura y contextura gruesa se detiene frente a un moderno edificio de diez pisos ubicado en la cuadra tres de la avenida Rivera Navarrete. Esta avenida de doble vía se llena en las mañanas de relucientes autos con rugientes motores y el sonido de bocinas, creando el caos característico del tráfico capitalino. El caballero recién llegado mira su teléfono celular y atisba la placa con la dirección del inmueble. Ya parado frente a los inmensos vitrales polarizados negros observa su reflejo, entonces, endereza su corbata roja, esta contrasta con su terno color plomo; él siente su corbatín muy ajustado, pero sabe que así puede disimular tener el cuello de su camisa desabotonado; luego hala la puerta de vidrio, frente a él hay un mostrador color blanco en forma de una letra ce invertida, que corta el paso. Dos atractivas jóvenes atienden a los visitantes ordenados en una sola fila con la ayuda de un vigilante. El joven recién llegado, a su turno, se registra en la recepción e intercambia su documento de identidad por un gafete que coloca sobre el bolsillo para del pañuelo. La puerta metálica plateada del elevador se abre dejando salir un aroma a lavanda combinado con una suave música instrumental, entonces tira la goma de mascar que venía saboreando en el cenicero tubular de aluminio cercano a la puerta. Entra y presiona el botón color negro del número diez. Cuando el ascenso termina se descorre la placa de metal, nota que esta oficina copa todo el décimo piso. Una señorita joven, de esbelta silueta y ataviada con un vestido azul, porta sobre el lado derecho de su pecho un prendedor dorado, con un logotipo con el dibujo del planeta Tierra, se acerca a recibirlo invitándolo a sentarse. En ese corto tiempo de espera el visitante escucha algunas personas hablando, imagina que es por teléfono, las voces provienen de los diferentes cubículos que parecieran marcar territorios de trabajo; un hombre habla en inglés, también escucha expresarse a una dama en lo que piensa pueda ser algún idioma oriental.

Por favor señor Gutiérrez, sígame, el jefe lo está esperando —le pide la recepcionista.

El visitante agradece e ingresan juntos a la oficina gerencial. Un hombre alto de algo más de un metro ochenta y contextura atlética mostrando un barbado rostro lo recibe. Buenos días, por favor, tome asiento. El joven corresponde al saludo, le agradece y se sienta en un mullido mueble individual hecho en cuero negro. 

  —Estoy a sus órdenes señor... Gutiérrez —dice mientras observa el gafete. Recuerdo la llamada de su diario... El Universo, ¿verdad?

—Así es señor Yazza. Aldo Gutiérrez es mi nombre —contesta, a la vez que le entrega una tarjeta personal—. Gracias por recibirme. Por favor, ¿me permitiría encender la grabadora?

—Claro señor Gutiérrez, no hay inconveniente por mi parte, nomás asegúrese que esté funcionando bien porque soy un hombre muy ocupado y solo le he separado treinta minutos —añade, y sonríe.

—Ya revisé antes de venir, gracias, señor Yazza. Entonces, empecemos con la entrevista. Por favor, háblenos acerca de la investigación abierta por el Ministerio Público en la que se le vincula con la presunta comisión de: extorsión, asesinato, tráfico de armas, trata de mujeres...

—¡¡¡Todas esas acusaciones son falsas!!!

—Disculpe debí comenzar por recabar la información comercial. Háblenos acerca de las actividades en las que se desarrollan sus compañías.

—Con todo gusto. Mi nombre es Sem Yazza. Imagino que usted debe saber, soy fundador y oficial ejecutivo en jefe de la compañía Multiservices Global Investments, que engloba a diferentes empresas orientadas en múltiples ramas de negocio. Nuestra corporación tiene sucursales extendidas alrededor de todo el planeta. Sí, aún en los países más pobres, los cuales ofrecen un campo de gran potencial para la producción y el comercio, donde pueda haber una ventaja mutua, tanto para nosotros como para nuestros apreciados clientes, usted me entiende, tratamos de llegar a los estratos sociales menos afortunados, pero, claro, invertimos también con negocios ya establecidos que solo precisan capital, no crea que pretendemos ser filántropos. Puedo mencionarle señor Gutiérrez, que tenemos contratos para la exploración de recursos acuíferos, en países del Medio Oriente al igual en África, a fin de aliviar la carencia del líquido elemento. En el sector financiero somos opción importante de inversión en la bolsa de valores, asimismo, nos dedicamos a impulsar a los emprendedores en los países en desarrollo de América latina; les damos acceso a créditos rápidos; ellos son el futuro motor de la economía en sus países, tal cual acá en Perú, por seguro esto ya lo habrá escuchado antes señor Gutiérrez; pero, además, sobre la construcción y corretaje de bienes inmuebles tenemos filiales dedicadas a estos rubros. Es una necesidad general comprar o rentar desde un local comercial, una casa, terrenos, hasta un modesto apartamento. En el área de la seguridad social y atención de la salud, todos precisamos un adecuado cuidado, o diría yo más bien: compromiso. Ofrecemos, por ello, desde coberturas básicas hasta las más completas, para ciertos sensibles casos. Los seguros de vida, no nos resultan ajenos, pues nuestra existencia física sobre este mundo es, como sabemos, solo temporal. Nos preocupamos por los ancianos y sus últimos tiempos, de manera que estén rodeados con los mejores cuidados, por ello procuramos soslayar toda preocupación material. Brindamos la oportunidad de administrar las propiedades de nuestros asociados; reinvirtiendo las rentas, por tan solo un mínimo porcentaje que lo consideramos un justo trastrueque. Colocamos esos capitales en la bolsa de valores, con alguna de nuestras empresas. Hemos explorado el campo del cuidado para la belleza femenina, nada más hermoso que una mujer... «Este tipejo que funge de ser periodista solo ha encendido su grabadora y está que fisgonea las piernas de mi secretaria, además de eso, lo único que hace es mirar hacia los ventanales, gordo estúpido, ni cuenta se ha dado que me he quedado callado». Señor Gutiérrez, ¿me está prestando atención?, tal parece que más le interesa el paisaje de los alrededores, dijo el empresario. Después de disculparse el visitante, la entrevista prosiguió. Le decía que los productos elaborados en nuestros laboratorios tienen un alto estándar de calidad. Ofrecemos precios competitivos en las cremas para cutis y manos, lo mismo con los labiales y pintura para las uñas. A pesar de que las autoridades sanitarias tienden a crear alarma innecesaria, sobre el uso de metales pesados como: plomo, mercurio, arsénico y antimonio en nuestra maravillosa línea cosmética mencionándolos como elementos cancerígenos. Señor Gutiérrez, ¡ahora todo resulta serlo!, nosotros tomamos inmenso cuidado sobre ello; por esta razón colocamos, sobre el final de cada pequeña etiqueta, una advertencia. En nuestra línea nutricional, para los fisicoculturistas, recomendamos nuestros cocteles proteicos los cuales, ¡sí desarrollan los músculos!

Cualquiera puede acceder a nuestras páginas en internet, y verán los múltiples testimonios de agradecimiento compartidos por muchos invaluables clientes. Alrededor del mundo damos trabajo de modo directo, a empleados registrados de manera apropiada en planilla, pero además contratamos a terceros; lo que en global nos da una cifra aproximada de ciento cincuenta mil trabajadores beneficiados.

—Pero, señor Yazza, hay denuncias en sus filiales en Colombia, Ecuador, acá mismo en Perú, por parte de pequeños comerciantes que solicitaron préstamos en sus financieras. Afirman que estas empresas crediticias tienen bandas de matones trabajando en los departamentos de cobranzas, quienes utilizan métodos intimidatorios, algunos deudores afirman haber sido golpeados, hay incluso acusaciones por ataques vandálicos en contra de ciertos locales comerciales.    

—Mire señor Gutiérrez, bien ha dicho usted que hay un gran sector de comerciantes informales, a los que, en efecto, les damos acceso a un moderado crédito. Nunca fueron forzados o amenazados para requerir nuestros accesibles préstamos. Pero, en cambio, en ocasiones se niegan a honrar sus obligaciones para con nosotros. Es probable que haya habido algún malentendido, pero de allí a poder afirmar que se trata de grupos delincuenciales es una exageración, una falacia. 

—Es que no se trata de una sola imputación, son muchas. Es de conocimiento público la queja interpuesta ante Indecopi, acerca de los productos para desarrollo muscular debido al daño hepático que está produciendo su consumo.

—Usted señor periodista, estoy seguro de que está buscando la verdad. Todos sabemos bien que los productos farmacéuticos, las bebidas energéticas, el mismo tabaco, las bebidas gaseosas, etcétera, también tienen probables efectos secundarios. Los nuestros no son la excepción, pero, por igual tomamos todas las precauciones posibles.   

La charla se fue extendiendo entre el empresario y el periodista. El hombre de prensa trató de tocar, de manera infructuosa, todos los tópicos posibles en la entrevista. Y luego de los treinta minutos de la reunión, Sem Yazza se excusó pues tenía una gran carga de trabajo ese día. Aldo Gutiérrez estaba levantando sus apuntes, grabadora, celular y su tableta electrónica, cuando al volver a observar por las grandes ventanas exclamó lo bello que era San Isidro, y tanto su esposa como él tenían el sueño de vivir en el Bosque El Olivar; hubiese dado mi alma por conseguir una casa allí, pero en la compañía inmobiliaria donde fuimos nos dijeron que no había ninguna a la venta. El empresario le contestó; por qué no visita nuestra oficina de corretaje, le daré una de mis tarjetas personales. Puedo asegurarle que le brindarán un apoyo total para conseguir la casa de sus sueños, dicho esto, escribió algo al dorso de la tarjeta. Y respecto a esta entrevista señor Gutiérrez espero sea benigno, usted me entiende, así podríamos apoyarnos mutuamente. Aldo sonríe y le dice que así podría haber sido, pero eso depende del editor en jefe, yo soy un simple asistente; ojalá alguna vez me toque, ese señor ostenta el cargo por treinta años, hasta que se muera el viejo Escobedo ja, ja, ja. Bueno me retiro, gracias por su tiempo. El industrial le hizo una pregunta al periodista; dígame ¿por qué tanto interés en tener una casa en El Olivar? Aldo guardó silencio por unos segundos y le contestó: la verdad hay dos razones, una es de mi esposa, ella piensa que vivir allí nos dará el estatus de residir en uno de los mejores lugares de Lima. Sem Yazza le inquirió por el otro motivo, Aldo Gutiérrez le contestó; cuando era adolescente tuve una enamorada a la que quise mucho; aún puedo recordar que estudiábamos en la biblioteca, y después paseábamos abrazados por aquél bellísimo lugar, dábamos de comer a los peces y patos, cuando los había, la gente caminando alrededor, los jardines llenos de flores, aquellas bancas que nos acogían en nuestros momentos de romance, mientras contemplábamos los ancestrales y hermosos árboles de olivo con sus ramas que daban inmensas sombras... ¡Perdón, me fui en un lindo viaje hacia el pasado! Sem Yazza le extendió la mano; ni se preocupe.

—A la orden señor Gutiérrez. ¿Te puedo llamar Aldo?  

—Claro, hasta luego señor Yazza.

—Dime Sem, a secas. Y, vamos Aldo, tú sabes..., cualquier cosa que necesites cuenta conmigo.

—¡Claro!¡Nos vemos... Sem!

El periodista va saliendo del edificio; Jessica se va a sentir muy orgullosa. Este reportaje saldrá justo para nuestro tercer aniversario de bodas.                            


De regreso en la oficina del periódico

Un auto sedán de color azul, que transita por el centro de Lima, baja la velocidad al llegar a la cuadra seis del jirón Camaná, y entra a los estacionamientos en la planta baja del edificio El Cóndor, donde se aprecia un inmenso letrero sobre el último piso, el octavo, que dice: Diario El Universo. Aldo pasa por la puerta que separa el garaje con el primer piso. La corbata roja parece más una soga de cadalso con nudo colgando a la altura de su esternón. Tira el saco sobre el asiento trasero del auto; tiene en su mano derecha un maletín marrón, aquel que le regaló Jessica, su esposa, antes de que se casaran; en la izquierda una botella tamaño familiar de una bebida gaseosa, sin tapa y con el contenido por la mitad; al llegar al elevador encuentra una nota escrita a mano pegada con cinta aislante negra sobre la compuerta metálica que dice: ¡Ascensor descompuesto! ¡Sírvanse pagar sus cuotas de mantenimiento! Firmado: La administración.

¡¡¡¿Qué, tengo que subir por las escaleras hasta el octavo piso?!!!

El señor Jorge Escobedo, jefe de redacción, pregunta a Viviana, su secretaria, ¿qué pasó con Aldo, no que había llegado hace veinte minutos? Ella le explica que debía de estar subiendo por las escaleras. ¡Mire jefe, aquí viene entrando! Viviana se acerca al recién llegado; te llama el señor Escobedo dice que vayas ahorita. Dile que se espere, ¡no ves que traigo un pulmón en cada mano!


La hora de almuerzo

Aldo llega casi a rastras hasta su oficina, tira una botella vacía en el tacho junto a su escritorio, y se arranca la corbata roja dejándola sobre un gavetero metálico, cuando la secretaria ingresa a su oficina;

—¡Aldo, el jefe está esperándote! Ya ha pasado casi media hora desde que llegaste al edificio.

—Nomás voy al comedor me compro una botella de agua y regreso a verlo —dice mientras sale presuroso de su oficina—. Dile que iré en un ratito.

—Oye se va a enojar. Y acuérdate de tu dieta. ¡Jessica preocupada, y tú como si nada!

Aldo va por el pasillo que lleva a la cocina de los empleados, en su rostro se observa el ceño fruncido; y qué carajos quiere mi mujer, no me voy a morir de hambre, me puede dar cualquier cosa qué sé yo un desmayo, a lo mejor una bajada de presión. Bueno, ya son las once y media de la mañana. Aquí en la refrigeradora están mis tamalitos salvavidas.

Viviana toca la puerta del jefe avisándole que Aldo iba a entrar. ¡Señor Gutiérrez, por último, decidió aparecer! Ya sentados conversan sobre la esperada entrevista. Cuando el jefe presiona el botón de la grabadora para escuchar la grabación, se percata de que solo se oye la voz de Aldo, en cambio, ninguna palabra de Sem Yazza ha quedado registrada, en su lugar tan solo se escuchan unos sonidos extraños, parecidos al ruido de la estática.  

Entonces Gutiérrez, ¿de dónde proviene ese ruido? ¡¡¡Usted tenía que revisar las baterías!!! Aldo apenas atina a responder; ¡jefe, las saqué de un paquete nuevo! ¡Escuche usted, mi voz está muy clara! Afuera del despacho solo se podía oír los desaforados gritos del señor Escobedo.  La historia hubo que hacerla con base en lo poco que el hombre de prensa había tomado atención durante la entrevista. El resultado devino en un mutilado artículo de prensa, respecto a lo que debió ser un reportaje de gran relevancia. Fue desechado por el directorio del medio informativo. Era el primer gran tropiezo en la ascendente carrera del joven periodista. En las semanas sucesivas las cosas fueron cambiando en la oficina del periódico. Jorge Escobedo en forma repentina falleció de un ataque cardíaco. Lo encontraron en la sala de su casa donde vivía solo él desde dos décadas atrás. Fue la señora que hacía la limpieza quien lo halló exánime en su silla reclinable. Decía la dama que el occiso mostraba los ojos desorbitados, la boca abierta como si hubiese gritado por un inmenso dolor, dijo que la expresión de su rostro era horrorosa. El examen de necropsia no mostró indicio de violencia alguna. Por esos días nombraban a Aldo Gutiérrez como el nuevo jefe interino de edición. Estaba instalándose en la que fue la oficina del señor Jorge Enciso, cuando Viviana le hizo saber que había una llamada de la compañía Urbaniza; al contestar resultó ser la empresa inmobiliaria recomendada por Sem Yazza, con la que en algún momento Aldo había llegado a contactarse, quienes le confirmaban que habían encontrado una casa en el Bosque El Olivar recién colocada en el mercado. Después de algunos gritos eufóricos, y con el aliento recobrado, el editor en jefe interino concertaba la cita para ir con su esposa para ir a conocer aquella propiedad ofertada, la cita era para dentro de dos días más, el sábado a las diez de la mañana.

En pocas semanas se firmaron los documentos respectivos. Los Gutiérrez pudieron mudarse a su casa en la Calle Los Olivos novecientos noventa y nueve. Lo único que no le gustó a Jessica fue que la placa de la dirección estaba rajada, unas feas brechas parecían formar una rústica letra te; Aldo le prometió que la cambiaría. Al día siguiente de la mudanza Aldo recibió un mensaje de texto cuya procedencia era de un número privado, decía ser Sem Yazza, «Fue un buen negocio para ambas partes. Felicitaciones».  Los meses pasaron, la familia Gutiérrez disfrutaba de su nueva casa y del hermoso vecindario. Jessica, periodista de espectáculos, siempre acicalada y teniendo cuidado con su físico, pues asistía al gimnasio tres veces por semana; ella no aparentaba sus treinta años, él, en cambio, descuidando su peso parecía un hombre obeso de cuarenta años.


Viviendo en el Bosque El Olivar

Con tantas ganas de seguir durmiendo, y tiene que sonar la alarma, ¿de qué sonríe mi esposa?

—¡Ya Aldo levántate son las seis! —dice Jessica jalando las frazadas— Tienes que salir a correr, al menos a caminar, siquiera hasta la esquina del parque.

Aldo se levanta y sin decir palabra abre las cortinas blancas de las ventanas que están hacia la derecha de la habitación; bien decía mi padre que cuando me case nunca elija el lado de la cama cercano a la puerta del cuarto, o sería el primero en levantarme ante cualquier pesadilla de los hijos, o cualquier emergencia durante la noche. ¡Oh ya llegó el panadero! El viejo triciclo negro cargando el inmenso depósito blanco donde lleva los panes, que seguramente irían dejando a su paso el aroma de pan horneado. El joven repartidor de la panificadora le hace una seña cómplice que Aldo entiende y asiente en forma discreta con la cabeza: el humilde y joven repartidor le muestra los diez dedos extendidos de sus manos, y luego le enseña dos dedos más. La docena de panes franceses son dejados en el buzón del correo.

—Bueno, bueno, Jessica, ya estoy en pie —contesta, a la vez que se calza sus chalupas—. Te resulta fácil decir: ¡anda, corre, has!, al menos deberías prepararme un sándwich, un juguito, mi calentadito. —Cariño, no puedes comer todo eso antes de hacer ejercicios. Mira que hoy empiezas con tu rutina de dieta y aeróbicos —afirma la esposa—, además, lo puedes vomitar; ya sabes que estás con sobrepeso, alto nivel de colesterol y azúcar; el doctor dice que puedes tener un ataque cardíaco.

Aldo menea la cabeza, entra al baño y cierra la puerta con fuerza; esta mujer ya me tiene cansado, no entiende cuánto necesito las proteínas para desarrollar mi musculatura. Y me tiene hasta el copete con que no soy un creyente, y si me muero estaré fuera de «la gracia de Dios». Puras babosadas. Cuando nos conocimos, allá en la Universidad Católica todo era diferente, tan alegre ella en la facultad, bueno, siempre vestía muy puritana, apenas se pintaba; pero no me jodía como ahora. Mejor me visto con la ropa deportiva que me regaló en la navidad pasada, nunca la usé. Creo que por primera vez voy a salir a correr, de lo contrario me va a estar aburriendo con ir a la iglesia, que si me muero me voy a ir al infierno por la eternidad, al lago de azufre. Ja, ja, ja; como les lavan la cabeza. Aldo al terminar de miccionar, jala la palanca del inodoro y sale del cuarto de baño.

—Jessica, solo tengo que bajar un poquito, casi todo mi peso es por mi musculatura —afirma mientras sume la barriga mirándose al espejo y tensa sus brazos—. Tengo bien definidos los bíceps.

—¡Perdona gordito, pero los únicos músculos que tienes bien formados son los de las mandíbulas! Tus niveles de triglicéridos y colesterol tienen más dígitos que nuestra cuenta bancaria. Debes que cuidarte mi amor, por favor.

—¡¡¡No me llames gordito!!! —contesta y sale de la habitación—. ¡Sí voy a ir a correr!

Aldo llega a la cocina, abre la refrigeradora, voltea el rostro hacia la puerta, entonces muy rápido abre el cajón de verduras y remueve las bolsas que contiene choclos, lechugas, otra con una coliflor por la mitad, y saca el último paquete, lo abre y escoge dos tamales; pone todos los vegetales en su lugar, envuelve en papel toalla su furtivo alimento y lo pone detrás de la refrigeradora. Al regresar a la habitación matrimonial oye a Jessica cantando en inglés con la radio a todo volumen. Ella escucha que golpean la puerta, cierra la regadera, se aproxima a la radio y baja el volumen, con su mano derecha remueve el vaho que cubre el espejo;

—Jessica, ¿dónde está mi ropa de deporte, la que me compraste, la nueva?

—¡Vas a salir a correr, que bueno; estoy muy orgullosa de ti! —le contesta mientras apenas se cubre con su bata blanca—. Deja que te la paso.

Él observa a su esposa casi trastabillando con las sandalias rojas húmedas, y entra casi trotando al closet, luego de un par de minutos trae consigo una camiseta, al lado un pantalón corto, y debajo de ellos, en el piso, una caja conteniendo un par de zapatillas blancas. Aldo se toca la barriga; sí, yo creo que debo de tener cuidado con este peso del infierno. Empieza a vestirse cuando se le oye gritar: ¡Jessica este pantalón corto está muy apretado, no me voy a poder tirar ni un pedo!, y esta camiseta amarilla exagera el tamaño de mi barriga, el rollo de mi cintura parece ser un flotador de patito, pero sin cabeza. Molesto mira hacia el cielo raso de la habitación; aún recuerdo el último día de mi papá en el hospital. Estaba conectado a esa máquina de oxígeno, fue tan claro cuando me dijo; que disfrutara de mi tiempo haciendo lo que yo quisiera, lo que me gustara, pues la vida es solo una, después no hay nada, ni cielo ni infierno, que por eso él fumó toda su vida, luego repitió por última vez que de nada se arrepentía. Y se murió papá. ¡Bien, papá! Aldo toma las llaves de la casa y el celular, se los pone en el apretado bolsillo, luego de recoger los panes que fueron dejados en la caja del correo de la casa, los esconde junto a los tamales, separando solo dos. Saca del gabinete para herramientas, junto a la puerta que da al patio, una lata de bebida gaseosa, y sale raudo por la puerta principal, camina por la acera hacia la derecha, cuando escucha levantándose la puerta del garaje de su casa, es Jessica saliendo en retroceso con su auto, él tira el fiambre con la bebida junto a unas plantas de la casa de al lado; Jessica va apareciendo en su auto rojo en reversa, el mufle emite los gases, Aldo suda de manera profusa;  

—¡Amor vas regresando!, está bien para empezar, al menos diez minutos —dice y extiende sus brazos—. Dame mi beso. Te dejé en la mesa una rodaja de pan integral, algo de atún, sin sal, y café simple en tu taza celeste.

—Sí, sí, eh..., ya estaba regresando —contesta besándola y secándose el sudor—, y gracias por prepararme el desayuno. Nos vemos.

Aldo entra a su casa rescatando primero su delicioso tesoro recuperado del jardín contiguo. Va de regreso a la cocina y mira sonriendo el desayuno sobre la mesa, camina hasta la refrigeradora y riéndose a carcajadas observa la foto de Jessica y vocifera: ¡¡¡A mí con desayunos de supervivencia!!! Sabes qué, en el comedor de la oficina tengo mis tamalitos por paquetes, eso para los desayunos, pizza en porciones para los almuerzos, les quito un poquito del aceite con una servilleta, solo poquitito sino se va el sabor, así que mamita me río de tus dietas y ejercicios, te la creíste hoy que yo venía de correr, sonsa..., santita te crees, hasta que conocí en el periódico a tu amiga Ana, la de tu colegio Villa María, dice que juntas fumaron alguna vez marihuana, ¡ja!, la risa estruendosa de Aldo se fue cortando conforme empezó a escuchar un sonido distante, agudo; se quedó inmóvil hasta que pudo percibir bien;

—¡¡¡Aló, Aldo, te estoy escuchando por tu celular, torpe!!! —vociferaba Jessica—. Sabes, te tengo una mala noticia y otra buena.

Para Aldo parecía que la tierra se abría debajo de él, se colocó el celular junto a su oreja, Jessica continuó diciéndole que primero que nada lo había escuchado desde cuando dijo: A mí con desayunos...; Aldo sacude de forma frenética los dedos de su mano izquierda, y le pregunta; entonces dime cuál es la buena noticia; ella le replica que esa fue la buena; la mala Aldo es que vamos a divorciarnos, a menos que empieces desde ahorita a tomar tu medicina recetada, cambies tus malos hábitos alimenticios, y desde este domingo vayas conmigo a la iglesia; ¡¡¡¿Está claro?!!! Aldo gesticula, llora, sigue hablando por teléfono, se arrodilla, besa el celular, tiene la mano derecha levantada en formal señal de juramento. Al darse cuenta de que su esposa cortó la llamada, se seca las lágrimas y mocos con su camiseta amarilla. Mira su reloj y corre al baño. Cuando termina de ducharse, se empieza a rasurar en frente del espejo; Bueno, la dieta me va a ayudar, por otro lado, solía gustarme hacer ejercicios, pero, la iglesia y su cantaleta de recibir la salvación: ¡eso nunca! Aunque, tal vez cuando esté viejito, a eso de los ochenta años..., quizá, por si acaso. Entonces abre uno de los cajones de la cómoda, luego otro, uno más. Toma su teléfono se para a un lado de la ventana y marca; aló, Jessica, ¿dónde está mi pantalón marrón, el nuevo, el de mi nueva talla cuarenta? Ella le inquiere en tono firme si estaba gritándole.

—No amorcito es que no lo encuentro.

—Aldo no eres talla cuarenta, sino cuarenta y dos. Ayer lo usaste por primera vez y se te descoció el fundillo, tenemos que ir a comprarte ropa urgente.

—Está bien amorcito, solo que..., ¡¡¡ayayay mi pecho, que dolor!!! ¿Aló? ¿Jessica? ¿Aló? ¿Me cortó? ¿Quién se ha creído? Todo está oscuro... ¿Hay eclipse hoy? Esos gritos..., ¡apesta a azufre!

Aldo avanza y escucha una voz, ¡es su propia voz que retumba!

—«...hubiese dado mi alma por conseguir una casa allí..., hasta que se muera el viejo...».

—¡Ese fue el trato que refrendaste con tu boca! Estúpido, nunca te percataste que la placa de tu casa tenía los números del registro, pero si la volteabas hubieras notado el número: seis, seis, seis, y verías una cruz invertida, en honor a mi señor Belcebú. Me divertí jugando contigo. Aldo, mi nombre real es de una sola palabra: Semyazza, soy uno de los ángeles expulsados de los cielos. Yo sirvo al príncipe del mundo, con quien acordaste un pacto, «Fue un buen negocio para ambas partes» ¿Recuerdas? ¡¡¡Ahora es tiempo de pagar, ven!!!

¡No! ¡No!, por favor; me voy a poner a dieta..., haré ejercicios..., tomaré la medicina..., sí iré a la iglesia y recibiré la salvación...

Al coro sin final de horripilantes aullidos se incorporaron los gritos destemplados de Aldo Gutiérrez.