Moisés Panduro Coral
La camioneta pick up negra avanza rengueando
por las cicatrices de antiguas heridas tajadas en el camino. Sus llantas se
entierran, reptan y emergen de los surcos profundos con la potencia y la
tracción de una cuatro por cuatro.
—Esas huellas en zigzag son típicas
de un camión que se ha atollado varias veces en el lodo —comenta el conductor. —Y
las más grandes que tienen forma de V son de una retroexcavadora —agrega
sujetando el timón con firmeza.
A su costado va Raúl Salazar que
instintivamente esconde la cabeza cada vez que las ramas de los arbustos amenazan
con estrellarse en el parabrisas.
Al cabo de quince minutos, el vehículo
ingresa raudamente a un descampado. El conductor frena secamente y lo estaciona
a un lado, apenas a un metro del dominio del bosque, levantando una espesa
polvareda.
Raúl Salazar y tres hombres más, con
los rostros cubiertos por mascarillas negras, bajan con apremio y se encaminan
hacia un portón rústico que da ingreso a un terreno de apariencia agrícola
cercado por una alambrada densa que se entremezcla con la vegetación. Arriba del
portón cuelga un tablón sin labrar con una palabra pintada a brochazos: «Bienvenidos».
Unas cien personas que se han
reunido en el lugar desde temprano, se cierran alrededor de la comitiva. Les
aprietan las manos, les muestran fotos plastificadas, les hablan encima unos de
otros.
La existencia de ese cementerio había
sido negada tajantemente, y hoy venían a forzar la verdad con presencia y
cámaras. Alguien grita desde atrás: «¡Es hoy, es hoy!». Otro responde. «¡Ni un
paso atrás, unidos venceremos!». Y el resto lo repite, como si el eco pudiera
abrir la tierra.
—La gente está
decidida —dice, en voz baja, Salvador Xelis.
Es un hombre joven, delgado y buen
orador. Ha liderado las protestas contra el gobierno de Martino Vizconde denunciando
su incapacidad ante la crisis desatada por un virus que inflama los pulmones.
—¿Te contestó el Búho? —pregunta en
tono preocupado, mientras choca la palma de su mano con las palmas de quienes se
le acercan.
—Está en camino, viene en su moto —responde
Raúl.
Vestido siempre de jean y camisa
azul de manga corta, Raúl Salazar tiene cara de niño, aunque su piel
blanquiñosa acusa ya cincuenta años. Se hizo popular cuando puso en evidencia
que las cifras de muertos que Vizconde daba a conocer en conferencias de
mediodía, eran falsas. «Las muertes que
se ocultan son una infamia que lacera con fuego nuestra memoria», había escrito
aquella vez.
El rugido de voces crece en el
silencio del mediodía radiante: «¡Ni un paso atrás, unidos venceremos!». Los hombres
blanden machetes que Raúl y Salvador han traído en la camioneta.
En la entrada al terreno hay un tipo
robusto, de rostro cetrino y cabello largo despeinado. Viste de jean negro y una
sucia camiseta gris sin manga. «Lo sabía», se dice. «No iba a durar para
siempre este ocultamiento. ¡Qué idiotas! ¡Pretender que un cementerio pase piola
como si fuera un sembrío de hortalizas!»
«Nadie puede entrar aquí, sobre tu
cadáver», fue la orden que había recibido cuando le entregaron una escopeta de
caza y dos cajas de cartuchos.
«¡Justo el día en que me quedo
solo!», refunfuña. Temprano había hecho varias llamadas a su jefe, el Chuma; y
al Resho, y al Piña. No le contestaron. Les envió alertas cuando varias
personas empezaron a llegar y se quedaron allí. «¿Cómo lo supieron? Alguien tuvo
que pasar el soplo. ¡Y ninguno de los pendejos contesta! ¡Hoy es sábado, deben
estar chupando esos borrachos de mierda!».
Pensó llamar una vez más, pero…
—¡Señor, nos abre la puerta, por
favor! —le dice Salvador con voz firme y educada, plantándose frente a él.
«Si abro, va a ser un escándalo, le
van a sacar la madre a Vizconde, y yo y todos esos huevones vamos a pagar el
pato, nos van a botar», piensa.
Las hojas de los machetes en alto
reverberan con la luz del sol. En los ojos encendidos que le miran puede leer
nítidamente: «¡Ni te atrevas a negar, te jodes!».
«¡Ya, que chucha, mejor es vivo sin
chamba que muerto dejando pensión! ¡Que se joda todo de una vez!».
Apurado, mete una llave al candado que
aprisiona los extremos de una gruesa cadena y empuja las dos rejas de madera
hacia adentro.
El gentío que cruza la entrada en
tropel se lleva una sorpresa. No es lo que esperaban ver. Al interior hay un tupido
matorral de arbustos y árboles leñosos de más de cinco metros de altura. Mirado
desde arriba se vería como un bosque joven contenido dentro de un bosque
adulto.
Entre ambos bosques, a mano
derecha, aparece un intersticio.
—Debe estar más adentro, entonces —piensa
Salvador, y se adelanta por el caminito apenas distinguible entre las yerbas.
La gente va detrás de él.
Raúl que se ha quedado un poco
relegado se detiene. «El Búho no pudo haber mentido», se dice.
Ingresa resuelto, machete en mano, a
la espesa maleza. Siente una picazón que quema en su antebrazo izquierdo. Se detiene.
Se rasca fuertemente. ¡Puta mare! Una bayuca exhibe sus espinas urticantes
desde una hoja amarillenta a la altura de su tórax. Lo aplasta de un machetazo.
Adolorido, alza la vista: ¡No vaya a haber más de estos!
Arriba, un camaleón lanza su lengua
como un proyectil hacia un insecto para asegurar su almuerzo. El bosque joven
se mueve. Algo pasa deslizándose por encima de sus zapatillas pero solo alcanza
a ver una larga cola verdosa que se pierde en la abundante hojarasca. En su
antebrazo empieza a dibujarse una mancha roja, pero desiste de examinarla
cuando unos trinos llaman su atención: Seis pajarillos de plumaje marrón y
amarillo cantan sobre una rama seca a menos de un metro del suelo. Aguza su
vista. ¡Un momento! ¡No es una rama seca! Da unos pasos en esa dirección. Los
pajarillos levantan vuelo.
La tosca cruz no tiene nombre, solo
números. Se adentra un poco más y encuentra otra cruz. Y, luego, otra, todas tatuadas
con números.
Regresa sobre sus pasos, y corre a
dar alcance a los demás.
—¡Están ahí adentro! —exclama
emocionado. —¡Hay que librar el monte!
El Búho apareció una noche con un presagio:
«Va a explotar una bomba».
El colapso de las morgues era el
sombrío signo de que el virus no estaba controlado. Los obituarios incesantes en
las redes sociales crispaban los nervios. Se exhalaba angustia. Era un país entero
lanzando estertores de agonía, mientras la gente de Vizconde negociaba
impunemente oxígeno y medicinas, y los servicios de salud se desplomaban.
Las bolsas negras selladas con
cinta adhesiva se apilaban, por decenas, en el pasadizo que conducía a la
morgue del Hospital Regional. Aquella acumulación de cuerpos era una tétrica
trinchera erigida en una guerra que se perdía inexorablemente. Un video motejado
de fake news fue censurado por perturbador. Se había prohibido el
reconocimiento facial de los caídos. Sus familiares recibían un código con el
cual, suerte, influencia o coima de por medio, podían ubicar a los suyos, o al
menos, saber que los habían perdido.
En ese oscuro reino de zozobra, a
la hora del almuerzo, Vizconde, desde su cómoda oficina, rodeado de ministros y
periodistas, leía cifras que maquillaban con descaro la masacre.
Raúl Salazar, acostado en su cama, peleaba
con su insomnio esa noche silente en que un búho ululó desde un árbol cercano. El
«Ju-ju-ju-ju» grave y rítmico penetraba por
la ventana de su dormitorio en un segundo piso. Dicen que cuando el búho canta
es porque alguna mujer está embarazada en el vecindario. «Pero esta avecita anuncia
tragedias, también», le
decía su mamá cuando tomado de su mano pasaba de noche por aquella calle de su
pueblo oscurecida por las sombras de los corpulentos árboles de mango.
«¿Una
bomba? Debe
ser algún bromista».
En la burbuja emergente de su
celular apareció una noticia. La abrió. Lo que leyó le dejó alelado. En una
sala de hospital acababan de fallecer, al mismo tiempo, seis personas. ¡Y
cuatro eran amigos suyos!: Felipe Salva, Edgar Estrella, Oraldo de los Ríos y
Rodolfo Cienfuegos.
Se incorporó bruscamente. Prendió
la luz, tiró el celular a la cama y pateó la almohada que se había caído al
suelo. Llevó sus manos a su cabeza. «¡Carajo!
¡No puede ser!»
Tenía fe en que cualquier día despertarían,
se liberarían de tubos en sus tráqueas, de cables en sus pechos y de sedantes
en sus venas, y se irían a sus casas, sanos, salvos, a continuar su vida por
sus hijos, por sus sueños. «Están
luchando», daban parte los
médicos. «Son guerreros,
saldrán de esta», decían
sus amigos.
Pero si no te mataba un virus, te
mataba un apagón eléctrico. Los ventiladores mecánicos se detuvieron
súbitamente, el oxígeno dejó de fluir en sus pulmones, y en pocos minutos, ya
estaban transitando hacia el recuerdo de sus familias.
«¡Hijos de puta!
¡Malditos!», gritó Raúl. Cogió
su celular. Escribió al número desconocido.
—No sé quién seas ¿De qué se trata?
—escribió, pensando que quizás la anunciada bomba tenía algo que ver con la
desgracia.
Registró el nombre: «Búho».
—Vi tu entrevista y estás en lo
cierto. Lo que Vizconde informa en sus conferencias es pura mentira —le
respondió.
Raúl Salazar había reunido y
cruzado datos meticulosamente: Estadísticas de fallecidos recogidos de sus
casas y de las calles por la oficina de saneamiento ambiental, obituarios en
periódicos, publicaciones en redes, noticias de páginas web. Estimó setecientos
fallecidos. La prensa de Vizconde le hizo puré: se mofaron de él, le insultaron
y vilipendiaron.
—El director del hospital está
harto de esa huevada y va a soltar la verdad —agregó el Búho.
Por la mañana, cerca de las diez, se
encontraron. Lucas Perdomo era su nombre. Tenía unos cuarenta y cinco años. En
su rostro trigueño y ovalado resaltaba una nariz pequeña algo encorvada y unas
cejas pobladas debajo de las cuales un par de ojos grandes parecían mirar
fijamente. Sus entintadas ojeras eran la huella que habían dejado sus largos
años de turnos nocturnos en la unidad de cuidados intensivos. Iniciada la peste,
fue transferido a la unidad de la morgue del hospital.
Su ser, pequeño y enflaquecido,
desaparece dentro de su equipo de protección personal. Es un auténtico búho.
Un café tras otro, conoció más de
su nuevo amigo. La labor del Búho empezaba habitualmente a las siete de la
noche. Revisaba certificados y formatos de control; hacía apuntes, resaltaba, elaboraba
cuadros de Excel. Iba y venía solitario, tablero en mano, desde la morgue hacia
el pasadizo central del hospital. «Un
checking bien hecho elimina la ambigüedad». Al rato, un camión de doble cabina se estacionaba
en el patio contiguo. Cuatro operadores con equipamiento negro se encargaban de
subir y acomodar los bultos en la tolva.
La luz pública empalidecía la
ciudad desolada. Los semáforos pasaban de verde a rojo por gusto. Nadie que
viera circular el vehículo podría imaginar la carga que iba cubierta con un impermeable
gris que se levantaba levemente con el viento. Ya fuera de la ciudad, y luego
de recorrer media hora por una carretera asfaltada, el camión reducía su marcha
y giraba a la izquierda para entrar, pesadamente, a un camino cercado por la
maleza.
La tétrica carga se desembarcaba en
un área descubierta donde un operador de retroexcavadora y su ayudante
excavaban hileras rectangulares.
—¡Hache erre, cero, uno, dos, uno; Hache
erre, cero, uno, dos, dos; Hache erre, cero, uno, dos, cuatro; Hache erre, cero,
uno, dos, cinco; Hache erre, cero, uno, dos, seis! ¡Vamos, aquí! —indicaba el
Búho, chequeando su tablero, al borde de una fosa semialumbrada por los faros
del camión.
—¿¡Qué hay del cero, uno, dos, tres!?
—pregunta un operador.
—¡Lo recogió su familia temprano! ¡No
pregunten! ¡Avancen! ¡Tenemos para dos vueltas más! —responde sin inmutarse.
A la una de la tarde, como de
costumbre, Martino Vizconde mostraba en la pantalla que, a la fecha, en la
región, se había contabilizado sesenta y siete fallecidos. Raúl escuchó la
campanita de su celular. El cuadro que esperaba había llegado. Lo abrió,
ansioso. ¡Santo Dios! ¡Setecientos setenta y uno fallecidos!
No se alegró haber estado tan cerca
de la cifra real, pero se turbó al pensar que esa cifra correspondía solo al Hospital
Regional. Faltaba el reporte de otros hospitales y de las zonas rurales. Su
cerebro volvió a martillar una inquietud que ya se había planteado antes: Si el
número oficial de enterrados en los cementerios locales era escandalosamente menor
a las cifras del Hospital Regional ¿Dónde estaban los demás?
En plena peste, corrió el rumor de
un borrachito que logró emerger de un cementerio escondido en la selva. El
personal de saneamiento lo había encontrado tieso en una esquina con la
mascarilla puesta. No tenía pulso, ni respiración, fue dado por muerto y
llevado a la morgue.
Se despertó cuando sintió que le
caía un montón de tierra encima. «¡Éste
es el último, nos vamos!», gritó
alguien. Rompió la bolsa, arañó, tragó y respiró tierra, y al salir a la
superficie pudo distinguir las luces de un camión que se alejaba. A tientas se
dirigió hacia allí, no sin antes tropezar con varios montículos. Al amanecer,
encontró un camino que siguió hasta llegar a una carretera asfaltada que le
resultó conocida. «Y aquí
me tienen, ahora, mírenme», finalizaba
su historia, palmeando su pecho. Nadie le creyó.
—¡Raúl, ya están terminando. No
llega el Búho! —escucha la voz de Salvador.
El bosque joven ha desaparecido.
Las criaturas que pululaban en él han huido en busca de un nuevo cobijo
natural. Lo que ha quedado a la vista es un bosque de cruces sobre una amplia planicie.
Se puede apreciar ahora que el caminito que empieza en la entrada, bordea el
cementerio hacia el oeste y, luego, dobla hacia el norte hasta terminar en una
hondonada, al fondo de la cual discurre una quebrada cristalina cuya corriente hace
bambolear la abundante grama que crece en sus orillas. Al otro lado del riachuelo, desde una colina poblada
de árboles de ceticos y uvillas, llega el incesante gorjear de
avecillas que cosechan su alimento.
Una bandada de gallinazos aterriza en
silencio en el límite entre el área despejada y el talud de la colina del este,
donde los dientes de la retroexcavadora han dejado sus huellas. Un olor mezcla
de clorofila agonizante y carne podrida inunda el ambiente.
—Tenemos ocho hileras paralelas y
doce perpendiculares, aquí debe haber unos cien cadáveres —calcula Salvador.
La desilusión se dibuja en los
rostros de hombres y mujeres sudorosos. Son más de quinientos los cuerpos no
habidos. Y, además, ¿qué son esos números pintados de negro?
«Lucas, compañero,
te estamos esperando», escribe
Raúl.
«Llegando, compañero,
estoy cerca. Detrás de mí viene la Fiscalía a constatar mi denuncia».
«¡Te pasaste, qué
bien mi hermano!», contesta Raúl,
y comunica la noticia a Salvador que, inmediatamente, reúne a la gente
al borde de la hondonada.
Un murmullo crece y hay varias
manos levantadas pidiendo hablar.
—Nos quita el sueño pensar que
nuestro padre esté aquí, o, peor aún, que ni siquiera esté —gimotea Fiorella, una
joven maestra.
Una nueva voz se levanta. Es
Gregorio, médico, hermano de Fiorella.
—Si Martino ha negado este
cementerio clandestino, se va a negar, más aún, a dar los nombres de los que
están aquí ¡Tendríamos que exhumarlos uno por uno!
Raúl mira su reloj. «Búho no te demores», suplica en su pensamiento.
Más voces y manos se levantan. En
esta catarsis colectiva, unos escriben en el aire el diario de su dolor
reprimido, otros trazan la pintura de su naufragio en las tormentas de la peste.
La mayoría, machete en mano, tiene el rostro compungido.
Salvador se sube a un montículo de
arena.
—Siento, al igual que ustedes, una
profunda tristeza. He perdido, también, amigos y parientes, y guardaba la
esperanza de encontrarlos aquí, pero…
El ruido característico de un motor
de alto cilindraje hace que varios volteen su mirada hacia la entrada.
«Por fin», dice Raúl, siguiendo con su
mirada el recorrido de la moto que precede a una camioneta blanca con sello de
la Fiscalía.
Lucas Perdomo se detiene. Lleva un
sobre de manila bajo su axila derecha. Se quita los lentes oscuros y va hacia
el grupo, saluda y se sube al montículo flanqueado por Raúl y Salvador. Un
fiscal con medalla al pecho sube con él.
El Búho tenía miedo. Su aparente
dureza era una máscara estoica que él mismo se había fabricado para ocultar sus
sobresaltos. Después de la filtración de la cifra real de fallecidos, le habían
amenazado de muerte en pósits pegados en la puerta de la morgue, y en audios
con voz distorsionada que le llegaban de números desconocidos. El cementerio clandestino
y las identidades de quienes yacían allí debía ser un secreto. Toda evidencia
contraria a la narrativa oficial debía ser destruida.
—Yo solo cumplía órdenes, pero he
decidido abrir el velo de la verdad, cueste lo que cueste…
Los reunidos le dan ánimo: ¡Sí!
¡Dale, amigo! ¡Gracias! ¡La verdad ante todo! ¡Que nada te amilane!
Con voz trémula, sostenido de un
brazo por Salvador para no perder el equilibrio, explica que las fosas tienen
cinco metros de profundidad y que en cada una hay no un cadáver, sino seis.
El gentío prorrumpe en una
exclamación de asombro: ¡Dios mío!
Cuando vuelve el silencio,
continúa: «En total hay
quinientas setenta y cuatro personas. Debería haber quinientos setenta y seis,
pero uno fue recogido del pasadizo del hospital por su familia, y otro que
llegó hasta acá tuvo la suerte de salir vivo».
Un potente murmullo se deja oír. «No era leyenda urbana, entonces»,
comenta Raúl.
—Por eso, cada cruz tiene seis
códigos. Hache erre significa que provienen de la morgue del Hospital Regional.
El número asignado corresponde a un nombre y apellidos —dice extrayendo del
sobre de manila un plano doblado y varias hojas con un cuadro impreso.
El fiscal recibe los documentos. La
gente se abraza. Hay un renacimiento de la fe, una esperanza de justicia.
—Y con estas pruebas, la Fiscalía
debe intervenir en este cementerio para disponer la exhumación de los cadáveres
y su traslado a un cementerio oficial. ¡Y los autores de este ocultamiento
deben pagar por su infamia! —vocifera con entera convicción.
Las palmas y vítores se unen al
gorjeo bullicioso de una bandada de loros que pasa por el cielo en ruta a su
refugio al otro lado del riachuelo.
El inmenso sol rojo del verano va
desapareciendo detrás de las copas de los árboles.
Cuatro años más tarde.
Sentado frente al televisor, Raúl golpetea
con los dedos la madera de su sillón. Su respiración se entrecorta. Se levanta,
toma un libro, lo abre, lo hojea, lo cierra. Se sienta. Vuelve a golpetear.
El reportero de la transmisión en
vivo y en directo informa que, en un par de minutos, el juez emitirá su
decisión sobre el pedido de catorce años de prisión para Martino Vizconde que la
fiscalía ha sustentado.
Raúl cruza una pierna sobre la
otra, pero no dura ni diez segundos, cambia de postura, y así, una y otra vez, hasta
que, finalmente, la sentencia ha sido leída.
Va al refrigerador, se sirve una
copa de vino y, en el momento que dos policías se acercan a Vizconde para
colocarle los grilletes, evoca al Búho.
«A
tu memoria, donde te encuentres, mi hermano», dice sorbiendo un trago. Su mente
vuela a aquella trágica madrugada en que, según dicen, el Búho se descarriló
en su moto, seis meses después de la denuncia.
«No
fue un accidente, estoy seguro». Sorbe otro trago.
Por la ventana de su segundo piso entra
un canto conocido: «Ju-ju-ju-ju».