lunes, 6 de abril de 2026

El nombre verdadero

Rosario Sánchez Infantas

 

Cuarenta años a la deriva.

Eso fue lo primero que entendí cuando te vi aparecer. La vida me ha llevado de aquí para allá, como un río torrentoso arrastra a un pequeño trozo de madera. ¿Por qué tenías que volver ahora?

Me recuerdo a los veinticinco, caminando ligero y con la vida intacta. Creía entonces que bastaba con encontrar un trabajo acorde con mi calificación. Confiaba en ella y en mis fuerzas para enfrentar lo desconocido, lejos de la familia y de los amigos. Veía la vida, en esta cálida ciudad, como unas agradables y productivas vacaciones.

Bienaventurados los que envejecen juntos. Apenas perciben los cambios del cuerpo a lo largo de los días, semanas y años. Tú, en cambio, apareces tras cuatro décadas. Estas han dejado huella en mi piel, en el cabello, en el arrastrar de los pies y, sobre todo, en el espíritu.

Evoqué la tarde en que te conocí. Bordeabas los treinta años. Me sorprendieron tu mirada inteligente, la palabra precisa y el aplomo que emanaba de tu cuerpo pequeño. Tú y el personal de tu circo se alojaban en el mismo hotel que yo. Me sobrecogió pensar en que no éramos dos personas jóvenes, que, en igualdad de condiciones, deseaban conquistar el mundo. Cuán difícil podía ser la vida para alguien tan pequeño, ante la inmensa hostilidad de la gente. El mundo no estaba hecho para ellos.

Al día siguiente nos encontramos en el frontis del alojamiento. Te vi bajar la mirada, azorado; apenas saludaste con los dedos de una mano. Te avergonzaba, quizá, que te viera caracterizado de payaso: la peluca verde, el brillo exagerado del satén en colores vivos —tan opuesto a tu sobriedad— y esos tus zapatos enormes, que acentuaban la pequeñez de tus pies.

Casi no reconocí tu rostro bajo la pintura blanca: las cejas y los labios distorsionados, la nariz roja y un par de lágrimas rosadas. Un corbatín dorado se abría de hombro a hombro. Dos compañeros te ayudaban a subir al capó de un automóvil, desde donde perifonearían por la ciudad las funciones del circo.

Respondí a tu saludo breve. No dije nada; pero, sin duda, te devolví en la mirada aquello que no eras, aquello que apenas era tu oficio.

 

Cuarenta años después, a diario, durante las últimas dos semanas, un automóvil perifoneaba por la ciudad las funciones de un circo. Reconocí el nombre del circo en el que trabajabas. Sentí el aroma de lavanda del hospedaje donde te conocí. Te recordé. Saber de tu cercana presencia, como un gran espejo, me mostró mi trayectoria errática. ¡Cuánto me he alejado de lo que me trajo a estas tierras! Tú podrías notar lo que cuatro décadas han dejado en mí: manchas y arrugas en el rostro, el caminar más lento, y la incipiente espalda encorvada.  Sentí el anhelo de visitarte. Sin embargo, deseché muchas veces la idea. Tal vez ni siquiera me recordarías.

Una tarde lluviosa el vehículo anunciaba las últimas funciones del circo en la localidad.  Suspiré resignada. Un bocinazo me hizo desviar la mirada. Te vi a unos metros de distancia. Subías a un taxi, aún caracterizado. Ágil, sonriente, el rostro terso, inmune al paso del tiempo. Reconocí tu mirada inteligente y el aplomo antiguo. Quizá integraste quién eres con quien tuviste que ser para ganarte la vida. ¡Qué estrategia tan útil!

Algo cambió en mí. Sentí que yo también podía hacer ese esfuerzo. Repasé quién tuve que ser para sobrevivir en las riberas del Huallaga. Como a ti detrás de tu maquillaje, también pude reconocerme en aquello que terminé siendo. Hallé sueños intactos, aunque distintos. Hubo fuerzas que me desviaron de mi curso y me llevaron al fondo. Pero siempre regresé a la superficie. La vida sabe defenderse; el amor, dicen los poetas, termina encontrando su cauce. Y así, poco a poco, fui parte de corrientes más amplias, variables, pero jamás me detuve.

Con esa nueva forma de interpretar el paso del tiempo, al día siguiente, me acerqué al antiguo hotel, confiando en que te alojaras allí.

Una carta es siempre un puente: alguien escribe porque el otro no está. Quizá nunca te envíe esta carta, amigo; pero empecé escribiéndote a ti y terminé encontrándome con otro ausente: mi yo pasado, ahora integrado a mi presente.

Ayer fui a ese hospedaje.  Pregunté en la recepción por tu circo, por ti. El encargado, un hombre mayor, me miró con extrañeza.

—El circo de entonces ya no existe —dijo—. Se incendió hace veinte años, en Piura. Sí, recuerdo a Miguel, el payaso enano… murió esa noche.

Comprendí entonces que, en medio de la lluvia copiosa, creí reconocerte en un niño disfrazado de payaso que subía a un taxi, en las inmediaciones de aquel hotel y de mi memoria.

Entendí que no eras tú quien volvía, sino la vida llamándome por mi nombre verdadero.

Gracias, Miguel. Por primera vez en cuarenta años, no me siento a la deriva.

El canto del búho

Moisés Panduro Coral

 

La camioneta pick up negra avanza rengueando por las cicatrices de antiguas heridas tajadas en el camino. Sus llantas se entierran, reptan y emergen de los surcos profundos con la potencia y la tracción de una cuatro por cuatro.

—Esas huellas en zigzag son típicas de un camión que se ha atollado varias veces en el lodo —comenta el conductor. —Y las más grandes que tienen forma de V son de una retroexcavadora —agrega sujetando el timón con firmeza.

A su costado va Raúl Salazar que instintivamente esconde la cabeza cada vez que las ramas de los arbustos amenazan con estrellarse en el parabrisas.

Al cabo de quince minutos, el vehículo ingresa raudamente a un descampado. El conductor frena secamente y lo estaciona a un lado, apenas a un metro del dominio del bosque, levantando una espesa polvareda.

Raúl Salazar y tres hombres más, con los rostros cubiertos por mascarillas negras, bajan con apremio y se encaminan hacia un portón rústico que da ingreso a un terreno de apariencia agrícola cercado por una alambrada densa que se entremezcla con la vegetación. Arriba del portón cuelga un tablón sin labrar con una palabra pintada a brochazos: «Bienvenidos».

Unas cien personas que se han reunido en el lugar desde temprano, se cierran alrededor de la comitiva. Les aprietan las manos, les muestran fotos plastificadas, les hablan encima unos de otros.

La existencia de ese cementerio había sido negada tajantemente, y hoy venían a forzar la verdad con presencia y cámaras. Alguien grita desde atrás: «¡Es hoy, es hoy!». Otro responde. «¡Ni un paso atrás, unidos venceremos!». Y el resto lo repite, como si el eco pudiera abrir la tierra.

La gente está decidida —dice, en voz baja, Salvador Xelis.

Es un hombre joven, delgado y buen orador. Ha liderado las protestas contra el gobierno de Martino Vizconde denunciando su incapacidad ante la crisis desatada por un virus que inflama los pulmones.

—¿Te contestó el Búho? —pregunta en tono preocupado, mientras choca la palma de su mano con las palmas de quienes se le acercan.

—Está en camino, viene en su moto —responde Raúl.

Vestido siempre de jean y camisa azul de manga corta, Raúl Salazar tiene cara de niño, aunque su piel blanquiñosa acusa ya cincuenta años. Se hizo popular cuando puso en evidencia que las cifras de muertos que Vizconde daba a conocer en conferencias de mediodía, eran falsas.  «Las muertes que se ocultan son una infamia que lacera con fuego nuestra memoria», había escrito aquella vez.

El rugido de voces crece en el silencio del mediodía radiante: «¡Ni un paso atrás, unidos venceremos!». Los hombres blanden machetes que Raúl y Salvador han traído en la camioneta.

En la entrada al terreno hay un tipo robusto, de rostro cetrino y cabello largo despeinado. Viste de jean negro y una sucia camiseta gris sin manga. «Lo sabía», se dice. «No iba a durar para siempre este ocultamiento. ¡Qué idiotas! ¡Pretender que un cementerio pase piola como si fuera un sembrío de hortalizas!»

«Nadie puede entrar aquí, sobre tu cadáver», fue la orden que había recibido cuando le entregaron una escopeta de caza y dos cajas de cartuchos.

«¡Justo el día en que me quedo solo!», refunfuña. Temprano había hecho varias llamadas a su jefe, el Chuma; y al Resho, y al Piña. No le contestaron. Les envió alertas cuando varias personas empezaron a llegar y se quedaron allí. «¿Cómo lo supieron? Alguien tuvo que pasar el soplo. ¡Y ninguno de los pendejos contesta! ¡Hoy es sábado, deben estar chupando esos borrachos de mierda!».

Pensó llamar una vez más, pero…

—¡Señor, nos abre la puerta, por favor! —le dice Salvador con voz firme y educada, plantándose frente a él.  

«Si abro, va a ser un escándalo, le van a sacar la madre a Vizconde, y yo y todos esos huevones vamos a pagar el pato, nos van a botar», piensa.

Las hojas de los machetes en alto reverberan con la luz del sol. En los ojos encendidos que le miran puede leer nítidamente: «¡Ni te atrevas a negar, te jodes!».

«¡Ya, que chucha, mejor es vivo sin chamba que muerto dejando pensión! ¡Que se joda todo de una vez!».

Apurado, mete una llave al candado que aprisiona los extremos de una gruesa cadena y empuja las dos rejas de madera hacia adentro.

El gentío que cruza la entrada en tropel se lleva una sorpresa. No es lo que esperaban ver. Al interior hay un tupido matorral de arbustos y árboles leñosos de más de cinco metros de altura. Mirado desde arriba se vería como un bosque joven contenido dentro de un bosque adulto.

Entre ambos bosques, a mano derecha, aparece un intersticio.

—Debe estar más adentro, entonces —piensa Salvador, y se adelanta por el caminito apenas distinguible entre las yerbas.

La gente va detrás de él.

Raúl que se ha quedado un poco relegado se detiene. «El Búho no pudo haber mentido», se dice.

Ingresa resuelto, machete en mano, a la espesa maleza. Siente una picazón que quema en su antebrazo izquierdo. Se detiene. Se rasca fuertemente. ¡Puta mare! Una bayuca exhibe sus espinas urticantes desde una hoja amarillenta a la altura de su tórax. Lo aplasta de un machetazo. Adolorido, alza la vista: ¡No vaya a haber más de estos!

Arriba, un camaleón lanza su lengua como un proyectil hacia un insecto para asegurar su almuerzo. El bosque joven se mueve. Algo pasa deslizándose por encima de sus zapatillas pero solo alcanza a ver una larga cola verdosa que se pierde en la abundante hojarasca. En su antebrazo empieza a dibujarse una mancha roja, pero desiste de examinarla cuando unos trinos llaman su atención: Seis pajarillos de plumaje marrón y amarillo cantan sobre una rama seca a menos de un metro del suelo. Aguza su vista. ¡Un momento! ¡No es una rama seca! Da unos pasos en esa dirección. Los pajarillos levantan vuelo.

La tosca cruz no tiene nombre, solo números. Se adentra un poco más y encuentra otra cruz. Y, luego, otra, todas tatuadas con números.

Regresa sobre sus pasos, y corre a dar alcance a los demás.

—¡Están ahí adentro! —exclama emocionado. —¡Hay que librar el monte! 

  

El Búho apareció una noche con un presagio: «Va a explotar una bomba».

El colapso de las morgues era el sombrío signo de que el virus no estaba controlado. Los obituarios incesantes en las redes sociales crispaban los nervios. Se exhalaba angustia. Era un país entero lanzando estertores de agonía, mientras la gente de Vizconde negociaba impunemente oxígeno y medicinas, y los servicios de salud se desplomaban.

Las bolsas negras selladas con cinta adhesiva se apilaban, por decenas, en el pasadizo que conducía a la morgue del Hospital Regional. Aquella acumulación de cuerpos era una tétrica trinchera erigida en una guerra que se perdía inexorablemente. Un video motejado de fake news fue censurado por perturbador. Se había prohibido el reconocimiento facial de los caídos. Sus familiares recibían un código con el cual, suerte, influencia o coima de por medio, podían ubicar a los suyos, o al menos, saber que los habían perdido.  

En ese oscuro reino de zozobra, a la hora del almuerzo, Vizconde, desde su cómoda oficina, rodeado de ministros y periodistas, leía cifras que maquillaban con descaro la masacre.

Raúl Salazar, acostado en su cama, peleaba con su insomnio esa noche silente en que un búho ululó desde un árbol cercano. El «Ju-ju-ju-ju» grave y rítmico penetraba por la ventana de su dormitorio en un segundo piso. Dicen que cuando el búho canta es porque alguna mujer está embarazada en el vecindario. «Pero esta avecita anuncia tragedias, también», le decía su mamá cuando tomado de su mano pasaba de noche por aquella calle de su pueblo oscurecida por las sombras de los corpulentos árboles de mango.

«¿Una bomba? Debe ser algún bromista».

En la burbuja emergente de su celular apareció una noticia. La abrió. Lo que leyó le dejó alelado. En una sala de hospital acababan de fallecer, al mismo tiempo, seis personas. ¡Y cuatro eran amigos suyos!: Felipe Salva, Edgar Estrella, Oraldo de los Ríos y Rodolfo Cienfuegos.

Se incorporó bruscamente. Prendió la luz, tiró el celular a la cama y pateó la almohada que se había caído al suelo. Llevó sus manos a su cabeza. «¡Carajo! ¡No puede ser!»

Tenía fe en que cualquier día despertarían, se liberarían de tubos en sus tráqueas, de cables en sus pechos y de sedantes en sus venas, y se irían a sus casas, sanos, salvos, a continuar su vida por sus hijos, por sus sueños. «Están luchando», daban parte los médicos. «Son guerreros, saldrán de esta», decían sus amigos.

Pero si no te mataba un virus, te mataba un apagón eléctrico. Los ventiladores mecánicos se detuvieron súbitamente, el oxígeno dejó de fluir en sus pulmones, y en pocos minutos, ya estaban transitando hacia el recuerdo de sus familias.

«¡Hijos de puta! ¡Malditos!», gritó Raúl. Cogió su celular. Escribió al número desconocido.

—No sé quién seas ¿De qué se trata? —escribió, pensando que quizás la anunciada bomba tenía algo que ver con la desgracia.

Registró el nombre: «Búho».

—Vi tu entrevista y estás en lo cierto. Lo que Vizconde informa en sus conferencias es pura mentira —le respondió.

Raúl Salazar había reunido y cruzado datos meticulosamente: Estadísticas de fallecidos recogidos de sus casas y de las calles por la oficina de saneamiento ambiental, obituarios en periódicos, publicaciones en redes, noticias de páginas web. Estimó setecientos fallecidos. La prensa de Vizconde le hizo puré: se mofaron de él, le insultaron y vilipendiaron.

—El director del hospital está harto de esa huevada y va a soltar la verdad —agregó el Búho.

Por la mañana, cerca de las diez, se encontraron. Lucas Perdomo era su nombre. Tenía unos cuarenta y cinco años. En su rostro trigueño y ovalado resaltaba una nariz pequeña algo encorvada y unas cejas pobladas debajo de las cuales un par de ojos grandes parecían mirar fijamente. Sus entintadas ojeras eran la huella que habían dejado sus largos años de turnos nocturnos en la unidad de cuidados intensivos. Iniciada la peste, fue transferido a la unidad de la morgue del hospital.

Su ser, pequeño y enflaquecido, desaparece dentro de su equipo de protección personal. Es un auténtico búho.

Un café tras otro, conoció más de su nuevo amigo. La labor del Búho empezaba habitualmente a las siete de la noche. Revisaba certificados y formatos de control; hacía apuntes, resaltaba, elaboraba cuadros de Excel. Iba y venía solitario, tablero en mano, desde la morgue hacia el pasadizo central del hospital. «Un checking bien hecho elimina la ambigüedad». Al rato, un camión de doble cabina se estacionaba en el patio contiguo. Cuatro operadores con equipamiento negro se encargaban de subir y acomodar los bultos en la tolva.

La luz pública empalidecía la ciudad desolada. Los semáforos pasaban de verde a rojo por gusto. Nadie que viera circular el vehículo podría imaginar la carga que iba cubierta con un impermeable gris que se levantaba levemente con el viento. Ya fuera de la ciudad, y luego de recorrer media hora por una carretera asfaltada, el camión reducía su marcha y giraba a la izquierda para entrar, pesadamente, a un camino cercado por la maleza.

La tétrica carga se desembarcaba en un área descubierta donde un operador de retroexcavadora y su ayudante excavaban hileras rectangulares.

—¡Hache erre, cero, uno, dos, uno; Hache erre, cero, uno, dos, dos; Hache erre, cero, uno, dos, cuatro; Hache erre, cero, uno, dos, cinco; Hache erre, cero, uno, dos, seis! ¡Vamos, aquí! —indicaba el Búho, chequeando su tablero, al borde de una fosa semialumbrada por los faros del camión.

—¿¡Qué hay del cero, uno, dos, tres!? —pregunta un operador.

—¡Lo recogió su familia temprano! ¡No pregunten! ¡Avancen! ¡Tenemos para dos vueltas más!  —responde sin inmutarse.

 

A la una de la tarde, como de costumbre, Martino Vizconde mostraba en la pantalla que, a la fecha, en la región, se había contabilizado sesenta y siete fallecidos. Raúl escuchó la campanita de su celular. El cuadro que esperaba había llegado. Lo abrió, ansioso. ¡Santo Dios! ¡Setecientos setenta y uno fallecidos!  

No se alegró haber estado tan cerca de la cifra real, pero se turbó al pensar que esa cifra correspondía solo al Hospital Regional. Faltaba el reporte de otros hospitales y de las zonas rurales. Su cerebro volvió a martillar una inquietud que ya se había planteado antes: Si el número oficial de enterrados en los cementerios locales era escandalosamente menor a las cifras del Hospital Regional ¿Dónde estaban los demás?

En plena peste, corrió el rumor de un borrachito que logró emerger de un cementerio escondido en la selva. El personal de saneamiento lo había encontrado tieso en una esquina con la mascarilla puesta. No tenía pulso, ni respiración, fue dado por muerto y llevado a la morgue.

Se despertó cuando sintió que le caía un montón de tierra encima. «¡Éste es el último, nos vamos!», gritó alguien. Rompió la bolsa, arañó, tragó y respiró tierra, y al salir a la superficie pudo distinguir las luces de un camión que se alejaba. A tientas se dirigió hacia allí, no sin antes tropezar con varios montículos. Al amanecer, encontró un camino que siguió hasta llegar a una carretera asfaltada que le resultó conocida. «Y aquí me tienen, ahora, mírenme», finalizaba su historia, palmeando su pecho. Nadie le creyó.

 

—¡Raúl, ya están terminando. No llega el Búho! —escucha la voz de Salvador.

El bosque joven ha desaparecido. Las criaturas que pululaban en él han huido en busca de un nuevo cobijo natural. Lo que ha quedado a la vista es un bosque de cruces sobre una amplia planicie. Se puede apreciar ahora que el caminito que empieza en la entrada, bordea el cementerio hacia el oeste y, luego, dobla hacia el norte hasta terminar en una hondonada, al fondo de la cual discurre una quebrada cristalina cuya corriente hace bambolear la abundante grama que crece en sus orillas.  Al otro lado del riachuelo, desde una colina poblada de árboles de ceticos y uvillas, llega el incesante gorjear de avecillas que cosechan su alimento.

Una bandada de gallinazos aterriza en silencio en el límite entre el área despejada y el talud de la colina del este, donde los dientes de la retroexcavadora han dejado sus huellas. Un olor mezcla de clorofila agonizante y carne podrida inunda el ambiente.

—Tenemos ocho hileras paralelas y doce perpendiculares, aquí debe haber unos cien cadáveres —calcula Salvador.

La desilusión se dibuja en los rostros de hombres y mujeres sudorosos. Son más de quinientos los cuerpos no habidos. Y, además, ¿qué son esos números pintados de negro?

«Lucas, compañero, te estamos esperando», escribe Raúl.

«Llegando, compañero, estoy cerca. Detrás de mí viene la Fiscalía a constatar mi denuncia».

«¡Te pasaste, qué bien mi hermano!», contesta Raúl, y comunica la noticia a Salvador que, inmediatamente, reúne a la gente al borde de la hondonada.

Un murmullo crece y hay varias manos levantadas pidiendo hablar.

—Nos quita el sueño pensar que nuestro padre esté aquí, o, peor aún, que ni siquiera esté —gimotea Fiorella, una joven maestra.

Una nueva voz se levanta. Es Gregorio, médico, hermano de Fiorella.

—Si Martino ha negado este cementerio clandestino, se va a negar, más aún, a dar los nombres de los que están aquí ¡Tendríamos que exhumarlos uno por uno!

Raúl mira su reloj. «Búho no te demores», suplica en su pensamiento.

Más voces y manos se levantan. En esta catarsis colectiva, unos escriben en el aire el diario de su dolor reprimido, otros trazan la pintura de su naufragio en las tormentas de la peste. La mayoría, machete en mano, tiene el rostro compungido.

Salvador se sube a un montículo de arena.

—Siento, al igual que ustedes, una profunda tristeza. He perdido, también, amigos y parientes, y guardaba la esperanza de encontrarlos aquí, pero…

El ruido característico de un motor de alto cilindraje hace que varios volteen su mirada hacia la entrada.

«Por fin», dice Raúl, siguiendo con su mirada el recorrido de la moto que precede a una camioneta blanca con sello de la Fiscalía.

Lucas Perdomo se detiene. Lleva un sobre de manila bajo su axila derecha. Se quita los lentes oscuros y va hacia el grupo, saluda y se sube al montículo flanqueado por Raúl y Salvador. Un fiscal con medalla al pecho sube con él.

El Búho tenía miedo. Su aparente dureza era una máscara estoica que él mismo se había fabricado para ocultar sus sobresaltos. Después de la filtración de la cifra real de fallecidos, le habían amenazado de muerte en pósits pegados en la puerta de la morgue, y en audios con voz distorsionada que le llegaban de números desconocidos. El cementerio clandestino y las identidades de quienes yacían allí debía ser un secreto. Toda evidencia contraria a la narrativa oficial debía ser destruida.

—Yo solo cumplía órdenes, pero he decidido abrir el velo de la verdad, cueste lo que  cueste…

Los reunidos le dan ánimo: ¡Sí! ¡Dale, amigo! ¡Gracias! ¡La verdad ante todo! ¡Que nada te amilane!

Con voz trémula, sostenido de un brazo por Salvador para no perder el equilibrio, explica que las fosas tienen cinco metros de profundidad y que en cada una hay no un cadáver, sino seis.

El gentío prorrumpe en una exclamación de asombro: ¡Dios mío!

Cuando vuelve el silencio, continúa: «En total hay quinientas setenta y cuatro personas. Debería haber quinientos setenta y seis, pero uno fue recogido del pasadizo del hospital por su familia, y otro que llegó hasta acá tuvo la suerte de salir vivo».

Un potente murmullo se deja oír. «No era leyenda urbana, entonces», comenta Raúl.

—Por eso, cada cruz tiene seis códigos. Hache erre significa que provienen de la morgue del Hospital Regional. El número asignado corresponde a un nombre y apellidos —dice extrayendo del sobre de manila un plano doblado y varias hojas con un cuadro impreso.

El fiscal recibe los documentos. La gente se abraza. Hay un renacimiento de la fe, una esperanza de justicia.

—Y con estas pruebas, la Fiscalía debe intervenir en este cementerio para disponer la exhumación de los cadáveres y su traslado a un cementerio oficial. ¡Y los autores de este ocultamiento deben pagar por su infamia! —vocifera con entera convicción.

Las palmas y vítores se unen al gorjeo bullicioso de una bandada de loros que pasa por el cielo en ruta a su refugio al otro lado del riachuelo.

El inmenso sol rojo del verano va desapareciendo detrás de las copas de los árboles.

Cuatro años más tarde.

Sentado frente al televisor, Raúl golpetea con los dedos la madera de su sillón. Su respiración se entrecorta. Se levanta, toma un libro, lo abre, lo hojea, lo cierra. Se sienta. Vuelve a golpetear.

El reportero de la transmisión en vivo y en directo informa que, en un par de minutos, el juez emitirá su decisión sobre el pedido de catorce años de prisión para Martino Vizconde que la fiscalía ha sustentado.

Raúl cruza una pierna sobre la otra, pero no dura ni diez segundos, cambia de postura, y así, una y otra vez, hasta que, finalmente, la sentencia ha sido leída. 

Va al refrigerador, se sirve una copa de vino y, en el momento que dos policías se acercan a Vizconde para colocarle los grilletes, evoca al Búho.

«A tu memoria, donde te encuentres, mi hermano», dice sorbiendo un trago. Su mente vuela a aquella trágica madrugada en que, según dicen, el Búho se descarriló en su moto, seis meses después de la denuncia.

«No fue un accidente, estoy seguro». Sorbe otro trago.

Por la ventana de su segundo piso entra un canto conocido: «Ju-ju-ju-ju».

jueves, 2 de abril de 2026

Lo que devuelve el espejo

Alejandra Cantarero Concha


Isabella despertó, sudando, antes de que sonara la alarma. Eran las cuatro y media de la mañana, pero se levantó. Aún intranquila por una pesadilla que no recordaba del todo. Solo miedo, roces, una opresión. En el dormitorio, el silencio era tan perfecto que bastaba el ritmo de su respiración para marcar el inicio del día. Con el control remoto abrió todas las cortinas del penthouse y fue por su café con leche.

Mientras admiraba las luces de la ciudad, su imagen en la ventana le devolvió la mirada con el ceño fruncido. El eco de las palabras de su sobrina había calado hondo. «Yo te cuidaré cuando seas viejita». Se sacudió los recuerdos y volteó para volver a la seguridad de su apartamento. El aire olía a cloro y jabón neutro. Todo estaba en su sitio: los libros alineados por color, los sofás blancos con sus mullidas mantas en tonos tierra, las repisas con flores secas. Los cuchillos relucientes bajo la lámpara del comedor. Vivía sola, como debía ser.

Tenía la certeza de que el desorden era una forma de enfermedad, igual que la dependencia. Por eso no tuvo hijos, pareja ni mascotas. «La maternidad deforma el cuerpo, y el amor, la voluntad», había dicho una vez, riendo, en un cóctel de la clínica. Algunos se ofendieron; a ella no le importó. La doctora Isabella Bianchi no había permitido que nada la desgastara. Su piel, su cuerpo y su mente eran su victoria.

Cada mañana, a las cinco en punto, practicaba una hora de yoga. Luego, en el baño, se miraba largo rato frente al espejo. El reflejo le devolvía lo que ella más admiraba: control. Cabello sin canas, cuello firme, ojos sin sombra de cansancio. Era una médica brillante, dermatóloga, dueña de una clínica y de su imagen.

En el trabajo, los hombres la miraban y se detenían, como si intuyeran que avanzar tenía consecuencias. Ella lo sabía y disfrutaba de ese dominio. Era respetada, temida y deseada. Los residentes la seguían con la obediencia de quien teme equivocarse. Los cirujanos mayores, condescendientes, intentaban halagarla; Isabella respondía con una sonrisa breve y quirúrgica, como si hiciera una incisión.

Ese día, después de salir de la ducha, comenzó con su rutina facial. Al aplicar la crema, notó una línea. Minúscula, casi invisible. Se inclinó, estudió el surco junto a la comisura de la boca. La luz del baño parecía más blanca, más cruel. Alzó una ceja, y el reflejo tardó un segundo en responder. Parpadeó, incómoda. Volvió a hacerlo. Otra vez el retraso. «Estoy cansada, maldita pesadilla», murmuró. «El espejo no miente —pensó—, pero exagera». Sonrió.

Sacudió la cabeza y fue a vestirse. Pantalón blanco con pinzas, suéter níveo con cuello de tortuga, tacones a juego y accesorios. Se roció con Chanel, tomó el abrigo, el bolso y las llaves del Jaguar. Conduciendo hacia la clínica, evitó verse en el retrovisor. Cambió los canales de noticias con más frecuencia de lo acostumbrado; no miró a otros conductores al detenerse en los semáforos.

El resto del día se sintió vigilada. En el ascensor de la clínica, el acero pulido le devolvió un rostro que no era del todo suyo. Las ojeras parecían más hondas. El cabello sin brillo. Intentó desviar la vista. Pero el reflejo, en el metal, la seguía incluso cuando giraba la cabeza.

Rehuyó mirar hacia los ventanales y espejos de la clínica. En los pasillos los colegas la saludaron como siempre, con la misma cortesía. Los residentes la observaban con idéntica admiración. Así que, con paso firme, se dirigió a su consultorio.

Justo después de colocarse la bata clínica, entró el nuevo residente.

—Isabella, buenos días. Soy el doctor Fernando Cuéllar, me toca rotación contigo —dijo, mostrando su mejor sonrisa, mientras, con confianza, se sentó frente a ella.

—Doctora Bianchi para usted —señaló, seca, y recorriéndolo con una mirada penetrante de arriba abajo.

—¡Disculpe, doctora! —exclamó al tiempo de levantarse y tenderle la mano temblorosa.

«Aún tengo el toque», pensó Isabella, con una chispa traviesa en sus ojos, que el residente no notó. No se atrevía a mirarla directo a los ojos.

—Bien, buenos días, doctor Cuéllar, estaré con usted en cinco minutos. Comenzaremos con una biopsia de cuello; espero que esté preparado.

—Por supuesto, esperaré afuera.

Las enfermeras vieron salir al doctor con cara de adolescente enamorado. Se miraron con complicidad y sonrieron.

—Salga de ahí, doctorcito, podría ser su mamá —le dijo, calladamente, la mayor.

—Es muy joven para eso y no vi argolla —indicó Cuéllar, sonriendo con picardía.

—Bueno, recuerde que se lo advertimos, no pierda la residencia.

De vuelta en su casa, Isabella cenó ensalada de atún. Se sumergió en las burbujas mientras disfrutaba de la lectura, y luego se fue a dormir. Esa noche soñó con su baño. El espejo estaba empañado. Detrás del vapor, una figura anciana imitaba sus movimientos con lentitud. La piel colgaba del rostro, grisácea, húmeda. Cuando la figura levantó la mano, Isabella vio que las uñas eran negras. Despertó gritando. Eran las tres en punto. Encendió la luz, se miró las uñas, impecables. Se tocó la piel de la cara, tersa como siempre. «¡Qué mierda te pasa, Isa! ¡Cálmate de una vez!». Respiró hondo, tomó un somnífero y dejó la luz encendida.

Al día siguiente, la línea de la comisura seguía ahí. Más marcada. Bajo la luz del baño, su reflejo parecía más opaco. Se inclinó sobre el lavabo, tocó su rostro: la piel era la misma, firme. Pero el reflejo devolvía una textura distinta, casi rugosa. Frunció el ceño. El gesto del espejo tardó un instante en responder. La idea la inquietó. Encendió y apagó la luz varias veces. El reflejo la seguía, pero con una fracción de segundo de retraso. «Necesito vacaciones», pensó.

A partir de entonces, el espejo se volvió su enemigo. Cada día, la imagen envejecía un poco más: arrugas nuevas, manchas oscuras, labios marchitos. Ella se examinaba con las manos temblorosas. La piel seguía turgente, pero el reflejo no.

En la clínica, Cuéllar la seguía como un perrito faldero. Eso la tranquilizaba un poco; al parecer nadie más notaba el cambio que devolvían los reflejos. Pero su concentración y aplomo no eran los de siempre. Isabella evitaba mirarse; sin embargo, la clínica estaba llena de superficies pulidas: ventanas, instrumental, vitrinas y espejos. En todas, aparecía esa imagen desgastada de sí misma.

Esa noche, en la santidad del baño, mientras contemplaba esa versión que no reconocía como suya, los recuerdos volvieron. Con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas, le preguntó al reflejo:

«¿Tú quién eres? ¿Qué has hecho con la que fui? Esa niña alegre, con ropa gastada, que corría riendo por los campos. Y ahora que lo tiene todo, pasa las noches gritando».  

Otra imagen vino a su memoria. Cerró los párpados con fuerza y apretó los puños. La noche de la fiesta. El alcohol. Manos sobre su cuerpo inmóvil, incapaz de responder. Vergüenza por la pérdida absoluta de control. Con el tiempo, encontró a los tres que la habían drogado; los hizo arrepentirse. Sí, el control no era un error, era necesario. Abrió los ojos.

El reflejo pareció asentir levemente. Isabella apagó la luz de golpe. Esa noche se durmió junto a sus viejas fotografías. Soñó con un largo pasillo, forrado de espejos. En cada uno se reflejaba una versión de sí misma: niña, joven, madura, anciana. En el último espejo, la piel se descolgaba como un velo húmedo, y los ojos se hundían hasta volverse opacos. Despertó sudando.

Durante la semana siguiente, el reflejo empeoró. El cabello del espejo tenía hebras grises; las manos, venas marcadas; el cuello, flácido. Isabella evitó mirarse. Pero, en la clínica, cada superficie pulida mostraba a la anciana de mirada hueca.

El jueves, mientras suturaba, escuchó su voz ordenando las pinzas y se detuvo. No era su voz. Era la de una mujer mayor, ronca, gastada. Soltó los instrumentos. El doctor Cuéllar la miró sin entender.

—Doctora… ¿Todo bien?

Isabella no respondió. En las pinzas, que brillaban frente a ella, vio su reflejo anciano sonreír. Sacudió la cabeza, afinó la mirada centrada en la herida y terminó su trabajo, sudando. Al salir del pabellón, corrió a su oficina y se encerró con llave. Se sentó, puso la cabeza entre las manos y comenzó a contar sus respiraciones. «Me estoy volviendo loca», pensó. Dejó a Cuéllar a cargo de los pacientes de la tarde y se marchó.

Esa noche, usó el baño con la luz apagada y los ojos cerrados. Tomó doble dosis del somnífero, esperando alejar las pesadillas. En el sueño, vio su apartamento desde el espejo, sucio, con olor a encierro. La vieja del reflejo tendida en su cama la miraba con una sonrisa desdentada. Despertó con un alarido, las sábanas húmedas.

Ese viernes, al cepillarse los dientes, escupió sangre y un molar. Se tocó la boca, contó sus piezas dentarias con la lengua. Todo en su lugar, la toalla perfecta. Entonces, cubrió los espejos del penthouse con toallas. Pensó en buscar ayuda; lo descartó al instante. No podía mostrar debilidad frente a sus colegas. Seguro era algo pasajero. Decidió que se marcharía de vacaciones. Sin perder tiempo, hizo las reservas para el spa de las montañas.

Más tarde, en su oficina, mientras dictaba una biopsia, escuchó su voz y no la reconoció. Era otra vez la de una vieja. Guardó silencio. La voz siguió un instante más, sola. Empezó a temer el sonido de su propia respiración. En los pasillos, los colegas le hablaban igual que siempre, pero ella percibía algo distinto: una lástima invisible, un leve gesto de incomodidad. Sentía que la observaban con extrañeza, como si notaran algo.

Luego, en la cafetería, el doctor Cuéllar, adulador incurable, se acercó con una sonrisa.

—Se ve distinta, doctora. ¿Todo bien?

Ella lo miró con el ceño fruncido.

—Perfectamente.

Él bajó la mirada. En la cafetera metálica, Isabella vio su reflejo: el rostro arrugado, las ojeras profundas, los labios resecos. Detrás, el doctor Cuéllar se reflejaba joven, tal cual era.

Manejando hacia su hogar, las manos aferradas al volante como garras de animal salvaje. La música encendida, pero ella no escuchaba. Las lágrimas brotaban sin cesar. Sonó el teléfono. «¡Si es de la clínica, me van a escuchar!», pensó irritada. Miró la pantalla y era su sobrina, respiró hondo, acercó la mano. Se detuvo justo antes de responder. No podía. Así no. Ver la cara de la joven en la pantalla le recordó la niña que ella había sido, antes de que la vida la corrompiera. Por eso la había protegido y mimado. No quería que la escuchara así. Cuando se cortó, vio aparecer un mensaje: «Feliz cumpleaños, tía». Lo había olvidado por completo. Tal vez esa era la respuesta, las hormonas de la menopausia. El llanto se intensificó. Se limpió las lágrimas con un pañuelo, a toques precisos, para no arruinar el maquillaje.

En casa, el reflejo la encontraba en todas partes: en la cuchara del café, en el cristal del reloj, en las ventanas, hasta en el agua del lavabo. Se fue a dormir, dejó la luz encendida. Mañana se iría al spa. Esta pesadilla tenía que terminar. Escuchó una voz proveniente del espejo.

—Te estoy esperando —decía la voz—. No te cansas de fingir juventud.

Tiritando, alcanzó los somníferos. Se cubrió la cabeza con las mantas y trató de dormir. El sueño no llegó. Se armó de valor y fue al baño. De un tirón retiró la toalla del espejo, sin prender la luz. Se sentó frente al espejo, esperando que los ojos se acostumbraran. Cuando la silueta apareció, el reflejo sonreía. Ella no.

—¿Quién eres? —chilló.

El reflejo movió los labios sin sonido. Luego, la voz salió del espejo, áspera y temblorosa.

—Elegiste ser princesa en el país de las mentiras.

Isabella retrocedió, tropezó con la bañera. El corazón le latía con violencia. El reflejo, anciano, cansado, siguió hablándole.

—Soy lo que no fuiste. Todo lo que negaste. Cada noche que dormiste sin amar, cada hijo que no tuviste, cada gesto de afecto que te guardaste… fueron míos.

Golpeó el vidrio con todas sus fuerzas. El sonido agudo y crujiente retumbó por todo el departamento. Los fragmentos se dispersaron por el suelo, pero en cada uno quedó atrapado un trozo de su rostro envejecido, moviéndose, respirando. Miles de bocas marchitas repitiendo su nombre.

Los vecinos oyeron gritos aterradores.

Cuando la policía entró al día siguiente, el apartamento estaba impecable. Las toallas limpias, el piso recién encerado. Todo olía a desinfectante. En el baño, el espejo sobre el lavabo lucía recompuesto, sin grietas. Ellos no vieron a la anciana que se reflejaba, sentada frente al lavamanos, con los ojos en blanco. Acomodándose el cabello.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Dos

Ninfa Patiño Sánchez


Una suave brisa se filtra por la rendija de la ventana del dormitorio, moviendo el filo de la cortina blanca. Alma del Rocío duerme plácidamente cuando el céfiro acaricia sus largas pestañas, despertándola de súbito. Estira su mano derecha y mira el reloj.

«¡Uf, recién las dos!» ―susurra, tras un profundo bostezo, y se vuelve a dormir.

Apenas despertó, cumplió su rito: dirigirse a la ventana a observar cómo los rastros de nieve van despidiéndose, dando paso a la primavera. Vistió su traje deportivo, se colocó los audífonos, bajó de dos en dos los escalones, abrió el portón y salió a la avenida; mientras trotaba, iba tarareando All You Need Is Love, de los Beatles. Concentrada en la canción estaba cuando entró una llamada.

―¡Aló! ¿Alma del Rocío Bustamante? ―preguntó una voz femenina del otro lado.

―Sí es ella ―contestó.

―Soy Ebba, enfermera del Hospital Akademiska Sjukhuset de Uppsala. Tiene que venir a retirar los resultados de sus exámenes.

Era una llamada que estaba esperando, pero no precisamente hoy. Sus pies fueron deteniéndose en cámara lenta hasta quedarse completamente inmóviles, pegados al asfalto; sus manos temblaban incapaces de sostener el móvil. Antes de responder, susurró para sí misma:

«Tranquila, Alma, todo estará bien». Aspiró profundo, tragó saliva y dijo: ―Allí estaré.

Regresó a casa, tomó una ducha relámpago, sacó del refrigerador un vaso de agua y dejó que el frío fluido refrescara su garganta; luego se dirigió al hospital. Llegó treinta minutos antes; en la sala de espera se sentó junto a una señora que acariciaba el cabello de su hija, que lucía pálida y llorosa. Esa imagen, más el olor a esterilizantes, la transportó a su niñez, cuando se había intoxicado con alguna comida y tuvieron que llevarla a emergencias.

―¡Alma del Rocío Bustamante! ―llamó una enfermera con acento finlandés―, el doctor Noah Andersson la espera en el consultorio 202.

Se levantó, caminó sin apuro hasta llegar al consultorio, se detuvo al mirar el último dos; un escalofrío se instaló en todo su cuerpo. Un joven de pelo ralo, con lentes redondos que dejaban ver unos diminutos ojos azules, con unos papeles y radiografías en las manos, la estaba esperando.

—Alma, ya tengo los resultados. Sé que esta información puede ser difícil de escuchar, así que te la explicaré con calma. Detectamos dos lesiones: una en el riñón derecho y otra en la vejiga. Por las características de los tumores, lo más seguro y recomendable es tratarlos pronto. El primer paso sería operar el riñón; con eso resuelto, continuaremos con la intervención de la vejiga. Esto nos permite evitar que se afecten otros órganos y aumenta significativamente las probabilidades de un buen resultado. Quiero que sepas que estaremos contigo en cada etapa del proceso, y si algo no queda claro, por favor, dímelo: es importante para mí que entiendas bien el tratamiento y puedas hacer todas las preguntas que necesites.

En la mente de Alma del Rocío quedó resonando como saeta afilada la frase: Detectamos dos lesiones. Permaneció en silencio; un nudo en la garganta impedía que salieran las palabras. Su cuerpo empezó a trepidar, como una cometa de papel abandonada al viento.

Luego de unos segundos, con voz trémula, balbuceó: 

―¡Haga lo que tenga que hacer, doctor!

Salió del hospital empujando los pies que le pesaban como pelotas de bronce.  Subió a su vehículo y empezó a manejar con dirección incierta; llegó a un lago. Comenzó a lloviznar; se bajó, se quitó los zapatos y permitió que el agua mojara los pies. Mientras miraba su reflejo en el agua y escuchaba su respiración, dejó que los recuerdos le vinieran a la mente como nubes apresuradas.

En la casa esquinera de tejas anaranjadas donde nació, se podía percibir el olor que producía la mezcla de tierra húmeda con geranios y arupos aromáticos. Además, se podía escuchar el sonido suave y continuo del río. En épocas de invierno, se volvía estrepitoso, como un tren desbocado que va arrasando con todo lo que encuentra a su paso. 

Una mañana despertó muy temprano y corrió a la ventana a observar el río; sus ojos se posaron en una rama (imaginaba ser ella) que era arrastrada por la corriente; brincando de piedra en piedra, en cada salto iba dejando burbujas. Luego miró al firmamento, un estruendo hizo que abriera los ojos como lunas llenas.  Los aviones le parecían pájaros gigantes que rompían el cielo levantando las tejas de las casas; anhelaba volar en uno de ellos. 

Cuando cumplió dieciocho años, se fue a estudiar idiomas en la capital; su sueño más grande era convertirse en azafata y viajar a lugares que únicamente había visto en las telenovelas.

Una tarde crepuscular, cuando salía de las clases de inglés, conoció a su primer esposo, Erik Larsson, un científico sueco de cabellos negros y ojos penetrantes, que acababa de llegar al país para desarrollar una investigación en las Islas Galápagos. 
En cuanto la miró abandonó sus afanes científicos enamorándose perdidamente.
Cuando Erik le pidió que se fueran a Suecia y se casaran, ella aceptó. Guardó la carta de admisión al curso de azafata en una caja, entre fotos viejas.

Ya en Suecia Alma del Rocío debió enfrentarse a dos desafíos: la cultura y el idioma. Se compró un diccionario sueco-español, llenó las paredes del departamento con etiquetas donde iba colocando las palabras y frases más complejas.   A los dos años nació su primera hija, María.

Cuando María tenía doce años, un infarto fulminante sorprendió a su padre, quedando huérfana y Alma del Rocío sumida en una profunda desolación. El día después del funeral, Alma recogió la bufanda de Erik del sillón y la dobló como acariciándola. Luego, mientras María dormía, abrió un libro en sueco: Cómo escuchar a adolescentes y subrayó las palabras que aún no entendía. Volvió a esas páginas varias veces, memorizándolas para sostener el día.

Cuando creía haber sanado su herida, conoció a Sven, un actor secundario de teatro. El sueco tuvo que tomar un curso intensivo de español, aprender a bailar cadencias latinas y gastarse algunas coronas en ramitos de violetas perfumadas para ganarse el amor de Alma, que parecía tener blindado el corazón con una pantalla de acero. Al cabo de unos meses, Sven logró conquistarla y convencerla de casarse.  Con él procreó su segunda hija, Alegría. El matrimonio duró menos que el primero; el actor se marchó con una masajista hawaiana. Alma quedó devastada con esta felonía; tras ver el rincón vacío donde había estado la maleta de él, abrió las ventanas y dejó que entrara el aire gélido. Horneó el pastel de manzana preferido de sus hijas sin variar el ritmo. Esa noche, cuando por fin se quedaron dormidas, escribió en un post-it: «Mañana empiezo». Lo pegó en la puerta del refrigerador.

Inmersa en sus pensamientos estaba cuando levantó la mirada y se dio cuenta de que había anochecido. Abandonó el lago y regresó al vehículo; luego de algunos kilómetros recorridos, el motor se apagó; se fijó en el tablero y constató que se había quedado sin combustible. Solo allí tomó conciencia de su situación actual. Se miró en el retrovisor, tenía los ojos llorosos y enrojecidos; antes de llamar a una grúa, con voz entrecortada, masculló: «El dos toca mi puerta nuevamente».

Fueron años interminables entre cirugías y radioterapias. La vida de Alma del Rocío experimentó un giro copernicano. Dejó de ser la persona soñadora, alegre, cuyas carcajadas contagiosas hacían sonreír al más escéptico de los escandinavos. Su esbelta figura, su cabello largo y liso, sus ojos como perlas negras brillantes y la energía delirante que emanaba cuando caminaba con sus tacones dejando un aura mágica habían cambiado:  ella ya no era la misma.

Una mañana se vistió pausadamente; cada movimiento le confirmaba que el día no estaba perdido. El cansancio seguía ahí, agazapado, pero no la tironeó de vuelta hacia la almohada. No era un resurgir; apenas un pequeño impulso, casi tímido, pero suficiente para que se dijera: «Está bien. Una vez más». 

Alma finalmente comprendió que el dos no era un aviso de caída, sino de continuidad.

martes, 17 de febrero de 2026

La noche antes de crecer

María Paz Navea Tolmos


Mauricio no podía dormir porque al día siguiente cumpliría doce años y ya casi no cabía en los toboganes.

No era una metáfora. Le había pasado esa misma tarde en la plaza: se sentó, empujó con los pies y se quedó atorado. Tenía las rodillas apretadas contra el pecho y sentía los hombros demasiado altos. Era su cuerpo avisándole algo que él no había pedido.

Ahora estaba despierto, mirando el techo, pensando en lo mismo.

Faltaban pocos minutos para la medianoche cuando se levantó, cogió una mochila y salió de su casa sin hacer ruido. Al llegar al parque, el reloj del poste brillaba demasiado en la oscuridad.

Sabía que el tobogán de metal viejo lo estaba esperando, igual de chico que siempre, con la pintura verde gastada y los bordes doblados por los años.
Al apoyar la mano, sintió el frío del metal y la aspereza de la pintura levantada. Su olor cotidiano a óxido y pasto húmedo, sus bordes raspándole los dedos; eran los mismos que había tocado desde niño, los únicos que aún lo reconocían.

«Una vez más», dijo mientras se impulsaba.

Pero el tobogán no lo dejó bajar como siempre. No se trabó ni se rompió. Simplemente se alargó, con un crujido suave que le vibró bajo el peso. Mauricio sintió cómo el metal se volvía tibio bajo las piernas y por un minuto se hundió en la quietud nocturna de la plaza.

Cuando llegó abajo, el suelo no era de tierra. Era pasto, parejo y brillante. Al apoyarse, sintió la humedad fría traspasarle las suelas. La luz de la noche iluminaba lo justo para ver dónde pisaba. Mauricio se levantó despacio. Miró a su alrededor, el lugar estaba ahí: las casas bajas, la plaza, el silencio que no daba miedo, pero el cielo tenía menos estrellas, el columpio ya no se movía y todo parecía más estrecho. Como el tobogán.

Mauricio tragó saliva.

«Yo tampoco voy a caber mucho tiempo más, ¿no?», pensó en voz alta.

Nadie contestó, pero él ya conocía la respuesta. Tenía muy claro que esa era la última noche en la que estaría ahí. Sabía que, si no hacía algo ahora, ese recinto desaparecería junto con su niñez.

Mauricio miró el tobogán desde abajo. Ya no parecía tan largo ni tan dispuesto a esperarlo otra vez.

«Está bien —dijo—. Al menos quisiera despedirme como corresponde».

Caminó hacia el centro del recinto. Cada paso le resultaba ligeramente incómodo. El pasto brillante se apartaba bajo sus zapatillas, era como si el suelo midiera cuánto espacio ocupaba.

En el centro seguía el banco de siempre. De madera clara, gastada en el borde donde los niños se sentaban a esperar sin saber bien qué. Mauricio se dejó caer ahí y apoyó las manos a los costados.

El banco crujió.

«Perdón», murmuró y retiró un poco el peso pensando en que antes no hacía falta pedir permiso.

Miró alrededor y notó que las casas bajas seguían en pie, pero algunas ventanas estaban apagadas del todo, como si ya no hubiera nada detrás. El columpio, quieto, parecía más corto que la última vez. No roto. Más bien como si se hubiera encogido.

«No es justo que decidas sin avisar —dijo—. Yo siempre vine a ti».

El rincón respondió como sabía hacerlo: un sonido leve, metálico, se escuchó a lo lejos. Mauricio levantó la cabeza. Venía desde detrás de las casas, donde empezaba el camino que llevaba al borde del parque. No todos los niños llegaban ahí. No todos se animaban. Mauricio sí.

Se puso de pie y caminó en esa dirección. A cada paso, el sonido se hacía más claro: un golpeteo suave, rítmico, como algo chocando consigo mismo por falta de espacio. Al llegar, vio la baranda: una estructura baja, casi ridícula, que marcaba el límite del parque. Del otro lado no había nada visible. No oscuridad, no vacío. Solo una especie de aire espeso, inmóvil. La baranda siempre había estado ahí, pero nunca había hecho ruido y ahora sí, estaba vibrando.

Mauricio se agachó y apoyó la mano. La baranda temblaba como si algo del otro lado empujara, no para salir, sino para no desaparecer.

«¿Eso es todo lo que queda?», preguntó.

No hubo respuesta. Pero Mauricio supo que no se trataba de salvar el recinto. Nunca había sido posible. No se necesitaban héroes ni sacrificios grandes, tan solo una elección.

Miró sus manos otra vez. Grandes. Torpes. Demasiado conscientes de sí mismas. Pensó en el tobogán, en cómo se había alargado solo para dejarlo pasar una última vez.

La plaza no deseaba retenerlo, solo quería que eligiera qué llevarse. Mauricio respiró hondo y vio cómo el cielo perdía otra estrella. Sentía como si el lugar lo estuviera soltando a él.

«Está bien —dijo, más bajo—. Ya entendí».

Se quitó la mochila y la abrió. Estaba vacía. Como debía ser. Se acercó a la baranda. Y entonces dudó. Porque elegir una sola cosa significaba dejar todo lo demás atrás.

Pensó en llevarse algo concreto: una estrella o quizá un pedazo de pasto brillante. Pero supo enseguida que no funcionaría. Las cosas del parque no estaban hechas para durar fuera de él. Se desarmaban apenas cruzaban el borde, como si no supieran existir en otro lado.

Cerró la mochila, en señal de entendimiento, y volvió sobre sus pasos. Con cada uno de ellos el lugar se encogía más y más. Pasó junto al banco, junto a las casas bajas, hasta llegar otra vez al tobogán.

Mirándolo desde abajo notó que era más corto que antes. Apenas suficiente. Subió la escalera con cuidado. Cada peldaño le quedaba más justo de lo que recordaba.

Arriba, una vez más, se sentó y sus rodillas volvieron a chocar con el pecho. El metal estaba frío, ya no conservaba el calor de siempre.

Mauricio apoyó las manos a los costados. No pensó en crecer, ni en mañana, tampoco en despedidas. Solo se impulsó y bajó sintiendo el metal apretarle los hombros y exigirle más de lo que antes necesitaba.  

Al llegar abajo, el pasto dejó de brillar y el cielo se apagó del todo. Se paró frente al tobogán y notó que este lucía más pequeño que otras veces. En un solo parpadeo, el reloj del poste ya estaba marcando las doce en punto. Mauricio respiró hondo. Ya tenía doce.

lunes, 16 de febrero de 2026

Maradona

Moisés Panduro Coral

 

El antiguo reloj de la catedral daba su segunda campanada de la tarde cuando el juez dio inicio a la audiencia para la lectura de sentencia sobre el caso Maradona. Una multitud se arremolinó frente al juzgado de Puerto Malú, ocupando la vía pública y obstaculizando el paso de los vehículos.

—Ninguno de sus robos califica como hurto agravado —dijo una señora que cargaba en el hombro una bandejita con tortillas de maíz.

—Si no hubo hurto agravado no puede haber delito —argumentó un joven con pinta de universitario de cuyo hombro colgaba un morral negro.

—Y si no hay delito, ¡qué sentencia pues va a haber! La única sentencia que se espera es que lo absuelvan —agregó la joven obstetra que, al retornar del hospital donde había cumplido su turno, detuvo su moto por un instante para sumarse al gentío.

 

Frente al juez aguardaba un hombre flaco, de brazos musculosos con venas como túneles de termitas que se ramificaban hasta las manos. Tenía el cabello negro corto y orejas parabólicas que enmarcaban una mirada llorosa mezcla de tristeza e inocencia. Vestía una bermuda beige, y un polo bicolor: rojo ladrillo la mitad superior, y azul oscuro, la mitad inferior. Sus pies calzaban unas sandalias baratas de plástico cuyas tiras encajaban bien entre sus dedos gordos y sus segundos dedos llenos de mugre. Su mano derecha sujetaba un gorro rosado con el logo de una conocida marca imitada a la perfección en el mercado informal.

—No podemos juzgar, tenemos hijos que no sabemos cómo serán cuando sean más grandes —expresó una joven madre que cogía de la mano a su pequeño vestido de uniforme amarillo con bordados rojos que, a esa hora, regresaba de la guardería infantil.

—Papi, mira, ahí está mi gorro rosadito con Maradona —dijo inocentemente una niña cuando vio que su papá revisaba en su WhatsApp la foto del inculpado.

 

Mientras al interior del juzgado el juez iniciaba la lectura de sentencia, afuera se producía un conato de bronca entre dos vecinas.

—¿No has sido tú la que le ha ishangueado cuando le amarraron a un poste y el pobrecito gritaba pidiendo que lo liberen? ¡¿Qué haces aquí?! —le reclamaba una furiosa vecina a otra que acababa de llegar, apuntándole con su dedo índice.

—¡Yo! ¡Para nada, vecina!

—¡Pero yo te he visto en el TikTok! ¡No tienes alma! ¡Cómo puedes hacer eso a tu prójimo! ¡Sea lo que sea es tu prójimo! ¡A ver que le hagan eso a tu hijo!

—¡Usted se está confundiendo, vecina! ¡No sé de qué me habla!

—¡Vecina! ¡Espere, vecina! No es ella. Quien le ishangueó es otra señora que no es de aquí y que ayer se ha marchado del pueblo —terció otra señora que se interpuso entre la bronquera y la recién llegada.

 

Días antes, Maradona había sido descubierto, robándose unas bolsas de azúcar de un pequeño market.  Un cliente que hacía sus compras se percató, lo persiguió y lo atrapó tomándolo del brazo en una esquina oscura. Forcejearon, acudieron otros y, entre todos, lo doblegaron y amarraron a un poste. Una mujer obesa, con mucha agilidad, extrajo de raíz una ishanga —planta urticante de unos cincuenta centímetros de altura, muy común en la selva amazónica, que crece en las huertas y calles— y lo azotó repetidas veces, sin importarle las súplicas dolientes del inmovilizado. Al escuchar el alboroto, varios vecinos intervinieron y cuando descubrieron de quién se trataba, increparon soezmente a quienes lo estaban torturando.

—¡No le hagan daño, carajo!

—¡Nuevamente ha robado! ¡Ha prometido que va a cambiar, pero sigue en lo mismo! —alegó uno de los que lo amarraron al poste.

—¡Por tres miserables bolsas de azúcar no pueden poner en riesgo la vida de una persona, eso está prohibido por ley! —protestó una señora.

—Cualquiera que delinca debe recibir su castigo y los que lo apoyan también —dijo el que lo detuvo.

—¿¡Me estás amenazando!? —estalló un hombre musculoso de gran estatura, caminando decididamente hacia el poste y pecheando al que lanzó la indirecta.

—No, señor, no le estoy amenazando —respondió a la defensiva —pero, entonces, de qué manera cree usted que vamos a enseñar a nuestros hijos a que no sean como él.

—¡Eso le corresponde a la policía o al juez, no a usted, pedazo de cabrón! —replicó con voz atronadora el grandote.

—En ese caso, hágase responsable usted, señor —dijo su contrincante mientras desataba las amarras al cautivo.

Una vez libre, Maradona recogió las bolsas de azúcar que habían caído al suelo y se las entregó a unos niños que por curiosidad se habían acercado.

 

El duelo verbal entre las dos vecinas había terminado, no tanto porque era evidente que la mujer que había ishangueado a Maradona no era la persona que estaba siendo señalada, sino porque, en ese momento, el dueño del bar ubicado frente al juzgado levantó el volumen de su equipo de sonido para que todos puedan oír la lectura de la resolución del juez. Sí, Maradona era querido y odiado por el pueblo de Puerto Malú. En realidad, más querido que odiado, porque según doña Evita, la lideresa de los clubes de madres, por cada detractor tenía diez defensores.

No era la primera vez que detenían a Maradona. Le decían la mano de Dios por su extremada habilidad para apropiarse de lo ajeno. El periodista Jacker Ipushima, que transmitía la audiencia judicial en vivo y en directo a través de radio Arazá, decía que estadísticamente hablando no había nadie en Puerto Malú cuyas pertenencias no hubieran sido tocadas por la mano de Dios.

Maradona era un auténtico diez del pillaje, el mejor jugador en la cancha del hurto, el más grande matador en el área chica de las viviendas y negocios. Era un patrimonio viviente de Puerto Malú.

—Qué pena Maradonita, pediré que no te pase nada, que Dios te cuide mucho hijo, había escrito doña Regina en el grupo WhatsApp de su familia, acompañando a su mensaje un selfie que se tomó con el encausado, rodeado de varios corazoncitos.

Las reacciones no se hicieron esperar.

—Con esa carita de no sé nada, pobrecito —escribió su hija mayor, acompañando a su texto el emoji de un estado de tristeza.

—Es el don que Dios le dio, déjenlo libre —envió el yerno mientras cumplía su trabajo de guardián de un almacén de mercaderías.

—Nooo, por favor, a mi persona favorita, noooo —mensajeó su cuñada que desde su oficina de contadora seguía el proceso en una transmisión del Facebook.

El resto de la familia reaccionó con emojis de manos en oración en señal de ruego para que el juez decida la libertad de Maradona.

Pero Maradona dividía familias.

—Ya, metan preso a ese ladrón —escribió el benjamín de doña Regina, considerado la oveja negra de la familia.

 

El último comentario desató una cadena de reacciones con adjetivos calificativos poco comunes en un grupo familiar. De ellos sólo se puede rescatar: ¡Fuera de aquí, baboso de mierda! ¡No puedo creer que no lo entiendas todavía! ¡Comentario fuera de lugar! ¡Nunca escupas al cielo, tarado! Las pantallas de los celulares se tiñeron de rojo oscuro por la gran cantidad de hileras que formaban los emojis de enojo.

Esta familia era una barra brava de Maradona, aunque no era la única. Si Maradona se presentaba de candidato a alcalde, ganaba por goleada. Y es que Maradona podía ser el mejor diez de todos los tiempos en el ranking de la rapacería, pero cometía inocentadas inentendibles para un ladrón de viejo oficio, las que eran muy comentadas por los programas matinales de las radios locales. La gente andaba pendiente por saber si la noche anterior se había producido algún robo maradoniano seguido de su respectiva inocentada, lo cual desataba una extraña sensación de ternura con cada nueva historia.

 

Cierta vez, había sido sorprendido robando las gallinas de la huerta de doña Emilia, la viuda que mantenía a sus tres hijos con la crianza de aves de corral.

—Perdone, amigo policía, la falta de trabajo me trajo hasta aquí, prometo no volver a robar más —dijo en tono lloroso.

Tenía varias excusas harto conocidas para sus robos en tantos años. Le condujeron a la comisaría nada más que por puro trámite. Al salir de la celda donde estuvo retenido por veinticuatro horas, un buen samaritano le dio trabajo en su hotel. Todo lo que tenía que hacer era limpiar los baños de las habitaciones. Maradona se veía bien con su uniforme y sus implementos de trabajo, pero no pasó ni una semana, cuando el dueño empezó a notar que faltaban algunas sábanas y almohadas. Todo apuntaba a Maradona.

Efectivamente, varias familias del barrio La Pedrera podían decir, por fin, que dormían mejor gracias a sus sábanas nuevas de buena textilería desplegadas elegantemente en sus duros colchones de paja con muchos años de uso. Maradona iba por los barrios periféricos de la ciudad mostrando sus productos a sus potenciales clientes, quienes le hacían agarrar el dinero que tenían o le prometían pagar después. Si no lograba colocarlos los donaba a la gente necesitada.

Era común escuchar: «Maradonita, no tengo mucho dinero, ñaño, pero te alcanzo algo por ahora». A muchos no les interesaba el producto, pero le alcanzaban un sencillo por la emoción de habérsele cruzado en el camino.

En otra oportunidad, había sido capturado cuando caminaba tranquilamente por la calle, cerca de las dos de la mañana, llevando bajo sus brazos unos libros que había extraído de la rica biblioteca del viejo maestro Víctor Sunción. En un nuevo capítulo de la novela maradoniana, las radios y canales difundieron las entrevistas hechas al policía que lo detuvo aquella madrugada.

Era una escena surrealista: Un tipo en trusa y con bividí oscuro, sucio y raído, tocando puertas al amanecer para entregar libros. Parecía un bibliotecario haciendo delivery de libros en un sector de la ciudad donde predominan las casas rústicas con columnas de madera y techos de hojas de palma tejidas.

Aquella vez Maradona suplicó al comisario que lo dejara libre, que solo quería ayudar a unos niños a quienes había escuchado que no tenían los libros que les pedían en la escuela.

—Pregunte a los niños del barrio Requenillo, jefe, ellos querían esos libros y yo sabía quién los tenía, jefe.

—Pero eso no significa que no has cometido un robo.

—Ya pues, jefe, déjeme libre. Además, debo estar en reposo después de la operación que me han hecho.

—¿De qué te operaron? —preguntó el comisario.

—De apendicitis, jefe —respondió, llevando dramáticamente la palma de su mano al extremo inferior derecho de su bajo vientre.

—No te creo. Tu operación hubiera sido una noticia internacional. ¿Cómo es que no nos hemos enterado en Puerto Malú?

Incapaz de sostener su mentira, Maradona solo sonrió. Esta vez vino en su ayuda, el líder de Los Halcones Azules, una ronda urbana que apoyaba a la policía en el resguardo de la seguridad interna de Puerto Malú.

—Mi mayor, con su permiso, voy a invitar a Maradona a ser un halcón azul —dijo solemnemente.

El jefe policial lo miró asombrado, como preguntándose: «¿Esto es en serio?», pero luego pensó mejor y se dijo asimismo que tener a Maradona en Los Halcones Azules no era una mala idea. Podría ser una experiencia motivadora que le conduzca a la reflexión y, a la larga, a dejar el bendito vicio de robar que había mantenido en jaque a la policía durante muchos años.

—Es una buena propuesta. Este lunes quiero verlo uniformado y saliendo a patrullar en la vigilia nocturna —dijo el jefe policial.

Maradona sonrió ampliamente. Se cumplía uno de sus sueños. Iba a ser un halcón azul, vistiendo un pantalón holgado beige con hartos bolsillos, un chaleco del mismo color, también con bolsillos; un polo azul con un escudo en letras doradas, y ese gorrito beige que nunca pudo posar en su cabeza ni en sus manos. Tenía una colección de gorros, pero ese del halcón había sido siempre una fruta prohibida para él. Se imaginaba deteniéndose así mismo: Un Maradona con uniforme deteniendo a otro Maradona semivestido.

Pero el diez de Puerto Malú no estaba destinado a ser un uniformado. A las pocas semanas, varios polos de los halcones azules fueron vistos cubriendo el tórax de un equipo de fulbito de barrio, mientras que los gorritos beige se estrenaban en las testas de los niños. Todo indicaba que ese autogol era una obra maradoniana. Cuando se confirmó que la mano del diez estuvo detrás de la jugada, el líder de los halcones le sacó tarjeta roja.

Al día siguiente, las radios iniciaron la jornada mañanera con un titular celebratorio: Gol de Maradona a Los Halcones Azules, con un dribling de arco a arco.

 

—No tiene remedio. Creo que la única alternativa es que vaya a vivir en alguna zona rural —comentó cabizbajo el líder de los halcones.

—Le dimos muchas oportunidades. Quince años en este plan, ya cansa. Yo creo que es hora de darle un buen escarmiento, que pise la cárcel —dijo apesadumbrado el jefe policial.

Así fue que se armó el voluminoso atestado contra Maradona que, a pesar de todo, tenía la certeza de que los incontables perdones que había recibido a lo largo de su trayectoria cuatrera se volverían a repetir, esta vez de parte del juez.

En Puerto Malú, todos sus habitantes estaban al tanto del acto judicial. Afuera del juzgado, alrededor de las siete de la noche, la masa humana había crecido tremendamente, con hombres y mujeres, jóvenes y viejos, y hasta niños, con la vista pegada en la pantalla de los celulares viendo la transmisión en vivo y en directo que hacían las diferentes plataformas informativas por las redes sociales.

Por fin, el juez, que ya llevaba tres horas leyendo los extensos antecedentes de la resolución, se detuvo unos segundos, se sacó los lentes, se restregó los ojos, se volvió a colocar los lentes, acomodó su silla, tomó un poco de agua, y leyó:

«Por estos considerandos, con estricto apego a la ley y administrando justicia a nombre de la nación, fallo dictando sentencia de nueve meses de prisión preventiva contra la persona de Jhon Lenon Rosas Vásconez, alias “Maradona”, disponiendo que, luego de los controles de salud respectivos, se le interne en el penal de Puerto Malú, mientras continúan las investigaciones».

El público detonó un sonoro ¡Nooooo!, y empezó a pifiar ensordecedoramente. Casi nadie estaba de acuerdo con la decisión del juez. Los cientos de congregados vociferaron insultos de todo calibre contra los policías que habían acordonado el local del juzgado. Unos minutos después, una señora, con megáfono en mano, apuntó hacia ellos como los responsables de haber entregado a Maradona al poder judicial, enervando la animadversión popular y motivando a los más furiosos a lanzar semillas de aguaje y pedazos de cascajo contra el cerco policial.

Las redes sociales reventaron. Eso no podía ser. Ni debía ser. ¿Por qué? Si Maradona devolvía lo que se llevaba. Se llevó el polo y la bermuda de mi hijo, pero nueve meses de prisión por eso es una canallada, comentó un antiguo comerciante del pueblo. Y el tractor que dijeron que se había robado, fue una treta para justificar gastos de la municipalidad, agregó una vendedora de refresco.

¿Ahora, quién nos va a robar con decencia y elegancia?, posteó sarcásticamente un viejo poeta del pueblo. Estamos dispuestos a llegar hasta el TAS para que se haga justicia con Maradona, posteó un beodo, veterano de la selección de fútbol de Puerto Malú, que a esa hora estaba sazonado con varias copas encima. Sin Maradona en la calle, Puerto Malú no tendrá adrenalina, tituló una plataforma virtual de noticias. ¡Maradona, nooo! ¡¿Cómo es posible este suceso?! El juez está mal de la cabeza, escribió Segismundo, uno de sus hinchas más acérrimos.

 

Ante el creciente embravecimiento del gentío y su peligroso acercamiento a la puerta del juzgado, la policía se vio obligada a disparar gases lacrimógenos para dispersar a los manifestantes, lo que degeneró en una bronca de grandes proporciones. En medio de la confusión, un grupo logró ingresar a la sede del juzgado. El juez y sus ayudantes huyeron despavoridos saltando un muro posterior que daba hacia una huerta del vecindario.

Cerca de las nueve de la noche, cinco hombres subieron a Maradona a bordo de un bote que esperaba en el embarcadero del arenal del río Tapiche. Junto con él embarcaron varias bolsas y cajas de cartón.

El motorista enfiló de inmediato, a toda velocidad, haciendo zigzags, como si alguien le estaría persiguiendo para arrebatarle el pasajero más valioso que había transportado en su vida, mientras su ayudante, en la proa de la nave, enfocaba intermitentemente su linterna al agua para no desviarse del canal navegable del río.

Luego de navegar dos horas aguas arriba, el motorista acoderó en un embarcadero rural rodeado de árboles frondosos que en la oscuridad parecían gigantes vigilando. El ayudante sirvió panes y café caliente de un termo que llevaba en una mochila.

Mientras toma su café, Maradona mira el cielo estrellado en la negrura de la noche y piensa en su madre. ¿Y si ella es una de esas luces brillantes como le enseñaron de niño? Llegaron a Puerto Malú desde un pueblo cuyo nombre se ha perdido en el tiempo. Su mente vuela hacia el día en que la vio dentro de una caja que fue llevada al cementerio. Él no entendía la muerte. Y creció agregado de familia en familia. Te echo de menos, mamá. Te vi aquel día que me encontraron tendido debajo del puente Camaná. ¿Estaba muerto, mamá? Y me llevaron al hospital. Te veía, pero fue como un sueño.

—Hasta la frontera con Brasil son tres días, ñaño —escuchó al motorista, cortando sus pensamientos —pero tenemos gasolina y provisiones en cantidad.

—Sí, sé a dónde voy, ñaño.

Iría donde don Ramón, el viejo ganadero que estableció un fundo en ese lejano lugar. De allí llegaba la carne y el queso para Puerto Malú.

—A ver, esto es de la panadería Teresa, y aquí hay conservas de la tienda Yong, y estas frutas son de doña Reginita, por acá tenemos pollo canga de la pollería Chung, y esto es ropa donada por doña Elvita, —dijo el ayudante pasando revista a las provisiones con su linterna, ufanándose de los donativos enviados por los hinchas de Maradona.

Maradona suspiró hondo. Tanta bondad me duele, se dijo a sí mismo. Dejaré la droga y los robos ¡Por mi madre que lo haré!

El aullido potente de un mono aullador llegó de lejos cortando el silencio de la noche.

—Buena señal —dijo el curtido motorista, y arrancó el motor.

Puerto Malú había logrado rescatar y liberar al mejor diez de su historia.