jueves, 28 de agosto de 2014

Engaño

Elena Villafuerte


La habitación está en penumbra; las cortinas, cerradas para impedir miradas indiscretas, apenas dejan pasar un rayo de luz. Un par de lámparas de leds iluminan un sillón, una botella de vino y dos copas sobre la mesa. El aire, pesado con la mezcla de aromas de desodorante ambiental, fluidos corporales y perfume, en fin: apesta a sexo.

-Eso estuvo increíble. -Acaricias mi mejilla con la punta de los dedos, en un gesto que destila ternura.

Mis ojos recorren las líneas de tus piernas, que se adivinan entre las sábanas revueltas; suben hasta tu cadera, que apunta alto hacia el techo, haciendo que en tu cintura se forme una cascada de tela blanca. Observo la piel de tu pecho y brazos, cubierta de vello, la quijada dura, sonrisa satisfecha; acabo en la luz de tu mirada cuando me observas.

Hace unos meses que no veo en tu dedo el anillo que te proclama al mundo como un hombre casado. Me pregunto por qué. Pero en realidad no quiero que me respondas, porque en tu entrega y caricias, en esos besos lentos, encuentro mi respuesta. Después de tantos años, ¡quién lo dijera! Te has enamorado de mí.

Crees que lo he olvidado, ¿no es así? Estás convencido de que retomamos esta relación en el punto exacto en que la dejaste, cuando sacrificaste mi amor por tu carrera, por tu egoísmo, por un matrimonio conveniente. Piensas que no te guardo rencor por esas noches de soledad, cuando anegada en llanto, muriendo de celos, te sabía en otros brazos.

¡Si supieras!

Cuántas cartas escribí en esa soledad, llenas de palabras tristes, apasionadas; algunas cargadas de enojo, de dolor y de reclamos. Cartas formuladas en tiempos de silencio, cuando no podía, o no quería, saber de ti. Escribir fue la única forma de exorcizarte, de sacar lo que llevaba dentro, de no volverme loca pensando; porque una vez escrito estaba en el papel, o en la computadora, y no en mi cabeza.

Cuántas madrugadas insomnes, llenas de desengaño. Cuántos gritos perdidos en las almohadas, cuántas canciones cantadas entre lágrimas durante largos trayectos en carretera, en el tráfico. Cuántas veces pensaba en ti, en aeropuertos, juntas y salas de espera. No te importó mi extraordinariamente dolorosa agonía ni la muerte de mis esperanzas. Para mí no tuviste más que una frase, que aún me quema los oídos.

“Yo jamás te prometí nada.”

-Te amo -me susurras al oído, mientras me abrazas- ¡Me hacías tanta falta!

-¿Sííí? -pregunto juguetona- ¿Cómo cuánta?

-¡Toda! -tu mirada se hace oscura, profunda. Te incorporas y te acercas aún más, acaricias mi cabello, mis labios- eres como un virus incurable. Te sueño, te deseo, te llevo impresa en las retinas.

-Uuuuuyyyy…

-Tengo todo lo que siempre quise, todo lo que soñé… y no soy feliz. Nada me llena, nada quita esa sensación de vacío y de soledad que tengo. Y es que me faltas, amor… me faltas al despertar, te extraño en mi cama, en la mesa del desayuno, al otro lado del teléfono para preguntarme si voy a ir a comer. Extraño esas pláticas contigo, tu risa, tus sarcasmos, tu inteligencia, tu forma de ver las cosas. Y me hierve la sangre, pensar que estés con alguien más, que alguien más tenga tus besos, tus noches, tus despertares, tu sonrisa y tus lágrimas…

Hace diez años hubiera dado el alma por escucharte decir esas palabras. Hoy abro la boca para decirte que yo… jamás te prometí nada. Que he aprendido a vivir sin ti, a no amarte, a no desearte y no extrañarte. Decirte que se secó el manantial de mi llanto, que reconstruí mi vida y que yo sí soy feliz. Pero te beso, y rodamos entre las sábanas.

Después de todo, siempre puedo decírtelo la próxima semana.

martes, 26 de agosto de 2014

Gina y el mar

Juana Ortiz Mondragón


Sentada sobre una roca, Gina observaba cómo el sol se escondía tras las nubes y coloreaba de rosa pálido el paisaje. Las olas mojaban sus pies mientras jugueteaba con la arena.

- No sé qué me pasa, no sé qué tiene ese magnífico lugar… me hechiza de tal forma que puedo permanecer horas contemplándolo -decía Gina.

Gina, una mujer pequeña de estatura, de contextura delgada,  pero grande de corazón. Medía un metro y cuarenta y cinco centímetros.  De  cabello rojo y ensortijado que le caía a la espalda, unos ojos color miel  y una sonrisa mágica.

Un alma libre, de esas que poco se encuentran en estas épocas. No andaba atada a nada: ni a cosas materiales ni a personas. Quizás demasiado solitaria, siendo atractiva e inteligente, pocos amores habían pasado por su vida. No creía en cuentos de hadas, ni en príncipes azules, pero en ocasiones esperaba un hombre que la acompañara en la aventura de su existencia. Había perdido los prototipos de belleza de aquella persona que deseó en su adolescencia: ojos verdes, rubio, delgado… solo deseaba una compañía.

Hacía algún tiempo  decidió que el mejor lugar para estar era una playa tranquila, cercana  a la ciudad. Tenía  veinticinco años, bióloga marina de profesión,  en sus tiempos libres solía hacer ejercicio, leer y escribir un poco. Con esfuerzo había construido una cabaña auto- sostenible, con paneles solares y  sistema de riego. Cultivaba  una huerta, de la que obtenía muchos de sus alimentos: fresas, tomates frescos, albahaca, plantas aromáticas. Siempre se sentía  un olor  dulzón en las mañanas.

Gina trabajaba en un parque acuático. Aunque no le gustaba ver en cautiverio los seres que tanto amaba, trataba de hacer de la vida de éstos algo placentero y se esforzaba día a día por su conservación. Veía decenas de delfines en esas enormes peceras, tan pequeñas para ellos. Todos los días sometidos a fuertes entrenamientos, actividades antinaturales como saltar y bailar al ritmo de una música ensordecedora. Gina los alimentaba y les brindaba atención médica. Cuando terminaba su turno salía a trotar un rato por la playa o a nadar un poco. En las noches, mientras se tomaba un té, observaba lo apacible del mar, se deleitaba con las estrellas y escuchaba reggae.

Una mañana de agosto llegó  a la playa, un apuesto caballero, rubio y  de cabello ensortijado. Ojos azules claros  y  muchas  expectativas. Decía que iba  a cambiar el mundo, que en su maleta traía todas las soluciones a las tristezas y a las soledades, que podía curar toda clase de enfermedades. Tocó a la puerta de Gina un domingo, ofreciéndole un producto, una bebida de color rojo, que quitaba el cansancio y aumentaba  la capacidad intelectual.

-¡Buenos días! ¿Sería tan amable de escucharme?  -preguntó desde el portón.

-¡Claro que sí! ¿Qué desea?

-Vengo desde tierras lejanas, ofreciendo medicinas naturales a base de frutas,  yo mismo las hago. Curan desde un dolor de pie hasta un desengaño  -dijo él.

-Me encantaría escucharlo, pero quisiera saber su nombre.

-Me llamo Camilo y usted ¿Cómo se llama?

-Soy Gina, encantada.

Y Gina sucumbió al embrujo de los ojos claros de Camilo. Se sentaron juntos a disfrutar de una taza de té, mientras él le hablaba de sus recorridos por el mundo. Sin darse cuenta pasaron horas y horas y los sorprendió la caída del sol.

-Debo marcharme,  pero pronto estaré contigo. Tengo asuntos pendientes con mi antiguo trabajo que no me dejarán tranquilo si no los resuelvo. En la última ciudad que visité, intenté tener un negocio para vender los remedios naturales y no funcionó.

-¿Me prometes que volverás? ¡Estaré esperándote!  -le respondió Gina.

-¡Claro que sí! No sé cuánto tarde, pero volveré.

Y así se alejó Camilo, besándola en la frente.

Empezó el lunes con una sonrisa y un extraño nuevo sentimiento. Gina no sabía cómo definirlo y tampoco lo deseaba, estaba feliz. Tomó algo de desayuno, acompañado de aquel brebaje rojizo con sabor a estrellas y se sintió más fuerte.

El trabajo transcurrió tranquilo, hasta el mediodía, momento en que el sol llegaba a su cúspide. Justo en ese instante, Gina y sus compañeros observaron cómo aquella hermosa ballena Orca se convertía en mamá. Habían pensado que no tendría crías y que esa especie desaparecería pronto del parque. Se empezaron a sentir extrañas energías, agradables, mágicas. El cielo todo el día estaba rosa y el olor a cerezas, moras y fresas inundaba el paisaje.

Gina esperaba y a veces desesperaba. Aquel caballero que había cambiado su esquema no regresaba y aunque ella estaba bien, deseaba volverlo a ver. Y así, como de la nada, apareció Camilo, deslumbrante como el sol de aquella tarde. Quizás para quedarse en compañía de Gina.

Ella lo observó perpleja desde la ventana; el cabello de Camilo ondeaba con la brisa. De nuevo domingo, habían pasado muchos domingos desde aquella vez, pero ella sabía esperar. 

Juntos empezaron un nuevo camino, un par de almas libres que se protegían la una a la otra.

-Te había esperado toda mi vida -le decía Gina, mientras contemplaba  a Camilo.

-Y yo a ti, te encontré sin buscarte. Llegue a esta playa atraído por una fuerza indescifrable y te vi…

- Tus pociones, tus encantos me han hecho pensar y creer en el amor.

Así transcurría la vida para Gina y Camilo, llena de abrazos, besos y una supuesta felicidad para ambos. Felicidad que se fue convirtiendo en rutina para Camilo. Camilo, un pintor nómada, en sus treinta años de vida, nunca se había asentado, provenía de una familia de gitanos, y aunque poseía hermosos sentimientos, sentía que junto a Gina se estaba quedando sin aire. No pintaba  y el negocio de los remedios naturales fracasó desde su llegada a la playa. Una mañana, Gina se encontró con la sorpresa de que Camilo ya no estaba, en una extensa carta de despedida, le decía que esta vez no regresaría.

“Querida Gina: maravillosos momentos pasé  a tu lado, pero me siento frustrado. No tengo trabajo y no puedo vivir solo de amarte…”

Estas fueron algunas de las palabras que Gina alcanzó a leer,  antes de que sus ojos se llenaran de lágrimas.

Gina sintió cómo se le desgarraba el corazón;  un dolor grande la estremecía. Caminó hacia la playa y nadó hasta lo profundo; allí se sumergió en compañía de un delfín rosado que habían liberado del parque acuático hacía algunos días para no volver jamás. 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Espantapájaros

Graciela Martel Arroyo


¿Qué cómo nací? Realmente no lo sé, de lo único que tengo certeza es de que llevo muchos años aquí ¡En el mismo lugar de siempre! Mi cabeza está hecha con un costal de yute,  me pintaron los ojos  de color rojo y la nariz de negro. En mi boca existen vestigios de que en un inicio fue zurcida con estambre café; debido a que aún tengo rastros de que  le cocieron unas puntadas grandes atravesándola, las cuales semejaban los dientes saliendo de ella o que clausuraban mis labios para siempre  ¡Creo que desde ese instante  no me estaba permitido hablar! Tengo puesto un sombrero de charro, el cual ha sido amarrado a mi cuello para que jamás se pueda soltar. Mi cabello es de zacate grueso. Me colocaron en una cruz muy alta, hecha de tronco resistente. Simulando mi cuerpo tengo puesto un gabán y un pantalón de mezclilla. Por último en las puntas de lo que son mis extremidades sujetaron rastrojo para aparentar mis dedos.

Me he deteriorado por mi estancia en este lugar, lo cual se refleja en la cara debido a que se encuentra marchita, llena de grietas profundas y dolorosas; mi semblante triste solamente inspira sentimientos de compasión y también el cuerpo se ha decolorado. Recuerdo, que han existido momentos en los que he llegado a creer que mi futuro es quedar en el olvido. Lo único que me reconforta es recibir a diario la visita de la luna y las estrellas, las cuales siempre me iluminan con su belleza.

Debido a que las huellas que han ocasionado en mí ser son irreparables, esos astros compadecidos de mi situación, al sentirse responsables, se han confabulado en contra del sol, diciéndole que sus rayos son tan penetrantes que es el principal culpable. Le han argumentado que me siento reseco y tieso ¡Y  que hasta la ropa que llevo puesta ha perdido su hermoso color! Llegando al grado de convencerlo, de que me otorgue un don en recompensa por su acción.  De tal forma que la naturaleza decidió  premiarme por el sufrimiento vivido.

Entonces… algo inusitado sucedió ¡Transformando mi existencia eternamente!, un día ellas por encargo del rey de los astros alumbraron el firmamento de manera esplendorosa ¡Tocando rimbombantemente con sus destellos mis ojos! Los cuales cobraron vida, porque actualmente ¡Sí veo! ¡Veo lo que sucede a mí alrededor! Ahora cada vez que amanece ¡Los rayos solares se fijan en mis ojos dejándome por instantes ciego!, pero cuando mi vista se adapta a la luz, puedo observar a los animales, las plantas y a las personas que habitan la población. Él me da calor en el día y por la tarde cuando ha decidido irse a dormir se despide ¡Tan esplendorosamente como lo ha hecho al salir! Tiñendo de colores las nubes, los paisajes, los ríos y los montes; como si quisiera hacerme sentir ¡Que debo brindarle pleitesía!

A ratos el aire se encarga de refrescarme de tanto calor, al penetrar  entre mis ropas ¡Eso me hace sentir mejor! Pero a veces se enoja y se agita con tal furia que provoca que gire mi cabeza ¡Cual si fuera un balón! Y mis manos y piernas se mueven al mismo son, por tal motivo el rastrojo se cae al grado de estar a punto de quedarme sin ellas. En otras ocasiones trae consigo tierra, la cual se me pega a la ropa y la pone tiesa, tiesa…  la tierra se deposita  en mis ojos impidiéndome ver ¡Quisiera poder moverme para limpiar mi vista!, tiempo en el cual invoco al agua para que venga en mi ayuda, pero… ¡Sé perfectamente que va a presentarse solamente cuando ella lo decida!

El agua ha intercedido también a mi favor, convenciendo a la tierra de que me dote de otro don; argumentando que ella es la culpable de que se nuble mi visión. Por ese motivo  me ha dicho ¡Te voy a dar una gran fortuna!

-          ¡A partir de hoy podrás sentir! ¡Sí! Tendrás la posibilidad de percibir cuando el agua de bañe y limpie tu vista.

Desde ese instante… ¡Mis dones me han permitido convivir más cerca con la tierra, el agua, el aire, el sol, la luna y las estrellas! De ellos conozco muchos secretos, porque me la paso prestando atención de su comportamiento. En las veinticuatro horas que tiene el día observo desde el instante que se asoman hasta cuando se duermen ¡Sé si se encuentran irradiando su belleza o su nostalgia! He experimentado sus estados de humor ¡Hasta han arremetido en contra mía!, cuando se molestan. A veces… ¡Me seducen con su belleza y otras ocasiones me da miedo su fortaleza! Algunos no descansan ¡Porque todo el día se la pasan dando lata!

Estoy agradecido, porque gracias a sus ocurrencias ¡Puedo disfrutar cuando el aire toca mi faz al hacerme girar mi cabeza! Por su gentileza puedo voltear ver a los cuatro puntos cardinales y aprender que cada época del año tiene panoramas diferentes.

Si es primavera la naturaleza  renace porque reverdecen los árboles, plantas y prados. Veo los insectos revolotear alegremente, los animales comer en forma abundante y a todo ser viviente enamorarse ¡Todo parece más alegre!
Si me encuentro en el verano aumenta el calor y entonces es cuando la lluvia cae. La naturaleza me advierte de la humedad que trae el aire; haciéndome sentir bochorno por el vapor.  Mis ropas se ponen húmedas momento en el que deseo que llueva para que refresque. Y cuando comienza a llover me da gusto sentir como el agua penetra por mí ser.  Al otro día mi cuerpo mojado vaporiza por todos lados, así duro por algunos meses mojándome y secándome a cada rato. Cuando ha cesado de llover y mi cuerpo se ha secado por completo,  entonces mis ropas se encuentran limpias y agradezco a la naturaleza por la temporada transcurrida.
En el otoño observo con tristeza como caen las hojas de los árboles,  la tierra se tapiza con ellas y el clima se hace más templado. Veo como algunos animales se preparan para el invierno acarreando alimentos con rumbo a su guarida. Los días y las noches tienen la misma duración.

Y por último viene el invierno, época donde cada quién busca cobijo contra el frío, dejando de ver a algunos animales merodear constantemente. Es una época de nostalgia ya que observo desde lejos como las familias se abrazan y besan ¡Pero a mí nadie me cobija o protege contra el mal tiempo! Y paso las noches más largas de todo el año ¡Aquí en mi espacio, amarrado, cuidando el terreno!, aunque no haya sembradío.

Han pasado varios años para que el aire se conduela de mí, él no ha requerido que nadie interceda a mi favor… Solamente se ha posado en mis oídos susurrándome suavemente un silbido ¡Que me ha hecho oír por primera vez en mi existencia la música que existe en la naturaleza! 

Por mis ojos, oídos y sentido han desfilado diferentes pasajes de vida; unos alegres,  otros divertidos, amorosos, dolientes e inmensurables ¡Por ello no reniego de que me hayan colocado aquí!, en un sitio tan alto y lejano del pueblo; pero quisiera poder moverme. He invocado a la luna y a las estrellas las cuales leen todos mis pensamientos y les he pedido me conceda el poder moverme, ellas me contestaron:

-          Lo siento amigo eso no es posible, si nosotras te damos movimiento perderías tú esencia ¡Dejarías de ser el espantapájaros más querido! Puesto que al poder moverte ¡Te irías para siempre del sembradío!

-          Pero no te sientas triste porque muy pronto tendrás un nuevo amigo, el cual te dará  un don que aún no se te ha permitido.

Hoy la arboleda de los montes cercanos ¡Es impresionantemente bella, bella…! Recuerdo que cuando empecé  a ver, a escuchar y a sentir,  me daba miedo cuando de repente salía detrás de la montaña la bandada de pájaros que con su vuelo  obscurecían el cielo, interrumpiendo la paz con ese graznido estruendoso “rrok-rrok” entonces… ponía mi cuerpo aún más rígido ¡Para asustarlos con mi semblante, para que pasaran volando sin hacer destrozos en los terrenos! Cuando sobrevolaban por encima de mi sombrero presentía que iba a sucederme algo desagradable, porque… me lanzaban evacuaciones en protesta; por no haberlos dejado bajar a consumir su alimento. De esa manera demostraban su molestia.

Con el viento que producían con su aleteo,  rotaba mi cabeza,  de tal forma que parecía ¡Que los siguiera con mi meneo para cerciorarme de que se fueran muy lejos! Sin embargo… ¡Un día pude ver que uno de esos pájaros se arrepentía!, pues giró su revoloteo en dirección mía. Por primera vez sentí la presencia de una de esas aves, era completamente negro, sus ojos se movían constantemente tratando de indagar en todo momento, su pico era grande y duro, sus patas fuertes y con crecidas uñas y su plumaje tan terso hacía que su color negro tuviera destellos azules. Revoloteó cerca de mi cara retándome en cada meneo, crascitándome al oído “rrok-rrok” y picoteándome. Y yo continuaba amarrado, ¡Sin poderle hacer nada! Eso sirvió para que tomará confianza al darse cuenta que yo no le podía hacer daño.

Durante una semana el pájaro hizo lo mismo, hasta que un día se posó en mi sombrero y bajó su cabeza asomándose en la mía, nuestros ojos estaban tan cerca que por unos segundos a ambos nos dio recelo, pero después de un rato nos acostumbramos a vernos.  A partir de ese día me acompañaba un rato, distrayéndose de su vuelo. Su graznido ya no es tan tosco, ni me provoca desasosiego ¡Hasta he llegado a sentirme triste por no escucharlo más tiempo!

Él era inteligente y comenzó a emitir  otros sonidos con los cuales ambos quedamos más contentos, era un “toc, toc” acompañado de un aventón que con su pata me daba para que girara mi cabeza en son de consentimiento,  “toc, toc” me decía al oído. Después ponía sus ojos negros cerca de los míos, como si quisiera saber qué le respondía, en esos instantes… ¡Que inútil me sentía! de no poder hablar con él. Lo vi caminando a mis pies, dando vueltas intensamente, dirigiendo su mirada a mi rostro, una y otra vez. De repente voló a mi cabeza y con su pico comenzó a picotear los amarres que tenía en mi boca, en forma alternada picoteaba y volteaba a ver mi rostro, como si quisiera deducir con su mirada si yo estaba de acuerdo. Al quitarme los últimos amarres me miró fijamente a los ojos y  subió lentamente a decirme  con su “toc, toc”:

- ¡Hola mi amigo! Por fin voy a poder escuchar tus palabras.

A partir de ese día se ha convertido en mi compañía. Él me permitió hablar y por ello toda la vida estaré agradecido. Hemos hecho un trato ¡Pueden comer él y sus amigos! Todo lo que quieran siempre y cuando ya se haya caído. No quiero darle motivos al dueño de que piense que ya no sirvo ¡Sé perfectamente que si llegase a suceder eso me destruirá! Por ese motivo… ambos lo engañamos, para que se encuentre contento conmigo.

Cuando presiente que algo desconocido se acerca emite gritos de alarma y agita sus alas haciendo que los animales salgan despavoridos. El dueño se presenta en el sembradío y al ver todo en orden me grita ¡Qué buen trabajo has hecho! Cuando él se retira,  el cuervo regresa a posarse en mis hombros, me susurra al oído “toc, toc”, “rrok, rrok” y se sienta a escuchar detenidamente las historias de amor que he visto en los sembradíos…

La vendetta

Marco Absalón Haro Sánchez



Aquella mañana de septiembre de cierto año, el cielo de Quito presentaba un azul intenso y pocas nubes se amontonaban en los contornos del gran Pichincha. Del mismo modo se observaba la majestad del Carihuairazo o del Cotopaxi cuyos penachos se incrustaban en gasas de algodón. La frescura del ambiente obligaba a los transeúntes a vestir atuendos abrigados. Mientras que Ramiro, acompañado de sus familiares por línea paterna, fue acercado al aeropuerto Mariscal Antonio José de Sucre. Abandonaría el país que le vio nacer a media tarde; pero debía tomar pasaje una hora antes para cumplimentar sus documentos de viaje. Una vez dentro, luego de haberse despedido de su parentela y haber entregado su equipaje al personal de servicio del aeropuerto, se disponía a tomar algo para apaciguar su estómago que le recordaba no haber desayunado. En tanto se servía un pequeño bocadillo con su respectivo refresco, se deshizo del bolso que colgaba de su pecho y se proponía a revisarlo para constatar que nada le faltaba; pero…

–¿Es usted el señor Ramiro Carvajal? –interrogó uno de los dos agentes que le abordaron intempestivamente.

–Sí… señor –repuso muy sorprendido; pero como nada tenía que ocultar ni temer, lo hizo con la mayor tranquilidad posible.

–Bien –dejó caer el mismo agente y ordenó– acompáñenos.

–¿Qué… qué ocurre? –balbuceó Ramiro sin entender.

–Usted lo sabrá –ironizó el elemento de seguridad– andando o tendremos que usar la fuerza con usted.

–Enséñeme las muñecas –ordenó el otro agente– debo esposarle para cumplir con las formalidades del caso.

Ramiro no tuvo más remedio que obedecer y dejarse esposar. De seguido fue conducido fuera del aeropuerto y echado en la cárcel, a espera de resultados.

Pronto sus familiares se enteraron de que estaba preso y acudieron a visitarle en el centro de reclusión provisional.

–¿Qué pasó, ñaño –intervino Cristina, su hermana melliza– por qué te han detenido?

–No tengo ni la más remota idea, hermana –repuso un cariacontecido Ramiro.

–Pero dicen –prosiguió la mujer– que te han detenido por traficante.

–¿Qué dices, hermana –casi gritó Ramiro– yo, traficante? Pero si no he hecho nada fuera de lo normal.

–Así escuchamos decir, Ramiro –terció su padre– nosotros siempre te hemos inculcado buenas maneras y te hemos enseñado el camino del bien. Yo, de mi parte, no creo que estés metido en esa vaina y estoy convencido de tu integridad moral ante la sociedad o las leyes de nuestro país y del mundo.

–Papá –repuso Ramiro, algo nervioso– yo también estoy seguro de que no he cometido nada fuera de lo común y ordinario. No entiendo el porqué de estar detenido.

Por el corredor de la prisión se acercaba un hombre grueso y fortachón, era el alcaide, acompañado de dos o tres policías y entraron en la sala de visitas. El ruido de sus pasos se detuvo frente al detenido y su comitiva.

–Buenos días –dejó caer en tono seco– el detenido Ramiro Carvajal será juzgado el próximo lunes…

–¿De qué se le acusa, señor alcaide –inquirió uno de los hermanos menores de Ramiro– y por qué le han detenido?

–Bueno, verán –volvió el tono seco del alcaide– esto tiene que ver con el tráfico de estupefacientes. Esa vaina es muy, pero muy jodida. Mientras no se demuestre lo contrario el detenido seguirá siendo culpable y en la cárcel.

–¿Qué? –vociferó el padre de Ramiro poniéndose de pie, esto hizo que los policías se pusieran alertas– mi hijo no tiene nada que ver con esas porquerías. ¡Joder!

–Eso lo determinará el juez que llevará su caso –soltó el alcaide sin mover un solo músculo de su cara enjuta y gomosa–. Es todo cuanto puedo decirles, adiós.

–¡Ah…! Una cosa –advirtió el alcaide mirando al reo con desprecio– en caso de ser cierto lo del tráfico de sustancias ilegales, que se vaya preparando para permanecer varios años bajo la sombra. A ver si no le crecen telarañas a su alrededor.

Dicho esto se alejó escoltado por los policías mientras un manto de desolación y desamparo se cernía en los corazones del acusado y sus familiares.

A partir de entonces Ramiro sintió que sus alas se cortaron y que el o la causante de su desgracia estaría riéndose a carcajada limpia. En cuanto pudo contactó con Carmen que esperaba su regreso a los Estados Unidos. Ella tampoco lo podía creer porque le conocía y sabía que él no era capaz de hacer algo así. Carmen volvió a sentir que su cerebro empezó a nublarse como solía suceder cada cierto tiempo hasta llegar al extremo de no saber lo que hacía. Tal como cuando fue raptada por un mal hombre llamado Genaro, el cual sin importarle su avanzado estado de embarazo le llevó consigo a no sé dónde, sin haber trascendido los límites territoriales del Ecuador.


El juzgado quinto de lo penal de Pichincha estaba ubicado en el corazón de la urbe capitalina, frente al parque del centro colonial. Era un magnífico edificio chapado al estilo barroco y tenía la apariencia de los antiguos parlamentos romanos. Las paredes de granito mostraban su verdadera cara y no una embadurnada de cualquier pintura. Por una de aquellas gigantescas puertas iba a desaparecer Ramiro custodiado por policías bien armados. Antes de entrar al edificio pudo contemplar una escena momentánea en el techo del mismo: estuvo graznando un cuervo, de pronto se le acercó un águila y lo despedazó con sus potentes garras. Ese momento el detenido sintió un fuerte empellón que lo obligó a entrar de una vez; pero quedaron grabadas esas imágenes en su retina. No ignoraba que era una señal para su vida.

Se abrió ante sus ojos un espacio con muchos bancos y en el centro había un escritorio enorme con un martillo a su costado, listo para golpear contra su correspondiente tabla. En pocos minutos se llenó de gente y se tornó en pesado, más aún cuando una mujer de complexión rellena y de mediana edad tomó su lugar para presidir el juicio. Así mismo, vio entrar un hombre de estatura normal y traje oscuro con un portafolio de cuero marrón. En tanto, otro hombre vestido del mismo modo que el anterior se colocó a su lado para brindarle seguridad y protección. Este último le hizo una venia perceptible solo para él.

Dio comienzo al juicio en medio de un sepulcral silencio; pero Ramiro trajo a su mente la muerte inaudita del cuervo en las garras del águila, iba a lanzar un largo suspiro cuando…

–¿Conque, usted iba a pasar unos días de vacaciones en Italia –inquirió el fiscal con aplomo– mientras su mujer e hijos le aguardaban tranquilamente en Estados Unidos?

–Eh… no –titubeó el acusado– vacaciones propiamente dichas no. Es verdad que mi mujer e hijos me esperan en los Estados Unidos; pero mis negocios en varios países de Europa no pueden esperar y al pasar por Italia quise visitar a un conocido de antaño.

–¿Entonces, cuando entró –continuó apaleando el fiscal– con su equipaje al aeropuerto Mariscal Antonio José de Sucre lo dejó a cargo del personal de servicio y buscó un sitio donde aguardar el tiempo que le restaba para tomar el vuelo?

–Así es, señor fiscal –aprobó Ramiro, un hombre que no tendría más de cuarenta– y cuando salía de tomar algo me detuvieron.

–Pero cuando estuvo supuestamente «tomando algo» –añadió rápidamente el fiscal– personal de seguridad le tanteó los bolsillos y un bolso que llevaba terciado al hombro, sitios donde hallaron la sustancia prohibida…

–¡Protesto! –chilló el abogado defensor.

–Denegado –determinó la jueza y ordenó– siga con el interrogatorio, fiscal.
–…En bolsitas de cinco, diez y veinte gramos –agregó.

–No es cierto –soltó Ramiro sin inmutarse en lo mínimo– que hallaron la sustancia ilegal entre mis ropas o el bolsito que llevaba conmigo, sino en el equipaje que acababa de entregar al personal de servicio.


Ramiro y Genaro se conocieron muchos años antes en las aulas de la secundaria, ambos hicieron grandes migas y practicaban varios deportes; pero en el campo cognitivo el primero le llevaba marcada ventaja al segundo y solía echarle una mano en resolver sus tareas escolares, a pesar de que a veces Genaro no podía ocultar su enfado por la innata sabiduría de su amigo y parecía que tramaba algo terrible en su contra. Ramiro no era alto ni grueso de complexión física, de rostro ovalado y lampiño; pero era un aprovechado perceptor en las áreas principales de estudio. Su blanca tez y el cabello moreno recordaban la hispanidad de su origen. En cambio Genaro señalaba el cruce de razas con su piel color de cobre y velludo por excelencia, pero alto como una mata de coco. Al terminar el bachillerato, acudieron al llamado de su leva para realizar el servicio militar obligatorio en lugares distintos, ahí es cuando se separaron. Ramiro fue reclutado en un batallón de la provincia costeña de Esmeraldas y Genaro, en uno del oriente ecuatoriano. Al año ya estuvieron de regreso de la mili y Ramiro se enfrascó en los estudios superiores; mientras que Genaro entró a la policía, ya que siempre quiso ser un superhéroe para castigar a los malos. El primero en graduarse fue este último. En la ceremonia y celebración Ramiro fue presentado ante Carmen y Paola, dos gemelas amigas de Genaro; quienes aceptaron el amor de cada uno. Tan idénticas que era difícil reconocerlas en la primera ojeada, salvo que Carmen solía tener unos raros accesos de ansiedad en los que llegaba incluso a perder la noción del tiempo y las cosas. Dos años más adelante se licenció Ramiro en Ciencias Administrativas y pasaron por el altar este par de parejas. Enseguida de desposarse enfermó Paola, la flamante esposa de Genaro, y dejó de existir sin haber logrado vencer a la leucemia. Genaro no pudo digerir correctamente su pérdida y en un arranque de locura se apoderó de Carmen y la obligó a marchar con él; pero antes tuvo que drogarla para vencer fácilmente su voluntad a despecho de su estado de gravidez. A partir de ese momento no se supo nada de ellos. Ninguno daba razón de su paradero. Ramiro y la familia de su mujer movieron cielo y tierra para encontrarla; pero todo resultó infructuoso. Ante este dolor premeditado, Ramiro, se refugió en los estudios de postgrado; para defender su tesis doctoral debió hacerlo en la Perla del Pacífico y no dejó sin indagar sobre la suerte de su querida Carmen. Siempre que levantaba la mirada al cielo se cruzaba un águila planeando sobre él y no se marchaba hasta dar dos o tres vueltas consecutivas mediante un raudo vuelo. Como un azar del destino, cuando entró en una tienda para comprar un refresco, escuchó decir que un hombre alto, fibroso y de barba de muchos días vivía solo en una casita del Malecón; pero que siempre adquiría efectos como para alimentar a una familia no menor de tres miembros. A quien le gustaba vestir con una gorra camuflaje y una chamarra verde oliva. «¿No será Genaro de quien se habla?», se preguntó Ramiro y tomó interés en el asunto. A la mañana siguiente lo espió y confirmó que realmente era él; llamó a la policía y lo detuvieron con las manos en la masa. Portaba gran cantidad de cocaína camuflada en fardos de tabaco. Profundizaron el allanamiento de la morada del detenido y hallaron un búnker subterráneo al que se entraba por una trampilla que había en medio de la sala, debajo de la alfombra. Cuando entraron allí no lo podían creer: vivía encerrada una mujer con un crío de un par de años.

Genaro fue trasladado a Quito, juzgado y condenado a equis años de prisión por tenencia de sustancias ilegales y secuestro de personas, con agravante de alevosía. En tanto que Carmen volvió junto a Ramiro y le presentó al hijo de sus entrañas, quien era propio de los dos.

Pasaron los años y Genaro fue puesto en libertad condicional debido a su buen comportamiento. En resumidas cuentas estuvo una década privado de libertad en el desaparecido Penal García Moreno de la capital ecuatoriana y debía cumplir el tiempo restante bajo la inspección del juzgado de lo penal de la provincia de Pichincha.

A la semana de salir libre averiguó sobre el estado de Ramiro, a quien quería «agradecerle» el hecho de haber permanecido tanto tiempo detrás de rejas; ya que merced a su «soplonada» fue detenido por la policía de Guayaquil, a partir de ese momento empezó su calvario. Se enteró de que él era jefe administrativo de una corporación internacional dedicada a la creación y apoyo de nuevas empresas. Asimismo, supo que él vivía en New Jersey, a donde había llevado a Carmen y su hijo luego de ser liberados, y estaba volcado de lleno en la expansión intercontinental de la corporación a la cual representaba y que esa mañana saldría con vuelo hacia Italia, desde el aeropuerto Mariscal Antonio José de Sucre. Entonces planeó pagarle con la misma moneda y se hizo pasar por uno más del personal de servicio; pero cuando iba a abandonar las instalaciones del aeropuerto, luego de haber colocado la bolsa fatal en el equipaje de Ramiro, fue apresado por el personal de seguridad al ser considerado sospechoso.

–¡Buenos días a todos! –cortó una mujer cuarentona de entre las personas que componían el jurado y las caras estupefactas de los demás le volvieron a ver– aquí está la prueba de quién es el verdadero culpable de la detención de este señor que ni le conozco; pero se me hace que es inocente.

Minutos antes una mujer integrante del jurado acudió a los aseos; pero en un abrir y cerrar de ojos alguien le tapó la nariz y la boca con un paño embadurnado de no sé qué sustancia que le obligó a entrar al subconsciente. Inmediatamente la desconocida ocultó su cuerpo en un cuarto de utilería, tomó sus vestidos y los usó. Entonces apareció la misma mujer por la puerta del juzgado y ocupó su asiento entre el jurado. Nadie sospechó nada de lo ocurrido y todo seguía su curso normal.

Enseguida el personal de seguridad se acercó a ella para prenderle por hablar sin autorización; pero la jueza intervino:

–Permítanle hablar, es parte del jurado.

–Gracias, señora jueza –soltó la mujer– nunca se arrepentirá de conocer estos detalles.

Dicho esto, extrajo de su bolso dos discos que depositó sobre una mesa al frente de todos. Un elemento de seguridad del recinto con una venia de la jueza los tomó y colocó el primero en un proyector que reflejaba su contenido en la pared de color claro. Enseguida aparecieron las imágenes y se pudo apreciar cómo un hombre alto vestido con gorra militar y barba de muchos días colaboraba con el personal de servicio del aeropuerto quiteño. Más adelante, este mismo hombre aprovecha que está solo y abre un equipaje en el cual introduce una bolsa con algo, justo antes de ser embalado.

–¿Alguien me puede informar de quién se trata? –pidió la jueza a sus subalternos.

–Sí, mi señoría –respondieron a una.

–Es el que detuvieron a la salida del aeropuerto por considerarlo sospechoso –atajó el que parecía llevar mayor rango.

La jueza viró la cabeza hacia la mujer y le hizo señas para que se acercara.

–¿Puede decirme quién es usted para interrumpir un juicio de esa manera tan brusca?

–Sí, señora –soltó con aplomo la mujer– mi nombre es Josefina Aldaz, la amante escondida del infeliz protagonista de los vídeos y la madre de dos pelados suyos; a la que usa cuando le da la regalada gana y me tiene como una sirvienta. Le seguí los pasos al salir con libertad condicional. También soy la pendeja que le visitaba en la cárcel durante todo el tiempo que estuvo en cana. Ahora que salió libre se portó turro con nosotros porque ni se acordó que tenía mujer e hijos a quienes alimentar; pero hoy pongo punto final a su prepotencia.

–Dígame, ¿cómo llegó a formar parte de este jurado? –volvió la jueza– Quiero la verdad, sino ya sabe lo que le espera.

–Sí, señoría –repuso la intrusa y narró con lujo de detalles la manera cómo llegó a formar parte del jurado, mi lector ya lo conoce.

–Bien –ordenó la jueza– se suspende el juicio hasta una nueva fecha.

Enseguida el personal de seguridad acudió al cuarto de utilería y constató que era verdad todo cuanto dijo Josefina: la verdadera integrante del jurado volvía en sí y empezaba a recuperarse de la somnolencia.

En pocos minutos el jurado y las demás personas abandonaron la sala mientras Ramiro fue devuelto a la prisión provisional y estuvo a punto de caer en una aguda depresión; pero el recuerdo de sus queridos Carmen, Paquito y Gabriela le daban mucho aliento en aquellas horas de intensa zozobra. Tanto como la intromisión inesperada de la mujer que se coló al personal del jurado le daba un sabor agridulce por todo lo que estaba aconteciendo a su favor. No dudaba que la Providencia estaba de su lado y le estaba echando una mano en este caso. También recordaba el fin del cuervo en las garras del águila. Se acercó a la ventana de su celda y volvió a verla dando vueltas en el firmamento, justo encima de él. Siguió escudriñando el resto del penal y en una ventana del pabellón donde estaban los presos confinados a varios años de prisión se asomó uno que se bajó los pantalones y le mostró las partes, al tiempo que le hacía gestos obscenos con las manos. Tocó una sirena como señal para salir al patio y enseguida se movía un hormiguero que abandonaba las celdas. Ramiro no se mezclaba con ellos porque aún no había sido condenado; pero ya se hacía de la idea cómo sería cuando le tocase el turno.

Pasados los días en los cuales la familia de Ramiro movió todos los resortes posibles para conseguir su liberación buscó como último recurso acudir a la mujer que usó de una ingeniosa estratagema para colarse al jurado. Ella era menuda de carnes y trigueña de piel; pero de carácter muy desenvuelto y agresivo cuando las circunstancias le obligaban. Vivía en una modesta casita de la Tola Alta, barrio del centro capitalino. Prestaba sus servicios como secretaria en una empresa de transportes interprovinciales; pero años antes estuvo casada con un militar que dejó su vida en el campo de batalla en la Guerra del Cenepa. A duras penas se sostenía ella y sus niños, tanto la pensión que le dejaron por el fallecimiento de su marido como los pocos dólares que podía conseguir en su empleo: eran sus únicos recursos económicos. Nunca supo el porqué de caerle bien Genaro cuando se conocieron en las aulas de la secundaria, hacía varios años. En ese tiempo él era un buen muchacho y parecía que iba a tener un futuro promisorio; pero el destino les jugó una mala pasada. Ninguno de los dos tuvo suerte en la vida. Más adelante volvieron a toparse cuando estaba en la policía. Ella estaba viuda cuando empezaron a intimar, a pesar de que él se casó con Paola Carreño. Un par de años antes de que él fuera privado de libertad, juzgado y condenado procrearon el segundo de sus hijos en la clandestinidad; por eso ella tuvo pena por él y empezó a visitarle en el panóptico.

Esa mañana tuvo visita en su casita, se acercó a abrir la puerta luego de haber mirado por la ventana de quiénes se trataba.

–Buenos días –dejó caer Cristina acompañada de su padre y hermano– ¿Cómo la puedo llamar, señora?

–Creo que se equivocan de persona –objetó el ama de casa queriendo escurrir el bulto e iba a cerrar la puerta; pero los visitantes no lo permitieron.

–No, señora –insistió Cristina– usted fue parte del jurado en el juicio que se celebraba el día quince de septiembre del dos mil… en contra de Ramiro Carvajal y presentó unos vídeos que delataban al verdadero culpable de…

–Bueno, verdad que sí –interrumpió la anfitriona– quería enterrar este asunto que me trae de cabeza. Perdónenme pero yo…

–Por favor –cortó don Alfonso, padre de Ramiro– necesitamos de su ayuda para conseguir probar la inocencia de mi hijo. No sea malita, por el amor de Dios. Hágalo por los niños que quedarían huérfanos si le condenan injustamente. Por favor; aunque sea lo último que haga en esta vida…

–Está bien, está bien –interrumpió por fin la mujer– mi nombre es Josefina Aldaz, viuda de Cortez. En parte porque yo también estoy interesada en que se encierre al verdadero culpable, por eso hice lo que hice. Aunque no estoy segura de cómo se me ocurrió actuar de esa manera: colarme en un jurado con el peligro de perder mi pellejo; pero creo que el acusado es inocente a carta cabal. Por eso les voy a ayudar en lo que esté a mi alcance.

–Sí, por favor –pidió el hermano menor de Ramiro– le vamos a recompensar económicamente si es preciso.

–No, no hace falta –repuso la mujer– como ya les dije de principio, a mí también me interesa que el culpable se pudra en la cárcel por equis motivos ¿De acuerdo?

–De acuerdo –dejaron caer a una.

Justo ese momento llegaba el abogado de la defensa que también acudió al domicilio de la mujer por motivos análogos al juicio en contra de Ramiro.

–Buenos días –soltó en tono seguro el recién llegado al tiempo que leía uno de sus apuntes en una libreta– ¿Usted es la señora Josefina Aldaz, viuda de…?

–Cortez –completó la anfitriona– ¿Para qué soy buena, señor?

–Para ayudar a limpiar la imagen de un inocente –esbozó el recién llegado a modo de introducción del caso al que venía– ¿Podría servirnos de testigo en el juicio que se sigue al señor Ramiro Carvajal? Soy su abogado defensor.

–Ya lo suponía –soltó la mujer con cierto aire de efusividad– haré lo que sea posible por colaborar con usted y la justicia.

–Bueno –concluyó el abogado– nos pondremos de acuerdo en mi despacho esta tarde ¿Le parece?

–Sí, señor –repuso la anfitriona– como guste.

–Muchas gracias, señora Josefina –soltaron a una los familiares de Ramiro– el Todopoderoso le recompensará grandemente por este noble servicio a la justicia.

–Ojalá pueda servirles como es debido –repuso la mujer a manera de despedida.

–Gracias –concluyeron los visitantes y desaparecieron del lugar.

Por la tarde acudió Josefina Aldaz al despacho del abogado y se efectuaron los ajustes necesarios para seguir adelante con la defensa de Ramiro.

La jueza había dispuesto días anteriores que Genaro debía comparecer en el juicio y él contestó más de una vez a los que le llevaron la orden judicial con los consabidos monosílabos, movimientos de cabeza y gestos que denotaban asco a todo lo que se hacía o se dejaba de hacer a su alrededor. Aunque no ignoraba que los barrotes que sostenía con sus manos crispadas por el odio se volverían en su contra más de una vez y que no habría fuerza humana que los venciera. Sin embargo, pensaba: «La venganza es dulce, muy dulce. Le pagué con la misma moneda al cabrón ése. Ahora sabrá lo que es pudrirse en vida».

Llegada la hora, el jurado usaba sus asientos respectivos. Se apersonó también Genaro y fue ubicado en la sala a modo de imputado principal de los hechos; pero no había ni rastro del hombre barbudo y descuidado de los vídeos, salvo la estatura y su complexión física. Su rostro se encendió al ver a Josefina sentada junto al abogado de la defensa de su rival; quiso restarle importancia, pero no pudo porque la intuición le decía que su ex conviviente iba a atestiguar en su contra. Anheló de corazón que ese momento la tierra se abriera y se tragara a la sala con todos sus integrantes, incluido él mismo. Pero nada que no fuera divino podría salvarle de volver a las tumbas donde los seres humanos permanecían vivos; aunque muertos para la vida social del mundo.

–Proyecte los vídeos sobre el caso que nos ocupa –pidió la jueza al que manejaba el lector.

En contados minutos se reproducían las escenas que profundizaban la implicación de Genaro que cambiaba del color como un camaleón, ahora estaba lívido. No tuvo ánimo de mirar a los ojos de su ex camarada de toda la vida, el que esperaba sentado en el banquillo de su derecha.

–¿Reconoce usted estas imágenes? –soltó el abogado de la defensa de Ramiro ante el anonadado personaje.

–No –repuso lacónico intentando esconder su estado anímico– no sé de quién se trata.

–Ah, ¿conque no lo sabe? –rebatió la defensa.

–¡Protesto, señoría! –soltó el abogado de Genaro.

–Denegado –repuso la jueza– continúe, letrado de turno.

–Dice usted que no las reconoce –objetó el abogado– pero qué me dice de su altura, corpulencia física, de la gorra militar y de la barba de muchos días.

–Nada –repuso Genaro que lucía bien afeitado– yo no llevo ninguna de las características que aquí se nombra.

–¿Ni la estatura –interrogó el abogado– o la complexión física?

–¡Protesto! –chilló de nuevo el defensor de Genaro.

–Denegado –volvió la jueza– siga, letrado de turno.

–Vamos a ver –se afianzó el abogado ante el jurado– el acusado niega tener parte en los hechos que se le imputan…

–Sí, maldito desgraciado –interrumpió Josefina sin poder contenerse por más tiempo– ¿Tú no dijiste que todos los pasos de tu «negocio» los tenías grabados en los vídeos que hemos visto? Pongo estos hechos a consideración de usted, señora jueza, y la sala de este jurado.

En ese momento unos rayos de odio disparaban los ojos del principal imputado en contra de la mujer que lo delataba.

–¡Protesto, señoría! –chilló el abogado defensor de Genaro.

–Denegado –volvió la jueza dando un golpe con el martillo– ya lo tengo todo claro. El responsable de esto es Genaro Armendáriz, quien estaba con libertad condicional; pero ahora es cancelada y deberá cumplir los cinco años, diez meses y trece días de cárcel que le restan donde iba a ser destinado al señor Carvajal, en caso de hacerse efectiva su condena.

Luego de una corta pausa agregó:

–A Ramiro Carvajal se le restituyen los derechos de ciudadanía de la República del Ecuador y queda en libertad sin cargos. Declaro terminado este juicio. Buenas tardes a todos.

Al final del veredicto, los familiares de Ramiro se acercaron y le abrazaron fraternalmente, mientras que los elementos de seguridad llevaban al verdadero culpable que antes de desaparecer hizo a sus espaldas un gesto obsceno con los dedos.