lunes, 7 de septiembre de 2026

Entre la placa y el plomo

Karla García


Óscar se sube a su auto deportivo color blanco, lo enciende y, mientras maneja, escucha a su locutora radial favorita.

—Ya estamos de regreso para acompañarlos en esta mañana fresca y lluviosa. Vámonos con la siguiente complacencia de la línea, dedicada para todos ustedes, pero en especial para Óscar… espero que nos estés escuchando, corazón. Te leo el mensaje que te dejaron por acá: «Feliz vuelta al sol al dueño de mis versos ocultos». ¡Ay, qué romántica! Ahí quedó el detalle de parte de Luisa. Y los dejo con este clásico: La dama de hierro, en la voz de la mismísima Marisela. Quédate en sintonía.

Óscar sonríe, escucha la melodía hasta que termina y apaga la radio. Quince minutos después llega a la comandancia; baja del auto y se cubre de la lluvia con un paraguas oscuro. Entra a su oficina, sumergida en el olor a café y expedientes viejos. Sobre el pesado escritorio de metal destaca un ramo de rosas rojas. Se sienta en el sillón de vinilo y su mente viaja seis años al pasado, a la primera vez que estuvieron cara a cara, desafiándose con la mirada y discutiendo durante dos horas en aquella mesa de negociación. Luisa vestía completamente de negro: pantalón, camisa, guantes, botas tácticas, chaleco antibalas y, entre sus manos, sostenía un cuerno de chivo. Una capucha le cubría el rostro; lo único visible eran sus ojos color miel.

Él llevaba pantalones de mezclilla que delineaban unos muslos que parecían de piedra, botas de asalto y una playera ajustada a su amplio tórax bajo el chaleco táctico que llevaba la palabra «POLICÍA» en la espalda. Un pasamontañas negro enmarcaba sus ojos oscuros. Del cinturón le colgaban un par de esposas metálicas y su arma, una Glock 19 de 9 mm.

En aquel entonces, a Óscar le otorgaron el cargo de comandante. A pesar de su juventud, lo había logrado gracias a su dedicación, su licenciatura en criminología y, en gran parte, a los contactos de su familia, con un padre expresidente de la república asesinado a mitad de su sexenio y una madre candidata a gobernadora. Ese día, entre otros temas de discusión, el principal conflicto surgió cuando Óscar le pidió ayuda a Luisa para eliminar a quienes amenazaban de muerte a su madre si no renunciaba a la candidatura.

—¿Sí sabes, comandante, que estás tratando con la jefa de la banda de sicarios más peligrosa del país? ¿Por qué debería ayudarte? ¿Qué gano yo? —le dijo Luisa, mirándolo fijamente a los ojos.

—Sí, también sé que estoy frente a la hija del asesino de mi padre. Pero no olvides que fui yo quien abatió al tuyo en aquel operativo —contestó Óscar.

—A tu padre lo mandó matar su propio partido político; que porque era demasiado ley con el pueblo y ellos querían chingar, como todos, al país. Mi jefe solo hizo el trabajo por el que se le pagó.

—¿Cuánto dinero quieres para hacer lo que te pido?

El silencio se adueñó del lugar por unos minutos. Ella dejó el arma en la mesa con suavidad, apoyó los codos y descansó la barbilla sobre sus manos entrelazadas.

—No me hace falta más dinero. Los clientes poderosos nunca faltan… lo que necesito es un amante. Y tú eres un excelente candidato.

—¿Qué…?

—Quiero que tengamos una relación de pareja con todo lo que eso incluye. Si no, no hay trato.

—¿Cómo pretendes que un comandante se enrede con una criminal sangrienta y la mujer más buscada por la policía…? ¡Jamás, olvídalo, no lo haré! —contestó Óscar firmemente.

—Bueno, entonces cerraré el trato con los enemigos de tu madre. Porque, como ya lo hablamos, ellos también acudieron a mí. —Esbozó una sonrisa burlona.

—¡Espera…! —le dijo Óscar, alzando la voz antes de que Luisa se pusiera de pie—. ¿A ellos también los condicionaste con lo mismo?

—No.

—¿Y por qué a mí sí? Ni siquiera me conoces la cara.

—Tres mujeres en diferentes años han acudido a mi banda para que te mate y, según mis hombres, llegan dispuestas a dar lo que sea para que ocurra. Desafortunadamente para ellas, a mí no me interesó lo que ofrecían. Matar a alguien como tú sale muy caro y ninguna tenía el dinero completo. Desde entonces tengo mucha curiosidad de ti.

—Vas a preferir matarme tú también. Acepto el trato.

A los veinte días de esa reunión tuvieron el primer encuentro. Frente al espejo del baño, mientras se arreglaba el cabello, Óscar notó un ligero temblor en sus manos. Hacía mucho tiempo que la expectación no le producía eso. «No debería sentirme así, ni siquiera es una cita en realidad. ¿Será que solo me intriga el hecho de al fin conocerle el rostro a esa maldita?». Luisa esperaba a Óscar en una de las propiedades de ella. La casa, oculta detrás de una colina, estaba rodeada de árboles y contaba con un lago artificial. Construida en una sola planta y protegida por una barda alta con cámaras de circuito cerrado y sensores infrarrojos, tenía techos altos, grandes vigas de acero, paredes de concreto pulido y enormes ventanales. Sentada en el sofá tapizado en terciopelo de seda de Lyon color rojo oscuro, se preguntaba cómo sería el rostro del comandante. De pronto, Mario, uno de los hombres de su escolta, le avisó que Óscar había llegado.

—Tráelo aquí a la sala —le dijo mientras se ponía de pie. 

—Sí, jefa.

El eco de unos pasos resonó en el mármol negro. Instantes después, Luisa tenía de pie frente a ella al hombre más hermoso que había visto en sus treinta años: cabello oscuro y rizado, piel morena, cejas arqueadas, nariz respingada, labios carnosos y un metro con noventa centímetros de altura. Paralizada, fue incapaz de quitarle los ojos de encima.

—Jefa, ¿me retiro o…? —preguntó Mario.

—Sí —le contestó sin mirarlo—, tú y los demás ya se pueden retirar.

—¿Está segura, jefa…? —preguntó extrañado.

—Obedece. Si llego a necesitar algo, yo los llamo.

—Con permiso, jefa.

Óscar también la miraba fijamente. «Jamás imaginé que fuera así; sin arma y sin capucha no intimida en absoluto», pensaba. Luisa medía un metro con sesenta y tres centímetros, tenía el cabello lacio y castaño hasta la mitad de la espalda, nariz chata, cejas finas, labios delgados y piel clara.

—¿Te vas a quedar mirándome hasta que te canses o…? —preguntó él.

—No, no… siéntate. Vamos a platicar.

Él ocupó el sillón que estaba a menos de un metro de ella.

—¿Y de qué quieres hablar? —le preguntó apoyando la espalda y cruzando los brazos.

—Ya solo me faltan los que andan fuera del país. En cuanto regresen, me encargo.

—Sí, ya lo sé. Por eso estoy aquí: para pagarte.

—Hay un par de reglas que quiero dejar claras, Óscar. La primera: tendrás que ser mi amante el mismo tiempo que va a durar tu mamá como gobernadora. La segunda: no debes revelar mi paradero. La tercera: me tienes que ser fiel, no puedes tener a otra mujer, porque si lo haces, te mato a ti y a la tipa.

—¿Seis años? Es mucho tiempo —exclamó molesto.

—Solo nos veremos los días primero de cada mes. Aquí, en esta casa.

—¿Y acaso también quieres que cada vez que venga te traiga flores y chocolates? Te aclaro que nunca te voy a llegar a querer.

Ella lo miró un par de segundos y luego le dijo serenamente:

—Nunca digas nunca, comandante.

Las primeras citas fueron frías; la mayor parte del tiempo estaban callados, mirándose de arriba abajo. «Siempre se viste igual: blusa de tirantes, jeans, tenis Converse. No se maquilla y, para rematar, siempre del mismo color: negro. Lo único atractivo son sus brazos tapizados de tatuajes», pensaba Óscar. Luisa intentaba platicar de cualquier cosa, pero él era cortante. Cada vez que ella le invitaba a pasar al comedor, Óscar se negaba. «Lo que tiene de chulo, lo tiene de cabrón», pensaba Luisa. Al cabo del cuarto mes, en una de las citas, Luisa le propuso romper el hielo constante de la sala: sugirió que le preguntara cualquier cosa sobre ella.

—¿Cuántas personas de tu banda saben sobre nuestro acuerdo?

—Solo dos: Rubí y Mario. Ellos saben todo de mí.

—¿Quiénes son?

—Mario es el hombre que te recibe siempre que vienes. Y Rubí es mi mejor amiga.

—¿Y por qué confías tanto en ellos?

—¿Es un interrogatorio, comandante?

—Me dijiste que te preguntara lo que quisiera, ¿no?

—Mario ha estado conmigo desde que nací. Mi padre le encomendó protegerme; me enseñó a usar todo tipo de armas y a boxear. Cuando asesinaste a mi papá, varios hombres de la banda no querían que ocupara su lugar. Planearon matarme… y si no fuera por Mario, no estaría viva. Los eliminó a todos, incluidos su único hijo y un hermano. Así que, ¿cómo no confiar en él?

—¿Y qué hay de Rubí?

—Yo tenía ocho años cuando, en el sótano de la mansión, encontré una niña de mi misma edad; nos hicimos mejores amigas. Después descubrí que era hija de un empresario adinerado; se la dio a mi padre a cambio de desaparecer a su esposa para poder casarse con su amante.

Luisa guardó silencio por varios segundos, bajó la mirada y, con la voz entrecortada, continuó:

—La noche que cumplí diez años, mi padre y Mario salieron a hacer un trabajo grande. Después de jugar a las muñecas con Rubí me fui a dormir, pero antes de conciliar el sueño mi hermano entró y… se me echó encima… me arrancó la ropa, pero antes de que me… logré tomar la pistola que siempre me dejaba Mario bajo la almohada… y lo maté. Rubí me ayudó a sacar el cuerpo de la habitación y a limpiar todo. Jamás se lo dijo a mi padre; él siempre creyó que sus enemigos lo habían matado y arrojado al jardín de la mansión.

Óscar se levantó del sillón y se sentó a su lado. La abrazó y ella le correspondió. Así se quedaron por varios minutos hasta que Luisa lo intentó besar, pero él la esquivó, se puso de pie y se fue.

Una mañana, antes de que Óscar llegara, Luisa, sentada en la cabecera del comedor y con algunos de los más peligrosos asesinos a sueldo del país en las otras sillas, terminó de distribuir fotografías, rutas y nombres. Dio instrucciones a Mario, corrigió una falla en el operativo y ordenó nueve asesinatos selectivos antes de despachar a sus hombres. Solo entonces, cuando quedó a solas con Rubí, la jefa desapareció detrás de la mujer enamorada.

—Ya han pasado seis meses y siempre que lo intento besar me rechaza. Y yo me muero por él, me encanta. No sé qué hacer, Rubí —dijo Luisa.

—Ay, chata, pues… oblígalo, recuérdale que tiene que cumplir con su parte del trato —le contestó Rubí.

—Jefa, el señor Óscar llegó, lo pasé a la sala —las interrumpió Mario.

—Gracias, Mario. Lleva a Rubí a la mansión. Salgan por la puerta de atrás.

—Sí, jefa.

—Adiós, chata —dijo Rubí y le dio un beso a Luisa en la mejilla.

Cuando se retiraron, Luisa fue a la sala y le dijo a Óscar:

—Vamos al comedor.

—No, aquí está bien —contestó Óscar con el tono frío de siempre.

—¡Es una orden, obedece, comandante! —le dijo molesta.

Él la miró enojado, pero acató la orden. Llegaron al comedor: un tablón macizo de madera de parota oscurecida y sillas de un diseño italiano en cuero gris asfalto. Al fondo, un aparador de acero negro resguardaba una colección de botellas de tequila de las más costosas. Ella se sentó en la cabecera y él a su izquierda.

—¿Te gustaría conocer mi recámara, comandante? —preguntó, reclinándose hacia él con una sonrisa.

—No me gustaría —respondió, manteniendo la espalda rígida contra el asiento—, pero tengo que obedecer si lo ordenas.

—Seré paciente hasta que tú lo desees tanto como yo —concluyó, observándolo fijamente al borde de su silla.

Durante tres años, Luisa buscó la manera de conquistar a Óscar hasta convertirlo en una obsesión. Le regaló un reloj de oro amarillo macizo de dieciocho quilates con diamantes corte brillante, un traje artesanal confeccionado con telas exóticas, zapatos de diseñador y, cada semana, un enorme ramo de rosas en la oficina. No solo era detallista en lo material, sino también en lo sentimental. En más de una ocasión, Óscar le encargó a Luisa el trabajo sucio que la placa le impedía emprender. Cada problema resuelto lo aliviaba y, al mismo tiempo, le hacía más difícil convencerse de que seguía siendo un honesto comandante.

—Eres su títere, chata, y él ni siquiera las gracias te da —le decía Rubí.

—Lo sé, y a veces me dan ganas de matarlo al cabrón, pero luego me arrepiento cuando veo lo chulo que está —le contestaba Luisa.

Óscar disfrutaba saber que era el único que manejaba a su antojo a Luisa, alias «la Chata» López, como era llamada por la justicia. Se ufanaba para sus adentros: «Esa cabrona está loca por mí y ni siquiera me he tenido que acostar con ella». Aunque estaba convencido de que solo sentía desprecio por ella, había noches en las que no lograba conciliar el sueño preguntándose si habría salido ilesa de los trabajos que él mismo le encargaba. A veces se descubría esperando el ramo de rosas semanal o sonriendo al recordarla, algo que lo perturbaba profundamente. Un día, sentados a la mesa, tomaban caballitos de tequila. Luisa acercó sus labios a los de Óscar y, para su sorpresa, él no se apartó. Fue un beso largo, lento, suave. Mientras las manos se buscaban por encima de la ropa, el calor los fue envolviendo. Pero la voz de Mario interrumpió el momento. Apareció de pronto, tenso, para avisarle a su jefa que debía ir de inmediato a la mansión. Aquella madrugada Óscar no pudo dormir. Con el recuerdo del beso ardiéndole en la memoria, se repetía una y otra vez: «No debo quererla».  

El primero de diciembre, Luisa esperaba a Óscar en la casa, pero él nunca llegó. Decidió volver a la mansión, donde Mario y Rubí la recibieron con la noticia: en televisión informaban que la gobernadora, Laura Guerrero, y su hijo, el comandante Óscar Suárez Guerrero, habían sido secuestrados al salir de un evento privado, luego de que los policías que los protegían fueran acribillados. Luisa frunció el ceño, apretó la mandíbula y cerró los puños. Recordó entonces el informe que Mario le había entregado el día que interrumpió su primer beso con Óscar: Rubén Morales, el excandidato derrotado, había acudido a ellos para desaparecer a Laura. Luisa se negó y le ordenó a Mario asesinarlo de inmediato. Pero sus sicarios, por más que lo buscaron, no dieron con su paradero y, desde entonces, lo seguían rastreando. Sentado sobre tierra áspera y con las manos atadas, Óscar observaba a los hombres que les apuntaban a él y a su madre con sus pistolas. Miró a su alrededor: solo había árboles y un cielo cubierto de nubes grises que ocultaban la luna. Respiró profundo el aroma a humedad y le vino a la mente el rostro de Luisa. «Me hubiera gustado verla por última vez», pensó. Su madre apoyó la cabeza en su hombro y rompió a llorar. Rubén Morales se les acercó, escupió con desprecio y les dijo con voz rasposa:

—Llevo tres años lleno de rabia. No me resigno a aceptar que perdí frente a una pinche vieja, pero ese tormento se acaba hoy. Y de una vez me deshago también de tu único hijo.

Entonces, una voz retumbó desde las sombras:

—¡Ya se los cargó la chingada!

Los hombres buscaron el origen del grito con desesperación, pero no tuvieron tiempo. En menos de tres segundos, una persona encapuchada y vestida de negro emergió de la penumbra; llevaba chaleco antibalas y sostenía un cuerno de chivo encastrado al hombro. Sin dudarlo, presionó el gatillo y los rafagueó. «Es Luisa», pensó Óscar mientras la miraba por primera vez en acción. No le quitó los ojos de encima ni un segundo; le resultaba fascinante y excitante. Ella y algunos de sus hombres, incluido Mario, no dejaron a uno solo en pie.

—Escolta a la gobernadora hasta un lugar seguro —le dijo Luisa a Mario.

—Sí, jefa.

—Yo me llevo al chulo. —Miró a Óscar y le extendió la mano para ayudarlo a levantarse.

Luisa y Óscar se subieron a una camioneta negra blindada, con vidrios polarizados, que ella manejaba.

—¿A dónde te llevo, chulo?

Óscar la miraba fijamente, con la respiración agitada y el cuello empapado de sudor:

—Quiero conocer tu recámara.

Luisa se giró un momento hacia él, volvió la vista al frente y aceleró. Llegaron a la casa y, sin perder tiempo, se dirigieron a la habitación. Se sentaron en la cama king size; Luisa se quitó la capucha y él, al besarla suavemente rozando sus lenguas, percibió el olor acre de la pólvora. Ambos sentían el hervor de la excitación entre sus piernas. Óscar se puso de pie y se desnudó. Luisa lo miró de arriba abajo y, por varios segundos, su mirada se clavó en su miembro erecto; por un momento sintió miedo al pensar que esa cosa tan grande le entraría por la vagina. Después, él le quitó toda la ropa, la recostó en el colchón forrado con sábanas de seda y besó cada rincón de su esbelto cuerpo. Se posicionó sobre ella y, mirándola a los ojos, la penetró. Luisa soltó un jadeo de dolor, tensándose ante la molestia inicial. Óscar, en cambio, sintió una pulsación de placer desconocida, una intensidad que jamás había experimentado con ninguna otra mujer. Ella le clavó las uñas en la espalda y él comenzó a marcar un ritmo lento. Luisa abrazó las caderas de Óscar con sus piernas, mientras las embestidas se volvían cada vez más rápidas y profundas. El cuerpo de Luisa respondía con espasmos ante la dureza de aquel descomunal pene hundiéndose en su sexo, húmedo y ardiente; era como si esa cavidad palpitante quisiera estrujarlo, devorarlo, lo que, sumado a la persistente succión de uno de sus senos, terminó por arrancarle una cadena de orgasmos sucesivos que ni sus gemidos, convertidos ya en gritos, pudieron ocultar. Óscar, incapaz de contener la ola de placer que lo arrastraba, cedió por completo: se hundió hasta el fondo y se derramó dentro de ella con un pesado suspiro. —Te quiero —le dijo al oído a Luisa.

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