miércoles, 28 de septiembre de 2022

Sin perdón

Joe Monroy Oyola


Armando se abrocha la correa marrón del reloj y mira la cama por el espejo del tocador.  Unas caderas se levantan bajo las sábanas de color verde claro que asoman sobre la colcha blanca, cumbres ondulantes y móviles que atraen la atención del marido.

Detiene el ritual del vestuario para contemplar la silueta de su esposa, un aroma a rosas proveniente de dos varillas sahumadoras que están sobre la cómoda rodean el cuarto matrimonial. En la radio al lado donde descansa Claudia, se oye una balada interpretada por el cantante Enrique Iglesias, Armando no recuerda cuál es.

El embeleso del marido desapareció raudo, como su presencia en la habitación. Llega a la cocina y recoge de la mesa el llavero cuyos apéndices dentados empujan el uno al otro cual efecto dominó creando unos cortos sonidos metálicos, con un tenue raspón tratan de aferrarse a la superficie lisa de la blanca mesa.

Al cerrar la puerta principal, se queda sosteniendo la perilla externa con su mano izquierda; en ese instante se abren los bellos ojos pardos de Claudia. La esposa retira los cobertores que la cubren y exhala un prolongado suspiro.

Ya en la calle, Armando mira la placa del domicilio. Por los números de esta dirección decidimos rentar este apartamento: el día de los enamorados, y el de su cumpleaños, veintitrés de setiembre. Luego él se dirige hacia la esquina y pasa frente al mercado de abastos hispano «El Torito» del que proviene un estruendoso corrido mejicano. Es uno de los establecimientos más populares del suburbio Boyle Height. Armando cambia su rumbo hacia la derecha…                                

Claudia mira la foto revelada en blanco y negro dentro de un marco dorado, a la moda antigua. En el retrato Armando viste un esmoquin, ella con el vestido blanco que fue de su madre, cuando se casó con su padre, ambos ya fallecidos. Tienen entrecruzados los brazos y cada uno sostiene una copa de cristal con champaña, se miran el uno al otro. Los retoques del fotógrafo disimulan el huesudo rostro del novio, y la pose favorece a Claudia atenuando su papada.

¿Cómo pudo olvidarlo? Es nuestro quinto aniversario y ni siquiera un beso me ha dado. La cocaína lo está consumiendo, ya lo detuvo la policía drogándose con ese vecino sinvergüenza, el tal Tony. ¿Qué es lo que le ocurre? Delincuentes, seguro Armando viene a ser su mejor cliente. Ya le advertí, aunque estemos casados, si encuentro esa cochinada en sus bolsillos significa que está traficando aún con ese hampón; entonces los denunciaré con la policía. Yo no sé en qué irá a parar esto. Todo está mal en este horrible lugar.

El barrio Boyle Heights, también conocido como Brooklyn Heights, está ubicado al lado este, en la ciudad de Los Ángeles, donde predomina la población hispana. Es un área con alto índice delincuencial. Hay varias bandas que frecuentan este vecindario, una de las más temidas es la de «Los Barrios Mojados». Esta pandilla se dedica al tráfico de drogas, extorsión, sicariato, y cualquier otra actividad ilegal donde pueda haber una buena ganancia.

Las construcciones en ladrillo rojo, los muchos negocios con letreros y publicidad en español hacen que se asemeje a un barrio de alguna ciudad de México, u otros países de América Central o Sudamérica.

En el apartamento 1423 de la calle E 4th St. suena un teléfono:

─Aló, ah, hola suegrita, ¿cómo se siente hoy de su jaqueca?

─Claudita, estoy mejor, pero, ¿cómo estás tú con Armando? Siento gran preocupación por ustedes.

─Mire, yo creo que todo se está derrumbando. Él sigue consumiendo drogas con ese tipo que vive en nuestra misma cuadra, el Tony, los vecinos lo conocen como un traficante minorista.

La señora Inés le dice a Claudia que debe perdonar a su esposo, se casaron para siempre, además todos cometemos pecados, pero debemos tener misericordia y amar hasta a nuestros enemigos. Claudia se ofusca; por favor, mejor hablamos en otro momento, luego de despedirse corta la llamada.

En un callejón de la avenida Ascot en el suburbio South Central de Los Ángeles, alguien golpea con el puño la descascarada puerta de madera con algunos raídos vestigios de pintura roja.  Rodrigo Guillén voltea a mirar la puerta y con un movimiento instintivo se levanta de la cama y toma la pistola que está junto a él quitándole el seguro. Camina hacia la puerta de entrada y pregunta:

─¿Quién es?

─¡Soy Nacho, me manda el patrón, dice que ya te habló por teléfono!

Rodrigo está apenas cubierto con una ropa interior color azul, mira en su celular, abre los mensajes y confirma el nombre del mensajero. Mueve la cabeza en forma afirmativa y abre la puerta.

─Oye, para ser sicario estás bien chaparro y más flaco que un perro roñoso.

─Para usar esto ─dice Rodrigo mientras levanta la pistola encañonando al visitante─, no necesito tamaño, sino tenerlos bien puestos.

─Bueno, tranquilo, si ambos somos de «Los Barrios Mojados». Nomás que tú eres uno de los que se encargan de mandar gente al otro mundo.

Se sientan en cada una de las dos únicas sillas que hay en el cuartucho. Rodrigo le pide que le dé el encargo del patrón, él contesta que le ha mandado quinientos dólares de la semana pasada. El jefe quiere que te encargues de un traidor, quien se quedó con su dinero y la mercancía. Pero, tienes que hacerlo mañana, nueve de abril, por la mañana pues es el cumpleaños de ese cadáver andante. Él vive solo en su apartamento y sale siempre a las ocho y diez de la mañana, a esa hora empieza a vender a los que quieren «empolvarse la nariz» en ayunas. Eso es lo que le gustaba de él al jefe, su puntualidad para empezar el negocio, ja, nomás que se tardó para el pago. Pero, cúbrete bien para que no vea nuestros tatuajes, no sea que se te escape y entonces, ¡tú la pagas!, además dicen que eres muy bueno para eso de los disfraces, eh. Ahora apunta la dirección, dice Nacho.

─Es que no tengo lapicero a la mano ─contesta Rodrigo mientras muestra las palmas─. Mejor le insistes al Paco mándaselo por texto, él se encarga de los detalles para los trabajos.

─Toma este ─contestó Nacho y le avienta un lapicero Bic con tapa azul.

─No tengo papel.

─Escríbelo en tu mano.

Empieza Nacho a dictar la dirección a la vez que Rodrigo va escribiendo en su mano izquierda.

Al terminar de dictar, el visitante le comenta acerca de su compinche Paco; dice el patrón que ya te sabes: cambia a tu ayudante porque ese Paco, no le contestó el teléfono; no lo quiere más en esto. Rodrigo asintió con la cabeza y se quedó con el sobre de manila que contenía el dinero, empezó a contarlo mientras Nacho se fue sin cerrar la puerta del cuarto.

Luego de asegurar la puerta, Rodrigo vuelve a la silla, está sosteniendo el lapicero de cuerpo transparente, lo gira hacia la derecha, luego hacia la izquierda, la tapa azul cae al piso. Cierra sus ojos, escucha risas lejanas que parecen acercarse hasta cubrirlo todo… Los niños del salón de clases le gritan, animal, bruto, oye bestia hazlo, ¿no puedes? Las risotadas parecen salir de una película de terror, como aquellas donde los duendes se le aparecen al niño, a la víctima, cual Chucky, el muñeco asesino…, miren no sabe; el maestro Hernández con una sonrisa en su rostro interviene:

Ya, ya, basta, silencio, vamos a dejar al alumno Guillén que nos explique por qué hizo la tarea de esta manera. Rodrigo levanta la mirada, por sus mejillas ruedan unas lágrimas que parecen competir en velocidad en su carrera loca hacia el vacío, es como si la vergüenza quisiera escapar en estado líquido desde el fondo de su alma.

Entonces Rodrigo enjuga su sollozo con la manga de su chompa marrón, y recibe el lapicero Bic con tapa azul:

─Niño genio, ahora muéstreme cómo se escribe de forma correcta la fecha de la batalla de El Álamo, adelante…

─¿De qué se ríe? ─contesta Rodrigo al mismo tiempo que levanta el bolígrafo con su diestra y lo tira sobre el rostro del maestro.

Las risas cesan mientras Rodrigo huye. No recoge sus útiles del pupitre, solo corre, pero percibe sus movimientos como si transitara sobre una lenta faja estacionaria. Puede ver el rostro de cada uno de sus compañeros en las primeras filas, sus bocas abiertas dejan notar los dientes, se asemejan a horribles colmillos de fieras aullando frente a la presa que se les escapa. Jamás volvió al cuarto donde vivía con su padre, un alcohólico que lo golpeaba cuando no había vendido los suficientes caramelos para comprarse una de esas botellas de licor sin etiqueta, aquellas que vendían en el antro cercano a la antigua estación ferroviaria.

Rodrigo abrió sus ojos, el bolígrafo que tenía en su mano estaba partido por la mitad, la tinta azul corría entre los dedos y goteaban hasta su mesa, el fluido azul parecía un chorro volcánico amenazando con derramarse sobre las moscas posadas en la superficie.

¡Nunca volví! Jamás nadie se ha vuelto a reír de mí, las escuelas no enseñan nada bueno, solo hay chicos abusivos que no deberían de existir. Al menos del maestro Hernández me encargué en aquella cantina donde iba todos los viernes. Valió la pena esperarlo algunos años, era el último en salir y justo cuando yo venía de quitar de en medio a ese policía, fue pura suerte, ni me reconoció, solo le dije que lo ayudaría, fueron las más divertidas cuadras que camine esa madrugada, y gasté solo un tiro, fue lo justo. Al polizonte lo despaché por encargo del jefe, era un miserable oficial corrupto, la paga fue buena. Ambos merecían morir. Le hice un favor a este mundo.

A sus diecinueve años ya es un sicario con experiencia, conocido por su sangre fría, debido también a su habilidad para camuflarse según la conveniencia.

Claudia conduce su viejo auto Volkswagen amarillo, mira su reloj de pulsera son las ocho con cuarenta y dos minutos cuando llega al edificio de su centro laboral. Qué rutina, ahora entrar, marcar la tarjeta y saludar a los jefes, sentarme por horas en ese viejo mostrador para atender a todos los jardineros cuando vengan por mangueras, o caños, alguna válvula, en fin, lo bueno es que pagan bien. Oh, un mensaje de texto: es doña Inés, ella sí es una santa, no se merece un hijo como Armando, ya la llamaré más tardecito.

Tony Velásquez camina por las calles de Boyle Heights, se detiene un auto junto a su lado, el conductor estira su cuerpo hasta la ventana del lado del copiloto, Tony se agacha y se estrechan las manos, se despiden. El piloto guarda algo en su bolsillo, mientras Tony mira hacia los lados, abre en forma discreta unos billetes enrollados y cuenta el dinero. Este es un buen día, sí, ya falta poco para terminar de juntar mi capital de trabajo, al fin me independizaré de don Carlos, ya ni sé por qué tanta reverencia, todos le dicen «el patrón», patrón su abuela. Falta poquito. Ajá, otro cliente. Hola...

Para doña Inés Ayala oír las incorrecciones de su hijo Armando, desde que era un niño, es pan de cada día. Ahora con cincuenta y seis años a cuestas, y sus recurrentes problemas de presión alta, el peso de la preocupación se tornaba insoportable.

El proceso de decaimiento moral de Armando es como una bola de nieve en deslizamiento desbocado. Conforme fueron pasando los años, el adolescente extrovertido se convirtió en un joven rebelde, irrespetuoso. Dejó la secundaria en el penúltimo año, tuvo altercados con familiares de cada una de sus novias por agresión verbal, incluso física contra ellas. Ahora es un adulto casado, sin embargo, los problemas crecen conforme decrece su responsabilidad.

Doña Inés, pone sobre la mesa su celular al terminar la conversación con su nuera Claudia ¡Hijo, por Dios, qué estás haciendo de tu vida! Hice todo lo que estaba a mi alcance como madre soltera, y eres mi único hijo; tal vez sí fui demasiado blanda contigo, quizá debí forzarte a terminar tu secundaria. Jamás debí encubrirte aquella vez que la policía llegó a la casa, cuando tiré por el inodoro esos paquetes de tu cochinada. Claudita ya está harta, pero él es bueno, solo un poco irresponsable, ella no debería estar amenazando con denunciarlo a la policía, eso puede violentar a mi hijo. Debemos perdonar.

Durante la primavera, en Los Ángeles la temperatura fluctúa entre setenta, cincuenta y cinco grados. Es la tarde del ocho de abril del año dos mil veintiuno. En el suburbio de Boyle Heights la presencia de vendedores ambulantes resulta ser parte del panorama diario. También la de sujetos que tras el disfraz de comerciantes ambulatorios esconden a rapaces depredadores de sueños y vidas, como es el caso de Tony.

─Hola Tony, buenas tardes ─saluda un hombre uniformado mientras hace girar en círculos un largo llavero con cadena─. ¿Tendrás algún paquete de chicles que me vendas?

─Oficial Nalvarte, qué gusto. Claro ─contesta Tony mientras saca de su bolsillo una cajita de gomas de mascar─, pero estas se las convido.

─¡Caray qué amable! ─contesta en voz alta, a la vez que recibe la cajita.

El oficial de policía le pregunta entre dientes si está también lo de la semana pasada; estúpido no pagaste tu cupo anterior. Tony le dice que solo es de una semana, que la plaza ha estado baja. Espérame a la siguiente y te sorprenderé. El oficial muestra una tenue sonrisa. Lo abraza y al oído le dice haber escuchado rumores de que «El Patrón» lo está buscando. Se despiden con un apretón de manos.

Armando viene de regreso de la gasolinera donde trabaja, cuando Tony le da el alcance por la espalda. Empiezan una conversación que se va tornando acalorada. Armando niega con la cabeza y se separa sin despedirse de Tony.

Al poco rato Claudia estaciona su auto Volkswagen en frente de la puerta de su apartamento en el 1423 de E 4th St. Cierra la puerta del conductor, tiene su bolso sobre su hombro izquierdo, pero cuando sube a la vereda se acerca Tony.

─Claudita, hola qué gusto verte ─saluda tratando al mismo tiempo de darle un beso en la mejilla.

─¡Oye, a mí no me saludes con beso, delincuente! ─responde empujándolo con su mano derecha.

─Caray, qué carácter, y uno que solo quiere ser amigable.

─Aléjate de mí y de mi esposo ─dice y se dirige hacia la puerta de su domicilio.

Tony toma su celular y le envía un mensaje de voz a Armando; ya te puse algo de mercancía son siete paquetitos en una cajetilla de cigarrillos, la metí ahorita en el bolso de Claudia. A mí tú no me vas a dejar. Confírmame que recibiste el mensaje. Desde la esquina te vi entrar. ¡Contesta!

Dentro del apartamento, Armando espera por su esposa. El ruido del motor del Volkswagen le resulta inconfundible. En ese momento deniega una llamada entrante de Tony, la puerta se está abriendo y el sonido de una campanita le indica un mensaje de voz, él apaga su celular, sin siquiera percatarse del urgente mensaje de Tony.

Al entrar, Claudia muestra el ceño fruncido, con la parte interna del zapato derecho se saca el izquierdo, y con el lado interno del pie descalzo retira el otro. Armando la saluda, ella no responde. Claudia va hacia la salita donde se desabrocha los cuatro botones blancos del lado izquierdo de su falda jean azul y tira la cartera sobre el mueble anaranjado de tres cuerpos. Su esposo le pregunta por su hosquedad. ¿Qué te hice?, ¿por qué esa cara? Ella le reclama por continuar en sus negocios turbios con Tony, Armando le asegura que ya no tiene nada con él. Hemos cumplido cinco años de matrimonio hoy y ni siquiera te has acordado, al menos un ramo de flores, las más baratas, pero, nada. ¿Cómo?, ¿hoy?, ¿estás segura? Armando mira la fecha en el calendario que está sobre la refrigeradora, se golpea con su mano el lado derecho de la cabeza.

La cena entre los esposos es un monólogo de Armando, ella a nada contesta. Al terminar la comida, él trata de lavar los platos, pero Claudia puso su mano mojada en señal de alto, al mejor estilo de algún policía de tránsito. De su palma derecha chorreaba agua jabonosa, luego siguió con el aseo. El celular suena en la sala, presurosa se seca en el delantal a cuadritos rojos y blancos que la navidad anterior le regaló doña Inés, va hacia el mueble donde dejó su bolso, era su suegra, pero ya había cortado. Con sorpresa, pues no fuma, alcanza a ver dentro de su bolso una cajetilla de cigarrillos, la abre; entonces llama a gritos a su esposo, le pide explicaciones. Claudia le pregunta por qué ha puesto en su cartera esa cajetilla conteniendo unos paquetitos con un polvo blanco que parece ser cocaína. De entre las más secretas memorias de Claudia asoma aquel corto tiempo en que también consumió, la reconoce. ¡Mañana te denuncio descarado!

Luego de unos pocos minutos Armando dice que va a comprar baterías para una linterna y sale del apartamento. Regresa casi a las dos horas, trae consigo un paquete en una bolsa plástica negra. Él murmura que es más económico adquirirlas por paquete tamaño familiar, luego se va hacia el dormitorio.

Al otro lado de la ciudad de Los Ángeles, en la zona South Central, alguien toca la puerta del cuarto de Rodrigo.

─Abre, soy Paco ─grita, toca otra vez la puerta─. Apúrate que necesito el baño.

Rodrigo baja el volumen de su radio, le fastidia interrumpir su canción en ritmo de rap, se va acercando a la puerta y escucha:

──Te digo que soy Paco.

─Ya espera ─contesta, y al llegar a la puerta la abre─. Pensé que ya estabas muerto, baboso, el patrón te va a liquidar.

─Estoy vivito y coleando ─responde mientras entra corriendo en dirección al baño.

Rodrigo abre por segunda vez la puerta de su vivienda, y le grita a Paco, pues así como huele, ya apestas a muerto. Animal qué has tragado. Al salir del baño su compinche le explica que se pasó de tragos con su novia y no se había dado cuenta que se había descargado su celular.

─Se supone que tú te encargas de las llamadas para los trabajos, de ir a revisar los lugares, reconocer a los sujetos que nos vamos a tumbar, sus rutinas, todo lo que debemos de saber.

─Lo siento, no te preocupes, dame los datos y mañana empiezo el rastreo.

─Ya no hay tiempo, el trabajo lo tengo que hacer mañana por la mañana. Te la perdiste.

─Caray, te la vas a llevar solo. Entonces me largo.

Ya en la mañana, Armando escucha el mensaje de Tony que no quiso atender. Le avisaba sobre la cocaína colocada en la cartera de Claudia para que él vendiera. De forma sigilosa va hacia el auto de Claudia, entra por el lado del copiloto, luego de un par de minutos cierra la puerta del Volkswagen. Su intención es caminar con rumbo hacia la gasolinera donde trabaja.

En la esquina de el frente, desde está mercado de abarrotes, se puede oír la música mejicana en alto volumen. El aroma a comida emanaba de la carretilla ubicada junto a la puerta del establecimiento comercial, el olor a choclo sancochado era tan consistente que podría decirse que viajaba hacia los cuatro puntos cardinales, como si no tomara en cuenta la dirección del  cambiante viento. Un par de pequeños perros vagabundos, uno negro, el otro de algún tono plomizo, exhiben balanceándose las greñas colgantes en sus orejas y barrigas, cual clientes, caminando extasiados en dirección a la tienda.                                                                         

En la acera del frente dos hombres van comiendo sándwiches, una anciana renga, con bastón, viene acercándose, su blanca cabellera y figura encorvada inspira compasión. Armando ha salido del apartamento, por primera vez antes que su esposa, para colocar el paquete. Recuerda que no había echado llave a la puerta de su vivienda, así que regresa hasta el umbral de la entrada y mientras la asegura con llave se queda mirando los números. Recuerda otra vez las fechas: catorce por el día de los enamorados y el veintitrés por el cumpleaños de Claudia, cuando la viejita que camina con un papelito en su mano izquierda mirando las placas de los apartamentos lo ve, y lo sigue.                                  

En ese momento sale Tony de su vivienda y reconoce a Armando. Trata de cerrar rápido su puerta para alcanzarlo, pero no encuentra su llave. A media cuadra los pasos de la anciana dejan de ser pausados para convertirse en una rápida caminata, y ya casi en la esquina al frente de la tienda de abastos la mujer cana alcanza a Armando, quien solo puede oír: ¡feliz cumpleaños!, y luego una detonación, quizá no tuvo tiempo de sentir el proyectil impactando su ser, quitándole el bien más valioso que solo se recibe y pierde una vez… la vida.          

A media cuadra Tony queda paralizado con la boca abierta, el cigarrillo que fuma pierde todo sostén cayendo al piso; Tony corre en la dirección opuesta.

Claudia sale a las ocho con veinte minutos, como cada día, al sentarse en su auto mientras revisa su espejo retrovisor, nota un tumulto de personas en la esquina frente al local comercial. Otra vez, esta gente y sus riñas, todo lo quieren arreglar a puñetazos. He estado pensando que Armando parecía decirme la verdad sobre esa droga en aquella cajetilla, ¡caray ya recuerdo, ayer, aquí se me acercó ese Tony! Mejor volveré a conversar hoy con Armando, quizá esta vez me dijo la verdad.                               

Llegando a la primera luz roja escucha un sonido como el tic tac de un reloj despertador, esos antiguos con las campanas sobre él, y con una cuerda manual metálica al dorso, similar a la prehistórica llave para abrir latas de sardinas, como el que aún tiene su suegra. Bajó el volumen del radio. Tarde se da cuenta del artefacto que está activado en el piso del copiloto. Los nervios la traicionan, recuerda la amenaza hecha primero a Tony, luego a su esposo, que los denunciaría con la policía, cambia la luz del semáforo a verde, cuando trata de alcanzarlo estirando su brazo derecho a todo lo que da para tirarlo por la ventana, el extraño aparato detonó…

Los carros tocaron sus claxon, la línea por donde venía conduciendo Claudia se congestionó. Pudo ver flotando un polvito multicolor, como papelitos brillosos picados, y un payasito en miniatura que sobresalía de la cajita del piso, con un pequeño letrero que decía: ¡Perdóname! Emana un aroma a rosas, el favorito de Claudia.

 Se estaciona llorando y sonriendo. Ella sostiene el regalo sorpresa, lo acerca a su pecho y lo besa, luego toma su celular y marca el número de su esposo, vuelve a hacerlo, otra vez, por tercera ocasión; entonces deja el mensaje de voz:

─Armando, mi amor, eres un bandido. Gracias, claro que te perdono. Voy a confiar en ti. Esta noche te daré una sorpresa, sorpréndeme tú también mi tigre. Te amo.

Cuando Claudia llega al estacionamiento de su trabajo ve a su jefe hablando con tres oficiales de policía. Dos autos patrulleros están al lado de la entrada, la quedan mirando.

Rodrigo está viendo la televisión, cuando pasan por el noticiero la información del asesinato que perpetró. Dan el nombre de la víctima y nota que no coincide con el de Tony. Una mujer lloraba a gritos era la madre del occiso, doña Inés Ayala. Al verla Rodrigo se levantó del mueble y tomándose los pelos exclamó: ¡doña Inés!

Su mente cabalgó hasta aquel día, el último que asistió a clases, una década atrás, cuando sale corriendo y llorando; entonces la señora que vendía tamales afuera de la escuela lo vio con su rostro contra los muros externos del centro de estudios. Se le acercó, él la conocía por las pocas veces que había podido quedarse con unas cuantas monedas tras la venta de caramelos y pudo comprarle un tamal.

Por algunas noches Rodrigo accedió a ir al cuarto de aquella quinta dónde vivía doña Inés Ayala con su hijo Armando Zapata de diecinueve años entonces, Rodrigo con solo nueve. Si bien doña Inés no logró que volviera a la escuela, lo llevó al hospital donde tenía una amiga enfermera. El examen médico mostró un cuadro severo de desnutrición; la evaluación psicológica, diagnosticó que padecía de esquizofrenia, además de dislexia, lo cual provocó dificultad para la lectura o escritura de letras y números. Desapareció sin despedirse, sin agradecer después de pernoctar tres semanas con doña Inés y Armando. Fue el mejor tiempo de su vida.

Rodrigo se dio cuenta del terrible error, él mata a delincuentes, gente de mal vivir, cree que hace justicia. En la televisión, las imágenes muestran a la joven viuda llorando, quien dice al reportero, que perdona al asesino, como le ha enseñado su suegra. Al lado doña Inés grita, ojalá que al asesino de mi hijo lo maten de igual o peor manera, que agonice sin misericordia alguna. Claudia la mira sorprendida, apenas balbucea: ¿Y el perdón?

El teléfono celular de Rodrigo suena trayéndolo de regreso a la realidad:

─¡Rodrigo, el jefe te está buscando!, el Tony está cantando todo como canario con la policía. Aquel que mataste vivía en el apartamento catorce veintitrés tres, Tony vivía en el catorce ochenta y tres. Mataste a un inocente.

Rodrigo quedó estupefacto, después de unos segundos pudo contestar:

─No, Paco, no lo maté yo, sino la dislexia, y también me mató a mí.

Antes de terminar la conversación, derriban la puerta de un golpe y entran tres hombres fornidos de raza hispana, los brazos tatuados con calaveras, y una leyenda en las vinchas negras, con letras rojas, que dice: «Los Barrios Mojados»; portan armas automáticas y las rastrillan frente al indefenso Rodrigo.

lunes, 26 de septiembre de 2022

Todo fluye

Rosario Sánchez Infantas


Fui yo quien le negó el último favor que solicitó en vida.

Pasaron cosas insólitas aquel setiembre en la ciudad de la eterna primavera. Enclavada en la sierra central peruana, la localidad en la que vivo permite transitar desde el último ramal de la cordillera de los Andes hacia la selva amazónica. Al atravesar un túnel de cuatrocientos metros se deja atrás el clima templado y seco y uno se sumerge en el ambiente cálido y húmedo de la jungla.

A los sesenta años empecé a tener miedo de utilizar mi cuarto de baño. Parte de mi rutina cada sábado era ordenar, limpiar y trapear. El agua del trapeado la echaba por el inodoro. Aquel sábado, de improviso, pensé que esa agua sucia iba al sistema de desagüe de la ciudad y de ahí al río Huallaga, el cual se interna en la Amazonía rumbo al océano Atlántico. Era cuestión de tiempo. Veinte o treinta horas de recorrido y estas aguas residuales, pasarían por dónde estaba flotando su cadáver. O por donde quizás estuviera atrapado en las ramas de algún árbol ribereño, atascado en un médano o playa que el río forma de trecho en trecho.

El día anterior me impactaron los titulares de los diarios: un poeta foráneo se había ahogado en el río Huallaga cerca de un poblado selvático ubicado a dos horas de mi ciudad. El desarrollo de la noticia confirmaba que era él: Fredy Santibáñez Pérez. Nadaba en el caudaloso río, fue atrapado por un remolino y luego arrastrado por la corriente. Lo estaban buscando río abajo. Ahora me parecía que verter agua sucia por el desagüe era afrentar su cuerpo y lo que en este momento constituía su entorno.

Ese sábado no trapee mi casa. Barrí y me engañé diciéndome que no tenía tiempo suficiente. Evité ingresar y usar el cuarto de baño porque al estar entrando sentí una opresión en el pecho al pensar en el ahogado. Una hora más tarde al acercarme al lavabo, experimenté una violenta compresión y el corazón empezó a latir desbocado. Me dije que ya era hora de hacer pintar la sala, que podía aprovechar el fin de semana y que siendo dañinas las partículas de la pintura, me alojaría un par de días en un hotel cercano. Coordiné con el pintor, saqué un breve equipaje, cerré puertas y ventanas y al pasar frente al cuarto de aseo el sudor mojó mi rostro y sentí la dolorosa constricción del pecho y la garganta.

Ese día estuve muy ocupada haciendo diversas gestiones pendientes y regresé muy tarde al hotel. Hacia la medianoche cuando fui al baño, de manera súbita, comprendí lo obvio: todos los subproductos de mi vida civilizada van al Huallaga…y llegan a él. No tengo alternativa. Vivir modernamente implica echar todo lo vil y despreciable al agua que habrá de llegar hasta donde se encuentra su cuerpo aún no rescatado.

Aquella noche no dormí. Varias veces sentí que iba a sucumbir cuando mi corazón latía violentamente, mi cuerpo tenso temblaba sin control y mi respiración se agitaba. Y es que en el silencio de la ciudad que yacía percibí ruidos escalofriantes en las tuberías del cuarto de baño. De pronto me di cuenta que la cama estaba demasiado próxima a la puerta del retrete y por lo tanto conectada con él. El pánico me hizo saltar de ella. Arrastré una silla colocándola cerca a la puerta de la habitación y me senté a esperar que amaneciera. ¡Fue una eternidad! Necesitaba usar el inodoro y tomar una ducha. Aquí no iba a poder hacerlo. Solo pensarlo me llenó de terror, me dolió fuertemente el torso, sufrí un gran mareo, se entumecieron mis manos y me di cuenta de que perdía el control de mí misma. Busqué en mi memoria otro hotel cercano, noté alivio al hallarlo, me imaginé ingresar al lavabo en él, el sudor perló mi frente, sentí una dolorosa opresión en el pecho y la sensación de que algo me encapsulaba y me constreñía cada vez más. ¡Mi vida estaba acabada!

Rompí en llanto. ¿Qué podía hacer? Debía pensar como una mujer adulta. ¿Qué le diría a una niña asustada? «Lo que estás haciendo no resulta, empeora la situación. Hay que cambiar. ¿Qué estuviste haciendo? Evitaste exponerte al temor inicial.» Suspiré. ¿Cómo enfrentar a la imagen del cadáver hinchado y desfigurado que era buscado Huallaga abajo?

En una fracción de segundo me llegó la idea: ¡así no era él! Así no lo conocí. Hice el esfuerzo de recordarlo. Vino a mi mente su rostro risueño de un año atrás en un congreso literario realizado en la capital. Fluidamente pasaba de una idea a otra mientras gesticulaba, modulaba la voz, preguntaba, hacia pausas, se desplazaba y representaba con su cuerpo los mensajes, emociones y sentimientos. Casi en trance sus oyentes terminaban amando u odiando, lo que les proponía el filósofo y poeta de mediana edad. Cuando tomaba la palabra parecía acrecentarse su estatura de un metro y sesenta centímetros. Nacido en una provincia del interior peruano hizo del mundo su hogar el intelectual de tez trigueña, nariz aguileña y ojos pequeños, negros y vivaces. Sonreí al recordar algunas expresiones de su fino humor.

A ese hombre inteligente y gracioso pude expresarle desde el fondo del alma: «¡Perdóname, hermano!». Lloré mucho y le hablé sintiendo cada palabra.

«Sé que me entenderás. Te conocía superficialmente. Sabía de tu círculo de poesía, de tu posición de izquierda que se expresaba en tiempo y esfuerzo dedicados a sacar adelante recitales artísticos y ferias de libros en los lugares más alejados del país. Después de saber de tu accidente busqué información en las redes sociales. Leí testimonios de jóvenes con vocación literaria que recibieron tu crítica constructiva, aliento y el espacio físico en tus publicaciones populares para desplegar sus potencialidades. Otros te agradecían que los escucharas en medio de una crisis personal. Destacaban tu gran sentido del humor, cuánto valorabas la amistad, tu ansia por beberte la vida y disfrutar la bohemia. Y, sobre todo, tu desprecio a los estereotipos sociales».

Volví a llorar mucho mientras ordenaba mis ideas sobre lo ocurrido en los últimos días. Respiré profundamente y volví a hablarle a Fredy: «Cuando, mediante un mensaje, me pediste hospedaje mientras durase el congreso de filosofía que se realizaba en mi ciudad no fue fácil decidir negártelo. Fueron muchos días de conflicto.

Lo primero en que pensé fue en guardar las formas en esta pequeña ciudad conservadora que no vería bien que una mujer seria y que vive sola hospede a un hombre. Rechazo racionalmente muchas convenciones sociales; pero no puedo confrontarlas todas. Imaginar que te alojaba me puso ansiosa: podías juzgar mi casa. Soy una persona solitaria y sencilla lindando con el descuido. Mi trabajo es muy demandante y no tendría tiempo para atenderte.

Tuve miedo de que malinterpretases hospitalidad con oportunidad de flirteo, de que regresases a mi casa embriagado o trajeses otras personas. Mis amigos reforzaron la idea de que no podía tener en mi casa a un desconocido».

Decidí salir a caminar en la luminosa mañana de domingo. Con una gran paz me fui alejando de la ciudad por un camino polvoriento que une los cultivos de caña de azúcar bajo la sombra de árboles de pacaes, naranjas y lucmas. Sistematizaba mis ideas. Volví a dirigirme a Fredy: 

«Sabía que si no te alojaba estaría triste por no actuar de acuerdo a mi naturaleza generosa, además sentiría culpa por el imperativo social de ayudar a los demás. Pero tenía que ser quien se espera sea: formal, mesurada y sensata. Me doy cuenta de que, entre mis labores burocráticas y vivir de acuerdo a las expectativas ajenas, se me está yendo la vida. Recuerdo que Cortázar dijo: “Hay una hora en la que se anhela ser uno mismo y lo inesperado”. Anhelé ser yo misma, pero más pesó el miedo, hermano».

Mientras cortaba unas flores de retama seguía pensando. Inhalé su aroma delicado asociado a mis sueños infantiles, y le dije a Fredy: «Tu magia consistía en darle voz a lo que tus oyentes hubiéramos querido decir, pero los convencionalismos no lo permitían. También nos mostrabas lo evidente pero apenas vislumbrado. Hace un año enfatizaste que el cambio es permanente y que todo debe transformarse y avanzar con la historia, con el tiempo, con la sociedad y la naturaleza.  Que nadie se baña dos veces en el mismo río, pues ni la persona ni el río son el mismo un momento después. Hoy no soy la misma. Avancé con tu historia. Renunciaré a mi trabajo burocrático y me dedicaré a la literatura y a ser yo misma, porque “Todo fluye”. ¡Gracias, hermano!».

Había llegado a la ribera del río Huallaga. Besé el ramito de flores de retama antes de lanzarlo. Las vi partir mecidas por las aguas turbias. Empezó una delicada lluvia con sol. Me pareció escucharle diciendo: «Todo fluye».

domingo, 28 de agosto de 2022

El caso de Pedro

Amanda Castillo


Pedro salió muy contento de su casa. A sus quince años, ya se proyectaba como un apuesto y atlético joven. Su carisma, desparpajo y sentido del humor lo hacían destacar entre su grupo de amigos, siendo así el líder de la «gallada daddy», nombre con el que habían bautizado a su grupo.

Aquel sábado de enero, sus padres le dieron permiso para salir con sus amigos. Pedro les dijo que irían al parque y luego a comer pizza. A su madre le extrañó que su hijo llevara un morral bastante grande consigo al momento de salir, sin embargo, decidió no fastidiarlo con algún comentario al respecto.

Pedro se mostraba ante sus padres como un chico responsable, obediente y respetuoso de los principios y valores que ellos le habían inculcado durante la crianza, no obstante, la comunicación entre ellos y su hijo no era la mejor y, por tanto, ignoraban muchas cosas de él, no tenían idea de las aventuras que este vivía cada vez que tenía la oportunidad de estar fuera de la vista de ellos. Desconocían que su hijo sabía aquella verdad que habían ocultado por años. El chico lo descubrió por accidente, un año atrás, cuando recibieron la visita de su tía Mariana y su nuevo esposo. Estos se encontraban de espaldas a él conversando desprevenidamente:

—Me sorprende Pedro, se ve un poco triste, ¿no?

—No lo noté, no lo creo. Aquí tiene todo. Mi hermana fue muy buena al hacerse cargo de él.

—¿Y aquella mujer nunca volvió?

—No. Simplemente desapareció un día. Cuando mi hermana regresó encontró al chiquillo llorando, tenía seis meses de nacido.

Pedro era un adolescente perspicaz, a sus catorce años entendía de qué se trataba todo. Odió a sus padres por engañarlo e inventar todas esas mentiras que le habían contado sobre el supuesto embarazo y su nacimiento. Desde esa noche y las siguientes, imaginaba extraordinarias historias sobre sus verdaderos padres y su origen. Rumiaba en su mente una y otra vez las diferentes maneras de descubrir su procedencia. Sufría en silencio. Lloraba la mayoría de las noches, había decidido ser diferente, creía que realmente a nadie le importaba lo que pasara con su vida.

Sentía rabia y dolor porque las personas en quienes confiaba lo habían engañado. Para él, era una burla muy cruel todo lo que había sucedido en su vida. No paraba de pensar   en su madre biológica. Sentía una profunda rabia con ella por haberlo dejado tirado en aquella casa. Muchas veces soñó con irse de aquel lugar e imagino variadas maneras de vengarse.

Vio la gran oportunidad de hacerlo utilizando el regalo que le dieron de cumpleaños: su primera tarjeta de crédito. Tenía un cupo suficiente de dinero y con ello podría llevar a cabo lo planeado:

El proyecto para aquel día consistía en que él y sus amigos irían a nadar al puente del Morro. Este medía más de trescientos metros de longitud y unía dos islas de la ciudad. Ese era un punto de encuentro para la mayoría de los jóvenes.

El lugar estaba repleto de muchachos que cada tarde se aventuraban a jugar a los buzos en las profundidades de la bahía.  Se sumergían en el mar y a puro pulmón resistían el mayor tiempo posible bajo el océano.

Las mareas del mes de enero eran particulares. El nivel del mar crecía más que el resto del año, además del fuerte oleaje que se producía para estas fechas. Pero esto, en vez de atemorizar a los chicos, tenía un efecto contrario, los impulsaba a competir con mayor entusiasmo, era todo un reto sumergirse en las profundidades del mar.

Después de sortear los turnos para lanzarse al mar, a Pedro le correspondió el último puesto.  El desafío era aún mayor porque tendría que superar los tiempos de todos.

—¡Carajo, tendré que aguantar más!

—¡¡¡Pedro, Pedro, Pedro!!! —eran las arengas de sus amigos.

Al llegar su turno, el muchacho se hizo la señal de la cruz, como era la costumbre entre ellos, inclinó su cuerpo y se lanzó al mar con un clavado perfecto. El reloj humano empezó a contar en coro los segundos:

—¡¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… treinta… cuarenta… cincuenta!!

Las voces de los chicos seguían contando sin parar con la emoción y la adrenalina al máximo. Querían conocer con prontitud quién sería el campeón de esta temporada.

—Ese man es un duro —decía Miguel, el mejor amigo de Pedro.

—Imbatible —decía otro.

Todos esperaban expectantes, contabilizando uno a uno los segundos que él permanecía bajo el agua; al final, el ganador obtendría el premio y de paso el reconocimiento y admiración de todos los chicos y chicas. Pero también estaba el otro extremo, es decir, el que menos tiempo resistiera en el fondo del mar tendría que pagar una penitencia como castigo.

Transcurría el tiempo y Pedro no salía a la superficie.  Ya había pasado cinco minutos y no había señales de él. Al caer en cuenta de lo que estaba sucediendo, los chicos empezaron a gritar:

—¡Pedro salí, Pedro salí!

—¿Por qué no sale?

—¡Ayuda, auxilio! —vociferaban los angustiados muchachos.

De inmediato llegaron más personas, entre ellos varios adultos que circulaban por la zona.

Algunos chicos sin pensarlo dos veces se lanzaron al mar, en búsqueda de Pedro.

Entraban y salían de las inquietas aguas, una y otra vez, sin resultado alguno. Miguel empezó a llorar

preso del miedo ante lo que pudo ocurrirle a su amigo.

Alguien dio aviso a las autoridades y al rato arribaron los guardacostas con buzos profesionales, quienes hicieron continuas inmersiones durante horas, hasta que la oscuridad de la noche llegó y fue imposible continuar.

Poco a poco, espectadores, bañistas y rescatistas se fueron alejando del sitio. Dijeron que seguirían buscando al día siguiente. —En la oscuridad de la noche, es poco lo que podemos hacer —dijo el comandante de los guardacostas.

Solo quedaron los amigos de Pedro, y sus padres, a quienes le habían tenido que informar sobre lo ocurrido. Ellos permanecían en estado de shock. Al comienzo no habían creído lo que les decían. Sin embargo, con el paso de los minutos fueron entendiendo todo. Si bien se sentían avergonzados por las mentiras de su hijo, su corazón estaba desgarrado por el dolor.

Al dirigirse a la zona de los hechos, la madre de Pedro aún no entendía con claridad lo sucedido.

—Esto debe ser un error —dijo—. Mi Pedro no haría ese tipo de cosas—. Y de inmediato recordó el sospechoso bolso que su hijo había sacado de casa aquel día. Sin saber que este contenía los elementos necesarios para que Pedro llevará a cabo su cometido.

Al llegar al lugar, aún incrédula por lo que le decían y con el corazón latiéndole con fuerza, se sintió desfallecer cuando Miguel corrió hacia ella, completamente demolido por el dolor. Abrazó al muchacho, y solo hasta ese instante pudo comprender el tamaño de su tragedia.

A la mañana siguiente volvieron los buzos y reanudaron la exploración. Los botes permanecieron varios días sobre la bahía. Ya solo buscaban el cuerpo del muchacho, pero sin resultado alguno.

Al cabo de varios días la búsqueda cesó, la familia de Pedro se dio por vencida y decidieron organizar una vigilia, aunque sin el cuerpo del muchacho. Estaban devastados por la pérdida del hijo y hermano amado. Fue una ceremonia triste y dolorosa, todos lamentaban la partida de Pedro. Sus amigos estaban inconsolables, especialmente Miguel, quien sentía culpa por lo sucedido.

—No debí desafiarlo —Se decía a sí mismo con insistencia.

Transcurridos dos días después de la ceremonia, alguien tocó la puerta en la casa de Pedro. La madre fue a abrir y al hacerlo emitió un gritó espantoso:

—¡¡¡Dios mío, mi hijo está vivo!!!

Todos en la casa corrieron al escucharla. El asombro fue paralizante cuando vieron a Pedro. El muchacho reía con descaro.

—¡Ja, ja, ja …!, ¡los engañé!, ¡los engañé!, los engañé!… Ja, ja, ja...

Al escucharlo, la madre no pudo pronunciar palabra, sintió una nube oscura cubriendo todo a su alrededor y con parsimonia se desvaneció frente a los atónitos espectadores. A verla en ese estado, el muchacho se abalanzó sobre ella y su risa se convirtió en llanto lastimero y estremecedor ante el dolor que le causaba la idea de que su madre hubiese muerto por su culpa.

Pero la madre no murió.  Quedamente se recuperó del desmayo, y sin pronunciar palabra sus ojos se inundaron de lágrimas de alegría al ver a su hijo amado con vida.

viernes, 19 de agosto de 2022

El camino de la pandemia

Antonio Sardina Cecine


Regresando de nuestra luna de miel, me resbalo en la gasolinera y me rompo tibia y peroné; catorce operaciones en tres años y al final me amputan la pierna izquierda debajo de la rodilla. ¡Carajo! 

«Esto que viví debe tener algún sentido», me dije. 

Por eso he decidido hacer el camino de Santiago este marzo de dos mil veinte, así como estoy: con mi escúter, mis muletas y la afectada colateral de mi accidente, mi esposa Nadine.  A pesar de los daños, sigue conmigo. 

El plan era hacer la ruta portuguesa, que es la más corta, tampoco se trata de exagerar. 

Decidimos ir a Lisboa, y después de ver al apóstol en su catedral, queríamos continuar con un viaje por el norte de España, tomando como centro de rutas el chalé de mi familia en el pueblo asturiano donde nació mi padre: Panes, pequeño pueblo en la ruta de los picos de Europa, donde viven no más de cien habitantes cuando no es verano, la mayoría de ellos gente mayor. 

Hace dos semanas llegamos a Lisboa, nos dicen en el hotel que se ha anunciado el primer caso de coronavirus en Portugal, noticia a la que no dimos importancia. 

Lisboa es una ciudad preciosa que combina un pasado glorioso de descubrimientos y conquistas con una modernidad discreta y apacible. 

Visitamos en el recorrido varios pueblos de Portugal y Galicia, un poco extrañados de que conforme avanzábamos, cada vez había menos turistas y peregrinos, pero para nosotros mejor, nos atendían con más gusto y no teníamos problemas para comer donde queríamos. 

Yo recorría los pueblos y ciudades con el escúter y caminaba un poco con la muleta en cada lugar, después, un transporte me llevaba al siguiente pueblo, mientras Nadine caminaba lo que podía y al cansarse el mismo transporte pasaba por ella. 

A los ocho días llegamos a Santiago de Compostela y cuál sería nuestra sorpresa al encontrarnos con que en el hotel de los reyes católicos solo había dos cuartos ocupados. 

Al salir a la plaza de la catedral, los únicos peregrinos éramos mi mujer, mi escúter y yo, lo que era sorprendente, ya que durante todo el año está llena a reventar de peregrinos y turistas. 

Entramos a la catedral por una puerta que encontramos en una de las tiendas de recuerdos, con el objetivo de ver al santo y que Nadine pudiera abrazarlo como manda la tradición. La catedral en obras y solo nosotros y Santiago. 

En ese momento tomamos conciencia de la anormalidad que estábamos viviendo y de la gravedad de la llamada pandemia, con los contagios disparados en España y en toda Europa. 

Rentamos un coche adecuado para llevar mi escúter y enfilamos a Panes. En cuanto empezamos el viaje fuimos percibiendo poco a poco la sensación de alarma silenciosa presente durante todo el camino: muy pocos coches, gasolineras cerradas al igual que las tiendas de conveniencia; un ambiente que se sentía opresivo y tétrico. 

Las noticias que escuchábamos sobre contagios, los cuales se incrementaban incontrolables eran cada vez más catastróficas. La tensión, el nerviosismo y un incipiente miedo, crecían en mí y sin duda contagiaba a Nadine. 

No era el sentido que buscaba con este viaje. 

Habíamos acordado por teléfono que al llegar nos recibiría el matrimonio encargado de cuidar la casa: Javier y Conrada, por lo que nos extrañó encontrar la casa cerrada, una aldaba con candado en la puerta y nadie que respondiera al timbre ni a la campana del portal. 

A los cinco minutos apareció Javier, un hombre en sus cincuentas con ese aspecto de asturiano de campo sacado de algún folleto turístico, con boina y todo. 

Sin darnos la mano y con exagerada distancia y precauciones, nos hizo saber que todo el pueblo estaba en estado de pánico por culpa del bicho ese que estaba infectando a todo dios, por lo que se acababa de implementar la orden de que todo el pueblo debía permanecer en casa y solo salir para asuntos indispensables. 

Nos comentó también con gestos de enojo que todo el pueblo estaba seguro de que el foco de infección estaba en Madrid, de donde llegaba la mayoría de los veraneantes que tenían casa de vacaciones, pero se tranquilizó al saber que nosotros no habíamos llegado por esa vía; aun así, nos miraba con recelo y mal humor. 

Quería solo darnos las llaves y volver a su casa, pero cuando vio mi condición, a regañadientes me ayudo a subir las escaleras para entrar a la casa y acondicionó la sala de televisión de la planta baja para que pudiera dormir ahí, pues me era imposible subir al piso superior. 

Una vez instalados y después de explicarle a mi mujer los trucos de la casa nos dijo que no lo volveríamos a ver, pero que Conrada nos llevaría comida y alguna otra cosa que necesitáramos. 

Al quedarnos solos comenté con Nadine que seguramente el bueno de Javier exageraba y que lo mejor es que ella saliera a dar una vuelta por el pueblo para enterarse de la verdadera situación. 

En cuanto salió me dedique a encontrar los canales de televisión y a buscar señal de wifi sin éxito, pues el plan telefónico que habíamos adquirido en Santiago ya estaba por consumirse. 

Al regresar, con evidente preocupación, me contó que solo había caminado una cuadra cuando la interceptó un guardia civil para interrogarla; ella le explicó quienes éramos, dónde estábamos hospedados y que solo iba a la tienda a comprar algunos víveres. El policía amable pero firmemente le dijo que solo podría salir una vez al día para asuntos urgentes y ni pensar en ocupar nuestro coche, ya que estaba prohibida la circulación. 

Esa noticia nos llenó de enojo, pues no íbamos a poder hacer nuestro recorrido turístico y tendríamos que permanecer en la casa; aunque estábamos seguros de que ese mandato solo se mantendría dos o tres días. 

Me molesta particularmente que no hay señal de wifi en la casa y que solo se vea un canal de noticias, en el que, por lo visto, todo el día se dedican a informar sobre el avance de la pandemia, la cual se agrava a cada momento, con hospitales rebasados, e inclusive las funerarias, por lo que han llegado a verse escenas terroríficas con muertos en las calles. 

El chalé había sido construido por mi tío Cándido, que, como muchos asturianos, había ido a México a «hacer la América» en los años cincuenta, pagando el viaje después a mi padre y otros tres hermanos para que lo ayudaran en su negocio, el cual prosperó rápidamente. 

En unos años volvió y decidió construir esta casa de diez habitaciones en la calle principal, como tributo al pueblo donde nació, honrando la costumbre de los llamados «indianos», que de esa manera dejaban testimonio de su éxito en el nuevo continente. 

Resignados a nuestra situación, nos hemos dedicado a pasar el día jugando cartas y revisando papeles y objetos curiosos que Nadine encuentra realizando expediciones por las distintas habitaciones. 

Por las tardes sale Nadine a la tienda para caminar un poco y hablar con gente del pueblo, así se entera de las noticias locales, mientras yo veo televisión y me actualizo sobre el avance de la pandemia y las medidas de emergencia que se están tomando, sin mucho éxito hasta el momento, pues los contagios crecen sin control y los muertos se cuentan por miles diariamente. Ya llevamos una semana y esto no parece que vaya a acabar pronto. 

Sin duda no ha tenido el sentido deseado mi viaje al Camino de Santiago. 

Al regresar antier Nadine de su caminata diaria, alarmada me dice que la situación ha cambiado drásticamente. El guardia civil la detuvo a pocos metros de salir y le informó que no podría ir a la tienda, ya que la dependienta se ha contagiado y se acababa de dar la orden de que a partir del día siguiente debíamos encerrarnos en nuestra casa y no salir; se había acordado que Conrada nos dejaría alimentos en la puerta cada tercer día, pues tampoco podría tener contacto con nosotros. 

Un silencio preocupado siguió a sus palabras, pues era evidente que esa orden era solo para nosotros, ya que seguimos viendo pasar a los habitantes del pueblo por la calle. 

La paranoia se había apoderado de España, pero acentuándose en particular en este pequeño pueblo, donde nosotros somos los únicos extranjeros. 

La gente se cruza a la acera de enfrente antes de pasar por nuestra casa y las miradas que nos dirigen son de desconfianza y enojo sin duda. 

Hoy ya estamos alarmados, tanto por escuchar las noticias nacionales y mundiales, como sintiendo que el pueblo entero nos aísla, ya que ni siquiera de las casas vecinas se asoman, cuando al llegar nos llamaban a gritos los vecinos preguntando por mi familia, a la que conocían desde siempre. 

Hoy alguien ha hecho pasar un sobre por debajo de la puerta, a la letra dice:

«Aquí están seguros de que han sido ustedes los que trajeron la pandemia. Ya han muerto dos vecinos. ¡Iros de inmediato!». 

Este mensaje nos ha caído como un chorro de agua helada y decidimos arriesgarnos y salir en el coche mañana mismo, tomar dirección a Madrid y ahí esperar a que se abran los vuelos para México. 

Le pedí a Nadine que saliera a donde habíamos estacionado el coche y revisara si tenía gasolina mientras yo hacía mi maleta. 

Escuché el grito casi de inmediato: ¡Toño, han puesto el candado en la aldaba! 

Tomé mi muleta y me dirigí a la puerta, ella estaba en la ventana con las manos en la boca. Al llegar vi hacia la calle y me sorprendió ver un grupo grande mirando a la casa. Parecía que estaba todo el pueblo. 

El guardia civil llegó con un bote de gasolina en las manos, se encaminó a nuestra puerta y nos empezó a invadir el olor a madera quemada. 

Pasaron unos segundos y escuchamos el crepitar de las llamas, el humo empezó a entrar por debajo de la puerta. 

Nos separamos de la ventana unos metros justo a tiempo para ver como los cristales estallan y las cortinas se prenden con un fuego azul y rojo. 

Nos abrazamos fuerte, muy fuerte… no era el sentido de mi viaje, chingao.

martes, 16 de agosto de 2022

El amor es sinfónico

Manuel Quezada


Pasaron muchos años, cerca de treinta y cuatro, y cuando escucho la versión sinfónica de la canción «All You Need Is Love» de los Beatles, cada nota de cuerda, viento o percusión, así como los melodiosos cantos abren un hilo de remembranzas, como el impensable amor de una mujer que no se había propuesto nada más que alegrarme a mi corta edad en las noches de feria. Ella se alistaba al ocultarse el sol y la señal era la música que llegaba hasta nuestra casa por medio de un ruidoso megáfono. Tomaba una ducha y se preparaba con sus mejores ropas. Un par de horas antes había advertido a mi madre que me llevaría a pasear. Era la temporada. Nos visitaban al barrio las «ruedas», formada por un carrusel, juegos mecánicos de avión, y la temible ruleta «Chicago», que tronaba con cada vuelta que completaba. Ella se tomaba su tiempo para colocar cada prenda en su cuerpo con precisión. Acabado el rito, con un vestido blanco nupcial dejó la casa a las siete de la noche, pero antes dirigió unas palabras a mi madre:

Me llevo al niño.

Ella no respondió, solo siguió con la mirada la figura de la mujer que me llevaba de la mano. Miré su prolongado escote y su sonrisa que denotaba una breve libertad nocturna. A penas unos pasos en la calle, llegó la música melosa que confirmaba nuestra cita. Dos veces al año aparecía en nuestro barrio la pequeña feria formada por tres juegos mecánicos. Alrededor de ellos las mujeres de la custodia, mujeres de oficios domésticos, el club de las «mamas». La voz melodiosa de Leo Dan tenía un eco en los susurros de Sara que buscaba un objeto perdido entre la luz que salía de cada juego de diversión y la imperante oscuridad de la zona. Lo encontró y su rostro se relajó. Yo volví a ver sus senos porque era difícil ser advertido ante su mirada orientada al objeto encontrado. Sin dudar, se fue a la caseta a comprar tiquet para una vuelta en cada rueda.

—¡Súbete aquí! me dijo, con mucha ansiedad.

Me tomó de mi mano derecha para darme un breve impulso y colocarme sobre un caballo de madera color anaranjado. Bajó. Un pequeño motor inició un infernal ruido y la plataforma circular de caballos comenzó a girar. La perdí de vista. La velocidad del carrusel y la poca luz a un metro de distancia de mi entretenimiento no permitía divisar a las «mamas», hasta que la vuelta terminó y ella apareció para pagar una más.

Al iniciar de nuevo, mi vista se detuvo en un punto fijo, tras una y otra vuelta… era Sara, quien se fundía en un fogonazo apretujada con un desconocido.

«All You Need Is Love»…

Ellos me compraron varios tiquetes esa noche y las siguientes, hasta que se retiraban las ruedas del barrio.

Cada mañana, después noches de feria, la primera prenda lavada y expuesta al sol era el vestido blanco. Sara se levantaba muy temprano para esa tarea. Mi madre al llegar a la zona del lavadero se percataba de la única prenda que esperaba el sol para secarse y estar lista para la noche. Iracunda, entraba a la casa y revisaba cada habitación hasta sacar la última ropa sucia o medio sucia formando una montaña que debía estar limpia antes que finalizara el día. Multiplicó las tareas de todo tipo, pero Sara sorteaba cada una, como un río que no detiene su cauce recio bajo un temporal.

Sin fallar a las siete de la noche me tomó de la mano con la autoridad de una «mama».

Me llevo al niño volvió a decir y el rostro de mi madre denotó angustia.

Divisé al hombre que la esperaba cerca del carrusel a dos metros de distancia donde la luz no llegaba a mostrar su rostro con claridad. Con su mano izquierda tomó la derecha de Sara y; para mi sorpresa la mano derecha estaba tupida de tiquetes para subir a los escasos tres juegos mecánicos por horas, mientras ellos se entretenían en un derroche de besos y contacto físico.  

No conté las vueltas en cada juego mecánico. Fueron muchas. Pero reconocí que los hijos de los vecinos del barrio no llegaban con sus padres, sino con las mujeres que apoyaban las tareas de la casa, algunas con citas acordadas en esa pequeña feria, otras viendo de reojo el amor.

Por aquellos meses en que nos visitaban el carrusel, «la Chicago» y «los avioncitos», la productividad del trabajo de Sara crecía de forma exponencial para lograr ver a su enamorado. Cualquier trabajo extra o no recurrente que le asignaba mi madre lo solventaba antes de la noche. No había obstáculo que le impidiera asistir a la cita.

Después de treinta y cuatro años visito a mi madre con mi familia cada domingo. Veo a Sara utilizar la lavadora eléctrica para la ropa de la casa, y vuelvo a ver una prenda blanca como aquel vestido blanco. Cuando coincidimos en mi visita con la temporada de los juegos mecánicos que llegan al barrio, ya de tarde, ella se prepara como cuando yo era un niño y habla con mi madre.

Me llevo al nieto —dijo, dirigiéndose a todos.

Todos sonreímos.

Al escuchar «All You Need Is Love» sinfónico de la Royal Philharmonic Orchestra en Spotify, se me viene a la mente la tenacidad de Sara, la infaltable prenda blanca, la música más triste de los juegos mecánicos en la voz de Leo Dan y el hombre que esperaba en la oscuridad con la mano llena de boletos para subir a cada juego.

Allá va caminando de la mano de mi hijo, con la esperanza de encontrar el amor en una noche de feria del barrio.

viernes, 12 de agosto de 2022

Fiebre de sábado por la noche

Roberto Murcia


Corrían los años setenta. Recién se había presentado en las salas de cine la película Fiebre de sábado por la noche, que impulsó la música disco, convirtiéndola en un fenómeno sociocultural que incluía una variedad de pasos de baile y una forma particular de vestir.  Alex, cuando estaba en su habitación, disfrutaba oyendo rock y baladas románticas, aunque en casa se escuchaba de preferencia música clásica, algo por completo comprensible pues su madre, Casandra Fiori, era cantante profesional de ópera. Él la acompañaba con frecuencia a sus presentaciones, las cuales observaba extasiado. Le agradaba la reacción del público que aplaudía de pie, de manera entusiasta, por lo que se debía abrir el telón una y otra vez para corresponder a los aplausos incesantes, hasta que la concurrencia se daba por complacida. Luego salían a los pasillos del teatro comentando cuánto habían disfrutado la velada.

En sus inicios, después de graduarse del conservatorio, ella interpretó papeles secundarios en obras de bajo perfil, que le ayudaron a sortear los años de escasez económica, pero sin un ingreso estable, por lo que se vio obligada a recurrir a trabajos accesorios. En más de una ocasión la excitación nerviosa la traicionó y su canto se vio afectado, algo que mejoró con la asiduidad. Su suerte cambió cuando Andreas Berg, el director de la ópera estatal, acudió a una presentación y le ofreció el rol protagónico en la próxima obra a estrenarse en esa ciudad, Fidelio de Beethoven. Tuvo una participación exitosa y recibió excelentes críticas de la prensa especializada. Así que con el paso del tiempo había solidificado un nombre en el difícil campo del arte. Su modelo a seguir, por quien sentía extrema admiración, era María Callas, «La Divina». Al igual que la diva, Casandra poseía un amplio registro vocal, por lo que le era dado representar papeles de la tesitura soprano ligera, dramática e incluso mezzosoprano.

Alex nació como producto de una relación ocasional que tuvo con un hombre casado y con hijos, quien además le llevaba veinte años. No fue nada importante, un error de juventud. No volvió a verlo ni lo deseaba, él tampoco la buscó. Al enterarse de que estaba embarazada se alejó sin decir adiós ni volver a ver atrás. Para ella era mejor así, criaría a su hijo sola, no tendría que darle cuentas a nadie de sus decisiones ni pelear por una pensión alimenticia. Por fortuna, cuando el bebé vino al mundo, ya contaba con un ingreso adecuado.

En esa época el nombre de Casandra Fiori gozaba de reconocimiento en el ambiente artístico nacional e internacional, un logro ganado a pulso, o, mejor dicho, a voz, con años de esfuerzo y trabajo, cual debe hacerlo una verdadera artista. Poseía carisma escénico, dramatismo y cualidades vocales innegables. Al igual que otras artistas de alta performance, tenía una personalidad histriónica e impulsiva. Si bien sus exabruptos eran efímeros, así como llegaban se iban, rápido y sin dejar huella. Al mismo tiempo, era muy emocional y se conmovía con facilidad. Su presencia se hacía notar en cualquier lugar al que iba y vestía de manera un tanto extravagante. Sus relaciones de pareja no eran duraderas, pues demandaba mucha atención y se enojaba si no la obtenía.

Alex creció en ese ambiente tras bastidores en el que se crea la magia del espectáculo. Sabía de memoria muchos pasajes de las óperas en que aparecía su madre, no obstante, cada vez que las presenciaba aprendía algo nuevo, un gesto sutil, matices inesperados, pequeños errores. Ella complacía todos sus caprichos y lo mimaba en exceso; sin embargo, al enojarse podía ser muy grosera. Después se arrepentía y le pedía que la disculpara. En uno de esos arrebatos le gritó: «No sé por qué no te aborté como me aconsejaron cuando salí embarazada de ti».

En el teatro de la ópera, Alex, se trasportaba durante unas horas al mundo mágico de los sueños, donde no experimentaba las presiones sociales.

Esa noche su madre al llegar a casa le confió algo que había temido:

―Hola, Alex, tenemos que hablar. Conocí a un hombre. Es una buena persona…

―¿Otra vez, mamá? ¿Ya olvidaste lo que pasó con tu último novio?

―Esta vez todo será distinto, estoy segura. ¡No me voy a pasar toda la vida en soledad! ¡No nací para quedarme a vestir santos! —manifestó alzando la voz.

―A veces es mejor estar solo que mal acompañado.

―¡Eres un egoísta! —dijo con gesto de disgusto—. ¡Alex!, ¡Alex! —En ese momento él se había retirado hacia su habitación.

Para el chico esa era una mala noticia. Desde pequeño fue muy celoso con su progenitora y no deseaba compartirla con nadie, por lo que saboteaba los intentos de esta por establecer relaciones sentimentales. Ella tuvo algunas en el pasado y todas habían finalizado mal. Comenzaba con un enamoramiento en que todo era color rosa, perfecto, luego pasaba a escenas de celos, discordia e incluso agresiones físicas, al final la aventura terminaba cuando el novio, cansado de esa situación, se marchaba. Ella lloraba, caía en depresión, con frecuencia durante esos conflictivos noviazgos, amenazaba con apresurar su muerte y en más de una oportunidad lo intentó, ingiriendo sedantes con ese propósito, por lo que terminó en el hospital. A su manager le fue difícil mantener las circunstancias de sus hospitalizaciones en secreto, ya que la información, de alguna manera, se filtró a la prensa. Se aclaró mediante comunicados oficiales, en cada acontecimiento, que había sido hospitalizada por inconvenientes de salud, sin especificar la razón. Surgieron especulaciones en los medios, algunos afirmaron que su vida corría peligro; hasta se habló de problemas con las drogas, extremo que fue negado por su representante con prontitud. Lo bueno es que la publicidad resultó beneficiosa a pesar del escándalo y sus presentaciones posteriores fueron exitosas, con llenos en cada función. Nadie parecía querer recordar los incidentes.

Esa noche llegó el admirador de su mamá, Alberto Saravia, era de mediana estatura, delgado, sin ser flaco; con cabello oscuro y grandes entradas en la frente que le daban un aire intelectual. Asistía de forma asidua a las presentaciones de Casandra y se hizo notar entre la multitud por sus envíos de enormes ramos florales. Ella le permitió visitarla en su camerino en agradecimiento por los detalles y al verse por primera vez, surgió una atracción mutua instantánea. Llevaban saliendo por más de un mes. Al llegar Alberto, Alex no ocultó su desagrado, se negó a saludarlo y se comportó de manera malcriada con el propósito de ahuyentarlo. Sin embargo, este no mostró que eso le afectara. Su madre lo recriminó por el comportamiento impertinente exhibido ante el invitado y le pidió que se retirara, por lo que Alex se marchó frustrado a su habitación al ver que la estrategia no dio resultado. Más temprano había recibido una llamada de su compañero de estudios, Leo, para invitarlo a que asistieran a una fiesta en casa de Gina, una amiga común. Quedaron de verse cerca de su casa, ya que eran vecinos.

Alex salió sin que nadie lo notara, cuando Casandra se encontraba en su dormitorio con Alberto. Sabía que Leo lo esperaba junto con un conocido llamado Edie. Este último aprendió a conducir el automóvil de su padre y lo tomaba prestado sin su consentimiento. Alex era el más pequeño de los tres, aunque Leo le llevaba tan solo un año, era mucho más alto y mostraba cambios físicos propios de la pubertad que lo hacían parecer mayor; él, en cambio, aún conservaba su apariencia infantil. El tercer joven tenía dieciocho, de constitución alta y musculosa, tez morena, quijada grande y cuadrada, poblada de vellos negros de tres días. Su desarrollo físico era el de un adulto. La casa no quedaba lejos y fueron caminando. El auto estaba aparcado en el lugar habitual. «Vamos, ―dijo Edie―. Ahora es el momento. Mi papá está fuera de servicio. Siempre que bebe se queda dormido y ni un terremoto lo despierta». Él había conseguido la llave que su progenitor dejaba sobre una repisa en la puerta de entrada. Se dirigieron sin hacer ruido hacia donde los guiaba. Sacó del carro un depósito plástico con capacidad para varios litros, una pequeña manguera y los llevó con dirección a otro vehículo, situado más abajo, explicándoles que debían ordeñarlo. Mostrando la habilidad que solo podía darle la experiencia, quitó el tapón del tanque, introdujo el tubo y succionó con su boca por un extremo hasta que la gasolina comenzó a transferirse al recipiente. Escupió líquido que penetró en su interior al realizar la maniobra, mientras un gesto de disgusto se dibujaba en su rostro, «¡Uugh, puta, qué feo sabe!». Cuando hubo suficiente, colocó de nuevo la tapadera como si nada hubiera pasado e hizo el procedimiento inverso para trasladar el carburante a su coche. Según les dijo, de esa manera su papá no repararía en la reducción en el nivel de combustible.

La casa de Gina era una espaciosa vivienda antigua de estilo español en la cual ofrecía frecuentes reuniones a las que asistían jóvenes de edad escolar. Estaba ubicada en el centro de la ciudad, un área muy concurrida, ideal para ese tipo de actividades. Casi todas las rutas de buses pasaban cerca, por lo que se podía acceder desde cualquier barrio. El regreso era otra historia, se requería de un auto a fin de retornar a sus hogares en la madrugada. La mayoría asistía, si bien no siempre deseaban aceptarlo, con el propósito de encontrar pareja, lo que en términos prácticos significaba besarse con alguna chica o chico, según fuera el caso, y de ser posible, establecer una relación de noviazgo. Muchos coleccionistas solo buscaban besar una nueva en cada velada, después se jactaban con sus amigos sobre cuantas mujeres habían rebanado. Ellos consideraban que ese era un signo de hombría que indicaba cuan machos eran.

Cuando llegaron a la fiesta, los invitados bailaban en la penumbra que brindaba un poco de intimidad. Ya que la mayoría no tenía edad para asistir a bares, colocaron luces de colores que creaban la ilusión de estar en una discoteca. Los visitantes se ubicaban alrededor de la sala, que funcionaba como pista de baile improvisada, o en el patio de la casa, donde podían fumar. Algunos cargaban botellas de bebidas alcohólicas que mezclaban con las sodas que proporcionaban los anfitriones. Un poco de alcohol, el lubricante social ideal, no caía mal, siempre que no bebieran en exceso, lo que adolescentes inexpertos con frecuencia no lograban controlar.

Durante un largo tiempo sonaban varias canciones disco en las cuales cada pareja mostraba sus habilidades para los elaborados bailes que incluían pasos sofisticados, giros tomados de las manos y un derroche de saltos. Cuando los asistentes estaban cansados y el ambiente era propicio, seguía una tanda de baladas románticas, de tempo lento, para bailar pegado. Eso les daba la oportunidad de abrazarse y, en muchos casos, besarse. La música y el efecto mágico que se desprendía de su melodía y ritmo los trasportaba hacia otro lugar en el que los sueños se hacían realidad, aunque fuera por un rato.

Los mejores bailarines llamaban la atención y eran solicitados por las asistentes. Ejercían un poder magnético sobre el sexo opuesto que los demás envidiaban, emanaban seguridad y daban de que hablar en las conversaciones femeninas. Alex los miraba con un sentimiento de envidia, pues pensaba que él no era uno de ellos y nunca lo sería. Se sentía incómodo ya que, si bien deseaba tener novia, se le dificultaba aproximarse a las jovencitas y hablarles —estudiaba en un colegio exclusivo para varones dirigido por sacerdotes, en consecuencia, no estaba habituado al contacto con ellas—, así que las observaba sin atreverse a entablar conversación. En su mayoría las chicas eran más altas que él. Con frecuencia, estas preferían a los que mostraban un desarrollo físico de apariencia adulta y no a los de aspecto infantil, como era su caso.  Leo lo animó para que sacara a bailar a una solitaria chica ubicada al fondo que parecía una víctima propicia. «¿Miras esa que está sola? Ve y sácala a bailar». l lo hizo para demostrarle que no tenía temor de acercarse a ellas —lo cual era falso—, sin embargo, esta lo rechazó, así que regresó con el rabo entre las piernas. Leo ligó con una y se encontraba bailando muy animado con ella, tocándola cada vez que se presentaba la oportunidad, de manera que aparentara ser accidental.

Edie, quien, aunque no quisiera aceptarlo, carecía de habilidad para el baile y eso lo hacía sentirse inferior, había salido al patio a fumar. Discutió con uno de los invitados y amenazaban con irse a los golpes. Ambos salieron al escuchar el bullicio y apoyaron a su amigo en la riña que parecía el inicio de una batalla entre bandos, por lo que la dueña de la casa les exigió a los involucrados que abandonaran la residencia en diferentes momentos a fin de evitar un enfrentamiento.

Una vez en el exterior, los del grupo opositor se marcharon en un auto, animados por sus amigos, y Edie, al advertir que no tenían perspectivas de volver a la fiesta, sugirió que compraran algo para beber. Él era el único con edad para adquirir bebidas alcohólicas. Les solicitó sus respectivas aportaciones y se dirigieron a un supermercado donde él compró una botella de ron. En las afueras del establecimiento, Edie extrajo el licor de la bolsa plástica y dijo: «Ahora vamos a beber por turnos». Destapó el envase, lo empinó sin ceremonia y empezó a tragar directamente de este. El vidrio trasparente permitía observar las burbujas que subían por el fluido marrón, al mismo tiempo que su manzana de Adán se movía de arriba hacia abajo con ritmo constante. Luego se la pasó a Leo y Alex, quienes hicieron lo propio. Este último nunca había bebido de esa forma, solo lo hacía si su progenitora le daba a probar cerveza o vino. Recordó cuando ella le manifestó que consideró abortarlo y pensó que quizá sería mejor no haber nacido. Se imaginó en el vientre de su madre donde nada podía alcanzarlo y de pronto lo arrancaban de allí. Apuró el trago y sintió como el líquido le quemaba la garganta, pero no quiso dar muestras de debilidad e hizo lo que juzgó haría un hombre maduro en su lugar. A continuación, dieron otra ronda, y otra más, hasta que se terminó. Poco después, reían y gritaban a todo pulmón.

Un vecino se asomó a la ventana en el segundo piso de un edificio y gritó:

—¡Dejen de hacer ruido!

—¡Vete al diablo, cara de culo! —respondió Leo, envalentonado por el alcohol.

—¡Cállense o llamaré a la policía!

—¡Nos iremos cuando queramos! ¡Tú no nos mandas, hijo de puta! —espetó Edie.

De todos modos, se marcharon. Mientras caminaban por una callejuela desierta, Leo se detuvo ante un auto que estaba aparcado a la orilla de la calle.

—¡Hey!, reconozco este carro por las calcomanías en el vidrio trasero. Es de un tipo que me cae mal. ¿Por qué no le hacemos un cariñito? —expresó Leo haciéndoles un guiño con el ojo—. Tenga el placer de ser el primero, camarada Edie —continuó, haciéndole una venia, con un giro de la mano e inclinando la cabeza y el tronco, a la usanza antigua.

—Claro que sí, camarada. Gracias por su gentileza —respondió Edie, devolviéndole el gesto con su mano, y a continuación le lanzó una patada al retrovisor, quebrándolo en el acto.

Leo reía de placer y comenzó a rallarlo con el borde de una lata que encontró en un basurero. Al terminar, se detuvo a contemplarlo.

—El trabajo está hecho, muchachos. ¡Una obra de arte! —concluyó Leo, que observaba el resultado—. Vámonos ahora antes de que nos vean.

Mientras tanto, Alex, quien después de lanzar una patada al otro retrovisor trastabilló y cayó al suelo, se esforzaba por levantarse.

—Parece que el camarada Alex necesita de nuestra ayuda —dijo Leo, al tiempo que lo tomaba por el brazo y lo ayudaba a incorporarse.

Hacía mucho viento como presagio de tormenta. Recorrieron las calles desiertas, tenuemente iluminadas, hasta que llegaron a una plaza peatonal a la que confluían varias vías en la que estaban ubicados bares, cafeterías y restaurantes. Allí, grupos de jóvenes entraban, salían de los establecimientos o permanecían fuera. Un olor a asado podía percibirse al pasar frente a un negocio en el que se escuchaba la carne crepitar sobre la parrilla. Un muchacho alto, delgado, que estaba acompañado por dos más, se dirigió a Edie, quien fumaba un cigarrillo:

—¡Oye!, ¿tienes un cigarrillo que me regales?

—Sí, tengo, pero son para mis amigos, no para regalarle a los perros.

—¡¿A quién llamaste perro, hijo de puta?! —respondió, mientras se acercaba y levantaba los puños. Edie hizo lo mismo y quedaron frente a frente. Un hombre corpulento sentenció: «¡Que nadie se meta!». Pronto, los demás concurrentes en la plaza los rodearon con el propósito de observar la pelea. Ambos estaban parados en guardia de boxeo, circulando alrededor del espacio libre sin decidirse a atacar. El primero en soltar un golpe fue el alto, un bolado de derecha que Edie esquivó con un movimiento de cabeza y luego le propinó una patada al abdomen que lo envió al piso. Aprovechando la oportunidad, Edie se montó sobre su pecho y empezó a golpearlo en el rostro a discreción. Los compañeros del desafortunado, al verlo en desventaja, se lo quitaron de encima, sin que Leo, quien intentó impedir que los separaran, pudiera evitarlo. Cuando se levantó, de su boca y nariz manaba sangre que se extendió por la camisa. Un rictus de rabia se dibujó en su semblante y sacó una navaja del bolsillo con la que lanzaba navajazos que Edie esquivaba moviéndose en dirección opuesta. Muchos gritaban y la algarabía se escuchaba a lo lejos. De repente, apareció la policía y todos corrieron en diferentes direcciones.

Edie y Leo huyeron con rapidez, Alex, en cambio, no acertó a seguirles el paso y los perdió de vista. Siguió por una avenida solitaria que conducía al lado de un río, volteó hacia atrás y pudo verificar que no lo seguían. Entonces se dio cuenta de que se había extraviado, pues no conocía esa área. Caminó por largo rato hasta que por fin encontró la ubicación donde habían estacionado el auto y comprobó que sus amigos y el vehículo ya no se encontraban allí. Continuó por varias cuadras más y llegó a la base de un puente, sintiéndose cansado, se sentó. Los faroles eran los únicos testigos mudos que lo contemplaban.

No sabía dónde estaba ni qué rumbo tomar. Comenzó a llover, su piel se erizaba y lamentó no haber llevado un abrigo consigo antes de dejar su casa. Pocos carros circulaban a esa hora, algunos pasajeros lo observaban con curiosidad. Un auto se detuvo junto a él, el conductor bajó la ventanilla y le preguntó:

—Hola, ¿qué haces allí? ¿Te puedo ayudar en algo?

—Estoy perdido. Andaba con unos amigos, pero me dejaron abandonado.

—¿Dónde vives?

—En residencial del Llano, calle Magnolia.

—Sube, yo te llevaré a tu casa. La mía queda en el camino.

Se subió al carro a la par del conductor. Este no debía tener más de treinta, la cabeza con calvicie incipiente. Durante el trayecto le manifestó que era estudiante de medicina y que estaba por terminar su último año de la carrera.

El auto se detuvo y el individuo le dijo: «Este es mi apartamento, tengo algo que hacer, no tardaré mucho. Bájate un momento». Cuando hubieron bajado, lo introdujo a una sala pequeña que olía a moho en la que había dos sillas y un sofá. Le pidió que se sentara y le ofreció un vaso con refresco. Luego sacó un puro de mariguana de su bolsillo, lo encendió, le dio una chupada e invitó a Alex a probarlo. Este hizo lo mismo, y de nuevo, hasta que terminaron. El tufillo característico del cannabis permeaba el ambiente a medida que el humo se esparcía por el aire. Pronto tenía la sensación de encontrarse dentro de una nube. Miraba el rostro de su interlocutor como si se tratara de un alienígena que gesticulaba al hablar, pero al cual no escuchaba, su cara se le antojaba extraña a la luz de la lámpara. Se sintió mareado, débil, no estaba seguro de donde se encontraba en ese instante, ni cómo llegó allí. Perdió la noción del tiempo y le parecía que habían transcurrido horas en lugar de minutos. Un sudor frío recorrió su cuerpo y la desesperación hizo presa de él, pues no lograba evitar lo que experimentaba.

Al observar que su interlocutor no estaba bien, el extraño le expresó: «Si quieres puedes descansar en mi dormitorio, ven», mientras tomaba al jovencito por el brazo, lo dirigió a su habitación y lo acostó en la cama. Encendió una lámpara de noche ubicada al lado de la cabecera, cuya mortecina luz se esparcía por la estancia a través de la pantalla, formando un cono de luz en la parte superior. Le dijo: «Ponte cómodo, te aflojaré el cinturón». Hizo lo que había dicho, le desabotonó la camisa y le acarició el pecho y los pezones.

Al acostarse, a Alex le pareció que todo daba vueltas a su alrededor como si estuviera en una feria, montado en la rueda de Chicago. Realizó el ademán de levantarse y expulsó sobre el hombre un chorro de vómito que así mismo se esparció por el lecho. El tipo se incorporó, se miró los brazos y cuerpo embadurnado de escoria y con expresión de asco gritó: «¡Cabrón, mira lo que has hecho!». Alex se sentó en el borde del colchón y continuó arrojando sin parar. La indumentaria que reposaba en una silla y los libros de medicina ubicados en un pequeño librero también fueron alcanzados. El anfitrión al ver el desastre chilló: «Sal de aquí de inmediato». Lo tomó por las axilas, lo condujo hacia la puerta y lo lanzó a la calle, de manera que terminó encima del piso y continúo expulsando el contenido de su estómago hasta que saboreó el gusto amargo de la bilis. Luego se paró con dificultad, caminó en zigzag por unos metros, cayó dentro de un agujero que había en la vía y perdió el conocimiento. Caía una fuerte tormenta en ese instante.

Horas después, se despertó. No llovía, estaba empapado, sin embargo, no sentía frío. Salió del sitio en que se hallaba y deambuló de forma maquinal, sin rumbo, por callejuelas interminables. Escuchaba el sonido que producían cada una de sus pisadas sobre las baldosas húmedas y los charcos ocasionales. El viento azotaba su rostro, tornándolo insensible cual si fuera una máscara.  Se desplazaba como sonámbulo y todo le parecía irreal. Continuó andando sin descanso hasta que encontró un sitio conocido, por lo que comprendió que se encontraba cerca de casa. El tiempo transcurrido le pareció eterno.

Al llegar a la residencia, su madre lo esperaba en la entrada de la casa, al verse, se abrazaron sin decir nada. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Permanecieron así por largo rato.

Casandra se percató de la ausencia de Alex al ir a su dormitorio con el propósito de constatar si dormía y al darse cuenta de que no era así, llamó a sus amigos para consultarles si lo habían visto esa noche. Después de múltiples intentos, alguien le informó que acudió con Leo y Edie a una fiesta, luego salieron y no se supo más de ellos. Al comunicarse con la familia de Leo, el único al que conocía, se enteró de que este y Edie se encontraban en la comisaría, pues el primero no tenía licencia de conducir y manejando ebrio chocó el carro de su papá contra otro auto, dándose a la fuga, y una patrulla los detuvo. Visitó la estación de policía junto con Alberto, los oficiales les confirmaron que Alex no estaba con sus compañeros en el momento de la detención, aunque salió con ellos, se separaron, por lo que se desconocía su paradero. Visitaron varios hospitales en su busca, pero no lo encontraron.

Casandra colapsó emocionalmente y comenzó a actuar de manera errática, amenazando con suicidarse si algo le pasaba a Alex, por lo que le dieron un ansiolítico. Cuando se calmó un poco Alberto la dejó al cuidado de la empleada doméstica, pues debía atender una pista que señalaba que se encontró el cadáver de un joven dentro de una hondonada en las afueras de la ciudad —no se lo mencionó a ella por cuanto temía que, en caso de tratarse de Alex, esto sería demasiado para Casandra— y decidió ir solo.

Más tarde llegó Alberto. La empleada le abrió la puerta. Sin esperar que esta hablara, le confió en voz baja:

—Mira, ha ocurrido una desgracia. El cuerpo encontrado podría ser el de Alex. Me dijeron que Casandra debe ir a reconocer los restos. ¡No sé qué hacer! ¡¿Cómo decírselo?! —Ella lo miró horrorizada y respondió.

—La señora se fue a acostar después de que usted partió y no ha salido desde entonces.

Entraron en la habitación. Casandra reposaba sobre la cama. Él se aproximó con cuidado y vio que en su mano izquierda sostenía un bote de somníferos vacío. Ella ya no respiraba.