martes, 7 de enero de 2020

Gabrielle


Rosita Herrera

Las agudas notas del violín acompañaban la juguetona danza con tonalidades celtas e irlandesas que graciosamente bailaba Gabrielle, su cuerpo y la música que afloraba alegre y enérgica de aquel eran una sola alma. Desde muy pequeña había aprendido a tocar este melindroso instrumento, solía ver cómo los artistas callejeros de su pueblo deleitaban en las plazas a todo tipo de público y, ella, a la corta edad de cinco años, movía su cuerpecito con tanto donaire que era inevitable alentarla con palmas y alegres voces. Su madre, quien la llevaba consigo para hacer las compras, la perdía siempre de vista, pero al escuchar a un violinista sabía dónde buscarla.
Aquellas plazas donde los artistas callejeros hacían gala de sus habilidades se convertían en un mundo vertiginoso y maravilloso a la vez. La imponente arquitectura barroca que rodeaba estos lugares avivaban la curiosidad de la niña y la hacían girar por completo tratando de abarcar con su vista en un mínimo de tiempo toda la colosal construcción. Le causaba gran admiración una enorme estatua del rey Luis XVI montado en un espléndido caballo, observaba cada detalle de la imagen y no entendía el porqué aquel personaje era tan importante como para situarlo al medio de un lugar tan recurrente para los parisinos. La música de un grupo de violinistas y percusionistas del lugar aportaba en gran medida al clima de algarabía y de incipientes aires revolucionarios que eran fruto del descontento de artesanos, campesinos y burgueses de Francia de ese entonces. Un gran número de personas miserables y anhelantes de justicia se mezclaban con comerciantes y gente trabajadora de la gran ciudad para llevar a cabo la incesante rutina de la sobrevivencia.
Los pequeños pies de la madre lidiaban con pozas de agua, con el desnivel de los adoquines y con el largo ruedo de su vestido que insistía en hacerla trastabillar al correr asustada por los oscuros callejones de París y vías que rodeaban a uno de los mayores centros de comercio: L’Apport de París, su intuición le susurraba que por ahí debía de haber dirigido sus pasos siguiendo la bulla alegre de los artistas que concurrían a menudo a aquel lugar. Imaginaba a su pequeña atorada por la multitud en una de las calles que desembocan en esa zona o entre las patas de los caballos de algún carruaje o, lo que es peor, enredada en una de sus ruedas. Todas aquellas imágenes la hacían correr con un nudo en la garganta esquivando a gente, gallinas, carretas… hasta que por fin…
⸺¡Gabrielle!, no es posible que cada vez que me doy vuelta te escapes y te encuentre bailando en lugares atestados de gente. ⸺La saca del lugar tomándola fuertemente entre sus brazos.
Intentaba disimular sus lágrimas, el miedo a perderla la había dejado exánime y atolondrada, solo Dios sabía el gran amor que sentía por aquella criatura y que debido a la enormidad de tareas domésticas diarias no podía darle todo el cuidado que requería.
⸺Música… música… ⸺Y al tiempo que lloraba no sabía qué otra palabra decir para explicar el embriagador efecto que le producía escuchar aquellas enérgicas melodías mezcladas con el ajetreo del comercio.
⸺Debemos apurarnos, hijita, estoy retrasada con las compras y hoy el señor Clermont tiene invitados a comer. ⸺Aceleró el paso y agradeciéndole al Superior se dirigieron a la gran casa donde se desempeñaba como ayudante de cocina hace algunos años ya.
Las calles estrechas y oscuras de la ciudad hacían más difícil la incorporación a su lugar de trabajo, a esto se le sumaba el tener que tirar a la niña quien caminaba en la dirección que ella le apuntaba, pero sus ojitos brillantes no se despegaban de la mágica sensación de pertenencia que le causaba aquel lugar. En su vertiginosa travesía no cesaba de observar gran cantidad de edictos pegados en las murallas, se preguntaba qué dirían, quizá anunciaban tiempos difíciles, leyes insostenibles, alzas en los impuestos, nada bueno aparecía entre las posibilidades, de igual forma, el no saber leer la hacía sentirse miserable y triste, un sentir que todavía no se transformaba en odio hacia los poderosos.
Gabrielle tenía guardados todos aquellos momentos de su niñez, ahora que ya era una hermosa joven recordaba con dulzura a su madre quien hizo lo posible por hacerla feliz, pero que nunca comprendió que aquella niña era un prodigio y que lo que más ansiaba en la vida era tocar un violín y danzar al son de su melodía.
Transcurrieron los años en la gran casa del señor Clermont, la pequeña jugaba por los rincones y la madre de aquí para allá y de allá para acá sin respiro. Un día de aquellos salió al alba a realizar las compras al mercado sin percatarse que una gran tormenta se avecinaba y llegó empapada a la mansión, su contextura era delgada y su energía frágil, como si la vida se hubiera equivocado privándola de la opulencia que su naturaleza reclamaba. Comenzó a las horas a toser sin darle mayor importancia, al pasar de los días se debilitaba paulatinamente, la tos y la fiebre no la dejaban en paz hasta que un día ya no pudo levantarse más. El señor de la casa mandó a buscar un doctor quien, después de auscultarla, señaló que no había nada más que hacer. Gabrielle se encontraba en un rincón de la habitación sentada en el suelo abrazando sus rodillas y observando asustada la triste escena de la pérdida del único ser humano a quien ella amaba. El doctor al retirarse no pudo soslayar su presencia y posó su mano sobre la cabeza de la niña en señal de compasión, luego, dio media vuelta y se marchó. Ella, arrastrándose hacia la cama de su madre, se posó sobre sus piernas y sollozó en silencio, al mismo tiempo, sintió el esfuerzo inútil de aquella por estrecharla y acariciar esa rebelde cabellera roja que había alegrado sus días.
Al poco tiempo desempeñó las labores de la fallecida hasta cumplir los quince años, en sus ratos de ocio danzaba siguiendo el estilo de los artistas que había conocido es sus paseos al mercado, la música le brotaba de la piel como si estuviera incorporada en ella. Entre los sirvientes, de la gran casa del señor Clermont, había un anciano que se preocupaba del mantenimiento de los caballos y de tener a punto el carruaje del amo: Samuel se llamaba y llevaba años al servicio de aquel, mientras tanto, Gabrielle bailaba en todos lados alegrando el lúgubre caserón y recibiendo de parte de la cocinera quejas y reclamos que propagaba entre los demás sirvientes. Para el día de su décimo cumpleaños se encontraba apoyada en un frondoso árbol ubicado en el gran patio trasero de la morada, sollozaba sin consuelo alguno, Samuel, a quien los años le habían ablandado el corazón y otorgado compasión por aquellas almas que buscan desesperadamente el camino a sus sueños, la escuchó, Gabrielle no se había percatado de su presencia ya que se encontraba en la parte oscura de aquel maravilloso espacio atiborrado de árboles y flores que la animaban cuando se entristecía. El anciano dejó sus deberes por un momento y se acercó sigilosamente a ella:
⸺Hace mucho tiempo, un joven y apuesto violinista soñaba con conquistar el mundo a través de su arte. Se veía tocando en los más grandes e importantes escenarios deleitando a los oídos más refinados y exigentes. En ese entonces amaba al universo, al arte y sobre todo a la música. Desde niño su madre lo había llevado por ese camino dada la posibilidad que le brindaban sus patrones de educarlo junto a los hijos de quienes ella servía. Cuando ya era un portento y tuvo que enfrentarse a la sociedad sintió el miedo y la discriminación. El joven tenía la piel oscura tanto como una noche en el campo sin luna y la gente al no conocerlo lo humillaba, no obstante, para él tocar su violín era como estar en el paraíso atendiendo a Orfeo seducir a la misma Eurídice a través de su canto, pero esto no le era suficiente y se sintió disminuido ante la crueldad de la gente que, de una u otra forma le hacían sentir inferior en el trato cotidiano. Una vez fallecida su madre guardó el violín y se dedicó a servir a los acomodados. La vida así era más fácil y segura, sin embargo, su corazón siempre se lo cobró recordándole en sus momentos de soledad el acto de cobardía que tuvo al renunciar a su felicidad.
Gabrielle lo escuchaba con mucha atención, pues a su corta edad podía entender muy bien a los adultos, ya que se había criado entre ellos y lo que no entendía, lo sentía. Lo que no lograba comprender era el porqué de aquella narración y el tiempo que le dedicaba aquel señor a quien en ningún momento se le veía descansar. Samuel tomó un bulto que estaba apoyado en uno de los árboles y se lo entregó:
⸺Sabía que hoy era tu cumpleaños y que estarías triste recordando a tu madre… este es mi regalo, creo que no podría dejarlo en mejores manos… fue un presente de uno de los hombres más acaudalados de París para el que trabajó mi madre hasta su muerte.
⸺¿Era usted? ¿Sabe tocar el violín? ⸺la sonrisa afloraba en su rostro de una manera desmedida.
Gabrielle quedó maravillada ante tal obra de arte, su acabado, su color y brillo impresionante emanaban un exquisito olor a arce, abeto y ébano en sus partes y terminaciones, todo era perfecto.
Desde aquel día el mundo de la niña tomó tintes de armonía y fraternidad. Samuel dedicaba el tiempo necesario para enseñarle a equilibrar el arco y a tocar algunas melodías que él con dificultad recordaba. El gran caserón se llenaba de alegría, música y baile sobre todo cuando el señor Clermont se ausentaba por viajes de negocios. Lamentablemente la dicha de otros causa la envidia de aquellos que no pueden poseerla, así, la cocinera inventó historias que deshonraban a Gabrielle señalándole al señor Clermont que entre ella y Samuel había una relación «pecadora» y que, por supuesto, la incitadora era ella, trayendo al anciano de las barbas a cambio de un violín y de sus respectivas lecciones. El señor Clermont no lo creyó, pero ante el ultimátum de renuncia de la mujer, habló con la joven, quien ya contaba con quince años, y le ofreció ir a trabajar a la casa de una familia conocida.
Hacía tanto tiempo de aquello, cómo lloró al separarse de aquel viejo que le había entregado su mayor tesoro, el que aún conservaba y que se había convertido en su compañero de vida: su violín. Recurrió al trabajo recomendado y se encontró con personas acaudaladas y sombrías. El jefe de familia era un banquero ambicioso e inescrupuloso que había llevado las cuentas de Clermont por muchos años, la verdad, aquel no lo conocía mayormente, solo en el ámbito financiero al que se dedicaba con esmero. La esposa del señor Bourgeois era una mujer fría y controladora que odiaba todo lo que representara luz y belleza, cualidades de las que carecía y que al verlas en otra persona le provocaban envidia y dolor al recordar la poca fortuna que significó el crecer a la sombra de quienes la rodeaban, sin más alternativa que un matrimonio concertado con un hombre que nunca la vio como mujer y para quien ella significaba solo una diligencia para llegar a constituir la fortuna con la que él siempre soñó, pues Lorraine era la única hija y heredera de uno de los hombres más ricos de Francia.
En este escenario se situó nuestra querida Gabrielle, quien muy asustada y tímida tocó la gran puerta de la mansión, la que fue abierta por un espigado mayordomo que la miró de pies a cabeza sin torcer ni un milímetro su cervical. La niña solo llevaba un bolso de mano de cuero envejecido que había heredado de su madre y otra bolsa de rafia en la que con mucha delicadeza guardaba su violín.
No demoró Lorraine en llegar a la sala donde aguardaba Gabrielle a quien, muy displicente, le anunció:
⸺Desde este momento pasas a ser parte de la servidumbre de esta familia. Se te otorgará un uniforme con el que te presentarás ante nosotros con tu cabello perfectamente amarrado y tu cara lavada. ⸺Al tiempo que lo decía miraba el cabello de la niña como si quisiera tocarlo y olerlo.
Gabrielle se fue a su habitación con una extraña sensación. Ya había conocido antes la maldad humana encarnada en una mujer, pero no al punto de sentir miedo. ¿Es que no era posible que sintiera la calidez de una madre nuevamente?, no dio curso a sus pensamientos, arregló sus cosas, instaló su violín sobre una silla y se fue a dormir. Despertó a media noche sobresaltada, vio el rostro de una mujer sobre el suyo, no pudiendo distinguir bien sus rasgos ya que estaba cubierta por un capuchón y la oscuridad era intensa a esa hora, luego, la figura se escabulló por la puerta que había quedado entreabierta. Como sucede cuando estamos reincorporándonos de un profundo sueño, no podemos distar entre la realidad y nuestro inconsciente con facilidad, pero el recelo que sintió fue similar al que surgió al hablar con Lorraine a su llegada.
Los días sucedían con lentitud y nostalgia, Samuel ya no estaba para acompañar con sabios consejos sus serenatas. El caserón era tan grande y misterioso que no tardó en encontrar un ático en el ala contraria a los lugares donde su ama se desenvolvía diariamente y los demás sirvientes desconocían por la difícil accesibilidad al lugar. Gabrielle debía trepar por unos muebles viejos que lograban hacer una suerte de trampolín y luego posar su pie en unas tablas sobresalientes para darse el último impulso y lograr entrar por un pequeño rectángulo tapado con una madera. En este lugar alumbrado por una diminuta ventana y lleno de trastos viejos guardados por la familia, la niña podía desplegar su pasión por la música y dar rienda suelta a su grácil y sensual cuerpo que todo el día se encontraba atrapado por un parco y firme delantal que oprimía su belleza. Su pelo desafiantemente rojo y acaracolado se rebelaba en estos momentos de libertad alborotando su angelical apariencia con un brillo de perversa pasión que transmitía a través de su baile y de la dulce agudeza de su violín.
La envidia de Lorraine hacia la niña iba creciendo con el tiempo, no podía soportar la avasallante juventud en todo su esplendor que se iba afianzando en la joven, ni las vestiduras más represivas podían ocultar su gracia y donaire al caminar. Aunque ella no tenía consciencia de aquello, era inevitable que en sus cotidianas salidas al mercado no hubiera algún caballero bien parecido que se volteara a mirarla y le regalara una flor unido a un cumplido. Esto a ella, lejos de hacerla sentir orgullosa, la avergonzaba, no sabiendo cómo responder, sin darse cuenta de que aquella forma de reaccionar fomentaba su valor.
Un día llegó de las compras matutinas más temprano de lo que era su costumbre debido a que ocurría una revuelta contra los abusos de la monarquía, asustada volvió corriendo a la casona y encontró a su ama husmeando entre sus cosas, pero eso no era todo, se encontraba vestida con el ropaje más bello de Gabrielle, uno que había pertenecido a su madre. La joven no lo podía entender y al verla se retiró sin que ella se percatara de su presencia y se escondió en un rincón del pasillo que daba a su habitación. Desde ese lugar podía observar como la mujer, llena de una ciega maldad y odio, comenzó a romper todo cuanto era de Gabrielle. Esta muy asustada de que lograra tomar su violín, en un rápido movimiento entró para cogerlo y salir de aquel lugar dejando todo atrás, con lágrimas en sus ojos y el corazón en la boca buscó un lugar donde llorar sus congojas. Estaba sola en este mundo y sola tendría que luchar por salir adelante y ser feliz. Observó sus estropeadas manos, sus ropas envejecidas y sintió frío y hambre. Mirando un fuerte y frondoso árbol, le juró a Dios y a su madre que ni toda la maldad del mundo podrían con sus ganas de vivir en libertad y justicia social.
Recordó el motín que la había hecho regresar más temprano y caminó hacia allá para ver qué estaba ocurriendo a su alrededor debido a que, hasta ese momento, había vivido protegida en casa de los más adinerados quienes eran los dueños de miserables vidas puestas a su disposición a través de extensas jornadas de trabajo retribuidas con la compensación de suplir sus necesidades básicas, nada más.
Gabrielle caminó por entre la desolación y la esperanza que emanaba de aquella revolución, vio a gente joven igual que ella luchando con gran convicción, en su mayoría estudiantes que proferían sus reclamos antes de ser acallados por los guardas nacionales. Escuchaba clamar al pueblo por «libertad, igualdad y fraternidad». Todo esto le hacía mucho sentido al darse cuenta con el despotismo que había sido tratada su madre y ahora ella, sacrificando sus vidas por migajas. Se unió al clamor de los manifestantes y participó de sus demandas. Al caer la noche, cansada y devastada, se sentó en un rincón de la plaza, quedaba un grupo de estudiantes que la acogieron e invitaron a sus guaridas. Estaban cansados de la opresión de los monarcas, tenían muy claros sus derechos y deberes, por lo tanto, Gabrielle, no podía haber caído en mejores manos. Los escuchaba planificar la toma de la Bastilla en el costado oriental izquierdo en las afueras de París, alrededor de un brasero y tomando jarras de café discutían la próxima jornada. El más joven y dispuesto a llevar el cambio hasta las últimas consecuencias era Jean Paul. Su pasión al dirigirse a las masas y su compromiso con el pueblo le habían otorgado, sin mayor trámite, la calidad de líder. A su lado se encontraban Jerome y Nathan, ambos provenientes de buenas familias, pero con ideas políticas contrarias a la revolución. 
―¡Qué se han imaginado! ¡Creo que nos toman por imbéciles! Destituyeron a Jacques Necker, el único ministro de finanzas que tenía claridad sobre cómo salvar a Francia de la bancarrota…
―El que le había puesto el punto sobre las íes a los parásitos del clero y la nobleza. ―Señala ipso facto Jerome, un joven alto y muy delgado con aire de intelectual―. ¿Qué opinas de esto, Nathan? ―Dirigiendo su mirada al compañero que se encontraba absorto mirando a Gabrielle, la que se había quedado dormida sobre una poltrona, abrigada con la chaqueta de uno de ellos.
―Que es muy hermosa… Y…, con respecto a lo que señalas, Necker estaba en lo cierto, la reforma fiscal era la solución, el problema es que se metió con los «peces gordos» y, por lo tanto, era una heroica misión que no le aseguraba el triunfo.
―¡Miren! ―Señaló Jean Paul sacando un panfleto sucio y arrugado―. «El rey prepara una brutal represión, arrasará con la capital, movilizando sus tropas al interior. Existen treinta mil fusiles y doce cañones en el hospital militar, contamos con ustedes para apropiarnos de aquellos».
―También se ha propuesto ir en busca de pólvora al otro extremo de la ciudad, a la Bastilla, ―agregó Jerome.
―¿Qué ocurrirá con Gabrielle? ―preguntó preocupado Jean Paul.
―Pues… que me uniré a ustedes, ―contestó entusiasta y valiente― solo necesitaré algo de ropa y cambiaré por un rato mi violín por un fusil.
Todos se admiraron, pero comprendieron que la lucha era de todo un pueblo y que las mujeres eran grandes gestoras de esta revolución.
Los días transcurrieron en forma agitada, con extensas caminatas atravesando la ciudad en busca de armamentos y pólvora, avasallantes bataholas de gente se movilizaban de un extremo a otro burlando la seguridad de guardas nacionales e instituciones militares hasta llegar a la Bastilla donde, después de una exhaustiva batalla, finalizaron exitosamente con la rendición de la guarnición.
La vida de Gabrielle había tomado un rumbo diferente, ya no era la niña vulnerable y cándida, se había convertido en una mujer revolucionaria que luchaba por los derechos de su pueblo.
Al reunirse con sus camaradas alegró sus corazones con lo que más le gustaba hacer: bailar y cantar al son de su compañero más fiel. La gente se aglomeraba a su alrededor asistiéndola con palmas y gritos para avivar su baile. La revolución y la música se manifestaban en honor a la libertad quedando escrito en la historia que una bella mujer de endiablada cabellera roja lideraba las tropas revolucionarias llevando en sus manos un fusil y en su espalda un valioso violín.
Gabrielle recorría su pasado sentada sobre la tumba de su madre, ya comenzaba a oscurecer. Había terminado el último capítulo de su historia y abordaba una ardua lucha para darle curso a su edición y publicación, esto no le preocupaba más de la cuenta, si había luchado por una gran revolución, podría también con esta empresa. Jean Paul la esperaba y ella… siempre ansiaba sus brazos.

lunes, 6 de enero de 2020

Anatolli


Marielena Delgado

Afuera nevaba, el viento frío de otoño levantaba las hojas de los árboles. Anatolli podía sentir la fuerza del aire al chocar con las ventanas en tanto un agradable olor a eucalipto proveniente del sistema automático de ambientación le ayudaba a controlar la tensión que las circunstancias le producían. Las paredes de su elegante oficina reflejaban tenuemente la calidez de la luz artificial. Respiró profundo mientras escuchaba.
—Anatolli, debes ejecutar este plan con todo cuidado, ¡no puede fallar!
—No te preocupes, Fédor, lo tengo todo cronometrado.
Fédor, el jefe de Anatolli y alto funcionario del Gobierno, responsable de los departamentos científicos; conocía bien la capacidad de Anatolli, quien ostentaba el cargo de director general del departamento científico y tecnológico de Ucrania, Anatolli es ingeniero en informática y pertenecía al grupo de los homo-optimus ¹, además personalmente le tenía mucho aprecio, sin embargo, la situación en ese momento era bastante delicada. Los robots Androides J-3050 habían sido diseñados con mucho esmero, poseían inclusive el sentido de la justicia y algo de intuición. Constituían el orgullo de sus creadores. Particularmente Anatolli, quien dirigió y elaboró el boceto de la «psiquis» robótica, se sentía muy comprometido y a la vez frustrado por el rumbo que las cosas iban tomando.
Los científicos desarrollaron el proyecto Kapersky hace siete años atrás en forma exitosa. Los robots fueron diseñados por categorías para las diferentes actividades a realizar, pero a todos se les dotó de ciertas facultades humanoides para facilitar su trato en convivencia con la sociedad, dicha característica, que un principio fue buena, con el pasar del tiempo, también se convirtió en un factor negativo, ya que hubo una marcada inconformidad entre ellos, empezaron a reunirse en forma clandestina y había claros indicios de que se tramaba un golpe a los humanos. Justamente se previó ese fenómeno, aunque no se lo esperaba tan pronto, para ello se planificó al mismo tiempo: Kapersky-2 que consideraba abortar el proyecto, es decir, desconectar a los robots. Este, constaba de dos alternativas: la primera sería un virus que terminaría inutilizándolos lentamente, pero, se desechó la misma porque causaría un caos social, ya que el público se acostumbró a verlos como parte de la comunidad, y la segunda más drástica, pero menos dramática, desconectarlos e inmediatamente retirarlos para siempre. Previamente hubo algunas reuniones entre los científicos creadores del programa y  las altas esferas gubernamentales que se hicieron presentes a través de los organismos de: bienestar social, de finanzas y otros; se dieron muchas fricciones por las consecuencias que estas medidas acarrearían,  los robots habían cumplido con su función de tareas múltiples como: guardianía, jardinería, limpieza, lavandería, mantenimiento; y  otros de mayor precisión como actividades de control en fábricas, oficinas, plantas hidráulicas, plantas eléctricas, en escuelas y albergues de menores. Se discutió sobre cómo se llenarían dichas vacantes de trabajo, el costo financiero, el impacto social entre otras consideraciones que ocasionaba el retirar la mano de obra robótica, se inflaría el presupuesto del Estado, se encarecería la vida, sin embargo, el peligro era eminente y todos coincidieron que lo más recomendable para el futuro de la humanidad, sería poner en ejecución el proyecto Kapersky-2 en su segunda alternativa y eliminarlos en forma definitiva.
Transcurrió más de un año en este proceso. Había un frío invierno en Ucrania y corrían los años dos mil cincuenta. En una hermosa y confortable casa vivían los científicos: Anatolli y su esposa Katia, de cuarenta y treinta y ocho años, ambos trabajaban en el proyecto del gobierno. Tenían dos hijos, Natalia de siete y León de cinco años. Por las múltiples ocupaciones de estos científicos, los niños pasaban mucho tiempo solos y se entretenían con la tecnología, sobre todo, Natalia, estaba absorta en su «mundo virtual» aislándose del entorno real. Su mejor amiga: Tina, su computadora personal.
A decir verdad, ellos no eran los únicos niños que estaban pasando por ese fenómeno, el exceso de conocimientos técnicos estaba preocupando a los progenitores de esta generación que les costaba lidiar con esa realidad abrumadora.
Eran los últimos días de febrero y empezaba a mejorar el rudo invierno. Una llamada de los padres de Katia anunciando su visita alegró el hogar de los Pávlov.
«Esto aliviará las tensiones de mi esposa y mis hijos estarán a gusto». Pensó Anatolli.
Al día siguiente Anatolli con su ordenador envió un vehículo autónomo a recoger a sus suegros al aeropuerto y Katia pidió licencia por quince días para quedarse en casa y atender a sus padres que venían de París, donde vivían.
Los niños estaban felices con su madre en casa y más aún con la llegada de sus abuelos, hubo un ambiente de mayor armonía en el hogar de los Pávlov. Ya no pasaban tanto tiempo con sus amigos «virtuales», estaban encantados con las historias y leyendas del siglo pasado que les relataban.
—Abuela, cuéntenos, ¿cómo es eso de los combustibles de origen fósil?
—Así, hijos míos, se extraía petróleo de donde se sacaba principalmente la gasolina, nafta, diésel, que era el combustible que hacía mover los vehículos. La contaminación ambiental alcanzó niveles peligrosos, por ello la humanidad se vio obligada a mejorar el medio ambiente, y se empezaron a utilizar los automóviles eléctricos, descongestionando la grave polución.
—Abuela, dinos, ¿cómo era tu escuela?, ¿qué juegos tenían?...
Mientras tanto, Anatolli centraba toda su atención en el más grande reto de su vida profesional. El proyecto había sido nominado para el premio «Mundo Robótico», se lo consideraba como plan piloto para otros países y su nombre aparecía en todas las revistas científicas. Ahora su rostro juvenil reflejaba consternación: el proyecto donde había plasmado toda su creatividad y sus conocimientos, se le venía abajo, lo peor de todo, es que estaba consciente de que aniquilar a los robots era la única alternativa.  Casi no había podido dormir y su espejo-ordenador le había dicho: «Te ves muy mal hoy y estás muy nervioso, tomate un té relajante».
Salió temprano de casa repasando mentalmente lo que debía hacer. Se puso las gafas-escudo para evitar que sus pensamientos sean leídos y se disponía a desconectar el cerebro principal de los robots androides J-3050. Si no lo hacía, pronto ellos tomarían el mando y someterían a la raza humana. Eran cinco científicos los encargados de coordinar el proyecto con mucho sigilo. Para no correr riesgos y evitar que se filtre la información, se mantuvo la ejecución bajo códigos secretos para no levantar sospechas.
Los edificios gubernamentales por fuera eran muy sobrios y hasta lúgubres, pero, por dentro su decoración era cálida y las oficinas despedían un aroma a lirios recién cortados y a chocolate caliente que despabilaban a los funcionarios cuando ingresaban al lugar.
Después de una serie de pasos y protocolos que logró ejecutar el equipo de científicos, ubicados en sitios estratégicos, se reportaron entre ellos como apoyo al trabajo a ejecutar, sin notar nada anormal. El jefe del proyecto, Anatolli, fue el delegado para apretar el botón que desconectaría la gran central de los androides J-3050, con mucho sigilo y casi sin respirar estiró el brazo para accionar el botón, cuando, ¡Paf!, sintió un golpe mortal en su cabeza, luego todo se le oscureció y no supo más.
Afuera las primeras lluvias de abril hacían brotar lirios y manzanillas, el paisaje se trasformaba del blanco resplandeciente al vívido verdor primaveral ucraniano.

¹ Un ser humano mejorado gracias a implantes cerebrales y una conexión orgánica a internet.

viernes, 20 de diciembre de 2019

Los caminos de Dios


Diego Velásquez González

El viento frío de la mañana penetra por la ventana del cuarto, mueve las cortinas haciendo un suave ruido que saca a Gloria del estado intenso de recogimiento que genera en ella la oración diaria. Ella abre los ojos y fija su mirada a través de la ventana contemplando el cielo que presagia un día caluroso de enero. El sol empieza a asomarse entre las montañas y el viento empuja hacia el occidente de la ciudad las últimas nubes de la noche dejando expuesto el intenso azul en la bóveda celeste. «Es un hermoso día, alabado sea el Señor» expresa en voz alta mientras se levanta de la silla, toma las cortinas y las amarra con los cordones que se encuentran en el nochero junto a su cama. Afuera escucha ladrar la perra del vecino, una, dos, tres veces y a su dueño gritar al dichoso animalito, «Venga para acá». Y al instante, en un tono de voz más insistente, la llama de nuevo: «Duna, que venga. Obedezca» y remata con un fuerte silbido.
Se sienta de nuevo y toma la Biblia en sus manos. Localiza la lectura del día y la sigue atentamente, reflexionando en cada palabra e idea que el señor hoy expresa para ella de manera especial según su concepción de lo religioso. Termina con una nueva exaltación pidiendo al señor su compañía y protección, así como por la salud de Ana, la madre con quien vive desde hace cinco años, luego que regresara al hogar materno después de un complicado divorcio y los diez años de desencantos de vida matrimonial con un hombre que no la amó. Gloria ha visto cada vez más desmejorada y enferma a la madre. Cuando camina parece ahogarse y eso la inquieta. Sabe que debe poner todas sus angustias en las manos del Dios, pero a pesar de ello, no logra la distancia adecuada para hacerlo. Reconoce que se siente apegada a ella y no sabe qué haría si muriera, así tenga la certeza que el Padre la recibirá en su gloria eterna.
Se da la bendición y se mira el espejo. El olor de las rosas que hay en el balcón penetra en el cuarto y se siente reconfortada. Ha aprendido a ver en cada hecho cotidiano una manifestación del Dios objeto de todas sus búsquedas. Viste una blusa blanca de manga corta, una falda color negro que llega debajo de su rodilla y un hermoso chal color habano que resalta sus ojos verdes. Es una mujer poseedora de un hermoso cuerpo y ella lo sabe. Por eso su ropa tiene el ajuste adecuado a su talla resaltando sus atributos físicos. Su maquillaje es suave, apenas el necesario para resaltar algunas facciones o disimular otras imperfecciones en su rostro. A sus cuarenta y nueve años, considera tener claro su proyecto de vida: buscar a Dios y difundir con celo apostólico su palabra.
Va nuevamente a su baño personal. Se mira el maquillaje en el espejo. No quiere parecer una cualquiera y dar motivos para que sus superiores le llamen la atención.  Puede ver que el cable del calentador de agua de la ducha está empezando a derretirse y se da cuenta que en cualquier momento se va a quemar. Toma su bolso de la silla que hay cerca de su cama, en el que carga las revistas de la iglesia que distribuirá puerta a puerta. Siente su peso y por un momento hace el esfuerzo por equilibrarlo con el movimiento de su cuerpo. Abre la puerta de su cuarto y sale. Es domingo, el día del señor. Insiste en su oración personal, casi como un suave balbuceo: «Dame una señal. Sé que es atrevido de mi parte, pero la necesito. Siento desfallecer y la vida en soledad me da miedo».
Al llegar junto a la puerta del apartamento, vuelve su mirada tras de sí al escuchar abrir la puerta del cuarto de la anciana madre. Allí esta Ana apoyada en su bastón. Lleva una vieja camisa de dormir que en numerosas ocasiones le ha insistido que arroje a la basura. Ella dice que es muy cómoda, no como las otras que le compro y que son muy calurosas. Gloria la observa. Ya no dice nada respecto aquello. Sabe que hay cosas que en uno se van volviendo inamovibles y frente a las cuales solo queda cierta tolerancia. Gloria se da cuenta que luce tranquila y eso la reconforta. Ana habla. Empieza a relatar su sueño en una de las fincas donde vivió su infancia en Viterbo, Caldas. Gloria parece no prestar atención a sus palabras. Ana se acerca, la toma de su mano y le da la bendición. Mientras baja al primer piso, Ana se dirige al balcón. Quita algunas hojas de los geranios que ya se han secado y observa a Luisa María, la compañera de evangelización llegar y abrazarse con la hija. Sonríe para sí misma en actitud de satisfacción y da gracias por un nuevo día y poder contar con la compañía de aquella mujer fruto de sus entrañas. Desde allí las ve caminar rítmicamente calle abajo hacía el parque mientras sostienen una animada conversación.
John es un hombre que se acerca a la mediana edad de la vida. A sus treinta años se siente cansado de relaciones estériles con mujeres que no hacen el esfuerzo por tomarlo en serio, donde solo lo busquen para ir de rumba en rumba, actitud tan propia de sus amigas que son menores que él. En una actitud pasiva, simplemente se ha ido alejando de todo ese ambiente en el que una noche cualquiera, en una de las discotecas de la ciudad, mientras departía con sus amistades, empezó a sentirse fastidiado de todas las tonterías y ridiculeces en las cuales vivía inmerso. Hoy, prefiere la soledad de su casa y en especial de su cuarto, donde después de un día de trabajo simplemente se pone a escuchar música y dejar que el día termine. Con todo, siente que quiere encontrar una mujer, quizás mayor, que lo acepte, con quien tenga empatía y pueda crear una bella amistad. Ha ido encontrando cierto encanto en las mujeres mayores. Se les hacen más seguras, más estables, más experimentadas. Pero sabe que no lo tomarán en serio, que siempre lo verán como un plan de fin de semana, que de vez en cuando le darán algún regalo con cariño, tendrán sexo. John es un hombre delgado, de ojos negros, profundos y una mirada intensa. Vive con su madre desde que regreso de una breve estancia en Madrid buscando encontrar perspectivas a su vida. John es electricista de formación. Trabaja en una ferretería en el centro de la ciudad. Lo apodan Mac Giver haciendo relación al personaje de la serie de televisión, que se caracteriza por sus habilidades y recursividad para resolver cualquier problema.
Hace cinco años, John empezó a practicar calistenia, a una edad en la que para muchos ya era muy difícil vincularse a ese tipo de deporte porque al cuerpo se va haciendo pesado, en el parque del barrio haciendo uso de los juegos de los niños que por falta de mantenimiento se iban deteriorando de manera irremediable y por tanto, los padres de los niños no los dejan acercar por miedo a un accidente. Hoy la municipalidad ha puesto allí mismo todo un gimnasio para los fanáticos de dicho deporte. Poco a poco se ha vuelto diestro en aquello y lo disfruta. Incluso se hizo un tatuaje en su pecho, al lado del corazón. Es un tatuaje que luce con orgullo y junto al cuerpo que ha ido adquiriendo, ha hecho que se vuelva una persona que exhibe sin tapujos sus atributos físicos. Es una inusitada confianza que ha ido volviendo a tener en sí mismo. Y aunque sabe que no es feliz viviendo de esta manera, trabajo, casa y parque, siente que es lo mejor que puede hacer. A veces, en las noches, antes de dormir, como en la noche del sábado, luego de tomarse unas cervezas con algunos amigos, al regresar a casa, luego de desnudarse y acostarse a dormir, piensa en ese anhelo. «Qué bueno sería tener una mujer que me quiera y con quien pueda ser plenamente feliz». Y con ese pensamiento durmió sintiendo una leve excitación.
Ana sabe que su hija es una buena mujer. Su mayor alegría radica en que ha presenciado un cambio importante en la vida de ella desde que empezó a asistir a esa religión como solía llamarla de manera despectiva. Y aunque no comparte que se haya marchado de la iglesia católica, reconoce que, aquel lugar le ha hecho bien. Hoy es una mujer fuerte, tranquila y serena frente a las dificultades. Cada vez es más lejana la época en que a Gloria angustiada por no tener pareja, andaba buscando todos los días con quien salir, sufriendo por esos amores de un día a los que parecía acostumbrarse. Ana siente que sus oraciones han sido escuchadas. Sabe que está enferma. Y se esfuerza por no quejarse. Eso la turbaría y sería un motivo para ponerla triste. De una u otra manera, siente que ha cumplido y cree que esta lista para morir. Siempre en sus oraciones pide a Dios que se acuerde de ella a tiempo y no la deje quedarse reducida a una cama, sintiéndose limitada e incapaz de valerse por sí misma. Pero, sobre todo, que no se convierta en un peso para su propia hija
Gloria y Luisa María caminan alegremente hacia el parque El Triunfo donde se verían con otras personas. La ciudad va despertando. Algunas personas pasan a su lado hacia la tienda en chanclas y pijama.  Se siente el olor a las arepas asadas del puesto ubicado en la esquina del parque. Otros riegan las plantas de los antejardines o balcones. Algunos padres toman el bus con sus hijos para llevarlos a los entrenamientos de futbol o natación a las afueras de la ciudad y otros más salen a la ciclovía a pasar la mañana. Por las calles, los buses pasan lentos con pocos pasajeros. En el camino hablan de sus familias. Luisa María pregunta por Ana y ella a su vez por su esposo y sus hijos. Ambas se conocen hace cerca de tres años cuando Luisa María llego a la iglesia y pronto sintió en Gloria un referente. Siempre la ha visto tan segura de lo que cree. «Habla tan lindo de Dios y sus obras» son las palabras afirmativas con las que se refiere a su compañera Gloria en cualquier lugar. Dice que es una mujer hermosa, carismática, llena de Dios. Siente una profunda admiración por aquella mujer. Al llegar al parque, un grupo de señores, señoras, adolescentes y niños de ambos sexos se encuentran dispuestos a la jornada del día. Escuchan las orientaciones y toman la ruta asignada.
Tocan una puerta. Vuelven y tocan. Luisa María parece ver las cortinas del segundo piso moverse e insisten. Nadie abre. Una situación similar acontece en otras cinco puertas. Finalmente, su insistencia da frutos. Se acercan a una nueva casa. Allí abre las puertas un hombre joven de unos treinta años en pantaloneta y sin camisa. Es delgado con un cuerpo definido por el ejercicio. En su pecho luce un tatuaje que llama la atención y contrasta con el color de su piel trigueña y el cabello rapado. Su mirada es profunda y suspicaz. Por un momento Gloria no sabe qué decir, se siente fuera de lugar.
—Hola, buenos días —dice el joven.
—Hola… venimos a traerle la palabra de Dios —responde Gloria mientras baja la mirada buscando una de las revistas y observa de reojo el hilo de vellos que desde su ombligo descienden hasta perderse en el interior de la pantaloneta. Al levantar nuevamente la mirada no logra dejar de ver el tatuaje, así como sentirse observada por aquella mirada intensa y penetrante de aquel hombre que parece escrutar su propio interior y la perturba. Hace un esfuerzo por concentrarse y abre una de las revistas. Se dispone a empezar a hablar, pero es interrumpida.
—Les voy a ser sincero —señala el joven— cuando tocaron no pensaba abrirles, pero vi que son unas hermosas damas y me perdonan si se incomodan, quise conversar un rato.
Luisa María ve como los colores del rostro de Gloria resaltan. Sabe que esta abochornada y trata de ayudarla.
—No hay problema —expresa Luisa María—, ¿puedo seguir?, ¿podemos hablar mientras la compañera va a la casa de enseguida?
Un poco desconcertado, no sabe que decir mientras mira alejarse a Gloria.
—Espera me pongo una camiseta. Pero está bien, siga —responde y entra con Luisa María a la sala dejando la puerta abierta— Siéntese por favor.
Va en busca de una camiseta a los cuartos del fondo de la sala. Luisa María puede escuchar voces.  El joven habla con alguien más. Escucha fragmentos de sus diálogos ... ¿Quién es?... Unas evangélicas, creo… No sé… Tranquila que no demoro.
―Mucho gusto, me llamo John ―expresa al regresar a la sala con una camiseta gris de mangas cortas y de aspecto viejo. Extiende su mano hacía Luisa María con mirada de resignación. 
Gloria camina hasta la esquina.  Se apoya en la pared y allí espera. Piensa en el extraño tatuaje. Es un escarabajo, símbolo de protección en la cultura egipcia. Lo sabe por la lectura de libros sobre historia de las religiones que acostumbra a leer. Reconoce que ese tatuaje hace ver a aquel hombre excesivamente sexy. Por un momento cree sentirse tentada. «Es una prueba», se dice para sí. «Si, es una prueba». Considera que no puede sentir ese deseo, que no es legítimo para una mujer de su edad y de los propósitos que ha definido para su vida. Un día que prometía ser un buen día difundiendo la palabra, donde el amanecer fue despejado y claro, termina cruzado por nubarrones. —«¿Qué hacer? ¿Qué me quiere decir el señor con esta situación?» —se pregunta y ora a su Dios. Pero no responde. Se siente profundamente desencantada. Hoy está más silencioso que siempre. Ante esto se va para su casa dejando a Luisa María en aquel lugar. Al llegar al apartamento, se encierra en su cuarto. A Ana se le hace extraño que regresara tan pronto. No es ni siquiera medio día y aún no ha puesto la comida a calentar que la hija había dejado preparada la noche anterior. Llama a la puerta del cuarto de Gloria, pero ella no quiere abrir. Ana ya está inquieta. Gloría se da cuenta por su insistencia casi lastimera de la madre y abre por consideración, expresándole que es solo es un dolor de cabeza y que se le pasaría.
Dos días después, Luisa María llama por teléfono a Gloria. Ella está disgustada. Le dice que se llamaba John. — ¿Quién? —pregunta Gloría con cierta indiferencia. Le dijo que el muchacho que la puso a balbucear, que no se hiciera la pendeja, que ella se había dado cuenta de todo. Y qué él también, y que no estaba interesado en la palabra, sino en usted. Expresa todo esto en un tono cada vez más alto. Me preguntó su nombre, que dónde vivía y en qué trabajaba y si estaba casada. Lo peor fue que apenas pudo me sacó de allí cuando una señora en paños menores se asomó desde un cuarto y pregunto si demorábamos. Debería darle vergüenza. Puede ser su hijo. Por un momento hay silencio. Pero cuando creía que Luisa María se había cansado de hablar, su diatriba continúo con más vehemencia. Le recordó sus propósitos y unas cuantas citas bíblicas que llaman la atención sobre la tentación del diablo. Le insistió que no se dejará tentar, pues ella era una mujer de Dios y otras tantas cosas que Gloria dejo de oír de un momento a otro al recordar la imagen de John. Y no poder sacarlo de su mente. Gloria responde que todo aquello es mentira, que su plan de vida es claro, servir a Dios y colgó el teléfono. No vuelven a hablar.
Pasado un tiempo, la vida de Gloria empieza recuperar tranquilidad. Entre el almacén de ropa del que es propietaria y los fines de semana llevando la palabra de Dios, se siente nuevamente segura. Pidió cambio de compañera y una nueva ruta de atención evangélica. Un día de tantos, en casa finalmente se quemó la conexión del calentador. Gloria llama a una ferretería donde le prometen enviar el electricista hacía medio día de acuerdo a la misma solicitud de ella. No quiere que haya un hombre en casa con dos ancianas como son su madre y la señora del servicio. Se da cuenta que era John, el chico que la había trastornado hace cerca de dos meses. De un momento a otro se siente expuesta y no sabe qué hacer. Disimula sus recuerdos y lo envía al baño a revisar el calentador de manera inmediata.
John piensa en las paradojas de la vida y cuando ve a la anciana madre atenta a su labor, logra ganarse su confianza. Mientras hace el trabajo de reparación, pueden hablar de todo un poco. Ana está encantada por lo buen conversador y porque es capaz de explicar el problema con paciencia, así ella no entienda nada y termina invitándolo a almorzar. El hecho es recibido como una novedad en una casa habitada por tres mujeres. A medida que hacía el arreglo, John y Gloría que estaba en las afueras del baño cruzan miradas y luego hablan con tanta naturalidad y confianza que termina por derrumbar las prevenciones de aquella mujer. —«Puede ser un buen amigo»— piensa cuando John se marchó de la casa luego de almorzar, justificarse con la mamá y regresar desde allí al trabajo.
Desde ese momento, Gloria se empieza a dar una idea más clara de John y de sus intereses. Del mismo modo, él empezó a interesarse en ella. Ambos se comunican casi todas las noches, se cuentan sus cosas, sueños y esperanzas. Se ven una o dos veces por semana. Entre tanto, Ana observa una nueva faceta en su hija y no le molesta. Gloria procura no ser excesivamente amplia en detalles por miedo a sentirse enamorada y nuevamente engañada.  A su vez, John cree encontrar en Gloria, no tanto una mujer para tener sexo, sino una mujer que lo escucha, lo motiva y lo inspira a seguir adelante. Un día a la semana se dan una cita especial, donde John toca sus canciones en la guitarra y Gloría comparte algunas de sus recetas de los cursos de cocina. Desde entonces han seguido conversando, saliendo, conociéndose y se hacen buenos amigos. No son novios. No son simples amigos. Es un escenario que ninguno de los dos esperaba. Y eso parece que le hace sentir a gusto a ambos.
 Y aunque Gloria considera que John es muy joven para ella, Ana piensa que la amistad con ese muchacho ha traído alegría a su hija. En ese proceso de conocimiento, John adquiere ánimo suficiente para independizarse de nuevo y consigue un apartamento donde vive a gusto y se siente más confiado. Entre tanto, Gloria abandona aquel grupo religioso y asiste puntualmente en compañía de su madre a la misa dominical de las diez de la mañana. Y claro sigue siendo buena cristiana, no temerosa de Dios, sino que acepta las circunstancias que le ha correspondido vivir y la ha llevado a ser más flexible con sus expectativas. Ha aceptado lo que la vida le ha dado. Y sigue orando todos los días al amanecer, en la intimidad de su cuarto, pero su oración no es angustiante, de queja, de súplica como otras veces la podíamos escuchar, sino de gratitud y pidiendo a su Dios que le aclare sus enigmáticos caminos mientras el aire limpio de la mañana penetra en el cuarto y mueve las cortinas.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Secreto de la noche

Javier Oyarzun

Era una tranquila noche londinense caminábamos junto con mi compañero realizando la última ronda de nuestro patrullaje, el sueño y el cansancio iban haciendo mella después de una larga jornada. La luna llena solo dejaba ver a unos metros entre la densa neblina que cubría las calles. La luz de la farola comenzaba a titilar, signo inequívoco de que quedaba poco gas, pero qué importaba, ya terminaba nuestro turno.
Nos disponíamos a volver al cuartel cuando un grito angustioso de una mujer  nos despabila de nuestra modorra. Corrimos en dirección al ruido, cuando llegamos no encontramos a nadie, acerqué la lámpara al piso para encontrar algún rastro, un líquido viscoso que resultó ser sangre saltó a nuestra vista.
Apuramos el paso siguiendo el rastro de la sangre, al llegar a la siguiente esquina, vimos que una figura de unos dos metros arrastraba a una persona a toda velocidad en dirección a los alcantarillados. Gritamos: «¡Alto!», disparamos a la distancia, pero no obtuvimos ninguna respuesta.
La cloaca era un túnel amurallado con ladrillos por donde pasaban los líquidos de desecho provenientes de las casas cercanas, el olor era insoportable. Al alumbrar la entrada con la poca luz que nos quedaba cientos de ratas se escabulleron dejándonos el paso libre. Al menos eso creí yo, porque a una distancia prudente se observaban varios ojos rojos que nos seguían expectantes.
Avanzamos unos pocos metros más y nos encontramos con un bulto, al alumbrarlo pudimos notar que era una mujer de mediana edad que tenía su abdomen destrozado. Las ratas se acercaron a donde estábamos, en una rápida visualización pude calcular su número en varios cientos, no quedaba ningún espacio vacío, estaban sobre el cuerpo de la mujer y algunas comenzaban a encaramarse por nuestras piernas.
Mi compañero empezó a dispararles, pero fue inútil eran demasiadas, por suerte nunca les he tenido miedo, pero su número era francamente ridículo. Un chillido espeluznante se escuchó en el túnel, no podría decir exactamente de dónde venía, porque retumbó en todos lados, como si hubiera salido de las paredes.
Las ratas huyeron despavoridas, aprovechamos de tomar el cuerpo y salir por donde habíamos ingresado, mi compañero corrió al cuartel a buscar refuerzos, yo me quedé esperando mientras protegía el cadáver de la mujer.
Cuando llegaron mis compañeros, el cuerpo fue tapado y llevado a la morgue para su estudio, recorrimos la alcantarilla rincón por rincón, pero no encontramos ningún rastro del asesino. Debía ir a dormir para pensar con más claridad, me retiré a mi casa que estaba a unas cuadras del lugar.
No puedo decir que fue un sueño reparador, la imagen del cuerpo destrozado, las ratas y el extraño chillido me tenían intranquilo. Decidí entonces volver al cuartel a media mañana,  me dirigí al despacho del comandante y le dije:
―Señor, buenos días, ¿ha habido novedades en cuanto al caso de la mujer asesinada anoche?
―Regresó temprano, detective Johnson.
―No pude dormir mucho.
―Quién podría, lo entiendo.
―Gracias.
―Ante su pregunta, no, no hemos tenido novedades.
―Cualquier cosa, señor, estaré en mi escritorio.
―Me olvidaba, usted y Smith quedan a cargo de la investigación.
―Muchas gracias por la confianza, señor.
―Ahora puede retirarse, y si sabe algo no dude en informarme.
―Así lo haré.
Una vez sentado frente a mi escritorio ordené los papeles que tenía sobre la mesa y traté de recordar casos similares resueltos en el pasado que pudieran ayudarme, no se me vino nada a la mente en aquel instante. Como mi compañero no llegaba aún, decidí  hacer una visita al forense en solitario.
Llegué a la morgue del distrito, me encontré con el forense, un viejo regordete de bajo tamaño y abundante bigote, su cara siempre risueña y amabilidad a toda prueba, lo hacen un tipo de trato fácil. Apenas me ve en el pasillo me saluda con efusividad.
―Señor Smith, ¿qué lo trae por acá?
―Un muerto.
―Está hablando con el hombre correcto entonces ―contestó riendo de buena gana.
―Vengo a averiguar por la mujer que trajimos.
―La que tenía el abdomen destrozado ―indicó, mientras abría la puerta de una sala―. Pase usted por acá.
Sobre una camilla de metal estaba tendido el cuerpo blancuzco de la mujer que habíamos sacado dese el alcantarillado al amanecer, el doctor me pide que me acerque y me muestra unas heridas en ambos hombros.
―¿Qué significan esas heridas, doctor?
―Si te fijas bien, a la occisa la sostuvieron con mucha fuerza.
―Pero qué puede hacer un daño de esa magnitud.
―Buena pregunta, estas son heridas producidas por garras muy fuertes. Como las de los felinos de gran tamaño.
―No puede ser, lo que yo vi fue una figura que caminaba erguida en dos patas, no un animal salvaje.
―Pero eso no es todo, fíjese acá ―me dijo, mientras indicaba el estómago de la muchacha―. Esto es un desgarro, es un daño provocado por una mordida.
―Muchas gracias, doctor, es mucha información para procesar.
―Algo más, muchacho, ha desaparecido el hígado.
―¿Cómo?
―Todos los demás órganos se encuentran destrozados, pero el hígado fue arrancado de cuajo.
―¡Qué extraño!
―No lo es tanto.
―¿Hay más casos?
―Sí, recuerdo dos. Acompáñame.
Seguí al forense a su oficina, me mostró el registro de dos señoritas que habían muerto en circunstancias similares. Nadie reclamó sus cuerpos y fueron enterrados en una fosa común.
Regresé al cuartel y ahí estaba Smith bromeando con otros compañeros, al ver mi cara seria se acercó raudo.
―¿Cómo estás Johnson?
―No tan bien como tú.
―Nos asignaron el caso.
No pude evitar reírme, llevaba horas trabajando en el caso y este imbécil me avisaba ahora. Al menos logre relajarme.
―Vengo de donde el forense.
―¿Qué te dijo?
―No tan rápido, ya te contaré.
―¿En qué puedo ayudar?
―Busca los registros de dos mujeres asesinadas, cuyos cuerpos nunca fueron reclamados, y con toda seguridad nadie hizo una denuncia.
―Muy bien y tú, ¿qué harás?
―Iré al lugar donde encontramos la sangre e indagaré ahora con luz solar, cuando vuelva intercambiaremos información.
En la calles las señoras con sus vestidos ajustados y sombreros coloridos se pavonean atrayendo las miradas disimuladas de caballeros vestidos de trajes grises, sin sospechar siquiera los peligros que deparan las noches en esta ciudad; cuerpos mutilados enterrados en el más absoluto anonimato.
La acera donde encontramos los restos de sangre la noche anterior había sido lavada, mire alrededor y ya no había pistas en ese lugar, permanecí un momento en cuclillas absorto en mis pensamientos, cuando me di cuenta de que una mujer mayor que lucía un vestido floreado y cubría su cabeza con un pañuelo me miraba fijamente.
―Sé lo que buscas policía ―me dijo, al acercarse.
―Y ¿qué busco?
―Extrañas criaturas que esconde la noche.
―Te escucho.
―Entonces sígueme.
Después de un par de cuadras de estrechos callejones llegamos a una vivienda adornada por coloridas figuras religiosas, inciensos y piedras de todo tipo. Me senté en un sillón negro de felpa y la mujer hablo: «Mi nombre es María, soy una vieja adivina de origen gitano, nací en Europa oriental, lo que le voy a contar es difícil de creer, pero debe abrir su mente. La criatura que busca es un hombre condenado por una ancestral maldición, cada día de luna llena su cuerpo se transforma en algo parecido a un lobo, pero tiene  mucha más fuerza e inteligencia que el animal».
Permanecí en silencio varios minutos tratando de asumir lo que acababa de escuchar, no podía ser real, esta mujer me estaba tomando el pelo.
―¿No me cree?
―Es muy difícil de creer lo que me dice.
―Tome ―me dijo, cuando me entregó una bala plateada.
―¿Y esto por qué?
―Con esa bala de plata podrá matarlo, es la única forma.
―La guardaré.
―Recuerde, creer es lo único que lo salvará.
Me despedí y volví al cuartel, por supuesto no le dije a nadie de mi encuentro con la adivina. Smith me informó que ambos cuerpos eran de dos prostitutas nacidas en Rumanía, nadie había reclamado sus cadáveres porque no tenían familiares en Londres.
Luego de comparar las fechas en que murieron las chicas con el calendario lunar, descubrimos que ambos asesinatos fueron perpetrados en noches de luna llena, a pesar de mi racionalismo, estaba empezando a creer lo que decía la gitana,  había algo sobrenatural en todo esto.
Fueron pasando los días, entrevistamos gente, revisamos la alcantarilla una y otra vez, pero no lográbamos obtener pruebas para encontrar al asesino. Estuve tentado a contar lo que me había dicho la gitana a mi compañero y a mi superior, pero no lo hice para no parecer loco o un fantasioso, cómo les demostraría algo de lo cual no tenía pruebas.
Estábamos tranquilos cada uno sentado en su escritorio en el cuartel, no habíamos logrado ningún avance en el caso, ya tenía pensado no investigar más y archivar los antecedentes, decidí echar una última ojeada a las fichas para ver si se me había escapado algo, en ese instante volví a ver el calendario lunar entre los papeles, la luna llena aparecería ese día, de solo pensar en que podría morir alguien más me puso en acción.
Tomé los archivos y le demostré a mi jefe, sin nombrar al hombre lobo por supuesto, que el asesino actuaba en las noches de luna llena, ya con tres muertes ocurridas en esas fechas era un patrón innegable. Ante la evidencia el jefe decidió que todos los policías deberían hacer el turno de esta noche para tratar de detener al asesino. Mis compañeros al salir de la reunión me miraban con caras de odio, porque yo era el causante de su trabajo nocturno.
Los detectives salimos en parejas y nos dividimos por todo el distrito para patrullar las calles, con Smith nos dirigimos a las cloacas, ambos con algunas antorchas y suficiente aceite para encenderlas. Además nos pusimos un pañuelo que filtraba algo del mal olor del lugar.
Una vez ahí, encendimos una antorcha y comenzamos a caminar en la misma dirección hacia donde anteriormente habíamos encontrado el cuerpo. Tuvimos que repetir varias veces la operación, ya que el viento que entraba por varios orificios en el en las murallas del conducto nos la apagaba. Las ratas corrían alejándose de la luz y el calor que emitía el fuego, avanzamos unos metros hasta que salimos del canal amurallado a un zanjón a cielo abierto.
Saliendo del agua pudimos observar una casa patronal en medio de una plantación de cereales, apagamos la antorcha para evitar causar un incendio, y nos dirigimos a la casa para hablar con los residentes. Miré al cielo y puede notar que la luna llena se mostraba en todo su esplendor, recordé lo que me contó la adivina y saqué la bala de plata que llevaba en el bolsillo de mi chaqueta y la puse en el revólver de servicio.
Tocamos varias veces la puerta de la entrada principal como la puerta trasera de la casa y no salió nadie. Había un sótano en un costado de la casa, cuya entrada tenía dos puertas selladas con un candado. Vi en una muralla cercana troncos de madera, en uno de ellos estaba incrustada un hacha. Saque la herramienta y golpee el candado hasta que cedió y pude abrir las puertas del sótano, sentí un olor nauseabundo desde el interior, al alumbrar con un antorcha pudimos ver algunos huesos y un par de cráneos humanos desde la superficie. Cerramos el subterráneo trancando la entrada con un palo, para dirigirnos a la casa.
Rompí la cerradura de la puerta principal y recorrimos la casa tratando de encontrar algún habitante o alguna otra pista que incriminara al asesino, pero todo estaba en orden y no había nada. Volvimos al salón de entrada en momentos que sentimos un crujido de madera y un gran estruendo, la bestia a toda velocidad se abalanzó sobre mi compañero. Reaccioné rápido y disparé de inmediato, la bala se incrustó en la espalda del hombre lobo, el cual emitió un chillido espeluznante antes de morir.
Junto a mi compañero vimos cómo la bestia se iba transformando en un hombre delgado de piel blanca y cabello oscuro, Smith miraba anonadado el espectáculo, y ese fue el momento de contarle lo que había dicho la gitana.
―¿Cómo explicaremos esto?
―¿Qué cosa?
―Lo de la gitana, lo del hombre lobo, todo lo que paso aquí.
―Yo no veo ningún hombre lobo, solo a un asesino de mujeres.
Ese fue el secreto de ambos, nunca más volvimos a tocar el tema, pero cada vez que siento un aullido o veo la luna llena, no puedo dejar de pensar en los acontecimientos de aquel día o si en algún lugar oculto de la ciudad se estará gestando alguna otra criatura maligna.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Valiente

Constanza Aimola




Sus padres la bautizaron Rosa, pero si me pidieran definirla en una palabra esta sería «valiente». Su nombre fue elegido muy detenidamente, la rosa es una flor muy bella que se encuentra en cientos de colores, aunque también la más fuerte, que resiste el clima adverso y con un poco de cuidado se recupera y se pone fácilmente en pie. Sus padres sembraron en ella semillas, talentos que fueron esparcidos sobre terreno fértil, ya que con un poco de amor ha hecho florecer en terreno árido, le ha sacado provecho a las situaciones más adversas y ha podido dar fruto a cada una de sus acciones, cuidadosamente pensadas con la cabeza y ejecutadas con el corazón.
La conocí en una importante etapa de mi vida y creo que nos conectamos por el vicio del cigarrillo, construyendo desde entonces nuestra historia a través del humo, sentadas por largas horas, hablando, contando y planeando.
Cada encuentro ha tenido su nivel de magia, siempre me quedo pensando en lo mucho que me identifico con su historia, acerca de la que permanentemente la razón me dice que muchas cosas son de no creer y otras veces, la mayoría para decir la verdad, me maravillo con tantas aventuras asombrosas.
Para que entiendan cómo me siento, les voy a describir a Rosa y contar algunas de sus experiencias.
Rosita tiene ahora sesenta y cinco años, tenemos una diferencia de edad de veinte nueve. Es sencilla y creo que es porque ha sido exitosa, pero también ha fracasado, trabajó como empleada y empresaria independiente, vivió con lujos y ahora ahorra y puede ser austera. Cuando pudo ayudó a sus amigos y se rodeó de personas de la alta sociedad y también se ha desilusionó cuando no recibió la ayuda de los amigos que consiguió cuando pasaba por las vacas gordas.
Es amable y empática, tiene un tono de voz que cautiva y encanta. Sus ojos muestran un toque de melancolía, tal vez por tantos años de dolor, sobre todo en lo relacionado con el amor. Es sensible y de esas personas que sabe hacer casi de todo y todo le queda rico o le sale bien. Cocina platos deliciosos para toda ocasión especialmente de repostería, puede vender muchas cosas, organiza eventos, administra negocios, labra en madera, pinta, cuida niños, animales y ancianos, conduce carro, bus y camión, cultiva variedad de alimentos, da consejos y alivia el corazón de quien la consulta, esto solo por poner algunos ejemplos, porque seguro más de una cosa que alguno de ustedes se imagine ella no podrá hacer.
Rosa fue la menor de ocho hermanos, criada en una familia común y corriente, un papá que trabajaba y la mamá que se queda en casa cuidando los hijos, hasta ya grandes porque, en esa época no entraban a la guardería al cumplir un año o al jardín entre los dos y los cinco, a los siete o tal vez ocho entraban al colegio, por eso las madres debían echar mano de las personas que podían, los hijos mayores, hermanas menores, vecinas, amigas, para poder sacar adelante a todos sus hijos. Nada más contando esto me siento cansada, porque con toda la ayuda que tenemos ahora, no me imagino cómo era lavar en piedra la ropa incluidos los pañales con caca, planchar y cocinar con carbón y vivir con el sueldo mínimo de un papá ausente porque no le quedaba tiempo por tenerse que doblar en turnos para responder con el dinero que debía llevar a casa para el sustento de su familia.
Cuando Rosa cumplía veintiún años aún vivía en la pequeña ciudad en la que nació, era una mujer con cualidades de líder por lo que desde esa edad ya se proyectaba en la política. Recién empezaba a tener admiradores y sentía algo así como agradecimiento por los piropos de sus pretendientes, pero no le movían ni un pelo.














A los veinticinco, ingresó a estudiar economía y a conocer personas en la universidad que apoyaban sus pensamientos y reforzaban su rebeldía bien orientada a los logros que se había planteado a lo largo de su vida. Era socialmente exitosa y todo marchaba bien en parte gracias a su madurez.
Una inolvidable mañana para Rosita, sábado del mes de agosto, se corría el rumor de la llegada de una familia proveniente de la capital. Entre sus integrantes Clara, una de las cinco hijas mujeres de esta familia. Con ella empezaría una etapa en la vida de Rosa que le trae recuerdos de esos en los que no es fácil pensar, no es como otros que le producen risas, tal vez algunos la hagan fruncir el ceño y hasta dolor en el pecho o el estómago, esto le genera un leve cosquilleo en la entrepierna inmediatamente acompañado de un suspiro en seco, después del que se tapa la boca. Mueve apresuradamente la cabeza de un lado a otro como dándole la orden a su cerebro de que no piense más.
A los veinticinco años, pero los de esa época, cuando se vivía despacio, la virginidad se perdía con el novio de toda la vida o el que la familia imponía, pero siempre después del matrimonio, se conoció con Clarita y empezaron una linda amistad, tal vez algo más, una íntima amistad después de darse cuenta de todo lo que tenían en común y compartían aunque fueran de lugares distintos y de familias tan diferentes.
Rosa empezaba a vivir una adolescencia tardía en cambio, Clara era una mujer hecha y derecha que había tenido varias experiencias sexuales de las que le hablaba impulsándola a ponerse al día. Entre todo lo que le enseñaba apareció el trago y la vida nocturna, el cigarrillo y a inventar disculpas para camuflar el olor de la ropa y las llegadas tarde.
Una noche de tantas que se volvieron muy frecuentes y después de que recientemente falleciera el papá de Rosa y en la víspera de su cumpleaños, Clara la sorprendió con un ramo de rosas color salmón, un color extraño que casi no se encontraba por esa época, pero que según ella significaba sus deseos de suerte, así como la buena energía que le proyectaba. Esa noche, sentadas en el suelo de la habitación de Clara, un lugar mucho más fino y decorado que la casa de Rosa, escuchaban música en una grabadora que en la época era un lujo, tomaban aguardiente y fumaban decenas de cigarrillos de una marca muy fuerte sin filtro y que solían consumir los señores muy adultos.
Poco a poco Clara se fue acomodando al lado de Rosa, se recostó sobre sus piernas y mientras se reían de un chiste la tomó del cuello y la besó. Esto desató en Rosa sentimientos confusos, pero a la vez un maldito gusto que no había podido despertar nada en su vida.
Con la muerte de su padre ya no la gobernaba sino su mamá, por juiciosa le daban cierta libertad y tenía como cómplices a sus hermanos mayores que la adoraban, la más grande la quería como una hija y así había sido siempre, por lo que pudo seguir teniendo este tipo de encuentros con Clara sin que nadie se enterara aunque su conciencia la atacara permanentemente sobre todo cuando sola se recostaba en su almohada y pensaba en toda la información acerca de lo que le habían enseñado sus padres, conceptos de familia y la religión, aun así no podía evitar enamorarse cada día más.
Así todo pareciera tranquilo Rosa nunca pudo contar que había tenido una relación con una mujer, en este país y más importante aún en esa época, esto hubiera sido castigado con el destierro. Su mamá y sus hermanos vivieron siempre en la ignorancia al respecto.
En pleno idilio, Clara sorprendió a Rosa con la noticia de que a su papá lo habían trasladado de ciudad, de hecho al otro lado del país y que se irían en una semana. Rosa quedó devastada y recibió la atención y el consuelo de toda su familia. Ya habían pasado tres años desde que se conoció con Clara y no era fácil de superar y aunque en su familia no sabían de la existencia de esta relación sí tenían pautas para creer que eran muy cercanas por lo que entendían que era una dolorosa pérdida, una relación que empezaría a terminarse tras la mudanza de Rosa y su familia a la capital y moriría luego de algunos meses de cartas.




Fueron años duros, pero finalmente Rosa empezó a recordar sin dolor la separación con Clara. No tuvo novios ni otras relaciones, casi no salía de su casa, solo iba a la universidad en la que terminó su carrera y regresaba para pasar horas y horas leyendo encerrada en su habitación.
Tenía varios compañeros en la universidad con quienes no había logrado entrar en confianza ni crear fuertes relaciones de amistad, eran todos menores que ella, y los consideraba inmaduros, no la hacían sentirse cómoda y en nada le aportaban.
Aunque también fueron varios los maestros que pasaron por su vida, uno le dictaba una cátedra de filosofía que le encantaba, era Ernesto, un hombre al que le brotaba por los poros inteligencia y conocimiento de toda clase. Una persona interesante que se logró ganar un espacio en su vida, ya que así fuera mayor que ella veinte años compartían intereses y gustos.
Físicamente no le encantaba, además era un hombre con ciertos problemas de salud, más callado de lo que ella prefería y con una vida hecha, me refiero a separado con dos hijos de casi su edad. Pero como Cupido no tiene límite, por fin entre café y cigarrillo, largas tertulias y compartir aventuras que a Rosa le parecían maravillosas, se enamoraron y se casaron.
Bueno, Rosa no se enamoró como de Clara, no era una relación ni parecida, Ernesto no le movía el piso, ni le paraba los pelos de los brazos, era más bien como un sentimiento de admiración que le generaba ganas de aprender y caminar a su lado así tuviera que bajar el ritmo.
Si en la vida el tiempo pasa rápido, en los relatos de Rosa aún más. Pasó en su narración de su unión con Ernesto al parto de sus dos hijas. Yo la interrumpía para preguntarle qué más había pasado en ese tiempo y me decía que nada, meses más tarde, después de una botella de güisqui y fumar medio cartón o cinco paquetes de cigarrillo las dos solas me dijo, que las únicas oportunidades que había tenido de intimidar con Ernesto habían sido cuando quedó en embarazo de sus dos hijas.
Siguió narrando rápidamente que después de unos seis años de matrimonio y justo antes de quedar en embarazo de su hija mayor se reencontró con Clara a quien invitó a vivir a su casa y compartir su habitación que Ernesto cedió amablemente. Mis ojos se abrieron como huevos fritos y tartamudeando le preguntaba que cómo podía ser esto realidad, se reía a carcajadas con esa voz ronca y me lo confirmaba, había vivido casi todo su matrimonio, crianza de sus hijas, vida de empleada y luego independiente al lado de su Clarita.
Con ella pusieron un negocio de pasteles, ricas y esponjosas tortas, flanes, chocolates, todo con las recetas milenarias de las dos familias. Luchó con Clara hombro a hombro por sacar adelante esta familia que pasó de tener lujos y comodidades a la quiebra cuando a Rosa la despidieron de un alto cargo en una prestigiosa empresa del Gobierno.
Y ustedes se preguntarán qué era de Ernesto en todo esto, pues yo también, Clara siempre lo dejó muy bien en todo diciendo que era un inteligente y letrado hombre, profesor universitario, entendido acerca de todos los temas y que ayudaba a sus hijas a hacer tareas y con los proyectos de la universidad, pero nada más, nunca hizo mella en su vida, Rosa lo consentía y cuidaba, cumplía con las responsabilidades y gastos propios del mantenimiento de la casa y se encargaba de hacerle su vida más feliz, dejándolo ser él entre sus libros.
Ernesto enfermó gravemente y después de varios años murió. Ese día fue tétrico para Rosa quien no solo recibió el adiós de su esposo sino también el de Clara su compañera de vida, quien le contó sin haber ella tenido alguna sospecha que se iría con una amante que frecuentaba hacía algunos años para nunca más volver.
Al principio cuando Rosa me contaba esto, le pregunté si Clara no estaría enamorada de Ernesto y cuando murió no había por qué más quedarse, además esto explicaba que no tuvieran sexo, ya que podría ser que lo tuviera con Clara, pero me confirmó que creía que nunca la había amado y que más bien había permanecido con ella por gratitud y para ayudarla con la carga de sus hijas y su esposo enfermo.
Vivieron en la bulliciosa capital y tras algunos años se trasladaron a un pueblo algo alejado en donde tenían una modesta casa. Tras la muerte de su esposo, las hijas de Rosa se mudaron, vivían juntas, pero de nuevo en la capital, rentaban un apartamento que les quedaba cerca a todo y Rosa se quedó completamente sola.
Es una rebuscadora, como ella dice «La plata está hecha, solo hay que encontrarla» se ha inventado de todo, desde comida de toda clase que lleva a domicilio, pasando con ebanistería y trabajos hechos a mano, hasta administrar negocios de sus amigas dándoles los mejores consejos de su vida como empresaria. Después de narrarme todo esto se ríe y le quedan los ojos llorosos, le resbalan algunas lágrimas que limpia con su saco de lana azul oscuro lleno de motas y pelos de gato y ahí entiendo que aunque lo cuente de forma jocosa no ha sido fácil. Me imagino lo que será no dormir pensando o inventando qué hacer para ganarse unos pesos y poderse comprar un chicote como le dice de cariño al cigarrillo.
Hoy me puse a escribir esto recordándola, mientras la extrañaba, me envió unas fotos en las que aparecía muy feliz en un viaje que emprendió hace unos meses a México en donde por fin encontró el amor de su vida, María F., una mujer quince años menor que ella, amante de Frida Kahlo, que la ha invitado a pasear por todo el país y con quien ha podido por fin estar tranquila y ser absolutamente feliz, aun conociendo la realidad de su historia y familia mágicamente inusual.