lunes, 7 de diciembre de 2020

Dualidad

Ricardo Sebastián Jurado Faggioni


15 de enero de 1980


El cielo estaba despejado, me encontraba en las profundidades de un bosque cavando en la tierra para ocultar mi primer cadáver. Mientras huía de la soledad y tapar mi consciencia, cantaba una canción.

—¡Mete la pala y saca la tierra, mete la pala y saca la tierra!

Esta era una manera de transportarme hacia otro mundo, había envuelto el cuerpo en una funda, para que nadie sospechara.  Sin embargo, tomar el cadáver se me hizo pesado. Tuve que arrastrarla hasta el hoyo que había cavado.

Las personas a las primeras horas de la mañana se encuentran desayunando, algunas se preparan para irse al trabajo y otras dejan a los menores de la familia a la escuela. En cambio, yo estaba rompiendo la rutina de lo que es un día normal tapando mi primer crimen.

Al finalizar me sentí exhausto, la tierra se había pegado en mi ropa. Fui a mi camioneta y me puse ropa limpia, después me marché. Me detuve en un bar restaurante para comer algo. Se sentía el aroma a café, las conversaciones entre las personas también las podía oír. Me senté en el centro, luego una joven camarera se me acercó. Depositó la carta del menú en la mesa, se dio media vuelta y fue hacia la cocina.

Pasaron cinco minutos y decidí que quería desayunar. Llamé a la mesera y vino con la mejor actitud para atenderme. 

—¿Qué desea consumir señor?

—Podrías traerme revoltillos y café por favor.

Lo anotó en su librito y volvió a desaparecer, no puedo quejarme de la atención al cliente. El cocinero principal prendió la televisión. Una reportera comentó que una joven había desaparecido, los familiares sufrían por su hija, en el programa pudo identificar a la víctima, mostraron una imagen de ella, rubia, ojos azules, con una sonrisa perfecta. 

Lo que no saben es que yo la secuestré, esa muchacha tenía engañados a sus padres.

La conocí una noche al ir a una discoteca, la vi bailando con sus amigas. En un momento se quedó sola, le pedí al barman dos cervezas. Caminé hacia ella y la saludé. 

—¿Cómo te llamas?

—Susana.

—Un nombre encantador.

Tras darle la cerveza la llevé a bailar. Nos divertimos y le pedí que fuéramos a mi camioneta, me siguió como si nos conociéramos de mucho tiempo. 

—¿Hola, Marcos que deseas?

—Te quería pedir perdón por haber discutido contigo, si apeteces, ¿mañana nos podemos volver a ver?

—Dame espacio, nos es sencillo perdonar lo que me hiciste.

Al finalizar le colgó, y continuamos lo que estábamos haciendo, pero otra vez el aparato electrónico sonó. Empecé a perder la paciencia por culpa de ese muchacho, debía olvidarla y continuar su vida. Le palabreó hasta que consiguió su objetivo. Luego ella guardó su celular en su pantalón.

—Lo que estamos haciendo no es correcto fue un error.

—No, lo estabas disfrutando.

—Sí, pero llamó él y me acordé lo que teníamos, lo siento.

Trató de abrir la puerta, pero la jalé hacia mí, la estrellé contra el volante y de su frente empezó a salir sangre, no iba a permitir que me rompa el corazón. Luego con mis dos manos la ahorqué hasta dejarla sin aire y después me dirigí al bosque para ocultarla. En mi adolescencia, leí el túnel de Ernesto Sábato en ese preciso instante comprendí lo que sentía Juan Pablo Castel hacia María Iribarne. De alguna manera el personaje se había apoderado de mí.

Después de realizar ese acto volví a ser yo, y no me acordaba de lo que sucedió hasta que se prendió el maldito televisor de aquel restaurante. Para ocultar las voces del asesino del túnel, me hice amigo de las bebidas alcohólicas. No conocí a nadie dos años después de haber cometido aquel acto.


22 de agosto de 1982


Esa tarde las nubes estaban de color gris, tenía una fuerte resaca, me bañé y vestí. Cogí mi camioneta y fui directo a la ciudad, por el retrovisor vi dentro del carro a Juan Pablo, frené, me volví para observar y no había nadie.

Seguí andando hasta que decidí estacionarme en un lugar de comida rápida. Parece que de la primera víctima se habían olvidado, así es el ser humano una película que simplemente rueda.

La mesera que me atendió me llamó la atención su cabello de color rojo y sus ojos verdes. Tenía un cuerpo esbelto y atractivo. Me entregó el menú del día. Tocino con huevo frito estaba escrito. Simplemente asentí con la cabeza. El lugar estaba sucio, pero no me importaba. Al terminar de comer le entregué mi número y le di buena propina.

Al llegar a mi apartamento, sonó mi teléfono que estaba en la sala principal.

—¿Hola quién habla?

—Soy la chica del bar, que te atendió esta mañana.

—Me acuerdo de ti, cómo estás.

—Me encuentro bien, no tengo turno esta noche, me preguntaba si deseas salir conmigo esta tarde.

—A las seis está bien, te parece.

—Por supuesto, nos vemos en el centro comercial por el patio de comida.

—A las seis estaré.

El sol se ocultaba poco a poco para darle paso a la noche, fui al lugar del restaurante que ella me indicó, se había maquillado, se puso una blusa celeste con una falda blanca. Estaba hermosa, la invité a comer lo que ella quería.

Sentados en la mesa iniciamos una conversación, sobre la vida, enfermedades, el futuro de cada uno. Más que su belleza me atrajo su intelectualidad. Aunque en medio de la multitud del patio de comidas pude notar a Juan Pablo, pero esta vez tenía una mirada más maligna. Hice mi asiento hacia atrás porque me sorprendió.

—¿Dije algo que te molestara?

—No, solo vi algo que me asustó.

Ella volteó hacia atrás su cabeza para observar, pero no había nadie. Seguimos conversando a pesar del mal rato. Trataba de hacerla reír y que se olvide mi extraño comportamiento. La invité a mi hogar a pasar la noche. Al llegar le gustó lo cómodo que era mi sitio.

Desde mi ventana se podía apreciar la ciudad y sentir el aire fresco. Se sentó en mi cama y yo la acompañé, por un rato se quedó dormida y otra vez apareció él, pero apuntando un cuchillo de cocina. Entendí lo que quería, lo tomé y el filo frío cortó la piel de mi acompañante. 

Nadie la iba a extrañar, tenía metas, pero no eran nada trascendente, vivía una vida aburrida. Quería establecer una relación con ella, sin embargo, sentía que tarde o temprano me iba a traicionar, antes que pasara le arrebaté su alma. Deposité su cadáver en un tacho de basura que estaba atrás de mi apartamento, luego me fui.

Lo difícil no es asesinar, realmente cuesta más limpiar el desastre que dejar a la víctima oculta; es un fastidio. La próxima vez seleccionaré otra ubicación.  Mi ser volvió a la normalidad, casi nunca digo mi nombre puesto que no es interesante, la gente se olvida de ti, pero no de lo que haces. Es en lo segundo que yo me enfoco. Veo necesario recordármelo porque Juan Pablo se a apoderará de mí y no seré más yo.

Mi nombre es Rafael Hurtado y tengo treinta y cinco años. Trabajé toda mi vida como carpintero, profesión parecida al personaje del Túnel. Aunque sentí una fascinación por la literatura porque mi padre me había enseñado a que me guste la lectura desde temprana edad, pero por mi falta de recursos económicos los libros se me hacían imposible adquirirlos. Leí algunos que daban gratis en las ferias y en esa búsqueda me topé con el escritor Ernesto Sábato. A partir de ahí sus personajes me están atormentado.

El alcohol no he podido dejarlo, al contrario, ha hecho que las voces suenen más fuertes en mi cabeza. Han pasado cinco años desde que oculté el cuerpo de la segunda chica. Tomé un descanso para encontrar paz en mi interior, pero se me ha hecho imposible liberarme de las almas que llevo.


10 de junio de 1987


Estaba caminando en un parque frente al lago, podía sentir la brisa que recorría mi ser, tuve que poner mis manos en mi chompa para calmar el frío. Me dirigí a una carreta que daba desayunos, pedí café caliente. Le entregué unas monedas y me fui. Seguí andando sin rumbo, alcé mi mirada y estaba él parado junto a mí. Lo ignoré, seguí caminando, pero sabía que me estaba siguiendo, obligué a mis pasos a ir más rápido y perderlo de vista. Volteé hacia atrás, ya no estaba, di los últimos sorbos de mi café, lo tiré en un tacho de basura.

Fui a un centro comercial a comprar ropa. Me puse en la fila para pagar. Nunca imaginé que la cajera que me atendería se convertiría en mi esposa.

—Siga por favor.

Era mi turno y le entregué la ropa con una sonrisa. Ella también me devolvió la suya. No me resistí más y le pregunté su nombre. Al instante me lo dijo, Alejandra. Sus labios rojos y sus ojos color café me hipnotizaron. Le entregué mi número de teléfono para que pudiéramos comunicarnos más luego y lo tomó rápidamente. 

Me fui contento del lugar, imaginándome como sería nuestro primer encuentro, dónde la llevaría y qué haríamos después. Sobre todo que no aparezca Juan Castel. Era una posibilidad que podía suceder, realmente a ella no quería que le sucediera nada, porque con las otras chicas no había sentía algo especial y esto no me lo perdonaría. A las siete de la noche me llamó, escuchar su voz me puso contento.

—Vamos al restaurante chino del centro.

—¡Sí!

—Encontrémonos a las nueve.

El restaurante tenía las paredes rojas, mesas y sillas de madera. En la entrada principal se podía observar un Buda, tenía cuadros exóticos. Ambos nos sentamos al fondo para estar más alejados del ruido de la cocina.

La ayude a tomar asiento. Me lo agradeció, luego vino el mesero y pedimos lo que él nos sugirió. 

—¿Cuál es tu mayor miedo?

—A lo largo de mi vida he tenido algunos, quedarme sin trabajo, perder a mis a padres, terminar en la calle, creo que esos son los principales.

Había omitido la parte que se me aparece un asesino ficticio y me obliga a tomar almas. En cambio, su respuesta fue armónica menos dramática que la mía.

 —Tengo miedo de la soledad y no casarme.

Le cambié de conversación para que no se sintiera triste.

—¿Tu mayor sueño cuál es?

—Algún día ser madre.

Me imaginé tener una familia con ella y ver a mis hijos crecer, pero había un problema, el fantasma de mi mente. Luego de aquella cita duré un año con ella, en las vísperas de navidad le pedí matrimonio. Al ver el anillo quedó asombrada, su respuesta fue un sí.

Viví dos años sin tormenta, mi primer hijo estaba a punto de nacer. Una tarde sombría apareció él. Decidí enfrentarlo debido que no quería que tocara a mi familia.

—Te obligué a asesinar a los demás, porque yo asesiné a mi esposa.

—Tú esposa te engañó con otros hombres, pero no tenías derecho a hacerlo.

—Sí que tenía, ella me mintió y me traicionó, como yo no puedo tener a nadie, pues tú tampoco.

—¡Aléjate de mi familia!

—Estamos juntos en este lío.

Después de esa discusión la cabeza me daba vueltas, no iba a permitir que toquen a mi hijo. Entonces me confesé con mi esposa. Ella no me creyó, hui de mi hogar para entregarme a la comisaría. Desde esta fría celda escribo para desahogarme, él ha desaparecido, pero a veces se me presentan las otras chicas.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Juan y El Resplandeciente

 José Camarlinghi


Miraba Juan las sombras de los picos y quebradas que se alargaban al tiempo que el sol se ponía en el horizonte. Le gustaba la luz cálida que calentaba suavemente sus mejillas y el tono que tomaba el paisaje alrededor de su casa.  No podía explicarse la paz que le llenaba el pecho, pero la disfrutaba intensamente. Por encima del valle, en las paredes vertiginosas de la montaña, los glaciares adquirían colores dorados. Se sentaba entonces en la banca al lado de la puerta para disfrutar el momento. De pronto, entre sus cultivos de papa, aparecía un hombre vestido de blanco. Camisa, pantalón y poncho tan blancos que casi cegaban. Juan lo miraba y creía reconocerlo. La piel renegrida contrastaba con la ropa inmaculada. Antes de que él pudiera pararse para saludar al visitante, el hombre ya estaba frente a él extendiéndole la mano como para darle algo. Juan no entendía hasta que el hombre le hacía un ademán de que reciba. Entonces alargaba las manos juntas y del puño del misterioso hombre empezaban a caer granos de maíz dorado. Muy pronto las manos de Juan se llenaban y los granos empezaban a caer al suelo. Él no sabía que hacer. Pensaba retirar las manos, sin embargo de ninguna manera podía ser tan descortés. Quería gritarle que ya era suficiente, no obstante le preocupaba que el señor ese se ofendiera. Una pirámide empezó a formarse a los pies de Juan que seguía con las manos extendidas y la boca abierta. Entonces se asustó. ¿Qué clase de magia era esa? ¿De donde salía tanto maíz? El hombre miró el rostro incrédulo y empezó a reír con una voz portentosa. Cuando Juan levantó la vista para ver el origen de tanta abundancia se despertó. 

No era la primera vez que tenía el sueño. Lo tuvo desde la noche en la que murió su papá. Tenía apenas ocho años. Su madre había muerto en su nacimiento. Eso lo había marcado en la comunidad. Los otros niños se referían a él como el Matamadres. La abuela había sustituido con éxito los cuidados maternos; incluso se había excedido como lo hacen todas las abuelas. Con la muerte de su yerno no fue posible continuar con los mimos. Estaba muy vieja como para hacerse cargo de la granja, los trabajos agrícolas y el cuidado de los animales. No les quedó otra salida que separarse. Juan se fue a vivir con un tío y la abuela con la nieta mayor que ya estaba casada. 

El tío tenía una numerosa familia. No le gustaba la idea de tener una boca más pero cuando se dio cuenta que además se apropiaría de los terrenos del hermano fallecido, aceptó con hipócrita alegría al nuevo miembro. Las obligaciones de Juan empezaban muy temprano. Se levantaba mucho antes que el resto de la familia para empezar sus labores: Encender la cocina a leña, llevar la alfalfa al corral de las vacas, ir a la acequia con dos baldes para llenar de agua el pequeño turril al lado de la cocina. Este último era el trabajo más duro. Tenía que hacer al menos tres viajes. Cuando llegaba a la casa después del tercer acarreo, todos estaban ya desayunando. Nunca le faltó comida pero a cambio se vio obligado a dejar la escuela. Cuando terminaba las labores de la casa, tenía que llevar las ovejas a pastar. Esa era la actividad que más le gustaba. A pesar de que extrañaba la escuela, la severidad de los maestros y los juegos con otros niños, al menos no estaba bajo la mirada desdeñosa e inquietante del tío. 

Pasaron varios años en los que la situación de Juan no cambió. Observando a sus primos que aprendían muchas cosas en la escuela, un día se animó a pedir que le dejaran asistir.

—¿Y quién me va a pagar la comida que tragas? —le dijo— ¿Y la ropa que te pones? ¿Crees que cae del cielo? ¿Qué crece en los árboles?

Lo miró con tristeza. No había pensado en eso.

—Tienes suerte de que te hayamos recibido en mi casa. ¿Qué hubiera sido de ti? No necesitas ir a la escuela. Ya tienes trabajo aquí.

Con resignación volvió a sus labores. 

El sueño del hombre vestido de blanco se repetía y cada vez Juan sentía como si fuera la primera vez. No le contaba a nadie al respecto. Solo pensaba en él e intentaba descifrar su significado. 

A sus catorce años la comunidad de Pinaya, donde vivía, entró en un frenesí que nunca nadie había visto. Uno de los comuneros había descubierto oro en las laderas rocosas de la montaña. Todos estuvieron de acuerdo con organizar una cooperativa para explotar la veta dorada. La gente no hablaba de otra cosa, aunque no tenían ni idea de lo que implicaba el trabajo de minería. Algunos habían escuchado o visto algo en viajes que habían hecho por otros rincones de la cordillera y sólo con eso se daban aires de expertos. Todos los domingos, en vez de organizar el trabajo comunal, lo dedicaban a hablar de la mina como si fuera ya una realidad. Soñaban despiertos y hablaban de todo lo que se comprarían: toros sementales de raza, ovejas merino, perros de raza pastor alemán para cuidarlas. Dejarían la agricultura a un lado y, sobretodo, se comprarían una camioneta Toyota doble tracción. 

Pasaron meses antes de que pudieran llegar a acuerdos y organizarse. Una tarde, muy solemnemente, fundaron la Cooperativa Aurífera Santiago Socavón del Illimani. Contrataron banda, cocinaron lechón al horno, bailaron y se emborracharon como manda la costumbre en cada acontecimiento social. Para bendecir el emprendimiento contrataron al yatiri (chamán) más reconocido de la zona. Él se encargó de hacer las ofrendas respectivas a la madre tierra y al monte Illimani, El Resplandeciente. Preparó una mesa con amuletos hechos de azúcar, fetiches de lana, símbolos de buena fortuna, dulces de colores, incienso y un gran feto de llama. Invocó a los dioses de las montañas, le prendió fuego a todo y esperó a que se consumiera para luego leer el futuro en las cenizas. Mientras tanto las rondas de alcohol ya habían elevado los espíritus de los presentes a tal grado que hablaban a los gritos, nadie se entendía y sin embargo todos reían a carcajadas. Algo vio el yatiri en las cenizas que se puso muy serio. Uno de los menos bebidos se acercó para preguntarle si todo estaba bien. El chamán se quedó un momento pensativo como buscando las palabras que quería decir y decidió no dar las malas nuevas. Cometió ese error en otras ocasiones y solo había servido para que lo acusaran de agorero o incluso de envidioso y tuviera que salir corriendo entre los borrachos agresivos. Además, no había nada que se pudiera hacer contra lo que estaba destinado ya. Rápidamente preparó sus cosas y se dispuso a volver a su valle. En eso se le acercó Juan.

—Tata, ¿será que puede ayudarme? —dijo tímidamente— Pero no tengo con qué pagarle.

El chaman vio al niño con cara asustada y le sonrió. Así Juan pudo contarle el sueño que se le repetía desde hace varios años.

—Está clarísimo —le contestó—. El Illimani va a darte mucho oro. Vas a ser un hombre rico.

Se alegró al ver cómo la cara del niño se iluminaba con esperanza. 

A partir de esa declaración, Juan empezó a soñar con ser parte de la cooperativa. Cuando se lo comentó a algunos asociados se rieron de él.

—No tienes edad legal para ser miembro —le dijeron—. Tienes primero que hacer tu servicio militar. Solo después podrías pedir tu inclusión. 

Dentro de él empezaba a crecer una especie de rabia. No entendía porqué la vida lo había llevado al estado en el que estaba. Una vez le había preguntado al párroco que aparecía en Pinaya cada dos o tres meses y llevaba a cabo todas las ceremonias en unas horas; desde los bautizos, pasando por los matrimonios y terminando con las misas de difuntos. Le contestó que Dios tiene un plan para cada uno de nosotros y que no se puede cuestionar su criterio. La respuesta lo dejó aún más desconcertado porque no comprendía porqué si Dios lo amaba, como decía el cura, le hacía pasar tantas desdichas. Pensó entonces que tal vez no oraba lo suficiente. Asistía a las misas que ocurrían tres o cuatro veces al año y eso era todo. Se lo hizo saber al padre y este le enseño el Padre nuestro. 

Todas las noches antes de dormirse recitaba la plegaria con el pedido de ser incluido en la empresa. La respuesta que le llegó no fue la esperada. Si bien entró a trabajar en la mina, no lo hizo como miembro de la cooperativa. El tío lo nombró su suplente para realizar los trabajos. Tuvo que dejar la casa y se fue a vivir al campamento improvisado en las alturas. La temperatura era bastante más baja y las primeras noches no pudo dormir por el frío. Todo el día tenía que estar cargando rocas de un lado a otro para construir las instalaciones. Cuando terminaron las habitaciones que les servirían de dormitorios, empezaron a perforar la roca a mano. 

El martillo era tan pesado que apenas si podía levantarlo. Para pegar un golpe en el cincel tenía que balancearlo hasta que tomara altura y así poder descargar la fuerza suficiente para perforar la roca. Al final de las larguísimas jornadas terminaba con el cuerpo totalmente adolorido y con un hambre tan insaciable que a veces pensaba que su estómago se estaba comiendo sus otros órganos. El tío venia de vez en cuando para mostrar su cara a los otros copropietarios y controlar que Juan estuviera haciendo un buen trabajo. 

Pasó un mes sin que el yacimiento les diera nada. Varios socios estaban ya pensando que sus sueños de riqueza y bienestar eran otra de tantas ilusiones; hasta que una mañana se escucharon gritos de júbilo. Habían encontrado un pedazo de cuarzo con una pepa de oro incrustada del tamaño de una aceituna. Los ánimos se levantaron. Se acusaron unos a otros de pesimistas y cada uno se declaró ser el que había encontrado la roca. Todos se juntaron en la especie de patio central que formaban los cuartos que habían construido y admirando la pepita decidieron que al ser la primera tendrían que celebrarlo. Habían estado esperando ese momento, pero a nadie se le había pasado por la mente lo que la tradición manda. Aparte de dos botellas de aguardiente, no tenían con qué celebrar como se debe. Habría que bajar al pueblo a comprar varias cajas de cerveza. Nadie quería a hacer la caminata cuando ya estaba empezando el festejo. Entonces de manera unánime decidieron mandar a Juan que de todas maneras era muy joven para beber. 

Él se alegró de tener la oportunidad de alejarse de aquel lugar y de aquellas personas. Aunque solo sea por unas horas. Extrañaba el calor húmedo del valle y sin protestar se dispuso de muy buena gana. Salió montaña abajo mientras el resto de los socios empezaba a brindar con el pisco. 

Los hombres rápidamente terminaron la primera botella y empezaron alegres a abrir la segunda. Uno de ellos sacó unos cuantos fulminantes para hacerlos detonar como si fueran fuegos artificiales. Les ponía una mecha corta, la encendía y lanzaba al aire con todas sus fuerzas. La explosión se repetía en el eco de la montaña, resonaba por las quebradas y parecía estremecer los glaciares. Uno de los que ya estaba bien entonado pidió un fulminante para demostrar que él podía lanzarlo más alto que nadie. Le falló la demostración. Se tropezó al instante de soltar el explosivo y el detonador cayó sobre las cajas apiladas de dinamita. 

Juan estaba saliendo de casa con un burro para cargarlo con los fardos de cerveza. Su apoderado emocionado salía con él para subir directamente a la mina y empezar a festejar el hallazgo. En ese instante escucharon la explosión. El estruendo resonó en todo el valle. Los perros empezaron a ladrar al unísono y las mujeres salieron de sus casas para mirar hacia la montaña. Juan se quedó paralizado mirando al tío.

—Ya están festejando. Están lanzando petardos —dijo inseguro y lo mandó a comprar las cervezas. Él subió a la mina. 

El niño se sorprendió al volver con el burrito cargado. En principio no pudo encontrar el lugar. Creyó que se había desviado y que estaba en otra quebrada. Luego encontró a su tío sentado al borde de un cráter, mirando el vacío, llorando en silencio. El campamento, los mineros y sus sueños se habían esfumado. 

Las cosas se pusieron muy tensas en casa. El tío, amargado, descargó su frustración en Juan. De alguna manera retorcida lo culpaba por el accidente. Sobre todo cuando estaba borracho. Empezaba a beber el viernes y no paraba hasta la madrugada del lunes. El muchacho intentaba desaparecer esos días para no encontrarse con el ebrio. Intuía que tarde o temprano terminaría en pelea. Todos los fines de semana partía a la alta montaña y recorría las quebradas y crestas de las morrenas buscando el oro que el yatiri le había dicho que el Illimani le daría. Se imaginaba que descubriría un tesoro enterrado por los incas, o por los españoles y que sería rico instantáneamente. O tal vez encontraría un bolsón de pepas de oro. No le contaría a nadie y sin decir nada se iría a la ciudad donde tendría una vida de lujos y alegría. 

Un domingo, volviendo de la montaña, se encontró con una celebración en medio de su camino. Él nunca era invitado a las fiestas como sus primos. Él hacía como si no le importara, pero en el fondo le dolía ser un descastado, un don nadie. Quiso darse media vuelta y buscar otro camino, pero lo pensó mejor y decidió pasar por el medio con cara de orgullo. En eso estaba cuando escuchó la voz del tío insinuando a gritos que Juan tenía algo que ver con la explosión que terminó con los sueños de grandeza de la comunidad. Se acercó al grupo donde el acusador estaba vociferando mientras todos lo observaban sorprendidos.

—¡Eres un mentiroso de mierda! —gritó Juan con rabia.

El hombre sorprendido se dio media vuelta y recibió tal puñetazo que cayo en seco inconsciente. La gente empezó a murmurar y Juan los miró desafiante con las manos en puño. Nadie le dijo nada. En ese momento se dio cuenta que ya no podría vivir allí. Fue a su cuarto, tomó sus pocas pertenencias, entró en la habitación del tío, buscó la pequeña lata donde guardaba sus billetes, tomó unos cuantos y partió a la ciudad. 

Tenía dieciséis años cuando llego a La Paz. Se sintió abrumado por la cantidad de gente y vehículos, por el ruido y altos los edificios. El poco dinero que había sustraído se le acabó ese día. La primera noche la pasó en la calle. No pudo dormir casi nada. Estaba acostumbrado a la oscuridad y en la ciudad todos los rincones estaban iluminados. Se acurrucó en un callejón y esperó el amanecer. Pensó toda la noche buscando una salida para su situación. Al amanecer le venció el cansancio y se durmió. No soñó con el hombre de blanco pero, al abrir los ojos, le llegó la idea de presentarse al servicio militar. No tenía la edad requerida, sin embargo, no sería un problema porque tampoco existía ningún documento que demostrara lo contrario. Había escuchado hablar de los Colorados. El regimiento que era la escolta presidencial y que, hace como cien años, había tenido una actuación singular en la guerra contra Chile. Preguntando llegó al cuartel. Parecía que su suerte estaba cambiando porque justamente era la semana de reclutamiento. Llenó como pudo el formulario y lo entregó al teniente que estaba a cargo. Era bastante frecuente que los jóvenes que venían del área rural no tuvieran documentos. Le aceptaron nada más por su buen físico. 

El ejército le gustó. Estaba acostumbrado a los malos tratos y a la vida austera. Se sintió tan bien que al cabo del año obligatorio pidió quedarse otro año más. Estaba pensando en continuar la carrera militar pero, él no había completado ni siquiera la primaria. A pesar de eso, era tan buen soldado que el comandante prometió ayudarle para que lo aceptaran en la escuela de suboficiales. A finales del segundo año el destino lo llevó por donde nunca se había imaginado. El país estaba convulsionado y hace más de dos semanas había huelga general. Una mañana los levantaron muy temprano y les dieron un discurso donde les aseguraron que la patria estaba en peligro; que fuerzas oscuras extranjeras querían convertir al país en un infierno comunista sin patria y sin Dios; que solo ellos podrían salvar a la república y que se esperaba que cumplieran su deber. 

Los llevaron a las calles de la ciudad y les ordenaron parapetarse para combate. Una gran multitud empezó a reunirse y luego comenzaron a cantar y gritar arengas que pronto se convirtieron en insultos. La policía intentó en vano dispersar con gases lacrimógenos. Entonces empezaron a lanzar piedras en tal cantidad que los policías se retiraron cargando a sus heridos. En ese instante llegaron muy cerca de los soldados un par de bombas molotov. Era la provocación que estaban esperando. Les ordenaron disparar. Juan se quedó paralizado al escuchar las órdenes. Nunca se había imaginado que tendría que matar a alguien. Un teniente le apuntó a la cara mientras le gritaba que tenía que disparar. Levantó el rifle, bajó el seguro y disparó sin apuntar porque las lágrimas no le dejaban ver bien. 

Una hora más tarde tuvieron que cargar los cadáveres en camiones que partían con rumbo desconocido. Juan lloró en silencio todas las noches hasta que lo licenciaron y se vio de nuevo en la calle sin tener a donde ir. Sin despedirse y sin mirar atrás salió del cuartel. Deambuló por la ciudad. Había cumplido con el rito de paso que marca la transición de la niñez a la vida adulta. En las zonas rurales de los Andes, las familias reciben orgullosas a sus hijos con gran fiesta cuando vuelven del servicio militar. Juan no tenía a nadie que le esperara y lo peor de todo era que no sentía ninguna satisfacción. 

Había ahorrado algunos billetes del dinero que recibía cada domingo que le daban libre. La noche que lo licenciaron entró en un bar y en vez de cenar pidió cerveza. No estaba acostumbrado a beber. Se emborrachó y armó una pelea. Los dueños del bar llamaron a la policía y Juan amaneció tras las rejas. A media mañana un policía intentó llenar una ficha con sus datos. La única identificación que poseía era la libreta militar; no tenía domicilio ni personas que pudieran ser sus garantes. El oficial le estudió por un par de minutos luego, decidió liberarlo sin ficharlo. Le aconsejó que volviera a su comunidad. 

Nadie se alegró de verlo de nuevo. La abuela que lo había mimado cuando era niño estaba bajo tierra hace ya más de un año. Cuando le pidió al tío que le devolviera las tierras de las cuales era heredero, se negó. Juan ya no era el pequeño niño desamparado. Las palabras se convirtieron en gritos y a poco en golpes. Apenas los separaron. Esa misma noche se reunieron los ancianos y los dirigentes de la comunidad para resolver el problema. El tío alegó que Juan le debía mucho por haberlo criado tantos años. «Lo he criado como a mi hijo. Y lo único que he recibido son golpes de este ingrato». 

Los ancianos decidieron que el tío tendría que devolver los terrenos, sin embargo Juan tendría que pagar la deuda. Podía volver a la casa paterna pero no sembrar ni cosechar. Por primera vez en su vida se sintió satisfecho a pesar de que todavía tenía muchas necesidades. Al no tener tierra, lo único que se le ocurrió hacer fue convertirse en cazador. La piel y la carne de las vizcachas se pagaban bastante bien en el valle bajo. El problema era que no tenía armas. Se acordó entonces de los manifestantes en la ciudad. Muchos de ellos lanzaron piedras y bombas molotov con ondas. 

Pasó mas de una semana intentado acertar a los escurridizos animales. Si bien se había destacado en tiro al blanco en el ejército; era muy difícil lograr la puntería necesaria para darle a un pequeño animal en movimiento. Una mañana que andaba buscando nuevos escondites de vizcachas se encontró con un grupo de extranjeros. Vestían ropas coloridas, botas extrañas y cargaban mochilas enormes. Uno de ellos, el que parecía ser el jefe, le saludo.

—Buenos días, señor agricultor.

Juan apenas respondió porque por su mente pasaban docenas de ideas en las que intentaba encontrar las razones por las que esos coloridos señores estuvieran allí. ¿Estarían buscando oro? Esa idea no le gustó para nada.

—¿Podría usted ayudarnos? Vamos a pagarle.

No podía hilar muy bien sus ideas. Estaba tan sorprendido que no encontraba palabras para responder. Los extranjeros se miraron unos a otros, se encogieron de hombros y continuaron subiendo la montaña. Finalmente Juan reaccionó.

—¿A dónde van?

El hombre que le había hablado le respondió.

—Vamos a subir a la cumbre del Illimani.

—¿Y cuál es el motivo? —preguntó tímidamente, casi en susurro.

—Queremos ver como se ve desde allá arriba —respondió entre risitas.

Juan pensó que esa era una broma muy mala. Sin duda alguna tendrían un motivo mucho más importante. No podía permitir que encontraran el tesoro que le estaba destinado.

—¿Puedo acompañarles?

—¡Por supuesto! Y si nos ayudas con la carga te podemos pagar.

Mientras preparaban una mochila para él, el hombre se presentó como Alain. Le dijo que era guía de montaña y que su trabajo consistía en llevar turistas a las cumbres de las montañas. Al Illimani subía al menos una docena de veces al año y necesitaba alguien que le ayudara cargando las carpas, los utensilios de cocina y la comida. Juan no supo darle un precio por ese trabajo. Cuando le dieron la mochila, él la levantó con una mano.

—¿Esto no más? —Toda su vida había cargado al menos el doble.

—¿Te parece liviano? —preguntó sorprendido mirando a sus clientes—. Podemos darte algo más.

Los turistas le pasaron varios instrumentos que nunca había visto y siguió sopesando la carga con una sola mano. Aumentaron entonces otras bolsas y al final la carga se hizo tan voluminosa que Juan se perdía en ella. A la distancia solo se observaba un gran bulto con dos pequeños pies. 

Subieron por las morrenas para tomar una cresta rocosa la cual continuaron hasta un rellano al lado de pendientes heladas y glaciares. Allí los extranjeros hicieron su campamento. Se sentó en una roca a observarlos. Al terminar Alain se sentó a su lado.

—Mañana iremos a la cumbre y volveremos aquí. Pasado bajaremos. ¿Puedes volver a ayudarnos a bajar?

—¿Subirán hasta la punta?

—Sí —le contestó con una sonrisa que no supo interpretar si era broma o confianza.

—¿Y para qué?

—Ya te lo dije. Ese es mi trabajo y ellos quieren luego contar a sus amigos y sacarse fotos.

Juan asintió con amabilidad pensando en que no era el único que buscaba tesoros en la montaña y que seguramente los extranjeros pensaban que él era un tonto para darle ese tipo de explicaciones.

—Entonces vuelvo en dos días.

Alain se alegró, metió la mano al bolsillo y ante la incredulidad de Juan le entregó un fajo de billetes. No los quiso contar en ese momento, primero por educación y segundo porque pensó que tal vez se había equivocado y podría arrepentirse y pedirle que le devuelva una parte. Entonces con el dinero en la mano se levantó rápidamente, se despidió y salió casi corriendo montaña abajo. Cuando estuvo seguro que estaba fuera de vista se sentó y contó los billetes. ¡Nunca había tenido tanto dinero entre sus dedos! 

A los dos días llegó al campamento poco después de la madrugada. Los extranjeros estaban todavía durmiendo en sus carpas. Le invitaron desayuno y él les ayudó a empacar y distribuir la carga. Se alegró de no ver ningún tesoro escondido entre las cosas. Bajaron hasta el camino donde llegó un vehículo a buscarlos. Para sorpresa de Juan, Alain le entregó otro fajo de billetes, le dijo que ese año haría al menos diez viajes más y le entregó un papel con las fechas.

—¿Tenemos una sociedad? —le dijo estirando la mano.

Juan se la estrechó y con una sonrisa que no tenía desde que era niño le confirmó que eran socios. 

El final de ese invierno, Juan no solo reunió la cantidad suficiente para recuperar sus tierras, sino también para comprar semillas. Una tarde, cuando las plantas de papa ya estaban crecidas, salió de su casa y tuvo la sensación de haber vivido ya esos momentos. El sol se ponía en el horizonte y el mundo a su alrededor tomaba un color cálido. Se sentó en la banca al lado de la puerta. De pronto miró hacia sus cultivos de papa y creyó ver algo. Se levantó de golpe con el corazón en las manos, pensando en el sueño de su juventud; pero no había nada. Nadie lo visitó ese día. Dirigió la vista hacia el Illimani y le sonrió con agradecimiento.

viernes, 30 de octubre de 2020

Seducción

Constanza Aimola


Vivir para esta psiquiatra se había vuelto insoportable. Adriana trabajó sin parar durante quince años, no tomó vacaciones, se alejó de sus amigos, terminó con su novio y no volvió a tener pareja. Se internó totalmente en su trabajo, lo que hizo que se acreditara como una gran profesional, escribió libros, hizo varias publicaciones en revistas y páginas web de psiquiatría, también acumuló dinero.

En la universidad fue imposible que lograra trabajar en la autoreferencia, que es lo que les permite a los profesionales de la salud mental no involucrarse con los problemas que sufren sus pacientes, básicamente por su carácter. Sus profesores varias veces, especialmente mientras cursaba las prácticas del área clínica, le recomendaron que se dedicara a ejercer algún rol que no tuviera que ver con el contacto directo con los pacientes, ya que salía afectada después de las intervenciones, incluso lloraba varios días, discutía con amigos o su pareja como si ellos tuvieran la culpa de las acciones de sus pacientes y su vida personal y amorosa se volvía un caos.

Contra todas las recomendaciones y predicciones y después de haber tratado de mantenerse en algunos trabajos diferentes a la intervención clínica, se inició en un consultorio personal que instaló, en una ciudad diferente a la que creció y estudió. Preparó todo como siempre lo había soñado, colgó su nombre en la puerta, Adriana Contreras y empezó a atender pacientes con un éxito que se mantuvo en ascenso.

Utilizaba una técnica que llamaba interacción cotidiana del yo, que consistía en involucrarse en la vida de sus pacientes y hacer intervención directa involucrándose de lleno en sus vidas, ocupando un papel importante en la historia que estaban viviendo, esto hacía que los casos se resolvieran más rápido de lo normal, sin embargo, hizo que se afectara poco a poco y su psique fuera tomando algunos aspectos de las problemáticas de sus pacientes, hasta llegar al punto de padecer de múltiples trastornos.

Sufría de depresión, constantes miedos e inseguridades, tal como Óscar uno de sus pacientes, desarrolló síntomas obsesivo-compulsivos. Estaba excesivamente preocupada por las reglas, el orden y por mantener el control. Aunque era exitosa en su profesión y cuando tenía contacto social no podía pasar desapercibida, siempre terminaba deshaciendo sus relaciones, ya que no soportaba que alguien interfiriera en sus conductas rígidas o quisiera ponerse en su lugar. Esto no era algo que pudiera expresar abiertamente, por lo que se dedicaba a hacerle la vida imposible a los otros sin dejar de mostrar una cara amable y como los demás podían o no interpretar adecuadamente estos actos como señales para mostrar su inconformidad o lo que quería que cambiaran, con frecuencia sufría fuertes ataques de ansiedad acompañados de un sentimiento profundo de frustración.

Tenía problemas para expresar lo que sentía, por lo cual empezó a desatar una furia interior que se transformó en un trastorno similar al de Sandra, una mujer de casi cuarenta años, encantadora y manipuladora, que con frecuencia adulaba a las personas con las que se relacionaba quienes, por generar empatía con ella, lograban pasar los errores que cometía, incluso la ley la perdonaba cuando quebrantaba las normas, ya que no era una mujer que igual que su psiquiatra tuviera el prototipo de un antisocial.

Mentir, robar como entretenimiento, pelear, consumir drogas y más aún tener estas conductas sin remordimiento, fueron algunas de las acciones de las que se apropió mientras realizaba intervenciones vivenciales con Sandra. Con la disculpa de que así podría entender a la paciente y la terapia tener un mejor efecto, se hizo su amiga, se trasladó a vivir a su casa y dejó salir su lado oscuro, imitando los más aberrantes comportamientos de su paciente, lo que nadie podría creer debido a que no se veía físicamente como una persona antisocial.

Era difícil salir de cada caso, sin embargo, lo que la arrojaba fuera de estos, era su incapacidad de ser la protagonista, igual que una voz que zumbaba en su cabeza desde niña, que la invitaba a tomar el camino correcto, por lo que una vez inmersa en la dinámica de cada paciente, les mostraba lo nocivo que era y alternativas que podrían sacarlos de allí y continuaba su camino a por otro caso.

Aceptó un caso que le remitió un viejo paciente que no frecuentaba hace un tiempo, era Ximena, una mujer atractiva y seductora, que se preocupaba en exceso por su apariencia física, era tan encantadora que terminó haciéndole probar su lado lésbico. Fue inevitable desearla cuando olía su perfume, veía sus piernas metidas en unas finas medias de seda color piel y cuando las movía lentamente cruzadas una sobre la otra. Tenía una voz algo ronca y siempre con tono bajo, lo que hacía que Adriana pusiera toda su atención para captar lo que decía.

Digamos que babeaba mentalmente con su forma de contar historias, le narraba con detalle lo difícil que era la adicción al sexo, aunque pareciera que lo disfrutaba. El consultorio se convertía en un cálido confesionario de luz tenue cada vez que Ximena asistía a terapia y desde que veía agendada la cita en su calendario le sudaban las manos y palpitaba muy rápido su corazón.

Después de algo más de seis sesiones no lo pudo evitar más y se aproximó tanto que se besaron. Ese día todo fue confuso, había pensado en sentarse detrás del escritorio para poner una barrera entre ella y Ximena, subir las luces y así, hacer cosas que le recordaran durante la sesión que debía guardar la cordura, sin embargo, terminó haciendo todo lo contrario, estaba realmente impactada por esta mujer, en cambio de hacer esto y a medida que continuaba con la sesión empezó a bajar las luces, prender una vela, ofrecerle un café, luego un vino, morirse de risa junto con ella y sentarse a su lado sobre un cómodo diván.

Durante el beso varias cosas pasaban por su cabeza, lo disfrutaba más que nunca, tenía miedo, sabía que cometía un error, se justificaba a ella misma diciéndose que era parte consciente de la terapia, que tenía que hacerlo, que no quería, en fin, una pelea entre lo que debería y quería hacer.

Finalmente, Ximena se puso en pie, le dio una vuelta a su cuello y se lo tomó con ambas manos, luego se acomodó el sostén y puso una mano entre su blusa para frotarse el hombro como si le doliera. Se quedó mirándola fijamente, se tomó sin parar lo que le quedaba de vino y le dijo que se verían la próxima semana para la siguiente sesión.

En este momento como siempre acostumbraba en su vida, había tomado el control. Ella ponía las reglas, era Ximena quién decidía cuándo empezaba y cuándo terminaba la terapia, le escribía, la llamaba, la citaba y plantaba, se apropió de su vida, gustos, la frecuentaba cuando quería, la tenía dispuesta siempre para tener sexo y se marchaba muchas veces sin despedirse cuando lo creía conveniente.

Con frecuencia Adriana revisaba sus notas e intentaba ya visiblemente cambiada, con los nervios alterados, volver a ocupar su rol de terapeuta e intentar ponerse fuera de la relación que la estaba consumiendo para sentir que tomaba el control, aunque sabía que no podría, que ya era tarde, que esta vez realmente se había enamorado.

Una tarde Ximena la citó en su apartamento, estaba ebria, parecía que había estado bebiendo toda la tarde ya que había varias botellas de vino de diferentes clases en varios lugares de la casa. Tenía puesta una bata de seda color crema, casi completamente abierta que dejaba ver que no tenía ropa interior. Olía a cigarrillo y había dos puestos de platos sobre la mesa con restos de pasta y salsa roja.

Estaba algo diferente, casi no sonreía y no dejó que la besara al saludarla. Le dijo que tenía que dejarla, estaba en medio de una negociación y debía hacer todo lo posible para que un mafioso creyera que era su novia y debido a que era muy analítico y celoso no podía ver que la estaba frecuentando. Tenía que impostar una vida totalmente distinta que no incluía citas para tener terapia, así que tampoco seguiría con las sesiones.

Diciendo estas palabras la tomó suavemente del brazo y caminando la llevó hacia la puerta. Le dijo que nunca la olvidaría porque se había divertido mucho a su lado y cuando Adriana se disponía a pedir explicación y antes de que girara cerró la puerta.

Adriana enloqueció, golpeó la puerta hasta cansarse, las esquinas de su puño estaban sangrando, gritó y lloró hasta que le dolió la garganta y aun así Ximena nunca le abrió. Cuando llegó a su casa siguió llorando por varios días y no podía dejar de oler las sábanas, el pijama que dejó en la canasta de la ropa sucia la última vez, empezó a usar el cepillo de dientes que le había comprado para que utilizara cuando se quedara en su casa, en fin, estaba enloqueciendo solo con su recuerdo.

Pasaron varios días y finalmente volvió al consultorio, le pidió a su secretaria que le agendara citas, pagó las facturas pendientes, empezó a comer a horas y retomar los pacientes.

Siendo las cuatro de la tarde de un miércoles del mes de septiembre, revisó sus pendientes y vio que le programaron una cita a las seis de ese mismo día, que era la última hora que tenía dispuesta para ver pacientes. Leonardo D´impostano, le causó intriga y le atrajo el nombre, lo buscó en internet y el hombre que encontró era un prestigioso empresario de padres italianos que se dedicaba a la industria de la confección de ropa y accesorios en cuero. Era el gerente de una sólida empresa familiar en Chile desde hacía cincuenta años.

Llegó puntual a la sesión con un séquito de guardaespaldas. Era alto y robusto, con el pelo muy negro y de apariencia mojado peinado hacia atrás. Vestía completamente de negro, chaqueta de cuero, camisa de seda y pantalón de paño. Los zapatos brillaban y lucían impecables, durante un largo rato y aún sentado, permaneció con las manos dentro de los bolsillos del pantalón. Apestaba a loción de la que se aplican los hombres después de afeitarse la barba y tenía una horrenda costumbre de hacer sonar su boca mientras chupaba su colmillo derecho.

Adriana sabía que su cara no disimulaba la incomodidad y el asco, este hombre estaba lejos de ser una persona agradable. Iba porque quería terapia de pareja y le contó algunas cosas que no eran relevantes y le daba vuelta y esquivaba las preguntas que le hacía Adriana.

Leonardo terminó una breve conversación de veinte minutos en lugar de una hora que se demoraba esta primera cita usualmente diciéndole que podía rechazar el caso, ya que sabía que era una persona complicada, pero que si accedía a tratarlo iba a tener siempre un reconocimiento y su respeto, mientras pronunciaba las últimas palabras le tiró un fajo de billetes sobre el escritorio, abrió la puerta, le hizo un gesto con la boca a uno de los guardaespaldas y se retiró sin voltear.

Algo atemorizada y todavía con miles de preguntas en la cabeza, Adriana repasaba lo que había escrito, revisaba información en internet y pensaba en que se metería en evidente problema cuando decidiera ser la terapeuta de este hombre que más tenía cara de mafioso y matón que de empresario.

Esa noche no logró conciliar el sueño, le pidió a Dios que la iluminara, consultó varios temas en línea y revisó la biografía de algunos colegas que habían sido los médicos de la mafia, bueno de los que había historia y que al parecer fueron los que aceptaron trabajar como terapeutas, no había evidencia de alguien que se hubiese negado y sentía que su vida estaría en peligro si tenía la osadía de rechazarlo.

Al finalizar la semana decidió ir al cine y saliendo a eso de las nueve de la noche una camioneta la interceptó y cuando se abrió la puerta estaba Leonardo acompañado de una mujer que hablaba por celular volteada hacia la ventana. Le guiñó el ojo y sonrió de lado como pidiéndole que subiera, Adriana lo hizo. Era muy bajita y delgada y cuando Leonardo la ayudó a subir sintió que la elevaba hasta el interior de la camioneta. Le preguntó acerca de la fecha en que empezarían a trabajar y cuando nerviosamente le contestó que le parecía bien desde el otro día y cada lunes de las semanas que venían, se giró la mujer que terminó la llamada y era Ximena. Se la presentó y Ximena sonrió y le dio la mano, ninguna de las dos dijo algo.

Bajó de la camioneta y todavía se sentía desorientada, no sabía que había pasado, tal vez era coincidencia o quizá se lo había sugerido Ximena. Estaba muy confundida y sabía que nuevamente pertenecía a la vida de esa mujer que tanto la hizo sufrir, pero también que tal vez realmente la quería y que esta era una estrategia para volver a estar a su lado.

Las emociones se confundían, no podía dejar de asustarse, pero también moría de pánico porque no sabía lo que Ximena planeaba y cuál sería el desenlace de esta historia.

Dicen que la sensación de la incertidumbre es la peor y Adriana lo vivía intensamente, hasta que llegó el día. Se vistió con una blusa color palo de rosa con los botones ligeramente abiertos y una falda negra en tubo con una abertura al lado que dejaba ver sus muslos cuando cruzaba la pierna. En esta ocasión tampoco se sentó detrás del escritorio se sentó en una cómoda poltrona confortable de dos brazos en la que se sentía segura, se puso las gafas y se dispuso a escuchar. Ximena hablaba tan confiada y tranquila como siempre con un vestido rojo cereza y la boca pintada del mismo color, narraba su opinión acerca de la historia, le tomaba la mano y acariciaba el cuello de Leonardo y le coqueteaba descaradamente.

Después de un rato de escuchar el motivo de consulta hizo un par de preguntas de rigor y les pidió que pensaran la respuesta hasta el siguiente encuentro. Se levantó, caminó hasta detrás del escritorio, se sirvió un vaso de agua y se puso a mirar por la ventana sin voltear. A Ximena y Leonardo no les quedó más que levantarse y salir, no sin antes dejar el dinero en efectivo de la consulta. Adriana no respondió las palabras de despedida.

La pareja asistió a consulta el lunes de cada semana, en total doce sesiones y luego sin más y cuando Adriana pensaba que estaban teniendo avances, dejaron de asistir. Dentro del código terapéutico es improbable que se tenga contacto con los pacientes para preguntar la razón de que no agenden más citas o las incumplan, por lo que no lo hizo, simplemente siguió con su vida, aunque pensaba a Ximena seguido y le hacía falta, aunque fuera para hablar de la vida de fachada que en su concepto estaba llevando con Leonardo.

Una noche, después de varios meses, Ximena llegó bastante alterada y golpeada, con la cara ensangrentada al apartamento de Adriana. Cuando abrió la puerta le costó reconocerla con gafas negras y el pelo teñido de oscuro. Estaba muy delgada y entre sollozos le pidió que le permitiera entrar.

Le contó que había tenido algo que ver con uno de los guardaespaldas de Leonardo quien la encontró en la cama de un hotel cuando pensaba que se había ido a Milán a negociar unos insumos para la fábrica. Ella había logrado escapar escondiéndose y hablando con un grupo de hombres que estaba en el recibidor del hotel, después de que mató al guardaespaldas frente a ella estaba aterrada y la adrenalina le permitió correr entre callejones sin parar. Logró perderlo, pero tenía muchos contactos, ojos en todas partes como él solía asegurar, así que la encontró y la torturó por varias horas, le dijo que por infiel pagaría muriendo poco a poco y mientras decía esto los demás hombres que trabajaban para él le dispararon, todos se unieron y lo traicionaron después de que se enteraron que mató a su amigo. Al unísono dispararon sus armas acribillándolo y le permitieron escapar. La casa de Adriana era el único lugar al que podía acudir, después de matar a estas personas seguro los de más arriba y todos los matones que tenía varios países del mundo la estarían persiguiendo, ya que era la única persona adicional a este cerrado grupo de esta reunión. Su historia era tan creíble, que Adriana la curó, la dejó vivir en su casa, hicieron planes, siguieron viviendo juntas y se hicieron pareja sin miedo a lo que todo el mundo pensara.

Ya había pasado algo más de un año y era navidad, Adriana anunció su visita a casa de los padres en la que creció en España, estando allí de sorpresa presentó a Ximena, todos felices la recibieron y tomaron bien la noticia de que eran pareja. Las cosas marchaban perfecto hasta que llegó su hermana Ema a quien no veía hacía varios años, habían tenido una discusión que las mantenía separadas, ahora Ema tenía una familia, dos hijos y había madurado lo suficiente como para saludar a su hermana, darle un gran abrazo y hacer como si nada hubiera sucedido.

Ema se quitó el saco, puso su cartera en una silla, hizo lo mismo con los niños y finalmente se giró sonriendo y hablando con una copa en la mano y Adriana le presentó a Ximena. Cuando la vio tiró la copa y quedó muda. Ximena se anticipó y se presentó, le dio la mano mientras la de Ema permanecía fría y floja. Le repitió varias veces que era un accidente y que no pasaba nada y le ayudó a recoger los vidrios de la copa y a limpiar con una servilleta.

Ema le pidió a Adriana que la ayudara a limpiar su blusa que se manchó de vino y estando en el baño cerró con seguro la puerta y muy angustiada, pálida y llorando le dijo que esa mujer no se llamaba Ximena, su nombre era Janina Nowak, no era chilena sino polaca y que era una loca que hace más de diez años la había enamorado, robado y abandonado. Después de algunos años se enteró que había estado en la cárcel por trabajar con la mafia italiana, que era peligrosa y que tenía varias identidades. También le contó que hacía dos meses su esposo le había mostrado un periódico en donde la buscaban, le preguntó si esa era su amiga y ella la identificó, la estaban buscando en Milán por pertenecer a un cartel y haber matado a su novio, un prestigioso empresario del cuero en Chile.

viernes, 23 de octubre de 2020

Magdita y la inocencia

Víctor Purizaca


Magdita acomodó el vaso sobre la mesa de madera barnizada, solo quedaba la espuma de la cerveza. Eugenia arrancó la etiqueta de la Pilsen Callao y el papel encarrujado reposó en un cenicero vacío. Luego mientras se acomodaba el cabello lanzó una risita y vio de reojo dos viejos, encorbatados y malpeinados, que comían un enorme plato de mondonguito con un par de cucharas soperas. La música de Pedrito Otiniano inundaba todo el ambiente.

—Rodolfo ya no demora en llegar.

Eugenia guiña el ojo izquierdo a Magdita, golpeando con su dedo índice derecho el reloj de pulsera Casio.

—La última semana en Lima —añadió Magdita.

—Rodolfito se puso superinteresado cuando le conté lo tuyo con esos dos curas en Cajamarca, cuando tu mamá trabajaba cocinándoles, tus encuentros. Parecía periodista.

—Oye chola y ¿desde cuándo es tu enamorado? —señaló Magdita, sirviendo más cerveza y repletando el vaso impregnado de colorete rojo cereza.

—Desde hace dos meses, bueno, nos vemos cada dos semanas. Él solo para en la universidad y en el estudio de abogados de su papá. Nos conocimos en la casa de su tía Teresa.

—O sea donde trabajas cocinando, lavando ropa y…

—Sí, sí y besa rico —sentenció Eugenia.

—¡Salud! Ya me dio hambre. Hay que pedir algo. —Acabó con la rica cerveza en un santiamén—. ¿Estás segura que acá quiere vernos?

—Claro, Dante setecientos ochentaicuatro, Surquillo, es seguro, tranquilo. Queda cerca del estudio de abogados de su papá en La Calera. Becerra, López y Asociados. Cuando paso en el microbús siempre veo el aviso.

—Mira Eugenia, un lomo saltado con huevo frito sería bueno. Bien montadito como te gusta —Se acaricia el cabello y suelta una risa escandalosa.

Magdita usaba una blusa rosa, puños dorados y una falda corta, se dejaban ver unas contorneadas piernas blancas. Los dos caballeros que habían devorado su plato de mondonguito, miraban fijamente las piernas de la dama y se relamían y con el golpe de palmas llamaban al rechoncho mozo para pedir dos cervezas más. Magdita con sus deliciosas curvas, senos firmes, rostro radiante, lozano, ojos verdes y estando en Lima más de seis meses había aprendido a disimular su dejo y modo de hablar de San Marcos, Cajamarca. Labios rojos cerezos.

Eugenia era de Celendín y la había conocido un año antes en las fiestas de carnaval. A diferencia de Magdita era alta, el cabello oscuro, negro azabache, nariz aguileña y a pesar de usar perfumes Unique sus manos siempre olían a detergente y  ajo. Casi no descansaba en sus labores en la casa de la señora Teresita.

Golpes de palmas, el mozo llega. Las damas piden dos cervezas más y dos lomos saltados con huevo frito.

—Epa y no demore —sentencia Eugenia.

El domingo corría y Rodolfo no llegaba.

—¿Y tu mamá no dijo nada? —cuestiona Eugenia, sorbiendo medio vaso de cerveza—. La verdad que era una vergüenza.

—Cuando se enteró me mandó fuera de Cajamarca, donde una tía en Pacasmayo, mis hermanos tenían que comer. Era trabajo fijo, amiga.

—Magdita y Birsen te lo pidió en su casa…

—En la casa casi siempre y dos veces en la casa del prefecto, ese era un borracho.

—¿Te cuidaste?

Sedienta Eugenia de más detalles.

—Era Barsen, Barsen García, no Birsen Y él se cuidaba, lo hacía premeditado. Ya con Feliciano, el chotano, todo fue más natural, ¿te acuerdas de él?

—Claro que me acuerdo Magdita, te tumbaste a dos curas y posteriormente te enseriaste con Feliciano ¡salud, amiga!

—El viejo olía a queso y a Old Spice. Ja, no duraba nada. Pero luego llegó Félix, un hermano joven al colegio Cristo Rey. Con él si fue lindo. Era muy bien hablado hasta un libro de lenguaje había escrito, tenía un enorme lunar en la cara. Y Feliciano regresó a trabajar a Antamina, conoció a una chotana y se casó, colorín colorado… te acuerdas que tú me lo presentaste…

—No te quedas atrás con los curas arrechos y españoles —dijo Eugenia.

—Eran hermanos maristas —corrigió Magdita—. Te falta cultura católica.

—Hermanos, curas, pastores, la misma cojudez, cholita. Arrecho es arrecho.

—Hasta se pelearon por mí, te imaginas, mi mamá se enteró y llegó a oídos del hermano provincial que es el máximo… ¿entiendes, Eugenia? —afirmó Magdita.

—Y así terminaste en Pacasmayo con tu tía. Con quince años, en otro sitio más escandaloso hubieran terminado en la cárcel.

Dos platos humeantes que traía el mozo reposaron en la mesa y pidieron ají limo cortado en trozos para acompañar. Un gran bocado de lomo saltado era ya saboreado por Magdita. Eugenia tomó un sorbo de su vaso de cerveza y vio sorprendida como los dos hombres que ya habían terminado de comer se abalanzaban sobre ella.

—Amiga las acompañamos. —Se acomodaba la corbata el más maloliente.

—Fuera, fuera, estamos esperando a nuestros enamorados. —Se puso en pie Eugenia con la mirada amenazadora—.  Si te ven parado acá van a reventarte.

Avergonzado hizo un ademán a su amigo y señaló al mozo la mesa donde habían estado, el dinero de la cuenta. El otro hombre más despeinado soltó a media voz: «Serranas de mierda». Abandonaron el recinto de comer siendo ignorados por las dos féminas. Eugenia ya se había sentado nuevamente.

—Todo, todo eso que has contado y vuelto a contar se lo debes relatar a Rodolfito, él te va a ayudar. Te va a servir ahora que te vas lejos a trabajar.

—Ojalá, amiga. Qué rico lomo. ¡Salud! —sentencia con algarabía Magdita.

Rodolfito mide un metro ochenta, acomoda la casaca negra y la camisa blanquiazul, el reloj pulsera marca las tres de la tarde. El jean negro y los zapatos de cuero marrones relucían en aquel lugar.

Besos, besos al aire y Rodolfo se aproxima y acaricia a Eugenia.

—Ella es Magdita —presenta Eugenia a su amiga coquetamente.

Beso en el cachete, se acomoda en una silla y aplaude mirando al mozo.

—Yuquitas con lomo, mozo. —Indica Rodolfo con un gesto del dedo índice derecho—. No te demores.

—Ya sabes que ella sale el domingo próximo a Chile, Rodolfito, ella quiere, pero…

—No te preocupes flaca, quiero que me detalle lo del panzón, lo del hermanito ese en Cajamarca…

—Yo llegaba a la casa de los hermanos en el colegio Cristo Rey, mi mamá cocinaba, Barsen era siempre sonriente, y yo ya tenía estas piernas. —Al decir esto se las frota con ambas manos.

—Oye, qué te pasa. —Señala Eugenia, lanza un codazo a su galán—. Rodolfito está tranquilo.

—Dos veces fue a dejar mi mamá encargos junto con el hermano Óscar a una familia a Baños del Inca. ¿Conoces? —relata Magdita. —Éramos de confianza.

 —Sí, he ido, cuatro veces con Eu —dijo Rodolfo.

Embadurnó sus labios ensalivados en la mejilla izquierda de Eugenia. Ella devolvió el gesto a Rodolfo oliendo su oreja derecha.

—Oye, pero ¿cómo vamos a hacer? —acotó Magdita.

—¿Cómo? ¿Lo vuelvo a repetir? ¿Eugenia no te detalló? El sábado en la mañana vamos a reunirnos con un amigo mío, escribe en El Popular y en una página web. Ese Barsen me hizo la vida de cuadritos en quinto de secundaria en el colegio y sobre todo… sobre todo… corrió del trabajo a un primo mío de la Universidad Champagnat, ese sitio de esos curas tacaños. Mi primo era bien tranquilo y hacía consultorías con otra profesora. El único pecado de la mujercita era sus preferencias, vivía con otra señora en un chalecito por el estudio cuatro de Barranco, … lo que hiciera con su culo era su problema. No debió botar a la gordita ni menos a mi primo. Gordo cagón. Desde entonces lo tengo marcado.

—Te entiendo, pero tú sabes… —señaló Magdita.

—Cien soles, ahora. Por la declaración, la entrevista, el mismo sábado, doscientos dólares, te ayudará en algo a instalarte en Santiago. Todo grabado con mi amigo y las preguntas que él te haga, completas. Plata contante y sonante, flaca.

Eugenia descendió su mano por debajo de la mesa, acariciando y estrujando la pierna izquierda de Rodolfo. En diez segundos ambas manos descansaban en la mesa.

Llegaron las yuquitas. El mozo acomodó la charola y el tenedor fue depositado al costado derecho de Rodolfo. Magdita se apuró en cortar un trozo de lomo y lo devoró en un regodeo de sabor.

—Mozo, una cerveza más que tenemos sed.

Rodolfo estiró la mano y sobre la servilleta de Magdita colocó el billete de cien soles.

—Yo quiero que me des tu palabra de que el sábado a las diez de la mañana.

El mozo se acomoda el cabello y junto a la congeladora reposa mientras ve a una pareja de cincuentones ingresar al local. Abre la puerta y saca la cerveza Pilsen Callao. Apura el paso, se detiene frente a Rodolfo y la destapa.

—Cámbiame de vasos.

Increpa Rodolfo y acaricia a Eugenia en las piernas de nuevo.

—Toma amigo —responde el mozo, atento.

El mozo recoge los vasos y con la otra mano entrega la carta de menú a la pareja recién llegada.

Sirve los vasos a medio llenar y se despacha un sorbo de cerveza: Mira flaquita, yo sé que este gordo, el cura, se aprovechó y tu viejita tuvo que mirar al costado y le dolió mucho. Es una mierda y tiene bien merecido que se le descubra el tipo de sujeto que es y que fue.

—Magdita, cuéntale del otro, del otro. De Félix, el otro hermano marista. El que te besaba en el cuello y por él te corrieron a ti y a tu mamá. A vender rosquitas y manjarblanco. camino a la Granja Porcón.

Eugenia prosiguió: «El Félix fue su firme, Barsen se puso celoso, fue un barullo».

—Sí lo conozco, Félix Saeta escribió un libro de Lenguaje, obligatorio en segundo de secundaria en el colegio. Un tipo muy inteligente. No me parece perjudicarlo, el bravo es el gordo.

Magdita continuó: El lunarejo era recariñoso… bien rico el lomo Rodolfo y la chelita más rica aún…

Rompió la pausa Eugenia, golpeó con el tenedor el vaso repleto de cerveza: «Y cuando es invitada es mucho más rica, ¡salud!».

Magdita y Rodolfo se apresuraron en atrapar sendos vasos medio llenos de cerveza: Salud, salud. Seco, seco. Empinaron los codos y golpearon la mesa de madera.

—¡Mozo, mozo, la cuenta!

Dos palmas tras el grito; Rodolfo y las muchachas se irguieron ipso facto. Magdita y Eugenia fueron a asearse al servicio higiénico. El mozo gordinflón ya con la camisa sudorosa trae la boleta.

 —Dos lomos saltados, unas yuquitas fritas, cuatro cervezas, sesenta y cinco.

—Quédate con el vuelto.

Estira la mano en la mesa con setenta soles, el mozo dibuja una sonrisa.

Eugenia se acomoda el brasier bajo la blusa y Magdita el calzón por debajo de la falda. Vuelan los coloretes y los labios salen rojos del baño. Sonrisas con Rodolfito.

—Vamos a Domingo Orué, ahí está el carro.

Eran las seis de la tarde. Casi al llegar a la esquina de la avenida Angamos con Dante, un grasiento hombre ya sin corbata, sin su plato de mondongo, tambaleante se acerca a Magdita en plan pendenciero y arrimando su mano en la nalga grita: Serranas de mierda y por este huevón me avergüenzan.

Rodolfo lanzó el puntapié a la canilla derecha y dos golpes certeros en el pómulo derecho.

Dos cambistas de dólares lo separaron. El agredido no podía reaccionar y su amigo, compañero en el almuerzo observaba todo desde la entrada a la panadería Las Delicias, saboreaba un cachito y una Inca Kola. Los cambistas: «Ya déjalo, está borracho, sigue tu camino». El humo de los microbuses inundaba la avenida y dos viejitas vestidas de hábito morado con cirios gordos y blancos sin encender miraban atónitas el espectáculo.

—Faltoso de mierda —endilga el muchacho.

Hace el ademán de abalanzarse al ebrio despeinado.

—Ya vámonos, Rodolfito.

Eugenia entrelazó el brazo derecho con sus dos manos y lo condujo a la esquina de la iglesia San Vicente de Paul rumbo al auto aparcado. A un metro en perfecta alineación iba Magdita masticando un chicle de menta.

Ya en el Nissan Sentra del noventaidós, Rodolfo ofreció llevar a Magdita a su casa, ella deseosa que la dejaran por República de Panamá con la avenida Aramburú, eso es todo. La flaca se despidió, beso por aquí y por allá. Raudo puse primera, Eugenia apretaba la entrepierna más y más. Fuimos a un hotel en la avenida Angamos con la avenida Aviación, con estacionamiento; simulaba ser un restaurante chino: una sopa wantán para el cuarto, dos tallarines saltados y para adentro. El trago había hecho efecto, Eugenia se convirtió en una loba, dos polvos más y a la casa de su tía. Se tenía que enjuagar bien la entrepierna y la hora corría. Era temprano, antes de las diez la mujercita ya estaba en su casa.

Luego en mi cuarto, ya en mi casa, recordé que el lunes en la tarde tenía la misa de la abuelita de Katy, mi novia. La ancianita cumplía dos años de haber fallecido. La pérdida del trabajo de mi amor, Katy, en la universidad, había marchitado su alegría. Se iba recuperando, de a pocos. Pero era la universidad de mi colegio, el Champagnat. Carajo. Cura de mierda. Gota a gota y llegó el amanecer, el lunes y el tráfico agobiante.

La semana atareada, Katy tuvo tres entrevistas de trabajo y yo ansioso por el sábado, un par de veces hablé con Gustavo, amigo de la Universidad de Lima del octavo ciclo de Ciencias de la Comunicación, practicante del diario El Popular; el gancho para la nota periodística de Magdita y toda la cochinada esa. Ya lo veía en primera plana.

La verdad que no pude dormir ese viernes, solo en mi cama y las cuatro, la radio encendida y a las cinco, gorjeos interminables. Ya amanecía, era el sábado.

—¡Rodolfo!¡Rodolfo! —gritos detonantes de mi madre.

Salto de la cama, bajo las sinuosas escaleras encuentro a mi padre tendido boca arriba, los ojos cerrados; mi madre tratando de moverlo. Las pantuflas yacían cerca de las sillas tejidas de Panamá. Traté de ver si aún respiraba y el pulso contenido bullía en su ser. Mi madre en calzón negro y en un sostén blanco ajustado en su rollizo cuerpo iban tras el teléfono que reposaba en una pequeña mesa próxima a la escalera.

Mi padre pareció sobreponerse a su desplome, sin embargo, la ambulancia ya había llegado. Mi madre y yo nos habíamos cambiado, corría la hora y eran las diez, la clínica bullía de gente. Estábamos en la sala de espera, una enfermera llevaba un carrito de curación a la habitación de mi padre y dos médicos cuarentones recorrían el pasadizo rumbo al estar de enfermeras. Un televisor Samsung gris mostraba la inauguración del campeonato Adecore de aquel año, en la imagen el gordinflón sonriente y dicharachero daba inicio el evento, la reportera se regodeaba con la nota.

—Mira Rodolfito, el hermanito Barsén.

Miré la pared y entrecorté la respiración. En mi cabeza retumbaba desazón e impotencia: «Cura de mierda, cura de mierda».