miércoles, 7 de octubre de 2026

Primera vez

Ninfa Patiño Sánchez


Sentada en el avión, Juliana se ajusta el cinturón y respira profundo mientras contempla el océano que se desvanece por la ventanilla. El alivio y la nostalgia se mezclan cuando le llega, como un eco, el balido de una cría de lobo marino. Ayer temblaba en el borde del bote, mirando su reflejo en el agua, incapaz de confesar que era su primera vez…

Cuando tenía veintidós años, Juliana se embarcó junto a dos compañeras de trabajo en un crucero gigantesco y antiguo, cuyo olor a madera se percibía desde la entrada. Piscinas, sala de billar, discoteca y pasillos interminables con alfombras y cortinas raídas constituían la vieja embarcación. Fueron ocho días de travesía. Por las noches se navegaba y se amanecía en una isla diferente de las diecinueve que constituyen el archipiélago Galápagos.

Juliana aún recuerda los colores intensos de los amaneceres y atardeceres. Colonias de piqueros patas azules, flamencos, galápagos centenarios, lobos marinos y demás especies endémicas que de seguro maravillaron a Darwin e inspiraron su teoría de la evolución por selección natural. Tampoco puede olvidar la vergüenza y frustración del segundo día cuando se quedó dormida; pasó proscrita todo el día en su camarote.

La segunda vez fue en su luna de miel; un pequeño crucero blanco con todas las comodidades. La penúltima noche, Juliana se excedió con los camarones al ajillo y el vino blanco. Severa indigestión que le significó una noche sentada en el inodoro hasta regresar al continente completamente deshidratada.

La tercera fue una visita imprevista por asuntos laborales. Como especialista en estudios culturales, Juliana debía dar una charla sobre los efectos de la colonización en la isla San Cristóbal; la noche anterior a su viaje se cayó y sufrió un esguince de tobillo derecho; una bota de yeso, muletas y sillas de ruedas para sus traslados la acompañaron durante su corta estadía. 

La cuarta ocasión fue distinta. Viajó con su hijo poco después de la muerte de su esposo para cumplir su última voluntad y depositar sus cenizas en una de las islas. Aquel no fue otro viaje más, sino uno de nostálgicos recuerdos, duelo y despedida.

La quinta, que parecía la vencida, Juliana viajó con su hermana Manuela. Todo fue extraordinario y casi perfecto. Ya de regreso en el aeropuerto de Baltra sucedió algo inusitado: anuncian en la pantalla de salidas que el vuelo está retrasado. Pasada una hora, no hay ninguna explicación. Luego de dos horas informan por los parlantes que el avión sufrió un desperfecto técnico y que el vuelo ha sido cancelado.

Ante tal noticia, los pasajeros se agolparon en el mostrador de la compañía para manifestar su malestar en medio de pifias e imprecaciones, pero el personal había desaparecido. Reinó el caos; todos hablaban a la vez.  Pasaron algunos minutos en los que solo se escuchaban gritos.  Juliana, que hasta ese momento no pronunciaba ni una palabra concentrada en la lectura de su libro, desliza una mirada serena a su alrededor, toma conciencia de lo que está pasando, respira profundo, mira a su hermana, que se había unido al grupo que gritaba, se trepa como una enredadera en el mesón de la aerolínea y empieza a hablar:

—¡Atención! Tenemos que organizarnos. Exijamos que la aerolínea explique la cancelación, confirme el nuevo vuelo y cubra el transporte, el hospedaje y la alimentación. No nos moveremos hasta obtener una respuesta.

Al asumir el liderazgo de la revuelta, comenzó a hacer llamadas desde su celular. El tiempo corría y la noche caía sobre el aeropuerto. El personal de limpieza se retiraba, y el lejano ruido de ruedas de maletas empezó a llenar los silencios entre una exclamación de protesta y otra. Juliana, con el teléfono pegado a la oreja, levantó la voz. Su rostro, antes calmo, se transformó: tensó los párpados, juntó las cejas y, con una mirada fija e intensa, sentenció:

—Escúcheme, señor: si en los próximos veinte minutos no atienden nuestro pedido, nos veremos obligados a recurrir a instancias superiores.

Cortó la llamada con un golpe del índice derecho. Dos horas después, todos estaban en el comedor del hotel, disfrutando de langosta y vino blanco.

De regreso, Juliana se vio obligada a pedir dos días de reposo en su trabajo por una fuerte gastritis producto de la tensión del último día de vacaciones.

A punto de cumplir cincuenta, Juliana decidió regalarse un nuevo viaje.  Apenas pensó en cómo celebrar aquel medio siglo, una palabra apareció en su mente: ¡Galápagos!

Nunca pasaron por su mente los recuerdos dramáticos de los anteriores viajes; luego observó el contenido desordenado de su ligero equipaje: dos camisetas, una roja y otra amarilla, un par de latas de conservas y hasta un plátano, todo amontonado dentro de la mochila.  Sonrió y se dijo: «Mmm, parece una caricatura de arte pop de Warhol».

En el avión, Juliana miró desde la ventanilla el mar; una emoción interna y una sensación de libertad la invadieron por todo el cuerpo.

A pesar de que no tenía planificación en mente, abrigaba la esperanza de que algo mágico y diferente le podía ocurrir en este viaje, capaz de romper la cadena de experiencias kármicas que había vivido en las islas encantadas.

En el trayecto del aeropuerto de Baltra a Santa Cruz, conoció a Ricardo, un joven de rostro cobrizo, brazos musculosos y sonrisa amigable.  Le preguntó sobre hospedaje y una agencia turística que le pudiera recomendar.

Antes de contestar, los ojos de Ricardo se iluminaron; con una sonrisa que dejaba ver unos dientes blancos y bien formados, comentó:

—Señora, usted tiene mucha suerte; soy guía turístico y puedo ayudarle en todo lo que necesite. ¿Sabe nadar?

Juliana, sin dejar de mirarlo, contestó con firmeza:

—¡Claro que sí, y muy bien!

Ricardo, sin reparos, organizó tres visitas en islas diferentes: la primera, para ver las centenarias tortugas galápagos; la segunda, para disfrutar de iguanas que se mimetizan en las volcánicas rocas; la tercera, Santa Fe, para nadar con lobos y tortugas marinas.

Los dos primeros días, Juliana quedó maravillada.

Al tercer día, Ricardo creyó encontrarse ante una nadadora profesional y comentó de inmediato:

—Usted va a disfrutar de Santa Fe, es una experiencia inolvidable.

Acto seguido le entregó un bolso con chaleco salvavidas, aletas y máscara.

Juliana acabó enfilándose junto a tres parejas de europeos. Es probable que la mayoría superase el metro setenta y cinco de estatura, pero desde su inquietud todos le parecían enormes. Cada uno llevaba su propio equipo de buceo. Caminaban con una seguridad que le resultó intimidante. Las seis personas y Juliana se embarcaron en una lancha junto a Manolo, el nuevo guía en la isla Santa Fe.

Manolo se presentó, habló sobre la importancia y la forma de revisar meticulosamente el equipo con el que se sumergirían y explicó cómo entrarían al agua.

—Imagino que todos hablan inglés —dijo, deduciendo que Juliana, además de ser buena nadadora, dominaba el idioma.

Juliana empezó a sudar; no se atrevía a decir lo contrario.

Ya en mar abierto, todos se colocaron el equipo, excepto Juliana, quien permanecía inmóvil mirando a su alrededor. Tenía la lengua pegada al paladar; la parálisis no la dejaba hablar y mucho menos preguntar.  Las parejas de grandulones, con sus trajes que los hacían parecer tiburones, se lanzaron al agua. Manolo, al ver que ella no se movía, preguntó:

—¿Y usted…?

El rostro de Juliana tenía una expresión mezcla de pánico y vergüenza; solo allí su lengua se liberó del paladar y pudo mascullar:

—No, gracias, yo me quedo en la lancha; vayan ustedes, yo les espero aquí.

 Manolo abrió los ojos, alarmado:

—¿Qué está diciendo? ¡No puede quedarse sola aquí! ¿Sabe nadar?

—¡Eso creo! —respondió entre dientes.

Manolo le ajustó con cuidado el visor, esperó a que recuperara el aliento sin prisas y luego le explicó con calma y en detalle qué debía hacer.

—¿Ha hecho esnórquel?            

Juliana, sin dejar de temblar, dijo:

—¿Qué es eso?

Manolo alzó una ceja; aquella respuesta le bastó para comprender que Juliana nunca había hecho esnórquel.

—No se preocupe, siempre hay una primera vez.

Manolo inició su clase de esnórquel, revestido de paciencia y con el rostro que denotaba ternura franciscana. Miró a Juliana, que continuaba temblando y tenía empañado el visor:

—Lo primero que tiene que hacer es tranquilizarse, yo voy a estar a su lado; segundo, debe respirar por la boca y no le va a pasar nada.

Juliana no estaba del todo convencida; el estómago se le revolvía con una náusea inminente. Su rostro, húmedo y quemado por el sol, lucía pálido como un pañuelo. Sentada en el filo del bote, cerró los ojos y empezó a respirar despacio.

Manolo, en un impulso, la empujó con suavidad hacia el mar antes de que ella pudiera reaccionar. Juliana sintió el agua tibia. «Siempre hay una primera vez», pensó. Manolo la guiaba. Ella fue aflojando poco a poco los brazos hasta dejarse deslizar. Al disiparse sus temores, logró concentrarse y disfrutar de un universo de criaturas dignas de un documental de National Geographic, manteniendo una respiración pausada que transformó la experiencia en una meditación zen acuática.

Absorta tras el visor, miraba a los coloridos peces que jugaban a perseguir a un cachorro de lobo marino. Cuando la cría se escabulló entre sus piernas, ella se quedó paralizada al escuchar lo que pareció un susurro. Con las pupilas de par en par, vio aproximarse a una raya que la miró fijamente antes de continuar su camino. Una hora después, el grupo seguía avanzando compacto y sincronizado detrás del guía. Juliana se demoró mirando feliz los peces, disfrutando de la caricia del mar en su cuerpo; parecía que la naturaleza le daba un masaje relajante.  Después de unos minutos, movió exultante las aletas en sus pies para alcanzar a los demás.

Una vez en tierra, notó el error: por llevar chaleco salvavidas y no traje de buceo, el sol devastador ensañó su fuerza contra ella. Terminó en emergencias con quemaduras graves, dolor intenso, enrojecimiento y ampollas en las nalgas.

Mientras Santa Fe se desdibujaba en la distancia, la brisa marina dejaba huella en su rostro ligeramente bronceado. En su memoria resonaba, como un mantra lejano, el eco de los piqueros patas azules y el balido del cachorro lobo marino.

Juliana regresó al continente portando en sus glúteos compresas de hielo, como recuerdo de su primera vez… Mejor dicho, de su sexta, inolvidable y temeraria expedición.

1 comentario:

  1. ¡Qué divertido cuento! Está lleno de descripciones tan detalladas como divertidas de acontecimientos tragicómicos. ¡Ha sido todo un deleite leerlo! Gracias por compartirlo y por regalarme unas buenas carcajadas!! 😊

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