Ninfa Patiño Sánchez
Sentada en el avión, Juliana se ajusta el
cinturón y respira profundo mientras contempla el océano que se desvanece por
la ventanilla. El alivio y la nostalgia se mezclan cuando le llega, como un
eco, el balido de una cría de lobo marino. Ayer temblaba en el borde del bote,
mirando su reflejo en el agua, incapaz de confesar que era su primera vez…
Cuando tenía veintidós años, Juliana se
embarcó junto a dos compañeras de trabajo en un crucero gigantesco y antiguo,
cuyo olor a madera se percibía desde la entrada. Piscinas, sala de billar,
discoteca y pasillos interminables con alfombras y cortinas raídas constituían
la vieja embarcación. Fueron ocho días de travesía. Por las noches se navegaba
y se amanecía en una isla diferente de las diecinueve que constituyen el
archipiélago Galápagos.
Juliana aún recuerda los colores intensos
de los amaneceres y atardeceres. Colonias de piqueros patas azules, flamencos,
galápagos centenarios, lobos marinos y demás especies endémicas que de seguro
maravillaron a Darwin e inspiraron su teoría de la evolución por selección
natural. Tampoco puede olvidar la vergüenza y frustración del segundo día
cuando se quedó dormida; pasó proscrita todo el día en su camarote.
La segunda vez fue en su luna de miel; un
pequeño crucero blanco con todas las comodidades. La penúltima noche, Juliana
se excedió con los camarones al ajillo y el vino blanco. Severa indigestión que
le significó una noche sentada en el inodoro hasta regresar al continente
completamente deshidratada.
La tercera fue una visita imprevista por
asuntos laborales. Como especialista en estudios culturales, Juliana debía dar
una charla sobre los efectos de la colonización en la isla San Cristóbal; la
noche anterior a su viaje se cayó y sufrió un esguince de tobillo derecho; una
bota de yeso, muletas y sillas de ruedas para sus traslados la acompañaron
durante su corta estadía.
La cuarta ocasión fue distinta. Viajó con
su hijo poco después de la muerte de su esposo para cumplir su última voluntad
y depositar sus cenizas en una de las islas. Aquel no fue otro viaje más, sino
uno de nostálgicos recuerdos, duelo y despedida.
La quinta, que parecía la vencida, Juliana
viajó con su hermana Manuela. Todo fue extraordinario y casi perfecto. Ya de
regreso en el aeropuerto de Baltra sucedió algo inusitado: anuncian en la
pantalla de salidas que el vuelo está retrasado. Pasada una hora, no hay
ninguna explicación. Luego de dos horas informan por los parlantes que el avión
sufrió un desperfecto técnico y que el vuelo ha sido cancelado.
Ante tal noticia, los pasajeros se
agolparon en el mostrador de la compañía para manifestar su malestar en medio
de pifias e imprecaciones, pero el personal había desaparecido. Reinó el caos;
todos hablaban a la vez. Pasaron algunos
minutos en los que solo se escuchaban gritos.
Juliana, que hasta ese momento no pronunciaba ni una palabra concentrada
en la lectura de su libro, desliza una mirada serena a su alrededor, toma
conciencia de lo que está pasando, respira profundo, mira a su hermana, que se
había unido al grupo que gritaba, se trepa como una enredadera en el mesón de
la aerolínea y empieza a hablar:
—¡Atención! Tenemos que organizarnos.
Exijamos que la aerolínea explique la cancelación, confirme el nuevo vuelo y
cubra el transporte, el hospedaje y la alimentación. No nos moveremos hasta
obtener una respuesta.
Al asumir el liderazgo de la revuelta,
comenzó a hacer llamadas desde su celular. El tiempo corría y la noche caía
sobre el aeropuerto. El personal de limpieza se retiraba, y el lejano ruido de
ruedas de maletas empezó a llenar los silencios entre una exclamación de
protesta y otra. Juliana, con el teléfono pegado a la oreja, levantó la voz. Su
rostro, antes calmo, se transformó: tensó los párpados, juntó las cejas y, con
una mirada fija e intensa, sentenció:
—Escúcheme, señor: si en los próximos
veinte minutos no atienden nuestro pedido, nos veremos obligados a recurrir a
instancias superiores.
Cortó la llamada con un golpe del índice
derecho. Dos horas después, todos estaban en el comedor del hotel, disfrutando
de langosta y vino blanco.
De regreso, Juliana se vio obligada a
pedir dos días de reposo en su trabajo por una fuerte gastritis producto de la
tensión del último día de vacaciones.
A punto de cumplir cincuenta, Juliana
decidió regalarse un nuevo viaje. Apenas
pensó en cómo celebrar aquel medio siglo, una palabra apareció en su mente:
¡Galápagos!
Nunca pasaron por su mente los recuerdos
dramáticos de los anteriores viajes; luego observó el contenido desordenado de
su ligero equipaje: dos camisetas, una roja y otra amarilla, un par de latas de
conservas y hasta un plátano, todo amontonado dentro de la mochila. Sonrió y se dijo: «Mmm, parece una caricatura
de arte pop de Warhol».
En el avión, Juliana miró desde la
ventanilla el mar; una emoción interna y una sensación de libertad la
invadieron por todo el cuerpo.
A pesar de que no tenía planificación en
mente, abrigaba la esperanza de que algo mágico y diferente le podía ocurrir en
este viaje, capaz de romper la cadena de experiencias kármicas que había vivido
en las islas encantadas.
En el trayecto del aeropuerto de Baltra a
Santa Cruz, conoció a Ricardo, un joven de rostro cobrizo, brazos musculosos y
sonrisa amigable. Le preguntó sobre
hospedaje y una agencia turística que le pudiera recomendar.
Antes de contestar, los ojos de Ricardo se
iluminaron; con una sonrisa que dejaba ver unos dientes blancos y bien
formados, comentó:
—Señora, usted tiene mucha suerte; soy
guía turístico y puedo ayudarle en todo lo que necesite. ¿Sabe nadar?
Juliana, sin dejar de mirarlo, contestó
con firmeza:
—¡Claro que sí, y muy bien!
Ricardo, sin reparos, organizó tres
visitas en islas diferentes: la primera, para ver las centenarias tortugas
galápagos; la segunda, para disfrutar de iguanas que se mimetizan en las
volcánicas rocas; la tercera, Santa Fe, para nadar con lobos y tortugas
marinas.
Los dos primeros días, Juliana quedó
maravillada.
Al tercer día, Ricardo creyó encontrarse
ante una nadadora profesional y comentó de inmediato:
—Usted va a disfrutar de Santa Fe, es una
experiencia inolvidable.
Acto seguido le entregó un bolso con
chaleco salvavidas, aletas y máscara.
Juliana acabó enfilándose junto a tres
parejas de europeos. Es probable que la mayoría superase el metro setenta y
cinco de estatura, pero desde su inquietud todos le parecían enormes. Cada uno
llevaba su propio equipo de buceo. Caminaban con una seguridad que le resultó
intimidante. Las seis personas y Juliana se embarcaron en una lancha junto a
Manolo, el nuevo guía en la isla Santa Fe.
Manolo se presentó, habló sobre la
importancia y la forma de revisar meticulosamente el equipo con el que se
sumergirían y explicó cómo entrarían al agua.
—Imagino que todos hablan inglés —dijo,
deduciendo que Juliana, además de ser buena nadadora, dominaba el idioma.
Juliana empezó a sudar; no se atrevía a
decir lo contrario.
Ya en mar abierto, todos se colocaron el
equipo, excepto Juliana, quien permanecía inmóvil mirando a su alrededor. Tenía
la lengua pegada al paladar; la parálisis no la dejaba hablar y mucho menos
preguntar. Las parejas de grandulones,
con sus trajes que los hacían parecer tiburones, se lanzaron al agua. Manolo,
al ver que ella no se movía, preguntó:
—¿Y usted…?
El rostro de Juliana tenía una expresión
mezcla de pánico y vergüenza; solo allí su lengua se liberó del paladar y pudo
mascullar:
—No, gracias, yo me quedo en la lancha;
vayan ustedes, yo les espero aquí.
Manolo abrió los ojos, alarmado:
—¿Qué está diciendo? ¡No puede quedarse
sola aquí! ¿Sabe nadar?
—¡Eso creo! —respondió entre dientes.
Manolo le ajustó con cuidado el visor,
esperó a que recuperara el aliento sin prisas y luego le explicó con calma y en
detalle qué debía hacer.
—¿Ha hecho esnórquel?
Juliana, sin dejar de temblar, dijo:
—¿Qué es eso?
Manolo alzó una ceja; aquella respuesta le
bastó para comprender que Juliana nunca había hecho esnórquel.
—No se preocupe, siempre hay una primera
vez.
Manolo inició su clase de esnórquel,
revestido de paciencia y con el rostro que denotaba ternura franciscana. Miró a
Juliana, que continuaba temblando y tenía empañado el visor:
—Lo primero que tiene que hacer es
tranquilizarse, yo voy a estar a su lado; segundo, debe respirar por la boca y
no le va a pasar nada.
Juliana no estaba del todo convencida; el
estómago se le revolvía con una náusea inminente. Su rostro, húmedo y quemado
por el sol, lucía pálido como un pañuelo. Sentada en el filo del bote, cerró
los ojos y empezó a respirar despacio.
Manolo, en un impulso, la empujó con
suavidad hacia el mar antes de que ella pudiera reaccionar. Juliana sintió el
agua tibia. «Siempre hay una primera vez», pensó. Manolo la guiaba. Ella fue
aflojando poco a poco los brazos hasta dejarse deslizar. Al disiparse sus
temores, logró concentrarse y disfrutar de un universo de criaturas dignas de
un documental de National Geographic, manteniendo una respiración pausada que
transformó la experiencia en una meditación zen acuática.
Absorta tras el visor, miraba a los
coloridos peces que jugaban a perseguir a un cachorro de lobo marino. Cuando la
cría se escabulló entre sus piernas, ella se quedó paralizada al escuchar lo
que pareció un susurro. Con las pupilas de par en par, vio aproximarse a una
raya que la miró fijamente antes de continuar su camino. Una hora después, el
grupo seguía avanzando compacto y sincronizado detrás del guía. Juliana se
demoró mirando feliz los peces, disfrutando de la caricia del mar en su cuerpo;
parecía que la naturaleza le daba un masaje relajante. Después de unos minutos, movió exultante las
aletas en sus pies para alcanzar a los demás.
Una vez en tierra, notó el error: por
llevar chaleco salvavidas y no traje de buceo, el sol devastador ensañó su
fuerza contra ella. Terminó en emergencias con quemaduras graves, dolor
intenso, enrojecimiento y ampollas en las nalgas.
Mientras Santa Fe se desdibujaba en la
distancia, la brisa marina dejaba huella en su rostro ligeramente bronceado. En
su memoria resonaba, como un mantra lejano, el eco de los piqueros patas azules
y el balido del cachorro lobo marino.
Juliana regresó al continente portando en sus glúteos compresas de hielo, como recuerdo de su primera vez… Mejor dicho, de su sexta, inolvidable y temeraria expedición.
¡Qué divertido cuento! Está lleno de descripciones tan detalladas como divertidas de acontecimientos tragicómicos. ¡Ha sido todo un deleite leerlo! Gracias por compartirlo y por regalarme unas buenas carcajadas!! 😊
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