Alejandra Cantarero Concha
Elena confía en la redención. Es su mayor
defecto. Me mira con esa empatía profesional y cree que debajo de mis capas hay
un niño herido. No entiende que debajo de mis capas solo hay más capas, y todas
están vacías.
Ella es el reto más interesante hasta
ahora. Matarla será fácil, un simple proceso de detener el flujo de oxígeno.
Pero borrarla… eso requiere arte. He estado recolectando material. Ella confía
en mí, me deja entrar en su oficina, en su vida. He descubierto pequeñas
grietas, las que ella oculta para mantener su máscara de santidad. Un par de
correos electrónicos manipulados, unas fotos fuera de contexto de su pasado,
algunas sustancias que aparecerán en su cajón.
Cuando la policía la encuentre, no verán a
la profesora y psicóloga ejemplar. Verán a una mujer con una vida secreta
sórdida que terminó en un suicidio vergonzoso. Yo me sentaré en primera fila de
su funeral y veré cómo sus admiradores bajan la cabeza con decepción.
Eso es el verdadero control: yo habré
decidido no solo cuándo murió, sino quién fue ella para la historia. La habré
reescrito por completo.
Te preguntas: ¿Qué me pasó? ¿Qué me
hicieron? Nada. Mis padres dicen que soy tranquilo. Lo decían desde que era
pequeño. Lo que no saben es que mi silencio no es paz; es observación. Los miro
y veo cables. Si tiras del cable del miedo, Bastián reacciona. Si tiras del
cable de la curiosidad, Laura se mueve. Es un mecanismo tan simple que a veces
me produce náuseas lo predecibles que son.
Comprobé mi teoría hace unos años. Bastián
estaba en el salón, mirando su estúpida maqueta de cristal con esa cara de
orgullo que ponen los que necesitan validación externa. Me acerqué a él.
Mantuve mi voz en ese tono neutro, que mi madre confunde con timidez.
—Bastián —le dije, fijando mis ojos en su
hombro, para no parecer demasiado desafiante—. Laura ha estado preguntando si
el cristal se rompe fácil. Dice que tu proyecto es basura y que papá le ha dado
permiso para redecorarlo.
Noté cómo el pulso del cuello se
aceleraba. Es fascinante. Su piel se puso roja. El enojo es una respuesta
biológica tan primitiva que me asombra que no se avergüence de ella.
—No se atrevería —masculló. Ya estaba
enganchado.
Luego fui por Laura. Ella era más fácil;
siempre ha sido puro impulso. Le sonreí. He aprendido que si enseñas los
dientes superiores, pero no arrugas los ojos, los adultos creen que eres feliz,
pero los niños confían en ti.
—Lau, Bastián me dijo que escondió un
tesoro dentro de la maqueta para ti. Pero es un juego: tienes que cogerlo antes
de que él vuelva. Si te ve, pierdes.
La vi correr. Sus pies golpeando contra el
suelo. Era como soltar a un ratón en un laberinto que yo mismo había dibujado.
Me senté en el tercer escalón, donde la
sombra me cubría, pero el ángulo de visión era perfecto. Me gusta la penumbra;
es donde mejor se ve el funcionamiento de las cosas. Ocurrió tal como lo
programé. Laura estiró la mano; Bastián entró gritando como un animal herido.
Ella dio un salto y volteó la maqueta. El estallido del cristal fue un sonido
limpio, técnico. Luego vino el grito de Laura. Un trozo de vidrio le había
abierto una línea roja en el muslo.
Me quedé inmóvil. Sentí algo nuevo. No
lástima —el concepto de lástima me parece un desperdicio de energía—. Fue una
especie de zumbido eléctrico bajo la piel. Una satisfacción física. Todo
encajaba.
Papá llegó corriendo, empujando a Bastián,
quien lloraba de impotencia. Mamá abrazaba a Laura, que chillaba con una
frecuencia acústica irritante. En medio del caos, yo era el único punto fijo.
El único que no estaba controlado por el pánico. «Yo hice esto», pensé y me
esforcé para no sonreír.
No fue el dolor de Laura lo que me hizo
sentir vivo, sino el hecho de que su dolor era una prueba física de mi poder.
Yo era el arquitecto de su miseria, y ellos ni siquiera sabían que el edificio
tenía un dueño.
Bajé las escaleras con mi cara de niño
asustado bien puesta.
—¿Qué pasó? —pregunté, forzando un leve
temblor en mi voz.
Mamá me miró y me acarició el pelo,
buscando consuelo en el hijo bueno. Sentir su mano fue como sentir una
herramienta rozando otra. Me dieron ganas de reír, pero guardé esa energía para mi
próxima prueba.
Con el tiempo, he continuado mi
aprendizaje. Tirando de los cables aquí y allá. Los compañeros del colegio eran
como mis hermanos, nada excepcional. Cuando tenía doce, nos enviaron a la casa
de los abuelos. Una casita ubicada al final de la calle de un pueblo pequeño.
Más allá había un bosque, donde Bastián se reunía con sus amigos. Me advirtió
que no me acercara. Yo, con la mirada hacia el suelo, asentí. Tenía otros
planes. Había visto desde mi habitación unas ardillas.
Me adentré en el bosque, evitando las
miradas curiosas de mis hermanos. A medida que avanzaba, el ruido de las voces
fue reemplazado por el zumbido de los insectos. Entonces, atraje a una de las
ardillas a mi trampa. Luego la acomodé sobre mis piernas, la miré a los ojos y
apreté su cuello. No podía dejar de mirar esos ojos; mientras se iban apagando
y se revolvía sobre mí, sentí una descarga eléctrica, una clase de euforia. Muy
placentero. La escondí. Durante varios días, volví a mirar cómo evolucionaba. Las
primeras veces, sentí parte de esa corriente; después ya no. Cuando esa
electricidad me recorre, duermo mejor, me vuelvo más lúcido, percibo más cosas,
es más fácil imitar a los demás.
Pero las ardillas no volvieron a
funcionar. Así que comencé a observar animales más grandes. Las mascotas de la
calle fueron desapareciendo. Mis abuelos decían que tal vez tenían rabia, que
no nos alejáramos. Nos prohibieron adentrarnos en el bosque. Bastián hizo los
escándalos de siempre. Era tan básico como una de las mascotas.
La profe Elena apareció cuando tenía
catorce. Como siempre, me senté en los primeros puestos de la sala. Había
aprendido que los profesores confían en ti si te sientas ahí. Pero ella era
diferente; su problema es que le importaba demasiado. Me citó a su oficina;
creía que mi tranquilidad era producto de algún trauma. Yo escuché atento sin
decir nada. Mientras, pensaba que debía ajustar mi modelo; parece que a esta
edad se espera que sea más impetuoso. Hay que pertenecer a un grupo. Anotado.
Cuando terminó de hablar, me indicó que me podía ir, que conversaríamos la
próxima semana. Me despedí con cortesía, le sonreí. Creyó que comenzaba a
abrirme. Claro que me estoy abriendo a una nueva experiencia; voy por ella.
Llegó el día; Elena siempre huele a
lavanda y a esa condescendencia suave de los que piensan que pueden arreglar el
mundo. Mientras mis manos se cierran alrededor de su garganta, noto que su
primera reacción no es el miedo, es sorpresa. Sonrío. Su cerebro, tan lleno de
teorías sobre la bondad humana, está sufriendo un error de sistema. No puede
asimilar que el «pobre Martín» sea el agente de su final.
No parpadeo. No quiero perderme ni una
imagen del proceso. Miro directamente a los ojos. Al inicio, hay lucha, un
rastro de voluntad. Luego, ocurre. Es una fracción de segundo donde la pupila
se dilata y el brillo —esa ilusión de alma que defienden los poetas—
simplemente se desvanece. Es exactamente como ver una bombilla fundirse. Un
momento está ahí emitiendo calor, y al siguiente es solo vidrio y filamento
muerto.
En ese vacío, me expando. El mundo se
queda en silencio. No hay ruido de tráfico, ni aburrimiento. Vuelvo al bosque;
solo existe mi voluntad. Yo he decidido que este organismo deje de procesar
oxígeno. Yo he dictado el fin de su narrativa. Suelto su cuerpo. Ya no es
Elena; es una masa de carbono que pronto será el centro de un escándalo que yo
mismo he orquestado.
Me acerco a su cuello y desato el pañuelo
de seda. Tiene ese color azul pálido, tan inofensivo como ella. Lo acerco a mi
cara, no para recordar su aroma, sino como símbolo de conquista; me pertenece.
Es un recibo. La prueba física de que el orden natural de las cosas —donde los
buenos prosperan y los malos son castigados— es una mentira que acabo de
romper. Lo doblo con precisión milimétrica y lo guardo en mi bolsillo interior.
Siento su tacto suave contra mi pecho mientras salgo de la oficina, caminando
con la calma de quien acaba de poner el mundo en su sitio.
En la universidad escogí a mis sujetos
entre los más comunes. Los extremos distorsionan los resultados. Observé
primero. La biblioteca ofrecía un ambiente controlado. Silencio. Rutina. Allí
identifiqué las funciones básicas: el que explica, el que asiente, el que finge
comprender para conservar posición.
Los jardines mostraban otro patrón. La
pertenencia se sellaba con risa y contacto breve. Algunos distribuían
aprobación; los demás orbitaban. Las canchas deportivas simplificaban el
sistema: dominio, liderazgo inmediato, obediencia. Con esos datos construí mi
diagrama.
Una pirámide. Base: invisibles. Individuos
funcionales, casi intercambiables. Segundo nivel: seguidores. Buscan aprobación
y la replican. Tercer nivel: mediadores. Conectan subgrupos, transmiten
consenso. Cúspide: generadores de validación. No necesitan aprobación. La
producen.
Toda estructura social repite esta
geometría. Comprenderla no basta. Hay que aprender a desplazarse dentro de
ella. Practiqué en casa. Frente al espejo ajusté microexpresiones hasta
eliminar el error: interés, diversión leve, escucha activa. La duración de una
sonrisa. El momento exacto del asentimiento. El rostro humano es un sistema de
señales bastante rudimentario.
Luego me infiltré. Entré primero en el
grupo popular. Reproduje sus códigos: ironía breve, aprobación oportuna,
silencio en los momentos correctos. En pocos días mi presencia era aceptada.
Desde allí seleccioné la pieza que debía eliminar del tablero. Un estudiante
del grupo de los estudiosos. Delgado. Meticuloso. Compartía sus apuntes y
explicaba los contenidos antes de las evaluaciones. Los demás dependían de él
cuando necesitaban entender algo. Nodo intermedio de la pirámide.
Las estructuras revelan su forma real
cuando una pieza desaparece. Borré la pieza de la estructura y esperé. La
reacción del grupo confirmó el modelo: fragmentación inicial, búsqueda de
liderazgo, reacomodo jerárquico. Exactamente como en el diagrama. A veces
recuerdo esa época y sonrío. La elegancia del patrón. Las jerarquías humanas
parecen complejas desde dentro. Pero desde fuera son apenas una figura simple.
En mi primer trabajo, distinguí una
mirada. Me observaba, igual que yo a ella. Así que la marqué como objetivo.
Estaba en el nivel más alto de la pirámide; iba a requerir más tiempo. La
estudié hasta encontrar su debilidad: reconocimiento… «Orgullo, mi pecado
favorito». Me integré en el grupo mayoritario; le permití sentirse superior.
Nunca se dio cuenta de que yo estaba en sus dispositivos. Tampoco notó las
veces que entré a su casa. Me había equivocado, no era un depredador superior,
solo un llamativo pavo real. Pero ya había planificado; al menos, la caza tuvo
su encanto.
La até a su cama. La habitación estaba en
penumbra, iluminada solo por la luz azul del computador. El ventilador del
equipo zumbaba con un ritmo constante. Repetí, con paciencia, todas esas cosas
que ella buscaba en internet para darse placer. Cada gesto aprendido de sus
propias búsquedas. Quería que comprendiera algo elemental: la conocía mejor que
ella misma. Cuando el experimento perdió interés, pasé a la siguiente fase.
Puse mis manos alrededor de su cuello. Su
respiración se volvió irregular. Primero rápida, luego entrecortada. El colchón
crujía bajo intensos movimientos. No aparté la mirada. Observé cómo la vida se
retiraba lentamente de sus ojos, como una luz que se apaga detrás del vidrio.
Silencio. Una descarga completa. Limpia. Tomé mi recibo correspondiente.
Pero el procedimiento aún no estaba
terminado. Levanté el maniquí en que se había transformado. La piel estaba
tibia todavía. En el baño dejé correr el agua; el sonido llenó la habitación
como una lluvia artificial. La lavé con cuidado. Luego la vestí. Elegí algo que
llamara la atención. Un poco de maquillaje: labios, mejillas, ojos.
La noche en el parque olía a tierra
húmeda. Los faroles proyectaban círculos amarillos sobre la grava. La senté en
la banca central, con postura tranquila, como si aguardara a alguien. Le
gustaba sobresalir. Esta vez lo lograría. Mañana sería una estrella en todas
las noticias. Aunque no hace falta esperar tanto. Las redes sociales siempre
están hambrientas.
Al día siguiente, encendí el televisor con
la calma habitual. El vaso de agua estaba en mi mano, frío, la superficie
húmeda pegándose a mis dedos. Me senté frente a la pantalla como quien espera
la apertura de un telón. Las luces amarillas del parque aparecieron primero. El
cordón policial. La banca. La cinta amarilla agitándose con el viento. Todo
estaba en su sitio. Sentí el zumbido bajo la piel, esa corriente conocida que
anuncia que el experimento ha funcionado. Subí el volumen. El presentador hablaba
con gravedad exagerada. «Crimen impactante. Investigación en curso». Palabras
previsibles. Sentí algo cercano al placer al escuchar cómo intentaban ordenar
un mecanismo que no comprendían.
Luego apareció un rostro. Un hombre
desconocido. La imagen estaba mal iluminada, tomada de alguna red social
mediocre. Bajo su cara apareció un nombre en una franja roja. El presentador lo
pronunció con solemnidad. No era el mío. Parpadeé una vez. Volví a mirar la
pantalla. El nombre seguía ahí, fijo, como una etiqueta pegada sobre mi
trabajo.
El vaso crujió levemente en mi mano. No me
había dado cuenta de que lo estaba apretando. El presentador seguía hablando.
Analistas opinaban. Reconstruían motivos. Gesticulaban como si comprendieran
algo. El nombre volvió a aparecer. Sentí el calor subir por el pecho como una
marea espesa. La sangre golpeó detrás de mis ojos. El aire entró en mis
pulmones demasiado rápido. Demasiado caliente. Esa criatura cualquiera estaba
recibiendo mis méritos. Mis dedos se cerraron más fuerte alrededor del vaso.
Estaban aplaudiendo al equivocado. El vaso
estalló contra el suelo antes de que me diera cuenta de haberlo lanzado. El
golpe seco llenó la habitación. El agua se expandió en una mancha brillante
sobre el piso. La pantalla seguía hablando. El nombre apareció otra vez. Me
levanté de golpe. El sillón se deslizó hacia atrás, raspando el suelo. La
televisión seguía mostrando su cara. «¡Maldito impostor!».
Mi pie golpeó la base del televisor con
toda la fuerza que tenía. El aparato se sacudió. La imagen tembló. El
presentador continuaba hablando, imperturbable, como si el mundo no acabara de
cometer el error más grotesco imaginable. Volví a golpear. La pantalla se
inclinó y cayó de lado con un sonido hueco contra el mueble. La imagen se
distorsionó en un parpadeo de colores rotos antes de apagarse.
El silencio llenó la habitación. Respiré
hondo. El aire sabía a polvo y electricidad caliente. Miré el agua
extendiéndose por el suelo entre los fragmentos de vidrio. Lentamente, la furia
empezó a asentarse. Había cometido un error. Supuse que los ratones entenderían
el laberinto sin ayuda. Sonreí. Muy despacio. Bien, tendría que guiarlos.
Vamos por los ratones de las fuerzas del
orden; solo se trata de subir la apuesta. Así que continué con el ritual del
baño, el maquillaje y la escenificación de mis sujetos. Nunca tuve un sujeto
preferido; a veces era la mirada, otras un roce en el momento inadecuado, un
comentario de mal gusto. No tolero las faltas de educación. En realidad, me da
igual si son hombres o mujeres. Recién después del quinto cuerpo comenzaron a
alinearse. No merezco estar en las sombras, pero hay que hacerles todo el trabajo.
Tengo que dejar trocitos de queso para conectar los puntos.
Las redes fueron las primeras en darme un
nombre: «El titiritero». No era grandioso, pero por algo se empieza. Las redes
eran fáciles de dirigir; no me significó ningún placer. Si no hay desafío, no
hay gozo. Podría conformarme con esto. Permanecer oculto frente a sus ojos. Lo
intenté, pero ya no hubo descargas. Esa electricidad necesaria para dormir,
para comer, solo se encendía cuando los roedores seguían la pista adecuada.
Necesito darle un rostro al Titiritero; tengo que tensar los cables un poco más.
Cambié mi método, pero dejé que lo
conectaran. Finalmente, es mi nombre el que está en todas partes. Ahora saben
quién es el arquitecto. La sensación fue enorme, brutal. Te preguntas si tengo
un plan. ¿Qué crees? Claro que sí, pero no te lo diré.
Ha llegado el momento, querido diario —como dicen los románticos—, de decir adiós. Te quedas aquí, ya te tengo en digital para continuar. Eres el último regalo para mis ratones.
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