martes, 13 de octubre de 2026

Matilda ha muerto

Manuel Jumpa Santamaría


Los amigos lo apodaron Matilda porque decían que parecía una sirvienta cama-adentro, atenta para servir día y noche, aunque, por derecho propio, era un auto macho: un Fiat 500 del 68, azul marino, viejo de diez años y quejumbroso que doña Pilar, la mamá de Luis, le había comprado cuando tenía solo seis años de antigüedad. Matilda, a pesar de sus diez años, era una fiel camarada. Estaba oxidada hasta el chasis, le crujían los cambios y solo tenía un faro delantero. Luis la lustraba todos los días, le hacía mantenimiento al motor, a las llantas, al capó, para después salir a pavonearse en el barrio manejando el timón con una mano y el codo afuera de la ventana mientras mostraba su panza chelera y su barba de tres días. Una vez el ventilador del motor empezó a chirriar y, aunque emitía un sonido horrible, no lo arregló. Prefería darse tiempo para sacarle brillo al capó.

 «Este se cree mucho con su puto carro», decía Pedro, su amigo de barrio.

El auto, famoso en el barrio por su origen italiano, le daba caché entre sus amigos misios que solo tenían para el pasaje en los colectivos. Más importante: los patas, los familiares, la collera lo buscaban para moverse por los alrededores. El Fiat era excelente para el mataperreo en el jirón Valdizán. Hasta aquella madrugada fría de Lima que sería la última de Matilda.

Unos días antes, mientras manejaba, Luis pensaba: No importa si solo terminé la secundaria, carajo, justo cuando Velasco daba la reforma educativa; puta madre, me libré de juntarme con los cholos. Ahora, mi mamá quiere que sea empleado. Ella no sabe lo que es pasar ocho horas en una oficina. Prefiero seguir con mi taxi. Mientras tanto, el Fiat recorría las calles de Jesús María, ese conglomerado de casitas de dos pisos, jardincito delantero, paredes todas de blanco, puertas y ventanas con rejas oscuras, al estilo americano de moda. La urbanización estaba rodeada de residencias aristocráticas en la avenida Salaverry y alrededor de lo que fue el hipódromo San Felipe. En ese espacio de Jesús María vivían algunos cantantes de la Nueva Ola como El Mono Altamirano, Pepe Cipolla y actrices de televisión como Cuchita Salazar. La población era, en su mayoría, descendiente de empleados de clase media que habían trabajado para las empresas de la oligarquía urbana o en las grandes haciendas de la costa. Los habitantes de esas viviendas aspiraban a codearse con apellidos blanquitos caídos en desgracia, con pretensiones de estatus social, eso sí, ¡qué se habrán creído!, como decía la abuela de Luis. El barrio era una amalgama de blanquiñosos con aires de criollos y de criollos con aires de  blanquiñosos, que no solían juntarse con cholos ni negros.

Matilda, en cambio, los aceptaba a todos. A pesar de su fragilidad, años atrás llevó a la patota hasta el Festival de la Primavera en Trujillo y a la Fiesta de la Vendimia en Ica del año siguiente. Su pequeña carrocería era el inevitable transporte de cuatro, a veces seis palomillas, para farrear en Barranco o para buscar la bronca a los cholos que chupaban por el Dante. No protestó cuando la degradaron a taxi, para ir por ahí nomás, cerca del barrio, no sea que lo ensucien los negros de mierda. Nunca faltó en la playa Pescadores para el cebiche después de las jaranas; en ese conjunto de casas de estera y madera al costado del exclusivo Club Regatas se preparaban los mejores cebiches  de Lima, con pescado fresco traído del Terminal Pesquero. En otra ocasión Matilda los sacó al cuete del bar Negro Candela en Cinco Esquinas, Barrios Altos cuando una noche el mozo se pasó de vivo y les cargó unas cervezas de más.

Una madrugada brumosa de Lima, Luis y cinco de sus compinches regresaban de una fiesta en el Fiat, totalmente ebrios. En la radio Rubén Blades cantaba a todo pulmón su éxito recién lanzado: Y Pedro Navaja, puñal en mano, le fue pa' encima. El diente de oro iba alumbrando to'a la avenida, cuando Matilda tuvo un hipo y se paró en seco, empezó a toser como un asmático y a llenar de humo los asientos traseros. La patota aún se reía de un chiste de Pedro, el contador de chocarrerías, cuando del asiento posterior salió un fogonazo y humo denso. Luis se puso pálido al ver salir crepitantes las primeras llamas debajo del capó. Desesperado bajó, abrió la tapa del motor. Una llamarada le saltó a la cara quemándole las pestañas, creció hasta el techo, se propagó hacia los asientos de los pasajeros. Asustados, chamuscándose, los cinco salieron a la atropellada por las dos puertas del auto que se consumía.

Un desencajado Luis buscaba agua, un trapo, tierra, cualquier cosa para apagar el fuego. Le ardían los párpados y le llegaba el olor de su ropa que se quemaba. A través del humo que envolvía al auto vio que sus amigos, dándole la espalda, empezaron a alejarse del lugar, con sus cervezas en la mano.

 ―Oigan, ayuden pues, carajos ―gritó Luis.

―¡No jodas, oye, que se queme tu cojudez de carro! ¡No te creas la gran cagada por tener tu Fiat! ―respondió Pedro.

―¡Quémate tú también, huevón! ―gritó Pepe Podestá, primo de Luis, desde más lejos.

La Matilda aún ardía.

Luis vio cómo su Fiat 500 terminaba de quemarse hasta ser un amasijo de retorcidos fierros negros. Cuando Matilda se carbonizó completamente, algunos chismosos salieron de sus casas. Luis vio pasar un patrullero por la esquina, levantó la mano pidiendo ayuda. El vehículo siguió de largo silencioso. Luis se encaminó en dirección a su casa, que estaba a pocas cuadras. Mientras caminaba con las manos en los bolsillos, pensaba: Carajo, desde que Velasco nos quitó las haciendas nos jodimos en este lugar de mierda. Y yo en ese carro, dando vueltas. Ella seguramente no lo sabe, pero el Fiat que me regaló para ganarme la vida, era mi carro, mi orgullo. Además, cuatro años en el timón son nada.

Caminó dos cuadras hasta el cruce de Valdizán y Horacio Urteaga. En la esquina del Chino Pepe estaba la collera, haciendo rueda a una docena de cervezas en el piso. Unos drogadictos fumaban su troncho Moño Rojo en una vereda cercana. Un panadero pasaba haciendo ruido con su corneta.

Luis se acercó a ellos y empezó de nuevo la risa, algunos de sus amigos hasta se doblaban por las carcajadas.

―La Matilda ja, ja, ja, puta madre ―decía uno de ellos.

―La Matilda ja, ja, ja, echaba humo por todas partes, parecía la chimenea del Cocharcas, ja, ja, ja ―decía otro.

―No compadre, se parecía al Coco cuando se le prende al pucho ―agregaba un tercero.

Luis los miró:

―Ustedes son unos conchesumadres, me dejaron solo en la avenida, con la Matilda que se quemaba.

Así les reprochaba mientras llenaba su vaso de cerveza y las carcajadas seguían.

―Basuras, ustedes no creen en nadie ―insistió Luis―. Un amigo se puede morir y ustedes se cagan de la risa.

La mañana aparecía plena, el sol resplandecía en las casas blancas del vecindario y emitía unos brillos de arco iris en los vasos y las botellas de cerveza que se encontraban haciendo un círculo en el piso. Luis agarró un vaso de cerveza, miró los restos del Fiat ahora negro y humeante, volteó donde estaban sus amigos:

«La Matilda ha muerto, carajo. ¡Viva la Matilda!», dijo.

Y se sirvió otro vaso de cerveza.  

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