Manuel Jumpa Santamaría
Los amigos lo
apodaron Matilda porque decían que parecía una sirvienta cama-adentro, atenta
para servir día y noche, aunque, por derecho propio, era un auto macho: un Fiat
500 del 68, azul marino, viejo de diez años y quejumbroso que doña Pilar, la
mamá de Luis, le había comprado cuando tenía solo seis años de antigüedad. Matilda,
a pesar de sus diez años, era una fiel camarada. Estaba oxidada hasta el chasis,
le crujían los cambios y solo tenía un faro delantero. Luis la lustraba todos
los días, le hacía mantenimiento al motor, a las llantas, al capó, para después
salir a pavonearse en el barrio manejando el timón con una mano y el codo
afuera de la ventana mientras mostraba su panza chelera y su barba de tres días.
Una vez el ventilador del motor empezó a chirriar y, aunque emitía un sonido
horrible, no lo arregló. Prefería darse tiempo para sacarle brillo al capó.
«Este se cree mucho con su puto carro», decía Pedro, su amigo de barrio.
El auto, famoso
en el barrio por su origen italiano, le daba caché entre sus amigos
misios que solo tenían para el pasaje en los colectivos. Más importante: los
patas, los familiares, la collera lo buscaban para moverse por los alrededores.
El Fiat era excelente para el mataperreo en el jirón Valdizán. Hasta aquella
madrugada fría de Lima que sería la última de Matilda.
Unos días antes, mientras manejaba, Luis pensaba: No
importa si solo terminé la secundaria, carajo, justo cuando Velasco daba la
reforma educativa; puta madre, me libré de juntarme con los cholos. Ahora, mi
mamá quiere que sea empleado. Ella no sabe lo que es pasar ocho horas en una
oficina. Prefiero seguir con mi taxi. Mientras tanto, el Fiat recorría las calles de Jesús María, ese conglomerado de casitas
de dos pisos, jardincito delantero, paredes todas de blanco, puertas y ventanas
con rejas oscuras, al estilo americano de moda. La urbanización estaba rodeada
de
residencias aristocráticas en la avenida Salaverry y alrededor de lo que fue el
hipódromo San Felipe. En ese espacio de Jesús María vivían algunos cantantes de la Nueva Ola como El Mono Altamirano,
Pepe Cipolla y actrices de televisión como Cuchita Salazar. La población
era, en su mayoría, descendiente de empleados de clase media que habían trabajado
para las empresas de la oligarquía urbana o en las grandes haciendas de la
costa. Los habitantes de esas viviendas aspiraban a codearse con apellidos
blanquitos caídos en desgracia, con pretensiones de estatus social, eso sí, ¡qué
se habrán creído!, como decía la abuela de Luis. El barrio era una amalgama
de blanquiñosos con aires de criollos y de criollos con aires de blanquiñosos, que no solían juntarse con
cholos ni negros.
Matilda, en
cambio, los aceptaba a todos. A pesar de su fragilidad, años atrás llevó a la
patota hasta el Festival de la Primavera en Trujillo y a la Fiesta de la Vendimia
en Ica del año siguiente. Su pequeña carrocería era el inevitable transporte de
cuatro, a veces seis palomillas, para farrear en Barranco o para buscar la
bronca a los cholos que chupaban por el Dante. No protestó cuando la degradaron
a taxi, para ir por ahí nomás, cerca del barrio, no sea que lo ensucien los
negros de mierda. Nunca faltó en la playa Pescadores para el cebiche después
de las jaranas; en ese conjunto de casas de estera y madera al costado del
exclusivo Club Regatas se preparaban los mejores cebiches de Lima, con pescado fresco traído del
Terminal Pesquero. En otra ocasión Matilda los sacó al cuete del bar Negro
Candela en Cinco Esquinas, Barrios Altos cuando una noche el mozo se pasó de
vivo y les cargó unas cervezas de más.
Una madrugada
brumosa de Lima, Luis y cinco de sus compinches regresaban de una fiesta en el
Fiat, totalmente ebrios. En la radio Rubén Blades cantaba a todo pulmón su
éxito recién lanzado: Y Pedro Navaja, puñal en mano, le fue pa' encima. El
diente de oro iba alumbrando to'a la avenida, cuando Matilda tuvo un hipo y
se paró en seco, empezó a toser como un asmático y a llenar de humo los
asientos traseros. La patota aún se reía de un chiste de Pedro, el contador de
chocarrerías, cuando del asiento posterior salió un fogonazo y humo denso. Luis
se puso pálido al ver salir crepitantes las primeras llamas debajo del capó. Desesperado
bajó, abrió la tapa del motor. Una llamarada le saltó a la cara quemándole las
pestañas, creció hasta el techo, se propagó hacia los asientos de los
pasajeros. Asustados, chamuscándose, los cinco salieron a la atropellada por
las dos puertas del auto que se consumía.
Un desencajado
Luis buscaba agua, un trapo, tierra, cualquier cosa para apagar el fuego. Le
ardían los párpados y le llegaba el olor de su ropa que se quemaba. A través
del humo que envolvía al auto vio que sus amigos, dándole la espalda, empezaron
a alejarse del lugar, con sus cervezas en la mano.
―Oigan, ayuden pues, carajos ―gritó
Luis.
―¡No
jodas, oye, que se queme tu cojudez de carro! ¡No te creas la gran cagada por
tener tu Fiat! ―respondió Pedro.
―¡Quémate
tú también, huevón! ―gritó Pepe Podestá, primo de Luis, desde más lejos.
La Matilda aún
ardía.
Luis vio cómo
su Fiat 500 terminaba de quemarse hasta ser un amasijo de retorcidos fierros
negros. Cuando Matilda se carbonizó completamente, algunos chismosos salieron
de sus casas. Luis vio pasar un patrullero por la esquina, levantó la mano
pidiendo ayuda. El vehículo siguió de largo silencioso. Luis se encaminó en
dirección a su casa, que estaba a pocas cuadras. Mientras caminaba con las
manos en los bolsillos, pensaba: Carajo, desde que Velasco nos quitó las haciendas nos
jodimos en este lugar de mierda. Y yo en ese carro, dando vueltas. Ella seguramente
no lo sabe, pero el Fiat que me regaló para ganarme la vida, era mi carro, mi
orgullo. Además, cuatro años en el timón son nada.
Caminó dos cuadras hasta el cruce de Valdizán y Horacio
Urteaga. En la esquina del Chino Pepe estaba la collera, haciendo rueda a una
docena de cervezas en el piso. Unos drogadictos fumaban su troncho Moño Rojo en
una vereda cercana. Un panadero pasaba haciendo ruido con su corneta.
Luis se acercó a ellos y empezó de nuevo la risa, algunos
de sus amigos hasta se doblaban por las carcajadas.
―La Matilda ja, ja, ja,
puta madre ―decía uno de ellos.
―La Matilda ja, ja, ja,
echaba humo por todas partes, parecía la chimenea del Cocharcas, ja, ja, ja ―decía otro.
―No compadre, se parecía al
Coco cuando se le prende al pucho ―agregaba
un tercero.
Luis los miró:
―Ustedes son unos conchesumadres,
me dejaron solo en la avenida, con la Matilda que se quemaba.
Así les reprochaba mientras llenaba su vaso de cerveza y
las carcajadas seguían.
―Basuras, ustedes no creen
en nadie ―insistió Luis―. Un amigo se puede morir
y ustedes se cagan de la risa.
La mañana aparecía plena, el sol resplandecía en las
casas blancas del vecindario y emitía unos brillos de arco iris en los vasos y las
botellas de cerveza que se encontraban haciendo un círculo en el piso. Luis
agarró un vaso de cerveza, miró los restos del Fiat ahora negro y humeante, volteó
donde estaban sus amigos:
«La
Matilda ha muerto, carajo. ¡Viva la Matilda!», dijo.
Y se sirvió
otro vaso de cerveza.
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