lunes, 16 de marzo de 2015

Brujos

Mario César Ríos Barrientos


Descendió del bus que debía llevarla a la Victoria refunfuñando contra el cobrador: “Sí, sí, sí, idiota. ¿Te dije Balconcillo, no?”. El cobrador del bus tomó del brazo a Andrea ayudándola a bajar en la intersección de 28 de Julio y Salaverry, una parada inesperada luego de una discusión acalorada. Al bajar la mujer de treinta años, cabello negro ondeado, de pequeña estatura se tranquilizó con el ruido del gentío proveniente de una de esas ferias itinerantes que se instalan iniciando el Campo de Marte, se sintió segura por las luces proyectadas sobre un colorido banner  que anunciaba la XVI Feria de los Deseos de Lidia Gómez y que iluminaban la entrada del recinto.

–¿Qué coño es esto?  –murmuró al observar el interior del lugar hormigueando de gente esperando turno en cada puesto ferial. Su curiosidad de socióloga la impulsó a dar los primeros pasos sobre el largo cubrepiso rojo que asemejaba una alfombra distribuyendo los puestos feriales en dos largas filas.

En su primer recorrido de ida y vuelta encontró parejas jóvenes y maduras, mujeres y hombres solitarios, madres con niños en edad de lactar y ancianos sentados en sillas blancas de fibra de vidrio esperando turno en tiendecillas con armazón de madera forradas en telas blancas que cubrían el frente dejando un espacio rectangular como entrada para la clientela, cubierto de un fino tul color azul. Al lado de estas improvisadas entradas se leían anuncios presentando una gran variedad de servicios: brujos que te leían el futuro con cartas u hojas de coca, maestros que te aseguran levantar el negocio o traerte de regreso a la persona amada, chamanes que juraban curar desde la drogadicción hasta el mal de ojo, de todo un poco.

Los “brujos” provenían de Huaranguillo, Huacucharra y Huancarqui en Arequipa, de Túcume en Lambayeque, de las Huaringas en Piura, de Balsapuerto en Loreto y de diversas localidades con fama de albergar curanderos. A Lidia Gómez, de oficio organizadora de eventos, se le había ocurrido que sería buena idea presentarlos por regiones y especialidad.

Para Andrea Mayorga, ésta era su primera experiencia con brujos aunque siempre le llamó la atención la afición de la gente por lo sobrenatural que ahora veía en las caras de ansiedad de las decenas de concurrentes. Su nariz respingona se arrugó y sus ojos verdes achinados se abrieron al encontrarse con ese repentino descubrimiento, sus amplias caderas se movían lentamente al ritmo de su frágil cuerpecito, observando detalles, entonces extrajo el smartphone de su bolso de tela adornado con diseños prehispánicos, pulsó el icono y comenzó a filmar.

–Si el viejo se muere será mejor para todos hermana –sentenciaba una mujer de pelo larguísimo, alisado de unos treinta años que estaba acompañada de otra que lucía el mismo tipo de cabello y corte de cabeza triangular que podría hacer presumir a cualquiera que se trataba de dos hermanas de sangre. Andrea ralentizó aún más su andar para registrar aquel tenebroso dialogo. La mujer mayor respondía en voz bajita que debía ser paciente y que el maestro Donato era garantía de trabajo serio, que ya deje de joder y  hablar tanto. Espantada, la socióloga descendió bruscamente el  smartphone que tenía a la altura de su rostro hasta su vientre para seguir grabando sin ser descubierta. Las mujeres volvieron la mirada hacia ella y sintió su corazón latir con gran fuerza. ¿Se habrán dado cuenta?, mejor sigo de largo pensó y apuró el paso saltando hacia la fila del frente dando largos trancos.

Se sentó en una silla para tranquilizarse aprisionando el celular con la mano izquierda contra su abdomen. Parecía una cliente más esperando turno detrás de hombres y mujeres sin gracia, cuarentones solitarios de aspecto sombrío con ropas pasada de moda y conversaciones sobre programas de espectáculos que transmitía la televisión de señal abierta, esa clase de perdedores que le disgustaba tanto, como las personas que frecuentaba antes que su éxito profesional cambiara su mundo, gente común como los vecinos de Balconcillo, como sus propios familiares. Personas que no tenían nada que ver con ella, una mujer instruida, interesada en los libros, el buen cine, el teatro, y cómo no, de vez en cuando, si había chicos lindos para hablar, la política. Un anuncio elaborado sobre papel craft ofrecía regresar a la persona amada en un mes y tres sesiones.

–¿Funcionará de verdad amiga? –curioseó la socióloga con una mujer pecosa de pechos grandes, jeans negros apretados sentada al lado. Esta se tomó unos segundos para escudriñarla con la mirada, desconfiada. Le respondió que esto no es para gente que duda y que había que tener fe. Otra mujer con vestido largo, blanco con grandes lunares negros aseguraba que el maestro Juan Reyes era el mejor en amarres de amor, que a ella le funcionó hace dos años pero que los amarres no son eternos y que había que renovar el amor siempre.  Un sujeto de gafas gruesas, ojos saltones, cara redonda y grasienta invadida por el acné tomó del hombro desde atrás a Andrea provocándole repulsión. Éste le dijo que confiara, que a él le funcionó con su Almendrita pero que luego sucedieron cosas que ocurren con las parejas felices, que siempre hay gente envidiosa y que todo problema tiene solución, que el maestro Reyes es una gran ayuda. La socióloga Mayorga sonrió forzadamente a su repentino grupo de compañeros que iba creciendo en número y testimonios que afloraban uno tras otro en  desorden que el smartphone registraba. 

–¿Y tú para que viniste? –interrogó la mujer pecosa de pechos grandes. El silencio se instaló en el grupo y luego las miradas de la gente se enfocaron en la mujer reclamando respuesta. La socióloga se ruborizó, se sentía incómoda, aprisionada por desconocidos que asemejaban barrotes humanos acorralándola, escrutándola. Se turbó y sintió vulnerable, indefensa con personas a las que apenas conocía hacía cinco minutos.

–Pedrito, estoy aquí para que Pedrito vuelva a mí –inventó un nombre y luego relató una historia sobre un ingeniero Pedro, rompecorazones, un príncipe que trataba a las mujeres como reinas, quien la ilusionó, a quien amó y por quien fue abandonada. Ella fue muy descriptiva en los detalles concitando la atención y los consejos del grupo que comparaban su propia situación con la de Andrea. Indistintamente del género, el grupo se dividió en dos, unos a favor de Pedro y otros a favor de la socióloga quien enmudeció observando como este grupo de desconocidos con los que no socializaría en otras circunstancias, debatían acaloradamente aspectos personales de su vida. Pedrito en realidad era Felipe Islache, exnovio, ingeniero industrial, quien viajó hace un mes a Madrid deshaciendo un compromiso de dos años que tenía con ella.     

–¡Paciente Ana! –se escuchó desde el interior de la tienda. La mujer pecosa de pechos grandes tornó su posición desparramada sobre la silla hacia una posición erguida y de atención enderezándose como pudo, sus grandes pechos mostraban el encorvamiento de su espalda en esa posición. Observó a Andrea y le dijo que ella lo necesitaba más, que podía cederle su turno, el resto del grupo asintió con miradas y ademanes de comprensión.

–No creo que yo deba –se resistió tímidamente y el grupo la alentó con convicción. Andrea ingreso arrastrando sus pasos, separó el tul que cubría la entrada de la tienda, dio pasos cortitos hasta un biombo que hacía de separador entre un área de exhibición de brebajes y remedios de otra de consulta que lucía tenuemente iluminada por gruesos cirios multicolores que hacían de pequeña muralla entre el brujo y sus clientes.

–Sé lo que te trae aquí, un hombre que hizo un viaje muy largo, fuera del Perú, mal de amores, puedo verlo en la suciedad de tu aura –sentenció un hombre regordete con barba y bigotes encanecidos, piel cetrina, camisa blanca larga, cinturón ancho de tela y sombrero de paja de ala ancha.

La mujer se sintió intimidada por la forma en la que aquél hombrecito le clavaba sus enormes ojos negros y le relataba su amorío con el ingeniero. Se le escarapeló el cuerpo por la manera detallada como describía sus errores que alejaron al novio y la certeza con la que sostenía que el ingeniero había sido embrujado. El brujo largó un monólogo donde inventó una novia madrileña bien asesorada por brujos españoles, realizó invocaciones al arcángel Miguel e invitó a Andrea a pedir por el regreso del ingeniero. La mujer imaginó una madrileña odiosamente joven y bonita, la maldijo en voz alta, catártica, con fuego en los ojos, pidiendo finalmente por el regreso del ingeniero: “Vuelve a mi Felipe”.

–¿Qué más debo hacer maestro para que Felipe vuelva conmigo? –preguntó esperanzada la mujer. El maestro Juan Reyes la estudió, se acercó desconfiado y observó en la penumbra unos incontrolables temblores en el enrojecido rostro de la mujer, entonces giró bruscamente dándole la espalda.

–Lo primero que debes hacer es dejar de ocultarme cosas y confiar, sin mentiras. He liberado a gente de hechizos más potentes y puedo garantizarte que el ingeniero volverá contigo. Dime, ¿él es Felipe y tú eres?

–Andrea, maestro Reyes –dijo incómoda la mujer al ser inquirida de esa manera.

–Me di cuenta desde que entraste que no eras Ana. Como siempre digo, las cosas deben ser claras desde el principio, lo único espeso aquí son los brebajes que preparo –dijo Reyes tomando una vieja taza despostillada rebosante de un líquido que despedía olores mezclados de girasoles, ruda, albahaca y clavo de olor. Chapoteó la taza con una madera corta cubierta por un trapo e invocó nuevamente al arcángel Miguel con oraciones ininteligibles pidiendo por el regreso del Ingeniero Felipe con su amada. Andrea acompañó las oraciones pidiendo otra vez el retorno de Felipe mientras recibía gruesas gotas del brebaje que Reyes esparcía por el cuerpo de la mujer con un improvisado hisopo litúrgico hasta vaciar el contenido del brebaje. El brujo tomó de los hombros a Andrea y le dijo que la sesión había concluido. Le entregó una tarjeta personal con indicaciones de volver en una semana. La mujer salió de la tienda, agradeció a su recién conocido grupo de amigos con una venia y una sonrisa que le iluminaba su colorado rostro.

Al salir de la feria tomó un taxi hacia Balconcillo oliendo fuertemente a ruda y girasoles que el taxista apenas toleraba después de bajar todas las lunas de las ventanillas del automóvil. En el camino repasó la extraña experiencia que había vivido. ¿Habrá llegado hasta allí por azar o destino? ¿La decisión de entrar a la feria se debió a su interés científico o estuvo impelida por una fuerza sobrenatural? ¿Será verdad que Felipe Islache deje estudios, trabajo y su nuevo amor para volver con ella? ¡Pero qué tonterías estoy pensando!, se enojó consigo misma escarbando esta experiencia nueva. Así peleaban la razón y el corazón en Andrea cuando el taxista le avisó del final del recorrido.

La angustia no cesaba en la mujer, fue a su habitación, pulsó la función play de la cámara de video del aparato, desfilaron las imágenes de su ingreso al recinto, las hermanas que querían asesinar a algún pariente, el grupo que la rodeó y aquella discusión insólita con los desconocidos.  El audio era nítido, muy claro y muy bochornoso para ella, no servía para nada como investigación este documento donde exponía su denigración pública. Pensó que quizás las imágenes podrían contener algo para rescatar, el colorido de la feria, el aire festivo en la gente, algo que justifique el sinsabor de aquella excursión. Andrea puso atención en el video, al principio la desalentaron las primeras imágenes de hombros, caderas, piernas de gente que filmó por la posición del smartphone en su vientre pero luego encontró algo extraño en las tomas. La cámara enfocaba a la pecosa y a la mujer de vestido blanco con lunares negros cuchicheando, riendo ambas, la mujer del vestido tomando nota, moviéndose sigilosamente hacia la tiendecilla del brujo, saliendo de ella, guiñando un ojo a la pecosa.

–¡Carajo!, las únicas brujas aquí son estas dos perras –maldijo enfurecida Andrea.

viernes, 13 de marzo de 2015

Corredor de autos

Frank Oviedo Carmona


Después  de diez  años de matrimonio y con un hijo de ocho años llamado John, Marlene decidió separarse de su esposo Robert.  Ellos vivían en una casa con techo a dos aguas color ocre, con ventanas de madera pintadas de amarillo y rodeada de árboles que pasaban la altura de la casa.   A unos metros de ella, se encontraba una cochera para dos autos y un pequeño taller.  Para llegar,  debías subir tres escalones largos hasta encontrar una puerta del mismo color de la casa. Robert  era un excelente corredor de autos y buen esposo, pero las constantes reuniones y el exceso de alcohol fueron cambiando su carácter, volviéndolo agresivo. Comenzó a salir con otras mujeres y a despreocuparse de su hijo; estos factores llevaron a Marlene a tomar la decisión definitiva. En varias oportunidades trataron de sacar adelante su matrimonio, diciendo que lo hacían por John que estaba pequeño y necesitaba una familia que lo apoye, sin lograrlo.  Ella  intentó mantener una buena relación con Robert, para que no afectara tanto a John y pudiera llevar una vida sana; por ello,  los fines de semana,  iban al cine, a jugar al parque y en algunos casos a ver carreras de autos, que al padre de John le encantaba. Los primeros meses Robert participó de todas las actividades planeadas,  después ya no lo hizo, se quedaba dormido porque  había tomado hasta embriagarse.

Pasó un año hasta que Marlene decidió irse a vivir a otro lugar con su hijo. Esta separación afectó a John quien comenzó a tener una mala conducta en la escuela, a escaparse  con los amigos, a llegar  tarde a clases, a pelearse  en los recreos  y a no cumplir con sus tareas. Fue expulsado de la escuela en tres oportunidades  por su pésima conducta.

Al cumplir los diez y seis años, John seguía en peleas. Un día viernes salió de casa rumbo a sus clases y no regresó hasta el lunes todo sucio sin decir dónde había estado.  Su madre lo había  buscado por todas partes sin tener noticas, él solo dijo que había estado en la casa de unos amigos viendo un campeonato de carreras de auto en la televisión.  Su mamá lo castigó, sin dejarlo salir por varios días.

De esta manera,  estuvo tranquilo unos meses, hasta que un día robó un auto con el que chocó y quedó mal herido. Marlene no soportó más y llamó por teléfono a Robert que, para ese entonces, ya había sentado cabeza. Tenía un taller de mecánica, vivía solo y no tomaba porque estuvo en un grupo de apoyo en Alcohólicos Anónimos. Era un hombre solitario y triste.  A pesar de todo su pasado, amaba a su hijo, pero no tenía cara para acercase a él.

–Ya no soporto a tu hijo, lo he cambiado de escuelas por su mala conducta, y lo último que ha hecho me llena de temor, llévatelo por favor para que trabaje en tu taller –le dijo Marlene muy acalorada.

–Sabes bien que no puedo, yo trabajo todo el día y mi departamento es chico –dijo Robert.

–Por eso, que trabaje contigo, haz de padre siquiera una vez en tu vida, ya que nunca te dedicaste a tu hijo –le reclamaba Marlene.

–¡Cómo  voy a hablar con él, si no lo he visto en años! –exclamó.

–No me importa, te voy a comunicar con tu hijo –insistió.

John, aún estaba recuperándose de los golpes, que por cierto no fueron graves, pero pudieron serlo.

–¡John!, tu padre quiere hablar contigo y más te vale que lo hagas.

–¡Mi padre! ¿Y qué quiere? Yo no deseo hablar con ese tipo –respondió John.

–Tendrás que hacerlo, quiero que te vayas a vivir con él y trabajes en su taller a ver si te compones –objetó la madre.

–¡Irme con él! ¡Estás loca mamá! Años que no lo veo y tampoco quiero hacerlo –dijo.

–No empeores las cosas hijo, habla con tu papá por favor.

John  asintió con un movimiento de cabeza.

–¿Qué quieres? –le preguntó de mala gana.

–Hijo, hijo, no sé qué decirte, tu madre está muy preocupada por toda esta situación –dijo Robert con la voz temblorosa.

–¡Y desde cuándo a ti te preocupa mi madre! –exclamó.

–Siempre me han preocupado ustedes –respondió.

Para esto John ya había cortado la comunicación tirando el teléfono y volviéndose a recostar  en su cama.

Marlene lo observó con el rostro triste y pasando la saliva, luego se recuperó.

–En unos días vas a estar bien,  te iras a vivir con tu padre por un tiempo y trabajaras en su taller. De lo que ganes,  compraras  tus alimentos,  porque a tu padre no creo que le alcance y no se hable más.

–Por favor mamá no me mandes donde él, no me hagas esto,  lo odio, nunca se dedicó a nosotros, perdóname te prometo que me portaré bien –lo dijo con lágrimas en los ojos.

Marlene estaba con el rostro desencajado y tembloroso de dolor, aun así debía permanecer firme en su palabra, porque sabía  que  su decisión era la correcta y ayudaría a su hijo. Se dio media vuelta dándole la espalda y continuó.

–Lo siento hijo,  la decisión está tomada y no daré marcha atrás –lo dijo conteniéndo la respiración para que no notara el dolor que le causaba el decirlo.

John, no creía lo que estaba sucediendo y se echó a llorar dando golpes en el piso de su cuarto.

Al llegar Robert en su auto de carrera un poco viejo pero cuidado, encontró a John sentado con su mamá en las escaleras ubicadas en la parte exterior de la casa.  

Él se levantó, la abrazó  y le susurró al oído que no dejara de llamarlo.  Asimismo,  le pidió perdón por haberla hecho sufrir.

Ella se soltó y le dijo que lo amaba y con el tiempo se daría cuenta que era lo mejor.

John avanzó despacio hacia el auto conteniendo las lágrimas. Se detuvo; quiso voltear y responder cuando su mamá le dijo que lo llamaría pero no lo hizo, así que levantó  la mano en señal de afirmación y subió al auto.

Por unos largos minutos John no dijo palabra alguna a lo que su papá le conversaba o hablaba.

–Hijo, no pretendo que me hables o me digas padre pero al menos responde con un sí o no cuando te pregunto algo.

–Entendido.

Al llegar a su casa, Robert le señaló donde dormiría y los horarios en los que trabajaría en el taller.  También, que lo  llevaría a la escuela y  recogería. John solo movió la cabeza en señal de aceptación.  Pasaron los días y ambos se adecuaron a la nueva rutina,  John hizo nuevos amigos en la escuela, ya no peleaba porque se sentía a gusto en el taller, tenía la misma pasión que su padre, quizás se dedicaría a  correr autos o a alta mecánica automotriz.

Robert recogió a John de la escuela, al inicio a ambos les costaba comunicarse, por unos minutos el ambiente se ponía tenso hasta que uno de ellos, que siempre era el padre, tomaba la iniciativa de decir algo.

–Nunca me perdonaré el daño que les hice, sobre todo a ti hijo.  El alcohol me volvió  ciego  e hizo que perdiera todo,  mi familia, dinero, amigos, todo lo perdí.

–¡Vas a empezar a ponerte dramático! No me importa lo que te haya pasado, a mí no me vas a conmover, nada más estoy a aquí porque mi madre me ha mandado y será por poco tiempo.

Robert  lo  miró y  siguió manejando.

En ese preciso instante, su madre Marlene se encontraba sentada en el sofá reclinable, de cuero marrón mirando por la ventana tomando un balón de John, preguntándose cómo la estaría pasando con su padre. Ella estaba segura que llegarían a entenderse, su corazón de madre no la engañaba.  Sabía que John amaba a su padre, pero aún tenía mucho resentimiento.

–¿Por qué nunca me llamaste? –preguntó John.

–Tenía  vergüenza, no sabía qué decirte –le respondió.

–Pero, aunque sea una vez me hubieras llamado, una sola vez papá, me hubiera hecho bien, no imaginas cuánto te necesité, me sentía mal, no entendía lo que sucedía,  y tú, nos abandonaste, mamá estaba estresada y yo la puse peor con mi conducta –luego de reclamarle, John se secó las lágrimas.

–Quiero demostrarte que he cambiado, ojalá aún pueda hacer algo para remediar el mal que les hice. Por ahora te propongo inscribirte en una carrera  de autos, tu madre me ha dicho que te gustan, pero que no se me vaya a ocurrir ponerte en una, ¿aceptas?   –preguntó.

–¡De verdad! ¡Me ayudarías! –exclamó.

–Claro que sí, no es una carrera de gran importancia pero ahí decidirás si te gusta tanto como dices. Tengo el auto,  hay que repararlo.

 Cuando llegaron a casa, el teléfono estaba sonando, así que John se apuró para responder.

–¡Aló!

–Hola hijo.  ¿Cómo estás?

–Mamá te extraño, perdóname por favor, nunca quise portarme mal y menos hacerte daño –le  manifestó con la voz entrecortada.

–¿Cómo  se está portando tu padre contigo? –le preguntó.

–Me cuida mucho; me ha contado todo lo que ha sufrido por el alcohol.

–¡Pero eso tú ya lo sabías hijo!

–Sí mamá, cuando  me lo contó, me dio tristeza verlo así, sentí que le dolía y  le grité que no me importaba porque aún siento cólera y la verdad es que creo que no lo odio.

–Tómalo con calma, sigue trabajando y estudiando, me alegra que me hables de lo que sientes, sé que vas por buen camino, te amo.

–Adiós  mamá, no dejes de llamarme.

Robert se organizó con su hijo para dejar el auto en óptimas condiciones; debían arreglar el motor, cambiar neumático y afinarlo. Todo eso les tomaría unos tres días; tendrían  tiempo de sobra para practicar la distancia y ver los últimos detalles.

Al quedar listo el auto, Robert sugirió practicar donde él lo había hecho en sus inicios.

–¡De verdad papá  me llevarías donde tu practicaste! – exclamó con los ojos que le brillaban de la emoción.

–Claro que sí hijo, nada me haría más feliz que enseñarte mi pasión.

Todo el fin de semana practicaron en pista asfaltada y sobre todo las curvas que a veces le era problemático a John, pero con la ayuda de un ex campeón como su padre, lo pudo resolver aunque con mucho esfuerzo.  

Regresaron a casa y luego de bañarse cenaron en la sala asado de res,  vegetales, camote al horno y té de frutos del bosque. Sentados en un sofá de color ocre con cojines negros miraban televisión. Se les veía  felices, sonreían en algunos momentos cuando algo cómico sucedía en la película.

Luego de cenar, Robert se paró para entregarle un álbum, antes bajó el volumen del televisor.

–¡Mira esas fotos, quizás te resulten familiares!

John comenzó a revisar el álbum y vio que las fotos eran de él, se quedó sorprendido.

–¡Papá  soy yo con mi mamá saliendo del cine! ¡Y esta otra! Cuando fui a la fiesta infantil de Luis, hice pataleta porque no quería ir, luego mi mami me convenció comprándome un helado. ¿Cómo las tomaste sin que te viéramos?  –sorprendido preguntó.

–Lo hacía cuando estaba sobrio,  o mandaba a un amigo.

Ambos se abrazaron y John le dijo que estaba feliz de estar a su lado.

Llegó el día de la carrera John estaba nervioso pero tenía a su padre que le daba confianza y calmaba.  Ya había conversado con su madre porque no quiso ocultárselo; ella se opuso, hasta que después de hablar largo rato, pudo convencerla.

La carrera  sería muy reñida pues uno de sus amigos tenía un excelente carro. Su padre, también corredor de autos, era adinerado, pero él no era bueno conduciendo. Robert  había sugerido a John que no tenga temor por tremendo auto y que haga lo que habían practicado,  y así  lo hizo.  John ganó la carrera, fue cargado en hombros por su padre y amigos,  durante el camino fue aplaudido hasta que después de mucha algarabía se fueron a casa  a darle la noticia su mamá.

Estando en el auto, John le dijo a su papá que nunca pensó ser tan feliz, que estudiaría mecánica automotriz; le gustaban las carreras pero se había dado cuenta,  mientras estaba en el taller, que ahí sentía una emoción diferente.

Robert contento aceptó la idea de su hijo, ya que él, en el fondo no deseaba que sea corredor.

jueves, 12 de marzo de 2015

Dos por uno

María Elena Rodríguez


Esa mañana su familia cambió de actitud, y él en su interior  percibió  lo que vendría más adelante; el abandono, sí, el abandono;  lo sintió principalmente en el comportamiento de Soraya, su esposa; el momento mismo en que se ratificó la sentencia, ella ni lo miró…

…lo siento Julio, llegamos ya demasiado lejos, ya no puedo más, yo tengo mi vida, no tienes nada que reprocharme, al contrario, yo me reprocho a mí misma, me reprocho haber aguantado tanto, no es mi vida esta, yo no pedí esto… lo siento… lo siento… no puedo más…

Había estado preso  ya cuatro meses,  los cuales fueron un infierno para toda la familia; se esperaba  que con las apelaciones y todos esos enredos judiciales su suerte final cambie,  pero nada de eso resultó, no pudo librarse del cargo que se le imputaba como cómplice en el  tráfico de drogas “al menudeo”.

…el implicado Julio María Saldaña Cruz, deberá permanecer dos años en el Centro de Detención Permanente. La sentencia acusatoria final tomará en cuenta los cuatro meses de reclusión dentro del  proceso judicial mientras no había sentencia, por lo tanto…

Terminada la audiencia,  vino un  silencio que  selló la suerte del   acusado, la atmósfera de la sala se volvió densa y pesada.  Julio fue esposado y conducido en un patrullero rumbo a la cárcel; Soraya, Samuel y Julio Alberto, sus dos hijos, lo seguirían aparte para dejarle algunas pertenencias, dinero  y despedirse.

Julio iba en el asiento posterior de  un  viejo y maltratado vehículo junto a tres policías, uno de ellos le brindó un cigarrillo pero él lo rechazó. Para llegar al Centro de Detención Permanente debían pasar por un sector marginal de la ciudad. Era la ciudad vieja, la ciudad antigua que Julio  recordaba,  pero como fue en otra época, cuando era niño y de la mano de su madre paseaba por esas calles. Ahora estaba atestada de mendigos, prostitutas, traficantes, vendedores ambulantes y música estridente que salía de varios locales.

—¡Cierra la ventana, este lugar apesta a muertos!— dijo el jefe de los policías.

—No mi teniente, mejor que esté abierta la ventana, ayer  vomitó un detenido, estaba medio borracho— le contestó el policía que iba junto a Julio.

Julio miró que en su asiento quedaban restos muy frescos de lo que seguramente había sido  el vómito, pero no reaccionó,  estaba como paralizado y ausente, él mismo no entendía esa sensación. ¿Qué tenía él de diferente con ese borracho de “malos modales”?, nada. Iban a compartir exactamente el mismo techo, la misma atmósfera de un lugar siniestro e insalubre. Luego dejó de divagar para  pedirle al conductor que prenda la radio y empezó a bromear con ellos sobre los equipos de futbol local. Ese  vehículo viejo, de asientos roídos, de una  radio superpuesta, seguro que la original había sido arrancada,  era la estética propia del lupanar que les rodeaba.  Llamó su  atención ver que del retrovisor colgaban unas esposas de juguete  color rosado junto con un crucifico  muy original,  el Cristo flagelado llevaba una gorrita de navideña.

¡Que tiempos aquellos cuando manejaba mi  Mustang último modelo!

Al llegar   a la cárcel  se encontró con su familia, las conversaciones fueron mínimas, lo mismo había sucedido los meses anteriores; el  ambiente era frío y lúgubre, con un particular olor  a rancio que solamente invitaba a salir de ahí lo más pronto posible; la tensa calma solo avizoraba la llegada de los abrazos definitivos.

Soraya le entregó un paquete de tarjetas telefónicas, le dijo que deben durarle por lo menos un mes. Era claro que las visitas serían así desde hoy en adelante, cada mes, cada dos meses y tal vez después  nada, lo presentía. Se sentía medio extraño, no tenía ánimo ni para el reclamo, ni para el reproche, después de todo, era lo que siempre hizo con la familia, reprocharles, acusarles, intimidarles,  pero esta vez Julio se entregó al silencio total.

Antes de ese fatídico día, los cuatro meses anteriores de reclusión  fueron momentos saturados de   conflictos;  los días de visita se volvieron dramas interminables llenos de odio y escarnio,  en más de una ocasión sus  dos hijos dieron muestras de estar cansados y agobiados de esa situación, mientras que Soraya, lo único que hacía era callar, aguantar con paciencia que dejó de ser tal para convertirse en impávida inercia.

La despedida con Samuel, el segundo hijo fue fría, él lo miró casi reprochándole, aún así no dejaron de llenarse de lágrimas sus ojos, pero  eso no le impidió ver ante sí,  una vaga estela de recuerdos, donde  pasaban imágenes de momentos entrañables con su padre,  y luego esas mismas imágenes se volvieron hostiles cuando aparecía Julio borracho, Julio drogado, Julio tumbado en la cama, Julio robando el dinero, Julio vendiendo los bienes de la familia;  demasiado para un hijo.  La memoria de su vida fundamentalmente le hablaba de eso,    había rencor. Llegó el  abrazo cansado, una última mirada  y ni una sola palabra.

El adíos con  Julio Alberto, el primer hijo fue más sentido y  entrañable. Cuando él nació, hace veinte y cinco años, había bonanza en la familia, bonanza pero mucha inconciencia y mucho derroche, fue su hijo mimado, además, llevaba su nombre. Julio Alberto  no resistió y lloró como un niño, el abrazo de los dos fue conmovedor. Finalmente quedaba Soraya, su frialdad le resultó lacerante.

—Estaré  aquí el sábado, espero no tener turno en el hospital— le dijo.

Irá el sábado, lo que quería decir que el jueves, día ordinario de visita no estaría ahí, tal como  estuvo los cuatro meses anteriores. Llegando de madrugada para hacer fila, sometiéndose a malos tratos, a miradas lascivas de los guías penitenciarios, a pasar coimas, y encima escuchar reproches y reclamos de su esposo.  Soraya llegó a agobiarse de todo eso, y a sentir culpa hacia sus hijos por haberles dado la vida que les dio junto a su padre;  ahora, a pesar de que eran hombres  hechos y derechos, quería protegerlos.

Ella  era visitadora social  en un hospital público, por sus años de servicio tenía algunos beneficios traducidos en incrementos y bonificaciones salariales; además de  emprendedora como era, hacía pasteles los fines de semana para venderlos, y distribuía también, por catálogo, productos de belleza; dentro del sindicato de trabajadores tenía un cargo  directivo importante, lo cual hizo que su red de clientela sea bastante amplia. Todo eso le sirvió para educar a sus hijos, lucir siempre guapa y encima mantener a Julio. Nadie que le conocía y apreciaba, entendía por qué ella aguantaba esa situación.

Llegó el abrazo de despedida y con el la historia de su vida junto a Julio empezaba a volverse sepia y borrosa, era claro que estaba decidida a dar otro color a su vida, tal vez esa situación representaba su liberación.

Julio  guapo, Julio tiene dinero, Julio no terminó el colegio pero no importa, Julio tiene un negocio con su padre, Julio le mima, Julio le ama, Julio le exhibe,  Julio  está borracho, Julio no puede mantener el negocio, Julio está cansado de trabajar,  Julio quebró el negocio , Julio hace escándalo en las fiestas, Julio que le gritaba, Julio exigente con la comida, Julio exigente en la cama, Julio, Julio, Julio… ya no más… Julio... adiós.

Así se volvió la vida con Julio luego que él no pudo administrar bien una ferretería de las cuatro que tenía su padre. Soraya con el tiempo fue perdiendo espacio de dignidad en la vida, en más de una ocasión se encontró sacándolo borracho de algún bar, comprando pequeñas dosis de cocaína y entregándole su salario.

—Los problemas que no te han dado tus hijos, te los ha dado el hombre ese— era lo que su madre le decía reiteradamente.

Julio cayó preso justamente por desocupado. Tenía la costumbre de ir dos o tres veces por semana a un pequeño local de snacks que estaba a las afueras de dos colegios. Lo administraba Joao, un venezolano farfulla, bastante bien parecido que tenía encantada a la gente del lugar con sus habladurías. Su local, al ser muy concurrido, se volvió un espacio de venta de drogas para adolescentes.

 —Todo muy inocente—  solía decir de forma cínica.

Julio fue cliente de Joao, le proveía de pequeñas dosis de cocaína y a veces marihuana, él jamás fue partícipe del negocio, sin embargo en el momento del operativo realizado por la policía antinarcóticos, él figuraba como cómplice por su cercanía con el venezolano.

El día que fue aprehendido, fue una jornada normal en la casa de su familia. Soraya estaba en el hospital,  Samuel en la universidad  y Julio Alberto en el trabajo, los dos hijos aún vivían con sus padres.  Julio como siempre se quedó en la casa y luego fue al bar. No tuvieron noticias de él hasta las cinco de la tarde cuando en el domicilio irrumpió violentamente la policía. Destruyeron la puerta de entrada y empezaron a hacer una requisa, voltearon todo, fue un hecho violento y traumático para ellos verse así, acosados como delincuentes.  El oficial encargado del operativo comunicó a Soraya lo sucedido.

—Su esposo está en el centro de detención, pasará a órdenes del juez competente, se le acusa de tráfico de drogas.

A partir de ese día, y los cuatro meses siguientes la vida a más de cambiarles totalmente se volvió insostenible. El problema en esa familia siempre fue  Julio, y al momento de recibir la sentencia, de forma silenciosa  cada uno tomó una decisión respecto a él.

¡Vago de mierda, tú deberías trabajar, no mi madre, eres un mantenido sinvergüenza!, ¡respétame que soy tu padre…

En más de una ocasión sus hijos decidieron enfrentar a Julio. Cuando había discusiones Soraya, haciendo hincapié en los  “preceptos familiares” inculcados a través de la educación católica que recibió, estúpidamente decía que ella no podía desautorizar a su marido,  que había que conservar la familia, así que salía en defensa de él.

—¿Desautorizar? Estás loca mamá, este infeliz debe largarse y dejarnos en paz.

Julio se quedó solo y la sensación que le vino fue letal. Sintió como todo el cuerpo le dolía, como antes;  cuando siendo un niño de apenas diez años su nana le abrazó con fuerza y le dijo al oído que su madre había muerto y él no entendió nada;  él era el último hijo, el mimado, “el Julito bello”. Sin duda era ese mismo dolor, ese vacío, ese grito ahogado contenido en el estómago, los hombres no lloran,  y con el que se acostumbró a vivir, hasta que apareció Soraya.

…Soraya, Sorayita… abrázame, cuídame, no me dejes solo, tengo miedo…

Cuando todos se fueron y se cerraron las puertas del penal, supo que nadie volvería por él. Sintió que las piernas no iban a sostenerle, se arrimó junto a  una pared húmeda y con salpicaduras de sangre, para sentarse luego  en el piso. Junto a él pasó un preso que exhibía en su mejilla izquierda una costra enorme de la que habían brotado restos  pus, espontáneamente, le ayudó a recoger las cosas que se le cayeron y le acompañó hasta su celda.

Julio estaba en un pabellón especial, el de los narcotraficantes,  lugar en el que tenían un status diferente en relación a los llamados  “presos comunes”, un eufemismo que con el tiempo le pareció  absurdo y sin sentido; el hecho concreto es el encierro, en determinadas circunstancias se puede tener mejores condiciones, acceder a mejor comida —gracias a los familiares— pero a la final la angustia del encierro, siempre  es la misma.

Durante las primeras semanas estuvo silencioso, administrando bien sus pertenencias, pero paralelamente en su mente iba fraguando una idea especial, ya no tenía nada que perder, nada le importaba.

Las  tardes de viernes, los ánimos están un poco más distendidos en la cárcel, el fin de semana siempre proporciona a los reos  una sensación de liviandad, aunque no por eso cesaban  los conflictos. En el pabellón número tres, el que albergaba justamente  a los “delincuentes comunes”, estaba a pocos minutos de organizarse un partido de voleibol,  Julio iría con el pretexto de hacer una apuesta, a pesar de que era prohibido el paso de pabellón sin que medie una autorización de los guías penitenciarios;  el dinero no le importaba, lo que quería era provocar conflicto, armar una bronca.

Llegado el momento, fue caminando por los estrechos pasillos, en segundo plano se oían ya las voces y los gritos de algarabía,  se había iniciado  el  juego. Julio como poseído por una fuerza inexplicable, caminaba rápido por un oscuro callejón  que le conduciría al patio central; de un manotazo lanzó al piso un mugriento letrero colgado en la pared cuyas letras borrosas decían:

“Solo mi deseo de permanecer aquí me mantiene prisionero”.

Julio iba empujando a cuanto recluso se le aparecía, un sonido estridente saturó en sus oídos,  se metió en la misma cancha, uno de los equipos estaba por ganar un importante punto y él arrebató la pelota, la reacción fue brutal, una turba de reos  se le fue encima.

…eso, eso… sigue, patea, patea… no me duele, me voy a ir de aquí, patea, patea, mátame, me estás ayudando, me voy de aquí, ¿hay algo mejor que esto?, claro, claro que lo hay, esto es el infierno, patea, patea…patea, mátame, mátame…

Julio despertó después de unas horas, fue tal el conflicto que,  como siempre, una simple gresca degeneró en un motín carcelario, hasta llegó la televisión, pero no permitieron su ingreso.

“Se comunica al reo Saldaña Cruz Julio María, que por haber infringido  las normas y reglamentos internos penitenciarios,  será recluido en la celda cinco de castigo, donde deberá permanecer por el lapso de diez días…”

Dios mío, porqué, por qué no me recibiste, quiero morirme, quiero morirme, nada me detiene aquí, quiero morirme…mamá ¿dónde estás, mamá dónde estás?, no me vuelvas a dejar, Soraya, Soraya mi linda Soraya, Soraya perdón, hijos perdón… perdón, perdón… perdón

En el hospital  general Soraya, algo silenciosa, no desmayó en su energía y ritmo de trabajo, ese día particularmente, sintió algo extraño. Estaba en la sala de emergencias haciendo entrevistas a familiares de pacientes, se le entrecruzaban imágenes de dolor;  los rostros de quienes eran atendidos, todos, absolutamente todos representaban a  Julio, eran formas  que la perseguían, no pudo más con esa sensación, fue al baño, y luego de vomitar compulsivamente sufrió un desmayo.

Definitivamente Julio se había quedado solo y desamparado, como sabiendo lo que iba a suceder, regaló todas las tarjetas para llamar por teléfono. Soraya le visitó dos veces más no así sus hijos; con ella  fueron diálogos lacónicos, pausados; la segunda vez  que lo vio estuvo solamente diez minutos. Poco a poco para él los días de visita se tornaron indiferentes. Acostumbrándose como estaba, tuvo un acercamiento con Nelsy, la trabajadora social, tal vez le recordaba un poco a  Soraya,  en su oficina encontró enmarcado un texto que su  esposa siempre repetía para hablar de su trabajo:

“El Trabajo Social , es una profesión comprometida con la vida, la persona humana y sus derechos....”

Nelsy le   comentó a Julio que Soraya su esposa se comunicaba siempre con ella, que habían llegado a un acuerdo, que le había  convertido en su nexo de información, inclusive le entregaba  “un sueldo”, mediante depósitos en una cuenta de ahorros, dinero que tendría que asignar cada semana a Julio, ella no le iba a fiscalizar absolutamente nada, por lo tanto , sabía que jamás, bajo ningún concepto tendría o podría pedirle un centavo más.  Soraya tenía claro que  esa trabajadora, en medio de ese ambiente   rapaz,   siempre tuvo una actitud honesta.

La noticia no le tomó por sorpresa a Julio, él decidió seguir con su vida, ya no quería morirse, inclusive  a veces sentía  algo especial, ¿esperanza?, tal vez. Empezó así a mirar lo que tenía frente suyo: se inscribió en un curso para terminar el colegio, sacaría su bachillerato en cuatro meses, se inscribió también en un taller de carpintería,  eso fue algo que le gustó mucho; hizo dos que tres cajas para guardar joyas, hasta pensó pedir que Nelsy le haga llegar   una a Soraya, pero finalmente decidió regalarlas a alguien, no lo recuerda, en todo caso, le agradaba la idea de mantener la mirada y la mente fija en algo, descubrió que le pasaba el tiempo  más rápido, además de que contaban buenos chistes y  ponían música. Ese taller era muy precario en herramientas y eso le molestaba a Julio, luego le comentó Nelsy que no podían dar muchos instrumentos de trabajo porque eso  luego podría convertirse en arma letal en el momento de una pelea; por ejemplo,  tenían una cierra eléctrica, pero solo podría ser manejada con supervisión del carpintero que les enseñaba el oficio.

¿…cómo me invento la vida aquí?, ¿por qué estoy aquí?, ¿cómo es que llegué aquí? 

Una mañana muy temprano le comunicaron que su celda, que era ya compartida con dos reclusos más, debía hacer espacio para un nuevo habitante. Sus compañeros eran dos sujetos de provincia, comerciantes de papas  acusados de estafa y robo de ganado, además que se les involucraba en un oscuro incidente de asesinato. Ahora se incorporaba   un ruso, mediría cerca de uno noventa de estatura, tenía un cuerpo muy atlético y bien formado, había sido  detenido  en el aeropuerto trasportando un poco de droga, querían extraditarle  a su país, pero él prefirió quedarse en la cárcel local.

—Rusia es mucho frío— dijo a los abogados y dejó todo, cumpliría su condena ahí.

El ruso, como le llamaban, había sido un excelente deportista en épocas de la Unión Soviética, levantador de pesas y jugador de pin pon,  luego que emigró a América, se enamoró de una argentina y en Buenos Aires  aprendió  a practicar yoga, desde ahí era instructor de esa disciplina. Estuvo en el Ecuador solo de paso.  El ruso era un hombre frío, con su raro acento se volvió simpático, pero se notaba que era de cuidado, inclusive al ver su estatura y sus extravagantes tatuajes, los mismos guías penitenciarios tenían un poco de resquemor al  hablarle. Nunca compartía la comida con nadie, conforme se fue habituando al lugar, no se sabe de qué forma, pudo acceder a la cocina y uno de los cocineros siempre le entregaba comida, a base de frutas partidas, legumbres crudas y cereales, nunca sintió apetito por nada de lo que ofrecían ahí. Se corría el rumor de que era homosexual, en todo caso, era un misterio. Tenía una piel muy tersa, limpia, una figura muy bien proporcionada y una melena rubia que a Nelsy, por ejemplo, le encantaba.  Enseguida hizo amistad con Julio. La primera noche que durmió en la celda,  le llamó la atención como empezó a practicar las asanas  y como manejaba la respiración. Julio se sintió tentado a aprender yoga, y como sintió que eso le hizo bien, organizaron en el pabellón un espacio para impartir clases;  con ayuda de Nelsy lograron que les donen las yoga-mat. Julio fue el más entusiasta, tenía en mente algo que   alguna vez vio en la televisión cuando practicaban los ejercicios:

Todo tiene su proceso, no te desesperes, solo piensa en tu respiración, concéntrate en eso, y recuerda siempre… no es necesario sufrir. Solo concéntrate en la respiración y sonríe, sonríe para no pensar.

Esa idea  se fue convirtiendo en un estribillo, en un mantra que acompañaba su respiración, mientras en suaves destellos aparecía el rostro de su madre.

Luego llegaron a su pabellón dos mexicanos, aprehendidos al igual que el ruso en el aeropuerto. Ellos sí serían extraditados a su país, pero mientras eso sucedía, hicieron una buena amistad. Eran unos sujetos de presencia muy ruda, el uno a más de ser acusado de narcotraficante tenía un proceso por asesinato, según se contaba, había estrangulado a su esposa luego de encontrarle en la cama junto con un compañero de su clan, después de eso hubo una pequeña guerra entre  bandas en la zona que controlaban el trafico de drogas en  un poblado de Sinaloa. Llegó al Ecuador solo por unos días, tenía previsto viajar más al sur, y de alguna forma “abrir nuevos mercados”, nada de eso fue posible. Con ellos, pudo entrar un poco en confianza, no dejaban de ser simpáticos por su acento ranchero. Julio pensaba alguna vez, ¿como sería eso de matar a su esposa?, a pesar de la distancia pensó en Soraya, él siempre la supo fiel, y jamás quiso pensar que pronto ella podría fijarse en alguien más.

—Eso es cuestión de tiempo compadre, no más te descuidas y aparece alguien con más lana y te chinga ese rato, anda preparándote cabrón.

Julio, cuando oyó esas palabras se llenó de furia pero prefirió callar, el mexicano aunque chaparrito, como el mismo se decía, le doblaba en peso.

Los mexicanos dentro de la cárcel manejaban dinero y tenían comprada a mucha gente así que en más de una ocasión  lograron hacer pasar un poco de tequila. Julio tomó más de una vez, pero poco a poco se dio cuenta que ese gusto por el alcohol y las pocas porciones de drogas fue desvaneciéndose.

—Cuando trabajas bien tu cuerpo, este te pide otra cosa— le decía siempre el ruso cuando estaban en la práctica del yoga.

—¿Por qué entonces te metiste en rollos con la droga?

—Necesitaba hacer dinero, nada más, esa porquería no me gusta, pero es buen negocio.

Julio poco a poco fue creando un espacio de calidez en la cárcel a pesar de las amarguras. Un día le citó aparte Nelsy, tenía que comentarle algo:

—Sabe Julio, me llamó su esposa, me hizo un último depósito, dijo que no podría hacer más envíos, me contó que ella y sus dos hijos se irían a España.

Soraya tenía unos tíos en España, así que encontró una importante coyuntura laboral, y sus hijos habían decidido irse con ella, así que se deshicieron  de los pocos bienes que les quedaban y optaron marcharse, estaban resueltos a  no volver más. Para esto, no intermedió ningún recado especial,  ni una despedida personal, nada. Julio quedó desolado, cuando fue a su celda sus amigos mexicanos y el ruso le preguntaban qué le pasó, él no contestó nada a nadie, tuvo un arranque de histeria, empezó a lanzar las cosas, pero el ruso que era más fuerte logró, con una llave de karate, neutralizarle y tenerlo en el piso, boca abajo mientras  él lloraba desconsoladamente. Sentía que  había vuelto a cero, tenía emoción de enseñar a sus hijos su certificado de bachillerato que pronto lo sacaría, cantarle alguna canción a Soraya, ¡bah!, al final se dio cuenta que no eran más que sentimentalismos, porque los suyos, a quienes tanto daño hizo, no querían saber nada de él, sus hermanos, por otro lado,  le hacían esporádicas visitas, casi no eran cuenta en su vida.

A la celda de los mexicanos se incorporó un nuevo reo, Edison, un joven drogadicto reincidente, formaba parte de un grupo de músicos, tocaba la guitarra muy bien. Se veía que tenía una buena posición económica, pero que su familia estaba harta de soportar su vicio. Estaba todavía sin sentencia, se  notaba que el consumo de droga había hecho de él un guiñapo, no había mucho que hacer, sin embargo tocaba la guitarra muy bien, eso hizo que Julio se entusiasme con su amistad. Era apenas un joven de unos veinte y tres años, podía ser su hijo, es más, parece que le recordaba su papel de padre, así que empezó a protegerle, y le incentivó a que se incorpore a las clases de yoga que impartía el ruso. Edison se comprometió a enseñarle a tocar la guitarra, pero a cambio debía protegerle, no hubo problema ni discusión, era lo menos que podía hacer.

Los domingos celebraban misa en la cárcel, Julio era creyente pero nunca fue practicante,  poco a poco  fue integrándose a esos ritos, especialmente cuando era la hora de cantar junto a  Edison , habían conseguido  un folleto donde estaban las canciones para la celebración, y por pedido de sus compañeros de pabellón, eran infaltables con sus cantos. La canción del padre nuestro con el ritmo de la legendaria melodía Sonidos del Silencio era algo que estremecía a Julio. Era una evocación importante a sucesos destacados en su vida: su matrimonio, la misa de honras de su madre y hasta el bautizo de sus hijos.

Padre nuestro tú que estás
en los que aman la verdad,
haz que el reino que por Ti se dio
llegue pronto a nuestro corazón,
que el amor, que tu hijo,
nos dejó, ese amor.
habite en nosotros.

Entonar esas letras y luego recitar el padre nuestro le arrancó siempre más de una lágrima.

Pasados unos meses de insípida y gris rutina, de silencio y aburrimiento, conatos de conflictos y más situaciones escabrosas, Nelsy que era su contacto con el mundo exterior, le comenta a Julio sobre las  nuevas leyes y reglamentos al tema penitenciario, le dijo que debería hacer los trámites para hacerse acreedor al beneficio de reducción de penas, aquello que se llamaba 2x1, pues su buena conducta le favorecería. La ley era muy clara:

“…se reduce la condena por sus méritos. 
A las personas que participen en procesos culturales (música, teatro, danza...), educativos, recreacionales, deportivos y laborales (trabajos en metal, madera, cuidadores de huertos, etc) se dará hasta un 40% de rebaja de penas”


Podría decirse que en aquellos momentos Julio estaba “enseñado” en la cárcel, además, si saldría ¿qué iba a hacer?, en fin, le pareció una idea demencial, siempre sería mejor estar afuera, no pensaba en su familia, no tenía idea de lo que podría hacer, así que le pidió a Nelsy que tome contacto con uno de sus hermanos, de alguna manera sabía que iban ayudarle.

Durante dos semanas  Edison, su protegido, permaneció en la enfermería, estaba muy decaído, no había ningún tipo de complemento médico para atenderlo, así que con ayuda de Nelsy pudo tener algunos medicamentos, lo suyo era algo grave, estaba totalmente enfermo. Por su buena conducta Julio tuvo oportunidad de pasar a esa sección y acompañarlo en su convalecencia, fueron dos semanas muy largas, a pesar de que seguía practicando el yoga.  Una mañana llegó muy temprano, y le sorprendió todo su cuerpo cubierto,  Edison había muerto. ¿Diagnóstico?¿para qué?, era una carga menos, especialmente para su familia. Logró conocer a un tío con quien conversó, éste se mostró un poco hostil pero a la final fue amable, luego darse cuenta de la buena amistad que había hecho con Julio.

Julio estaba acabado, lloró desconsoladamente, fue a su celda a empacar sus cosas y entregó todo a su familiar, cuando le quiso entregar la guitarra él no la aceptó.

—Es suya Julio, si han hecho coros con él cuando reciben misa, pues no puede estar en mejores manos.

Fue otra ocasión en la que Julio lloró desconsoladamente. Esa noche encendió  una vela en honor a su  amigo,  rezó por él. Su vida, sus amistades y sus relaciones fueron pasando como películas intermitentes, una a una.

Julio bachiller, Julio hace trabajos en madera, Julio canta, Julio ha mejorado sus ansanas, Julio domina el cuerpo, Julio maneja la mente, Julio conversa, Julio ya no  tiene visitas… Julio está con Julio.

En dos semanas más tendrá la boleta de excarcelación, su petición de 2 x 1 fue aceptada por “buena conducta y contribución social”. Así rezaba la notificación, le dijo el  abogado de oficio encomendado por sus hermanos mayores.

…habiendo sido beneficiado con el decreto dos por uno, se emite la boleta de excarcelación del reo Julio María Saldaña Cruz, de 52 años de edad, quien por sus méritos y buena conducta…

Llegaron las despedidas, los abrazos, las miradas amigas y las  cómplices, las gracias, podría decirse absurdamente que sintió nostalgia;  la puerta pesada y oxidada

se abrió  una lluviosa mañana de jueves, día de visitas. Con una ligera sonrisa, la suficiente para no pensar, con una liviana y austera  mochila más su  guitarra, Julio mira al cielo, Julio mira a su alrededor, Julio se sabe libre.